INTRODUCCIÓN
La Liga Comunista 23 de Septiembre (LC23S o la Liga) fue la guerrilla más grande del México de los años setenta. De hecho, su creación respondió a la unión de varias organizaciones guerrilleras independientes.1 Cuando se hace mención a la LC23S, se suele hacer hincapié en que se trató de una guerrilla urbana; lo fue primordialmente, pero no de forma exclusiva. Prácticamente a la par de la fundación de la organización, se acordó la creación de comandos rurales en la región montañosa y fronteriza de los estados de Sonora, Chihuahua, Sinaloa y Durango, zona conocida como “el Cuadrilátero de oro”.2 En este artículo se estudia la historia de uno de estos comandos, el cual interactuó en las montañas del sur de Sonora.
Además, también se ha señalado que las y los militantes de la Liga no tuvieron apoyos o bases sociales. Sin embargo, como se verá más adelante, en la región rural e indígena donde interactuó el comando rural sonorense, el apoyo fue especialmente amplio. Documenté este dato por medio de la obra de Cedillo3 (la cual es de especial utilidad para este artículo) y, posteriormente, lo comprobé con base en investigación en fuentes primarias, tales como entrevistas y escritos testimoniales.
Otra tesis que ha sido muy mencionada y que se critica en este artículo, señala que la lucha armada de los años sesenta y setenta fue uno de los resultados de la represión al movimiento estudiantil de 1968 en la Ciudad de México. A mi parecer, se trata de un ejemplo de la hipótesis que critican Pensado y Ochoa4 sobre el 68 como el punto decisivo durante los años sesenta y setenta. En palabras de los autores,
arraigadas en estudios innovadores del movimiento de 1968 publicados en las décadas de 1970 y 1980, las interpretaciones académicas más recientes [...] a menudo son impresionistas y repetitivas. Tras el paso del tiempo y con algunas excepciones notables, esta tendencia académica ha ayudado a mitologizar una interpretación del movimiento estudiantil de 1968 en la Ciudad de México como el momento decisivo en la segunda mitad del siglo XX. La literatura que desencadena este mito carece de un examen riguroso de la importancia de los levantamientos de otros estudiantes que se desarrollaron fuera de la Ciudad de México durante el período más amplio de los años 1960 y 1970. En comparación, la investigación sobre el radicalismo de la década de 1970, publicada en la última década, ha adoptado un enfoque más revisionista [...] Estas investigaciones han estado corrigiendo con éxito las anteriores interpretaciones de los movimientos guerrilleros que, durante demasiado tiempo, habían sido condenados y a sus miembros se les había robado su propia agencia.5
A partir de esta crítica, los autores proponen una “provincialización del 68” que no minimice las protestas y luchas sociales fuera de la Ciudad de México, ni las múltiples formas de represión y violencia estatal más allá de la matanza de Tlatelolco.6 Esta es una tesis interesante que sirve de base para tomar en cuenta que las dinámicas de movilización social y militancia política durante el periodo no sólo sucedieron en la capital, ni fueron realizadas únicamente por hombres, universitarios, clases medias y en contextos urbanos.
Algunos grupos guerrilleros tenían trabajos organizativos previos al 68 y la represión en Tlatelolco no afectó (por lo menos no de forma determinante) su trabajo militante. Por ejemplo, como se verá más adelante, el comando rural de la LC23S en Sonora tuvo herencias del ataque al cuartel militar de ciudad Madera, Chihuahua, el 23 de septiembre de 1965,7 el evento que suele ser considerado como el inicio de las guerrillas de los años sesenta y setenta y que fue previo a la matanza estudiantil en Tlatelolco. La postura historiográfica que mantiene que las guerrillas de los años setenta fueron una respuesta a la represión del 2 de octubre no es del todo falsa (hubo grupos e individuos radicalizados a partir de este hecho), pero sí resulta una explicación generalizadora que deja de lado los contextos y las motivaciones propias de experiencias particulares.8
El historiador Barry Carr es uno de los autores que reproduce las tres interpretaciones que este artículo busca problematizar; así, para él,
En México no surgieron grandes movimientos guerrilleros. Pero tras la represión sangrienta del movimiento popular-estudiantil de 1968, se produjo una breve fase de lucha armada que duró de 1968 a 1974. El principal centro de combate fue la sierra del estado suroccidental de Guerrero. Simultáneamente, en las principales ciudades brotó una serie de movimientos armados desastrosos y mal preparados, el más conocido de los cuales estuvo coordinado por la Liga Comunista 23 de Septiembre.9
Las afirmaciones de Carr no son totalmente descabelladas, pero, con base en miradas centradas en experiencias concretas, sus interpretaciones requieren muchos matices. En este artículo se utiliza un enfoque de historia social, la cual se entiende como una forma de investigación histórica centrada en los “cambios y continuidades en la experiencia de la gente común y corriente, privilegiando colectividades por encima de individuos”.10 Siguiendo a Diego Pulido, “esta forma particular de investigar el pasado [parte de], cuando menos, dos presunciones: primero, que los sujetos colectivos poseen historias significativas para entender de mejor modo tanto el pasado como el presente; y segundo, que la gente común y corriente a menudo desempeña un papel mayor al que usualmente se le asignaba”.11
Otro supuesto de la historia social que sirve de base analítica para este trabajo es la idea defendida por E. P. Thomson sobre la importancia de las experiencias populares para el conocimiento del pasado. Siguiendo las enseñanzas del historiador británico, las personas comunes son protagonistas de procesos creados y dirigidos por ellas mismas, donde el cambio es la constante debido a una serie de fluidas relaciones que entablan con distintos actores sociales (tanto populares como de otras clases sociales).12
Así, con base en un análisis de las relaciones entre quienes militaron en el comando rural sonorense de la Liga y una parte de la población de la zona en la que interactuaron (básicamente indígenas guarijíos), este artículo propone matizar las interpretaciones historiográficas que asimilan a la LC23S como una organización exclusivamente urbana, formada a raíz de la matanza de Tlatelolco y sin bases sociales de apoyo.
LA LC23S EN EL CUADRILÁTERO DE ORO
Al momento de la formación de la Liga (15 de marzo de 1973) la región fronteriza de los estados de Sonora y Chihuahua ya contaba con varios años de experiencia en la militancia armada. Algunos de los sobrevivientes y relacionados con el intento de asalto al cuartel militar de Madera, Chihuahua, continuaron activos. Uno de ellos fue Óscar González Eguiarte, quien, en 1968, lideraba el Grupo Popular Guerrillero Arturo Gámiz (GPGAG). Esta guerrilla se inmiscuyó en un conflicto entre campesinos productores de madera y empresarios, a quienes acusaban de comprar a precios ventajosos la producción de los primeros. El grupo encabezado por Óscar González optó por incendiar un aserradero en Tomóchic, Chihuahua, propiedad de la empresa Maderas de Tutuaca.13 La respuesta oficial no se hizo esperar y los guerrilleros fueron perseguidos por militares.
González y su grupo comenzaron una larga marcha -a través de las montañas de la Sierra Madre Occidental- y llegaron hasta Tesopaco (localidad rural ubicada al sur de Sonora), donde fueron capturados por elementos del ejército mexicano y fusilados el 9 de septiembre de 1968.14 A partir de entonces, la figura de Óscar González se convirtió en una especie de símbolo de la lucha armada en México. El fusilamiento de los militantes del GPGAG fue especialmente significativo para la izquierda armada en nuestro país (para algunos sectores, más que la matanza de Tlatelolco). Un botón de prueba en ese sentido: pocos años después, el comando rural de la Liga Comunista 23 de Septiembre en Sonora llevará el nombre de Comando Guerrillero Óscar González (CGOG).
La muerte de González no significó el fin de la lucha armada en la zona. En septiembre de 1967 (alrededor de un año antes de su muerte) el líder guerrillero había estado en una reunión cerca de Ciudad Obregón, Sonora, evento que algunos militantes ubican como la fundación del Movimiento 23 de Septiembre (M23), uno de los grupos que -a la postre- formarían la LC23S.15 Uno de los líderes del M23, Manuel Gámez Rascón, fue el segundo elemento de mayor importancia al interior de la Liga durante su primer año de existencia.
Así, la dirigencia de la LC23S decidió crear comandos rurales en el noroeste del país debido, en parte, al trabajo de agitación y organización que venía realizándose en la zona incluso antes de 1965. Ahora bien, ¿qué hizo posible la continuidad de este trabajo militante? Aleida García Aguirre realizó una investigación donde documenta la construcción de redes de apoyo cuyas primeras manifestaciones o antecedentes fueron visibles desde, por lo menos, 1960,16 lo cual matiza la tesis de las guerrillas de los setenta como reacción a la represión de Tlatelolco. Líderes guerrilleros como Arturo Gámiz y Óscar González apoyaban luchas a favor del reparto de tierras; los demandantes, a su vez, solían convertirse en bases de apoyo para los grupos guerrilleros.17
Otra de las razones para el establecimiento de comandos rurales en esta zona fue el rompimiento con el Partido de los Pobres liderado por Lucio Cabañas. Como es bien sabido, esta fue la guerrilla rural más importante del México de la época, la cual llegó a tener el control político y militar de algunas regiones del estado de Guerrero. La dirigencia de la Liga intentó integrar a esta organización. Hubo momentos en que las negociaciones parecían tener avances significativos y algunos militantes de la LC23S estuvieron viviendo en campamentos del Partido de los Pobres. Al final, hubo un rompimiento y tales militantes fueron expulsados de la sierra guerrerense.18 Después del rompimiento, la Liga decidió crear sus propios comandos rurales, incluidos los del noroeste de México.
En el llamado Cuadrilátero de oro se lograron establecer tres comandos rurales diferentes y bases de apoyo en algunas ciudades del sur de Sonora, el suroeste de Chihuahua y el norte de Sinaloa.19 En teoría, los comandos rurales serían especialmente importantes para la creación de “zonas liberadas” y un “ejército revolucionario”, aunque, para la dirigencia nacional, la lucha rural nunca fue primordial, sino estratégica. Los objetivos agrarios (como el reparto de tierras o la creación de ejidos20), eran considerados “desviaciones pequeñoburguesas” que distraían de la meta principal: la revolución socialista.
En un principio, las y los guerrilleros establecieron un primer campamento en las montañas de la frontera entre Sonora y Chihuahua. El testimonio de Angulo Luken brinda una ubicación más específica: “comenzamos con un foco en la sierra baja de Sonora (la subsierra21 decíamos entonces), en el municipio de Quiriego, pero con miras a extendernos a la sierra de Chihuahua”.22 Como menciona Angulo Luken, desde dicho campamento se organizaron las primeras acciones, se buscó expandir las zonas de influencias y profundizar la presencia guerrillera en la región.
En agosto de 1973, elementos de la policía judicial y del ejército se dirigían al campamento original, pero un grupo de guerrilleros que había sido comisionado para conseguir alimentos descubrió la maniobra de contrainsurgencia y dio aviso al resto de sus compañeros, quienes lograron huir sin enfrentamientos ni bajas.23
Los integrantes del grupo abandonaron la zona donde se encontraban, algunos se dispersaron y otros se dirigieron a Chínipas, Chihuahua, donde instalaron otro campamento; este nuevo foco guerrillero fue liderado por Salvador Gaytán (“don Chuy” o “el Maistro”)24 y tuvo el apoyo de indígenas rarámuris.25 No obstante, durante el camino, hubo un accidente (un guerrillero vació atole hirviendo en el pie de uno de sus compañeros), por lo cual se decidió que algunos militantes permanecieran en la zona para auxiliar al accidentado.26
El grupo que permaneció en Sonora no volvió a reintegrarse y formó un foco guerrillero propio, el cual se autodenominó Comando Guerrillero Óscar González (CGOG); desde luego, la elección de tal nombre nos habla de una continuidad de varios años entre distintas luchas guerrilleras anteriores a las de la Liga; los guerrilleros del CGOG estaban luchando a unos kilómetros de donde, cinco años antes, fue fusilado todo el grupo liderado por Óscar González.
Posteriormente se logró la constitución de un tercer foco en Urique, Chihuahua. Entonces, tenemos que, en el llamado Cuadrilátero de oro, se establecieron tres comandos de guerrilla rural: dos en Chihuahua (el primero en Chínipas y el segundo en Urique) y otro en Quiriego, Sonora, el cual se llamó Comando Guerrillero Óscar González.
En teoría se buscaba “un permanente contacto, coordinación y discusión política entre los focos”.27 , pero, en la práctica, los tres comandos actuaron de forma independiente.28 De hecho, hubo fuertes diferencias entre los tres grupos, las cuales terminaron en fracturas y escisiones.29 Si bien las y los militantes en la región tuvieron poco contacto con el resto de la organización, el comando sonorense fue el más cercano a la línea política del principal líder de la LC23S en esos momentos: Ignacio Salas Obregón (“Oseas”); ése fue uno de los motivos para la poca integración entre los tres comandos.
EL COMANDO GUERRILLERO ÓSCAR GONZÁLEZ
En las fuentes consultadas,30 no hay uniformidad sobre quiénes formaron el comando sonorense originalmente. Después de compararlas, creo que es seguro que los fundadores hayan sido, por lo menos, los jóvenes de origen urbano Carlos Ceballos (“Julián” o “Macario”, quien, antes de ser encomendado a Sonora, pasó dos años en las montañas de Guerrero junto con los guerrilleros del Partido de los Pobres. Provenía de los Guajiros, uno de los grupos que dio forma a la Liga), Gabriel Domínguez (“el Cholugo”, nació en Durango, pero creció en Ciudad Juárez, Chihuahua. Estudió geología en el Instituto Politécnico Nacional y fue fundador de los Lacandones, una guerrilla que actuaba en el centro del país y, una vez unida a la Liga, pasó a ser conocida como la Brigada Roja) y Miguel Topete (“Nabor” o “Espartaco”, originario de una localidad rural de los altos de Jalisco. Probablemente por ello fue enviado a militar en la sierra de Sonora. Provenía del Frente Estudiantil Revolucionario -FER- de Guadalajara, uno de los grupos que dio pie a la LC23S), así como un militante cuyo seudónimo era “Benjamín”, quien era el único originario de la zona y sabía cómo desplazarse en la sierra. Este militante fue de quien menos información encontré. Ignacio Lagarda señala que “llegó a la región acompañando a Salvador Gaytán Aguirre. Se decía que era originario del rumbo de Parral, Chihuahua”.31 La investigación de este autor también señala que, probablemente, su nombre haya sido Jesús José Gutiérrez, aunque este dato no ha sido confirmado.32 La información más confiable al respecto la brinda Alejandrina Ávila (militante del comando de Urique), quien conoció a “Benjamín” y señala que, efectivamente, llegó a la zona acompañando a Salvador Gaytán y su nombre es Jorge Nevárez.33
La primera incorporación del grupo fue la de Hermenegildo Ruelas (“Jaime” o “el Chapul”). Ruelas fue un indígena guarijío que nació en Machilibampo, un pequeño poblado del municipio de Quiriego, Sonora. Era músico, tocaba el violín y solía trabajar en las fiestas de las localidades de la región. Ruelas se incorporó al CGOG en noviembre de 1973; anteriormente había estado en el campamento original, pero se dispersó cuando las fuerzas del orden intentaron emboscarlo.34 Topete lo recuerda como
Un buen guía, muy conocedor de la sierra. Era analfabeta, sin embargo, dentro del comando aprendió a leer y escribir. Aparentaba unos 28 años de edad; guarijío, “güilito” (de físico menudo, bajito y muy delgado), parecía como si hubiera sufrido desnutrición en su infancia. Era muy ágil para caminar (“muy liviano”, decían los compas de Sonora), realmente parecía un chapulín saltando entre las piedras y el follaje del monte cuando se desplazaba. De ahí le viene el mote de “Chapul”.35
Los militantes del comando (en un principio sólo hombres) lograron aceptación y apoyos muy importantes en los alrededores de Quiriego y en otras localidades del sur de Sonora. Las relaciones más firmes se dieron con indígenas guarijíos,36 quienes tienen siglos viviendo en la zona y, desde esa época y hasta la actualidad, sufren de pobreza extrema. El lazo fue posible, en parte, gracias al discurso revolucionario de los guerrilleros que llamaba a acabar con las diferencias de clase. Entre los guarijíos, dicho discurso hizo sentido en su realidad cercana, donde había marcadas diferencias entre los caciques y ellos (quienes regularmente trabajaban como sus peones o su servidumbre).
Según Miguel Topete,
Para echar a andar [el] trabajo político, diseñamos una táctica de acción muy simple, pero muy meditada y exhaustivamente discutida, hasta que fue consensuada por todos los miembros del comando. Este método de acción lo bautizamos, por llamarle de algún modo, como “Giras Políticas” (nombre horrible, pero así se llamó) y nos resultó tan efectivo que tras la primera “gira” vino la segunda, la tercera ... y hasta que perdimos la cuenta, por eso mismo, este método de trabajo vino a ser nuestra forma de lucha más común en la zona y gracias a ella logramos realizar el trabajo político que nos permitió polarizar a la inmensa mayoría de la población a nuestro favor.37
Leopoldo Angulo Luken, por su parte, menciona algunos de los contenidos de los discursos:
El rollo [fue] más o menos así: ésta es una guerra penosa y larga, es la guerra de los jodidos contra los no jodidos; lo que ustedes ven es una parte muy chiquita de esa guerra; se combate en todo el mundo. Oigan las noticias de Vietnam, Argentina, Colombia, Perú, etc. Lo que estamos logrando no lo veremos, es para las futuras generaciones, así que materialmente no esperen ahora nada; el enemigo es muy fuerte.38
Llama la atención que, según este testimonio, la lucha que los guerrilleros proponían era “penosa y larga”. Quizás estas palabras eran dichas pensando en la realidad del contexto local. Había que convencer a gente que tenía muchas carencias de que podía y valía la pena luchar por mejorar su condición de vida. Los guarijíos vivían muy de cerca las desigualdades e injusticias de las que hablaban los guerrilleros citadinos; hacía sentido perfectamente.
En cuanto a la respuesta sobre cómo cambiar la situación, había diferencias importantes: para los originarios de la zona, la obtención de tierras era importante -de hecho, había una petición desde 1963 y fue conseguida, como veremos más adelante, en 1976-; para los guerrilleros de origen urbano, ello no remediaba la situación general y desviaba la atención de una revolución proletaria mundial (“lo que ustedes ven es una parte muy chiquita de esa guerra; se combate en todo el mundo. Oigan las noticias de Vietnam, Argentina, Colombia, Perú”). Además, siguiendo el testimonio de Angulo Luken, los militantes urbanos decían a sus bases de apoyo guarijías que “no esperen ahora nada”, los resultados serán a largo plazo, pero ellas tenían una estrategia clara, concreta y a corto plazo: conseguir un ejido.
Una de las acciones de mayor impacto del comando fue el secuestro de Hermenegildo Sáenz Cano (mejor conocido como “don Gilo”). Los hechos sucedieron el 16 de enero de 1974 en la localidad de San Bernardo, Sonora, parte de la misma región serrana donde actuaba el comando. Sáenz era uno de los hombres más ricos de la región; se dedicaba al comercio y poseía tierras. La operación fue una orden de dirigentes de la Liga39 y fue parte del llamado “Asalto al cielo”, la campaña de agitación más grande impulsada por militantes de la organización. Los hechos más recordados de este contexto son las acciones realizadas en Culiacán y los campos agrícolas de los alrededores, cuando se movilizó a “centenas de militantes armados y logró que casi cincuenta mil trabajadores pararan labores en los campos agrícolas” de Sinaloa.40
La planeación y realización del secuestro fue de una de las pocas acciones que contó con coordinación entre militantes de las brigadas urbanas (particularmente las del sur de Sonora) y de los otros comandos rurales; por ejemplo, Salvador Gaytán (líder del comando de Chínipas) fue uno de los participantes.
Ignacio Lagarda narra el inicio del secuestro de la siguiente manera:
Seis hombres armados con rifles de alto poder y vestidos con ropa de combate [llegaron a una tienda propiedad de Hermenegildo Sáenz] [...] El Maistro [Salvador Gaytán] se dirigió hacia don Gilo y sin mediar palabra le dio un golpe en la cabeza con la culata del rifle, para luego decirle con firmeza: - Esto es un secuestro; venimos por usted y le sugiero que no oponga resistencia, si no quiere que alguien salga herido- al momento que lo jalaba bruscamente del brazo [...] Otros sacaron todos los archivos de la oficina de don Gilo hacia el patio; hicieron una pila con ellos y les prendieron fuego [se trataba de documentos sobre deudas que habitantes de la zona tenían en la tienda de Sáenz] Los asaltantes subieron violentamente a don Gilo a la caja de [una] pick-up [...] Todavía arriba de la pick-up, don Gilo seguía forcejeando, preguntándoles a sus captores de qué se trataba todo aquello. Ellos le contestaron que lo hacían porque era «un terrateniente explotador del proletariado» [Antes de retirarse, un guerrillero exclamó] -¡No somos secuestradores! ¡Somos guerrilleros! ¡Esto es un secuestro revolucionario! ¡Es una venganza por los atropellos cometidos por el gobierno contra nosotros en Chihuahua, Guerrero y el Distrito Federal! ¡Hemos quemado todos los recibos con las deudas que los campesinos tienen con este cacique para que ya nadie tenga que pagarle nada! ¡Las cuentas ya están saldadas!41
Los guerrilleros condujeron algunos kilómetros para después abandonar la camioneta. Posteriormente, se internaron en el monte, hacia las montañas; marcharon varios días.
En una nota difundida en El Sonorense (en esos momentos, el medio de difusión más influyente del estado) se mencionó lo siguiente:
Como una ironía del destino, mientras se consumaba el secuestro, a escasos metros de la casa de la familia Sáenz Félix, se encontraba visitando a un amigo el Jefe de Grupo de la Policía Judicial del Estado, Alfonso Hernández Robles, quien al oír los disparos se dirigió a su camioneta [...] para apoderarse de su arma y repeler lo que él consideraba un zafarrancho [...] uno de los secuestradores que se dio cuenta de lo que ocurría y al ver asomar la punta del cañón del rifle que empuñaba el jefe policiaco, intentó abrir fuego, pero la intención de uno de los vecinos del lugar de nombre Gilberto Valenzuela, convenció al delincuente [de no disparar].42
No sé qué tan precisas sean algunas partes de la narración, ya que El Sonorense tenía una línea editorial amarillista con las expresiones políticas de izquierda; por cómo sucedieron los hechos, no creo que haya sido necesario realizar disparos, por ejemplo. Pero, al parecer, sí es cierto que uno de los integrantes del comando tuvo la oportunidad de disparar al jefe de policía y no lo hizo. Se trató de “Benjamín” y éste fue un asunto que causó malestar entre el resto de los integrantes del comando, quienes mantenían que puso en peligro la operación. Al final, sólo recibió una amonestación.43
El 3 de febrero de 1974 -después de recibir un rescate- los guerrilleros dejaron libre a Hermenegildo Sáenz.44 El secuestro podría interpretarse como exitoso si consideramos que se obtuvo un millón de pesos45 y no hubo bajas. Aunque también, el evento generó la detención de militantes de brigadas urbanas del sur del estado y el hostigamiento a bases de apoyo.46
Una vez realizado el pago, los guerrilleros Salvador Gaytán (“Don Chuy”) y Ramón Rodríguez (“Huarache Veloz” o “Felipe”), quienes participaron en el secuestro, regresaron a Chínipas. Así, el comando volvió a quedar integrado por cinco guerrilleros: los jóvenes de origen urbano Gabriel Domínguez (“el Cholugo”; jefe político), Carlos Ceballos (“Julián” o “Macario”; jefe militar) y Miguel Topete (“Nabor” o “Espartaco”), así como los naturales de la zona Hermenegildo Ruelas (“Jaime” o “Chapul”) y “Benjamín”.47 Semanas después del secuestro, “Benjamín” desertó; Lagarda menciona varias razones: en primer lugar, nunca superó del todo los reclamos por no haber disparado al jefe de policía el día del secuestro;48 además, los militantes “expropiaban” vacas de los caciques de la zona, cuando “Benjamín” era el designado para matarlas, no le era fácil. Esto generaba malestar entre sus compañeros.49
Por otra parte, el dinero obtenido por el secuestro sirvió, entre otras cosas, para financiar acciones de brigadas urbanas. Es interesante que la línea oficial de la Liga (por llamarla de alguna manera) veía a los guerrilleros rurales como una parte secundaria o auxiliar de la lucha; esto no pasó desapercibido por Miguel Topete, quien -con cierto orgullo- destaca que el secuestro de Hermenegildo Sáenz significó “¡que la guerrilla en la sierra financiara al movimiento en el valle!”.50
El comando rural difundió un volante donde explicaba parte de sus razones para justificar el secuestro. El documento estuvo dirigido “a los proletarios del campo y la ciudad, a los campesinos pobres semiproletarios, a todos los explotados”. En dicho documento se señaló que el secuestro “responde a la necesidad que tiene el proletariado y sus aliados de lucha, los campesinos pobres y semiproletarios, de rescatar por la fuerza de las armas, las riquezas creadas con nuestro esfuerzo, con nuestro sudor y con nuestra sangre y que nos han sido arrebatadas por la burguesía”. También se justificó el evento señalando que Hermenegildo Sáenz era un “burgués explotador [que] ha acumulado su riqueza por medio del robo, del despojo y de la usura”.51
Además, también se aprecia que el comando planteaba una continuidad entre acciones guerrilleras previas y las suyas, al mismo tiempo que ampliaba su justificación del secuestro:
Este cerdo burgués [Sáenz] tomó parte activa en la persecución y asesinato de los revolucionarios miembros del Grupo Popular Guerrillero Arturo Gámiz, encabezados por Óscar González, en septiembre de 1968. Cinco de estos compañeros fueron asesinados en Tezopaco [sic] por los perros guardianes de la burguesía. Pero su lucha no ha terminado. Al contrario, cada día que pasa se vuelve más violenta, cada día que pasa se generaliza a más y más sectores de la población en lugares del país.52
Como se ve, en este caso los militantes del comando se sentían herederos de un evento sucedido en 1968, pero no fue la matanza de Tlatelolco, sino el asesinato del grupo liderado por Óscar González.
En el volante en cuestión también se señaló lo siguiente:
Todos lo que han participado y participan en contra de la Revolución, tendrán que responder de sus hechos ante las organizaciones revolucionarias del proletariado [...] o se lucha con el proletariado, o al lado de la burguesía; o se lucha por la Revolución, o en contra de la Revolución. La lucha a muerte entre dos clases enemigas no deja otra alternativa.53
Parte de la respuesta de los guerrilleros sobre cómo llevar a cabo la revolución legitimaba el asesinato de quienes “traicionaran” la lucha; a la vez que negaba la posibilidad de puntos medios (“o se lucha por la Revolución, o en contra”). Esto nos habla del firme convencimiento de los militantes del comando en sus ideas, suficientemente firme para justificar la muerte de otros y dedicarse de tiempo completo a la labor guerrillera. Claro, el volante no muestra las particularidades entre las posturas de los guerrilleros de origen urbano y de quienes prevenían de la zona. El acento está puesto en el proletariado, mientras que las demandas agrarias no fueron mencionadas. De hecho, se hace hincapié en la “necesidad que tiene el proletariado”, mientras que a los “campesinos pobres” se les da el carácter de “aliados de lucha”.
El volante termina con las siguientes líneas:
Es necesario crear una fuerte unidad entre todos los explotados, crear nuestro propio Poder de Clase. Crear la organización revolucionaria clandestina. Luchar por la defensa de nuestros intereses inmediatos y de la Revolución [Para ello] hay que cumplir con la tarea de HOSTIGAR PERMANENTEMENTE AL ENEMIGO. De vez en cuando, “quebrarse”54 a un “huellero”55 que sirva, de forma consciente, de perro rastrero al servicio de los cuerpos represivos de la burguesía. DESTRUIR A UN «HUELLERO» O A UN DELATOR, ES ACORTAR LA DISTANCIA HACIA LA TOMA DEL PODER Y LA DESTRUCCIÓN DEL ESTADO BURGUÉS. ARMARSE Y ENFRENTARSE AL ENEMIGO, ES RESPONDERLE A LA BURGUESÍA EN EL ÚNICO LENGUAJE QUE ENTIENDE: LA VIOLENCIA REACCIONARIA DE LOS EXPLOTADORES, ES ENFRENTAR A LOS PERROS GUARDIANES DE LOS INTERESES DE LA BURGUESÍA, EL PODER REVOLUCIONARIO DEL PROLETARIADO. ¡POR LA REVOLUCIÓN PROLETARIA! ¡NI UN PASO ATRÁS NI PARA TOMAR IMPULSO!
COMANDO ÓSCAR GONZÁLEZ
Liga Comunista 23 de Septiembre
¡PROLETARIOS DE TODOS LOS PÁISES UNÍOS!56
Así, los miembros del Comando Guerrillero Óscar González mantenían, en general, la idea de la Liga sobre la lucha armada como el método revolucionario, pero esta interpretación adquiría matices según el contexto particular, como la justificación del “ajusticiamiento” de caciques y huelleros, actores propios de la zona rural y agropecuaria en la que interactuó el comando.
El contexto rural le imprimía al CGOG ciertas características particulares, como una presencia de las instituciones estatales diferente a la de las ciudades. La diferenciación entre contextos rurales y urbanos es un aspecto importante del proyecto civilizatorio moderno. Las ciudades se han establecido como el lugar idealizado de la modernidad capitalista, y ello tiene sus repercusiones políticas: las instituciones estatales, por ejemplo, suelen tener mayor presencia en las ciudades que en el campo. De tal forma que “el Estado utilizará estrategias disímiles para interactuar con los movimientos [...] en las zonas rurales y las urbanas”,57 tal como sucedió en Sonora y la presencia guerrillera de los años setenta.
Por otro lado, llama la atención la aceptación de la importancia de resolver “intereses inmediatos” en el volante del CGOG. En general, ello no concuerda con la línea dominante al interior de la Liga, donde no se dejaban muchos espacios para intereses inmediatos bajo la idea de que ello “distraía” del que, según la dirigencia y algunos militantes, debía ser el objetivo principal de los revolucionarios: la destrucción del orden burgués y la instauración del socialismo. La inclusión de la frase quizá sea un guiño para los intereses de las comunidades en las que se desenvolvía el comando. También me parece que, aun así, para los guerrilleros de origen urbano y sus bases de apoyo en la zona, los “intereses inmediatos” no eran necesariamente los mismos: los primeros buscaban la construcción de zonas liberadas para el resguardo de cuadros urbanos y el aumento del “hostigamiento del enemigo”; los guarijíos y campesinos pobres, por su parte, tenían peticiones agrarias y demandaban la creación de un ejido.
Otra particularidad especialmente importante de la lucha guerrillera en Sonora fue lo étnico: recordemos que los militantes del CGOG actuaban en una zona donde indígenas guarijíos habían vivido por siglos; a pesar de ello, los caciques mestizos tenían una calidad de vida muy superior (algo que no ha cambiado mucho). En el contexto de la sierra sonorense, las desigualdades llegaban a incluir dinámicas que suelen relacionarse más con épocas como la porfirista, pero en esta región aún continuaban; por ejemplo, la gran mayoría de guarijíos trabajaba como peones o servidumbre de los ricos, quienes solían aplicar latigazos como “castigos”.58
A partir del secuestro de Hermenegildo Sáenz aumentó la presencia de las fuerzas del orden. Como lo menciona Miguel Topete
Después de cobrar el rescate [...] nos cambiamos de zona para resistir la inminente embestida del ejército, la que no se hizo esperar, pero gracias al apoyo de las pocas relaciones que ya nos protegían, pudimos eludirlos. Sin embargo, la población que supuestamente estaba ajena al conflicto fue duramente golpeada por el ejército, llegándose en algunos casos al asesinato, como el perpetrado en la persona del señor Víctor Ruelas Ciriaco, guarijío que trabajaba en un rancho de Hermenegildo Sáenz.59
Topete también plantea que en este periodo (principios de 1974), la colaboración entre caciques de la zona y las fuerzas del orden aumentaron:
Cuando el comando llegó a la zona donde teníamos planeado resistir la embestida del ejército [posterior al secuestro], nos encontramos con la noticia de que ya el ejército andaba buscándonos por esos lugares, guiados por “El Pochi” [Antonio Anaya, empleado de Agapito Enríquez Argüelles, hombre rico de la zona] y “El Churea” [Agapito Enríquez Rosas, hijo de Enríquez Argüelles. Los integrantes de la familia Enríquez], a partir de ese momento comenzaron a participar activamente en la guerra al lado de los guachos [militares] tal como correspondía actuar a las gentes allegadas a cualquier cacique que, como tales, veían en los revolucionarios una amenaza capaz de impedirles seguir sometiendo a su voluntad y capricho a la gente que vivía y trabajaba en sus cotos feudales, como lo habían venido haciendo hasta aquel momento.60
A partir de entonces, soldados y policías violentaban a gente que vivía en las localidades en las que el comando tenía bases de apoyo y que, según sospechas, ayudaban o simpatizaban con los guerrilleros (en ocasiones tenían razón, pero no fue así en todos los casos).
Según Ignacio Lagarda, en este contexto, el comando tuvo nuevas adhesiones:
Dos indios guarijíos se habían sumado a su lucha. Eran Severo Zazueta [...] y Celestino Ruelas, unos indios guarijíos originarios de Bavícora, que apenas hablaban español y que en algún tiempo habían sido empleados de don Agapito Enríquez. Severo y Celestino habían decidido sumarse a la guerrilla porque, cuando el secuestro de don Gilo, los soldados los detuvieron y torturaron para que denunciaran a los guerrilleros y de impotencia y coraje decidieron unírseles. Carmen, la esposa de Severo, también se había unido a la guerrilla.61
Desde luego, llama la atención la redacción de Lagarda, ya que pareciera que la integración de Carmen Zazueta -ése era su apellido- fuera algo secundario o anecdótico. El autor destaca las adhesiones de “dos indios guarijíos” e insinúa que Carmen sólo siguió a su esposo, con lo cual le resta capacidad de agencia; como si ella no hubiera sido capaz de interpretar la realidad de su entono y actuar en consecuencia.
Miguel Topete describe a Carmen Zazueta (quien era indígena guarijía y optó por el seudónimo de “Juana”) como algo más que “la esposa de Severo”: según Topete, la guerrillera “representaba, dentro de la población, un gran apoyo para el comando”.62 El exguerrillero también da algunos elementos para entender su integración: “el comando percibió que esta compa ya estaba en la mira de las fuerzas represivas y decidimos integrarla al comando como militante. Ella aceptó de buena gana”.63 Sin embargo, al final de su obra testimonial, Topete hace breves comentarios de militantes del CGOG donde brinda valiosos datos biográficos; incluso, señala a personas con cierta relación con el grupo que no militaron como tal, pero Carmen -quien sí fue militante del comando- no fue mencionada.
Como integrante del CGOG, Severo Zazueta tomó el seudónimo de “Zacarías”. Se trató de un indígena guarijío, originario de Bavícora (municipio de Álamos) y que, al momento de su integración al comando (mediados de 1974), tenía alrededor de 50 años; hablaba irregularmente el español y, al parecer, no sufría la violencia extrema que caracterizaba la vida de la mayoría de las y los integrantes de la nación guarijía, ya que solía desplazarse en una mula, “cosa insólita tratándose de un guarijío, quienes normalmente transitaban a pie”.64
Celestino Ruelas era tío de otro de los militantes del comando: Hermenegildo Ruelas. Topete recuerda que “a diferencia de sus congéneres, era un hombre alto y sumamente fuerte, pese a sus 84 años de edad; con unas cejas enormes y un rostro adusto y malicioso”.65 La adhesión de Celestino Ruelas (mejor conocido como “tío Celes”) fue una de las acciones más importantes del comando. Ruelas era un “maynate” o chamán guarijío, quien contaba con un respeto importante dentro de la nación guarijía. Con su ingreso, el comando tuvo mayor legitimidad y apoyo para movilizarse dentro del territorio. Los guerrilleros eran conocidos como “los mechudos” por su cabello largo y desordenado, propio de la vida en la sierra; a partir de entonces pasaron a ser denominados como “los mechudos de Celestino”.66
Así, el comando quedó integrado por siete miembros. Poco después serían ocho, ya que Plutarco Domínguez (“Pablo”) se integraría en junio de 1974.67 Plutarco era hermano del líder político del CGOG (Gabriel Domínguez) y estuvo militando en el comando de Chínipas desde agosto de 1973, antes de regresar a la zona de Quiriego con su hermano.
Por otra parte, el 2 de mayo de 1974, el comando “ajustició” a dos caciques de la zona: Agapito Enríquez Argüelles y su hijo, Agapito Enríquez Rosas.68 Agapito Enríquez padre era el patriarca de una familia que poseía grandes porciones de tierra. En este caso, el comando guerrillero también distribuyó un volante donde difundió parte de sus razones para realizar estos “ajusticiamientos”:
En el desarrollo que ha tenido la guerra entre los obreros y los campesinos pobres de la zona contra la burguesía y su Ejército de “guachos” [militares] y “chotas” [policías], los burgueses Agapito Enríquez y Agapito Enríquez R. se habían colocado como acérrimos enemigos de los trabajadores y como fieles colaboradores de los “guachos”, fichando y delatando a campesinos que se organizan para la lucha, haciendo interrogatorios policíacos a todos los campesinos preguntando por los “mechudos”; preguntando por huellas y por gente que está de acuerdo con la revolución. Todo esto con el fin de recabar información para proporcionarla a los “guachos”, ofreciendo su casa para cuartel de los “guachos” y armándose para enfrentarse a las fuerzas armadas revolucionarias; sus actos los habían colocado ya como enemigos inmediatos de la revolución. Es por eso que el comité político militar Óscar González de la Liga Comunista 23 de Septiembre, como parte integrante del Ejército Popular, los ha ejecutado, del mismo modo que serán pasados por las armas todos aquellos que por sus actos constituyan un obstáculo para el desarrollo de la revolución socialista [...] Compañeros, la revolución proletaria no puede detener su marcha, porque unos cuantos «cabrones» se atraviesan en su camino, los obreros y campesinos de la zona que nos hemos organizado y armado, vamos dándole en la madre a todos estos burgueses y traidores hasta exterminarlos.
Firma
Comando Óscar González Eguiarte69
Llama la atención que, en este volante, el papel de los “obreros y los campesinos pobres” se coloca un poco más en términos de pares (aunque los obreros siguen estando en primer lugar).
Es difícil saber con precisión a qué se debía este matiz que no estuvo presente en el volante redactado por el secuestro de Hermenegildo Saénz. Lo seguro es que, para esos momentos, el comando contaba con la misma cantidad de militantes originarios de la zona y jóvenes urbanos: los primeros eran Hermenegildo Ruelas, Severo Zazueta, Carmen Zazueta y Celestino Ruelas; los segundos, Gabriel Domínguez, Carlos Ceballos, Miguel Topete y Plutarco Domínguez.
Ya para la segunda mitad de 1974, el grupo se encontraba en la que fue su mejor posición política y militar: muchos de los habitantes de la zona eran simpatizantes de su lucha, había dado golpes importantes como el secuestro de Hermenegildo Sáenz y el “ajusticiamiento” de los Enríquez; además, la militancia del maynate guarijío, Celestino Ruelas, le daba una legitimidad ante la nación indígena que era difícil de mejorar. En ese contexto, los militantes del comando se sentían seguros y motivados.
Juan Aguado, quien era uno de los responsables de la comunicación entre las brigadas urbanas del sur del estado y los comandos rurales del Cuadrilátero de oro, recuerda la amplia simpatía y apoyo con los que llegaron a contar: “Los campesinos de prácticamente toda la sierra sabían quiénes estábamos y dónde andábamos. Uno a veces no los veía, pero ellos sí nos veían a nosotros”.70 También me parece valioso cuando mi entrevistado reconoce una autocrítica importante: “lo que no había era un vínculo con sus demandas, eso sí no había. Yo siento que ese fue un error nuestro. Genero polémica, pero así fue; porque nosotros teníamos fijo lo otro, la mira en el movimiento obrero, no en el movimiento campesino”.71 En la región serrana del sur de Sonora, el apoyo que tuvieron la y los militantes de la Liga fue especialmente amplio, algo que contrasta con otras regiones donde interactuó la organización. Sin embargo, ello no implicó un cambio (por lo menos no significativo) en las posturas de la dirigencia, quienes tenían un pensamiento teórico formado en el marxismo y no estuvieron dispuestos a que la realidad de la zona fuera decisiva en la formulación de sus planteamientos ideológicos y pragmáticos.
En septiembre de 1974, el CGOG quiso manifestar su posición favorable en acciones concretas. Se hizo trabajo de inteligencia por medio de los habitantes de poblados y rancherías para conocer los movimientos de Lorenzo Lara (mejor conocido como “Lencho”, policía judicial que trabajaba en Álamos) e intentaron “ajusticiarlo”; para ello, trataron de emboscarlo durante tres días, pero nunca pasó por donde suponían. Ante ello, cambiaron de estrategia: creyeron que en un baile realizado el 16 de septiembre (durante los festejos por la independencia del país), estarían algunos policías y bajaron de la sierra, pero no los encontraron. Se quedaron unos minutos; incluso, compraron algunas cervezas y estuvieron contentos y festivos.72 Esta fue una pausa en la férrea disciplina que implicaba la militancia guerrillera rural. Para entonces, en la sierra sonorense, la y los guerrilleros se sentían -al decir de Topete- “como en nuestra casa”.73
El comando siguió realizando acciones de “hostigamiento”; por ejemplo, el 23 de septiembre de 1974, se conmemoró el intento de asalto al cuartel militar de Madera, Chihuahua, quemando una hacienda propiedad de la familia Enríquez.74 Hay que mencionar que, en esos momentos, las decisiones se tomaban con base en consensos internos, ya que el coordinador de la zona (Leopoldo Angulo Luken) tenía meses sin contactarlos.
Un inconveniente importante fue la expulsión de la única militante mujer del comando: la indígena guarijía Carmen Zazueta (“Juana”). Hay diferentes explicaciones de por qué se tomó la decisión. Se menciona, por ejemplo, que la guerrillera “no cumplió con los requisitos físicos”75 necesarios para la demandante vida en la sierra; el testimonio de Topete mantiene que “pese a su gran esfuerzo, [Carmen Zazueta] no denotaba ningún progreso en cuanto a su instrucción militar, esto representaba un gran peligro para ella, y un gran problema para el grupo y decidimos separarla”.76 Otra versión señala que se trató de “situaciones personales”,77 lo cual seguramente hace referencia a que “Juana” era esposa de Severo Zazueta (“Zacarías”), quien también formaba parte del comando, pero ya no tenían vida marital; Carmen Zazueta y Celestino Ruelas (el maynate guarijío) se habían enamorado y vivían su militancia guerrillera como pareja. Esto es algo que menciona Topete, aunque, según él, para los integrantes del grupo se trató de algo “inverosímil”. Incluso señala que “Zacarías fue solidario tanto con El Tío [Celes] como con Juana y nos hizo ver que él no encontraba ningún problema en que ahora dentro del comando pudieran realizar su unión sin esconderse”.78
Adela Cedillo, por su parte, aprovecha el caso de “Juana” para hacer reflexiones sobre la participación de mujeres en el Cuadrilátero de oro y, en general, dentro de las organizaciones guerrilleras mexicanas:
Las guerrillas no valoraban la importancia de tener una mujer en su grupo [...] Topete y Angulo también eliminaron la presencia de mujeres por sus situaciones personales, a pesar de que las mujeres participaron [...] como líderes, enfermeras y mensajeras. La Liga era la organización armada con mayor número de miembros femeninos, pero los derechos de las mujeres no formaban parte de su programa. El borrado de las mujeres en esta historia ha oscurecido nuestra comprensión de cómo las guerrilleras lidiaron con la vida clandestina, el patriarcado y el terror de estado.79
Si bien Carmen Zazueta fue la única militante del comando como tal, entre las bases de apoyo guarijías hubo otras mujeres que apoyaron, de diversas formas, la lucha del CGOG. Incluso, como ha documentado Adela Cedillo, los otros dos comandos del llamado Cuadrilátero de oro -el de Chínipas y Urique, en Chihuahua-también contaron con la participación de mujeres, quienes desempeñaron diversas tareas en calidad de “líderes, enfermeras, mensajeras y combatientes”.80 Entre éstas se encontraban indígenas rarámuris.81
Aunque supera los objetivos de este artículo, sería muy viable e interesante un acercamiento a la temática desde una perspectiva de género que estudie las relaciones del comando con mujeres, así como las tensiones de una guerrilla que llamaba a la liberación de la población, pero se encontraba inserta en el orden patriarcal y nunca lo criticó (por lo menos, no abiertamente). Las agendas políticas sobre la liberación femenina no fueron centrales para la Liga. Incluso, similar al reparto de tierras, podrían llegar a considerarse como aspiraciones “pequeñoburguesas” que desviaban la atención de la lucha revolucionaria anticapitalista. Sin embargo, las mujeres desempeñaron papeles fundamentales para el desarrollo político y militar de la organización. Tales procesos guardan relación con el contexto de la época, donde hubo cambios en roles de género que permitieron que muchas mujeres ingresaran a la universidad y a las actividades económicas remuneradas. Al mismo tiempo, la rápida urbanización del periodo generó abandono del campo y aumento de la marginación en contextos rurales, lo cual ayuda a entender la participación de mujeres guarijías y rarámuris en la lucha guerrillera de la Liga en el Cuadrilátero de oro.
Sobre el CGOG, cuando “Juana” fue separada, el “tío Celes” la siguió. Esta decisión debilitó al grupo no sólo porque redujo la cantidad de militantes de ocho a seis, sino también por la gran legitimidad que daba la presencia de uno de los hombres más respetados por las y los guarijíos. Tampoco puede decirse que, a partir del fin de la militancia guerrillera de Ruelas, el comando perdió sus bases de apoyo en la región, pero no era lo mismo que un maynate de la nación indígena fuera militante del comando o sólo simpatizante. A partir de entonces, el comando quedó integrado por los jóvenes de origen urbano Gabriel Domínguez (“Cholugo”), Carlos Ceballos (“Julián” o “Macario”), Miguel Topete (“Nabor” o “Espartaco”) y Plutarco Domínguez (“Pablo”); además de los guarijíos Hermenegildo Ruelas (“Jaime” o “Chapul”) y Severo Zazueta (“Zacarías”).
Hubo un evento que marcó el fin del comando rural sonorense: un grupo de militares detuvo a David Valenzuela Talla, quien cumplía las funciones de “correo”.82 Debido a las torturas, Valenzuela confesó la ubicación de los guerrilleros (en las cercanías del poblado de Guajaray), quienes fueron emboscados el 24 de noviembre de 1974 por la mañana. En los hechos murieron Gabriel Domínguez y Severo Zazueta;83 Hermenegildo Ruelas y Plutarco Domínguez se dispersaron y no volvieron a reintegrase.84 Miguel Topete y Carlos Ceballos lograron huir, aunque Topete fue herido de bala en un glúteo.85
Alejandrina Ávila, militante del comando de Urique, tiene una opinión sobre el evento, al igual que recuerda una autocrítica que le escuchó a Carlos Ceballos:
Desgraciadamente, aunque se sienta, debe reconocerse: murieron por un error de ellos, de los muchachos. ¿Por qué? Porque mandaron a un chavo a comprar provisiones, no vino en tres días y no se movieron del campamento. Entonces, claro, ¡pues les cayeron los guachos! [soldados] Ni modo que no les cayeran: detuvieron al chavo, lo estuvieron torturando tres días hasta que habló y los llevó al campamento [...] Y el mismo [Ceballos] nos decía: “No, es que eso fue una regada de nosotros porque no nos movimos, teníamos que habernos movido”.86
Quizá el error haya sido consecuencia de la confianza con la que se sentían debido a la amplia aceptación que tenían en la zona. Esto es algo que Leopoldo Angulo Luken recuerda como un inconveniente:
En Sonora se dio el caso de que se tenían tantos simpatizantes que ya no se hablaba de nombres de personas, sino de rancherías o pueblos enteros: “llega ahí, toda la gente está pa’cá”. A los mechudos les ocurrió una cuestión muy peligrosa que yo señalaba en rollo platicado, creo: se confundieron subjetivamente con la gente. Y yo decía, cuando lo señalé, uno como revolucionario siempre tiene que tener bien medidos los niveles de participación de la gente; pues tomar a alguien como integrante del grupo cuando todavía no lo es, puede conducir a chascos muy serios. Llegó a darse el caso de que rancherías enteras sabían la ubicación del campamento de los guerrilleros y entraban en él como en una casa más de las rancherías. En una de esas pescó el ejército a uno, lo torturó, lo forzó a guiarlos hasta el lugar exacto y ¡sopas! Llegaron desde San Bernardo dos pelotones de guachos.87
Todo el mes de diciembre de 1974 fue complicado y de reestructuración. La prioridad fue salvarle la vida a Miguel Topete y, una vez conseguido, mejorar su salud. Para ello, fue fundamental la ayuda de bases de apoyo guarijías: un indígena les dio refugio cerca de su casa; según Topete, “nos concretamos en pedirle comida además de que se hiciera cargo de mí, es decir, que me proporcionara un escondite seguro, pues Carlos [Ceballos] saldría para conseguirme medicinas. El compa ni se inmutó, se dirigió a su choza y regresó con una olla llena de calabaza recién cocida”.88 Esto es algo significativo si tomamos en cuenta la represión de las fuerzas del orden y de los caciques de la zona a los simpatizantes de la guerrilla. Topete señala que ese mismo guarijío les informó que los soldados “le ordenaron a la población que les diera parte en el caso de que [los] detectaran”.89
No sólo eso: como parte de los esfuerzos de reconstrucción, Topete y Ceballos invitaron a dos guarijíos a integrarse al comando, quienes -incluso después de la emboscada y la muerte de Gabriel Domínguez y Severo Zazueta- aceptaron.90 Estos nuevos integrantes del comando les informaron de la muerte de Lucio Cabañas, sucedida el 2 de diciembre de 1974. A pesar de las diferencias y del rompimiento entre el Partido de los Pobres y la Liga, los guerrilleros rurales en Sonora lamentaron la caída de Cabañas.91
En enero de 1975, el coordinador de los comandos rurales del Cuadrilátero de oro, Leopoldo Ángulo Luken y su “asistente”,92 se encontraron con Topete, Ceballos y los dos guarijíos que acababan de reclutar. Los guerrilleros de la sierra de Sonora tenían alrededor de diez meses sin contacto con su coordinador y no conocían la situación al interior de la organización en esos momentos: acusaciones encontradas, deslindes, escisiones.93 Entonces, los militantes del CGOG se dieron cuenta de que Angulo Luken intentaba coordinar en la sierra y, al mismo tiempo, participaba en disputas al interior de la organización. Para entonces, los conflictos llevaban ya varios meses, pero Topete y Ceballos se enteraron apenas en enero de 1975.94 Angulo Luken era considerado uno de los líderes de “los MAS” o Fracción Bolchevique, quienes se separaron de la Liga para “rectificar” el camino.95 Según Alberto López Limón, la separación se dio justo en esos momentos (enero de 1975);96 la llegada de “‘el General’ a la zona tenía la intención de comunicar que él ya formaba parte de un nuevo grupo”.97
Entonces, en teoría, los militantes del comando rural sonorense eran parte del grupo de los “rectificadores”; no obstante, Miguel Topete y Carlos Ceballos no sabían siquiera de la existencia de esas disputas; ellos aún creían que formaban parte de una misma organización que llamaban Liga Comunista 23 de Septiembre, pero, en realidad, durante los últimos meses estaban luchando aislados en la sierra.
Ante tales circunstancias, el comando realizó su última acción: debido a la herida de Topete, secuestró una avioneta para cruzar las montañas de la Sierra madre occidental y llegar a Urique, Chihuahua.98 Los dos guarijíos recién integrados se quedaron en su región. Terminó, así, la historia del Comando Guerrillero Óscar González, la cual inició en agosto de 1973 y terminó en enero de 1975. Leopoldo Angulo Luken, Miguel Topete y Carlos Ceballos se trasladaron a Jalisco y continuaron en la militancia guerrillera, pero en un nuevo grupo llamado Organización Revolucionaria Profesional (ORP), el cual se mantuvo activo hasta 1981.99
REFLEXIONES FINALES
Como se ha visto, es importante hacer hincapié en que la Liga no fue sólo una organización guerrillera urbana. En la llamada subsierra de Sonora se hicieron avances significativos en algunos de los objetivos de la organización (mucho más que en la mayoría de las zonas urbanas donde la organización tuvo presencia): aumentar las filas del “ejército revolucionario” y crear “zonas liberadas” que sirvieran de retaguardia. También se logró “hostigar al enemigo” por medio de prácticas como el secuestro de Hermenegildo Sáenz o el “ajusticiamiento” de los Enríquez, entre otros ejemplos.
El apoyo que el CGOG obtuvo de la nación guarijía no fue menor. Ello sirve para complejizar la tesis de la Liga como una organización aislada y sin bases sociales. Lo fue en ciertos episodios y regiones, pero no siempre sucedió así. En una zona donde el dominio de caciques era una realidad muy asentada, algunos grupos guerrilleros ya habían encontrado formas de entender y canalizar los agravios de la población desde hacía algunos años. Recordemos que la Liga estableció comandos rurales en esa región debido, en parte, a los trabajos de organización que se venían realizando desde antes del ataque al cuartel de Madera en 1965, evento que, en esta zona, fue más determinante para el radicalismo político que la matanza estudiantil del 2 de octubre. Quienes militaron en el CGOG no fueron la excepción y llegaron a tener amplio apoyo y simpatías de muchos de los pobladores de la zona serrana en la que actuaron.
Ahora bien, ¿por qué? Me parece que ello fue posible (por lo menos en parte) gracias a que las y los guarijíos enmarcaron la lucha desde su propia perspectiva. En general, para quienes formaban parte de la nación indígena y tuvieron simpatías o apoyo para el comando guerrillero, el discurso de la guerrilla en contra de las injusticias sociales cobraba sentido visto desde su experiencia; el contexto en que crecieron (muchas veces, el único que conocían) era el de una comunidad agraria donde los campesinos vivían con muchas carencias. De modo que objetivos como reparto agrario y apoyos al campo les parecían necesarios para conseguir justicia social. Los jóvenes urbanos, por su parte, pensaban su lucha a través de conceptos marxistas y la búsqueda de la revolución socialista. No eran necesariamente opositores de los objetivos agrarios, pero sí les parecían poco frente a la liberación proletaria.
A diferencia de los objetivos de los guerrilleros de origen urbano, las exigencias agrarias tuvieron respuestas mucho más favorables: en 1976 se dio un importante reparto agrario en Sonora y el poblado de “Guajaray (la principal base de apoyo a la guerrilla y cuya petición de tierras databa de 1963), fue de los primeros en recibir tierras que el gobierno compró a los caciques locales”.100 Así,
La historia de la Liga en el Cuadrilátero de oro demuestra cómo los indígenas se aprovecharon de la agitación para buscar su emancipación en sus propios términos políticos. También muestra cómo la lucha armada benefició a grupos que carecían tanto de representación política como de espacio público y obligó al Estado a reconocerlos como ciudadanos.101
Con todo y que los jóvenes urbanos vieron una derrota aplastante en su lucha en la sierra. Incluso, Miguel Topete muestra cierta culpa por haber incitado a la población a rebelarse y después “abandonarla”.102
Durante muchos años, la investigación sobre las guerrillas de los años sesenta y setenta en México parecía un tema vetado para la academia. Ello se debió a varios factores; por ejemplo, el acceso a los documentos oficiales era prácticamente nulo y las y los militantes tenían resistencias a dar su testimonio. En las últimas dos décadas, esto ha cambiado. Incluso, el tema se encuentra en cierto auge y las aportaciones al respecto son cada vez más numerosas. Las investigaciones pioneras sentaron algunas bases y, a la vez, posicionaron ciertas interpretaciones que fueron repetidas posteriormente. Creo que hoy en día estamos en una posición que permite hacer balances sobre lo hecho hasta el momento y complejizar algunas de las tesis que parecen más asentadas.
En cuanto a las tres interpretaciones que critico en este artículo (la Liga como una guerrilla exclusivamente urbana, respuesta a la represión del 2 de octubre y sin bases de apoyo) no creo que haya que negarlas completamente, pues tienen valor para algunos grupos y en ciertos momentos. Sin embargo, no son igual de útiles en todos los casos, por lo que es importante matizarlas. Las observaciones a experiencias concretas son una buena forma de hacerlo.















