Introducción
Desde su erección en agosto de 1961, el muro de Berlín simbolizaba la división de Europa entre el Este comunista y el Oeste capitalista, al mantener en pie el símbolo de la Guerra Fría. Entre los objetivos de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS), con cuya anuencia el muro se construyó, estaba exhibir su fuerza militar, que en realidad era inferior en armas nucleares a la Organización del Tratado Atlántico Norte, la OTAN (Pernes, 2002). Durante décadas, los alemanes del Este y los ciudadanos de los países vecinos, opuestos al régimen comunista, trataban de remontar el muro o se arrastraban a través de túneles escarbados en la tierra para alcanzar Alemania occidental. Los guardianes de la frontera impedían la salida de un lado del muro al otro, y en ocasiones fusilaban a quien encontraran. El 9 de noviembre de 1989, de una manera no planificada, el muro fue despedazado. El desmoronamiento del bloque soviético y del comunismo realmente existente que le siguieron tomó al mundo por sorpresa. Después de este colapso, los eufóricos europeos del Este estaban ávidos de integrar sus países a Europa occidental, que para entonces era diferente de aquella Europa con la que durante décadas habían soñado.
1989, annus mirabilis, ha merecido un caudal de reflexiones. En lo que sigue, quisiera compartir mis lecturas e interpretación sobre el proceso de los acontecimientos que llevaron en cascada a la caída del muro en noviembre, para luego examinar los efectos que tuvieron lugar en uno de los países de la región, Checoslovaquia, donde la disidencia, que entraba y salía de sus mazmorras, fue sin proponérselo uno de los detonantes de la así llamada Revolución de terciopelo. Examinaré cómo en Checoslovaquia, después de 40 años del sistema de un solo partido, el Comunista, el poder del gobierno y del partido se debilitó sin desvanecer, y cómo la disidencia hubiera querido asumir el poder sin estar preparada para ello ni tener las instituciones para ejercerlo. De la negociación entre la disidencia que tenía el poder moral, gracias a años de resistencia, y los comunistas que sabían y tenían una larga experiencia en el ejercicio del poder, junto con los tecnócratas sin partido, se ha forjado un peculiar híbrido poscomunista. Algunos se refieren al proceso transcurrido como una revolución no terminada; otros, como una revolución traicionada, y otros más, como una revolución negociada. Si bien después de la caída del muro cambiaron las relaciones económicas y políticas, y la dominación de un solo partido fue reemplazada por la pluralidad de partidos y elecciones libres, los enraizados hábitos de pensar, convivir y ejercer el poder en la sociedad no han sido desechados.1
El muro y su caída
Para explicar la caída del muro de Berlín, en la literatura se habla sobre causas como el fenómeno Gorbachov, el papel de Estados Unidos y de los países europeos, y el hartazgo de la población de Europa del Este, que vivía detrás del muro en un sistema que la mantenía bajo un régimen sin libertades para manifestarse y expresarse, sin libertad de movimiento para viajar, para leer lo que quisiera, ver lo que gustara y crear según su imaginación. Una razón más para explicar el relativamente fácil desmoronamiento del muro en 1989 se atribuye a la anuencia del aparato represivo del Estado para utilizar la fuerza con la finalidad de mantenerse en el poder, tal como lo había hecho sistemáticamente hasta entonces, pues sabía que la ideología que sostenía al régimen estaba muerta y ni los funcionarios que la representaban creían en ella. Adam Michnik, el prominente historiador disidente polaco, se refirió a lo que quedaba de la utopía comunista como el totalitarismo desdentado (Michnik, 1998).
Cuando Mijaíl Gorbachov llegó al secretariado del Partido Comunista de la Unión Soviética en 1985, la economía de la federación se tambaleaba, y frente a una Europa tecnológicamente avanzada y económicamente dinámica, estaba rezagada. La Guerra Fría resultaba demasiado costosa. Sin abandonar el proyecto del socialismo, Gorbachov veía la solución para los problemas soviéticos en el acercamiento político e integración de la economía de la URSS a Europa occidental y Estados Unidos; esto significaba reconstruir al país por dentro, la perestroika, y permitir una apertura hacia nuevas ideas - glasnost-, sin que eso significara pluralismo político y soberanía de los Estados que componían la federación. Hacia afuera, Gorbachov presentó su proyecto como la búsqueda de la casa común europea, basada en valores humanísticos universales, y en la seguridad colectiva, sin la Guerra Fría ni cortinas de hierro y con la URSS jugando un papel prominente en la nueva arquitectura política del continente. Incluso proponía disolver los pactos militares (Savranskaya, 2014; Garton, 1997).
Gorbachov declaró que los países socialistas, a los cuales la URSS mantenía en jaque militar y político desde 1945, buscaran sus propios caminos. Sabía que la dominación soviética dependía de la fuerza militar y no de la legitimidad política (Ouimet, 2003; Taubman, 2017). Sin embargo, la ambigüedad de esta postura yacía en que no llegó tan lejos como para declarar ilegal la invasión militar soviética a Hungría, que tuvo lugar en 1956, o la brutal ocupación de los ejércitos del Pacto de Varsovia para acabar con la democratización del socialismo en Checoslovaquia en 1968. El trauma de las invasiones, amenazas, control y presencia de las tropas soviéticas en los países dominados por la URSS no despertaban ningún optimismo entre la población sobre un cambio inminente. No se sabía que Gorbachov, en su más profundo ser, pensaba en la Primavera de Praga que Leonid Brezhnev destruyó en 1968, al querer reconstruir a la URSS en los años ochenta.
Sin embargo, sus propuestas de cambios provocaron inquietud y vigilancia de los dirigentes comunistas en el poder, temerosos, así como lo fueron en 1968, de ver su posición debilitada, y por lo tanto fueron reacios a poner en marcha iniciativas similares en sus países. Al desconfiar de la política de Gorbachov e ignorar las dificultades económicas de la URSS y las serias confrontaciones nacionales en sus repúblicas, así como el esfuerzo del jefe supremo del Partido Comunista en rediseñar el mapa de Europa, tanto los gobernantes de los países de Europa del Este como la población mantendrían el statu quo hasta 1989. Por ello, los efectos del factor Gorbachov sobre Europa del Este fueron limitados. Sólo en retrospectiva se reconoció que el hecho de que una potencia nuclear abdicara la dominación y el control de su esfera de influencia tuvo alcances radicales tanto para la Unión Soviética transformada en Rusia y países federados, como para la región de Europa del Este y la percepción, sobre todo en Estados Unidos, de que el liberalismo occidental triunfó sobre el comunismo de Oriente (Savranskaya, 2014; Garton, 2009).
Para explicar la caída del muro, los historiadores hablan también del efecto dominó. Se refieren a la elección en junio de 1989, en Polonia, en la que el sindicato obrero Solidarnosc -Solidaridad-, con Lech Walesa a la cabeza y candidatos no comunistas, se impuso en las elecciones y dio el ejemplo para que la población de la región entera se pusiera en movimiento (Blažek y Pažout, 2013). En esas mismas semanas, cuando en Polonia se preparaban las elecciones, Gorbachov buscó un acercamiento a los potentados mundiales. En China, el sistema comunista enseñó su peor cara con la masacre de los estudiantes en la plaza de Tiananmén; el gobierno húngaro tomó la medida sin precedente de cortar los alambres que por décadas impedían el libre cruce de la frontera a Austria, que la televisión de Alemania Federal reportaba minuto por minuto. Los alemanes del Este, que podían viajar sin visa a los países vecinos del bloque socialista, cruzaron la frontera con Checoslovaquia para llegar a Hungría y de allí a Austria.
Los televidentes podían presenciar cómo varios miles de alemanes del Este, que llegaron a Praga en sus típicos autos Trabant, los dejaron abandonados en las calles y brincaron la pared hacia el jardín de la embajada de Alemania Federal, donde pedían asilo. Allí llegó para asistirles la Cruz Roja, con medicamentos, comida, tiendas de campaña y médicos. Con más de 1 000 personas adentro y una situación insostenible, la embajada, con la anuencia de las autoridades checoslovacas, organizó el traslado de los asilados a Alemania Federal en trenes que los medios llamaron “de libertad”. Para alcanzar Alemania occidental, los trenes tuvieron que cruzar primero Checoslovaquia y luego Alemania oriental. Si bien su efecto propagandístico fue indudable, en Praga los checos todavía observaron los eventos con simpatía, antipatía, cautela, compasión o malicia (Tůma, 1999).
El 3 de octubre, el gobierno de Alemania del Este cerró la frontera con Checoslovaquia. En reacción, el día 4 estalló una ola de manifestaciones que alcanzó medio millón de personas en el centro de Berlín, a las que el gobierno quería contener con el cambio del secretario del partido. La promesa de Egon Krenz, el gobernante que reemplazó a Erich Honecker, de instituir reformas como la perestroika llegó demasiado tarde, y en junio el apoyo del gobierno alemán a la represión de la oposición al gobierno chino en Beijing volvió al gobierno de Alemania del Este indefendible. El 1 de noviembre, el gobierno reabrió la frontera con Checoslovaquia. Miles de ciudadanos salieron, las carreteras de Bohemia se llenaron de sus autos, mientras ellos se dirigían directamente a la frontera con Alemania occidental. La embajada de Alemania Federal en Praga de nuevo fue inundada y una vez más organizó el transporte de miles de personas en trenes hacia el Oeste (Tůma, 2002).
En Alemania oriental, la gente abarrotaba las iglesias para escuchar homilías de paz mientras el gobierno discutía las medidas legales para facilitar el movimiento de la población de un lado de la frontera al otro. Sin esperar sus resoluciones, la población que supo de la discusión se reunió en una parte del muro el día 9 de noviembre, y ante sus impávidos custodios se subió y empezó a desmontarlo a martillazos. Al abrir una ranura en el muro, los guardias levantaron la tranca y los dejaron pasar al otro lado de Berlín.
Los regímenes de Europa del Este funcionaban de una manera planificada y jerárquica. Los gobernantes creían que el sistema existía fuera del tiempo y no sabían leer los acontecimientos en tiempo real. Eso explica por qué el gobierno alemán no supo reaccionar ante una situación espontánea y bajo la presión del descontento en la calle buscaba soluciones de una manera no coordinada. En cambio, los medios de comunicación de Alemania Federal, que transmitían los sucesos en tiempo real, quizá sin proponérselo, desempeñaron un papel acelerador (Tůma, 2002).
A Gorbachov le tomó desprevenido la caída del muro y contrarió sus planes de negociar con sus contrapartes desde una posición de fuerza (Garton, 2009). Del mismo modo, los sucesos en Berlín sorprendieron a Helmut Kohl, François Mitterand, George Bush y Margaret Thatcher, quienes se habían acostumbrado a vivir con el muro y habían aceptado la división de Europa desde que fue sancionada por las potencias victoriosas tras la Segunda Guerra Mundial. Su sorpresa desmiente el triunfalismo con el cual se atribuyeron el papel principal para llegar a este desenlace (Haynes y Klehr, 2003; Schrecker, 2004; Blanton, 2014).
El canciller alemán Helmut Kohl aprovechó la oportunidad para unificar las dos Alemanias, lo que logró con tacto y mucha negociación, tanto con la Unión Soviética, como con Francia y Gran Bretaña, el 3 octubre de 1990, después de 28 años de vivir con el muro de 43 km de longitud, ahora desmantelado, salvo 2 km que se han conservado para recordar su monstruosidad. Los alemanes del Este no objetaron la desaparición de su país, pues bajo el techo de la Alemania Federal obtuvieron todo lo que durante décadas anhelaban, o así les parecía (Harrison, 2014; IWM, 2019b).
La Revolución de terciopelo
De todos los acontecimientos del otoño de 1989, el que más ha sido analizado y comentado fue la llamada Revolución de terciopelo, un levantamiento pacífico de la población en Checoslovaquia entre noviembre y diciembre. ¿Fue una revolución? Por la forma inesperada en la que el viejo régimen cayó y el nuevo nació, la Revolución de terciopelo ha sido cuestionada y ha dado lugar a numerosas teorías de conspiración sobre su origen, que la atribuyen a la maquinación de diferentes organismos de inteligencia con los que sus organizadores supuestamente estuvieron coludidos. Después de años de discusión, y con nuevos documentos a la mano, ha sido considerada también una revolución negociada (Lawson, 2003).
Hasta 1989 existía en Checoslovaquia una oposición al régimen organizada en varios grupos sistemáticamente perseguidos que funcionaban fuera de las estructuras del poder. Una de estas iniciativas cívicas, llamada Charta 77 -Carta 77-,2 fue un aglomerado de personas de diferentes inspiraciones ideológicas a las que unía el deseo por alcanzar la inexistente democracia, la justicia y el bienestar, no sólo material, que había renacido con la promesa de realizarse durante la Primavera de Praga en 1968 y fuera liquidada en agosto de ese año por la invasión de las tropas extranjeras. La aglutinaba el carismático Václav Havel, un dramaturgo y escritor perseguido por el régimen que él retaba sin misericordia, con palabras usadas como armas en cartas y escritos que circulaban en forma clandestina en Checoslovaquia y se publicaban en la prensa del exilio y la prensa mundial. El texto más famoso se titula “El poder de los sin poder” (Havel, 1985), escrito en 1978, que circulaba en secreto en el país y abiertamente fuera. El mensaje central del ensayo consistía en que la liberación del totalitarismo se alcanzaría cuando la población decidiera vivir en verdad, y no en forma pasiva, pues eso equivalía a vivir en complicidad con el régimen opresor (Havel, 1985; 1990). El ensayo tuvo un camino tortuoso para llegar a sus lectores, por el miedo a leerlo, porque circulaba como samizdat,3 es decir, como literatura hecha en casa y proscrita por el régimen, así que poca gente conocía el ensayo y a Havel. Se difundía más por transmisión oral, por el escándalo que el régimen hacía cada vez que Havel y otros disidentes escribían algo que los medios occidentales daban a conocer o que la policía encontraba durante las periódicas intrusiones en sus departamentos privados y que los disidentes hicieron públicas.
Otras iniciativas ciudadanas surgieron a finales de los años ochenta, organizadas en la clandestinidad por la generación que carecía del trauma de los tanques soviéticos de 1968. Su objetivo era accionar manifestaciones callejeras a sabiendas de que podían conducir -y condujeron- al encarcelamiento de sus organizadores. Sin embargo, había que demostrar que la sociedad había perdido el miedo y que existían masas opuestas al régimen. Mientras esta parte de la oposición al sistema buscaba acelerar el ritmo de la historia, los miembros de Charta 77 no creían, aun después de las señales que venían de la URSS, que hubiera llegado el momento para emprender una confrontación política organizada. En junio de 1989, la represión en la plaza Tiananmén tenía un efecto desacelerador de cualquier iniciativa ( Knihovna Václava Havla, 2019).
Todo cambió en noviembre de 1989. Como cada año, el día 17 los estudiantes universitarios y sus profesores salieron a las calles de Praga en una manifestación, autorizada por la policía pero circunscrita a ciertas calles. Los manifestantes entonaron el himno común a las universidades europeas “gaudeamus igitur, iuvenes dum sumus” -alegrémonos, mientras seamos jóvenes- y cantaron el himno nacional. Era un viernes. Así como cada año, ese día se conmemoraba el asesinato del estudiante Jan Opletal, abatido en 1939 por los ocupantes alemanes. Durante la marcha, el número de manifestantes creció de 15 000 a 50 000 y se cruzó el perímetro permitido.
Del centro de Praga, los manifestantes caminaron hacia el cementerio, en un barrio alejado donde están enterrados los poetas y escritores, así como los grandes de la historia de las veneradas tradiciones culturales y patrióticas. Los manifestantes se dividieron en varias columnas, y una se quedó en el centro de la ciudad, en la avenida Nacional -Národní-. La policía que los vigilaba recibió instrucciones de la sede del Partido Comunista de Pragapara encerrar a los manifestantes en la avenida y demostrarles quién estaba al mando. Los estudiantes reaccionaron a los empujones sentados en el suelo, gritando consignas en demanda de libertad; la policía respondió con golpes y arrestos. De no haber intervenido la policía con tanta brutalidad, quizá los estudiantes no hubieran escalado su protesta. Esa noche, la estación de radio Europa Libre, que transmitía desde hacía décadas en Alemania Federal, difundió la muerte de un estudiante. Jan Opletal y el supuesto Martin Šmíd se fundieron y prendieron la mecha. Si bien la noticia de la muerte de Šmíd resultó falsa, enardeció a los manifestantes que decidieron protestar con una huelga al día siguiente.
Del fortuito encuentro entre el grupo de Charta 77, el advenimiento de la clandestinidad de otros grupos y los estudiantes, de manera espontánea el 19 de noviembre nació una nueva iniciativa llamada Foro Cívico -Obcanské forum (OF)-. Una de sus primeras demandas fue el fin del monopolio del poder del Partido Comunista y el diálogo nacional incluyente. El OF se dirigió al mundo exterior para presionar a la clase dirigente para que coadyuvara al diálogo. Havel, con su capacidad para sintetizar coyunturas caóticas y formular directrices con rapidez, se transformó de un escritor perseguido en la cabeza del foro, en cuyas enredadas reuniones las opiniones en torno a la aceptación del diálogo con el Partido Comunista diferían. Havel estaba a favor, aun cuando no quedaba claro con quién dialogar libremente sobre el futuro del país. En la disputa, ganó la posición de negociar con el poder.
Puesto que los medios de comunicación permanecían en manos del régimen, el resto del país no se enteraba de las decisiones tomadas en Praga, donde se creaban foros cívicos en las fábricas, los barrios y las instituciones. Para alcanzar la difusión nacional de los mensajes y las iniciativas del foro, sus miembros se dispersaron por el país para organizar foros locales y trabajadores de la televisión presionaron para que los acontecimientos que tuvieron lugar en Praga se difundieran en el país entero (Růžička, 2019). El 22 de noviembre, Havel anunció que el OF se había convertido en la voluntad popular de la sociedad checoslovaca, que convocó a la huelga general para el día 27 de noviembre (Suk, 1995). Aquella fuerza y el anuncio de la huelga general fue lo que empujó al comité central del Partido Comunista a renunciar. Al conocerse la noticia, el 24 de noviembre, el país estalló en júbilo.
El OF, que en una semana se había constituido en una fuerza política legítima, no comunista o anticomunista, se sentó a negociar la composición del nuevo gobierno con los representantes del viejo régimen y demandó la paridad entre comunistas y los sin partido. El OF tenía el respaldo popular, pero carecía de expertos en la conducción política del país y de la economía, por lo que tuvo que recurrir a los especialistas que trabajaban en las instituciones del gobierno, a quienes se pensaba reemplazar por personas política y moralmente confiables. El OF no era un partido; Havel, su fuerza integradora, no deseaba que lo fuera, sino que sirviera de germen para futuros partidos. Después de varios jaloneos, se nombró -no se votó- el primer gobierno de la transición, de entendimiento nacional, en el que participaron los comunistas del régimen rechazado sin los cuales no había manera de gobernar. La inclusión de economistas en el gobierno era necesaria para que se pudiera diseñar la transición hacia la economía de mercado sin contemplar otras alternativas. El 10 de diciembre, Havel fue nombrado presidente y el 29 asumió el papel. Con la constitución del nuevo gobierno y la creación de incipientes nuevos centros de poder, el OF empezó a perder su fisonomía original, pues sus miembros se dispersaron en búsqueda de posiciones en las instituciones nacientes. También contribuyó su renuencia para ilegalizar de inmediato al Partido Comunista y demandar el castigo para los perpetradores de los crímenes que el régimen había cometido, medida urgente que pedía una parte de la población (Burian, 1997; Suk, 1995; 1999; Knihovna Václava Havla, 2019). El presidente Havel adquirió nuevas tareas y se alejó del OF, que en el transcurso de 1990 se desintegró. De manera inesperada, en reacción al vacío ideológico y las décadas de humillación impuestas por el régimen autoritario y antidemocrático, surgió un ala política con inclinaciones conservadoras, al lado de posiciones democratizadoras y tibiamente socialistas (Dubˇcek,1993).
La articulación entre la acción colectiva y el contexto nacional e internacional favorecieron la revolución. El triunfo electoral de Solidarnosc en Polonia, la apertura de las fronteras y el colapso del muro de Berlín ejercieron presión sobre el gobierno checoslovaco y animaron a la oposición. Los medios de comunicación internacionales reportaban los eventos cuando sucedían, y así ayudaban a acelerarlos. El Partido Comunista había estado dividido entre los conservadores y los reformistas y fue incapaz de mantener el ritmo con los cambios que se sucedían en la sociedad. La huelga general fue una demostración decisiva del apoyo de la sociedad a un cambio radical en el país entero. No hubo deseo de provocar violencia o confrontación entre el viejo régimen y los insurgentes, común a todos los países -menos Rumania, donde los Ceaucescu fueron asesinados-; hubo una revolución porque ninguno de los dos lados estaba dispuesto a ceder, y hubo negociación porque ninguno estaba dispuesto a utilizar la violencia. Las mesas redondas reemplazaron a las guillotinas (Lawson, 2003).
Se le ha llamado Revolución de terciopelo al cambio radical en Checoslovaquia, no sólo porque no se recurrió a la violencia, sino porque no se persiguió a los perseguidores del pasado ni se encarceló a los carceleros, tampoco se metió en la cárcel a los jueces que fabricaron juicios falsos contra personas inocentes. De haberse utilizado métodos revolucionarios para destruir el comunismo, a los enemigos de la democracia y los miembros del régimen caído, ello hubiera significado la ilegalidad. Ésta era la convicción de Havel en la presidencia, aunque él mismo hubiera sido víctima del régimen en sus varias etapas. En los años cincuenta, por ejemplo, los bienes de su familia, vilipendiada como burguesa, fueron confiscados por el Estado, que se decía del proletariado; en los setenta y ochenta, fue encarcelado en repetidas ocasiones porque escribía cartas y ensayos de oposición al sistema. Havel, entre otros, se opuso al clamor por ilegalizar el Partido Comunista como una organización criminal y llevar a los perpetradores de actos ilegales al banquillo de los acusados. La restauración de la ley fue un principio fundamental. Con ese dilema no resuelto, los criminales y los perpetradores de los abusos de los derechos humanos del pasado se filtraron en el nuevo régimen (Michnik, 1998).
El retorno a Europa
La caída del muro de Berlín fue celebrada como señal de libertad, de unidad, de esperanza y de un mundo en el que la amarga experiencia del pasado no se repetiría. Lo garantizaría, no otra ideología, otra utopía, otra gran visión o teoría, no un nuevo orden social, sino el retorno a la normalidad, la legalidad, lo predecible, el respeto del contrato social, el derecho individual, la libertad de expresión y de movimiento, y la liberación de un Estado omnipotente, así como el regreso a la soberanía nacional. La experiencia de las intervenciones militares en 1956, en Hungría, y en 1968, en Checoslovaquia; de la ley marcial en Polonia, en 1980-1981, y de la Guerra Fría, así como de la URSS como medio de integración negativo, empujó a los países de Europa del Este a integrarse al Oeste sin miramientos (Lawson, 2003).
Europa era atractiva por su nivel de vida, por su cultura, y la integración a sus instituciones representaba la seguridad. Hubo también euroescépticos que temían que una abdicación a la soberanía ante la URSS fuera reemplazada por otra y temían la pérdida de la identidad nacional, sin definirla. El fin de la Guerra Fría y la apertura de las fronteras ampliaron los espacios para el movimiento de gente, mercancías, dinero, ideas y cultura. Por primera vez en más de 40 años, la población podía participar en elecciones libres. En el transcurso de 1991, las tropas soviéticas salieron de Checoslovaquia, el Pacto de Varsovia fue disuelto y Checoslovaquia se unió al consejo de Europa, y en 2004 a la Unión Europea. Para los europeos del Este, las instituciones de la Guerra Fría fueron disueltas; la OTAN, que no lo fue, representaba la seguridad (Judt, 2005). Este estado de cosas no duró mucho tiempo. Las olas migratorias, por un lado, y las desavenencias nacionales y étnicas, por el otro, erosionaban el sueño europeo de las poblaciones del extinguido bloque soviético, pues cambiaban la constelación social y política imaginada.4
El restablecimiento del orden
Existían varias visiones sobre la transición hacia el poscomunismo. El presidente Havel no creía que el mercado le daba sentido a la vida. Sin embargo, ¿a quién encargarle el manejo de la economía si entre la oposición no había expertos en algo tan monumental como la transformación de un régimen de propiedad a otro, y de relaciones de producción inéditas para la generación de hombres y mujeres que estaban en la edad para llevarlas a cabo? El mejor método en el momento era imitar a los países occidentales.
Una de las peculiaridades de la transición checoslovaca fue el hecho de que la confianza de la población en las instituciones y entre civiles estaba hundida. La población había sido dominada por un solo partido que la mantenía bajo su control de varias maneras, una de las cuales fue la afiliación forzada de miles de ciudadanos al servicio de la policía secreta como agentes o informantes para que unos espiaran a otros y reportaran sobre su vida pública y personal. De negarse a cumplir, una persona podía sufrir represalias como la pérdida del empleo. Nadie confiaba en nadie salvo en su entorno más íntimo.5
En octubre de 1991 fue promulgada en la Asamblea Nacional la ley de lustración -purificación-, mediante la cual se abrieron los archivos del Ministerio del Interior para hacer públicos los nombres de los miles de colaboradores de la policía secreta. A los que se les encontrara en la lista, se les impediría asumir puestos públicos por cinco años. Allí estaban los nombres de altos funcionarios del Partido Ccomunista, de las milicias, así como de cientos de ciudadanos comunes. A Havel le sorprendió la aprensión de la sociedad por el pasado. De haber tenido el tiempo, el dramaturgo hubiera querido desarrollar el tema del temor contenido en la ley de lustración en una obra de teatro (Havel, Emingerova y Beniak, 1991). Como presidente, firmó la ley, pero rechazó el principio de culpa colectiva que condenaría a gente inocente que había sido reclutada por la policía secreta en contra de su voluntad, porque temía que provocara venganzas y vendettas. Cuando asumió la presidencia, él mismo recibió una lista de colegas que en algún momento lo habían denunciado a las autoridades. A la pregunta de Michnik, en su tiempo consejero del sindicato Solidarnosc, sobre su posición ante tal hecho, Havel contestó que perdió la lista y se le olvidaron los nombres. No sentía la necesidad de venganza. Michnik coincidía en que la moralidad era central para el cambio político y la revolución existencial individual para restaurar el balance entre la conciencia y el sentido común. La verdad y el amor debían dominar sobre las mentiras y el odio, pues en la reconciliación yacía la nueva democracia, así como en el dominio y el respeto a la ley (Wilson, 2015). Las categorías de derecha y de izquierda habían perdido significado; eran irrelevantes frente a las categorías morales del bien y el mal, del individuo, su conciencia y la subjetividad. La obligación era vivir en la verdad y en el derecho a vivir con dignidad. Sólo así cambiarían la sociedad y el Estado que, hasta la caída del sistema comunista, estaban construidos sobre la mentira (Garton, 1986).
Havel creía que la sociedad necesitaba un parteaguas, pero no todas las personas podían ser tan magnánimas con sus victimarios después de que sus vidas fueron destruidas por el régimen, o porque no pudieron estudiar, o porque les fue negado el derecho a trabajar en su profesión y diseñar su vida. En consecuencia, con la restauración del nuevo orden, se daban casos de hombres o mujeres que recibían una pensión inferior en comparación con la persona que les había denunciado; no tenían una casa, a diferencia de su perseguidor, y se sentían traicionados por el presidente que no restauró la justicia moral y material.
La sociedad estaba enferma de inmoralidad y de injusticia, pero la ley de lustración que buscaba erradicarlas no lo logró, porque provocó actos de venganza de ciudadanos que no veían restaurados por el nuevo régimen sus derechos violados por el antiguo. Así como la desnazificación -Entnazifizierung, la limpia en Alemania de los perpetradores del holocausto después de la Segunda Guerra Mundial-, la sociedad que deseaba la descomunización -la limpia de los responsables de las degradaciones cometidas por el régimen comunista- quedó insatisfecha. La lustración tuvo un alcance de oprobio público, mas no legal. Trató de sustituir algún tipo de comisión de la verdad sin lograrlo. El perdón y el olvido, en una sociedad que sufrió por décadas, tampoco eran funcionales (Michnik, 1998; Laber, 1992).
Havel creía en la moralización de la sociedad que acompañaría el proceso de transformación. En cambio, los economistas que habían trabajado en las instituciones del sistema caduco, y a los que se les encargó la conducción de la economía, no creían en utopía alguna y adoptaron las directivas del Fondo Monetario Internacional y la integración al mercado global. La regulación del mercado por el Estado después de 50 años de economía mal planificada fue un tabú. Sin embargo, el país carecía de instituciones para transformar el sistema económico en una economía de mercado, pues no existía un marco jurídico para llevar a cabo la transición. A falta de reglas, el traspaso de la propiedad del Estado a manos privadas y la apropiación del patrimonio nacional sufrieron actos ilegales y corrupción. La falta de transparencia que existió en el régimen socialista fue trasladada al nuevo régimen con todos sus vicios (Pithart, 2009; Judt y Snyder, 2012).
La economía de mercado desregulado reemplazó al Estado de bienestar con consecuencias sociales y políticas inesperadas, como el desempleo, la desigualdad, la exclusión, la precariedad, la mercantilización de la vida, junto con la xenofobia y el racismo. Se habla de la erección de un nuevo muro: el muro de 1% de la población separado de 99% del resto. En estas condiciones, a la hora de la libre competencia electoral, el Partido Ccomunista tuvo un éxito inesperado junto con los partidos populistas y nacionalistas como contrapeso a los efectos negativos del liberalismo y la globalización, aunque ha sido una muestra fehaciente de la instauración de la democracia formal.
Los intelectuales de la oposición no se convirtieron en exitosos políticos poscomunistas, salvo figuras excepcionales y de transición, como Havel; muchos demostraron ser ineptos. La moralidad que Havel propagaba fue reemplazada por el práctico negocio de construir economía de mercado e integración a Europa occidental y al mercado global, en la creencia de que no había otra alternativa que el liberalismo democrático. La transferencia negociada y no violenta de poder dio pie a que las viejas elites retuvieran sus posiciones en la economía y en las estructuras de poder y a que el mercado negro y la corrupción no desaparecieran. La desregulación de la economía y la vida cotidiana tuvo un efecto liberador para aquella población que logró adaptarse a las nuevas circunstancias y prosperar, y para las generaciones que nacieron sin las ataduras existenciales del pasado comunista. Para otros, la revolución fue traicionada (Judt, 2005; Lawson, 2003).
Reflexiones finales
1989 fue un parteaguas en la historia y en la vida de los ciudadanos de Europa del Este. La caída del muro de Berlín, el fin de la Guerra Fría y de un sistema opresivo y rechazado por la población que vivía dentro de sus fronteras sin alternativa alguna sacudió al planeta. Sin embargo, no fue el fin de la historia, como había escrito el politólogo estadounidense Francis Fukuyama en el verano de ese año. Fukuyama arguyó que existía un extraordinario consenso sobre la legitimidad de la democracia liberal como un sistema de gobierno que había emergido en el mundo al conquistar las ideologías rivales, como la monarquía hereditaria, el fascismo y el comunismo. La democracia liberal constituiría el punto culminante de la evolución ideológica de la humanidad y la última forma de gobierno (Fukuyama, 1989).
El ontológico ensayo fue inspirador en el otoño de 1989, pero en retrospectiva demostró ser falso. El pasado vive en el presente. La transformación política y económica en 1989 y los años subsecuentes era urgente. La sociedad movilizada no se detuvo para ajustar su experiencia histórica a los requisitos de una transformación ordenada, legal y reflexionada. Allí estaba la Europa occidental próspera, con gobiernos democráticos y sociedad civil libre: había que imitar su recorrido exitoso. Los países de Europa del Este hicieron exactamente eso: trataron de imitar a Occidente, pero a partir de estructuras económicas, políticas y sociales gestadas con otros parámetros y categorías, y en otras realidades, así como en condiciones desventajosas, por su atraso productivo, organizativo, industrial y tecnológico.
Una parte de la población de Europa del Este decidió no esperar a que la prosperidad llegara a sus países, y dada la adquirida libertad para viajar, se fue a los países occidentales. Muchos decidieron no regresar, y con ello provocaron una relativa despoblación de Europa del Este e irritación en los países occidentales. La emigración de los países de Europa del Este a los países prósperos ha sido percibida y propagada con fines políticos como la responsable de la declinación de los salarios en los trabajos antes bien remunerados, que en las nuevas circunstancias los extranjeros aceptaban sin protestar. El Brexit,6 el populismo y la xenofobia han sido sus consecuencias.
Por otro lado, atrincherados detrás del muro por más de 40 años, sin experiencia, con los recientes flujos migratorios, los gobiernos y una parte de la sociedad fueron reacios a compartir la carga de la crisis de los refugiados en los años noventa. Hungría, por ejemplo, que estaba integrada a la Europa liberal y democrática pero en los años noventa se transfiguró en un Estado no liberal, contrario a los ideales de la Unión Europea, construyó un muro con alambre de púas en la frontera con Serbia para impedir la entrada de miles de refugiados después de las guerras en los Balcanes o en el Medio Oriente, que se apostaron en sus fronteras en búsqueda de ayuda humanitaria. También en la República Checa se oyeron voces que clamaron por una nueva barrera para mantener a los refugiados de otros países a raya (Applebaum, 2019; Pfaff, 1991; IWM, 2019c).

José Antonio García Álvarez ( Malabarista con cuchillos en cruce vehicular, Chilpancingo, Guerrero, 2021.
En 2019 se conmemoró en la República Checa el aniversario de la caída del muro de Berlín en las calles, los medios y los simposios académicos. Se llevó a cabo un balance del cumplimiento del sueño por tanto tiempo acariciado para democratizar a una Europa del Este que, desde el fin de la Segunda Guerra Mundial en 1945, había estado dominada por la Unión Soviética y sus lacayos locales, y para integrarse a una Europa sin fronteras. El balance arrojó resultados disparejos: fueron reconocidas la prosperidad adquirida y las posibilidades para el emprendimiento en las esferas económicas y culturales, pero al mismo tiempo la población percibió un malestar por la calidad de la democracia a la que el país arribó al celebrar 30 años de su emancipación.
¿Hace falta una nueva liberación?, se preguntó el historiador inglés Timothy Garton Ash después de volver a recorrer los países de la Europa del Este de 1989. La prosperidad de unos y el descontento de otros han sido el precio por la forma en la que la propiedad privada fue distribuida, repartida y restituida, sin control y sin un marco legal. La privatización de la propiedad ha creado una nueva clase de oligarcas poscomunistas. En el proceso de transición, un sector de la sociedad ha quedado atrás de los frutos de la liberalización, la globalización y la digitalización, y esta población ha demostrado ser sensible a las dádivas de los populistas y el discurso de los comunistas.
Con el ingreso a la OTAN y a la Unión Europea han llegado obligaciones como la adopción de normas legales, el trato respetuoso de las minorías, la regulación de los medios, el control civil de las fuerzas armadas y normas generalizadas para los consumidores. El ingreso a Europa ha sido transformador, pero una vez adentro, la democracia liberal ha posibilitado que los gobiernos utilicen sus normas y fondos para desmantelarla, como en Hungría y Polonia (Garton, 2019).
Sin embargo, en el ámbito local, la extraordinaria celebración de libertad en la República Checa, en 2019, fue un llamado de atención a la clase dirigente para que respete la voluntad popular y a la sociedad para exigírselo con responsabilidad. Si bien la prosperidad fue encomiada, la crisis moral en la que la sociedad percibió que el país se encontraba dio pie a la aclamación del retorno a las posturas éticas de Havel, el OF y la Revolución de terciopelo de 1989. No se escuchó un reclamo para que se instaurara un nuevo régimen sino para que el gobierno gobernara mejor y para que la sociedad civil se fortaleciera, le exigiera su cumplimiento y se hiciera responsable de sus actos (IWM, 2019b). Sin embargo, fue una muestra también de que los valores morales enarbolados por la oposición durante las décadas anteriores a la caída del muro de Berlín no eran vinculantes sin una sociedad civil que luchara para que se convirtieran en normas y formas de gobierno. Los 30 años vividos en democracia han sido también una lección sobre el hecho de que en una sociedad liberal las opciones políticas se deciden por medio de elecciones y un programa, en un Estado de derecho ( Knihovna Václava Havla, 2019).

















