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Estudios sociológicos

 ISSN 2448-6442 ISSN 0185-4186

Estud. sociol vol.43  Ciudad de México  2025   08--2025

https://doi.org/10.24201/es.2025v43.e2815 

Artículos

Masculinidad en contextos de violencia criminal organizada: abordar el no involucramiento delictivo1

Masculinity in contexts of organized crime violence: addressing criminal non-involvement

Antonio de Jesús Barragán Bórquez1 
http://orcid.org/0000-0002-9974-7707

1Posdoctorante SECIHTI Universidad de Sonora Hermosillo, México antonio.barragan@unison.mx


Resumen:

Una cuestión pertinente para el contexto mexicano es averiguar por qué no todas las personas delinquen. En este artículo se exploran los discursos que articulan la abstinencia y la resistencia al crimen en un grupo de varones entre 17 y 40 años que crecieron y residen en puntos calientes de la violencia criminal organizada en Guaymas, Sonora, una de las ciudades más inseguras y violentas del país. Se encontró que la convencionalidad masculina remite a un complejo proceso entre estructura social y agencia humana, el cual requiere de un conjunto de redes, interdependencias e interacciones sociales fundamentales, pues implica recursos y estrategias intergeneracionales, socioculturales, educativas, moralizadoras e históricas, que hacen del crimen lo excluible.

Palabras clave: identidad masculina; género; conformidad y convencionalidad; abstinencia delictiva

Abstract:

Why those who don’t commit crimes don’t commit crimes is a relevant issue for the Mexican context. This article explores the speeches that articulate abstinence and resistance to crime in a group males between 17 and 40 years old who grew up and reside in the hot spots of organized criminal violence in Guaymas, Sonora, one of the most insecure and violent cities in the country. It was found that masculine conventionality refers to a complex process between social structure and human agency, which requires a set of fundamental social networks, interdependencies and interactions, because it involves a series of resources and strategies that are intergenerational, socio-cultural, educational, moralizing and historical, which make crime excludable.

Keywords: male identity; gender; conformity and conventionality; criminal abstinence

Introducción

Criminalidad, violencia y convencionalidad

México es uno de los países con los mayores mercados para la delincuencia organizada del mundo, con gran presencia de actores criminales y baja resiliencia ante el crimen (GITOC, 2021), lo que ha incidido en el desarrollo de fenómenos sociales trascendentes al margen de la propia violencia. Un estudio reciente estima que el narcotráfico y el crimen organizado son el quinto empleador del país, pues en estas actividades participan entre 160 000 y 185 000 personas (Prieto Curiel, Campedelli, & Hope, 2023), lo que convierte el involucramiento y reclutamiento delictivo en un problema importante. Sin embargo, las personas que se vinculan con organizaciones y grupos delictivos representan, en realidad, a una pequeña parte de la población, aproximadamente 0.14 personas de cada 100; además, se calcula que 98.3 personas de cada 100 no se dedican a cometer delitos de alto impacto (Prieto Curiel, s.f.).2

En la práctica, las personas que se dedican a la delincuencia organizada y al narcotráfico son pocas, mientras que las que se mantienen en la convencionalidad y la conformidad en términos de ofensa son la mayoría. La abstinencia delictiva, la no delincuencia, la convencionalidad y la conformidad son más comunes de lo que se piensa. Por ello la criminología de finales de la década de 1960 partió de un planteamiento distinto, basado en el cuestionamiento de por qué no delinquen las personas, lo que inspiró a Travis Hirschi (2003) su teoría del control social de la delincuencia, la cual plantea que la convencionalidad y la conformidad son rutas de acción que la sociedad en general mayoritariamente expresa, desea y fomenta, contrario al delito y la antisocialidad, por lo que las personas con débiles vínculos convencionales tienen mayor probabilidad de participar en la delincuencia.

Para Hirschi (2003), la delincuencia se explica por una cuestión intrínseca que la diferencia de la sociedad convencional en términos generales, sin considerar o profundizar en el conjunto de comportamientos que aluden a lo convencional y lo conformista. En sintonía con Schinkel, al separar artificialmente lo “normal” de lo “criminal”, gran parte de la criminología moderna pretende que haya una unidad coherente llamada “sociedad”, independiente de algo externo llamado “crimen”, que se supone igual de coherente, cuando lo criminal y lo convencional están entrelazados de diversas formas debido a que el concepto delito está firmemente arraigado en lo social, pues no es una categoría natural separable de cualquier cosa “naturalmente convencional” (Schinkel, 2002, p. 137). Aquí se aborda la cuestión del crimen y el delito como una práctica social situada y contextualizada, con el potencial incluso de socializar sujetos para el no involucramiento delictivo, al formar parte de la experiencia social de los sujetos que viven en contextos criminógenos. En este trabajo, la cuestión de la convencionalidad y la conformidad considera el hecho de no dedicarse al crimen organizado o al narcotráfico, pues se parte de la inquietud originaria del control social criminológico para abordar y explorar por qué no delinquen quienes no lo hacen, pero con una perspectiva sociológica y de género.

El panorama de la delincuencia de los últimos años en México, en particular en el marco de la guerra contra las drogas y sus efectos, además de proponer una amplia temática de la cuestión criminal, también brinda la posibilidad y la necesidad de abordar la no delincuencia (por qué no delinquen quienes no lo hacen) a decir de los sujetos que no participan en grupos delictivos y en el narcotráfico, sobre todo en lugares y espacios donde está asentada la violencia criminal.

Desde principios de siglo XX, el estudio de la delincuencia llevó a las disciplinas encargadas del análisis del delito a descubrir que su comportamiento tenía una distribución particular en el cuerpo social en términos espaciales, geográficos y poblacionales. Esto configuró algunas verdades sobre la delincuencia de nuestras sociedades, como que la mayor parte de los delitos los cometen hombres jóvenes (Braithwaite, 1989, p. 44, en Walklate, 2007, p. 8), realidad confirmada con lo sucedido en México, en tanto los perfiles de víctimas y victimarios de la violencia criminal, como en el caso de homicidios, desaparición forzada y población penitenciaria adulta y de adolescentes infractores, corresponden en su mayor parte a hombres entre 15 y 45 años.

Una importante evidencia en el estudio del crimen y el delito señala que las personas delinquen o no, según su resistencia o susceptibilidad al crimen y a cómo experimentan las situaciones de presión y atracción a este (Agnew, 2016). Adicionalmente, la disponibilidad de los medios ilegítimos a los que acceden y de los que echan mano responden a los mismos criterios que los de los medios convencionales y conformistas, toda vez que ambos sistemas de oportunidades son limitados -en lugar de infinitamente disponibles-, y están disponibles diferencialmente, según la ubicación de las personas en la estructura social (Cloward, 1959). De ese modo, la delincuencia se distribuye de manera diferenciada en las sociedades, como sucede con las pandillas juveniles, la violencia doméstica, el vandalismo, robos y asaltos, o en el caso de la violencia criminal organizada, en forma de homicidios, desapariciones o tiroteos.3

En este artículo se exploran -desde un enfoque sociocultural y de género- los discursos referentes al no involucramiento delictivo de sujetos que crecieron y residen en puntos calientes de violencia criminal organizada de Guaymas, Sonora, una de las ciudades más inseguras y violentas del país. Ello implica comprender los significados y las prácticas que inciden en la configuración de identidades masculinas alternativas a la delincuencia.

En México poco se ha estudiado sobre la moralidad y el aprendizaje para la convencionalidad y la conformidad, en cuanto a la manera en que se articula y estructura la no delincuencia de los varones, y menos aún cuando han estado y están expuestos a contextos que facilitan el delito, su violencia y la victimización por la delincuencia organizada o el narcotráfico. Para analizarlo, la convencionalidad y la conformidad responden a un objeto de estudio legítimo y pertinente que suscita la convergencia entre la sociología, los estudios sobre crimen organizado y los estudios de género de los hombres.

Construcción de la identidad masculina: significados y prácticas

El interés de los estudios de género de los hombres y las masculinidades es conocer los procesos de significación que instituyen lo masculino y la hombría en los diversos ámbitos de los sujetos y de la sociedad (Núñez Noriega, 2016, p. 27). Por una parte, los sujetos, desde esta perspectiva sociológica, están inmersos inevitablemente en una estructura social previa (Berger, & Luckmann, 2003). Ese entorno provee reglas, discursos, modelos y situaciones que influyen en la generación y gestión de significados y prácticas al proporcionar límites contextuales en el marco de complejos mecanismos de socialización primaria y secundaria.

A propósito, Foucault (1999; 2007) señala que los individuos están “sujetados” por sus propias definiciones, clasificaciones y distinciones, lo que denomina juegos de verdad, que son procedimientos que conducen a un resultado. De esta forma, los discursos convencionales y conformistas también son parte del poder-saber que configura subjetividades, formas de ser y hacer, y que son producto de la cultura y de relaciones sociales diversas. Además, para los sujetos, sus valoraciones, expresiones, percepciones, experiencias, acontecimientos, objetos, cualidades y relaciones son entes simbólicos cargados de significados (Geertz, 2003) y, por lo tanto, fundamentales para la acción (Giménez, 2005), en el entendido de que la identidad es la dimensión subjetiva de los actores sociales en virtud performativa de la interiorización selectiva de repertorios culturales que les permiten “percibirse” y “ser percibidos” (Giménez, 2005), también dentro de los parámetros que hacen posible la no delincuencia.

En ese sentido, desde la lectura de Bourdieu (1997; 2007), los sujetos, los varones y las personas y sus habitus se entienden como cuerpos socializados con disposiciones duraderas pero modificables, que generan prácticas y representaciones adaptadas a los contextos y entornos, y que son reproducidas en sus condiciones objetivas; esto tiene efectos en las interacciones sociales y en la estructura social y cultural a la que pertenecen y en la que se desarrollan. Por eso, dichos principios generadores de prácticas distintivas, ubicadas en el espacio social, permiten clasificar y distinguir entre lo bueno y lo malo, lo que está bien y lo que está mal (Bourdieu, 1997, p. 20), incluidos la convencionalidad o el crimen.

Así, la cuestión de la masculinidad se comprende en términos relacionales, toda vez que la masculinidad individual no se explica sin el grupo de pertenencia de los varones. Para Connell (2003), una masculinidad se forma en relación con otras masculinidades y con la estructura total de las relaciones organizadas en un orden de género, lo que crea jerarquías sociales.

Las interacciones, reciprocidades y resistencias de las masculinidades hegemónicas, subordinadas, marginadas y cómplices remiten a ese esquema de jerarquías entre los varones de una sociedad (Connell, 2003). Aunque en la práctica ningún hombre es totalmente hegemónico, la masculinidad hegemónica requiere un aparato que lo sostenga y legitime, ya que en términos teóricos se refiere a modelos de conducta masculina admirados, que pueden ser exaltados por la Iglesia, narrados por los medios de comunicación, celebrados por el Estado o incrustados informalmente en culturas locales (Connell, 2002). Para Messerschmidt (2019), aunque la masculinidad hegemónica debe asimilarse en términos plurales ya que hoy en día las hegemonías son diversas, las prácticas relaciones y los significados discursivos no lo son, y cada uno, en su forma única, legitima relaciones desiguales de género entre hombres y mujeres, entre masculinidad y feminidad, y entre masculinidades, las cuales constituyen una estructura social.

En este caso, pensar en una masculinidad convencional y conformista en términos de ofensa es referirse a la masculinidad hegemónica de la sociedad en general, toda vez que la delincuencia y la antisocialidad no la fomentan las instituciones que proponen y posicionan discursos y modelos; sin embargo, una masculinidad hegemónica para la violencia y la delincuencia puede llegar a ser un modelo en muchos espacios de sociabilidad, como la agresión, uso de armas, promiscuidad sexual, asunción de riesgos y transgresiones en las pandillas, grupos criminales, algunas subculturas juveniles y espacios carcelarios, entre otros.

Aunque aquí no se profundizará en el tema, se reconoce que fueron los avances del feminismo y los estudios LGBT los antecedentes fundamentales para el campo de estudio de los hombres desde el género. Desde esa lectura, masculinidad y hombría se refieren a un conjunto de significados que participan en la construcción de lo real, en la medida en que, desde las concepciones de hombría y masculinidad -esto es, de género-, socializan seres humanos particulares, con la consecuencia de configurar identidades, subjetividades, prácticas y relaciones sociales diversas -incluidas relaciones de poder y resistencia- entre las personas y en el cuerpo social (Núñez Noriega, 2016, p. 26). La construcción de la masculinidad es un proceso que no termina y se manifiesta en los diversos ámbitos de acción de los hombres; crea expectativas, rutas y modelos para la práctica, ya que la construcción de la masculinidad es una experiencia situada (Salguero, 2014). De allí que la no delincuencia y la convencionalidad se refieren a modelos y patrones de conducta, lo que interseca materias como la sociología, la perspectiva de género y la criminología, y representa un terreno fértil para el estudio y exploración empírica.

El constructivismo, el estructuralismo y el posestructuralismo perciben, en cierta medida, que la realidad está dentro de las personas como esquemas duraderos y modificables que se pueden verbalizar y posibilitan la realización material del mundo, al tiempo que visibilizan las fuerzas coercitivas externas a los sujetos, como reglas, normas y expectativas. Estos elementos difieren y discuten el determinismo biológico, el positivismo y la elección racional.

Aproximación a sujetos convencionales en contextos de violencia criminal organizada

Para los varones de este estudio, la constante proximidad al crimen y su violencia los coloca en posición vulnerable. Por ello, en un marco donde son escasas las pesquisas sobre crimen organizado, seguridad pública y masculinidad -lo que resulta sorprendente debido al contexto de violencia y delincuencia actual (Núñez Noriega, 2017)-, explorar la experiencia vivida por los sujetos catalogados como hombres y sus discursos en torno a la construcción de un proyecto de vida convencional y conformista en términos de ofensa, resulta pertinente y de interés para el trabajo empírico.

Así pues, este estudio indaga por qué no todos los varones que se encuentran en entornos donde se reproduce la violencia de grupos delictivos mueren asesinados, son desaparecidos ni se involucran en la cadena del trabajo ilícito que los pone en gran riesgo. Este artículo se ocupa del porqué no todos los varones se vuelven delincuentes organizados, ya sea como vendedores de droga, vigilantes, sicarios o mafiosos.

El estudio de la no delincuencia: abstinencia, resistencia y resiliencia

La literatura que aborda la no delincuencia y la convencionalidad suele referirse a esta como abstinencia, resistencia y resiliencia. Para identificar algunos antecedentes, se describen trabajos empíricos en la materia, muchos de los cuales carecen de una visión sociológica y de género.

Por una parte, el estudio de la no delincuencia como fenómeno de indagación científica se encuentra generalmente en el campo de la criminología y en los estudios de resiliencia desde un enfoque psicosocial. La criminología siempre ha tropezado con que no todas las personas de una sociedad delinquen ni incurren en comportamientos antisociales de forma regular. Aun así, la abstinencia delictiva, las rutas alternativas al delito, la convencionalidad, la conformidad y la resistencia al crimen no configuraron, por mucho tiempo, objetos de estudio atractivos o populares de exploración, ya que estas cuestiones se pasaban por alto o se daban por sentado, otras veces se las trataba como grupos de control para procedimientos metodológicos. Es desde la criminología del desarrollo, en la década de 1990, cuando el estudio de la abstinencia delictiva resurge en este campo.

Para Moffit, la abstinencia delictiva -que las personas no reporten incurrir en delitos- se refiere a una pequeña parte de la población adolescente (10% aproximadamente), debido a que cometer delitos y tener comportamientos antisociales se considera una regularidad en esta etapa de la vida en las sociedades occidentales (Piquero, & Moffitt, 2017). La literatura desde esta perspectiva señala que los jóvenes con más altos niveles de apego a profesores, supervisión parental e interacción con los padres propenden a abstenerse, lo que tiene que ver más con cualidades personales positivas que con características patológicas que se atribuyeron a este grupo con anterioridad (Piquero, Brezina, & Turner, 2005). Además, quienes se abstienen poseen creencias morales particularmente sólidas, lo que repercute a largo plazo; también se ha descubierto que, aunque los jóvenes muestren una relativamente baja interacción con compañeros delincuentes, la mayoría mantiene cierto grado de conexión y, aun así, tiende a abstenerse del delito (Brezina, & Piquero, 2007). En esa brecha de análisis, para Mercer et al. (2016), la alta honestidad, alto conformismo y altos ingresos familiares son componentes que predicen la abstención, y concluye que los abstinentes pueden ser conformistas con factores de protección, o marginados que se ven excluidos de la conducta delictiva en la que, de otro modo, habrían participado. Estos estudios parten de la perspectiva de factores de riesgo, tipologías criminales y enfoques cuantitativos.

Por otro lado, los análisis sobre resiliencia han aportado a la comprensión de la no delincuencia respecto a los factores que promueven una adaptación positiva frente a la adversidad (Agnew, 2016). Como se plantea en un estudio en el que se entrevistó en Escocia e Inglaterra a 62 jóvenes que nunca habían delinquido, apreciar la no delincuencia como resistencia es convertirla en una actividad, en una acción, por lo que las personas que emplean estrategias de resistencia al delito participan de una resiliencia activa (Murray, 2010). En ese mismo tenor, Troy Williams (2015), en un estudio con hombres jóvenes de color en zonas con altos índices delictivos en Atlanta, Jamaica y San Diego, señala que la resistencia a participar en actividades delictivas ocurre mediante un proceso de construcción de identidad.

Siguiendo a Glowacz & Born (2014), la resiliencia ante la conducta delictiva es un asunto dinámico que implica la adaptación positiva del individuo, a pesar de las condiciones o eventos vitales de riesgo, así como las interacciones entre las características protectoras del individuo y su apoyo ambiental. En ese sentido, la acumulación e interacción de los factores de protección promueven la resiliencia ante el entorno delictivo y permiten a las personas resistirse a tomar el camino del crimen. Aunque las discusiones sobre abstinencia y resistencia al delito desde estos enfoques no han detonado en México, los esfuerzos incipientes revindican que la no delincuencia merece ser estudiada, ya sea porque evoque a una población con características distintivas en contraste con los delincuentes o porque se trate de procesos de personas en las que intervienen capacidades individuales y sociales. En ambos casos se considera que los sujetos viven y experimentan de modo diferenciado los contextos y sus situaciones, como marginalidad, violencia y delincuencia.

Para el caso latinoamericano y nacional, la literatura sobre los procesos de resiliencia -por ejemplo, en personas que viven traumas y eventos adversos y su no determinación al delito (Acero, 2009), la no violencia y no participación en delincuencia de jóvenes que provienen de familias y contextos violentos (Romero, & Abril, 2015) o la exposición a conflictos armados como en Colombia (Moreno López et al., 2019)- resulta trascendente para comprender el despliegue de significados y prácticas puestos en marcha para sobrellevar ciertas propensiones y expectativas negativas en contextos donde se desarrollan los sujetos.

Por otro lado, en cuanto a la situación de violencia endémica que ha padecido México en los últimos años, sobre todo de forma más amplia y aguda en ciudades del estado de Chihuahua o de Morelos, algunas investigaciones con jóvenes, desde el enfoque de la resiliencia, han explorado los procesos de adaptación, resistencia y protección en entornos de vulnerabilidad y violencia cotidiana, procesos ligados a fortalezas internas y personales, así como a vínculos, recursos y redes de apoyo (Cruz Tolentino, 2020; Díaz Barriga, & Reséndiz Morán, 2017). Sin embargo, aún falta mayor indagación en la convergencia de líneas y campos de interés de los estudios del crimen organizado, criminología, sociología y resiliencia, en sintonía con los estudios de género de los hombres y las masculinidades.

En el ámbito de la orientación al género, se ha estudiado la construcción de masculinidad de jóvenes en contextos peligrosos en Ciudad Juárez según las transformaciones empujadas por la violencia, la cual emerge como elemento estructural y estructurante de la realidad social y de las posibilidades de ser joven (Rosas, & Salguero, 2020). Otro trabajo que aborda el tema de jóvenes en riesgo -ya sea por su lugar de residencia o su condición de marginación- y la cuestión de la masculinidad, es una investigación llevada a cabo en Monterrey, Nuevo León, la cual encontró una relación estadística significativa entre las expresiones de masculinidad igualitaria juvenil y una menor disposición a la delincuencia (Castro Saucedo et al., 2018).

Si bien en contextos de violencia exacerbada resulta pertinente comprender las condiciones sociales, económicas, políticas y culturales que la producen, también es importante entender cómo se configura esa otra parte del fenómeno, desde la estructura social y de los sujetos que no producen violencia y delincuencia debido a que se abstienen de participar en grupos criminales y en el narcotráfico, y resisten sus atracciones y susceptibilidades, asunto que no ha sido tratado en el contexto mexicano desde la sociología y el género.

Estudio de la no delincuencia organizada en Guaymas, Sonora: rastros de los senderos en la conformidad y la convencionalidad masculina

La ciudad portuaria de Guaymas, en el estado de Sonora, en la frontera norte de México, fue incluida en 2019 entre las 45 zonas de atención e intervención del Gobierno Federal para el despliegue permanente de operativos conjuntos con el fin de reducir y vigilar el alza de los índices de violencia ocasionada por el crimen organizado, debido a homicidios, tiroteos y desapariciones (Presidencia de la República, 12 de abril de 2019). En 2020, la situación de la zona superaba considerablemente la tendencia estatal y nacional. Por ejemplo, a partir de los datos del Censo de Población y Vivienda 2020, los conteos de Defunciones por Homicidio 2020 del INEGI e información del Registro Nacional de Personas Desaparecidas y No Localizadas de la Comisión Nacional de Búsqueda, se estimaba que en ese año la tasa de homicidios en México fue de 28.68 por cada 100 000 habitantes; en el caso de Sonora, de 52.06, mientras que para Guaymas la cifra se elevó a 106.46. La tasa de desaparición de personas en 2020 en el país fue de 5.53 personas por cada 100 000 habitantes; en Sonora fue de 20.62, y en Guaymas llegó a 50.36, lo que describe el grave panorama en esta localidad.

Por su parte, el trabajo etnográfico indica que, desde 2010, la llegada de Los Salazar, un grupo vinculado al Cártel de Sinaloa, supuso el establecimiento de nuevas reglas para la operación del narcomenudeo y actividades ilícitas en la zona. Para 2016, la escisión de colaboradores de este grupo sumó fuerzas con el bando contrario, vinculado a las agrupaciones de Ciudad Obregón, que históricamente han seguido la línea de la organización Beltrán Leyva. Se creó así el brazo armado y operativo denominado La Plaza, el cual cobró notoriedad pública en 2018, asociado al Cártel de Caborca y sus aliados (como el CJNG o Cártel Jalisco Nueva Generación). Esto provocó una confrontación por las economías ilícitas del área metropolitana de Guaymas, Empalme y San Carlos, así como de las zonas rurales conurbadas y las comunidades yaquis. Desde 2016, este enfrentamiento devino en violencia gráfica y pública que trastocó los confines de la vida comunitaria de la ciudad durante los siguientes años y desveló la creación de movimientos sociales diversos, malestares y formas de adaptación comunitaria, afectaciones al Estado -sobre todo a los aparatos de justicia-, además, evidenció formas de comunicación y racionalidades de los grupos delictivos organizados (para un análisis a fondo de este ciclo de violencia criminal, véase Barragán Bórquez, & Núñez Noriega, 2024).

Durante algunos meses de 2020 y 2021 se realizaron diversos ejercicios de observación, conversación casual y entrevistas profundas en Guaymas. Para comprender esa “otra cara de la moneda” de los contextos donde se produce la narcoguerra, el estudio focalizó la atención en los discursos de no involucramiento delictivo de varones entre 17 y 40 años que hubieran habitado gran parte de su vida en la misma colonia (al menos 10 años), lo que permitiría apreciar un antes y después de la irrupción de la violencia.4

Mediante la técnica bola de nieve, se realizaron 10 entrevistas estructuradas en profundidad con varones con residencia en colonias o barrios donde se presentaron al menos cinco eventos de violencia criminal organizada durante los últimos cinco años (asesinatos, desapariciones forzadas, tiroteos, etc.). En este trabajo, la entrevista en profundidad se refiere a encuentros entre el investigador y los sujetos dirigidos a la comprensión de las perspectivas de los informantes respecto de sus vidas, experiencias o situaciones, tal como las expresan en sus palabras (Taylor, & Bodgan, 1992, p. 101). Para el procesamiento y análisis de los datos se usaron los manuales de investigación cualitativa de Strauss & Corbin (2002) y Saldaña (2013).

Por otra parte, las edades de este grupo de varones los ubican en los perfiles de poblaciones en riesgo según los índices de homicidios y desaparición forzada. Por ejemplo, a partir de datos de defunciones por homicidio del INEGI, se estima que de los 416 homicidios ocurridos en Guaymas entre 2016 y 2020, 79.80% (332) se trata de víctimas entre los 15 y 44 años, donde 91.34% (380) de los casos son hombres; en el caso de los 214 reportes por desaparición forzada registrados entre 2016 y 2020 en Guaymas, 71.96% (154) se concentran entre los 15 y 44 años, y 81.77% (175) son hombres.5 Por su parte, la tabla 1 contiene información general sobre los sujetos entrevistados.

Tabla 1 Datos generales de los entrevistados 

Informante Edad Escolaridad Estado civil Hijos Edad de llegada a la colonia En el hogar vive con: Lugar en el número de nacimientos
01 30 Profesional Separado 6 años Sus padres Es el menor de tres, dos varones y una mujer
02 26 Profesional Unión Libre 8 años Padres, pareja y sobrino Tiene una hermana mayor
03 36 Preparatoria Casado 13 años Pareja e hijos Es hermano mayor de dos mujeres
04 19 Preparatoria Soltero No Toda la vida Su mamá Es el menor de cinco varones
05 24 Profesional Soltero No Toda la vida Abuelos, mamá, padrastro y hermano Tiene un hermano menor
06 28 Profesional Soltero No Toda la vida Padres y hermanos Es el mayor de dos hermanos; un varón y una mujer
07 35 Profesional Soltero No Toda la vida Con su mamá Es el segundo de dos varones y una mujer
08 43 Secundaria Casado Toda la vida Pareja e hija Es el penúltimo de siete hermanos
09 17 Preparatoria Soltero No Toda la vida Padres y hermanos Es el mayor de tres hermanos, dos varones y una mujer
10 27 Carrera Técnica Separado 15 años Con su mamá Es hijo único

Fuente: elaboración propia a partir del trabajo de campo.

Cabe señalar que este grupo de sujetos fueron alfabetizados y escolarizados por el sistema educativo oficial, y al menos durante el curso de su educación básica todos se dedicaron exclusivamente a la escuela. Algunos no siguieron los estudios por las responsabilidades familiares con sus hijos o el deber de trabajar, otros continuaron su educación superior trabajando y estudiando, otros más la concluyeron sin trabajar, y uno de los informantes cursaba la preparatoria al momento de la investigación. Cinco tienen hijos(as) y seis de ellos tenían pareja o esposa al ser entrevistados. Cuatro de ellos llegaron durante la infancia o adolescencia al lugar de residencia, mientras que seis siempre han residido allí. Tres indicaron haber recibido invitaciones directas de familiares o amigos para trabajar en la delincuencia organizada o narcotráfico al menos una vez durante periodos de escasez laboral, para la venta de drogas o vigilancia en la calle.

Construcción de un proyecto convencional y conformista: discursos y narrativas de no involucramiento delictivo

Una asignatura clave es explorar en las personas los discursos que expresan en cuanto al no involucramiento delictivo. Para ello se les preguntó durante dos momentos diferentes de la entrevista la cuestión de forma coloquial: ¿Por qué no te hiciste malandro?

o ¿Por qué no te inclinaste por el camino de la delincuencia? Y más adelante se les inquirió: ¿Por qué no te hiciste vendedor de droga, pistolero o mafioso? Destacando el sentido hacia las labores de la cadena productiva del crimen organizado, lo que permitió explorar la “viva voz” que explica parte de la configuración de su identidad.

La tabla 2 incluye las principales razones mencionadas por cada informante. Se exponen en orden de aparición los componentes de las narrativas en las respuestas, lo que permite observar las diferentes explicaciones, sus discrepancias y similitudes. Como se aprecia, los discursos aluden a las circunstancias, recursos, actores y situaciones que dan sentido a la trayectoria convencional desde su propia visión; sin embargo, estos “factores” remiten a procesos sociales que tienen efectos profundos en las esferas de la vida a las cuales se refieren (campos sociales), como se verá más adelante.

Tabla 2 Discursos sobre el no involucramiento delictivo 

¿Por qué no te hiciste-volviste malandro? / ¿Por qué no te inclinaste por la delincuencia? (vendedor, vigilante, pistolero, mafioso)
Informante Razón 1.a Razón 2.a Razón 3.a
01 "No es lo mío", "nunca me visualicé" "Por darle el lado a los jefes (papás)" "Por evitar conflictos"
02 "Mi mamá siempre anduvo detrás de mí" "Empecé a entrenar artes marciales, me alejó del barrio" "No quise, no me dejé influenciar por nadie"
03 "Es el pensamiento de cada quien" "Me gustaba mucho el deporte, iba a la Casa de la Cultura" "Vi a mis camaradas que andaban así de mañosones, yo sabía que iban a acabar mal"
04 "Empecé a recapacitar" "No me metí a eso para no dejar a mi jefa sola" "Es una mala vida"
05 "Tiene que ver mucho la familia" "Vas creciendo y te das cuenta de cómo termina esa gente" "Afortunadamente tuve amistades buenas"
06 "No nomás en tu familia te dicen las cosas que están mal" "Recibes educación (formal), te dan herramientas, te dicen lo que no debes hacer" "Donde crecí tenía amor, buenos valores, me dieron un respaldo"
07 "No fue algo que me llamara la atención" "Lo he vivido en mi familia, lo he visto, he tenido amigos, me han invitado, no es algo que necesito en mi vida" "Lo dicen allí, es dinero fácil, será muy fácil pero el costo es demasiado alto"
08 "Mis padres eran bien estrictos, eran unos pinchis cintarazos" "Me reclamaban: 'hijo de la chingada, nomás te sales a irte a marihuanear o que vas a robar y hacer esto' […] Y yo, en mi mente: 'no lo voy hacer', 'no le voy a dar el gusto a mi amá'." "Yo me iba a jugar a la cancha"
09 "Supongo que me criaron bien" "Es normal decir que no nos gusta ser malos, no me gusta involucrarme en problemas" "No creo que deba ser parte de mi vida (la delincuencia)"
10 "Por los ejemplos, yo decía: 'yo no quiero convertirme en eso, yo no quiero ser así', decía" "Primeramente está una chancla y un cinto de por medio" "El que tú seas el héroe de tus hijos cambia mucho de ti"

Fuente: elaboración propia a partir de trabajo de campo.

En las razones expresadas se advierten: i) instrucciones sociales sobre el trabajo que realiza la estructura social con el individuo, ii) agencia humana, relacionado con la toma de decisiones reflexiva y crítica, iii) un aprendizaje social e individual, referido a la forma en que grupos sociales incorporan y reproducen saberes sobre la conducción moral, por ejemplo, en la familia, la iglesia, la escuela, los amigos; así también sucede con los propios sujetos.

En cuanto a la pregunta planteada, algunos informantes pocas veces se lo cuestionaron, mientras que otros sí. Aunque al principio se les dificultaba articular una respuesta, parecía que tenían identificados los componentes coadyuvantes en la construcción de su proyecto de identidad, y que solo se les complicaba expresarlo sistemáticamente:

Informante 04: [¿Qué pasó para que no terminaras en eso? (crimen, delincuencia)] “Jhahah, ¿qué pasó? Esa pregunta yo me hago, esa yo me hago porque, la neta, pues, como te digo, yo de morrillo quería estar en eso. Yo quería, yo quería, o sea, uno morrito no piensa las cosas. Las personas mayores tampoco piensan las cosas, pero ya cuando están en eso, y yo, la neta, no me metí en eso para no dejar a mi jefa sola, porque yo sabía que mi hermano estaba en eso (narcotráfico). Mis hermanos estaban mayores, pero no sabían qué pedo, pues, estaban mayores, o sea, estaban en su rollo, estaban de desmadrosos, y pues yo era el que estaba bien con mi amá y con mi apá, porque tenía a los dos, a mis dos apoyos. Mi hermano que sigue después de mí (involucrado en la venta de drogas y pandillas), nomás tenia a mi amá, mi apá no se llevaba con él porque salía de vago, y los dos grandes tuvieron a mi amá y apá, pero después se alejaron de eso y estuvieron en ese desmadre, y yo me mentalicé de que yo tuve la escuela de mi amá y mi apá, o sea, y como que alejarme de eso y meterme en esas madres como que le haría un mal a los dos, en todo lo que me aconsejaron, en todo lo que me consintieron, dejaría un mal para ellos, y la verdad pensé en ellos más que nada”.

Informante 05: [¿Por qué no te hiciste malandro o te inclinaste por la delincuencia?] “Nunca me había preguntado eso, jhahaha, pues yo creo que… y por eso nunca me lo había preguntado. Tiene que ver mucho la familia, siempre he dicho que la familia… donde te desenvuelves, es el seno principal de valores, no es ni la escuela, no es ni la iglesia, es la familia, y siento que desde chicos a nosotros se nos inculcó que eso estaba mal, que eso no se debía hacer y estaba mal, y después, cuando vas creciendo, te vas dando cuenta de cómo termina esa gente, en la cárcel o los matan, o les hacen daño a ellos o a sus familias, y entonces uno dice: ‘no, para qué voy andar así’. Y tus amistades, afortunadamente tuve amistades buenas con los cuales pues nos apoyábamos en ese aspecto de no andar en esas cosas; la iglesia, yo creo que también ayuda bastante, te ayuda a que no caigas en eso, y sí, yo creo que por eso nunca me incliné por ese lado, ni estuve cerca yo creo, ni me llamó la atención”.

Además del cuidado familiar, los consejos, las redes de apoyo y la socialización para la convencionalidad, incluida la disciplina y la guía moral (Berger, & Luckmann, 2003; Foucault, 1999; 2007), los sujetos describen un “mecanismo interno” que los inclinó a elegir un camino diferente a la delincuencia. Se refieren al habitus en términos de Bourdieu (1997; 2007), y propiamente a su esquema de valoración y acción, producto de la socialización y la cultura, el cual permite distinguir e incorporar significados y prácticas particulares. Así, estos hombres definen sus identidades alternativas como producto de su posicionamiento, elección y reflexión; sin embargo, se trata de un trabajo social-individual, estructura-agente (sujeto) más complejo, como se ha mencionado, donde el núcleo familiar desempeña un papel fundamental:

Informante 03: “Yo creo que es el pensamiento de cada quien, las amistades no, porque puedes tener amistades y… el que quiere ser malandro va a ser, el que quiera matar va a matar, no necesita las amistades. Igual, pues la familia, tu familia te puede dar muchos valores, pero tú, saliendo de la puerta de tu casa, te vale verga lo que te diga tu mamá, o sea, ya es de cada quien la vida que quiera llevar. Yo, por ejemplo, no me incliné por esa vida, no sé por qué, porque no me gustó, pues, y no es que yo haya sido malandrín, pero si me juntaba con ellos, iba y me peleaba con otros vatos (riñas de grupos juveniles en barrios), pero igual y me gustaba mucho el deporte, igual, por ejemplo, iba a la Casa de la Cultura, iba y me juntaba con los del barrio, igual una fiesta, un carnaval y no hay pedo, me decían: ‘¡ey!, vamos hacer esto’, depende también, pues, del círculo donde te rodeas. [No me incliné al delito] pues porque vi a mis camaradas que andaban así de mañosones, la vida que iban a llevar, yo sabía que iban a acabar mal, y uno que otro si acabó mal, uno que otro está en el panteón ya, o en el bote, y no, para qué quiero esa vida. Igual, por ejemplo, como dicen, tú se tú mismo y ya… si te quieres juntar, júntate con quien quieras, pero tú sabes si vas andar de malandrín, o sea, te pueden poner la droga aquí enfrente, porque me ha pasado, no te voy a decir que no, y ‘no, no me gusta esa madre’ y ya […] todos los que son de mi edad, o están locos o están en el panteón, o están muertos o están en el Cereso; aparte que le tenía miedo a mi amá, decía: ‘me va pegar una chinga’, jhahaha”.

Informante 06: “Me tocó una familia bien, una familia que tenía sus valores, de lo que está bien y lo que está mal […] pues siempre me dice [mi abuelo] la clásica frase del tío Ben del Hombre Araña, pero él me decía: ‘Tú rígete derecho, no te metas en broncas ajenas, tú sé buena persona, consíguete una buena mujer, ten tu trabajo estable, y vas a vivir bien tranquilo’, me decía, y sí es cierto pues, o sea, es algo muy sencillo de seguir, algo muy sencillo de escuchar, pero me lo dijo muchas veces eso güey!, ‘tú consíguete una buena mujer, consíguete un trabajo estable y aquí voy a estar yo para lo que ocupes’, así […] eso es una familia que te quiere, que no quiere que andes en malos pasos, es familia que te va aconsejar para que, cuando llegues a ser adulto, seas igual con tus hijos y crezcan de la misma manera”.

Esa aparente “forma de pensar” (habitus de resistencia masculina al crimen) que explica la trayectoria en la convencionalidad y la conformidad de las normas sociales es resultado del vaivén entre estructura social y agencia. Desde la perspectiva de Connell (2003; 2002), en la que el hombre en relación con otros hombres y mujeres -en el proceso situado de la socialización masculina (Salguero, 2014)-, el varón entra en contacto con diversos marcos simbólicos que proponen la hombría y la masculinidad en su contexto, algunos de los cuales son referentes dominantes (Núñez Noriega, 2016), como en entornos muy particulares lo es la narcocultura, basada en un orden de género machista y androcéntrico (Núñez Noriega, & Espinoza Cid, 2017), o la cultura callejera que bordea los riesgos en barrios y colonias marginadas. De esa manera, los sujetos se resisten, repelen, acomodan o incorporan tales o cuales marcos simbólicos a la práctica convencional, y se observa que la masculinidad alternativa a la delincuencia es una manera de pensar y actuar que discute los preceptos de la masculinidad propicia a ese tipo de delincuencia. En este caso, la “decisión personal” es un fenómeno producto de la cultura y de la historia; de lo esperado y trabajado socialmente. Así, la masculinidad alternativa a la delincuencia, que es convencional y conformista, discute los preceptos de la cultura masculina que propone el narcotráfico y el crimen organizado como dominantes.

En este caso, las experiencias del crimen organizado como fenómeno social (familiar, de pares, vecinal, comunitario) conlleva incorporar nociones sobre el valor de la vida y la reputación no criminógena, y es posible afirmar que la no delincuencia es también una cuestión de distinción y reproducción social:

Informante 07: “Al ver crecer a la familia, al ver crecer a los primos, al ver cómo a la gente simplemente los desaparecen ahorita, es algo que influye en tomar la decisión. No es algo que necesitaba yo en mi vida, o sea, ya más claro no te lo puedo hacer, o sea, no sé cómo explicarlo, pero simplemente es algo que yo no necesitaba en mi vida, y si no lo necesito, pues no, no lo tomo, simplemente me alejo, más vale de lejitos y uno vive tranquilo y feliz […] fue más vivir tranquilo, siempre pongo una balanza, y si te dicen ese tipo de vida, hay que poner en la balanza todo lo que conlleva, no va ser una simple vida de que ‘¡ay!, vas a tener dinero, vas a tener dinero fácil en gran cantidad’, pero qué lleva ese dinero fácil en gran cantidad: acechos, asaltos, robos, peligros, amenazas de muerte, si no es que la muerte, y pesa más todo lo demás, prefiero vivir pobre pero feliz”.

Informante 02: “[No me incliné por la delincuencia] la verdad, la verdad, por mi mamá, mi mamá siempre me anduvo correteando, siempre anduvo detrás de mí, más que nada por mi mamá, y ya luego empecé a entrenar artes marciales, empecé hacer deporte y eso fue lo que me alejó un poquito del barrio […] Mi mamá, más que nada me decía: ‘Mira, ahí está tu primo, mira como está, ponte trucha’, y sí, yo entraba en razón, ‘pues sí es cierto’, y me empecé a alejar. Me alejé de malas amistades, ya tenía dos amiguitos, pero eran gente que se la llevaba en sus casas, dejé de andar de vago […] Mi amá tenía miedo, más que nada, de que yo me tirara a la milonga, como dice mucha gente, que dejas la escuela, y que no fuese alguien en la vida. Más que nada, mi amá tenía ese miedo de que yo fuese a terminar mal o fuese a terminar muerto”.

Una explicación de la configuración de un proyecto de identidad alternativo a la delincuencia entremezcla aspectos individuales y sociales, por ello es pertinente hablar de la influencia que tienen, por ejemplo, las estrategias sociales de reproducción social, las inversiones familiares y escolares, la circulación de discursos en torno al cuidado, los grupos sociales que fomentan prácticas convencionales, según diversos trabajos subjetivos que transforman, modifican y orientan el Yo hacia la convencionalidad. Este conjunto de elementos describe los procesos de resistencia al crimen, que tienen un desarrollo sociohistórico que involucra a los sujetos en el contexto de la guerra contra las drogas en México e implica recursos económicos, sociales, culturales y subjetivos que intervienen en el rechazo o la atracción hacia el crimen, y que permean en el largo plazo:

Informante 01: “Si desde un principio no agarré la onda de andar de malandro, en problemas y la verga, lo veo muy difícil que ya de grande diga ‘le voy a entrar a esa madre’, ni que fuera Breaking Bad [risas], pero digamos que a mí no me ha tocado estar en esa situación, no… y aunque, fíjate… a estas alturas la veo dificilísimo que me pasara, aparte por todo lo que sé, que no terminas bien simplemente, ya son demasiados ejemplos… estamos en el país más pinche, este… mejor para saber qué pedo. Si yo hasta la fecha no entiendo como hay raza que se sigue metiendo a ese pedo, está cabrón, yo no, preferiría morirme de hambre que andar allí en ese pedo. [De los que se involucran pienso que] a la verga, le tienen demasiado amor al dinero, es lo que pienso, la neta, o sea, yo creo que no son conscientes realmente de lo que es estar vivo, o no tienen con quien compartir ese sentimiento también, no vale la pena; pues no, no está dentro de mis planes valer verga tan sarra”.

En los procesos que explican la abstinencia delictiva, los sujetos se refieren al desarrollo de ciertos atributos que integran su resistencia al crimen, como la poca atracción que sienten respecto al delito, que reflexionan sobre las consecuencias, piensan en la familia, consideran el crimen como algo innecesario, no desarrollan adicciones a drogas como metanfetamina o heroína, no se integran a grupos de esquina ni a pandillas de modo permanente, entre otros. Lo anterior dibuja al crimen como un fenómeno más en el espectro de acción de los contornos sociales, cuyos significados particulares también propician rutas para la convencionalidad y la conformidad al percibir el crimen organizado y el narcotráfico como fenómenos significantes para la cultura de la no delincuencia (Giménez, 2005; Geertz, 2003). Además, los sujetos mencionan no haber desarrollado cierta disposición al delito gracias a un trabajo psicosocial complejo que se nutre de muchos ámbitos de acción, como los productos de la narcocultura, la reflexión y la concientización que de ella se desprende:

Informante 10: [¿por qué no seguiste un camino en esas formas de delincuencia?] “Por las buenas experiencias y las malas, el saber cuáles son las consecuencias, el saber qué te ganas yéndote por el buen camino, el que tú seas el héroe de tus hijos cambia mucho de ti. Hay una canción también, un narcocorrido de Calibre 50, en la que el papá le daba todo al niño, la canción dice que… trata del cumpleaños del niño, ‘ya tienes de todo, ¿qué vas a pedir? Papá, ya escuché tus gustos, quiero un chaleco antibalas, un lanzagranadas’, y el vato se queda: ‘¿sabes qué, jefe? Me retiro, porque mi hijo ya va por malos pasos’. Entonces, dices tú, si lo miras por el lado de la reflexión ¿no?, porque si lo miras por el lado del dinero, te vas como cochi a la mierda; si lo miras por el lado de la reflexión, dices: ¿qué estoy haciendo?, ¿estoy haciendo bien o estoy haciendo mal con mis hijos?, ¿qué es lo que quiero formar de mis hijos?

¿Me entiendes?, por eso te digo, el dinero vale madre, lo que importa es la convivencia, la experiencia, la acción que vas hacer, porque ya estando adentro [del crimen organizado], sabes que la debes y la vas a temer, y temiéndola es cuando jalas los conflictos, eso es sincho, porque tu cara es otra, tu actitud es otra. Entonces, la mala vibra la jalas, y ‘este puto trae algo, ¿qué traes compa? No, nada’, y si es la mafia contraria, valiste madre, así nomás”.

De manera general, la evidencia de esta exploración muestra la importancia que tienen: a) el proceso de socialización y construcción del habitus para la no delincuencia organizada (campos, capitales-recursos, posiciones); b) la agencia humana, la reflexividad y el sentido crítico; c) las formas de recreación y la canalización de energías; d) el grupo de adscripción de pares, sobre todo durante la infancia y adolescencia; e) la dimensión identitaria y el cuidado de sí mismo, el gusto y afinidad; f) la paternidad; g) las nociones sobre adultez y madurez en el desarrollo de la vida; h) el estigma. Estas cuestiones se ligan con la orientación al logro y el sentido del trabajo lícito, la reputación no criminógena, la responsabilidad familiar y la valoración de la vida. Eso permite articular esta especie de “toma de conciencia” de la convencionalidad y la conformidad, en contraste con la delincuencia organizada y el narcotráfico.

En definitiva, y según lo consignado en la tabla 2, se observa una tensión entre los significados de lo “malo” y lo “bueno”, entre los factores que conducen al delito y a la convencionalidad. En términos etimológicos, malandro es una persona de “mal vivir”, lo que es relevante, pues los informantes hablan de sus identidades alternativas a la delincuencia como resultado de construir sus propias vidas, como si se tratara de un trabajo que realizan sobre sí mismos, pero sin tratarse de una labor en solitario. Esta labor para no optar por la delincuencia es vista también desde una concepción del “buen camino”, el “buen vivir” y el “vivir correctamente”. En el fondo, pareciera que este proceso fuera responsabilidad del propio sujeto en el proyecto civilizatorio de la sociedad occidental en la modernidad tardía, pues es allí donde cobra sentido la masculinidad como resistencia al crimen organizado y al narcotráfico -narcocultura-, lo que discute la fenomenología de la necropolítica y de las necrogeografías, toda vez que la evidencia muestra cómo la convencionalidad y la conformidad con las normas sociales, es decir, las identidades masculinas alternativas a la delincuencia: a) son posibles en las colonias y barrios con altos índices delictivos, b) se abren paso entre el abanico de masculinidades, c) son producto de las relaciones sociales y la creatividad humana, y d) permiten construir la paz.

Las principales razones en los discursos que muestra la evidencia en orden de importancia y aparición son:

  1. Hacer del crimen lo no atractivo denota que la convencionalidad y la conformidad con las normas sociales es una práctica social con capacidad de generar identidad.

  2. La familia, sus dinámicas, los ejemplos convencionales y conformistas recibidos y los procesos de socialización (vigilancia y seguimiento de los tutores) son fundamentales en el proceso de construcción identitario de los sujetos abstinentes.

  3. El efecto disuasorio de la delincuencia por proximidad, es decir, atestiguar las trayectorias criminales del Otro -amigos, familiares, vecinos- refuerza la socialización de la identidad masculina alternativa a la delincuencia y la renuncia a involucrarse.

  4. En menor medida, aparecen los contextos y elementos que permiten negarse a participar en la delincuencia, como desarrollar actividades creativas y recreativas, la educación formal, la disposición a evitar problemas y la importancia de ser un buen ejemplo (como padre, tío, hermano o amigo).

Conclusiones

El que los sujetos del estudio hayan tomado un camino distinto al crimen habla de un trabajo complejo detrás de la construcción de sus trayectorias y de la aparente “decisión” o “postura personal”, el cual requiere de un conjunto de redes e interacciones sociales fundamentales que implica recursos y estrategias intergeneracionales, socioculturales, educativas, moralizadoras e históricas, en un permanente vaivén entre estructura social y agencia humana. Se trata de un marco simbólico de género que permite a los sujetos repeler la atracción y seducción que ejerce el crimen organizado, el narcotráfico y su cultura.

Por otra parte, la delincuencia como experiencia social significa también la oportunidad de acumular e incorporar saberes para el aprendizaje colectivo e individual en torno a la convencionalidad, conformidad, abstinencia y resistencia al crimen.

En este texto se exploraron las identidades masculinas alternativas a la delincuencia, lo que resultó en una invitación a reflexionar acerca del papel de la masculinidad convencional en las discusiones sobre tradición, machismo y nuevas masculinidades. Dichas identidades (alternativas al crimen), al estudiarlas con amplitud y profundidad, revelan que no están exentas de la comisión de pequeñas estafas, engaños, conflictos, agresiones y transgresiones. Sin embargo, el rasgo común es que no incorporan efectiva y duraderamente los significados que acompañan a dichas prácticas.

Explorar los discursos que se refieren al no involucramiento delictivo de los sujetos remite al análisis de lo que sucede con la construcción de la identidad en los espacios y momentos clave de interacción, socialización y aprendizajes complejos y diversos en los que se configura, como las concernientes a la dinámica familiar y escolar, la situación del vecindario y su integración a él, las concepciones sobre el trabajo legal e ilegal, los pasatiempos y la pareja, entre otros, y que aquí fueron abordadas de soslayo.

Por último, la resistencia al crimen es un proceso que puede entenderse como un tipo de prevención orgánica de la delincuencia, la cual se abre paso en las geografías de la violencia al proponer el crimen y sus identidades como lo excluible, pues socializa al determinar ejes de referencia para la acción social. Esta resistencia al crimen se basa en una socialización para la convencionalidad y la conformidad, la cual se encuentra en la estructura social y su cultura.

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1Este artículo se deriva de la investigación doctoral del autor, proyecto de tesis auspiciado por el Consejo Nacional de Humanidades Ciencias y Tecnologías (CONAHCYT) del Gobierno de México.

2Este autor indica que, para 2022, cerca de 182 000 personas se dedicaban a la extorsión, 150 000 al asalto, 120 000 al secuestro, 100 000 al robo de vehículos y 74 000 al robo en casas. Si se estima que, en México, menos de 0.8 personas de cada 100 cometieron algún delito en 2022, en los escenarios más pesimistas esa cifra es de menos de 1.7 por cada 100 personas.

3La violencia criminal organizada se refiere a los actos perpetrados por grupos delictivos organizados que cometen homicidios, secuestros, extorsiones, desapariciones y otros crímenes, cuya función se vincula al control interno de los propios grupos, del territorio, para debilitar competidores, cumplir reglas y contratos, y afectar a la sociedad en general al promover un clima de inseguridad y temor en los ciudadanos (Schedler, 2014).

4A partir de una revisión de más de 200 notas de prensa sobre eventos de violencia criminal organizada (que puede ser más preciso que utilizar los registros de llamadas a números de emergencia), se estableció una aproximación a colonias y áreas donde se reproduce esta clase de violencia en el área urbana. Entre 2015 y 2020 las colonias fueron: Misión del Sol, Independencia, Las Palmas, Gil Samaniego, El Rastro, La Cantera, Yucatán, Miguel Hidalgo, Loma Linda, Adolfo de la Huerta, Centro, Punta Arena, Golondrinas, San Vicente, Monte Lolita, Tular, Ocotillo y zona Guaymas Norte. Estas áreas presentaron cinco o más eventos de ese tipo. Un hallazgo importante fue que son áreas de marginación social. En nueve de ellas se realizaron ejercicios de observación, y de estas, sin identificarlas para respetar la confidencialidad y el anonimato, son los varones entrevistados. A partir de 2016, la violencia criminal organizada cambió en la localidad, en términos cuantitativos y cualitativos, por lo que este trabajo representa una oportunidad para dimensionar las implicaciones de los conflictos armados en algunos lugares y áreas de México donde se producen ciclos de violencia criminal.

5La fecha de consulta del Registro Nacional de Personas Desaparecidas y No Localizadas (RNPDNO) es del 12 de diciembre de 2021. Este perfil de victimización es más o menos similar a nivel nacional y estatal, lo que representa una regularidad y un patrón de la violencia en la que la mayoría son hombres entre los 15 y 45 años; asimismo, entre la tercera parte y la mitad de las víctimas son jóvenes (15 a 29 años).

Recibido: 08 de Abril de 2025; Aprobado: 03 de Septiembre de 2025; Publicado: 20 de Octubre de 2025

Acerca del autor

Antonio de Jesús Barragán Bórquez realiza una estancia posdoctoral en el Posgrado Integral de Ciencias Sociales de la Universidad de Sonora, donde desarrolla el proyecto “Modelo de gestión y práctica educativa en escuelas de nivel secundaria para la prevención socio-cultural y de género de la delincuencia organizada/narcotráfico en Sonora”, financiado por la Secretaría de Ciencia, Humanidades, Tecnología e Innovación (SECIHTI). Es doctor en Desarrollo Regional por el Centro de Investigación en Alimentación y Desarrollo, A.C. (CIAD). Sus líneas de investigación son delincuencia juvenil, sicariato, crimen organizado, violencia criminal, desaparición forzada y masculinidad. Dos de sus obras más recientes son:

1. Barragán Bórquez, Antonio de Jesús (2024). Desaparición forzada y vínculo social: reflexiones en torno al crimen organizado y las víctimas. En Karla Villarreal-Sotelo (coord.). Manual de articulación de competencias para fortalecer el apoyo a la búsqueda de personas en Tamaulipas. México: Universidad Autónoma de Tamaulipas-Fontamara.

2. Barragán Bórquez, Antonio de Jesús (2023). Hombría, género y crimen: notas para una criminología de la masculinidad. Revista Española de Investigación Criminológica, 20(2), e629. https://doi.org/10.46381/reic.v20i2.629

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