A finales de 2019, la propagación del virus conocido como COVID-19 provocó una fuerte conmoción en todo el mundo.
El virus es conocido como SARS-CoV-2, un nuevo beta-coronavirus de la familia de los Coronaviridae, llamado así por su cápsula lipo-protéica de forma esférica rodeada de múltiples espículas (glicoproteínas-S) que le dan aspecto de corona. El material genético en su interior es una sola cadena de ácido ribonucleico (RNA) de sentido-positivo (Escudero et al., 2020: 8).
Millones de personas fueron contagiadas, alrededor de diez millones de muertos se reportaron de forma oficial1 y los sistemas sanitarios se colapsaron. Asimismo, las medidas de suspensión que se implementaron para contener el contagio detuvieron las actividades económicas, y se necesitó reconfigurar el modo de vida de los seres humanos, obligados a respetar normas de distanciamien to y aislamiento social.
Los gobiernos reaccionaron tarde y erráticamente a la irrupción de la plaga en la adopción de programas de prevención, como el confinamiento obligatorio, de tratamientos y de pruebas, además del rastreo a posibles contaminados, incluso presentaron ausencia de solidaridad con los países menos desarrollados (Mestries, 2023: 21).
Desde el punto de vista de las ciencias sociales, las catástrofes y los acontecimientos traumáti cos pueden analizarse como situaciones que alteran el acontecer cotidiano de los miembros de una sociedad y obligan al ser humano a reorganizar su existencia, reconfigurar sus prácticas, elaborar nuevas nociones y adoptar nuevos comportamientos. En este sentido, el dossier del número 67 de Alteridades, titulado Muerte, enfermedades y pandemia en pueblos indígenas, ofrece una reflexión desde la perspectiva antropológica en torno a la difusión de la pandemia en contextos indígenas mexicanos.
Epidemias y pandemias exponen desigualdades en servicios de salud existentes y con frecuencia las intensifican. Los patrones de morbilidad y mortalidad pueden afectar de manera desproporcionada a grupos que viven en condiciones de vulnerabilidad económica y violencia estructural histórica, como los pueblos indigenas. En términos políticos, las pandemias pueden también modificar las relaciones de poder entre actores en zonas donde el Estado juega un papel marginalizado (Loera González y Martínez Juárez, 2021: 98).
A través del estudio de este caso peculiar se abordan las nociones inherentes a los procesos de salud y enfermedad en diferentes contextos etnográficos. Cabe aclarar que, en ámbitos cultu rales no occidentales, la enfermedad no es entendida a partir de parámetros científicos, sino cada grupo étnico explica los procesos que alteran y afectan la salud del ser humano desde una cosmogonía específica. “Los padecimientos constituyen, en consecuencia, uno de los principales ejes de construcción de significados colectivos, que pueden ser referidos al proceso específico, o a otros procesos respecto de los cuales los padecimientos son expresión significativa” (Menéndez, 1994: 71-72).
Para entender las exégesis indígenas elaboradas alrededor de un fenómeno tan complejo como una pandemia es necesario contemplar las nociones locales inherentes a la persona, al cuerpo y el alma, las relaciones que el ser humano mantiene con el entorno y las instancias sagradas que lo habitan. En este sentido, los etnólogos y antropólogos que contribuyeron al dossier se preguntaron: ¿cómo se explicó la difusión de un virus desconocido en las comunidades nativas mexicanas?, ¿con cuáles métodos se trató esta enfermedad? y ¿de qué manera se conciliaron las medidas restrictivas impuestas por el gobierno con las prácticas religiosas y rituales autóctonos? En su conjunto, los textos reflexionan sobre esas interrogantes, y ponen el énfasis en el contraste que salió a relucir durante la pandemia entre la terapéutica tradicional y la medicina alópata. Este acontecimiento tan trágico constituyó una ocasión importante para pensar con detenimiento sobre la alteridad y la forma en que todo acontecimiento puede interpretarse desde distintos puntos de vista, todos válidos y merecedores de ser documentados.
La aportación de Alice Balsanelli explora las interpretaciones que fueron elaboradas por los mayas lacandones de Chiapas durante el periodo de contingencia sanitaria. La antropóloga vivió la pandemia en las comunidades de la Selva Lacandona, registrando las explicaciones que surgieron tras la difusión del virus. Puesto que para los lacandones toda enfermedad se concibe como un castigo otorgado por los dioses, los miembros de las comunidades se preocuparon por detectar la deidad ofendida que había enviado el virus. Así, los lacandones no conversos concluyeron que se trataba de una patología creada por “el dios de los extranjeros”, llamado Ah Kyantó, y realizaron rituales para pedir que retirara el castigo. Por el contrario, aquellos que se han adherido a las religiones protestantes supusieron que Jesucristo era el responsable del castigo divino y, para tratar la enfermedad, decidieron acudir a la medicina alópata. A través de testimonios orales, el texto explora la diferencia entre las enfermedades autóctonas, que pueden curarse por medio del ritual, y las enfermedades infecciosas de origen externo, que necesitan de la intervención de médicos y remedios alópatas, como fue el caso del coronavirus. Asimismo, se evidencia la centralidad de la reli -gión en la construcción de conceptos relativos a la salud y la enfermedad.
El trabajo de Jorgelina Reinoso Niche, desarrollado entre los otomíes de la Sierra Norte de Puebla, contextualiza la medicina tradicional otomí y el papel del curandero, el bädi, en los procesos terapéuticos. En particular, la autora explica que las enfermedades que afectan a los otomíes se originan por voluntad de seres malignos que coexisten en el mundo con los seres humanos. Se trata de los aires, quienes absorben la energía vital de sus víctimas, provocando un desequilibrio físico-anímico que desemboca en la enfermedad. El curandero, a través de los recortes de papel y de un complejo proceso ritual, desempeña la labor de expulsar los aires perjudiciales del cuerpo del paciente, restaurando así su equilibrio vital. Desde su cosmogonía, los otomíes interpretaron el coronavirus como un aire creado por entidades no-humanas poderosas, con la finalidad de debilitar y exterminar a los seres humanos. Por consiguiente, los pacientes afectados por el virus se trataron de acuerdo con el proceso terapéutico tradicional, acudiendo a un bädi quien, como ya se dijo, expulsa el aire maligno y restaura la salud de las personas afectadas. El texto es enriquecido por numerosos testimonios orales: en voz propia, los colaboradores narran sus experiencias, explican de qué manera interpretaron la COVID-19 y cómo la situación de contingencia se manejó en las comunidades otomíes. Reinoso concluye subrayando la necesidad tanto de entender los procesos de salud y enfermedad en contextos no occidentales como de incluir la medicina tradicional en los procesos terapéuticos hegemónicos.
Desde la perspectiva de la antropología visual y de la transculturalidad, Marco Tulio Pedroza Amarillas describe el proceso de realización de dos murales ejecutados por el Colectivo Jäit’sibi, conformado por un grupo de escritores de graffiti originarios de la Sierra Otomí-Tepehua. Los miembros del colectivo se dedican a la producción de creaciones artísticas inspiradas en la memo ria visual de su cultura, representando en sus obras elementos propios de su cosmovisión. Gracias al análisis de las pinturas murales, expresión de un lenguaje sensorial transcultural, el autor explica cómo se visualizó de forma concreta la enfermedad por coronavirus y, asimismo, describe una representación de la festividad del Día de Muertos, donde se materializan elementos propios de las nociones otomíes sobre la muerte. Los murales, hechos con la técnica del graffiti, no solamen te ilustran elementos visuales de la cosmovisión de los habitantes de la Sierra Otomí-Tepehua, sino que también preservan y condensan la memoria oral de su cultura, volviéndola accesible a un público más vasto.
El trabajo de Martín Ronquillo Arvizu y Mariano Acosta Zamora nos traslada a otro contexto geográfico, pues describen el modo en que la difusión de la pandemia fue interpretada por los rarámuris de la Sierra Tarahumara de Chihuahua. La contribución de los autores comienza con una introducción sobre la precariedad que presenta el sistema sanitario mexicano en las comunidades más alejadas de la Sierra, donde carecen de los servicios básicos de salud. Sin embargo, el patrón de asentamiento disperso, que caracteriza las rancherías rarámuris, se volvió una ventaja en el periodo de contingencia sanitaria, pues la lejanía de los grandes centros urbanos y el aislamiento permitieron contener la difusión del virus. Ante la precariedad de las condiciones de vida en el contexto geográfico de la Sierra y la dispersión, los rarámuris dieron origen a un sistema de prácticas rituales y sociales cuyo objetivo principal es crear espacios que promueven la interacción y la reciprocidad. En este sentido, Ronquillo y Acosta evidencian cómo las normas de contingencia sanitaria afectaron este sistema tradicional, pues negaban a los rarámuris el derecho a conglomerarse. Para los rarámuris, la salud depende del equilibrio entre el cuerpo material y el alma que alberga; la enfermedad se concibe siempre como una pérdida temporánea de la esencia anímica, a menudo provocada por el fenómeno llamado susto. Desde sus nociones relativas a las enfermedades, ellos interpretaron la COVID-19 como una enfermedad que afecta el alma; así, concluyeron que la terapia adecuada para vencer esta enfermedad es la misma que, tradicionalmente, se lleva a cabo para tratar el susto y permitir el regreso del alma al cuerpo.
Por su parte, Fabiola Minero Ortega y Raitamaria Mäki ofrecen un recorrido entre las nociones relativas a la salud, la enfermedad y la muerte elaboradas por los mazatecos de Huautla de Jiménez del estado de Oaxaca. Tras observarse los primeros contagios en las comunidades, desde sus nociones sobre las enfermedades, los mazatecos comenzaron a considerar al coronavirus como un “mal aire”, un padecimiento que afecta el equilibrio anímico-físico de la persona. Una vez que asociaron el virus con una enfermedad conocida, las prácticas mazatecas para enfrentarse a la pandemia correspondieron a las medidas implementadas en el tratamiento del mal aire. Los curanderos entrevistados mencionan que, además de utilizar plantas medicinales y métodos de limpia, también se empleaba el temascal para contrarrestar los síntomas. En particular, el texto se enfoca en la importancia de los ritos mortuorios en la escatología mazateca, cuya duración es de cuarenta días, que incluyen la entrega de ofrendas y rezos, lo que constituye un complejo ceremonial cuya finalidad es permitir al alma del difunto llegar a su destino final, el “mundo limpio”. Al respecto, las autoras describen cómo las medidas de distanciamiento social impactaron sobre la ritualidad mazateca y cómo el ritual mortuorio se tuvo que modificar y readaptar a la nueva situación de contingencia sanitaria. Lo anterior, en palabras de las autoras, es un ejemplo de cómo los ritos demuestran su flexibilidad ante los cambios y las emergencias que se presentan en las comunidades.
La sección de Investigación Antropológica se abre con el texto de Olga Picún, centrado en las experiencias vinculadas al cuerpo vestido en mujeres migrantes de origen caribeño en Uruguay. Se presenta la vestimenta como una matriz significante del cuerpo y de la identidad. En un contexto de desigualdad y discriminación de la población afrodescendiente, la autora muestra cómo la práctica del vestir forma parte de la matriz significante del cuerpo y se vuelve una expresión de la identidad cultural. Los relatos de las migrantes caribeñas, revelan sus dificultades para adaptarse a un nuevo contexto ambiental y cultural, y cómo el mantener los hábitos en el vestir permite ex presar su identidad. Asimismo, se discute sobre la estigmatización y los estereotipos que se forman alrededor de la mujer migrante a partir de su vestimenta o peinado, especialmente a partir de una perspectiva de género.
Beatriz Eugenia Rivera Pedroza aborda el tema de la resistencia ambientalista en el norte del Cauca y el sur del Valle del Cauca, en Colombia. Se trata de una región caracterizada por luchas étnicas identitarias y también por la presencia del narcotráfico, que volvieron esos territorios centros del conflicto armado. La autora da cuenta de las movilizaciones sociales desde la narrativa de sus protagonistas, y enfatiza la importancia de la voz de los líderes de esos movimientos sociales, que ponen de manifiesto el sustrato emocional de la resistencia.
En el texto de Francisca Márquez, el concepto de Antropoceno invita a pensar una nueva era geológica, en la que la actividad humana modifica de manera radical las actuales condiciones de vida del planeta. A partir de este contexto, el objetivo del artículo es presentar tres casos urbanos que exponen formas innovadoras y colaborativas donde la actividad humana permite pensar directrices de cambio en las relaciones entre ecosistemas vivos, como son los humanos y los no-humanos. Este artículo retoma resultados de dos investigaciones realizadas en la ciudad de Santiago. La autora examina, mediante tres experiencias, cómo los quiebres políticos y urbanos pueden ser pensados en colaboración con la naturaleza; y cómo ésta, a su vez, alimenta creativamente las derivas posibles de la “condición de lo urbano” y la crisis ecológica. En ellas podemos observar cómo las y los habitantes de la ciudad se animan a crear e imaginar formas plurales de habitar y crear mundos, cada uno de los cuales posee un giro y alcance propios.
Se concluye con la contribución de Rudy Argenis Leija Parra quien, a partir del estudio de la labor de los pepenadores en la recolección de basura en Fracción Milpillas (San Luis Potosí), analiza los mecanismos que reproducen y contrarrestan la asimetría social donde la desigualdad, proceso dinámico que se replica en lo cotidiano, genera tensiones entre sujetos que interactúan al contender por la basura y urden instrumentos para apropiársela y conservarla, o cuestionar su posesión e intentar recuperarla. Asimismo, describe las consecuencias del acceso disparejo a los deshechos y qué tanto ayudan las medidas para mitigarlas.
Se completa el número 67 de Alteridades con la sección de Lecturas, la cual contiene dos reseñas. La primera de Edgar Miguel Juárez-Salazar, quien nos presenta el libro titulado Desigualdades sociales en México. Algunas cuestiones primordiales, coordinado por Juana Juárez Romero y Antonio Zirión Pérez (2022). La segunda de Rachel Sieder, quien nos da cuenta del libro titulado Corazonar las justicias: los saberes de las mujeres tseltales sobre violencias, justicias, y derechos humanos, escrito por Laura Edith Saavedra Hernández (2022).















