En el contexto sociopolítico actual, en el que la discusión sobre la relación entre lo político y lo religioso ha adquirido mayor notoriedad pública y académica -dando cuenta de las múltiples formas en las que se expresa-, el libro Aproximaciones críticas a la laicidad. Desafíos contemporáneos, coordinado por Andrea Meza Torres y Carlos Garma Navarro, es una obra necesaria de leer y discutir, que es producto de un gran trabajo realizado en el marco de la estancia posdoctoral de la doctora Meza en la Universidad Autónoma Metropolitana, Unidad Iztapalapa, para la cual ha sido cobijada académicamente por el doctor Carlos Garma Navarro.
La portada, fotografía de Diego Ramírez, nos dice mucho de lo que vamos a encontrar en él. El fotógrafo retrata el altar a uno de los santos más solicitados por la población mexicana -porque se encarga de las causas difíciles-, junto a la Virgen Morena símbolo de este país, madre protectora de su pueblo desamparado, y el Sagrado Corazón de Jesús, centro vital donde se produce el amor infinito divino, según las y los creyentes. No es poca cosa que el altar a estos tres grandes esté a la salida del Juzgado 26 del Registro Civil, y es que, si le preguntan a las personas que van en búsqueda de justicia, les responderán que “la justicia del hombre” no siempre prospera, y requieren de una ayudadita extra.
Así pues, las y los ciudadanos fieles, fieles ciudadanos, consolidan una alianza donde la laicidad en términos clásicos y occidentales encuentra múltiples formas de expresarse a lo largo del país. Ésta es una de las discusiones centrales del libro: establece un puente de diálogo entre la teoría estática sobre la laicidad -que señala la separación total entre la religión y el Estado- y la práctica cotidianade la misma, sus contradicciones y paradojas. Lo hace desde dos lugares geográficos y epistemológicos distintos: Francia y México.
Una vez que pasamos la puerta, su coordinador nos recibe con un prefacio en el que nos encamina a las conceptualizaciones y discusiones sobre la laicidad, la secularización y la modernidad y su trayectoria en México, y deja la pregunta abierta: “¿cómo mantener el Estado con un marco legal laico y una sociedad culturalmente religiosa como es la mexicana?” (p. 11).
Para adentrarnos al debate que arroja la interrogante plantea da, su coordinadora nos presenta una interesante introducción donde, desde el principio, nos invita a sospechar activamente, como ella señala, “de una única postura jurídica o de un único discurso político hegemónico en torno a la laicidad” (p. 19). Ésta es la segunda gran contribución del libro: es una reflexión en diálogo interdisciplinario. Rompe con un cierto monopolio del conocimiento y el control sobre un determinado saber. Así, desde la sociología, la ciencia política, la historia, el activismo y la antropología, se van presentando las múltiples caras y formas de la laicidad.
El libro se compone de tres partes, la primera de ellas: “Laicidad en Francia. Enfoques (complementarios) desde distintos espacios”. Esta sección integra dos conferencias, la primera, la del historiador y sociólogo francés Jean Baubérot, y la segunda la de la activista francoargelina Houria Bouteldja. Baubérot nos lleva a problematizar la historia de la laicidad en Francia y sus reacomodos; la laicidad, señala el autor, es “hija de la política liberal y occidental”, que llevan a sacralizar al Estado y a imponer una supuesta neutralidad que tiene como resultado la exclusión de determinados individuos o grupos como son los musulmanes en Francia.
En esta línea, para Houria Bouteldja, la laicidad debe trascender la relación entre religión y Estado y reconocer la pluralidad étnica, racial, cultural, etcétera. Bouteldja añade que la laicidad es parte también de lo que llama el problema blanco, que asume que todo lo que no es blanco es el enemigo, y provoca una “guerra entre los legítimos e ilegítimos”. La activista coloca su análisis centrándose en la islamofobia y los discursos que se han construido contra las poblaciones árabes-musulmanas. Su planteamiento, con ciertas distancias, bien podría aterrizarse a nuestro contexto marcado por la diversidad en todas sus dimensiones. La autora nos lleva a formular el desafío comple jo de la laicidad y el Estado laico, en el marco del reconocimiento y la garantía de la libertad de derechos en las intersecciones. Esto implica repensar la laicidad en términos conceptuales, históricos, culturales y contextuales.
Respecto a lo anterior, en la segunda parte “Laicidad en México. Aproximaciones críticas desde estudios empíricos y de caso”, Ariel Corpus, Andrea Meza Torres y Andrea Torres Alejo nos muestran, desde la antropología y la historia, que la laicidad no se encuentra, necesariamente, en marcos cerrados. A mi entender, éste es el apartado que expone una respuesta a la pregunta expuesta en el inicio: hay que conocer las realidades de las personas en contextos concretos para replantear la laicidad de acuerdo con los cambios actuales. Esto la convierte en flexible y adaptable. Su flexibilidad radica en los sujetos que establecen amalgamas de operacionalidad.
Corpus señala que la laicidad tiene un carácter dual de ejecución: “en ocasiones opera de modo restrictivo y en ocasiones de modo conciliador” (p. 65). El autor, en concordancia con Mariana Molina Fuentes y otros autores del libro, señala que es indispensable la crítica a la forma en la que se ha construido la noción de laicidad desde una visión catolicocéntrica, lo cual presenta una paradoja en su “intención”, privilegiando a una religión frente a otras minorías religiosas. La discusión sobre centro-periferia cobra relevancia aquí, por lo que es indispensable voltear la mirada, por ejemplo, a estados como el de Chiapas, donde la lógica político-religiosa adquiere otros matices. Es decir, no todo puede y debe explicarse desde el centro y la academia capitalina, y tampoco desde la lógica de la institución religiosa, pues esto excluye a prácticas que tienen otras características.
En este apartado también se discuten las tensiones en el ámbito universitario, en particular en la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) y la Universidad Pedagógica Nacional (UPN). Andrea Meza da cuenta del escenario contradictorio, hostil y de exclusión en el que se encuentran las y los estudiantes creyentes, lo que muchas veces impide su libre desarrollo, sobre todo a estudiantes que declaran abiertamente su fe. La autora muestra cómo los propios docentes marcan diferencias entre unas/os y otras/os: “pues si en los próximos semestres no dejan de creer, significa que esta Universidad ha fallado en su proyecto” (p. 97), señaló un profesor al que alude una de las interlocutoras de Meza.
La poca atención a la demanda del estudiantado cuando desean investigar temas vinculados a lo religioso es una práctica muy naturalizada y que se justifica por no ser un tema de interés académico -a menos que se hable de laicidad y se promueva desde los postulados occidentales-, por no apegarse a la expectativa de progreso y modernidad. Hablar de religión o ser un profesionista creyente no es científico, ni objetivo, desde estas perspectivas. Retomo otra cita de una de sus interlocutoras: “durante las clases [el profesor de sociología] mencionó explícitamente que todos los alumnos que creyéramos en Dios no podíamos entender su materia por estar completamente ideologizados y que sería mejor si de plano no asistíamos a su cátedra” (p. 112).
Interesante es analizar estas posturas que nos permiten identi ficar fuentes de relación con los discursos de agrupaciones conservadoras, ¿acaso la postura del profesor no tiene una similitud con aquella que dice ir contra lo que las cúpulas religiosas han llama do ideología de género? Este segundo apartado nos invita a pensar la laicidad en términos de práticas concretas que dan paso a las siguientes preguntas: cómo opera; cómo se negocia; cómo se pone en relación con distintos marcos de sentido y dogmatismos que no son necesariamente religiosos.
La segunda parte cierra con la deliberación sobre el término laico. A partir de la historia del Colegio de San Ignacio de Loyola, Andrea Torres Alejo nos muestra cómo dicho término ha sido modificado a lo largo del tiempo, y es adaptable de acuerdo con el grupo y situación en la que aparezca. Para este caso, el término laico representó una lucha por la autonomía étnica, como herramienta para desprenderse del poder político colonial.
En la tercera parte “Contribuciones desde la sociología y la ciencia política para interrogar la laicidad”, sus cuatro capítulos -a cargo de Daniel Gutiérrez Martínez, Adrián Cerón Pérez-Negrón, Vanessa Reséndiz Saucedo y Mariana Molina Fuentes- están enfocados en reflexiones téoricas. En dicho apartado, se cuestiona la noción de universalidad a partir de la cual se ha construido la laicidad, vinculada a los Estados-nación y a la religión, sin pensar en los particularismos étnico-culturales -este aspecto es un eje transversal de la obra-. Las y los autores, nos permiten comprender el recorrido histórico, social y político de la laicidad, poniéndola en diálogo con variables como la etnicidad, los derechos sexuales y reproductivos, la educación, el género, entre otros, resaltando su complejidad, ambivalencia y carácter polisémico. De ahí que los apoyos teóricos de esta obra son vastos y diversos.
En este sentido, en mi opinión, colocar a la laicidad como un proceso inacabado, no por fuerza universal, con múltiples formas de expresarse, significarse y traducirse de acuerdo con las y los sujetos y/o grupos que la enuncien, cuestionen o “la defiendan”, es una de las grandes apuestas de este libro. Por ello, rescato que las autoras y los autores retraten el carácter conflictivo de la laicidad y sus contradicciones, pero, también, sus amplias posibilidades de favorecer y establecer un puente de diálogo cuando se observa y analiza a partir de otras latitudes y epistemologías no occidentales, incorporándolas y reconociéndolas autogestivas de sus propios procesos políticos. Donde lo religioso adquiere un papel central, no forzosamente como un elemento que limita la búsqueda y el respeto de los derechos humanos, sino como un lugar de enunciación de las desigualdades, los favoritismos religiosos de los Estados que, mediante nociones como la de ciudadanía, han excluido a minorías sociales, étnicas, de género y sexuales, migrantes, pobres, entre otros.
Por último, es importante señalar que este libro tiene una posición política al descentralizar la discusión y llevarla a terrenos que no han sido tan visibilizados en la reflexión clásica sobre el tema, como es la etnografía. Plantea posturas disidentes desde las disciplinas que antaño han estudiado la temática central, y que habían estado en el margen. Por ello les invito a leerlo, a discutirlo y a visibilizar esta obra colectiva que, como su título señala, es una compilación de propuestas críticas que se convierten en una contribución fresca y renovada, que estoy segura se volverá un referente para los estudios contemporáneos sobre lo religioso-espiritual y, en especial, para los estudios sobre laicidad y secularización.















