LOS NACIONALISMOS ÁRABES ¿DADORES DE SENTIDO?
Los nacionalismos árabes1 modelaron el imaginario de las diversas militancias peronistas hasta los años noventa. La recepción de ese amplio y heterogéneo movimiento, que engloba figuras como Gamal Nasser y Mouammar Kadhafi, la Organización para la Liberación Palestina (OLP) y el Front de Libération Nationale argelino (FLN), así como las distintas corrientes del partido Baath, plantean discusiones sobre las tensiones y filiaciones entre “liberación nacional” y “revolución”. La clave analítica de estas relaciones radica en la cuestión de la nación y los nacionalismos, desde un punto de vista no europeo o, más bien, exterior al reflejo identitario europeísta tradicional de la sociedad argentina.2
Aunque la trama cultural de estos imaginarios árabes parece distante del horizonte cultural latinoamericano, en Argentina, desde mediados del siglo XIX, “lo árabe” ha surgido como un contrapunto de la “república deseada” en la construcción del imaginario político-nacional. Sarmiento, en el Facundo, compara al gaucho y al indio argentino con el beduino, en tanto hombre del Medio Oriente.3 Estos, arquetipos de la “barbarie”, son considerados obstáculos para la civilización y el progreso. Hacia finales del siglo XIX, “lo árabe” no era simplemente una cuestión de representaciones o alegorías, sino que constituía una forma de alteridad negativa, como lo evidencia la resistencia oficial a la migración de sirio-libaneses,4 una situación que parece haber persistido hasta la llegada del peronismo al poder. Los estudios de Raanan Reim han contribuido a llenar ese vacío de conocimiento, al tratar de las relaciones entre el movimiento justicialista y la comunidad árabe-argentina durante el llamado primer peronismo.5
En la segunda parte del siglo XX, la identificación y asimilación de los peronismos a los nacionalismos árabes se debe a la existencia de supuestos denominadores comunes entre proyectos políticos nacionalistas que buscan apropiarse de la soberanía tanto a nivel nacional como popular. Este trabajo tiene como objetivo desentrañar los supuestos que nutren estos procesos de construcción identitaria peronista a partir de ciertas identificaciones con el “Mundo Árabe”. Este concepto, relativamente moderno, se refiere al conjunto de países en los que el idioma árabe, en sus múltiples variantes, es predominante y está vinculado a los nacionalismos occidentales, especialmente aquellos que relacionan el idioma con la estructura política. Desde una perspectiva cartográfica, se extiende desde La Güera hasta el Golfo Árabe, un espacio donde existen distintas minorías étnicas y religiosas, aunque suele ser percibido de manera esencialista como una unidad cultural y espiritual “indivisible”. El panarabismo, como expresión del nacionalismo árabe, ha sido su instrumento ideológico más desarrollado, mostrando poca sensibilidad hacia las diferentes minorías nacionales.
¿Cuáles fueron las singularidades y los rasgos que acercaron mundos tan lejanos y divergentes? ¿Qué elementos crearon paralelismos entre el imaginario de los militantes peronistas y el Mundo Árabe? Para comprender dicho proceso es indispensable considerar las representaciones generadas por los actores locales, tanto a partir de los procesos de circulación de ideas y de modelos políticos como de individuos a través de migraciones, viajes de formación y exilios. La combinación de la escala nacional con la escala regional e internacional permite analizar la naturaleza de las variantes de un mismo fenómeno.
El presente artículo pretende indagar la influencia del imaginario construido a partir del Mundo Árabe en los procesos de identificación sociales, culturales y políticos de la militancia peronista desde los años sesenta, focalizándose particularmente en la comparación con el ciclo abierto en 1983 con el regreso de la democracia. Esta etapa, en general, ha sido poco abordada por la literatura especializada que ha puesto más el acento en el proceso de la transición democrática y la crisis partidaria del Partido Justicialista (PJ) como consecuencia de la derrota electoral en 1983. El imaginario del Mundo Árabe como vector de identificación en la constitución de la identidad política peronista se encuentra inscrito en la evocación de un “tiempo heroico” devenido anacrónico por la globalización como proceso e ideología. Tras el fin de los procesos de descolonización y de las luchas de liberación nacional en América Latina, las premisas del neoliberalismo articuladas en la nueva experiencia gubernativa de Carlos Menem (1989-1999) y el integrismo islámico constituyen sus límites.
EL MUNDO ÁRABE EN EL IMAGINARIO PERONISTA Y A TRAVÉS DE SUS LÍDERES
La pluralidad constituye un elemento decisivo para el abordaje de los peronismos, ese “continente” vasto y heterogéneo donde competían -y compiten- representaciones políticas divergentes que podían, sin embargo, presentar correspondencias. El plural ayuda a evitar todo tipo de definición que limite o circunscriba el concepto a “una” determinada forma o que establezca definitivamente, de forma deshistorizada, sus particularidades. En la medida en que pone de relieve las fronteras borrosas entre las diversas formas, la idea de pluralidad ayuda a comprender la diversidad, tanto de individuos como de ideas que ha caracterizado al movimiento a lo largo de su historia. Como toda organización política policlasista, el movimiento fundado por Juan Perón, expresión paradigmática del populismo contestatario en Argentina, está surcado por ambivalencias, contradicciones y conflictos. Es una identidad política propia de “la era de los extremos”. Concebido en la época de los fascismos, el peronismo se desarrolló en el contexto de la rivalidad entre dos formas de organización política, social y económica, intentando trascender dicha dicotomía. Sin ser un producto del orden bipolar, se encuentra profundamente configurado por la Guerra Fría. El desembarco del liberalismo en la década de los noventa produjo recomposiciones identitarias que poco tienen que ver con el heterogéneo movimiento. Hasta el ascenso de Menem al poder, la multiplicidad de organizaciones que se reivindicaban peronistas confluían en espacios que tenían entre sí coincidencias elementales en las representaciones políticas -el nacionalismo, la figura de Perón, la apelación a la patria como legitimación suprema, la identificación de la tradición peronista con las luchas antiimperialistas y la justicia social- y diferencias pronunciadas en cuanto al significado. Dichas divergencias y discrepancias solían ser planteadas en términos morales o éticos. Si el peronismo presentaba una multiplicidad de formas, solía coincidir en las tres banderas históricas -independencia económica, soberanía política y justicia social-, tal vez su única definición “ideológica” y en su relación al poder, elemento central para comprender la autopoiesis que parece caracterizarlo, esa propiedad de reproducirse a sí mismo y mantener su estructura a pesar de los cambios en sus componentes.6
Desde sus orígenes, la construcción de la identidad del peronismo estuvo caracterizada por un fuerte componente estratégico del cual uno de sus aspectos más evidente es la búsqueda de inserción en el sistema internacional. Esta inserción forma parte de un largo proceso iniciado por Perón para generar una nueva conciencia nacional que se diferenciara de la heredada del régimen oligárquico-liberal, que tenía a Europa como modelo. En muchos sentidos, el peronismo intentó distanciarse críticamente de las élites de las sociedades periféricas que concibieron el sistema internacional según pautas y criterios elaborados en los centros: Estados Unidos y Europa, incluida la Unión Soviética. El proyecto político peronista requería de un nacionalismo cultural que se consideraba tanto complemento como condición necesaria de la “nueva” identidad.7 Los cambios de referencia en la concepción de Perón, desde la hispanidad8 hasta la latinidad9 y finalmente la latinoamericanidad, demuestran que la construcción identitaria como estrategia cultural se adapta en función de las necesidades de la política nacional e internacional.
El gobierno peronista entre 1945 y 1955 elaboraba su política exterior mediante alianzas de cooperación coyunturales e instrumentales que, debido a dicha condición, podían desarticularse fácilmente cuando su efecto dejaba de ser el deseado, como lo ilustra la relación con la España franquista. En el escenario bipolar de la Guerra Fría, la estrategia consistía en mantenerse lo más equidistante posible de los intereses de las superpotencias para ganar autonomía, rechazando tanto el alineamiento occidental como la autonomía secesionista. Juan Carlos Puig denominó a esta política internacional “autonomía heterodoxa” y destacó la relación entre autonomía e inserción.10 Era inevitable reconocer el ascenso de Estados Unidos sin volver a cometer el error de renunciar al desarrollo autonómico.11 En este contexto, la proclamada independencia de las potencias extranjeras, la búsqueda de la instalación de la doctrina justicialista como alternativa en un mundo bipolar y la apelación a la unidad latinoamericana fueron interpretadas como componentes de una política expansionista.12
A partir del golpe de estado contra Perón en 1955, las transformaciones al interior de los diferentes grupos que componen el peronismo a nivel de las representaciones políticas se enmarcaron en un abanico de nuevas “solidaridades internacionales” que reconfiguraron las identidades políticas construidas durante los primeros gobiernos de Perón. La asimilación del peronismo proscripto a un movimiento de liberación nacional condujo a reivindicar solidaridades estructuradas alrededor del antiimperialismo y del anticolonialismo, lo que legitimó la circulación no solo de ideas, sino también de personas entre las periferias.
El imaginario de las luchas “orientales” desde Argelia hasta Palestina contribuyó a transformar a los “militantes” en “combatientes” o, al menos, a difuminar las fronteras entre unos y otros. En los sectores radicalizados del peronismo, influenciados por el binomio Sartre-Fanon y en particular por las tesis sobre la relación colonizado/colonizador desarrolladas en Los condenados de la tierra, se produjo una conceptualización del conflicto en la que la violencia se convirtió en el elemento básico para la unificación nacional de los colonizados en su lucha de liberación.
En este contexto, la identificación con las causas “árabes”, aparentemente distantes, se nutrió de correspondencias que facilitaron una empatía que trascendía la comunión de intereses. Las representaciones de un Mundo Árabe percibido como homogéneo se sucedieron, encontrando en el nacionalismo y el tercermundismo un denominador común. Esta analogía se favoreció gracias a los puntos en común entre los que se percibían como movimientos nacionales y populares policlasistas: el llamado a la integración regional, el rol del ejército en sociedades percibidas como semicoloniales, la intervención estatal frente a la ausencia de burguesías nacionales, el liderazgo carismático y la “tercera posición” ideológica como un lenguaje de la equidistancia que revelaba el rechazo de los “socialismos nacionales” a la socialdemocracia y al comunismo prosoviético.
Advertimos un primer momento “fundacional” en el imaginario peronista en el cual el paralelismo de Perón con Nasser ocupa un lugar prioritario en una sumatoria de analogías establecidas con otros referentes internacionales, generalmente miembros del movimiento de No Alineados como Tito, Castro y Mao, líderes que eran menos asimilables para el sentimiento anticomunista de una buena parte del movimiento peronista. Así, si bien la influencia del nasserismo aparece en la literatura sobre el tema como parte de un recurso ideológico de activistas antiimperialistas, estudios recientes como el de Balloffet encuentran testimonios de un contacto entre los procesos desarrollados en Argentina y Egipto, consecuencia de las comunidades árabes radicadas en la Argentina en los años cincuenta.13
En los años sesenta, Perón creía en la posibilidad de formar una “alianza” con un conjunto de naciones con intereses relativamente comunes y opuestos a los de los dos imperialismos. Como buen realista, la variable ideológica era relativizada; incluía en este espacio al Tercer Mundo, a China y a Europa occidental, además de revalorizar las figuras de De Gaulle, Nasser y Mao. La posición internacional adoptada, así como el estilo de liderazgo, llevó a una reivindicación en la cual el componente nacionalista era central. Para Perón, el desalojo de los estadounidenses, las bases de la otan del territorio francés por parte de De Gaulle es “el primer acto de verdadera hostilidad europea a la penetración imperialista”.14 Las variables sistémicas y las locales estaban relacionadas. La propaganda peronista durante la visita del líder francés a la Argentina incluía la frase “De Gaulle - Perón - Tercera Posición”.15 Para Perón, la organización de los países del Tercer Mundo como entidad política constituía una forma de tránsito hacia un “Universalismo” del cual el Continentalismo constituía una etapa.
El discurso “tercerista” y “latinoamericanista” en los años sesenta evocaba nuevas realidades. Apoyándose en el supuesto de las similitudes de las luchas, desde la década de los sesenta, la reivindicación del Tercer Mundo y del no alineamiento condujo a un acercamiento a las disímiles expresiones del nacionalismo árabe. En un contexto caracterizado por el anticolonialismo, diversos actores sociales y políticos interpretaron un paralelismo entre las luchas antiimperialistas del Mundo Árabe y las de Latinoamérica. En los años sesenta, la Liga Árabe promovió en Argentina una campaña contra Israel y el sionismo, en la cual confluyeron una diversidad de expresiones del nacionalismo, desde la Guardia Restauradora Nacionalista hasta diversas expresiones de la JP. En esa mezcla se manifestaron consignas que iban desde “muerte a los judíos” hasta “Nasser y Perón, un solo corazón”. Desde su llegada como representante de la Liga Árabe en 1962, el tunecino Hussein Triki16 fomentó las relaciones con el peronismo y con los nacionalismos en general, que convergían en sus actos.17
Este período, que corresponde en gran medida al contexto de las proscripciones políticas y al exilio peronista (1955-1973), está caracterizado, principalmente en los ámbitos intelectuales y culturales argentinos, por la circulación de lecturas e interpretaciones de F. Fanon, las imágenes de la Batalla de Argel18 y las reivindicaciones de los líderes y las luchas anticolonialistas. Tanto Envar El Kadri como Jorge Rulli, personajes centrales de la Resistencia peronista, sostenían que esta tenía como modelo la estructura del FLN en tiempos de la resistencia antifrancesa. “Liberación nacional”, en ese entonces, formaba parte del nombre de organizaciones de la época, evocando luchas como la argelina. Rulli contaba que, siendo un adolescente, colaboraba con el FLN difundiendo su literatura en un espacio que esta organización tenía en la Asociación Cultural Siria.19 Rulli refirió en varias oportunidades que el modelo de lucha argelino había inspirado las primeras expresiones armadas del peronismo.20
No obstante, esta circulación de ideas, que propone una identificación con las luchas antiimperialistas, se entremezclaba con el ingreso a la Argentina de los llamados “franceses de Argelia”, expulsados tras la derrota del colonialismo en África del norte y el Extremo Oriente. La mayoría presentaba “un furioso anticomunismo y un catolicismo exacerbado”.21 Algunos fueron acogidos por el movimiento peronista, evidenciando una de sus singularidades más notorias: la ambigüedad ideológica.
Durante la Guerra Fría, la utilización de ciertos conceptos con “aire de familia” permitió la interpretación de realidades lejanas, habilitando un proceso de reconocimiento y atribución de similitudes que hace posible tanto la propagación de la rebeldía como su contestación a nivel global. Para el peronismo proscripto que se radicaliza, el surgimiento del nacionalismo se explica por la vía del colonialismo, que como para Nasser en los años cincuenta, tiene que ver con el curso de la Historia: “Hemos venido presenciando hace algunos años el crecimiento del nacionalismo no solo en nuestra región, también en varias partes de Asia y África. Las personas han despertado y nada puede aplacar el ascenso del nacionalismo y del progreso”.22
Tal como expresaron las Cátedras Nacionales de la Universidad de Buenos Aires entre 1968 y 1972, debido a la condición “semicolonial” de América Latina, la lucha de clases sociales debía comprenderse dentro de la contradicción entre el imperialismo y la nación. La autoconciencia del antagonismo de clase está supeditada a la autodeterminación del pueblo, y es en este esquema que adquiere sentido y relevancia lo nacional-popular. Este razonamiento los llevó a plantearse los diferentes modos de la relación entre clases sociales y nación: “Y ahí el esquema de la contradicción principal de Mao nos ayudaba, como también las líneas de Fanon, N’ Kruma, Sukarno y Nasser [...] El tema de que las sociedades no son inteligibles por sí mismas, sino en el marco de su relación con otras sociedades, eso también estaba ahí. Como el tema del predominio de la política y de que la economía no tenía en sí un desarrollo natural de las fuerzas productivas”.23
Un denominador común de los movimientos anticoloniales es el constituirse en actores revisionistas del status quo internacional aludiendo a pueblos oprimidos. Conforme a esta perspectiva, el pueblo, expresión de la nación, organizado políticamente, pugna por la emancipación nacional y social. Los “Pueblos”, sujetos de la Historia, son homologados a las naciones y se les reconoce un estatus, aunque este no sea necesariamente jurídico-político internacional. Característico de la época, el apoyo y el respaldo a todo movimiento de liberación devienen una constante; la reivindicación de la OLP, considerada como representante legítima del pueblo palestino, es el mejor ejemplo. La solidaridad con la constitución de un Estado Palestino y la reprobación de la política instrumentada por Israel sintetizada en la idea de la Palestina ocupada atraviesa las diferencias entre las organizaciones peronistas. En la misma coincidían, con matices, militantes de corrientes diversas como Guardia de Hierro, Comando de Organización y Montoneros, la principal organización político-militar peronista. Ahora bien, si el paralelismo entre la resistencia palestina y la del peronismo podía ser compartido, la reivindicación de la resistencia armada no necesariamente lo era.
La identificación con Arafat y el subrayado de las coincidencias ideológicas como la Tercera Posición, el nacionalismo laico y el antiimperialismo caracterizaron a las organizaciones político-militares peronistas. A principios de los setenta, el Mundo Árabe formaba parte de la política interna argentina. Rodolfo Galimberti,24 responsable de la Juventud Argentina para la Emancipación Nacional (jaen), viajó a Libia en julio de 1972 en busca de apoyos. En 1973, se dirigió al Líbano con el objetivo de recibir entrenamiento militar y establecer contactos con la OLP. Según F. Vaca Narvaja, uno de los principales dirigentes de Montoneros, en ese mismo año la organización ya había tenido relaciones con los palestinos.25 Al subrayar no solo las similitudes políticas e ideológicas con Al Fatah si no también estratégicas, hace referencia a una estructura movimientista y a un frente policlasista, para el cual el desarrollo de la acción armada de resistencia, era circunstancial y no una expresión ideológica partidaria
La importancia de la cuestión Palestina se reflejó en la dimensión cultural. En 1971, Jorge Giannoni produjo y dirigió, con la colaboración de Jorge Denti, el documental “Palestina, otro Vietnam”. Este documental fue resultado de su gira por Siria, Líbano y Jordania. En 1974, Rodolfo Walsh viajó al Líbano y estableció contacto con la revolución palestina. Escribió una serie de artículos para el diario Noticias, diario de información general impulsado por Montoneros, abordando el tema del sionismo y la resistencia palestina, lo que le permitió reflexionar sobre la relación entre política y guerra. La denuncia de la represión israelí solía aparecer en la cobertura de dicho periódico.26 Durante su visita, Walsh estableció contacto con el dirigente palestino Abu Hatem. En otra escala, en la ciudad de Rosario, se propuso en 1974 y se aprobó en 1975 la nominación de una calle en honor a Palestina. El proyecto fue presentado por Néstor Suleiman al Concejo Municipal y recibió el apoyo de concejales del peronismo.27
Actor importante en la comunidad árabe argentina, el recorrido de Suleiman ilustra sobre este período. El recurso a la historia de vida como búsqueda y construcción de sentido a partir de hechos temporales personales, implicando un proceso de expresión de la experiencia,28 revela su utilidad como herramienta metodológica. La dimensión transnacional de las circulaciones, lejos de reducir el análisis a un punto de vista global implica también un nivel local.
Profesor de Ciencias Sagradas y Filosofía, docente en escuelas medias y columnista en distintos medios, Suleiman se ha dedicado a difundir la causa de los nacionalismos árabes subrayando su articulación con el peronismo.29 Fue fundador del Centro Cultural Argentino-Iraquí en 1988 y de la Escuela República de Irak en la provincia de Santa Fe en 1989 y secretario general de la Confederación de Entidades Argentino Árabes. Instituido en articulador político-cultural, desde los años setenta, su trayectoria militante es un ejemplo de la circulación transnacional de ideas y prácticas políticas entre el Mundo Árabe y la Argentina. En noviembre y diciembre de 1975, viaja a Siria, Irak y Líbano y se pone en contacto con las organizaciones palestinas, entre ellas el Frente Popular para la Liberación de Palestina (FPLP), el Frente de Liberación Árabe (FLA) y Al Fatah. Como militante peronista - confiesa el “Turco”, como lo apodan- “no se trataba, simplemente, de quedarme a ver cómo eran los movimientos de tropas irregulares” en Beirut, donde vivía, sino que “participaba de las tareas administrativas y de la logística de los grupos con los que estaba conviviendo”. En su relato subraya la continuidad con la tarea comenzada por un referente de la resistencia peronista devenido mítico: “antes de mí, había estado Envar el Kadri haciendo un trabajo de organización del archivo de América Latina del FPLP”.30
Posteriormente, Suleiman participó en distintas actividades en Siria, Irak, Líbano, Argelia, Jordania, Marruecos, Sahara Occidental, Mauritania y Libia. La necesidad de que el peronismo tomara una posición activa en el ámbito internacional sobre la cuestión árabe y los contactos con la comunidad islámica en Argentina fueron parte de una obsesión que atravesó performativamente su trayectoria militante.31 Detenido en 1976, en 1977 es arrestado nuevamente. Liberado viaja al Brasil donde se vincula a la embajada de Irak y a la comunidad palestina residente en Rio de Janeiro. Tras el retorno de la democracia fue asesor del Ministerio de Educación (1984) y de legisladores provinciales (1985-2006); coordinador del Bloque de senadores Justicialista de la delegación Rosario (2006-2016) y representante del Partido Justicialista Departamento Rosario en la Mesa Interpartidaria de Relaciones Internacionales (2018-2021). Su actividad militante se destacada por su protagonismo a nivel nacional en los comités de apoyo a Irak durante las Guerras en el Golfo.
El nacionalismo árabe fue reivindicado en general por todas las corrientes del peronismo. Sin embargo, aunque la identificación aparece estrechamente ligada al peronismo, no es posible reducirla al marco de dicho movimiento. Diversas organizaciones guiadas por el ideario antiimperialista encontraron en los nacionalismos árabes una orientación que tuvo mayor influencia en los sectores jacobinos. El término32 se utiliza aquí para conceptualizar ese espacio “social” característico de los años sesenta y setenta que se expresa en grupos intransigentes partidarios de un Estado centralizado e intervencionista, para los cuales la movilización que busca liberar un territorio de una ocupación extranjera mediante la institución de procesos nacionales-revolucionarios, no puede ser disociada de la existencia de un enemigo interno. Desde esta interpretación, la corriente jacobina va más allá de Montoneros y de las diferentes organizaciones que se reivindican de la tendencia revolucionaria, trasciende las fronteras de la Izquierda Nacional y abarca parte de lo que se conoce como la Nueva Izquierda argentina y, aunque tiene predecesores en la Izquierda Nacional, constituye un fenómeno político diferente. En esta corriente podemos encontrar, entre otras organizaciones, a las Fuerzas Armadas de Liberación (FAL), al Peronismo de base (PB) o expresiones diversas de la Juventud Universitaria Peronista (JUP), al Frente de Izquierda Popular (FIP), al Movimiento Patriótico de Liberación (MLP) y al Movimiento Todos por la Patria (MTP) en los años ochenta y Patria Libre y Quebracho en los años noventa.
Lo que caracteriza a los sectores jacobinos como fenómeno político, diferenciándolos, en parte, del resto de la “Nueva Izquierda” latinoamericana, no es la valorización de la lucha armada, sino un dinamismo ideológico y cultural original dado por el nacionalismo. Este dinamismo asocia la cuestión nacional con la cuestión social expresando a través del conflicto el reconocimiento de una forma sui generis de lucha de clases en un marco de reivindicación patriótica antiimperialista, claramente inserto en la dicotomía peronismo-antiperonismo.
Los jacobinos33 llevaron al extremo las tensiones y contradicciones ideológicas propias del peronismo histórico, intentando resolverlas a través de una voluntad política que llevaba al paroxismo el estatismo, el centralismo y el igualitarismo inspirado por el populismo contestatario en Argentina. Si bien el peronismo puede considerarse portador de una forma de jacobinismo en potencia, su fundador no lo era, aunque así lo consideraran ciertos sectores conservadores. Perón era un hombre “de orden” pero no necesariamente “del orden” y rechazaba la acción agitadora, componente prioritario en el jacobinismo.
En la mirada del Mundo Árabe por parte de los sectores jacobinos se reflejan sus representaciones políticas y estratégicas. Estos sectores enfocaron su acción y su discurso en el carácter nacional del socialismo, la dimensión latinoamericana de la cuestión nacional y el antiimperialismo, disociando la nación de la burguesía y estableciendo, en su lugar, un vínculo entre la nación y el socialismo concediendo una importancia capital a las especificidades de cada país y a la dicotomía nación-imperio como contradicción principal. La valorización y la reivindicación de los procesos de liberación de los países oprimidos se traduce en el apoyo a toda lucha nacional ‒ya sea socialista en el sentido marxista o no‒; solidaridad que participa de una estrategia antiimperialista y anticolonialista.
TERCER MUNDO Y NO ALINEAMIENTO
El imaginario generado en los años sesenta terminará siendo parte del tercer gobierno peronista, influyendo en su política exterior. En los años setenta, el Mundo Árabe, que no figuraba en el menú de opciones de la política estatal de los primeros gobiernos peronistas, es concebido como un espacio importante para la inserción internacional. La utilización de los lenguajes del no alineamiento y de la solidaridad Sur-Sur en el contexto de la Guerra Fría formatearon la política exterior que caracterizó al tercer gobierno peronista (1973-1976) permitiendo fortalecer los lazos con algunos países árabes.34
El intento de ampliación de los horizontes diplomáticos al Mundo Árabe, la creación del Instituto del Tercer Mundo de la Universidad de Buenos Aires (1973-1974) y la incorporación al Movimiento de los países no alineados, fueron sus expresiones más acabadas. Destinada a durar, la asociación mecánica entre Tercer Mundo y no alineados se instala.
La firma del primer proyecto de convenio comercial con Libia basado en el intercambio de petróleo por productos agropecuarios y la misión a ese país encabezada por José López Rega en enero de 1974, constituyeron actos de gobierno publicitados. El vínculo con Kadhafi nos habla de la ambigüedad de estas relaciones. En la causa judicial que investigaba a la Triple A, de la que López Rega fue fundador y jefe, se le imputa haber negociado con Libia la provisión de armas, halladas en Bienestar Social después del golpe militar de 1976. Por otra parte, en la Cámara de Diputados funcionó una comisión que investigaba el eventual, pero poco probable, entrenamiento en Libia y Argelia de los custodios de López Rega.
Un buen ejemplo del peso del imaginario del Mundo Árabe en la construcción identitaria del peronismo en los años setenta fue la creación del Instituto del Tercer Mundo “Manuel Ugarte”. Los miembros del Consejo Directivo y la dirección ejecutiva estaban formados por exmiembros de las cátedras nacionales. Friedemann señala que
La resolución que creó el Instituto fue fundamentada a partir de la necesidad de fortalecer la lucha de los pueblos del tercer mundo por su liberación, la vinculación con los movimientos nacionales de América Latina, África y Asia, y la construcción de la definitiva unidad latinoamericana, propuesta que enlazaba iniciativas llevadas adelante por el primer gobierno peronista a las que se aludía en la resolución, junto con los tempranos postulados de Manuel Ugarte.35
El Instituto no se reducía a la formación militante antiimperialista. De corta vida, tenía como objetivo primordial crear lazos de cooperación y fomentar el intercambio mediante la circulación de ideas entre los movimientos nacionales de liberación del Tercer Mundo. El Instituto y sus actividades reflejaban claramente la reivindicación de un nacionalismo cultural que pensó la dependencia no solo en términos económicos y políticos, sino que insistió en la necesidad de desbaratar los dispositivos ideológicos heredados de la colonización, anticipando así la crítica epistemológica al discurso colonial que se instaló con los trabajos de Edward Saïd, fundamento de los estudios poscoloniales. En este marco se formó una biblioteca y una cinemateca para la difusión cultural de estos movimientos en la Argentina y se realizó la firma de un convenio con la Embajada de Libia para la traducción y difusión de los escritos de Kadhafi en la Argentina y de Perón en Libia y otros países árabes.36
La Cinemateca del Tercer Mundo, dependiente del Instituto y dirigida por Giannoni en 1974, jugó un rol importante en la difusión del cine árabe, componente central del tercermundismo cinematográfico. Argentina participó a la creación de un Comité de Cine del Tercer Mundo y del encuentro en Argel en diciembre de 1973, organizando el de Buenos Aires en mayo de 1974.37
En los años setenta, la larga búsqueda de una pertenencia identitaria iniciada en la posguerra da la impresión de estar resuelta. En el imaginario peronista, la Tercera Posición aparece como un elemento simbólico y fundador de la emancipación y de la autonomía política de las periferias. La Tercera Posición es percibida como la expresión ideológica de un Tercer Mundo, del cual Perón es uno de sus líderes fundadores. Para todas las corrientes del heterogéneo movimiento peronista, la Tercera Posición formaba parte de la mirada larga del estratega que reconocían en Perón, el “timonel” capaz de comprender la relación de la política con la guerra, en este caso de liberación. Si bien la Tercera Posición implicaba equidistancia política, el grueso del movimiento -y Perón mismo- evidencian, con respecto a los sectores “jacobinos”, una diferencia en el sentido de pertenencia identitario que se expresa por un lado en el contraste entre “rechazo” al comunismo y la “crítica” a una determinada forma del capitalismo y, por el otro, en la adscripción sin ambigüedades al Occidente cultural. Los sectores radicalizados, reivindicando la existencia de un ethos diferente del occidental, se esforzaron por mostrar la incompatibilidad inherente entre la cultura nacional y “Occidente”. Si bien reconocían que el Tercer Mundo no era uno, sino que constaba de naciones y pueblos formados por culturas muy diferentes que habían alcanzado niveles variados de desarrollo técnico, económico y cultural, la situación de humillación y de sumisión los unificaba en el espíritu de rebelión.
Para el peronismo, la construcción de una identidad tercermundista poseía un componente estratégico. Así, para el Instituto del Tercer Mundo, la declaración de Belgrado de los Países No Alineados plantea un “período de transición de un pasado equilibrio de dominación a un futuro equilibrio de cooperación entre las naciones, basado en la libertad, igualdad y justicia social”.38 La resistencia al imperialismo establecía un denominador común identitario de un espacio, el Tercer Mundo, con rasgos muy diversos unificados en la resistencia anticolonial. Su referencia política es el Movimiento de Países no Alineados; su expresión, las múltiples luchas revolucionarias. La indiferencia frente a la URSS, no así frente al marxismo, reforzaba la tesis de los dos imperialismos, tradicional en el peronismo. Para los jacobinos, el modelo soviético y el alineamiento correspondiente nunca constituyeron una opción. Las organizaciones político-militares peronistas tendieron a considerar a la URSS como un imperialismo, por lo que sostuvieron una posición antiimperialista en política internacional, en la línea tradicional del peronismo.
En un contexto de radicalización del escenario internacional caracterizado por la descolonización del sudeste asiático, la disgregación de la política colonial portuguesa en África y el conflicto en Medio Oriente, Argentina ingresó como miembro pleno del movimiento en la IV Conferencia de Países no Alineados realizada en Argel entre el 29 de agosto y el 15 de septiembre de 1973. Expresando la heterogeneidad del gobierno de la época, en la delegación conducida por sectores de la “derecha” peronista participaron miembros del Instituto M. Ugarte.39 La puja respecto al significado de la Tercera Posición no se tradujo en discrepancias sobre el ingreso al movimiento.40
En la Conferencia se leyó un mensaje de Perón que ponía el acento en el anticolonialismo en relación con el caso Malvinas y en el cual el presidente argentino presentó a la “Tercera Posición” como antecedente del “no alineamiento”.41 Unos meses antes, en su discurso al Congreso de la Nación del 1o de mayo de 1974, había expuesto ideas que inscribían el proyecto nacional en la historia del movimiento de No Alineados.
El peronismo reivindicaba la paternidad de los no alineados percibiéndose como basamento ideológico de la Conferencia de Bandung.42 Los principios fundacionales del movimiento de no alineados -coexistencia, descolonización, neutralismo activo, rechazo de las políticas de bloques militares y la búsqueda, a partir de una visión propia de los problemas mundiales, de un conjunto de principios de política internacional que diesen seguridad a sus Estados y que les permitiesen alcanzar una participación relativa en el sistema mundial-, serían propios a la Tercera posición justicialista. No alineados implicó una tentativa de interpretación del sistema internacional desde las periferias con una perspectiva que resguardara los diversos “intereses nacionales”.
El conflicto al interior del peronismo entre la “ortodoxia” y la “tendencia revolucionaria” no se expresó en la adhesión a las posiciones del movimiento de no alineados. La coherencia en relación con el Movimiento se mantuvo hasta el golpe militar de 1976 independientemente de los cambios en el gobierno peronista. El ingreso coincidió con la hegemonía afroárabe resultado de las consecuencias positivas de la crisis energética para los países exportadores de petróleo. La “Argentina peronista” intentó reforzar la presencia latinoamericana impulsando, por el reclamo de soberanía territorial en Malvinas y en la Antártida, una agenda distinta a las de los países árabes. Expresó reservas en cuestiones centrales para el bloque árabe como el ingreso de la OLP como miembro pleno, la condena de las políticas de Estados Unidos e Israel y la consideración del “sionismo” como una forma de racismo. La lógica anticolonialista y antirracista imbricada en la percepción de los no alineados de los casos paradigmáticos de Palestina, Sudáfrica, Sahara occidental y Namibia no aparece en la consideración de Malvinas.
CIRCULACIÓN TRANSNACIONAL Y SOLIDARIDADES DURANTE LA DICTADURA
Durante la dictadura (1976-1983), el asilo en países árabes y el papel de las Embajadas, como la de Argelia, en la protección de militantes, reafirmaron los vínculos.43 Aunque la circulación trasnacional y la consolidación de redes durante la dictadura trascendieron los contactos de Montoneros, la relación de la organización político-militar argentina con la OLP marcó definitivamente la coyuntura. La foto de 1977 que mostraba a Arafat rodeado por Firmenich y Vaca Narvaja constituyó un gesto mediático, que expresa otro momento de un proceso iniciado en los años sesenta.44 Para Montoneros, esta operación comunicacional tenía como objetivo situar a la organización en el plano internacional, legitimándose a partir del prestigio de la OLP.
La existencia del vínculo es ampliamente conocida tanto por la difusión que en su momento tuvo la fotografía como por las apreciaciones que al respecto realizaron referentes de la organización. Montoneros difundió la foto resaltando la reunión como un logro internacional. Estas relaciones se inscriben en el marco de solidaridades “ideológicas” que cargan con un sentido estratégico. La acción de resistencia es a la vez global en su significado y localizada en su expresión.
El respaldo entre organizaciones político-militares es una característica común en los conflictos de la Guerra Fría. Vaca Narvaja reconoce la colaboración de los representantes palestinos, en particular en las relaciones con la Social Democracia, y hablando de “hermanos” equipara la relación a la mantenida con actores políticos latinoamericanos.45 El vínculo con la OLP continuó a través del adiestramiento militar en los campamentos de Al-Fatah en el Libano, como parte de la preparación de la contraofensiva de 1979 y el acuerdo de cooperación que permitió a Montoneros instalar una fábrica de explosivos plásticos en territorio libanés. Este período se caracterizó por constantes denuncias tendientes a equiparar a las organizaciones político-militares argentinas con el “terrorismo” de la OLP. En una conferencia de prensa el Comandante del Tercer Cuerpo de Ejército, General Cristino Nicolaides, se refirió a los militantes montoneros como “criminales terroristas asignados a la tarea de desestabilización del gobierno” que habían “sido especialmente adiestrados en el Líbano”.46 En septiembre de 1978 circuló en la prensa un comunicado en el que se afirma que “la OLP entrena y suministra armas” a la guerrilla en Argentina,47 idea que persistió hasta entrados los años ochenta.48 Estas afirmaciones contribuyeron a deslegitimar a ambas organizaciones en Argentina. La relación entre Montoneros y la OLP fue mitificada tanto por los apologistas de la organización político-militar como por sus detractores; estos últimos buscaron subrayar su carácter terrorista. Incluso hasta la actualidad persiste la creencia de que Montoneros tuvo responsabilidad en acciones de la OLP en Israel, algo que es poco probable dado el tipo de acciones armadas de la época, en gran parte de carácter suicida. Los testimonios evocan solamente el entrenamiento de algunos cuadros en el Líbano para la “contraofensiva” de 1979.49 En términos generales, los trabajos periodísticos sobre la relación entre las dos organizaciones son escasos.50 La cuestión se instaló como un mito en las militancias peronistas. En ese período, los cuadros políticos extranjeros en contacto con organizaciones de la resistencia palestina en Líbano solían recibir entrenamiento militar.
La causa palestina desempeñó un papel importante en la divulgación de la crítica al sionismo al interior de los peronismos. En las solicitadas de apoyo, podían converger los diversos sectores del movimiento. La calificación “Estado sionista” se convirtió en una categoría “despectiva” recurrente hasta finales de los ochenta. Sin embargo, es importante señalar que, si bien el discurso podía contener elementos propios de la tradición del antisemitismo de “izquierda”, o de “derecha”, como las referencias a las teorías del complot, las sinarquías o las plutocracias, la crítica al sionismo no puede ser equiparada al antisemitismo convencional.51 Si bien puede constituir un eufemismo para referirse al antisemitismo tradicional presente en gran parte del nacionalismo argentino, lo que dificulta la inscripción de la problemática en un eje derecha-izquierda52 responde a otra lógica. En los años setenta, los postulados antisemitas de organizaciones como la JP de la República Argentina, la Concentración Nacional Universitaria o el Comando de Organización, así como los que expresaban publicaciones como Patria Peronista, El Caudillo y libros como Argentina judía,53 poco tenían que ver con la crítica al sionismo presente en gran parte del peronismo setentista. En dichos postulados coincidían con la revista Cabildo expresión del nacionalismo integrista antiperonista.54
REFUNDACIÓN IDENTITARIA, DEMOCRACIA Y CONFLICTO
Los años ochenta marcaron un cambio político significativo en América Latina; la transición democrática se instala como una bisagra entre las dictaduras militares del pasado y la consolidación de las democracias. Estos cambios se reflejaron en las formas en que se comienzan a abordar y expresar los conflictos sociales. En este contexto, el nacionalismo árabe continuó contribuyendo a la construcción de la identidad del peronismo, aunque con diferencias con respecto a la coyuntura anterior. Ante la derrota en 1983 y la emergencia del sector de la Renovación dentro de las filas del movimiento peronista, diversos grupos encontraron en la identificación con figuras representativas del Mundo Árabe una manera de diferenciarse tanto del marxismo soviético como de la socialdemocracia asociada al triunfante alfonsinismo que se presentaba como garante de la transición democrática en Argentina.
Este período fue caracterizado por una crisis identitaria en el peronismo: lo viejo estaba muriendo y lo nuevo aún no podía surgir. La voluntad de reposicionar el peronismo en la democracia liberal implicó un momento de rupturas que se inscribe en una tradición peronista, la de abandonar las estructuras orgánicas y la afiliación al Partido Justicialista, percibido como un obstáculo, pero sin renunciar a la identidad peronista y a su simbología.
La descomposición del modelo movimientista55 se expresaba en la disputa entre “ortodoxos” y “renovadores”, que se convirtió en una nueva línea de división dentro del heterogéneo universo peronista. Los “renovadores” procuraron resignificar conceptos fundamentales del peronismo, intentando adaptarse al nuevo contexto de democratización posdictadura. Este espacio se orientaba más hacia la ciudadanía como principio ordenador que hacia el pueblo y los conflictos de clase, centralizando las acciones políticas en prácticas de consolidación de las instituciones democráticas, y dejando de lado las posiciones antagonistas con las élites políticas. Aunque percibido por una gran parte del peronismo como una categoría del “pensamiento colonial”, según se ilustra en publicaciones como Línea, Jotapé o Marcha que expresaban proyectos distintos, el alfonsinismo,56 como modelo político, condicionó a una parte importante de la dirigencia peronista “renovadora”.
Los debates en esta época son ideológicos y se centran en la relación del peronismo con la revolución y la democracia liberal. El volumen de artículos y panfletos que mencionan la equidistancia entre “derechas” e “izquierdas”, o reafirman la Tercera Posición, reflejan el temor a una transformación ideológica del peronismo que tiene más que ver con la socialdemocracia que con el marxismo-leninismo como en la década anterior. Este intento de asimilación fue resistido y la Internacional Socialista percibida y denunciada como “colonial”. Un ejemplo de esta percepción se encuentra en el libro de F. Chávez, publicado en 1984, Social democracia ¿por qué?57 En este marco algunos sectores del peronismo apoyaron al Frente de Izquierda Popular movilizados por su lema “Nacionalismo popular, Socialismo criollo”, en contraposición a una renovación percibida como “liberal”.
En ese contexto, el imaginario del nacionalismo árabe forma parte de los debates. Así, el periódico Comunidad peronista, por ejemplo, recurría a figuras como Saddam Husseim y Yasser Arafat para justificar su crítica a la socialdemocracia y denunciar al imperialismo. La equidistancia de los imperios seguía organizando la visión del mundo de un peronismo en crisis:
Con el tiempo, en el seno del movimiento de los no alineados fueron participando países de repentina descolonización y con buenas relaciones con la URSS (...) Pero no se hizo esperar la reacción de los terceristas, que en distintos congresos mantuvieron altas las banderas del no-alineamiento, disputando a los pro-soviéticos la hegemonía del movimiento que representa a todo el Tercer Mundo, inspirado por la doctrina de la tercera posición lanzada por Perón a fines de la década del 40.58
Por su parte, el Comando de Organización colabora con el armado de la Juventud Argentino Árabe por la Liberación de Palestina (JAALP). Brito Lima, director del Comando, era amigo de Abdala Othman Abdala, que a su vez era secretario general de la JAALP y director de la revista La Voz de Palestina, un espacio ligado a la Liga Árabe.59
En los años ochenta, se observa una nueva relación significativa entre el peronismo y el Mundo Árabe, atravesada por una dimensión afectiva que surge de la asimilación de la cuestión de las Malvinas con la causa palestina. Esta comparación es recurrente y trasciende al propio peronismo. En este sentido, las publicaciones del Comité Argentino de Solidaridad con el Pueblo Palestino subrayan el sentimiento compartido por las luchas de liberación contra el colonialismo. Es frecuente encontrar consignas como “Apoyando a Palestina defendemos las Malvinas” o “Con Malvinas y Palestina hacia la unidad nacional argentina” y afiches con el mapa de ambos territorios en paralelo, que constituyen un clásico de la época.
El significado de Malvinas que alimenta esta lógica es puesto en evidencia por Horacio González, actor e intérprete de la Argentina posterior a 1955. González, uno de los más lúcidos representantes de las cátedras nacionales, enlaza la lucha por la recuperación de las Islas con la reinterpretación de la historia moderna a la luz de una crítica al colonialismo y una reescritura de la historia misma de Latinoamérica.60 En los años ochenta todavía, la institución de una misma lucha sería consecuencia de una enemistad común. Las relaciones de dominación que Occidente mantenía con el Mundo Árabe-Musulmán no serían muy diferentes de las que se producían en América Latina. El carácter de enemistad articula lo local y lo global, lo interno y lo externo. El enfrentamiento con el enemigo común, el imperialismo, estaba condicionado por experiencias desarrolladas en geografías variadas, percibidas como parte de un mismo proceso histórico. Una serie de cantos o eslóganes presentes en las manifestaciones de la época ilustran esta idea:
“Malvinas, Palestina, la lucha no termina”,
“Judíos, yanquis, ingleses, los mismos intereses”.
La comparación entre las Malvinas y Palestina profundizó el rechazo al sionismo, asimilado al racismo, y generó posiciones divergentes y antagónicas no sólo en relación con la “cuestión judía”. Nuevamente sectores que se identificaban con la “izquierda peronista” o con su supuesta oposición, la “ortodoxia peronista”, coincidían en apoyar la causa palestina. Las reflexiones de R. Walsh sobre Palestina de la década anterior, publicadas en diferentes revistas, forman parte de los debates de la época, no solo en los sectores que se consideraban herederos del “peronismo revolucionario”.61
En los años ochenta, la consigna “Ni sionista ni masón en la Patria de Perón”, una actualización de un cántico de los años setenta que decía: “En la patria de Perón, ni judío ni masón”, ilustra sobre la perennidad de viejas representaciones. Las referencias a las teorías del complot o a las sinarquías características del ciclo anterior continúan presentes. Ligadas al anticolonialismo, nuevas problemáticas se instalan entre los militantes peronistas, algunas de forma progresiva, como la reivindicación de la lucha del Frente Polisario, y otras de forma abrupta, como la reivindicación de la soberanía de Irak sobre Kuwait en 1990.
A diferencia del ciclo anterior, la centralidad no está dada por las organizaciones político-militares, inexistentes en una democracia despojada de toda dimensión agonal donde la guerra no era más la continuación de la política, sino por las características de las políticas públicas y la proyección internacional de ciertos Estados imbuidos de un mesianismo revolucionario. Libia es el mejor ejemplo de ello. La guerra de Malvinas constituyó un hecho decisivo para consolidar el prestigio de ese país en el peronismo. Cuando se produce la recuperación de Las Malvinas, Khadafi, a través de la embajada de Libia, ofreció apoyo al gobierno argentino en su lucha (percibida, tanto por el líder libio, como por la casi totalidad del peronismo, como antiimperialista). La revista Marcha destaca una diferencia importante: el apoyo, no al gobierno como gobierno, sino a la Nación y el pueblo argentino: “Cuando se le pregunta al Coronel cuál iba a ser el costo de la ayuda, él responde: a un país que está luchando por la liberación no se le puede cobrar nada”.62
Identificada con el socialismo nacional y el Tercer Mundo, la reivindicación de la figura de Kadhafi es una característica de la época. Instituido en elemento aglutinador de un Tercer Mundo devenido un mito movilizador menos asociado a reivindicaciones concretas como el Nuevo Orden económico internacional de los años setenta, Kadhafi aparece como un relevo generacional de causas de los años sesenta y setenta. Su “mesianismo revolucionario”, en general, y las acciones de las embajadas en particular, contribuyeron a la construcción de este imaginario. Al igual que en el caso de Nasser, el carácter militar de un líder imbuido de nacionalismo antiimperialista y promotor de la justicia social facilitaba la comparación recurrente con Perón.
En esta reivindicación siguen convergiendo sectores políticos diversos con proyectos antagónicos. En 1983, G. Terrera publica Perón, Khadhafi y Yo, un texto destinado a establecer paralelismos y coincidencias doctrinarias no solo con el movimiento peronista, sino también con su génesis : la revolución de 1943.63 En 1984, la revista Línea asume la defensa de Kadhafi frente a las críticas formuladas por H. Kissinger durante un encuentro con dirigentes peronistas renovadores en el marco de su visita a la Argentina.64 En revistas leídas por militantes peronistas como Primera Plana, segunda época, se destacan los logros del régimen libio en términos de sus “bases democráticas” y de búsqueda de “justicia social”, significantes privilegiados del peronismo.65 Dicha publicación desarrolla claramente una línea de compromiso con las temáticas árabes. En esta coyuntura, el líder libio trasciende el peronismo e interpela a sectores del “progresismo”. En un reportaje para El periodista señala que “la revolución en América Latina habrá de sobrevivir porque es el único camino de los pueblos, de las masas para su liberación. Las revoluciones en América Latina deben dar pasos profundos hacia el verdadero poder de las masas, son ellas las que deberán gobernar si toman las decisiones, no sus mal llamados representantes”.66
Al igual que en el período anterior, la identificación sigue operando básicamente con discursos, símbolos, mitos, fábulas y leyendas. Aunque hay un nivel “material” representado por prácticas políticas en Libia, asimilables a una representación del mundo “nacional-popular”, el paralelismo es principalmente un “deseo” de círculos militantes peronistas más que un dato emergente o un conocimiento de los procesos sociales y políticos. Para los militantes peronistas, el mantenimiento del grado de coronel por parte de Kadhafi evidencia su relación con los sectores bajos de la oficialidad. El discurso de la Tercera vía y la Tercera posición justicialista, así como la organización social que surgía del Libro Verde, evocaban tanto a las unidades básicas peronistas como a un ejercicio del poder apreciado por muchos peronistas, fundado en la democracia participativa. Pero también evocaban una concepción corporativa de la sociedad a través de congresos populares, comités, sindicatos, federaciones y asociaciones profesionales.
La idea de la “Tercera Teoría” propuesta por Kadhafi, en la que solo las masas pueden realizar la democracia a través de su participación directa ‒la “era de las masas”‒67 es asimilada a la noción de la “hora de los Pueblos” enunciada, años antes, por Perón. Dicha interpretación es acompañada por la crítica tradicional en el peronismo a la representación política subyacente en la idea liberal de la democracia representativa.
El libro Verde, que circulaba en sectores más amplios que aquellos interesados en la causa árabe, ocupó un lugar central en la asimilación de la figura del coronel libio a la de Perón. En el año 1983 se desarrolló en Benghazi, Libia, el Primer Simposio Internacional sobre el pensamiento de Moammar Al Gadahafi, al que asistieron militantes latinoamericanos. Suleiman expuso sobre “La Tercera Teoría Internacional: el pensamiento y la práctica”, un trabajo en el que relaciona la Tercera Posición peronista con la Tercera Teoría Internacional de Khadafi.68 En ese mismo simposio participaron, junto a artistas como el poeta palestino radicado en Córdoba Juan Yacir y periodistas de Tiempo Argentino, dirigentes ligados al nacionalismo argentino como Horacio Calderón y Alberto Assef.
La figura de Kadhafi actualiza elementos presentes en la identificación de los peronismos con los nacionalismos árabes. Esta identificación busca principalmente motorizar las expectativas para intervenir en el horizonte de experiencia política local, enriqueciendo los sentidos de una lucha antiimperialista con una perspectiva más planetaria arraigada en una estética periférica. La noción de una “línea histórica” transnacional en la que se confunden líderes carismáticos diversos desde Nasser a Torrijos, desde De Gaulle a Castro participa de la forma tradicional de construcción de legitimidad del peronismo, buscando avivar la identificación y legitimar un lugar en la historia presente.
Una entrevista en la revista Marcha evidencia esta conexión. En ella se destaca la importancia del pensamiento de Nasser: “fue prácticamente el primero que en el Mundo Árabe levanta la bandera de la unidad”, algo que ya había sido atisbado por Perón en América con la unidad de los pueblos del Tercer Mundo. Kadhafi -continúa- “pone a Perón a la altura de Nasser, lo cual es mucho decir para un árabe”. Tras la muerte de Nasser, la política egipcia “da un vuelco” al realizar un convenio con Israel dejando de lado los intereses del Mundo Árabe “y se constituye en un régimen complaciente”.69 En este contexto, el líder libio ocupó ese lugar vacante.
Kadhafi solía recordar que antes de 1969, en Libia se hablaba de una independencia inexistente, un tema recurrente del peronismo: la “segunda independencia”. Sostenía que “Nasser fue un gran luchador a favor de la paz y la unión de los países árabes. Él participó, vivió esta realidad. La interpretó. Conocía profundamente nuestras naciones. Influenció, sin duda, en los jóvenes. Sus frutos se recogen hoy”.70 En 1986, la posición de los diversos sectores frente a los bombardeos estadounidense en Libia evidenciaba la grieta al interior del peronismo: la conducción del ala Renovadora se mantenía en silencio, mientras que las Juventudes Universitarias y el Peronismo Revolucionario coincidían con Línea Nacional y las organizaciones sindicales en un repudio del que participaban las militancias.
EL DESORDEN GLOBAL, EL FIN DE UN CICLO
A principios de los años noventa, la defensa de Irak y de la figura de S. Hussein en el marco de la Guerra del Golfo relanza la relación con el Mundo Árabe. En este conflicto participó el gobierno peronista de Carlos Menem71 rompiendo no solo con la tradición neutralista argentina de la cual formaba parte el peronismo, sino también con las identificaciones anteriormente gestadas. En el marco de la relación con los Estados Unidos, Menem, tras participar en la cumbre de 1989 en Belgrado abandonó los No Alineados y desmanteló el proyecto de misil Cóndor ii que fabricaba la Argentina y que, financiado en parte por Irak, tenía supuestamente a Libia como uno de sus destinatarios. La intervención en la guerra como acto de alineación con los Estados Unidos fue percibido como una traición en las filas internas del movimiento y sectores disidentes aprovecharon para articular una crítica al gobierno, solidarizándose con el “Pueblo árabe agredido” por el imperialismo.
Alrededor de este espacio, que buscaba consolidar una nueva identidad a partir de la oposición al proyecto menemista, confluían sectores diversos de la izquierda como el Partido Intransigente, el Partido del Trabajo y del Pueblo o el Partido Comunista con los peronistas díscolos. El sindicalismo, en particular la Asociación de Trabajadores del Estado, participó activamente. Así, en Rosario, sus instalaciones fueron utilizadas para actos de apoyo al pueblo iraquí. La mayoría de estos actos solían estar enmarcados con fotos de Saddam Hussein y Juan Perón en uniforme y a caballo, enfatizando en el imaginario militante el paralelismo entre ambos líderes. Malvinas como clave de lectura también opera en este sentido: consecuencia del colonialismo británico, la recuperación de Kuwait constituía un acto de soberanía. La embajada de Irak en Argentina fomentó el paralelismo entre el Baath y el peronismo. La distribución de publicaciones, editadas para el mundo hispano parlante, acentuaban temas valorados por el imaginario peronista tradicional.
El fin de la bipolaridad y el auge de la globalización como proceso e ideología generaron el final del ciclo de la política épica. En América Latina, el neoliberalismo encontró su equivalente en el integrismo en el Mundo Árabe-Musulmán. Los nacionalismos defensivos modernizadores para los cuales la justicia social era inescindible de la autodeterminación de los pueblos correspondían a una época terminada. A diferencia de sectores de la izquierda europea que creían que el componente religioso podía ser abandonado en favor de la emancipación social y nacional, el repliegue identitario ligado al integrismo islámico como contestación al Occidente no fue reivindicado por el peronismo. El “mundo” musulmán, marcado por el fundamentalismo, y encerrado en sí mismo, carece de elementos seductores para un movimiento que busca ser “moderno” y “laico”. En un sistema internacional mucho más heterogéneo, la equivalencia de las sociedades tercermundistas es menos evidente y la utopía de una construcción colectiva transnacional basada en un nacionalismo defensivo está ausente. La solidaridad del ciclo anterior era posible gracias a narrativas de “Nosotros” y el “Otro” (los Estados Unidos) profundamente modernas. A fines de los noventa, la reivindicación de la causa árabe, reducida a la cuestión palestina, se limita a agrupaciones como el Frente de la Resistencia o Quebracho que se perciben herederos del peronismo revolucionario.
El derrotero de la revolución iraní complicó las interpretaciones. El sentimiento antiimperialista que inspiraba no logró seducir completamente a militantes desconcertados frente a la guerra Irak-Irán, quienes en general desconocían las dinámicas internas en el Mundo Árabe-Musulmán y los intereses geopolíticos antagónicos inscriptos en temporalidades largas. La presencia “persa” en América Latina de la mano del chavismo a principios del siglo XXI no se tradujo en un cambio en la mirada. En el contexto del desorden global, el peronismo encuentra dificultades para identificarse con los procesos que ocurren en el Medio Oriente. En términos generales, la condena o la indiferencia frente a Al Qaeda y al Estado Islámico puede acompañarse de una percepción positiva de Hezbollah debido a su asociación con la causa palestina.
La inserción internacional de los neo-populismos contestatarios72 no implicó cambios significativos hacia la región. En noviembre de 2008, Cristina Kirchner visitó Libia en el marco de una gira por el Magreb. Allí reivindicó la relación Sur-Sur y trazó un paralelo personal con Khadafi al decir: “Yo también, al igual que el líder de la nación libia hemos sido militantes políticos, desde muy jóvenes, hemos abrazado ideas y convicciones muy fuertes y con un sesgo fuertemente cuestionador al estatus quo que siempre se quiere imponer para que nada cambie y nada pueda transformarse”.73 El acercamiento a Irán durante su gobierno responde más a una lógica definida por una definición del interés nacional en el marco de la relación Sur-Sur, incluyendo la integración latinoamericana y la relación con el chavismo, que a visiones de pertenencia “identitarias”. La búsqueda de cooperación para esclarecer el atentado a la amia también debe ser considerada.
La actitud del peronismo durante la Primavera Árabe sigue la línea ambigua de otros gobiernos neopopulistas contestatarios latinoamericanos, siendo Hugo Chávez el más radicalizado. Después de haber apoyado tímidamente las manifestaciones en Túnez y Egipto, brinda su apoyo a Kadafhi y a El-Assad.74 Esta actitud, en el trasfondo del nacionalismo, del antiimperialismo y de la desconfianza hacia la democracia liberal, subraya no solo la continuidad de representaciones políticas y estratégicas, sino también las incompatibilidades con parte de las izquierdas europeas.
CONCLUSIÓN
El “Nacionalismo árabe” cumplió un rol relevante en la construcción identitaria de las militancias peronistas, particularmente entre los años sesenta y los años ochenta, bajo lógicas diversas y en diferentes momentos. Luego de analizar las interpretaciones producidas por sectores diferentes del movimiento peronista acerca del nacionalismo árabe, percibimos un aspecto específico de este fenómeno: el impacto de las representaciones y prácticas antiimperialistas en la construcción de conexiones - materiales y simbólicas - entre grupos e individuos a nivel global. Si este intercambio implica solidaridad, el mismo tiene ante todo que ver con la asimilación de representaciones y prácticas nutridas por las luchas de liberación en las periferias de Indochina a Cuba.
Tras un primer momento “fundacional” caracterizado por el paralelismo entre Nasser y Perón, que impregna para siempre el imaginario de las militancias peronistas sobre el tema, se encuentra en los años setenta el punto culminante de un proceso iniciado en la década anterior, donde se destaca el auge de la circulación de trayectorias militantes y el intercambio de ideas que participan a la configuración identitaria del peronismo, sin subsumirse al ala “izquierda” del movimiento, como suele creerse. Esta etapa se caracteriza por la consolidación de una idea de “comunidad” compartida aglutinada en la imagen del Tercer Mundo y la solidaridad Sur-Sur dentro del sistema internacional de la Guerra Fría. Este sentimiento de pertenencia apela más a un gesto voluntario, a una visión teleológica de la Historia y a intereses compartidos -la lucha contra la dependencia- que a supuestos valores comunes.
Esta representación de lo político influenció la política exterior del tercer gobierno peronista. La percepción de la existencia de una problemática común, como la dependencia, fomentaba en los heterogéneos actores del peronismo el interés por un escenario que, aunque “exótico”, no resultaba completamente ajeno dadas las similitudes entre los peronismos y los nacionalismos árabes. Esta asimilación de movimientos generados en un espacio geográfico lejano a partir de pautas eminentemente locales se benefició de la legitimidad del proyecto antiimperialista articulado alrededor de la idea de Tercer Mundo, pero también del horizonte de una “revolución social” con características propias, diferente de la que inspiraba a importantes sectores de las izquierdas latinoamericanas durante la segunda mitad del siglo XX.
En los ochenta, las relaciones con la Libia de Kadhafi participan de la búsqueda identitaria de una gran parte del peronismo(s), que pretende evitar un destino socialdemócrata. Es el pasaje de la evocación de un “tiempo épico” ligado a la pertenencia a una constelación más amplia constituida por un Tercer Mundo donde “lo árabe” es una pieza central de un mapa imaginario de una “periferia intercontinental”, hacia el agotamiento de este proceso de identificaciones, el cual deviene anacrónico no solo por el fin de la Guerra Fría, sino también por la globalización como proceso e ideología.
A principios de los años noventa, la guerra en Irak revitaliza momentáneamente la relación con el Mundo Árabe como proveedor de sentido, al oponerse al menemismo inmerso en las premisas del neoliberalismo. La participación argentina en la guerra fue vista como un acto de “traición” para muchos militantes peronistas que se identificaban con la causa iraquí y se reconocían en un “irredentismo antimperialista” asociado a Malvinas. La figura de S. Hussein aparecía como una contrafigura. Tras finalizar el conflicto, comienza una historia de “vías paralelas”, donde al neoliberalismo en América Latina le corresponde el integrismo en el Mundo Árabe-musulmán. Los nacionalismos árabes han proporcionado sustento a una mitología heroica clave en la resignificación y autocreación mítica del peronismo hasta nuestros días. La mirada retrospectiva evoca la perennidad del imaginario del nacionalismo árabe, como lo sugiere la encuesta realizada a los fines de este trabajo a principios del 2021.75 El 59,6 % de los encuestados suele asociar al peronismo a movimientos políticos árabes-musulmanes; el 67,3% asocia a Perón con líderes políticos de la región. El 57% relaciona los movimientos políticos árabes con el peronismo. Las razones incluyen la conjunción con el movimiento de los No alineados, la resistencia al imperialismo, la reivindicación de pertenencia al Tercer Mundo y las luchas por la liberación nacional, así como el rol común en la construcción de la identidad nacional y el carácter compartido de movimientos nacionales y populares. La mayoría de los encuestados han encontrado similitudes entre los liderazgos de Perón con Nasser y Kadhafi. Y una de las publicaciones más recordadas es El Libro Verde.
La reconstrucción de las visiones sobre el nacionalismo árabe desde el peronismo permite vislumbrar características tanto del imaginario y de las ideas políticas como de las circulaciones materiales que acompañaron la segunda parte del siglo XX complejizando interpretaciones en general estructuradas sobre la dimensión de la solidaridad internacional. Este análisis invita a reflexionar sobre la complejidad de las identidades políticas y las influencias transnacionales en la configuración de los movimientos populares en Argentina, a partir de la circulación de ideas y personas entre espacios geográficos en general poco tradicionales para la política latinoamericana. Nos habla también de cómo el peronismo ha tenido que adaptarse a los cambios globales y a las nuevas realidades políticas locales.
















