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Estudios sociológicos

 ISSN 2448-6442 ISSN 0185-4186

Estud. sociol vol.42  Ciudad de México  2024   19--2025

https://doi.org/10.24201/es.2024v42.e2579 

Artículos

Ausencia de vínculo social en Goffman

Absence of social link in Goffman

1Universidad Complutense de Madrid Madrid, España ajribes@cps.ucm.es


Resumen:

El análisis se centra en aquellas situaciones problemáticas en las que los individuos se ven sometidos a tensiones, ya sea que se produzca alienación interaccional, vergüenza u ocurran enfrentamientos de carácter. Para Goffman, estos incidentes son más la norma que la excepción. Lo excepcional es que las situaciones sociales transcurran suavemente y generen un sentimiento de euforia que refuerce tanto a los individuos como al orden social y afiance el sentido de realidad. La norma es que los individuos se afanen en lograr ese resultado; sin embargo, con frecuencia encuentran dificultades serias que les exigen un constante trabajo de presentación de sí mismos.

Palabras clave: Goffman; teoría social; emociones; alienación; vergüenza

Abstract:

In this paper, we focus on problematic situations in which individuals are subjected to a series of stresses: interactional alienation may occur, shame may occur, or character clashes may occur. For Goffman these incidents are more the norm than the exception. What is exceptional is that social situations pass smoothly and that the feeling of euphoria is generated and reinforce both individuals an the social order and strengthens the sense of reality. The norm in individuals striving to try to achieve that result, but very often encountering serious difficulties that require them to do a constant job of presenting themselves.

Keywords: Goffman; social theory; emotion; alienation; shame

Introducción

Goffman presenta una criatura que se guía más por lo que evita que por lo que puede conseguir, no es un maximizador de las ganancias sino un minimizador de los riesgos.

Schudson (1984, p. 633)

La sociología de Goffman está llena de temas, enfoques y propuestas interesantes y es tan sugerente hoy en día como cuando sus obras vieron la luz. Así lo han señalado una y otra vez numerosos y variados estudios sobre su obra, como los de Burns, 2002/1992; Caballero, 1998; Nizet, & Rigaux, 2014/2005; Scheff, 2005; Funes, 2018; Manning, 1976; Ribes, 2020. También se encuentran, entre otros, interesantes trabajos sobre algún aspecto concreto de su obra, como las “instituciones totales” (Davies, 1989), la interacción entre su vida y su obra (Shalin, 2014a), las enfermedades mentales (Shalin, 2014b), el enfoque dramatúrgico y su uso de las metáforas (Manning, 1991), sus aportaciones al feminismo (West, 1996), sus teorías sociales (Psathas, 1996; Rawls, 1987) y el concepto de “ciudadanía interaccional” (Colomy y Brown, 1996).

De los muchos asuntos que investigó el sociólogo canadiense, analizaré en profundidad lo que sucede, a juicio de Goffman, cuando las cosas salen mal en una interacción social. En otras palabras, cuando aparece o se forja situacionalmente la ausencia de vínculo social. Buena parte de la crítica y de la recepción de Goffman se ha centrado precisamente en lo contrario: en las ocasiones en que las cosas salen bien en una interacción social, con énfasis en la idea del “consenso de trabajo” de los participantes (por citar ejemplos recientes, Gonnet, 2020; Rawls, 1987; Denzin, 2002, p. 107). García Bastán (2019) da un paso más allá y considera que la obra de Goffman es inadecuada para estudiar el conflicto.

Considero relevante -al igual que Goffman, quien dedicó grandes esfuerzos a comprender lo que sucedía en estas situaciones- analizar el otro lado, lo que sucede en las interacciones sociales fallidas, en las que emerge la ausencia del vínculo social, como mostraré en estas páginas. Por vínculo social se entiende, en la tradición durkheimiana y goffmaniana, lo que surge en las interacciones sociales cuando se desarrollan de manera suave y acompasada, cuando se genera euforia en los participantes y se afianza el sentido de realidad. Para entender la ausencia de vínculo social estructuré el texto en tres partes: 1) análisis de la “alienación interaccional”, por llamarla así; 2) la vergüenza, y 3) los enfrentamientos de carácter.

Los tres temas son centrales en la obra del autor, aunque no siempre se vinculan entre sí. Particularmente intensa será la revisión del concepto de vergüenza, que en general se ha despachado de manera demasiado ligera y dependiendo en exceso de uno de sus textos más conocidos, el cual ha oscurecido su profundidad, como veremos, pues es mucho más rico y denso de lo que se suele considerar.

Cabe notar que Goffman detiene sus análisis de la ausencia de vínculo social un paso antes de la violencia. Pareciera como si, para el autor, esta escapara al análisis de las interacciones ritualizadas o debiera ser tratada de otra forma. Su examen de la ausencia de vínculo social y del conflicto llega hasta el instante previo a que se desencadene la violencia. En esta disposición de sus ideas - alienación interaccional, vergüenza, enfrentamientos de carácter-, el asunto siguiente debió ser la violencia, tema que, no obstante, no llegó a desarrollar, como sí lo hizo de manera brillante Randall Collins (2008), uno de sus principales discípulos.

Goffman parece más interesado en las diferentes formas que adopta la falta de vínculo social y su disolución y deja para otros el análisis de las violencias que tienen lugar en la vida cotidiana. Con todo, no se puede más que lamentar que no se interesara en la violencia, pues habría mostrado un análisis original desde la perspectiva microsociológica, algo que ha sido muy raro en la producción sociológica. Que hay un componente situacional y microsociológico en la violencia es lo que ha mostrado, muchos años después, Collins. Si Goffman se hubiera ocupado del asunto, se habrían ganado muchos años.

La tesis principal de este artículo es que la sociología de Goffman ofrece herramientas precisas y fundamentales para analizar la ausencia de vínculo social, así como las interacciones sociales problemáticas y fallidas, y lo hace al mostrar tres formas en las que las interacciones naufragan y, con ellas, la identidad del self, la propia situación social y el sentido de la realidad social o las dinámicas que evitan el conflicto. La generación situacional y cotidiana del vínculo social, de la “normalidad” y la confianza (Misztal, 2001) es, pues, tan relevante en la obra de Goffman como la ausencia de vínculo o su destrucción en el seno de las interacciones rituales que tienen lugar en las situaciones dela vida cotidiana. Como escribe Galindo (2015, p. 17): “el mundo de lo normal y de lo cotidiano es, en verdad, contingencia pura”.

Conviene recordar, brevemente, lo que es para Goffman el orden de la interacción. Según subraya Galindo (2015, p. 16):

El gran aporte de Goffman a la sociología tiene que ver con el hecho de que él analizó a la interacción como un ámbito de realidad sui generis. Es decir, para Goffman el orden de la interacción no es un mero reflejo de estructuras sociales más amplias, sino un ámbito de la realidad social con estructuras propias.

Alienación interaccional

La obra de Goffman […] muestra simplemente cuán frágil es cualquier orden social y revela el potencial horror en una sociedad en la que la apariencia de la civilidad es solamente eso, una apariencia.

Williams (1986, p. 349)

Un encuentro conversacional, para Goffman, es aquel en que dos o más individuos centran su atención cognitiva y se enfocan visualmente, en general siguiendo los turnos de habla. A menudo, según Goffman (2008/1957), los individuos se abstraen en el flujo conversacional y se genera un mundo: una realidad compartida momentánea y situacionalmente que incluye a otros participantes. Las conversaciones, en su opinión, tienen vida propia y generan sus propias exigencias; son situaciones sui generis, como las llamó Durkheim, quien tanto influyó en Goffman. “El orden interaccional tiene una existencia independiente tanto de las estructuras como de los individuos”, concluye Rawls (1987, p. 139). Para que funcione de manera ordinaria y cotidiana, el orden interaccional exige que los individuos eviten las distracciones y se comprometan con la conversación; no hacerlo supone una ofensa que, además, es cometida delante de los ofendidos. La implicación en una conversación debe llevarse a cabo sin que se note que uno está haciendo esfuerzos por participar, pues concentrar la atención en la participación dificultaría mantener la actitud adecuada.

Igual que la vergüenza, de la que me ocuparé en el siguiente epígrafe, la alienación respecto a las conversaciones es algo común y frecuente en el modelo de Goffman. La implicación mutua y los esfuerzos por llevar a cabo la conversación son, según el autor, algo muy frágil. Todo puede saltar por los aires en cualquier momento. Las conversaciones pueden transformarse en algo distinto si falla la implicación y si los actores sociales no son capaces o no desean asumir las demandas situacionales. Para Goffman, hay algunas formas de alienación que se encuadran en lo que define como implicación insuficiente, y algunas de sus formas son: 1) las preocupaciones externas (que desconectan al individuo de los otros); 2) la excesiva autoconciencia (el individuo se centra más de la cuenta en la dinámica de la monitorización y en las respuestas de los otros a su participación); 3) la excesiva conciencia respecto a la interacción (preocupación sobre si la conversación marcha bien o mal); y 4) la excesiva conciencia respecto a otro u otros.

Cuando suceden estos fallos de implicación y compromiso (obligatorios en las conversaciones), la atención se desvía de la conversación a la ofensa a la interacción. A partir de ahí se abre una espiral destructiva: si el individuo se considera culpable de la ofensa, se sentirá avergonzado y con excesiva autoconciencia; si un individuo culpa a otros de la ofensa, se sentirá indignado y manifestará excesiva conciencia respecto a aquellos que la cometieron. Así, este individuo (demasiado autoconsciente y avergonzado, demasiado consciente de los otros e indignado), cometerá otra ofensa a la conversación y, como dice Goffman (2008/1957, p. 126), la víctima de la primera ofensa se convierte en la causante de una segunda en un ciclo que dificulta o imposibilita el desarrollo suave de la interacción.

Cuando falla la implicación, un actor puede simular que se implica. Esto se hace de manera “cínica”, aparentando que se está interesado en la conversación, aunque sea falso, y destina su esfuerzo a que la actuación sea efectiva en lugar de interesarse en lo que se habla.

Como se sabe desde La presentación de la persona en la vida cotidiana, para Goffman (2001/1959) los individuos son “mercaderes de la moralidad” y pueden perfectamente dedicar esfuerzos a presentar una imagen de sí mismos como si se tratara de un actor en una obra teatral: la implicación cínica sería, pues, una forma de permitir que la conversación continúe por más que haya un actor o varios que no estén realmente implicados en ella. También se puede fingir la implicación con las herramientas del tacto: cuando la conversación sí interesa al actor, pero, por las razones que sean, no es capaz de implicarse.

En ocasiones, ciertos individuos que no tienen la capacidad -el poder- de abandonar una interacción, cometen una falta de implicación y muestran ostensiblemente que no les interesa. Esto es una rebelión, una insubordinación respecto a la interacción, que se pone en práctica cuando el abandono delaconversación no es posible. La insubordinación es una representación de la falta de implicación hecha evidente y de modo notorio con el propósito de desafiar al poder que impide que uno o varios actores sociales abandonen la conversación. El último refugio para estos actores es mostrar que, aunque están en la conversación, no les interesa lo más mínimo.

Según Goffman (2008/1957, p. 134), la alienación respecto a las conversaciones es más la norma que la excepción. Esto es muy relevante, ya que buena parte de la recepción de su obra ha tendido a sobreinterpretar las situaciones y las interacciones sociales solo cuando marchan bien. Goffman no es, pues, un sociólogo del orden social, sino más bien un fino analista de la fragilidad de lo social y de lo situacional (Rawls, 1987, p. 139). Si es posible hablar de “ciudadanía interaccional” (Colomy y Brown, 1996), ello incluye, principalmente, que podamos hablar de exiliados interaccionales, apátridas interaccionales y alienados interaccionales.

Para Goffman, los individuos constantemente cometen errores y los reparan, sufren problemas de implicación y tratan de implicarse de diversas maneras, pero en muchas ocasiones todo sale mal y la situación social, la conversación, se desmorona. Al hacerlo, se lleva por delante el sentido de la realidad social y la propia autoimagen. Esas situaciones generan un sentimiento de anomia y lo que he denominado la “alienación interaccional”. Ambas ponen en riesgo la consistencia de la realidad social, además de cuestionar al sujeto que la experimenta. Así pues, se trata de un fenómeno muy relevante en el plano individual y en el colectivo. De ahí que surjan esos esfuerzos por reparar constantemente las interacciones sociales fallidas, esos juegos y negociaciones entre los actores sociales que se llevan a cabo para salvaguardar el orden y la propia identidad de los participantes. Sin embargo, muy a menudo, dice Goffman, el resultado es la alienación interaccional, la anomia y la generación de un sentido de irrealidad.

De hecho, lo difícil e inusual es conseguir que se cumpla el modelo de la implicación espontánea, según el cual todos los individuos colaboran en crear una conversación. Las demandas excesivas de la implicación espontánea -estar implicados y, al tiempo, controlarse en tanto que interactuantes; seguir las reglas de conducta y tomarse las libertades que garanticen su implicación- parecen difícilmente conciliables, de modo que la estructura de la situación y las demandas de la interacción conducen a la alienación de los individuos respecto a la interacción.

El dilema aquí es que si bien la alienación parece la norma, las recompensas positivas para los individuos residen en la implicación espontánea. Cuando esta sucede, ellos se sentirán reforzados, así como la propia realidad social. Lo que hay en juego en una conversación no es solo la conversación misma, sino la sociedad, así como la identidad de los actores sociales.

Se diría que en el modelo goffmaniano el principal cimiento de una sociedad son las situaciones sociales, las interacciones sociales y las conversaciones, y todas ellas están siempre en riesgo de fracasar. Cuando hay incidentes o disrupciones, los individuos se sienten incómodos y la conversación fracasa. El problema reside en que dicho fracaso incluye el naufragio de la idea de realidad social: la interacción se desorganiza y los participantes se sienten irreales y anómicos (Goffman, 2008/1957, p. 135).

Si las cosas salen bien, se genera un sentimiento de euforia que se traduce en bienestar individual, afianzamiento del sentido de la realidad social y emergencia de una coordinación íntima entre los actores que participan en la interacción. Estos operan como en un baile, como señalaron Berman (1972) y Collins (2009/2005), al crear interacciones sociales suaves y activar el camino virtuoso que comienza por la generación de la euforia. También emerge la confianza y la cooperación tácita, y se consolida el sentido de normalidad compartida, tal y como subrayó Misztal (2001, p. 316).

Otro tipo de alienación respecto a las reuniones y las interacciones en general es el que viene impuesto por condiciones estructurales debidas a las exigencias de rol de determinadas posiciones sociales que les impide encajar adecuadamente en situaciones sociales que pueden ser rígidas y, por tanto, exigir un gran respeto y una gran implicación, o bien, más relajadas, y permitir a los individuos distanciarse. Cuando se entra en una situación muy relajada, por ejemplo, pero no se está preparado para ese tipo de interacción, hay una tendencia a la alienación.

Esto sucede también cuando un individuo no está en condiciones -por las razones que sean- de adaptarse al tono emocional, al ethos de la situación. Puede que la atmósfera resulte demasiado festiva para uno en un momento concreto, o puede que sea demasiado triste (Goffman, 1966/1963, p. 206). O puede ser que la situación social se vea intervenida por otras lógicas, como las empresariales y comerciales, y que se demande al actor social adoptar un tono emocional determinado, como lo estudió Hochschild (1983) respecto a las azafatas y a los cobradores.

Por último, es posible que determinados individuos cometan ofensas situacionales debido a que se sienten alienados respecto a la institución o respecto al encuentro en el que se ven obligados a participar (Goffman, 1966/1963, pp. 225-231). De hecho, para Goffman los individuos expresan su grado de alienación o vinculación a las situaciones sociales, a las ocasiones sociales que llenan de contenido a las primeras y a las instituciones que las enmarcan, mediante su comportamiento durante su participación en ellas y en los encuentros que se suscitan (Goffman, 1966/1963, p. 246). Se trata, en estos casos, de una rebeldía que se ve limitada a lo que se puede hacer frente al poder que ostenta la institución sobre un actor social que se ve obligado a exhibir su descontento escenificando lo poco vinculado que se siente a esa situación o a esa institución en su conjunto.

De la lectura atenta de este modelo han salido, desde mi punto de vista, las principales propuestas de autores contemporáneos tan relevantes como Scheff (1990), Hochschild (1983), Collins (2009/2005 y 2008) o Turner (2007 y 2011). Por supuesto, todos reelaboran e incluyen otras numerosas influencias al realizar y presentar sus propios modelos, pero la huella goffmaniana es visible en ellos, como lo es la impronta de la “alienación interaccional” y la mirada sobre la fragilidad inherente a las situaciones sociales de la vida cotidiana.

La vergüenza como consecuencia del orden interaccional

en Estados Unidos, el único hombre que no tiene que avergonzarse de nada es un joven casado, padre de familia, blanco, urbano, norteño, heterosexual, protestante, que recibió educación superior, tiene un buen empleo, aspecto, peso y altura adecuados y un reciente triunfo en los deportes. Todo norteamericano tiende a mirar al mundo desde esta perspectiva, y esto constituye uno de los sentidos en que puede hablarse de un sistema de valores comunes en Estados Unidos. Todo hombre que no consiga llenar cualquiera de estos requisitos se considerará probablemente -por lo menos en algunos momentos- indigno, incompleto e inferior; algunas veces se encubrirá y otras, tal vez, llegará a ser apologético y agresivo con relación a aspectos conocidos de sí mismo que sabe indeseables para los demás.

Goffman (2008/1963, p. 161)

En la obra de Goffman la vergüenza es el extremo de un continuo que va del rubor y la incomodidad a la vergüenza y la humillación, y en estas páginas será interpretado siguiendo a Scheff (2014), como una única emoción que, por simplificar, denominaré vergüenza, y que puede ser experimentada más o menos violentamente y durante más o menos tiempo. Se trata de una emoción omnipresente en las interacciones sociales, debido a la sacralidad del yo y al componente moral del orden interaccional (Colomy y Brown, 1996, p. 374). Según subraya Rawls (1987, p. 140), “el individuo nunca está seguro en un encuentro”. O como lo expresó Schudson (1984, p. 364): “los hombres y las mujeres goffmanianos son conducidos por la necesidad de evitar el rubor”. Scheff (2014, p. 111) afirma que para Goffman “TODA interacción corre el riesgo de generar rubor/humillación”.

Popularmente, según Goffman (2008/1956b, pp. 97 y 101-102), se considera que lo normal es que los individuos estén a gusto en una interacción, de modo que sentir vergüenza se entiende como una desviación respecto al estado normal. Mostrar vergüenza se considera una prueba de debilidad, inferioridad, bajo estatus, culpa moral, derrota y otros atributos indeseables. Estas interpretaciones forman parte de lo que Goffman (1987/1976, p. 7) llama “ciencia popular” y, en concreto, de “la doctrina de la expresión natural”, según la cual ciertas manifestaciones emocionales reflejan determinados estados anímicos. Las expresiones que se activarán -entre ellas la seleccionada como significativa por la audiencia- y cuándo deben hacerlo lo aprenden los individuos en la socialización y, por tanto, se preparan para tener un carácter y expresarlo, por lo que, según Goffman (1987/1976, p. 7), “estamos socializados para confirmar nuestras propias hipótesis sobre nuestras naturalezas”.

Muy al contrario, para nuestro autor, la vergüenza es en realidad un componente más de la vida social, y el individuo que la experimenta no es por falta de adaptación, sino todo lo contrario, porque está adaptado y socializado; cualquiera en su situación sentiría lo mismo. El problema fundamental es que la vergüenza, como otros estados emocionales (ira, angustia, aburrimiento o impaciencia), altera el tono emocional compartido, el ethos de la situación, y genera una desincronización entre el individuo que estalla y la “melodía sostenida en la interacción” (Goffman, 1961, p. 55), lo que supone que quede fuera de juego, y que el foco cognitivo y visual compartido se venga abajo una vez que se incremente la tensión.

El análisis de la vergüenza en Goffman es transversal y está presente en buena parte de sus estudios, como habrá advertido el lector, pues hemos ido puntuando en diversos momentos la posibilidad y algunas de las causas por las que, según Goffman, emerge dicha emoción. Como escribió Schudson (1984, p. 637): “La posibilidad del rubor proporciona el principal y continuo drama de la vida social”. Su breve artículo “Embarrassment and social organization”, publicado en 1956, introduce algunos matices importantes y, de alguna manera, sirve para organizar las distintas dimensiones de los análisis de Goffman sobre el tema. Una lectura apresurada de la vergüenza en Goffman explica que dicha emoción emerge cuando nos vemos como nos verían otros en una situación de descrédito. No obstante, se trata de una interpretación demasiado limitada a ese único texto que se usa, en ocasiones, muy superficialmente. Veamos, en cambio, la riqueza y complejidad del análisis o, mejor dicho, de los análisis de Goffman sobre esta cuestión.

La vergüenza para nuestro autor es una emoción -que se expresa mediante reacciones físicas- cuyo origen está en la lógica de las interacciones y que expresa el orden social. No es, por lo tanto, la ruptura irracional del orden social, sino la expresión de dicho orden (Goffman, 2008/1956b, p. 111). Por desgracia, Goffman no llegó a sistematizar su tratamiento de la vergüenza, por lo que hay que reconstruir su esfuerzo analítico.

Si se observa el conjunto de su obra y se efectúa un esfuerzo comprensivo que él no llegó a hacer, se encontrarán al menos 22 fuentes fundamentales de la vergüenza en la obra de Goffman que se pueden agrupar en cinco tipos de situaciones que la causan:

1) Problemas de implicación

1.1. La falta de adecuación respecto a la implicación requerida por una situación social y sus encuentros genera vergüenza en los individuos cuando son descubiertos o cuando descubren a otros que actúan con esta falta de implicación.1 1.2. La vergüenza aparece como resultado de la imposibilidad de escenificar la impresión que uno desea causar. Esto, en el análisis de Goffman, tiene múltiples causas: el actor da un paso en falso; el actor no puede generar determinada impresión porque en la situación circula información destructiva que hace imposible tal imagen; el actor posee un estigma -“la presentación de la persona desacreditada en la vida cotidiana”, a decir de Freidson (1983, p. 634) -, es un individuo desacreditado a priori y la lógica de la interacción deja claro que la tensión con la que entra desaparecerá, ya que será desacreditado efectivamente; el actor posee un estigma y es desacreditable, de modo que, como se vio, tiene que esforzarse por controlar la información, pues en una situación concreta, si se hace pública, el individuo sentirá vergüenza. 1.3. Si un individuo comete una ofensa en una conversación debido a un fallo de “implicación errónea” (porque es demasiado consciente de sí mismo, porque está distraído a causa de preocupaciones externas, porque es demasiado consciente de la interacción, o porque es demasiado consciente respecto a lo que otros hacen), puede que, si se culpa a sí mismo por la violación del orden interaccional, sienta vergüenza.2

2) Amenazas al self

1.1 Puede también aparecer como resultado de una falta de deferencia hacia el individuo o como consecuencia de una amenaza al self realizada por otro u otros (es posible que se dé porque el individuo ha experimentado un cambio de estatus y hay otro/s individuo/s que no aceptan el cambio -por ejemplo, un matrimonio o una promoción laboral-; pedir dinero, trabajo o pedir la mano son ocasiones en las que los otros tienen buenas razones para amenazar el self del que solicita).3 2.2. Cuando se amenaza al self de otro o se incurre en una falta de deferencia, es posible que los individuos que cometen la ofensa se sientan también avergonzados.4 2.3. Cuando sucede una amenaza al self de un individuo o una ofensa, siente vergüenza; el individuo que causa la ofensa también puede sentirla, y los testigos, los asistentes a la misma situación, también pueden sentirse incómodos y, finalmente, avergonzados, porque, según Goffman, la vergüenza es altamente contagiosa.5 2.4. Puede emerger cuando la situación exige a los individuos que hagan presentaciones del self excesivas o falsas que, de ser descubiertas, generarán vergüenza (por ejemplo, en el clásico conflicto de rol).6 2.5. Cuando se amenaza al self del otro y este pierde el aplomo implícito al que se había comprometido como buen interactuante, es posible que se sienta avergonzado por sentirse avergonzado.7 2.6. Puede emerger cuando los otros individuos consideran que el actor debe sentir vergüenza, pero no la siente o no la manifiesta y, a partir de ahí, siente vergüenza por no haberla sentido, apropiadamente y cuando correspondía.8

2.7. Cuando los individuos son desposeídos de su self en las “instituciones totales” y se ven sometidos a humillaciones9 (Davies, 1989, p. 92).

3) Problemas de imagen

3.1. Puede emerger cuando se está fuera de imagen. 3.2. O cuando se está en una imagen errónea.

3.3. Cuando un individuo es demasiado perceptivo, demasiado considerado o demasiado orgulloso, se convierte en una persona de piel muy fina.

3.4. Cuando un individuo es muy poco perceptivo, poco considerado o poco orgulloso, se convierte en alguien de poco fiar, capaz de causar incidentes que provoquen vergüenza en los demás. 3.5. Cuando alguien abandona un encuentro y su salida ha sido ritualmente celebrada, si tiene que volver por algo que ha olvidado, es posible que sienta vergüenza, especialmente si el tono emocional o el ethos ha cambiado.10 3.6. Cuando hay un desajuste entre el reconocimiento social y el reconocimiento cognoscitivo; por ejemplo, cuando se da un contacto entre dos individuos y uno no recuerda al otro (su cara, su nombre, etc.), y el otro considera que aquel tendría que haberlo reconocido, puede producirse vergüenza.11 3.7. Cuando alguien -debido a que ha cometido alguna ofensa situacional- es caracterizado como enfermo mental, surge la vergüenza y la humillación.12 De hecho, como señalaron Gardner, & Gronfein (2005, p. 176), la gestión de la vergüenza es una cuestión primordial para los individuos “institucionalizados”, que ven cómo la vergüenza “puede ser una constante y perdurable característica de sus vidas sociales”.

4) Juegos de expresión

4.1. En los “juegos de expresión”, cuando un individuo trata de ocultar algo y, por lo tanto, actúa contra las normas sociales (que exigen sinceridad), es posible que el conocimiento de que se está violando una norma social se manifieste en expresiones emocionales incontrolables de vergüenza, culpa o rubor, bien sea porque se ha violado una norma que se había interiorizado, bien porque existe en el individuo una auténtica preocupación respecto a la opinión que tienen los testigos sobre él, y cuando la buena opinión se ve amenazada, se generan sentimientos de vergüenza porque se temen las sanciones legales ocasionadas por violar tal norma.13 Como escribió Gonnet (2020, p. 6): “Goffman busca mostrar lo dificultoso, laborioso y arriesgado que resulta para un individuo cualquier intento por tergiversar su posición”. 4.2. En un “juego de expresión” con tres actores, uno de ellos (A) puede revelar a otro (B) información que desacreditaría la línea de actuación que sostiene con un tercero (C); si esta información es revelada -si B se lo comunica a C-, la línea de actuación de A quedaría dañada, por lo que B obtendrá poder sobre A, lo que se puede traducir en la posibilidad de avergonzar a A.14

5) Errores y ecología de la situación

5.1. Cuando se comete un error en el habla (problemas de fluidez, resbalones, meteduras de pata o patinazos), el actor puede sentirse avergonzado y tratar de rectificar.15 5.2. Cuando uno comete un error en la entrega de un discurso, cuando uno está inmerso en una conversación y comete una metedura de pata, un error al pronunciar una palabra o de la que se desconoce su significado, es posible que los otros individuos (si tienen una educación superior) adviertan el error, lo que puede causar rubor-vergüenza a los individuos que se equivocan, es el poder avergonzador del habla prestigiosa y culta que explora Bourdieu en “Le fetichisme de la langue”.16 5.3. La organización ecológica de la situación genera inevitablemente vergüenza, ya que a los individuos se les pide compartir espacios (un ascensor, una cafetería) con personas de otro estatus, lo que provoca una generalizada falta de confort, pero también un requerimiento difícilmente superable de estar y no estar presentes al mismo tiempo.17

Violaciones del orden ritual: incidentes, ofensas, enfrentamientos de carácter

Goffman, según quiero argumentar aquí, es el escritor que más se aproxima a convertirse en el Kafka de nuestra época.

M. Berman (1972)

Según Goffman, “el teórico de la copresencia” a decir de Giddens (2009, p. 291), las violaciones del orden ritual se deben a numerosas causas. La fragilidad de las interacciones sociales, de las situaciones sociales, es extrema. Cualquier situación incluye la amenaza de su desvanecimiento, de su destrucción o de su transformación en otra. Como subrayó Galindo (2015, p. 24), para Goffman “la interacción no es, pues, solo un ámbito de ceremonial, sino también un campo de batalla”. Podríamos señalar las siguientes posibles dinámicas que suponen una violación del orden ritual y que pueden finalizar con la destrucción de la interacción y la generación de un conflicto.

1) Incidentes que provocan disrupciones

Motivadas por la violación de la regla de la plausibilidad; motivadas por errores en la escenificación (ansiedad, poca implicación, distracciones, excesiva atención a sí mismo, a la interacción o a los otros); porque se escenifica en un lugar inadecuado (mobiliario) o con una fachada personal inadecuada; porque el estigma se hace visible cuando se trata de un individuo desacreditado, o se conoce que el individuo desacreditable es un individuo estigmatizado.

2) Ofensas situacionales

Para Goffman hay una continuidad respecto a la participación de los individuos en las situaciones. No se trata, por supuesto, de una continuidad lineal al estilo de la narrativa autobiográfica que un individuo puede elaborar para sí mismo, ni de la narrativa biográfica que otros individuos pueden elaborar para un individuo concreto, sino de una continuidad cuya clave reside en que diferentes situaciones llevan aparejadas las mismas exigencias y la misma lógica de interacción. De ahí que, para Goffman (1966/1963, p. 216), si un individuo se comporta de manera impropia en una situación, da mucha información sobre sus futuras experiencias en otras circunstancias. No hay, por tanto, una desconexión total, aunque, conviene subrayarlo, la conexión viene garantizada por la similitud de las exigencias en diferentes situaciones.

Al parecer, actuar con mala o buena fe es relevante en la manera en que será tratada la ofensa cometida. Si se estima que el ofensor actuaba con o sin intención, habrá diferentes significados y consecuencias para la misma acción. La cuestión reside en el grado de responsabilidad que corresponde a un individuo respecto a los actos indeseados que constituyen ofensas al sagrado orden de interacción o a los sagrados yoes. Como dice Goffman, uno puede faltar a una fiesta porque odia a la anfitriona (y, por tanto, actuar de modo voluntario), o porque un amigo o un familiar falleció (y actuar involuntariamente); en ambos casos la responsabilidad del individuo que no acude a la reunión y el significado del hecho son claramente diferentes.

Un tipo de ofensas situacionales concretas son los actos con malicia, fácilmente evitables y controlables por parte del ofensor, quien comprende su significado y no alteraría su acción si se le diera una segunda oportunidad. Estos actos, además, no tienen otro fin que transmitir un mensaje a uno o varios individuos y, para Goffman, representan la intencionalidad extrema. En el continuo de las ofensas situacionales ocuparían un lugar intermedio tanto el individuo que ofende porque está acostumbrado a otra estructura de implicación (entiende el significado de la ofensa, puede alterar sus acciones y controlarlas) como los individuos que se evaden de la situación (y que podrían dejar de hacerlo). A continuación, vendrían los demasiado ansiosos o nerviosos, o demasiado autoconscientes como para encajar suavemente en la situación (el individuo es consciente de que está cometiendo una ofensa y puede querer modificar su comportamiento, aunque no lo logre; y los otros pueden comprender esta situación como algo temporal y natural). Y todavía tendríamos a individuos que entran en una situación accidentalmente, en la que, por las razones que fueren, no encajan, y en la que no desearían estar, cometiendo por tanto una ofensa que preferirían no haber realizado de haber podido evitarlo. En el polo opuesto, los actos realizados por un individuo con algún daño cerebral representarían la falta de intencionalidad extrema (no comprende su significado, podría no ser capaz de evitar esas acciones ofensivas).

Para Goffman es importante criticar la actitud de los psiquiatras que, con frecuencia, adoptan actitudes “laicas” respecto al significado de las ofensas situacionales. Hay que recordar que la defensa de los pacientes psiquiátricos y su rabia contra la psiquiatría nace de la “defensa del self”, como señaló Freidson (1983, p. 633). De este modo, el psiquiatra analiza si el comportamiento impropio es excusable y justificable -y, por tanto, no entraría en el cajón de lo patológico-, o si bien es síntoma de una enfermedad mental. Las ofensas serán justificables si encajan en una de estas categorías: 1) accidentes (comportamiento inapropiado que el actor habría evitado si hubiera sabido que iba a actuar así); 2) alteraciones emocionales temporales (nerviosismo, cansancio, ebriedad); 3) preocupaciones comprensibles; 4) condiciones orgánicas y no mentales (sordera); y 5) condiciones circunstanciales (cuando uno no domina el lenguaje ritual de la situación).

Hay dos problemas fundamentales respecto a los juicios que hacen tanto los psiquiatras como el resto de los individuos desde esta actitud laica: en primer lugar, el juicio se emite, en ocasiones, sin conocer el lenguaje básico y las reglas de implicación que arrastra consigo la otra persona, que puede pertenecer a una categoría distinta a la de quien emite el juicio. Aquí la ignorancia de las lógicas situacionales, la diferencia y la distancia entre los dos mundos, puede llevar a estimar que el comportamiento de la paciente es claramente sintomático, aunque, en realidad, responde a una trayectoria social concreta (y, de hecho, el comportamiento del psiquiatra puede ser visto, también, desde el otro punto de vista, como sintomático de una enfermedad mental). El problema fundamental reside en que la “actitud laica” se centra en la ofensa del individuo y no tanto en el análisis de la situación en la que se enmarca y tiene lugar la ofensa. Esto tiene lugar como mecanismo defensivo que salvaguarda la sacralidad del orden de interacción que se ha violado: se desvía la atención de lo que se ha ofendido al ofensor y la ofensa.

3) Enfrentamientos de carácter

En ocasiones, los individuos llevan a cabo “acciones” orientadas hacia los otros de un modo particular. De ahí que Goffman califique los enfrentamientos como “acciones interpersonales”, subrayando su carácter consecuencial, problemático y voluntario. Se trata de una orientación agresiva que supone una violación de la deferencia debida al otro interactuante. De ahí que pueda llegarse a un enfrentamiento. Del mismo modo que hay individuos que tienen la capacidad de transformar cualquier circunstancia en una situación fatídica en la que se generan “acciones”, hay otros que pueden transformar una interacción en un enfrentamiento. Goffman alude al ejemplo de las pandillas, para las que toda la comunidad y todas las situaciones sociales se transforman en fatídicas, donde prima la acción agresiva, el enfrentamiento.

Estos duelos o combates de carácter son “acciones” interpersonales, juegos morales, en los que dos o más individuos se enfrentan y deben demostrar la fortaleza de su carácter. En distintos ámbitos de la vida social, como los deportes, esta lógica está muy presente. No obstante, lo que le interesa a Goffman es analizar lo que sucede en la vida cotidiana en general y en diversas situaciones cuyo fin prediseñado no es necesariamente que suceda un enfrentamiento de carácter. En cualquier caso, y como se ha visto, la variabilidad de las situaciones es consustancial al orden de interacción y, por lo tanto, cualquiera puede convertirse en uno de tales enfrentamientos. Del mismo modo que los individuos pasan a diario por situaciones en las que se pueden sentir desde ligeramente molestos hasta humillados, todos podemos participar en estos enfrentamientos y anotar puntos a expensas de otros que los perderán en el proceso, ya sea algunos puntos de su carácter o completamente su imagen previa.

La lógica de la interacción lleva a los individuos a acudir a una situación con ciertas expectativas y les fuerza a monitorear la interacción con el fin de que se le haga justicia. Cuando surge un enfrentamiento de carácter, cada individuo se esforzará en probar que posee el carácter fuerte que se le exige, sin importarle, durante tal proceso, lo que le suceda a los otros interactuantes y sus respectivos caracteres.

Veamos la secuencia típica de uno de estos enfrentamientos de carácter: 1) provocación: un individuo ofende a otro violando el sagrado orden de la interacción, así como la sacralidad de la otra persona; 2) el individuo ofendido se ve obligado a mantener el derecho sagrado de su inviolabilidad; 3) si la infracción es menor, se exigirá una disculpa al ofensor, y de ser aceptada, quedará restablecido el honor de ambos y la sacralidad del orden de interacción; 4) si la infracción es menor, es posible que el ofendido desafíe al ofensor con el fin de que se disculpe y la interacción continúe; 5) aunque la infracción sea profunda y grave, estos dos mecanismos lograrían la reparación precisa; 6) también puede suceder que el ofendido califique al ofensor como alguien que realmente no debe ser tomado en serio y, por lo tanto, no es precisa ni la disculpa ni la reparación. Lo que se ve en esta secuencia es un mecanismo de control social, un juego de control mediante aquel que se ha excedido al traspasar los límites sagrados del otro yo, es obligado a rectificar o queda invalidado como interlocutor, con lo que la situación puede proseguir sin mayor dificultad.

Cuando los enfrentamientos de carácter no se reparan a tiempo, escalando en intensidad y el ofensor se rehúsa a disculparse o la ofensa es demasiado grave, entonces se convierten en combates morales (Goffman, 2008/1967, p. 244). Son similares a los “incidentes”, en tanto causan una disrupción del orden de interacción, pero se diferencian en que aquí es un juego de dos o más individuos, y en los incidentes se trataba básicamente de una cuestión individual.

Estos enfrentamientos no tienen por qué seguir una lógica de juego de suma cero. Puede ser que uno de los contendientes pierda absolutamente, como cuando se demuestra que no está preparado para el enfrentamiento, o cuando escapa y sale corriendo, o cuando se desmorona como oponente y pide clemencia, destruyendo así su estatus en tanto persona de carácter. Pero también puede suceder que los dos individuos enfrentados salgan victoriosos con su carácter reforzado. Y todavía es posible que las dos partes pierdan. O que el que gane el duelo, pierda, sin embargo, debido a sus técnicas deshonestas, por lo que el perdedor objetivo del duelo gana en cuanto a su carácter, que sale reforzado. A Goffman no se le escapa, además, que los resultados de un enfrentamiento son siempre interpretables y que, en función de quién haga la interpretación, se pueden juzgar de manera diversa. Puede ser que el individuo que ha resultado perdedor para algunos, haya salido victorioso en la interpretación de otros, y así sucesivamente.

Según Goffman, los que evitan las situaciones fatídicas -donde reside la “acción”- tenderán también a eludir los enfrentamientos de carácter. No obstante, esta evitación puede no ser respetada por un ofensor que tenga la capacidad de forzarlo a entrar en el enfrentamiento. De ahí puede resultar una escenificación pública de la debilidad de carácter de un individuo -que rehusaba el enfrentamiento- junto con una de la fortaleza de carácter del agresor.

Veamos la secuencia típica de estas escaladas que desembocan en serios enfrentamientos de carácter: 1) el agresor puede cometer una ofensa que no sea posible obviar por parte del otro; 2) el agresor puede responder desproporcionadamente a una ofensa leve -microscópica-; 3) si la víctima no responde, el agresor puede proseguir las provocaciones hasta encontrar el límite que hará que la víctima responda o con el fin de demostrar la debilidad esencial de la víctima que parece no tener límite en su capacidad para encajar estas provocaciones y violaciones de la sacralidad de su yo.

Esta lógica de la posible transgresión del sagrado orden interaccional y de la sacralidad del yo por parte de un agresor, muestra que para Goffman la lógica situacional del orden funciona al mismo tiempo que la lógica de la posible transformación de las situaciones. En concreto, aquí una interacción normal entre individuos se puede convertir en un enfrentamiento de carácter que vuelva la situación fatídica y obligue a la víctima, tanto como al agresor, a desplegar “acciones” interpersonales. El orden, por tanto, cuando se da demasiado por supuesto, hace vulnerables a las personas, que no asumen la posibilidad siempre presente de la inmediata transformación de las situaciones (Goffman, 2008/1967, p. 250). La confianza en el orden hace a estos individuos vulnerables ante el desorden, la violación del orden de interacción y la violación de la sacralidad del yo.

Para Goffman, la posibilidad de la destrucción siempre está presente. Los individuos tienen la capacidad física de destruir objetos, a otras personas, o a sí mismos, así como de profanarse a sí mismos, insultar y contaminar a otros, impedirles el paso, etcétera.

Para concluir

Goffman proyecta su propia ansiedad de actor en tránsito.

Winkin18

Me he centrado en las situaciones problemáticas en las que los individuos se ven sometidos a tensiones: bien sea que se produzca la alienación interaccional, vergüenza o enfrentamientos de carácter. En todas, los individuos tienen que navegar las dinámicas de lo social en circunstancias adversas. Sin embargo, pese a que pudiera parecer lo contrario, para Goffman estos incidentes son más la norma que la excepción. Lo insólito es que las situaciones sociales transcurran suavemente y se genere ese sentimiento de euforia que refuerza tanto a los individuos como el orden social y afianza el sentido de realidad. La norma son los individuos que se afanan en lograr ese resultado, para encontrar, con mucha frecuencia, dificultades serias que les exigen un constante trabajo de presentación de sí mismos, de correcciones puntuales, etc. Como escribió Freidson (1983, p. 631), los individuos goffmanianos son creados y oprimidos por el mundo social.

Los individuos goffmanianos en interacción son esforzados trabajadores y presentadores de sí mismos que se ven sometidos, constantemente, a diferentes tipos de tensiones que tienen que resolver de la mejor manera, tal como hemos visto. Sin embargo, Goffman calla ante la violencia. Lo lógico, como hemos visto, es que, después de analizar la alineación interaccional, la vergüenza y los enfrentamientos de carácter, hubiera hecho un análisis de la violencia en las situaciones sociales microsociológicas. Pero no es así. Las razones por las que Goffman elude el tema de la violencia es un asunto que se nos escapa. Su ausencia, con todo, es notable.

Confío haber contribuido a esclarecer las dinámicas interaccionales desde el punto de vista de Goffman. Así presentadas quedan dotadas de una mayor complejidad. En muchas ocasiones se despacha el trabajo de Goffman de un modo muy superficial. Aportar elementos para una lectura más compleja y más completa es el principal objetivo de este artículo.

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Recibido: 18 de Diciembre de 2023; Aprobado: 25 de Abril de 2024; Publicado: 01 de Agosto de 2024

Acerca del autor

Alberto J. Ribes (Madrid, 1976) es profesor contratado, doctor en el Departamento de Sociología: Metodología y Teoría de la Universidad Complutense de Madrid (España). Doctor en Sociología por la Universidad Complutense de Madrid (2005). Escribe e investiga sobre teoría social, violencias y genocidios. Publicaciones más recientes:

1. Ribes, A. J. (2024). “Deseo, aceptación y voluntad de exterminio: sobre los fundamentos últimos de la violencia exterminista”. Revista Colombiana de Ciencias Sociales, 15(1), pp. 218-243.

2. Ribes, A. J. (2023). Luz, terror y esperanza. La idea de progreso, 1800-1968. Madrid: Los Libros de la Catarata.

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