Introducción
Es conocido el hecho de que los primeros animales domésticos europeos llegaron al Nuevo Mundo en 1493, a bordo de 17 naves durante el segundo viaje del Almirante Cristóbal Colón: “Los primeros caballos y yeguas pisaron suelo americano en 1493 durante una de las expediciones de Cristóbal Colón al continente. Éstos venían acompañados de otros animales como perros, cerdos, gallinas, cabras y ovejas” (Cossich, 2019). Sin embargo, poco es el seguimiento que se ha hecho de esos primeros animales que se adaptaron al ambiente tropical de las Antillas y se reprodujeron con éxito en los distintos asentamientos españoles durante los primeros años del siglo XVI.
A partir de entonces, se escribió que los bovinos alcanzaron censos importantes en pocos años y se utilizaron para surtir el mercado europeo de cueros. La crónica de Pacheco et al. (1864-1884) describe que en La Española “el ganado de esta tierra es mucho, y solía ser muy mucho más sin comparación, porque multiplicaba al tercio, y se hallaban cuatrocientas mil vacas de rodeo”. Los mismos autores relatan que los cerdos se reprodujeron de manera vertiginosa, llegando a ser una plaga en las diferentes islas, al grado que “la carne [de ganado que matan los perros] comen los puercos, así los mansos como los cimarrones” (Pacheco et al., 1964-1884). Menos información existe en ese momento sobre los pequeños rumiantes y las gallinas de Castilla, aunque ya formaban parte de los sitios y estancias de los antiguos conquistadores y los nuevos colonos.
En el caso particular de los equinos, llegaron inicialmente en poco número debido a que eran animales de alto costo y difícil transportación durante las travesías transatlánticas, desde la Península Ibérica y las Islas Canarias. Es sabido que, en 1519, en su viaje de exploración hacia las costas de Yucatán en el Nuevo Continente, Hernán Cortés trajo consigo 16 caballos y yeguas, los cuales fueron decisivos en las batallas de conquista (Jiménez, 2019); sin embargo, esta fecha deja una laguna de casi 30 años en la historia de los caballos en el Nuevo Mundo. Además, se carece de crónicas (entre fines del siglo XV y principios del XVI) redactadas para describir de manera específica y exhaustiva el acontecer de la especie equina en las tierras recién descubiertas y conquistadas, y lo que se encuentra en dichos documentos son referencias aisladas y poco contextualizadas en términos zootécnicos, a pesar de la importancia decisiva de los caballos en las batallas de conquista y en el posterior asentamiento de los colonos.
Por lo anterior, el objetivo de este trabajo fue recopilar y sistematizar el devenir histórico de los caballos en esa primera etapa americana, de 1493 a 1519, a través de las diversas crónicas en las que se describe la participación de esta especie desde su embarque en España y su llegada a La Española en 1493, haciendo una interpretación de dichos relatos desde la zootecnia. El espacio temporal comprende las actividades de conquista y colonización de las diferentes islas que integran las Antillas, lo que comenzó a finales del siglo XV, hasta el momento en que dio inicio el viaje de exploración de Hernán Cortés, quien salió de Cuba en 1519 con una armada de 11 embarcaciones de distintos calados en las que se transportaron en total 16 equinos.
Materiales y métodos
Se realizó una amplia revisión de fuentes documentales, en particular las relacionadas con las crónicas de los viajes de Cristóbal Colón y las de otros exploradores hacia las Indias en el siglo XV, así como de la copiosa documentación de los Reyes Católicos y otras autoridades de la Corona, sobre el descubrimiento del Nuevo Mundo y el establecimiento de las primeras colonias españolas en tierras americanas. Del mismo modo, se examinaron documentos de los inicios del siglo XVI que tratan sobre la vida cotidiana de los pobladores europeos y sus equinos en esas primeras colonias españolas, principalmente en las islas de La Española (República Dominicana-Haití), Juana (Cuba), Borinquen (Puerto Rico) y Santiago (Jamaica).
Entre las fuentes de información más destacadas se encuentran las siguientes:
a) Las propias relaciones y cartas del Almirante Cristóbal Colón (Colón, 1892).
b) Las Colecciones de los viajes y descubrimientos españoles en el siglo XV (Fernández de Navarrete, 1853).
c) De manera especial, fueron útiles las Colecciones de documentos inéditos relativos al descubrimiento, conquista y organización de las antiguas posesiones españolas en América y Oceanía… (Pacheco et al., 1864-1884).
La información arriba referida fue escrita durante -y poco después- del segundo viaje de Cristóbal Colón, pero igualmente se analizaron textos contemporáneos especializados sobre la temática, entre ellos los de Samuel Morison (1993), Carlos De Giorgis (1992) y el profuso estudio monográfico de Monserrat León (2000) sobre el segundo viaje del Almirante de la Mar Océano.
De los documentos anteriores se transcribieron extractos a una base de datos general, a partir de la cual se generaron expedientes de información temática específica al realizar búsquedas por medio de palabras clave.
Resultados
Embarque y traslado marítimo
En la primavera de 1493, el Almirante Cristóbal Colón regresó a la Península Ibérica después de su viaje de descubrimiento, y en pocos días los Reyes Católicos lo invitaron a la corte en Barcelona para informarles personalmente del resultado de su misión y para que “con la mayor prisa […] se provea todo lo que es menester […] para vuestra tornada a la tierra que habéis hallado” (León, 2000). Queda claro con las palabras de los soberanos que, incluso antes de hablar con Colón, existía premura por organizar un viaje de regreso a las tierras recién descubiertas, entendiendo que las naves debían salir de España durante el otoño para aprovechar los vientos favorables.
La idea de los monarcas españoles era adueñarse de las nuevas tierras, ante la presión que significaban las exploraciones emprendidas por el reino de Portugal, por lo que organizaron una numerosa flota de colonización para establecer un asentamiento. Tal era la prisa de los monarcas, que en cuatro semanas ya habían dado instrucciones para “hacer y pertrechar la dicha armada, y proveerla de todas las cosas a ello necesarias” (León, 2000), incluyendo aspectos militares, legales, religiosos, contables y, por supuesto, las naves para el segundo viaje trasatlántico. Para todo lo anterior se presentó un detallado presupuesto y se nombró un contador mayor encargado de registrar y comprobar todo lo que se cargaba en cada navío.
En cuanto a los caballos para el segundo viaje de Colón, los Reyes Católicos giraron instrucciones precisas a su secretario para que escogieran en Granada: “…20 lanzas jinetas, hombres seguros y fiables, que han de ir en la Armada de D. Cristóbal Colón, y que cinco de ellos lleven dobles cabalgaduras, que sean yeguas, yendo pagados por seis meses adelantados…” (Real Academia de la Historia, 1892).
Las “lanzas jinetas” se referían tanto a la persona (el capitán de infantería) como al arma en sí, que era una lanza corta con punta de acero afilada; los lanzas jinetas montaban a caballo en una particular “silla jineta” que tenía los estribos muy cortos para flexionar las piernas. La “caballería a la jineta” se conocía como “ligera” y los jinetes se protegían sólo con una coraza de metal y el casco (León, 2000). No se explica en el documento por qué los reyes solicitaban expresamente que fueran yeguas, aunque puede ser por su docilidad, o bien para promover su reproducción en las tierras recién descubiertas. Tampoco se manifiesta la razón para proveer de dos yeguas a algunos de los “lanzas jinetas”, y podría pensarse que eran cabalgaduras en constante riesgo, por ser las primeras que entraban en acción durante las batallas. Si bien se encontraron abundantes referencias en cuanto al sexo de los equinos, en ningún documento se describieron detalles del nombre de los animales, el color de la capa, las señas particulares y las características de su desempeño, los cuales son elementos netamente zootécnicos; dicha información ya aparece para los caballos de la expedición de Hernán Cortés (Melgarejo, 1980).
Para preparar la expedición, los monarcas nombraron al obispo de Sevilla, Juan Rodríguez de Fonseca, para organizar todos los preparativos del viaje; sin embargo, el obispo era conocido por “ser muy capaz para mundanos negocios” (León, 2000), es decir, para hacer trampas. Al parecer hizo un buen trabajo, pues en poco tiempo:
… se amañó para reunir una flota de diecisiete navíos y equiparlos con los bastimentos, aparejos de repuesto, caballería y armas […] para acumular las provisio nes necesarias y gran parte del equipo destinado a mil doscientos o mil quinientos hombres; para […] fundar una colonia minera y agrícola y trasplantar la civilización española a las Indias (Morison, 1993).
Queda claro que la intención de los monarcas era fundar una colonia española en toda forma, con el estilo de vida de la gente de la península, aunque existía un par de objetivos primordiales: la conversión de almas paganas y, por supuesto, obtener la mayor cantidad de oro como fuera posible. Hay que recordar que el Almirante había sido muy presuntuoso para mostrar a los Reyes Católicos el potencial de las nuevas tierras para conseguir del metal precioso. Para cumplir dichas metas, los soberanos ordenaron “proveer cuanto fuera necesario” para la expedición, la cual “fue muy bien equipada incluso con todo lo necesario para el establecimiento y conquista; llevó caballos, vacas, ovejas, cabras, cerdos y aves de corral”, además de semillas y plantas variadas (De Giorgis, 1992).
El propio Cristóbal Colón había señalado el potencial de las tierras recién descubiertas. Así, en su carta del 15 de febrero de 1493 dirigida a los Reyes Católicos, escrita poco antes del regreso de su primer viaje, menciona su intención de fundar pueblo: “La Española es maravilla: las sierras y las montañas y las vegas y las campiñas y las tierras tan fermosas y gruesas para plantar y sembrar, para criar ganado de todas suertes” (Colón, 1892).
En respuesta, los Reyes Católicos habían ordenado que, para la expedición del segundo viaje de Cristóbal Colón, “debía cumplirse con el número completo de yuntas y yeguas y asnos con que puedan labrar las dichas Indias”, y además se dispuso cierta cantidad de maravedíes para adquirir y movilizar cebada y agua para las bestias (Pacheco et al., 1864-1884), un aproximado de 35 toneladas de cebada para una cantidad indefinida de vacas y yeguas -recordando que se habían autorizado 14 vacas y 14 yeguas-, más 20 lanzas jinetas con 25 cabalgaduras. Hay que tener presente que este era apenas el segundo viaje trasatlántico y que nunca se habían transportado grandes animales en tales cantidades. Y si bien el Almirante sabía el tiempo que la travesía podía llevar, el detalle de prever el alimento para las bestias demuestra el cuidado que se tuvo en la organización de tal empresa, y que por lo tanto se pensó en términos de lo que hoy es la zootecnia.
Es hasta este momento en que aparecen expresamente los caballos en las crónicas, pues serían necesarios para la guerra contra los nativos de las islas, para las labores agrícolas y para el transporte de personas y mercancías en el nuevo asentamiento. Por desgracia, la primera anotación sobre los equinos que vendrían en el segundo viaje de Colón no es halagüeña, pues el obispo Fonseca (como se le conocía en las crónicas) hizo desfilar una veintena de caballos de pura sangre en el puerto del río Guadalquivir en Sevilla, e hizo un mañoso trueque por un grupo de “tristes rocines” en el puerto mediterráneo de Cádiz, “embolsándose la diferencia” (Morison, 1993), confirmando que era muy capaz para los “negocios mundanos”.
La mayoría de las crónicas mencionan que en el puerto de Sevilla se almacenaban los materiales (velamen, cal, ladrillo, semillas, leña, tocinos, biscocho de trigo, etc.), pero que los animales eran embarcados en las Islas Canarias, pues, como dijo el propio Cristóbal Colón:
…y más es menester que los navíos que fueren que lleven ganado así ovejuno como vacuno y cabruno, y esto que sea nuevo, y pueden tomarlo de las Islas de Canaria porque se habrá más barato, y es más cerca (León, 2000).
La armada salió del puerto de Cádiz el 25 de septiembre de 1493 con rumbo a las Islas Canarias, en donde se embarcó la mayoría de los animales en pie; ahí se abastecieron esencialmente de ganado: becerros, cabras, ovejas, gallinas, cerdos, y algunas pepitas y simientes de frutas. A decir de Morison (1993), las vacas y los caballos debieron “haber sido acorralados en las cubiertas de los barcos mayores, puesto que ningún animal podía sobrevivir a un viaje en la bodega”. Sin embargo, otras fuentes señalan que los caballos viajaban bajo cubierta, “suspendidos en el aire, sostenidos por lienzos de tela en una especie de andamiaje que les protegía en especial cuando había mal tiempo o cuando el animal era de naturaleza nerviosa” (Zaragoza, 1992). En cualquier caso, las maniobras para embarcar ganado mayor y todo lo necesario para alimentarlos durante el viaje debieron ser laboriosas, aunque ningún cronista le dio importancia a un hecho que debió parecerles tan irrelevante como embarcar toneles o fardos.
La travesía atlántica fue rápida, pues el 3 de noviembre de 1493 la flota estaba ya en la Dominica, en las Antillas menores, y todavía hizo un recorrido de varios días por las diferentes islas, pasando el 18 de noviembre por Borinquen (Puerto Rico), pero sin detenerse, pues “a nadie se le permitió desembarcar en ninguna de las islas” (Morison, 1993). Al llegar a La Española, al sitio que Colón había denominado “el alcázar o fortaleza Natividad del Señor” (Fernández de Navarrete, 1853), en donde había dejado un grupo de marinos el año anterior, no se encontró alguno vivo. Colón desembarcó para hablar con Guacamarí, el cacique local, quien devolvió la visita al subir a la nave de Colón la tarde del 30 de noviembre de 1493; esta es la fecha en que un nativo americano conoció a un equino por primera vez: “Y aquella tarde se vino con el Almirante a las naos, y le mostraron caballos y cuanto ahí había, de lo cual quedó muy maravillado como de cosa extraña a él” (Fernández de Navarrete, 1853), y se llevó “la mayor sorpresa de su vida cuando vio el primer caballo” (Morison, 1993).
Desembarque en La Isabela
La flota navegó por la costa norte de La Española buscando un sitio adecuado para establecer un asentamiento formal, llegando el 2 de enero de 1493 a una península boscosa que les pareció propicia para ello, denominando ese lugar como La Isabela. Es probable que ese no fuera el mejor sitio para fundar una colonia, pero “los animales embarcados estaban muriéndose; las gentes, enfermas y cansadas […] rogaban al Almirante no seguir adelante” (Morison, 1993). Y ese fue el motivo para realizar ahí el apresurado desembarco. Los caballos estuvieron a bordo un total de 14 semanas desde su salida de Sevilla, lo que permite imaginar el estado deplorable en que pisaron tierras americanas. Ante la falta de muelles para atracar, el desembarco no pudo ser más sencillo, aventando a los animales por la borda y dejarlos nadar hasta tierra (Perezgrovas, 2020), tomando en cuenta que “los mayores barcos de la flota de Colón no podían anclar a menos de media milla de la costa” (León, 2000).
Es posible imaginar el sentimiento de la gente que venía en las naves, al finalizar un prologado viaje marítimo y dar inicio al establecimiento de la nueva colonia: La Isabela. La historiadora Montserrat León describe ese momento:
… Allí desembarcaron los casi 1500 hombres que acompañaban a Colón, fatigados y con escasos bastimentos, pues muchos de ellos se habían estropeado durante el camino, con los caballos en mal estado, etc. […] El desembarco de animales, armamento, vituallas y provisiones les llevó varios días, así como el seleccionar aquellos productos todavía en buen estado entre los que se habían echado a perder, apartando estos últimos de los aún útiles para evitar que también se estropearan (León, 2000).
Poco tiempo pasó antes de que Colón y los inmigrantes se dieran cuenta de los problemas prácticos de fundar un nuevo asentamiento: no se había sembrado la simiente, y “aquellos poquitos labradores que acá estaban, los cuales aunque estuvieran sanos, tenían tan pocas bestias y tan magras y flacas, que poco es lo que pudieran hacer” (Fernández de Navarrete, 1853). Ante esta situación, Colón mandó varias naves de regreso a España, con cartas para solicitar a los Reyes Católicos: provisiones, armas, vino, carnes secas y harina de trigo, además de animales: “carneros vivos y aun antes corderos y corderitas, más hembras que machos, y algunos becerros y becerras pequeños son menester cada vez vengan en cualquier carabela que acá se enviare, y algunas asnas y asnos, y yeguas para trabajo y simiente” (Colón, 1892).
El Almirante aprovechó sus escritos dirigidos a los monarcas para quejarse de los “negocios mundanos” del obispo Fonseca, pues “los caballos presentados en Sevilla tampoco son los mismos que llegaron a las nuevas tierras”, añadiendo “el mejor de los caballos embarcados no parece que vale dos mil maravedíes, porque vendieron los otros y compraron estos” (León, 2000). Algo similar pasó con el vino, que no era la misma cantidad o de la calidad del que se autorizó comprar en Sevilla.
Los equinos en el asentamiento español
Las labores de siembra no pudieron comenzar pronto en La Isabela, pues los colonos carecían de alimentos suficientes y se rehusaban “a realizar trabajo alguno que no pudiera hacerse a caballo”; pero las bestias eran pocas, y además los oficiales (lanzas jinetas) no querían prestar sus cabalgaduras (Morison, 1993). Por todo ello, las labores agrícolas no pudieron llevarse a cabo y, a la postre, sería una de las causas de la desilusión generalizada en el nuevo asentamiento.
La respuesta de los monarcas a las cartas enviadas por Colón sobre el caso del engaño de don Juan de Fonseca con los caballos fue que el obispo se acercaría a la corte a informar sobre los caballos, y también ordenaron que las lanzas jinetas prestaran “los caballos cada vez que fuera menester y el Almirante lo mandara, y si algún daño recibieren los caballos yendo otros en ellos, por medio del Almirante que se lo paguen” (Fernández de Navarrete, 1853).
El interés de Cristóbal Colón era el oro, por lo que dio prioridad a la búsqueda de minas y dispuso una serie de cabalgatas de exploración al interior de la isla, en las que los caballos fueron utilizados para atemorizar a los nativos, quienes creían que serían devorados por ellos, y además existía el antecedente anecdótico, y seguramente ficticio, que un solo jinete “utilizó su caballo para hacer huir a más de 400 indios”, quienes pensaban que estos animales pasaban los ríos volando (León, 2000). Esa fue la primera crónica de la utilización sistemática de los equinos para intimidar a los aborígenes, un hecho que sería replicado constantemente en las batallas de conquista, tanto en las Antillas como posteriormente en la Nueva España.
Para tener una referencia del costo de los animales domésticos en España, en julio de 1494 se preparaba ya el desplazamiento de una flota hacia La Española para cubrir las necesidades de los pobladores de La Isabela, y se pagaron las cantidades estipuladas en la Tabla 1, donde se puede apreciar el alto valor que llegaron a tener los equinos. Para efectos comparativos, los sueldos pagados durante el segundo viaje de Cristóbal Colón fueron de 600 maravedíes mensuales para los marineros y los soldados, de 1000 maravedíes al mes para oficiales y pilotos de las naves, y 4000 maravedíes para los capitanes (León, 2007).
Tabla 1 Precio de los animales domésticos en España para enviarlos a las Indias en 1494.
| Especie y cantidad enviada | Costo total, maravedíes* | Costo unitario, maravedíes |
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* Equivalencia en 1497: 1 libra de pan de trigo = 1 maravedí; 1.8 kg de carne de res = 10 maravedíes.
Fuente: Pacheco et al. (1864-1884).
En ocasiones se piensa que los animales domésticos europeos llegaron a las Antillas exclusivamente en el segundo viaje del Almirante Cristóbal Colón; sin embargo, hay que tener presente que en los siguientes diez años se realizaron diferentes expediciones a cargo de distintos capitanes. El número de navíos que componían las flotas era variable (Tabla 2), pero en general se procuraba, por instrucciones de la Corona, embarcar animales de todas clases.
Tabla 2 Expediciones de España que pudieron llevar animales domésticos a las Indias (1493-1502).
| Capitán de la expedición | Fecha de salida | Destino | Número de naves |
| Cristóbal Colón | Sept. 1493 | Fuerte Navidad | 17 |
| Bartolomé Colón | Abril 1494 | La Isabela | 3 |
| Antonio de Torres y Pedro Alonso Niño | Octubre 1494 | La Isabela | 4 |
| Juan Aguado y Diego Colón | Agosto 1495 | La Isabela | 2 |
| Pedro Alonso Niño | Junio 1496 | La Española | 3 |
| Pedro Hernández Coronel | 1498 | La Española | 2 |
| Juan Bermúdez | 1498 | La Española | 2 |
| Cristóbal Colón | 1498 | La Española | 6 |
| Francisco de Bobadilla | 1500 | La Española | 2 |
| Rodrigo de Bastidas y Juan de la Cosa | 1500 | La Española y el Darién | 2 |
| Nicolás de Ovando | 1502 | La Española | 32 |
| Cristóbal Colón | 1502 | Santo Domingo | 4 |
Fuente: Adaptado de León (2000) y Perezgrovas (2020).
Dentro de la lista anterior destaca la “Gran Armada de Nicolás de Ovando” en 1502, que fue el mayor intento de la Corona española por lograr el anhelado asentamiento de los pobladores en las Antillas. Como nuevo gobernador de La Española, Ovando “fue el primero que realmente tuvo un interés en el desarrollo agrícola y ganadero” de la isla (Perezgrovas, 2020), terminando varios años de luchas internas y de inestabilidad política y económica. Fue a partir de esa fecha cuando se lograron los asentamientos españoles en otras islas antillanas, y cuando los hatos y las caballadas crecieron y se dispersaron, dando prestigio a los estancieros y encomenderos que los poseían.
En La Española de principios del siglo XVI se comenzaron a emplear los caballos para los rodeos de ganado bovino y para obtener de él los cueros, pero esta actividad se dificultó por la gran cantidad de árboles que “son tan espesos que no se puede caminar, y a caballo no se puede matar ganado”, aunque se reconoció que los equinos habían abundado, pues “las yeguas y mulas y caballos monteses son sin número” (Pacheco et al., 1864-1884).
En el año de 1511, Diego Colón, gobernador de La Española, encargó a Diego Velázquez la colonización de la Isla Juana (Cuba), para lo cual “adquirió cincuenta yeguas y treinta vacas y cuarenta puercas y quince bestias de carga, pagando por ello lo que justamente mereciere” (Pacheco et al., 1864-1884); esta información revela que, a 20 años de la introducción de animales europeos en las Antillas, ya existían en La Española en números suficientes, aunque los caballos siempre fueron los de mayor precio. Diego Velázquez llevó como secretario a “un joven en busca de fama y aventura: Hernán Cortés”, quien además se dedicaba en La Española “a criar vacas, ovejas y yeguas” (Perezgrovas, 2020).
Para 1518, unos 25 años después de llegado el ganado mayor a La Española, y habiendo pasado la necesaria adaptación a las condiciones ambientales, el número de animales se multiplicó de manera significativa; eso puede apreciarse en la documentación oficial de las autoridades de La Española para la Corona, en la que se menciona (con algo de exageración) que en esta tierra la “multiplicación de los animales es maravillosa”, que se pueden hallar:
…atajos [hatos] de vacas que se perdieron en número de treinta o cuarenta, señaladas con su hierro, y al cabo de tres a cuatro años aparecen en los montes en número de trescientas o cuatrocientas. Otro tanto es de los puercos y ovejas y yeguas (Pacheco et al., 1864-1884).
Las referencias a los equinos dentro de las crónicas de la época hablan de manera genérica sobre “yeguas” y “caballos”, sin mayores detalles sobre su fenotipo o su temperamento, y se puede deducir que en el periodo de 1493 a 1518 eran valorados por su utilización en las labores agrícolas en los nuevos asentamientos antillanos y, tal vez de manera más significativa, por el prestigio que daban a sus dueños.
Esta situación cambió a partir de la expedición de Hernán Cortés desde Cuba hacia las costas de Yucatán en 1519, cuando las crónicas describen con detalle los nombres, las características físicas y las aptitudes en batalla de los caballos, que empezaron a destacar como armas de guerra muy efectivas (Díaz del Castillo, 2011).
Conclusiones
En este trabajo se examina la historia escrita de la llegada de la especie equina a las tierras americanas y su desarrollo en las Antillas durante los primeros años del siglo XVI. Se conoce que los caballos fueron en ese tiempo armas de guerra, aunque las crónicas de la época relatan más sobre su utilización como animales de trabajo en el campo y en las minas durante el establecimiento de las primeras colonias españolas en las Islas.
La información documental sobre los caballos es común, pues aparecen en la mayoría de las crónicas; sin embargo, se encuentra muy dispersa, por lo que hay que sistematizarla y hacerla seguir una trama congruente, que en este trabajo fue su adquisición y embarque en tierras españolas, su traslado marítimo hacia las Antillas y su utilización en las labores agrícolas y mineras.
Los caballos siguieron siendo los animales más caros en España y en las Antillas, y daban prestigio a sus poseedores; no obstante, la información sobre la especie equina que se encuentra en las crónicas de este periodo es genérica y, a excepción del género de los animales, se carece de datos que pudieran considerarse zootécnicos sobre el manejo cotidiano, el fenotipo, la alimentación y la reproducción de los animales.
Conflicto de interés
El autor declara no tener conflicto de intereses.















