Sobre el colorido de la vida y la fenomenología de lo inefable de Antonio Zirión es un libro no solo interesante sino pertinente porque toca temas sumamente relevantes que abonan a la elaboración de una fenomenología de la vida en su concreción. Tiene la virtud de ser un trabajo técnico, como debe ser la fenomenología, y de estar al mismo tiempo compuesto por páginas que se dejan leer con mucha fluidez, además de que en muchos momentos recurre a referencias propias de la literatura (Proust, Carpentier, Borges, etc.), lo que es propio de un libro que, aunque técnico, busca pensar la vida puntual y singular de cada persona.
Antes de comentar las ideas propiamente filosóficas y las tesis relevantes, quiero hablar del modo en que está confeccionado el libro y lo que eso supone (también filosóficamente hablando). Se trata de un libro que recopila textos escritos y publicados a lo largo de más de veinte años. Esta característica permite al lector ver, comprender y seguir el itinerario filosófico de Zirión respecto del colorido de la vida y la fenomenología de lo inefable, los dos temas centrales del libro, como el propio título lo indica.
Efectivamente, es poco común poder ver cómo un pensamiento va evolucionando, avanzando, corrigiéndose a sí mismo y aprendiendo sobre la marcha, no solamente a partir del continuo diálogo y exposición del pensamiento en congresos, coloquios o encuentros, sino también a partir de las nuevas lecturas, investigaciones y hallazgos que el filósofo va haciendo. Sobre el colorido de la vida deja ver que, si bien la filosofía busca verdades universales, estas se van obteniendo de manera gradual y a través de caminos no exentos de irregularidades, inexactitudes, correcciones y a veces incluso errores. Todo ello forma parte de la investigación filosófica y el libro lo deja ver muy claramente, despejando un cierto prejuicio que algunas veces tenemos sobre el modo en que el pensamiento filosófico se desarrolla, según el cual el filósofo o la filósofa en cuestión se sienta a pensar y le llegan todas las ideas de una sola vez y perfectamente conectadas. Zirión dejó prácticamente intactos los textos publicados hace más tiempo; solo en algunos casos hizo alguna enmienda que tiene que ver más bien con el modo de citar o con algunos detalles menores, pero dejó lo escrito tal como estaba a pesar de que algunas de esas ideas están consideradas por él ya superadas, en especial en lo que se refiere a las primeras caracterizaciones de la noción de “colorido de la vida”. De este modo, el interés del libro no está solamente en que difunde los resultados de la investigación, sino también el camino mismo de ella, lo que tiene como efecto el que los lectores podamos seguir a Zirión a través del tiempo, con sus intentos, problemas, éxitos y demás aventuras propias de la investigación. Con ello no quiero decir que el libro tenga un carácter meramente ensayístico o testimonial, sino que, dentro del carácter filosófico y científico que caracteriza a la fenomenología -una, por cierto, desarrollada en el libro con altísima madurez-, el libro deja muy claro que esta necesita de tiempo, de diálogos numerosos y del estudio sosegado de muchos años para alcanzar algunas verdades. Con todo ello, es cierto, como el propio Zirión lo dice: lo presentado no es una investigación acabada, sino que abre una cantidad enorme de flancos, unos más relevantes que otros, para continuar no solo con horizontes nuevos sobre la fenomenología de la vida en su concreción, sino para afinar y afianzar los temas particulares del colorido de la vida y la fenomenología de lo inefable.
En segundo lugar, hay que decir que Sobre el colorido de la vida no solo está compuesto de textos que ya habían sido publicados con anterioridad: también contiene un largo ensayo de manufactura nueva y que ocupa prácticamente un tercio del libro -es el más largo de todos-, en el que pasa revista de al menos tres críticas que han hecho a su trabajo. No queda claro si son las únicas o si son solamente las que considera más relevantes, pero en ese último ensayo dialoga con los profesores Roberto Walton, Luis Rabanaque e Ignacio Quepons a partir de textos en los que ellos han planteado preguntas y críticas y han intentado hacer aportes a la investigación sobre el colorido de la vida. Este último ensayo es muy interesante porque deja ver también (pedagógicamente hablando) la importancia que tiene el diálogo para la filosofía y el hecho de que en ella la soledad es muy mala compañera. Esto queda claro en un hecho muy particular, y es que, desde mi punto de vista, es en las páginas dedicadas a responder a Ignacio Quepons (puntualmente, pp. 246-247) en donde Zirión logra formular de la manera más clara y sintética los elementos esenciales de su fenomenología del colorido de la vida, deslindándose, además, con una claridad que en los ensayos previos no se había alcanzado del todo, de los primeros hallazgos que sobre ese tema había hecho hace más de veinte años. Celebro, pues, el carácter pedagógico que en estos dos sentidos tiene el libro para la comprensión de lo que significa propiamente realizar investigación filosófica.
Desde el punto de vista de las ideas, los dos grandes temas que conforman el libro se cruzan y tienen muchos puntos en común; incluso podríamos decir que un tema pertenece al otro, en un sentido, y que en otro sentido podrían ser temas con tratamientos independientes, pero es cierto que se trata de dos asuntos distintos: el colorido de la vida, por un lado, y la fenomenología de lo inefable, por otro.
De los doce capítulos que componen el libro, hay seis que están dedicados de manera explícita a ese tema, o que su tema central es el del colorido, incluido el último ensayo de recapitulación y respuestas. Sobre el asunto de la inefabilidad, que está estrechísimamente relacionado con el desarrollo de una fenomenología del lenguaje, hay dedicados a él, de manera explícita, cuatro ensayos. Los dos ensayos restantes están dedicados a temas conectados y bien relacionados pero realmente distintos: uno de ellos es sobre la técnica del focusing y su posible relación con la fenomenología; el otro está dedicado a la tolerancia y la confianza. La inclusión de estos trabajos es completamente pertinente porque contienen investigaciones muy cercanas y relacionadas con el colorido y la inefabilidad; en ellas, Zirión encuentra la oportunidad para introducir distinciones y afirmaciones sobre el colorido y la inefabilidad que no había hecho desde un tratamiento directo, pero ciertamente tienen un objeto ligeramente diferente.
En cuanto al colorido de la vida, tema central del libro, Zirión establece lo siguiente: es “la peculiar síntesis, originalísima, en la que vienen a reunirse y, en cierto sentido a condensarse o unificarse, todos los componentes de la vivencia. Dicho de otro modo: la vivencia tiene una determinada composición, un determinado arreglo, en que se disponen sus elementos […] [;] no es otra cosa que la singular ‘figura’, el singular carácter, la singular estampa, que tiene, justo como carácter suyo, esta composición de elementos vivenciales” (p. 182). Esta definición o descripción contiene, desde mi punto de vista, la formulación más definitiva que alcanzó el Dr. Zirión en sus investigaciones, ya después de haber pasado por lo que creo que es el deslinde más importante respecto de sus hallazgos primeros, y que consistió en desengarzar la noción de “colorido” de su carácter afectivo-emotivo. Las investigaciones primeras insertaban la noción dentro del ámbito de la vida afectivo-emotiva y los temples de ánimo pero, conforme avanza la investigación, este carácter deja de ser el marco sobre el que descansa la noción misma de “colorido” y se considera como solo un elemento de él, dentro de muchos otros.
En sus investigaciones primeras, efectivamente, el colorido de la vida es un rasgo afectivo de las vivencias por las que, al ser recordadas, estas tenían un tinte afectivo particular. Matizo: no solo al ser recordadas, sino que ese “tinte” está presente siempre en las vivencias, también en las vivencias de percepción o en cualquier otra vivencia originaria, solo que en ellas el “color” no es visible, lo que solo es posible cuando dichas vivencias son traídas a dato bajo la forma del recuerdo. En este caso, además, entiéndase por “afectivo” una vivencia emotiva, emocional o sentimental. La metáfora del colorido estaba motivada en su momento por la noción husserliana de “resplandor” y por el lenguaje natural, por el que decimos que a veces la vida se tiñe “color de rosa”, o “se pone gris”, o que “nos las vemos negras” por alguna razón. Todo parecía apuntar a que las investigaciones de Zirión buscaban esclarecer este fenómeno fundamentalmente afectivo, emotivo o sentimental.
Sin embargo, a lo largo de los años y a través de la profundización en la noción misma de “temple de ánimo”, Zirión descubrió que ese resplandor no es exclusivamente afectivo en su sentido emotivo o sentimental, aunque sí sea afectivo en el sentido que puede tener esa palabra en el contexto de la fenomenología de la conciencia interna del tiempo. Este giro o avance se constata de manera especial en el capítulo siete y se da por sentado ya hasta las consideraciones finales. Efectivamente, en el capítulo doce, Zirión aclara que el fenómeno del colorido sí que es afectivo, siempre y cuando se entienda por “afectividad” aquella del tiempo y la proto-impresión, por la que la conciencia vive su vida y es impresionada por la vivencia interna del tiempo. En esta “impresión” originaria, la de cada vivencia, hay elementos afectivos en el sentido emocional o sentimental, pero ellos no tienen un lugar privilegiado en la configuración del “colorido”, que ahora, a partir de este desengarce y de la asociación con la fenomenología interna del tiempo, ha encontrado un mejor nombre: el de “estampa” o “figura”.
En cuanto al tema de la inefabilidad, el recorrido es diferente. La idea está presente en la investigación porque, desde el principio, el “colorido de la vida” se presenta como inefable, es decir, como una vivencia o un componente de la vivencia que no puede ponerse en palabras con propiedad ni conceptualizarse. A través de los escritos se va aclarando por qué el colorido es inefable, y ello no cambia aun cuando cambie la noción de “colorido”, o más bien, cuando esta sea situada en el ámbito de la fenomenología del tiempo y ya no en la de la afectividad. Un colorido, o mejor, la “estampa de la vida”, es inefable por su individualidad.
En los textos que Zirión dedica a la fenomenología del lenguaje, explica detalladamente cómo todo uso del lenguaje logra siempre expresiones generales, mientras que toda vivencia es siempre concreta. Por ello, toda verbalización o conceptualización que se quiera hacer de la estampa de la vida -y no solo de ella sino de cualquier vivencia, sea la que sea- dejará fuera de sí elementos concretos e individuales que están contenidos en la vivencia plena. Para explicar esto, Zirión menciona las teorías antiguas y medievales sobre el carácter universal del lenguaje y la imposibilidad de decir propiamente el ser real concreto: individuum est ineffabile.
En el capítulo nueve, por ejemplo, se nos presenta ya el problema de la individuación en su relación con la discusión metafísica u ontológica que debería motivar. Efectivamente, Zirión señala que “un mirlo individual está ahí para la percepción, pero su individualidad -y precisamente en cuanto la individualidad que tiene para esta misma percepción, no en cuanto una presunta individualidad- abarca mucho más que el hecho de un mirlo volando por ahí con tales y cuales rasgos” (p. 138). Su individualidad no es la suma de sus atributos singulares como su peculiar color, la forma de sus plumas, si algunas le faltan o no, si se ha lastimado una patita, la edad que tiene, sus memorias y por dónde ha vivido… Sin duda podríamos eventualmente enumerar todos esos caracteres, aunque siempre nos faltarían algunos, pero no por ello abarcaríamos entonces la individualidad del mirlo. Esta descripción de caracteres singulares es potencialmente infinita: siempre hay algo más por describir o por considerar. A esto es a lo que Zirión llama “inefabilidad cuantitativa”, debida a la potencial infinitud de rasgos individuales contenidos en la vivencia plena.
Para Zirión, es la vida misma, la vida de cada persona, por ser máximamente concreta, la que es indecible, pues está conformada siempre y constantemente, permanentemente, a cada instante, por noemas plenos y horizontes que no podrían llevarse a expresión total nunca. Y esto es una ley que ni el poeta, ni el místico, ni el santo, ni el artista o narrador de ningún tipo pueden quebrantar, por más que sus usos del lenguaje les permitan decir más matices de los que el lenguaje suele poder decir en su uso natural (p. 143). En todo uso del lenguaje habrá siempre un residuo de individualidad inefable.
Acerca de la imposibilidad del lenguaje de representar o de expresar la vida en su concreción, Zirión afirma: “no niego que no sea una experiencia poco común la de sentir una suerte de desazón o ansiedad ante la imposibilidad de poner en palabras la situación vital en la cual nos encontramos” (p. 143) Comparto con él la idea de que el deseo de poner en palabras la concreción de la vida es una cierta experiencia común, incluso en muchos casos una necesidad. Los seres humanos vivimos en el lenguaje y a través de él comunicamos, expresamos y revivimos “nuestra vida”. Pero la constatación filosófica de Zirión sobre la inefabilidad de la vida en su concreción, más que llamarme al desasosiego, me invita a plantearme la pregunta: ¿qué riquezas hay en esa inefabilidad? ¿Cómo crece mi vida si, en lugar de querer expresar lo inefable y convertirlo en objeto, aprendo a contemplarlo, a atesorarlo, a atenderlo, a vivirlo, aunque sea a través de la experiencia silenciosa? Creo que la sabiduría filosófica, desde Sócrates, tiene incluso que ver con un “espíritu de fineza” -para decirlo con Pascal-, con un silencio escéptico, con una epojé fenomenológica, por la que se acepta que hay realidades que no pueden propiamente decirse, y que querer decirlas podría constituir, en sentido estricto, el principio de la sofística. ¿No tiene que ver con esto lo que Sócrates reclamaba a Gorgias y a Protágoras a propósito de la imposibilidad de enseñar el Bien y de hacer de él un objeto de nuestra técnica? El libro de Zirión invita, pues, no solo a pensar la inefabilidad, sino también a pensar el silencio, y a pensar que la ansiedad por hablar y por poner en palabras la totalidad de la vida tal vez responde a deseos no propiamente filosóficos, sino sofísticos, motivados por una vida imbuida de praxis ansiosa. Las filosofías que buscan decirlo todo serán, así, poco filosóficas.
A propósito de esta cuestión, Zirión escribe: “el tema principal presupuesto por la emergencia de la expresión lingüística en la vida de una conciencia, es la escisión de esta vida en un nivel pasivo/no actual y un nivel activo/actual; esto es, en otras palabras, el tema del papel del yo como el yo de sus actos” (p. 144). Pues bien, yo creo que la práctica del silencio, o el silencio entendido como práctica (ya sea bajo alguna forma de meditación, oración u otras experiencias similares, incluido el silencio reflexivo de la práctica del enfocamiento o focusing, que Zirión trata detalladamente), permite al sujeto entrar en un nivel distinto, en un nivel que podríamos describir como “pasivo-actual”, por el que se modula la atención de manera que la conciencia no se dirige ya a conceptos, vivencias concretas objetivas, palabras, sonidos o cualquier otro objeto constituido intencionalmente de manera activa, sino que se dirige al ámbito de lo pasivo, o de lo pre-predicativo, pero lo hace de manera actual, pues el sujeto activamente está modulando la atención para ello, por lo que el silencio sería un acto en donde está presente el yo como sujeto atendiendo lo que pasivamente constituye su vida en concreción.
Esto me parece de una relevancia enorme pues, como se señala más adelante en el libro, un yo solo puede trasponer en significados de expresiones sentidos de sus propias vivencias, pero los sentidos de sus propias vivencias forman parte de la experiencia misma de la vida que, en tanto concreta, es siempre inefable. Sin embargo, esa vida es la fuente misma del sentido de toda expresión, por lo que el hiato entre la fuente del sentido y lo expresado sale a la luz con un cierto dramatismo. Somos incapaces de decir toda la vida que vivimos y constantemente se nos escapa la fuente del sentido, que se da en la concreción máxima de la vida y que por ello no puede ser dicha de manera objetiva. Creo que es ahí en donde el “silencio” podría cobrar una importancia -quizá, llamémosle por ahora- pedagógica. Como el propio Zirión lo señala, la reflexión es una actitud por la que la vida busca expresión, para encontrar mejores palabras o para reconocer mejor los sentidos que nutren la vivencia y así conseguir mejores expresiones, más exactas, de la vida. Aquí se conjugan dos horizontes de potencialidades: el de la vida misma y su carácter pre-reflexivo, como fuente de sentido, y el del lenguaje propiamente dicho, como recurso positivo para poder decir o no las cosas de un modo o de otro.
La “reflexión activa”, como la llama Zirión, permite así al sujeto buscar y acaso encontrar mejores palabras para decir el sentido que quiere expresar a través de un cierto acceso, de la atención, a la vida misma concreta que nutre de sentido lo expresado. Este acto reflexivo, ¿no requiere del silencio? Si este es una actitud por la que el sujeto modula la atención para poder dirigirse al ámbito de lo pre-predicativo, ¿no convendría entonces integrar a las investigaciones sobre la inefabilidad y la estampa de la vida una fenomenología del silencio?
Si la comunicación o el discurso lingüístico dependen en su sentido de la vida concreta, del intrincamiento del horizonte de sentidos cuya característica es la inefabilidad, ¿entonces cómo atender a esa inefabilidad para que la comunicación pueda recogerla mejor, aunque parezca paradójico o imposible? El silencio sería aquí, como la “reflexión activa” o el enfocamiento, una especie de actitud pedagógica, preparatoria, que permite al sujeto dirigirse activamente a la pasividad, insertarse en un nivel de la atención por el que el sujeto contempla, recibe, admira, integra los sentidos infinitos que se dan en el intrincamiento-fuente de la “estampa de la vida”. Un sujeto que esté acostumbrado a atender activamente estos sentidos podría tenerlos más fácilmente a la mano en la praxis comunicativa natural sin tener que pausarla demasiado drásticamente.
Recuperar la importancia del silencio no ha de entenderse de ninguna manera como un llamado al mutismo, lo que, de hecho, dice Zirión explícitamente que quiere evitar. Yo me sumo a esa intención. Llamar al silencio quizá no quiere decir que nos callemos todos, sino recuperar el valor que este tiene para el correcto desarrollo de la filosofía, el correcto desarrollo de la fenomenología y también para la integración en la vida personal de la riqueza que en la vida nos es dada: una invitación a la pausa y al reconocimiento de los matices de belleza, de bondad, pero también de maldad o de fealdad, que coexisten con nosotros en el mundo.
Finalmente, vale la pena recalcar que este es un libro maduro y sumamente original, que aparece después de muchos años de investigación por parte de uno de los fenomenólogos más relevantes del mundo hispanoamericano. Zirión ha traducido al español numerosas obras de Edmund Husserl, además de haber elaborado tanto el Diccionario Husserl como el Glosario-guía para traducir a Husserl, proyectos con los cuales ha desarrollado -acompañado de equipos conformados por investigadores de primer nivel- una labor incomparable en favor de la difusión y la comprensión de la fenomenología husserliana en todo el mundo. Todo ello ha supuesto, además, la conformación de comunidades de estudio y de investigación que hoy trabajan de manera autónoma e independiente, y que están haciendo avanzar el pensamiento fenomenológico ya no solamente en español, sino también en otras lenguas, por lo que su labor como maestro y formador de filósofos es verdaderamente inestimable.















