82México y Francia: de la caída del Segundo Imperio al restablecimiento de las relaciones diplomáticas y económicas (1867-1886)Courtney Letts: de esposa y escritora diplomática a historiadora de la diplomacia en las américas (1930-1970) 
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Tzintzun. Revista de estudios históricos

 ISSN 2007-963X ISSN 1870-719X

Tzintzun. Rev. estud. históricos  no.82 Michoacán jul./dic. 2025   30--2025

https://doi.org/10.35830/gck3ec11 

Artículos

La mala sangre tiene la culpa de todo. Hispanofobia y racismo en algunas destacadas figuras de la historia intelectual de México, El Salvador, Nicaragua, Cuba y Colombia

Bad blood is to blame for everything. Hispanophobia and racism in some prominent figures in the intellectual history of Mexico, El Salvador, Nicaragua, Cuba, and Colombia

Le mauvais sang est responsable de tout. Hispanophobie et racisme dans certaines figures importantes de L’histoire intellectuelle

Jorge Polo Blanco1 

1Escuela Superior Politécnica del Litoral (ESPOL)


Resumen

A lo largo del siglo XIX y en las primeras décadas del XX, ciertas élites intelectuales y políticas renegaron de la herencia hispánica. Sin embargo, al mismo tiempo, demostraron una irreprimible aversión por las poblaciones indígenas y negras de sus respectivas naciones. Una parte muy significativa de dichas élites divulgó el relato de la leyenda negra antiespañola y, simultáneamente, exhibió un indisimulado rechazo hacia las poblaciones amerindias y afrodescendientes. Un rechazo que, en ciertos casos, se aproximaba mucho al racismo. También fue habitual, en esos contextos, el desprecio del mestizo. En este artículo, analizaremos algunas obras de destacadas figuras intelectuales de México, El Salvador, Nicaragua, Cuba y Colombia.

Palabras clave Hispanoamérica; Mestizaje; Racismo; Hispanofobia; Leyenda Negra

Abstract

Certain intellectual and political elites disavowed the Hispanic heritage throughout the nineteenth century and the first decades of the twentieth. But, at the same time, they demonstrated an irrepressible dislike for the indigenous and black populations of their respective nations. Many of these elites spread the story of the anti-Spanish black legend. Simultaneously, they exhibited an undisguised rejection of the Amerindian and Afro-descendant populations. A rejection that, in some cases, came very close to racism. It was also common, in these contexts, to despise the mestizo. We will analyze some works of prominent intellectual figures from Mexico, El Salvador, Nicaragua, Cuba, and Colombia on this occasion.

Keywords Hispanic America; Miscegenation; Racism; Hispanophobia; Black Legend

Résumé

Tout au long du XIXe siècle et des premières décennies du XXe, certaines élites intellectuelles et politiques ont désavoué l’héritage hispanique. Mais, en même temps, ils ont fait preuve d’une aversion irrépressible pour les populations indigènes et noires de leurs nations respectives. Une partie très importante de ces élites a répandu l’histoire de la légende noire antiespagnole. Et, de manière synchrone, ils ont fait preuve d’un rejet non dissimulé des populations amérindiennes et afrodescendantes. Un rejet qui, dans certains cas, a frôlé le racisme. Il était également courant, dans ces contextes, de mépriser les métis. À cette occasion, nous analyserons certaines œuvres d’éminentes personnalités intellectuelles du Mexique, du Salvador, du Nicaragua, de Cuba et de Colombie.

Mots clés Amérique Espagnole; Métissage; Racisme; Hispanophobie; Légende Noire

con esta mala sangre poco se puede hacer*

Uno de los rasgos más sobresalientes del colonialismo desplegado por las potencias anglosajonas y protestantes en la América del Norte fue su inamovible afán de no mezclarse biológicamente con las poblaciones nativas. Esto jamás se dio en la América española —en las provincias americanas de la Monarquía Hispánica—, pues en estas regiones hispanizadas el mestizaje fue una práctica absolutamente normalizada e institucionalizada. El mexicano José Vasconcelos (1882-1959) recordaba que el colonizador inglés que ocupó las tierras norteamericanas se reproducía de una forma pulcramente endogámica. Aquellos anglosajones blancos sólo se mezclaban con otros blancos; la repugnancia que experimentaban con respecto a los indígenas norteamericanos, a los que consideraban poco menos que animales, era muy exacerbada. “El inglés siguió cruzándose sólo con el blanco, y exterminó al indígena”.1 En ese sentido, la noción misma de “mestizo” habría resultado definitivamente aberrante para un anglosajón puritano.

Nada comparable ocurrió en los territorios hispanoamericanos, en los que se produjo un gigantesco mestizaje sexual, siendo este uno de sus aspectos más característicos y definitorios. Las sangres se mezclaron profusamente. La América del Norte, colonizada por anglosajones protestantes, se construyó mediante un “amurallamiento étnico”,2 y la norma implacable fue la de no mezclarse con los “indios”, tildados de deleznables y execrables criaturas. Eso de la “raza pura” es una cosa sajona, decía Vasconcelos.3 Lo que distinguió a la América española y católica fue la fusión étnica y la mezcla racial. Y debe añadirse que ese mestizaje se produjo no ya sólo en el plano biológico y sanguíneo, pues en la Nueva España, y en otros lugares de la América hispana, se produjo asimismo una interesantísima hibridación cultural, visible en algunas expresiones artísticas, tales como la música, la pintura o la arquitectura.4 En todos esos campos se descubren abundantes sincretismos hispano-indígenas. Y debe recordarse que muchos indígenas pudieron estudiar en los colegios fundados por los frailes españoles y por la Corona, siendo así que desde tan temprano como la segunda mitad del siglo XVI hubo indígenas y mestizos letrados que se dedicaron, por ejemplo, a escribir historia, usando el castellano y la lengua nativa con igual soltura.5

También debe considerarse otro aspecto diferencial. España no se limitó a ejecutar razias o saqueos esporádicos; ni tan siquiera se limitó a establecer factorías o puertos comerciales. España quiso hispanizar, que es una cosa bien distinta. Y lo hizo desde el principio. De la misma manera que Roma quiso romanizar. La sistemática fundación de ciudades e instituciones educativas, o la construcción de centenares de hospitales, tal y como esto se llevó a cabo dentro del Imperio hispánico, no podría explicarse si entendiéramos que dicho Imperio fue nada más que una empresa depredadora y extractivista.6 El historiador español José Antonio Maravall señaló esto mismo. “Desde muy pronto, lo que sorprende es el propósito de construir en el espacio americano, algo más, mucho más que un somero dominio colonial”.7 La acción imperial española fue algo cualitativamente diferente a un sistema colonial.

Algunos considerarán que lo antedicho es una hipérbole desmedida, toda vez que en los territorios americanos de la Monarquía Hispánica sí se dio una intensa explotación de seres humanos, en ciertos momentos y en ciertos lugares (tampoco los campesinos y las clases laboriosas europeas de aquella época vivían en un mundo irisado y fabuloso). Y es verdad que se extrajeron recursos de las tierras americanas. Ahora bien, debe señalarse que no todas esas riquezas extraídas fueron enviadas a España, pues no operaba el esquema decimonónico metrópoli-colonia. De hecho, una parte muy importante de aquella riqueza se quedó o se “reinvirtió” en América; con ella se construyeron cientos de villas y ciudades (muchas de las cuales son hoy consideradas patrimonio de la humanidad), catedrales y colegios, imprentas y hospitales, acueductos y astilleros, fortalezas y caminos, universidades y puertos. La Ciudad de México virreinal llegó a ser una urbe más rica y próspera que Madrid, algo imposible si nos empeñáramos en aplicar al Imperio hispánico el susodicho esquema del colonialismo decimonónico. Y es que cabe sostener que no fueron lo mismo Hispanoamérica y Angloamérica, en lo que a sus ideas-fuerza e instituciones se refiere. Y, desde luego, jamás hubo en la América del Norte (ni en ningún otro territorio del globo colonizado por otras potencias europeas) algo ni vagamente similar al inmenso corpus del “derecho indiano” desarrollado por España, un abigarrado y extenso cuerpo legislativo pensado para la protección de los indígenas; un cuerpo legislativo ideado —y aplicado más de lo que algunos presuponen— para la salvaguarda de la dignidad de “los naturales de las Indias”, por emplear el lenguaje de aquellos tiempos.

Un autor tan poco sospechoso de “eurocentrismo” o “hispanofilia” como Rodolfo Stavenhagen —quien mantuvo posturas abiertamente indigenistas, sobre todo en el terreno del derecho, con todo el asunto de la “justicia indígena”— remarcó que las expoliaciones de tierras indígenas—y las expediciones punitivas para masacrarlos— fueron, en muchas ocasiones, más intensas y violentas después de las independencias que durante el periodo español. Habría incluso que matizar esta afirmación, señalando que esas prácticas siempre fueron más intensas y violentas después de las independencias, pues lo cierto es que una serie de legislaciones de la Corona española garantizaba a los indígenas un control relativamente autónomo de sus tierras comunales; incluso les garantizaba una cierta autonomía en la aplicación de justicia, para cuestiones o casos que no revistieran excesiva gravedad.8 El gran público suele desconocer que en aquella América española gran parte de los indígenas siguieron viviendo en sus tierras comunitarias, y con arreglo a sus tradiciones, como desconoce que muchos caciques y curacas conservaron sus jefaturas. Pero no sólo eso, sino que muchos indígenas formaron parte de la propia estructura de la administración hispana, desempeñando cargos políticos y judiciales, ejerciendo como corregidores, alcaldes, tenientes o alguaciles.9 Muchos se sorprenderán con este tipo de aseveraciones, pero ésa es la realidad. Los indígenas fueron peor tratados en la etapa republicana. Las tierras comunitarias que habían poseído durante el período mal llamado “colonial” les fueron arrebatadas por aquellas liberales repúblicas. Por no hablar de los exterminios planificados y perpetrados a sangre fría, como la “campaña del desierto” y la “conquista del Chaco”, en la Argentina. O piénsese en el genocidio de los “selknam”, “selk’nam” u “onas” (eran parientes cercanos de los “aonikenk”, también llamados “tehuelches” o “patagones”). Esto sucedió en la Tierra del Fuego argentina y chilena, a finales del XIX y comienzos del XX.10 Y de igual modo podría traerse a colación la brutal persecución que padecieron los yaquis (el pueblo yoeme) en el noroeste de México, durante buena parte del siglo XIX y en las primeras décadas del XX; fueron avasallados y masacrados sin contemplaciones.11 Y también conviene recordar que miles de indígenas pelearon en el así llamado bando “realista” (un bando integrado mayoritaria-mente por gentes nacidas en América, por cierto), en aquellas terribles guerras civiles hispanoamericanas que muchos historiadores se han empeñado en denominar más pomposamente “guerras de independencia”. Miles de indígenas —también negros, mulatos y zambos— formaron parte de los ejércitos que luchaban para que aquellos Virreinatos y Capitanías siguiesen siendo provincias de la Monarquía Hispánica.

Y recuérdese —para seguir contratando ambos periodos— la contundente “defensa del indio” que, desde el primer instante de la conquista, pusieron en juego las figuras intelectuales más destacadas de aquella España que estaba constituyéndose como Imperio. Hemos de remarcar, y no es una cuestión menor, que aquella “defensa del indio” ejercida por un sector muy destacado de la intelectualidad hispana del siglo XVI —aquellos eminentes teólogos, filósofos y juristas vinculados a la Universidad de Salamanca— fue un verdadero hito que muchos todavía hoy no aprecian en su justa medida.12 Una defensa doctrinal del “indio” que tuvo su traducción práctica, pues las Leyes de Indias constituyen un impresionante corpus legislativo destinado a proteger la vida y la dignidad de las poblaciones nativas, consideradas desde el primer momento como seres racionales y, por ende, como personas.13 Tampoco de esto hay parangón posible. Nada ni remotamente parecido hicieron Francia, Holanda o Inglaterra en sus respectivas acciones imperiales, las que sí deben denominarse más propiamente coloniales.

Sin embargo, después de las independencias, muchos intelectuales de las jovencísimas repúblicas hispanoamericanas construyeron, desde las coordenadas del positivismo, una mirada que albergaba muchos componentes de hispanofobia y, permítasenos utilizar esta palabra, de indiofobia. También predominó la negrofobia. Y no faltaron en todo ello unas buenas dosis de mestizofobia. Con todas estas “fobias” se fue construyendo una determinada interpretación de la realidad. El argumento esencial consistía en señalar que el origen del mal estaba en la sangre. Esa mirada positivista se detuvo en la composición racial de dichas sociedades, para “explicar” con ello el atraso y los fracasos de dichos países.14 Sin embargo, esa “mala sangre” no era sólo la amerindia o la africana; también la sangre española, concebida como la peor de las sangres europeas, era la responsable de las calamidades de este desdichado continente. Admitían estos ilustrados librepensadores que la estirpe española era superior a la amerindia; pero en la pirámide de las razas superiores no ocupaba un sitio muy elevado. Y, para colmo, aquellos bárbaros españoles mezclaron su sangre con la de las razas inferiores, dando lugar a un infame engrudo. El retraso de estas naciones hispanoamericanas —su incapacidad para modernizarse y para alcanzar la prosperidad— era ocasionado por esa deficiencia sanguínea; por ese déficit racial. Partiendo de semejante diagnóstico endofóbico y racista, soñaron con “blanquear” sus respectivas repúblicas.

Un aluvión de sangre anglosajona sería verdaderamente salvífico y purificador para estos mundos hispánicos tan repugnantemente mestizados. La América hispánica debía repoblarse con gentes de buena sangre. Pero esa necesidad de “blanquear” sus repúblicas no sólo afectaba a las poblaciones indígenas, también iba destinada a la funesta “herencia española”, que a su juicio era igualmente responsable de los males del presente. La hispanofobia estaba presente en todos ellos, subyacentemente en unos y virulentamente en otros.

A continuación, examinaremos el pensamiento de algunas destacadas figuras intelectuales de México, El Salvador, Nicaragua, Cuba y Colombia que manejaron ese tipo de interpretaciones. Por cuestiones de espacio, no podemos ampliar el espectro del análisis. Pero discursos muy semejantes se los puede encontrar en otras naciones, como sería el caso, por ejemplo, del argentino Domingo Faustino Sarmiento (1811-1888)15 o del peruano Javier Prado y Ugarteche (1871-1921).16

en México

El mexicano José María Luis Mora (1794-1850) sostuvo que eran las costumbres de la “antigua metrópoli”, tan funestamente arraigadas, las que impedían a México alcanzar una plena liberación.17Y es eso lo que hacía que tantos mexicanos “en nada manifiesten más empeño que en renunciar a todo lo que es español”, pues no se reputarán lo suficientemente independientes hasta haberse zafado de esa perniciosa herencia.18 Para el liberal guanajuatense, la tiranía española era la causa de muchos de los males presentes del país. España seguía siendo culpable de todas nuestras desgracias, incluso después de la independencia. Los tres siglos virreinales habrían sido una calamidad, una barbarie continuada, un despotismo ilegítimo. Para apuntalar su calculado sistema de opresión, creyeron los españoles que la ignorancia era el medio más eficaz para someter a la América, y es por ello que pusieron todo tipo de trabas al libre despliegue de las facultades mentales; pretendían con ello acostumbrar a los americanos a obedecer ciegamente las órdenes arbitrarias de una autoridad lejana.19

Por el contrario, 1820 fue una fecha inmortal, pues en aquel maravilloso año “se corrió el velo que cubría los sentimientos de los mexicanos; la nación entera proclamó unísonamente la independencia”.20 Y entonces ese pueblo hubo de trabajar resueltamente “para formar una nación de lo que antes fue una colonia”.21 En este relato de José María Luis Mora existen demasiadas inexactitudes. En primer lugar, decir que el Virreinato de la Nueva España fue una “colonia” es un colosal disparate. Sólo desde una prejuiciosa interpretación hispanófoba puede incurrirse en semejante error. Y, de igual modo, es un anacronismo inaceptable afirmar que, antes de la independencia, ya existía una “nación mexicana”, que estaba ahí, oprimida y pujando por desprenderse del yugo español que la mantenía sojuzgada y esclavizada.

No, esa nacionalidad mexicana se fue conformando después de aquella secesión a la que los historiadores oficiales prefieren llamar “emancipación”.

Es un despropósito decir que la Monarquía Hispánica articuló determinadas políticas “para asegurar la sumisión de sus colonias”.22 Lo que José María Luis Mora, y los que como él pensaban, nunca entendieron es que México jamás fue una “posesión” de España, como si hablásemos de una colonia. Nunca comprendió que aquel Virreinato era España. De hecho, era el epicentro del orbe hispánico, la joya de la Corona. La ciudad de México era en el siglo XVIII mucho más esplendorosa e importante que Madrid en muchos aspectos. ¿Cómo iba a ser eso una “colonia”? Sin embargo, el relato hispanófobo se instaló en buena parte de aquellas élites. Y no podía faltar en esa interpretación de la historia el manoseado asunto de la Inquisición.23 Se insistía en el oscurantismo teocrático de aquella infame “colonia”, así sea que aquel tribunal inquisitorial desplegase en el susodicho virreinato una actividad más bien tibia y moderada. En Nueva España hubo unas pocas decenas de sentenciados a muerte por la Inquisición. Consuelo Maquívar, investigadora del Instituto Nacional de Antropología e Historia de México, aclara que fueron 43 las personas ajusticiadas en los 298 años en que estuvo en vigor el Tribunal del Santo Oficio. Eso arrojaría, como promedio, un condenado a muerte cada 7 años. ¿Son horripilantes esas cifras? Cualquier tribunal civil de Inglaterra o de Francia, o de cualquier otra nación europea, ejecutó a un número mucho más elevado de personas en ese mismo periodo.

Pero Mora se empeñaba en defender que la Nueva España había sido una “colonia”. Peor aún, consideraba que a estos pobres americanos les tocó en suerte la peor de las potencias europeas. Les tocó en suerte ser “colonizados” por “la última en la lista de las naciones de Europa”.24 Para él, España fue una “metrópoli” abyecta que nada valioso o provechoso supo generar en estos territorios. ¿Ninguna buena labor desempeñó la Monarquía Hispánica en la Nueva España? ¿Nada significan todas las ciudades construidas? ¿No fueron cosas valiosas las universidades, los colegios, los hospitales, las imprentas, los templos, los acueductos, los astilleros, los puertos y los caminos? ¿No fueron útiles todos los animales y todas las técnicas que España llevó al Nuevo Mundo? ¿No fue útil la escritura alfabética, introducida en América por España? Pese a todo ello, Mora sólo ve maldad y vileza en el periodo virreinal y afirma que tan perverso e inmoral fue aquel “gobierno colonial” que, todavía después de la independencia, se dejaban sentir sus mefíticos efectos. El oscuro periodo colonial persistía en inercias que no terminaban de apagarse, ya que los mexicanos no habían logrado todavía zafarse de esa pegajosa herencia hispánica. Para Mora, aquel insoportable despotismo civil y religioso, que duró tanto tiempo, tenía que dejar abundantes huellas en la vida mexicana. No es de extrañar que los mexicanos tuvieran tantos defectos en su carácter, viniendo de donde venían. De hecho, lo admirable es que “no sean una nación depravada”.25 Para haber brotado de un tronco tan infame, la nación mexicana tampoco estaba excesivamente mal, como ponía de manifiesto el hecho de que “después de la independencia, el carácter moral de los mejicanos ha mejorado considerablemente”.26 Pero aún quedaba mucho por hacer; y, para seguir progresando, la nación todavía tenía que seguir desespañolizándose. Eso es lo que se desprende de sus reflexiones.

Debe añadirse que Mora admiraba profundamente a los Estados Unidos del Norte de América. No ocultaba su veneración por sus instituciones, su buen gobierno y su Constitución que hacía de ese pueblo el más libre del mundo. Tampoco escondía su fascinación por el impresionante progreso material que habían alcanzado en tan poco tiempo.27 Los estadounidenses encarnaban a la perfección los ideales del progreso y de la modernización perseguidos por el liberal mexicano. Nótese que este buen mexicano, que publicaba estas palabras en 1837, tuvo tiempo de ver como sus vecinos se apropiaban de Texas, lo que no fue obstáculo para que siguiera admirándolos hasta el fin de sus días. Esta irreprimible anglofilia era la consecuencia lógica de su hispanofobia. Los estadounidenses, aunque arrebataran a México buena parte de su territorio, eran el ejemplo para seguir y encarnaban la suprema virtud política. Por el contrario, todo lo hispánico resultaba sospechoso y había que zafarse de la funesta “herencia española”. Deshispanizarse resultaba un requisito indispensable para que la nación mexicana “progresase”, pero ¿alguien podría imaginar un México completamente deshispanizado? Ese México ya no sería México.

Y, al mismo tiempo que Mora enhebraba esa visión emanada de la Leyenda Negra, despreciaba a los indígenas, que a su modo de ver no constituían más que un obstáculo para el progreso de la nación. Decía que parece ya averiguado “por las observaciones de los filósofos más imparciales” que cada grupo étnico conocido —él dice “cada casta de los hombres conocidos”— viene definido por unas características propias y singulares, que tienen que ver no sólo con “el color de su piel”, sino con sus “fuerzas físicas” y con sus “facultades mentales”. En ese sentido, para Mora “nada tiene de extraño” que cada raza presente diferencias en lo tocante a las mencionadas cuestiones.28 Y, cuando se habla de los indígenas de América, no puede decirse que toda la culpa de su abatimiento la tuvieran únicamente el gobierno español y sus despiadados agentes “coloniales”,29 sino que habría también algo incito en esas razas indígenas que las vuelve refractarias al progreso civilizatorio.

Después de describir el aspecto físico de la “raza bronceada”, con mención incluida a su estructura craneal, dice que su carácter es “melancólico y silencioso”.30 Pero si algo los define es su terco inmovilismo. La raza india es tenazmente adicta a sus opiniones, usos y costumbres; es casi imposible que salga de ese círculo cerrado y rutinario. Por lo tanto, “esta inflexible terquedad es un obstáculo insuperable a los progresos que podría hacer”.31 No niega que esos estólidos indígenas puedan llegar a mejorar su condición en un futuro lejano, pero “es verdad que en su estado actual y hasta que no hayan sufrido cambios considerables no podrán nunca llegar al grado de ilustración, civilización y cultura de los europeos”.32 Es absurdo pretender que ambos grupos, cuyos niveles de desarrollo moral e intelectual son tan diferentes, puedan conformar un todo homogéneo y en pie de igualdad; esa fractura racial existe, y lo mismo está sucediendo en muchas de las nuevas repúblicas americanas, añadía José María Luis Mora. Un México avanzado y civilizado no puede contar con ellos, al menos en el presente. Pero en realidad, lo que su argumentario está insinuando —aunque no se atreva a formularlo explícitamente— es que la población indígena jamás lograría alcanzar la condición de verdadera ciudadanía.

Señala que el gobierno mexicano, una vez consolidada la independencia, proclamó “la igualdad de derechos para todas las castas y razas”, abriendo las sendas del progreso para todos los segmentos de la población.33 No obstante, los indígenas no supieron aprovechar la oportunidad ofrecida, tal era el estado de miseria y decaimiento en el que se encontraban sumidos desde hace siglos por culpa de la tiránica España y de ciertas tendencias inherentes a su raza. Por lo tanto, “la puerta ha estado abierta para todos, y sólo no han entrado por ella los que no han podido o sabido hacerlo”.34 José María Luis Mora añade que a los indios no se les había hecho ninguna violencia después de la independencia, lo que resulta una afirmación más que discutible. Para explicar su situación, el escritor mexicano hablaba de los “defectos inseparables de su constitución y carácter”.35 Hay algo en la idiosincrasia de la “raza bronceada” —dice— que no permite su incorporación a la vida civilizada y progresiva. El indio no discurre con excesiva perspicacia; sólo “a costa de mucho trabajo logra dar algún orden a sus ideas, y siempre las vierte mal”.36

En definitiva, es esa población que denomina “blanca”, la más ilustrada y la más avanzada en todos los órdenes, la que terminará por determinar el carácter de lo “mejicano”.37 La raza negra prácticamente había desaparecido del territorio mexicano,38 pero con la raza india la cosa no era tan sencilla, pues se trataba de un grupo muy numeroso. Con todo, su destino final sería irremediablemente muy parecido al de los negros, aunque en este caso su extinción sería mucho más lenta. Y aquí no se termina de entender cuál es la propuesta concreta del insigne liberal mexicano, ya que señala que, si el gobierno hiciera lo que debe hacerse, ese proceso de blanqueamiento de la población podría acelerarse. Habla de “colonización”. ¿Se refería acaso a una política poblacional consistente en el desplazamiento de las poblaciones indígenas, expulsando de sus tierras a la atrasada “raza bronceada”, que pasarían a estar ocupadas por la superior “raza blanca”? Parece estar sugiriendo algo parecido a esto.39 Sea como fuere, para Mora debían desecharse todos los paternalismos. Si los indígenas no podían seguir el ritmo de la vida moderna y civilizada, mejor sería que se fueran extinguiendo poco a poco. La “raza bronceada” estaba condenada a desaparecer, por su propia debilidad e incapacidad.

Parecidos argumentos pueden encontrare en la obra de Francisco Pimentel (1832-1893), un importante historiador y lingüista que perteneció a múltiples asociaciones científicas y literarias, algunas de ellas europeas y estadounidenses. 40 Publicó en 1864 un escrito titulado Memoria sobre las causas que han originado la situación actual de la raza indígena de México, y medios de remediarla. Su premisa de partida era que no podía haber una verdadera nación sin homogeneidad étnica. Sin ella, no habría nunca cohesión nacional. La diversidad racial era, por tanto, un problema. Su tesis principal suponía que los indígenas, supersticiosos y atrasados, constituían un lastre a la hora de construir un país próspero. Mientras los indígenas permanecieran en el deplorable estado en el que se hallaban, “México no podía aspirar al rango de nación, propiamente dicha”.41 Embrutecidos e ignorantes, difícilmente podrían elevarse a la condición de verdaderos ciudadanos. En su obra, Pimentel se preguntaba si los indígenas eran asimilables al modo de vida que exigía una república moderna: ¿No suponen un estorbo insalvable? ¿Acaso no son un atavismo premoderno que sólo representa una rémora, un escollo insalvable que entorpece el desarrollo de la nación? ¿Son criaturas educables? Es verdad —escribía— que ese lamentable estado en el que se hallaba la raza indígena tenía que ver con los inhumanos maltratos padecidos a manos de los fieros españoles. Asumiendo como propios los tópicos de la leyenda negra antiespañola, Pimentel pintaba un cuadro de horror, describiendo la tremebunda opresión de los indios durante la colonia, explotados por encomenderos, gobernadores y oidores.42 Pimentel reconocía que los españoles, principalmente los frailes, fundaron hospitales y colegios destinados a los indígenas y que la Corona aprobó numerosas leyes bienintencionadas para protegerlos de los abusos, pero consideraba que a la postre esos esfuerzos fueron insuficientes e inoperantes.43 Los indígenas que pudieron sobrevivir a ese régimen de tiranía—al que Pimentel denomina “sistema colonial”—44 quedaron enteramente desmoralizados e idiotizados. Su raza, humillada y vejada, degeneró física y anímicamente. Para Pimental, quedaron débiles de cuerpo y pobres de espíritu, convertidos en criaturas supersticiosas, ignorantes, infantiles, apáticas, ladronas, hipócritas y mentirosas, que parecían incapaces de salir de ese pozo y abandonar sus atavismos cerriles para entrar en la vida civilizada.

El liberal mexicano consideraba que esto no era extraño, ya que las costumbres añejas y los hábitos inveterados no se abandonaban fácilmente. Lo ancestral era tenaz. No es sencillo reeducar un carácter forjado durante siglos. ¿Cómo sacar a una raza entera de su situación de barbarie y postración? Educar y civilizar a los indios era una cosa tremendamente complicada, pero podría intentarse. Ahora bien, ese proyecto debería ser la obra de varias generaciones; sería una empresa muy lenta, emprendida sin garantía de éxito.45 El panorama se presentaba desalentador:

Después de palpar todas estas dificultades e inconvenientes, en manera ninguna exagerados, parece que debe sobrecogernos el desaliento, y que el resultado de nuestras observaciones nos conduce naturalmente a esta terrible disyuntiva como único y definitivo remedio: ¡matar o morir! Idea horrible, que nos hace palidecer de espanto; pensamiento inhumano. ¿Será preciso que degollemos a los indios como lo han hecho los norteamericanos?46

Pero tal vez fuese más provecho emplear otro método, se responde Pimentel a sí mismo. En el fondo, lo que anhela el pensador liberal no son indígenas educados, lo que desea de verdad es que desaparezcan o queden reducidos a un número irrelevante.47 No es partidario del exterminio, pero sí contempla la posibilidad de realizar una transformación étnica del país, a través de la “inmigración europea”.48¿Y qué significa “europea” en este discurso? No parece, desde luego, que esté reclamando la llegada de sangre española, pues ésta ya estaba presente en México y los resultados no habían sido —a su juicio— los mejores. El liberal aguascalentense estaba aludiendo evidentemente a otras sangres menos meridionales y más norteñas cuando reclama la llegada revivificadora de sangre “europea”. Recuérdese que Pimentel colaboró con el régimen de Maximiliano de Habsburgo. Sea como fuere, ese blanqueamiento racial supondría un robustecimiento étnico y civilizatorio de la república mexicana; esa sangre fresca entrañaría un progreso colosal. No es que tal proyecto fuese sencillo, pero infinitamente más complicada sería la tarea de civilizar lentamente a la raza indígena. De hecho, Pimentel creía que alcanzar esa meta “es muy difícil, casi imposible”.49

Sigamos analizando otros ejemplos de aquella intelectualidad decimonónica que fue simultáneamente hispanófoba y racista. Debe mencionarse también al mexicano Francisco Bulnes (1847-1924), autor de El porvenir de las naciones hispanoamericanas (1899). Bulnes fue un positivista y un darwinista social, a lo Herbert Spencer, que manejó concepciones racialistas. El profesor de la Escuela Nacional de Ingeniería sostenía que la tenebrosa herencia hispana era la rémora, el lastre pesado que impedía avanzar a estas sociedades, incluso aunque hubiera transcurrido ya más de un siglo desde las independencias hispanoamericanas. Las costumbres y las instituciones legadas por España eran nefastas. A pesar de que los españoles eran racialmente superiores a las razas aborígenes, lo único que trajeron a América fue lujuria, esclavitud y fanatismo religioso. Para Bulnes, la hispanización de América fue un espantoso proceso que duró demasiado tiempo y del que aún no habían logrado escapar las sociedades americanas. Estos destemplados juicios se despliegan a lo largo de muchas páginas rebosantes de bilis hispanófoba, y constituyen la premisa fundamental de su libro.

El eminente miembro del grupo de los Científicos consideraba que el principal factor que explicaba la inferioridad económica y científico-técnica de México radicaba en la raza. Nos ha tocado en suerte —señalaba— ser los bisnietos de una raza inferior, de inteligencia escasa y de vitalidad insuficiente. Bulnes no tenía inconveniente a la hora de hablar de “razas superiores” y “razas inferiores”.50 Tales superioridades e inferioridades eran congénitas e inmutables, a su modo de ver. Por ello, se refería a una presunta “repulsión para civilizarse” de “las razas indígenas americanas”.51 Para Bulnes, hay algo en su naturaleza que las incapacita para entrar en la senda civilizatoria. Las “razas aborígenes tropicales” mostraban una fragrante “deficiencia” mental e intelectual.52 Una deficiencia de la que difícilmente podrían zafarse. En determinado momento, llega a hablar de “la semejanza de los aborígenes del trópico, sobre todo los ecuatoriales, con los monos”.53 Según el destacado ingeniero porfirista, la evolución había situado a esas criaturas apenas en un grado más alto que el orangután, quizás porque las razas que se alimentan principalmente de maíz y de arroz muestran un embrutecimiento soñoliento, pues su “potencia mental” está disminuida y apagada.54 Bulnes concluía su reflexión refiriéndose a “su barbarie inextinguible”.55 Nunca saldrán de ella, esas razas inferiores. Y, para colmo, se abalanzaron sobre ellas los infames españoles, el peor linaje de las razas europeas.

Bulnes consideraba que sólo unas razas tan débiles como las amerindias “han podido aguantar siglos un gobierno de bestias podridas y sanguinarias”.56 El abyecto látigo español acentuó la imbecilidad y el embrutecimiento de los amerindios. En eso se resumía el triste sino de las sociedades hispanoamericanas. Unas razas débiles —ya de por sí degeneradas— sometidas por el peor de los pueblos europeos. Y para colmo, la raza conquistadora y las razas vencidas terminaron mezclándose, dando como fruto una mezcolanza no demasiado brillante. Con esos mimbres, esta América malhadada y desventurada se había quedado atrás respecto al conjunto luminoso de las naciones verdaderamente civilizadas. Nada extraño, ya que Bulnes parece convencido de la “repugnancia por el trabajo” y la “pereza” exhibidas por el indio, por el mestizo y por el criollo. Nadie se salva en esas decaídas sociedades. Toda la América Latina estaría caracterizada por esa inoperancia y lasitud exasperante, por esa falta de sentido económico, que la condenaban al subdesarrollo y a la decadencia.57 Una vez más, comprobamos cómo el discurso hispanofóbico se articulaba con el desprecio hacia los indígenas.

El mundo hispano-católico es opresivo y enemigo del libre pensamiento, sigue pontificando Bulnes. Ese mundo oscurantista no es apto para el progreso material, moral e intelectual. Hubiera sido maravilloso que los marineros se amotinasen contra Colón, ahorcándolo, interrumpiéndose de tal modo aquella desdichada expedición, pues de tal modo América no hubiera tenido que soportar la terrible plaga española, aquella infame tiranía parasitaria perpetrada por una raza corrompida. En ese caso, América hubiera sido descubierta por alguna otra nación europea más “libre” y más inteligente; esto es, por alguna nación no católica.58No dice cual, pero todo hace pensar que estaba pensando en Inglaterra, tal vez en Holanda. A lo largo del libro es más que evidente su admiración por el universo anglosajón y protestante. Considera que la “raza anglosajona” es enérgica, dinámica, evolutiva, productiva y trabajadora. En ella caben las virtudes públicas, la justicia y la libertad. Esa espléndida raza está libre de todos los vicios que bloquean el progreso de la América hispana. Y en “la lucha de razas que presenta el porvenir, los países que no se pongan a la altura de los anglosajones” no tienen más futuro que el “sepulcro”.59 Observará que el método de “colonización” desplegado por España fue el mismo que emplearon los romanos. Y en eso acierta. Pero lo tilda de “bárbaro” y de criminal.60 Más adelante, el escritor mexicano afirma que, entre todas las naciones, “los Estados Unidos, sin haber llegado a la perfección en el sentimiento de la justicia, ocupan el nivel moral más elevado en la civilización actual”.61 De lo que se desprende que el imperialismo estadounidense sí le parecía un proyecto civilizador. Para él, lo mejor que podría pasarle a la América Latina es ser absorbida, de un modo u otro, por los Estados Unidos. De acuerdo con esa lógica, el Imperio británico también le resultaba ejemplar. Ésa era la buena manera de colonizar.

Consideraba que la hermandad hispanoamericana o latinoamericana—términos que utiliza indistintamente— era una ficción o una mera ensoñación. Y en esto no le faltaba algo de razón al referirse a como las “hermanas latinas” Argentina y Brasil se lanzaron “como buitres sobre su pequeña hermana Paraguay”, como se había visto a Guatemala y El Salvador “morderse” con furia o a Chile “despojando a Perú y a Bolivia”. También ponía como ejemplo a Uruguay, “aporreado por sus fuertes vecinos” y manteniendo a duras penas su independencia y recordaba que “la indisposición de México y Guatemala ha durado más de medio siglo”.62 Todos esos episodios de cainismo hispanoamericano llevaron a Bulnes a concluir que tan calamitosa situación era irremediable. Las repúblicas hispanas o latinas, decadentes e inestables, jamás construirían nada que mereciera la pena. Quizás por ello, Bulnes intenta acabar con el mito de que los Estados Unidos eran un adversario nocivo y peligroso paras las repúblicas hispanoamericanas, al reflexionar que el verdadero adversario había que buscarlo dentro de “nosotros mismos”, atenazados por “nuestra tradición, nuestra historia, nuestra herencia morbosa”.63 Según esta lógica, la causa del fracaso latinoamericano estaba incrustada en su ser más íntimo y constitutivo. Por ende, la única manera de prosperar era dejar de ser lo que se era. He ahí la desasosegante conclusión de la obra de Bulnes, que es un ejemplo perfecto del desprecio hacia la doble herencia hispánica e indígena desde la óptima del discurso racista finisecular.64

en El Salvador

Entre este grupo de intelectuales debe incluirse también al salvadoreño David J. Guzmán (1843-1927), miembro de la élite política y económica de la pequeña república centroamericana, donde su padre, el general Joaquín F. Guzmán, había llegado a ser presidente durante un corto periodo. Cursó estudios de medicina en Francia, y allí se empapó de las doctrinas de Gobineau sobre la desigualdad de las razas, y absorbió las tesis de otros representantes del así llamado “racismo científico”. Consideraba que los indígenas eran un lastre para el desarrollo civilizatorio y que lo ideal sería ir haciéndoles desaparecer gradualmente. No se refería a la perpetración de un exterminio, pero sí a una suerte de sustitución étnica o disminución demográfica progresiva. En su libro Apuntamientos sobre la topografía física de la República de El Salvador alude a esta cuestión en un pasaje ciertamente ambivalente, en el que afirma que está degradada la raza india —“tan miserable es la actual condición del indio”— que un “espíritu realmente liberal y humanitario” tratará de buscar una solución a ese problema, “haciéndole desaparecer gradualmente en la masa de la civilización actual”, que es por otra parte el destino reservado para las civilizaciones decrépitas y declinantes.65 Este argumento de Guzmán, un tanto siniestro y ambiguo, parece confiar en la espontaneidad selectiva de la Historia, de tal manera que las razas débiles y moribundas vayan desapareciendo por sí mismas. Sin embargo, parece encomendar al mismo tiempo al paternalismo de los “gobiernos liberales e ilustrados” la tarea de promover o acelerar esa “desaparición”.66

Hay otros pasajes de su obra en los que Guzmán exalta las presuntas excelencias de las civilizaciones prehispánicas, injustamente calumniadas.67 Esto sucede cuando quiere resaltar la pasión destructora de los españoles. Para Guzmán, lo único que trajo España fue el “más feroz despotismo” y el establecimiento de un dominio caracterizado por su “monstruosidad”.68 El autor, por supuesto, se refería a las provincias americanas de la Monarquía Hispánica con el equivocado término “colonias”.69En abierto contraste, Guzmán consideraba a los indígenas del presente como seres apáticos, convertidos en criaturas degradadas y degeneradas. Es probable —señala— que ese estado de postración se deba en buena medida al martirio que padecieron a manos de los crueles españoles, pero el escritor considera que no puede soslayarse la tristísima situación de la raza nativa. “Los indios de nuestros días representan en verdad una raza ignorante”.70 Por no hablar de los zambos —“esa infeliz mezcla de raza negra y raza india”— a los que tildaba de “criaturas feas, malvadas y estúpidas”.71 Es cierto que Guzmán no enjuiciaba tan rigurosamente a los mestizos. De hecho, consideraba que esas gentes mestizadas conformaban un segmento de población “más inteligente y varonil que la raza india”,72 pero sus capacidades siempre estarán por debajo de los “blancos” más puros, que formaban esas élites criollas cuya sangre no se ha mezclado con la de los aborígenes.

No obstante, el pensador salvadoreño consideraba que la herencia racial española tampoco era la más idónea a la hora de propulsar el progreso de la joven nación centroamericana. Guzmán adjetivaba a estas repúblicas como “latinoamericanas”, dicho sea de paso.73 Ciertamente, el elemento hispánico era superior al elemento prehispánico, pero Guzmán consideraba que no eran propios del mundo hispano los dones que se requerían para el verdadero progreso. Para este pensador, la raza hispanoamericana, embelesada en la contemplación estética, no sentía predisposición para el trabajo verdaderamente útil. Los ingleses y los norteamericanos, por el contrario, eran los mejores en dicho terreno. Tiempo era ya, por lo tanto, de imitar el ejemplo de los productivos anglosajones, que habían sabido consagrarse a las artes útiles y a la explotación de las riquezas naturales. En ese sentido, Guzmán plantea sin ambages que lo más deseable para El Salvador y para toda la América Central era la inmigración de población “europea”, sobreentendiéndose que no se incluye aquí a los españoles. Era el medio más eficaz para el “mejoramiento de las razas” existentes en el país, para la modernización de la organización política y para el incremento de la prosperidad material.74 El progreso de estas naciones sólo se alcanzaría mediante ese blanqueamiento racial. Se precisaba, en definitiva, de una transfusión de “sangre buena”, la que corre por las venas de las razas más nobles y enérgicas.

Guzmán no escatimó frases desgarradoras, a la hora de valorar las inenarrables crueldades cometidas por los españoles, cuando conquistaron esos territorios. Reproduce muchos de los tópicos de la leyenda negra antiespañola.75 Llega incluso a afirmar que “ojalá aquellos españoles hubieran portado consigo el mismo espíritu que portaban los colonos que se establecieron en la América del Norte; ojalá aquellos españoles hubiesen desplegado en su América el mismo tipo de civilización que empezó a cuajar y a desarrollarse en aquella maravillosa Nueva Inglaterra. Mucha honra cabría hoy a España, si hubiese aplicado en estas regiones el modelo civilizatorio inglés”.76 Semejante aseveración resultaba verdaderamente insólita, ya que lo que estaba diciendo era algo tan estrambótico como que ojalá nos hubieran conquistado los ingleses. Tal vez el salvadoreño no era consciente de que, si hubiesen sido los anglosajones o los holandeses los que hubiesen realizado dicha conquista, prácticamente no quedarían indígenas vivos en Mesoamérica. Aunque, bien pensado, tal vez eso es lo que hubiera sido deseable desde la perspectiva de Guzmán, pues de ese modo El Salvador no se vería lastrado en el presente por su abundante población indígena. Los escritos de Guzmán son una negación de la propia realidad e incluso de la propia existencia de su patria salvadoreña. Como se ha podido comprobar, una hispanofobia más o menos explícita y un tibio racismo iban de la mano en el pensamiento del ilustre escritor y médico salvadoreño. Un pensamiento en el que tampoco podía faltar una generosa dosis de anglofilia.

en Nicaragua

Debe mencionarse La enfermedad de Centro-América, del nicaragüense Salvador Mendieta (1879-1958), una obra aparecida en tres tomos, que el autor fue escribiendo a lo largo de varios lustros (el primero se publicó por primera vez en 1912), en medio de las vicisitudes de su agitadísima vida política. Sostuvo un ideario “unionista”, aspirando a fundir las repúblicas centroamericanas en una sola. Y pretendió regenerar la vida social, política y cultural de esta disgregada región. Pero no es tanto la “terapéutica” lo que en este momento se desea traer a colación, sino más bien el diagnóstico de la “enfermedad” que atenazaba a estos países. La mencionada obra se inscribe en las coordenadas del positivismo y del darwinismo social spenceriano. La degradación moral de los centroamericanos puede explicarse por motivos diversos, advertía Mendieta. En primer lugar, por ser herederos de la intransigencia católica de los españoles, que dejó a estos pueblos muy incapacitados para la libertad. Según Mendieta, aquellas instituciones, que denominaba “coloniales”, eran las responsables del desorden político que imperaba en la región.77 España seguía siendo la culpable de los males padecidos en el presente y, especialmente, de la abulia de los habitantes de esta región.78 Denunciaba su patética ausencia de energía, su incapacidad para actuar con resolución, pero consideraba que también habría un factor étnico que explicaba ese patológico estado de cosas. Consideraba que la raza indígena está embrutecida y degenerada. El amor a la verdad, los principios morales o el sentido de la justicia no eran virtudes predominantes en esos atrasados indígenas; pero tampoco eran debidamente cultivadas por la masa española que vino a adueñarse de estas tierras. Mendieta llegó a concebir la posibilidad de aplicar alguna suerte de procedimiento eugenésico, como uno de los posibles remedios a semejante desastre. El autor afirmaba que en el “futuro tipo étnico centroamericano” habrían de participar las razas “cobriza y negra”, pero siempre subordinadas a la superior raza blanca, ya que aunque el indio y el negro puedan albergar algunas “excelentes cualidades”, lo cierto es que la primacía debía corresponder al “molde caucásico”.79 Ese anhelo de blanquitud se dio igualmente en otras naciones centroamericanas, como en el caso de Manuel de María Peralta (1847-1930), en Costa Rica, que también imaginó una nación de raza blanca.80

en Cuba

El cubano Enrique José Varona (1849-1933), desde coordenadas positivistas y evolucionistas, expuso en una famosa conferencia en Nueva York que Cuba e Hispanoamérica necesitaban arrancarse cuanto antes una parte sustancial de sí mismas, si es que querían avanzar y progresar. Necesitaban desespañolizarse, transformar por completo los “venenosos frutos” que habían dado las “funestas simientes sembradas por España, porque de un tronco podrido y malsano nada hermoso y lozano podía brotar”.81 Después de las distintas revoluciones que condujeron a las independencias, esas regiones conservaban intactas sus raíces españolas; y eso lo seguía emponzoñando todo. Esas raíces debían ser arrancadas, porque la podredumbre hispánica seguía enturbiando todos los aspectos de la vida social, moral e intelectual. Obviamente, no podía cambiarse de la noche a la mañana la terrible realidad que había generado la “colonización española” y los pueblos hispanoamericanos seguían pagando las consecuencias de aquellos oscuros siglos.

Este fue el contenido de una dura conferencia ofrecida en Nueva York por el director del diario mambí Patria a finales de 1896, en plena guerra de independencia de Cuba. El documento es un furibundo panfleto antiespañol, donde los tópicos de la leyenda negra antihispánica se exacerban hasta el paroxismo. Toda la historia de la América española se convierte así en un relato de terror y barbarie. La venalidad está omnipresente desde el primer minuto. España llegó a matar, a robar y a saquear; no hizo otra cosa. Su dominio fue una vejación ininterrumpida de la dignidad humana. Aquella truculenta España ni supo ni quiso cumplir el papel de pueblo “educador”; no supo darles una “civilización” a los pueblos incultos con los que se topó.82 Es cierto que Varona, que era una persona instruida, era perfectamente consciente de la falsedad de sus declaraciones y que éstas formaban parte de la campaña separatista en la que estaba involucrado. No obstante, tener el atrevimiento de afirmar que España no le entregó a América ningún aporte civilizatorio resulta excesivo, incluso en un contexto de agitación propagandística. Habría que preguntarse quién fundó y construyó esa bellísima ciudad llamada La Habana y qué lengua hablaba el propio Varona.

En este contexto hay que entender el discurso del propagandista cubano que denunciaba ante un auditorio estadounidense a aquellos infames españoles que constituían la quintaesencia de la inmoralidad. “Fieros y homicidas”. “De costumbres depravadas”. “Intolerantes y fanáticos”. “Obsesionados con las minas, descuidaron por completo la agricultura y los trabajos útiles. Sólo supieron organizar el pillaje y la masacre”. Para concluir que “en su política colonial, España se propuso esta quimera: secuestrar un continente inmenso”.83 Cualquier parecido con la realidad histórica era pura coincidencia, pero Varona va enhebrando falsedades con mucha soltura. “No había en las colonias verdadera vida jurídica; sólo un despotismo feroz”.84 Era la América hispánica “un mastodonte esclerotizado”; “todo era corrupción e incuria”. “Nada se hizo en el campo de los conocimientos”; la infame metrópoli no quería difundir la educación y la instrucción por aquellos territorios sojuzgados.85 Partiendo de semejante interpretación del pasado, el escritor y agitador cubano aseveraba que no bastaba con la independencia política; la verdadera libertad solamente podría lograrse cuando se desembarazasen de esa odiosa dimensión de su ser. ¿Qué dimensión? La herencia española. El mal lo llevaba aquella tenebrosa España en sus entrañas y se lo había traspasado a sus desgraciadas hijas. Por ende, la verdadera liberación de América sólo se alcanzaría mediante un programa de deshispanización. Y, como suele ser habitual en estos ideólogos, la “América inglesa” era contemplada como el modelo a seguir; como una sublime fuente de inspiración.86 Quizás por ello, el antiguo independentista camagüeyano desempeñó con naturalidad los cargos de secretario de Hacienda y de Instrucción Pública durante la ocupación norteamericana.

Varona, como buen positivista decimonónico influido por el darwinismo social de Spencer, asumió el determinismo biologista en cierto momento de su discurrir intelectual, llegando a considerar que existen las “razas superiores”.87 Por ello, se refería a “los caracteres morales de las razas”,88 al tiempo que postulaba la existencia de un “término medio de moralidad para cada grupo étnico”.89 En este sentido, sostuvo en alguna ocasión que se podía demostrar que la masa encefálica de algunos pueblos europeos era superior a la de los africanos. Ello ponía de manifiesto que su virulenta hispanofobia se conjugaba con nociones que estaban muy próximas al racismo del que estaba embebida la élite cubana.90

en Colombia

En Colombia, debe destacarse la figura de Luis López de Mesa (1884-1967). Médico, psiquiatra, psicólogo (recibió parte de su formación en Harvard) y sociólogo, llegó a ser rector de la Universidad Nacional y ministro de Educación.91 En un escrito significativamente titulado El factor étnico (1927) se mostraba muy preocupado por el futuro del pueblo colombiano. Detectaba inequívocos síntomas de decadencia física y mental, directamente relacionados con el hecho de que la población de Colombia se había ido conformando históricamente a través del cruzamiento de elementos étnicos muy diferentes. También influían en ese decaimiento otros factores de índole social, tales como las deficiencias educativas del país. Y no podían soslayarse las influencias climáticas. Pero lo verdaderamente determinante era el “factor étnico”. Señalaba que la sangre aportada por la península ibérica era la propia de gentes poco inclinadas al trabajo. Fueron aventureros y guerreros, no muy duchos en el arte de la administración pública; no muy dados a la previsión y a la organización.92 Lo que estaba diciendo López de Mesa es que la sangre española no era la propia de una raza especialmente cualificada en el arte del buen gobierno, ni demasiado propensa a la productividad disciplinada. Por ese lado, la herencia racial no era la más espléndida. A pesar de lo cual, lo colombianos sí supieron asimilar algunas de las mejores cosas aportadas por el espíritu español, de entre las cuales debían destacarse la lengua y la literatura.

Pero lo cierto es que las espontáneas mezclas raciales que se fueron concretando en el territorio de la actual Colombia eran la causa primordial del atraso nacional. Esas mixturas entre la raza española, la aborigen y la africana habían ocasionado efectos degenerativos, obteniéndose una población no demasiado apta para los progresos civilizatorios. Y si las mezclas prosiguen su curso descontrolado —señalaba— se obtendrán resultados “poco apetecibles”, ya que ciertos elementos étnicos están intelectualmente degradados y físicamente deteriorados.93 Hay comarcas especialmente complicadas, en las que la “población africana está tan descaecida fisiológica y espiritualmente, que no podemos mezclarla con el resto de la población sin hacer sufrir al conjunto de la nación muchos pasos hacia atrás y aun perturbarla para siempre”.94 Y las combinaciones puedes ser todavía más desastrosas. En efecto, la mezcla del indígena de la cordillera oriental con ese elemento africano “sería un error fatal” para el futuro del país;95 y es que con ello se sumarían, en vez de eliminarse, los vicios inherentes a ambas razas, obteniéndose con tal hibridación un zambo indolente, sensual, hipócrita, ignorante y enfermizo. Esa “mezcla de sangres empobrecidas”, aseveraba el eminente colombiano, genera “productos inadaptables, perturbados, nerviosos, débiles mentales”.96

Para López de Mesa, el indígena, después de siglos de convivencia con el blanco, parece haber adoptado algunos de sus conceptos de vida; para haber asimilado, incluso, ciertos aspectos de su moral. Pero es sólo una fachada, pues en el fondo conserva sus tendencias “bárbaras”.97 Y qué decir de los negros. Todavía palpita el antepasado africano en sus descendientes. Observando sus gustos, sus costumbres, sus creencias y su conducta, puede decirse que sienten “la nostalgia de la selva”.98 Deben buscarse soluciones, antes de que la degeneración racial de Colombia siga acentuándose. Y la medida más apropiada para revertir esa tendencia sería promover “corrientes de inmigración sana”.99 Con ello, empezaría a despejarse el porvenir de la nación. De lo que se trata es de “corregir” los defectos del cruzamiento racial espontáneo. ¿Pero de qué geografías del ancho mundo habrán de venir esas revitalizadoras corrientes inmigratorias? La respuesta la había ofrecido unos años antes, en una disertación leída y publicada en 1920. Dicha intervención estuvo encuadrada en un ciclo de conferencias celebrado en Bogotá, que tuvo bastante repercusión. Todas las ponencias se publicaron en un volumen titulado Los problemas de la raza en Colombia (1920). Pues bien, el Dr. Luis López de Mesa especificó en ese documento qué refrescantes sangres necesitaba la maltrecha población colombiana, en función de las características de cada región. Por ejemplo, en Antioquia sería muy bien recibida la “sangre sajona”.100 No esconde cuáles son sus preferencias, ciertamente. En Boyacá debe entrar “sangre alemana vigorosa”.101 De ese modo se mejoraría la raza. O al menos se detendría su proceso degenerativo. Se depuraría la sangre de la población colombiana y la nación podría progresar y modernizarse.

También consideraba importante la aplicación de drásticas medidas “higiénicas”, erradicar el alcoholismo o prevenir las enfermedades venéreas, entre otras muchas. Sin embargo, en algunas ocasiones, manejará nociones explícitamente eugenésicas.102 Advierte que se ha llegado a una espantosa situación en la que son los ejemplares “indeseables” los que más se reproducen. Si no se toman medidas eficaces para controlar y encauzar esa reproducción, la imbecilidad se irá extendiendo indefectiblemente. Cada generación será más estólida y mórbida que la precedente. Deben tomarse medidas para promover “la procreación de los más aptos”, impidiendo o limitando “la reproducción de los desechos sociales”.103 Pero sucede que esos “desechos sociales” están marcados, antes que por cualquier otro motivo, por su pertenencia étnica.

Su indisimulado desprecio por los indígenas, negros, zambos y mulatos—la sangre española tampoco le parecía la más excelente del mundo— se articulaba con esa idea de que las razas verdaderamente excelsas son las del norte de Europa. Sus preferencias raciales se decantaban por los linajes anglosajones y germánicos. Tampoco escondió sus simpatías por los Estados Unidos del Norte de América. Daba igual que los yanquis les hubiesen amputado a los colombianos un pedazo importante de su territorio nacional, provocando la secesión de Panamá. López de Mesa afirmaba que esa potente nación encarnaba los más altos ideales, y habían realizado lo que cualquier pueblo desearía tener. Eran el ejemplo para seguir en ciencia, industria, higiene social, democracia, trabajo, riqueza, educación y comodidades materiales. Los estadounidenses representaban la vida floreciente, alegre y vigorosa; eran la fuerza y la salud.104

También en Colombia, el médico y psiquiatra Miguel Jiménez López (1875-1955) consideraba que la población colombiana presentaba signos evidentes de “degeneración”. Y sucedía otro tanto con las poblaciones de los países vecinos.105 Una degeneración somática, psíquica y moral. Jiménez consideraba que, al igual que en Colombia, en todos ellos predominaban los cuerpos débiles y enfermizos, la inestabilidad mental y las conductas perversas o desviadas. Todo ello estaría estrechamente relacionado con la composición racial de este grupo de naciones. Para el psiquiatra colombiano, la causa primordial —aunque no la única— de ese decaimiento se localizaba en el legado étnico ancestral.106 “Los indígenas, desde México al Perú, se han mostrado, hasta el presente, incapaces de producir o de asimilar las altas formas de la cultura humana”.107

Uno de los remedios para tan deplorable situación estaba relacionado con la reforma educativa. Jiménez consideraba que esa mejora de la educación podría incidir favorablemente, pero no sería una panacea. Sólo con la educación no bastaba. Podría organizarse la mejor infraestructura educativa del mundo, y no sería suficiente para salir del atolladero, porque las capacidades congénitas defectuosas no pueden enmendarse con una mejor instrucción. Las causas del mal estaban en la biología; la solución, también. La transformación de las mentalidades y de las inclinaciones únicamente se lograría mediante un cambio orgánico. La única solución eficaz ideada por Jiménez López consistía en la inmigración masiva de poblaciones europeas, consideradas más fuertes, inteligentes y productivas. Sólo ellas podían transmitir sus cualidades a esa desvalida población, cruzándose racialmente con ella, revertiendo el alarmante proceso de degeneración. Se requería, por tanto, de una sustitución étnica. Se necesitaba un cambio radical de la composición racial de la nación colombiana. Sólo con esa sangre nueva, “fresca y vigorosa”, mejorarían las energías y las capacidades de esa población que languidecía en el territorio colombiano.108 Atáquese el problema de raíz —decía Jiménez—, “renovemos nuestra sangre, y habremos procedido con cordura y con acierto”.109

La verdadera solución a todos los problemas de Colombia y de países colindantes pasaba pues por una transfusión de “sangre blanca bien escogida”.110 Atiéndase a lo de “bien escogida”, porque es muy probable que las sangres europeas en las que estaba pensando no eran precisamente las de origen mediterráneo; muy probablemente se trataba de sangre anglosajona, germánica o nórdica. Limpieza y depuración, en cualquier caso, pues la herencia racial era en Colombia un pernicioso lastre: “una corriente de inmigración europea suficientemente numerosa iría ahogando poco a poco la sangre aborigen y la sangre negra, que son, en opinión de los sociólogos que nos han estudiado, un elemento permanente de atraso y de regresión en nuestro continente.111 Según Jiménez, a cada momento la nación perdía vigor intelectual, moral y morfológico, por ello “debíamos abrir nuestras venas, en el más literal de los sentidos, para que se inundasen con un torrente de nueva sangre rebosante de energía; sangre de las mejores razas, esto es, de las razas superiores”.112 La mestización con razas inferiores había sido una calamidad, que dio como fruto una sangre turbia y degenerada, venía en definitiva a decir Jiménez López. Ahora bien, sostener que el mestizaje había sido pernicioso equivalía a lanzar una acusación contra la obra de España en América, así fuera de forma implícita y no verbalizada, pues aquella hispanización secular se concretó, precisamente, mediante un gigantesco proceso de mestizaje. España mezcló su sangre con la de las poblaciones aborígenes y con las gentes africanas. Renegar del mestizaje equivalía a renegar de España; era lo mismo que renegar de la civilización hispánica, que se define de una manera medular por ese carácter mestizo.

Conclusiones

En el presente trabajo se han examinado los discursos y las ideas de ciertos intelectuales prominentes que en algunas de las jóvenes repúblicas hispanoamericanas pretendieron deshispanizar sus patrias, pensando que tal cosa supondría una “solución” plausible y deseable a su retraso. Esas mismas figuras de la intelectualidad del siglo XIX y de las primeras décadas del XX exhibieron, al mismo tiempo, un rechazo indisimulado hacia las poblaciones amerindias. Un aborrecimiento o aversión que se dirigía de igual modo hacia las poblaciones afrodescendientes. Ahora bien, estas fobias—permítasenos emplear este término— no se manifestaron solamente en el terreno de las ideas, toda vez que aquel republicanismo liberal del siglo XIX fue, en demasiadas ocasiones, más agresivo con los indígenas de lo que pudieran haberlo sido las viejas Leyes de Indias de la Monarquía Hispánica. No debe olvidarse, y es esto lo que queremos destacar en estos párrafos finales, que el desprecio mostrado hacia indígenas y negros fue muy acusado en todos aquellos intelectuales que, imbuidos de concepciones radicalmente hispanófobas, odiaban con la misma virulencia a la herencia indígena prehispánica, la herencia africana y la herencia española. Muchos de estos escritores, historiadores y pensadores consideraban que el único modo a través del cual las repúblicas hispanoamericanas podían subirse al tren de la “modernización” y del “progreso” consistía en una renuncia al propio pasado: zafarse, en un tremendo ejercicio de automutilación, de la herencia hispánica y, al mismo tiempo, deshacerse del elemento indígena y africano. Algunos consideraban que tal extinción sobrevendría espontáneamente, por “selección natural”. Pero también cabía la posibilidad de tomar medidas gubernamentales más expeditivas, para “acelerar” esa lenta agonía.

Lo que en este trabajo se ha denominado sarcásticamente “mala sangre” (nótese que era mala para los escritores y pensadores aquí examinados, no para quien esto escribe), no se refería únicamente a la sangre indígena o la sangre negra, sino también a la sangre española, concebida como la peor de las razas europeas y principal responsable de las calamidades de Hispanoamérica. Estos intelectuales admitían que la estirpe racial española era superior a la amerindia y a la africana, pero en la pirámide de las razas superiores no ocupaba un sitio muy elevado. Y para colmo, aquellos bárbaros españoles mezclaron su sangre con la de las razas más inferiores, dando lugar a lo que uno de los autores estudiados denominaba “un engrudo infame”. El retraso de la mayoría de estos países —su incapacidad para modernizarse y para alcanzar la prosperidad— vendría a ser ocasionado por esa deficiencia sanguínea, por esa degeneración étnica, por ese déficit racial. Por ello, este grupo de intelectuales consideró que un aluvión de sangre anglosajona sería verdaderamente salvífico y purificador para estos mundos hispánicos tan mestizados, tan inapropiadamente mestizados; argüirían ellos.

Solían moverse en las coordenadas filosóficas e ideológicas del positivismo. Desde tales premisas, consideraban que la herencia española constituía una monumental rémora que imposibilitaba el ingreso de las antiguas “colonias” hispanoamericanas en el verdadero flujo de la Historia; entre otros motivos, porque la propia España había quedado desbancada de dicha Historia, permaneciendo rezagada respecto a la línea ascendente del “progreso”. La matriz hispánica era la fuente de todos los retrógrados oscurantismos. Todos los males sufridos por estas repúblicas recién nacidas tenían que ver, en última instancia, con la herencia española que aún lo atravesaba todo, como una especie de miasma pútrido. Un lastre que las seguía atenazando, impidiendo su avance. Y téngase en cuenta que una de las principales acusaciones que vertían contra la herencia hispana tenía que ver con el hecho —para muchos de ellos aberrante— de que los españoles se habían mezclado con las razas viles e inferiores, esto es, con los pueblos indígenas y los afroamericanos.

Todos los elementos discursivos que acaban de mencionarse se encuentran presentes, en mayor o menor grado, en el grupo de intelectuales de México, El Salvador, Nicaragua, Cuba y Colombia que se ha tenido ocasión de examinar. Ello no significa que el mismo tipo de ideas—expresadas con mayor crudeza, incluso— no se encontraran igualmente presentes entre importantes figuras de la intelectualidad peruana, boliviana, argentina o chilena del período estudiado.

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Notas

* Este trabajo es un producto vinculado al proyecto de investigación “Estudios críticos sobre arte, cultura y filosofía política”, financiado por la Facultad de Arte, Diseño y Comunicación Audiovisual de la Escuela Superior Politécnica del Litoral (ESPOL), Guayaquil, República del Ecuador.

64 El discurso de Bulnes tuvo desde un inicio numerosos detractores dentro del propio México. Sobre este punto, véase por ejemplo SOLA AYAPE, “José Elguero, periodista michoacano” y FUENTES MARES, México en la hispanidad .

Recibido: 14 de Mayo de 2024; Aprobado: 01 de Julio de 2024

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