Vida ritual en Xochitécatl es un libro cuyos autores, Mari Carmen Serra Puche y Carlos Lazcano Arce, publican en el Instituto de Investigaciones Antropológicas de la Universidad Nacional Autónoma de México. Una obra que, si bien es producto de una investigación arqueológica, su lectura es de gran relevancia para otras disciplinas antropológicas e históricas.
El libro se enfoca en plasmar temas de interés que abordamos en nuestras indagaciones como son los ejes que dan paso a la estructura de esta obra: la importancia de un paisaje que se considera sagrado, las edificaciones que no sólo muestran diferentes momentos en su construcción, sino que dejan ver en sus orientaciones y dimensiones su relación estrecha con el mundo natural, edificaciones que son testimonio de un ámbito de poder y de gran culto. Otro tema relevante es el abandono de una ciudad y su reocupación muchos años después; temas que invitan a pensar en por qué sus habitantes se van, qué provoca la movilización y qué recuerdos e intereses se fueron transmitiendo para la nueva ocupación en relación con la ritualidad, la identidad, los espacios y el tiempo pensados en función de las presencias de entidades femeninas. Lo anterior conforma varios capítulos que dan cuenta justamente de la vida ritual de un sitio que cuestiona, ante el cual los autores ofrecen el resultado de sus pesquisas. Temas que abordamos los antropólogos sociales y que son preocupación constante en nuestras investigaciones, porque cuando uno lleva a cabo trabajo de campo, independientemente de lo que guíe la investigación. Siempre asoma a nuestra mirada la importancia de la geografía, en este caso el paisaje, para la vida ritual y los objetos en la misma. Muestra, de igual manera, un problema actual, pero que sin duda marca la vida de la humanidad desde su origen, los movimientos poblacionales.
No menos relevante es la complejidad de las relaciones sociales y, sin duda, de la interacción que desde tiempos remotos se lleva a cabo entre poblaciones de diferente filiación étnica. Es significativo el papel que jugaron los sujetos sociales y las cuestiones de género dentro de lo que une a toda una tradición de culturas en lo que hoy es México, eso que se comparte, que se resignifica a nivel cultural y que va delimitando y perfilando las identidades. Por lo anterior, me gustaría destacar cinco aspectos que encuentro importantes.
El contexto geográfico, escenario en la recreación de una forma de ver el mundo
El lugar de estudio, el valle de Tlaxcala, se señala como un corredor que conecta las planicies del Golfo de México con la Mixteca baja, la Cuenca de México, los Valles Centrales de Oaxaca y la Tierra caliente. Enfatizar sobre la ubicación me permitirá hablar de las relaciones étnicas que más tarde abordan los autores. Por ahora, prosigo en la importancia de su geografía parafraseando las palabras de Mari Carmen Serra y Carlos Lazcano, en las que hacen alusión a un entorno estratégico, protegido, rodeado por un valle de tierras fértiles y de nichos ecológicos, cuya fecundidad y reproducción fueron fundamentales para una población sedentaria en constante crecimiento; un espacio que hoy:
a pesar de los milenios, los años y los días transcurridos, una simple mirada al entorno desde la cúspide del volcán Xochitécatl nos cautiva -quizá como algún día les sucedió a aquellos grupos aldeanos- y nos regala un paisaje rodado por serranías, planicies, volcanes que se yerguen imponentes y que se dibujan en la vastedad del horizonte con la salida del sol o de la luna. Esta experiencia visual de hoy nos permite vivificar cómo es que los antiguos pobladores de estas fértiles planicies rellenaron y aplanaron la cima de un volcán extinto, para después edificar un centro ceremonial dedicado a venerar el extraordinario espacio natural (Serra Puche y Lazcano Arce 2023, 10).
Los autores consideran que fue en este espacio donde se empezó a gestar una revolución económica, social e intelectual, ahí surgió Xochitécatl. Desde su estratégica ubicación se apreciaba el paisaje volcánico circundante: el Popocatépetl, el Ixtacíhuatl y la Malinche, personajes centrales de una geografía sagrada que, sin duda, influyó en la elección de los lugares para asentarse y fundar sus centros ceremoniales, al recrear un pensamiento cosmogónico. Los volcanes determinaron el esquema del centro ceremonial Xochitécatl, la alineación de sus edificios y la razón de ser de su edificación.
Las visiones integrantes del paisaje propiciaron las condiciones para la celebración de ritos y ceremonias, no sólo como una demanda del pensamiento religioso alimentado por el deseo de apaciguar a la naturaleza; sino con la finalidad de que los grupos poderosos pudieran ejercer un control político y social desde la cima.
El movimiento de la población; un irse y después un regreso
El desarrollo del valle de Tlaxcala y sus expresiones culturales, particularmente en Xochitécatl, de acuerdo con Serra Puche y Lazcano Arce, fueron interrumpidas de manera inesperada. La evidencia arqueológica muestra material y artículos abandonados con cierta premura: una olla sobre un fogón, los desechos de talla de obsidiana en el mismo lugar donde se manufacturaban, así como otros objetos. Un abandono que sitúan a finales del periodo formativo y que se prolongó a lo largo del periodo Clásico. Si bien los autores consideran que se debió a la erupción del Popocatépetl, para los antropólogos interesados en los movimientos de población, como es mi caso, el abandonar un espacio es una decisión extremadamente difícil, como señala Antonio Moreno Ruíz en su poema "Nada es fácil":
La verdad, (casi) nada es fácil,
Y mucho menos un comienzo,
Y cuando uno es arrancado de su tierra,
Todavía menos.
O es arrancado o se le arranca,
Y aunque intente crecer en otro sitio,
La raíz es tan fuerte, tan posesiva,
Que a la memoria le produce harto suplicio.
Y el drama psicológico,
Pues cuando uno está aquí, piensa en allí,
¿Y cuándo está allí en qué piensa?
Pues piensa en aquí...
Emigrar no es fácil,
Nada es fácil, nada ...
Las palabras de Antonio Moreno Ruíz sin duda llevan a pensar en lo difícil que debe haber sido para los pobladores del Valle abandonar tan fértiles tierras, un lugar tan estratégico rodeado de guardianes sagrados. Tal vez fue ese recuerdo que se transmitió de generación en generación lo que llevó a que, quinientos años después, los descendientes de estos hombres desarraigados regresaran a repoblar el sitio de Xochitécatl en el periodo Epiclásico. Sin embargo, la nueva ocupación lejos estaba de dar cuenta de una forma de vida aldeana y, de acuerdo a los autores, estuvo representada por la existencia de dos estamentos: uno dominante, propietario de la fuerza de trabajo y del conocimiento, y otro subordinado encargado de las tareas agrícolas y artesanales que sustentaban económicamente al conjunto social de Xochitécatl-Cacaxtla. Asimismo, encontraron una red de intercambio importante en el periodo en la que circulaban bienes y materias primas. Durante el tiempo de investigación, la información arqueológica y la diversidad de análisis, que se llevaron a cabo para determinar fechas de ocupación, les permite a los autores destacar la recuperación de zonas habitacionales para afirmar que en el centro ceremonial se conservaron las antiguas costumbres y que las prácticas rituales fueron similares a las que había antes del abandono. No obstante, se marca la diferencia entre el antes y el después al destacar que la ciudad se reconstruyó con una nueva grandeza, pero mantuvo un eje Este-Oeste buscando la armonía entre la geografía sagrada y la vida cotidiana. Una afirmación que sin duda denota la relevancia que adquiere el mundo simbólico y la naturaleza socializada. Una forma de ver el mundo a través de restos materiales, pero que también intentan recrear al recurrir a la tradición oral; esa herramienta antropológica que busca en las memorias actuales de los habitantes del valle atisbos de saberes y creencias que por generaciones se han transmitido de boca en boca, a veces en algún evento ritual, otras alrededor de un fogón, unas más cuando el antropólogo pregunta sobre sus creencias. Así, es una y otras formas de indagación las que dan cuenta de un mundo donde hombres, animales y recursos naturales interactuaron y lo siguen haciendo para lograr reproducir el mundo social. Los volcanes sin duda fueron y son los geosímbolos que enmarcan el paisaje, que permiten al lector descubrir en esta obra la importancia de ver un problema partiendo de entender el mundo en el que cobran significado procesos, creencias e identidades.
Los objetos
El Valle de Tlaxcala, en síntesis, muestra que el tiempo está materializado en el espacio y que, en éste, cada formación volcánica se convierte en la expresión de la acumulación de tiempos míticos y reales. Sociedad naturalizada producto de la visión del mundo de grupos étnicos, que encontraron en estas tierras los mejores recursos para lograr su reproducción. Grupos étnicos que bien supieron ordenar los componentes del mundo social para regularizar complejas relaciones de poder, reciprocidad e intercambios.
Un espacio es definido también como un conjunto indisoluble de sistemas de objetos y sistemas de acción (Santos 2000,18) que hace alarde de lo que bien se puede llamar una sociedad naturalizada. Prueba de lo anterior es la relevancia que cobran los objetos encontrados y que me permite destacar un tercer aspecto: la importancia de los objetos rituales encontrados en la pirámide de las Flores que se orienta perfectamente con la silueta de la Malinche. Desde este espacio durante el equinoccio del mes de septiembre, señalan los autores, se puede observar el sol que al amanecer se muestra por la boca del rostro que asemeja el perfil de la Malinche. Es esta pirámide de las Flores donde los dos arqueólogos encontraron figurillas que hacen referencia a ceremonias e indican el lugar donde se llevaban a cabo los ritos, también señalan el papel fundamental que tuvieron las mujeres durante las celebraciones. Las figurillas encontradas nos introducen al fascinante mundo de los objetos, que aquí representan a la mujer en diferentes etapas de su vida (juventud, embarazo, nacimiento, maternidad, vejez, muerte) y asoman vestigios en sus ajuares que hablan de su importancia en la vida social y la estructura de poder. Son objetos que parecieran hablar como elementos animados, con capacidad de agencia. Figurillas de mujeres que aparecen como símbolos en los rituales, como signos y símbolos de poder.
Volcanes y figurillas femeninas siguen dando cuenta de lo que hace más de un siglo,. y hasta la actualidad, llevó a autores como Edward B. Tylor (1984), Durkheim (1982), Marcel Maus (1976) a buscar en los objetos su fortaleza en la manera en que sobre ellos actúan las fuerzas vivas de la sociedad, su énfasis, el hau que poseen los objetos, el alma y el poder de las cosas inanimadas, que nos descubren formas simbólicas, un modo de pensar que recrea lo real de una manera particular. Una manera propia que responde a una peculiaridad cultural, a un modo de estar en el mundo, de producir sentido a su existencia. Objetos que, como_señala Maurice Godelier (1998), son cosas que poseen un espíritu y, por lo tanto, poderes. Esto permite su constitución en signos y símbolos.
La creencia en poderes reales o espirituales de los objetos es la prueba más directa de que el poder contiene en sí mismo "núcleos de imaginario" que las relaciones políticas y jerárquicas entre grupos, y entre hombres y mujeres no pueden existir más que legitimadas por las relaciones con el mundo sobrenatural, con el origen de las cosas; en suma, por representaciones sociales de los fundamentos imaginarios del orden del universo. Tales planteamientos, de acuerdo a Godelier, dejan constancia de la presencia de un hecho universal: el origen de leyes, las cuales requieren para poder ser reproducidas aparecer en ciertas relaciones sociales cargadas de legitimidad por tener un origen más allá del mundo humano, en un orden inmutable y sagrado (1998, 179).
Detener su mirada en lo simbólico de tales figuras femeninas, como lo hacen Mari Carmen Serra y Carlos Lazcano, permite leer la trama de la cultura estudiada y su conformación socio-histórica. Nos lleva así también a entender la articulación significante que crea un mundo, conforma identidades culturales y nos permite entender la manera en que se articula la comprensión de sí mismo a través de un pensamiento que es original y también originante.
Seguir los rituales del pasado, y los que continúan en el presente con otros objetos ofrecidos a las mismas conformaciones volcánicas, es enfocar la mirada a la eficacia de los rituales con sus propios instrumentos simbólicos como el mejor garante de que habrá protección y bonanza para los campos y los sembrados, pero también con un propósito social que en el pasado fue imponer poder y control, y en el presente asegurar la reproducción social.
Lo que encontramos en esta obra es la manifestación concreta de un tipo de pensamiento de los pueblos mesoamericanos que no trabaja con objetos, sino con cosas que son favorables, en este caso y de acuerdo a ambos autores, para implantar una estrategia política sobre el área y la región.
Las identidades
La identidad de los pobladores de Xochitécatl es otro aspecto a destacar en la obra. Una identidad, como lado subjetivo de la cultura, que se constituye en virtud de un juego dialéctico entre la autoafirmación y la diferencia según Gilberto Giménez (2005, 11).
Los antiguos habitantes de la región del Valle de Tlaxcala tuvieron una identidad que se aprecia en sus formas de vestir y en los diversos motivos que los autores destacan en manera por demás meticulosa. Por ejemplo, como señalan Lazcano y Serra, el color rojo como pintura facial, en faldas y quechquemitl de las mujeres, la combinación blanca con rojo que aparece en los tocados de banda rayada y la pintura facial bicromática amarilla y roja. Pero además de la simbología de los colores, las figurillas presentan otros elementos significativos como son los motivos y glifos. Motivos que aparecen en otras culturas como la de los olmecas, los mixtecos del centro de Veracruz y en la iconografía que representa a Tláloc. El glifo flor aparece en la iconografía mesoamericana y se encuentra como motivo identificador de la Diosa Xochitécatl. El escalonado, las grecas relacionadas con el motivo llamado piel de serpiente originario de la cerámica teotihuacana vinculado con las deidades de la tierra, frecuente en la cerámica azteca y que entre las figuras de Xochitécatl se encuentra en las faldas del tipo tres escaleras cafés sobre fondo blanco y que aparece asimismo en uno de los tipos de quechquemitl en Remojadas.
Las expresiones faciales de algunas de las figurillas transmiten el mismo conjunto de símbolos, tal es el caso de la amplia sonrisa que se descubre en las estatuillas y que representa una mutilación dentaria sobre los dos incisivos centrales, lo que puede identificarse con el patrón ik maya que hace referencia al dios solar Kinich Ahau equivalente a Tláloc, deidades asociadas a la fertilidad. Los atuendos femeninos son diversos, unas figurillas lucen ricamente ataviadas, unas sentadas en un trono o palanquín, con tocados de serpiente denotando sin duda su cualidad como gobernante, otras aparecen con sencillo quechquemitl o con el cuerpo pintado. Unas y otras hablan de la estructura social de esta población.
Las 246 figurillas de Xochitécatl reúnen tres conceptos primordiales que reflejan el antiguo pensamiento mesoamericano: la fertilidad, el sacrificio y el poder. Las figurillas de Xochiquetzal también reflejan el contexto de las interacciones culturales del Epiclásico:
Las deidades en conexión con los conceptos de fertilidad aluden a la costa del Golfo. La postura de brazos es una clara referencia a las figurillas [...] del centro de Veracruz; las figuras sentadas encuentran equivalente en el tipo [...] de Tabasco. Las que cargan niños son comunes en Jonuta, [...] Altar de Sacrificios y en Campeche. [...] Tlaxcala, a medio camino entre la Cuenca de México y el Golfo, parece haber constituido una región de mestizaje e hibridación desde el formativo (Serra Puche y Lazcano Arce 2023: p. 94).
Lo anterior caracteriza a una región donde las interacciones dieron pauta para incorporar elementos de diversas culturas, compartiendo significados, pero también demarcar las fronteras entre un nosotros y los otros.
La identidad étnica de los pobladores de Xochitécatl-Cacaxtla
Finalmente, sin seguir el orden de los capítulos, me gustaría referirme a un tema por demás apasionante y al reto que enfrentan los arqueólogos al encontrar un sitio donde aparecen edificios, piedras de diversos tipos y en distintos lugares, figurillas, tepalcates y si acaso algunos entierros. Materia inerte a la que le hacen preguntas y la que sin voz contesta, permitiendo a esta fascinante disciplina inferir un sinfín de supuestos como, en este caso, las filiaciones étnicas de los antiguos ocupantes de centros ceremoniales tan importantes como Xochitécatl. Es en el capítulo denominado "Las huellas de identidad" donde se aborda el origen de los antiguos habitantes de este sitio. Aquí, no sólo las figurillas dicen algo, se buscan otras voces recurriendo a los cronistas y a una diversidad de autores interesados en descubrir qué grupo étnico fue el constructor de tan importante cultura. Así, los legados de Román Piña Chan, Pedro Carrasco, Jeffrey Parsons, García Cook, Jacques Soustelle, David Wright, Charles Gibson, entre otros, sirven a Serra Puche y Lazcano Arce para empezar las inferencias. Mientras buscan huellas, también recurren a las evidencias etnográficas como son los bordados, las leyendas, la gastronomía, las representaciones en los atavíos, las deformaciones craneales y dentales, así como la coloración corporal la forma en que se considera que una población en especial seleccionaba los cerros y cuevas para edificar sus centros ceremoniales "Con base en toda información anterior, nos inclinamos a afirmar que la identidad étnica de Xochitécatl-Cacaxtla tuvo una filiación otomiana" (Puche y Arce, 2023).
Soy consciente de que lo expuesto en este breve texto son sólo pinceladas de una investigación de larga data, pero espero despertar el interés del público para leer el libro completo y adentrarse en el fascinante mundo de la vida ritual en Xochitécatl.














