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Estudios sociológicos

 ISSN 2448-6442 ISSN 0185-4186

Estud. sociol vol.42  Ciudad de México  2024   19--2025

https://doi.org/10.24201/es.2024v42.e2597 

Artículos

Estéticas de distinción: sistemas de valoración e inequidad en la ocupación de tatuador en México

Aesthetics of Distinction: Systems of Valuation and Inequality in the Tattooing Occupation in Mexico

1Instituto de Investigaciones Sociales, Universidad Nacional Autónoma de México Ciudad de México, México saul.recinas@gmail.com


Resumen:

Se analiza cómo los sistemas de valoración estética en la ocupación de tatuador en México contribuyen a formar sistemas de inequidad social. Con base en la categoría de esquemas de percepción, apreciación y acción de Bourdieu, se explora cómo las prácticas de valoración estética son producto de la estructura ocupacional y, a su vez, que su reproducción contribuye a la legitimación de dicha estructura. Mediante entrevistas y observación en línea, se examina la formación de estos esquemas de percepción y su efecto en la movilidad y distribución de posiciones en el campo laboral. Se revela cómo la apreciación estética, más allá de una valoración individual, funge como sistema de diferenciación que, en última instancia, se cristaliza en sistemas de estratificación.

Palabras clave: estética; sistemas de valorización; estratificación; disposiciones; tatuaje

ABSTRACT

Abstract: This article analyzes how aesthetic valuation systems in the occupation of tattoo artist in Mexico contribute to the formation of systems of social inequality. Using Bourdieu’s category of schemes of perception, appreciation and action, it explores how aesthetic valuation practices are a product of the occupational structure and, in turn, their reproduction contributes to the legitimation of said structure. Through interviews and online observation, the formation of these perceptual schemes and their impact on the mobility and distribution of positions within the field are examined. The article reveals how aesthetic appreciation, beyond being an individual assessment, serves as a system of differentiation that, ultimately, crystallizes in stratification systems.

Key Words: aesthetics; valuation systems; stratification; dispositions; tattoo

Introducción

En el presente artículo analizo la formación de sistemas de valoración estética en la producción de los tatuadores en México y su relación con la estructura de dicho campo laboral. Parto de la premisa de que hay diversos sistemas de apreciación que los agentes internalizan en función de los espacios de socialización y la posición que los tatuadores ocupan, y propongo que su reproducción contribuye a cristalizar inequidades caracterizadas por un acceso diferenciado a recursos y recompensas. Para lograr dicha empresa, recurro a la categoría esquemas de percepción, apreciación y acción, propuesta por Pierre Bourdieu (2009). Si bien desde la perspectiva bourdieusiana los esquemas de percepción -propios del habitus - engloban concepciones amplias del mundo social, aquí me concentro en los sistemas que los tatuadores emplean para evaluar tanto su producción como la de aquellos con los que comparten su labor. Encuentro necesario analizar dos dimensiones:

1) las disposiciones2 mediante las cuales las y los tatuadores perciben y aprecian las estéticas en la producción de tatuajes, y 2) cómo estas percepciones contribuyen a formar sistemas de desigualdad traducidos en acceso diferencial a recursos y recompensas. Antes de adentrarme en el análisis, me interesa subrayar que estos sistemas de inequidad no se componen exclusivamente de las diversas tomas de posición en torno a la valoración de estéticas. Como he mostrado en otra investigación (Recinas, 2022), el acceso diferencial a posiciones está enraizado en un sistema más complejo de acumulación y movilización de recursos que trasciende la mera producción gráfica. No obstante, los alcances de este artículo se circunscriben al análisis de las configuraciones de valoración estética en sí mismas.

Este texto se enmarca en un estudio más amplio cuya preocupación medular es entender en qué medida las estéticas corporales y su valoración contribuyen a la consolidación de sistemas de inequidad y, en otros casos, a la producción, reproducción y legitimación de estigmas. Me enfoco en el caso de la ocupación de tatuador, no para entender exclusivamente esta práctica, cada vez más relevante en diversas sociedades a nivel global, sino porque me interesa un caso particular en el que la constitución de esquemas de acción y pensamiento está mediada por la estructura ocupacional y, a su vez, cómo ello conlleva la distribución desigual de recursos y recompensas.

El artículo se estructura en siete secciones: tras la introducción, expongo las bases teóricas que sustentan el análisis, después describo el enfoque metodológico y sus implicaciones. Los cuatro apartados siguientes componen el núcleo del estudio, donde exploro la constitución de esquemas de percepción y apreciación vinculados a la evaluación estética en la producción de tatuajes, la reproducción de dichos esquemas como principios de diferenciación entre los tatuadores, y cómo ciertas prácticas de producción valoradas operan en el campo laboral. En la sección final reflexiono sobre cómo la configuración de sistemas de evaluación estética y la formación de grupos dentro de la ocupación contribuyen al establecimiento de sistemas de desigualdad.

Coordenadas teóricas

La construcción de juicios estéticos no es un acto meramente subjetivo, sino el resultado de un proceso clasificatorio jerárquico incrustado en la socialización y en sistemas que facilitan la diferenciación entre posiciones sociales (cfr.Bourdieu, 2014, pp. 549-550). Los cánones bajo los que se clasifica el “buen” o “mal” gusto son categorías en constante cambio, según el tiempo y el espacio, e incluso las situaciones. La predilección por determinada estética trasciende la individualidad y se arraiga en las condiciones estructurales que enmarcan a los tatuadores y los espacios que han conformado sus trayectorias sociales. Debido a su naturalización, los sistemas de categorización que establecen una distancia generalmente dicotómica entre “bueno/ malo”, “puro/impuro”, “bonito/feo” o, para el caso particular lo “bien hecho/mal hecho”, presentan desafíos analíticos para la sociología, pues al desmantelar estos procesos de valoración, se revelan los símbolos y sistemas que no solo estructuran el mundo social a través de la diferenciación, sino que también legitiman jerarquías y perpetúan desigualdades (Douglas, 1973, 1988; Durkheim, & Mauss, 1996; Bourdieu, 2014).

Al utilizar el sistema de percepción estética de un campo laboral como el de los tatuadores, es plausible plantear elementos analíticos sobre la manera en que las estructuras establecen condiciones de posibilidad sobre lo socialmente valorado y aceptado y, al mismo tiempo, permite dialogar sobre cómo la reproducción de estos preceptos cristaliza sistemas de segregación de ciertos sectores. La valoración estética, entendida como una toma de posición frente a una amplia variedad de posibilidades de producción, se vincula con distintas prácticas y grupos con los que cada tatuador se identifica o ante las que se posiciona de manera crítica. En ese sentido, los sistemas valorativos son, en primera instancia, esquemas de pensamiento, apreciación y acción (Bourdieu, 2014, pp. 75-76) desde los cuales las y los ocupantes de este campo experimentan su labor cotidiana y, en segundo lugar, elementos de diferenciación desde los que se ejerce la identificación o el distanciamiento con otros. No solo eso, además son cruciales en el cimiento de un orden estructural que condiciona la distribución desigual de recursos y recompensas y regula la integración o exclusión de ciertos actores o grupos (Grusky, Weeden, & Sorensen, 2000).

Lo que el análisis sociológico del campo de los tatuadores visibiliza es que, detrás de la manera en que se aprecia un tatuaje, hay un proceso de incorporación (“hacer cuerpo”) de esquemas, desde los cuales es posible valorar positiva o negativamente la producción, vinculados a un sistema que ordena la estructura de manera diferencial. “Aprender” a discernir la estética de un tatuaje y formular una valoración al respecto demanda activar disposiciones inherentes a un campo que ha consolidado sus propios criterios de reconocimiento. Para entender el vínculo entre la percepción del mundo (a partir de posiciones particulares en el entramado social) y su relación con las prácticas sociales, parto del supuesto de que todo esquema de pensamiento tiene una estrecha relación con la acción social de los agentes y sus condiciones objetivas de existencia. En ese sentido, el andamiaje teórico propuesto por Bourdieu sobre la producción y reproducción de disposiciones y esquemas de acción, percepción y apreciación cobra relevancia para entender tres dimensiones: la configuración de sistemas de valoración como resultado de un proceso histórico de disputas, su papel en las condiciones estructurales que perfilan las trayectorias laborales y las posibilidades de producción y su influencia en la movilidad y acceso a posiciones de prestigio.

Cabe señalar que la formación de estos esquemas de percepción, apreciación y acción, lejos de ser unidimensionales o estáticos, son construcciones en constante evolución que proveen a los agentes de la capacidad de actuar en determinadas circunstancias (Bourdieu, 1999, 2009). Analizar su reproducción es vital para comprender la legitimación de estructuras sociales que facilitan y restringen la acción de los agentes y para visibilizar la cristalización de inequidades sociales dentro de una ocupación específica. En este escenario, considero que su análisis es importante en tanto permite entender cómo se configuran sistemas de reproducción social y se legitiman ciertas percepciones estéticas sobre otras y, por tanto, se vincula a ciertos agentes (aquellos que tienen acceso a la “mejor” producción) a posiciones de prestigio, mientras se segrega y demerita a otros. No obstante, no deseo reducir el análisis a una mera categorización de la producción de los tatuadores, por el contrario, quiero demostrar que estas valoraciones cotidianas están entrelazadas con un sistema estructural más amplio y complejo propio de la ocupación.

Metodología

La aproximación metodológica que se adopta en este artículo es cualitativa-interpretativa con el fin de explorar en profundidad los esquemas de percepción, apreciación y acción dentro de la evaluación estética. La indagación no se circunscribe a la dimensión valorativa simplista, sino que establece un nexo analítico entre la valoración estética, la posición social y las trayectorias socioocupacionales de los entrevistados. La información recabada para este artículo deriva de entrevistas en profundidad, con la propuesta de Bertaux (2005) de relatos de vida. Es decir, se guían por cuestionamientos sobre las actividades cotidianas y la experiencia de las y los tatuadores en su labor: disputas, procesos de diferenciación, evaluación de las prácticas propias y de otros, etc. Este tipo de entrevistas resulta en relatos que, a su vez, abordan de manera procesual algunos periodos de la vida de los informantes, ya sea en torno a aspectos de sus trayectorias laborales o sobre temáticas centrales de sus historias vitales. El corpus empírico analizado es resultado de 22 entrevistas realizadas durante 2015 con tatuadores y tatuadoras que laboran en distintos establecimientos dentro de la zona metropolitana de la Ciudad de México, y de otras 34 que realicé durante 2019. Se grabaron en voz y posteriormente fueron transcritas y sistematizadas mediante el software Atlas.ti, con categorías analíticas diseñadas para examinar la estructuración de la ocupación bajo la lente de la estratificación social y los procesos contemporáneos de diferenciación en términos de acceso a recursos y recompensas.

Adicionalmente, entre 2019 y 2020 hice observación en línea y establecí como escenarios sociodigitales las plataformas virtuales de tatuadoras y tatuadores, específicamente Instagram y Facebook. El objetivo era comprender en qué medida esta información se relacionaba con la toma de posición sobre la valoración de prácticas y producciones valoradas o rechazadas. En este espacio digital accedí a revisar diferentes publicaciones y las interacciones que distintos tatuadores tenían sobre la elaboración de cierto tipo de tatuajes.

La formación de esquemas de percepción, apreciación y acción en la ocupación de tatuador

En la última década, México, al igual que otros países,3 ha experimentado un incremento exponencial en el consumo de tatuajes, así como un crecimiento de la población que se desempeña como tatuador (Recinas, 2022). Como lo han mostrado distintos autores, el tatuaje constituye en la época (pos) moderna una posibilidad -entre muchas otras- para la construcción de subjetividades singulares: es una forma de apropiación del cuerpo mediante la decoración, de perpetuar la historia individual y una vía de diferenciación en un mundo cada vez más plural (Le Breton, 2002, 2013; Pérez, 2009; Pabón, & Hurtado, 2016; Martínez, 2011). En este contexto, el campo laboral mexicano de tatuadores ha logrado conformar, en los últimos 40 años, una estructura ocupacional caracterizada por posiciones disímiles, sus propias creencias y recursos valorados -o capitales (Bourdieu, 2016)-, así como reglas que condicionan la práctica de sus ocupantes y disputas internas. Dicho de otra manera, se ha cristalizado una estructura que condiciona las posibilidades de acción de sus agentes.

La formación de la estructura ocupacional encuentra su génesis a principios de la década de 1980. Durante los primeros años, las condiciones de producción de tatuajes se caracterizaban por la precariedad en términos de materiales y por la escasez de conocimiento técnico, así como por un contexto adverso debido al estigma que descansaba en tatuar o estar tatuado. En ese escenario, no había como tal un proceso de diferenciación entre los pocos tatuadores que ejercían esta labor; no obstante, distintos agentes hacían esfuerzos por acceder a condiciones viables para desarrollar esta actividad. La ausencia de herramientas profesionales (máquinas, tintas, diseños, etc.) y el desconocimiento técnico y práctico se traducían en la falta de parámetros desde los cuales apreciar un buen o mal trabajo. La elaboración de alguna marca corporal no era evaluada en términos de los resultados estéticos. Así lo relata uno de los informantes, quien inició su trayectoria desde principios de 1980:

En ese momento no percibíamos los cambios en las características estéticas porque no éramos especialistas. Claro que existía la parte estética, pero nosotros solo veíamos dibujos, no lográbamos ver las diferencias de forma. Eso solo lo vas conociendo conforme te adentras en los estilos, en los lenguajes, pero eso lo adquieres después de muchos años […] Cuando llegaron las revistas de Estados Unidos, en la década de los noventa, las mirábamos y pensábamos: “¿Y esto cómo lo habrán hecho?”. Teníamos que inventarnos formas para hacerlo. O sea, desconocíamos el oficio en todo sentido (Heriberto, entrevista realizada en 2015).

A pesar de su referencia a la estética, lo cierto es que no había elementos estructurales para evaluar los tatuajes realizados en aquel momento. Conforme los primeros tatuadores fueron experimentando, estableciendo conocimiento y accediendo a distintas vías de aprendizaje, así como a diversos instrumentos, también comenzaron a establecerse reglas sobre formas valoradas de ser y hacer.

Durante los años noventa, las condiciones para el desarrollo de esta actividad se solidificaron: había ya una base de conocimiento que, aunque todavía básica, permitía a los tatuadores tener algunas certezas sobre su labor; además, ingresaron materiales profesionales, revistas especializadas y se organizaron eventos de proyección social (especialmente convenciones). Aunado a ello, la apertura de establecimientos dedicados a la elaboración de tatuajes fue central en tanto permitió profesionalizar esta práctica y fue un detonador para la socialización constante de estos agentes, quienes convivían de manera cotidiana con otros pares. Trabajar en estos locales comerciales significó, por un lado, mayor dedicación y mejores ingresos económicos, pero también fue un punto medular para el reforzamiento de esquemas compartidos sobre el accionar y significado de esta práctica. Así lo relata un tatuador de reconocido prestigio, quien inauguró, junto con otro grupo de tatuadores, uno de los primeros comercios de la Ciudad de México:

Había mucha gente que quería tatuar en nuestro estudio de tatuaje, se ganaba bastante bien ahí. Éramos cuidadosos con escoger a la gente que invitábamos. Elegíamos a la gente que tenía más nivel y, con eso, pues como que te vas retroalimentando de la gente que ves tatuar, de ver cómo tatúan, de ver cómo hacen las cosas. Yo creo que es como una retroalimentación y, entonces, como en esa época pues tal vez iban los que mejor tatuaban en el D.F., pues fue muy importante. Nuestro estudio fue un parteaguas, yo creo que en la actitud también, empecé a impulsar a la gente a viajar. La mayoría de la gente de la primera generación de ese estudio de tatuajes no está en México, están en otro lugar, como que expandieron su visión (Jerónimo, entrevista realizada en 2019)

La formación de grupos en el campo laboral visibilizaba ya la presencia de esquemas compartidos sobre esta labor. Como lo muestra el relato, la similitud en el ejercicio y apreciación de determinadas prácticas permitía la asociación. Este proceso fue clave en la diversificación de disposiciones relacionadas con una misma actividad y, a su vez, también fue central en la producción de disputas por reconocer y legitimar cuál era la “manera adecuada” o mayormente aceptada de desarrollar la producción de tatuajes.

Para principios del siglo XXI, el tatuaje comenzó a visibilizarse en distintos medios de comunicación. Parte de la cultura popular se “apropió” de estas marcas corporales y las difundía mediante programas de televisión, en revistas (no especializadas en tatuaje) o propaganda de distintas compañías. El aumento de popularidad de estas imágenes corporales y el consecuente incremento en su consumo durante esta etapa significó, nuevamente, cambios relevantes: la formalización de un mercado de fabricantes y distribuidores, el establecimiento de vínculos con grupos ocupacionales de otros países, el inicio de la regulación gubernamental, la consolidación de procesos de enseñanza y aprendizaje, así como la especialización en términos de producción técnica, gráfica y estética. Como resultado, las dinámicas de diferenciación entre los trabajadores se intensificaron cada vez más, y se configuraron distintas percepciones sobre una misma actividad laboral. El papel de los mass media jugó en adelante un papel importante, ya que la demanda de estilos4 e iconografías del creciente número de consumidores se diversificó.

El desarrollo de la ocupación y la diversificación de prácticas trajo consigo un proceso intenso de especialización característico de la década posterior a 2010. En este contexto, se consolidaron distintos sectores diferenciados por las condiciones laborales (espacios de trabajo, acceso a herramientas, públicos a los que se dirigen, relaciones jerárquicas entre sus ocupantes, producción de técnicas y estéticas, etc.) y por la concepción que los tatuadores tienen de su propia labor, es decir, por la formación de esquemas de percepción, apreciación y acción5.La formación de sectores no implica la autonomía de cada uno, si bien en cada uno hay diferencias sobre la valoración de ciertas prácticas, estos establecen relaciones jerárquicas y disputas entre ellos.

Una vez establecidos los parámetros para evaluar producciones estéticas “mejores” que otras, se instauran sistemas de desigualdad en los que se privilegia a quienes ocupan las posiciones de prestigio y reconocimiento, frente a aquellos que, debido a su trayectoria y a los recursos con los que cuentan, no figuran como dominantes en este espacio. A medida que los procedimientos de diferenciación se han consolidado en el ámbito interno, la configuración de esta práctica ha adquirido una forma jerárquica al crear fronteras simbólicas y morales, es decir, distinciones conceptuales desde las cuales los tatuadores son capaces de “categorizar objetos, personas, prácticas e incluso tiempo y espacio” (Lamont, & Molnár, 2002, p. 168) o, dicho de otra manera, configurar una manera de percibir, clasificar y poner en práctica el tatuaje en todas sus dimensiones.

La evaluación como sistema de separación

Los sistemas de evaluación cumplen una función central en las dinámicas de la ocupación de tatuador en la medida en que son un punto de referencia mediante los cuales las y los ocupantes diferencian su producción en términos técnicos, iconográficos y estéticos frente a otros. No obstante, el ejercicio de estos sistemas no se limita únicamente a la valoración de la creación; se presentan, además, como elementos necesarios para el ordenamiento jerárquico de la estructura ocupacional.6 Apreciar un tatuaje en términos estéticos y técnicos involucra el adiestramiento de la mirada, el dominio de la técnica, así como la capacidad de evaluar según ciertos parámetros lo que está bien hecho y lo que no. Estas “capacidades” se aprehenden a lo largo de la trayectoria laboral mediante la socialización, la experiencia y la práctica. Sin embargo, es fundamental reconocer que en la evaluación de un tatuaje se hace presente el reconocimiento de su creador, es decir, todo tatuaje se vincula con el tatuador que lo realizó, y en caso de que este último cuente con reconocido prestigio, su producción cobrará un sentido distintivo. Por tanto, la frontera entre lo “bien o mal” realizado depende de las condiciones sociales en las que un tatuador constituye su trayectoria y la posición que ocupa en el campo. Al respecto, comenta Diego, un tatuador con más de veinte años de trayectoria laboral:

Por ejemplo, tú puedes ver que Jerónimo [tatuador de reconocido prestigio] haga la misma calavera que viste en un libro y ves cómo la dibuja él y se ve bien diferente, eso ya es su propio estilo. Eso es bien difícil de lograr en el mundo del tatuaje, es lo más difícil de adquirir: un estilo propio. Que tú veas un tatuaje y digas: “¡Ese tatuaje está bien chido!, te lo hizo tal güey”. Porque también el estilo tiene que ver con la personalidad del creador. En cambio, cuando otros tatuadores dicen: “yo solo me dedico a hacer tal estilo de tatuaje”, es medio falso porque se están posicionando de algo que ya estaba, que resultó que por azares del destino ahora está de moda, pero no por eso puedes decir “este es mi estilo”, pues no mames (Diego, entrevista realizada en 2019).

El vínculo que se establece entre “la personalidad” de un creador y sus productos evidencia que el reconocimiento de una producción estética tiene una conexión importante con los recursos que un tatuador acumula y moviliza. No se trata de la capacidad de evaluación del “talento” de otro, sino de la puesta en marcha de esquemas de percepción propios desde los cuales la lectura permite reconocer (no de manera consciente) la posición y el prestigio que un tatuador ha acumulado. En todo proceso de valoración de un tatuaje, se evidencia constantemente un distanciamiento sobre las producciones que se encuentran fuera de los parámetros aceptados de determinado agente o grupo; en ese sentido, la referencia a una mala práctica funge como una frontera que delimita y ordena lo aceptado (desde cierta posición) de lo que se desvaloriza (Lamont, 1992, 2000). Los testimonios recabados entre los tatuadores de distintos sectores marcan invariablemente la puesta en marcha de un proceso de distanciamiento en torno al reconocimiento del otro. El caso de Javier, tatuador de larga trayectoria y dueño de un establecimiento, es representativo de ello:

Esa gente que se tatúa en el tianguis o en departamentos con gente que no sabe tatuar, ¡tatuadores chafas!: no son nuestros clientes, güey. Nosotros estamos en la categoría de los clientes que se quieren tatuar con gente que tatúa bien. Ya si esos tatuadores que hacen buenos tatuajes trabajan en un departamento o en una casa, al cliente la vale madre: él se quiere tatuar con alguien que tatúe bien […] Hace mucho tiempo, teníamos que hacer lo que los demás querían, vestirnos como los demás decían, para poder formar parte de una sociedad y poder encajar y vivir. Hartos de esto, el tatuaje encuentra tierra fértil en la manifestación de la libertad de la gente. ¡Qué bueno que se sigan tatuando lo que sea! ¡Con quien sea! Aunque sea en un pinche tianguis de la verga y les quede mal, lo importante es ser dueño de tu cuerpo. Ya luego se los arreglamos nosotros [risas] (Javier, entrevista realizada en 2015).

La expansión de la ocupación y el incremento en el consumo van de la mano de las diversas posibilidades para acceder a una marca corporal y, en lo que se refiere a las dinámicas de la ocupación, constituye un terreno fértil para la disputa y el proceso de diferenciación. La apreciación de la producción de otros (aquellos con los que no se identifican) no se limita estrictamente a una evaluación en términos gráficos, sino que además implica entender elementos de orden social y simbólico vinculados a las condiciones en las que se realiza una marca corporal. Si bien los relatos de los informantes suelen diferenciarse en cuanto a las características técnicas y gráficas de lo que consideran o no un buen tatuaje, en todos los casos coinciden en usar este tipo de referencias como sistemas de separación de aquellos tatuadores o grupos desde los que se ponen en marcha “malas prácticas”.

Como he mostrado, la especialización de la práctica en la última década conlleva una proliferación en los estilos de tatuaje; a su vez, este proceso ha implicado la diversificación de posicionamientos en torno a la legitimidad de un tipo de producción de tatuaje por encima de otras. Lo que se observa es una constante búsqueda para imponer un estilo y justificarlo como el que debe predominar. Como consecuencia, hoy en día hay una pluralidad de narrativas sobre lo que debe o no ser valorado en torno a estilos, iconografías y técnicas, es decir, sobre las estéticas que “valen más que otras”. Estos discursos, que circulan en el campo laboral, no solo buscan imponer cierto tipo de producción y dar cuenta de su valor, en muchas ocasiones también están dirigidos al desprestigio de producciones que se ejercen desde otro tipo de espacios. Así lo constata el relato de Poncho, un tatuador con más de diez años de trayectoria:

Como te digo, la palabra arte es como más pretenciosa, ahora hay muchos güeyes que tatúan y que se sienten artistas [lo dice de manera sarcástica] y ¿sabes?, hasta nos ven feo a los que no pensamos así. Por ejemplo, llegué a leer una entrevista de alguien que hace tatuajes en estilo de realismo o hiperrealismo y él comparaba el estilo tradicional [mismo con el que el informante tiene mayor afinidad] con dibujos de niños de kínder. Es una pendejada enorme decir eso, esa banda es súper pretenciosa y dice que quiere llevar el tatuaje a niveles artísticos. Pero como yo lo veo, por ejemplo, el hiperrealismo está destinado al fracaso por lo que te explicaba hace rato: los tatuajes deben tener perdurabilidad en la piel y esos estilos, como el realismo o hiperrealismo, cuando cicatrizan se ven súper mal hechos. Se ven mal, se ve algo feo. Yo te puedo decir que para mí el tatuaje no es arte, es un oficio, como puede ser el [de] carpintero (Poncho, entrevista realizada en 2019).

El relato evidencia un elemento central en este proceso: que la estética del tatuaje no se limita a las capacidades técnicas del tatuador, por el contrario, las posibilidades de creación se vinculan con cánones establecidos que permitan la apreciación de un tatuaje en términos más amplios; por ejemplo, incide en la apreciación del propio quehacer, mientras que para unos puede ser parte de un proceso artístico, otros lo miran desde las condiciones de un oficio. El que este agente observe el tatuaje en relación con el significado cultural japonés, refuerza la producción de un sistema de evaluación complejo sobre cómo se percibe la elaboración de marcas corporales y, como ya he mencionado, sobre las prácticas que se permiten o valoran en determinados sectores de esa actividad.

La manera en que se constituyen percepciones sobre las características estéticas que “debería” contener un tatuaje es un elemento constitutivo de las disputas por imponerse en el campo. Asimismo, es producto de las condiciones en las que se pone en marcha la ocupación desde sectores y posiciones específicas. Las técnicas que se reproducen y el tipo de iconografías se encuentran vinculados con estos esquemas de percepción, apreciación y acción. En ese sentido, sostengo que la manera en que se aprecian elementos estéticos se construye socialmente a partir de los espacios de interacción y el contexto en el cual se ven inmersos los tatuadores a lo largo de su trayectoria.

Incorporar la dominación

Como he mostrado, la imposición de ciertas prácticas como las de mayor valía proviene de la resolución de disputas constantes en el gremio. Estos procesos dan como resultado la legitimación de ciertos grupos y las prácticas y productos que elaboran como los de mayor distinción y prestigio. Estos recursos valorados en el campo no se mantienen fijos, lo que la evidencia refiere es un constante cambio a lo largo de los años, conforme la ocupación se ha ido constituyendo. Ante ello, es complicado hablar de un tipo de estética predominante a lo largo de la historia de la ocupación. Los estilos, las técnicas y las iconografías que más se aprecian se vinculan en cada momento a ciertas tendencias impuestas por los grupos o agentes que dominan el campo. Desde luego, conforme la ocupación se ha profesionalizado y especializado, las disputas por las estéticas hegemónicas se vuelto más intensas, y acceder a posiciones de prestigio se convierte en una encomienda de mayor complejidad.

Reconocer a un grupo o a ciertos tatuadores como los dominantes no es un ejercicio de mera imposición, por el contrario, se trata de un proceso complejo en el que son partícipes tanto quienes ocupan las posiciones más valoradas como los que tienen mayores desventajas. En términos prácticos, esto significa, por ejemplo, que tatuadores menos experimentados intenten emular los estilos y creaciones de los artistas más destacados al reconocer y dar un valor, e incluso tratar de reproducir la estética de sus producciones. En estos escenarios ocurren al menos tres procesos que fungen como productores de las dinámicas de inequidad: 1) que al validar el tipo de producción que realiza un personaje, se refuerce su posición de dominante en el campo laboral; 2) que quienes ocupan estas posiciones de prestigio se esfuercen constantemente por mantener su posición, y 3) que quien trata de reproducir lo impuesto por otros, es decir, los dominados, reconocen en el propio acto su imposibilidad de innovar, ya que no cuentan con el reconocimiento y los recursos para hacerlo. En ese sentido, lo que se visibiliza es un ejercicio de dominación que los propios dominados ejercen sobre su propia práctica (Bourdieu, 2012b, p. 50). Las tendencias iconográficas, las técnicas y el tipo de gráficas se vinculan a elementos objetivos sobre cómo se aprecia y evalúa un tatuaje; no obstante, también se juega la posición y la representación social de su creador, es decir, se vincula directamente a la cristalización de sistemas de dominio que operan en el campo.

Lo anterior explica, por ejemplo, que algunos tatuadores que se encuentran en los sectores menos favorecidos se perciban a sí mismos como personas con “capacidades limitadas” frente a aquellos que “merecen el reconocimiento debido a su talento”. De hecho, durante las entrevistas con tatuadores de distintos sectores, muchas de las referencias al mérito de los agentes de mayor prestigio aludían a su “talento de nacimiento”. Estos discursos evidencian la incorporación del propio sistema de dominación al que se someten muchos de estos tatuadores y, paralelamente, fungen como los parámetros establecidos sobre los que evalúan su práctica y la de los otros. El caso de César, un tatuador que labora en una colonia popular al norte de la Ciudad de México, da cuenta de la percepción que se tiene actualmente de los tatuajes elaborados en tianguis o mercados ambulantes. El entrevistado comenta lo siguiente:

Antes, las personas que conocía de aquí del barrio me pedían descuentos. Actualmente ya saben que no les cobro tanto, pero tampoco les va a salir muy barato que digamos. Ya les doy precio y ya saben que ese precio es fijo, y si no quieren, pues que se vayan al tianguis [lo dice de manera despectiva] […] Alguna vez llegué a pensar en trabajar en el tianguis, hubo un momento en el que estaba en crisis económica y dije: “Pues, chingue su madre, igual y jala gente y sale dinero”. Me pasó por la mente. Pero ya analizando y platicando con gente que es profesional en esto, te das cuenta de que esto requiere higiene y procedimientos bien realizados porque está en juego la salud del cliente. Entonces, tú cómo te vas a poner a tatuar en un tianguis donde hay polvo, heces de perro, muchas cosas que pueden contaminar a la persona en ese momento y provocar una infección. Yo estaba pensando en ir a un tianguis y fue cuando dije: “Yo tomo en serio lo que estoy haciendo. Estoy enfocándome en ser un profesional en esto”. Fue cuando reaccioné y dije: “No, pues cómo voy a ir al tianguis. Jamás puedo hacer eso”. Porque al hacerlo cortas de tajo lo que quieres ser. Te digo, es donde hay diferencia de cuando era principiante a cuando ya es algo profesional (César, entrevista realizada en 2019).

Más allá de las normas de higiene y del riesgo objetivo asociado a llevar a cabo este tipo de procedimiento en lugares abiertos, la conexión que el informante establece entre esa acción y la desestimación de ciertos trabajos invisibiliza las condiciones sociales desde las cuales el individuo lleva a cabo su labor en un tianguis. Demeritar estos espacios no es un posicionamiento individual, sino que se relaciona con un sistema de creencias que condena las malas prácticas sin prestar atención a las posibilidades de movilidad de quienes trabajan en estos espacios. También es importante no perder de vista que el tatuador que comparte este relato se desempeña en un estudio de tatuajes situado en una colonia popular con escaso reconocimiento. A pesar de ello, su relato revela aspectos que lo diferencian de aquellos en una posición más desfavorable que la suya. Esto no solo representa una vía que constituye fronteras simbólicas e incluso morales (Lamont, 1992, 2001) en relación con la práctica de los “otros” que, en este caso, “no son profesionales”, sino que da razón a la manera en que los parámetros producidos desde posiciones de poder los reproducen sectores y agentes que carecen de ellas. Dicho de otra manera, el proceso de diferenciación lo incorporan incluso aquellos que están fuera de la parte mejor valorada de la estructura ocupacional.

Los esquemas de percepción, apreciación y acción permiten la reproducción de estos relatos y tienen un efecto directo en las dinámicas prácticas de la ocupación. En ese sentido, los sistemas de diferenciación no solo permiten un proceso de separación simbólico, sino que son fundamentales en el ordenamiento y la asignación de posiciones de la ocupación.

La formación de barreras de acceso

La amplia variedad de prácticas, instrumentos, métodos, espacios de trabajo, estilos y todos los aspectos relacionados con la labor de tatuador es el principal impulsor de la pluralidad sobre la que se establece esta ocupación. En el momento actual, caracterizado por la especialización, también se conformaron maneras diferenciadas de percibir y llevar a cabo este empleo. Consecuentemente, este proceso es fundamental para la formación de diversos grupos desde los cuales se pone en práctica, de manera disímil, esta labor. Estos grupos constituyen espacios centrales en la producción de sistemas de evaluación y son núcleos de socialización que permiten la legitimación de ciertas prácticas sobre otras. De hecho, este proceso se vincula también con el tipo de consumo de tatuajes en la medida en que el mercado actual ofrece a los consumidores una gran variedad de posibilidades, por ejemplo, acceder a una marca corporal de menor costo y valoración, hasta aquellos tatuajes que se producen en espacios apegados a lógicas similares al arte. Si bien este mercado se distingue por elementos económicos, como muchas veces es nombrado en la ocupación, la diferenciación no se limita a una dimensión meramente material. Conviene traer a cuento el comentario de Jerónimo, un reconocido tatuador que además goza de una posición privilegiada en el mundo del arte:

Siempre hay una versión pirata de todo para la gente que no le alcanza o que no quiere gastar dinero. Entonces es una mezcla de muchas cosas. O sea, tal vez lo que se tatúa en los tianguis tiene más que ver con lo que la banda del barrio va dictando. No como en la moda tal vez que siguen estos estudios McDonald’s [se refiere a las tiendas de tatuaje en las que se busca maximizar la ganancia], que son como infinitos, letras chinas, etc., sino más bien como otra onda de los propios barrios: Santa Muerte, San Judas… no sé cuáles sean las modas de los barrios (Jerónimo, entrevista realizada en 2019).

En primera instancia, la experiencia de Jerónimo demuestra que hay distintos sectores o mercados, en los cuales la lógica para apreciar las iconografías y las estéticas se aplica de manera diferencial. Además de los tianguis y los establecimientos donde se busca la maximización de ganancias (a los que denomina McDonald´s, en referencia a la producción en masa), es posible encontrar otros grupos, por ejemplo, quienes perciben su producción como un proceso artístico o como un oficio. Las prácticas que se desarrollan en cada uno de estos grupos cobran particular valor en términos sociales, económicos y simbólicos y, por ende, son parte central en el proceso de inequidad en las relaciones ocupacionales. El tatuaje se ha transformado en un bien que puede ser adquirido en distintas condiciones y bajo características diversas. Ello explica, por ejemplo, la diversificación actual en el tipo de espacios de trabajo que van desde los ubicados en los tianguis hasta los de mayor proyección, como los estudios-galerías en las que se ejerce como pieza artística o, incluso, en departamentos acondicionados para fungir como estudios privados.

Lo que se juega detrás del acceso a estos sectores es un conjunto de prácticas vinculadas a percepciones y formas disímiles de percibir y ejercer la ocupación de tatuador. Es decir, se establece un vínculo sobre el tipo de tatuaje que se ofrece y la forma en que se valora la propia marca corporal: “un tatuaje bien hecho y realizado en un buen espacio” frente a “algo barato y mal hecho”, como comúnmente se referenciaba en las entrevistas. Estos factores no solo operan en lo individual, sino que se han cristalizado de manera estructural y configurado algunas fronteras que delimitan los sectores del campo desde los cuales se desarrolla el tatuaje y los públicos a los cuales va dirigido. En esta dimensión es preciso no perder de vista la formación de mercados de consumo, debido a que contribuyen de manera notable a la legitimación de los sistemas de evaluación de ciertas estéticas vinculadas a la decoración corporal.

La formación de estos grupos y sus propios sectores de consumo ha configurado un pequeño grupo elitista donde se ubican los tatuadores con mayor reconocimiento y quienes imponen tendencias en el campo laboral. No pertenecer al grupo de “tatuadores de élite” no implica la segregación total del campo; si bien no se conocen cifras exactas sobre el número de personas que ejercen esta labor, es un hecho que las posiciones mayormente valoradas las ocupa una minoría frente a toda la población de tatuadores.

En una expo le tatué a una chava el logo de Batman. ¿Sabes cuánto le cobraban los maestros? [se refiere a tatuadores de mayor reconocimiento] ¡1 500 pesos!, por un pinche murcielaguito [lo dice en un tono un tanto molesto]. ¿Sabes cuánto le cobré a la niña? 400 pesos y se fue feliz y le quedó igual. Todo en negro. Hasta me dio un beso de despedida [risas]. Era su primer tatuaje. Y hasta le agradecí por permitirme trabajar en su piel. Luego llegó otra niña que quería un gatito así [con las manos refiere a un tatuaje menor a 10 centímetros], le cobraban 2 000 pesos. Yo le cobré 800 y quedó igual que lo que ella quería (Tito, entrevista realizada en 2015).

El que un consumidor no perciba el vínculo que puede haber entre un tatuador y su producción conlleva que busque únicamente la réplica de una imagen sin importar si su productor cuenta o no con reconocimiento. En realidad, estas circunstancias ponen de manifiesto que el tatuaje se percibe como un producto sujeto a una lógica de comercialización y que su consumo no necesariamente implica la búsqueda de tatuadores de renombre. A diferencia de lo que sucede en algunas profesiones artísticas, donde los clientes buscan la marca distintiva de un artista, el relato de Tito ilustra la dinámica de un segmento de productores en el cual la creación de marcas corporales se basa en la aplicación de habilidades técnicas básicas para copiar o satisfacer las demandas de un público menos conocedor, siempre que el precio sea considerado “justo”. Esto sitúa a los tatuadores en una posición de menor exigencia, ya que su trabajo se evalúa en un ámbito de menor nivel de rigurosidad. Asimismo, en algunas circunstancias la valoración de ciertas producciones contribuye a la constitución de públicos selectos que participan en los procesos de legitimación de posiciones y producciones estéticas. De esta manera, hay un segmento específico de consumidores que actúa como coleccionistas, individuos con un profundo conocimiento en el ámbito del tatuaje dominante que eligen adquirir marcas corporales de artistas reconocidos. Estos coleccionistas buscan de manera constante obtener tatuajes de individuos altamente respetados en la industria.

Reflexiones finales: de la diferenciación a los sistemas de desigualdad

La correlación entre la apreciación de ciertas estéticas y la configuración de la estructura social no es un mero reflejo de preferencias subjetivas, sino una manifestación proveniente de elementos estructurales que dependen de la posición y los espacios de socialización. Mediante un análisis meticuloso de la producción de tatuajes en México, afirmo que los sistemas de valoración estética forjan, en primera instancia, esquemas de identificación y distanciamiento social y cumplen así un papel fundamental en los procesos de diferenciación entre tatuadores. Sin embargo, dicha distinción contribuye, en un segundo momento, al establecimiento de procesos de jerarquización ocupacional que lleva al acceso desigual a recursos y recompensas. Con el marco teórico de Bourdieu, he desentrañado los esquemas de percepción y acción históricamente conformados y su efecto en la movilidad y estratificación ocupacional en el ámbito del tatuaje en México.

Como argumento central, también develé que la cristalización de los sistemas de valoración es intrínseca a la consolidación de desigualdades dentro de esta profesión. El artículo da cuenta de que el campo laboral del tatuaje está marcado por un intrincado proceso de diferenciación, donde la lucha por legitimar ciertas estéticas dominantes solidifica la estratificación y sustenta las relaciones de desigualdad, evidenciadas en segregación y acceso limitado a posiciones privilegiadas para ciertos grupos de tatuadores. Destaca una estructura ocupacional muy estratificada, donde la reproducción de sistemas de valoración estética, lejos de ser neutral, intensifica las asimetrías y consolida la concentración de recursos valorados y reconocimiento social. Al trascender la evaluación superficial de habilidades, se ha expuesto la imbricación de estos sistemas con la estructura ocupacional misma, lo que repercute significativamente en la movilidad y asignación de posiciones y cuestiona la supuesta meritocracia de estos sistemas y su influencia en la creación de barreras al acceso y en la configuración de la distribución de recompensas.

En definitiva, es una perspectiva crítica que impugna la reproducción acrítica de los sistemas de valoración estética como mecanismos generadores y perpetuadores de desigualdades y segregaciones ocupacionales. Los resultados apuntan a la imperiosa necesidad de indagar más allá de las intersecciones entre estética, ocupación y desigualdad social, para ampliar el entendimiento de estos fenómenos en diversos contextos culturales y geográficos. Sin embargo, la relevancia de este estudio trasciende el ámbito específico de los tatuadores en la Ciudad de México; destaca que los procesos de diferenciación emergen de la individualidad y están intrínsecamente vinculados a la posición social del individuo, sus espacios de socialización y los recursos que manejan y movilizan a lo largo de su vida. Estos procesos derivan en sistemas de inequidad que son constantemente legitimados a través de su reproducción en la cotidianidad, en cada acto de valoración o rechazo, al activar así un sistema jerárquico que estructura el mundo social.

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2Del aparato teórico de Pierre Bourdieu recupero lacategoría disposiciones por su capacidad para dar cuenta de la incorporación de sistemas de acción desde los cuales los agentes experimentan y practican el mundo social. El sociólogo francés menciona al respecto: “La palabra ‘disposición’ parece particularmente apropiada para expresar lo que oculta el concepto de habitus (definido como sistema de disposiciones); en efecto, él expresa en principio el resultado de una acción organizadora que presenta, entonces, un sentido muy próximo a palabras como estructura; él designa, por otra parte, una manera de ser, un estado habitual (en particular del cuerpo) y, en particular, una predisposición, una tendencia, una propensión o una inclinación” (Bourdieu, 2012a, p. 317n).

3Es fundamental reconocer el trabajo realizado en otros países, donde se analiza la ocupación de tatuador desde diferentes perspectivas sociológicas. Estos estudios son centrales para la presente propuesta y algunos dan cuenta de ejes como la artificación del tatuaje (Kosut, 2013), la constitución de carreras laborales y los procesos de socialización en los lugares de trabajo (Sanders, 2008; Foemmel, 2009), la estratificación y formación de grupos de poder de tatuadores y el consumo de públicos “coleccionistas” (DeMello, 2000; Vali, 2000; Irwin, 2003), así como la aceptación y masificación del tatuaje (Rees, 2016).

4Los estilos son tendencias técnicas, estéticas e iconográficas desde las cuales se producen distintos diseños de tatuajes. Por ejemplo, el estilo llamado tradicional americano se caracteriza por líneas negras y gruesas que demarcan la imagen, paletas de colores reducidas y pocos degradados. La iconografía se relaciona generalmente con los marinos norteamericanos de los años sesenta: anclas, corazones, dagas, entre otras imágenes. Actualmente, la instauración de estas tendencias permite que los tatuadores puedan especializarse en un estilo y generar un público propio que desee ese tipo de producción.

5Producto de este proceso de sectorización, en mi investigación doctoral (Recinas, 2022) he reconocido la presencia de cuatro sectores: 1) aquellos que ejercen la actividad como una manera de autoempleo o de obtención de recursos para la sobrevivencia; 2) quienes visualizan su labor como un oficio que debe apegarse a ciertos cánones tradicionales del tatuaje; 3) los tatuadores que, debido a su formación y a los espacios de socialización, despliegan esta actividad como un ejercicio de profesión artística; y, finalmente, 4) el sector que se apega a la subordinación laboral, esto es, tatuadores que se emplean en establecimientos comerciales donde deben acatar las normas instituidas por un dueño o patrón que no siempre es tatuador.

6Insistiré en que dicho ordenamiento no se establece a partir de los sistemas de valoración de las producciones en términos estéticos. En este proceso también intervienen otros elementos, como la movilización de redes o vínculos sociales, los espacios de interacción, la proyección de los tatuadores y otro tipo de elementos que hacen del campo laboral un espacio más complejo en su estructuración.

1 Programa de Becas Posdoctorales en la UNAM, becario del Instituto de Investigaciones Sociales con asesoría de María Cristina Bayón.

Recibido: 31 de Enero de 2024; Aprobado: 11 de Octubre de 2024; Publicado: 01 de Diciembre de 2024

Acerca del autor

Saúl Recinas López es becario posdoctoral en el Instituto de Investigaciones Sociales de la unam, donde desarrolla el proyecto “De cuerpos y estéticas: sobre la constitución de la ‘otredad’ y el estigma”. Obtuvo su doctorado en Ciencia Social con especialidad en Sociología por El Colegio de México. Desde 2009, ha sido parte de varios proyectos significativos auspiciados por la Dirección General de Asuntos del Personal Académico (DGAPA) de la UNAM en temas de dinámicas institucionales y violencia. Actualmente participa en una investigación de El Colegio de México sobre el trabajo en la era del capitalismo digital en México y colabora con el Barnard College, Universidad de Columbia, en un estudio sobre gobernanza criminal en México.

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