Introducción
México fue sede del Primer Seminario Latinoamericano de Salud Mental, convocado por la Organización Panamericana de la Salud (OPS), el cual se llevó a cabo del 23 de noviembre al 3 de diciembre de 1962. Participaron científicos, profesionales sanitarios y autoridades políticas de nueve países de la región, así como invitados de la Organización Mundial de la Salud (OMS), la Federación Mundial de Salud Mental (FMSM), además de observadores y consultores de distintas latitudes del planeta.
La sesión inaugural se llevó a cabo en el Centro Médico de la capital mexicana, después el Seminario se trasladó a Cuernavaca, Morelos. Abraham Horwitz, director de la OPS, señaló que aquel encuentro:
Ocurre en un momento en que la actitud de las sociedades de América Latina con respecto a la prevención de enfermedades mentales, no se ha modificado sustancialmente en los últimos 400 años [...] se propone abordar un problema complejo dentro de una concepción universal, fundada en el valor del hombre como objeto, fin y medida de todas las cosas. Como lo señala Fromm muy acertadamente: “Estúdiese la sociedad o estúdiense los individuos, siempre se trata de seres humanos, y eso significa que hay que tener siempre en cuenta sus motivaciones inconscientes.1
En la intervención del médico chileno sobresalió su señalamiento indirecto sobre la forma predominante para atender las enfermedades mentales en los hospitales psiquiátricos, circunstancia que demostró el alejamiento de los países de América Latina respecto a las discusiones y acuerdos internacionales surgidos de la OMS.2 También es relevante que recurre como argumento de autoridad para abordar el tema central del Seminario a Erich Fromm, psicoanalista alemán radicado en Cuernavaca desde 1949, quien figuró como uno de los principales referentes de la psiquiatría mexicana, además de consultor y conferencista principal del Seminario.
Este encuentro entre profesionales sanitarios y políticos de talla mundial se dio en el contexto del desarrollo de una política exterior y económica dirigida desde Estados Unidos para el subcontinente, la Alianza para el Progreso.3 Ahí, la salud internacional ocupó un lugar central en la promoción del “desarrollo” de los países latinoamericanos. Por su parte, el historiador Marcos Cueto advierte que, esto dio como resultado la organización y el uso de una red de instituciones multilaterales y bilaterales donde la OPS ocupó un lugar privilegiado, también la promoción de nuevas intervenciones técnicas orientadas a las enfermedades y los planes administrativos que buscaron incorporar más personas y regiones a una economía de mercado.4
En la agenda sanitaria, el tema de lo mental ocupaba un lugar menor frente a las enfermedades transmisibles; no obstante, estuvo presente y presentaba dificultades propias. A decir de Jorge Velasco Alzaga, asesor regional de la OPS y psicoanalista formado con Fromm, la salud mental en el continente americano se encuentra en un camino de obstáculos que iban desde la definición hasta la capacidad de hacer estudios epidemiológicos.5
Este trabajo se ocupa de describir cómo se concibió la definición de la salud mental, en específico de la propuesta humanista acuñada por Fromm, socializada antes y durante el Seminario; el cual comprendía que:
La salud mental sería el síndrome de los individuos no enajenados, relativamente no narcisistas, no atemorizados y no destructivos, sino productivos […] es la capacidad de interesarse por la vida. Y esta capacidad, evidentemente, no sólo depende de factores individuales, sino también de factores sociales muy importantes. De todo lo dicho habrá quedado claro, espero, que el medio principal para abordar la salud mental o, mejor, la enfermedad mental no es la terapéutica individual sino fundamentalmente la reforma de las condiciones sociales, que producen enfermedad mental, o falta de salud mental.6
El concepto no compone una adscripción al modelo biomédico de la salud mental,7 que comenzaba a ganar terreno para 1960. Sin desconocer los procesos fisiológicos en la salud y enfermedad mental, el alemán propone una construcción socioeconómica, en una relación dialéctica entre los individuos, las estructuras sociales, el ambiente material y la vida cultural.8
Así, este trabajo se ubica desde la historia intelectual y profundiza en las líneas de investigación propuestas por Mariana Reyna sobre Fromm en México9 y América Latina.10 Con esta investigación se busca indagar en las condiciones propias y extrateóricas del concepto de salud mental humanista y su difusión en la región latinoamericana, al menos de los países que estaban suscritos y participaron directamente en la OPS durante el periodo en que operó la Alianza para el Progreso (19611970). Para ello, se utiliza un enfoque interdisciplinario que combina historia, psicología y estudios sobre salud pública.
Se revisa la propia obra de Fromm y los materiales emitidos por la Organización Mundial de la Salud (OMS) y la OPS, principalmente los Documentos de trabajo, Publicaciones científicas y el Boletín. Estas fuentes primarias tuvieron un alcance amplio entre los sanitaristas de la región debido a que fueron ampliamente distribuidos y consultados por los especialistas; conforman textos que fueron sintetizados, editados y confeccionados para su estudio y divulgación, distribuidos de forma masiva entre medios de comunicación y consultados por servidores públicos, periodistas, maestros, educadores sanitarios, entre otros con capacidad de comunicación y toma de decisiones. Estos documentos constituyen fuentes privilegiadas para conocer los acuerdos, los actores y las agrupaciones inmersas en el debate que reunió a las agencias internacionales, nacionales y locales con lo mental; no obstante, representan una visión limitada, especialmente de aquellas voces que resistieron, negociaron o contravinieron el modelo de la OPS. Como fuentes secundarias se ocupan las extraídas del Archivo General de la Nación, en las cuales es posible revisar la visión del gobierno mexicano frente a la vigilancia de los extranjeros, en especial sobre los exiliados estadounidenses y alemanes, universo al que era afín Fromm. Finalmente, la bibliografía especializada y producida por Fromm en español e inglés nos permite visualizar traducciones, recortes, silencios y sentencias que realizó para el público hispanohablante.
El argumento del trabajo sostiene que la propuesta del alemán no sólo disputó la forma de entender la salud mental en su sentido médico-científico. Como sucedió con otros campos de la salud en su intersección con la política de la Guerra Fría,11 revistió eufemismos e imaginarios que apuntaron al anticomunismo en la región. Fromm encontró en la “reforma” una vía para que los países en desarrollo siguieran la ruta de los países industrializados y con ello fortaleció el posicionamiento del norte global que apuntó al “mejoramiento del hombre americano”.
El artículo se nutre y busca aportar a una discusión con aquellos que han documentado cómo la OPS constituyó un espacio transnacional preponderante “productor de normas, un aparato de desarrollo y un escenario de choques y encuentros entre expertos [...] y en ocasiones trascendió este sistema para mediar en las relaciones entre Estados Unidos y otras repúblicas americanas”.12
El texto se organiza de la siguiente manera. La emergencia de la noción de salud mental en el nuevo orden mundial y la intervención de psicoanalistas en esta discusión. El exilio de Fromm en el continente americano, así como la articulación y la socialización del concepto salud mental humanista. Por último, la organización del Primer Seminario Latinoamericano de Salud Mental y las posiciones que tomaron los profesionales vinculados con la OPS respecto a la categoría de Fromm en un contexto de intensificación de la Guerra Fría.
La salud mental en el nuevo orden mundial y el rol de los psicoanalistas
El uso y la difusión de la noción de salud mental en el espacio público se pueden situar tras el fin de la Segunda Guerra Mundial. Con el objetivo de prevenir futuros conflictos bélicos se promovió la creación de una institución política internacional que culminó en la Organización de las Naciones Unidas (ONU), concebida como el centro de una comunidad mundial. Con su fundación, se establecieron progresivamente objetivos, reglas, agendas y nuevas instituciones, entre ellas la OMS. Esta entidad encargada de gestionar políticas de prevención, promoción e intervención a nivel internacional de la salud, entró en funciones plenas desde junio de 1948.
Para llevar a cabo estas labores se crearon comités y cuadros de expertos que se ocuparon de las diferentes áreas y temas competentes a la salud internacional, además se llevó a cabo una estructuración regional para su operación. Se delimitaron seis zonas que abarcan todo el mundo, entre ellos el continente americano, coordinado por la OPS.
El debate de lo “mental” no fue un tema menor en la agenda de la OMS, estuvo presente desde la primera definición de salud, donde se señaló que “no es solamente la ausencia de afecciones o enfermedades”,13 sino “un estado completo de bienestar físico, mental y social”. En la versión oficial al español, como ha señalado el psicólogo colombiano Juan Diego Lopera Echavarría, se tradujo mental health por higiene mental,14 lo cual puede entenderse como un resabio del paradigma en el que venían trabajando.15 Otra muestra de la prevalencia de la salud mental y sus profesionales en el nuevo orden mundial fue la designación del psiquiatra George Brock
Chisholm como el primer director de la OMS. Según algunas opiniones de la historiografía sanitaria “puso demasiado énfasis en la salud mental durante los primeros años de la OMS, un énfasis que parecía no atender a las siempre urgentes demandas creadas por las más notorias enfermedades transmisibles”.16
Chisholm en conjunto con psiquiatras, psicólogos y psicoanalistas que habían tenido un papel importante en el periodo entreguerras promovieron la creación de una organización no gubernamental internacional, la Federación Mundial de Salud Mental. Declararon que “el objetivo final de la salud mental es ayudar [a las personas] a vivir con sus semejantes en un solo mundo”,17 lección que más tarde se vertió en las discusiones globales.
La FMSM tuvo un rol preponderante durante las primeras décadas de la OMS. Entre aquellas tareas que la Federación asumió sobresalen las de organizar seminarios y reuniones regionales que permitieron integrar a los países del mundo a una agenda global. El Primer Congreso de Salud Mental se celebró en 1948, con la ayuda de la UNESCO.
Derivado de esta reunión, surgió el documento Mental Health and World Citizenship, donde se elevaron las categorías de relaciones humanas y del desarrollo humano como objetivos de la salud mental. Atender estos rubros contribuiría a mejorar la convivencia y a liberar la potencialidad humana para el bien común. Este énfasis no fue casual, ante las preocupaciones de una nueva guerra que emplearía la energía atómica.18 Además, algunos tópicos se volvieron de primer orden para garantizar la paz y la armonía, entre ellos, el estudio de la familia, la niñez, los espacios escolares, los grupos y las instituciones sociales, así como la resistencia al cambio.
Los factores psicosociales se presentaron como cuestiones clave para construir una ciudadanía global y podrían aplicarse a problemas como la agresión, los prejuicios, los conflictos grupales y el exacerbado nacionalismo; factores que habían sido identificados con los contendientes principales de la Segunda Guerra Mundial.
También es importante destacar que esta área de la salud se mantuvo abierta para que diversos actores pudieran incidir en el diseño de estrategias, modelos de atención, investigación y políticas internacionales. Fueron convocados sociólogos, antropólogos, pedagogos, administradores, entre otros, incluidos los psicoanalistas, quienes durante la primera mitad del siglo XX desempeñaron un papel marginal en el ámbito de la salud pública.
Durante el estalinismo en la Unión Soviética, el psicoanálisis fue considerado una ciencia burguesa y, por lo tanto, se prohibió.19 En contraste, en Estados Unidos y Reino Unido el saber freudiano fue ampliamente aceptado y valorado, pues se percibió como un factor de modernización y sofisticación intelectual.20 En esta apertura, la llegada de los exiliados de Austria y Alemania, principalmente, redefinió el rumbo del psicoanálisis, el cual entró en contacto con la salud pública. Se hizo una revisión de Freud en el intento de convertirlo en una teoría que pudiera servir a los estados de bienestar. Así, paradójicamente parte de los programas como el del psicoanalista Wilhelm Reich -que buscó vivienda, derecho a la intimidad, ampliación de los servicios sociales y psicológicos, control de natalidad y aborto legal- tuvieron cabida parcial en el Plan Beviridge y el New Deal.21
La OMS respaldó el trabajo de psicoanalistas que tuvieron particular interés para atender a infantes,22 y por aquellos que incorporaron el saber freudiano en discusiones sociales, antropológicas o culturales. A la par, la Organización promovió la modernización de los servicios en los hospitales psiquiátricos, la enseñanza y la formación de nuevo personal, el estudio de los factores bioquímicos, la epidemiología psiquiátrica, el diseño de psicofármacos y la atención al alcoholismo, el homicidio, el suicidio y la delincuencia, entre otros.
Los exiliados influyeron en relegar no sólo el psicoanálisis clásico, centrado en el individuo y la organización libidinal, sino también en distanciarse de las tesis organicistas vinculadas a la higiene mental. Colocaron el énfasis en la interacción social, y contribuyeron a la democratización de la psiquiatría, al asesoramiento de la crianza, la educación y al sistema de justicia juvenil, entre otros ámbitos, lo cual permitió constatar su presencia en los sistemas de salud pública global. Este primer periodo de la salud mental, que se extendió desde la década de 1950 a la primera mitad de 1960, tuvo como propósito general ir más allá de la asistencia y previsión; por ello promovió un programa de transformación de la vida social y buscó intervenir en la política internacional apoyándose en la investigación.23
En ese contexto, los psicoanalistas ligados a las agencias mundiales contribuyeron a articular un nuevo vocabulario que formó parte de una cultura global, donde se entremezclan valores ideológicos centrados en el bienestar, la libertad, la democracia y la paz. Esta incipiente estructura ayudó a repudiar el pasado fascista pero también al experimento soviético, asociado con el autoritarismo. Esto resultó funcional para los objetivos estadounidenses de contener el comunismo en la región y promover el desarrollo económico capitalista para los estados latinoamericanos.
Si bien el psicoanálisis fue objeto de grandes discusiones durante la Guerra Fría, adquirió matices específicos en los distintos países de las Américas y tuvo usos radicales y conservadores.24 Fue a lo largo de la primera década de vida de la OMS que gozó de un mayor peso como marco referencial. No obstante, no fue la única teoría que influyó y disputó en las concepciones de la salud mental, en este campo estuvieron presentes ideas provenientes de la fisiología, la estadística, la psicología conductual, la neurología, la administración pública, la antropología cultural y la psiquiatría comunitaria, entre otras disciplinas.
Estos modelos nutrieron discusiones que prevalecieron a lo largo de las siguientes décadas, donde al menos dos paradigmas subsistieron. Por un lado, el biomédico, donde fue reducido lo mental a un proceso biológico y apuntó a la erradicación de enfermedades como criterio de normalidad. Por otra parte, el que se refiere al comportamiento, donde se entiende a la salud mental en términos de hábitos y conductas adaptativas; “en consecuencia, los trastornos mentales se entienden como alteraciones o desajustes del hábito”.25 A ambos modelos se opuso Fromm y dirigió críticas desde su concepto humanista de salud mental.
De la teoría crítica a una propuesta reformista en el continente americano
Fromm llegó exiliado a Estados Unidos en 1934. A diferencia de sus colegas de la Escuela de Fráncfort, no dependió económica ni laboralmente de su adscripción a la Universidad de Columbia, quien recibió a los exponentes del Institut Für Sozialforschung. Apenas transcurrido un corto tiempo de su llegada, estableció un consultorio psicoanalítico en Nueva York donde se concentraba una buena cantidad de población judía, universitaria y cosmopolita que mantenía simpatía por las ideas freudianas. Además, entabló contacto con Karen Horney y Harry Stack Sullivan, a quienes se les asoció con la corriente “neofreudiana”.26 Este encuentro fue el más significativo en su paso por el continente americano.
Si antes del exilio había puesto énfasis en el papel determinante de los instintos primarios para determinar la personalidad del individuo al interior de la racionalidad capitalista. En América, Fromm colocaba el acento en el papel de la cultura, las relaciones interhumanas y la estructura pulsional que surge bajo determinadas condiciones socioeconómicas, entre ellas, las sociedades autoritarias.27 Esta posición se ubicó abiertamente contraria a Freud que era interpretado como un referente importante, pero con el cual no compartía más su idea de naturaleza humana, pues consideró que en el austriaco era esencialmente competitiva, pesimista y asocial.
Fue su reinterpretación de Freud, aunque también del marxismo (en el cual dio más valor a la concepción filosófica sobre la naturaleza del hombre) ligado a sus nuevas alianzas, las que marcaron su salida de la Escuela de Fráncfort y de la Asociación Psicoanalítica Internacional, esta última, la institución rectora del llamado psicoanálisis ortodoxo, fundada por Freud. El posicionamiento de Fromm se afincó en una nueva propuesta, la cual fue afinando en los años siguientes. Tuvo cabida en la vida clínica pero también impulsó un programa que aspiró a ser de alcance universal.
El psicoanálisis humanista buscó el conocimiento de la psique humana “en el análisis de las necesidades del hombre procedentes de las condiciones de su existencia”.28 En el consultorio desplazó la “transferencia” por la “relación central” donde el papel del psicoanalista y el analizado era análogo al sostenido entre el profesor y un alumno, el fin del tratamiento era restaurar la capacidad de razonamiento independiente y colocar al paciente en contacto realista con el mundo y sus propios sentimientos. Mientras tanto el psicoanálisis humanista, como programa de investigación y de vida, se estableció como un sistema para la realización del género humano, a través de recursos internos (conciencia, razón, amor, productividad, fraternidad) para encontrar la felicidad y la tranquilidad, que dispuso en paralelo una crítica a la normalidad estadística, a la medicalización, al individualismo y al capitalismo, en menor medida.
A decir de Rainer Funk, albacea de Fromm, a partir de 1950 el alemán comenzó a prestar más atención al problema de sí y la salud mental. Este tránsito dio paso a una nueva escritura y a nuevos lectores.29 Dejó de ser el académico riguroso con textos abstractos dirigidos al mundo universitario y a intelectuales de izquierda, a un autor que aspiró a tener como público al mundo entero. Empleó una prosa mucho más ligera y fresca que se valía de generalizaciones y autorreferencias en lugar de notas y pies de páginas rigurosas de Freud, Weber y Marx. Además, en sus publicaciones, abonó a ideas que permitían pensar normas y valores para alcanzar la realización y el potencial de la humanidad, a la par que mantenía su posición antiautoritaria, la cual criticó algunas formas de la democracia occidental y al socialismo burocrático de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (urss), hoy, Rusia.
Estas tareas se dieron en un momento tenso al interior de los Estados Unidos, bajo el gobierno de Truman, donde la fuerte presencia del senador Joseph McCarthy, dio lugar a la persecución de diversos actores que fueron acusados de subversión de izquierda, y por tanto perseguidos y obligados a optar por el exilio para continuar sus vidas.
No obstante, el psicoanálisis humanista no desafiaba al programa de expansión e influencia de Estados Unidos en medio de la Guerra Fría. Al contrario, su propuesta justificaba la teoría modernizadora basada en la industrialización y la planificación estatal, la hegemonía estadounidense en la región latinoamericana y nutrió el anticomunismo. Sus ideas cada vez se tornaban menos mordaces contra occidente y defendían la libertad individual a ultranza, además demostró un enorme optimismo en la democracia occidental y en valores transhistóricos que lograron convertirlo en parte de la ideología.
En aquellas circunstancias, Fromm arribó e hizo de México su morada desde 1949. Su estancia, considerada la más productiva de su carrera por Mariana Reyna, se alargó hasta 1973.30 La decisión de radicar en este país derivó de la atención a la enfermedad reumática de su segunda esposa, Henny Gurland; y no a razones políticas como sí sucedió con decenas de estadounidenses acusados o sospechosos de ser comunistas, quienes hicieron de ciudades como Cuernavaca y San Miguel de Allende, sus nuevas residencias.
Como lo ha señalado Reyna, las autoridades políticas, sanitarias y universitarias vieron en él un agente modernizador de la psiquiatría y del estado posrevolucionario.31 Recibió un trato distintivo, con especial margen de acción en la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) y los servicios sanitarios del Estado, entre ellos, el Instituto Mexicano del Seguro Social (IMSS). Esta situación no la tenían la mayoría de los exiliados norteamericanos o los españoles que se encontraban refugiados -derivado de la instalación de la dictadura franquista-, tampoco los propios alemanes que fueron vistos con recelo apenas unos años antes de la llegada de Fromm. Todos ellos vigilados por la propia Dirección Federal de Seguridad, aparato de inteligencia del gobierno mexicano confeccionado a lo largo del tiempo para perseguir y vigilar a enemigos y sospechosos de atentar contra el Estado mexicano.32
Fromm dividió sus tareas para realizar el llamado “Proyecto México”33 y en paralelo buscó cumplir con sus compromisos académicos en la ciudad de Nueva York donde siguió vinculado con los neofreudianos, la Universidad de Columbia y sus pacientes. Al tiempo participó por invitación de diversas instituciones a dictar conferencias en derredor del globo, actividades que alternaba escribiendo para publicaciones periódicas mexicanas y extranjeras, privilegiando estas últimas.
La fama que Erich Fromm adquirió con la publicación del Miedo a la libertad (1941) le permitió tener lectores con impacto directo en la agenda global. Sus ideas fueron parafraseadas por políticos, autoridades sanitarias y otros actores para nutrir sus argumentos en torno al desarrollo y el progreso. La investigación de Lawrence Friedman demuestra la conexión de Fromm con figuras como Brock Chisholm, primer director de la OMS; Norman Tomas, dirigente del Partido Socialista Estadounidense; y con el comentarista social, Bertrand Russell. Asimismo, Fromm participó en las tres campañas presidenciales de Adlai Stevenson y se desempeñó como asesor de varios miembros liberales del Congreso norteamericano y de actores políticos afines a Kennedy y a Amnistía Internacional.34
Fue uno de los intelectuales más reconocidos por autoridades sanitarias por Sane Society (1955). Su obra El arte de amar, publicada en 1956, fue su primer libro traducido al español así como a diversos idiomas; esto permitió a la población internacional que el acceso a su lectura fuera asequible, pues se encontraba en puntos de venta ubicados en estaciones de tren, aviones y cafeterías. Además, su fama se acrecentó por su participación directa o por sus ideas difundidas en revistas y programas de televisión.
El ocaso duró poco, pues la crítica de un viejo compañero de ruta, Herbert Marcuse, lo presentó en la revista Dissent (1955-1956) como un mal lector de Freud, un idealista, promotor de la conformidad y la resignación. Marcuse fue respaldado por psicoanalistas ligados a la Asociación Psicoanalítica Internacional (ipa, por sus siglas en inglés), militantes de izquierda y académicos angloparlantes.
Contrario al impacto que alcanzó la crítica en Estados Unidos, en México, la discusión de Dissent no tuvo una aceptación inmediata por el público académico, tampoco entre la izquierda mexicana, menos aún por los psicoanalistas, pese a que el debate fue traducido y publicado en la Revista de la Universidad.35 Así, mientras se desacreditó su obra en el mundo anglosajón ligado al psicoanálisis y a la izquierda, México fungió como una morada, cuestión que lo volvió más autorreferencial en su producción escrita.36
El aspecto menos abordado por los estudiosos de Fromm, hasta la aparición de los trabajos de Mariana Reyna es el papel que México fungió como plataforma del alemán con el mundo hispanoparlante, en específico con América Latina.
Reyna ha señalado el alcance de su obra a través del Fondo de Cultura Económica, la editorial mexicana que permitió la difusión de las ideas de Fromm en América Latina; además sus conocimientos fueron replicados por sus discípulos, quienes tenían cargos públicos en los servicios sanitarios mexicanos y en la propia Universidad Nacional Autónoma de México; entre ellos se encontraban Ramón de la Fuente Muñiz, Francisco Garza, Jorge Silva García y Jorge Velasco Alzaga.
A estos canales de difusión se les sumaron la traducción y la publicación de la obra del psicoanalista en sellos editoriales importantes como Paidós y más tarde en Siglo XXI, llegando a ser el psicoanalista más leído en el mundo hispanoparlante después de Freud. También otras casas editoriales más pequeñas que tuvieron filiales en Argentina, Colombia, Uruguay y algunos países de Centroamérica se sumaron a estas tareas, de las cuales se conserva su acervo en bibliotecas públicas y privadas. Además, es importante enfatizar que algunos profesionales de la región se formaron en México y fueron instruidos con las ideas de Fromm, como en el caso colombiano37 y nicaragüense.38
La recepción de Fromm encontró eco no sólo entre los que buscaron alternativas a la psiquiatría dominante con énfasis en la neurología, también entre quienes promovieron las carreras de psicología entre las décadas de 1950 y 1970 cuando se formalizaron algunos programas en las universidades públicas y privadas de la región. Rubén Ardila, al hacer un balance de las corrientes psicológicas en América Latina, señaló que “Por su interés en los factores políticos y culturales, Erich Fromm hablaba un idioma que entendían los psicólogos de América Latina”. 39
Así para la década de 1960, Fromm no sólo figuraba como un referente para los especialistas mexicanos, también para un amplio público del continente americano, de tal manera que al celebrarse el Primer Seminario Latinoamericano de Salud Mental organizado por la (OPS) en 1962 en Cuernavaca, Morelos, Fromm fue uno de los consultores para la realización del encuentro y además uno de los invitados especiales, quizá el más importante. Esa participación no sólo revestía un interés por la salud sino también por una cuestión política.
Durante su estancia en México, Fromm se mostró interesado en el gobierno de Cárdenas, pero no abogó por la revolución, aún más la criticó y relativizó. Según el informe resguardado por la Dirección Federal de Seguridad (DFS), en su intervención en el VIII Congreso Interamericano de Psicología realizado en diciembre de 1961, Fromm calificó a los revolucionarios y rebeldes de resentidos, y que por ello se resisten a la autoridad. El agente de la DFS también informó a sus superiores que el alemán señaló cómo los revolucionarios tienden a volverse amigos de aquellos contra los que luchaban, así “el panorama político de nuestro siglo es el de un cementerio de rebeldes que terminan en oportunistas”.40
Hay que tomar en cuenta que el tema de la revolución y sus agentes de cambios se había revitalizado en la izquierda desde 1959 con el triunfo cubano. A diferencia de otros “marxistas” de la época, Fromm no hizo hincapié en un análisis de la división internacional del trabajo y el papel que los países subdesarrollados ocupaban en éste. Se limitó a revisar a Marx y reivindicar su idea de hombre en detrimento de una visión dialéctica de la transformación social. Si bien los países del Tercer Mundo estaban presentes en sus reflexiones sólo les ofrecía la salida de un socialismo humanista, asumiendo una posición paternalista y romántica de los países latinoamericanos, comenzando por México, donde idealizaba las condiciones de pobreza, resaltando la calidez humana y la espontaneidad o el espíritu comunitario, pero minimizando los problemas estructurales de las sociedades del tercer mundo.41
Luego de lo señalado, no se puede aseverar que Fromm haya sido un agente norteamericano. Empero, su posicionamiento abogó por reducir las brechas entre naciones ricas y pobres, basada en reformas sociales y buena voluntad, la que compaginó, no casualmente, su posición con la Alianza para el Progreso, impulsada por Kennedy hacia la región latinoamericana. Así, Fromm acompañó a nivel discursivo el proyecto de políticas para el desarrollo de América Latina con especial énfasis en el campo de la salud.
Salud mental, un concepto en disputa, su recepción en América Latina
El tema de la salud mental quedó inscrito en la agenda global, como se ha señalado, desde el surgimiento de la OMS y con la declaratoria del documento Mental Health and World Citizenship en 1948. Sin embargo y por paradójico que resulte, se presentaron dos dificultades a toda vista en este campo: la falta de representación proporcional de la comunidad mundial y la definición explícita de salud mental.
Los asistentes y relatores del Congreso de Londres contaron con un predominio avasallador de Gran Bretaña y Estados Unidos, quienes lamentaron la nula participación de los países de Oriente y Medio Oriente. América Latina se limitó a contar con dos representantes en la comisión que elaboró el documento final, donde participaron Mauricio Goldenberg, director del Servicio de Psicopatología del Policlínico Lanús por Argentina y Oswaldo Camargo-Abib, superintendente de Servicios de Salud Mental, por Brasil.42
En cuanto a la definición, fue hasta 1950, durante la segunda reunión de expertos en Higiene Mental de la OMS que se estableció un concepto. Ahí se señaló:
el concepto del comité implica la capacidad de un individuo para establecer relaciones armoniosas con otros y para participar en modificaciones de su ambiente físico y social o de contribuir con ello de modo constructivo. Implica también su capacidad de obtener una satisfacción armoniosa y equilibrada de sus propios impulsos instintivos, potencialmente en conflicto.43
Acordar una definición resultaba ser un factor imprescindible para avanzar en las discusiones científicas y de este modo tomar decisiones, así como para evitar malentendidos entre los especialistas y los vinculados con las tareas de la mente. A esta discusión se integraron temas ligados con el desarrollo de los sistemas sanitarios y la formación de profesionales.
Lopera Echavarría ha destacado que también surgió una versión sintetizada de la definición de salud mental, la cual es la más citada por autoridades sanitarias, políticas y miembros de la sociedad civil hasta el presente y que apunta a “un estado de bienestar en el cual el individuo es consciente de sus propias capacidades, puede afrontar las tensiones normales de la vida, puede trabajar de forma productiva y fructífera y es capaz de hacer una contribución a su comunidad”,44 noción que ha circulado por más de setenta años.
Durante las primeras décadas de trabajos de la OMS, el concepto se socializó a través de los seminarios regionales; para la acuñación del término se convocó a especialistas, funcionarios públicos e interesados en el tema. A dichas reuniones especializadas también asistieron representantes de la propia OMS, consultores (en específico miembros de la FMSM) y autoridades gubernamentales, entre otros.
Dichos seminarios se celebraron en diversas partes del mundo, por ejemplo en el congreso de Australia en 1953 se logró reunir a naciones del Pacífico occidental y Asia sudoriental. Los consultores después de los encuentros eran trasladados a los países interesados; ahí, brindaron asistencia y asesoramiento en temas de tratamiento, educación, prevención y también en materia legislativa; de igual manera promovieron la apropiación de principios de salud mental en los programas de bienestar, higiene y educación.45
En los encuentros se manifestó que algunas temáticas se relacionaban con la salud mental -entendida como construcción de relaciones sociales sanas- empero comenzó a ganar terreno el tratamiento de patologías y las conductas que ponían en peligro el desarrollo económico de los países. Las enfermedades y malas conductas podían ser estudiadas y tratadas con diversos recursos; no obstante, se necesitaban datos sobre los profesionales, los nosocomios y los costos.
También se expuso el uso de psicoterapias de trabajo como las aplicadas en Jordania desde 1954 hasta la intervención directa en el cerebro mediante cirugías o el uso de psicofármacos. En tanto que temas como las toxicomanías, la criminalidad, el retraso mental y la psicosis, entre otros, obligaban a revisar los tratamientos, las investigaciones, el destino de presupuestos y políticas públicas, como también el propio concepto de salud mental. Ésta fue la antesala del seminario regional celebrado por los latinoamericanos en 1962.
El evento en México se desarrolló en siete sesiones plenarias, diez sesiones de grupo de trabajo y dos mesas redondas. En este encuentro participaron médicos y especialistas, tanto nacionales como internacionales; destacó la participación de Costa Rica, Cuba, El Salvador, Guatemala, Haití, Honduras, Nicaragua y Panamá. Las delegaciones de Brasil, Argentina, Chile y Uruguay fueron las grandes ausentes, pues contaban con especialistas destacados y servicios públicos de incidencia en esta materia. No obstante, años más tarde, concurrieron en otros seminarios y encuentros, en donde recibieron los materiales de trabajo que editaba la propia OPS, así como el Boletín, que fue el principal órgano de difusión de la organización y el cual tuvo un alcance importante.
Circulación del concepto humanista de la salud mental en la OPS
La presencia de las ideas de Fromm entre diversos actores políticos norteamericanos y al interior de las agencias internacionales del gobierno global fue tangible, también la OPS se convirtió en un canal de difusión y reapropiación.
Las referencias al alemán comenzaron en la década de 1950; sin embargo, fueron menores sus evocaciones.46 En aquella década su presencia fue más activa en los congresos de Psiquiatría, donde tuvo participación y se le vio acompañado de sus discípulos mexicanos.47
No obstante, fue hasta el Primer Seminario Latinoamericano de Salud Mental de 1962, el cual se celebró en el marco de la Alianza para el Progreso, que la presencia de Fromm cobró enorme relevancia entre la comunidad de la salud pública latinoamericana ligada a la OPS.
Su propuesta de definición de salud mental fue elaborada a lo largo de la primera mitad de 1950, y se publicó en su primera obra al español Psicoanálisis de la sociedad contemporánea. Su estudio se centraba principalmente en el “mundo occidental”, específicamente en los Estados Unidos, ya que ahí el capitalismo se había desarrollado de manera más avanzada tanto en términos económicos como psicológicos; sin embargo, en la edición en español, también se hizo referencia a otras regiones del mundo, especialmente a América Latina.
Ante este panorama, Fromm parecía estar motivado para proponer un cambio desde el socialismo humanista, modelo que no se diferenciaba de la socialdemocracia. Fromm señaló que era consciente de que su propuesta era transitoria y que al final los países de la tercera vía se desarrollaban bajo el modelo capitalista estadounidense.48 El alemán pretendía para el público latinoamericano inteligir elementos, pero no profundizó en ellos; se limitó a señalar que comparten aspectos con las sociedades occidentales más industrializadas, e invitaba a que cada país fuera estudiado más a detalle. Algunos trabajos se desarrollarían en las décadas siguientes, entre ellos SociOPSicoanálisis del campesino mexicano (1973).
Fromm señaló que el concepto de salud mental depende directamente de la noción de naturaleza humana que se tenga. Para el alemán, el hombre comparte necesidades iguales que el resto de los animales tales como hambre, sed, sueño y apetito sexual. No obstante, las necesidades humanas fueron definidas en relación con la trascendencia, el arraigo, el sentimiento de identidad y la de un marco de orientación o devoción.49 El grado de satisfacción de cada una de éstas marcaría los diversos grados de salud mental:
Si una de las necesidades básicas no ha sido satisfecha, la consecuencia es la enfermedad mental; si es satisfecha de manera insatisfactoria -teniendo en cuenta el carácter de la existencia humana- la consecuencia es la neurosis (ya manifiesta, ya en forma de un defecto socialmente modelado). El hombre tiene que relacionarse con los demás, pero si lo hace de un modo simbiótico o enajenado, pierde su independencia e integridad; se debilita, sufre, se hace hostil o apático; sólo si puede relacionarse con los demás de un modo amoroso se siente identificado con ellos y al mismo tiempo conserva su integridad. Únicamente el trabajo productivo se relaciona con la naturaleza, identificándose con ella, pero, no obstante, sin sumergirse en ella.50
Así el concepto de salud mental enunciado por Fromm, dictaba que:
La salud mental se caracteriza por la capacidad de amar y crear, por la liberación de sus vínculos incestuosos con el clan y con el suelo, por un sentimiento de identidad basado en el sentimiento de sí mismo, como sujeto y agente de las propias capacidades, por la captación de la realidad interior y exterior a nosotros, es decir, por el desarrollo de la objetividad y la razón.51
A toda vista el concepto se hallaba en sintonía con lo propuesto por la OMS, donde las relaciones sociales y los factores biológicos estaban presentes, pero donde los primeros tenían un mayor peso. Fromm complejizó la propia definición de la organización internacional al exigir que el género humano fuese capaz de captar las condiciones objetivas de su existencia y de no establecer relaciones enajenadas, lo cual requería de evaluar el espacio que se habitaba, la sociedad y su devenir histórico.
El psicoanalista consideró una propuesta que dictaba que la salud mental sólo podría conseguirse a través de realizar cambios simultáneos en la esfera de organización industrial y política. Esto propiciaría cambios en la estructura del carácter52 y en las actividades culturales, aunque esta posición no conllevaba necesariamente al elemento más radical del marxismo, la revolución. Al final terminó inclinándose por los Estados Unidos, al señalar que “el mundo occidental lleva en sí la posibilidad de un cambio pacífico y progresivo, mientras que en el mundo soviético esa posibilidad casi no existe”.53
Su propuesta del concepto de salud mental también ganó terreno en los medios. Fromm presentó en 1959 -el mismo año de la revolución cubana- para la televisión norteamericana, su definición en el programa Search for America, programa conducido por el profesor Houston Smith. Se mostró crítico frente al paradigma biologicista y el cognitivo conductual, sin poner nombre a quienes encabezaban las principales corrientes. Utilizó un vocabulario aún más fluido y se refería al “bienestar” como el centro de la salud mental, lo cual no significa la erradicación de patologías sino “la capacidad realista de experimentar al mundo y a uno mismo”. Se mantuvo optimista hacia el futuro estadounidense, donde vislumbraba el triunfo de la racionalidad, el pensamiento y la perspicacia como valores de Occidente y éstos se reafirmarían bajo una “terapia mundial”, contrario a sus colegas Adorno y Horkheimer, quienes habían presentado en Dialéctica de la Ilustración (1944) cómo la racionalidad moderna destinada a emancipar a la humanidad contribuyó, paradójicamente, a nuevas formas de dominación y opresión.
Fromm presentó su concepto de salud mental en 1961 para el público mexicano y en 1962 para el público latinoamericano. En ambas ocasiones, la exposición se dividió en dos grandes rubros. Comenzó describiendo en qué consisten los diferentes conceptos de salud mental más difundidos entre la población mundial. En primer lugar, se refirió al ámbito negativo, y señaló que “la lógica de este concepto radica en que una persona goza de salud cuando no está enferma, que por lo tanto, debemos ocuparnos en primer lugar de la enfermedad, ya que su misma ausencia basta para tener la seguridad de que hay salud mental”.54 Fromm expuso cómo esta definición, tan útil para las enfermedades somáticas, tiene una desventaja en el campo de la mente, pues la ausencia de enfermedades apunta únicamente a la “normalidad” del funcionamiento fisiológico y anatómico.55
Este cuestionamiento sobre la faceta negativa del concepto lo llevó a considerar una segunda definición de salud mental, en donde identificó el término relativista sociológico, el cual advierte que “una persona disfruta de salud mental cuando está bien adaptada a la sociedad”.56 Aquí Fromm se mostró incisivo y señaló la existencia de diferentes sociedades a lo largo de la historia; no obstante, no aludía a la lucha de clases para dar cuenta de la transformación de éstas.57
Luego de describir algunas características de las sociedades precapitalistas se refirió a la inhumanidad. Este asunto había hecho que el hombre sea capaz de administrar a otros hombres, que a su vez están sujetos a las mismas formas de organización, esta situación se describe como análoga a lo sucedido en la Unión Soviética, donde la inhumanidad es la constante.
La preocupación de Fromm respecto al concepto humanista radicó, a inicios de los sesenta, en fomentar la paz y en la construcción de una sociedad distinta, ante las amenazas de una nueva guerra; no en la investigación ni en el desarrollo de servicios psicopatológicos o políticas públicas, temas que comenzaron a ganar espacio entre las discusiones sostenidas por autoridades sanitarias globales pese a que Fromm diseñó un programa orientado a la promoción del pensamiento humanista.58 Ahora bien, cabe preguntarse si no aportaba a las acciones más inmediatas en la agenda sanitaria mundial por qué fue el protagonista de la reunión de 1962.
Se considera que su postura tenía más peso político que científico, pues resultaba un facilitador entre los valores e intereses estadounidenses en la región latinoamericana. Su presencia hizo que las recomendaciones no fueran apreciadas como una imposición y ayudó a percibir a la OPS como una arena de discusión plural. Así, Fromm participaba en la legitimación de argumentos e imaginarios promovidos por la Alianza para el Progreso.
En 1962 señaló que su propuesta se hallaba en las coordenadas que reúnen a Marx, Freud y Darwin; no obstante, su invocación resultaba débil. Se ocupó de dar cuenta de la dimensión subjetiva y adaptar sus argumentos a través de los valores promovidos por el psicoanálisis humanista, donde el amor, la confianza e inclusive el impulso hacia la libertad y la solidaridad con el grupo, servían para fortalecer relaciones económicamente estructuradas de dominación y subordinación.
Si bien no puede afirmarse que Fromm haya diseñado el concepto en función de defender a ultranza el modelo económico y social planteado por los Estados Unidos. Éste sí fue utilizado por autoridades internacionales en medio de la Guerra Fría como parte de la retórica que ayudó a prevenir el comunismo en los países de la región y a impulsar el desarrollo económico y social mediante reformas liberales. De tal forma que el programa de Fromm para el “bienestar” y el desarrollo del “potencial humano” fue permitido en el discurso público en la medida en que no fue radical.
Algunos efectos de Fromm entre los profesionales latinoamericanos de la salud mental
La propuesta humanista de salud mental de Fromm fue bien recibida y utilizada como un referente moral; es decir, desde el punto de vista de obrar en relación con el bien o el mal en función de la vida individual y colectiva entre los integrantes reunidos en la OPS. Esto obedeció a los valores promovidos en su obra. Así, Fromm formó parte de un marco general de promoción del desarrollo desde el norte. Pese a que su propuesta tensaba algunos puntos de la sociedad capitalista no se opuso a este proyecto, en tanto que su idea de salud mental ayudó a fusionar el proceso mismo de producción y las relaciones humanas, así como la idea de pertenencia y de un destino compartido entre los países latinoamericanos y Estados Unidos. Diferentes hechos dan cuenta de este uso y difusión del mismo.
Abraham Horwitz, presidente de la OPS entre 1958 y 1975, y quien fue un promotor de incluir a la salud en el plan de desarrollo en la Alianza para el Progreso, parafraseó y formuló alegorías del pensamiento del alemán en temáticas que ligaban a la salud mental en general, al señalar que ésta se relaciona con los fenómenos inconscientes, haciendo referencia a Freud y Fromm. También aludió al control de drogas,59 así como a la planificación del desarrollo económico y su relación con la salud; un resumen de la reunión de la OPS en Washington de 1963 puede ejemplificar este uso:
El Dr. Horwitz se refiere a lo que los grandes pensadores están enseñando […] Erich Fromm, quien refiriéndose al problema esencial de la época actual dijo: “El hombre tiene que ser restablecido en su lugar supremo en la sociedad, no siendo nunca un medio, no siendo nunca una cosa para ser usada por los otros o por él mismo […] La economía tiene que convertirse en la servidora del desenvolvimiento del hombre. El capital debe servir al trabajo, las cosas deben servir a la vida”.60
La participación de Horwitz permite observar que la alegoría a Fromm está desprovista de las referencias intelectuales del psicoanalista alemán, aún más es interpelada en función del mejoramiento de las condiciones humanas.
Entre los médicos mexicanos la presencia de las ideas de Fromm fue mucho más difundida. Dos ejemplos de ello fueron sus antiguos alumnos Ramón de la Fuente y Jorge Velasco. Este último, en su calidad de director general de Neurología, Salud Mental y Rehabilitación de la Secretaría de Salubridad y Asistencia de México, se dirigió a sus colegas en el marco de la inauguración del Seminario Latinoamericano en Cuernavaca; el título de su ponencia presentada en este contexto fue “El humanismo rector de la salud mental”, a través de su discurso mostró su cercanía con Fromm. Las ideas plasmadas en su participación se enfocaban en la construcción de una comunidad de paz; también señaló que para el estudio de la inmensidad del hombre “sólo el humanismo podrá ser rector de las labores nuestras por la salud mental”.61 Por su parte, Velasco, al igual que el resto del comité organizador, consideraba la definición un hecho secundario; por ejemplo, para el asesor de la OPS, las cuestiones relacionadas con la enseñanza, la asistencia, la rehabilitación, la investigación y la colaboración internacional ocupaban un lugar privilegiado en esta temática.
A lo largo de la década de 1960, las ideas de Fromm, incluida la noción de salud mental, figuraron en algunos documentos de trabajo, entre ellos, los Cuadernos de Educación Médica y Salud, donde se hacía referencia a su trabajo escrito, en específico a sus obras Ética y psicoanálisis, Psicoanálisis de la sociedad contemporánea y El corazón del hombre. El alemán fue presentado como uno de los autores con más profundidad en los aspectos sociales de la salud mental y en el estudio de las organizaciones humanas. Se recuperó su forma de trabajo que conllevaba a revisar desde la historia, la conformación de la organización moderna y la del sujeto; su presencia se extendió a lo largo de la década de 1970 y 1980 donde se reseñaron sus nuevas publicaciones a través del Boletín.
Así, Fromm logró estar presente en la OPS en los debates sobre buenas prácticas en el contexto de la salud mental, fue parafraseado en los programas de investigación y guía ético en modelos terapéuticos públicos, así como en la formación de profesionales sanitarios. En sintonía con esto, Ramón de la Fuente, al hacer un balance de los conceptos fundamentales de Fromm bajo “su convicción en la social democracia”, en la década de 1980, resaltó que “es posible que un atractivo en las ideas de Fromm que desde su posición ofrece al hombre una esperanza porque piensa que el amor y la razón son capacidades inherentes a la naturaleza humana”.62
La recepción de Fromm y sus ideas de mejoramiento de la salud mental a través de la reforma de la sociedad capitalista perdió fuerza a lo largo de las décadas de 1970 y 1980. En América Latina surgieron actores y grupos que se mantuvieron críticos frente a las medidas de la Organización. Se percibió la apuesta de Fromm en contra del paradigma revolucionario y del sentimiento antiimperialista que ganó ventaja entre la izquierda latinoamericana, durante estas décadas. Aún más, algunos trabajadores de la salud mental que concurrían en la OPS radicalizaron la idea de salud mental y señalaron que ésta podría servir para un cambio de las estructuras sociales y económicas de la región.63 Entre ellas, los reunidos en torno a la psicología de la liberación de Ignacio Martí Baro o las que desde el psicoanálisis en el Cono Sur buscaron comprender la opresión y la injusticia, así como la transformación social.64
En ese contexto Fromm sirvió de referente de crítica, pero no de transformación, donde se prefirió a Marcuse, cuya traducción y circulación influyó directamente en la generación latinoamericana de 1968.
Conclusiones
La revisión de la posición social de Fromm en el continente americano, así como la emergencia y la difusión del concepto humanista de salud mental proporciona un ejemplo de las batallas ideológicas de la Guerra Fría en América Latina.
El análisis desde la perspectiva histórica permite apreciar el cambio que fue de la lógica social del mundo de la posguerra donde el fomento de relaciones armoniosas y el desarrollo humano se sobrepuso como una necesidad mundial. Sin embargo, fue la lógica de la Guerra Fría y las relaciones interamericanas las que fueron modelando a qué se hacía referencia cuando de salud mental se hablaba, cuya construcción acompañó los modelos de producción en disputa.
En este contexto, Fromm complejizó la definición articulada desde la OMS a través del programa del psicoanálisis humanista. La propuesta buscó el equilibrio entre la individualidad y la conexión social para el bienestar y la salud mental al destacar la importancia de la creatividad, la autenticidad y el ejercicio de amar para alcanzar un bienestar pleno. Estas ideas contemplaron el funcionamiento de sociedades socialdemócratas y el rechazo a la instalación de gobiernos comunistas. Esta posición favoreció la política interamericana de Estados Unidos, que buscó promover “valores hemisféricos” y posiciones antisoviéticas en los años sesenta.
A pesar de que el concepto humanista en salud mental fue bien recibido entre la comunidad de profesionales y autoridades reunidas en la OPS y la OMS -durante el periodo que Washington y las principales capitales de América Latina aumentaron su receptividad a actitudes más reformistas en el proceso de desarrollo-, las ideas de Fromm no marcaron el destino de políticas públicas, servicios sanitarios o formación de recursos profesionales, pues la recepción del concepto y su obra se hizo en términos ético-morales, despojando la propuesta de Fromm de los elementos que conllevaban al empleo del marxismo y el psicoanálisis, ya que su uso se centró en el estudio del individuo.
Así, la propuesta del psicoanálisis humanista se opuso, pero no logró reafirmarse frente al modelo estadístico, biomédico y el cognitivo conductual que sí marcaron la apertura de asistencia técnica para el diseño de proyectos sanitarios más grandes, dirigidos desde las nuevas agendas sanitarias de orden mundial, regional, local y sus diferentes combinaciones ligadas a la salud mental. Estas agendas pusieron énfasis en la investigación, así como en la atención directa y la prevención de patologías (que dio lugar a la producción de diversos psicofármacos, entre ellos antidepresivos, ansiolíticos y estabilizadores del estado de ánimo), la investigación del sistema nervioso central y el cerebro en su relación con el comportamiento, la cognición y las emociones, el estudio de la conducta, la eliminación de estigmas relacionados con la salud mental, entre otros.
Lo anterior nos permite aseverar que la propuesta de Fromm apunta a una comprensión de la salud mental más allá de lo puramente clínico y sus indicadores cuantitativos; no obstante, también reviste una posición política en medio de un clima álgido en la región. Así, la construcción de la definición de salud mental, cualquiera que fuese bajo los paradigmas en disputa, no puede prescindir del análisis de la dimensión política de su contenido, emergencia, difusión y defensa por determinados actores sociales.















