En esta obra, Montanari realiza un estudio hermenéutico de ciertos diálogos clave para comprender la perspectiva religiosa de Platón. Desde las primeras páginas encontramos una investigación puntual y detallada gracias a la amplia trayectoria académica del autor, quien es licenciado en Estudios Histórico-Políticos por la Universidad de Bolonia; continuó sus estudios de posgrado en Bolonia, Venecia, Madrid y Montpellier, y se doctoró en Letras Clásicas en la UNAM. Asimismo, emprendió estancias académicas en Eberhard Karls Universität de Tubinga (2014-2015), Brown University (2019) y la Universidad de Bolonia (2022). Es profesor investigador en el Departamento de Filosofía (UdG) y miembro de la Asociación Latinoamericana de Filosofía Antigua (ALFA) y del Centro de Estudios Religión y Sociedad (CERYS).
El argumento principal de Montanari es mostrar que el sentimiento religioso en Platón se presenta como una relación establecida entre el creyente y la divinidad, que oscila entre la proximidad y la distancia. Para ello, el autor recurre al estudio de diversos diálogos como República, Fedón, Timeo, Apología y, en especial, centra su atención en Leyes.1 De esta forma, al partir de una relación de proximidad y distancia entre lo humano y lo divino, Montanari desarrolla distintas ideas centrales que le permiten sus tentar su principal argumento. Entre ellas, el “comercio” o relación de intercambio que el creyente ofrece a la divinidad para hacerla favorable a sus intereses y preocupaciones; en otras palabras, el devoto necesita favores y la divinidad requiere ser honrada a través de sacrificios de animales, ofrendas, oraciones y festividades (Banquete 202e). En cuanto a la valoración de esta transacción, el autor señala que Platón es ambivalente pues en algunos diálogos muestra su desaprobación (Leyes X, 905e-907b; República II, 362e) y en otros expresa el carácter sagrado de este intercambio (República IV, 427b-c). Dicha ambivalencia, más que una contradicción, sugiere para el autor una complementariedad en la cual se afirma la relevancia del culto exterior y la denuncia de su práctica hipócrita o superficial. De lo anterior, podemos sintetizar que este intercambio a través de sacrificios animales, ofren das incruentas o alabanzas es una búsqueda constante de proximidad y certeza hacia un orden superior.
Mas, cuando la divinidad no es propicia sino hostil, se genera cierto temor y angustia en el devoto. Esto nos conduce a la siguiente idea principal. Montanari se inclina por pre sentar una imagen del dios platónico como un ser bueno antes que un proveedor de males y sufrimientos. Señala que en el discurso platónico se concibe a un dios benevolente, incapaz de generar algún mal (Timeo 29a; República II, 379b-c). La ira del dios se manifiesta más bien como indiferencia y alejamiento (Político 268d-274e; Leyes IV, 713c-d).
Ahora, cabría preguntarnos en qué polo se sitúa el dios en Platón, ¿se trata de un ser distante o cercano al creyente? Si bien el filósofo concibe al dios desde una representación racionalista, es decir, un dios perfecto, autosuficiente, inmune al sufrimiento, sabio y distante (República II, 380d; Timeo 34a-b; Epístola III 315c), Montanari identifica otros pasajes que caracterizan al dios por un movimiento envolvente, no estático en su absoluta perfección (Sofista 249a), que cuida a su creación (Fedro 246b). Por ejemplo, en el Timeo, el Demiurgo-Padre produce la parte racional del alma y le instruye respecto a su vida en el cuerpo y su destino tras la muerte. En el Político, el Demiurgo-Padre vigila el cosmos e interviene para evitar que el mundo se autodestruya (270a, 273d). En Leyes, el dios se muestra cercano a los hombres en las festividades (II 665a, 653d, 654a) y en el Sofista, se con cibe como un ser viviente inmortal, poseedor de un cuerpo y un alma de la misma naturaleza (246c-d).
En consecuencia, esta diversidad de pasajes nos impide una representación unánime del dios en Platón; Montanari advierte que hay cuestio nes como ésta que permanecen abiertas, por la naturaleza misma del diálogo y por el estilo filosófico-literario de Platón, que incluía metáforas, mi tos y creencias. Así, en la representación del dios platónico encontramos, por un lado, argumentos racionales o “teológicamente correctos” que nos guían en cierta comprensión de la divinidad y, por otro lado, “un conjunto de representaciones que exceden los argumentos racionales y sugieren otros caminos”.2
De lo anterior surge otra cuestión: ¿cómo acercarnos a la divinidad? Ade más de llevar una vida piadosa, según los cánones de la religión tradicional griega, a través de la participación en los cultos cívicos, las purificaciones o la recitación de alabanzas y oraciones, Platón da un paso más y apuesta por una vía más privada. En este sentido, Montanari apunta que el camino que emprende el creyente en la búsqueda del dios y la vía que sigue el filósofo para encontrar la verdad se caracterizan por dificultades, incertidumbres y cansancio (Epístola VII, 340b) y ésta es la tercera idea principal. El creyente pasa por una serie de prue bas difíciles, especialmente en los rituales iniciáticos para formar parte de un culto, y sólo cuando ha superado los límites de su condición humana puede comunicarse con lo divino. El filósofo también requiere de cierta iniciación por parte del maestro (Menón 76e; Banquete 209e-210a) y emprende una búsqueda mediante el logos para arribar a una anhelada, pero inasible verdad (Fedón 65b-67b; Apología 23a-b; Crátilo 400d). Así, Platón ilustra el arduo trayecto del creyente y del filósofo mediante el re curso a imágenes como una tormenta (Alcibíades II, 146e-147b), una cacería (Laques 194b; Fedón 66c), una batalla (Fedón 89b-c, 95b; Teeteto 167d) o un parto (Banquete 206c-d; República VI, 490b; Teeteto 148e). En este punto, la relación de cercanía y distancia con la divinidad depende de la constancia del creyente.
Sin embargo, veamos cómo re acciona Platón ante la incredulidad que conduce al ateísmo, un caso extremo de distancia respecto a la divinidad, la cual puede ser permanente, o bien, una tensión interna que motive a una auténtica conversión religiosa. El autor indica que Platón representa el ateísmo como una escena en donde el ateo y el creyente muestran sus argumentos y sus convicciones, no obstante, su papel es distinto. El ateo sólo incentiva el protagonismo del creyente personificado, principalmente, por Sócra tes, quien reacciona y despliega un caudal de razonamientos a favor de su postura. Esto no significa que el maestro de Platón no tenga dudas e incertidumbres respecto a algunas creencias o ciertos mitos tradiciona les, pero esta incredulidad es, preci samente, la que propicia sus inves tigaciones filosóficas. A partir de la duda, Sócrates emprende un proceso de demostración, no objetivo y ana lítico, sino más bien, como indica Montanari, un “proceso de demos tración espiritual, de avance en un camino de conversión, cuyas premi sas y finalidades están cargadas de un valor, al mismo tiempo, epistémico, práctico y normativo”.3
El libro de Montanari representa un acercamiento distinto a otros trabajos canónicos sobre el tema como La religion de la cité platonicienne (1945) de Olivier Reverdin, quien centra su análisis en el diálogo Leyes para mostrar la función central de la religión en las enseñanzas del legislador, en la educación de los ciudadanos, en las formas de culto público y en las cuestiones penales. Asimismo, en Religious Platonism. The Influence of Religion on Plato and the Influence of Plato on Religion (1959) James K. Feibleman realiza un recorrido por las manifestaciones religiosas de las cuales Platón tuvo conocimiento, como el escepticismo religioso de los llamados presocráticos, los cultos órficos y dionisiacos y la religión tradicional griega, para problematizar si estas influencias nos conducen a una versión idealista o realista de la religiosidad en Platón. En cambio, el enfoque asumido por nuestro autor destaca la experiencia de cualquier creyente religioso al sentir la comunicación, cercanía y protección del dios en quien deposita su confian za y esperanzas o, por el contrario, la sensación de abandono generada por un distanciamiento del dios.
Ahora, vamos a indicar algunas observaciones en torno al contenido del texto. La primera es que Montanari utiliza frases y términos en griego y latín, pero en ocasiones no incluye una traducción o una transliteración que permitan continuar con el sentido de la lectura a quien es ajeno a estas lenguas antiguas. La segunda nos remite a la conocida clasificación de los diálogos por etapas (juventud, transición y madurez); sería un ejercicio interesante si el autor brindara alguna pista respecto a si Platón mantuvo cierta unidad en su perspectiva sobre lo divino y el sentimiento religioso o si, por el contrario, cada etapa en los diálogos nos provee distintas posturas, incluso, si encontramos variaciones importantes entre los diálogos de un mismo periodo. La tercera observación es que hemos no tado que el propósito del texto es explicar el sentimiento religioso desde la perspectiva filosófica de Platón, no obstante, advertimos la ausencia de una breve contextualización histórica de la práctica religiosa griega sobre la cual se pronuncia Platón. Si bien Montanari aclara al principio del libro las dificultades de los términos religión y religiosidad en el mundo antiguo y, por ello, parte del simple hecho de la experiencia religiosa en general, consideramos necesario un breve po sicionamiento respecto a qué formas de religión o prácticas culturales fue testigo Platón, para otorgar un marco de diferenciación y de aproximación entre Platón y la religión de la que fue contemporáneo. Por último, no tenemos, hacia el final del texto, un espacio que condense las conclusiones más importantes a las que ha llegado el autor y que orienten al lector con una síntesis de los aspectos y las contrariedades que componen el sentimiento religioso en Platón.
Para concluir esta reseña sólo nos queda resaltar que el lector encontrará en ella una perspectiva de la religiosidad platónica enfocada no tanto en su aspecto racionalista, sino más bien en una cercanía caracterizada por una relación oscilante entre la proximidad y la distancia entre el dios y el creyente. De igual forma, acerca a una comprensión platónica de la divinidad entendida como un dios bueno, sabio, atento, compasivo y cuya voluntad se impone sobre todo el orden natural. El autor ha señalado que un tema tan amplio como el abordado en este libro necesitaría, en realidad, varios volúmenes en los que se desarrollen otros aspectos centrales en torno a la religiosidad en Platón. No obstante, tenemos la convicción de que esta obra constituye una va liosa investigación y una indiscutible referencia para todo aquel que desee acercarse a una comprensión de lo divino y de la experiencia religiosa a través del pensamiento de Platón.
















