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Foro internacional

 ISSN 0185-013X

Foro int vol.65 no.2 Ciudad de México abr./jun. 2025   24--2025

https://doi.org/10.24201/fi.3184 

Reseñas

Sznajder, Mario. 2017. Historia mínima de Israel

Nofret Berenice Hernández Vilchis1 
http://orcid.org/0009-0007-6773-3072

1División de Historia-CIDE, México, nofret.hernandez@cide.edu

Sznajder, Mario. 2017. Historia mínima de Israel. México: El Colegio de México, 287p.


La obra de Mario Sznajder, Historia mínima de Israel, editada por El Colegio de México en 2017, es un excelente texto para comprender la joven historia del Estado de Israel fundado en 1948. Sin embargo, el lector se quedará con curio sidad de conocer más sobre la larga historia del judaísmo que se aborda de manera muy somera.

En el primer capítulo, se observa un vacío histórico entre el periodo bíblico y la aparición del sionismo político en tre los judíos europeos del siglo XIX. El autor pretende resumir más de tres milenios de historia en veinte páginas y, al sintetizar de esta manera la historia del judaísmo, simplifica la diversidad de experiencias de los judíos en el mundo. Vale la pena conocer dichas vivencias a profundidad para comprender a cabalidad el desarrollo de estas comunidades y de qué manera fueron capaces de adaptarse o de enfrentarse a los muy variados contextos sociohistóricos en los cuales eran, por lo general, una minoría religiosa.

El segundo capítulo dedica un poco más de veinte páginas al desarrollo del sionismo político, que buena parte de los judíos europeos del siglo XIX adoptan como ideología nacionalista. No obstante, poco profundiza en el origen de esta idea como parte de una identidad religiosa, que también es de cristianos. En ese sentido, tampoco ofrece una reflexión acabada de los motivos por los que esta ideología -en su forma nacionalista secular- adquirió mayor apoyo entre los judíos europeos decimonónicos por encima de otras propuestas de la misma comunidad, como el bundismo.1

En el tercer capítulo, Sznajder menciona de manera muy vaga, en la página 72, la estrategia terrorista de los grupos sionistas paramilitares Irgún y Leji -conocida también como banda de Stern-, en contra de las autoridades británicas. Prescinde de narrar el ataque terrorista más mortífero llevado a cabo por el Irgún, liderado entonces por quien se convertiría en el sexto primer ministro israelí, Menachem Begin. El 22 de julio de 1946, este grupo paramilitar sionista colocó una bomba en el hotel King David en Jerusalén; Bruce Hoffman describe el suceso de la siguiente manera:

Murieron 91 personas y cerca de 70 resultaron heridas. Entre los muertos había 41 árabes, 28 británicos, 17 judíos, así como dos armenios, un ruso, un egipcio y un griego. Entre ellos había 16 altos funcionarios del gobierno, pero muchos más oficinistas y mecanógrafos de bajo nivel, trabajadores de la cantina y empleados del hotel, así como cinco miembros del público que se encontraban en el hotel o en la calle en el momento de la explosión. Una docena de los fallecidos eran mujeres; 13 de las víctimas mortales eran militares en activo. Más de dos tercios del personal de la Secretaría [del gobierno de Palestina] murieron o resultaron heridos. Por lo tanto, aunque el [hotel] King David fuera un objetivo militar legítimo, la inmensa mayoría de las víctimas eran claramente civiles.2

Al excluir este episodio, Mario Sznajder peca de lo mismo de lo que acusa, en el capítulo cuatro, a Ilan Pappé, de escribir “historia ideológica” por omitir o interpretar los hechos históricos. La diferencia es que Ilan Pappé3 acepta escribir desde cierto lugar, mientras que Mario Sznajder se esconde detrás de la “neutralidad”, y no existe nada más falso que la concepción de una historia apolítica que pueda narrarse de manera neutral. Shlomo Sand describe en su libro The Invention of the Jewish People (La invención del pueblo judío) de qué manera los primeros historiadores israelíes se interesaron en impulsar la “historiografía bíblica” para fortalecer la idea de una conciencia nacional y su conexión con la “tierra de Israel” y, pregunta, “¿qué mejor testimonio que la Biblia para demostrar la reivindicación histórica de los judíos sobre esa tierra que les fue prometida sólo a ellos?”.4

Así pues, el autor de la Historia mínima de Israel pasa gran parte de este capítulo intentando justificar el origen violento del Estado moderno de Israel -si bien cabe aclarar que prácticamente ningún Estado-nación ha tenido un origen pacífico-. La lógica de las argumentaciones desvía la atención de la estructura legal discriminatoria que el Estado israelí impone sobre la minoría árabe palestina desde sus inicios, que se perpetúa hasta nuestros días. Por otro lado, no se detiene a reflexionar de qué manera la Ley de Ciudadanía de 1952, junto con la Ley de Retorno de 1950, establecieron las bases legales del apartheid israelí, que se ha institucionalizado y normalizado en los últimos tres decenios. Como lo afirma Lana Tatour, “la ciudadanía transformó el espacio de árabe/palestino a judío, convirtió a los colonos en indígenas y transformó a los nativos palestinos en extranjeros. La racialización del territorio como judío se entrelazó con la producción de nuevos sujetos jurídicos y políticos”.5

El capítulo cinco desarrolla los veinte años de guerra entre Israel y sus vecinos árabes durante las décadas de los cincuenta y los setenta. En este recuento, se observa de qué manera la narrativa nacionalista israelí se cohesiona alrededor de la idea de supervivencia ante un entorno hostil: “En Israel, la narrativa sionista de supervivencia del Holocausto y de reconstrucción judía tras la guerra de 1947-1949, acoplada a la virulenta propaganda árabe, se transformaron en una amenaza existencial, que aún se utiliza como una estrategia política”.6 También se mencionan las tensiones internas entre la comunidad judía “oriental” -judíos árabes- y la comunidad judía askenazí proveniente de Europa, pero nada se cuenta de las condiciones de vida de la minoría árabe-israelí, es decir, los palestinos que obtuvieron la ciudadanía israelí en la década de 1950. El autor también relata algunos episodios de terrorismo de ciudadanos judíos-israelíes contra la población palestina bajo ocupación desde 1967.

Los siguientes dos capítulos son un recuento del proceso de Oslo, un fallido proceso de paz. Describe cómo los asentamientos ilegales en Gaza y Cisjordania cambiaron la realidad de facto y crearon “fricciones entre los colonos israelíes y la población palestina”,7 sin hacer una sola mención de la responsabilidad israelí como potencia ocupante sobre la población ocupada, conforme al derecho internacional. También reduce el estallido de la primera Intifada -levantamiento en árabe- a las “condiciones socioeconómicas y políticas de los palestinos de Cisjordania y Gaza que provocan frustraciones insoportables ante la realidad israelí y su alto nivel de vida”.8 De esta forma, despolitiza, invisibiliza y minimiza el movimiento entre la sociedad palestina, que exige el establecimiento de su propio Estado-nación, el fin de la ocupación, del apartheid y el respeto a sus derechos humanos.

El epílogo se detiene en la primera década del siglo XXI -a pesar de que la obra se publicó en 2017- y consta de siete páginas. En ellas no se observa una crítica profunda del, ya entonces, largo gobierno de Benjamín Netanyahu. Esto es especialmente problemático si consideramos que en los últimos tres capítulos deshumaniza a los palestinos en particular y a los árabes en general, al culparlos del fracaso de la paz sin reflexionar de forma detallada sobre el rol de los asentamientos ilegales en los territorios palestinos en la desarticulación del proceso de Oslo.9

Otra muestra de esta deshumanización se aprecia en el cuadro de la página 93 titulado “Poblaciones judías en los países árabes”. En éste, incluye a Irán, país persa y no árabe; a Afganistán, país diverso étnicamente en el que los árabes son una minoría, y a la India, país con una minoría musulmana que no es árabe. Éste es un típico ejemplo que podría haber citado Edward Said en su libro Orientalismo,10 pues favorece la amalgama entre árabes y musulmanes, propiciando un discurso colonialista e islamófobo. Una mejor manera de titular el cuadro podría haber sido “Poblaciones judías en los países islámicos”, sin incluir a la India.

El libro cierra con un llamado a fomentar “un horizonte humanista y universalista que respete los sufrimientos vividos por todas las partes”.11 Y esta lectora (y autora de esta reseña) no puede estar más de acuerdo con ese epílogo, sin embargo, no ve cómo esto sea posible si la sociedad israelí no realiza un examen de consciencia que la lleve al reconocimiento ( acknowledgement) de la violencia sistemática que se ha ejercido sobre los árabes -judíos y palestinos- y a rendir cuentas (accountability) ante las instituciones internacionales como cualquier otro Estado-nación.

Mientras no se aborden los efectos de la limpieza étnica y del apartheid sobre ambas poblaciones -judíos israelíes y palestinos cristianos y musulmanes-, y mientras no se coloque en el centro de la discusión para una solución política el respeto a los derechos humanos de los palestinos, no se logrará ningún tipo de paz duradera. Los palestinos llevan 107 años de haber sido despojados de sus derechos políticos tras la Declaración Balfour, 76 años de limpieza étnica, 57 años de ocupación ilegal, 30 años de la normalización del sistema de apartheid, 17 años del bloqueo de Gaza por cielo, mar y tierra y 15 meses de genocidio.12 En otras palabras, la población palestina de Israel, Gaza, Cisjordania y Jerusalén Este lleva más de un siglo de vulneraciones sistemáticas y estructurales a sus derechos humanos a causa de un proyecto colonialista que surgió en la Europa del siglo XIX.

En ese contexto, poco importa si se proponen dos Estados, tres, uno binacional o una confederación. La paz para israelíes y palestinos sólo se logrará cuando ambas partes estén dispuestas a crear una “narración puente” en la que se busque la reconciliación. Para lograrlo, es necesario “aceptar como profesionalmente válida la versión palestina, desenmascarando al mismo tiempo la naturaleza ideológica de buena parte de la narración dominante sionista”.13

Bibliografía

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1“Movimiento político socialista judío fundado en Vilna, en 1897, por un pequeño grupo de trabajadores e intelectuales de la Rusia zarista [… que] pedía la abolición de la discriminación contra los judíos y la reconstitución de Rusia según líneas federales. En el momento de la fundación del Partido Obrero Socialdemócrata Ruso (1898), el Bund era la organización socialista más eficaz del país”. (Traducción propia). Véase Britannica 2021.

2 Hoffman 2020, 602.

3Véase Pappé 2008.

4 Sand 2020, 107.

5 Tatour 2019, 10. (Traducción propia)

6Sznajder 2017, 145.

7Sznajder 2017, 198.

8Sznajder 2017, 234.

9Por ejemplo, el autor parece justificar la existencia de estos asentamientos a pesar de que en las resoluciones de la Organización de las Naciones Unidas (ONU) se consideran ilegales. Tal es el caso de la página 198, donde escribe: “Las ocupaciones de facto establecieron asentamientos muy difíciles de remover. Los asentamientos cambiaron la realidad territorial y generaron fricciones entre los colonos israelíes y la población palestina”. Por mencionar una forma de simplificar, y así deshumanizar a los árabes, el autor utiliza en la página 180 el término “combatientes-terroristas” para referirse a los miembros del grupo palestino Fatah, que se establecieron en el sur del Líbano en los años setenta y, una página después menciona a la “resistencia judía [que quería] volar lugares santos islámicos”. Asimismo, en la página 250, el autor describe como “terrorismo judío” al asesino -ciudadano judío-israelí de la “ultraderecha nacionalista y religiosa”- del primer ministro Isaac Rabin y a Baruch Goldstein, que en febrero de 1994 perpetró una masacre contra palestinos en la mezquita de Hebrón durante el rezo del viernes. Amalgamar a los palestinos con el terrorismo y a los judíos con el sionismo no provoca sino una errada percepción del uso legítimo e ilegítimo de la violencia, pues ni todos los palestinos apoyan el terrorismo, ni todos los judíos apoyan el sionismo.

10 Said 2008.

11Sznajder 2017, 277.

12Para más información al respecto, pueden consultarse los libros de Rashid Khalidi, The Iron Cage, Palestinian Identity, The Hundred Years’ War on Palestine; de Ilan Pappé, The Ethnic Cleansing of Palestinian, Lobbying for Zionism on Both Sides of the Atlantic; de Ghassan Kanafani, Men in the Sun, On Zionist Literature. Igualmente, es posible acudir al archivo histórico de la ONU sobre el tema y, en especial, se recomienda el reporte Anatomy of a Genocide, de la relatora especial para la situación de los derechos humanos en los Territorios palestinos de la ONU, Francesca Albanese. Véanse Khalidi 2007. Khalidi 2009. Khalidi 2021. Pappé 2008. Pappé 2024. Kanafani 1999. Kanafani 2022. Albanese 2024.

13 Morocutti 2015, 89.

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