Honor y vergüenza. Historias de un pasado remoto y cercano, ofrece una perspectiva amplia del comportamiento humano honorable y no tan honorable a lo largo del tiempo hispano y Latinoamericano. Organizado en colaboraciones que retratan vivencias de honor y vergüenza en los siglos XVI, XVII, XVIII, XIX Y XX, sus miradas sugieren atención a la coyuntura cultural y advierten sobre los criterios con los que se han juzgado las costumbres de cada época. Desde los tempranos veredictos de justicia por incumplimiento de promesa de matrimonio, honor mancillado de doncellas-esposas-viudas, calidades entredichas, hasta las más tardías traiciones amatorias acechadas por rumores de calle y ritos de burla y castigo, honor y opinión pública siempre han gravitado en sistemas de valores movibles, convenientes y adaptables a las circunstancias. Su característica principal ha sido la flexibilidad.
Los códigos de honor y vergüenza forman parte de un complejo sistema de valores que han sido interpretados de acuerdo a los criterios culturales de cada época. Durante y después de un largo y violento tiempo de conquista en el Nuevo Mundo, la herencia medieval del honor progresivamente se fue arraigando en la cultura hispana. En una simbiosis lenta y cruenta, indios, nobles, criollos, plebeyos, españoles, vecinos del campo o de la ciudad, comenzaron a experimentar nuevas vivencias que resignificaron adaptaciones de actitudes heredadas de ese mundo medieval. Para la Nueva España, es justo en ese tránsito coyuntural del mediano siglo XVI donde debe ubicarse un corte cultural significativo: el nuevo criterio con el que empezaron a juzgarse las costumbres.
Señala Gonzalbo Aizpuru que es muy posible que las prácticas medievales siguieran siendo las mismas: la diferencia radicaba, ahora, en la lectura e interpretación que la Iglesia y la sociedad novohispana daban a esas costumbres. Junto a las pasiones, placeres y gozos seguían conviviendo el miedo, el pecado y la culpa, sólo que ahora gravitaban en un renovado aliento de moral cristiana que navegaba cómodo por el Atlántico hacia un nuevo destino social: el Nuevo Mundo. Del honor de un caballero o de la virtud de una doncella, el arraigo en la sociedad novohispana se transformaba en mérito personal y linaje. Dignidad personal y buen nombre familiar serían los valores estandartes de las llamadas calidades limpias de ascendencia española -sin tacha judía ni mora- y descendientes de la nobleza indígena -sin mezcla con negros-. En ese consumo mutuo de valores morales, quedaba de lado una mayoritaria masa popular -en aumento- compuesta por negros, indios, mulatos, moriscos y mestizos, quienes desde su lugar social reclamaban, también, honor y prestigio. Honorabilidad, poder y escalera social iban de la mano. En este escenario de prejuicios y exclusión sociocultural, la moral, el honor y la vergüenza, peligrosamente entrelazados, constituyeron un frágil pilar de triple cara para el trato social.
De las representaciones del honor como valor supremo, es pertinente señalar, apunta Gonzalbo Aizpuru, que la literatura romántica del siglo XIX ha influido en la interpretación anacrónica de muchos documentos de los siglos XVI, XVII y XVIII. Esa lectura literal ha deri vado en una rigidez de estereotipos que requieren pinceladas de retoque para entender el concepto del honor de un modo más líquido, a la sociedad mucho más permisiva y concebir los recursos de negociación y adaptación como parte de un diario cotidiano. Enfatiza, por ejemplo, que en la capital de la Nueva España, en los primeros 200 años de su historia, las relaciones sexuales previas al matrimonio fueron costumbre común y los hijos naturales nacidos de esas relaciones se legitimaban sin reserva. Es decir, las debilidades de la carne se toleraban y no faltaba un sacerdote mediador que buscara una solución cuando se tambaleaba la dignidad personal, el buen nombre o el prestigio de la familia. Los siglos XIX y XX también gravitaron alrededor de una ética del honor que movía los engranajes del poder. Relatos de pasiones desenfrenadas (García Peña), enfermos por constelación (Rodríguez Jiménez) o bellezas con hechizo divino (De la Barreda Solórzano), reflejan tres fragilidades humanas que pusieron en entredicho códigos de honor y jugaron a su antojo con las cargas de la vergüenza.
¿Entre el honor y la vergüenza es diferente el tiempo presente? Es justamente lo que ofrece Honor y vergüenza. Historias de un pasado remoto y cercano. En lo que califica Gonzalbo Aizpuru de nuestra orgullosa posmodernidad, la mutación semántica del honor actual se dirige también hacia formas sociales y concepciones de prestigio, éxito y poder. De acuerdo a su tiempo, el concepto va atravesado por sistemas de valores específicos y tanto en el presente como en el pasado ameritan nuestra atención. El honor caballeresco y la virtud de la doncella de los siglos XVI, XVII y XVIII respondieron a una honorabilidad que combinaba nobleza de sangre, títulos nobiliarios, apariencia externa en el vestuario y aspecto personal; todos se encaminaban hacia el reconocimiento social, respeto individual y familiar en escenarios religiosos y laborales burocráticos y administrativos. En los siglos XIX y XX, las apariencias junto con los desempeños laborales estuvieron atravesados por prejuicios, poder y fama; pese a los chismes, rumores y acechos morales mantenían, de igual modo, un orden jerárquico de confianza y plenitud.
Sin distinción de zonas rurales o urbanas, los conflictos por honor comprometieron prestigios personales, familiares, y su impacto no desestimó espacio público o privado. Junto a la denuncia, se abría una oscura ola de rumores que ponía en entredicho honorabilidad y prestigio familiar (Jiménez Gómez). Frente a la vergüenza, en algunos escenarios se activaron códigos morales del perdón, culpa y arrepentimiento, pero en otros, como los tribunales civiles, la reputación emergió como un escudo protector por encima de la justicia.
Las lecturas desde el honor y la vergüenza son múltiples y las miradas atienden a esa versatilidad interpretativa que genera enfoques novedosos. Basados algunos textos en clásicos como La sociedad cortesana, de Norbert Elias; Economía y sociedad, de Max Weber, o Los anormales y La arqueología del saber, de Michel Foucault, los autores coinciden en que toda corte es un escenario de representaciones sociales donde vestuario, comida, modales y lenguajes verbales y corporales forman parte de la escenografía. Por lo tanto, apariencia personal, vestuario y jerarquía van de la mano con el honor. Concebidos como símbolos de distinción, cada época tiende criterios valorativos disímiles y coinciden en que la cultura de las apariencias está mágicamente conectada por coyunturas no lineales, sino asimétricas y porosas: para un indígena noble, halar su cabello o rasgar su túnica eran castigos físicos y humillaciones que atentaban contra su herencia, honor, autoridad y prestigio (Aguirre Salvador); para un novohispano rico, suntuosidad y ostentación reiteraban su pertenencia a la nobleza (Rubial García); para un general cobarde de la flota novohispana perder el honor era la muerte social (Trejo Rivera), y para un descendiente de ruso, enfermo de constelación, matar por su honor era salvar su reputación (Rodríguez Jiménez).
Sin duda, el honor impone una lectura política de las acciones humanas. La apreciación de Rubial sobre la “honorabilidad” y la actitud anticriolla de los virreyes sigue siendo un resquicio para comprender los tempranos conflictos entre criollos y peninsulares en la Nueva España e Iberoamérica, pero también es una puerta abierta para entender la diplomacia (Meyer Celis) en las relaciones con los extranjeros y la política del honor en un ancho mar compartido entre la Nueva España y el vasto entorno marítimo del Pacífico Sur. El honor calza también en los imaginarios nacionalistas de modernidad y desde la relación social interroga sobre la diversión popular, el espectáculo público y la marginación (Vásquez Meléndez). El honor es protagonista de nuestro proceso civilizatorio y desde las artes escénicas o la poesía, ha cumplido funciones pedagógicas y moralizantes (Zárate Toscano, Díaz Frene y Barragán Aroche). Honor y vergüenza. Historias de un pasado remoto y cercano, invita a conocer de las ambiguas escaleras del trato social y relata implícitamente las peripecias históricas hispanas y latinoamericanas por las que han pasado, y siguen pasando, la honra y la vergüenza frente a su invencible hermano mayor: el poder.














