Introducción
El presente trabajo tiene como objetivo central abordar y caracterizar las claves de la propuesta aceleracionista1 de Nick Srnicek y Alex Williams para alcanzar una sociedad postrabajo como parte de su proyecto poscapitalista que busca liberar a los sujetos de las ataduras impuestas por la ideología capitalista hegemónica. Las preocupaciones en torno al trabajo no son nuevas. Neffa (1999) nos advierte cómo las dinámicas y problemáticas que encierra su la institución del trabajo han generado un acentuado interés en la academia a raíz de los cambios culturales, económicos y políticos a los que se asiste desde las últimas décadas del siglo XX, en particular, tras la crisis sostenida por la sobreproducción de bienes y la caída de la producción manufacturera de los años setenta. Crisis que puso en jaque a los cimientos del sistema fordista y que motivó el viraje del capitalismo hacia los datos en pos de mantener su capacidad productiva y de crecimiento sostenido que lo caracteriza (Srnicek, 2018).
Este interés acerca del trabajo cobra un renovado impulso si se piensa en los cambios abruptos en sus formas de organización por motivo de la creciente informatización de las sociedades. Sin olvidar la irrupción finisecular de las nuevas tecnologías, las condiciones de trabajo, en el marco del apogeo de la Industria 4.0 -es decir, la promesa de una nueva revolución que combina técnicas avanzadas de producción y operaciones con tecnologías inteligentes que se integrarán en las organizaciones, las personas y los activos- y de la economía digital, han sufrido significativas transformaciones desde entonces: nuevas formas de acumulación, organización y precarización laborales que se traducen en elevados niveles de desempleo, en falta de oportunidades dentro del mercado laboral, en la aparición y expansión de patologías mentales y en la marginación y estigmatización de los sujetos en nombre del dinero y del empleo remunerado, por mencionar solo algunas de las problemáticas acuciantes de esta época.
En un contexto donde el sistema capitalista ratifica y solidifica su dominio perpetuando su capacidad de organizar y estructurar las relaciones socioeconómicas, afectivas y políticas de los sujetos, la propuesta política de Srnicek y Williams busca presentarse como alternativa para pensar en la (posible) superación de la ética de trabajo imperante con el propósito ulterior de independizar a los individuos del salario en aras de una vida deseable y óptima.2
En respuesta a distintos enfoques caracterizados por el inmovilismo político, el pesimismo y la desesperanza, el aceleracionismo de izquierda se posiciona como una propuesta filosófico-política (no exenta de controversias, cuyo análisis excede las pretensiones y alcances del presente artículo) que intenta, no solo superar las actuales condiciones de existencia humana -pobreza, miserias, injusticias, precarización y flexibilización laborales, etc.- consumadas por el capitalismo, sino también alcanzar una sociedad postindustrial que libere a los sujetos del régimen capitalista avizorando una sociedad más justa, libre y plural; comprometida con la emancipación universal de los cuerpos tecnosociales como horizonte valorativo y político.
Si el sistema impone lo que es necesario y posible (Srnicek y Williams, 2015), el trabajo se constituye en uno de los sellos distintivos de la opresión (invisible e inasible) que imprime dicho sistema por sobre los sujetos; opresión disfrazada de libertad y de acceso al consumo irrestricto de mercancías, y encubierta bajo el creciente estrechamiento en los niveles de consumo y de elevación del nivel de vida material ofrecido por dicho sistema: “el capitalismo disciplina e integra todas las dimensiones de la existencia, ya sea de carácter público o privado” (Marcuse, 1993: 7).Frente al carácter normativo y sustantivo de la ética del trabajo dominante, cuyo núcleo parece ser inquebrantable, sobresale en los planteamientos de Srnicek y Williams la necesidad, con carácter de premura, de alcanzar una sociedad postrabajo que logre subvertir los predicamentos laborales dominantes. Para tal fin, cambiar las condiciones políticas y transformar las bases societales a partir de estrategias contrahegemónicas (Srnicek y Williams, 2015) en favor de un cambio cualitativo que permita superar al sistema hegemónico, es una máxima que orienta y motoriza su programa (cambio que, por cierto, no es realizable de forma súbita ni tampoco por una vía revolucionaria). Dicho de otro modo, estos dos pensadores ponen el énfasis en la conformación de una fuerza política hegemónica y populista a favor de delinear y edificar un futuro postrabajo como eje de acción que logre desafiar y desbancar al sistema a escala global. En este sentido, lo que se busca es recuperar un horizonte de futuro en el marco de un pensamiento estratégico que sea afín con la abstracción, lo universal y la generalidad: “En esa búsqueda retoman un insistente espíritu ilustrado, entendiendo que los universales normativos y jurídicos modernos no son exclusivamente vehículos de dominación social, sino que también posibilitan contestaciones críticas y reapropiaciones liberadoras” (Martín, 2019: 145).
En este marco de caracterizaciones, el llamado aceleracionista a la constitución de una política hegemónica exige determinar, en primer lugar, quién es el agente de transformación. Lejos de la preeminencia que gozaba la clase proletaria para el marxismo obrerista como actor revolucionario, el aceleracionismo toma distancia de aquellas prédicas que jerarquizan, de forma ahistórica, a la lucha de clase como motor y agente exclusivo de todo tipo de cambio social y político: la clase obrera está lejos de ser el vector principal de transformación y contestación social anticapitalista.3 Recuperando el pensamiento de Laclau y Mouffe (1987), el proyecto político de Srnicek y Williams (2015) contempla, en tiempos de fractura y segmentación sociales, a los distintos movimientos políticos y sociales que hoy pueblan la arena político-social como actores significativos en la disputa por la hegemonía. En pocas palabras, dicho proyecto parte de la convicción de establecer una hegemonía de corte populista que sea capaz de articular, en un proyecto común, la divergencia y pluralidad de intereses, experiencias, sensibilidades y demandas de dichos movimientos.
El proyecto aceleracionista entiende que la izquierda debe ser capaz de conformar y delimitar las bases y condiciones para el lanzamiento de una plataforma postrabajo y contender por su desarrolloy corporización como paso esencial, y de transición, para conformar una sociedad desindustrializada. Una de sus prioridades reposa en lograr un mundo nuevo que habilite la libre expresión y desarrollo de las potencialidades inmanentes del cuerpo tecnosocial, coartadas y reprimidas por el sistema capitalista. Para ello, derrocar el sentido común neoliberal arraigado en el seno de las sociedades occidentales es de vital importancia en pos de instaurar uno nuevo que, organizado sobre la crisis del trabajo y sus variados y expresivos efectos, pueda avanzar en la construcción y puesta en marcha de estrategias contrahegemónicas que tenga como horizonte una sociedad emancipada del trabajo.4
La propuesta se estructura de la siguiente manera: en primer lugar, se busca realizar un breve recorrido conceptual acerca de algunas problemáticas que encierra el trabajo en esta época a fin de contextualizar la discusión dada por Srnicek y Williams. Luego se expone sobre el papel que juega el trabajo en la propuesta ético-política de los autores. Finalmente, se intenta caracterizar y justificar la urgencia sistémica aceleracionista de construir una sociedad postrabajo a partir de cuatro demandas principales que articulan y dinamizan su programa.
Algunas palabras introductorias sobre el trabajo en tiempos de capitalismo contemporáneo
Desde la perspectiva aceleracionista, en presencia de un escenario que da cuenta del fracaso neoliberal para atender las múltiples problemáticas que se desprenden de las lógicas de desarrollo y concentración presentes frente a la subsunción del ser humano al capital (Avanessian y Reis, 2017), el trabajo, en sus variadas expresiones y manifestaciones, no se halla ajeno a los mandatos y predicamentos capitalistas que rigen nuestro “estar y experienciar el mundo de la vida”. Sumidos a la dominación y opresión ejercida por el sistema -encubierta bajo el halo de la libertad negativa5 y formal y del consumismo y la opulencia-, el trabajo goza de una centralidad que no es actual, pero que cobra nuevos matices en las sociedades informatizadas y del rendimiento que distinguen a esta época: si bien el trabajo es común a todas las sociedades, adopta cualidades históricamente específicas bajo el sistema vigente (Srnicek y Williams, 2015). En este contexto, se advierte la prevalencia de un espíritu empresarial que invade y penetra hasta el último resquicio de nuestra libertad interior. Este espíritu nos obliga a ser competitivos y eficaces bajo los cánones de la meritocracia, del esfuerzo personal y del “voluntarismo mágico” (Fisher, 2017), no solo para garantizar la supervivencia, sino también para “ser exitosos” y poder hacer usufructo de las mieles y bondades del progreso tecnocientífico para gozar de una “buena vida”. Siguiendo este razonamiento, y como bien apunta Bauman (2000), se impone como dañino y pernicioso el conformarse con lo logrado; el sistema nos impulsa al inconformismo perenne, “a querer y buscar más”; el trabajo es valorado como una actividad intrínsecamente noble y buena.
De acuerdo a Zamora (2011), estamos frente a un régimen empresarial mercantilista que domina e impregna la cotidianidad de los sujetos al regular sus pautas de comportamiento y de interacción, donde la creatividad, la flexibilidad y el multitasking son solo algunos de los rasgos primarios que definen al trabajo -y a los vínculos sociales- en las sociedades occidentales de este siglo. En efecto, se constata la emergencia de un “yo empresario” (Zamora, 2011) que prescribe todo tipo de actividades y modos de acción y pensamiento, tendientes al lucro pecuniario, el éxito y la competitividad:
Sin que desaparezca el régimen fabril, emerge y se convierte en dominante un régimen empresarial que tiende a capturar al conjunto de los individuos bajo la lógica de mercantilización, aunque ahora sin recurrir al encerramiento institucional. Estos cambios han supuesto una transformación del sistema de empleo y de los “vínculos sociales”, caracterizados por una creciente individualización y pluralización de los estilos de vida y orientaciones para la acción. (Zamora, 2011: 7)
En esta lógica de acumulación y productividad capitalistas, lejos de los modos de organización y cooperación propios de las sociedades precapitalistas y precientíficas, el tiempo de trabajo es considerado como un bien supremo, como factor central de producción (Rosa, 2016) vanagloriado por el sistema y sus variados y heterogéneos componentes que encuentran en el trabajo, el sentido y horizonte de sus vidas. En este contexto de glorificación del tiempo productivo, pobres, desempleados y marginados son estigmatizados en representación del trabajo y del salario: es el estado normal de los seres humanos. De esta manera, no trabajar es considerado como anormal (Bauman, 2000), patológico y disfuncional a la luz de una lectura funcionalista.
Esta devoción por el trabajo no es nueva. Weber (2001), en sus reflexiones sobre la ética protestante, se encargó de denunciar, en el marco de lo que denomina “el espíritu del capitalismo”, su entrega total por parte de los individuos como medio para alcanzar la salvación religiosa en un escenario signado por la imposición del tiempo racional propio de la racionalidad instrumental. Basada en el cálculo y en la eficiencia, dicha racionalidad se apropia de los modos de pensamiento y de acción de los sujetos: la consideración de la pérdida de tiempo como el “mayor de los pecados” viene a ilustrar el triunfo de la racionalidad instrumental esgrimida por el sociólogo alemán. En los albores del siglo XXI, muchas de estas nociones se replican, más allá de las especificidades cualitativas propias de este momento histórico. En la actualidad, por motivo de los múltiples y tangibles beneficios materiales y simbólicos que el trabajo ofrece, se puede advertir, incluso, cómo muchos individuos llegan a amarlo (Rosa, 2016): “el espíritu del capitalismo es, precisamente, este conjunto de creencias asociadas al orden capitalista que contribuyen a justificar dicho orden y a mantener, legitimándolos, los modos de acción y las disposiciones que son coherentes con él” (Boltanski y Chiapello, 2002: 13).
El proyecto capitalista jerarquiza y fomenta los valores y predicamentos de eficiencia y éxito que vindican la necesidad y obligación (heterodirigidas) de ser productivos de forma constante en un mundo cada vez más competitivo: “ganar dinero no tiene así un fin eudemonista para satisfacer intereses del individuo, sino que se impone a este como un deber, por encima de cualquier consideración hedonista o utilitarista” (Abellán, 2001: 18). Estas disposiciones psicosociales, corporizadas en pautas de comportamiento, operan como normas de vida, de control y regulación del quehacer humano; como obligación moral, en donde la búsqueda de ganancias se presenta como un fin en sí mismo. Cabe agregar que el trabajo aparece como un elemento significativo de la constitución y perpetuación del sistema capitalista, a la vez que se erige, en el marco de sociedades fragmentadas y en constante cambio, como garante de seguridad, protección y certidumbre interior para quienes operan activamente en el universo laboral y productivo. En una presunta paradoja epocal, los sujetos disponen de una libertad (formal y de no interferencia) para escoger su empleo y desenvolverse sin restricciones en el mercado, cuyas elecciones se nutren de sensaciones de libertad plena e irrestricta. Sin embargo, estas elecciones se hallan bajo el sometimiento de diversas exigencias, demandas y presiones ubicuas de carácter exógeno que marcan y dirigen el rumbo diario de los individuos; justificadas y legitimadas en la máxima del “deber” (Rosa, 2016) y en el compromiso con el desarrollo profesional continuo (Fisher, 2017) para ser elegible y competitivo en el mercado.
La consumación de la libertad individual y de no interferencia no es casual ni fortuita. Responde, en clave epistemológica, a los presupuestos del individualismo ontológico, cuya mayor expresión se ubica en la influyente máxima thatcheriana que condensa este espíritu individualista: “no existen sociedades, solo individuos”. Si bien el análisis de las implicancias de esta tesitura en este marco de cavilaciones supera con creces las pretensiones del presente trabajo, cabe decir que muchas de las problemáticas que se desprenden de los mandatos capitalistas son vistas y abordadas a la luz de posturas reduccionistas e individualistas que separan, analítica y epistemológicamente, lo social de lo individual. Entre otros inconvenientes de orden metodológico y epistemológico, este tipo de posturas impide visualizar la interdependencia y los entramados sociales de los que forman parte y dan sentido al universo sociopolítico y a sus participantes. De acuerdo a Elias (2008), el modelo mental que poseen los sujetos (sus conceptos y lenguaje) se encuentra configurado y estructurado de tal forma que todo lo externo y ajeno a la persona individual se cosifica: “como si todo lo que queda fuera de la persona individual tuviese carácter de «objetos»” (Elias, 2008: 14). La naturalización e indiferencia sistémicas ante la desigualdad socioeconómica y las condiciones marginales de existencia humana de vastos sectores de las poblaciones, la promoción programática del esfuerzo y del mérito individuales y el enaltecimiento de la libertad que envuelven a las sociedades del trabajo se fundan en gran medida en estos presupuestos de cariz individualista e instrumental que sostienen y estructuran a las narrativas prevalecientes. Una postura individualista sugiere tratar a los sujetos como átomos autosuficientes y autocontenidos (Crossley, 2011); como agentes básicos de análisis de cualquier proceso social (Courcuff, 1998), donde lo social es concebido como un mero agregado de individualidades (Crossley, 2016). Desde estos presupuestos epistemológicos y sociológicos, cualquier tipo de análisis por fuera de las propiedades y capacidades y decisiones (racionales) individuales y singulares de los sujetos, queda clausurado o es ignorado: el carácter histórico del trabajo, como fruto de las mutaciones de la formación capitalista a lo largo de estos siglos, se encuentra, bajo este prisma, al margen de toda posible valoración o juicio.
Sin intención de infravalorar el papel relevante que los sujetos asumen en la conformación y devenir de las sociedades capitalistas, estas nociones también se presentan inadecuadas para la intelección de los innumerables inconvenientes que ostentan las sociedades del rendimiento en una época que destaca la inapelable centralidad de la individualidad como valor supremo y rector: “las sociedades individualistas contemporáneas valorizan la singularidad individual. En las sociedades más tradicionales la singularidad individual existe también, pero lo propio de las sociedades individualistas es justamente colocarla como el corazón simbólico de la sociedad” (Courcuff, 2010). Ante la prevalencia de sociedades egocéntricas -al decir de Elias (2008)- se torna prioritario desplazar estos presupuestos reduccionistas que impiden cuestionar y subvertir las actuales condiciones de existencia humana. En efecto, no es plausible desligar la acción humana y social de los múltiples atravesamientos y condicionamientos políticos, sociales y económicos que permean, moldean, prohíben y dan sentido a la realidad social. Por tanto, resulta valioso recuperar la noción de individuos interdependientes, como productos y productores de relaciones, con el fin ulterior de escapar a la indigencia explicativa propia de la oposición individuo/ sociedad y alcanzar una mirada más amplia y abarcativa de la materia temática.
El papel del trabajo en Srnicek y Williams y la necesidad de conformar un proyecto político global para el arribo a una sociedad postrabajo
La predominancia y apogeo valorativo y semántico que hoy disfruta el trabajo en las sociedades capitalistas se torna inobjetable en el imaginario popular. Siguiendo a Srnicek, su hegemonía alcanza a todas las esferas de la vida y por ello, independizar a los sujetos del mandato del salario, se reviste de una importancia fundamental en su proyecto compartido con Williams: “en última instancia, nuestro objetivo debe ser desvincular los salarios del trabajo” (Srnicek y Williams, 2017a: 116). Este objetivo de desvinculación es central, ya que el trabajo se presenta como una de las principales causas de alienación; de extrañamiento del trabajador (Berardi, 2016). Lejos de su valoración como un espacio privilegiado para la realización personal y la integración social que caracterizan a las sociedades industriales (Neffa, 1999: 8), los individuos se enfrentan a un cúmulo de actividades laborales, las cuales, en muchas ocasiones, no apoyan ni desean llevar a cabo, pero que se efectivizan igualmente, operando como “cómplices” de estas formas ubicuas de control y presión que caracterizan a los mecanismos de autovigilancia impulsados por el sistema. En otras palabras, ante el estado actual de alineación que dirige y moldea “nuestro estar en el mundo”, la obligación y exigencia de trabajar y ser productivos y competitivos (compulsivamente) se expresan como productos de prácticas endógenas y autodeterminadas éticamente. Sin embargo, es desde esta presunta autonomía y libertad -y allí yace una de las fortalezas de la actual ontología- que se logra invisibilizar al sistema como promotor y regulador de las prácticas y acciones que rigen nuestro devenir:
La alineación puede definirse preliminarmente como un estado en el cual los sujetos persiguen fines o realizan prácticas que, por una parte, no les son impuestos por actores o factores externos -hay opciones alternativas realizables- pero que, por otra parte, no tienen ningún deseo “real” de apoyar. Así, nos sentimos alienados cuando trabajamos todo el día hasta la medianoche sin que nadie nos lo haya ordenado. (Rosa, 2016: 144)
El trabajo, en tanto meta y aspiración supremas, se presenta como destino predeterminado y preconcebido para los sujetos, cuya inexorabilidad pareciera ser irrefutable y evidente por sí misma (Rosa, 2016): la necesidad imperiosa de tener un empleo para la subsistencia -y la consiguiente imposibilidad epistémica y axiológica de concebir una vida significativa por fuera de él-, se encarga de disciplinar y normativizar los modos de existencia sociales. Como bien señalan Srnicek y Williams (2015), el trabajo se encuentra arraigado de tal forma en los cimientos identitarios de los individuos que cualquier intento por subvertir y poner en tensión la ética del trabajo reinante es rechazado, a priori, por el grueso de las sociedades capitalistas. Este rechazo no es menor en esta trama al contribuir significativamente al sustento y fortalecimiento de la hegemonía político-cultural imperante, cuya expansión y capacidad de sometimiento se tornan irrebatibles e irremediables desde el sentido común.
Las apreciaciones vertidas por los aceleracionistas acerca del trabajo vienen a reflejar la esencia y constitución del realismo capitalista expuesto por Fisher (2017), un espíritu de época donde las aspiraciones, deseos y comportamientos de los sujetos se hallan premoldeados y prefigurados por la cultura capitalista. Por consiguiente, y de acuerdo al recién citado Fisher (2017), todo intento de cambio se diluye o se evapora a raíz de la propia conformación semiótica y cultural del sistema al presentarse como la única opción viable e imaginable. En esta nueva ontología, el trabajar, concebido como sinónimo de bienestar e integridad, parece depender exclusivamente de actos volitivos y desiderativos individuales que soslayan las condiciones de producción y de reproducción prevalecientes.
El enaltecimiento del trabajo se entreteje y se asienta en procesos de naturalización y petrificación de las desigualdades y de las condiciones extremas de existencia que padecen los sectores menos favorecidos. Estas valoraciones permiten concebir a lo laboral, desde una lectura marcuseana, como fruto de las condiciones impuestas por la formación social imperante y no como resultado de una esencia o naturaleza humanas, como bien sostiene Rosa (2016), es decir, sobre principios normativos universales y transhistóricos. Entre otros inconvenientes, una concepción fundada en estos principios explicitados por Rosa aparecen como una barrera epistémica para la captación real del sufrimiento, de la angustia y de la homogeneidad psíquica que gobierna a las sociedades, en un mundo capitalista intrínsecamente competitivo y desigual:
Los competidores tienen que invertir más y más energía en la preservación de su competitividad, hasta el punto en que el mantenimiento de la misma ya no constituye un medio para llevar una vida autónoma de acuerdo con fines autodefinidos, sino que se ha transformado en el único objetivo general de la vida social e individual por igual. (Rosa, 2016: 45)
En este contexto de auge incontestable de los mandatos del capital y del trabajo, el aceleracionismo de izquierda despliega una fuerte crítica al sector mayoritario de la izquierda actual por su falta de operatividad política y por su andamiaje sociopolítico y conceptual que lo estructura. Entre sus amplias objeciones, se destaca un acentuado rechazo de los preceptos y valores que moldean y dan forma a lo que los autores entienden como política folk, dada su incapacidad para tensionar y subvertir el statu quo. Este tipo de políticas se caracteriza por la falta de un programa ideológico-político articulado, plausible de desafiar los cimientos y estructura del sistema capitalista global, es decir, se hallan desprovistas de poder real de transformación al encontrarse incapaz de ofrecer una alternativa firme que permita pensar en una transición hacia un poscapitalismo (Srnicek y Williams, 2015); a la superación y desmantelamiento del actual sistema neoliberal (hegemónico) imperante. Este rechazo sistemático a lo folk, signado por su carácter local y particular, se funda también en la fetichización de lo inmediato que lo distingue; lo que anula la posibilidad de establecer universales que habiliten el desenvolvimiento de estrategias contrahegemónicas capaces de promover y estimular el desarrollo de una plataforma postindustrial desde los propios márgenes del sistema. En contraposición a este pensamiento de izquierda local, la preservación de las conquistas y logros del capitalismo a ir más allá de lo que su sistema de valor y estructura de control permitan, se constituye en premisas rectoras que guían y dinamizan al proyecto de Srnicek y Williams.
En un escenario marcado por la impotencia reflexiva y la paralización del pensamiento crítico, la perspectiva aceleracionista asume la necesidad de hacer frente y de rebelarse a los imperativos y predicamentos que permean y configuran a la ontología capitalista que obtura y clausura todo horizonte de pensamiento y acción por fuera de sus parámetros dominantes. De esta manera, dicho enfoque busca diferenciarse de otras posiciones, por su intento de trazar una sociedad postrabajo como paso esencial para materializar una sociedad postindustrial, bregando por un salto cualitativo que permita imaginar y alcanzar sociedades libres de las ataduras impuestas por el sistema.
Frente a la imposibilidad intrínseca de la economía capitalista de superar la pobreza estructural y de proveer mejoras cualitativas en las condiciones de vida -entre otras problemáticas apremiantes-, el aceleracionismo concibe al trabajo (y su íntima vinculación con el salario) como uno de los principales obstáculos para el desarrollo y expresión de las potencialidades humanas, reprimidas y aprisionadas por la entidad capitalista: “el proyecto político para el siglo XXI descansa en la necesidad de construir una economía en la cual las personas no dependan más del trabajo salarial para sobrevivir” (Srnicek y Williams, 2015: 105). Los autores reclaman por este cambio cualitativo de las bases sociales y culturales, no desde un sentimiento romántico que piense en sociedades idílicas, ni por la nostalgia por retornar a formas tradicionales y precapitalistas de organización social y económica. Tampoco consideran válido asumir posturas neoluditas que encuentran en la destrucción del sistema, la única vía de escape.6 Por el contrario, para Srnicek y Williams, la organización y delimitación de una sociedad postrabajo es posible de ser concebida y organizada desde el seno del propio sistema vigente; considerado como plataforma de lanzamiento hacia nuevas formas de existencia humana.
Por último, y desde una lectura laclausiana, huelga señalar que la necesidad aceleracionista de construir y establecer una nueva hegemonía que abra paso a una realidad desligada del trabajo supone adoptar un enfoque expansivo y universal de cuño populista. Lejos de un movimiento de masas carentes de organicidad y sentido o de revueltas con un contenido específico, el llamamiento a la conformación de un movimiento populista responde a la necesidad de aunar y aglutinar intereses, experiencias y demandas divergentes e insatisfechas de los distintos movimientos y grupos sociales hoy presentes en pos de materializar, siguiendo a Martín (s.f.), una síntesis de fuerzas que no se dará espontáneamente en la dinámica social.7 De acuerdo a Srnicek y Williams (2015), no hay un grupo prefigurado que represente intereses universales o que goce de prerrogativa a priori, desde su propia constitución e inmanencia, para llevar a cabo el proceso de transformación bajo una lógica populista. Ante la creciente descomposición de la clase trabajadora y de los grupos tradicionales de resistencia, una sociedad postrabajo exige, desde la óptica de los autores, forjar un nuevo “nosotros” que encarne y motorice un proyecto de transformación política que sea capaz de avizorar una realidad cualitativamente diferente.
¿Hacia una sociedad postrabajo?: un repaso por las demandas aceleracionistas
La propuesta aceleracionista para alcanzar un mundo postrabajo se estructura a partir de cuatro demandas fundamentales (estrechamente vinculadas) a ser desarrolladas y caracterizadas a continuación: a) la automatización de la mano de obra, b) la reducción de la semana laboral, c) el ingreso básico universal (ibu) y el menoscabo de la ética del trabajo.
La automatización de la mano de obra
Defensores de la aceleración del actual impulso de automatización, Srnicek y Williams (2015) abogan por el alcance de una economía plenamente automatizada, dada su capacidad, por un lado, de liberar al sujeto del trabajo manual y del esfuerzo físico y cognitivo que lo caracteriza; y, por otro, de superar el carácter monótono y rutinario que hoy impregna al quehacer laboral de muchos de los trabajadores (que avizora también una mayor producción de bienes y servicios y en definitiva, de mayor riqueza). En el marco de un contexto de cariz tecnofílico, es de notar que el creciente desarrollo maquínico goza de prerrogativa en el proyecto emancipador aceleracionista. La máquina, no solo es plausible de actuar como sustituto de la actividad humana, sino que, y en especial en el área computacional y de la robótica, es capaz de realizar de forma más efectiva (y en menor plazo), distintas actividades productivas. De acuerdo a Srnicek y Williams (2015), el llamado a la plena automatización, en tanto demanda utópica, tiene como meta reducir al mínimo el trabajo considerado necesario. Tampoco resulta menor la potencia que se le adjudica para alcanzar nuevas formas de ser (Turner, 2016) al constituirse en una vía significativa para la expansión de nuevos horizontes colectivos de los sujetos: la tecnología y la ciencia ofrecen la posibilidad de ampliar la libertad humana (Hester, 2018).
Este ímpetu tecnooptimista hunde sus raíces en la fe depositada en las capacidades transformadoras de las tecnologías: “Las nuevas tecnologías nos permiten construir ‘una plataforma poscapitalista y postrabajo’ bajo las cuales múltiples caminos de vida pueden emerger y florecer” (Turner, 2016: 2). Como bien expresa Shaviro (2015), los aceleracionistas rechazan la idea de que las tecnologías digitales sean una expresión inevitable y unívoca del neoliberalismo: la tecnología actual no se agota ni se circunscribe exclusivamente a los objetivos y significados impuestos inicialmente por el sistema, como tampoco a sus usos dominantes. La infraestructura tecnológica permite y constriñe ciertas ideas o comportamientos (Baker, 2018). En consonancia con su crítica a la gobernanza del capital, los aceleracionistas visibilizan varias de las problemáticas que envuelven a la automatización del trabajo humano bajo la estela capitalista. La reducción progresiva de salarios y de la demanda de mano de obra, conjuntamente a la pauperización sostenida de las condiciones de trabajo, dan testimonio, desde la perspectiva de los autores, de las consecuencias incontestables de las últimas olas de automatización:
Ahora, una nueva ola de tecnología amenaza con automatizar grandes áreas de trabajo existentes en la actualidad, y el futuro augura que cada vez más trabajadores irán al paro o serán subempleados. El resultado es una creciente población excesiva que carece de los medios para sobrevivir fuera del capitalismo y de los empleos para sobrevivir en él. (Hester y Srnicek, 2017:358)
Desde que la actual ola de automatización es considerada como una de las causas más importantes del incremento de las tasas de desempleo, la crítica aceleracionista en este punto -siguiendo las proposiciones de análisis de Benanav sobre los teóricos de la automatización (2019: 6) - converge con aquella mirada que entiende que los trabajadores están siendo desplazados y reemplazados progresivamente por las máquinas en un contexto que da cuenta de un amplio abanico de efectos perniciosos que comportan los procesos de automatización en las sociedades mediadas por el capital. Sin embargo, a diferencia de teorías que solo se limitan a trazar un diagnóstico general vaticinando la inexorabilidad del fin del trabajo y sus variadas y expresivas consecuencias, el debate dado por el aceleracionismo de izquierda se halla en una dirección contraria a este tipo de discursos pesimistas. Esta aserción se justifica a partir del planteamiento de una sociedad postrabajo como horizonte sociopolítico que concibe a la automatización plena como demanda cardinal para la materialización de los objetivos perseguidos por Srnicek y Williams:
La automatización y el fin del trabajo serían los pilares de un proyecto sociopolítico posible antes que un destino inexorable ante el que habría que reaccionar de una u otra manera. La premisa básica de este proyecto sería la siguiente: si las tecnologías permiten aumentar la productividad, entonces habría que aprovecharlas para disminuir el tiempo de trabajo e incrementar el tiempo libre disponible para los sujetos. (Pagura, 2021: 198)
El problema subyace en la relación de mutua necesidad, establecida y forjada por el neoliberalismo, entre el binomio salario-sujeto para llevar una buena y aceptable vida en un marco que atestigua la sumisión de los procesos de automatización a los preceptos y valores capitalistas. De esta manera, pese al conjunto de problemas que se desprende de los procesos actuales de hipertecnologización de la actividad productiva industrial, el marcado optimismo en las capacidades maquínicas se instrumenta a partir de la potencia que encarnan ciertas tecnologías en ser redirigidas hacia valores y predicamentos diferentes a los hegemónicos. Por tanto, este redireccionamiento preconizado por Srnicek y Williams, que exige la apropiación plena de la base tecno-material del capitalismo, se constituye en una condición primordial para pensar en sociedades emancipadas de los imperativos del trabajo.8
Se destaca en la propuesta aceleracionista una concepción tecnológica que busca alejarse de posiciones deterministas de la tecnología al subrayar la imposibilidad de entender su (real) funcionamiento sin considerar su atravesamiento político y social. En otras palabras, se encargan de señalar la estrecha e ineluctable vinculación e interdependencia entre variables políticas, sociales y tecnológicas para dar cuenta del comportamiento y trayectoria de cierta tecnología: “La tecnología y lo social están íntimamente ligados entre sí, y los cambios en cualquiera de ellos potencia y refuerza los cambios en el otro” (Srnicek y Williams, 2017a: 41). Es desde esta mirada sobre la tecnología (capaz de permitir ciertos usos y anular otros) que la máquina se erige como firme candidata para liberar a los sujetos de los mandatos del trabajo en favor de una sociedad libre y encaminada hacia la autorrealización plena. Escapando de posturas tecnofóbicas y neoluditas, Srnicek y Williams (2015, 2017a) encuentran en la maquinaria desarrollada por el capital, frente a la subsunción epocal del desarrollo tecnológico a sus lineamientos, una plataforma de despegue hacia una sociedad emancipada y separada del trabajo remunerado:
La desindustrialización, en la medida en que entraña el reemplazo del trabajo humano con trabajo crecientemente mecanizado y automatizado, es un paso necesario para trascender el capitalismo. La desindustrialización es la única vía para que escapemos de la imposición del trabajo porque nos permite delegar la producción a las máquinas. (Srnicek, 2017: 115)
Los distintos problemas que encierra la maquinaria tecnocapitalista, tales como la desigualdad en los ingresos, el desempleo masivo, el crecimiento del trabajo informal y la falta de oportunidades en el mercado laboral son producto de la base ideológica reinante que la funda y la sostiene. Desde la óptica aceleracionista, son los valores, aspiraciones y predicamentos capitalistas que subyacen a la concepción y uso de la máquina, lo que se debe y urge cambiar. Su reapropiación y redireccionamiento hacia otros esquemas de pensamiento y acción distintos a los predominantes, revisten urgencia sistémica para Srnicek y Williams, a fin de hacer usufructo de las potencialidades inmanentes de las máquinas, hoy obturadas por la entidad capitalista.
De todas maneras, no es menor el carácter controvertido que posee el llamamiento a la automatización plena; merece especial atención el significado unívoco adjudicado a la máquina por parte de Srnicek y Williams, basado en la presunta eficiencia material maquínica para solucionar muchos de los problemas que hoy aquejan a las sociedades occidentales: “la demanda de plena automatización de la producción implica establecer un imperativo de eficiencia de cara a liberar tiempo de trabajo, un fin loable que sin embargo no puede ser el criterio único y último” (Pagura, 2021: 230).
En una apretada respuesta, este tipo de consideraciones soslaya algunas cuestiones relevantes tales como:
a)La tecnología posee efectos diversos en diferentes contextos (Aibar, 1996), lo que viene a tensionar aquella idea de transferencia y uso lineal de tecnologías en un contexto sociopolítico global que acusa una brecha significativa en términos de acceso, desarrollo y apropiación de conocimiento científico y tecnológico entre países desarrollados y periféricos.
b)El aceleracionismo adopta una perspectiva macro de análisis en desmedro de miradas contextuales, situadas y locales de la tecnología; el cariz universalista y tecnotriunfalista que domina su propuesta aparece como un serio limitante para contemplar y captar las demandas y necesidades de los distintos colectivos sociales, en especial de aquellos que pertenecen a los países periféricos y subdesarrollados, si lo que se busca es desarrollar y diseñar tecnologías más democráticas y alcanzar la emancipación y el autodominio colectivo.
c)Desde distintos marcos teóricos (Bijker, 2005; Thomas y Santos, 2016) se apunta a la imposibilidad de entender el funcionamiento de una tecnología únicamente bajo el amparo de la eficiencia. Si bien los aceleracionistas parten de la convicción de que las tecnologías no son neutrales para ejercer su crítica hacia la tendencia de automatización productiva bajo los cánones capitalistas, este tipo de cuestiones es ignorado al momento de revisar la demanda de automatización plena en una potencial sociedad poscapitalista. Siguiendo a Bijker (2005), el funcionamiento de una tecnología no es una propiedad intrínseca de los artefactos, sino más bien responde a una relación interactiva entre factores técnicos y extra técnicos (Thomas y Santos, 2016) bajo circunstancias particulares.
La reducción de la semana laboral
La reducción de la semana laboral se presenta como una de las demandas primarias en el programa de Srnicek y Williams, aunque sea la menos disruptiva de todas las demandas (Pagura, 2018). Los autores se apoyan en cierta factibilidad empírica para la potencial corporización de dicho propósito. Desde los inicios del capitalismo y, en particular, en el siglo XIX, distintas luchas políticas han permitido la adquisición de ciertos beneficios en términos de derechos y conquistas laborales. Se menciona la reducción de las horas de trabajo diarias y semanales y la consideración del fin de semana como descanso (aunque esto último esté lejos de alcanzar a la totalidad de los trabajadores remunerados). Si bien en la actualidad este tipo de cuestiones parece estar relegada en la opinión pública y en el actual ecosistema mediático-político, es plausible reconocer un renovado interés en ciertos sectores de la población por la posible implementación y concretización de un proyecto que contemple la reducción de la semana de trabajo.
Recuperando algunos comentarios realizados en el apartado introductorio, Srnicek y Williams (2015) consideran al trabajo como un serio limitante del goce y disfrute del (hoy tan valorados y apreciados) tiempo libre y del ocio, entre otros motivos, por la cantidad de horas que exige la tarea productiva, impuesta como la única manera significativa para vivir y progresar. En este marco de críticas esgrimidas, la reducción de la semana laboral -en particular se aboga por un fin de semana de tres días- forma parte de su proyecto de desindustrialización que busca materializar una sociedad de la abundancia, de la liberación del deseo, del triunfo y florecimiento de la libertad sintética (Srnicek, 2017; Srnicek y Williams, 2015).
Desde esta línea de análisis sobresale un problema no menor en las actuales sociedades del trabajo: la intersección plena entre la esfera laboral y cotidiana, que, a partir de la irrupción finisecular de las nuevas tecnologías -e intensificada en tiempos de pandemia-prácticamente evapora cualquier intento de distinción entre ambas esferas, es decir, las fronteras entre la vida y el trabajo se tornan cada vez más difusas y porosas. Descripción que se constata en la subsunción de la vida a las demandas, presiones y exigencias ubicuas que encierran las dinámicas laborales vigentes: recepción y contestación permanente de correos electrónicos, reuniones laborales y mensajes de Whatsapp y/o Telegram enviados por los superiores por fuera del horario de trabajo predeterminado y trabajo extra no remunerado, son solo alguna de las actividades y hechos que vienen a constatar la flexibilización, precarización y pauperización laborales impulsadas programáticamente por la entidad capitalista -aunque en muchos casos realizadas de forma voluntaria por los trabajadores- y que grafican el entrecruzamiento de lo privado y lo laboral.
Se advierte la proliferación, sin precedentes, del trabajo no remunerado y oculto, cuyo rol es significativo para la preservación del trabajo remunerado. La necesidad permanente de capacitarse profesionalmente, el cuidado de los niños en el hogar, las actividades domésticas, los trabajos ad honorem y la automatización de distintos puntos de venta (signados por la delegación del trabajo en los usuarios como los cajeros automáticos) son solo una muestra que permite ilustrar las dificultades y exigencias para acceder al mercado, más allá de los intentos gubernamentales, en diferente grado e intensidad, de acelerar la transformación de la educación superior como entrenamiento y capacitación para insertarse en el campo laboral. Si se indaga acerca del trabajo oculto en este tiempo se debe hacer mención de manera obligada a lo que Hester y Srnicek (2017: 359) entienden como “reproducción social” o “trabajo reproductivo”: términos que remiten al conjunto de tareas que, juntas, mantienen y reproducen la vida, tanto a diario como generación tras generación; este tipo de actividades, que permiten mantener y producir a los trabajadores, demanda ser considerado como parte de la base y estructura que sostiene a la maquinaria capitalista, sobre todo teniendo en cuenta ese carácter marginal y colateral adjudicado implícitamente por las fuerzas del mercado.
Por otra parte, en este contexto de críticas vertidas por el aceleracionismo, tampoco se puede dejar de señalar al sistema como responsable principal de degradar sistemáticamente las capacidades afectivas, deliberativas y cognitivas de los sujetos.9 Esta degradación se constata en las variadas expresiones patológicas que pueblan la cotidianeidad de muchos de los trabajadores en términos de salud mental: ansiedad, estrés, déficit motivacional, síndrome del desgaste ocupacional y de burnout, depresión y distintas patologías mentales. Frente a esta expansión constante de dichas patologías, los sujetos se muestran cada vez más dependientes de psicofármacos para garantizar su existencia y continuar siendo competitivos y eficaces bajo la voracidad del capital y de la concepción de tiempo dominante:
Los competidores tienen que invertir más y más energía en la preservación de su competitividad, hasta el punto en que el mantenimiento de la misma ya no constituye un medio para llevar una vida autónoma de acuerdo con fines autodefinidos, sino que se ha transformado en el único objetivo general de la vida social e individual por igual. (Rosa, 2016: 45)
En este sentido, esta dependencia recién aludida no parece poder escapar de los síntomas propios de la aceleración del ritmo de vida que experimentan muchas de las sociedades occidentales actuales: “la consecuencia del deseo o necesidad sentida de hacer más cosas en menos tiempo” (Rosa, 2016: 31). Siguiendo este hilo de razonamiento, resulta coherente pensar en la reducción de la semana de trabajo como solución para reducir y aminorar las patologías presentes, tan comunes y estigmatizadas a la vez, por motivo de su declarada disfuncionalidad al orden establecido. En efecto, si se toma en cuenta el estilo de vida actual, signado por procesos de aceleración social (Rosa, 2011, 2016) y por los regímenes propios de las sociedades de control, la búsqueda de soluciones para la reducción de estas patologías reviste prioridad a raíz de su significativa afección en la vida de los trabajadores.
Srnicek y Williams (2015) aducen, asimismo, potenciales beneficios adicionales en la reducción de la semana laboral. Por un lado, entienden que una menor cantidad de horas de trabajo semanales es compatible con la reducción de los efectos negativos sobre el medioambiente. Ante la acuciante crisis ambiental a la que se asiste, que da cuenta, entre otros problemas, del agotamiento de los recursos naturales y de la pérdida constante de la biodiversidad, la reducción laboral horaria permitirá modificar y redirigir los hábitos de consumo propios de las exigencias y demandas laborales y a la vez, reducir la huella de carbono. Por otro lado, y desde un plano político, para Srnicek y Williams (2015) la reducción de la carga horaria semanal guarda marcada relevancia para revitalizar y fortalecer a los movimientos de trabajadores, puesto que una menor dedicación a los esfuerzos que exige intrínsecamente el trabajo, permitiría una mayor capacidad operativa y ampliación del poder. Para los intelectuales británicos, la lucha y presión sindicales de los movimientos sociales y los cambios legislativos de los partidos políticos son factores centrales para delimitar y concretizar la mentada reducción de la semana laboral.
El ingreso básico universal (IBU) y el menoscabo a la ética del trabajo
En estrecha relación con las propuestas señaladas, un imperativo estratégico en la construcción de una plataforma postrabajo implica el abandono y superación de la ética laboral prevaleciente, fundada en la entronización del trabajo productivo como actividad indispensable para sobrevivir, progresar y desenvolverse libremente en las actuales sociedades de consumo. En consonancia con el predominio del paradigma economicista, Srnicek y Williams (2015) ponen de relieve el papel del trabajo como vector principal para alcanzar la autorrealización competitiva y para poder hacer usufructo de los variados y expresivos desarrollos y avances tecno-científicos publicitados por el sistema.
Por otra parte, las discusiones acerca de las condiciones laborales, más allá de sus evidentes y tangibles problemas, parecen ocupar un rol secundario en el imaginario popular frente a la necesidad (heterónoma) de buscar y tener un empleo remunerado. De esta manera, lo significativo y válido se constriñe a la concepción del trabajo como actividad en sí al conformarse como un “deber” moral para alcanzar el éxito, reconocimiento y, en última instancia, para disfrutar y gozar de una “buena vida” en términos materiales impuestos por el sistema. Bajo el régimen actual, donde prevalece el desmedro del ser, el trabajo aparece como criterio universal de juicio y de valoración de los sujetos invisibilizando, a la par, las condiciones de precariedad, pauperización y flexibilidad laborales que caracterizan a nuestra época. Esta invisibilización se traduce en una parálisis del pensamiento crítico, en una fuga del pensar en términos heideggerianos, ante una realidad presuntamente inmodificable, encargada de vindicar a las decisiones volitivas y desiderativas de carácter individual como las causantes de la pobreza, de la marginalización y de la falta de oportunidades y de empleo remunerado.
Su vanaglorización y consecuente normalización, tal como lo expresa Bauman (2000), posee consecuencias adicionales de igual relevancia. Por un lado, este imperativo moral se encarga de estigmatizar, marginar y rechazar a los sujetos en nombre del trabajo y del salario. Esto se agudiza, desde la mirada de Srnicek y Williams (2015), a partir del esfuerzo cultural publicitado sistemáticamente, entre otros actores determinantes, por los medios de comunicación -desde su capacidad de moldear creencias y representaciones de los públicos-en demonizar, e incluso llegando a caricaturizar, a los individuos que se hallan por fuera de la lógica y circuito laborales formales. Y, por otro lado, los autores ponen de relieve como dicho esfuerzo se encarga de fomentar el sufrimiento y la voluntad individuales para lograr cualquier tipo de recompensa en un mundo capitalista, cuya capacidad de generar empleo, es cada vez menor:
Las sociedades humanas están alcanzando rápidamente el punto en el que simplemente no hay suficiente trabajo disponible para todos, incluso si el trabajo para todos fuese una meta moralmente virtuosa. Por todas partes hay síntomas de una creciente población excedentaria: los desempleados, los subempleados, los precarios y el exceso absoluto manifiesto en las favelas globales y en el encarcelamiento en masa. (Srnicek, 2017: 116)
En virtud de la prognosis trazada, y en busca de reorientar el rumbo actual ante la crisis del trabajo que enfrenta el neoliberalismo, Srnicek y Williams (2015) ponen el acento en la implementación del ingreso básico común (ibu)10 como requisito primario en su proyecto político. Su establecimiento encierra un amplio espectro de potencialidades que promete, como meta última, el quiebre y subversión de la relación recíproca que envuelve al binomio trabajador/trabajo y a sus variadas y extendidas problemáticas. Necesidad que se replica en “Will Robots Take Your Job?”, una de sus últimas contribuciones:
Nosotros necesitamos explorar ideas tales como el ingreso básico común, nosotros necesitamos fomentar inversiones en la automatización que podría eliminar los peores trabajos de la sociedad […] necesitamos recuperar el deseo inicial del movimiento laboral de una semana laboral más corta. (Srnicek y Williams, 2017b: 77)
A propósito de la importancia capital que posee su introducción, a continuación se identifican algunas de las características y pretensiones que conforman y vertebran a la propuesta aceleracionista de Srnicek y Williams (2015) en torno al IBU:
La pretensión universalista del IBU, puesto que pretende alcanzar a toda la ciudadanía, más allá de su condición sociodemográfica, De esta forma, se busca el abandono de la estigmatización que ostentan las políticas asistencialistas. Ante un marco que discrimina y valoriza a los individuos por sus condiciones sociales, políticas, económicas y genéticas, la implementación del IBU se presenta como un antídoto que busca desmantelar estos condicionamientos y restricciones para acceder a un ingreso económico en busca de mayor igualdad socioeconómica.
Su implementación efectiva sería capaz de brindar mayor tiempo libre para el cultivo, desarrollo y expresión de las potencialidades humanas reprimidas por la coerción laboral. Por tanto, se presenta como un firme obstáculo a la explotación laboral, a la par que favorece la expresión de poder de clase. En síntesis, aparece como el camino idóneo para el florecimiento de la libertad sintética.
El IBU se constituye en el motor principal de reconocimiento y de vindicación de todos los actores como productores y reproductores que fundan y sostienen al capitalismo: el reconocimiento de aquellos trabajos no remunerados, pero que forman parte de la reproducción social. Especial atención merece la necesidad de abandonar y superar la división de género que opera en el mercado laboral actual.
Su puesta en marcha abriría la posibilidad de reducir la asimetría existente entre la mano de obra y el capital, donde el trabajador debe (auto)ofertarse en el mercado laboral para su subsistencia en una relación de sumisión a los mandatos y dictámenes impuestos por la formación capitalista. De esta forma, a partir de su establecimiento, los trabajadores dispondrán de otros medios para alcanzar una saludable y deseable permanencia en la existencia. En este sentido, la implementación del IBU es planteada en un contexto que reclama la necesidad de impulsar otros mecanismos de distribución de riquezas por fuera del capitalismo, direccionados a la optimización del estado de los trabajadores, en particular, de quienes se hallan en condiciones laborales deficientes y precarias.
En definitiva, su introducción, en tanto requisito central de una sociedad postrabajo y desindustrializada, posee pretensiones transformistas en el plano político y económico que busca, no solo promover una sociedad libre de las ataduras del salario, sino también alcanzar un elevado grado de autonomía en la vida de los trabajadores que exige el desplazamiento de la ética del trabajo capitalista que moldea y estructura los modos de vida de los individuos.
Consideraciones finales
En una época marcada por una crisis que se acelera y se expande a un ritmo y escala sin precedentes, se asiste a un marcado debilitamiento de la política al mostrarse incapaz de hacer frente a la presión ubicua del capital y a los múltiples problemas que encierra su hegemonía. En efecto, las discusiones y propuestas actuales se distinguen, desde la mirada aceleracionista, por la falta de un pensamiento que sea capaz de poner en tensión y subvertir el statu quo imperante, de dar sentido a nuevas perspectivas que habiliten un cambio radical en las sociedades presentes. La parálisis política e imaginativa que impregna a muchas de las políticas y marcos teóricos vigentes clausuran, en última instancia, la salida a todo tipo de determinismo y finalismo: nuestro destino parece estar sellado y preconfigurado en un mundo que no concibe ninguna alternativa viable al sistema imperante. Ante este escenario, los trabajos de Nick Srnicek y Alex Williams buscan posicionarse en una dirección contraria a este inmovilismo político y sociológico recién aludido. Lo mencionado se justifica a partir de su propuesta programática de carácter renovador, al aventurarse a encender y reavivar la imaginación colectiva, fosilizada por la imposibilidad de pensar y trazar nuevos horizontes frente a lo establecido e instituido. En otras palabras, sus trabajos se presentan como una opción de cariz sociopolítico que ensaya una respuesta frente al quietismo acrítico, al “no se puede hacer nada” que envuelve y rige los modos de pensamiento y acción de los individuos; y que deslegitima o descalifica cualquier intento de replantear otro modo de vivir. Estas apreciaciones cobran fuerza si se toma en consideración, como bien entienden los aceleracionistas de izquierda, la presencia latente de las condiciones materiales para alcanzar un cambio real que suponga un cataclismo en los cimientos capitalistas.
En un contexto que constata la ampliación sin límites de la desigualdad, del desempleo masivo, de la marginalización urbana y de las condiciones extremas de trabajo (cuyas consecuencias son naturalizadas y petrificadas por los sujetos), el desplazamiento progresivo del trabajo como centro y guía rector de los actos humanos ocupa un papel central en la propuesta política de Srnicek y Williams. Frente a la infravaloración, naturalización u omisión de dichas problemáticas, ya sea por desinterés, desconocimiento o por la presunta incapacidad de modificar el rumbo actual, los sujetos sitúan, en clave individualista, en los propios marginados y desempleados, la culpabilidad exclusiva de su estado de pobreza y marginalidad; la indiferencia y la estigmatización hacia estos sectores se convierten en denominador común que se ha apoderado de las relaciones sociales mediadas por el capital. Este señalamiento, fruto de la nueva ontología denunciada por Fisher (2017), jerarquiza y normaliza la aparente posibilidad de empleo para quien disponga del deseo y de la voluntad de alcanzarlo, responsabilizando a los “otros”, a los desplazados y marginados del sistema, de muchas de sus desgracias y de la recurrente falta de oportunidades en el mercado.
La citada centralidad y predominancia de la que disfruta el trabajo como eje organizador y estructurador de las relaciones sociales, afectivas, políticas y económicas se tornan inobjetables desde el sentido común si se toma en cuenta el carácter (prácticamente) indiscutible de que goza la ética laboral capitalista en las sociedades actuales. En un mundo que finge vivir en plena independencia y libertad personal (Harvey, 2020), es posible dar testimonio de la fetichización del trabajo, encargada de distorsionar la correcta interpretación de la realidad, ocasionando una confusión entre apariencia y realidad. Si pensamos con Harvey (2014) que el foco se pone en los síntomas, y no en las causas subyacentes a los distintos problemas que se derivan del trabajo en este tiempo histórico, el llamamiento de Srnicek y Williams a la constitución de una sociedad postindustrial parece ir en ese camino al resaltar la necesidad, inaplazable desde la mirada crítica de los autores, de cambiar las bases culturales y políticas que gobiernan a los modos de pensamiento y acción de los sujetos en torno al trabajo.
Por último, y de igual importancia, cabe señalar que, más allá de las amplias y variadas objeciones (de diversa índole)11 que recibe el programa aceleracionista, se destaca en sus planteamientos, no solo su agudo diagnóstico sobre las actuales condiciones de vida humana, sino también su intento de sistematizar un pensamiento utópico capaz de rejuvenecer la imaginación y espíritus colectivos ante el dominio de la entidad capitalista, encargada de obturar y anular el potencial inmanente que albergan los cuerpos tecnosociales.
También es conveniente subrayar que su programa despierta un marcado interés por haber logrado reinstalar en la agenda política e intelectual (más precisamente en el seno de la izquierda), problemáticas acuciantes que enfrentan las actuales sociedades occidentales. Cuestiones como la referida a la implementación del ingreso básico común (IBU) ha cobrado particular auge a la luz de los expresivos efectos y cambios de diversa índole que acusan las sociedades desde los inicios de la pandemia ocasionada por la Covid-19. Asimismo, es relevante el debate dado por los aceleracionistas de izquierda en torno al papel que puede asumir la tecnología como fuerza emancipatoria en pos de sociedades más democráticas. Siguiendo a Hester y Srnicek (2017), es fundamental que este tipo de problemáticas gane visibilidad y difusión, aunque no siempre se logre abarcar de forma exhaustiva e íntegra el alcance de la situación actual o más bien, se ignore a la crisis del trabajo como un fenómeno multicausal y sistémico.
En suma, el aceleracionismo de izquierda, con sus méritos y falencias, no es ajeno a los debates presentes sobre la crisis del trabajo y las vías para salir de ella (Harribey, 2018) al ofrecer una respuesta político-económica a discursos que, caracterizados por el pesimismo, la impotencia reflexiva y por la desesperanza, suprimen cualquier intento por cambiar la realidad presente. Discursos inhabilitados, desde la perspectiva de Srnicek y Williams, para proponer alternativas transformadoras que desafíen lo establecido y normativizado y que permitan alcanzar sociedades libres y emancipadas de las imposiciones del capital.














