Las reflexiones sobre la comunidad, abocadas a definir sus propiedades como formato de organización social, o para delimitar sus implicaciones conceptuales, o determinar su papel como presupuesto de la acción social colectiva, ha sido una tarea incesante en ciencias sociales desde su fundación hasta nuestros días. De suerte que la reapertura del debate y su inevitable clausura marca agendas y delimita campos de problematización en disciplinas como la antropología, la sociología, la ciencia política, la filosofía y la historiografía, entre otras.
Una apertura no solo motivada por los desplazamientos paradigmáticos que guiaban los estilos teóricos desde donde se pensaba a la comunidad, sino que también la emergencia de fenómenos de agregación novedosos, y las formas de asociación motivadas por coyunturas políticas y económicas que cimbraban las bases de los órdenes sociales y culturales existentes, fomentan una puesta en escena de otras formas de comprender a la comunidad y de expandir su campo de aplicaciones.
El nuevo milenio y las crisis periódicas del modelo civilizatorio actual originan que colectivos y agregados humanos produzcan formas de comunalidad como respuesta, y como formas de resistencia a los desafíos que a la vida individual y colectiva acarrean, por ejemplo, una economía de mercado que marcha sin muchas restricciones donde el signo de la desigualdad sigue siendo su marca. O bien, la emergencia de una condición de riesgo generados por el surgimiento de una crisis ambiental y ecológica que pone en entredicho la propia subsistencia futura del género humano. A lo que podemos sumar el desencanto hacia las formas de representación y participación política donde, a pesar de la vida en democracia, sigue imperando la desigualdad, la exclusión y la violación a los derechos sociales y culturales de amplios sectores de la sociedad.
En este sentido Zygmunt Bauman señala, que en las sociedades contemporáneas la comunidad se genera como respuesta al miedo y la incertidumbre que provoca el avance del capitalismo, la inseguridad y la violencia que se produce en esta etapa de la modernidad. En efecto la comunidad ha sido vista tanto por propios como por extraños como un refugio en el que prevalece la solidaridad, el compañerismo y, por supuesto, la seguridad que ofrece ser parte de una colectividad. Por su parte, Roberto Esposito sostiene que la comunidad es el producto de una obligación, un don devuelto, un pacto entre individuos que los une y protege ante las patologías y amenazas del individualismo moderno.
Por otro lado, las formas de comprensión del hecho comunidad no deja de recapitular algunas de las posturas tradicionales en ciencias sociales, quienes parten de considerar a ésta como el producto de la continuidad de la tradición, como articulada desde la participación de sus miembros en la misma cultura o identidad. Además, se concibe a la comunidad en contraposición de otras formas de organización de la vida como son la sociedad y los Estados-nación modernos. Así, desde la sociología clásica se opuso comunidad a la idea de sociedad, la cual se basa en el contrato y está conformada por individuos libres y en la que la movilidad y el riesgo son partes constitutivas. De esta manera se definieron dos grandes tipos de organización social, uno sustentado en la grupalidad, el estatus y la solidaridad mecánica y el otro en el individuo, el contrato y la solidaridad orgánica.
Sin embargo, desde los estudios empíricos como desde las reflexiones teóricas, se ha demostrado que estos tipos sociales no se manifiestan como tales en la realidad, pero sí existen en los imaginarios e ideales de ciertos grupos sociales en determinadas épocas y lugares. De ahí que sea más apropiado hablar de procesos comunitarios, es decir, proyectos, intentos, movimientos, tendientes a construir comunidad. Una postura, asumida por los coordinadores, quienes desde un enfoque relacional buscamos motivar la producción de artículos tendientes a mostrar procesos que incitan a formar vínculos comunitarios, así como conocer y discutir acerca de los mecanismos socioculturales que se echan a andar en la construcción comunitaria.
Por sus propias condiciones históricas, la presencia notable de pueblos originarios y la particularidad de sus políticas de desarrollo e integración capitalista, Latinoamérica se ha constituido como una región en la que continuamente aparecen movimientos que buscan la comunalización o en ocasiones la recomunalización. Existen múltiples ejemplos de movimientos que buscan la inclusión y protección de sujetos que se sienten desprotegidos, en riesgo o que han sido dañados en su integridad. Desde los grandes movimientos populares (o populistas), hasta los grupos de creyentes o vecinos que se agrupan para defenderse de las bandas del crimen organizado, pasando por comunidades étnicas y locales que mantienen de por sí formas de integración comunitaria y que deben de renovarlas continuamente a riesgo de perder su carácter de comunidad. Justamente lo que nos interesa es mostrar en este dossier son reflexiones académicas en torno a esas formas emergentes de comunalización que aparecen de manera reiterativa en América Latina y que refieren a imaginarios de formas de vida colectiva. Más que presentar una de estudios de caso, en el dossier buscamos profundizar en la producción de conocimiento sobre estos procesos, a través de la reflexión teórica apoyada desde el estudio de casos.














