74 3Sobre Karina Busto Ibarra, El Pacífico mexicano y sus transformaciones. Integración marítima y terrestre en la configuración de un espacio internacional, 1848-1927Sobre José María Portillo Valdés, Una historia atlántica de los orígenes de la nación y el Estado. España y las Españas en el siglo XIX 
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Historia mexicana

 ISSN 2448-6531 ISSN 0185-0172

Hist. mex. vol.74 no.3 Ciudad de México ene./mar. 2025   27--2025

https://doi.org/10.24201/hm.v74i3.4650 

Reseñas

Sobre Eugenia Roldán Vera, Libros, negocios y educación. La empresa editorial de Rudolph Ackermann para Hispanoamérica en la primera mitad del siglo XIX

Alfredo Ávila1 

1Universidad Nacional Autónoma de México

Roldán Vera, Eugenia. Libros, negocios y educación. La empresa editorial de Rudolph Ackermann para Hispanoamérica en la primera mitad del siglo XIX. Molina, Óscar Luis. México: Bogotá: Universidad Autónoma Metropolitana-Cuajimalpa, Universidad del Rosario, Pontificia Universidad Javeriana, 2022. 471p. ISBN: 978-958-781-670-9.


Es una buena noticia tener Libros, negocios y educación en español. Desde su publicación en inglés, hace dos décadas, algunas personas tuvimos la oportunidad de conocer la investigación de Eugenia Roldán Vera en una edición costosa (luego vino otra, igual de costosa) que limitó, junto con el idioma, su distribución en América Latina.1 Como la misma autora señala, en los últimos años se han publicado estudios sobre las redes comerciales, políticas y culturales alrededor de los libros, la lectura y la educación, pero estoy seguro de que esta edición impulsará más trabajos acerca de esos tópicos y sobre algunos otros. En esta reseña pondré atención a un aspecto que me interesa: la construcción de los estados nacionales en el siglo XIX.

El libro de Roldán Vera atiende a las diversas etapas del proceso de producción, comercialización y recepción en América Latina de los libros británicos, en especial los del editor y empresario Rudolph Ackermann. Presenta un breve pero completo panorama de las condiciones de las imprentas en la región al momento de las independencias. Explica la precariedad de los expendios de libros (no había librerías en el sentido en que las conocemos ahora) y de los ambiciosos proyectos educativos.

La historiografía inglesa sobre Ackermann había puesto atención a los libros y revistas de moda y arte, que fueron muy exitosos en Gran Bretaña, pero prácticamente se desconocía su aventura hispanoamericana.2 Una mirada rápida a las exportaciones de libros ingleses para América Latina muestra un incremento poco después de las independencias y, luego de algunos años, una baja notable. Se trata de los años en los que el editor de origen alemán produjo y distribuyó sus obras en los países que recién habían roto el dominio español. La coyuntura era adecuada: al calor de las revoluciones, algunas personas buscaron en Londres apoyo para sus causas políticas, invirtieron en la edición de obras que favorecieran las independencias y el constitucionalismo y se encargaron de distribuirlas. Ackermann “no estaba motivado por inquietudes políticas”, afirma Roldán Vera, pero encontró en esas publicaciones una oportunidad de hacer negocios. Los conflictos bélicos y cambios políticos también dejaron un alto número de exiliados. Londres se convirtió en el sitio donde se reunían emigrados de distintas partes de Europa y América.3 La industria editorial inglesa se benefició de la presencia de letrados extranjeros, como el chileno Andrés Bello y el guipuzcoano José María Fagoaga. Otros, como el gaditano José Joaquín de Mora, encontraron en la traducción un medio para ganar algunos recursos para vivir en el exilio.

Como bien señala Roldán Vera, no deja de ser paradójico que justo cuando se estaba construyendo la noción del autor como creador único, las publicaciones de Ackermann para el mercado hispanoamericano fueran producto de negociaciones entre el editor, los autores y los traductores. Eran obras colectivas. South American Emancipation, firmado por José María Antepara, fue escrito por al menos dos autores más. El caso de Variedades, una publicación periódica dirigida por José María Blanco White, es ejemplar: el autor debía negociar constantemente con el editor, incorporar textos de otras personas, traducir y, si quedaba espacio, incluir sus propias ideas. El Resumen histórico de la revolución de los Estados Unidos Mexicanos es otro ejemplo de las complicaciones para definir la autoría: firmado por Pablo de Mendíbil, es un resumen del Cuadro histórico de Carlos María de Bustamante.4

Las dificultades para determinar la autoría son mayores en los catecismos, libros destinados a la educación tanto de niños como de adultos que desearan ilustrarse. Muchos eran traducciones de catecismos educativos ingleses, con modificaciones adecuadas al mercado hispanoamericano. Ackermann no estaba dispuesto a perder clientes por incluir aspectos religiosos. En muchos países estaba prohibido de forma explícita tratar de esos temas sin censura eclesiástica previa. La solución fue excluir temas controversiales. También se incluían referencias cercanas al público hispanoamericano. Si en un catecismo se mencionaban montañas europeas, bien podía agregarse alguna americana (p. 284).5

Otro aspecto que dificulta la atribución de la autoría de estos libros es el involucramiento del editor en los prospectos y en la elaboración de los textos. Ackermann era un empresario que se entrometía en todas las facetas de su negocio, desde la escritura hasta la edición, la formación de pruebas, la impresión y, por supuesto, la distribución y venta en todo el continente americano. Junto con los libros, Ackermann exportaba máquinas de impresión, artículos de papelería y aparatos científicos. También hizo inversiones en compañías mineras, proyectos de colonización y en bonos de los nuevos gobiernos (él mismo imprimió algunos de esos bonos). Como bien señala Eugenia Roldán, Ackermann contribuyó a inyectar capital en América Latina, que servía, entre otras cosas, para que estos países pagaran importaciones, incluidos sus propios libros (pp. 195-98 y 200-201).

Como cualquier otro producto, numerosos agentes de ventas, consignatarios y mercaderes, con diversos intereses económicos, se encargaron de construir las redes de distribución de los libros. Era importante contar con el respaldo de los gobernantes para conseguir que se agilizara la introducción de los ejemplares, y de hombres públicos, cuyo prestigio podía ser útil para convencer a sus conciudadanos de adquirir los impresos llegados desde Londres. Obtener las recomendaciones de Bernardino de Rivadavia y José Cecilio del Valle redituaba en mejores ventas. Esto era importante porque los libros de Ackermann eran una aventura empresarial arriesgada, ya que -salvo en algunos casos de obras políticas, pagadas por personas como el Marqués del Apartado- el editor financiaba los libros, sin suscripciones adelantadas. Tal vez por esta razón, Ackermann apostó por los catecismos, libros que se podían utilizar como textos escolares y que tendrían un mercado más seguro. Más adelante me referiré a esas obras, a las que Eugenia Roldán dedica numerosos párrafos en todo el libro y un capítulo completo.

Los libros de Ackermann fueron bien recibidos en Hispanoamérica, no sólo por su calidad y por las estrategias de comercialización. Los ejemplares provenían de la “civilizada” Europa -concretamente de la próspera Inglaterra- y no de España, a la que se acusaba de haber mantenido en la ignorancia a sus antiguas colonias. No deja de ser paradójico que muchos de quienes consideraban que la herencia española había dejado atraso y fanatismo se hubieran formado en las instituciones científicas de los gobiernos borbónicos. Algunos individuos, que en los años anteriores a la independencia publicaron libros y periódicos “para ilustrar al público”, terminaron haciendo propia la opinión de extranjeros que, sin haber puesto un pie en el continente, afirmaban que era un páramo en materia de publicaciones. Como bien señala Roldán Vera: “A veces parecía que la misma noción sobre el atraso y falta de instrucción de Hispanoamérica fuera una idea importada que los hispanoamericanos estaban muy dispuestos a adoptar” (p. 321).6

El prestigio de los libros de Ackermann era tanto que no faltaban editores e impresores locales que no tenían empacho en publicar, sin pagar derechos, manuales y textos que presumían explícitamente en la portada ser copia de los de Ackermann, como garantía de la calidad del contenido (p. 375). Sus obras prometían poner a las sociedades hispanoamericanas en el “concierto de las naciones civilizadas”: transmitían un conocimiento científico y lo hacían de una manera didáctica y ordenada, lo que, en principio, las ponía al alcance de cualquiera, salvo por el costo.

Los libros importados no eran baratos. A los costos de producción (de por sí elevados, dada la calidad de las encuadernaciones) se debía añadir el viaje trasatlántico, los aranceles, los traslados en tierra, las ganancias de los intermediarios y de los vendedores finales. Los catecismos de Ackermann costaban entre uno y dos pesos en las ciudades latinoamericanas, lugares en los que pocas personas podían darse el lujo de gastar esa cantidad en libros, por más útiles que fueran. Los catecismos religiosos e incluso los políticos hechos por imprentas locales se vendían en una octava parte, por uno o dos reales. Debido a ello, no pasó mucho tiempo antes de que las obras de Ackermann se empezaran a publicar de forma independiente en los países hispanoamericanos. No faltó algún agente del editor inglés que sin complejos se pondría a reproducir sus libros. Nadie veía en eso un problema, excepto Rudolph Ackermann, por supuesto. La protección de los derechos de autor era una novedad y no había acuerdos internacionales para impedir la reproducción o la traducción de obras que aparecían en otros países. María Eugenia Claps Arenas ya había llamado la atención de la reproducción de notas de un periódico a otro.7 Eso mismo sucedió con los libros. Las Lecciones de José de Urcullu, que costaban un peso y cuatro reales en la edición inglesa de 1825, se vendían dos décadas después en tres reales, en una edición francesa que, en lenguaje coloquial, hoy llamaríamos “pirata” (pp. 308-310). Para quienes promovieron la distribución y compra de los libros de Ackermann en Hispanoamérica, no había contradicción con promover esas reimpresiones más baratas: el objetivo era llevar esos materiales educativos a la mayor cantidad de personas.

Los mismos que se encandilaron en la década de 1820 con las obras extranjeras, provenientes de “países cultos”, tiempo después rechazaron “repetir servilmente las lecciones de la ciencia europea”, como afirmaba Andrés Bello (p. 370), quien se propuso construir incluso una “gramática nacional”.8 Es verdad que a partir de que llegaron los primeros libros desde Londres, muchos lectores se interesaron en corregir los datos sobre Hispanoamérica. Enviaron sus comentarios al editor para que los incorporara en nuevas impresiones. Hubo un proceso de “nacionalización”, primero de agregar los elementos “propios” para después vindicar las producciones regionales como mejores para cada país.

¿Cómo contribuyeron estos libros en la construcción de los estados nacionales latinoamericanos? La autora dedica un capítulo entero a los catecismos,9 un género literario que, en el contexto de comienzos del siglo XIX, no sólo resultó adecuado para los sistemas educativos de la época, sino que propició el pensamiento cientificista, con repercusiones en la organización social y política. Los catecismos lo mismo servían como texto para las escuelas que como manual de autoinstrucción para cualquier persona, sin importar la edad. Estaban organizados en forma de preguntas y respuestas. Roldán Vera advierte de su originalidad: no eran ni diálogos filosóficos (al estilo de los diálogos platónicos), tan frecuentes en Inglaterra, ni catecismos de doctrina cristiana. En los primeros, eran las personas ignorantes las que formulaban preguntas, respondidas por las cultas. En los segundos, el dueño del saber (el eclesiástico) era quien elaboraba las cuestiones, que debían ser respondidas por quienes estaban aprendiendo. En los de Ackermann no parece haber personajes. Nunca se sabe quién formula las preguntas ni quién las responde. Esto genera el efecto de que no hay una perspectiva en lo que se expone (pp. 256-260), de que las cosas se exponen tal cual son. Por eso mismo, no se presentaban teorías o inconsistencias en el conocimiento (como sí sucedía en los libros educativos ingleses) ni se invitaba al lector a cuestionar. “Todas las preguntas se presentan como si la naturaleza misma estuviera hablando con su voz clara, impersonal e indiscutible; y lo que dijera se podía memorizar, repetir y reescribir: no tenía la marca subjetiva del maestro o del autor del libro” (p. 287).

Esta característica oscurecía aún más la idea de autoría, lo que, dicho sea de paso, facilitaría que los libros de Ackermann se editaran en versiones locales. Después de todo, se trataba de un conocimiento universal, no de uno particular de un autor. Eugenia Roldán no deja de señalar “la paradoja de que los libros educativos de Ackermann presentaran la noción del conocimiento como algo fijo y dado por la naturaleza; en tanto que su autoría era un compuesto, un resultado de una serie de intereses negociados” (p. 349).

Los autores de los catecismos estaban constreñidos por el formato de preguntas y respuestas. Esto les quitaba libertad. El género también condicionaba al editor y, por supuesto, al público lector. Los que se usaban en las escuelas debían memorizarse, “imprimirse en la mente” (p. 278). Esto los hacía adecuados tanto para la educación tradicional como para la que seguía el novedoso sistema de enseñanza mutua. Las relaciones empresariales ocasionaron que el propio Ackermann, sus autores y promotores insistieran “en que sus libros eran muy adecuados para el sistema lancasteriano” (p. 269). No es coincidencia que el propio Joseph Lancaster y su hijo fueran agentes que distribuían esos materiales.

Para las personas adultas, el género de preguntas y respuestas ofrecía una estructura clara, casi alfabética o enciclopédica, que facilitaba su memorización. El orden de la naturaleza y el de la aritmética que se transmitía en los catecismos de astronomía o geografía estaba presente también en los de agricultura y en los de economía política. El orden de la naturaleza se reproducía como valor en la sociedad. Hay leyes físicas que no pueden ser violentadas, lo mismo sucede con las leyes humanas; hay jerarquías naturales, también las hay sociales. No es extraño que en la Inglaterra de la época los catecismos se usaran para enseñar a los súbditos de la corona que debían mantenerse subordinados y obedientes frente al panorama revolucionario europeo. En Hispanoamérica, los nuevos países habían sido producto de revoluciones, de modo que los catecismos no tenían ese elemento conservador, pero sí el de formar gente de orden (p. 40). En los catecismos de Ackermann se hallaban las virtudes que debían tener los nuevos ciudadanos. Al final, no tuvieron mayor impacto, pues la lectura “el acceso a los libros y se limitaban a una fracción pequeña de la población. Lo que sí hicieron fue ofrecer un espacio en el cual se discutían y se decidían los valores del orden poscolonial” (p. 401).

Me gustaría agregar otro elemento a la contribución que hicieron los libros de ciencia (no sólo los de Ackermann y no sólo en Hispanoamérica) a la invención de los estados nacionales, que se desprende de las reflexiones de la autora acerca del género de los catecismos. La universalidad de las leyes de la naturaleza condujo muy pronto a que filósofos de diversas partes de Europa buscaran encontrar las que guiaban la conducta humana. Desde las apreciaciones económicas de Adam Smith y Jean-Baptiste Say hasta las matemáticas sociales de Condorcet se empezó a aceptar que toda la humanidad se regía por leyes iguales.10 La razón de que hubiera diferencias entre distintas sociedades se debía a condiciones climáticas y geográficas, pero sobre todo a que no todas las sociedades se hallaban en el mismo grado de desarrollo. Para Johann Gottfred Herder, cuya influencia sería mayúscula en la historiografía cientificista, los países no europeos simplemente se hallaban en una etapa primitiva del desarrollo social, una etapa por la que los europeos ya habían transitado. Cuando Hegel publicó Líneas básicas de la filosofía del derecho o esquema del derecho natural y la ciencia política, en 1820, sostuvo que el Estado nacional era la etapa de madurez de las sociedades.11 Por eso, para los letrados hispanoamericanos, la recepción de los libros científicos provenientes de “países más avanzados” en el desarrollo de la civilización era importante.

La ciencia divulgada de forma tan ordenada en libros como los que se importaban de Inglaterra ponía a los países hispanoamericanos en el decurso de la historia universal. No en balde, la primera versión en español de la Historia antigua de México de Francisco Xavier Clavigero fue publicada por Ackermann. El jesuita desterrado comparaba constantemente a las sociedades originarias del Anáhuac con las europeas, para mostrar que no eran diferentes, sino que sólo se hallaban en diferente grado de civilización. José María Heredia publicó sus Lecciones de historia universal de 1831 con el mismo objetivo, poner a México y los demás países del continente en el camino a la realización hegeliana de la historia: los estados nacionales.12

No quiero concluir esta reseña sin señalar algunos aspectos de este libro como objeto. Reitero que la versión en español y su distribución en países como Colombia o México es relevante, pues de seguro es timu la rá más investigaciones sobre los temas desarrollados por Eugenia Roldán. Sería una pena que las dificultades que suelen tener las editoriales latinoamericanas para la distribución de sus publicaciones afectaran la de Libros, negocios y educación. Como pasa también en las ediciones universitarias que no cuentan con recursos holgados, hay algunos errores. Es paradójico que justo cuando la autora se refiere a la “cuidada tipografía” de los libros de Ackermann se fuera una errata en un título, puesto en cursivas salvo una palabra (p. 318).

La tipografía brasileña capitolina usada en el libro es refrescante. La traducción de Óscar Luis Molina es adecuada, aunque en ocasiones recurre a más adjetivos de los que aparecen en el original inglés (cambios “de suma importancia”, “mucho” menos regulaciones, lectores “más y más” ávidos, por poner solo los que hay en una página). No es un asunto menor, pues la autora también recurre en ocasiones a adjetivos que deberían ser más precisos (en América se usaban “mucho” los libros ingleses como textos, en “muchos” países se contrató a “muchos” extranjeros para dar clases). A veces, estos adjetivos son ambiguos y pueden parecer exagerados: Ackermann no era “multimillonario” salvo en el sentido de que era un hombre muy acaudalado.13

Fuera de algunas erratas insignificantes, el libro ofrece mucho más de lo que anuncia y, lo más importante, provoca reflexiones sobre distintos tópicos, incluido nuestro papel como autores académicos y las limitaciones que nos imponen los géneros que usamos para difundir nuestro trabajo: libros universitarios, artículos de revistas especializadas y reseñas como ésta.

1Eugenia Roldán Vera, The British Book Trade and Spanish American Independence: Education and Knowledge Transmission in Transcontinental Perspective, Aldershot, Ashgate, 2003. La segunda edición: Londres, Routledge, 2017.

2Véase Tom Devonshire Jones, “Ackermann’s ‘Repository’ 1809-28”, en The British Art Journal, 11: 1 (2010), pp. 69-74.

3Véanse Juan Luis Simal, Emigrados. España y el exilio internacional, 1814-1834, Madrid, Centro de Estudios Políticos y Constitucionales, 2012; María Eugenia Claps Arenas, La formación del liberalismo en México. Ramón Ceruti y la prensa yorkina, 1825-1830, San Cristóbal de Las Casas, Alcalá de Henares, Universidad de Artes de Chiapas, Centro de Estudios Superiores de México y Centroamérica, Universidad de Alcalá, 2014; María Eugenia Claps Arenas, “Escritos políticos del liberal español Félix Mejía en Guatemala, 1827-1828”, en Signos históricos, XIX: 38 (2017), pp. 138-171. https://signoshistoricos.izt.uam.mx/index.php/historicos/article/view/504.

4Sobre Bustamante y Mendíbil, véase María Eugenia Claps Arenas, “Pablo de Mendíbil”, en Historiografía mexicana, vol. III. El surgimiento de la historiografía nacional, edición de Virginia Guedea, México, Universidad Nacional Autónoma México, 1997, pp. 129-142; José María Heredia y Campuzano, Lecciones de historia universal, Toluca, Imprenta del Estado, 1831, IV volúmenes.

5Las páginas que pongo entre paréntesis en el texto son las del libro de Roldán Vera, Libros, negocios y educación.

6Véase también Eugenia Roldán Vera y Marcelo Caruso (eds.), Imported Modernity in Post-Colonial State Formation: The Appropriation of Political, Educational, and Cultural Models in Nineteenth-Century Latin America, Frankfurt am Main, Peter Lang, 2007.

7María Eugenia Claps Arenas, En busca de una opinión pública moderna: la producción hemerográfica de los españoles exiliados en Inglaterra y su apropiación por la prensa mexicana, 1824-1827, Tuxtla Gutiérrez, San Cristóbal de Las Casas, Universidad de Ciencias y Artes de Chiapas, Centro de Estudios Superiores de México y Centroamérica, Juan Pablos Editor, 2020.

8Iván Jacsić, Andrés Bello: la pasión por el orden, Santiago, Editorial Universitaria de Chile, 2010, p. 152.

9Véase también Eugenia Roldán Vera, “Reading in Questions and Answers: The Catechism as an Educational Genre in Early Independent Spanish America”, en Book History, 4: 1 (2001), pp. 17-48. https://doi.org/10.1353/bh.2001.0013.

10Keith Michael Baker, Condorcet, from Natural Philosophy to Social Mathematics, Chicago, University of Chicago Press, 1975.

11Stefan Berger y Kevin Passmore, “Apologies for the Nation-State in Western Europe since 1800”, en Writing National Histories. Western Europe since 1800, edi ta do por Stefan Berger, Mark Donovan y Kevin Passmore, Londres, Routledge, 1999, pp. 3-14; Georg G. Iggers, “The Intellectual Foundations of Nineteenth-Century ‘Scientific’ History: The German Model”, en The Oxford History of Historical Writing; vol. 4: 1800-1945, editado por Stuart Macintyre, Juan Maiguashca y Attila Pók, Oxford University Press, 2011, pp. 41-58. https://doi.org/10.1093/acprof:osobl/9780199533091.003.0003; Stefan Berger, “The Invention of European National Traditions in European Romanticism”, en The Oxford History of Historical Writing, vol. 4: 1800-1945, editado por Stuart Macintyre, Juan Maiguashca y Attila Pók, Oxford University Press, 2011, pp. 19-40. https://doi.org/10.1093/acprof:osobl/9780199533091.003.0002; Taran Kang, “Herder’s Idea of Historical Childhood”, en German Studies Review, 40: 1 (2017), pp. 23-40.

12Después de leer a Roldán Vera sobre los procesos de autoría y apropiación en la época, no extraña que el libro de Heredia fuera, en realidad, una traducción de los Elements of General History de Alexander Fraser Tytler con algunos cambios y muchas adiciones en lo que respecta al continente americano y en concreto a México. Véase Heredia y Campuzano, Lecciones de historia universal.

13Por muy acaudalado que fuera Ackermann, su fortuna estaba muy lejana de la de los auténticos millonarios. W. D. Rubinstein, “British Millionaires, 1809-1949”, en Bulletin of the Institute of Historical Research, 47: 116 (nov. 1974), pp. 202-223. https://doi.org/10.1111/j.1468-2281.1974.tb02194.x.

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