A lo largo de su trayectoria académica, el historiador estadounidense Chet Van Duzer se ha enfocado en el estudio de los mapas antiguos y manuscritos que contribuyen a la comprensión de la historia de la cartografía (Hessler y Van Duzer, 2012; Van Duzer, 2013; Van Duzer y Dines, 2016). Su libro más reciente es una exploración exhaustiva sobre las cartelas o cartouches. Estas son definidas por el autor como “dispositivos enmarcados que contienen texto o elementos decorativos junto con imágenes asociadas” (Van Duzer, 2024, p. 2).1 Este concepto le permite englobar todo tipo de imágenes, información o metadatos que, siempre y cuando estén dentro de un marco que les contenga o, en asociación a este, significará que se trata de una cartela. La cualidad de contención lograda por dicho marco es esencial para entender su función en el mapa.
Como bien explica el autor, el marco podía formarse por representaciones antropomorfas, fitomorfas, zoomorfas o de otro tipo. Es posible que estas figuras, que son parte fundamental del discurso que presupone la cartela en su totalidad, estuvieran un tanto alejadas del marco de forma tal que, este no es solo una línea o espacio que “enmarca” un texto u otras imágenes, sino que también incluye las figuras asociadas o que lo rodean aumentando el área y, por tanto, la misma configuración de la cartela. Incluyo estos detalles porque la disección fina de los elementos que le constituyen explica los enfoques de la historia del arte que se entrelazan con la interpretación cartográfica.
En el marco de esta aproximación interdisciplinaria, el autor no solo define y contextualiza a las cartelas en la introducción, sino que también profundiza en su evolución y significado desde el siglo XVI hasta el XIX. Proporciona, además, una propuesta original sobre la historia temprana y el desarrollo de las cartelas. Identifica algunas razones que explican su uso desde el siglo XIV, entre ellas, la legibilidad de las leyendas, notas y topónimos. Esto, a su vez, servía a los cartógrafos para demostrar que contaban con el conocimiento sobre qué había en los espacios representados dado que, si no se etiquetaban con algún dato o referencia, sugerían ignorancia por parte de los autores de los mapas.
Este aspecto sobre las razones que los cartógrafos tenían para crear las cartelas se explaya hacia una discusión sobre su ontología. Van Duzer destaca que el espacio donde se colocan las cartelas interrumpe el mapa, de forma que algo siempre quedara bajo el lugar que estas ocupen, ocultando, o no, información que debería ser constatada con la lectura de otro mapa. Por lo tanto no es posible concebir a las cartelas como elementos metacartográficos en el sentido de que puedan desvincularse del mapa, sino que de hecho su colocación en un lugar específico constituye una decisión intencional durante el proceso de conformación de este. Tal acto de selección subraya la conciencia del cartógrafo sobre la jerarquía de la información geográfica que se espera de un mapa y su capacidad para negociar los compromisos visuales necesarios para satisfacer tanto el valor ornamental como el práctico.
El desarrollo de las cartelas a lo largo de los siglos que presenta el autor se contextualiza en un marco histórico todavía más amplio. El uso de la ornamentación en el siglo XVI y principios del XVII, así como la tendencia a diseños más simples en la segunda mitad del siglo XVIII, que llevaría al paulatino abandono de las cartelas como elementos decorativos en la cartografía del siglo XIX, le permite entretejer el devenir de las cartelas a través de hilos que provienen de una historia de las ideas, de la tecnología, y de la historia global, entre otras posibilidades. Esto se enriquece notablemente en los 33 capítulos dedicados al análisis de casos específicos ordenados cronológicamente, cuya selección, por cierto, es un tanto subjetiva, como nos lo deja saber el propio autor. El corpus, nada limitado, permite a Van Duzer describir los procesos de cambio de las cartelas en relación con las tendencias estéticas y las funciones de los mapas a lo largo del tiempo, así como con los ideales políticos y filosóficos de los cartógrafos que los crearon. Entre otras variables que se usan para explicar los cambios estilísticos en las cartelas se incluyen los gustos propios de quienes mandaban a hacer los mapas, así como la consideración de la audiencia a quienes se dirigían.
El libro es por demás sugestivo, de forma que vale la pena rescatar en esta lectura algunos aspectos sumamente interesantes. Van Duzer argumenta que las cartelas tienen una calidad teatral, proporcionan un escenario donde figuras humanas y animales son actores que dan vida al mapa. Esta teatralidad “acentúa las diferencias en escala, perspectiva y simbolismo entre la cartela y la geografía circundante” (Van Duzer, 2024, p. 58). Por otro lado, un rasgo interesante que identifica en las cartelas de los mapas elaborados en el siglo XVI es su uso para la narración a través de escenas de la historia cristiana. Esto me hace elucubrar, más allá de las hipótesis al respecto que presenta el autor, que podría haber una interesante relación entre las cartelas de este siglo y las pinturas murales contemporáneas de los conventos erigidos en los territorios novohispanos. Coincide el uso de los grutescos, pero también de las escenas que representan pasajes de la Biblia. Usualmente, estas últimas se inspiraban en grabados antiguos que aparecían en libros que llegaron a las bibliotecas de colegios como el de Santa Cruz de Tlatelolco en la Ciudad de México (Escalante, 2003; Flores, 2022), de modo que surge la pregunta ¿podrían cartógrafos europeos y pintores novohispanos haberse inspirado en las mismas fuentes? O, incluso ¿tal vez alguna copia de estos mapas llegó a Nueva España y fue la inspiración para los artistas de los conventos?
La investigación histórica sobre las cartelas no podría causar el mismo impacto si no fuera por las imágenes a color que acompañan el libro. Lo mismo puede decirse de las profusas notas a pie de página que enriquecen enormemente la valía de las propuestas, hallazgos y futuras investigaciones que puedan surgir tras su lectura. No hay duda de que Van Duzer logra demostrar que, lejos de ser meros adornos, las cartelas son ventanas a las mentes de los cartógrafos y a las culturas que produjeron los mapas en que se incluyeron. En este sentido, las concibe como “espacios privilegiados de comunicación, a través de los cuales, los cartógrafos revelan sus intereses y creencias de una manera que no ocurre en otras partes del mapa” (Van Duzer, 2024, p. 1). El libro es, sin duda, una contribución significativa al campo de los estudios cartográficos y una obra de referencia imprescindible para geógrafos e historiadores, de prácticamente cualquier ámbito, especialmente volcados a la geografía histórica.














