I.
Los recientes acontecimientos políticos desarrollados en México colocaron en un lugar de alta exposición al sociólogo Armando Bartra (1941). Cercano a la experiencia del Movimiento de Regeneración Nacional (morena) y a la figura de Andrés Manuel López Obrador (AMLO), en los últimos años fue visibilizado junto a otros intelectuales y personalidades de la cultura como un militante activo de la campaña que llevó al político tabasqueño a la Presidencia de la Nación. El trabajo por él desarrollado excede, sin embargo, estas acciones en la última coyuntura política mexicana. Desde la década de 1970, Bartra viene realizando un conjunto de intervenciones que tienen como objeto de análisis distintos aspectos de la realidad social mexicana y latinoamericana. En este trabajo nos proponemos una lectura de lo que denominamos su obra histórica y política. Es decir, los textos en los cuales son pensados los procesos constitutivos del ordenamiento social de México y América Latina, y en los cuales se plantean los problemas relativos a su transformación. En relación con este último tópico, nuestra investigación pretende ser más exhaustiva. Estamos interesados en delimitar los modos en los cuales la obra de Bartra interviene de manera singular en el campo de los debates políticos y estratégicos de la izquierda mexicana. Nos guía la hipótesis de lectura de que dicha intervención está caracterizada por una crítica radical de la politicidad de izquierdas predominante, un esfuerzo por compatibilizar la sensibilidad de izquierdas con la tradición nacionalista revolucionaria y una apuesta hacia proyectos de transformación en los que se conjuga el impulso revolucionario con la historicidad de los sujetos populares.1
La investigación está orientada al análisis de las dos grandes secuencias políticas del México contemporáneo sobre las cuales interviene la obra de Bartra. La primera de ellas es la que va desde las secuelas de las elecciones de 1988 hasta las consecuencias del levantamiento de 1994. Al respecto nos interesa dar cuenta de la interpretación realizada por Bartra del surgimiento del neocardenismo y las transformaciones propiciadas en el campo de la izquierda a partir de la irrupción del Ejército Zapatista de Liberación Nacional (EZLN). La segunda de las secuencias analizadas es la que va desde los efectos del levantamiento de 1994 hasta la coyuntura electoral de 2006. En relación con este proceso, intentamos evidenciar los términos del seguimiento desarrollado por Bartra de las derivas propiciadas por el EZLN y el crecimiento de la figura de AMLO. Con el análisis de ambas secuencias nos interesa poner de relieve que sus textos históricos y políticos son portadores de un conjunto de supuestos. Retomando la hipótesis de lectura consignada más arriba, podemos decir que estos trabajos se caracterizan por una crítica a la tendencia hacia la autodeterminación de la cultura de izquierdas, un rescate de los aspectos más progresivos de la revolución institucionalizada y un abordaje afirmativo de los proyectos transformadores que asumen los problemas políticos que han aquejado tradicionalmente a la mayor parte de la sociedad mexicana. Creemos que son estos elementos los que favorecen en dichos trabajos el seguimiento crítico de la experiencia neozapatista, la interpretación del surgimiento del neocardenismo y la reflexión sobre la politicidad perredista.
II.
En 1997, la revista Chiapas, que nucleaba a intelectuales mexicanos cercanos al EZLN, publicó un artículo que sacudía en cierta medida el consenso sobre el que descansaba el acompañamiento a la causa neozapatista. En él, Armando Bartra, que a su vez formaba parte del Comité Editorial de la revista, llevaba a cabo un balance crítico de la experiencia política del EZLN, así como de los sujetos y organizaciones que apoyaban la lucha desplegada en el sureste del país. Bartra volvía sobre aquella imagen fundacional de Chiapas como metáfora o emblema de la realidad nacional para llamar la atención sobre la apertura de una brecha entre la lucha desarrollada por el EZLN y los problemas políticos que atravesaban al resto de la sociedad mexicana. Se trataba, a su entender, tanto de una particularización, debido a que el compromiso con la causa chiapaneca ya no estaba acompañado con la movilización por “los grandes problemas nacionales”, como de un aislamiento, en tanto los objetivos de la lucha neozapatista estaban dejando de formar parte de “las grandes causas nacionales” (Bartra, 1997: 156).
El señalamiento de la mencionada brecha no operaba en sus reflexiones en términos de una marca de origen o un destino manifiesto del EZLN. Al contrario, la advertencia sobre la particularización y el aislamiento cobraba sentido únicamente en un contexto en el cual se habían modificado las condiciones iniciales en las que se había desplegado la lucha neozapatista. En 1994, la concentración de las fuerzas políticas populares y de izquierda alrededor de la causa chiapaneca podía haber constituido el primer paso para un proceso democratizador a nivel nacional. Sin embargo, el estancamiento de la lucha neozapatista y el incumplimento del gobierno con lo acordado con el EZLN abría un nuevo escenario que obligaba a repensar los modos de la intervención política. Es decir, el vínculo entre los problemas de Chiapas y la realidad nacional permanecía inmutable. Lo que había cambiado eran las relaciones de fuerza tanto en el sureste como en el resto del país. Si en 1994 era acertado pensar que se podía “ganar la batalla de Chiapas para, con ese impulso, ganar después en la batalla por la nación”, tres años después se imponía el diagnóstico de que ya no era posible “avanzar en Chiapas sin avanzar en toda la nación” (Bartra, 1997: 157).
Un primer nivel de análisis del vínculo entre la lucha neozapatista y la política nacional correspondía a la necesaria complementariedad entre las dinámicas políticas desarrolladas en ambos espacios. Al respecto, el esfuerzo de Bartra se dirigía a demostrar que la lucha desplegada en Chiapas podía ser potenciada por las luchas análogas llevadas a cabo en otras partes del territorio nacional. Pero al mismo tiempo, constituía un llamado de atención acerca de las repercusiones nacionales de acciones poco estratégicas desarrolladas a nivel local. Esto ocurría, por ejemplo, con la relación entre los planteos autonómicos indígenas y las luchas por la democratización de los municipios urbanos, o entre las exigencias de mayor autonomía étnica y las luchas campesinas por la restauración del agrarismo constitucional y un desarrollo agrícola justo y democrático. Un avance en las luchas nacionales podía contribuir a poner las relaciones de fuerzas del lado de la lucha neozapatista. Al mismo tiempo, una mala iniciativa desarrollada en Chiapas podía resultar perjudicial para el desarrollo de las luchas nacionales.
El segundo nivel de las relaciones entre lo local y lo nacional tenía que ver con la dimensión electoral de la política transformadora. El diagnóstico, al respecto, era categórico: “el mayor desencuentro entre el EZLN y el país ha sido el reciente distanciamiento de la causa zapatista con el movimiento ciudadano por la democracia electoral” (Bartra, 1997: 160). Se trataba de un planteo en el cual tenía lugar un esfuerzo interpretativo, es decir, una historización de los procesos sociales y políticos que habían conducido al mencionado distanciamiento. Uno de estos procesos, que está presente a lo largo de toda la obra de Bartra, es el de la desacreditación de la política en el México posrevolucionario. El otro, que también es recurrente en su trabajo, es el de las inserciones fracasadas de la izquierda en el campo de la política institucional. En este caso, la deriva autonomista del EZLN era remitida a la frustración de su alianza con el neocardenismo y al estancamiento de las negociaciones con el gobierno mexicano.
Si bien la historización de estos procesos habilitaba una comprensión de la escisión entre la lucha neozapatista y la política nacional, el planteo de Bartra apuntaba principalmente a los efectos perjudiciales de la definición antielectoral del EZLN. Un señalamiento que era apuntalado por dos procesos políticos que evidenciaban la potencialidad de una disputa de las instituciones estatales a través de los mecanismos electorales. Uno de ellos, el más potente, aunque fallido, la conformación del Partido de la Revolución Democrática (PRD) y el apoyo suscitado por la sociedad mexicana en las elecciones de 1988. El segundo, las elecciones en las que los ciudadanos del Distrito Federal habían votado por primera vez al Jefe de Gobierno de la ciudad y en las que había resultado electo Cuauhtémoc Cárdenas. En este contexto, Bartra afirmaba:
El problema radica en que al distanciarse de la política electorera, el EZLN se apartó también del camino por el que hoy por hoy están transitando millones y millones de mexicanos, ciudadanos convencidos de que vale la pena luchar con el voto y de que ejercer el poder desde puestos de gobierno no sólo es legítimo, sino que es uno de los mayores retos de los verdaderos demócratas (Bartra, 1997: 160).
Puede afirmarse que en la década de 1990 el problema de las relaciones entre luchas particulares y dinámica política nacional fue procesado por Bartra a través de dos planos de análisis y enunciación. El primero de ellos, como vimos, es el de la intervención directa sobre la coyuntura política mexicana. El segundo, más sutil pero no por ello menos agudo, es el de la investigación histórica sobre los problemas relativos a dicha relación. Si en el presente se advertía sobre la escisión entre la lucha neozapatista y los problemas políticos nacionales, en el pasado se trataba de reconstruir experiencias caracterizadas por la asunción de las problemáticas políticas nacionales y la voluntad de inscribir institucionalmente la lucha transformadora. En este marco puede comprenderse el ejercicio de reconstrucción del proceso de movilización desarrollado en Guerrero alrededor de la coyuntura electoral de 1988. Al mismo tiempo que abría el debate en torno a la deriva autonomista del EZLN, Bartra emprendía un trabajo de recuperación de una experiencia que había logrado trascender las limitaciones impuestas por el régimen político del México posrevolucionario. Es decir, las mismas limitaciones que en aquel presente empujaban a la experiencia neozapatista lejos de las instituciones y las problemáticas políticas nacionales.
Si nos atenemos a las formas en las cuales este proceso de movilización era reconstruido, podemos decir que Bartra concebía al neocardenismo como un elemento dislocador del ordenamiento sociopolítico del México posrevolucionario. Los movimientos y las demandas que habían confluido en la conformación del PRD y el proceso de movilización popular, habían desempeñado un rol crítico en los modos de vinculación entre política y economía en la sociedad mexicana. El neocardenismo se presentaba como elemento disruptivo frente al “añoso y perverso entreveramiento de lo político y lo social, de la propiedad y el poder, del control económico y la dominación política” (Bartra, 1996: 10). Es decir, el neocardenismo representaba la crisis y la superación de una estructura que superponía poder político y poder económico reproduciendo un sistema políticamente autoritario y económicamente inequitativo. En otras palabras, la conformación del PRD y la movilización social que la había acompañado representaban el quiebre de la estructura política que tenía al Partido Revolucionario Institucional (PRI) como elemento vertebrador y al cacicazgo y al corporativismo como factores constituyentes.
En este sentido, 1988 representaba el hito más significativo de la historia mexicana contemporánea. Las condiciones previas al surgimiento del neocardenismo eran las de la normalización de las relaciones entre la política, el Estado y el PRI. Tanto la participación política como la organización gremial se encontraban desvirtuadas debido a la concepción de los derechos de la población como concesiones del poder condicionadas por la fidelidad al partido institucional y a sus estructuras clientelares. Esta caracterización brindaba elementos explicativos acerca de las divergencias estructurales entre las reivindicaciones gremiales y las demandas ciudadanas a lo largo de la historia mexicana. Al ser considerados planos diferenciados, la justicia socioeconómica y la democracia política generaban sujetos y acciones que transitaban caminos que nunca se encontraban. En este sentido, el mexicano afirmaba que “reconstruir el camino de las acciones reivindicativas de carácter socioeconómico y el proceso de lucha por la democracia política es hacer la historia de un desencuentro” (Bartra, 1996: 10).
La reconstrucción realizada por Bartra atendía especialmente un conjunto de transformaciones que se habían producido a partir de la década de 1970 y que constituían antecedentes significativos del surgimiento del neocardenismo. Estos cambios tenían que ver con los comienzos de una intersección entre los caminos de la justicia socioeconómica y la democracia política. Por un lado, movimientos y organizaciones sociales que habían desarrollado acciones políticas por fuera del pri y de la oposición tradicional. Por el otro, partidos políticos que al luchar por el control de gobernaciones y municipios se habían articulado necesariamente con reivindicaciones de orden socioeconómicas. El encuentro de los caminos se había producido finalmente en 1988. Por primera vez en el México posrevolucionario, las demandas sociales y económicas se habían articulado con la lucha por la democracia política. Ubicada en los marcos de esta historización, la experiencia neocardenista se presentaba como propiciadora de dos transformaciones radicales. Por una parte, la politización no corporativa de la vida social, lo cual constituyó un elemento novedoso que habilitó una redefinición de las relaciones entre el plano político y el socioeconómico. Por la otra, la participación de las masas en forma de movimiento, lo que implicó la incorporación a la dinámica institucional de expresiones políticas no corporativas. En términos concretos, el quiebre con el pasado se había expresado en la masiva concurrencia de la población a los comicios, un espacio hasta entonces viciado y desacreditado; y en la derrota del PRI, hasta el momento considerado invencible.2
Hemos visto hasta aquí cómo la reconstrucción histórica tendía a enfatizar el carácter rupturista del neocardenismo. Existe, sin embargo, otra dimensión del trabajo de Bartra en la que se acentuaba la historicidad de la conformación del PRD y el proceso de movilización popular alrededor de las elecciones de 1988. Al respecto, uno de los elementos a tener en cuenta es que la delimitación de aquellos caminos paralelos de reivindicaciones socioeconómicas y demandas ciudadanas no operaba únicamente en el terreno de lo abstracto. Cuando se afirmaba que la masiva participación electoral y la derrota del PRI entrañaban finalmente la articulación de la justicia social y económica y la democracia política, para el caso de Guerrero estos procesos tenían protagonistas concretos. Lejos de resultar azarosa, la confluencia entre luchas de tipo socioeconómicas y políticas tenía sentido en el marco de procesos desarrollados en la región en las últimas décadas. En el primero de los planos, el desarrollo de una fuerte organización gremial a comienzos de la década de los ochenta. En el segundo, el despliegue de un movimiento cívico por la democratización del sistema político guerrerense. En este sentido, el trabajo se orientaba a constatar el modo en el que los sujetos y las prácticas de la política a la mexicana habían bloqueado tanto las acciones desarrolladas en ambas instancias como los procesos de articulación entre ellas.
El otro elemento relevante de la interpretación del neocardenismo en su historicidad es la reflexión acerca de las razones del triunfo del PRD y de la masividad de la movilización popular. Al respecto, el señalamiento de una encarnadura histórica de las reivindicaciones socioeconómicas y las demandas ciudadanas no alcanzaba para explicar de manera eficaz el carácter rupturista del proceso de 1988. Es decir, que el despliegue sucesivo de una organización gremial y un movimiento cívico potentes no se correspondía automáticamente con el desbloqueo de las limitaciones impuestas por el régimen político posrevolucionario. La indagación que se imponía era sobre las razones por las que por primera vez en la historia la mayor parte de la sociedad mexicana había decidido no votar por el PRI. En el caso guerrerense, la opción de votar por el PRD sólo podía ser explicada en el marco de un anhelo histórico por una sociedad efectivamente democrática. En sus palabras: “a diferencia del clientelismo priísta, el voto opositor es una opción siempre arriesgada y peligrosa; una decisión sin más recompensa cierta que acortar el camino a la utopía democrática” (Bartra, 1996: 186). Es decir, el hecho de que los guerrerenses hubiesen desafiado el clientelismo del PRI, y en consecuencia puesto en cuestión uno de los pilares del régimen político mexicano, sólo podía encontrar explicación en una secuencia histórica de larga data compuesta por luchas en pos de una verdadera democratización de la sociedad.
Finalmente, cabe destacar el rol adquirido en esta reflexión por lo que podríamos denominar el recuerdo reformista. Para Bartra, la derrota del PRI y el ascenso del PRD eran fenómenos inseparables del peso adquirido en la sociedad mexicana por un conjunto de representaciones sobre la experiencia cardenista. Al respecto, la figura de Cuauhtémoc Cárdenas se presentaba como el elemento que permitía enlazar los efectos sociales del cardenismo con la promesa democrática del neocardenismo. Por ejemplo, ésta es la variable que permitía explicar la participación electoral en el municipio de Atoyac y la movilización posterior frente a lo que se consideraba una claudicación de la dirigencia perredista frente al fraude: “los de Atoyac son cardenistas de hueso colorado y cuando un hijo de Lázaro Cárdenas convoca a luchar por la justicia y la democracia, no se hacen del rogar ni lo piensan dos veces” (Bartra, 1996: 178). De la misma manera era explicada la deslegitimación del gobierno priísta en Guerrero y el consecuente declive electoral. Se desprende de la historización de Bartra la idea de que la añoranza por un pasado nacionalista y democrático constituyó el suplemento necesario que posibilitó la derrota del proyecto neoliberal encabezado por el PRI en la década de 1980. En sus propios términos:
la sorprendente marejada cardenista de 1988 resulta de la combinación de dos factores: en primer lugar, un voto de rechazo al grupo en el poder, cuya política neoliberal estaba sumiendo al país en una de las etapas más desastrosas de su historia; en segundo lugar, la esperanza de que un hijo del general devolviera la nación a los viejos y buenos tiempos en que se podía confiar en el gobierno (Bartra, 1996: 179-180).
III.
Hacia el año 2003, Bartra volverá a producir una intervención categórica en relación con la experiencia política del EZLN. Se trataba, al igual que a mediados de la década de los noventa, de calcular los efectos de una deriva organizativa y programática propiciada por las comunidades neozapatistas del sureste mexicano. Como anunciaba el comunicado difundido en julio de aquel año, el EZLN había decidido suspender el contacto con el gobierno federal y con los partidos políticos y hacer de la resistencia la principal forma de lucha. Todo ello se producía en el marco de una denuncia de traición a la clase política mexicana y una constatación del desinterés del gobierno por los problemas que aquejaban a la población indígena. El comunicado firmado por el Subcomandante Marcos informaba que las comunidades indígenas habían estado preparando un conjunto de transformaciones con respecto a su funcionamiento interno y el vínculo con la comunidad nacional e internacional. Se trataba de una profundización de la autogestión a escala regional, lo cual se materializaba con la creación de las Juntas de Buen Gobierno, instancias encargadas de coordinar la relación entre las comunidades y la vinculación con la sociedad civil nacional e internacional. Si bien el EZLN seguía teniendo prerrogativas en relación con la seguridad del territorio y las iniciativas políticas hacia el exterior, la creación de las Juntas de Buen Gobierno implicaba la autonomización de los municipios de la organización político-militar.
El seguimiento realizado por Bartra de la reorientación de la política neoza-patista puede ser analizado en los mismos términos que su intervención frente a los procesos de particularización y aislamiento de mediados de la década de los noventa. Es decir, por un lado, se imponía una lectura comprensiva del proceso de autonomización. Bartra llevaba a cabo una contextualización que rebasaba la experiencia singular del zapatismo y empujaba el análisis hacia el problema del vínculo siempre conflictivo entre las organizaciones de izquierda y el Estado mexicano. El marcado tenor corporativo de los agrupamientos de la sociedad civil mexicana, un rasgo propiciado por el accionar de un Estado omnipresente y todopoderoso, permitía comprender el fuerte sentido de autodeterminación presente en la cultura de izquierdas contemporánea. La explicación proporcionada por Bartra permitía ubicar la deriva neozapatista de comienzos del siglo xxi en una secuencia de impulsos autodeterminativos que se remontaban a mediados del siglo anterior. Uno de ellos, desarrollado entre las décadas de 1950 y 1970, en el que la autodeterminación había sido procesada en términos de independencia. Partidos, sindicatos y movimientos que buscaban una politicidad independiente de los poderes del Estado. El otro, más reciente, desarrollado a partir de la década de los ochenta, en el cual la autodeterminación había sido concebida en términos de autonomía. Sobre todo, comunidades campesinas e indígenas que sumaban al factor de independencia política un horizonte de libre determinación política y autogestión económica y social. De acuerdo con el análisis realizado por Bartra, lo que se producía en esta secuencia de esfuerzos en favor de la autodeterminación, era un acercamiento progresivo a posiciones antipolíticas. El pasaje de la independencia al autogobierno y la autogestión implicaba el tránsito desde un comportamiento sistémico hacia uno antisistémico. Es decir, que si en las décadas de 1950 y 1970 la izquierda entendía la autodeterminación en el sentido de una insumisión frente al orden existente, a partir de la década de 1980 la asumirá como la necesidad de construir ordenamientos sociales alternativos. Se arribaba a una posición antipolítica en tanto se renunciaba a la construcción de herramientas que permitieran una intervención transformadora en el presente:
sin gremios independientes que reivindiquen lo básico aquí y ahora, sin organizaciones autogestivas que operen producción y servicios populares lidiando cotidianamente con el Estado y mercado, sin partidos institucionales capaces de impulsar programas alternativos desde la oposición o el gobierno y en todas las esferas (Bartra, 2003: 281).
La reversión de este señalamiento nos permite evidenciar algunos aspectos del horizonte político postulado en la obra de Bartra. Frente a una izquierda que buscaba una politicidad transformadora fuera del orden social existente, se planteaba la necesidad de llevar a cabo luchas reivindicativas en el marco de relaciones laborales existentes, proyectos de producción y distribución de bienes no mediados necesariamente por la lógica del capital, así como programas políticos canalizados por las instituciones políticas tradicionales. Como puede observarse, el contrapunto con la deriva de la experiencia neozapatista descansaba sobre una concepción compleja de la intervención política emancipatoria, la cual era procesada en términos de logros y progresiones en el orden social existente, y del vínculo entre la politicidad transformadora y las estructuras del Estado nación, el cual era pensado en términos de articulación. Ahora bien, este horizonte político emancipatorio que reivindicaba los avances parciales en el presente y la mediación estatal de las transformaciones, también estaba apuntalado por experiencias concretas desplegadas en el seno de la sociedad mexicana. Una de ellas era la de comunidades que desarrollaban autonomías “no puras sino contaminadas, no monolíticas sino híbridas y entreveradas” (Bartra, 2003: 283). Es decir, comunidades que resistían al orden social pero que mantenían vínculos, no exentos de conflictos, con el Estado y el capital. Se trataba de comunidades que promovían la producción sustentable y participaban del proceso de distribución de la producción, que tenían un rol protagónico en el desarrollo de infraestructura y en la gestión de la educación, la salud y la cultura, y que demandaban y ejecutaban programas públicos provenientes del gobierno local, estatal y federal. La otra experiencia remitía a la coyuntura política mexicana de los últimos años del siglo XX y comienzos del XXI. De acuerdo con el repaso realizado por Bartra, si bien los problemas del país eran los mismos que habían provocado en 1994 el alzamiento neozapatista, los modos en los cuales la sociedad mexicana se vinculaba políticamente con dichos problemas eran diferentes a los de la década anterior. La afirmación de que “los pendientes del país parecen los mismos, pero en verdad los mexicanos somos otros” (Bartra, 2003: 286), intentaba dar cuenta de un conjunto de transformaciones que habían llevado a diferentes sectores sociales a niveles inéditos de politización. Estos cambios referían a procesos de resistencia frente a medidas neoliberales, tales como las privatizaciones, la flexibilización laboral y la desregulación financiera. Pero también referían, y aquí el análisis se volvía más enfático, al esbozo de una propuesta de transformación social centrada en la nacionalización del sistema energético, leyes laborales progresivas, estrategias de desarrollo económico autónomo, políticas de integración regional y reformas agrarias orientadas a la soberanía alimentaria.
Así como en la década de 1990 la elección de Cuauhtémoc Cárdenas como Jefe de Gobierno del Distrito Federal operaba como contrapunto del proceso de aislamiento del EZLN, a comienzos del siglo XXI la profundización de la autonomía en las comunidades neozapatistas será contrastada con una experiencia política desarrollada en el Cono Sur. Bartra le otorgaba el carácter de síntoma a la simultaneidad entre la decisión neozapatista de privilegiar una lucha resistente por fuera del orden social y el acceso de Lula al poder en Brasil a través de una coalición de gremios combativos, movimientos sociales, fracciones de la burguesía nacional, partidos populares y sectores progresistas de la Iglesia. De cara al fracaso de la estrategia neozapatista, y el consecuente sufrimiento de las comunidades del sureste, el intelectual mexicano llamaba a “mirarnos en el espejo de una izquierda con identidad, pero incluyente” (Bartra, 2003: 289). Es decir, conformar una fuerza política apuntalada por sus propias bases y con una definición programática propia pero capaz de sumar a otros sectores sociales y articular distintas formas de lucha. De esta manera regresaba aquel argumento de la década de los noventa acerca de la necesaria complementariedad entre las distintas demandas desarrolladas por diferentes sectores sociales. En el mismo sentido, se mantenía la hipótesis política de una articulación imprescindible entre transformaciones desde abajo y desde arriba. Se trataba, en suma, de “actuar a través de los movimientos sociales y de partidos políticos, cuestionando el poder y ejerciéndolo dentro y fuera del gobierno, demandando reformas legales y legislando, resistiendo y proponiendo” (Bartra, 2003: 289).
Así como en la secuencia política anterior el análisis de las vicisitudes del EZLN se articulaba con una reflexión más amplia sobre la sociedad mexicana, en este caso el seguimiento de la experiencia neozapatista se enmarcaba en un conjunto de planteos históricos y políticos que rebasaban las particularidades de las condiciones del sureste. En esta ocasión, el análisis de Bartra tuvo como objeto el vínculo problemático entre las tradiciones de izquierdas y el nacionalismo revolucionario en el seno de la sociedad mexicana. Al respecto, puede afirmarse que sus hipótesis se ubicaban en un espacio interpretativo original que abrevaba tanto en la tesis del “ogro filantrópico” esbozada por Octavio Paz (1979) , como en la del “proletariado sin cabeza” formulada por José Revueltas (1980). Es decir, por un lado, Bartra se interesaba en los efectos políticos propiciados en la sociedad civil por una revolución institucionalizada como la mexicana. Si bien el proceso revolucionario había contribuido a la democratización política y la independencia económica del país, también había sedimentado una relación clientelar y corporativa entre el Estado y las organizaciones de la sociedad civil. Centrales obreras, sindicatos, ligas campesinas y organizaciones populares que tenían un vínculo orgánico con el PRI, así como asociaciones y confederaciones empresariales que mantenían una relación dependiente con las estructuras del Estado. Por otro lado, su esfuerzo se dirigía a constatar las limitaciones históricas de la izquierda mexicana frente a una estructura social y política afectada por una revolución institucionalizada. Menos que por defectos propios de las formaciones de la izquierda mexicana, estas limitaciones obedecían al peso político de la tradición nacionalista revolucionaria y a los efectos estructurales de las políticas estatales desplegadas desde 1910. Tal como afirmaba en una frase que por simple no dejaba de ser incisiva: “México ingresó al siglo xx con una revolución campesina triunfante que a la postre benefició al pueblo llano, pero le complicó la vida a la izquierda doctrinaria” (Bartra, 2005: 287).
Considerando que se trata de una hipótesis de lectura compleja y con marcadas connotaciones políticas, cabe indagar en profundidad en los términos de esta articulación entre las tesis del “ogro filantrópico” y el “proletariado sin cabeza”. Decíamos, por un lado, un ordenamiento social moldeado por un proceso revolucionario hecho gobierno. Por el otro, la sedimentación de un mito político sobre la revolución que volvía impotentes los esfuerzos de la izquierda por desplegar un programa independiente de la clase obrera. Insistíamos también en una relación de tipo causal entre ambos fenómenos, en tanto era la institucionalización de la revolución lo que limitaba las posibilidades políticas de las formaciones de la izquierda.
Ahora bien, así como esta constatación no conducía a una normalización del proceso de institucionalización de la revolución, tampoco implicaba un solazamiento en el carácter marginal de la izquierda mexicana. Porque a diferencia de una aproximación liberal a la experiencia de la revolución institucionalizada, Bartra no veía en la hegemonía del PRI una simple manipulación ideológica. El peso del nacionalismo revolucionario en la sociedad mexicana y la adhesión al partido de gobierno de amplios sectores de la población tenían su origen en políticas efectivamente transformadoras. La importancia del PRI, por tanto, “se sustenta en los indudables logros de un sistema, sin dudas autoritario, pero que repartió tierras, proporcionó servicios básicos a la mayoría de la población y, hasta los años ochenta, logró un crecimiento sostenido” (Bartra, 2008: 292). Y porque una lectura de estas características se corresponde con una perspectiva crítica sobre las incapacidades de las formaciones de izquierda para superar su divorcio de la mayor parte de la sociedad mexicana. En tanto el mito de la revolución mexicana no era meramente ideológico, la ajenidad de la izquierda frente a los avances efectivos propiciados por el partido de gobierno constituía una seria limitación para su conversión en una fuerza política atractiva para las masas. Lejos de una lectura autocomplaciente de la marginación, se trataba de verificar que en un marco nacional como el mexicano una izquierda antisistémica “no podía aparecer sino como una corriente puramente utópica, un lujo ideológico; una minoría contestataria o testimonial, siempre abnegada y a veces heroica, pero poco eficiente en el aquí y el ahora” (Bartra, 2005: 293).
En este recorrido propuesto, la conformación del PRD ocupaba naturalmente un lugar privilegiado. En sintonía con aquel balance realizado en la década de 1990, la crisis interna del PRI que había derivado en la conformación de la Corriente Democrática, el importante apoyo popular obtenido por la candidatura de Cuauhtémoc Cárdenas y el establecimiento de las bases fundacionales del PRD, formaban parte de un proceso que había permitido superar la situación de divorcio estructural entre la tradición nacionalista revolucionaria y la cultura de izquierdas. Se trataba de una comprensión de los acontecimientos de 1988 en la que no se aceptaba acríticamente los términos de la institucionalización de la revolución, pero tampoco se reproducía sin más la lectura izquierdista de la hegemonía del pri. En consecuencia, esta aproximación abría una cisura interpretativa en cuanto a la manera de procesar el nacimiento del PRD. Mientras que para algunos este fenómeno significaba la disolución de la izquierda en una experiencia neopopulista, su comprensión apuntaba a verificar “la fundación del primer partido de centroizquierda electoralmente viable en un país de izquierdas pulverizadas y puramente testimoniales” (Bartra, 2005: 301).
Puede afirmarse que lo que subyacía a esta caracterización era una jerarquización de los vínculos entre la conformación del PRD y la significación del cardenismo. Decíamos más arriba que la interpretación de Bartra le otorgaba un lugar destacado a la figura de Cuauhtémoc Cárdenas en tanto factor mediador entre ambos momentos históricos. Hablábamos también de la importancia del recuerdo reformista en el contundente apoyo a su candidatura a la Presidencia de la Nación. Sin embargo, al momento de reflexionar acerca de las relaciones conflictivas entre nacionalismo revolucionario y culturas de izquierdas, irrumpía el problema del lugar de la experiencia cardenista en el proceso de institucionalización de la revolución. Si en una perspectiva de largo plazo la izquierda mexicana no podía desconocer que el marco nacional sobre el cual debía operar era el de una revolución institucionalizada, con respecto al neocardenismo no podía ignorar la filiación de esta experiencia con el momento más progresivo de dicha institucionalización. En sus palabras, “en el imaginario colectivo de los mexicanos de a pie el cardenismo condensó las aportaciones más generosas de la revolución hecha gobierno” (Bartra, 2005: 299).
Al respecto, resulta de interés analizar cómo este conjunto de verificaciones obligaba al intelectual mexicano a enfrentar una serie de problemas relativos a la politicidad perredista. A diferencia de una perspectiva de clausura sobre la proyección electoral de una formación política de izquierda, la comprensión de este fenómeno en términos afirmativos conllevaba la necesidad de dar respuesta a cuestiones tales como la actitud de la dirigencia del PRD frente al fraude de 1988 o su posicionamiento de cara al sesgo corporativo y clientelar del régimen político mexicano. Con respecto al primero de los tópicos señalados, advertimos cómo había en Guerrero bronco una valoración de las movilizaciones ciudadanas que habían desbordado a la dirigencia perredista y empujado hacia acciones más radicales frente a la evidencia del fraude electoral. El repaso realizado en este momento nos permite dar cuenta de una lectura igualmente comprensiva del accionar de los dirigentes perjudicados por la política a la mexicana. Consumado el fraude, se podía haber incitado una rebelión contra el régimen fraudulento. Sin embargo, esta acción podría haber tenido resultados perjudiciales para el pueblo mexicano y para la posibilidad de transformar al país. En ese sentido, la reconstrucción de Bartra refrendaba la mirada estratégica de la dirigencia de entonces que optó por seguir articulada con el descontento popular frente al gobierno neoliberal del PRI y sentar las bases de una organización política que permitiera avanzar en la transformación, a la vez que ir consolidando los logros obtenidos. Con relación al segundo de los problemas señalados, debe señalarse que el rechazo de las lecturas izquierdistas sobre la historia política mexicana contemporánea tenía como complemento necesario la advertencia acerca de los rasgos conservadores del proceso de institucionalización de la revolución. Es más, podría afirmarse que la tarea deconstructiva sobre las concepciones políticas de la izquierda mexicana tenía como condición la crítica igualmente radical de la hegemonía del PRI. Así como la sensibilidad de izquierda no podía permanecer indiferente frente a la experiencia neocardenista ni a los efectos sociales del cardenismo, los filones nacionalistas y revolucionarios debían afrontar las limitaciones inherentes al “nacionalismo estrecho e introvertido, el estatismo proveedor, el autoritarismo seudojusticiero y el corporativismo clientelar” (Bartra, 2005: 317).
Finalmente, las conclusiones derivadas de estas reflexiones sobre el nacionalismo revolucionario y la cultura de izquierdas se prolongaban en un posicionamiento de cara a la coyuntura electoral que por entonces se avecinaba. La candidatura de AMLO en las elecciones presidenciales de 2006 se presentaba como una ocasión privilegiada para calibrar en el terreno de la política efectiva las posibilidades de acceso al poder de un proyecto que articulaba de manera productiva la herencia nacionalista revolucionaria y los impulsos transformadores de la cultura de izquierdas. A los ojos de Bartra, la figura de AMLO condensaba varios de los elementos afirmativos que se derivaban de esta reflexión acerca de las relaciones entre izquierda y nacionalismo revolucionario. Por un lado, era un candidato con alta aceptación por parte de los ciudadanos mexicanos y con una experiencia de gestión exitosa al frente del Distrito Federal. Una gestión que, por su parte, se había caracterizado por un conjunto de políticas orientadas hacia la obra pública, el empleo y el gasto social. Por otro lado, no se trataba simplemente de una candidatura impulsada por arriba, sino que su proyección también formaba parte de un proceso de movilización ciudadana desplegado de cara a los efectos negativos de las políticas neoliberales. Frente a una reproducción acrítica de la herencia nacionalista revolucionaria, la candidatura de AMLO expresaba la necesidad de superar el lastre corporativo y clientelar del régimen político mexicano. De cara a una izquierda marginal, su proyección hacia la Presidencia de la nación daba cuenta de la necesidad de un anclaje en las tradiciones políticas populares. Se cerraba de esta manera un modo de intervención en el que la reflexión acerca de la dificultad de compatibilizar el nacionalismo revolucionario con la cultura de izquierdas se articulaba con la apuesta política por un proyecto que parecía finalmente suturar ambas tradiciones políticas.
IV.
Por razones de espacio y por el carácter inacabado del proceso actual, estamos impedidos de avanzar hacia el análisis de una tercera secuencia en la cual se despliega la producción de Bartra. Sin embargo, una aproximación a sus textos históricos y políticos producidos en los últimos diez años nos conduciría a replicar los términos en los cuales analizamos las dos secuencias anteriores. Al respecto, puede decirse que la frustración de la apuesta del 2006 volvió a poner en primer plano la discusión acerca de las limitaciones inherentes al régimen político mexicano. No obstante, la desilusión con el proceso electoral que terminó coronando a Felipe Calderón como presidente de la Nación no modificó los modos de intervención en la coyuntura política del país. Con respecto al análisis de la experiencia neozapatista, las campañas abstencionistas de 2006 y 2012 le otorgaron un nuevo sentido a la advertencia acerca del aislamiento y la marginación de los problemas políticos que atravesaba la mayor parte de la sociedad mexicana (Bartra, 2016a). Por otra parte, los planteamientos acerca del vínculo entre izquierda y nacionalismo revolucionario tuvieron un nuevo capítulo con la irrupción de los llamados gobiernos progresistas latinoamericanos. Desde una posición que leía aquellas experiencias en términos afirmativos, pero que también daba lugar a señalamientos críticos, el mexicano apuntó fundamentalmente hacia aquellas interpretaciones que en pleno despliegue de estos gobiernos constataban su matriz extractivista y que en su declive enfatizaban el advenimiento de un fin de ciclo (Bartra, 2016b). Finalmente, estas posiciones se articularon con una apuesta por la experiencia de morena, cuyo desenvolvimiento es entendido como el de un movimiento cívico nacional que busca una transformación de la sociedad mexicana desde espacios políticos institucionales y a través del apoyo en una base social organizada (Bartra, 2012).
Decimos que esta tercera secuencia replica los términos de las anteriores intervenciones de Bartra, en tanto los problemas allí recortados coinciden con los ejes sobre los cuales se desarrolló su obra histórica y política en la década de 1990 y en los primeros años del siglo XXI. En primer lugar, una lectura crítica de la politicidad de la izquierda mexicana. Como observamos a lo largo del trabajo, este ejercicio tuvo como objeto principal a la experiencia neozapatista. Si bien los abordajes de los posicionamientos sucesivos del EZLN fueron realizados sobre un sustrato de comprensión histórica, la mirada estuvo puesta en los efectos perjudiciales de un proceso de particularización frente a los problemas políticos de alcance nacional y de aislamiento de cara a las formas mayoritarias de participación política de la sociedad mexicana. Por otra parte, una reflexión sobre los vínculos entre la cultura de izquierdas y la tradición nacionalista revolucionaria. Tal como se desprende del recorrido realizado, el tratamiento de este problema estuvo articulado fundamentalmente sobre el proceso de conformación del PRD. Según la reconstrucción emprendida por Bartra, los acontecimientos de 1988 representaron el desarrollo de una izquierda con pretensiones efectivamente transformadoras y un esfuerzo del nacionalismo revolucionario por revertir sus tendencias más conservadoras. Finalmente, la condensación de estos problemas en la apuesta por experiencias políticas contemporáneas. Junto a la permanente referencia al proceso de 1988, las reflexiones acerca de la politicidad de las formaciones de izquierda y su vínculo con el nacionalismo revolucionario se coronaron con la afirmación de procesos políticos desarrollados en México.
La elección de Cuauhtémoc Cárdenas como Jefe de Gobierno del Distrito Federal o la candidatura de AMLO a la Presidencia de la nación operaron en sus trabajos como elementos que permitían un contraste con las derivas de una izquierda autonomizada y las tendencias conservadoras del nacionalismo revolucionario, así como la constatación de una posible prolongación del proceso fundante de 1988.














