31El diablo viste de dandi: una crítica a la modernidad en “La diablesa” de Amado NervoCuevas Velasco, Norma Angélica y Alfredo Pavón, coordinadores. Narradores mexicanos del siglo XXI. (Entre la entropía y la neguentropía). Universidad Veracruzana, 2024 
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Connotas. Revista de crítica y teoría literarias

 ISSN 2448-6019 ISSN 1870-6630

Connotas. Rev. crit. teór. lit.  no.31 Hermosillo jul./dic. 2025   06--2025

https://doi.org/10.36798/critlit.i31.556 

Notas críticas

La geopoética del exilio: En estado de memoria de Tununa Mercado

The Geopoetics of exile: En estado de memoria by Tununa Mercado1

Carlos Rocha Gutiérrez1 
http://orcid.org/0009-0006-5335-7451

1Universidad Autónoma de Aguascalientes/ Universidad de las Artes, México carlos.rocha.gtz@gmail.com


Resumen:

Esta nota crítica examina la obra En estado de memoria (1990) de Tununa Mercado a través del concepto de geopoética, propuesto por Fernando Aínsa, en combinación con la cartografía social de Horacio Cerutti Guldberg, y otras miradas sobre el exilio y la escritura. A partir de la experiencia del exilio de Tununa Mercado en México, se destaca cómo su narrativa híbrida (que entrelaza memorias, ensayos y relatos( explora la relación entre el espacio y la subjetividad del desarraigo. El análisis se organiza en cuatro secciones: en la primera se discute el vínculo roto con Argentina; en la segunda se detalla la integración en México y la creación de espacios simbólicos; en la tercera se pregunta por el retorno y la sensación de alienación, mientras que en la última se enfatiza la escritura como refugio frente al desplazamiento. Así se argumenta cómo, en el libro En estado de memoria, la memoria y la escritura reconfiguran el espacio vivido del exiliado, proporcionando una nueva cartografía emotiva. De tal forma, la geopoética ofrece una perspectiva enriquecedora para comprender las conexiones afectivas con los territorios habitados, lo que puede abrir líneas de investigación relevantes en la literatura del exilio.

Palabras clave: espacio vivido; escritura y exilio; desarraigo y literatura; Argentina y México; cartografía emotiva

Abstract:

This critical note examines Tununa Mercado’s En estado de memoria (1990) through the concept of geopoetics, as proposed by Fernando Aínsa, in combination with Horacio Cerutti Guldberg’s social cartography, and other views on exile and writing. Based on Tununa Mercado’s experience of exile in Mexico, it highlights how her hybrid narrative (which interwines memoirs, essays, and stories( explores the relationship between space and the subjectivity of uprootedness. The analysis is organized into four sections: the first discusses the broken link with Argentina; the second details integration in Mexico and the creation of symbolic spaces; the third asks about return and the sense of alienation, while the last section emphasizes writing as a refuge from displacement. Thus, it is argued how, in the book En estado de memoria, memory and writing reshape the lived space of the exiled, providing a new emotive cartography. In that sense, geopoetics provides a enriching perspective to understand the affective connections with the inhabited territories, which can open relevant lines of research in the literature of exile.

Keywords: espacio vivido; writing and exile; uprooting and literature; Argentina and Mexico; emotive cartography

Introducción

Entre 1966 y 1970, la escritora argentina Tununa Mercado (1939) y el recientemente fallecido investigador y escritor Noé Jitrik (1928-2022) vivieron en Europa. Entre 1974 y 1986, la pareja y sus hijos habitaron en México. Para Tununa, estos dos periodos (el primero que vivió entre sus 27 y 31 años, y el segundo que vivió de sus 34 a 47( representan “dieciséis años fuera del país por culpa de golpes, dictaduras y contubernios represivos cívico militares” (Mercado 63).

Estas dos experiencias son la base de En estado de memoria (1990) -con especial énfasis en el periodo mexicano-, un texto íntimo e híbrido que relata la experiencia del exilio de su autora. A diferencia de cierta literatura testimonial que trata de dar cuenta objetiva de los hechos o señalar a los culpables (Strejilevich 11-20), el libro de Tununa Mercado retrata la experiencia subjetiva de la partida, la estadía en el exterior, el regreso y la inadaptabilidad del exiliado.

En estado de memoria ha sido analizado desde diversas vertientes. Se ha visto desde la “zozobra mental” (Corbatta), desde enfoques psicológicos de la puesta en relación de la problemática individual de la protagonista con la problemática social (Camarena Castellanos), desde el trauma (Oomen), desde la “escritura de los recuerdos” (Giordano) o desde los múltiples saberes adquiridos en el exilio (Candia Gajá). Dado el particular énfasis que tiene el espacio vivido en este libro, entre otras miradas posibles, como la experiencia del cuerpo o un análisis psicoanalítico, en este trabajo propongo abordar la obra desde la noción de geopoética, postulada por el crítico y escritor Fernando Aínsa, para dar cuenta de la experiencia espacial-emotiva que construye la autora. En ese sentido, extiendo la noción de “cronotopo” de Mijaíl Bajtín con aspectos de la cartografía social, en específico la del “espacio vivido”, señalada por Horacio Cerutti Guldberg (165-167). Retomo, a su vez, la noción de “escrituras del exilio”, planteada por Andrea Bocchino, los señalamientos de Theodor W. Adorno sobre la escritura como la única patria del escritor exiliado, así como la situación de extranjería del escritor que apunta Juan José Saer, para mostrar el proceso fragmentario y emocional que construye En estado de memoria.

Este acercamiento desde la geopoética puede ser fértil para pensar las relaciones espaciales y los nexos emocionales que se construyen en el texto literario tanto en escrituras del exilio como en otros textos literarios. Para ello, estructuro el trabajo en cuatro secciones, que, indirectamente, homenajean el libro La patria fusilada de Francisco Urondo (1930-1976), asesinado durante la última dictadura cívico-militar argentina: “La patria fracturada”, donde se traza la relación con la Argentina desde la distancia; “La nueva patria”, que establece las relaciones de la escritora y otros exiliados con México; “La patria ¿recobrada?”, que pregunta por la situación de inadaptabilidad de aquel que regresa; así como “La patria escrituraria”, donde el texto mismo construye sus propias coordenadas de lectura.

La geopoética del exilio

De acuerdo con Mijaíl Bajtín, el cronotopo es la “conexión esencial de relaciones temporales y espaciales asimiladas artísticamente en la novela” (238). Dicho concepto ha servido para leer el texto narrativo en términos formales, si bien admite valoraciones y complementos. En particular, la propuesta de Fernando Aínsa de una geopoética latinoamericana analiza cómo, en diversos puntos de la historia literaria en América Latina, el texto se ha convertido en el espacio de completitud de la experiencia: “es en la lectura donde se produce la verdadera dilatación del espacio literario, es decir, donde el texto ‘da de sí’ y donde el encuentro autor-lector desencadena en éste una serie de respuestas que no sólo es decodificación, sino ajuste a una realidad verbal que pide ser completada” (Aínsa 10).

En su análisis histórico-literario, Aínsa señala cómo los autores de ciertos periodos han establecido relaciones con el espacio: los cronistas de Indias o la novela de la tierra son algunos ejemplos de la relación literatura/territorio en América Latina. En el caso particular de las escrituras del exilio (que Fernando Aínsa no analiza) se establecen dificultades: ¿cómo entender una literatura que representa el desarraigo o el desplazamiento? Exiliarse es precisamente moverse de un sitio, por lo que las relaciones espaciales se ven trastocadas. A su vez, como señala Juan José Saer, la escritura misma es un proceso de exilio en el que, más allá de las razones políticas o no de una salida, quien escribe está lindando los márgenes de la sociedad (270). En un texto que salta entre temporalidades y registros de manera constante, Mercado da cuenta de la experiencia desgarrada del exilio, tal como lo señala Eduardo Galeano: “Cuando uno es arrojado a tierras extranjeras, queda muy a la intemperie el alma y se pierden los habituales marcos de referencia y amparo” (Galeano 6).

En estado de memoria otorga claves desde su propio título para leer el territorio del desplazado. Refiere tanto a un estado, a un modo particular del ser humano (algo que lo atraviesa), como al verbo “estar”, una de cuyas posibles acepciones tiene que ver con la locación. Esta ambivalencia permite pensar la relación persona/territorio, al complementarse con una noción de la cartografía social: el espacio vivido (concepto reelaborado a partir de Arturo Ardao) que, según Cerutti Guldberg, “es aquel en el cual el ser humano se da cuenta del espacio que es él mismo, es donde se da el habitar, hay un punto central, tiene significado para él, sus ejes están determinados por el ser humano que los evoca” (Cerutti Guldberg 31).

En diversos momentos del libro, el exilio es caracterizado en términos espaciales como “una estancia sin estaciones” o como el “limbo argentino que era el exilio”. Pensar el espacio desde los afectos que nos unen a él permite, por un lado, interpretar el libro de Tununa Mercado desde sus referencias espaciales, para entender las relaciones afectivas que provocan la llegada a un nuevo sitio, la pérdida del hábitat o la extrañeza ante el regreso; y, por el otro, entender la propuesta híbrida del texto, que mezcla de manera fluida la novela, el ensayo, las memorias, el testimonio o los relatos. En suma, posibilita entender su cartografía interna y externa.

La patria fracturada

El texto de Mercado difiere de otros relatos de la época que dan cuenta puntual de los hechos que rodearon a la dictadura: no se citan tantos nombres de militares o se señalan hechos puntuales de represión. Más allá de ciertos anclajes biográficos (el tiempo del exilio, su periodo en Europa como maestra de Cultura Latinoamericana o el trabajo en la redacción de un periódico), priman en el texto la construcción subjetiva y el relato encadenado de los afectos. Hay referencias a lo que identificaríamos prototípicamente como “lo argentino”: el ejemplo del amigo que enseñaba a sellar la carne para el asado, la mención de las milanesas o del dulce de leche. Sobre la fractura con la Argentina, la narradora refiere: “ese país poca madre que nos había expulsado y sobre cuya situación se hablaba sin parar -el sol no se ponía, no había amaneceres- llenando por así decir con la materia argentina todo hueco de realidad” (Mercado 30).

Hay dos momentos en que la espacialidad juega un papel importante al mostrar la fractura que ocasionó la dictadura cívico-militar. Tununa Mercado relata que los argentinos, en dos momentos, hicieron ondear su bandera en suelo mexicano:

La primera, emocionado por el triunfo en el Mundial de Futbol, un grupo se hizo de la bandera y la enarboló por las calles de la ciudad mientras vitoreaba al seleccionado nacional; la otra, el mismo grupo se apersonó en la sede y se la llevó para ondearla frente a la embajada inglesa, identificado con la guerra que libraban los militares argentinos para recuperar las islas Malvinas. (34)

La bandera funge como un símbolo para la sustitución de lo ausente y la falta del país. El primer caso ejemplifica no sólo el proceso de celebración de un hecho deportivo (tan ligado al país como es el futbol), sino que enfatiza el recorrido por las calles de la ciudad: es una forma de traer la Argentina al espacio mexicano. En el segundo, al no estar en la Argentina para la guerra, las formas de “brindar apoyo” al ejército argentino2 se muestran al visitar el espacio del enemigo: la embajada inglesa.

En esta línea, en el capítulo llamado “Embajadas” se cuenta cómo Laura Bonaparte llevaba fotos de sus familiares desaparecidos ante la embajada argentina: “Eran tantos sus muertos que tenía que sostenerlos por turno de a uno o distribuir sus retratos entre seis personas, hasta que optó por poner una sola gran pancarta con el nombre de toda su familia exterminada. Ella también ha de haber sido una extraña figura para la gente que subía las Lomas en sus automóviles” (Mercado 126). Este tipo de rituales son sustitutorios y vindicativos, al dar cuenta de la voluntad política de confrontar al país fracturado. En la última cita, resalta la referencia espacial a las Lomas, puesto que hace ver el contraste: en este barrio históricamente de clase alta de la Ciudad de México, donde se ubica la embajada argentina, convivía la voluntad de memoria por parte de los exiliados con un grupo de personas mexicanas que probablemente no estaban enteradas o no dimensionaban la tragedia de sus vecinos.

La nueva patria

Ya fuese por la dictadura cívico-militar en Argentina en 1976, ya por el golpe de Pinochet en Chile en 1973, el exilio fue el camino obligado que tuvieron que recorrer muchos latinoamericanos en la década del setenta (Cymerman). A México llegaron diversas figuras como Pedro Orgambide, Poli Délano, Noé Jitrik, Juan Gelman, Tununa Mercado, entre otros.

La experiencia de exilio implica el desgarro; una identidad arrebatada de su contexto que debe aprender a relacionarse con otras personas, sitios, formas de pensar, entre otros. En las primeras páginas de En estado de memoria, Tununa describe la experiencia del exilio como un “enorme mural riveriano” (28). Es significativa esta comparación del pintor mexicano: entre las características de los murales de Diego Rivera destacan sus enormes dimensiones, su ubicación en espacios públicos y el hecho de que en ellos se representa un gran número de figuras.3

En ese gran mural, Tununa describe diferentes tipos de exiliados en México. Estaban los que se mezclaban y actuaban con cierta arrogancia frente al país; o los que vivían en el recuerdo, que se “pasaban el día pensando en su barrio” y en el “paraíso perdido” (Mercado 33). En el caso de los que se integraban a la sociedad mexicana, la autora caracteriza su proceso como una adaptación que implica la pérdida: aprender los modales mexicanos (cierta tendencia a usar demasiado “por favor” o “gracias”), modificar sus vocablos, dejar de vosear, tratar de cambiar la ye por la iod sin alcanzar el sonido ideal, o comprar artesanías para decorar sus casas. En este último aspecto hay una referencia interesante sobre el espacio: “a uno le creó la sensación de estar siempre en casa […] como si de una familia a otra no hubiera fronteras de gusto e intención y se permaneciera en un espacio común” (Mercado 37).

La casa como espacio propio tiene un doble sentido: asir la realidad del nuevo país a habitar, pero también, en esa ficcionalidad, crear un espacio que todos los argentinos pudieran compartir en el exilio; es decir, entrar a otra casa se convertía en un hogar provisorio, en sustituto del país perdido. Por ello, se organizaban las reuniones semanales para discutir sobre la situación política. Esa imposibilidad de volver crea un espacio imaginario en el país receptor: “Puesto que no podíamos volver y nadie nos reclamaba ni reclamaría por otro lado volver, vivíamos por sustitución, por interpósitas, nos procurábamos un país que estaba a miles de kilómetros de distancia y lo traíamos a la colonia Águilas o a la colonia Tlacopac, a la Calzada del Desierto de los Leones o al Callejón de la Rosa” (73). Si al país de origen no se puede volver y tampoco es total la integración en el país receptor, el exilio en sí mismo se convierte en una patria imaginaria. En el libro esta situación es compartida con diversos personajes, no sólo argentinos. Tununa narra la historia de Pedro (refugiado español de la Guerra Civil), la de Ovidio Gondi (asturiano que decidió no volver a España nunca más) y la del linyera matemático que visita la plaza Rodríguez Peña en Buenos Aires. Contar sus historias permite acercarse a ese limbo que construye la situación del desarraigo.

En esa nueva patria, Tununa describe una práctica compartida por todos los argentinos en el exilio: la visita a la casa de León Trotsky: “una especie de ritual iniciático, debe creerse que sólo en ese lugar cobra un alcance histórico y colectivo la suerte personal” (110). Con tantas pérdidas acumuladas e hijos asesinados, Trotsky representaba la figura del exiliado, rechazado en la misma patria que había ayudado a construir. El circuito se completaba con la visita a la Casa Azul4: “Cada vez que yo entraba en esas casas, la primera de la calle Viena, la segunda de la calle Allende, las dos en Coyoacán, sentía que ingresaba en una muy lejana e imaginaria casa ‘paterna’ que, saltando las décadas, transmigraba para cobijarme” (Mercado 116).

Además de tener que adaptarse al espacio nuevo, el desplazamiento implicaba también tener que acomodarse al nuevo estatuto: el de la persona en exilio. Por tanto, la narradora trata de construir esas patrias imaginarias. En esos rituales de reconocimiento se inventa una suerte de ciudadanía. Por contraste, en varias ocasiones, Tununa describe su deseo de ser mexicana pero también su imposibilidad de lograrlo.

La patria ¿recobrada?

Para la mayoría de los que volvieron, estar de nuevo en la Argentina no fue sencillo. El proceso del regreso es descrito por Tununa Mercado en términos irónicos, pues rechaza la pregunta “¿cómo se están adaptando?”. Muchos exiliados trataban de recuperar ciertos hábitos mexicanos, como el tomatillo o la tortilla, si bien la narradora describe con acidez que quizás solo habían comido milanesas con papas fritas en sus años en México. La experiencia de la vuelta para muchos se manifiesta en enfermedades: úlcera, gastritis, etcétera. Soledad Lastra ha remarcado esos impactos en la salud mental de los retornantes:

El retorno ha sido identificado como una nueva instancia de quiebre o conmoción subjetiva para las personas. La vuelta al lugar idealizado, el tiempo transcurrido del exilio (que en algunos casos fue muy extenso(, la situación familiar para el regreso y las condiciones materiales para concretarlo, son algunas de las dimensiones que hicieron de esta experiencia un momento de inestabilidad y angustia. (11)

Mercado percibe un “intento” de habitar esta experiencia ambivalente en el hecho de que muchos argentinos trasladaron en containers sus casas tal cual las tenían en México. Ella reconoce esa imposibilidad: “uno se siente un poco tonto por creer que esos pequeños rituales de acomodamiento en el suelo argentino van a salvarnos del estruendo de la identidad perdida” (38). El ritual de estabilidad, la ficción de un movimiento que se pretende inalterado, idéntico a sí mismo, se vuelve, para el migrante, una superstición inevitable.

En una tipología de los retornantes, Tununa describe a aquellos que vuelven al barrio y suspiran, aquellos que reconocen los lugares donde su vida transcurrió, aquellos que se paralizan ante un olor o sabor recobrado, o aquellos que se adjudican el derecho a recordar sin querer escuchar a los demás. Para ella, todos están separados de su entorno por una membrana, algo que los separa del mundo. La espacialidad también se trastoca por ello:

Esta membrana produce un efecto de mediación: las cosas no vuelven a tener el peso y la densidad normales que otrora tenían y guardan sus propias distancias respecto del sujeto en cuestión, mutante en la estructura. La alteración se manifiesta en las nociones espaciales, en el ordenamiento mental de los ritmos de la ciudad, en la percepción de las actitudes de la gente en la calle y en las respuestas que en cada caso tiene que dar el individuo para no entorpecer ni chocar. (131)

Mercado señala que hizo varios intentos de regreso antes de asentarse por fin en la Argentina: un mes en 1984, dos meses en 1986, ocho meses en 1987 y luego de manera permanente (cuando escribe el texto). En su primera vuelta, deseaba que el avión no bajara, y detalla: “los primeros días no pude ni asomarme a la calle; me aferré al reducido espacio del cuarto en que dormía” (67). Tras un recorrido por Recoleta, en el que siente náuseas, menciona que las caminatas se convirtieron en estrategias de reconocimiento: “la calle donde viví, la calle donde mataron a Fulano, la plaza desde donde levantaron a Perengano” (68). El regreso no puede ser inocente, porque el mismo lugar antes transitado ahora se ha cargado de otro tipo de memoria: secuestros o asesinatos hacen que el espacio propio adquiera un sentido abyecto. Al respecto, hay una descripción muy potente de usurpación del espacio: “El general Menéndez paseaba por mi ciudad y con su avance por las calles desplazaba, apartaba, por no decir eliminaba, el andar de mi padre” (123). La impunidad con que muchos militares salieron de la dictadura implica, a nivel personal, el desplazamiento conflictivo del recuerdo propio. Volver no es una experiencia satisfactoria en sí misma porque no es posible restituir, aún con el juicio, lo que se ha perdido.

Al recorrer la ciudad, en específico la calle Corrientes, la voz narrativa dice que la “muerte se había enseñoreado del sitio” (187). Menciona sus paseos por los lugares que conoció, donde trabajó, donde veía a Rodolfo Walsh5 o la casa donde habitó. Luego de varios intentos infructuosos de acercarse a la casa, reconoce la imposibilidad: “fui renunciando poco a poco a esa zona de la ciudad” (190). Sin embargo, en un ejercicio de recuperación provisoria, postula también la obligación de recuperar ese espacio: “no puede ser, me decía, que ellos, el calor, el muro, el vértigo de la altura, ganen la partida y se apoderen de mis derechos” (194).

La patria escrituraria

Siguiendo la idea de Adorno de que la única patria del escritor exiliado se encuentra en la escritura, Andrea Bocchino remarca la transitoriedad del espacio para quien escribe. Dado el desanclaje del espacio físico, queda entonces “su lugar, un lugar en movimiento [que] sólo puede tener que ver con el escribir para explicarse” (Bocchino 16). Es por ello que, para entender su propio estado de exilio, Tununa Mercado apela a la escritura. Sin embargo, reconoce que esta no es un consuelo en sí misma: “nada hago, pues, en su justo centro, no estoy en ninguna parte” (147). Su situación es transitoria, pero, aunque esté en movimiento, a partir de los espacios se piensa y repiensa a sí misma. A este respecto, Casarin ha señalado la “extimidad” de la escritura de Tununa:

los sucesos que se traman nacen de la historia de quien pulsa el instrumento y la va conociendo en la medida en que se despliega sobre el blanco […] Pero cuando lee, corrige, tacha y reescribe, esa Lectora / Autora recupera en parte la familiaridad de esa textura y se reconoce en lo escrito, a medias: ese texto es éxtimo. Es decir muestra el envés de la anécdota vivida por el sí mismo y se ofrece al Otro. (228-229)

A lo largo de En estado de memoria, hay diversas reflexiones metaliterarias que explican su confección. Una tiene que ver con la manera en que la voz narrativa describe su relación con la lectura. Tununa se piensa como una lectora de pocos libros, pero a conciencia. Más allá de leer en totalidades, lee “en pedacitos”: “Deficitaria, mi apropiación intelectual se produce por bocados; cuando muerdo el conjunto, las partes se me escamotean; cuando me detengo en las partes, el conjunto se vuelve borroso y así ando, a los tanteos, soltando o recuperando lo que capto, atesorando apenas los fondos de la gran caldera” (140).

Por otro lado, Bocchino recupera el concepto de alegoría benjaminiana para explicar la colección de rastros. En ese sentido, la escritura fragmentaria de En estado de memoria responde a la situación de un sujeto fragmentado en sus afectos. No se puede escribir de otra forma sobre el desgarramiento, o al menos lo entendió así Theodor Adorno en Minima Moralia. Para Tununa la situación es similar: la particular estructura híbrida y fragmentaria del libro (que, cabe decirlo, en 1990 utiliza muchos procedimientos hoy muy en boga en la literatura latinoamericana) también nos brinda sendas coordenadas. Por ejemplo, así se explica la interrupción del relato del hombre en la plaza, por reflexiones constantes, en el capítulo “En la intemperie”.

Otro aspecto textual tiene que ver con el propio título del libro. Mercado escribe que “se sale a la calle en estado de memoria [sic], ya sea que se le bloquee o se la deje en libertad de prenderse a los datos de la realidad” (130). Salir en estado de memoria, recorrer los espacios, es tratar de entenderlos a partir de la experiencia personal y colectiva; el espacio no es visto inocentemente, sino que se carga de ese estado memorioso. Las últimas páginas del libro unen la reflexión sobre el espacio y la escritura. En otra sección previa, se ha caracterizado al muro (el silencio, la situación propia del exilio, el desarraigo) como algo que imposibilitaba al sujeto. El libro describe que la única forma de “derrumbarlo” sería a través de la escritura. El cierre marca en realidad el inicio de En estado de memoria, el momento en el que Tununa se sienta a escribir sobre su experiencia:

Con caracteres pequeños, caligrafía desgarbada y desde el ángulo superior izquierdo empecé a escribir. La pluma rasgó la superficie y se adelantó, con un trazado incierto, produciendo pequeños cúmulos de texto […] encerré los bloques más reducidos dentro de otros y la dilatada página se pobló de núcleos rodeados de zanjas que a su vez eran recubiertos por lazadas cada vez más amplias que se iban alejando, sin perder las primeras cápsulas, y el muro, sobrecargado de una violenta energía, traspasado y transido por la grafía, expuesto a una intemperie desconocida hasta entonces, constreñido por su foso y dominado por un prolongado sitio, se fue cayendo, literalmente, sobre la línea de su recta base; no se desmoronó arrojando cascotes como edificio de terremoto, sino que se filtró sobre su línea fundante como un papel que se desliza vertical en una ranura. (196-197)

Conclusiones

A lo largo de estas páginas, he analizado el libro En estado de memoria de Tununa Mercado a partir de la noción de geopoética y de espacio vivido. Resaltar las relaciones espaciales que marca el libro permite entender la experiencia emotiva de la narradora, así como la de diversas personas forzadas al exilio por las dictaduras latinoamericanas. En el apartado sobre “La patria fracturada”, mostré ejemplos en los que el espacio roto (la Argentina atravesada por la dictadura) era trasladado a México: ondear la bandera en la ciudad por la victoria de la selección argentina (en 1978), plantarse frente a la embajada inglesa en el contexto de la guerra de las Malvinas (en 1982), o ir a la embajada argentina a rememorar a los detenidos-desaparecidos son formas de traer el propio país al contexto nuevo.

En “La nueva patria”, describí las diversas dificultades de los argentinos que debían hacer su vida en México, muchos a costa de perder rasgos de su idioma o de su manera de relacionarse. Resaltan la forma de construir espacios comunes (casas que compartieran los mismos rasgos en artesanía y decoración) para crear patrias provisorias, así como el ritual de visitar la casa de Trotsky en Coyoacán como una acción para construir una ciudadanía en ese país imaginario de los exiliados.

En “La patria ¿recobrada?”, en términos espaciales, señalé el desconcierto de la vuelta. Tununa recalca cómo ciertos espacios antes suyos habían sido usurpados por el dolor: se habían convertido en lugares donde habían raptado o asesinado a alguien. Además, el recorrido del general Menéndez muestra cómo ese espacio no puede ser recobrado porque sigue perteneciendo a los militares; pero la narradora también abunda en la tarea de no dejar que le arrebaten sus recuerdos. Al mencionar la membrana que separa al exiliado del mundo, se refiere cómo incluso las relaciones espaciales se ven trastocadas por el desarraigo.

Por último, a partir de la noción de escritura del exilio y su lugar móvil, insistí en cómo la escritura se vuelve el espacio posible para dar cuenta de la situación vivida: la “patria escrituraria”. Aun así, no se trata en sí misma de una patria, como diría Adorno, solo un sustituto, pero en ella, a través de la escritura fragmentaria e híbrida, es necesario atender la recuperación del espacio. Tununa describe que no puede dejar que los otros le arrebaten el mundo. La escritura de En estado de memoria es ese esfuerzo consciente por no permitir que los espacios propios sean robados.

Al analizar el libro en términos espaciales, es posible ver cómo ciertos rituales funcionan por sustitución y por encadenamiento, o cómo ciertos lugares cambian su significación a partir de la relación que se establece con ellos. Cada momento en particular, la llegada o el regreso, nos acercan a entender la íntima y difícil tarea de habitar. En ese sentido, este trabajo ahonda en ciertas líneas fecundas que la noción de geopoética aporta a la comprensión de los textos literarios. Al pensar la relación que se establece con los espacios vividos, podemos comprender mejor los afectos que nos unen a ellos y así pensar otros acercamientos a las literaturas del exilio.

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1Este trabajo fue realizado en el marco de la materia “Literatura, memoria, exilio”, de la Maestría en Estudios Culturales de América Latina, de la Universidad de Buenos Aires. Agradezco al doctor Enrique Schmukler su guía y aportaciones.

2Es sabido que la Guerra de las Malvinas tuvo un uso propagandístico por parte de la Junta Militar. Leopoldo Galtieri buscaba avivar el nacionalismo ante las erosiones propias de la dictadura.

3Basta pensar en el mural Sueño de una tarde dominical en la Alameda Central, donde la muerte (la Catrina) convive con figuras de diferente clase social.

4La casa de León Trotsky y la Casa Azul (nombre con que también se conoce al Museo Frida Kahlo y donde vivió la pintora mexicana) se sitúan a pocas calles en el centro de Coyoacán, en la Ciudad de México.

5Tras la publicación de su Carta abierta de un escritor a la Junta Militar, el 25 de marzo de 1977, Rodolfo Walsh fue emboscado, herido y desaparecido por un grupo de tareas de la Escuela de Mecánica de la Armada (ESMA). Nunca se reveló dónde se enterraron sus restos.

Recibido: 13 de Enero de 2025; Aprobado: 25 de Junio de 2025; Publicado: 01 de Julio de 2025

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