Prefacio1
Lo que se presenta a continuación es uno más de los resultados de las investigaciones que realizo desde hace años sobre la historia de la historiografía de los pueblos representantes de la cultura maya. Surgió del interés que -para la comprensión integral de los textos, además del imprescindible análisis del perfil personal e intelectual de sus autores- presenta el estudio como parte del examen de la historia de las obras, de las características de los personajes que han tenido relación con sus ediciones, es decir, que las han intervenido en tiempos y contextos diversos, como paleógrafos, traductores, prologuistas, editores, etcétera. Porque es un hecho que entre la última voluntad del autor al poner punto final a su escrito y el texto que llega a manos de los lectores, median circunstancias que pueden provocar la alteración de su estructura y contenido original. Tal interés me llevó a escudriñar la trayectoria de uno de los editores mexicanos de la Relación de las cosas de Yucatán de fray Diego de Landa: Héctor Pérez Martínez. Un escritor campechano que fue, sin duda, el historiógrafo más prolífico del grupo peninsular durante el cardenismo -periodo especialmente fructífero para la historia de la historiografía mayista y uno de los “grandes momentos del indigenismo” (Villoro, 1979: 197-198)-, pues, entre las numerosas publicaciones de quien para entonces ya había incursionado con éxito en el campo de los temas históricos con su ensayo Juárez el impasible (Pérez, 1934), se cuenta con la traducción del maya al español y edición de la Crónica de Chac Xulub Chen (Pech, 1936); además fue autor del libro Piraterías en Campeche (Pérez, 1937), prologuista del Diario de nuestro viaje a los Estados Unidos de Justo Sierra O’Reilly, con el texto: “Orígenes económicos y sociales de la guerra de castas” (Pérez, 1938), y paleógrafo, introductor, anotador y editor del compendio de la Relación de Landa, publicada por Pedro Robredo, con base en el manuscrito que se conserva en la biblioteca de la Real Academia de la Historia en Madrid (Landa, 1938). Edición, esta última, que lo llevó a sostener un agrio debate periodístico con el abogado michoacano, católico e hispanófilo José Elguero,2 cuyos artículos y los propios dio a la prensa ese año bajo el título de Una polémica en torno a frailes y encomenderos (Elguero y Pérez, 1938).
Pérez Martínez, odontólogo de profesión y periodista por vocación -como tantos escritores de la etapa posrevolucionaria sin haber sido formados como profesionales de la Historia, no obstante que en la Universidad de México ya se impartía esa carrera (Gurría, 1978: 27)-, combinó las tareas propiamente historiográficas con el periodismo, la creación literaria, el activismo político y el desempeño burocrático. Afiliado al Partido Nacional Revolucionario, desde que se fundó en 1929, trabajó para el periódico establecido como su órgano oficial, El Nacional, del que llegó a ser jefe de redacción y subdirector, al mismo tiempo que emprendía una vertiginosa carrera política que lo llevó, en 1937, a ocupar una curul como diputado federal y, a partir de 1939, la gubernatura constitucional de su estado natal.3 Entonces, a pesar de las limitaciones presupuestales que enfrentaba (ver Molina, 1990: 105-107), se propuso realizar un ambicioso proyecto, no sólo de desarrollo social sino también de fomento cultural para su entidad.4 Resultados de dicho programa fueron el establecimiento del Archivo Público del Estado, la modernización de la imprenta del gobierno estatal y la fundación del Museo Arqueológico, Etnográfico e Histórico de la Ciudad de Campeche, en ocasión de celebrarse los 400 años de la fundación de la villa del mismo nombre, en 1940. Este recinto abrió sus puertas el 7 de agosto de 1941 y tuvo por sede el edificio del antiguo templo de San José (Figura 1), edificado por la Compañía de Jesús en el siglo XVIII, anexo de su colegio (Lanz, 1901: 5-6).

Fotografía reproducida en Historias dispersas del Instituto Campechano (2008: 17).
Figura 1 Extemplo de San José (Fondo Alcocer Bernés, Archivo General del Estado de Campeche).
Como parte de los empeños de un apasionado de la historia de su terruño y por su trascendencia no sólo como centro de investigación y difusión de la cultura maya, sino también como punto de encuentro entre los mayistas, en un momento de florecimiento del indigenismo posrevolucionario, me pareció de interés examinar y dar a conocer las condiciones de la fundación de este museo y las reacciones que provocó dentro y fuera de Campeche; sin embargo, como nada surge por generación espontánea, es preciso mencionar algunos antecedentes.
Colecciones y museos peninsulares en el siglo XIX
El más destacado promotor de la fundación de un museo en la península yucateca, todavía políticamente unificada, fue el polígrafo y político liberal Justo Sierra O’Reilly, que aprovechó las páginas de los periódicos literarios editados con su patrocinio, entre 1841 y 1845, en Campeche y Mérida, el primero precisamente bajo el título de Museo Yucateco, para difundir la idea de la necesidad de contar con una institución cultural de este carácter, como las que ya ilustraban las capitales europeas o las principales ciudades de Estados Unidos, a fin de “reforzar la identidad peninsular” ([Sierra], 1841b: 117; ver también Sellen, 2010: 54; Lowe y Sellen, 2019: 11). Una obra de tal envergadura que, consideraba, sólo podría emprenderse y estar a cargo de la autoridad política:
La formación de un Museo nos parece que jamás llegará a realizarse, si el gobierno no toma parte en el plan de llevarlo a cabo. Como la ejecución del proyecto demanda algunos gastos, los museos están siempre al cuidado é inspección de los gobiernos, que se honran con procurar su erección, y conservar y mejorar las curiosidades que contengan ([Sierra], 1845a: 272).
Sin embargo, el propio Sierra reconoció el esfuerzo de algunos particulares por acopiar y preservar objetos de la antigüedad peninsular, en una circunstancia donde cada día se evidenciaba la destrucción de los vestigios tanto del pasado prehispánico como de los siglos coloniales. En este sentido, se refirió a la colección formada por dos presbíteros avecindados en Campeche, los hermanos Camacho (Sellen, 2010: 54), primero en el Museo Yucateco, donde comenta que es el resultado de “investigaciones muy curiosas sobre las antigüedades de los indios” ([Sierra], 1841a: 55), y luego en el Registro Yucateco, donde ya califica la colección como un museo, dentro del cual era posible encontrar, además de especímenes naturales y objetos herencia de la colonia, piezas de procedencia prehispánica como figurillas de barro y piedra, muchas “notables por sus dimensiones, y por la variedad de sus posturas y adornos emblemáticos” ([Sierra], 1845b: 374), vasos y cántaros adornados con jeroglíficos y pinturas, instrumentos bélicos de pedernal, losas sepulcrales con jeroglíficos y fragmentos arquitectónicos, entre otros objetos (Sellen, 2010: 58). Esta variopinta colección adquirió notoriedad fuera de la península gracias a que, durante la década de los cuarenta, los navegantes y viajeros que arribaban al puerto solían visitarla y hasta recibir de manos de los generosos clérigos algunas piezas como obsequio (Sellen, 2010: 56-57, 60, 64). Cuando los hermanos fallecieron, con pocos años de diferencia a mediados del siglo, el Ministerio de Fomento de la República Mexicana adquirió la colección que luego se dispersó (Sellen, 2010: 60-61).
Contemporáneo de los Camacho y también avecindado en Campeche fue Florentino Gimeno (Lowe y Sellen, 2010). Este comerciante español, a lo largo de treinta años, hasta su fallecimiento en 1878, logró reunir y organizar bajo una clasificación rigurosa -que entre otros elementos tomaba en cuenta datos de su procedencia y materiales de elaboración- una colección que se ha calculado en más de doce mil piezas (Lowe y Sellen, 2010: 148-149). Dicho acervo constituía un verdadero museo particular donde, además de objetos arqueológicos, se podían observar especímenes de los reinos de la naturaleza, obras de arte y hasta restos humanos (Lowe y Sellen, 2010: 150, 157-158). A la muerte de Gimeno, su heredero vendió la colección al Museo Real de Berlín, pues, aunque el gobierno de México, como otras instituciones internacionales, se interesó en adquirirla, no aceptó pagar el precio tan elevado que por ella pedía el nuevo propietario (Lowe y Sellen, 2010: 156).
Al principio de la misma década decimonónica de los setenta, en el ahora vecino estado de Yucatán, en Mérida, se fundó el primer museo peninsular dependiente del gobierno, promovido por Crescencio Carrillo y Ancona, y sustentado en la colección formada por este eclesiástico, futuro obispo de la diócesis yucateca, que fungió como su primer director (Lowe y Sellen, 2019: 15). Su segundo director, durante el decenio de 1875 a 1885, fue Juan Peón Contreras que, en los años siguientes, como agente de arqueología nacional, comisionado por la Secretaría de Fomento en los estados de Veracruz, Campeche y Yucatán, intentó establecer un “museo científico” en la ciudad de Campeche, pero no pudo lograrlo (Lowe y Sellen, 2019: 18).
Poco después, en 1892, el Instituto Campechano estableció un pequeño museo en sus instalaciones (Sellen, 2010: 66). Según las Actas de Hechos Comunes de esta prestigiosa institución educativa, se trataba de la colección formada por el militar y político Pedro Baranda, que debió heredársela al morir en 1890.5 El registro más antiguo corresponde al primero de abril de 1892, cuando el rector Patricio Trueba Regil, médico a quien recuerda Vasconcelos como un “enciclopedista de viejo estilo”,6 le entregó al estudiante de medicina Luis Álvarez Buela, en el local donde se instaló la colección, “un libro inventario autorizado en 30 de septiembre de 1891, para que lo confirmase” (El Instituto Campechano: Actas de Hechos Comunes, 1860-1894 [en adelante IC: AHC], 2017: I, 162). Desde entonces, Álvarez fungiría como encargado de la conservación de los objetos del que pronto empezaron a llamar museo arqueológico. En la inspección del acervo correspondiente al mes de noviembre, del mismo 1892, éste manifestó que se habían integrado a la colección tres ejemplares, procedentes de la hacienda Chilib (municipio de Tenabo), depositados por el sobrino del coleccionista Joaquín Baranda MacGregor, “uno de los cuales es una estatua de piedra figurando un hombre de formas grotescas, teniendo marcadas [sic] con jeroglíficos” (IC: AHC, 2017: I, 181). Luego, en enero del año siguiente, el conservador informó que había recibido del Gobierno del Estado un ejemplar de la obra Antigüedades Mexicanas, remitido desde la capital por la Junta Colombina (IC: AHC, 2017: I, 190),7 publicación impresa en el marco de la celebración del IV Centenario del Descubrimiento de América. Con este hecho se confirma la relación del Instituto con los organizadores de la colaboración de la República mexicana en la Exposición Histórico-Americana, que con este motivo se instaló en Madrid. Una exhibición que se distinguiría de las otras exposiciones internacionales decimonónicas por “su marcado carácter histórico, antropológico y arqueológico” (Ramírez, 2009: 293). En respuesta al exhorto de la Junta, el Gobierno del Estado envió a México parte de la colección del Instituto Campechano. Francisco del Paso y Troncoso, director del Museo Nacional, miembro de la Junta y presidente de la comisión mexicana en la capital española, escribió al respecto:
De Campeche vino una colección reducida en número, pero suprema en calidad: reunióla el Director del Instituto Campechano, Dr. D. Patricio Trueba; dispúsola en cuatro cajas de finas maderas, le dió el nombre del malogrado patricio general D. Pedro Baranda, y la remitió con tal oportunidad, que pudo lucir en México y ser admirada por los inteligentes antes de venir a Madrid. Excuso decir que se debe la remisión al empeño del señor Secretario de Justicia e Instrucción Pública, quien personalmente influyó para que de Campeche viniera (Paso y Troncoso, 1892: I, 28).
El ministro al que se refiere el autor era el destacado político porfirista, abogado, exgobernador de dicha entidad, escritor, antiguo alumno y profesor del Instituto Campechano, Joaquín Baranda, hermano del difunto dueño original de la colección.8 Un personaje que había presidido en México las sesiones de la Junta Colombina (Paso y Troncoso, 1892: I, 6), y para quien la presencia de Campeche en la muestra arqueológica que representaría en España a las culturas indígenas del país debió ser considerada como un imperativo.9
Gracias a la descripción de los objetos realizada por el propio Francisco del Paso y Troncoso se conocen las piezas que formaban la aportación campechana, con excepción de las que se eligieron para ocupar la vitrina central de la sala número 5, y última, de la Sección México dentro de la exposición.10 Las piezas se exhibieron dentro de las cajas en que se habían transportado en la sala número 2. Las tres primeras cajas contenían 40 piezas en barro “fino y artísticamente modelado”, casi todas pintadas de blanco, aunque algunas conservaban restos de pintura azul o roja. La mayoría eran instrumentos musicales antropomorfos: sonajas y “pitos”, algunos con orificios “modificadores” del sonido y otros que se combinaban con una sonaja. Entre los silbatos destacaban por su forma un ejemplar que tenía “anteojos” de Tlaloc y que en una rodela mostraba el jeroglífico de esa deidad y dos que representaban parejas de hombre y mujer “acariciándose de un modo sensual”. Entre las sonajas de apariencia femenina sobresalía una “sacerdotisa” por la elegancia de su atavío. También se exhibían otras imágenes: un “idolillo” de forma cilíndrica, portador de un altísimo penacho y un vaso con figura de animal. La caja número cuatro contenía 35 piezas, 21 de barro y 14 de piedra. En las primeras había cabezas humanas y animales, vasos de diversas formas y sellos para la decoración corporal, así como aerófonos que combinaban elementos antropomorfos con zoomorfos, como el que presentaba una cara humana saliendo del carapacho de una tortuga. Entre los ejemplares de piedra destacaba un posible amuleto de diorita en forma de una cabeza humana (Paso y Troncoso, 1892: I, 77-78, 80-81). Al parecer, a su regreso de Madrid, estos objetos, como se ha dicho que ocurrió con todos los de la muestra mexicana, pasarían a engrosar el acervo del Museo Nacional (Ramírez, 2009: 298-299).11
Mientras en la capital de la república y luego en Europa se admiraban estas refinadas manifestaciones artísticas de la civilización maya, en el Instituto Campechano se continuó con la conservación y fomento, por donaciones o compras, del resto de la colección “Pedro Baranda”. Así, en diciembre de 1893 el rector Trueba le ordenó al conservador del museo que “las estatuas antiguas de piedra se instalasen en el jardín botánico” (Figura 2), disposición que se cumplió a principios del año siguiente con “las dos estatuas de piedra existentes y que quedaban sin lugar señalado una gran piedra con jeroglíficas [sic] y varias con bajo relieves” (IC: AHC, 2017: I, 220, 264).

Fotografía reproducida en Historias dispersas del Instituto Campechano (2008: 17).
Figura 2 Entrada al jardín botánico del Instituto Campechano, al fondo la cúpula del extemplo de San José (Fondo Alcocer Bernés, Archivo General del Estado de Campeche).
Sin embargo, el interés por la arqueología debió ser apenas incipiente entre los profesores y alumnos del Instituto, pues no deja de resultar significativo que, por entonces, entre los más de dos mil ejemplares clasificados de la biblioteca, 451 volúmenes fueran de historia y sólo nueve estuvieran dedicados a esa disciplina (IC: AHC, 2017: II, 9).
En cuanto a las donaciones de objetos, que permiten vislumbrar la curiosidad de ciertos personajes o familias por las manifestaciones de la cultura prehispánica y su interés por coleccionarlas, a fines de 1894, el museo se vio enriquecido con “dos piezas” traídas de Haltunchén, regalo de Antonio Ortiz, cuya entrega realizó el profesor Manuel Carvajal, y otra de barro obsequiada por don Joaquín Baranda MacGregor (IC: AHC, 2017: II, 13), y para mayo del siguiente año se reportó haber recibido “un ídolo de piedra enviado por el señor Doctor Pedro Baeza Romero” (IC: AHC, 2017: II, 120). Después, en octubre de 1895, el rector Trueba ordenó: “que se formase el inventario de este Departamento y que se procediese a la numeración de los objetos” (IC: AHC, 2017: II, 142).
En marzo de 1896, Álvarez Buela dejó de ser el encargado de la colección y empezó su gestión el bachiller Manuel Lavalle, que tuvo la responsabilidad del acervo hasta diciembre de 1897 (IC: AHC, 2017: II, 225, III, 106). En mayo de aquel año se integró al museo “una colección de objetos arqueológicos obsequiada por las señoritas María Rafaela y María Dolores Montalvo y otra por el Doctor Juan Pérez Espínola” (IC: AHC, 2017: III, 81), y en noviembre “el encargado manifestó que había ingresado en el mes una pequeña colección comprada por la Tesorería del Establecimiento” (IC: AHC, 2017: III, 103). Aunque las actas se extienden hasta enero de 1901, los registros de las inspecciones al museo sólo llegan hasta marzo de 1898, año en que Luis Álvarez Buela, ya titulado como médico, era el catedrático de Historia Antigua y había regresado a ser su conservador (IC: AHC, 2017: III, 128, 165). Sin embargo, para abril de 1898, Álvarez había dejado de impartir esa cátedra y ahora era el encargado del museo de historia natural (IC: AHC, 2017: III, 227).
Como en los años siguientes dejaron de registrarse las visitas a los acervos del Instituto, no se tiene noticia del destino del museo arqueológico, salvo que en 1907 recibió la visita de Eduard Seler y de su esposa, que entonces tomó fotografías de la colección.12 Resulta significativo que en un artículo que dedica a la historia del Instituto, Manuel Lavalle, en mayo de 1938, señale que además de su copiosa biblioteca, conserva sus gabinetes de física y química, así como “un amplio museo de historia natural”, y que, a pesar de haberlo tenido bajo su responsabilidad por casi dos años, no mencione nunca al museo arqueológico (Lavalle, 2008: 109).
Después de las últimas noticias conocidas sobre el museo del Instituto Campechano, a principios del siglo XX, habrían de transcurrir poco más de tres décadas, en las que se experimentó la caída del régimen porfirista, la influencia en la península de una revolución de carácter social, la promulgación de una nueva constitución y la emergencia de una generación de jóvenes políticos imbuida en las ideas del nacionalismo y del indigenismo, para que en el puerto de Campeche se volviera a integrar un museo arqueológico. Ahora en un contexto nacional donde esta disciplina había logrado consolidarse como ciencia autónoma y sus estudiosos buscaban la profesionalización académica y cuando, a nivel gubernamental, se pretendía reformular las instituciones culturales o constituir otras para ponerlas al servicio de los proyectos transformadores de la Revolución y de su ideología.13 El nuevo museo se estableció con el antecedente de la fundación del Instituto Nacional de Antropología e Historia, en 1939, por el presidente Lázaro Cárdenas, y como iniciativa del gobernador del estado, Héctor Pérez Martínez, que, como antes mencioné, lo inauguró el 7 de agosto de 1941, el mismo día en que rindió su segundo informe de gobierno.
La fundación de un museo como la realización del sueño de un apasionado de la historia peninsular
Héctor Pérez Martínez, nacido en 1906, como lo había sido su padre,14 fue también alumno del Instituto Campechano, entre 1918 y 1921, antes de trasladarse a la Ciudad de México para ingresar a la Escuela Nacional Preparatoria. Después realizó en la Escuela de Odontología de la Universidad Nacional sus estudios profesionales. Si durante sus años como escolar en Campeche todavía se conservaba la colección arqueológica y seguía en exhibición, como lo estuvo hasta la primera década del siglo XX, dicha circunstancia le habría brindado la oportunidad de tener un primer encuentro con los vestigios de la civilización maya y un acercamiento inicial a la idea de un museo como recinto de resguardo de la herencia material de una cultura y de difusión de sus características, conocimientos y logros; aunque también, en algún momento, debió conocer el instalado en Mérida.15 Más tarde, despierto su interés por el pasado de México, no dejaría de visitar el Museo Nacional de Arqueología, Historia y Etnología, en el corazón de la capital de la república.16 Años después, cuando asumió la gubernatura de su natal Campeche, el 16 de septiembre de 1939, ya era parte de su programa de gobierno la fundación de un museo, que reconocía como respuesta a “una vieja aspiración del Estado” (Pérez, 1941: 24).17 Una institución, cuya misión principal, como él mismo la definió, fuera: “exaltar los valores de cultura y morales de nuestro pueblo, emularlos en la actualidad y hacer que la historia local brille con su viejo esplendor” (Pérez, 1941: 25). Para instalarlo solicitó y obtuvo de la Secretaría de Hacienda el edificio monumental del extemplo de San José, recinto que, retirado del culto católico y en manos de los gobiernos autodenominados socialistas, terminó convertido en bodega del Banco Nacional de Crédito Ejidal, para almacenar maíz (Pavón, 1944: 65). El estado ruinoso del otrora señorial inmueble hizo necesario realizar labores de limpieza y trabajos de acondicionamiento, tanto al interior como en el exterior, antes de poder devolverle parte de su antigua dignidad pedagógica al transformarlo en un centro de difusión cultural (Pérez, 1941: 24).
Según las propias palabras del gobernador, en la planeación del museo intervino la Secretaría de Educación Pública (Pérez, 1940: 76).18 Sin embargo, su composición no dejó de ser un reflejo de los intereses intelectuales que Pérez Martínez había desarrollado y manifestado en sus escritos periodísticos e historiográficos: el indio de la antigüedad y del presente, además de Campeche como un puerto asediado por los piratas. La planta original del edificio, en forma de cruz latina, se aprovechó para establecer la división en cuatro secciones: la colonial y la arqueológica en la nave central y las de etnografía y piratería en cada uno de los brazos, la primera del lado del evangelio y la segunda del lado de la epístola (Benítez, 1941; Pavón, 1944: 65).
Para facilitar las tareas de investigación de los estudiosos, que se esperaba acudieran en busca de información, se planeó que contara con un archivo y una biblioteca adjuntos. El archivo se inició con las donaciones de particulares que le entregaron documentos y libros al gobernador, cuya clasificación se encargó a Juan de Dios Pérez Galaz;19 mientras que para establecer la biblioteca se solicitó y obtuvo del gobierno federal, que la había adquirido en 1916, la devolución a Campeche de la formada por el reconocido bibliófilo Gustavo Martínez Alomía. El presidente Manuel Ávila Camacho, en 1941, emitió un acuerdo presidencial para donarla al museo.20
El primer director de la nueva galería fue otro exalumno y profesor del Instituto Campechano: Nazario Quintana Bello.21 Un estudioso autodidacta con fama de erudito y amigo cercano del gobernador, quien, a la par de una activa labor periodística, desde la década de los veinte se desempeñaba como inspector de monumentos arqueológicos de la Secretaría de Educación Pública estatal.22 Resultado de las exploraciones que entonces realizó es el primer informe oficial sobre el sitio arqueológico de Edzná, un asentamiento que pronto alcanzaría prestigio entre los mayistas por conservar estelas con inscripciones legibles (Benavides, 2010: 293); además del registro de vestigios en numerosos asentamientos de origen prehispánico. Trabajos a los que deben sumarse las excavaciones que dirigió en el baluarte de San Carlos, del recinto amurallado de la ciudad.23
Con el fin de nutrir el acervo del museo, el Gobierno del Estado estableció un convenio con el Instituto Nacional de Antropología e Historia para organizar, con recursos del presupuesto estatal, una expedición a la isla de Jaina, que se llevó a cabo en 1941, donde participaron Miguel Ángel Fernández, como jefe de arqueólogos, Hugo Moedano Koer y el antropólogo físico Felipe Montemayor, además del propio Nazario Quintana Bello y Raúl Pavón Abreu (Moedano, 1946: 217). En enero de aquel año, el gobernador viajó a la isla, probablemente para inaugurar de manera oficial los trabajos.24 Los frutos de esta temporada fueron 87 objetos arqueológicos, calificados por Pérez Martínez como de “primerísima categoría”, sobre todo porque: “Algunos de ellos constituyen verdaderas revelaciones con respecto a costumbres, trajes, ceremonias y danzas de nuestros antepasados indígenas” (Figura 3); además de restos humanos que permitieron el estudio de los ritos funerarios practicados por los mayas (Pérez, 1941: 25).

Fotografía reproducida en Foncerrada y Cardós (1988, Lámina 2).
Figura 3 Escultura modelada en barro descubierta durante las excavaciones en Jaina que formó parte del museo de Campeche (Moedano, 1946: 227), y que hoy se conserva en el Museo Nacional de Antropología.
Además de los materiales que el gobernador pudo obtener durante sus recorridos por el estado, los encargados del museo recogieron “22 estelas de las principales regiones arqueológicas de la Entidad” (Pérez, 1941: 25), corpus al cual se integraron valiosas donaciones hechas por particulares, entre otras: “una no por pequeña menos importante colección de objetos arqueológicos”, donada por el historiógrafo Joaquín Lanz Trueba, “una magnífica cabeza de caballero águila, procedente de Puztunich”, aportada por Gregorio Sansores, y un tunkul cedido por el pueblo de Concepción, del municipio de Calkiní. No deja de resultar extraño que Pérez Martínez mencione la colaboración de “numerosos maestros que han localizado, recogido y enviado, valiosos objetos”, y que, sin embargo, guarde silencio sobre la antigua colección del Instituto Campechano (Pérez, 1941: 25), centro educativo al que no sólo buscó fortalecer con la incorporación de algunos maestros del exilio español (Herrera, 2008: 60), sino también al reconstruir su inmueble “totalmente” y dotarlo de mobiliario, así como de “un importante acervo para la biblioteca” (López Espínola, 2008: 214).
No obstante el mérito artístico y el valor arqueológico de las piezas prehispánicas reunidas para nutrir la nueva galería, el gobernador consideraba como “la joya” de la colección a una “hermosísima caña de timón” que el médico Leopoldo Cervera le entregó como aportación del municipio del Carmen (Pérez, 1941: 25).
El mismo día en que la exposición abrió sus puertas, El Nacional publicó, en la Ciudad de México, la primera parte de un artículo escrito por Fernando Benítez, amigo y correligionario político de Pérez Martínez, titulado: “Lección y ejemplo de un Museo”, cuya conclusión apareció el día 13 del mismo mes (Benítez, 1941). El autor era un joven periodista que fue testigo de los trabajos de instalación de la galería y de cómo el propio gobernador, con sus “manos amorosas”, se había ocupado de la colocación de los “collares de jade o de concha” sobre “el rojo terciopelo de las vitrinas perfumadas a cedro recién cortado” (Figuras 4 y 5).

Fotografía reproducida en la Guía del Museo Arqueológico, Etnográfico e Histórico de Campeche (Pavón, 1942: 68).
Figuras 4 y 5 Interior del Museo Arqueológico, Etnográfico e Histórico de Campeche. Fotografía reproducida en Pérez Martínez (1941: s. p.), y conjunto de vitrinas en la sección de Arqueología.
Benítez (1941) empieza su texto con la afirmación de que todavía a principios de aquel año el abandonado templo de San José era casi una ruina, para destacar a continuación que ahora alberga el primer museo de su tipo en Campeche “y sin duda el más joven, aunque no el menos pobre de toda la República”; luego, considera que a pesar de estar “apenas en embrión” ya vale tanto “por las riquezas que atesora” como por las “posibilidades de desenvolvimiento” que ofrece. Escribe que hasta entonces Campeche sólo era conocido por su pasado colonial y sus fortificaciones contra la piratería, y que si el nuevo recinto reúne pocos objetos de aquellos siglos y del XIX es porque “cada casa campechana es un pequeño museo familiar”. En cambio, por asentarse el estado “sobre tierras en las que dejaron su huella los mayas”, posee “vestigios arqueológicos de esa admirable cultura” y, sin reconocer los trabajos pioneros de John Stephens o de Teobert Maler, señala que las reliquias de la antigüedad maya en la entidad “no habían merecido la atención de los arqueólogos ni de las autoridades. Yacían cubiertos por la selva los restos de templos, ciudades y cementerios innumerables… sin que hasta la fecha nadie se ocupara en salvar de la perdición tanta riqueza”. Una declaración exagerada, pues como se ha mencionado antes, desde el siglo XIX se había extendido, no sólo entre la población peninsular sino también entre los viajeros extranjeros, el interés por las antigüedades prehispánicas. En cuanto al ámbito etnográfico, opina que el territorio campechano “presenta un vasto panorama al estudioso”; puesto que, como había observado, en el presente allí viven “millares de agricultores” hablantes de la lengua maya. Por todo lo anterior, considera que Campeche contaba con materiales arqueológicos, históricos y etnográficos suficientes “para llenar las salas de un Museo”, sólo era necesario que un gobierno se decidiera a establecerlo como lo había hecho el presente que, al tomar la iniciativa, logró despertar el interés de los campechanos por la conservación de su legado cultural.
A continuación, el articulista ofrece un breve pero muy interesante inventario de las piezas, colocadas sobre zócalos o dentro de vitrinas, “convenientemente distribuidas y clasificadas”, donde, con una prosa que aspira a ser poética, expresa una serie de juicios que manifiestan su juvenil percepción sobre las culturas indígenas. Él que publicaría, dos décadas después, una obra emblemática del indigenismo, Los indios de México, y que, en 1979, recibiría la medalla “Manuel Gamio al mérito indigenista” (Ocampo, 1988: 166). Así, Benítez primero registra las más de veinte estelas recogidas en sitios en medio de la selva: ocho encontradas en Xkalunkin (Xcalumkín),25 ocho en Etzna-Tixmucuy (Edzná),26 tres en Cayal, y una en Acanmul.27 Acerca de estos monolitos observa que “pertenecen a distintas épocas y están esculpidas en piedras de diversa formación, aunque prevalece la blanca, durísima y caliza que abunda en la Península”, e indica que se encuentran “cubiertas de signos y escrituras todavía no descifrados.” Después, al mencionar las figuras de guerreros, marca un contraste, a tono con la idealización de la cultura maya, entre las expresiones humanas de este pueblo y el azteca. Así escribe con un tinte de teatralidad:
El plácido rostro oriental, casi celeste, siempre el mismo en su gravedad risueña, cerca de la figura tomada ya del horror azteca. La sonrisa se ha transformado en mueca, el rostro plácido deja lugar a la risa siniestra de la calavera, la carne maya, el aire de leyenda del Popol Vuh transido de corrientes cósmicas se desvanecen y sólo quedan el hueso y la angustia del náhuatl, y su desposorio indisoluble con la muerte (Benítez, 1941: s. p.).
Luego, al referirse a las manifestaciones del culto fálico, expresa su desagrado ante “las figuras repulsivas de los hombres en los que el sexo ha tomado proporciones monstruosas, aniquilando toda señal de inteligencia”, y lanza la singular interpretación de que el “sexo antropofágico, elefantiásico” no es representado “como el atributo de la vida, sino como un nuevo y paradójico símbolo de la muerte”. Por último, y como un eco lejano de antiguas teorías de determinismo geográfico, en esta singular “hipertrofia” no sólo cree encontrar un drama típico del indio, “sino de todos los habitantes del trópico americano”.
En contraste con las imágenes esculpidas en piedra, casi deshumanizadas, destaca las figurillas modeladas en barro “de[l] que estamos hechos los hombres”, algunas policromas como la de un guerrero ataviado con todas sus insignias y un “suntuoso tocado de plumas”, que considera, por su realismo, como “verdaderos retratos” de antiguos personajes que “vivieron su vida apasionada en la ardiente tierra de Campeche” (Figuras 6 y 7). También alude a la existencia de urnas cinerarias, vasijas pintadas y joyas, como los antes mencionados collares de jade y de concha.

Fotografías de la Guía… (Pavón, 1942).
Figuras 6 y 7 Atlante de Xculboc [Xculoc], Calkiní, y Figurilla de Jaina.
Para recrear las condiciones actuales de la vida de los indígenas, en el brazo de la cruz latina correspondiente al lado del evangelio, se había levantado una cabañita donde se exhibía una muestra de todos los enseres usados en la vida campirana; objetos cotidianos valorados por Benítez como verdaderas representaciones de la creatividad de “un pueblo artista”. Frente a ella, en el brazo del lado de la epístola, se había instalado la sección dedicada a la piratería, donde se colocó la hermosa caña de timón y la reproducción a escala de un navío del siglo XVIII, ejemplo notable del “talento especial para la ingeniería naval” existente entre los carpinteros de aquella costa. Una pieza elaborada con tanta fidelidad que, según el escritor, al contemplarla se transportaba la imaginación a la época en que los corsarios asolaban el puerto.
Por último, Benítez considera este museo no como el resultado de una obra de expertos, sino como el fruto de una voluntad paciente y amorosa, por lo cual concluye su artículo con un amplio reconocimiento a las labores culturales de Pérez Martínez como investigador, escritor y ahora creador generoso de este recinto cultural, levantado en medio de un ambiente de destrucción y enajenación del patrimonio nacional. Una circunstancia lamentable que, opina, empezó a raíz de la Independencia y que le lleva a pensar en la existencia entre los mexicanos de un instinto destructivo, el cual “por primera vez tomó forma en Coatlicue, la diosa azteca de la muerte”. Sin embargo, considera que, por esta vez, ese impulso nefasto había sido derrotado gracias a la decisión del notable gobernador de Campeche (Benítez, 1941).
Apenas un mes después de la inauguración del museo, en septiembre de 1941, el Gobierno del Estado dio a luz la primera publicación sobre el naciente archivo adscrito al recinto, el Catálogo de Documentos (manuscritos e impresos) del Museo Arqueológico, Etnográfico e Histórico del Estado (1941) (Figura 8). Con este impreso se dio inicio a una serie denominada “Cuadernos” que, para septiembre de 1943, al final del cuatrienio de gobierno de Pérez Martínez, ya sumaba los siguientes títulos: Viaje arqueológico a los Chenes por Gustavo Martínez Alomía; Tasaciones de los pueblos de la Provincia de Yucatán pertenecientes a los encomenderos de la Villa de San Francisco de Campeche, hechas por la Audiencia de Santiago de Guatemala en el mes de febrero de 1549; La introducción de la imprenta en Campeche de Juan de Dios Pérez Galaz y Tres cédulas reales, editadas por el propio gobernador.28

Figura 8 Primera publicación editada bajo el sello del Museo Arqueológico, Etnográfico e Histórico, en 1941.
En 1942, el Gobierno del Estado, en acuerdo con el Instituto de Historia y Etnografía dependiente de la Secretaría de Educación Pública, organizó y realizó la segunda temporada de exploración en la isla de Jaina, con el mismo grupo de arqueólogos, cuyos descubrimientos pasaron a ocupar nuevas vitrinas en el recinto. Esta vez se trataba de cráneos deformados, mandíbulas con dentaduras incrustadas de jade y nuevas piezas de cerámica (Moedano, 1946: 230-233). En su informe anual correspondiente, Pérez reporta que el costo de esta expedición fue de $4792.46 del presupuesto de la institución, que constaba de $12738.99, y con orgullo escribe que el acervo hasta entonces reunido, a pesar de la reciente fundación del museo, resultaba ya equiparable “a las más ricas colecciones de arqueología maya que existen en el mundo”. En cuanto al número de visitantes, dice que en sólo cinco meses había tenido 8205, una prueba del interés que logró despertar la nueva galería entre el público (Pérez, 1942: 34-35).
Por el fallecimiento de su primer director, Nazario Quintana Bello, en octubre de 1942, fue designado para sucederle en el cargo Raúl Pavón Abreu, autor del texto y las fotografías de la Guía del Museo, que se imprimió en los Talleres Linotipográficos del Gobierno del Estado, en diciembre del mismo año (Pavón, 1942) (Figura 9).29
Durante 1943, su último año de gobierno, Pérez Martínez patrocinó, por medio del museo y con el apoyo del Instituto Nacional de Antropología e Historia, el inicio de una tercera temporada de exploraciones arqueológicas, ahora en Edzná (Pérez, 1943a: 39). Muerto Quintana, que años antes había iniciado las labores de limpieza en sus estructuras, empezaron a supervisar los trabajos Raúl Pavón y el estudiante de arqueología, de origen francés y nacionalizado mexicano, Alberto Ruz Lhuillier (Benavides, 2010: 293).
En palabras del gobernador: “Los resultados fueron los de descubrir una importantísima ciudad arqueológica que será fuente de sorpresas en el mejor conocimiento del pasado de nuestra raza nativa” (Pérez, 1943a: 39). Entonces se logró consolidar la crestería monumental del montículo más alto, hoy conocido como edificio de los cinco pisos, además: “Se descubrieron dos estelas, muy importante una de ellas por tener completa la serie inicial y poderse determinar con exactitud a que fecha corresponde, y un numeroso material compuesto por pedacería de cerámica, que será objeto de estudios posteriores comparándola con la de Chichén y Uxmal”. Ambos monumentos pasaron a engrosar la colección del museo, junto con una ofrenda de cuentas de jade. El costo de estos trabajos fue de poco más de $10000, tomados del presupuesto estatal (Pérez, 1943a: 39) (Figura 10).

Figura 10 “El edificio principal de Etzná, desmontado y limpio al iniciarse los trabajos de reconstrucción, que costea exclusivamente el Gobierno del Estado” (Pérez, 1943a: 77).
El mandatario también reporta en su informe que, mientras se preparaba la expedición a Edzná, se habían realizado algunas excavaciones en Champotón, Xicalango, Guarixé y Tixchel (Pérez, 1943a: 39). Estos trabajos le habían sido propuestos por el mismo Ruz, que más tarde escribirá al respecto:
Al principio del año de 1943, aprovechando que no podía comenzar las exploraciones en Edzná debido al estado de los caminos, todavía impropios para que se trabajara en el monte, presenté al C. Gobernador de Campeche un proyecto de reconocimiento de la costa con el fin de recabar material arqueológico -cerámica especialmente- y demás datos que permitieran iniciar un estudio de las culturas de aquel litoral. El proyecto recibió entusiasta acogida y su realización fue decidida inmediatamente. Se escogieron originalmente tres puntos conocidos por su importancia histórica: Xicalango, Tixchel y Champotón, a reserva de agregarles otros sitios como de hecho sucedió (Ruz, 1969: 8-9).
Durante dos meses, además de la inspección de los lugares mencionados en su propuesta, Ruz llevó a cabo un reconocimiento parcial de la laguna de Atasta e “importantes excavaciones en la isla del Carmen, en el sitio llamado ‘Los Guarixés’”, y examinó el asiento indígena de Campech o Kin Pech (Ruz, 1969: 8-9).30
Incluso cuando se acercaba el término de su gobierno, Pérez Martínez seguía empeñado en consolidar el proyecto del museo. No sólo se había preocupado por auspiciar los trabajos arqueológicos, por nutrir sus colecciones y patrocinar sus publicaciones, también había invertido en fomentar su biblioteca con un “grueso lote de libros de materia especializada” (Pérez, 1943a: 39).31
Su interés por dar a conocer la riqueza arqueológica de Campeche a nivel nacional quedó manifiesto cuando acudió personalmente a la Segunda Feria del Libro y Exposición Nacional de la Prensa, organizada en abril de 1943 por el Departamento del Distrito Federal. En esa ocasión, además de promocionar la producción bibliográfica impresa por los Talleres Linotipográficos del Gobierno del Estado, como el libro Bibliografía del Estado de Campeche, introducida por él y recopilada con la colaboración de Juan de Dios Pérez Galaz (Pérez M. y Pérez G., 1943), y las obras editadas hasta entonces por el museo, como los primeros números de la serie Cuadernos y el Catálogo de documentos para la Historia de Yucatán y Campeche…, de su autoría (Pérez, 1943b), aprovechó para exhibir tres piezas de cerámica policroma: las representaciones de dos guerreros y de un jugador de pelota, provenientes de los entierros de Jaina. Una combinación inusual de impresos e imágenes que no dejó de sorprender a los visitantes del pabellón destinado a la lejana y poco conocida entidad del sureste.32
En cuanto al alcance de la difusión cultural lograda por el museo, resulta significativo que, a lo largo de 1943, recibiera 21797 visitantes (Pérez, 1943a: 39), entre los cuales se encontraban algunos funcionarios de alto rango del gobierno del presidente Ávila Camacho, como el secretario de Educación Pública, Octavio Vejar Vázquez.33
Concluido el periodo de su mandato, en septiembre de 1943, Pérez Martínez regresó a la Ciudad de México y después de algunos meses se integró al equipo de gobierno del presidente Ávila Camacho, donde se desempeñó como subsecretario de Gobernación a partir de junio de 1945. Con la llegada a la presidencia de Miguel Alemán, en diciembre de 1946, fue designado secretario de Gobernación, cargo que ocupó hasta su muerte el 12 de febrero de 1948.
No obstante lo arduo de las nuevas obligaciones políticas que le fueron encomendadas, Pérez Martínez se mantuvo atento al desarrollo de su querido museo, como puede comprobarse por una carta donde su primo le informaba que lo había visitado con frecuencia y visto cómo: “sigue allí Raúl [Pavón] trabajando con acuciosa dedicación. Y nuestro sobrino, el arqueólogo Ruz realiza importantes tareas de investigación acerca de las diversas manifestaciones del arte maya”.34
Desde 1943, Alberto Ruz desempeñaba el cargo de director de Exploraciones Arqueológicas en el estado y había publicado varios trabajos sobre la región, como el estudio Sitios arqueológicos en Campeche (León Orozco, 1981: 52, 63). Por su parte, Pavón Abreu, en el segundo volumen de El reproductor campechano, órgano de difusión del Departamento de Extensión Cultural del Estado, había publicado, en 1944, un interesante artículo donde refirió la breve historia del museo que, con menos de tres años de existencia, podía considerarse como uno de los “primeros museos regionales de la República Mexicana” (Pavón, 1944: 65). Éste, al describir su organización y contenido, reprodujo algunas de las fotografías y grabados que ilustraban la Guía del Museo…, también de su autoría.
Pavón empieza por señalar cómo la planta original del templo, en forma de cruz latina, se aprovechó para establecer la división, ya mencionada, en las cuatro secciones que lo constituían: la colonial, la arqueológica, la de piratería y la etnográfica.
Si bien reconoce que en la sección dedicada a la etapa colonial se encuentran piezas de indudable valor histórico para Campeche, según sus descripciones, el interés por esa época parece mínimo. Así, resulta significativo que ésta sea la más diversa y que haya sido conformada por una mezcla de materiales provenientes de antes y después de la Independencia; pues en ella, además de exhibir en una elegante vitrina el título original de ciudad otorgado por Carlos III a Campeche el primero de octubre de 1777 y las mazas de armas o bastones de mando del Cabildo, ya modificadas en su remate con el águila y la serpiente del escudo nacional, se agrupaban pertenencias de los próceres decimonónicos, como las espadas de los generales Pedro Baranda Quijano y Vicente Capmany Gual, y otros objetos como la llave de plata de la urna funeraria del independentista Pablo García, el escritorio sobre el que se firmó la primera Constitución Política del Estado y hasta la curiosa escultura, de origen desconocido, nombrada “la india mosquito”, que es una talla en maderas de colores, realizada a raíz de la consumación de la Independencia.
En la sección de piratería y por tratarse de un instrumento náutico, se exhibía la caña de timón labrada con la figura de un perro. Este verdadero tesoro, herencia del siglo XVI e identificado con el arte florentino del Renacimiento, fue recuperado entre los restos de una nave hundida en el lodo del cauce del Río Viejo de Palizada y, desde su descubrimiento en el siglo XIX, hasta que se entregó al gobernador, se había resguardado en el museo “El caos”, fundado en Ciudad del Carmen por el anticuario José Jesús Cervera. Pavón, en la Guía…, sólo había anotado que se trataba de una talla en ébano africano, sus dimensiones -de casi tres metros de largo por cincuenta centímetros aproximados de circunferencia- y el hecho de que fue donada por el hijo del anticuario Leopoldo Cervera, “con la anuencia del pueblo carmelita”, además de reproducir la descripción que éste había publicado, en 1938, en la Revista Ah Kin Pech (Pavón, 1942: 73); pero, ahora, habiéndola observado con detenimiento y hasta palpado sus artísticos detalles, le dedicó una minuciosa descripción donde informa que la escultura reproduce la imagen de un galgo que, desesperado por huir de una serpiente enroscada en su cuerpo y a punto de clavarle los colmillos en el cuello, escapa a todo correr de un búcaro adornado con hojas de acanto, sobre el cual puede apreciarse el caduceo propio de los mercaderes, cruzado con la fisga de Neptuno y el pequeño cuerpo de un escamoso hipocampo (Pavón, 1944: 68-69) (Figura 11).

Figura 11 Caña de timón. Fotografía de Raúl Pavón reproducida en la Guía del Museo Arqueológico, Etnográfico e Histórico de Campeche (1942: 73). Pieza que en el presente se exhibe en el Museo de Arqueología Subacuática en el fuerte de San José el Alto, en la ciudad de Campeche.
En la misma sección también se mostraba una maqueta de la ciudad de Campeche con su muralla, las puertas que había tenido en siglos pasados y los ocho fuertes que remataban sus ángulos, además de los cañones retirados de los baluartes, la miniatura de un galeón de guerra español y los retratos de varios famosos filibusteros, como sir Henry Morgan.
La sección de etnografía al parecer se conservaba inalterable desde su composición original, representada por una casita de paja de tamaño natural donde se exhibían los enseres domésticos utilizados por los mayas, desde las hamacas tejidas de henequén y los banquillos, hasta la piedra de moler y el comal. Según la observación del autor: “todo está ahí dándole vida al limpio ambiente hogareño de la pobre pero bella casa del hombre humilde de nuestros campos” (Pavón, 1944: 70).
Sin duda, la sección arqueológica seguía siendo la más nutrida, novedosa e interesante del museo, desde el punto de vista del fomento de los estudios para la ampliación del conocimiento sobre la cultura maya, pues en ella se exhibían “cuarenta y nueve monumentos de piedra entre estelas, jambas, tableros e ídolos” (Figura 12), más de quinientas piezas de cerámica de distintas formas y con dibujos policromados, “perfectamente catalogadas” y distribuidas en 21 vitrinas, así como reproducciones de las diversas formas de entierros encontradas en Jaina y varios cráneos deformados según la antigua costumbre nativa, con incrustaciones dentales de jade y mandíbulas sueltas con los dientes limados en forma de “cola de golondrina” (Pavón, 1944: 67-68).

Figura 12 “Ídolo en actitud búdica”. Fotografía de Raúl Pavón reproducida en la Guía… y en el artículo “Museo de Campeche” (1942: 73 y 1944: 66). Escultura entonces registrada como procedente de Xunantunich, al presente, identificada como la imagen de un Kinich Ahau del friso del palacio principal de Chunhuhub y hoy exhibida en el Museo de Arquitectura Maya del Baluarte de la Soledad (Benavides, 2010: 320).
Entre las estelas, cuatro presentaban fechas de las llamadas series iniciales y tres de fines de periodo, correspondientes a los siglos VII y VIII de nuestra era. El autor, que un año antes había publicado con el patrocinio del museo una Cronología Maya (Pavón, 1943), afirmaba ahora que: “Esta concurrencia cronológica de la cultura maya es la mayor que ha podido reunirse en cualquier museo del mundo” (Pavón, 1944: 67).
Por su calidad artística, destacaban la alta y esbelta estela 9 de Calakmul, tallada en pizarra, las jambas de Xcalumkín con sus guerreros danzantes y las esculturas de Xculoc, por los ricos atavíos de sus personajes, tanto como los “ídolos” con “caras de pájaros nocturnos y ojos en espiral”, que entonces se registraron como procedentes de Xunantunich, así como una figura de dieciocho centímetros de altura, modelada en barro rojo “con tatuajes de pastillaje más finos que el cabello humano” (Pavón, 1944: 67).
Con respecto al acervo arqueológico, el director del museo no dejó de dar el crédito correspondiente al Gobierno del Estado por el financiamiento de las exploraciones donde se había descubierto la mayoría de las piezas que formaban la colección; objetos que, consideraba, “han contribuido al esclarecimiento de muchos misterios de la civilización maya” (Pavón, 1944: 70). También allí aprovechó para informar que, por entonces, ya se acondicionaba el campamento para proseguir el siguiente año los trabajos de reconstrucción en Edzná.
Además de elogiar la calidad de las piezas exhibidas y destacar el mérito didáctico del museo para la población en general, Pavón enfatizó el valor de su anexo, la biblioteca Martínez Alomía, por agrupar el más completo repertorio de impresos sobre la península de Yucatán, tanto desde el punto de vista bibliográfico como hemerográfico. Riquísimo acervo que acababa de ampliarse con la adquisición de una gran cantidad de libros de historia y con las colecciones completas de la Revista de Mérida y el Diario de Yucatán (Pavón, 1944: 70).35
El orgulloso director concluyó su artículo con una exclamación: “El éxito alcanzado por el museo de Campeche se puede sintetizar en una sola frase: ¡cincuenta y siete mil visitantes en treinta y tres meses de vida!” (Pavón, 1944: 71). Un número sorprendente si se consideran las dimensiones de la ciudad y el volumen reducido, y en su mayoría rural, de la población del estado; sin por eso soslayar el carácter de Campeche como centro de comunicación portuaria, ni la circunstancia de que, a nivel internacional, mientras el museo prosperaba, estuviera en pleno desarrollo la Segunda Guerra Mundial, conflicto en el cual México participó como beligerante a partir del 7 de junio de 1942, como consecuencia del hundimiento de tres embarcaciones petroleras por submarinos de las potencias del eje, ocurrido justo en las aguas del Golfo (Villegas, 1991: 364).
El testimonio de Frans Blom
Uno de aquellos visitantes, distinguido por su reconocida trayectoria como estudioso de la civilización maya, fue el explorador y arqueólogo danés, coautor del libro Tribus y templos con Oliver La Farge (1926-1927), antiguo director del Department of Middle American Research Institute de la Universidad de Tulane y, por entonces, ya avecindado en México, Frans Blom.
Por una carta que Blom le escribió a Pérez Martínez desde Tenosique, Tabasco, el 25 de enero de 1944, con motivo de su reciente visita a Campeche, se tiene noticia sobre el entusiasmo que le provocó conocer los frutos de los proyectos arqueológicos emprendidos por el gobernador.36
Blom, que no conocía al fundador del museo, le da el tratamiento de “Muy distinguido señor y colega en estudios históricos”. Luego, empieza por informarle cómo, meses atrás, durante su viaje por el llamado “Desierto de los Zendales” en busca de ruinas mayas, al conversar con algunos chicleros campechanos, éstos, cuando entendieron su interés por las antigüedades, le mencionaron la existencia del museo, que él hasta entonces no había visto.37
De regreso en Tenosique, su amigo Oscar Franche de la Peña le entregó una invitación de parte del director Raúl Pavón para visitar el museo y, además, le ofreció que viajara en uno de sus aviones a la ciudad de Campeche. Blom señala cómo el aprovechar este medio de transporte le había brindado la oportunidad de observar desde el aire parte del territorio recorrido durante sus exploraciones anteriores y comenta:
Para mí esto tenía una importancia extraordinaria. Poder ver las tierras donde viajaba Cortés, y Bernal Díaz, y la costa de Hernández de Córdoba, Grijalva, Cortés y Las Casas (1545) desde un avión, ciertamente era de sumo interés y además hacer una visita a Campeche y su Museo.
Al respecto, resulta pertinente considerar que, en 1936, Blom había publicado en Boston un libro sobre la conquista de Yucatán (León Orozco, 1983: 77) y también que, por las fechas de este viaje o como su consecuencia, debió realizar el trabajo de anotar e introducir el texto del dominico fray Tomás de la Torre. Una obra que se publicaría en México bajo el título Desde Salamanca, España, hasta Ciudad Real, Chiapas. Diario del viaje 1544-1545, por la Editora Central (León Orozco, 1983: 79), en la conmemoración del cuarto centenario de la llegada del obispo fray Bartolomé de las Casas y de la primera misión dominica a la Diócesis de Chiapa, en 1945.
El visitante, tan pronto como se instaló en Campeche, se dirigió al museo pero no encontró a Pavón, que había viajado a Mérida y regresaría hasta el día siguiente. Esta circunstancia, explica, le dio la oportunidad de recorrer la exhibición con calma “y dedicarme a los muchos detalles de los monumentos y artefactos que me interesaban”. Entonces comenta: “desde el principio me gustó el Museo. Es un Museo de primera”. Una opinión autorizada por su previo conocimiento de otras galerías europeas y estadounidenses dedicadas a la cultura maya, como las del Museo Británico y el Peabody de la Universidad de Harvard (Brunhouse, 1976: 32-34). Luego Bloom pasa a describir su visita:
Naturalmente me ocupé mucho con las cosas Mayas, las estelas importantísimas, la cerámica y la vida humana de los Mayas representada por las exquisitas figuritas de Jaina. Al mismo tiempo me gustó la esquina dedicada al presente, la sección de etnografía y la colección que se refiere a los piratas.
En cuanto al recinto, expresa: “Y todo esto encuadernado [sic, por encuadrado] por la iglesia colonial con sus monumentos funerarios del siglo XIX”, expresiones creativas que le parecen: “sacarinas y vagas en comparación con el arte refinado de los Mayas”.
Al día siguiente regresó temprano para encontrarse con Pavón y entonces dice que tuvo “el gusto” de conocer a [Alberto] Ruz. En seguida comenta, con picardía, que el resultado de aquel encuentro entre los tres mayistas fue “una bacanalia arqueológica-histórica”. Luego, refiere que le enseñaron los talleres en donde trabajaba Ruz y la biblioteca, donde estaba la oficina del director. Como corolario de su visita escribe: “Y vi una organización que me calentaba el corazón y por esta razón quiero expresar mi entusiasmo al fundador del Museo de Campeche”.
Al considerar la materialización del proyecto de Pérez Martínez, Blom debió reconocer las similitudes con el plan que él mismo había puesto en marcha al reorganizar el departamento de investigaciones sobre Mesoamérica en la Universidad de Tulane, donde los resultados de las expediciones arqueológicas, los libros de su biblioteca especializada y el examen de las piezas del museo ofrecerían información a los estudiosos para la elaboración de nuevos conocimientos publicables, textos que el propio departamento se encargaría de editar, mientras que la exhibición pública de los objetos también cumpliría con un propósito educativo de trascendencia en beneficio de sus visitantes (Brunhouse, 1976: 68-69, 128-129).
Después, refiere que el director le obsequió tres de las ediciones auspiciadas por el museo, publicadas en 1943, su Cronología Maya, la Bibliografía del Estado de Campeche y el Catálogo de documentos para la Historia de Yucatán y Campeche. Acerca de los dos últimos libros, señala que le serán de gran utilidad y aprovecha para aclararle al autor -porque en el índice del Catálogo aparecen en dos apartados distintos los documentos de la Colección Gates y los de la Universidad de Tulane- que la biblioteca Gates se encontraba ahora en Tulane.
A continuación, ofrece un último comentario que debió ser muy apreciado por Pérez Martínez, dado el interés del político en la transformación de la sociedad y su preocupación por la educación de los grupos más desprotegidos:
Al fin, realmente no importa mucho lo que digo, porque soy especialista. Lo que vale más todavía es el hecho que los crudos chicleros de las montañas han visitado el Museo de Campeche y se recuerdan de él como cosa buena. Los especialistas se educan por sí mismos, pero poder abrir las puertas de la educación al vulgo es mucho más importante.
El que la divulgación del conocimiento le parecía una labor de particular importancia se constata con el hecho de que ese mismo año publicara La vida de los mayas en la Biblioteca Enciclopédica Popular (León Orozco, 1983: 78), serie fundada por el secretario de Educación Pública, Jaime Torres Bodet, como parte de su campaña nacional de alfabetización (Vázquez, 1978: 2722).
Blom concluye su carta con una nota donde manifiesta el ánimo jovial con que la redactó: “Perdóneme esta epístola larga escrita en un castellano que ciertamente no es según la Academia Real de Madrid”.
Pocos días después, el 4 de febrero de 1944, Pérez Martínez le respondió al danés con una breve pero amistosa misiva, donde le agradeció “por los juicios que usted emite sobre el modestísimo museo de Campeche”. Sin embargo, lo más interesante es cómo expresa sus deseos respecto al fomento y destino de esta institución cuando señala: “Supongo que usted habrá dado a Raúl Pavón sus buenos consejos respecto de la organización del Museo y para los trabajos posteriores que seguramente se harán, pues esa fundación crecerá con el tiempo para llegar a ser verdaderamente importante”. Además, manifiesta que le halaga saber que el museo haya conquistado un buen amigo, a través del cual podrá hacerlo con “muchas otras personas de relieve en el campo de las investigaciones históricas y arqueológicas”. Por último, le agradece la aclaración sobre la localización actual de la Colección Gates en Tulane y antes del saludo final, le dice: “Sería para mí un honor estrechar su mano”, durante alguno de sus viajes a la Ciudad de México.38
Epílogo
El Museo logró sobrevivir a su fundador, pero sólo se conservó en el extemplo de San José hasta 1958, cuando -con motivo de la creación del Centro INAH Campeche- sus colecciones se trasladaron al baluarte de Nuestra Señora de la Soledad. Después, en 1975, este fuerte se convirtió en el Museo de Historia Colonial y desde 1985 solamente exhibe una muestra de monolitos mayas, por eso se le conoce como Museo de las Estelas (Salazar, 2019: 27 y 32). Hoy, las piezas del antiguo museo se encuentran disgregadas entre los diferentes baluartes. Por ejemplo, la estela 9 de Calakmul se exhibe en el Museo de Arqueología Maya en el reducto de San Miguel, la famosa caña de timón se resguarda en el Fuerte de San José el Alto, hoy Museo de Arqueología Subacuática, y el título de la ciudad se conserva en el baluarte de San Carlos.
Los museos, originalmente considerados templos de las musas, no sólo han tenido por finalidad preservar y exhibir, es decir hacer públicas, muestras significativas de las creaciones culturales de determinados grupos humanos y de ciertas épocas, con un propósito didáctico, sino que también han pretendido ser centros de estudio y creación de conocimiento. Pero, con independencia del origen y carácter de los objetos que resguardan, son instituciones hijas de su tiempo, resultado de inquietudes intelectuales, interpretaciones históricas y circunstancias políticas cambiantes y, por lo tanto, tampoco suelen permanecer estáticos.
En el caso del Museo de Campeche, su fundación fue sin duda el resultado de la voluntad de un gobernante y prolífico escritor que siempre aspiró a ser reconocido como un intelectual de izquierda, y respondió a su visión política comprometida con la transformación social bajo los ideales del nacionalismo indigenista, procreado por la Revolución. No es fruto de la casualidad que Pérez Martínez se manifestara como un detractor anticlerical, apasionado de “el fanático” fray Diego de Landa, ni que haya considerado como sus héroes primero a Juárez, el zapoteca “impasible”, y más tarde a Cuauhtémoc, el tlatoani símbolo de la dignidad de un pueblo sometido que, no obstante, al mezclarse con sus conquistadores diera origen al México mestizo idealizado -por encima de la realidad- desde el poder político, en aquellas décadas del siglo XX.
















