Introducción
Las consecuencias de la crisis generada por la pandemia de covid-19 en materia de bienestar y desigualdad, así como los limitados alcances de la recuperación posterior en un entorno mundial muy inestable, se encuentran en el centro de los estudios sociales globales (World Inequality Lab, 2022). El contexto argentino emerge como un escenario de particular interés que brinda valiosas lecciones que enriquecen el análisis de estos procesos: su economía se destaca por haber estado atravesada por tensiones macroeconómicas significativas, tanto antes como después de la pandemia, al mismo tiempo que por haber registrado una rápida recuperación posterior (BID, 2022; CEPAL 2023; FMI, 2023).1
El bienestar de la población está estrechamente vinculado a la manera en que los hogares participan en distintos circuitos económicos y a la distribución del ingreso, la cual abarca tanto la asignación primaria, que surge de las interacciones en los mercados (predominantemente los laborales y sus instituciones de regulación), como la asignación secundaria, gestionada por instituciones estatales y decisiones de los gobiernos en materia de políticas sociales. Sin embargo, el balance que se obtiene de este análisis queda incompleto si sólo se consideran los ingresos percibidos por los hogares a través de sus perceptores económicos: el bienestar de sus miembros también depende de su función de consumo, ahorro e inversión, derivados del tamaño, la composición, estrategias de reproducción y expectativas de movilidad social. Al respecto, cabe tener en cuenta que también estos procesos están afectados por desigualdades económicas, sociales y culturales que atraviesan la estratificación social.
Este artículo estudia los cambios ocurridos en el bienestar de los hogares urbanos argentinos en tres momentos relevantes del proceso político-económico reciente: la irrupción de la pandemia por covid-19 (2019-2020), la fase inicial de salida de la crisis sanitaria (2020-2021) y, por último, el “regreso a la normalidad” (2021-2022).2 El objetivo principal es establecer los factores que determinaron la magnitud y sentido de la variación en el bienestar, medido a través de los ingresos per cápita y, en ese marco, explorar sus desiguales efectos en la estructura social. El texto se plantea tres preguntas: ¿cuál fue el impacto de la crisis por covid-19, así como del periodo de “regreso a la normalidad”, sobre el bienestar económico de los hogares? ¿Qué particular papel desempeñaron los factores y procesos sociales mencionados en las variaciones experimentadas en el bienestar durante y después de la pandemia? ¿Cuán convergentes o divergentes fueron tanto el resultado como su descomposición, según la posición de los hogares en la estructura social?
El problema planteado no solo tiene relevancia académica, también es sustancial para el debate y el diseño de políticas. Ante la intervención de factores que alteren los procesos de crecimiento, demanda de empleo, comportamientos de los mercados y la respuesta en materia de política social de los gobiernos -como ocurrió con la crisis económica y sanitaria asociada a la pandemia por covid-19 (CAME, 2020; CEPXXI, 2020; Ceu-UIA, 2020; Ernst, & López-Mourelo, 2020), y con el crecimiento y la mayor demanda de empleo durante el “regreso a la normalidad” pospandemia (CIFRA, 2023)-, cabe esperar impactos diferenciados en relación con el bienestar a lo largo del tiempo y dentro de la estructura social, dependiendo de los procesos desplegados por los agentes en cuestión.
Con este fin se aplica un modelo de descomposición lineal con muestras longitudinales de hogares para cada fase del ciclo. Para la metodología utilizada, el ingreso per cápita real3 de los hogares es función de los ingresos promedio de distintas fuentes percibidos por los perceptores, del número de perceptores y del total de miembros que forman la unidad doméstica. El primero de estos factores es de carácter eminentemente económico: mide las percepciones medias obtenidas por una actividad asalariada o por disponer de algún capital, derecho o beneficio; mientras que el segundo y el tercero, son claramente sociales, ya que se relacionan con los condicionantes y estrategias que regulan la composición, organización y uso que hacen los hogares de su fuerza de trabajo, así como de sus arreglos reproductivos o migratorios (Cortés, 1995, 2000; Salvia, 2009, 2012). Así, si bien es posible asumir que el ingreso corriente es un factor clave en la función de utilidad de los hogares -ya que actúa como una métrica que permite valorar y utilizar recursos que satisfacen necesidades valiosas-, no escapa al debate teórico que los ingresos a los que pueden acceder los hogares dependen del sistema de producción, las relaciones de mercado y los sistemas distributivos, incluidas las políticas sociales de los gobiernos. De esta manera, una parte del bienestar de los hogares medido por los ingresos puede estar asociado al empleo intensivo de recursos humanos disponibles, o a decisiones en cuanto a un cambio en la composición del grupo doméstico con el fin de mejorar el balance reproductivo del hogar (Cortés y Rubalcava, 1991; Cuéllar, 1990; Salvia, 2012).
Así pues, el ingreso per cápita de los hogares -como medida promedio del bienestar familiar- se altera tanto por factores exógenos como endógenos a las unidades domésticas. El modelo de descomposición propuesto permite examinar en qué medida estas variaciones se explican por los cambios en la cantidad de perceptores y el nivel de ingresos derivados de: i) el comportamiento de la demanda de empleo y las regulaciones laborales que operan en los mercados de trabajo, ii) las decisiones de gobierno en materia de transferencia de ingresos a segmentos excluidos de la seguridad social a través de programas de asistencia social, y iii) otros mecanismos de transferencia de ingresos tomados de manera indiferenciada: por una parte, el régimen vigente en materia de prestaciones a la seguridad social y, por otra, las rentas o beneficios obtenidos en los mercados financieros e inmobiliarios.
La información surge de los microdatos de la Encuesta de la Deuda Social Argentina (EDSA), un registro anual realizado por el Observatorio de la Deuda Social de la Universidad Católica Argentina. La EDSA se basa en un muestreo probabilístico polietápico que cubre aglomerados urbanos de 80 000 habitantes y más, que representan a alrededor de 53% de la población total del país. El tamaño de la muestra es de 5 750 hogares por año y la encuesta se realiza a través de entrevistas personales. Debido a que una parte de los hogares son visitados al año siguiente, se elaboraron paneles anuales de hogares entrevistados en dos tiempos, y corresponden a los bienios 2019-2020, 20202021 y 2021-2022, en correlación con las distintas fases atravesadas durante y con posterioridad a la crisis sanitaria. Los momentos considerados fueron: i) la crisis provocada por el ASPO (2019-2020); ii) la recuperación bajo el DISPO (2020-2021); y iii) el “regreso a la normalidad” o etapa pospandemia (2021-2022).
Si bien la estrategia metodológica no permite establecer causalidad, los resultados en el caso argentino sugieren una relación significativa entre los procesos sociales mencionados y sus efectos en el bienestar, dependiendo de la posición de clase en la estructura social en las diferentes etapas del periodo estudiado. Con el fin de no perder información sobre ingresos y de reducir los sesgos de no declaración que se registran en las encuestas de hogares, se sigue un procedimiento de estimación estadística de ingresos no declarados por fuentes de ingresos (ODSA, 2018).
En el siguiente apartado se hace referencia a los debates teóricos en torno a la forma en que incide el sistema de producción -a través de los agentes de mercado, el gobierno y los propios hogares- en los niveles de bienestar económico de las unidades domésticas, en un contexto de desigualdad estructural caracterizada por diferentes oportunidades y capacidades de agencia en la estructura social. El tercer apartado remite a la fuente de información y la estrategia metodológica adoptada. Luego, en el cuarto segmento, se presentan los resultados empíricos. Por último, en el quinto, se exponen las reflexiones finales.
Debates teóricos: mercados, políticas y estrategias de los hogares
La dinámica de los mercados y las políticas implementadas por los gobiernos ejercen influencia en el bienestar de las personas y en los niveles de desigualdad en la estructura social. Esto ocurre por el modo en que los hogares se conectan con actividades económicas específicas y las relaciones sociales de producción e instituciones sociales.4 No obstante, el papel activo de los hogares en su búsqueda por mejorar sus ingresos y, por ende, de maximizar su bienestar económico, se encuentra moldeado por diversos factores condicionantes.
Desde la teoría económica utilitarista se considera que los hogares toman decisiones racionales en función de maximizar su bienestar basados en sus preferencias y restricciones presupuestarias. El ingreso disponible es un factor clave en esta función de utilidad, ya que influye directamente en las elecciones de consumo y ahorro de los individuos (Marshall, 1890). En la mayor parte de sus aplicaciones, este enfoque emplea el ingreso monetario o los gastos de consumo como variables proxy de las preferencias. No obstante, es posible que los hogares no logren una maximización del bienestar por motivos y condicionamientos que afectan la facultad de tomar decisiones óptimas para su máximo beneficio; por ejemplo, debido a falta de información, restricciones financieras, sesgos cognitivos o factores valorativos, entre otros (Thaler, & Sunstein, 2008). Por otra parte, según nuevos enfoques neoclásicos, los hogares actúan de manera racional no solo para maximizar el consumo, sino también la inversión y la oferta de trabajo (Becker, 1965).5 Ahora bien, en cualquier caso, tales decisiones son por lo general tomadas en condiciones económicas cambiantes, con opciones limitadas y en un marco de incertidumbre (Barro, 1997).
Desde enfoques críticos respecto a la perspectiva utilitarista, se argumenta que la satisfacción de necesidades de los hogares se encuentra subordinada a condiciones económicas exógenas y a la forma en que los agentes de mercado, el Estado y los propios hogares generan, disputan y se distribuyen los excedentes de producción. Al respecto, Piketty (2019), destaca las limitaciones estructurales de los hogares para maximizar su bienestar en un contexto de nuevas y crecientes desigualdades en las relaciones capital-trabajo y en el mundo laboral, y que las instituciones económicas y las políticas fiscales creadas para compensar o corregir una inequitativa distribución del ingreso son cada vez más ineficaces. Otras críticas al esquema utilitarista clásico se centran en la desigualdad económica y en cómo esto puede distorsionar la relación entre ingreso y bienestar. La función de utilidad de los hogares estaría afectada tanto por relaciones de mercado como por decisiones políticas y condicionamientos más estructurales.6
En clara oposición a la teoría utilitarista convencional, a principios del siglo XX Chayanov (1985 [1925) introdujo un esquema teórico orientado a explicar el funcionamiento de las unidades económicas familiares que no tienen como motivación obtener ganancias sino la satisfacción de necesidades de reproducción social. Este antecedente influyó en una línea de preocupaciones de las ciencias sociales latinoamericanas interesada en las condiciones de vida y reproducción social de los hogares (Borsotti, 1981; Duque, & Pastrana, 1973; García, Muñoz, & Oliveira, 1982; Torrado, 1982). En esta tradición, se asoció el bienestar a la satisfacción de necesidades de los hogares y de sus integrantes (Oliveira, & Salles, 2000).
En sociedades de mercado, la disponibilidad de recursos económicos es crucial en términos de acceso al bienestar, en tanto posibilita satisfacer necesidades que se encuentran mercantilizadas. Por consiguiente, las capacidades de reproducción económica pueden estudiarse a partir de los ingresos de que disponen los hogares para sufragar los satisfactores que requieren según su composición y ciclo vital. Un aporte significativo de esta línea de estudios fue considerar la capacidad de los integrantes de las unidades domésticas para optimizar sus condiciones de vida (García, Muñoz, & Oliveira, 1982; Oliveira, & Salles, 2000; Torrado, 1982).
En este sentido, cabe rescatar la idea de “balance reproductivo” entre las necesidades y los satisfactores, que apunta al grado en que los recursos disponibles garantizan la reproducción de los integrantes del hogar (Cuéllar, 1990; Salvia, 2012). Este balance puede ser positivo o negativo; en el último caso, implica una reproducción deficiente de los miembros del grupo doméstico en tanto los recursos no bastan para cubrir las necesidades requeridas por la unidad. Un balance reproductivo deficiente conduce a mayor actividad económica de los integrantes del hogar, a una diversificación de fuentes de ingreso, a estrategias de allegamiento residencial, economías de escala o emigración (Cortés y Rubalcava, 1991).
Una aportación central de los estudios sociológicos de América Latina sobre la reproducción y el bienestar fue vincular estos procesos con la heterogeneidad social típica de la región. Desde esta perspectiva, los hogares ubicados en distintas posiciones de la estructura social tienen acceso a diversas fuentes de ingreso, niveles de remuneración, e incluso a sistemas de protección social (Torrado, 1982; García, Muñoz, & Oliveira, 1985; Cortés, & Rubalcava, 1991; Oliveira, & Salles, 2000). Al mismo tiempo, los hogares de distintas clases socioocupacionales tienen pautas de consumo, una canasta de satisfactores y formas de cubrir sus necesidades que los distinguen de los otros grupos sociales (Borsotti, 1981). Por último, los hogares de distintas clases despliegan también diferentes estrategias y prácticas tendientes a optimizar sus condiciones materiales (Torrado, 1982), no solo a través de estrategias económicas y laborales, sino también por vía de decisiones sociodemográficas (Arriagada, 2017; Donza, 2015; Salvia, 2012; Poy, 2021).
En este marco, las fuentes y los niveles de ingresos a los que acceden los hogares por medio de esas estrategias condicionan su capacidad de resolver demandas y satisfacer necesidades, así como de mejorar sus oportunidades de movilidad social. En este marco, los ingresos derivados del trabajo, definidos en sentido amplio, sean en relación de dependencia, derivados de labores familiares o por cuenta propia, ganancias o remuneraciones como empleador o empresario, son, en general, la principal fuente de bienestar de los hogares. A esto hay que sumar las prestaciones que surgen de regímenes de seguridad o protección social. Es el caso de los sistemas de pensión, jubilación o seguro de desempleo obligatorio, en tanto que instituciones públicas o privadas, en el marco de ciertas normativas, transfieren ingresos derivados de aportes y contribuciones previos, o de otras fuentes, con el fin de atender situaciones de retiro laboral, desocupación, enfermedad o invalidez.
Por otra parte, en sociedades estructuralmente heterogéneas, donde una parte importante de la población no logra acceder o se autoexcluye de los regímenes de seguridad social -ya sea porque no cuentan con trabajo ni con vínculos con la economía formal-, los programas de asistencia social a través de transferencias directas o indirectas de ingresos, asignados en general siguiendo criterios de focalización socioeconómica, desempeñan un papel esencial en la reducción de los riesgos económicos que enfrentan estos sectores. El peso de estas transferencias en el presupuesto familiar de los hogares pobres tiende a ser importante, incluso creciente en contextos de crisis o emergencia económica.7 De manera adicional, los hogares pueden generar ingresos a partir de inversiones financieras, como intereses de cuentas bancarias, dividendos de acciones o bonos y ganancias de capital. En igual sentido, los hogares que poseen bienes inmuebles adicionales a los de uso personal pueden obtener rentas mediante su alquiler, lo cual se constituye en fuente significativa o complementaria de ingresos para determinados hogares.
Metodología y fuente de información
Un importante problema que enfrentan los estudios sobre el bienestar reside en encontrar una métrica que combine las distintas dimensiones que conforman la reproducción social. En términos operacionales, utilizar la métrica del ingreso como medida de bienestar constituye una ventaja instrumental frente a considerar la multidimensionalidad de las condiciones de vida vinculadas a la satisfacción de necesidades. Sin embargo, no cabe perder de vista que el ingreso solo es una medida aproximada y parcial de bienestar en tanto sea posible suponer una razonable maximización en el marco de las funciones de producción y consumo del hogar. Cuando esto no ocurre, tal principio introduce un sesgo importante en las estimaciones del bienestar efectivo.
Es de esperar que un incremento en el ingreso medio real per cápita de un hogar implique una mejora efectiva en el nivel de vida de sus componentes tomados de manera agregada. Este resultado se alcanza según el modo en que los mercados remuneren los esfuerzos laborales de los miembros del hogar o, de manera alternativa o simultánea, dependiendo de las formas en que el hogar capture transferencias públicas o privadas en el marco de instituciones que sirven como mecanismos de redistribución del ingreso. Sin embargo, una u otra conclusión es insuficiente si no se controla el esfuerzo económico desplegado por los miembros del hogar, ni eventuales cambios experimentados en su composición, como la reducción o aumento de consumidores o de perceptores de ingreso, o del tiempo dedicado a actividades de mercado o a la reproducción.
Asumiendo el ingreso per cápita familiar como una medida del bienestar de los hogares, este trabajo aborda un problema presente en la literatura, pero sobre el cual hay poca evidencia empírica: el modo en que el mercado, los gobiernos y los hogares inciden en el nivel de bienestar económico de los hogares, al reconocer la vigencia de una desigual distribución de necesidades, recursos y capacidades de agencia entre ellos, según su particular posición en la estructura socioeconómica. Se retoma una técnica de descomposición lineal del ingreso aplicada por Cortés (1995) en un estudio sobre México, y ampliada por Salvia (2012) y Poy (2021) para el tratamiento de diferentes fuentes de ingresos.8 En este artículo se adopta esa metodología para la descomposición del ingreso per cápita familiar (IPCF).9
Las fuentes de ingresos identificadas en esta investigación fueron: i) ingresos derivados de fuentes laborales, ii) ingresos por programas de protección social a cargo del gobierno y, por último, iii) otros ingresos no laborales (jubilaciones y pensiones contributivas, rentas financieras, alquileres, regalos, etc.). En el apéndice se informa de la metodología aplicada a este estudio, y siguiendo la ecuación (5) ahí presentada, el cambio en el IPCF de un grupo de hogares g entre dos momentos genéricos del tiempo t y t+1 se escribe del siguiente modo:
Los subíndices L, PPNC y ONL se refieren a fuentes laborales, programas sociales y pensiones no contributivas y otros ingresos no laborales, respectivamente. Los términos rL, rPPNC y rONL capturan el aporte del ingreso medio por perceptor de cada fuente al cambio en el ingreso per cápita familiar. En el caso de los ingresos laborales, este término recoge el modo en que los mercados retribuyen a los perceptores ocupados. En el caso de los ingresos por programas, la expresión se refiere a las retribuciones por percepciones estatales. Los términos pL, pPPNC y pONL se refieren al papel del número de perceptores de cada fuente en el cambio del ingreso per cápita familiar. Un cambio en el número de perceptores laborales remite al mayor (menor) esfuerzo reproductivo que pueden desplegar los hogares en determinado contexto, mientras que un cambio en el número de perceptores de programas captura el cambio en la cobertura de la acción estatal. Los términos eL, e se toman aquí conjuntamente para captar el papel del cambio en el tamaño de los hogares a la variación del ingreso per cápita. El resto de los términos constituyen interacciones entre los efectos considerados.
En el marco de esta propuesta de descomposición, un hogar en un contexto social determinado, comparado en dos momentos en el tiempo, un aumento (reducción) en la cantidad de perceptores o en el nivel real de ingresos por perceptor, sin que cambie el tamaño y la composición del hogar, habría de generar un aumento (reducción) del ingreso per cápita. De manera inversa, una reducción (aumento) en el tamaño y composición, sin que se altere el número de perceptores ni el nivel de ingreso real por perceptor, produciría un aumento (reducción) en el ingreso per cápita. Es decir, según el comportamiento de cada uno de los factores considerados, deja como resultado un determinado cambio en el nivel de ingresos del hogar. Obviamente, en este marco, también puede haber un saldo neto invariable o neutro en materia de bienestar. Es decir, en este trabajo se distinguen los siguientes factores explicativos para el análisis de los cambios en el IPCF: i) el ingreso medio per cápita del hogar según fuente de ingreso (efecto ingresos), ii) el promedio de perceptores (percepciones) por hogar según fuente de ingreso (efecto retribución), y iii) el tamaño promedio de los hogares (efecto composición).10
Esta ecuación se puede aplicar a diferentes clases, regiones o grupos sociales. En nuestro caso, el análisis será segmentado según el estrato socioeconómico del hogar. Al respecto, los hogares se clasificaron según la inserción económico-ocupacional del principal sostén económico en cuatro grupos: 1) medio profesional, 2) medio tradicional, 3) bajo integrado, y 4) bajo marginal.11 Por consiguiente, en la ecuación (1), el subíndice genérico g se refiere a cada uno de estos cuatro estratos económico-ocupacionales.
La información empírica contenida en este trabajo proviene de la Encuesta de la Deuda Social Argentina (EDSA), a cargo del Observatorio de la Deuda Social Argentina de la Universidad Católica Argentina. Este sondeo tiene una periodicidad anual, con representación urbana nacional, de localidades con más de 80 000 habitantes y de las principales áreas metropolitanas del país; su tamaño muestral es de 5 750 hogares.12 Como el diseño de la EDSAcuenta con un panel de hogares con seguimiento interanual, se consideraron los últimos cuatro levantamientos de la encuesta (2019-2022) y se elaboraron tres bases de datos longitudinales bianuales: 2019-2020 (2 018 casos), 2020-2021 (1 852 casos) y 2021-2022 (1 988 casos).
Los estudios de panel requieren el seguimiento y la recolección de información de una muestra representativa de hogares en diferentes momentos a lo largo del tiempo, lo que permite analizar cambios y comportamientos individuales y familiares. Al observar el modo en que ciertos factores cambian en relación con otros en el mismo grupo de individuos en al menos dos momentos, es posible inferir relaciones de causalidad con mayor confianza que en estudios transversales. De esta manera, usar datos de panel ayuda a controlar el sesgo temporal al eliminar la variabilidad debida a diferencias en la composición de la muestra de un periodo a otro (Hsiao, 2022; Halaby, 2004; Finkel, 1995).
Por otra parte, son conocidas las limitaciones de las encuestas en hogares para registrar con fidelidad los ingresos de los segmentos sociales más ricos o, incluso, en hogares muy pobres que no cuentan con ingresos regulares; este problema tiende a variar según las condiciones económicas (Salvia, & Donza, 1999; Gasparini, & Sosa Escudero, 2004.13 La utilización de bases panel, así como la estimación estadística de ingresos no declarados por fuente, tiende a minimizar este sesgo en la información.14 Asimismo, con el objetivo de estimar correctamente los cambios en la evolución del bienestar económico, los ingresos familiares fueron transformados en valores constantes -a pesos del tercer trimestre de 2022- según el índice de precios al consumidor del Instituto Nacional de Estadística y Censos de la República Argentina (INDEC, 2022c).
Análisis de resultados
Los resultados que se presentan a continuación involucran tres momentos diferenciados. La primera etapa corresponde a la vigencia del aislamiento social (ASPO) implementado a partir de la pandemia durante 2020. El efecto macroeconómico más sustantivo fue la reducción del producto bruto interno (PBI) en 9.9% en 2020, que se concentró en el segundo y el tercer trimestre del año (-19 y -10.1%, respectivamente) (INDEC, 2021). En materia laboral, entre 2019 y 2020 se perdieron más de 2.5 millones de empleos, aunque la tasa de desempleo solo creció dos puntos porcentuales, lo que evidenció que muchos trabajadores pasaron directamente a la inactividad (Donza, 2021). A su vez, muchas personas sufrieron reducciones en sus horas de trabajo o en sus salarios.15 Las industrias del turismo, la hostelería, el entretenimiento y el comercio minorista, entre otras, fueron las ramas más afectadas. En este marco, el gobierno argentino -al igual que numerosos gobiernos de la región- implementó distintas medidas de política social para morigerar los impactos de las restricciones a la movilidad. Se dispuso un bono especial para jubilados y pensionados y para beneficiarios de la Asignación Universal por Hijo (AUH) (el equivalente a una asignación) y un refuerzo especial de la Tarjeta Alimentar (de monto variable según la composición familiar). La medida de protección social más relevante implementada por el gobierno fue el Ingreso Familiar de Emergencia (IFE), que fue un pago de $10 000 (unos 150 dólares) dirigido a personas de 18 a 65 años, desocupadas u ocupadas en la economía informal. Se estima que, en total, cobraron el IFE unas nueve millones de personas.
Ya desde el cuarto trimestre de 2020, en plena vigencia del DISPO, la economía argentina se reactivó conforme se levantaron las medidas restrictivas. En 2021, el PBI creció 10.7% y recuperó lo perdido durante el ASPO. Los sectores que se expandieron con mayor intensidad fueron la construcción, el sector de comercio, hoteles y restaurantes y servicios sociales y personales (INDEC, 2022a). Sin embargo, el crecimiento coincidió con una importante aceleración de la tasa acumulada de inflación, que pasó de 36.1 a 50.9% entre 2020 y 2021. La reactivación económica impactó el mercado de trabajo, aunque con efectos muy desiguales. Por un lado, las tasas de actividad y empleo se recompusieron e incluso superaron los niveles previos a la pandemia (46.9 y 43.6% el cuarto trimestre de 2021), mientras que la de desocupación llegó a 7%, uno de los valores más bajos en una década (INDEC, 2022b).16 Por último, en un escenario de mayor actividad, algunas de las políticas de transferencia de ingresos que habían sido adoptadas durante 2020 -en particular, el mencionado IFE- se vieron interrumpidas.
En 2022 se consolidaron algunas pautas relativas a la heterogeneidad del crecimiento durante el “regreso a la normalidad” pospandemia. El crecimiento económico continuó, aunque a un ritmo más bajo: el PBI se expandió a 5% interanual, impulsado por las actividades mineras, manufactureras, el transporte y el comercio (INDEC, 2023). Pero este ritmo expansivo no solo fue más bajo, sino que se consolidó con un nuevo piso de inflación doméstica: en consonancia con la dinámica internacional, la variación interanual de precios trepó a 94%. El mayor nivel de actividad tuvo su correlato en el mercado de trabajo: la tasa de empleo registró niveles inéditos en la historia laboral argentina (44.6% en el cuarto trimestre de 2022) y la tasa de desocupación fue de 6.3%. Si bien el mercado de trabajo no perdió dinamismo, dio cuenta de un proceso de incorporación de fuerza de trabajo, y la generación de puestos siguió concentrándose en empleos de baja calidad (Ledda, & Salvia, 2023; Poy, & Salvia, 2023) y con una persistente regresividad distributiva (CIFRA, 2023). En un marco de mayores restricciones fiscales, el gobierno implementó un nuevo bono especial (el IFE 5), aunque de menor alcance que las versiones anteriores (alrededor de dos millones de destinatarios).
Descomposición de factores demográficos, económicos y sociales que inciden en el bienestar económico
En el gráfico 1 se observa que durante el periodo de ASPO (2019-2020) la caída del ingreso per cápita (que fue de -19.2%) se explicó sobre todo por la pérdida de perceptores laborales (pL) y de ingresos percibidos en el mercado de trabajo (rL) (-13.3 y -9.4%, respectivamente). El mercado laboral fue, entonces, el principal canal a través del cual la crisis se expresó en el bienestar. De acuerdo con los argumentos teóricos presentados, el carácter singular de esta crisis consistió en la imposibilidad de que, ante una pérdida de bienestar, los hogares respondieran “activando” su fuerza laboral. Asimismo, la caída en el ingreso por perceptor de otras fuentes no laborales (rONL) contribuyó también a explicar el deterioro de los ingresos de los hogares (-5.8%).

Fuente: EDSA. Agenda para la Equidad (2017-2025), Observatorio de la Deuda Social Argentina, UCA.
Gráfico 1. Variación del ingreso per cápita familiar de hogares y fuentes/factores subyacentes, 2019-2020 (porcentaje de variación en el periodo de referencia)
El crecimiento en la cantidad de perceptores por programas sociales y pensiones no contributivas (pPPNC), así como el aumento del ingreso promedio de dicha fuente (rPPNC) operaron en sentido inverso (2.7 y 1.7%, respectivamente), compensando parte de la pérdida de poder adquisitivo de los hogares. Esto daría cuenta de que los ingresos provenientes de programas de protección social contribuyeron, aunque no de manera acabada ni suficiente, a mantener niveles básicos de subsistencia económica. Se expresan aquí los instrumentos previamente referidos, como el programa IFE y los refuerzos económicos a las prestaciones sociales. Asimismo, el factor sociodemográfico (e) incidió al amortiguar la caída de ingresos per cápita debido a un descenso en la cantidad de miembros por hogar.17
Se podría suponer que los efectos de los cambios ocurridos en las condiciones socioeconómicas y las diferentes estrategias seguidas por los hogares en la estratificación socioeconómica presentaron un comportamiento diferencial. En primer lugar, se observó que los estratos registraron pérdidas de distinta intensidad en sus ingresos per cápita (∆ipcf), y los estratos más altos tuvieron los descensos de mayor intensidad. Ahora bien, también es relevante evaluar los factores explicativos de la caída de ingresos en cada uno de los estratos (véase gráfico 2).

Fuente: EDSA. Agenda para la Equidad (2017-2025), Observatorio de la Deuda Social Argentina, UCA.
Gráfico 2 Variación del ingreso per cápita familiar de hogares y fuentes/factores subyacentes por estrato socioeconómico, 2019-2020 (porcentaje de variación en el periodo de referencia)
En principio, la caída en los ingresos per cápita en todos los estratos se explica por descensos en los ingresos medios de ingresos laborales (rL). En los estratos intermedios -medios no profesionales y bajo integrado-, el descenso se explicó también por una caída en la cantidad de perceptores laborales (pL) (-16 y -12.1%, respectivamente). En el estrato bajo marginal, la disminución de ingresos de los hogares se debió, adicionalmente, a la pérdida en la cantidad de perceptores de otros ingresos no laborales (pONL) (-7.5%). En cualquier caso, los ingresos por programas sociales y pensiones no contributivas han operado como factores compensatorios de la disminución del bienestar económico, fundamentalmente en hogares del estrato bajo marginal y del bajo integrado, tanto por la vía de un mayor ingreso por perceptor (3.3 y 5.5%, respectivamente) como de un mayor número de perceptores (3.9 y 6.6%).
Por último, los datos presentados dan cuenta de cómo factores sociodemográficos y, específicamente, la composición de los hogares habrían operado en la variación del IPCF. En este sentido, más allá de las diferencias en la intensidad -en los distintos estratos- el tamaño de las unidades domésticas (menor cantidad de miembros consumidores) amortiguó parte del deterioro del bienestar económico de los hogares.
Este proceso social fuertemente regresivo en el nivel de bienestar durante la crisis sanitaria con ASPO (2020) presentó un cambio significativo un año después. En el gráfico 3 se presentan los resultados de la aplicación de la ecuación (1) al periodo de recuperación en el contexto del “distanciamiento social” (DISPO) (2020-2021). La mejora del bienestar económico de los hogares durante esta etapa surgió de diferentes factores subyacentes. El más relevante fue el incremento de la cantidad de ocupados por hogar (pL), lo cual se explica por la mayor demanda de empleo y el mayor esfuerzo productivo desplegado por los hogares (6.9%). En cambio, en un contexto de alta inflación, las retribuciones laborales (rL) medias por perceptor experimentaron una pérdida de capacidad de compra que influyó negativamente en el ingreso familiar (-1.3%). La reducción del tamaño de los hogares (e) contribuyó de nuevo al aumento de los ingresos per cápita (5.8%). En contraposición, en un escenario de interrupción de las políticas de transferencia de ingresos implementadas durante el ASPO, se redujo la cantidad de perceptores por programas sociales y pensiones no contributivas (pPPNC) (-4.7%) y las remuneraciones medias de dicha fuente (rPPNC) (-0.5%), lo cual repercutió negativamente en el bienestar.

Fuente: EDSA. Agenda para la Equidad (2017-2025), Observatorio de la Deuda Social Argentina, UCA.
Gráfico 3 Variación del ingreso per cápita familiar de hogares y fuentes/factores subyacentes, 2020-2021 (porcentaje de variación en el periodo de referencia)
Esta dinámica tampoco fue homogénea en la estructura socioeconómica (gráfico 4). Los diferentes estratos registraron evoluciones dispares de sus ingresos per cápita; el bajo marginal registró un crecimiento superior al promedio, seguido por el bajo integrado. En cambio, los estratos medios y medio superior no tuvieron cambios significativos. En el estrato superior-medio profesional, las variaciones regresivas en los ingresos laborales (rL), otros no laborales (rONL) y en la cantidad de perceptores no laborales (pONL), se compensaron con una recuperación en la cantidad de perceptores laborales (pL) (7.7%). Por otra parte, en el estrato medio no profesional, el leve incremento en el bienestar económico de los hogares en este periodo se explicó principalmente por mejoras en las remuneraciones del mercado de trabajo (rL) (3.2%). Por último, cabe señalar que es en los estratos más bajos donde tiene mayor incidencia la pérdida de perceptores por programas sociales y pensiones no contributivas (pPPNC) (-6.9 y -13.2%). Sin embargo, mientras que en el estrato bajo marginal el debilitamiento de las políticas de protección social entre 2020 y 2021 habría estado más que compensado por el número de perceptores e ingresos laborales (pL y rL, respectivamente) (8 y 21.2%), por los ingresos medios no laborales (rONL) e incluso por la reducción del tamaño del hogar (e), estos procesos favorables a la evolución del ingreso per cápita no se habrían registrado con la misma intensidad en el estrato bajo integrado (3.6 y 7.6%). La tendencia al alza de los otros ingresos no laborales (rONL) en el estrato bajo marginal contribuyó a mejorar la capacidad adquisitiva de los hogares (9.5%).

Fuente: EDSA. Agenda para la Equidad (2017-2025), Observatorio de la Deuda Social Argentina, UCA.
Gráfico 4 Variación del ingreso per cápita familiar de hogares y fuentes/factores subyacentes por estrato socioeconómico, 2020-2021 (porcentaje de variación en el periodo de referencia)
Este proceso de mejora en el bienestar, con sesgo positivo hacia los estratos socioeconómicos más vulnerables, experimentó un nuevo giro un año después. De manera análoga a los análisis previos, el gráfico 5 da cuenta de la variación del IPCF de los hogares entre 2021 y 2022 (-6.6%), así como de las fuentes y factores explicativos de dicha variación.

Fuente: EDSA. Agenda para la Equidad (2017-2025), Observatorio de la Deuda Social Argentina, UCA.
Gráfico 5 Variación del ingreso per cápita familiar de hogares y fuentes/factores subyacentes, 2021-2022 (porcentaje de variación en el periodo de referencia)
En primer lugar, se evidencia un descenso de la capacidad adquisitiva de los hogares en los años considerados, explicada -mayormente- por los ingresos promedio percibidos en el mercado laboral (rL) (-10.8%). La caída en los ingresos medios de los programas sociales y pensiones no contributivas (rPPNC) y de otras fuentes no laborales (rONL) operaron también en este sentido (-1.1 y -4.8%, respectivamente). Es decir, en un escenario altamente inflacionario, los ingresos promedio por perceptor de las tres fuentes consideradas (especialmente la fuente laboral) explicaron la pérdida de bienestar económico. Esto ocurrió en un contexto en que los hogares intensificaron el esfuerzo al incrementar el número de personas generadoras de recursos económicos. El efecto perceptor de las tres fuentes compensó parte del descenso de los ingresos de los hogares: se incrementaron tanto las percepciones laborales como no laborales (3.1, 3.3 y 3%).
Esta dinámica de pérdida promedio de bienestar fue resultado de comportamientos convergentes y divergentes en la estructura social en cuanto a los factores asociados (gráfico 6). Como factor común, destaca el impacto regresivo del efecto ingreso -en un contexto de creciente inflación y pérdida de ingresos reales-, el cual se reitera en todos los estratos de la estructura socioeconómica. Sin embargo, persisten diferencias sociales en cuanto a los mecanismos que operaron para generar dicho resultado.

Fuente: EDSA. Agenda para la Equidad (2017-2025), Observatorio de la Deuda Social Argentina, UCA.
Gráfico 6 Variación del ingreso per cápita familiar de hogares y fuentes/factores subyacentes por estrato socioeconómico, 2021-2022 (porcentaje de variación en el periodo de referencia)
En el estrato medio profesional, la reducción del ingreso per cápita tuvo como principal determinante la fuente laboral, más que nada a través de un efecto ingreso (rL) (-13.4%). Esto evidenciaría que los estratos profesionales no recuperaron sus ingresos o sus horas trabajadas. En el estrato medio no profesional, el leve descenso en el bienestar económico de los hogares en este periodo se explicó también, principalmente, por pérdidas en remuneraciones del mercado de trabajo (rL), aunque de menor envergadura (-6.7%). En los estratos más bajos no solo las remuneraciones laborales tuvieron efecto regresivo, lo mismo ocurrió con los ingresos por programas sociales y pensiones no contributivas (rPPNC), pero en dichos estratos el aumento de personas generadoras de recursos (laborales y no laborales) contrarrestó la pérdida en los ingresos medios por perceptor. Es decir, los resultados revelan que la compensación de poder adquisitivo a través de la intensificación en el número de perceptores se evidencia fundamentalmente en los estratos más desfavorecidos de la estructura ocupacional.
Cabe preguntarse cuál ha sido el efecto de estos cambios en términos de procesos de convergencia o divergencia del bienestar económico. En este sentido, el gráfico 7 resume las brechas de ingresos per cápita de cada uno de los estratos en relación con la media, en cada una de las etapas analizadas. Los datos revelan un proceso de reducción de la desigualdad debido al empobrecimiento de los estratos medios profesionales y no profesionales. A esto se suma, en los primeros periodos analizados, un acercamiento de los ingresos de los estratos bajo y marginal al promedio general.

Fuente: EDSA. Agenda para la Equidad (2017-2025), Observatorio de la Deuda Social Argentina, UCA.
Gráfico 7 Brecha del ingreso per cápita familiar (IPCF) de hogares según estrato socioeconómico. Paneles 2019-2020/ 2021-2022/ 2022-2023. Media de IPCF-1
Los hallazgos mencionados han enfatizado la relevancia de factores sociales endógenos a los hogares -vinculados a sus estrategias de subsistencia, tanto en el mercado laboral como fuera de él-, que actúan sobre todo entre las clases más bajas. Es a través de estos como se busca contrarrestar los efectos adversos de la dinámica macroeconómica.
Reflexiones finales
El espacio de la reproducción social es un objeto multidisciplinario de estudio que permite examinar más ampliamente el modo en que los hogares de diferentes clases o estratos sociales afrontan los retos económicos y sociales, y cómo sus decisiones y estrategias influyen en los procesos demográficos, los mercados de trabajo y en la movilidad social. La investigación sobre estos temas sigue siendo relevante en los distintos campos de las ciencias sociales. Desde esta perspectiva, los hogares no solo son unidades o agentes de consumo en el marco de la teoría utilitarista, sino también unidades de producción y reproducción social, tanto en términos económicos como sociodemográficos. La persistente informalidad laboral, la proliferación de diferentes formas de autoempleo o de negocios de carácter familiar, la expansión de la asistencia pública y los cambios en los arreglos internos de los hogares según el ciclo económico, son algunos indicadores de esta particular función, sobre la cual se cuenta con sobrada evidencia.
Las preguntas centrales planteadas han sido de qué manera y en qué sentido determinados factores y procesos sociales intervinieron en los cambios ocurridos en el nivel de bienestar de los hogares urbanos en Argentina durante y después de las distintas etapas de la pandemia por covid-19 y, en este marco, en qué medida y en qué sentido tuvieron lugar procesos diferenciados en la estructura social, no solo en cuanto a los cambios en los ingresos per cápita en cada estrato, sino en lo que respecta a los procesos subyacentes explicativos.
En este marco, el estudio asume que el bienestar económico de un hogar, medido a través del ingreso per cápita familiar corriente, está determinado, por una parte, por el número de perceptores según fuentes de ingreso y el nivel de ingreso que cada uno obtiene de esas fuentes y, por otro lado, por la disponibilidad de perceptores que generen ingresos según tipo de fuente, y por las demandas de consumo y disponibilidad de recursos por tamaño y composición del hogar; cualquier alteración en alguno de estos elementos tiene un efecto directo en su nivel de bienestar. En otras palabras, los procesos que explican las variaciones en el bienestar económico engloban una interacción de factores demográficos, económicos y sociales. Dependiendo del comportamiento de cada fuente y factor, se genera un impacto que afecta el ingreso per cápita promedio de los hogares en general y de cada segmento socioeconómico en particular.
Para dar cuenta el papel de estos procesos en los cambios en el nivel de bienestar de los hogares urbanos argentinos se aplicó un modelo de descomposición lineal de la variación del ingreso per cápita de los hogares (IPCF) según factores intervinientes, fuentes de ingresos y posición económico-ocupacional. Para ello, se utilizaron datos longitudinales de tres muestras en panel de hogares urbanos, una para cada fase o subperiodo del ciclo económico-sanitario estudiado (2019-2022).
A nivel agregado, los resultados muestran una fuerte caída en el ingreso per cápita real promedio de los hogares en el contexto de pandemia (2019-2020), así como una parcial recuperación en la primera fase de pospandemia (2020-2021) y una nueva caída en el “regreso a la normalidad” (2021-2022). A manera de balance general, el bienestar per cápita promedio al final del periodo no recobró el nivel previo, a pesar incluso de la fuerte recuperación económica que tuvo Argentina durante la pospandemia. En ese marco, la evidencia ha revelado un proceso de mayor equidad con empobrecimiento, que se explica por el deterioro de los ingresos de las clases medias profesionales y medias bajas, que afrontaron un fuerte contexto inflacionario sin compensar las pérdidas vía mayor esfuerzo productivo ni transferencias provenientes de la política social.
En el escenario de crisis sanitaria por covid-19, los ingresos de los hogares cayeron por el funcionamiento del mercado de trabajo, tanto en lo que respecta a los ingresos promedio percibidos como a la cantidad de perceptores de las unidades domésticas. Durante esta fase, las políticas de protección social amortiguaron la caída de recursos de las unidades domésticas por la vía de perceptores y de mejoras de ingresos provenientes de programas sociales o pensiones no contributivas. En cambio, durante la pospandemia, iniciada en 2021-2022, el incremento del esfuerzo productivo de los hogares como mecanismo de generación de recursos adquirió una importancia significativa. En este escenario, el aumento de perceptores fue el factor que tuvo más incidencia en la mejora del bienestar.
Factores sociales -endógenos a los hogares- vinculados a las estrategias, composición, uso de la fuerza laboral y búsqueda de mayores percepciones incluso fuera del mercado de trabajo -presentes sobre todo en los estratos más bajos- tuvieron un papel relevante en el proceso de menor desigualdad vía empobrecimiento general. Es decir, parte de las variaciones en el ingreso per cápita de las unidades domésticas no tiene su origen en las condiciones económicas ni en las políticas sociales, sino en el uso intensivo de recursos humanos disponibles, o en dinámicas de reducción o ampliación de los hogares. Las estrategias familiares que adoptaron los hogares -principalmente de los sectores bajos y marginales- para la obtención de recursos en el mercado laboral y a través de la política pública, ocuparon un papel relevante para comprender los cambios ocurridos en términos de bienestar económico y desigualdad. El mayor esfuerzo productivo de los hogares, sobre todo de estratos bajos, a través del aumento del empleo precario, el subempleo y la cobertura de la política pública, son factores que contribuyeron a apaciguar el aumento del costo de la vida.
En cuanto a la capacidad de la política social para alterar la capacidad económica de los hogares, los hallazgos evidencian los límites que enfrenta dicha política para resolver por sí sola la insuficiencia de ingresos de las clases bajas, así como las desigualdades estructurales que presenta el sistema productivo y el mercado de trabajo. Los programas sociales de transferencias de ingresos han cumplido un rol de “compensación” en materia de bienestar, en especial ante la imposibilidad de los hogares de desplegar estrategias “defensivas” a partir de la activación de su fuerza de trabajo, en un contexto de restricciones a la movilidad. La pandemia por covid-19 volvió a poner en debate el papel de la política social como garante de necesidades básicas de la población.
Los niveles de bienestar económico y la distribución del ingreso constituyen efectos de la heterogeneidad en la estructura productiva, la segmentación del mercado de trabajo y la calidad diferencial de los puestos de trabajo y las remuneraciones. En un contexto de desigualdad estructural, los comportamientos microsociales de los hogares vinculados a la autoexplotación de la fuerza de trabajo desempeñaron un papel “compensador” de pérdidas en el bienestar y la capacidad económica de las unidades domésticas. Con tan elevada heterogeneidad estructural y segmentación laboral, el incremento del esfuerzo económico productivo tuvo lugar en las clases más bajas, las cuales se caracterizan por mayor presencia de empleos precarizados, de peor calidad y nivel de remuneraciones. En este sentido, el documento aporta a las teorías sobre reproducción y bienestar, y pone en evidencia que, por mucho que los hogares activen su fuerza de trabajo, los mecanismos de mercado (retribuciones reales e inflación) son determinantes para el nivel de bienestar efectivamente alcanzado.
Cabe señalar que el proceso de reducción de la desigualdad, vía el empobrecimiento de los estratos medios, como derivado del incremento del esfuerzo productivo y del papel de la política social en los estratos más bajos, si bien redujo desigualdades económicas, se encuentra lejos de alterar de manera significativa las desigualdades estructurales y persistentes de la estructura social y ocupacional en Argentina. Además de la importancia de este estudio en la recopilación de evidencias para comprender las variaciones en el nivel de bienestar en el marco de la historia reciente argentina, destaca la metodología empleada, que permitió disponer de una identificación más precisa de los procesos y mecanismos públicos, de mercado y sociales que intervienen en la determinación de los cambios en el bienestar económico y las disparidades distributivas en las diferentes fases de un ciclo económico.















