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Anales de antropología

 ISSN 2448-6221 ISSN 0185-1225

An. antropol. vol.58 no.1 Ciudad de México ene./jun. 2024   20--2025

https://doi.org/10.22201/iia.24486221e.2024.58.1.84538 

Artículos

Evolución de las prácticas del cuidado

Evolution of care practices

Paola Andrea Barrio Fioresta* 

Gustavo David Candela** 

*Universidad Nacional de San Martín, Facultad de Humanidades, Villa Lynch, Provincia de Buenos Aires, Argentina. Correo electrónico: paolabarrio@yahoo.com.ar

**Universidad de Buenos Aires, Facultad de Filosofía y Letras, Puan 480, Ciudad Autónoma de Buenos Aires, Argentina. Correo electrónico: gustavodcandela@gmail.com


Resumen

Las prácticas del cuidado hacia el otro han evolucionado conjuntamente con la propia evolución biológica de nuestra especie. El objetivo de esta investigación es discutir si estas acciones se relacionan a una condición innata, si son incorporadas culturalmente mediante el aprendizaje o una conjunción de ambas, y cómo estas acciones son conceptualizadas e internalizadas actualmente en nuestra sociedad. Para ello se efectuó, un recorrido bibliográfico de investigaciones etnográficas y paleoantropológicas, y un estudio sobre la percepción humana y los motivos que impulsan la existencia de estas prácticas en comunidades actuales, prácticas que, en los casos de discapacidad, se han sostenido en el tiempo. Si bien los resultados corresponden a una pequeña muestra del universo posible y no resuelven la dicotomía naturaleza-cultura de nuestra pregunta, este trabajo puede ser un disparador para generar una serie de debates interdisciplinarios e invita a investigar sobre el proceso evolutivo de la conducta de cuidado en la humanidad.

Palabras clave: evolución; prácticas del cuidado; discapacidad; aprendizaje

Abstract

The practices of caring for others have evolved together with the biological evolution of our species. The objective of this research is to discuss whether these actions are related to an innate condition, whether they are culturally incorporated through learning or a conjunction of both, and how these actions are currently conceptualized and internalized in our society. For this purpose, a bibliographic survey of ethnographic and paleoanthropological research was carried out, and a research of human perception and the reasons that drive these practices to exist in current communities, practices that in cases of disability decide to be sustained over time. Although the results obtained correspond to a small sample of the possible universe and do not resolve the nature-culture dichotomy of our question, this work can be a trigger to generate a series of interdisciplinary debates and invites to investigate the evolutionary process of caring behavior in humanity.

Keywords: evolution; care practices; disability; learning

Introducción

La cría humana nace en absoluto estado de indefensión, depende de un otro para sobrevivir y mediante los procesos madurativos, bio-psico-sociales va adquiriendo autonomía. Esta condición aplica generalmente en todos los casos de estado óptimo de salud; pero, en circunstancias donde el individuo presenta algún tipo de discapacidad, ese proceso de autovalimiento tendrá un circuito singular en términos de tiempo de logro, didáctica como proceso de aprendizaje y condicionamiento del entorno como facilitador para que las adaptaciones resulten exitosas.

Las implicaciones sobre un tema como las conductas relacionadas al cuidado van más allá de la cuestión paleoantropologíca propiamente dicha; en el fondo se trata de un debate de corte filosófico socio-antropológico sobre las diferentes formas de interpretar la esencia de aquello que cataloga e identifica como práctica de cuidado en la humanidad, considerando una concepción holística y no reduccionista de este concepto.

Sobre aprendizajes o conductas relacionadas en función del cuidado ante la vulnerabilidad de un miembro del grupo, existen características que nos indican la aparición y el desarrollo de toda una serie de conocimientos concretos y especializados que fueron adquiridos, aplicados y transmitidos. A lo largo de la historia de la evolución, existen evidencias fósiles de individuos que han sobrevivido a la pérdida de sus extremidades, heridas de mucha gravedad, enfermedades congénitas o infecciones severas. Estos individuos no podrían haber sobrevivido sin cuidados aplicados por otros miembros del grupo, algo que ha sido considerado, no sólo como evidencia de la existencia de cuidados sanitarios, sino también, en términos de Hublin, como la señal del surgimiento del altruismo y la compasión (Hublin 2009).

En virtud de ello, haremos un recorrido para intentar analizar la evolución del cuidado desde lo natural a la institucionalización del mismo, que si bien en la actualidad está atravesado por mecanismos legales de protección que también incluyen medidas de sanción y castigo, igualmente podría involucrar diversas respuestas de parte de los protagonistas. Si bien la regularización del cuidado podría tener una práctica estandarizada, esto en principio parecería no ser suficiente para regular la calidad o la diferencia entre la aparente necesidad básica (alimento, abrigo y seguridad) y el plus aportado por la existencia de una relación vincular, que nos mantiene del lado de la construcción de subjetividad para la sobrevida. Spitz (1991), en sus investigaciones postguerra sobre preadultos institucionalizados por orfandad, demuestra que, a pesar de que todos recibieron los mismos cuidados higiénicos y alimenticios, sólo aquellos que establecen otro tipo de intercambio relacional con sus cuidadores son los que sobreviven.

Infancia, discapacidad y evolución

A lo largo de la vida, padecer una discapacidad mental o motriz de manera transitoria o permanente representa, en mayor o menor medida, instancias donde los individuos se encuentran ante circunstancias de indefensión. La respuesta de las personas cercanas hacia el sujeto con discapacidad se ve reflejada en acciones que involucran cierto nivel de asistencia o cuidado. Ahora bien, para interpretar qué impulsa estas actitudes o la falta de las mismas, es necesario analizar cómo se relaciona el cuidado con la producción de subjetividad de la época. Con relación a ello, teniendo presente la manera en que las categorías empleadas de forma genérica y globalizante se suelen internalizar y naturalizar, debemos tener presente que un niño lo es si la subjetividad de la época lo ubica en ese lugar. Un ser humano en sus primeros años de vida no es un niño per se, salvo que la red cultural de la que es parte lo defina como tal.

La condición de inmadurez del humano al nacer, y durante los primeros años de la infancia, es incompatible con la vida, salvo que un otro asuma un rol de asistencia. Pero aquí se nos presenta otra condición tan esencial, imprescindible y determinante para el desarrollo de un sujeto: El impacto de una serie de acciones, palabras, ideas, juegos, soporte corporal, inducción a la conquista de habilidades, lenguaje y comprensión del mundo, que ese otro semejante, significativo en el vínculo, tejerá permanentemente en cada acto.

A diferencia de otros animales, esta condición de supervivencia en los humanos hace lazo a un eslabón no instintivo. Se puede observar que, aunque hay instancias evolutivas que se reproducen en la mayoría de los individuos, las características de aprendizaje en cada relación filial son particulares y la adquisición o conquista de las mismas es singular de cada espacio-tiempo.

¿Qué es lo que propicia que un ser humano decida dejar de ser protagonista y centro de su propia escena cotidiana para distribuir su energía, espacio, alimentos, cuerpo, tiempo, atención y amor en otro ser humano que no se lo pide? Un otro que sólo existe en su absoluta inmadurez, la cual puede presentarse primordial, en términos de las condiciones biológicas particulares, o también en niños más grandes, en términos cognitivos subjetivos para lidiar con el mundo real.

Si pensáramos el cuidado como respuesta ante la indefensión de ese otro, estaría vinculado a un sentimiento de amor, acciones altruistas o una representación social y nos llevaría a establecer o articular lo que nos define como seres humanos. Sería interesante también analizar si la acción del cuidado al otro tendría motivaciones subjetivas y cuáles serían.

Dialéctica del cuidado

Para pensar la dimensión del cuidado entre los humanos, es imprescindible desarrollar algunas cuestiones vinculadas con el alcance y la naturaleza del mismo. No sin antes tener presente que, como destaca Torralba (2005), las prácticas de cuidado exigen las siguientes consideraciones: respeto a la autonomía del otro, conocimiento y comprensión de las circunstancias del ser cuidado, análisis de sus necesidades, capacidad de anticipación respeto y promoción por la identidad del ser cuidado, autocuidado del cuidador y vinculación desde la empatía al cuidar. Por consiguiente identificamos acciones mediadas por las relaciones de parentesco, cuidado parental dirigido a los hijos con o sin consanguinidad y acciones donde el cuidar a otros se desarrolla sin la existencia de un vínculo determinado.

Cada instancia, vinculada a la dimensión del cuidado, se encuentra influenciada y es permeable a las variables de tiempo e intensidad en el ejercicio de la misma prestación.

La cual también varía según la conducta individual o social frente a este tema. En este punto, en principio sería importante revisar si existe conducta individual sin condicionamiento social.

Hoy sabemos que un sujeto se constituye paulatinamente en tanto desarrollo biológico, construcción subjetiva e inserción social. Pero es mediante el aporte de las diversas disciplinas que podemos interpelar la evolución del cuidado; por ejemplo, mientras la medicina nos manifiesta lo que implica el desarrollo de la biología humana, la psicología nos permite comprender el funcionamiento de la cognición y el análisis de la conducta humana en sus respectivos contextos.

Considerando que el desarrollo biológico está dado por un sistema preestablecido que funciona mediante un aporte externo de alimento, agua y cuidados básicos, el desafío se presenta en nombrar, probar, visibilizar la decisión de cuidado que alguien toma para ocuparse de un otro, otorgando su atención, tiempo, energía, alimento, en virtud de las particularidades propias de cada tradición, cultura, ideología, entre otros (Spitz 1991).

La situación se complejiza cuando viene un hijo con discapacidad. La dimensión temporal para su atención, cuidado, entre otros, ya no es por un tiempo cronológico finito en toda su intensidad, como ocurre con madres y padres con niños convencionales, quienes al crecer van ganando autonomía y todo el cuidado demandado va cambiando y fluctuando.

Por lo expuesto, la búsqueda implica intentar responder diversas preguntas: ¿Por qué se produce el cuidado hacía ese otro? ¿Lo podemos reducir al amor, que bastante mala prensa tiene en las áreas científicas? ¿Es instintivo y se encuentra en nuestra genética? De ser así ¿También se encontraría en especies homínidas extintas con las cuales compartimos parte de nuestro genoma? ¿Hay posibilidad de una construcción subjetiva, o estará vinculado a la capacidad de grupo y socialización?

Cuidado y aprendizaje/aprendizaje para sobrevivir

Para poder avanzar en el desarrollo de la relación entre cuidado y discapacidad, específicamente tratar de acceder a la evolución de esta relación desde momentos tempranos en sociedades prehistóricas, en nuestra investigación hemos elegido la capacidad o no de aprendizaje, como la variable que nos permita desentrañar cómo se articulan y relacionan estos conceptos.

En principio, debemos tener presente que el desarrollo humano está ligado fundamentalmente al proceso de adaptación al medio ambiente, pero también a su propio cuerpo en todas sus dimensiones. Cuerpo, que a medida que crece se encuentra en permanente modificación y complejización, pone en juego todas las capacidades para que esa adaptación pueda llegar a ser exitosa.

Esta función de adaptación, al nacer el humano con tanta vulnerabilidad, depende de alguien que realice la función materna de cuidado primario, hasta que el desarrollo le va permitiendo paulatinamente incipientes grados de autonomía.

En discapacidad, generalmente esos tiempos de conquista de autonomía se demoran en su adquisición y los logros también se producen por caminos singulares, viables, diseñados puntualmente para compensar, subsanar y reemplazar la función deficitaria, y lograr calidad de vida.

Analizaremos el caso de un niño con patología invalidante en alguna de sus funcione, la cual determinará que la adquisición de los procesos madurativos y habilidades tendrán un camino de descubrimiento y aprendizaje en pos del éxito. En paralelo, tendremos un adulto como figura de vínculo primario que también estará en completa situación de aprendizaje.

En lo que respecta a discapacidad, en que cualquier transmisión cultural, será necesario un ajuste sobre las estrategias de aprendizaje considerando lo singular del caso, en términos de priorizar los objetivos a lograr y poder evaluar permanentemente las acciones que se ponen en marcha y sus resultados.

Las díadas, en términos vinculares, ponen en marcha un proceso de interacción que conlleva conocerse uno a otro, para comunicar, alimentar y descifrar malestares. Con el tiempo se produce una disminución de la asistencia a medida que el preadulto va desarrollando y adquiriendo la posibilidad de una comunicación social, comprendida por casi todo el entorno. Esto implica el alimentarse con autonomía, desplazarse para conocer el espacio, el mundo y organizar las dimensiones cinéticas y censo-perceptivas, como uso motor de la inteligencia.

Cuando algo de este natural desempeño está obturado y hace falta una red, una malla para recorrer con otra asistencia el logro del desempeño, nos interroga sobre la calidad de este aprendizaje en las madres o figura de apego primario. ¿Es instintivo, pulsional o constructivista? ¿De qué depende la calidad de dicho aprendizaje? ¿Del amor, necesidad u obligación?

Sabemos que cada caso es diferente y cada época exigirá habilidades básicas distintas, lo que es permanente en el tiempo es que un niño, joven o adulto con discapacidad de por vida, según la complejidad de la patología de base o adquirida, demandará una necesidad de soporte y acompañamiento que con seguridad estará ligada, más o menos, a la figura de apego, la familia extendida o, en la modernidad de los servicios terapéuticos, compartirá una intersección entre la propia autonomía y la asistencia de otros.

Partiendo de lo expuesto hasta ahora, articularemos en nuestro análisis los comportamientos humanos reflejados en la materialidad de sociedades contemporáneas y prehistóricas, en pos de inferir cómo las prácticas de cuidado fueron evolucionando.

Antropología y arqueología/oralidad y materialidad

Si bien el registro material es fragmentado e incompleto a causa de las afectaciones sistemáticas de los procesos postpositacionales, culturales y naturales, el análisis y la experimentación han permitido inferir no sólo el carácter funcional de los objetos, sino que además, y fundamentalmente, acercarnos a los sujetos que están detrás de la elaboración de los mismos. Porque entendemos que existe una relación de interdependencia entre los creadores del objeto y el objeto en sí mismo, que refleja la mente y el cuerpo en las cosas (Hodder 2012).

En sociedades etnográficas y prehistóricas, una variable válida para acceder o inferir de forma indirecta situaciones donde se manifiesten prácticas relacionadas con el cui dado o asistencia a sujetos con discapacidad o imposibilidad para sobrevivir puede ser la existencia de procesos de aprendizaje intragrupales y que ningún miembro de la comunidad pueda incorporarlos.

El aprendizaje, mediante las relaciones interpersonales, se convierte en un medio fundamental para adquirir conocimientos vitales, tanto para el desarrollo individual, como para la reproducción de la “infraestructura conductual” en términos de Harris (1980). Para este autor, en un sistema sociocultural existe un patrón universal de la cultura, compuesto por tres niveles: infraestructura, estructura y superestructura. Donde el primer nivel involucra las actividades necesarias para la producción de tecnología, prácticas de subsistencia y la regulación demográfica, ligado al tamaño del grupo. Consideramos que el aprendizaje es un proceso que permite incorporar conocimiento en sus distintas dimensiones, conceptos, procedimientos, actitudes y valores (Domjam y Burkhard 1994). Al nacer, nuestra condición intelectual se encuentra en formación y disponible al proceso de aprendizaje.

En situación de desventaja de capacidades, mentales o motrices, el infante o preadulto sin algún tipo de asistencia no podría adquirir, aplicar o transmitir conocimientos culturales, por lo cual disminuiría su posibilidad de socializar y estaría en riesgo su supervivencia. Por ello, considerando que el aprendizaje es un elemento clave para la posibilidad individual de reproducción y subsistencia, tanto en su aspecto técnico asociado a la destreza o capacidad motriz como en su aspecto tecnológico vinculado a lo cognitivo, es probable que la supervivencia de la persona con discapacidad se pueda asociar a los cuidados particulares ofrecidos por otros individuos de la misma población, permitiendo suplir la dificultad en la capacidad de aprender y articular aquellos conocimientos básicos para subsistir.

El aprendizaje y lo “normal-anormal” en sociedades etnográficas

Las estrategias para la obtención de alimentos contienen implícitas el conocimiento y aprendizaje de las características sobre el medio que nos rodea, lo cual puede permitir el empleo de las mismas en beneficio de la comunidad. Por ejemplo, en los Kayapó, pueblo originario que habita las planicies centrales del Brasil, los hombres utilizan la savia de los árboles de timbó para envenenar las aguas de las orillas del río Xingu. Esto provoca que los peces aturdidos se acerquen a la superficie y puedan ser atrapados con facilidad por mujeres y niños de esta sociedad. Esto implica la puesta en práctica de una actividad compleja que involucra a todos los miembros de la sociedad (Hrdy 2011). Si existiera en el grupo algún integrante que presente alguna discapacidad, se verían alteradas las estrategias de participación y colaboración en las actividades comunitarias que involucran a todos los miembros de la sociedad. Al margen de ello, esta carencia no necesariamente implica que podamos generalizar el impacto de la discapacidad en los grupos sociales. Margaret Mead, en su trabajo sobre adolescencia en Samoa, destaca que los niños pertenecientes a esta sociedad crecen dentro de una táctica educativa que intenta disipar las diferencias individuales, la competencia y la rivalidad, moldeando un carácter homogéneo y equilibrado. Según la autora, los samoanos ven la sociedad como un espacio donde cada uno de los integrantes de la misma ocupa “el lugar que es capaz de llenar” (Mead 1939). Sin embargo, este disipar las diferencias no debe ser considerado como una negación de las mismas sino una aceptación para alcanzar condiciones de equidad. En las observaciones etnográficas efectuadas por Villagra Carron en comunidades del Chaco paraguayo, donde se desarrollan actividades de portivas que enfrentan a hombres mayores con mujeres jóvenes, podría ser esperable encontrar una práctica que reafirme el poder sexual de los hombres y la consecuente reproducción de prácticas y valores de la sociedad patriarcal; por el contrario, si bien existe la competitividad por ganar en este espacio de confrontación social, prevalecen las condiciones de equidad y el fair play. Esta celebración que convoca a toda la comunidad es considerada por el investigador “como un ejemplo empírico don de la igualdad no es entendida como negación de diferencias sino más bien como aceptación de aquellas (Villagra Carron 2014: 17).

Estar fuera de los cánones que describen a un individuo “normal” dentro de una sociedad, dependerá de la forma en que la misma codifique el concepto de discapacidad asociado a lo “normal-anormal”. Según Guerrero Muñoz (2010: 11), los trabajos etnográficos enfocados en la discapacidad sostienen que cada cultura conforma un sentido de normalidad que es transmitido generacionalmente “como herencia y saber cultural acerca del hombre, la moralidad, el cuerpo o la salud”.

Los niños y niñas aprenden mediante una observación participante, interactuando con la cultura material de la sociedad y el comportamiento de los adultos pueden adquirir el conocimiento necesario sobre la naturaleza del mundo que los rodea. Mientras que el devenir del aprendizaje es inherente al proceso evolutivo, la producción del concepto “normal o anormal” es arbitraria.

Derechos y obligaciones: sociedades tribales y especies extintas

Se encuentra ampliamente documentada la existencia de sociedades etnográficas con reglas jurídicas que establecen obligaciones y derechos, que podrían favorecer el desarrollo y sostenimiento en el tiempo de las prácticas de cuidado. Desde las pioneras etnografías de Malinowski (1985 [1926]), donde las sanciones están definidas por una “maquinaria social de fuerza poderosa”, hasta referencias actuales como las registradas, por ejemplo, en la comunidad de Angahuan Michoacán donde la autora observa la existencia de “normas de comportamiento y roles sociales, funciones que cada individuo ejerce”, las cuales “están fuertemente marcadas por la institución familiar, así como también por la misma comunidad” (Talancón Mondragón 2015: 41). Pero identificar dónde se inicia este comportamiento normativo es tema de deba te. Levi-Strauss (1976) sostiene que lo que diferencia el mundo animal y el humano son las condiciones en las cuales se puede conformar una familia; considerando que, sin la existencia de una sociedad donde una pluralidad de familias reconoce la existencia de lazos que trascienden la consanguinidad, el vínculo familiar no podría existir y estaría entrecruzado tanto por lazos legales como por prohibiciones sexuales, obligaciones económicas y religiosas. Condiciones insertas en una red de “sentimientos psicológicos” tan diversos como el amor y el temor entre otros.

Una aproximación filosófica a la existencia de un posible límite que separe al humano del resto de las especies la podemos encontrar en Derrida (2008). Según este autor, en todos los filósofos existe un cierto consenso para separar al hombre del resto de las especies, las cuales son homogeneizadas y agrupadas deliberadamente dentro de un conjunto al que se cataloga “animal en singular general”. Para ello, la variable más utilizada, desde Aristóteles hasta Heidegger, es la capacidad de poder del logos que permite o no tener la facultad de hablar o razonar. Sin embargo, Derrida se diferencia y considera que el registro de sufrimiento o pavor no se puede generalizar sino sólo identificar en ciertos animales incluido el hombre (Derrida 2008).

Una de las prácticas culturales más significativas que podríamos atribuir a las obligaciones entre miembros de una misma sociedad tiene que ver con los enterramientos. La cantidad de enterramientos infantiles identificados en la Prehistoria sigue creciendo, pero lo que nos importa destacar es la importancia social que representa que muchos de ellos se encuentren acompañados por ajuares funerarios. Estos ajuares podrían estar vinculados con el prestigio y la relevancia social del grupo en general y del infante fallecido en particular, aunque también podrían estar asociados a prácticas de cuidado del ser querido en el tránsito postmortem. Según Olària i Puyoles (2003):

Hay un sentimiento ancestral, primigenio de la muerte, que incluso queda patente en el más puro reino animal no racional, como por ejemplo entre los elefantes con sus enigmáticos rituales mortuorios, o entre la conciencia de los chimpancés que son capaces de acompañar a un congénere querido con su propia muerte (Olària i Puyoles 2003: 87)

Paleolítico. Comprensión, asimilación, acción. Rasgos vinculados con la capacidad de aprender

Disciplinas como la etnoarqueología brindan ejemplos de sociedades paleolíticas en las que los más pequeños del grupo se encontraban involucrados en actividades de subsistencia y el correlato material de las mismas. En este contexto, es posible identificar un espacio de aprendizaje social por medio del análisis de piezas cerámicas que presentan un tamaño reducido, con cierto descuido en la confección y donde han quedado registradas las pequeñas huellas dactilares de sus productores (Corral 2013).

Los individuos aprenden técnicas, normas y roles mediante la experiencia de las actividades cotidianas, estas cuestiones no necesariamente tienen que ver con la educación y pueden estar ligadas con la elaboración de un bien utilitario, como la construcción de una canoa para transportarse mediante ella (Pelissier 1991). Por ello, tenemos que considerar al aprendizaje como un proceso que permite a los humanos apropiarse de un conocimiento, el cual tiene distintas dimensiones conceptuales, procedimentales, actitudinales y de valores (Domjam y Burkhard 2003). El conocimiento vinculado a cierta información que se internaliza en las estructuras cognitivas de una persona es algo personal e intransferible que involucra información que puede o no ser asimilada e incorporada por el aprendiz, y que se encuentra condicionada por diversos factores como los conocimientos previos (Adel 2006). También deberíamos considerar el equipamiento biológico y las condiciones socio-ambientales que modelan estas adquisiciones de aprendizajes y habilidades.

Es mediante la relación entre los adultos portadores del conocimiento y los aprendices donde se desarrolla el aprendizaje y buscan, con la práctica, incorporar una técnica o replicar un objeto, sea cual fuera la materia prima del mismo. Si aquellos que tienen la necesidad de aprender, cuando de ello depende la supervivencia individual, como es el caso de la obtención de alimento o la defensa ante la amenaza de muerte, carecen de capacidades psíquicas o motrices para el entendimiento o la puesta en práctica de las habilidades necesarias para ello, la situación de indefensión a la que se encuentran expuestos sólo se verá atenuada por la atención y los cuidados que otros individuos del grupo dispongan para con ellos.

Cuidados. Evidencia directa e indirecta en restos óseos fósiles

Sabemos del carácter excepcional de la fosilización de los restos óseos, gracias a las condiciones ambientales y los procesos postdepositacionales que permitieron la preservación de los mismos. Teniendo en cuenta ello, con una muestra escasa, en su mayoría, pobremente preservada, son pocas y algunas no tan claras las evidencias de cuidados para la supervivencia que han fosilizado. A modo ilustrativo mencionamos los siguientes ejemplos:

Yen Mo, Vietnam del Norte, Neolítico tardío

Sitio Man Bac, con 95 entierros datados en 4000 Antes del Presente (AP) El individuo identificado como M9 fue el único que se encontró en posición flexionada, lo que respondería a las limitaciones posturales que habría sufrido en vida. Presentando trastorno de segmentación congénita de niño, con fusión de la columna cervical y grave deterioro neurológico (cuadriparesia o tetraplejia), que supone inmovilización de la cintura para abajo y limitaciones en la parte superior del cuerpo. Este individuo vivió hasta su tercera década y su supervivencia durante diez años o más tras el inicio de la inmovilidad o parálisis, demuestra cuidados constantes e intensivo cuidado (Oxenham et al. 2009).

Shanidar, Irak, Pleistoceno superior

Con una datación cercana a 50.000 AP, se hallaron restos óseos de un adulto mayor (Shanidar 1) que presenta la fractura de la órbita de su ojo izquierdo, con probable reducción de la visión, además de la pérdida del antebrazo, con probable hiperostosis esquelética idiopática difusa, que no le permitiría un desplazamiento normal, sumado a una exostosis auditiva externa en el meato auditivo izquierdo y derecho que le provocaría pérdida de la audición y privación sensorial. Las evaluaciones paleopatológicas de este individuo, perteneciente a la especie Homo neanderthalensis de una edad estimada entre 40-50 años, sugieren niveles de apoyo social para la supervivencia (Trinkaus, Villotte 2017).

Burgos, España, Pleistoceno medio

En la Sima de los Huesos, en la sierra de Atapuerca, se encontró un cráneo datado en 530.000 años, perteneciente a una niña preneandertal de entre 10 a 14 años, que posee craneosinostósis lambdoidea de una sola sutura, la cual se habría producido antes del nacimiento, presentando asimetrías cráneo faciales y trastornos motrices y cognitivos. Identificado como cráneo 14 y bautizado como Benjamina, en alusión al amor que tuvo que haber recibido para sobrevivir tantos años, lo cual requirió atención social y cuidados especiales de parte del grupo al cual pertenecía (Gracia et al. 2009).

Distintos territorios, pulsiones similares

Si bien existen lógicas singulares del espacio geográfico donde los grupos humanos se asientan, la respuesta de las praxis sobre el cuidado de personas en situación de vulnerabilidad tiende a ser similar.

La experiencia de más de 20 años de trabajo en nuestro recorrido territorial en el área de discapacidad, fue puesta en este trabajo al servicio de interpretar una visión evolutiva sobre las prácticas conductuales de cuidado. Asimismo, para analizar esta evolución no podemos dejar de considerar la incidencia de las herramientas tecnológicas disponibles al servicio del cuidado y su efectividad según las características de cada patología al expresarse en los sujetos. Teniendo en cuenta los escenarios y sus diferencias económicas, mediados por la relación naturaleza-cultura de cada grupo social, los posibles avances tecnológicos no tienen el mismo alcance y los beneficios que ellos podrían brindar depende de la accesibilidad a los mismos, pues las prácticas de cuidado están indefectiblemente condicionadas por esta variable.

En virtud de una tendencia hacia la “normalidad”, si bien los espacios territoriales aportan enormes pluralidades, lo que subyace dentro de ellos es una pulsión que conlleva a una búsqueda sistemática para encontrar siempre instancias superadoras de cuidado en términos sanitarios, pedagógicos y de resolución de conflictos.

Enfocándonos en el objetivo de esta investigación y abriendo el debate sobre el origen de las prácticas de cuidado, formulamos una serie de preguntas mediante una encuesta, herramienta metodológica que permitió una primera aproximación empírica de estas acciones y posibilitó acercarnos al conocimiento de cuál es la percepción que las comunidades locales tienen sobre las mismas.

La encuesta fue realizada en áreas de estudio específicas (Figura 1). Contó con la participación de 70 individuos que permitieron representar las siguientes categorías determinadas previamente: 1) Individuos que tienen alguna relación con problemas de discapacidad propios o de su entorno cercano. 2) Profesionales que prestan servicios asistenciales para personas con discapacidad. 3) Profesionales no relacionados con la asistencia médica. 4) Adultos seleccionados de manera aleatoria y que no están relacionados, ni civil, ni profesionalmente, con discapacidad.

* Almagro (Ciudad Autónoma de Buenos Aires [CABA]): Escuela de educación especial Acuarela, para una población de entre 5 y 20 años con discapacidad mental. Equipo interdisciplinario para el abordaje clínico pedagógico, teniendo la autonomía de los alumnos como norte para lograr independencia en la medida de cada sujeto. *Barrio Norte (CABA): Hospital Fernández, servicio de psicomotricidad para niños en riesgo, por diferentes motivos. Población de 0 a 6 años con discapacidad. *Retiro (CABA): Barrio 31, Creando Espacios, fundación para la vivienda y trabajo independiente para personas con discapacidad intelectual. Población de 18 años en adelante. *Paternal (CABA): Facultad de Ciencias Veterinarias, Universidad de Buenos Aires, equinoterapia para niños y jóvenes con discapacidad. *Pilar (Provincia Buenos Aires): Capacitaciones sobre equinoterapia para profesionales del área de salud. *San isidro (Provincia Buenos Aires): Natatorio adaptado “Azul Profundo”. Hidroterapia para personas con discapacidad. *Benavidez (Provincia Buenos Aires): Club Social Benavidez. Actividad programa de turismo, social y recreativa para adolescentes con discapacidad, desde los 16 años en adelante.

(Elaborado por autores).

Figura 1 Mapa de las áreas de estudio. Recorrido espacial y temporal. 

El Cuadro 1 describe las preguntas y las respuestas. Nuestra interpretación sobre estas últimas fueron las siguientes:

  1. Partiendo del preconcepto de entender el amor y la compasión como parte integrante de la naturaleza humana e innato del comportamiento hominino, las respuestas identifican que el cuidado sobre las personas con discapacidad estaría ligado a lo natural o innato.

  2. La percepción general es que la dimensión sanitaria se considera la más importante. Asumimos que esta dimensión estaría vinculada a la atención primaria para la supervivencia y por ello asociado a lo natural de la especie, mientras que las dimensiones legal y política están relacionadas con las construcciones culturales. Encontramos una relación de equilibrio entre los aspectos natural (dimensión sanitaria) y cultural (dimensiones legal y política).

  3. Considerando que la Prehistoria estaría más vinculada a lo natural o innato y que las otras opciones estarían asociadas a lo cultural o aprendido, la población encuestada considera que los cuidados hacia personas con discapacidad se desarrollaron en épocas recientes.

  4. Que las prácticas de cuidado estén relacionadas a lo innato (natural) fue la respuesta más elegida (44%), pero que el cuidado surja como algo aprendido (cultural) también fue una opción muy considerada (40%). Por ello, encontramos un equilibrio entre naturaleza y cultura en respuesta al porqué las personas cuidan a otras.

(Elaborado por autores).

Cuadro 1 Resultados de la encuesta. 

En resumen, al analizar en conjunto todas las respuestas, encontramos que las acciones de cuidado hacia otra persona nos presentan un escenario de equilibrio entre aspectos naturales (49%) y culturales (51%).

(Elaborado por autores).

Cuadro 2 Relación entre los resultados de la encuesta.  

Conclusión

La práctica del cuidado es mediada por un proceso evolutivo impulsado por el efecto de la cultura donde se desarrolla, condicionada por la dimensión del grupo y su dinámica, la cual puede estar favorecida por el lazo vincular. Si asumimos, a modo de una primera aproximación sobre esta problemática, como refleja la encuesta, que el motor del cuidado es el afecto, dichas acciones permanecerán a lo largo del tiempo y en óptima calidad de prestación, ya que están sostenidas en un lazo vincular, como una fuerza motriz que genera técnicas, leyes y servicios.

El desafío de aprender a incluir las diferencias nos ubica en un lugar primario, donde lo que nos sostiene está ligado a la pulsión de la vida, al fluir de nuestros genes como legado. Si éste está condicionado por factores ambientales y experiencias acumuladas en la vida, y además contiene el aditivo altruista del ejercicio del cuidado a otro congénere como bien de superación asincrónica, la transmisión evolutiva de estas condiciones generaría una descendencia que, mediante el proceso de enseñanza y aprendizaje, posibilitaría la existencia de un grupo social cohesionado en el marco de esta lógica.

La idea de inclusión de las personas que tienen discapacidad es adversa al discurso capitalista. Consideramos que la idea de inclusión estaría basada en un andamiaje político diferente, de conquista de la subsistencia con la prevalencia de la vida por sobre todas las cosas. Este proceso lo pensamos como una enseñanza que genera en todos más valor, por lo que implica aprender y consecuentemente emprender saberes, conceptos, formas de hacer, nuevas técnicas y estrategias.

En términos de Zapata (2006), retomando el pensamiento de Arendt, “esta condición política supone el reino de la acción en donde cada quien pone en escena su singularidad y su diferencia”. Instancia en que la tarea del humano no es otra que recuperar su verdadera condición política alejada de toda violencia y consistente en desplegar la radical democracia que subyace en la misma humanidad heterogénea por definición.

En la actualidad, las políticas regulatorias sobre los procesos de inclusión no sirven para alcanzar resultados óptimos. Es observable un contrasentido de estas políticas al ser comparadas con la lógica humana para incluirse desde las condiciones de afecto, naturaleza y acción. Estas últimas contrastan con una cotidianeidad administrada.

Desde hace decenas de miles de años hasta la actualidad. Desde el cuidado reflejado en los restos fósiles de una niña con discapacidad del Pleistoceno medio, avanzando con lo relevado mediante las investigaciones arqueológicas y etnográficas, hasta los cuidados que observamos en el trabajo de campo en tiempos modernos, mucho fue y seguirá cambiando, anclado en lo que insiste y persiste que es lo que nos habita como humanos. Si bien durante este derrotero evolutivo podemos encontrar prácticas selectivas en el cuidado hacia el otro o estrategias sobre la preservación y viabilidad para la subsistencia de los grupos humanos, involucrando tanto infanticidios como abandonos predeterminados, no dejan de ser hitos en un devenir histórico.

Después de considerar las investigaciones mencionadas en los párrafos anteriores y sumar la experiencia obtenida mediante nuestro trabajo de campo con la información recabada por las encuestas realizadas, a modo de representación en tránsito o un análisis en construcción, consideramos que en la medida que los grupos humanos busquen resolver las diferencias y convivir desde la heterogeneidad, en ese proceso de enseñanza y aprendizaje se genera un proceso evolutivo que promueve una vida posible por sobre las condiciones biopsicosociales.

Referencias

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Recibido: 17 de Enero de 2023; Aprobado: 11 de Diciembre de 2023; Publicado: 29 de Abril de 2024

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