Introducción
Al hablar de gobernanza o gobernabilidad se menciona a menudo el involucramiento ciudadano en asuntos públicos como un factor clave para la legitimidad del gobierno, y con el fin de que exista una relación gobierno-sociedad en la que ambas partes intervengan de forma coordinada en el desarrollo y la administración de lo público. Con ello se hace alusión a la participación ciudadana, es decir, el involucramiento de los habitantes de determinada comunidad política en la búsqueda de soluciones a las problemáticas compartidas.
Generalmente, la participación ciudadana persigue la democracia participativa, propuesta que toma fuerza con las críticas de la manera en que la democracia suele ser concebida, es decir, la de apellido “liberal” o “representativa”. El auge que en su momento alcanzaron los gobiernos representativos se debió a que eran vistos como la solución a las dificultades para gobernar las grandes naciones modernas, lo que provocó que la democracia directa se concibiera como una doctrina sólo apropiada para ciudades-Estado pequeñas (Dahl, 1992).
Con el paso del tiempo, cada vez más países adoptaron un sistema democrático liberal (Fukuyama, 1992) priorizando la implementación de los aparatos y ordenamientos que dan forma a la democracia representativa sobre los conceptos referidos en el ideal participativo. Esto no es un logro menor en la vida social y política humana, pues aún no somos capaces de crear un procedimiento que se acerque más a las garantías de representatividad y universalidad que tal sistema proporciona (Font y Blanco, 2006). La participación electoral es esencial para las democracias liberales porque permite mantener la conexión entre representantes y representados (Rivero, 1997), además de que “la representación y la delegación política son necesarias en sociedades complejas y cuya población es numerosa” (Ramírez, 2013, pp. 14-15).
Con todo, no debe rechazarse la posibilidad de que la ciudadanía intervenga más en asuntos públicos. Decir que la ciudadanía activa equivale a votar cada vez que hay elecciones es reducir al ciudadano al simple elector. El sujeto de la democracia no es el votante, sino el ciudadano que en varios momentos y facetas se involucra en la vida pública (Conde et al., 2015). Por estas razones, la perspectiva hegemónica de democracia se considera limitada (De Sousa Santos, 2004) y busca superarse con propuestas como la democracia participativa (Dahl, 1992) o deliberativa (Elster, 2001), que sitúa la participación y la deliberación como imprescindibles en el desarrollo democrático (Blondiaux y Sintomer, 2004).
No se propone sustituir la representación por la participación. Se plantea que la verdadera democratización del sistema político implica complementar la democracia representativa con la participación cotidiana de la ciudadanía (Ziccardi, 2008). Así, el ejercicio ciudadano no se restringe a la elección de gobernantes, contemplando también aspectos como la generación de alternativas ante los desafíos colectivos, la mejora de las condiciones de vida o la transformación de estructuras sociales injustas o de dominación (Conde et al., 2015). La participación ciudadana es la mejor manera de moderar el poder de los políticos y que la sociedad se haga escuchar (Serrano, 2015) pues ayuda a fortalecer al Estado y las prácticas sociales llevando a sociedades más inclusivas (Gaventa y Barrett, 2010).
Aunque se sabe que la política es el espacio que define la distribución de los bienes generados por una sociedad (Peschard, 2016), esto no siempre es evidente para la población en general. De hecho, las personas más desfavorecidas en la estructura social suelen ser quienes presentan mayores índices de apatía (Rivero, 1997). No obstante, el desinterés político no es exclusivo de una clase social; en casi todos los sectores, la democracia representativa constituye una singular paradoja para quienes viven en tal régimen: si bien brinda la oportunidad de decidir quién habrá de gobernar, pareciera que, al mismo tiempo, despojara de la capacidad de adoptar un rol activo ante el gobierno elegido (Andrade, 2008). Es como si después de votar, la ciudadanía quedara con la impresión de que ha hecho su parte y se desentiende de la organización de la vida común (Font y Blanco, 2006).
El problema y su contexto
Fatiga democrática mexicana y colimense
Aunque existen investigaciones que muestran que en algunos países hay mayor actividad política que en otros (Teorell et al., 2007), en México se da una aparente contradicción entre la percepción del deber público, en la que la participación y la representación se asumen como valores deseables, y la percepción y una cultura democrática que mantienen viejos hábitos y actitudes hacia la autoridad y las instituciones (INE y PNUD, 2020).
En las últimas décadas del siglo XX, el contexto político mexicano estuvo lejos del ideal democrático, debido al autoritarismo y la represión del gobierno comandado por un partido hegemónico. El Partido Revolucionario Institucional (PRI) recurrió durante siete décadas al corporativismo con el fin de sentar las bases de la segmentación y el clientelismo (Olvera, 2010). Por ello, a pesar de la presencia legal y discursiva de la participación ciudadana en el contexto político, es muy notoria la escasez de intervenciones efectivas y la simulación generalizada (Olvera, 2009), aspectos que han provocado que los mexicanos pongan en tela de juicio la legitimidad y la utilidad de su participación y que desconfíen de las instituciones y representantes políticos.
Tal síndrome de fatiga democrática (Van Reybrouck, 2017), también llamado desafección política, se caracteriza por bajos niveles de confianza tanto en las instituciones como en los representantes y mecanismos de representación a pesar de preferir o apoyar a la democracia como régimen (Torcal, 2006; Torcal y Montero, 2006). Suele atribuirse a experiencias ciudadanas negativas al participar, así como a la corrupción, la ineficacia y la negligencia de liderazgos políticos (Conde et al., 2015).
Tales factores han influido para que la participación ciudadana en México sea bastante baja: apenas el 15 por ciento ha votado en una consulta y menos del 25 por ciento ha formado parte de un colectivo o una asociación. Además, quienes han participado en un partido político o en una organización ambientalista o de derechos humanos representan menos del 10 por ciento, lo que indica que ni siquiera una de cada diez personas cuenta con experiencia asociativa (INE y PNUD, 2020). Asimismo, sólo el 15 por ciento ha asistido a una marcha, manifestación o protesta (CESOP, 2018), y apenas el 23 por ciento estaría dispuesto a hacerlo si es por una mejora en salud o educación, o para tener una sociedad más igualitaria (Corporación Latinobarómetro, 2020).
En cierto sentido, el estado de Colima se encuentra en una situación peor que la nacional. Por ejemplo, en una investigación realizada por Gildo (2007) se vio que, aunque el 25 por ciento de los colimenses consideraba “fácil” o “muy fácil” organizarse con otros ciudadanos por una causa común, sólo el 18 por ciento decía pertenecer a una organización social. Otro dato interesante es que el método que los colimenses consideraban más efectivo para incidir en decisiones del gobierno era “actuar a través de relaciones personales y familiares”, mientras que acciones como “escribir una carta a las autoridades” u “organizar una manifestación de protesta” eran vistas como las menos efectivas. Tal percepción podría explicar parte del hecho de que sólo 14 por ciento de los encuestados haya participado en alguna protesta (Gildo, 2007).
A partir de la información obtenida de las entrevistas con diversos actores políticos y sociales de la entidad, se hallaron puntos de vista contrapuestos de la sociedad civil colimense. Por un lado, hay quienes la consideran como participativa y bien documentada; por el otro, están quienes la describen como pasiva y poco cuestionadora, lo que atribuyen al hecho de ser un estado muy pequeño y “que no ha vivido grandes conflictos sociales” ni ha tenido “necesidad de organizarse o manifestarse para causas relevantes” (Flores-Ivich, 2013, pp. 199-200).
Del análisis del período 2007-2010, Martínez (2019) concluye que, aunque Colima tiene procesos de acceso a la información muy eficientes, la opacidad y la corrupción continúan porque la rendición de cuentas sólo ocurre en la esfera institucional, y no en lo político ni lo social. Además, afirma que la participación ciudadana está acotada a temas domésticos o particulares que difícilmente generan cambios significativos en la sociedad.
En un estudio previo, Martínez (2012) señala que las organizaciones sociales de la entidad tenían escaso interés en involucrarse en las acciones de gobierno mostrando desconocimiento sobre los mecanismos existentes para plantear sus demandas, y que la participación en el diseño y la implementación de políticas era prácticamente nula. Este escaso interés y tal desconocimiento se deben a que en Colima continúan arraigadas prácticas del viejo régimen: centralismo, cacicazgo o autoritarismo (Martínez, 2019), lo cual explicaría la elevada desconfianza hacia los partidos políticos en la entidad y la percepción de que éstos no trabajan en favor de la ciudadanía (Cárdenas, 2017).
En suma, la población colimense está en un contexto sociopolítico parecido, o incluso peor, al del país. La ciudadanía no se siente considerada por las autoridades gubernamentales, tampoco muestra iniciativa para organizarse y tratar de incidir en lo público. En adición, la desconfianza en instituciones y representantes políticos, la apatía política y una limitada noción de ciudadanía se han vuelto el denominador común en su comportamiento político.
Fatiga democrática juvenil
Cabe preguntarse si la falta de involucramiento ciudadano en lo público y lo que esto conlleva en la vida social y política nacional debería preocupar por igual a todos los sectores de la población mexicana y colimense. Sin duda, la situación por la que atraviesan tanto el país como el estado de Colima afecta a casi todos los miembros de ambas comunidades políticas; pero, en el caso de los jóvenes, el asunto adquiere una relevancia especial.
Desde hace un par de décadas, Naciones Unidas ha tratado de impulsar una estrategia global para que la juventud tenga un rol protagónico en la sociedad, sobre todo porque este sector ocupará en los años siguientes un volumen significativo de la población mundial y del cual dependerá en gran parte el impulso político, económico y social de la humanidad (Ollin Jóvenes en Movimiento, 2018). En México, la población juvenil (personas entre 12 y 29 años) representa más del 30 por ciento del total, lo que la convierte en el principal grupo etario (Aguilar, 2019). Sin embargo, al revisar datos sobre su presencia en ámbitos como el gobierno, partidos políticos, iniciativa privada, instituciones educativas y organizaciones de la sociedad civil, el Índice Nacional de Participación Juvenil reporta que entre 2012 (cuando se creó) y 2018 (último levantamiento) no ha mejorado el involucramiento de la juventud en asuntos públicos (Ollin Jóvenes en Movimiento, 2018).
Entonces, aunque es innegable la relevancia de los jóvenes desde el punto de vista del volumen poblacional, también es cierto su escaso peso político en el país. Por ejemplo, hay evidencia empírica de que ser estudiante es una característica individual que dificulta la participación tanto electoral como no electoral (Córdova, 2005; Córdova et al., 2006; Klesner, 2009). En principio, esto suena sorpresivo, sobre todo al recordar que en México hay varios antecedentes de acción colectiva protagonizada por estudiantes como el Movimiento del 68 o YoSoy132, por citar un par. Tales sucesos sugerirían que los jóvenes son un sector participativo, pero, como se verá enseguida, existen datos respecto al comportamiento político juvenil que indican que los procesos de movilización o acción colectiva son una cosa y la participación ciudadana individual es otra; que involucrarse en un movimiento social es distinto a votar o a cualquier otra acción realizada individualmente.
Antes de las elecciones presidenciales de 2018 se había reportado que los jóvenes eran el sector poblacional menos participativo del país. Según el Estudio comparativo sobre la participación ciudadana en las elecciones federales de 2009, 2012 y 2015, las personas de 40 a 79 años fueron quienes más se involucraron en tales procesos electorales; en contraste, las de 80 años en adelante y las de entre 20 y 29 años fueron quienes menos participaron (INE, 2017). Estas tendencias etarias se registraron de nuevo en los comicios más recientes, en los que sólo votó el 52 por ciento de los jóvenes en este rango de edad; además de que las proporciones más altas de abstención se ubicaron en los rangos de 19 a 34 años y de 80 en adelante (INE, 2019b).
La juventud colimense se ha comportado políticamente de forma similar, pues, junto a las personas de 80 años o más, son el grupo etario menos participativo en el ámbito electoral (INE, 2017). Si bien es cierto que Colima fue uno de los estados más participativos en la Consulta Infantil y Juvenil 2018 (INE, 2019a), también es verdad que en las más recientes elecciones federales los colimenses de 20 a 24 y de 25 a 29 años tuvieron casi los mismos porcentajes de participación que el mexicano promedio en esos rangos de edad (INE, 2019b). Así, puede decirse que la apatía política juvenil colimense está más cerca de representar la pequeña parte de un gran problema generalizado en la juventud mexicana que de tratarse de una particularidad del comportamiento político juvenil en la entidad.
En dicho contexto, el objetivo de la investigación fue analizar la influencia de las motivaciones racionales e irracionales en la participación ciudadana de la juventud colimense. Aunque la fatiga democrática o la desafección política son problemáticas sociales, existen diversas variables psicológicas inmiscuidas en el fenómeno. A pesar de ello, en la literatura sobre participación ciudadana son escasas las investigaciones con enfoque psicológico. De hecho, se ha señalado explícitamente que una de las principales carencias en este campo es que la participación rara vez se estudia desde otras disciplinas (Cnaan y Park, 2016). En atención a estas dos cuestiones, en la investigación se consideró pertinente adoptar la perspectiva de la psicología política, una disciplina orientada al estudio de la interacción entre procesos psicológicos y fenómenos políticos (Montero, 2009). Esta adopción también responde a nuestra suscripción a la idea de que en este tópico es necesario ponderar los aspectos individuales sobre los estructurales, de manera que sea posible poner al individuo en el centro del análisis (Brodie et al., 2011).
Marco teórico
Suele plantearse que las personas son racionales porque en cada momento intentan elegir lo que creen que generará mejor resultado (Schick, 2000). Este planteamiento se sustenta en el paradigma del homo economicus, derivado del modelo neoclásico de la ciencia económica, y que concibe a los individuos como agentes que siempre poseen información completa de su entorno o circunstancias y que, por lo tanto, son capaces de tomar las mejores decisiones en cualquier momento (Campos, 2017).
Este enfoque se resume en la teoría de la elección racional (TER), que sostiene que al afrontar diversos cursos de acción “la gente suele hacer lo que cree que es probable que tenga el mejor resultado general” (Elster, 1989, p. 31). Según Houghton (2015), la TER establece que un agente es racional debido a que posee información perfecta, valora los costos y beneficios de todas sus acciones y busca maximizar la utilidad mediante la elección de la mejor alternativa disponible (optimización). Además, asume que el agente siempre tiene preferencias que reflejan sus metas y que tales preferencias son en todo momento consistentes (Chong y Mullinix, 2022). Dicho de otra forma, presupone que las personas siempre son capaces de evaluar todas sus posibles opciones y elegir la mejor.
Sin embargo, un amplio sector de las ciencias sociales reconoce que la elección humana depende no sólo del interés propio, sino también de las expectativas anticipadas sobre el placer o dolor que experimentarán otros al realizar cierto comportamiento (Simon, 1993). Como apunta Kahneman (2012), los humanos pueden actuar de forma generosa y contribuir al grupo al que pertenecen. Así, cada vez se acepta más la idea de que las personas no siempre actúan racionalmente y que a veces incluso se comportan de forma poco conveniente para sí mismas. Es bastante amplía la cantidad de casos o situaciones en los que la acción individual no se ajusta al paradigma de la racionalidad. Con frecuencia, las creencias individuales son totalmente irracionales y, más a menudo de lo que se piensa, las acciones realizadas difieren de lo que habrían prescrito las creencias o motivaciones del actor (Elster, 1995).
Así, en disciplinas como la psicología política cada vez hay un mayor consenso respecto a que la conducta humana está más cerca a la noción de homo psychologicus, un agente de racionalidad limitada que carece de información perfecta; que recurre a atajos mentales para contrarrestar la pérdida o sobrecarga de información; que busca la satisfacción antes que maximizar la utilidad, y al que la presión social puede llevar a actuar de manera irracional e incluso contraria a sus propias creencias y valores (Houghton, 2015). Esta visión se plasma en la teoría amplia de la racionalidad (TAR). Uno de sus principales autores es Jon Elster, cuyas aportaciones solventan tres problemas de la TER: la racionalidad limitada, la racionalidad indeterminada y la irracionalidad de las preferencias. La TAR es una expansión del modelo estándar que incorpora más elementos explicativos estableciendo que la motivación humana depende de tres aspectos: racionalidad instrumental, emociones y normas sociales (Rivero, 2012). Es decir, los individuos pueden actuar racional o irracionalmente y, en el segundo caso, por factores emocionales o sociales.
Las emociones pueden afectar la acción de manera indirecta, a través de la modificación de deseos, creencias o información, o incidir en ella de modo directo. La influencia indirecta sería, por ejemplo, un cambio temporal en las preferencias, ya sea porque algo que al inicio se deseaba, después de una demora al decidir tal acción, no se realiza; o cuando algo que en principio no se quería, luego de un espacio temporal, se convierte en la opción preferida y la acción se concreta. Una muestra de situaciones en que las emociones afectan directamente la acción es en la total falta de voluntad para actuar (Elster, 2010).
Al integrar las emociones como uno de los componentes principales de la acción humana individual se enriquece la capacidad explicativa del modelo, pues ya no se limita a explicar conductas racionales; abarca también aquellas irracionales que quedaban fuera por considerarse excepciones a la regla. Tal inclusión conceptual permite comprender y explicar mejor fenómenos políticos cada vez más relevantes como el cambio de preferencias electorales o el voto de castigo.
Los individuos también pueden ser irracionales por las normas sociales. A veces, éstos no buscan maximizar la utilidad, sino cumplir con lo que otros esperan que hagan en una situación dada. Las personas buscamos adherirnos a la conducta prescrita (Elster, 1989), pues las normas sociales son “formas de comportamiento que están incorporadas en los miembros de una comunidad, las cuales guían sus acciones sin necesidad de hacer uso de la fuerza de la ley” (Cialdini y Trost, 1998, p. 152). Permiten coordinar expectaciones porque solventan el primer problema del orden social: si la norma de hacer X es compartida por los miembros de la comunidad, cada cual espera que los demás hagan X (Elster, 2006). Así, cada quien persigue el propósito dictado por los valores de su cultura, ajustándose en todo momento a normas del tipo “los individuos en la situación Y deben actuar de la manera X”.
La eficacia de las normas sociales reside en su componente emocional. Este elemento es aún más importante que lo cognitivo, pues si aquéllas coordinan expectaciones es porque se sabe que su violación desencadenaría emociones negativas tanto en el infractor como en quienes lo observan (Elster, 2006). Además, aunque el funcionamiento de las normas sociales implica ciertos procesos psicológicos, éstas son características de la interacción social, y no un estado mental individual (Tena-Sánchez y Güell-Sans, 2011). Tal cuestión es clave para diferenciarlas de las emociones. En suma, la triada de la TAR, compuesta por racionalidad, emociones y normas sociales, representa una alternativa más amplia y potente para explicar la acción humana individual porque considera la existencia de motivaciones tanto racionales como irracionales. Una visión más congruente con lo que en psicología política se define como homo psychologicus: personas que suelen buscar la maximización de su satisfacción, no necesariamente la de su utilidad (Houghton, 2015).
Método
La investigación se realizó con enfoque cualitativo y utilizando un grupo focal para recabar los datos. Con esta técnica es posible “explorar la naturaleza y los efectos del discurso social en desarrollo en formas que no son posibles por medio de las entrevistas o las observaciones individuales” (Kamberelis y Dimitriadis, 2015, p. 523). Asimismo, posee otras virtudes como elevada validez interna, reducción del sesgo por demanda del investigador y mayor profundidad en torno a las experiencias y los pensamientos de las personas (Hollander, 2004). Aunque su aplicación puede verse afectada por aspectos como el pensamiento grupal o la deseabilidad social, si se efectúa con preguntas y en entornos adecuados, genera información muy cercana a la realidad porque las personas olvidan con facilidad la artificialidad del contexto y se involucran plenamente en la discusión (Coolican, 2005).
Procedimiento y participantes
Al inicio se buscó un grupo formado por seis-ocho participantes, equilibrado en género, con jóvenes que cumplieran los siguientes criterios de inclusión: a) pertenecer a una organización civil a la que dedicaran como mínimo cuatro horas por semana; b) tener entre 18 y 29 años de edad, y c) llevar al menos cinco años residiendo en el estado de Colima. El único criterio de exclusión era ser funcionario/a público, pues se quería evitar la presencia de personas que recibieran un salario por su labor. A los jóvenes se les invitó a participar en el grupo focal “Mi experiencia al involucrarme en organizaciones de la sociedad civil”, realizado en la Universidad de Colima, con una duración aproximada de 120 minutos. El moderador guio la discusión a través de las preguntas previamente definidas (véase el Cuadro 1).
Cuadro 1 Guion de preguntas para el grupo focal.
| Estructura de la sesión |
Preguntas guía |
|---|---|
| Presentación | Nombre/edad/ocupación/organización a la que pertenecen, y hablar un poco sobre su misión u objetivo |
| Desarrollo | 1. ¿Cómo te enteraste de la organización de la que formas parte y qué te llevó a involucrarte en ella? |
| 2. ¿Qué tipo de acciones realizas en la organización? 3. ¿Cuál es el motivo por el que has decidido involucrarte en los asuntos de interés público? |
|
| 4. ¿Cuál ha sido tu experiencia en la misma? | |
| 5. ¿Cuáles han sido los costos de tu participación en la organización? | |
| 6. ¿Cuáles han sido los beneficios? | |
| 7. ¿Consideras que tu participación ha tenido algún impacto en el desarrollo de Colima? | |
| 8. ¿Crees que para las personas que te rodean es importante la labor que realizas? ¿Qué pasaría si de repente dejaras de hacerlo? ¿Cómo reaccionarían tu familia o amigos? | |
| 9. ¿Crees que la labor que realizas es tu deber u obligación? ¿Por qué? | |
| Cierre | Comentarios finales y agradecimiento por colaborar en el estudio. |
Fuente: elaboración propia.
Los participantes se seleccionaron mediante muestreo dirigido (no probabilístico), también llamado de conveniencia (Hernández et al., 2014; Verdugo et al., 2010), con el fin de asegurar que quienes lo conformaran tuvieran un mínimo de experiencia participativa y así poder profundizar en el análisis de las motivaciones implicadas en sus acciones. Se trató de cuatro mujeres y tres hombres entre 21 y 29 años, con nivel de escolaridad de licenciatura (dos truncas), provenientes de seis diferentes tipos de organización y a cuyas actividades dedicaban al menos un día a la semana (véase el Cuadro 2).
Cuadro 2 Participantes del grupo focal.
| Participante | Sexo | Edad | Nivel de escolaridad |
Tipo o giro |
Días dedicados |
Horas dedicadas |
|---|---|---|---|---|---|---|
| Participante 1 | Mujer | 25 | Licenciatura | Derechos humanos |
5 | 6 |
| Participante 2 | Hombre | 29 | Licenciatura (trunca) |
Animalista | 6 | 3 |
| Participante 3 | Hombre | 23 | Licenciatura | Participación ciudadana |
2 | 5 |
| Participante 4 | Hombre | 23 | Ingeniería (trunca) |
Partido político |
6-7 | 60 |
| Participante 5 | Mujer | 25 | Licenciatura | Labor social |
1-2 | 3-5 |
| Participante 6 | Mujer | 21 | Licenciatura | Labor social |
1 | 5 |
| Participante 7 | Hombre | 27 | Licenciatura | Asociación profesional |
4-5 | 12-15 |
Nota: los días y horas dedicados por cada participante a la organización son semanales.
Fuente: elaboración propia.
Apunte sobre el análisis de los datos
El estudio de los relatos para comprender las motivaciones juveniles para involucrarse en asuntos de interés público se complementó con la revisión de las notas elaboradas durante el grupo focal y un análisis basado en la memoria del investigador (Onwuegbuzie et al., 2011). Cabe recordar que “lo que las personas dicen es -en sí mismo- una forma de acción” (Atkinson y Delamont, 2015, p. 394), por lo que es necesario analizar los relatos de actores sociales como si fueran actos de habla. Aceptando tal premisa, es válido decir que el grupo focal permitió recabar no sólo el discurso de los jóvenes, sino también parte de sus acciones.
Los motivos dados por las personas, además de palabras, constituyen casi siempre respuestas satisfactorias a conductas esperadas en ciertas situaciones (Mills, 1940). Son justificaciones que intentan hacer a las acciones más aceptables a nuestros ojos y los de los demás, pues, como dijo Mills (1940), los propósitos individuales están sujetos al lenguaje propio en situaciones dadas (vocabulario de motivos). De ahí la importancia de considerar el contexto al interpretar.
Por lo tanto, conviene explicitar aquí las condiciones en que los datos se recabaron, ya que en el contexto del grupo focal hubo al menos dos elementos relevantes en este sentido. Uno de ellos se refiere a las características del moderador del grupo (quien escribe), y el otro a la institución educativa de las/los participantes. Acerca del primero, es muy probable que el hecho de saber que el moderador también formaba parte de una organización civil haya influido en la dinámica grupal. Quizá por empatía o porque en más de una ocasión se identificaban (o identificábamos) con los testimonios de los demás, resultó sencillo sentirse en confianza para comunicar las propias experiencias. Respecto al segundo, es factible que el hecho de ser la mayoría egresados de la misma institución educativa y, por ende, tener historias y lugares en común también incidieran en la dinámica.
Aspectos éticos
Cada participante firmó una carta de consentimiento informado, en la que se explicaba el objetivo de investigación y se señalaba la posibilidad de externar cualquier duda durante el estudio, e incluso que podían retirarse en el momento que lo decidieran. También se pidió su autorización para publicar los resultados, con el compromiso de respetar la confidencialidad.
Resultados y discusión
Motivaciones racionales: costos, beneficios e impacto de la participación
Cuando se preguntó sobre los costos de la participación en las respectivas organizaciones, entre las cuestiones que los jóvenes mencionaron, las más llamativas son el desgaste físico y emocional, que les ha ocasionado incluso el deterioro de la salud. Además, hubo consenso en que uno de los principales costos de participar es el tiempo invertido:
Diría que fue el tiempo, desgaste emocional, aventarme responsabilidades que no me correspondían. La salud. Soy muy mala para comer, entonces, cuando estás en una actividad a veces no comes, te la avientas todo el día. Incluso me dio anemia. El estilo de vida como activista y estar frente a una organización toman tiempo. Creo que fue eso; no fui responsable en mi alimentación y mi salud (participante 6, labor social).
El tiempo. Y aunque a mí no tan fuerte, pero también el tema de la salud. Seguido me daban dolores de cabeza por malpasarme (participante 7, asociación profesional).
El principal costo es el cansancio. Muchas veces al hacer algo te dejan solo. Haces un evento y en lugar de los veinte o treinta que conforman la asociación, quedas con tres o cuatro personas más. Eso es muy complicado. Yo creo que ese cansancio de tener que solucionar o afrontar crisis inesperadas (participante 3, participación ciudadana).
Coincido con todos en que el tiempo. Sacrificas tiempo con tu familia, tiempo de recreación que pudieras pasar con amigos o lo que sea (participante 5, labor social).
Más que considerar el tiempo o el cansancio como costos, algunos jóvenes los conciben como un sacrificio inherente a su labor, o como aspectos ineludibles en el camino hacia la consecución de objetivos, al punto de aceptarlos como parte de un estilo de vida. Estos aspectos ayudarían a entender por qué la participación se mantiene a pesar de sus implicaciones.
Yo no lo llamaría un costo; tal vez un sacrificio de tiempo y emocional. También hay uno económico. Pero, como no recuerdo quién comentó, se vuelve un hábito, entonces, no es algo que pese. Lo que estoy de acuerdo es que es un sacrificio de tiempo, a lo mejor con la familia, pareja o amigos. Te podrías ir, por ejemplo, el fin de semana a la playa y no lo haces por quedarte revisando pendientes (participante 2, animalista).
Principalmente el tiempo. Aunque después lo haces un estilo de vida y dejas de verlo así. Lo que sí tuve que sacrificar es la escuela, porque la dejé en el proceso electoral, mi último semestre. Pero sinceramente no iba poder terminar la escuela y hacer buen papel en la campaña. Entonces, me atrasé un año. Ese ha sido el mayor costo; aunque después también lo ves como inversión (participante 4, partido político).
Si se analiza en detalle el último testimonio, se identifica con claridad un elemento de racionalidad. Que el joven considere sus actividades como una “inversión” sugiere que, al menos parcialmente, la motivación para realizarlas venía de la expectativa de futuros beneficios, lo que en la perspectiva de Elster (2006) es la típica conducta racional orientada al resultado (comportamiento instrumental). Para una parte importante del estudiantado, sobre todo el que aspira a dedicarse a la política, la mejor forma de iniciar su trayectoria profesional es colaborar con organizaciones o partidos, como lo expresó una participante:
Cuando recién egresé de la carrera estuve colaborando con un partido político. Participé cuando fueron las elecciones y dije “bueno, pues participo”. Una de las áreas profesionales de mi carrera es trabajar en el gobierno; a lo mejor me sale alguna oportunidad (participante 7, asociación profesional).
Entonces, el involucramiento en organizaciones puede darse con el fin de hallar un espacio para desarrollarse profesionalmente; la participación en éstas es un medio para lograrlo. Esto también indicaría racionalidad, pues este tipo de motivación siempre está orientada hacia el resultado de la acción (Elster, 2006), en este caso, obtener empleo en un partido político.
Con todo, la participación juvenil en organizaciones no nace únicamente del interés laboral. Hay otros aspectos involucrados, como encontrar personas con las que se compartan ciertas causas o metas, o con quienes simplemente se tienen intereses en común:
Otra cosa que me motivó es que tengo varios amigos de diversos partidos políticos y distintas ideologías. Y platicando con ellos te das cuenta que coincides, que también ven que esto va mal y que se puede cambiar (participante 7, asociación profesional).
Yo llegué hace muchos años, cuando buscábamos hacerlo partido político. Recién había tramitado mi credencial de elector, más o menos esos días se iba a hacer la asamblea constitutiva de Morena [Movimiento de Regeneración Nacional] aquí, en el estado, y decidí participar porque veía muchas cosas en común. Entré por todas las causas que se manejaban. Es lo que más rescato de la participación, las ideas en común (participante 4, partido político).
Estos comentarios reflejan la intencionalidad de alcanzar ciertos fines (causas, metas), lo que evidencia de nuevo un comportamiento racional. Incluso, un participante lo mencionó de forma explícita al hablar de su agenda actual en la organización:
Estamos viendo la creación del Colegio de Administradores Públicos y Politólogos. Tenemos mucho contacto con el Instituto Nacional de Administración Pública, por los beneficios que puedes obtener: cursos gratuitos o gestionar ponentes en materia de política, gestión y administración pública (participante 7, asociación profesional).
Aquí se aprecia que a veces los intereses de las organizaciones civiles son más particulares que colectivos, pues, más que dirigir sus acciones a alcanzar un interés público, sus miembros se enfocan en fines propios, lo que denota racionalidad organizacional. Volviendo al plano individual, la racionalidad ayuda no sólo a explicar una parte importante de la participación juvenil, sino también su ausencia. Los participantes 7 y 1 lo hacen patente al hablar de sus dificultades para involucrar a más personas en actividades de su organización:
Por temas laborales muchos no van. Aparte, si no reciben algo a cambio, difícilmente llegan […]. Tenemos buenos perfiles, personas que han participado en política o gobierno, temas culturales, sociedad civil o sectores empresariales, pero pues no hay interés. Siempre somos tres o cuatro los que echamos a andar las actividades. Los demás tienen ocupaciones o llegan cansados de trabajar. Quizá traigan ideas, pero ahorita no es como tal su prioridad (participante 7, asociación profesional).
En eso sí coincido totalmente. La gente está tan acostumbrada a participar a cambio de algo que cuando no les das nada es que te das cuenta de quienes se quedan porque verdaderamente quieren y les interesa (participante 1, derechos humanos).
Así, la racionalidad no sólo se manifiesta en la propia participación, sino también cuando otros privilegian cuestiones laborales o de ocio y descanso (intereses individuales) sobre el involucramiento en asuntos públicos (intereses colectivos). Según el último testimonio, la participación aumenta cuando las personas reciben algún tipo de beneficio por ello. Con esta lógica, quienes participan de modo activo estarían recibiendo ciertos beneficios que los motivan a seguir involucrándose. Al preguntar de manera directa sobre este asunto, aunque hubo respuestas muy diversas, ninguna representaba bienes, objetos o cuestiones económicas, sino aspectos intangibles como experiencias, aprendizajes o satisfacción personal:
Crecimiento personal. También el rodearme de personas con intereses en común, el compañerismo, las amistades (participante 5, labor social).
Yo creo que lo aprendido. Porque me acerqué a las personas correctas, a las que saben, y algunas son hoy mis amistades. Se ha logrado algo muy bonito. Aprender de ellos me ha hecho crecer como persona y como ciudadano. Eso es lo que más rescato de mi experiencia. Sentirte comprendido es algo muy fuerte (participante 2, animalista).
La satisfacción personal, la experiencia de conducirse hacia los demás, conocimiento. También que te inviten a participar con otros colectivos o personas porque ven que sí tienes interés y que lo haces apasionadamente. Ahí es cuando ves el beneficio de lo que haces. Aunque la mejor satisfacción es cuando ves directamente el impacto en las personas; con una que veas que está pensando distinto o que está poniendo de su parte para cambiar, esa es la mayor satisfacción (participante 7, asociación profesional).
En el tercer testimonio, el joven señala la importancia del impacto de sus acciones participativas. De hecho, en la mayoría de participantes fue notoria la relevancia de que la participación impacte en realidad, ya sea en su entorno o en las personas que les rodean:
Con que hayas impactado a una persona, quizá no es suficiente, pero ya es algo. Porque si cambiaste la mentalidad de una, probablemente esa persona vaya a cambiar la de otra más, y así se va haciendo la cadenita (participante 2, animalista).
El trabajo que he desarrollado durante estos años logró el objetivo político que más me interesa, que es incidir y dar dirección a la organización de personas, compañeros o conocidos. Para mí ha sido muy bueno en lo personal y lo colectivo. Por ejemplo, logramos organizar a todo un salón para protestar contra la Federación de Estudiantes Colimenses y sacarlos de la facultad (participante 4, partido político).
Muy relacionado con el impacto percibido está el aspecto de la eficacia política. Cuando la participación no produce los resultados esperados (ineficacia política), lo más probable es que la desilusión o el desánimo hagan mella, lo que provoca el llamado síndrome de fatiga democrática (Van Reybrouck, 2017). Prueba de ello es la participante 6, una joven que durante cinco años formó parte de una organización civil enfocada a la labor social y que luego de un largo tiempo de tratar de incidir de modo positivo en su entorno estaba bastante agotada:
La verdad terminé muy cansada de mi experiencia en la asociación. Estaba enamorada del tercer sector, muy muy enamorada. Pero tantas cosas sí han generado cansancio: ver que no hay progreso, que no hay gran avance. Me cansé, a lo mejor muy rápido, y salgo de la carrera un poquito golpeada. Pero me ha servido para darme cuenta de la situación en México […]. Maduré. Como persona soy más sensible a problemáticas de la sociedad, a la gente que sufre o padece, pero sí hay insatisfacción porque, haga uno lo que haga, sientes que el cambio es nulo. ¿Lo volvería a hacer? Sí, pero es mucha frustración ver que los cambios son pocos o a partir de grandes donaciones de dinero que conllevan intereses de corporaciones o instituciones que lo hacen para justificarse, y no porque realmente quieran transformar las cosas (participante 6, labor social).
Además de sus palabras y tono de voz, el lenguaje no verbal de la joven denotaba hastío y decepción respecto a su experiencia en la organización, lo que obedece en gran parte a la falta de eficacia política. Al profundizar en el tema, la joven conjetura que quizá sí hubo un impacto con las acciones realizadas, pero en un aspecto distinto al originalmente procurado:
El impacto fue más a los que participamos; varios empezamos a cambiar nuestro estilo de vida al participar. Involucrarnos con otros sectores nos abrió mucho la mente, y, aunque algunos ya no estén, los que participaron están ahora en otras organizaciones o continuaron otro tipo de proyectos. A lo mejor no fue tanto un cambio en el Estado como tal, pero sí en quienes participaron […]. Entonces, el gran cambio fue realmente en nuestras vidas, en cómo empezamos a moldearnos como jóvenes para dejar de ser tan egoístas y querer regresar algo de lo que teníamos (participante 6, labor social).
Lo dicho por este participante ejemplifica muy bien la diferencia entre el impacto percibido y la eficacia política: mientras el primero se refiere a cualquier consecuencia derivada de una acción participativa o al menos atribuida a ésta, la segunda reside en que los resultados de tal acción se correspondan con los efectos previstos por el individuo. Por lo tanto, a partir de lo mencionado anteriormente, podría decirse que, aunque a veces el impacto percibido sea capaz de mantener o incrementar la participación, también hay ocasiones en las que resulta insuficiente, y de no alcanzar los objetivos esperados (ineficacia política), ésta terminaría o disminuiría.
Motivaciones irracionales: emociones sociales y morales en la participación
Primero, hay que decir que, por varias razones, participar en una organización puede ser una experiencia enriquecedora para cualquier joven porque conlleva una serie de procesos formativos, satisfacciones y hasta de desarrollo personal:
En general, mi experiencia ha sido muy buena. Los que estamos ahí hemos coincidido en que es toda una experiencia de crecimiento personal (participante 5, labor social).
Me siento muy satisfecho por lo hecho; de todas las vidas que hemos salvado, que han sido muchas en todo este tiempo que tenemos trabajando. También porque, poco a poco, hemos ido sumando a más personas al proyecto (participante 2, animalista).
Mi participación y experiencia han sido buenas porque todo lo que hicimos sirvió para formar. En lo personal, me han servido porque ahora entiendo muchas cosas. Desde ser idealista y ser pragmático, que es parte de la política y que antes a lo mejor ignoraba o no quería entender. Eso ha sido lo más enriquecedor de mi participación en la organización. Incluso las cosas negativas las tomo bien porque me sirvieron para entender lo que no se tiene que hacer (participante 4, partido político).
Al parecer, tener una grata experiencia inicial constituye un factor fundamental para la participación juvenil. Además, las acciones participativas nacen no sólo de experiencias positivas, sino también a consecuencia de algún evento o acontecimiento que haya causado gran impacto emocional en un sentido negativo:
Desde hace unos años, tres en específico, empecé a participar en una asociación. Me invitaron a una actividad de entregar cenas navideñas a personas con bajos recursos y ahí fue como el choque con la realidad al ver cómo están las cosas. Me gustó mucho y desde entonces me interesó aportar (participante 3, participación ciudadana).
Mucho tiempo estuvimos tratando que mejorara la situación de control canino en la administración municipal, pero empecé a involucrarme hace dos administraciones porque un día llego a la perrera de la Villa [municipio del estado de Colima] y para mí fue impactante lo que vi. A veces escuchamos que hay una perrera o que existe esto o el otro, pero ahora sí que hasta que no lo vemos con nuestros propios ojos […]. A partir de ahí dije tengo que hacer algo (participante 2, animalista).
El último testimonio refleja cómo puede llegarse a causas colectivas mediante la búsqueda de fines individuales. Más importante aún, ejemplifica una situación en la que alguien adquiere conciencia de que sus acciones participativas pueden ser obstaculizadas por quienes administran lo público. Por otro lado, una vez pasada la primera experiencia participativa, el mantenimiento de la participación obedece en gran parte a la calidad de las experiencias posteriores; si éstas son positivas, es probable que los jóvenes, al disfrutar de las actividades y objetivos alcanzados con su participación, se mantengan involucrados en la organización:
Me he sorprendido muchas veces de lo que hemos logrado, cosas que ni nosotros nos imaginábamos. Por ejemplo, algo muy palpable es que este año pudimos organizar una fiesta de quince años a partir de puros patrocinios, desde el vestido, la cena, el local, todo lo que tiene una fiesta de quince años (participante 5, labor social).
Aunque los testimonios anteriores dejan ver que las/os jóvenes han tenido buenas experiencias participativas en sus organizaciones, no todo es “miel sobre hojuelas”. Por ejemplo, el participante 6 expresó lo desafiante que en ocasiones ha resultado su labor:
Uno de los mayores sacrificios es lo emocional. Nuestra área tiene su parte difícil, que es ver cuando los niños no se pueden recuperar, cuando los perdemos. En muchas ocasiones ves cómo la familia batalla y no sabes de qué manera apoyarla y dirigirte con ellos. No sabes si puedes contenerlos o si te vas a poner mal tú. Es una de las partes más difíciles de esta labor, las consecuencias que a veces tiene en tu estado de ánimo […]. A veces llega también como impotencia, porque pues sólo puedes ayudar hasta cierto punto (participante 5, labor social).
Otras experiencias negativas obedecen más a aspectos de índole social como recibir críticas o reclamos de las personas que los rodean:
En el ámbito animalista se requiere mucho sacrificio y esfuerzo porque te enfrentas a prejuicios de las personas. Anímicamente tenemos que estar fuertes para que no nos afecte, ya que a veces te dicen “¿por qué mejor no ayudas a una persona?” o “¿por qué mejor no haces esto?”. Es complicada esa parte (participante 2, animalista).
Pues comentarios como “pertenecen a un partido político”. Sí se ha tenido que dejar bien claro que no es parte de ningún partido y que quienes la formamos no pertenecemos a uno específico, y que hay personas del partido político Y, del Z, o personas que no pertenecemos a ninguno. También nos han dicho: “ah, lo están haciendo para apoyar a tal persona” o “los está financiando alguien”. Eso ha sido lo negativo, estar recibiendo esas críticas (participante 3, participación ciudadana).
Además, al involucrarse en asuntos públicos, los jóvenes han tenido que enfrentarse al propio gobierno y a los partidos políticos, agentes políticos que deberían impulsar y promover la participación ciudadana, en lugar de obstaculizarla:
Empezamos a tener muchas trabas, que a veces hasta el mismo gobierno ponía […]. En Villa de Álvarez, durante la época de campañas tuvimos oportunidad de hablar con todos los candidatos. Algunos se interesaron y nos invitaron a trabajar con ellos de forma voluntaria en beneficio de esto, de crear conciencia del cuidado animal. Pues al acabar las elecciones, nadie quería saber nada de nada (participante 2, animalista).
La mayoría de personas adultas, al menos las que han crecido estos treinta años con el mismo sistema político, sean del partido que sean, siguen teniendo esa forma de hacer política. Eso es justo lo que queremos romper (participante 4, partido político).
Lo anterior permite ver la capacidad del gobierno y los partidos políticos para inhibir o limitar acciones participativas individuales y colectivas. Aunque para algunos jóvenes esta circunstancia ha sido un aliciente más para intentar cambiar su situación política o social, se trata de una situación lamentable para esta (la de Colima) o cualquier sociedad que se considere democrática.
Los testimonios anteriores muestran que la participación juvenil en organizaciones civiles implica experiencias tanto positivas como negativas. Positivas, desde el aprendizaje derivado de las acciones específicas que realizan y del trabajo colaborativo hasta el crecimiento personal y la satisfacción por los objetivos alcanzados al participar. Del otro lado de la moneda hay aspectos menos agradables como el desgaste emocional por afrontar situaciones que superan las propias capacidades o las críticas de otros agentes o sectores sociales. Para promover la participación es esencial cuidar estos aspectos, ya que las experiencias participativas sólo pueden generar mayor involucramiento si son satisfactorias; cuando son de mala calidad, la participación difícilmente se mantendrá o repetirá en el futuro (Brodie et al., 2011). Es decir, la calidad de la experiencia, que no es otra cosa que las emociones derivadas de ella, es en sí misma un estímulo (positivo o negativo) para participar.
La participación ciudadana también puede surgir, e incluso mantenerse (o no), como consecuencia de normas sociales y las emociones derivadas (emociones sociales), ya que, con frecuencia, las personas tratan de adherirse a la conducta prescrita (Elster, 1989; Elster, 2006). Un ejemplo de la influencia de las expectativas de otros en la participación juvenil lo brindan los participantes 2 y 4 al hablar de lo importante que es para ellos que quienes les rodean valoren su labor:
Que tu entorno te entienda y te cobije, porque a veces no es así y es complicado lidiar con eso. Ya es pesado que las personas no te entiendan, pero es aún más pesado que tu familia o tu pareja no te entiendan. Si ya de por sí es muy difícil, así se vuelve aún más complicado mantenerse buscando tu sueño (participante 2, animalista).
Dentro del equipo cercano, o sea, con los jóvenes que tengo un poco más de acción, yo siento que sí. Porque, a fin de cuentas, lo que hemos construido va en la misma línea de la dirigencia estatal; entonces, yo creo que sí le dan la importancia. Al menos en el campo político sí se reconoce la labor que hacemos (participante 4, partido político).
La importancia de las expectativas ajenas en la participación juvenil es aún más evidente cuando los jóvenes hablan acerca de sus experiencias negativas al respecto. Para quienes les rodean no siempre es relevante la labor que realizan; en ocasiones padecen el desdén o el rechazo de los demás porque no comparten sus motivaciones o puntos de vista:
En la parte interna sí me siento apoyado porque compartimos la misma causa. Pero afuera es completamente distinto. Mi familia sí me apoya y hasta cierto punto están orgullosos de lo logrado. Las amistades no tanto, por el hecho de que a veces no salgo o porque no están de acuerdo conmigo y de repente he sido atacado. Entonces sí ha sido complicado con amistades (participante 2, animalista).
A los amigos les platicaba qué quería hacer, porque, como politólogo, temas como la participación ciudadana o combatir el abstencionismo me gustan mucho. Pero, por ejemplo, un amigo que es ingeniero en sistemas me dice “güey, ¿eso qué?”. Pues no comparten la misma fuerza o ganas (participante 3, participación ciudadana).
Por otra parte, la participación juvenil tendría poco que ver con cuestiones deontológicas o del “deber ser”. Cuando se preguntó a los jóvenes si estaban de acuerdo en que sus acciones eran parte de sus obligaciones ciudadanas, hubo quienes expresaron molestia al respecto:
¡No, estoy súper en contra de eso! Me molesta mucho que me digan “es tu obligación hacer esto” porque no lo es. Es responsabilidad de todos como ciudadanos, y no nada más en el aspecto animal. No porque el ambientalista vaya a plantar árboles, cuide el reciclaje o haga campañas de conciencia social, es su obligación; lo hace porque tiene conciencia. La verdad me molesta mucho que me digan eso. Me han llevado perros a casa y los dejan ahí. Una vez alcancé a ver que dejaban uno y le dije “oye, ¿qué onda?”. Y me dice: “bueno, es que tú te dedicas a rescatar perros”. Y yo: “no, no me dedico a rescatar perros, lo he hecho por conciencia, pero no es mi obligación hacerlo”. Y me dice: “bueno, pues eso o la calle, tú sabrás”. ¿Y qué haces? Pues lo recibes. Es algo que no alcanzo a comprender. La sociedad piensa que es obligación de grupos animalistas atender la problemática y la verdad no. Lo hacemos por amor y porque es un acto de ciudadano responsable (participante 2, animalista).
Cuando te lo atribuyen como responsabilidad o que es tu obligación responder sí se vuelve desgastante. Es muy sencillo ver el problema y dárselo a alguien más. Eso sucede en estos casos porque no hay una cultura general. O sea, tú te sensibilizas y educas del cuidado de los animales a través de que alguien te enseñó o viste algo que te dolió y empiezas, pero no es una cuestión social (participante 6, labor social).
Más que obligación, es un compromiso que me he puesto. Como los demás han dicho, no es que alguien llegue y diga “tienen que hacer esto” o “vayan a visitar a este niño”. Nosotros mismos decidimos hasta dónde apoyar (participante 5, labor social).
Sintetizando, las normas sociales pueden afectar negativamente la participación si el entorno ejerce sanciones sociales (crítica, rechazo) a quienes participan, lo que podría deberse a la intención de evitar los efectos de emociones sociales negativas. No obstante, parecería que existe también la influencia de emociones más de índole moral que social. Si bien es cierto que los jóvenes muestran aversión a la idea de obligación, también es verdad que su discurso refleja una observancia de valores como el compromiso o la responsabilidad, que bien podrían entrar en el ámbito moral. Simplemente les disgusta que otros califiquen sus acciones como obligación o que les exijan realizarlas. El propio Elster (2006, 2010) plantea que la eficacia de las normas sociales se debe a que su componente emocional es incluso más importante que el cognitivo, pues lo que las hace funcionar es el hecho de que su violación provoca emociones negativas en el infractor y en quienes lo observan; mientras la violación de una norma moral genera culpa en el propio infractor e indignación o ira en el observador.
Racionalidad e irracionalidad como génesis de la participación ciudadana juvenil
Como se ha visto, la intención de involucrarse en asuntos públicos puede surgir tanto de motivaciones racionales como irracionales. La racionalidad se aprecia en los testimonios que reflejan que varias de las acciones participativas eran instrumentales y dirigidas expresamente a la obtención de determinados beneficios (individuales o colectivos), o cuando otros miembros de la organización a la que pertenecían no participaban o lo hacían de forma irregular por dar preferencia a asuntos personales. En cambio, la irracionalidad se manifestaba cuando quienes tenían experiencias participativas más satisfactorias eran también quienes mostraban mayor intención de seguirlo haciendo, lo que evidencia la influencia de las emociones, sociales o morales, en la génesis de la participación.
Así, lo más acertado sería plantear que ambos tipos de motivación están entrelazados, pues aun acciones participativas que en principio podrían considerarse motivadas sólo por la racionalidad estarían configuradas en parte por aspectos emocionales, lo que explicaría por qué la mayoría de las cuestiones consideradas como costo, beneficio o impacto tienen que ver con elementos vinculados a alguna clase de emoción. Dicho de otra forma, los testimonios juveniles analizados están casi siempre teñidos de emociones, como si el juicio o la evaluación de sus experiencias fueran inseparables de ellas. Tal cuestión se identifica no sólo en situaciones de participación individual, como en este caso, sino también al estudiar fenómenos de acción colectiva (Fernández-Poncela, 2022). A partir del conocimiento científico generado en las neurociencias, se diría que el proceso activador de la acción participativa es una fase valorativa-emotiva que recae en estructuras cerebrales como la amígdala (Bechara et al., 2003), y que, como indican los marcadores somáticos (Damasio, 1999), cualquier decisión implicaría, entonces, las funciones cognitivas y las emocionales.
Por lo tanto, una forma efectiva de promover la participación ciudadana juvenil sería haciéndola más atractiva, es decir que mediante ella pudieran obtenerse determinados beneficios (motivación racional) o satisfacciones personales (motivación irracional). En otros términos, implementar estrategias que permitan la participación de una forma en que se satisfagan fines personales, y donde, al mismo tiempo, se experimenten emociones sociales y morales positivas como el orgullo, la satisfacción de alcanzar metas comunes, la trascendencia o el sentido de pertenencia. De hecho, en la actualidad varios jóvenes ya satisfacen estas necesidades a través de su participación en organizaciones de la sociedad civil, las que, a su vez, se benefician de contar con mayor recurso humano para operar y suplir así sus carencias económicas. En concreto, esto suele hacerse mediante la figura del voluntariado, que casi siempre es cubierta precisamente con jóvenes.
En este sentido, las universidades tienen un papel muy importante, pues mediante la vinculación de éstas con organizaciones de la sociedad civil para la creación de espacios donde las/os jóvenes realicen sus actividades de servicio social o comunitario, se amplía en gran medida el conjunto de oportunidades para tomar parte en los asuntos públicos. Esto permite a la juventud universitaria contribuir en cierta medida a la resolución de problemáticas colectivas, al tiempo de adquirir sus primeras experiencias participativas. De ahí la relevancia de que las universidades, tanto públicas como privadas, generen una mayor cantidad de vínculos y una sinergia con otras organizaciones que también buscan actuar en pro del bien común.
Reflexiones finales
Los resultados del estudio reflejan que las organizaciones de la sociedad civil constituyen espacios importantes para la participación ciudadana juvenil, en especial para los jóvenes que desean explorar vías diferentes a la gubernamental para tratar de tomar parte en asuntos públicos. Si bien es cierto que algunas organizaciones se han convertido en espacios idóneos para las dinámicas clientelares promovidas por algunos partidos o representantes políticos, esto no sucede en todas ellas. Las organizaciones alejadas de tales prácticas construyen ciudadanía porque representan una especie de “escuelas de democracia” donde las personas aprenden a canalizar necesidades de una forma institucionalizada, al mismo tiempo que adquieren habilidades y actitudes cívicas y obtienen experiencia participativa.
La participación juvenil en este tipo de organizaciones no sólo es una experiencia enriquecedora desde el punto de vista formativo, sino que también contribuye al desarrollo personal y social. Al pertenecer a una y tener un rol activo en ella es posible (a) satisfacer el sentido de trascendencia a través de las acciones que se realizan y (b) convivir con otras personas con intereses e inquietudes afines y con quienes se trabaja colectivamente para alcanzar objetivos. Ello podría deberse a que la participación empodera psicológicamente mediante acciones como la identificación de recursos, la organización de personas y el desarrollo de estrategias para el logro de ciertas metas (Zimmerman y Rappaport, 1988).
Aunque datos de otros estudios muestran que la pertenencia a organizaciones deportivas no está asociada a la valoración de la democracia, sí lo está la pertenencia a agrupaciones políticas, cívicas, religiosas, culturales, sindicales, comunales o asistenciales (Adúriz y Ava, 2006). Quien escribe este artículo piensa que participar en cualquier organización civil es mucho mejor que no formar parte de alguna. Por ejemplo, si bien las organizaciones deportivas parecieran no abonar a la construcción de ciudadanía, formar parte de una implica que en algún momento haya que colaborar con otros, lo que representa una oportunidad para desarrollar habilidades como la búsqueda de metas colectivas y el trabajo en equipo. Es decir, requiere la capacidad para “salirse de sí mismo” con cierta frecuencia.
Quizá antes de pensar en la promoción de la participación ciudadana, o sea que las personas antepongan ciertos fines colectivos a los individuales (sacrificar el interés propio en favor del común), habría que pensar cómo mostrarles que es posible hallar satisfacción personal no sólo en estos últimos, sino también en los primeros. Esto es todo un reto en sociedades capitalistas en las que el Estado presenta una clara tendencia a la liberalización, que conlleva que cada vez más asuntos sean delegados a la propia ciudadanía y que ésta deba resolverlos por sí misma.
En este escenario parece difícil que, además de atender los propios intereses, las personas se preocupen por lo público, aun a sabiendas de su importancia. No hay que olvidar que también existe un sector importante de la ciudadanía al que no le interesa siquiera participar políticamente, ya sea por apatía o porque piensa que para eso ya se paga a los políticos. En cualquier caso, vale la pena esforzarse para identificar los factores que promuevan la participación ciudadana, sobre todo en jóvenes, pues, aunque desde hace tiempo las sociedades occidentales han constituido terrenos más fecundos para el individualismo que para el colectivismo, tales sociedades requieren de ciudadanos participativos para conservarse.















