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Bibliographica

 ISSN 2594-178X ISSN 2683-2232

Bibliographica vol.8 no.1 Ciudad de México ene./jun. 2025   08--2025

https://doi.org/10.22201/iib.2594178xe.2025.1.532 

Bibliographia

El Manuscrito Tovar y sus misterios velados

The Tovar Manuscript and Its Veiled Mysteries

* Instituto Nacional de Antropología e Historia, Dirección de Estudios Históricos, Ciudad de México. México. cbattcock@yahoo.com.ar.


Resumen

El Manuscrito Tovar ha sido relacionado con otras crónicas de tradición nahua-tenochca que fueron creadas durante las primeras décadas del gobierno novohispano en el siglo XVI. El objetivo de este artículo es exponer las relaciones sociales del sacerdote jesuita Juan de Tovar que le permitieron escribir este texto y enunciar los elementos en los que se han basado los estudios y las ediciones del manuscrito. Con base en esos ejes de análisis, se identificaron las semejanzas y discrepancias narrativas del Manuscrito Tovar con otras fuentes, así como las confusiones y posibilidades de futuros trabajos historiográficos que se han presentado al comparar las narrativas entre estas crónicas novohispanas sobre la antigua México-Tenochtitlán.

Palabras clave: Crónicas; historiografía; Nueva España; Tenochtitlán; nahuas

Abstract

The Tovar Manuscript has been related to other chronicles of the Nahua-Tenochca tradition created during the first decades of the Novohispanic government in the sixteenth century. The objective of this article is to shed light on the social relationships of the Jesuit priest Juan de Tovar that enabled him to write this text, as well as to determine the elements on which studies and editions of the manuscript have been based. Following these analytical guidelines, the narrative similarities and discrepancies of the Tovar Manuscript with other sources were identified, along with the confusions and possibilities of future historiographic work that have arisen when comparing the narratives between these Novohispanic chronicles on ancient Mexico-Tenochtitlan.

Keywords: Chronicles; historiography; New Spain; Tenochtitlan; Nahuas

Introducción

Como señaló el gran historiador mexicano Edmundo O’Gorman en 1972, las fuentes históricas no deben entenderse como enormes minas de las que sólo se extraen datos y noticias impolutas y exactas, sino que esos registros sobre el pasado son “la respuesta de una voluntad, la que, a su vez, descansa en una serie indefinida de supuestos”. Siguiendo esa misma idea, todos esos supuestos “forman un complejo histórico inagotable, como es inagotable la realidad misma, y en ese complejo, gracias a la consideración de los textos como totalidades, podemos descubrir aquellos que para nosotros son fundamentales”.1 En otras palabras, las fuentes son vestigios de las intenciones, intereses y objetivos de autores en contextos específicos, de ahí que también arrojen información sobre sus autores y el tiempo en que fueron escritas.

Partiendo del enfoque anterior, la obra histórica atribuida al sacerdote jesuita Juan de Tovar, llamada convencionalmente el Manuscrito Tovar,2 está cubierta por un “misterioso” velo de confusiones e interrogantes. En principio, debemos considerar que Juan de Tovar era un hombre probo ante la autoridad virreinal, posiblemente debido a sus conocimientos referentes a crónicas históricas previas, así como a sus posibles relaciones con autoridades indígenas del conocimiento sobre el pasado nahua. Es principalmente por esta caracterización por la que también se ha considerado este escrito de Tovar como un referente para la argumentación sobre una hipotética Crónica X,3 pues son varios los estudiosos que consideran que este autor consultó con detenimiento documentos indígenas probablemente elaborados antes del dominio castellano,4 argumento que analizaré más adelante como uno de los objetivos de este artículo. Además, el legado historiográfico de Tovar también es de sumo interés para entender la forma en que la información se transmitía, reelaboraba y reapropiaba en el ámbito intelectual novohispano, por lo cual también revisaré los elementos historiográficos con los que contamos para explicar la elaboración del Manuscrito Tovar. Finalmente, exploraré los estudios contemporáneos sobre las relaciones de Tovar, los cuales son reveladores sobre la forma en que hoy se construye la Historia y acerca de la persistencia de una idea muy particular: la tan anhelada esperanza del historiador de encontrarse con una fuente “original” cuya primigenia naturaleza sea garantía de veracidad, por supuesto, absolutamente inalcanzable en su totalidad. Metodológicamente debo decir que en este artículo someto el Manuscrito a un análisis sociocultural que considera las noticias acerca de su autor, sus relaciones con otras fuentes y las ediciones y estudios publicados sobre ella. Todo ello con la intención de situar el documento y sus contenidos en espacios contextuales que me permitan desentrañar las semejanzas con otras obras, sus divergencias, las relaciones socioculturales que le dieron origen y su recepción por parte de los estudios históricos modernos, además de animar a discutir otros problemas epistémicos aún por indagar en el pasado virreinal.

Del hombre y del manuscrito

Juan de Tovar tiene una peculiar historia bibliográfica, ya que su nombre no siempre estuvo asociado a su obra, de hecho, su suerte dependió en buena medida de los olvidos y hallazgos en torno la Historia natural y moral de las Indias de su correligionario, José de Acosta. Es posible afirmar que Tovar, en tanto autor, fue una figura “fantasmagórica” hasta después de 1850, cuando se redescubrió su labor como escritor de una “historia antigua” original y propia.

Entre 1568 y 1573, el virrey Martín Enríquez ordenó juntar las “librerías” indígenas de Tenochtitlán, Tetzcoco y Tula, con el fin de “saber estas antiguallas de esta gente con certidumbre”.5 Posteriormente, Enríquez envió los antiguos documentos a Juan de Tovar, mediante el provisor del arzobispado de México, conocido simplemente como el doctor Portillo, a quien encomendó la tarea de elaborar una relación histórica dirigida al monarca hispano. Tovar, pese a ser un hábil hablante de náhuatl, no comprendió el contenido de las “antiguas librerías”, ya que quizá estaban compuestas por códices prehispánicos o novohispanos muy tempranos. El estudioso jesuita solicitó el apoyo de los sabios indígenas de Tenochtitlán, Tetzcoco y Tula, depositarios de la tradición oral de sus antepasados y de los conocimientos necesarios para interpretar sus registros escritos, quienes le narraron la historia que terminó asentando en su obra.6

Figura 1 “2ª. Tula”, Tovar Codex, https://archive.org/details/tovarcodex00tova/page/173/mode/2up?view=theater. 

Tovar confió su valioso manuscrito al doctor Portillo, quien prometió hacer dos copias, una para el rey y otra para los jesuitas, con “muy ricas pinturas”. Lamentablemente, Portillo partió a España con el texto de Tovar sin entregarle texto alguno y sin dar ninguna noticia sobre el uso que dio al manuscrito.7 Hasta la fecha, el contenido, la extensión y el paradero de la primera relación de Tovar permanece en incógnita, y no ha faltado quien ha seguido la pista a Portillo para dar con la primera obra del religioso, tal como hicieron Adolph Bandelier y Robert Barlow.8 No obstante, hasta ahora no hay indicios sobre aquel misterioso funcionario.

En 1586 Acosta visitó Nueva España y pidió ayuda a su colega jesuita, Tovar, para informarse sobre la historia antigua de la región, pues estaba escribiendo su Historia natural y moral de las Indias. A raíz de ello, Tovar se decidió a resarcir su obra perdida, pero ahora el jesuita tetzcocano apoyó su historia en la obra de un dominico, deudo suyo, cuyo texto “estaba el más conforme á la librería antigua”.9 Bajo tal circunstancia, es inevitable preguntar ¿por qué Tovar acudió a la obra de un tercero y no a las “antiguas librerías”? Puedo conjeturar que tal vez el jesuita consideró que la obra de su pariente era muy buena y, por tanto, no era necesario hacer un trabajo desde cero. O quizá Tovar ya no tenía el tiempo o la energía necesaria para acudir a los antiguos documentos; las “antiguas librerías” ya no existían, víctimas de los dientes del tiempo o de alguna mano destructora, o ya no había lectores indígenas para interpretar esos textos.

Bandelier asumió durante el siglo XIX que el dominico deudo de Tovar era fray Diego Durán, quien finalizó su Historia de las Indias de Nueva España10 en 1581, antes de que Acosta estuviera en México.11 Esta hipótesis fue respaldada por Aquiles Gerste, Edmundo O’Gorman, y Robert H. Barlow, por lo cual se ha inferido que Tovar escribió su segunda historia entre 1582 y 1589, es decir, después de que Durán terminara su obra y antes de que Acosta publicara la suya.

Acosta debió conservar la obra de Tovar hasta su muerte, en 1600,12 y no hay noticias de ella durante los siglos XVII y XVIII. Las noticias sobre el documento reaparecen hasta 1816, cuando Richard Heber adquirió el manuscrito, misma acción que realizó Thomas Phillips en 1836. Fue este último sujeto quien la colocó en su biblioteca privada en Middle Hill, donde permaneció hasta 1946, cuando se volvió propiedad de la compañía Mercers W. H. Robinson Limited. Un año después, la John Carter Brown Library compró este manuscrito, acervo donde se conserva actualmente.13

En algún momento desconocido, Tovar copió o mandó a copiar su trabajo en Ciudad de México (quizá prevenido por la pérdida de su primera historia) y uno de estos ejemplares permaneció en el país. Por razones desconocidas, fray Juan de Torquemada se hizo con el texto de Tovar hacia finales del siglo XVI y posiblemente lo dejó con los franciscanos alrededor de 1614, cuando fue nombrado provincial del Santo Evangelio y residió en el convento grande.14 La suposición anterior se basa en el siguiente fragmento de la Monarquía indiana: “Siendo esto así, no sé cómo Joseph de Acosta puso en el libro que intitula Historia moral de Indias lo contrario […] Esta razón y dicho bien confundido queda con las referidas en este capítulo; y si por ventura lo dijo, porque así lo halló escrito en una relación que otro hizo antes, de la cual sacó todo lo que escribió de esta Nueva España, y la tengo yo en mi poder, escrita de mano”.15

El documento que poseyó Acosta hoy se conoce como Códice o Manuscrito Tovar, mientras que el texto que permaneció en México, en manos de Torquemada, lleva el nombre de Códice Ramírez, en honor a José Fernando Ramírez, quien lo halló en la biblioteca del Convento Grande en 1856.16 Además, no hay consenso sobre la primacía Códice Tovar o del Códice Ramírez, pues poseen diferencias y no son copias exactas.

Estudios en torno a Tovar

La existencia de la obra de Tovar quedó registrada en la correspondencia con José de Acosta, quien en su libro 6 le reconoció autoridad: “en las materias de México, Juan de Tovar…”.17 No obstante, la obra de Tovar fue relativamente desconocida, pues su nombre se perdió entre los pliegues de la memoria novohispana.

Cuando Tovar todavía vivía, en 1596, el dominico Agustín Dávila Padilla afirmó en su Historia de la fundación y discurso de la provincia de Santiago de México que la obra de su correligionario Diego Durán no fue publicada, pero estaba parcialmente presente en el texto de Acosta. Según Dávila, la historia de Durán llegó a Acosta gracias a Tovar, a quien sólo ubicó como un transmisor, pero no como un autor original.18 No sabemos si fray Agustín comparó los textos de Durán y Tovar, sin embargo, este episodio bibliográfico acaso devela la competencia entre órdenes religiosas, de ahí que Dávila Padilla prefiriera otorgar autoridad a otro dominico y no a un jesuita. En cualquier caso, fray Agustín inauguró (o quizá auguró) una serie de curiosas confusiones y omisiones sobre el texto de Tovar.

Luego, hacia 1615, Juan de Torquemada afirmó que Acosta tomó la información sobre los sacrificios de niños entre los mexicas de una “relación que otro hizo antes”, aunque no dio el nombre del autor de aquella otra obra,19 siendo así el primero en disociar el nombre de Tovar de su obra, en omitir la relación que existió entre éste y Acosta, y en perder de vista la relación que existía entre Durán y Tovar, muy posiblemente porque el franciscano ya no conoció la Historia de las Indias e islas de tierra firme. Por otra parte, Torquemada descalificó la validez de la información de Acosta: “Siendo esto así, no sé cómo Joseph de Acosta puso en el libro que intitula Historia moral de Indias lo contrario […] así lo halló [Acosta] escrito en una relación que otro hizo antes, de la cual sacó todo o que escribió de esta Nueva España, y la tengo yo en mi poder”.20 Además, Torquemada nos presenta la competencia intelectual entre las órdenes religiosas, pues él colocó la autoridad franciscana en la más alta estima: “he puesto diligencia en su examen y sin mucha es esta verdad dicha del sacrificio de los niños muy averiguada, y de los religiosos de la orden de mi padre San Francisco […] que fueron de los conquistadores primeros de estas almas”.21

Hacia 1780, el nombre de Tovar de nuevo salió a flote gracias a otro jesuita, Francisco Xavier Clavijero: “Juan de Tovar, nobilísimo jesuita mexicano. Escribió sobre la historia antigua de los reinos de México, Acolhuacán y Tlacopan, después de haber hecho diligentes averiguaciones por orden del virrey de México don Martín Enríquez; de estos manuscritos se sirvió principalmente el padre Acosta para lo que escribió en orden de las antigüedades mexicanas, como él mismo confiesa”.22 Sin embargo, en Clavijero continuó perdida la relación entre la obra de Tovar y la de Durán, cuyo texto original no sería redescubierto sino hasta el siglo XIX. Asimismo, pareciera que el erudito jesuita confundió la primera relación de su correligionario (la que hizo por orden del virrey) y la segunda (elaborada a partir del texto de Durán), ya que no reconoció ambos momentos de escritura. Clavijero, desde el exilio en Italia,23 no consultó la segunda relación de Tovar, probablemente ya extraviada entre los archivos franciscanos del siglo XVIII.

Más de 20 años después, José Mariano Beristáin de Souza afirmó en su Biblioteca hispano-americana septentrional que Tovar fue el autor de una Historia antigua de los Reinos de Mégico, Acolhuacan y Tlacopan, la cual había servido a Acosta. Probablemente, José Mariano no conoció directamente el texto de Tovar y por ello lo bautizó con ese nombre.24 Llama la atención el hecho de que la obra conocida de Tovar abarca principalmente la historia mexica-tenochca, condición que no coincide con el título de Beristáin (Mégico, Acolhuacan y Tlacopan), por lo que es posible pensar que se confundiera la primera obra del jesuita (la cual, según el mismo religioso, abrevó de testimonios mexicas, tetzcocanos y toltecas) con la segunda, basada en fray Diego Durán.

Figura 2 “2ª. Templo del ydolo Uitzilopochtli”, Tovar Codex, https://archive.org/details/tovarcodex00tova/page/243/mode/2up?view=theater. 

Descubrimientos y redescubrimientos

Tras el fin del virreinato, los estudiosos decimonónicos perdieron de vista la obra de Tovar. En 1860, Ramírez escribió una advertencia para el manuscrito que llevaría el nombre de Códice Ramírez. Don Fernando consideró que Acosta había copiado su información del manuscrito hallado en el Convento de San Francisco y no del de Tovar, con todo y que así lo afirmaba el autor de la Historia natural y moral de las Indias.25 La confusión de Ramírez es entendible, pues la historia de Tovar estaba perdida y él encontró un texto que parecía la fuente de Acosta. Considerando lo anterior, el estudioso llegó a la conclusión de que los jesuitas debieron inventar la versión en que Acosta copió a Tovar con tal de librar al primero de cualquier sospecha de plagiario,26 pues, desde finales del siglo XVIII, algunos autores consideraron que el jesuita José había plagiado la obra del dominico Durán.27

No obstante, Ramírez no pudo ignorar el “fantasma” de Tovar que rondaba su manuscrito. El estudioso no negó la sospecha de que el padre Tovar escribiera alguna historia perdida e incluso aventuró la posibilidad de que fuera el traductor del posteriormente llamado Códice Ramírez, pero consideró imposible que fuera el autor original del texto:

Alguno podría juzgar que fuera la obra del P. Tobar que menciona Clavijero, mas la conjetura no me parece probable por lo que dicho con relación al desvío que manifiesta hacia los conquistadores y la censura que hace de la conducta de los eclesiásticos […] Lo que me parece muy probable es que habiéndose escrito la Relación originalmente en mexicano, se pasara después al P. Tobar para que la tradujera al castellano.28

En 1860 Thomas Phillips publicó una edición parcial del Códice Tovar.29 El trabajo de Phillips incluía además algunas cartas intercambiadas entre Tovar y Acosta. Las epístolas aclaraban que Tovar era el autor del texto que sirvió a Acosta para su obra y también que se había apoyado en la obra de un dominico (Durán) para realizar tal trabajo: “vi un libro, que hizo un frayle Dominico, deudo mío, que estava el mas conforme a la librería antigua, que yo he visto, que me ayudo a refrescar la memoria, para hazer esta Historia”.30

Sin embargo, el curioso libro de Phillips no fue conocido por los intelectuales mexicanos ni extranjeros, por lo cual se siguió con la idea de que el Códice Ramírez era un documento anónimo y anterior a todas las demás historias de tradición mexica. Así, por ejemplo, Alfredo Chavero y Manuel Orozco y Berra ampliaron las ideas de su maestro y colega, Ramírez.

Tanto Chavero como Orozco y Berra consideraron que Tovar pudo ser un traductor de algún manuscrito escrito en náhuatl, pero profundizaron en la relación del Códice Ramírez con otros textos. En ese sentido, Chavero llegó a la conclusión de que el manuscrito original debió ser copiado varias veces, reproducciones que estuvieron en poder de Durán, Acosta y Hernando Alvarado Tezozómoc, cronista nahua descendiente de los antiguos gobernantes mexicas, quienes las utilizaron para sus propias obras.31 Por su parte, Orozco y Berra analizó la información cronológica del Códice Ramírez y notó diferencias en las fechas mencionadas por Durán y Tezozómoc, concluyendo que se debían a errores de Tovar. Asimismo, Orozco y Berra consideró a Tovar el fundador de una “escuela” cronológica, pues rastreó que las fechas contenidas en su supuesta traducción (el Códice Ramírez), fueron utilizadas por Antonio de Herrera y Tordesillas, Enrico Martínez y Gemelli Carreri.32

Durante la segunda mitad del siglo XIX, Joaquín García Icazbalceta y el antropólogo de origen suizo, Bandelier, mantuvieron un intercambio epistolar donde mencionaron temas sobre documentos prehispánicos y novohispanos. En 1875, Icazbalceta hizo saber a su colega que entre los papeles de Fernando Ramírez existió un volumen titulado Relación del origen de los indios que habitan esta Nueva España según sus historias, y lo puso al tanto acerca de su posible relación con Tovar, Acosta, Durán y Alvarado Tezozómoc. A partir de ese momento, Bandelier se interesó en el Códice Ramírez y comenzó indagatorias que le permitieran aclarar su origen. Posteriormente, en 1876, Bandelier obtuvo información acerca del libro Historia de los indios de la Nueva España, atribuido a Tovar, y aunque no pudo hacerse con el ejemplar, en el cual se basó la edición de Phillips, planteó a Icazbalceta la posibilidad de que ese texto estuviera relacionado con el Códice Ramírez.33 Durante un tiempo, Bandelier buscó infructuosamente el manuscrito de Tovar y se convenció de que el jesuita no podía ser el autor del Códice Ramírez.

En 1879, Bandelier finalmente redescubrió este texto de Tovar, ubicándolo en Inglaterra, e identificó al jesuita como autor de dos historias, una más antigua y perdida, hecha por encargo del virrey Martín Enríquez, y una posterior, apoyada en la obra de Durán. En primera instancia, Adolph se preguntó por las fuentes originales de la primera historia de Tovar y sugirió la posibilidad de que fueran el Códice Telleriano-Remensis o el Códice Mendoza. Por otra parte, el investigador formuló varias premisas: Tovar era mestizo y por ello fue crítico de los hispanos; el jesuita escribió su primera historia después de 1569 y la segunda después de 1575; la segunda historia fue la fuente de Acosta y no Durán; el manuscrito es obra original de Tovar y no una traducción del náhuatl. Asimismo, Bandelier comparó el Códice Ramírez y la edición de Tovar publicada por Phillips y descubrió que no eran totalmente idénticas, pues el primer documento era más completo en cuanto a etimologías; también consideró que Tovar no plagió a Durán, sino que sus propios trabajos lo llevaron a elaborar obras similares. Bandelier revitalizó algunas de las interrogantes acerca de las fuentes que utilizaron tanto Durán como Tovar.34

Por su parte, García Icazbalceta retomó la correspondencia entre Acosta y Tovar, mediante la transcripción de Bandelier, y la incluyó en su libro Don fray Juan de Zumárraga. Primer obispo y arzobispo de México. Don Joaquín hizo un breve resumen sobre aquellos autores que sabían sobre la existencia de la obra de Tovar y refrendó las conclusiones de Bandelier acerca de la autoría del Códice Ramírez.35 Asimismo, consideró que la obra de Tovar debía estar basada en “pinturas antiguas”. Posteriormente, Icazbalceta recibió un ejemplar del texto de Tovar editado por Phillips, el cual describió en su Nueva colección de documentos para la historia de México, donde también introdujo algunas correcciones a las cartas que incluyó en su biografía de Zumárraga.36

Hacia 1889, en la introducción de México a través de los siglos, Chavero todavía estaba convencido de que el Códice Ramírez era un documento de origen indígena, plagiado por Acosta, cuya autoría no reconocía a Tovar.37 No obstante, don Alfredo se vio obligado a cambiar de posición en 1903, ante los “hallazgos” de Bandelier y una carta que recibió de su colega Aquiles Gerste, la cual incluyó en un breve artículo que tituló “Tovar”. Gerste consideró que Fernando Ramírez llegó a las mejores conclusiones posibles tomando en cuenta la información que tenía, sin embargo, corroboró que la historia atribuida a Tovar, y editada por Phillips, era la misma que el Códice Ramírez y, por tanto, el jesuita era el autor original de ambos textos. Asimismo, Gerste propuso 1588 como la fecha en que Tovar debió entregar su obra y sus cartas a Acosta. Por otra parte, este estudioso retomó la conexión que existía entre Tovar, Durán y Tezozómoc y asumió su origen en la tradición oral de los mexicas, complementada con imágenes y transmitida en el Calmécac.38

En síntesis, podemos identificar tres etapas de estudios del manuscrito Tovar: la primera, constituida por sus lecturas y usos virreinales; la segunda, conformada por las disertaciones decimonónicas; y una tercera etapa que llegó casi hasta mediados del siglo XX, tras casi 50 años de una aparente ausencia de relecturas e interpretaciones. Sobre la segunda debo enunciar que, a partir de los argumentos revisados, los intelectuales decimonónicos redescubrieron al jesuita Tovar como un autor original y, aunque tuvieron varias diferencias, coincidieron en señalar un punto de gran interés: la existencia de un grupo de fuentes novohispanas que al parecer abrevaban de un relato común.

Tovar en los estudios académicos modernos

Tovar figura en numerosos trabajos académicos a partir de la segunda mitad del siglo XX, por lo que no es posible mencionarlos todos. Asimismo, existen muchos textos donde el Códice Tovar sólo es abordado de forma tangencial, ya que se enfocan en la obra de Durán o Tezozómoc. Por lo anterior, presento una selección de algunos de los textos más significativos sobre los estudios en torno a Tovar y su obra.

En 1940, Edmundo O’Gorman preparó un estudio introductorio para la publicación de la Historia natural y moral de José de Acosta, donde, inevitablemente, abordó la figura de Tovar. Dicho estudio es un erudito recuento sobre las confusiones y opiniones en torno a Acosta y su relación con Tovar, atribuyendo el “ocultamiento” decimonónico de este segundo autor al nacionalismo de investigadores como Ramírez y Chavero. A partir de su revisión documental, don Edmundo elaboró una cronología sumamente útil en la que marcó algunas fechas importantes sobre los trabajos de Tovar, de las cuáles presento una selección:

  • 1576. Fray Juan de Tovar estudia papeles y códices por orden del virrey D. Martín Enríquez reunidos por indios de Tula, Tetzcoco y México. Como resultado, Tovar escribió una historia de los antiguos mexicanos. La entregó al doctor Portillo, provisor del Arzobispado de México, quien ofreció mandar sacar dos copias, una para el rey y otra para la Compañía de Jesús.

  • 1578. Portillo parte con la obra de Tovar a España, pero no deja la copia prometida.

  • 1581. Fray Diego Durán termina su obra.

  • 1583. Tovar escribe una segunda historia, valiéndose de la obra de Durán.

  • 1586. Acosta en México.

  • 1615. Fray Juan de Torquemada. Monarquía indiana. Se refiere a la relación utilizada por Acosta y afirma poseerla.

  • 1781. Francisco Javier Clavijero señala que Juan de Tovar escribió la historia de la cual se aprovechó Acosta, y que trataba de México, Acolhuacan y Tlacopan.

  • 1821. José Mariano Beristáin de Souza. Biblioteca hispano-americana septentrional. Dice que Tovar dejó escrito, por orden del virrey, un grueso volumen intitulado Historia antigua de los reinos de México. Acohuacan y Tlacopan, que sirvió mucho al padre José de Acosta.

  • 1853. Joaquín García Icazbalceta, artículo sobre Acosta en el DHG. Señala que no hay duda de que Tovar le dio su escrito a Acosta.

  • 1860. Edición de Thomas Phillips.

Años más tarde, en 1972, O’Gorman sintetizó en Cuatro historiadores de Indias sus indagaciones acerca de las acusaciones de plagio dirigidas a Acosta y la relación de este autor con Tovar. No obstante, O’Gorman también apuntó algo muy importante: la necesidad de no concebir las fuentes de manera fragmentaria ni como minas de datos. Al respecto, vale la pena reflexionar que aun cuando Acosta fuera considerado un “plagiario”, eso no restaría complejidad al análisis historiográfico de su obra y, a su vez, eso no convertiría a Tovar en el autor de una fuente “original” indiscutible, pues ésta también sería susceptible de ser analizada en tanto sus elementos historiográficos particulares: intencionalidad, fuentes, objetivo, estructura.39

En 1954 Robert Barlow, antropólogo estadounidense, publicó su artículo “La Crónica X: versiones coloniales de la historia mexica tenochca”. Barlow, seguramente apoyado en las reflexiones de los estudiosos decimonónicos, revitalizó la idea de que las obras de Tovar, Tezozómoc y Durán poseían un relato común de raigambre indígena. Según Barlow, Durán y Tezozómoc consultaron un documento escrito en náhuatl, pues el primero se quejaba de que su fuente poseía un “lenguaje figurado y extravagante”, mientras que la obra del segundo poseía un ritmo y repeticiones características del náhuatl.40

El estadounidense consideró que el Códice Tovar y el Códice Ramírez eran la misma obra y que sus diferencias eran tan sólo producto del proceso de copiado; asimismo, el investigador refrendó la suposición de que Tovar se apoyó en Durán y no al revés. Posteriormente, añadió a su artículo un breve escrito de Alfonso Caso en el que este intentaba precisar las fechas en que Tovar escribió su primera historia, entre 1536 y 1539.41 Apoyado en las reflexiones de Caso, Barlow se percató de que Tovar podía ser el autor, o al menos el copista de la Crónica X, basada en documentos y tradiciones históricas indígenas prehispánicas.42 No obstante, un par de años después Ignacio Bernal respaldó las estimaciones temporales de Caso, pero señaló que no había forma de asegurar que la Crónica X fuese la primera historia de Tovar.43

Durante la segunda mitad del siglo XX numerosos autores, como Luis Leal, Ángel María Garibay, Donald Robertson, Fernando Horcasitas y Stephen Colston, profundizaron sobre la hipótesis de la Crónica X y se ocuparon de analizar la obra de Tovar, aunque enfocados en su relación con los textos de Durán, Tezozómoc y Acosta. En cambio, George Kubler, Charles Gibson y Jacques Lafaye dedicaron trabajos extensos principalmente enfocados en el Manuscrito Tovar.

En El calendario Tovar, Kubler y Gibson consideraron que la obra de Tovar tuvo algunas diferencias importantes respecto al texto de Durán porque el jesuita debió contar con algunas fuentes que no estuvieron al alcance del dominico; no obstante, estos investigadores dieron continuidad a la idea de que el Manuscrito Tovar era, en buena medida, una condensación de la Historia de las Indias de Durán. Al igual que Orozco y Berra, Kubler y Gibson apuntaron que Tovar fue el iniciador de una línea dinástica tenochca específica, que difería de la presentada por Durán y Tezozómoc. Finalmente, estos autores también cuestionaron la antigüedad del Códice Ramírez y el Manuscrito Tovar, y consideraron que el más remoto debía ser aquel que poseyera una mayor semejanza con el texto de Durán; no obstante, dejaron pendiente esta tarea.44

Por otra parte, Lafaye preparó una introducción para su edición del Manuscrito Tovar en 1972, texto donde retomó y, de nuevo, aclaró las confusiones que existían en torno a la relación entre Tovar, Durán y Tezozómoc, y la idea de que había existido plagio entre estos autores. Al igual de Kubler y Gibson, Lafaye señaló las diferencias existentes entre Durán y Tovar, las cuales consideró producto del empleo de fuentes diferentes.45

Durante los últimos 40 años, investigadores y estudiantes han publicado varios artículos especializados y tesis de posgrado que abordan extensamente el Códice Tovar. Al respecto, enlisto algunos ejemplos significativos.

Figura 3 “11° y ult[im]a del 2° tratado. Calendario”, Tovar Codex, https://archive.org/details/tovarcodex00tova/page/283/mode/2up?view=theater. 

En 1980, Gloria María Providencia Villafañe González presentó una tesis de maestría en Historia del arte titulada “Estudio formal de las pinturas de la sección histórica de los códices coloniales: Atlas de Durán, Manuscrito Tovar, Códice Ramírez”.46 En su trabajo analizó las directrices estéticas de las láminas del Manuscrito Tovar y concluyó que poseían elementos de tradición indígena, pero que el artista tenía una formación eminentemente europea, lo cual se expresa en los trazos y colores de las imágenes.47 Por otra parte, la autora elaboró una clara síntesis histórica sobre el manuscrito Códice Tovar, el Ramírez y la obra de Durán, enlistando además los principales estudios y comentarios en torno a las tres obras.48

Más de 20 años después, en 2005, Alejandra Dávila Montoya se tituló en Historia con su tesis “La Conquista de México en la Relación del origen de los indios que habitan en esta Nueva España según sus historias, del padre Juan de Tovar”. En este trabajo, Dávila realizó un detallado análisis historiográfico del Manuscrito Tovar y realizó numerosas comparaciones entre este documento y la Historia de las Indias del padre Durán. Asimismo, la autora comparó los dos textos conocidos de Tovar, es decir el Manuscrito Tovar y el Códice Ramírez. Dávila concluyó, con base en sus observaciones, que las obras de Tovar no eran una mera copia del texto de Durán, ya que poseían numerosas diferencias en cuanto a información e interpretación y que, por tanto, no eran copias exactas, pues fueron documentos elaborados para distintos destinatarios: el Tovar se hizo para el jesuita Acosta y el Ramírez muy posiblemente se pensó para ser conservado por los miembros de la orden que radicaban en Nueva España. 49

Como último ejemplo, podemos mencionar el artículo “Las láminas de las guerras tenochcas en Tovar y Durán. Variantes y equívocos”, escrito por Clementina Battcock y la mencionada Alejandra Dávila.50 En este texto, las autoras elaboraron una síntesis sobre la historia y problemas en torno a las obras de Tovar, y también expusieron las principales diferencias entre el Manuscrito Tovar y el Códice Ramírez.51 Específicamente, el artículo de Battcock y Dávila está enfocado en las láminas de las obras de Tovar y Durán que hacen referencia a la guerra entre Tenochtitlán y Azcapotzalco. Tras un exhaustivo análisis, las especialistas vislumbraron algunos malentendidos en torno al contenido pictórico de estos documentos novohispanos: que la lámina 11 de la Historia de las Indias de Durán no representa la guerra contra Azcapotzalco, sino contra Coyoacán; que la lámina 9 del Manuscrito Tovar, en cambio no hace referencia a los enfrentamientos entre tenochcas y azcapotzalcas, sino la campaña contra Xochimilco; y que la lámina 9 del Ramírez, a su vez, sí representa la guerra entre Tenochtitlán y Azcapotzalco, pero está inspirada en la lámina 12 de Durán, donde se observa el conflicto contra Xochimilco.52 De este modo, las autoras invitan a reflexionar sobre la compleja transmisión y apropiación de información entre los autores novohispanos, pero también dejan abiertas una serie de interrogantes:

¿por qué, a pesar de haber sido posteriores a las de la Historia de Durán, las láminas de Tovar presentan elementos iconográficos que parecen anteriores? ¿Tuvo el padre Tovar en sus manos el ejemplar que conocemos como Historia de Durán o es posible que haya existido otro ejemplar, distinto, de ella? Si Juan de Tovar no se sirvió de los modelos de la obra de fray Diego para realizar sus láminas, ¿a qué fuente, semejante en su composición a la obra de Durán, pudo haber recurrido? ¿Por qué razón las láminas del Códice Ramírez parecen inconclusas?53

Figura 4 “9ª. Guerra de Azcapuzalco”, Tovar Codex, https://archive.org/details/tovarcodex00tova/page/201/mode/2up?view=theater. 

Sobre las ediciones

Hasta hoy, el Códice Tovar ha sido objeto de sólo tres ediciones. En 1860 Thomas Phillips publicó la Historia de los yndios mexicanos, que es sólo un extracto parcial del Manuscrito, sin embargo, tuvo el buen criterio de incluir la correspondencia entre Acosta y Tovar, la cual fue clave para entender algunos entrecruces entre los jesuitas y el dominico Durán.54

En 1972 Jacques Lafaye publicó la primera edición completa del Manuscrito Tovar en la editorial austriaca Akademische Druck- und Verlagsanstalt, la obra fue traducida al francés y acompañada por un estudio introductorio, numerosas notas y la correspondencia intercambiada entre Tovar y Acosta.55

En 2001 la editorial madrileña Miraguano publicó finalmente el texto de Tovar bajo el título de Historia y creencias de los indios de México, que es una transcripción al español moderno realizada por Susana Urraca y cuenta con un prólogo de José J. Fuente de Pilar.56

Conclusiones

La obra de Juan de Tovar ha sido objeto de numeras confusiones y polémicas, sin embargo, su análisis ha tenido momentos clave, tales como su “redescubrimiento” en el siglo XIX y la sistematización de su estudio comparado, junto con los textos de Alvarado Tezozómoc y fray Diego Durán, consecuencia en buena medida de la hipótesis de la Crónica X, planteada por Robert H. Barlow a mediados del siglo XX.

Creo que precisamente el Manuscrito Tovar, junto con el Códice Ramírez, constituye una pieza clave para dilucidar la hipotética Crónica X. Por ello, propongo considerar los siguientes puntos:

En primer plano, considero que Tovar escribió lo que hoy conocemos como Manuscrito Tovar hacia finales del siglo XVI y resulta indudable que se apoyó en la Historia de las Indias de Diego Durán, sin embargo, ambos textos presentan diferencias que no se pueden explicar atribuyéndolas únicamente a un proceso de copiado. Por el contrario, es indispensable renovar los estudios iconográficos y epigráficos en torno al contenido pictórico del llamado Atlas Durán y del Manuscrito Tovar; a su vez, los glifos y los parámetros de las láminas presentes en estas obras deben compararse con las tradiciones de registro gráfico indígenas que conocemos.

En segundo lugar, resulta indispensable realizar una minuciosa comparación historiográfica y lingüística entre los textos de Tovar, Durán y Tezozómoc, ya que tal ejercicio podría develar, con mayor especificidad, un relato común, una suerte de “narrativa nodal” que, en el mejor de los casos, sería una aproximación para reconstruir la Crónica X. Para tal tarea hoy existen nuevas herramientas tecnológicas, como la inteligencia artificial, que, usadas correctamente, nos permitirían establecer semejanzas y diferencias que posiblemente escaparían a una revisión “manual” de los manuscritos.57

Por tanto, considero que no podemos descartar que la Crónica X no fuera un relato monolítico, sino que su aparente existencia sea en realidad un corpus documental mucho más amplio. Por ello resulta pertinente recordar que el jesuita Tovar escribió una primera historia, para la cual se apoyó en los documentos y testimonios de indígenas provenientes de Tenochtitlan, Tetzcoco y Tula. En su momento, el mismo Robert H. Barlow pensó que la primera obra del jesuita podía ser la Crónica X. Por desgracia, todo parece indicar que la obra primigenia de Tovar está perdida irremediablemente, sin embargo, existen pistas que podrían arrojan ciertas luces acerca de su composición. Como he mencionado, el Manuscrito Tovar y el Códice Ramírez poseen diferencias con respecto a la obra de Durán: etimologías nahuas, rol de algunos actores históricos y el orden dinástico tenochca, entre otras. Estas diferencias podrían ser características de las fuentes consultadas por Tovar, y también podrían constituir un parteaguas para delimitar qué materiales tuvo a su alcance el jesuita y cuáles poseyeron Alvarado Tezozómoc y fray Diego Durán.

Por último, el estudio conjunto de las diferencias y similitudes de los autores unidos por la hipótesis de la Crónica X, junto con el uso de nuevas tecnologías, podrían resultar en la reconstrucción de uno o varios relatos históricos “originales”. No obstante, debemos estar conscientes de que la Crónica X, de existir o reconstruirse, no será una suerte de piedra angular historiográfica, sino un elemento más del complejo crisol del corpus documental novohispano e indígena, que no escapará a la subjetividad y especificidad historiográfica de toda fuente.

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2El manuscrito actualmente se encuentra en los acervos de la John Carter Brown Library en Estados Unidos. Véase la versión digital en Juan de Tovar, Tovar Codex (México, 1582), acceso el 31 de enero de 2025, https://archive.org/details/tovarcodex00tova.

3La hipótesis de la Crónica X, propuesta por Robert H. Barlow a mediados del siglo XX, consiste en que un grupo de cinco crónicas novohispanas (el Manuscrito Tovar, el Códice Ramírez, la Historia de las Indias e islas de tierra firme de fray Diego Durán, la Crónica mexicana de Hernando Alvarado Tezozómoc y el libro VII de la Historia natural y moral de las Indias de José de Acosta) tuvieron como origen una fuente común que estaría basada en la antigua tradición mexica tenochca prehispánica. Un postulado que se sostiene principalmente a partir de las semejanzas narrativas y los análisis historiográficos y semánticos que se han practicado a estas crónicas novohispanas.

6Ibid.

8Bandelier comunicó esta inquietud a García Icazbalceta en una carta fechada el 8 de diciembre de 1879. Véase a Lewis H. Morgan y Adolph F. Bandelier, “A. F. Bandelier / Joaquín García Icazbalceta - Correspondencia”, en México antiguo, pról. y ed. de Jaime Labastida (México: Conaculta / INAH / Siglo XXI Editores, 2004), 406. Robert Barlow, por su parte, sugirió la posibilidad de que el doctor Portillo fuera Esteban Portillo, que en 1570 era catedrático en la Universidad y provisor vicario general en el arzobispado de México. Véase: Robert H. Barlow, “La Crónica X: versiones coloniales de la historia de los mexica tenochca”, en Obras completas de Robert H. Barlow, vol. 3, coord. de Jesús Monjarás-Ruiz, María Cruz Paillés y Elena Limón (México: INAH / Universidad de las Américas, 1990), 27.

13El recorrido del manuscrito hasta llegar al acervo de la John Carter Brown Library es esbozado por Gloria María Providencia Villafañe González en su tesis de Historia del arte por la UNAM. Este trabajo de maestría también presenta un breve análisis codicológico, que resumidamente plantea que se trata de un documento con 82 hojas a doble página y 32 láminas ilustradas en un papel de tipo europeo. A su vez, este Manuscrito Tovar está dividido en cuatro secciones encuadernadas: la primera contiene la correspondencia entre Juan de Tovar y José de Acosta, seguida de otras dos secciones con dos tratados (“Relación del origen de los indios que habitan en esta Nueva España según sus historias” y “De los ritos y ceremonias y dioses que en su gentilidad usaban los indios de esta Nueva España”, respectivamente), y cierra con una cuarta sección relativa a diversos temas calendáricos nahuas. Gloria María Providencia Villafañe González, “Estudio formal de las pinturas de la sección histórica de los códices coloniales: Atlas de Durán, Manuscrito Tovar, Códice Ramírez” (tesis de maestría, UNAM, 1980), 10-16, https://ru.dgb.unam.mx/handle/20.500.14330/TES01000053743.

20Ibid.

34Bandelier comunicó sus reflexiones a Icazbalceta mediante varias cartas en 1879: Morgan y Bandelier, “A. F. Bandelier…”, 400-407.

57Éste es uno de los ejes de trabajo del proyecto La Crónica X: Desmembrando su Existencia a Través de sus Fuentes Hermanas, bajo la coordinación de Clementina Battcock (INAH, Dirección de Estudios Históricos) y Paloma Vargas Montes (ITESM, Campus Monterrey), que comenzó sus indagatorias en 2022.

Recibido: 13 de Agosto de 2024; Aprobado: 27 de Septiembre de 2024

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