“América para los americanos”, el conocido lema con que suele sintetizarse la llamada doctrina Monroe, ha sobrevolado las relaciones interamericanas, adaptándose a muy diferentes coyunturas políticas e históricas, desde que su auténtico enunciado —que los Estados Unidos no admitirían ninguna intervención de las potencias europeas en el continente americano— fue proclamado en 1823, precisamente, a consecuencia de los acontecimientos del Trienio Liberal. Esto evidencia no solo la proyección transatlántica de lo que erróneamente podría considerarse una revuelta local, sino la dimensión del impacto que el Trienio tuvo realmente en la configuración de las relaciones internacionales en un momento tan decisivo para Europa y América.
A día de hoy, tras la profunda revisión historiográfica a que dieron lugar las conmemoraciones de los bicentenarios, ya no hay duda de que la comprensión cabal de los procesos que constituyen la crisis del orden colonial y la descomposición del Antiguo Régimen, las independencias iberoamericanas y la implantación del liberalismo y su reacción a un lado y otro del Atlántico pasa necesariamente por superar los simplistas planteamientos maniqueos, las interpretaciones teleológicas y los estrechos marcos de análisis anclados en los márgenes nacionales a que los redujeron las historias patrias y oficiales, a pesar de la resistencia de los discursos identitarios y nacionalistas, pr´ofundamente permeados en la sociedad, desde la escuela primaria a los estrados parlamentarios, pasando por la calle misma. Ciertamente, en las dos últimas décadas hemos sido testigos de una auténtica oleada de publicaciones. Para muchos, toda nuestra trayectoria profesional ha coincidido con ese tsunami que en ciertos momentos habrá podido resultar abrumador, pero que indudablemente constituye todavía un desafío científico, en tanto que nos ha obligado a un ejercicio de actualización permanente que no siempre es tan necesario en otros ámbitos temáticos de nuestra disciplina. Hay que agradecer además que ese impulso haya continuado hasta ahora y que no se extinguiera con las efemérides de 1808, 1810 o 1812, aunque hay que reconocer también que el contexto social y académico no es el mismo que era hace más de una década. De hecho, casi todo ha cambiado. La valoración política de la oportunidad de fastos y celebraciones, la menor disponibilidad de financiamiento público y patrocinio privado tras años de crisis económica y ajustes presupuestarios, y la propia pandemia son factores que han condicionado finalmente e, incluso, han podido interferir el trabajo individual y colectivo.
Todas esas limitaciones están siendo compensadas por el esfuerzo sostenido de investigadores y grupos de investigación que, con menor apoyo institucional, han respondido al reto de repensar el Trienio Liberal no ya desde un prisma exclusivamente peninsular, sino con una visión comprehensiva que considera las relaciones, las conexiones, las transferencias y las recepciones transatlánticas de las revoluciones liberales en el mundo hispano. Y precisamente por ello siguen siendo necesarios trabajos como este, que profundizan y reflexionan con una vocación latinoamericanista sobre la década de 1820, un momento determinante en la génesis del Estado liberal y en el proceso de construcción nacional que, sin embargo, para América Latina sigue, en cierto modo, necesitado todavía de la renovación historiográfica que ya se llevó a cabo con las dos décadas anteriores. En ese esfuerzo de investigación han participado historiadores de diferentes generaciones, con trayectorias y experiencias muy diferentes, desde académicos consagrados cuyos trabajos son referentes en estos debates y que lideran proyectos, promueven congresos y coordinan publicaciones, hasta jóvenes investigadores que han iniciado su carrera recientemente.
El resultado se mide cuantitativamente en un considerable número de publicaciones aparecidas en los últimos cuatro años, fundamentalmente dosieres de revistas y obras colectivas coordinadas, como esta por Gonzalo Butrón, por autores como Manuel Chust, Juan Marchena, Mariano Schlez o Ivana Frasquet, entre otros. De las principales aportaciones de esta revisión colectiva podemos destacar que el Trienio Liberal ya no puede ser entendido tan solo como un breve periodo de la Historia de España que coincide con las independencias, sino como la referencia cronológica de un contexto político definido por la Restauración. En ese mismo sentido, que la Restauración tuvo una repercusión directa en el mundo americano en tanto que el surgimiento de las repúblicas iberoamericanas —la mayoría en la década de 1820— no solo supuso procesos de independencia de la metrópoli como se encargaron de consagrar los relatos fundacionales de las historiografías tradicionales, sino también procesos de revolución liberal, aunque fueran más o menos soslayados, obstaculizados o frustrados. Pero, precisamente por ello, deben comprenderse en función de la dinámica de revolución-reacción, que no solo caracteriza la etapa de la Restauración en sí misma, sino que se proyecta en América Latina en la confrontación entre liberalismo y antiliberalismo también durante todo el siglo XIX.
Asimismo, que las posiciones de ruptura en aquellos territorios que todavía permanecían unidos a la metrópoli en la década de 1820 no siempre se correspondieron con fuerzas identificadas con el liberalismo, como también consagró el relato nacionalista al oponer las posturas patriotas y liberales, por un lado, a las realistas y reaccionarias, por otro. Muy al contrario, durante los años del Trienio Liberal no pocos reaccionarios americanos apostaron por la ruptura política con la España constitucional y liberal como forma no solo de conservar la lealtad a la monarquía absoluta de Fernando VII, sino de restablecer los valores tradicionales del viejo orden social que la revolución amenazaba con destruir, como pretendió la conspiración de La Profesa en México. Es en ese sentido en el que hay que comprender el Trienio Liberal no ya como un paréntesis en los procesos de ruptura, sino como un impulso a las independencias mismas.
Finalmente, que los acontecimientos y los cambios que se producen en Iberoamérica influyen decisivamente en la configuración de las relaciones políticas y económicas entre los estados europeos, justamente en un momento de redefinición del equilibrio internacional de poderes, por lo que las influencias no deben entenderse en un sentido unidireccional como hicieron las interpretaciones atlantistas de la segunda mitad del siglo XX, sino de manera bidireccional. Esto se manifiesta especialmente en la relación de América Latina con Gran Bretaña, pero también de Estados Unidos con las potencias europeas y con la propia América Latina, como advertía el presidente Monroe, por lo que tiene una proyección que va mucho más allá del periodo 1820-1823.
Todo lo dicho hasta aquí se refleja plenamente en este libro, que comparte las características que definen esta nueva visión historiográfica sobre el Trienio Liberal en relación con América y cuyo interés radica precisamente en que se inserta perfectamente en todos estos temas. Su coordinador, Gonzalo Butrón, es indiscutiblemente una referencia autorizada sobre el periodo y cuenta con una ya larga y sólida trayectoria. Este trabajo es el segundo resultado editorial del proyecto que dirige en la Universidad de Cádiz sobre la política americana del Trienio, pues también ha visto la luz otro volumen coordinado por María del Mar Barrientos Márquez y Lola Lozano Salado, bajo el título Revolución y diplomacia: el Trienio Liberal y América. En este participan junto al coordinador ocho historiadores que pertenecen, como decíamos, a diferentes generaciones, incluyendo algunos que, a pesar de su juventud, pueden contarse ya entre los especialistas del tema. Tras una breve introducción y presentación a cargo del coordinador, entre todos aportan siete estudios. Josep Escrig Rosa analiza el discurso contrarrevolucionario de la prensa realista en Perú entre los años 1824 y 1825, sostenido desde la nostalgia por un orden prerrevolucionario idealizado que habría permitido restablecer la paz y la prosperidad. Álvaro París firma un estudio sobre el regreso a España en 1825 de Joaquín de la Pezuela, quien había sido virrey del Perú entre 1816 y 1821, y su difícil reacomodo en una administración lastrada por los enfrentamientos entre las distintas facciones del absolutismo. Alberto Cañas de Pablos aborda el tema del internacionalismo liberal, centrándose en la trayectoria de los veteranos italianos que, tras años de guerras en Europa y derrotadas las revoluciones de 1820, continuaron su lucha en Iberoamérica y asumieron como propia la bandera de la independencia.
Dos capítulos ponen el foco en Estados Unidos. Gonzalo Butrón y Ricardo Sancho Garzón se centran en un tema apenas conocido hasta ahora, como son las relaciones diplomáticas entre Madrid y Washington durante el Trienio, caracterizadas por la desigualdad de fuerzas entre una España cada vez más débil y la que se alzaba como potencia regional emergente, lo que condicionaría los temas clave del trato entre ambos países: el reconocimiento de las nacientes repúblicas iberoamericanas, la rivalidad contenida entre Estados Unidos y Gran Bretaña por extender su influencia sobre Cuba y, especialmente, la oposición norteamericana a una intervención de la Santa Alianza en favor de los derechos de Fernando VII sobre los territorios americanos, que se concretaría en la doctrina Monroe y su apuesta por un hemisferio libre de toda injerencia europea. Cuba y la doctrina Monroe son también los temas que trata Antonio Calvo Maturana, específicamente la relectura que hiciera el humor gráfico estadounidense con motivo de la crisis de 1898, mostrando cómo la interpretación del mensaje original de 1823 fue evolucionando a lo largo del siglo XIX para adaptarse a los intereses de la política exterior de Estados Unidos y terminar siendo resignificado por completo, dejando de ser una advertencia anticolonial contra las viejas potencias europeas para convertirse en una legitimación del imperialismo norteamericano y una justificación del intervencionismo en América Latina.
Víctor Núñez y Darina Martykánová dedican su estudio a los hombres de ciencia y a la circulación transatlántica del conocimiento científico durante el Trienio. Y Mario Trujillo Bolio, con cuyo capítulo se cierra el volumen, analiza cómo afectó la ruptura a la negociación mercantil. Desde temas distintos, ambos trabajos comparten una mirada sobre la fragmentación de los ámbitos de relación y la ruptura de relaciones transatlánticas que provocaron las independencias. Ambas comunidades, la de los científicos y la de los comerciantes, habían surgido precisamente impulsadas por la comunicación de ideas y mercancías entre los espacios integrados en la monarquía hispánica. Durante los años del Trienio Liberal, científicos y comerciantes participaron como diputados en las Cortes de Madrid esforzándose cada uno a su modo en proponer iniciativas legislativas que procuraban mantener los lazos de entendimiento y el beneficio común. Sin embargo, la separación política y la aparición de las nuevas fronteras, así como la legislación arancelaria que sostendría financieramente a los nuevos estados y la formación de un discurso nacionalista que también se apoyaba en una ciencia propia como instrumento del progreso de la república y de la identidad nacional, terminarían destruyendo el sentido de pertenencia a una suerte de koiné atlántica, económica y cultural, que se había construido durante siglos.
Todos los capítulos mantienen una misma estructura formal, con unas conclusiones y una bibliografía propias al final de cada uno. Pero lo que es más importante, comparten una misma consideración de la cronología—que observa el Trienio en un sentido amplio, no restrictivo ni hispanocéntrico— y se plantean sus objetivos particulares desde una misma mirada y una misma hipótesis de fondo: el idealismo de los liberales confiaba en que el restablecimiento de la Constitución de 1812 conduciría por sí solo a la aceptación compartida de una salida negociada a la cuestión americana. Se pretendía con ella recomponer los vínculos entre los diferentes territorios de la monarquía, articular de nuevo las relaciones económicas y cimentar las relaciones futuras sobre el reconocimiento mutuo y la existencia de una cierta comunidad política transnacional. Pero esa salida consensuada fracasó y no se pudo evitar la ruptura entre europeos y americanos, esos que los liberales habían pretendido definir, para ese nuevo marco de relaciones, como españoles de ambos hemisferios. A ese fracaso contribuirían diferentes motivos: la resistencia a reconocer las independencias ya declaradas, la desconfianza hacia un rey que no podía ser garante de una constitución que él mismo había derogado seis años antes, los resentimientos que habían despertado desde entonces la violencia y la guerra a muerte. A posteriori, el fracaso se muestra indefectible, pero en aquel momento todavía parecían posibles otras alternativas y aún se concebía tanto la esperanza en el poder de recomposición del constitucionalismo gaditano y el camino a la revolución liberal sin independencia, como la independencia sin revolución que se planteaban algunos reaccionarios. Esto no significa asumir hipótesis contrafactuales, sino reconocer en su complejidad un contexto definido por fuertes incertidumbres, en el que transitaban personajes perdidos en un escenario que ya no reconocían como suyo y que se resistían a aceptar, pensando —como plantea Gonzalo Butrón en la introducción— que aquellos mundos pasados que habían habitado todavía podían ser.
En definitiva, este libro se centra en la historia de ese fracaso y dirige la mirada, desde todas sus variadas aportaciones, hacia una serie de actores y representaciones —de ahí su título— que hasta ahora habían quedado desatendidos. Desde su novedad y su originalidad, no queda más que concluir señalando la necesidad de incorporar a la docencia universitaria los aportes de estas miradas nuevas y renovadas de la investigación más reciente y tratar, con ello, de contribuir a una formación crítica de las nuevas generaciones de historiadores, porque solo así será posible, entre todos, romper los viejos esquemas que todavía persisten en las aulas escolares, en las opiniones a pie de calle y, por desgracia, también en el debate político.















