Introducción: crisis sanitaria y política
En este artículo se analizará la manera en la que se han fortalecido o debilitado las distintas formas de gobierno que es posible identificar en el mundo actual como resultado del estado de emergencia originado por la enfermedad por coronavirus 2019 (Covid-19). Los gobiernos han respondido a esta crisis sanitaria desde, por lo menos, cuatro tipos de formas políticas. Por un lado, están los sistemas autoritarios, que pueden ser ejemplificados con China, país que logró atajar con eficacia la crisis sanitaria mediante medidas extremas de restricción del movimiento de la población. Este país ha estado perfeccionando sus mecanismos de control para asentar un sistema político dominado por un partido desde hace varios años, lo que lo está convirtiendo en un sistema totalitario en la medida en que el uso de estos mecanismos permite que acumule información centralizada sobre su población; esto le facilitará ejercer una vigilancia sobre cada individuo, no sólo con el objeto de reconocer a sus opositores políticos, sino incluso para determinar las normas de comportamiento aceptables.
Existe una segunda forma política que puede llamarse populista, si limitamos mucho el concepto, que no ha tomado con seriedad la amenaza del coronavirus sino que ha dado prioridad a la economía por encima de la vida, hasta el último momento. El retraso en la aplicación de las medidas sanitarias y el hecho de que, una vez que éstas fueron tomadas junto con el consejo de los médicos, carecieron de coherencia, porque siempre trataron de encontrar un compromiso entre el proyecto económico y la crisis sanitaria, ha sido la razón por la cual el manejo de la epidemia fuera ineficaz y en algunos casos catastrófico.
Están, finalmente, las formas democráticas de gobierno. Por un lado, algunas de las democracias impusieron medidas muy restrictivas a las libertades individuales durante la pandemia, que no hubieran sido posibles unas semanas antes. No obstante, estas medidas refuerzan otras que se venían aplicando a partir del aumento del riesgo terrorista tras la destrucción de las torres gemelas de Nueva York en septiembre de 2001. Por el otro, frente a esta forma democrática que aplicó restricciones fuertes en estos tiempos, existe una forma democrática basada en la autoridad y en la confianza de la población en su gobierno, que no sólo ha sido la más eficaz para manejar los contagios y las muertes, sino que lo ha hecho preservando, e incluso profundizando, la democracia y las libertades individuales. Este último es un modelo democrático basado en la información veraz, la confianza de la población en su liderazgo y la aceptación voluntaria de todas las medidas para preservar la salud de la población.
Las formas autoritarias
Desde que la reforma de Deng Xiaoping liberalizó la economía China en diciembre de 1978, este país se ha desarrollado con mucha rapidez: ha expandido su infraestructura, mejorado su industria para alcanzar altos estándares tecnológicos, sacado a 600 millones de habitantes de la pobreza y asegurado que la nueva clase media emergente acceda a las comodidades del mundo desarrollado. Todo esto en tan sólo 40 años. Últimamente, además, ha reaccionado contra la tremenda contaminación generada por este crecimiento. El gobierno chino se ha encaminado hacia la transición ecológica más rápido que gran parte del resto del mundo, como lo demuestra el hecho de que este país se haya convertido en el productor mundial de paneles solares, entre otras cosas.
Los líderes y partidarios de este modelo afirman que la democracia y la libertad individual pondrían en peligro la capacidad del Estado para continuar con este impresionante proceso. La mayoría de la población acepta esta premisa: la democracia y los derechos individuales pueden esperar a cambio de que un país que hasta hace poco era pobre se siga desarrollando a gran velocidad. Los valores que están en la base de las sociedades democráticas pueden retrasarse a cambio del desarrollo económico. Algunos de los que no estaban de acuerdo con ello fueron los jóvenes de Tiananmén a finales de los años ochenta y los de Hong Kong en la actualidad. Mientras que los primeros no aceptaban que se retrasara más la obtención de libertades cívicas y políticas, los segundos protestan porque ven cómo los derechos que disfrutan en el contexto del modelo de “un país, dos sistemas” están siendo gradualmente erosionados por el gobierno comunista central.
La eficaz manera en la que el gobierno chino ha detenido las infecciones y las muertes por coronavirus está dando argumentos a quienes defienden este modelo. Byung-Chul Han (2020) afirma que lo que los países democráticos y sus poblaciones consideran una intrusión en su privacidad es lo que ha permitido a los países asiáticos salir de la crisis de salud con menores costos humanos, sociales y económicos en términos de infecciones y muertes. Lo han logrado mediante el control de la población: en primer lugar, la capacidad del Estado para amenazar de manera creíble a sus ciudadanos para que sigan estrictamente las consignas, y en segundo, la aplicación de diversos dispositivos de supervisión e información que permiten examinar a millones de personas, medir su temperatura, obligarlos a aislarse si tienen algún síntoma y monitorear su más mínimo desplazamiento y el de sus familiares. Aunque es indudable que la dominación autoritaria sobre la población ha sido en extremo efectiva para detener la propagación del virus, es necesario recordar algo que los promotores de este modelo no consideran, que China ocultó durante más de un mes la existencia de esta nueva enfermedad y que es probable que no conozcamos el número verdadero de infectados y muertos.
Los mecanismos de control de la población que el gobierno chino ha implementado han incluido la supervisión de los medios de comunicación, la censura de las redes sociales y el acceso a los teléfonos celulares y otros medios privados, como los datos de pago electrónico y reconocimiento facial (García, 2017). La información que resulta del hecho de que el dinero en efectivo prácticamente ha desaparecido en este país y las transacciones comerciales se realizan cada vez más por medios electrónicos, le permite al gobierno conocer adónde va y qué compra cada uno de sus ciudadanos, si paga sus préstamos a tiempo y qué hace en su tiempo libre. Además, al hacer concordar los datos individuales con los de otras personas -algo que se ha perfeccionado en la epidemia actual, en aras de revelar los contactos de aquellos que están contaminados-, el gobierno puede conocer las relaciones de cualquiera.
Desde antes de la crisis de salud, el gobierno central no sólo había utilizado estos mecanismos con el propósito de prevenir el crimen o un ataque terrorista, como en los países democráticos, sino también para descubrir a actuales o eventuales opositores políticos. Con estos instrumentos de vigilancia, el gobierno chino había comenzado a clasificar a las personas en función de su cumplimiento de las normas sociales por él establecidas y le había asignado un “crédito social” a cada individuo, con la finalidad de ofrecer a los que se clasifica positivamente descuentos en el transporte público, hoteles y espectáculos, y en caso contrario, obligarlos a pagar más por estos eventos o incluso prohibirles su asistencia, viajar a algún lugar de vacaciones o ver a sus familiares o amigos.
El filósofo surcoreano Han ha descrito con mucha claridad cómo funciona este modelo:
China ha introducido un sistema de crédito social inimaginable para los europeos, que permite una valoración o una evaluación exhaustiva de los ciudadanos. En China no hay ningún momento de la vida cotidiana que no esté sometido a observación. Se controla cada clic, cada compra, cada contacto, cada actividad en las redes sociales. A quien cruza con el semáforo en rojo, a quien tiene trato con críticos del régimen o a quien pone comentarios críticos en las redes sociales le quitan puntos. Entonces la vida puede llegar a ser muy peligrosa. Por el contrario, a quien compra por internet alimentos sanos o lee periódicos afines al régimen le dan puntos. Quien tiene suficientes puntos obtiene un visado de viaje o créditos baratos. Por el contrario, quien cae por debajo de un determinado número de puntos podría perder su trabajo. En China es posible esta vigilancia social porque se produce un irrestricto intercambio de datos entre los proveedores de internet y telefonía móvil y las autoridades. Prácticamente, no existe la protección de datos (Han, 2020).
Se puede esperar que todos estos instrumentos de administración de la población se refuercen en el futuro, tanto como resultado de la experiencia técnica que se perfeccionó durante la pandemia, como por su aceptación por parte de la población como consecuencia del éxito que tuvo para controlar la epidemia. Es casi seguro que los países autoritarios extenderán la utilización de estos mecanismos, impuestos en tiempos de crisis, para fortalecer y perpetuar su poder.
Las formas populistas
En contraste con el modelo autoritario, los gobiernos populistas no han logrado controlar la pandemia, como puede verse, por su evolución, en Estados Unidos de América, Brasil, Gran Bretaña y México, entre otros. En este artículo vamos a limitar nuestra definición de populismo a sus características más comunes y “externas”; por ello no haremos las necesarias distinciones entre izquierda y derecha, populismos populares y elitistas, o formas nacional-populares y protofascistas de gobierno, como lo hemos hecho en otros artículos (Bizberg, 2020). Vamos a circunscribir la noción de esta forma de gobierno a su propia definición de la política como lucha entre amigos y enemigos. Su discurso se centra en el líder y en su idea de que éste habla en nombre de los sectores desprotegidos de la sociedad contra los estratos privilegiados, o bien del grupo nacional contra los inmigrantes y los extranjeros. Además, según Guy Hermet:
El populismo tiene como objetivo abolir la distancia, las barreras e incluso las diferencias existentes entre gobernantes y gobernados, entre los de arriba y los de abajo. Es un movimiento antipolítico que rechaza los mecanismos políticos tradicionales porque retrasan la resolución de fracturas e injusticias sociales. También niega la temporalidad de la política, exige y promueve una respuesta instantánea a los problemas y a las aspiraciones que ninguna acción gubernamental tiene el poder de resolver (2001: 49-50).
Pierre-André Taguieff agrega a la noción el hecho de que “el tiempo del populismo es un tiempo mítico y su acción resalta la magia de la política” (2007: 285). El populismo es lo opuesto a la democracia representativa, ya que exige una política directa y voluntaria que profundice y purifique la democracia, y la despoje de lo que considera “sus falsos límites institucionales y constitucionales” (Hermet, 2001: 70).
Frente a la pandemia, la mayoría de estos líderes, al principio, cuestionaron su gravedad, lo cual retrasó de manera significativa la adopción de medidas para enfrentarla, y por lo tanto, se produjeron más contagios y muertes. La razón principal por la que estos gobiernos actuaron tardíamente es porque, dado que se basan en una relación muy estrecha entre el líder y la población -en realidad, parte de ella, sus seguidores-, dependen en forma muy directa del desempeño gubernamental, que se mide básicamente en términos económicos. Por eso tardaron en convencerse -si alguna vez lo hicieron- de que había razones científicas para cerrar la economía. Por otra parte, si bien el desempeño económico se mide mes a mes, evitar muertes no se puede cuantificar con la misma precisión y rapidez en el contexto de una epidemia que afecta al mundo entero. La desaceleración económica tiene efectos claros e inmediatos, mientras que las muertes evitadas no pueden medirse con tanta exactitud. Además de eso, algunos dirigentes incluso han intentado ocultar la cifra de muertos, como ha sido posible en Brasil, Rusia y Turquía, pero no en Estados Unidos o Gran Bretaña. Por otro lado, en la misma medida en que el líder concentra el poder y las decisiones, y ocupa la totalidad de la escena política, depende de la opinión pública; por ello cosecha rápidamente los éxitos, pero también los fracasos. Esto le impide referirse de manera clara y transparente a los desafíos, fracasos y errores; y justo por ello estos líderes no sólo dudan mucho antes de sacrificar la economía sino que intentan abrirla lo antes posible. Todo esto ha llevado a que los países gobernados por líderes populistas, principalmente Brasil, Estados Unidos, Gran Bretaña, India y México, hayan tenido el mayor número de infecciones y muertes.
Tenemos muchos ejemplos de cómo en todos los países en los que gobierna un dirigente de este tipo hubo atrasos significativos en la declaración de la pandemia. En Estados Unidos, de acuerdo con la cronología de los hechos:
En enero, el jefe de la Agencia de Alimentos y Medicación [...], Stephen Hahn, [preguntó] al Departamento de Salud si [podía] empezar a contactar a las empresas sobre el abastecimiento de equipamiento de protección personal. Le [dijeron] que no. Le [respondieron], según The Wall Street Journal, que eso podría alarmar a la industria y hacer que pareciera que la Administración no estaba preparada [...].
Trump se instaló en la negación durante semanas y restó gravedad a la Covid-19, llegó a decir que desaparecería como “un milagro” (27 de febrero) y la equiparó con la gripe común (9 de marzo) […]. A lo largo de dos meses, ha dado información errónea sobre las vacunas y sobre los tratamientos y ha contravenido públicamente a todos sus expertos y sus propias recomendaciones oficiales, como cuando animó a reabrir el país el Domingo de Pascua, cuando azuzó las manifestaciones más agresivas contra el confinamiento y cuando aseguró que no pensaba usar mascarilla (Mars y Guimón, 2020).
En el caso de México, poco antes de que se declarara la emergencia sanitaria, el presidente Andrés Manuel López Obrador hacía comentarios como los siguientes: “no debe de haber alarmas, se piensa que no es tan dañino, tan fatal este virus llamado coronavirus”; “no es, según la información que se tiene, algo terrible, fatal, ni siquiera es equivalente a la influenza”; “miren, lo del coronavirus, eso de que no se puede uno abrazar: hay que abrazarse, no pasa nada”; “el escudo protector es como el detente […], es la honestidad, eso es lo que protege, el no permitir la corrupción” (Badillo, 2020).
En Gran Bretaña, “el ministro de Salud, Matt Hancock -quien daría positivo por Covid-19 un par de meses más tarde- le dijo a un grupo de reporteros reunidos en los alrededores de Downing Street, la residencia oficial del primer ministro, que la amenaza del virus era baja para el pueblo británico” (BBC News Mundo, 2020).
En Italia, al comienzo de la epidemia:
[Giuseppe] Conte y otros altos funcionarios quisieron restarle importancia a la amenaza, lo cual creó confusión y una falsa sensación de seguridad que permitieron que el virus se propagara. Atribuyeron la elevada cifra de infecciones en Italia a las pruebas diagnósticas excesivas de gente que no tenía síntomas en el norte, lo cual, según ellos, sólo infundió el pánico y dañó la imagen del país en el extranjero (Horowitz, Bubola y Povoledo, 2020).
De acuerdo con los reporteros, “mientras las infecciones por el coronavirus en Italia rebasaban los 400 casos y las muertes llegaban a las decenas, el líder del gobernante Partido Demócrata publicó una fotografía en la que brindaba por ‘un aperitivo en Milán’, e invitaba a la gente a ‘no cambiar nuestros hábitos’” (Horowitz, Bubola y Povoledo, 2020).
A pesar de las similitudes entre estos gobiernos, hay una diferencia importante entre ellos, relacionada con el hecho de haber dejado, en algún momento, el manejo de la crisis en manos de los científicos -médicos y epidemiólogos-. Boris Johnson, luego de caer enfermo y estar a punto de ser intubado, puso en manos de médicos del Sistema Nacional de Salud (NHS, por sus siglas en inglés) el manejo de la crisis sanitaria y dejó de cuestionarlo. El caso de AMLO es un tanto más ambiguo, si bien dejó la reacción gubernamental de la pandemia en manos del subsecretario de salud -a pesar de que hay un consejo con más miembros que nunca apareció-, éste no siempre actuó con independencia de la política, como fue el caso de la falta de recomendación decidida del uso de mascarilla. Donald Trump también dejó el manejo de la crisis en manos de un consejo de médicos entre los que estaba Anthony Fauci, aunque él intervenía en las conferencias de prensa; no obstante, desde fines de abril, las canceló.
Finalmente, el caso más dramático ha sido, sin lugar a dudas, el de Brasil, cuyo presidente Jair Bolsonaro nunca ha dejado de oponerse al punto de vista de los médicos y ha promovido la idea de que el confinamiento es un error, al hacer declaraciones contrarias a las de sus ministros de Salud; incluso ha favorecido manifestaciones contra las medidas de confinamiento de su propio gobierno. De hecho, despidió a dos de sus secretarios de Salud en los últimos meses, por no aceptar sus ideas, y nombró como ministro interino a un militar que no tiene ninguna experiencia en el campo.
En un balance del desempeño de los dirigentes populistas frente a la crisis sanitaria, Jorge Galindo se expresa en este sentido:
El populismo se presenta a sí mismo como salvador de mayorías ante situaciones extremas. Vive de proporcionar soluciones simples a problemas complejos […]; las últimas semanas prueban que los fantasmas que conjura se desvanecen fácilmente: cuando llega el momento de la verdad, cuando un desafío realmente global e inabarcable llama a las puertas de la humanidad, los populismos se quedan sin recursos, añorando la vuelta de sus fantasmas manejables (Galindo, 2020).
El balance de infectados y muertes en los tres países de los que hemos hablado más directamente -Estados Unidos, Gran Bretaña y Brasil- es tan negativo en comparación con los de su área geográfica, que es posible afirmar que su manejo de la crisis ha sido un fracaso. Aunque no podemos comprobarlo aún, al parecer este fracaso se reflejará en el momento en el que tengan que enfrentarse a las urnas, por ende, uno de los pocos efectos positivos de la tan costosa y trágica crisis sanitaria y económica es que esta forma de gobierno está perdiendo influencia en el mundo contemporáneo. No obstante, también es posible que se recupere, aun sobre los destrozos que generará la crisis económica que vendrá después de la epidemia.
Las formas democráticas que imponen dispositivos intrusivos de vigilancia
En algunas democracias, el manejo de la crisis sanitaria se hizo con base en restricciones que habrían sido impensables en otras circunstancias. En muchos países de Europa, por ejemplo, se obligó a los ciudadanos a quedarse en casa, sólo podían salir una hora por día para hacer compras, ir a la farmacia o ejercitarse; todo esto sin alejarse más de una cierta distancia de sus hogares. Para ello debían contar con un salvoconducto que imprimían de internet y firmaban, el cual podía ser requerido por la policía, y en caso de falta, ser motivo de multa, y en algunos países incluso de arresto. En muchas ocasiones, estas medidas fueron impuestas mediante decretos que no pasaron por el Congreso, o de ser así, casi no fueron discutidos.
En la actualidad, para el desconfinamiento, algunos países imponen el uso obligatorio de mascarillas; y aunque se abandonó la idea, también se planteó la posibilidad de prohibir que los adultos mayores y la gente con comorbilidades saliera, incluso si se hubiese levantado la cuarentena. Se han diseñado aplicaciones -apps- de teléfonos celulares para que sirvan como alarma epidemiológica para advertir al usuario si se ha cruzado con alguien infectado. En Francia, por ejemplo, la decisión de instalar una aplicación de este tipo es voluntaria, por lo cual es muy bajo el porcentaje de población que la utiliza. El Consejo de Estado francés ha decidido que la disponibilidad de los contenidos sea temporal, porque se puede acumular una gran cantidad de información que, de no regularse, podría ser dañina para las libertades individuales. No obstante, en caso de que aumenten de nuevo las infecciones se tiene contemplado que su uso se vuelva obligatorio y la información sea utilizada por un tiempo más largo o de manera permanente.
Francia, como muchos otros países de Europa, no estaba bien preparada para afrontar la crisis sanitaria por falta de tapabocas, ventiladores y camas de hospital -Alemania tiene el doble-, y porque hubo un cierto retraso en imponer las medidas para frenar las infecciones, pero el sistema hospitalario logró resistir sin tener que tomar decisiones sobre a quién dar acceso a ventiladores, como sí sucedió en Italia y España. No obstante, en este país el confinamiento fue muy estricto y obligatorio, de manera centralizada y dirigista. Esta actitud impositiva quedó simbolizada en un notable discurso del presidente Emmanuel Macron, con el cual aumentó su popularidad, que estaba en mínimos, luego de más de un año de manifestaciones de los chalecos amarillos -gilets jaunes-, en el que calificó la lucha contra el virus como una “guerra contra un enemigo invisible” y llamó a una alianza sagrada para hacerle frente (Pietralunga y Lemarié, 2020). Según Pascal Perrineau, en Francia esta disposición está enraizada en una cultura política acostumbrada a las directrices desde arriba, desde el Estado, y al proceder burocrático. En contraste, en Alemania, en el igualmente notable discurso de Angela Merkel, no hubo referencias a términos bélicos ni se impusieron las medidas de manera compulsoria, sino que se pidió la cooperación de la población para aplicar los lineamientos de distanciamiento social.
El hecho de constreñir a los individuos a limitar sus desplazamientos, entre otras medidas aplicadas durante el confinamiento, así como el que los ciudadanos acepten ser vigilados por el Estado en una situación de crisis, ha llevado a filósofos y sociólogos a preguntarse si ésta no será una de las características de la nueva normalidad. Giorgio Agamben (2020) nos recuerda que a partir del ataque a las torres gemelas de Nueva York y otros ataques terroristas en Europa, todos los países se han dotado de cámaras que vigilan buena parte de las ciudades y han impuesto medidas de vigilancia y control policiaco que se han vuelto permanentes aun cuando la amenaza haya disminuido. Es legítimo preguntarse si lo que la población ha aceptado por el miedo al coronavirus no vaya a ser algo que se perpetuará.
Los países democráticos pueden verse tentados a no desarmar todos los mecanismos autoritarios que se hayan implementado temporalmente, con la justificación de que pueden servir para otras crisis, como ya sucedió durante la lucha contra el terrorismo. Agamben (2020), Naomi Klein (2020) y Yuval Noah Harari (2020), entre otros, consideran que existe un peligro real de que el control de la población se trate de hacer compatible con la democracia, lo que en el fondo daría al traste con ella, como bien lo plantea el primero de ellos:
El estado de miedo [...] evidentemente se ha extendido en los últimos años en las conciencias de los individuos y [...] se traduce en una necesidad real en situaciones de pánico colectivo, a los que la epidemia vuelve a ofrecer el pretexto ideal. Así, en un círculo vicioso perverso, la limitación de la libertad impuesta por los gobiernos es aceptada en nombre de un deseo de seguridad que ha sido inducido por los mismos gobiernos, que ahora intervienen para satisfacerla (Agamben, 2020).
Por otra parte, frente a la epidemia, Agamben advierte que se refuerza...
una tendencia creciente a utilizar el estado de excepción como paradigma normal de gobierno. El decreto-ley aprobado inmediatamente por el gobierno “por razones de salud y seguridad pública” da lugar a una verdadera militarización “de los municipios y zonas en las que se desconoce la fuente de transmisión de al menos una persona o hay un caso no atribuible a una persona de una zona ya infectada por el virus” (Agamben, 2020).1
Lo mismo se puede decir sobre los medios electrónicos de control de la población que, según Harari, son cada vez más utilizados entre las democracias, como en el caso de Israel:
El primer ministro Benjamin Netanyahu recientemente autorizó a la Agencia de Seguridad de Israel a desplegar tecnología de vigilancia normalmente reservada para combatir a los terroristas, para rastrear a los pacientes con coronavirus. Cuando el subcomité parlamentario pertinente se negó a autorizar la medida, Netanyahu la aplicó con un “decreto de emergencia”. Se podría, por supuesto, defender la vigilancia biométrica como una medida temporal tomada durante un estado de emergencia [que] se eliminaría una vez que termine la emergencia. Pero las medidas temporales tienen el desagradable hábito de sobrevivir a las emergencias, especialmente porque siempre hay una nueva emergencia al acecho en el horizonte […]. Israel, por ejemplo, declaró un estado de emergencia durante su Guerra de Independencia de 1948, que justificó una serie de medidas temporales, desde la censura de la prensa y la confiscación de tierras hasta regulaciones especiales para hacer budines (no es broma). La Guerra de la Independencia se ganó hace mucho tiempo, pero Israel nunca declaró el fin de la emergencia y no abolió muchas de las medidas “temporales” de 1948 (Harari, 2020).
Klein considera que existe una amenaza real, que no proviene del Estado central en particular, como en China, sino de una alianza entre el poder político y el gran capital, en este caso de las empresas de la tecnología de la información, de que las medidas impuestas durante esta situación excepcional puedan conducir a un mundo de control que destruya las democracias y los derechos individuales. De acuerdo con esta línea de pensamiento, el peligro vendría de la integración permanente de la tecnología en todos los aspectos de la vida cívica:
No como una dolorosa necesidad para salvar vidas, sino como un laboratorio vivo para un permanente y altamente rentable futuro sin contacto. [Según la directora ejecutiva de una empresa tecnológica:] “Los humanos son riesgos biológicos, las máquinas no” [...]. Éste sería un futuro en el que, para los privilegiados, casi todo se entrega a domicilio, ya sea de manera virtual, por medio del streaming y la nube, o física, por medio de un vehículo sin conductor o un dron no tripulado, y luego compartido mediante una pantalla en una plataforma en la red. Es un futuro que emplea mucho menos docentes, médicos y conductores. No acepta efectivo ni tarjetas de crédito (bajo el pretexto del control de virus) y el transporte público es mínimo y hay mucho menos arte en vivo. Es un futuro que afirma estar basado en la “inteligencia artificial”, pero que en realidad se mantiene unido por decenas de millones de trabajadores anónimos escondidos en almacenes, centros de datos y de procesamiento de contenidos, talleres electrónicos, minas de litio, granjas industriales, plantas de procesamiento de carne, y cárceles, donde se mantienen sin protección contra la enfermedad y la hiperexplotación. Es un futuro en el que cada uno de nuestros movimientos, nuestras palabras, nuestras relaciones, pueden rastrearse, escrutarse, para extraer los datos, por obra de una colaboración sin precedentes entre el gobierno y los gigantes tecnológicos (Klein, 2020).
Michel Foucault fue el primero que analizó la manera en la cual las formas modernas de control ya no son ejercidas por un poder centralizado, por el rey o el Estado, como pensaba Nicolás Maquiavelo, sino por un poder que se ha difuminado. Comenzando con la invención de la policía, la economía capitalista, la administración estatal y las estadísticas, la población es administrada por aparatos enfocados en cada individuo, que precisan lo que es normal y anormal, regulan lo que está permitido o no, y detallan cuáles son las obligaciones de cada uno de los ciudadanos. Los Estados modernos tienen mecanismos cada vez más sofisticados para lograr que los individuos internalicen estas normas y no requieran de ninguna presión externa para cumplirlas (Foucault, 1991).
La idea principal de Foucault es que, en la modernidad, la dominación externa, llevada a cabo por el poder político, centralizada en el Estado, se internaliza por medio del lenguaje, la clasificación y el dinero. El control ya no se ejerce de manera restrictiva, por una prohibición externa a la libertad humana, sino que se despliega desde el interior de la libertad misma. La libertad que disfruta el hombre moderno es su propia dominación. Según Foucault, “la libertad que le queda a la población es utilizada por el poder para fines de control y la disciplina está incluida en la libertad que nos otorga el gobierno moderno” (Grenier y Orléan, 2007: 1178).
El individuo enfrenta “diferentes formas de incentivos en lugar de coerción”, “mientras que la ley prohíbe, la disciplina prescribe, la biopolítica cancela, disminuye, favorece o regula” (Jeanpierre, 2006: 90, 92). Esto es lo que explica por qué Foucault estaba tan interesado en el liberalismo y el neoliberalismo como fase final de una sociedad autorregulada, basada en la libertad de todos y la autorregulación mediante la libertad. De hecho, el liberalismo se define como el gobierno por la economía:
El liberalismo valora el mantenimiento de la vida, la libertad de movimiento, asumir riesgos; por otro lado, limita estas libertades al mismo tiempo que las hace posibles [...]. El liberalismo y el neoliberalismo se alejan de la sociedad disciplinaria en la medida en que no se basan en restricciones, incluso autoimpuestas, sino en la libertad individual. En la sociedad basada en el enfoque de Foucault, el conflicto es interno a los mecanismos de control, y la resistencia da lugar a nuevas medidas de control y a una mayor capacidad de dominación. Ahora todo se juega entre el individuo y el sistema (Jeanpierre, 2006: 93).
La pandemia actual fortalece esta individualización del control maximizada por la economía neoliberal. Tanto Harari como Agamben consideran que el miedo es un factor aún más poderoso que la economía neoliberal, ya que es más subjetivo. Mientras que la economía neoliberal empuja al ser humano a desarrollar su capacidad individual para tener éxito en el mercado, al grado de que ha privatizado las políticas sociales que estaban controladas por el Estado y las organizaciones sociales, en la epidemia actual, el miedo a la muerte lleva al individuo a adoptar una actitud aún más defensiva, en una situación que fortalece el individualismo y que, como tememos al otro como fuente de infección, puede extinguir cualquier tipo de acción social. Agamben (2020) escribe que el miedo se ha convertido en otra forma de control de la población, algo que se reforzó con la guerra contra el terrorismo y amenaza con consolidarse con la lucha actual contra la pandemia.
Es posible, sin embargo, que las viejas democracias logren resistir esta tendencia. Esto es lo que piensa, entre otros, Jürgen Habermas, de acuerdo con una entrevista para Le Monde:
La restricción de un gran número de derechos de libertad importantes debe permanecer, naturalmente, en el orden de una duración muy limitada. Pero esta excepción, como he tratado de mostrar, es requerida por la protección, como prioridad, del derecho fundamental a la vida y a la integridad física. En Francia y Alemania, no hay razón para dudar de la lealtad del liderazgo a la Constitución. El hecho de que el primer ministro de Hungría, Viktor Orban, esté aprovechando la crisis de salud para silenciar definitivamente a su oposición se explica por el desarrollo autoritario de larga data del régimen húngaro (Truong, 2020).
Podemos pensar que las democracias tienen mecanismos que pueden ejercer resistencia frente a esta tendencia. En el caso de Francia, por ejemplo, el Consejo de Estado prohibió que fuera obligatorio el uso de la aplicación en los teléfonos celulares que iban a servir de alarma ante el contagio del coronavirus una vez que se procediera al desconfinamiento, y exigió al gobierno que limitara el tipo de información que se iba a recopilar, así como el tiempo que la retendría antes de borrarla definitivamente. Por otra parte, el periódico de investigación Mediapart (2020) ha llamado la atención acerca de que la información recogida por la aplicación StopCovid es más extendida de lo que se necesita para el control de la epidemia. En este mismo país, varios partidos de oposición ya anunciaron que objetarían algunas de las medidas que el gobierno pretendía incluir en la ley de salida del estado de urgencia sanitaria. No hay que olvidar, por otra parte, que en los países democráticos existe una sociedad civil organizada, siempre alerta para rechazar cualquier intento del Estado por extender la recopilación de información personal.
Las formas políticas basadas en la autoridad democrática y en los valores cívicos
La crisis sanitaria ha revelado la existencia de una cuarta forma de gobierno, una democracia que no aspira a un mayor control de la población sino que se basa plenamente en la autoridad y los valores democráticos. La forma en la cual esta forma política abordó la crisis de salud expuso el fundamento sobre el que descansa: la verdad, la autoridad y una cultura democrática y cívica de la población. En estos casos, el gobierno estableció las medidas para contener el virus con base en un discurso centrado en la necesidad absoluta de tomar medidas radicales y la responsabilidad individual y colectiva de respetarlas, política que no sólo ha sido la que mejor ha preservado la democracia y las libertades individuales sino que está entre las más exitosas para enfrentar la pandemia (Bremmer, 2020).
Nos centraremos en uno de los casos más ejemplares, el de Alemania, aunque también haremos referencia a otros, como Nueva Zelanda, Taiwán, Finlandia, Islandia y Noruega; varios de ellos gobernados por mujeres, algo que tendría que ser explicado, pero queda fuera del alcance de este artículo.
Al contrario de los intentos de los gobiernos autoritarios y populistas de ocultar información o no tomar en serio la gravedad de la epidemia, que erosionaron gravemente la confianza de la población, y por ende la efectividad de las medidas una vez que fueron decididas, en el caso alemán, la gravedad de la situación fue reconocida y comunicada desde el principio con toda transparencia, haciendo referencia a la responsabilidad del gobierno y de la población, es decir, a la autoridad y la cultura cívica. El discurso de Merkel es un ejemplo muy claro:
El coronavirus está modificando actualmente en forma dramática la vida en nuestro país. Nuestra idea de la normalidad, de la vida pública, de la convivencia social, está siendo puesta a prueba como nunca antes. Naturalmente, en semejante situación, todos estamos llenos de interrogantes y preocupaciones acerca de lo que vendrá.
Corresponde a una democracia abierta que transparentemos y expliquemos las decisiones políticas. Que fundamentemos lo mejor posible nuestro proceder y lo comuniquemos, para que resulte comprensible.
La situación es seria. Tómenla también en serio. Desde la reunificación de Alemania, no, desde la Segunda Guerra Mundial, no se había planteado a nuestro país ningún otro desafío en el que todo dependiera tanto de nuestra actuación solidaria mancomunada.
Quisiera explicarles dónde estamos actualmente en cuanto a la epidemia y qué está haciendo el gobierno federal y la esfera estatal para proteger a todos los miembros de nuestra comunidad y limitar los perjuicios económicos, sociales y culturales. Pero también quiero comunicarles qué se requiere de ustedes, y lo que todos y cada uno pueden aportar.
Mientras eso no cambie, sólo hay un objetivo, que es la línea central de todo lo que hacemos: desacelerar la propagación del virus, extenderla por meses para así ganar tiempo. Tiempo para que los investigadores puedan desarrollar un medicamento y una vacuna. Pero, sobre todo, tiempo para que quienes enfermen puedan recibir la mejor atención posible. Alemania tiene un excelente sistema de salud, tal vez uno de los mejores del mundo. Pero también nuestros hospitales se verían superados si en poco tiempo ingresaran demasiados pacientes con una evolución grave del coronavirus. No son cifras abstractas en una estadística, sino un padre o un abuelo, una pareja. Son personas. Y nosotros somos una comunidad en la que cada vida y cada persona cuentan (Interferencia, 2020).
En este discurso se percibe con claridad que mientras el gobierno anuncia que será totalmente transparente y se ocupará de lo que esté bajo su dirección, se pide a la población que colabore y sea solidaria para detener la epidemia, respetando los principios democráticos y la responsabilidad de la población. No se hacen referencias guerreras contra un enemigo invisible que exige la imposición de medidas emergentes decididas por el Estado, que obligan a la intensificación de los mecanismos de control del gobierno. Tampoco se establece una pausa para la deliberación entre los diferentes poderes políticos y niveles de gobierno, como lo hicieron otros gobiernos en Europa central. Por otro lado, el discurso también deja en claro que el objetivo principal es salvar vidas; que no prevalece ningún otro principio y no es posible ningún compromiso utilitario entre la economía y la salud, como pretendieron hacer los gobiernos populistas. Como ha dicho el presidente de Argentina, Alberto Fernández: “la economía ha pasado por muchos malos tiempos y nos hemos recuperado, pero no recuperaremos nuestra dignidad si permitimos que nuestros compatriotas caigan en la enfermedad y la muerte” (Delacroix, 2020).
La primera ministra de Nueva Zelanda, Jacinda Ardern, asume una postura muy similar a la de Merkel al declarar lo siguiente:
Hoy les hablo directamente a todos los neozelandeses para brindarles tanta certeza y claridad como podamos al luchar contra [la] Covid-19.
En las últimas semanas, el mundo ha cambiado. Y ha cambiado muy rápidamente […], estamos experimentando un evento sin precedentes, una pandemia global [contra la cual], en Nueva Zelanda, nos hemos movido para luchar duro y temprano.
Entiendo que todo este cambio rápido crea ansiedad e incertidumbre. Especialmente cuando significa cambiar la forma en la que vivimos. Por eso hoy voy a exponerles, lo más claramente posible, lo que pueden esperar mientras seguimos luchando juntos contra el virus.
Por ahora, pido que Nueva Zelanda haga lo que hacemos tan bien. Somos un país creativo, práctico y comunitario. Es posible que no hayamos experimentado algo así en nuestras vidas, pero sabemos cómo reunirnos y sabemos cómo cuidarnos unos a otros, y en este momento, qué podría ser más importante que eso. Así que gracias por todo lo que estás a punto de hacer. Por favor, sé fuerte, amable y únete contra [la] Covid-19 (Ardern, 2020).
La actitud que han tomado estos dirigentes promovió un ambiente de confianza en las medidas recomendadas e hizo inútiles las acciones autoritarias. En contraste, en China, dada la falta de confianza generada por el intento de silenciar a los médicos que primero advirtieron sobre la existencia de una enfermedad desconocida, así como por el propio carácter del régimen, el gobierno impuso medidas extremadamente autoritarias. Entretanto, los países con gobiernos populistas no contaban con el apoyo de la población porque comenzaron por ignorar la gravedad de la situación, de manera que las disposiciones que se tomaron han sido mucho menos efectivas y por ello no han logrado controlar la pandemia.
En el caso de Alemania, Nueva Zelanda y Taiwán, las pautas que se aplicaron han estado basadas en la autoridad, tal y como lo ha definido Hannah Arendt (1961). Esta filósofa consideraba que la autoridad tenía dos características fundamentales: en primer lugar, no es el resultado ni de la fuerza ni del convencimiento; en segundo lugar, en contraste con la fuerza, preserva la libertad. Esto significa dos cosas, que cuando los ciudadanos confían en su gobierno, no es necesario convencerlos de la exactitud de las medidas a tomar, ya que éstas se aceptan, por así decirlo, de manera automática. Por el contrario, cuando no hay autoridad, todo se cuestiona y es necesario convencer a la población o imponer las medidas mediante la fuerza. Pero Arendt (1961) nos recuerda que el uso de la fuerza no sólo tiene como consecuencia la reducción de la libertad, sino que al mismo tiempo desgasta la propia autoridad, mientras que la autoridad permite que la libertad se preserve, ya que los ciudadanos siguen las directrices gubernamentales porque están convencidos de que están basadas en la verdad y la necesidad colectiva. De otro modo, se crea un círculo vicioso entre la imposición de la fuerza y el declive de la libertad y la autoridad.
La contraparte de la autoridad, desde la perspectiva de la ciudadanía, es la cultura política democrática o cívica, que para Alexis de Tocqueville (1981) era la característica sobre la cual se fundamentaba la democracia. Tocqueville escribió que las costumbres que se generan por vivir en democracia son más importantes que las mismas leyes. En gran medida, la democracia es una tautología: su existencia depende de que haya demócratas. Las leyes sólo pueden imponerse a los ciudadanos dispuestos a seguirlas, si no lo están, se necesita un policía -no corrupto- detrás de cada uno de ellos. En los casos que estamos analizando, la autoridad y la cultura cívica hicieron innecesario imponer sanciones para garantizar que las personas respetaran el encierro y el distanciamiento social, así como el uso de mascarillas en lugares públicos en los países en los que esto se recomendaba. En Japón, Taiwán y Alemania, estas medidas se implementaron sin la necesidad de multas o arrestos; fue incluso innecesario detener la economía por completo, como sí se tuvo que hacer en Italia, Francia, España y Argentina, por nombrar algunos países. Aunque Han (2020) considera que en Asia esto fue posibilitado por una mentalidad autoritaria, que se deriva de su tradición cultural, el confucianismo, nosotros pensamos que se puede partir de una cultura democrática o cívica, basada en una actitud de preocupación por los demás, una postura que limita el individualismo y orienta la atención de las personas hacia el bien común. El uso de tapabocas, que en los países asiáticos es bastante frecuente, es prueba de ello. No se utilizan tanto para prevenirse de una infección, sino por el contrario, para evitar contagiar a otros cuando se está enfermo. En estos países, salir en público sin una mascarilla en una pandemia como la actual se percibe como un desinterés por los demás; en los países occidentales, por el contrario, caminar con una mascarilla se percibe con desconfianza. También ha ayudado el hecho de que algunos de estos países estaban mejor preparados porque habían vivido el SARS-CoV y el MERS-CoV, y basaron su estrategia en llevar a cabo muchas pruebas para identificar los contactos de los infectados y aislarlos de sus familias.
Aunque Arendt (1961) escribió que la autoridad no está basada en el convencimiento, es interesante notar que la epidemia nos ha permitido percibir que ciertos mecanismos de deliberación pueden reafirmarla. Por un lado, el hecho de que el Parlamento siempre esté involucrado en las decisiones les otorga legitimidad. Además, como han afirmado algunos autores, en los sistemas federales en los que ha habido un entendimiento entre el gobierno federal y las federaciones, como en Alemania, Canadá o Suiza, parece que se ha manejado la epidemia de manera más eficaz, ya que las disposiciones se implementan mejor cuando se logra el consenso entre los diferentes niveles de gobierno. Ello permite acordar medidas generales que luego se aplican en el ámbito local, de manera más efectiva y legítima.
A pesar de que a causa de las políticas de austeridad que se habían venido implementado desde principios de este milenio Francia no estaba bien preparada para enfrentar la crisis porque faltaban tapabocas y otros materiales de protección para el personal médico, así como ventiladores y camas de hospital, este país logró reorganizar su sistema hospitalario y manejar la crisis de una manera relativamente eficiente; de hecho, en el punto más alto de la curva, transfirió a cientos de enfermos críticos de una región del país, en la que el sistema estaba saturado, a otra, en trenes de alta velocidad. No obstante, Thomas Wieder (2020) remarca que parte de la explicación de porqué el gobierno alemán fue más eficaz es que hubo una coordinación entre los gobiernos de los estados -Länder- y el federal. En contraste, el gobierno francés impuso las medidas de confinamiento desde el nivel central, “desde arriba”, sin tomar en cuenta las condiciones locales. La desconcentración de las decisiones y la deliberación entre los distintos niveles de gobierno en Alemania permitieron que la población confiara más en las medidas adoptadas:
Los Länder alemanes mantuvieron sus poderes. Durante la fase de confinamiento, pero aún más desde el desconfinamiento, que comenzó el 21 de abril, cada ejecutivo regional implementó, a su propio ritmo, un catálogo de medidas que se decidieron aproximadamente cada 15 días durante una reunión por videoconferencia entre Merkel y los ministrospresidentes de los 16 Länder (Wieder, 2020).
Más allá de las “diferencias de enfoque y temperamento” entre Macron y Merkel, este hecho estructural es el que, en opinión de Wieder, condenó al fracaso el llamado a la “unión sagrada” lanzado por el jefe de Estado en vísperas del encierro:
No puede haber consenso cuando las decisiones las toma un solo hombre fuera de cualquier espacio de intermediación. Éste es el problema de la Quinta República: un presidente en el centro de todo y una oposición que tiene un solo objetivo, “dispararle” por lo que haga mientras piensa en derrocarlo en las próximas elecciones presidenciales [...]. Por el contrario, al colocar a Merkel en la posición de árbitro, el federalismo alemán […] ha contribuido mucho más a protegerla que a debilitarla (Wieder, 2020).
Desde Tocqueville, la literatura sobre el federalismo, y en general sobre la democracia, ha afirmado que una de las maneras de limitar el poder central es la descentralización de las decisiones políticas. El federalismo tiene, además, la ventaja de que permite un proceso de experimentación y luego de emulación de experiencias entre los gobiernos federados. Esto se ha estudiado en extenso en el caso de las políticas sociales (Théret, 2002), y se comprueba en el caso de la lucha contra el coronavirus:
“Cuando un Land tomaba una decisión, a menudo servía como prueba para los demás. Por ejemplo, en el acompañamiento de los moribundos por sus seres queridos. Baden-Württemberg fue el primero en suavizar las reglas sobre este punto. Al principio, los demás se mostraron escépticos, luego, después de dos semanas, cuando vimos que no había aumentado la contaminación, la medida se adoptó en otro lugar”, dijo Franziska Brantner. Para ella, no hay duda: “el federalismo nos ha ayudado mucho: nos ha permitido mantener un debate en curso sobre medidas muy concretas. Una especie de prueba deslocalizada en tiempo real”.
En Francia, fue “¡Quédate en casa!”; en Alemania era “Wir bleiben zu Hause” -nos quedamos en casa-. En la práctica, es más o menos lo mismo, pero en el fondo revela dos visiones completamente diferentes. Como si en Francia la gente no fuera lo suficientemente adulta como para ser confiable sin tener que dirigirse a ella dándole órdenes (Wieder, 2020).
Es evidente que la superioridad del federalismo no es una regla absoluta, ya que existen otros Estados federales -Estados Unidos, Brasil y México- que no han tenido tanto éxito, mientras que varios países centralistas han logrado manejar bien la situación -Nueva Zelanda, Uruguay, Costa Rica-. Vale la pena recordar que hay por lo menos dos tipos de federalismo, que se distinguen por ser más o menos desconcentrados. Mientras que Estados Unidos y México son federalismos centralizados, Alemania, Canadá y Brasil están más descentralizados. La diferencia es que mientras en los primeros las facultades del gobierno federal y los gobiernos federados son exclusivas, es decir que cada uno tiene facultades distintas y únicas, como por ejemplo en Alemania y Canadá, donde la educación y la salud son facultad exclusiva de los niveles federados, en el caso de las federaciones más concentradas, la educación y la salud son facultad tanto del gobierno estatal como del gobierno federal (Théret, 2002). Pero ello tampoco explica todo, es necesario tomar en cuenta si la legislación obliga o no la coordinación entre los niveles de gobierno, como se hace en Alemania, así como el tipo de liderazgo.
Por otro lado, en lo que al liderazgo se refiere, una de las características de los gobiernos de Alemania, Nueva Zelanda y Corea del Sur, pero también de Finlandia, Noruega e Islandia, es que son dirigidos por mujeres. Es posible que las gobernantes estén menos dispuestas a intentar establecer un compromiso “utilitario” entre la vida y la economía, y le confieran la prioridad absoluta a la vida. Algo que, como afirma Habermas en la entrevista para Le Monde, debería ser el axioma absoluto de cualquier gobierno:
Los políticos, cuando se trata de arbitrar entre el daño económico o social, por un lado, y las muertes evitables, por el otro, deben resistir la “tentación utilitaria”.
[Truong:] ¿Deberíamos estar preparados para arriesgarnos a una “saturación” del sistema de salud, y por lo tanto, a tasas de mortalidad más altas, para impulsar la economía y mitigar así el desastre social de una crisis económica?
[Habermas:] Los derechos fundamentales prohíben que las instituciones estatales tomen cualquier decisión que permita la muerte de personas físicas (Truong, 2020).
Merkel, Ardern, Tsai Ing-wen y Sanna Marin basaron su política en esta premisa: los enfermos y las muertes “no son cifras abstractas en una estadística, sino un padre o un abuelo, una pareja. Son personas. Y nosotros somos una comunidad en la que cada vida y cada persona cuenta” (Interferencia, 2020).
Conclusiones
Aunque es posible pensar que existen similitudes entre la forma de gobierno autoritaria y la democracia que impone mecanismos de vigilancia, e incluso que van en la misma dirección -hacia la administración de población descrita por Foucault (1991)-, las formas en la que un país como China y las democracias abordaron la epidemia incrementando los controles sobre la población, no obstante, no son equivalentes. El primer caso es el de un gobierno autoritario que utiliza la capacidad que le brindan las nuevas tecnologías para avanzar hacia un gobierno totalitario a la Arendt (1990) o a la George Orwell (1945; 1949). En contraste, lo que refieren Klein (2020) y Harari (2020) es un gobierno democrático que impone mecanismos de administración de la población como, en efecto, describe Foucault. En un caso, estamos en una situación prefoucaultiana, en la que el poder y el control se están centralizando y concentrando en el Estado; mientras que, en el otro, se trata de una situación en la que los individuos aceptan de manera voluntaria las restricciones e incluso internalizan las reglas, dentro del esquema foucaultiano.
Si bien es cierto que en la actualidad la situación de crisis ayuda a que los ciudadanos de todos los países acepten estas medidas y sea posible considerar que los Estados autoritarios estén mejor dotados para luchar contra la pandemia, es importante ver más allá. Los países autoritarios, seguramente, utilizarán estos mecanismos para fortalecer y perpetuar su control político y social. Estamos viendo cómo el gobierno central chino utiliza la crisis sanitaria para liquidar las protestas de los jóvenes de Hong Kong. Por otro lado, existe el peligro de que los países democráticos no desarmen todos los mecanismos autoritarios que se han implementado, con la excusa de que sirven para cualquier otra crisis, como de hecho se hizo en la lucha contra el terrorismo.
Es posible que, como piensa Agamben (2020), el temor se haya convertido en otra forma de controlar a la población en los países democráticos, lo que, como creen Klein (2020) y Harari (2020), pondría en riesgo la democracia y la libertad individual. El temor estuvo detrás de la imposición de mecanismos de control al comienzo de la guerra contra el terrorismo, y éstos amenazan con reforzarse en el contexto de la lucha en contra de la pandemia. Agamben (1997) ha llamado la atención acerca del hecho de que nuestra existencia no puede restringirse a la “vida desnuda”, como él llama a la mera supervivencia; que el propósito de los seres humanos, a diferencia de los virus que colonizan nuestras células, no es simplemente sobrevivir, sino trazar una meta que cada individuo define y proyecta hacia el futuro, por medio de sus aspiraciones, deseos y sueños. Salir triunfante de la lucha actual por la supervivencia, abandonando todo al poder del Estado o a los mecanismos públicos o privados de control, no sólo sería una forma de derrotar a la democracia y a la libertad, sino a la esencia de la vida misma.
Por otra parte, parece que al menos en algunos países los líderes populistas han manejado la epidemia en forma tan desastrosa que pueden haber perdido el apoyo con el que llegaron al poder. La crisis sanitaria puede hacer menguar la ola populista que estábamos presenciando antes de la epidemia. Al menos en este momento, parece que Trump, Bolsonaro, la Alternativa para Alemania en Alemania, el Frente Nacional en Francia, han visto caer su popularidad. No obstante, también existe la posibilidad de que, con la crisis económica que está comenzando a afectar a la mayoría de los países del mundo, alcancemos a ver lo contrario, un aumento de los movimientos populistas, e incluso fascistas, como sucedió entre las dos guerras en el siglo XX.
Pero el argumento principal de este artículo es que los gobiernos democráticos, basados en la verdad, la autoridad y la empatía, así como en una cultura democrática y cívica, han sido muy eficaces para preservar vidas, al tiempo que resguardan la democracia y la libertad, y lo más probable es que este desempeño aumente su prestigio. El que esta impresión se confirme en el futuro depende de los próximos pasos, en especial de la forma en la que estos países enfrenten la crisis económica que se cierne sobre el mundo entero.


















