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Historia mexicana

 ISSN 2448-6531 ISSN 0185-0172

Hist. mex. vol.74 no.2 Ciudad de México oct./dic. 2024   05--2024

https://doi.org/10.24201/hm.v74i2.4614 

Reseñas

Sobre Pablo Piccato, Historia mínima de la violencia en México

Ana Lidia García Peña1 

1Universidad Autónoma del Estado de México

Piccato, Pablo. Historia mínima de la violencia en México. Ciudad de México: El Colegio de México, 2022. 313p. ISBN: 978-607-564-353-3.


Desde las primeras líneas, Pablo Piccato deja en claro que la violencia es un concepto no sólo polisémico, con cambiantes explicaciones, sino fundamental en las relaciones sociales. A la limitada visión de considerarla como producto de problemas psicológicos individuales, o corruptas prácticas políticas grupales, o una simple anomia social, el autor contrapone su propuesta de ver a la violencia como un concepto relacional, que establece vínculos sociales y cuyo carácter dinámico se vuelve indispensable para entender la historia de México en el siglo XX.

Piccato construye varias características fundamentales de la violencia: es un vínculo social que, así como separa a las personas también las une; asimismo, contiene una dimensión comunicativa con profundos significados simbólicos y psicológicos, y es un fenómeno material estrechamente vinculado al desarrollo tecnológico. Al seguir el modelo interpretativo de Hannah Arendt, el autor desarrolla una idea fundamental: la violencia tiene un fuerte componente de racionalidad en que todos los involucrados despliegan distintos sentidos tácticos. Sin embargo, también existe la “incertidumbre de la violencia”, cuyos efectos a largo plazo no pueden ser prefigurados, aunque sí pueden establecerse algunas relaciones causales, en las que no siempre hay destrucción, sino también procesos reformistas y restaurativos de la justicia.

Con distintos abordajes y prácticas de la violencia, Piccato construye complejas historias: la violencia revolucionaria, los movimientos agraristas, las guerras cristeras, la nueva cultura de los pistoleros posrevolucionarios, los movimientos guerrilleros, el crimen organizado y el sustrato de la violencia patriarcal. No cabe duda de que el crecimiento de la historiografía de esos temas ha sido exponencial en las últimas décadas, por lo que escribir una historia mínima de cada uno de ellos es muy complicado y siempre se corre el riesgo de dejar en el tintero bibliografía, abordajes o nuevas interpretaciones. No obstante, a lo largo de las páginas del libro se puede apreciar la erudición y buen manejo del autor; por momentos sorprende al lector con nuevas aportaciones en torno a la violencia o datos anecdóticos que vuelven muy amena la lectura; pero como constantemente se incluyen alusiones a la historia reciente e incluso presente del país, son inevitables la polémica y las distintas posturas políticas. Bienvenidos el debate y la reflexión seria y profunda. Por cierto, la sección “Bibliografía selecta” se convierte en un instrumento docente muy importante para abordar la revisión historiográfica de cada uno de los temas desarrollados.

Así como no hubo una sola Revolución mexicana, tampoco existió una única violencia revolucionaria, sino múltiples estrategias, diversas construcciones del enemigo y variados armamentos. Piccato propone la sugerente categoría de “violencia democratizadora”, que explica cómo los grupos subalternos no sólo se incorporaron al escenario público con sus demandas sociales, sino que también tuvieron acceso masivo a los medios materiales de la violencia, surgiendo nuevos grupos, como los ciudadanos armados, y el uso de las armas de fuego en la solución de los conflictos. Pablo Piccato polemiza con la tradicional idea de que la revolución significó mayor libertad y autonomía para las mujeres porque trastocó la moral sexual victoriana; en su lugar propone que se reforzaron los derechos de la violencia y los privilegios de las prerrogativas masculinas.

En otro tema, el autor sugiere que la lucha por la tierra fue un elemento fundamental del México posrevolucionario durante la primera mitad del siglo XX. Casi todos los grupos se involucraron en la disputa por el campo: presidentes, gobernadores, líderes agraristas, cristeros, caciques, guardias blancas, pistoleros, milicias y comunidades. En su propuesta, Piccato formula que la disputa agrarista se caracterizó por ser una “violencia pegajosa”, entendida como la dimensión personal de la disputa, en la que había profundas relaciones íntimas y lealtades de parentesco. Considera al agrarismo como un elemento central de la nueva cultura política de la violencia y estrechamente vincu la do al proceso modernizador del país. La lucha armada por la tierra y su propiedad no fue una simple confrontación entre opresores y oprimidos, sino una opción racional en la que se enfrentaron diversos sistemas normativos e ideológicos. El control colectivo de la tierra y las ligas agrarias no fueron incompatibles con su uso comercial; al tiempo que se dotaba de tierras a las comunidades, también surgieron las grandes haciendas de los generales revolucionarios. Incluso, organizaciones como la Confederación Nacional Campesina, abiertamente agrarista, ayudó a impedir brotes de rebeldía. Esta compleja historia de la violencia por la tierra comenzó su retroceso después de los años cincuenta, cuando se implementó una sistemática política de represión de las luchas agrarias.

En la polisemia de la violencia, el siguiente tópico del libro es lo relativo a la religión. La pregunta de largo aliento es ¿qué tanto la religión católica ha estado asociada con la violencia simbólica y material del siglo XX? En la obsesiva búsqueda de la causalidad, el autor viaja a dimensiones muy remotas, como las prácticas religiosas prehispánicas, novohispanas y decimonónicas. No obstante, sugiere que la violencia y la intolerancia fueron características tanto del anticlericalismo como de los cristeros. De nuevo el espacio público se convirtió en el objeto central de la confrontación, en el que no se trataba de erradicar la religión, sino de destruir el monopolio católico y crear un nuevo pluralismo. Por el lado del fervor católico, la violencia religiosa tenía fines morales y se le asoció con la justicia divina. Junto con la violencia material, los múltiples tormentos y linchamientos, también se desató la guerra de las imágenes. Durante el cardenismo, en la Segunda Cristiada, el gobierno sustituyó su anticlericalismo pretoriano por el reparto de tierras, aunque los combativos católicos reaccionaron contra la reforma educativa. No obstante el fin de la guerra, la violencia religiosa continuó manifestándose en múltiples linchamientos propinados por los camisas doradas y los sinarquistas. Finalmente se configuró la “nostalgia del fascismo”, que combinó antisemitismo y nacionalismo católico en actos de violencia tumultuaria contra maestras, comunistas, brujas, protestantes y judíos.

Las historias de las violencias en el ámbito de la inseguridad pública se configuran en los capítulos de los pistoleros y criminales, para la primera mitad del siglo, y el narcotráfico y crimen organizado, para la segunda. Entre los años cuarenta y setenta, después de terminadas las guerras civiles, surgió un nuevo tipo de violencia que trasladó el pistolerismo rural a las ciudades. Ubicados en una difusa frontera entre lo legal y lo ilegal, los nuevos actores, a veces pistoleros y criminales, otras inspectores o policías, cambiaron la vida cotidiana y obligaron a la sociedad a desarrollar un nuevo “alfabetismo criminal”. Piccato llama a este proceso “nueva urbanización de la violencia política”, entre cuyas principales actividades estuvieron: los préstamos, el juego, la extorsión, la prostitución, las drogas y los negocios ilegales. Las truculentas narra cio nes se mezclaron con el charrismo, el asesinato de periodistas y el surgimiento de la temida Dirección Federal de Seguridad. Esta nueva cultura de la violencia de las mafias se difundió ampliamente gracias a la nota roja, la literatura policiaca y el cine de temas urbanos.

Al llegar la segunda mitad del siglo, se estructuró cada vez más la violencia del crimen organizado y el narcotráfico. Piccato realiza un minucioso recuento de los jefes de los cárteles de Sinaloa, Juárez y el Golfo, pasando por los temidos Zetas, los moralistas de la Familia Michoacana y los Caballeros Templarios, hasta llegar a los despiadados Jalisco Nueva Generación. Al tiempo que surgían nuevas organizaciones, la violencia iba en aumento junto con la creciente infiltración de policías, militares y políticos. En particular los escandalosos casos de las figuras presidenciales de Echeverría, Salinas y Calderón.

Un debate que genera el autor es considerar que la llegada de Andrés Manuel López Obrador a la presidencia en 2018 no ha significado prácticamente ningún cambio en la política federal de la lucha contra el crimen organizado. Visión un tanto sesgada que ignora los cambios fundamentales de: la búsqueda del respeto a los derechos humanos, el creciente uso de la inteligencia militar, la estrategia de la Guardia Nacional y la presencia permanente del ejército, además de la creciente incautación de bienes, dinero y drogas. Aunque es muy temprano para concluir cambios en la dinámica de la violencia del crimen organizado, considero que dichos factores deben ser tomados en cuenta para poder elaborar una interpretación más objetiva.

No cabe duda de que uno de los mejores capítulos del libro es el destinado a los movimientos guerrilleros del siglo XX. Piccato elabora una fina y robusta historia de las tácticas, uso de violencias, mecanismos de resistencia y represión que emplearon tanto los grupos rebeldes como los organismos del gobierno. La narración inicia con el levantamiento rural de Rubén Jaramillo; después transita por el asalto al cuartel del ejército en Ciudad Madera, Chihuahua, en 1965, hecho fundacional de todos los movimientos guerrilleros. A continuación, realiza una equilibrada y justa comparación entre los movimientos de los normalistas Genaro Vázquez y Lucio Cabañas en Guerrero. No podían faltar las brutales masacres de 1968 y 1971 que impulsaron a toda una generación de rebeldes armados hasta llegar al surgimiento de las múltiples organizaciones de la guerrilla urbana, cuya máxima expresión fue la Liga Comunista 23 de Septiembre, creada en 1973.

Finalmente, el libro de Pablo Piccato concluye con una polémica revisión de la violencia de género. El autor propone el atrevido concepto de “resiliencia del patriarcado” para explicar los cambios en las construcciones de las violencias simbólicas. Sin embargo, aceptar dicha categoría implicaría que el patriarcado ha vivido circunstancias traumáticas que le han permitido reconfigurarse a lo largo del tiempo. Si bien puedo reconocer que algunas estructuras patriarcales han sido fuertemente cuestionadas por los distintos movimientos feministas provocando algunos cambios históricos, todavía estamos muy lejos para considerar el quiebre del sistema de subordinación de las mujeres.

En lo que sí coincido con Piccato es en que la violencia de género es más difícil de explicar que la ejercida por pistoleros y bandas criminales, debido a su aparente carácter escurridizo. También es muy relevante cómo vincula los distintos tipos de violencia trabajados a lo largo del libro con la violencia de género, que funciona como un sustrato articulador en prácticamente todas las relaciones sociales. Al retomar a Rita Segato, señala que “toda violencia es violencia de género”, que a lo largo de la historia del siglo XX ha reforzado el dominio patriarcal.

No cabe duda de que Historia mínima de la violencia en México pronto se convertirá en un libro de referencia obligada para la mayoría de los temas analizados por Pablo Piccato, debido a la profundidad y claridad del texto.

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