Introducción
Japón ha vivido en una crisis constante desde el estallido de la burbuja inmobiliaria y bursátil de principios de los años 1990, causando incertidumbre social. Su recesión se acentuó por la pandemia causada por el coronavirus sars-Cov-2, que frenó el crecimiento económico mundial y socavó los objetivos de recuperación japoneses. Aunado a los desastres naturales que ha sufrido, primero con la triple catástrofe de Fukushima y posteriormente con terremotos que han obligado a destinar recursos para la recuperación de las áreas dañadas, la economía japonesa, que no había logrado recomponerse, bajó al cuarto lugar en la economía internacional, situándose por detrás de la economía alemana.
Japón enfrenta problemas económicos que han sido potencializados por factores sociales: el dilema demográfico insoluble, precariedad laboral, desigualdad de género y una creciente disparidad social. Hoy, Japón se ha convertido en el centro de la atención internacional por la caída de su producto interno bruto (PIB). De acuerdo con datos de organismos internacionales, como el Fondo Monetario Internacional (FMI), el crecimiento real japonés entre los años 2000 y 2022 fue del 0.7 %, mientras que Alemania alcanzó un 1.2 %. Lo anterior está relacionado con dos factores: el envejecimiento de la población y la baja tasa de natalidad. Ambos factores han menguado el desarrollo japonés, país que ya muestra signos de agotamiento (The Asahi Shimbum, 2024). Asimismo, indicadores clave como el PIB per cápita alcanzó 34,064 dólares en 2022, ocupando el lugar 21 entre los 38 miembros de la OCDE (Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico), mientras que el consumo privado cayó un 0.4 % a finales del año 2023 (Xie, 2024).
Paradójicamente, la bolsa de valores japonesa y su índice Nikkei han mostrado un avance importante. Lo anterior se debe a que las empresas japonesas exportadoras están aprovechando un yen débil y la inversión extranjera se incrementa, especulando en el mercado de valores japonés. Sin embargo, el yen débil puede ser, inicialmente un incentivo para posicionar a los productos japoneses en el mercado internacional, pero esas mismas empresas, dependientes de bienes y recursos importados, verán limitadas sus ganancias en el mediano plazo, dado el incremento en los precios de las importaciones que afectará la cadena de proveeduría.
Bajo estas breves consideraciones, el objetivo de este artículo es analizar el declive de la economía japonesa a la luz del envejecimiento de la población y la baja tasa de natalidad, factores que, ligados a cuestiones de pobreza y desesperanza entre los jóvenes y a la luz del enfoque de la sociedad de riesgo propuesta por Ulrich Beck, permitirán entender cómo la sociedad japonesa enfrenta serios riesgos económicos y sociales. Así, en este trabajo se parte del supuesto de que el desarrollo japonés, otrora paradigma de éxito, hoy enfrenta un punto de no retorno enmarcado por una creciente población envejecida y baja tasa de natalidad que impacta negativamente en la población económicamente activa (PEA), limitando las opciones de reposicionarse internacionalmente. Japón ha caído en el año 2024 al cuarto lugar en la economía internacional, superado por Alemania. Se especula que para 2025 caerá al quinto lugar, siendo superado por India. La situación requiere de estrategias efectivas, partiendo de aceptar que Japón se ha convertido en un país diverso y con profundos problemas sociales que deberá atender para recuperar la confianza entre sectores y su posición internacional.
El análisis se divide en tres apartados. El primero plantea, en términos generales, bajo el enfoque de la teoría de la sociedad de riesgo, la situación que atraviesa Japón considerando lo económico y social, explicando los problemas poblacionales a partir de la transición demográfica y posdemográfica, fundamentando los planteamientos en indicadores económicos. El segundo se dedica a la revisión del problema de envejecimiento de la población y las medidas gubernamentales que se han tomado en materia de seguridad social y sus implicaciones en el gasto público, posteriormente se analiza el problema del cambio estructural de la familia, la baja tasa de natalidad, así como la situación de los jóvenes y sus limitadas aspiraciones. Finalmente, se plantean varias consideraciones a manera de conclusión.
Metodológicamente, se recurre a la revisión bibliográfica para contextualizar y explicar el contexto japonés, haciendo una revisión de la literatura académica para identificar factores claves en los problemas sociales de Japón. Asimismo, son las fuentes hemerográficas y el análisis de datos cuantitativos, lo que permite fundamentar las afirmaciones que a lo largo del artículo se hacen. Se han seleccionado dos problemas sociales relevantes: el envejecimiento de la población y la baja tasa de natalidad, que a su vez llevan a la revisión de otros problemas, como la pobreza y la desesperanza en la juventud japonesa. De tal manera, el análisis cualitativo permite entender las percepciones y actitudes desde la óptica de diferentes actores sociales de frente a los riesgos identificados.
El declive de Japón, una sociedad en riesgo
La experiencia japonesa y sus cambios económicos y sociales han sido analizados desde la perspectiva económica, que ha aportado elementos para entender los desaciertos de los programas de reestructuración económica y financiera que se han puesto en marcha, como el implementado por el primer ministro, Shinzo Abe. No obstante, pocos estudios en México han revisado los problemas sociales que Japón vive y que provocan incertidumbre sobre la mejor vía de enfrentarlos.
Así, se propone como marco de discusión el enfoque de la que Ulrich Beck (1998) denominó como la segunda modernización, enmarcada en su teoría de la sociedad de riesgo, recuperando el análisis de Elliot, Katagari y Sawai (2012) y de la obra de Beck et al., (2011), complementando el enfoque con los factores que plantea la teoría de la transición demográfica de Dudley Kirk (1996) y la posdemográfica de Ryuchi Kaneko y Ryuzaburo Sato (2013). Este diálogo entre la postura de la sociedad de riesgo y la transición demográfica le dan sentido al análisis aquí presentado.
El argumento principal de la teoría de la “sociedad del riesgo” desarrollado por Beck (1992) se refiere a los efectos colaterales que la industrialización ha generado en la sociedad. Beck et al., (2011) afirman que la modernidad industrial produce efectos colaterales tales como el cambio climático, la crisis financiera, la migración, etc., que dejan vacías a las instituciones sociales básicas de la primera modernidad, convirtiéndose en creaciones disfuncionales sin capacidad para atender los nuevos esquemas y problemas que la sociedad enfrenta. De esta manera, la familia, unidad básica de la sociedad en la primera modernidad, se enfrenta a una expansión de sus funciones, con una sobrecarga, al asumir funciones de seguridad social que otros actores, como las empresas, ahora transfieren a la familia, lo que hace que esta pase de ser una fuente de seguridad a una fuente de riesgo.
La vida familiar, que alguna vez fue un refugio en un frío mundo capitalista sacudido por tormentas y crisis, ahora se ha convertido en lo contrario: una aventura llena de riesgos, haciendo que la decisión de casarse, formar una familia y tener hijos se convierta en un riesgo difícil para mujeres y hombres bajo la presión de la individualización (Beck et al., 2011, pp. 30-31).
Lo que actualmente se está presenciando en Japón parece una alteración de las características fundamentales de su sistema, que se expresan sucintamente en la pirámide de población transfigurada cuyo impacto demográfico en el desarrollo de la sociedad es difícil de evaluar. Considerar factores como el sistema socioeconómico, las tasas de participación de la fuerza laboral, la organización laboral, la distribución de la riqueza, las relaciones de género, la educación, la transición intergeneracional y los acuerdos de vida, así como los valores, preferencias y moda, que han creado riesgos que hoy la sociedad japonesa enfrenta.
El cambio social japonés va de las formas tradicionales de construcción de identidad (basadas en un modelo de ciudadanía y orden social) a formas postradicionales de construcción de identidad (promovidas por la globalización y las políticas neoliberales), lo que sitúa a Japón, de acuerdo con Elliot, Katagari y Sawai (2012), en la era de la fragmentación. Una fragmentación que vulnera el “piso” en el que descansaba la confianza de la sociedad. La sociedad de riesgo carece del “piso” del que el individuo gozaba durante la primera modernización, piso que era útil para que el individuo se reintegrara y se liberara por elección. En la segunda modernidad, la individualización es destino, no elección (Beck et al., 2011, pp. 81-82).
Ito y Suzuki (2013, pp. 122-124) sostienen que en Japón, además del cambio estructural de la familia, se ha incrementado la brecha demográfica desde los años 1990.
Las condiciones laborales inestables han llevado a las personas a estar alerta y temerosas de caer en la pobreza sin el apoyo familiar. El agotamiento del modelo de sarariiman como sustento familiar ha creado la percepción de que, incluso con una familia, los riesgos asociados a depender de ella están aumentando.
Además del significado que tiene el agotamiento del modelo familiar tradicional, se encuentra el envejecimiento de la población. Los adultos mayores que, en principio, eran atendidos por la familia, hoy se han convertido en una carga para el presupuesto público y para la familia misma. La longevidad de la población japonesa incrementa el número de adultos que requieren mayores cuidados de salud y protección, y representa un riesgo para una familia que ya no cuenta con los recursos humanos y económicos para atenderlos.
Katagari (2013), asume que los riesgos que hoy enfrenta Japón están asociados al colapso del triángulo que sostuvo la estructura social y económica de ese país. Las corporaciones, la familia y la universidad conformaron un triángulo que dio estabilidad y bienestar a la sociedad japonesa. Las corporaciones fueron consideradas una referencia de estabilidad que proveía bienestar y empleo de por vida a cambio de la lealtad de los trabajadores. Asimismo, la familia compuesta por el sarariiman y la esposa en el hogar se estableció como el grupo de referencia que sostuvo a la sociedad, la universidad fue la ruta al empleo, el pasaporte para una vida con reconocimiento y estabilidad (el esfuerzo de los jóvenes por ingresar a la mejor universidad tenía su recompensa en la confianza que las compañías mostraban al contratar a los mejores). Sin embargo, la rápida globalización hizo que el triángulo colapsara, en principio, por la flexibilización del empleo que terminó con el empleo vitalicio (Katagari, 2013, pp. 151-152).
La teoría de la transición demográfica parte de la premisa de que una tasa de fertilidad alta con altos índices de mortalidad transita a la baja fertilidad y con baja mortalidad en los países desarrollados, transición que impacta en la estructura social. La modernización y la industrialización en Japón llegaron tarde, pero procedieron rápido. Por tanto, la teoría de la transición demográfica se asume por coincidir en ciertos puntos con otros países altamente industrializados, pero con las condiciones específicas del desarrollo de Japón (Coulmas, 2007).
Durley Kirk (1996) afirma que la demografía es una ciencia escasa de teoría y rica en cuantificación que ha producido una de las generalizaciones mejor documentadas en las ciencias sociales: la transición demográfica. La teoría de la transición demográfica se refiere al progreso que las sociedades viven desde un régimen premoderno de alta fertilidad y alta mortalidad a un régimen posmoderno de baja fertilidad y mortalidad. La causa de esta transición se ubica en la reducción de la tasa de mortalidad mediante el control de enfermedades epidémicas y contagiosas. Luego, los niños se vuelven más costosos y los cambios culturales disminuyen la tasa de natalidad por los cuidados que los niños requieren y el costo que representan. Sumado a lo anterior, la teoría también recupera el creciente empoderamiento de las mujeres para tomar sus propias decisiones reproductivas, lo que conduce a familias más pequeñas.
La transición demográfica en el caso japonés ayuda a entender esta transición, alcanzando bajas tasas de natalidad y bajas tasas de mortalidad, que, aunque no está totalmente vinculada a los factores que menciona Kirk, contribuye a explicar el problema en Japón, recuperando para ellos la explicación de Kaneko & Sato (2013), quienes asumen que la población japonesa comenzó un declive poblacional bajo el concepto de “fase de transición posdemográfica”. Los autores concluyen que el cambio se produjo entre mediados de la década de 1970 y finales de la década de 2000 como un proceso ineludible de una cadena de acontecimientos asociado con los factores socioeconómicos, cambios culturales e incluso políticos destacados en la historia reciente de Japón.
La teoría tradicional de la transición demográfica asumía que la fertilidad se estabilizaría en dos hijos por mujer en el régimen postransicional, sin prever una dramática disminución de la mortalidad y el incremento de personas mayores. Así, mientras la transición demográfica ha significado que la fertilidad y la mortalidad regresan a un estado de equilibrio, lo que resulta en un crecimiento poblacional nulo, en Japón vemos acontecimientos no previstos, como la caída de la natalidad por debajo del nivel de reemplazo y la longevidad de las personas mayores. En la actualidad, la esperanza media de vida al nacer en Japón son más de 80 años, el nivel mundial más alto (Kaneko & Sato, 2013, p. 2).
La teoría de la transición demográfica postransicional asume, para el caso de Japón, siete indicadores: 1. El tránsito a la drástica disminución de la población; 2. La curva de aumento de la población pasa de una curva convexa a una cóncava que evidencia que el crecimiento demográfico se ha desacelerado hacia cero desde mediados de la década de 1970; 3. El cambio de la población en edad de trabajar, si bien el pico de la población total de finales de la década de 2000 en Japón estaba en edad de trabajar (entre 15 y 64 años), el creciente número de personas mayores (de 65 años y más) superó la población infantil (de 0 a 14 años); 4. El tema de la fertilidad, la disminución de la tasa de natalidad por la reestructuración de la familia, sus funciones y responsabilidades; 5. La mortalidad; 6. La estructura de la población por edad representada por una pirámide que indica que para la década de 2060 la población total de Japón se reducirá gradualmente, lo que significa que el siglo XXI es la era de una interminable disminución de la población de este país; y, finalmente, 7. La transición del impulso poblacional de más de uno a menos de uno (Kaneko & Sato, 2013, pp. 2-4).
Estos cambios poblacionales tienen impacto en el empleo, la movilidad y la seguridad social. De tal manera, las actuales características de la demografía japonesa propician efectos colaterales que ponen en riesgo a su sociedad.
Los riesgos en la situación japonesa
El PIB del país se contrajo un 0.4 % en 2023, mostrando un declive en la economía japonesa, que cayó un escalón en la economía internacional, situándolo en el cuarto lugar, después de Estados Unidos, China y Alemania. Con una depreciación del yen frente al dólar y un débil consumo interno, la economía japonesa tuvo un respiro por sus indicadores de comercio internacional alentados por un yen débil. Sin embargo, el consumo privado, que representa la mitad de la economía, disminuyó un 0.9 % anualizado en el cuarto trimestre de 2023, los consumidores japoneses luchaban contra los precios elevados en alimentos, combustible y otros bienes, difícil situación si se piensa en un país que cubre sus necesidades de energía con 94 % de importaciones e importa el 63 % de sus alimentos (He & Montgomery, 2024).
El descenso de Japón al cuarto lugar en la economía internacional es reflejo no solo de decisiones políticas sino también de las circunstancias sociales que domésticamente no se han atendido, así como de los efectos de los desastres naturales: la triple catástrofe de Fukushima en 2011 y el más reciente terremoto que sacudió la península de Noto en la prefectura central de Ishikawa el 1 de enero de 2023, desastres que han requerido una inversión pública mayor para recuperar la infraestructura pública y atender las necesidades sociales.
Japón dejó de ser el país de los logros económicos. La percepción generalizada que se mantuvo de 1970 hasta la década de 1980 de un Japón con una sociedad predominantemente de clase media, con ingreso promedio per cápita, con desarrollo y uso de tecnología de punta, llegó a su fin.
Organismos como la OCDE y el Banco Mundial analizaron el éxito japonés y lo ubicaron como el país socialmente más igualitario entre las naciones industrializadas. Los japoneses tomaron esto como una prueba más de su excepcionalismo; la autoimagen de una sociedad de clase media y homogénea fomentó el estereotipo de que todos debían tener una conciencia de clase media y compartir un estilo de vida común (Shirahase, 2015). Pero la época de los asalariados de “cuello blanco” llegó a su fin, dando paso a una sociedad de riesgo con signos de desigualdad social.
La productividad laboral de Japón ―medida por el valor de los bienes o servicios que un trabajador puede producir por hora― ocupó el puesto 30 entre los 38 países de la OCDE en 2022, la más baja entre los países avanzados del G-7. La productividad laboral de Japón es hoy solo el 60 % de la de Alemania, que ocupa el segundo lugar, solo detrás de Estados Unidos. Esta es la razón por la que el PIB de Alemania puede alcanzar al de Japón, a pesar de tener una población que es solo dos tercios de la de Japón (Xie, 2024). El PIB de Japón representó solo el 4.2 % de la economía mundial en 2022, que también es el porcentaje más bajo registrado desde la década de 1980.
Los datos económicos publicados recientemente reflejan un Japón con problemas internos profundos de índole económico y social. Si la fuente del poder japonés, su gente, se debilita, su influencia económica y productiva son cuestionadas. La vertiginosa industrialización propició una sociedad que se asumió incorrectamente como homogénea y cuyo modelo económico sustentado en una política de empleo vitalicio, métodos de gerencialismo e identidad colectiva, hoy están agotados.
Dos variables fundamentales han impactado en Japón: a) los vaivenes de la economía internacional y la acelerada competencia que representan otras economías; y b) los problemas sociales internos del envejecimiento poblacional, el cambio en la estructura familiar y el cambio en la formación y valores de los jóvenes con diferentes aspiraciones, necesidades y retos, fueron soslayados en favor de una imagen de país fuerte y productivo.
El trabajo vitalicio que junto con el sistema de reconocimiento por antigüedad conformaron la estructura laboral japonés por mucho tiempo, atrayendo a los trabajadores por la estabilidad que representaba, permitió a los trabajadores planear su vida y, por tanto, contribuir a una vertiginosa industrialización durante lo que Beck (1998) ubica como la primera modernización. No obstante, la crisis económica que Japón enfrentó desde la década de 1990 hizo impostergable el cambio en la legislación laboral.
Desde principios del siglo XXI inició una revisión de la legislación laboral en Japón, para flexibilizar las formas de contratación y los compromisos que los empleadores tenían con sus trabajadores. Los jefes corporativos sugirieron la eliminación de décadas de tradición, proponiendo contratar empleados de acuerdo con sus necesidades; las universidades inmediatamente protestaron, diciendo que los estudiantes comenzarían a preocuparse por buscar trabajo durante todo el año y descuidarían sus estudios; el Gobierno anunció que el cronograma de reclutamiento permanecería sin cambios, pero, sin duda, el cambio llegó (Kashiwagi, 2018).
De esta manera, mientras el empleo vitalicio aseguró que el empleado permaneciera hasta su jubilación en la empresa que lo contrató desde su egreso universitario, la flexibilidad laboral creó incertidumbre. El egreso de las mejores universidades ya no garantizaba a los jóvenes la contratación en una reconocida corporación; las corporaciones tenían ahora la posibilidad de mover, despedir y crear nuevas modalidades de empleo, como el trabajo por horas. En este sentido, lo que afirman Beck, Munenori y Midori (2011) sobre los riesgos de la modernidad industrial dejó vacías a dos instituciones básicas del desarrollo japonés: las grandes corporaciones y las instituciones gubernamentales que no definieron estrategias para atender los riesgos, depositando en el individuo la responsabilidad de enfrentar con sus propios medios la crisis económica.
Los riesgos de la transición demográfica
El factor demográfico es hoy el reto para Japón, específicamente, en temas de productividad de las empresas japonesas. Es una cuestión lógica: la suma de las variables de envejecimiento, más la baja tasa de natalidad, reduce la base de la población económicamente activa. Mientras el porcentaje de adultos mayores se incrementa, el índice de natalidad disminuye, presionando más a la población joven potencialmente productiva para sostener la economía. La tasa de natalidad de Japón (el número de hijos que se espera que una mujer tenga a lo largo de su vida) alcanzó un nuevo mínimo histórico de 1.20 en 2023. Según mostraron datos del Ministerio de Salud, Trabajo y Bienestar, la última cifra en 2022 fue de 0.06 puntos menos que el año anterior y la más baja desde que el Gobierno comenzó a llevar registros en 1947, lo que subraya el rápido ritmo al que envejece su sociedad (Takahara, 2024) (Figura 1). Al mismo tiempo, la proporción de personas mayores (65 años o más de edad) aumentó desde mediados de la década de 1980. Esta transición demográfica aumenta la brecha entre la generación productiva y la posproductiva, desafiando la productividad japonesa.

Fuente: Elaboración propia con datos del Ministry of Health Labour and Welfare of Japan (2021).
Figura 1 Tasa de fertilidad (hijos por mujer) en Japón 1947-2023
La creciente población de personas mayores cuestiona la posibilidad de estabilizar la economía japonesa y recuperar su estatus internacional. De acuerdo con el Foro Económico Mundial (fem), Japón ya se enfrenta a una escasez de mano de obra y para 2040 podrían faltarle once millones de trabajadores, lo que llevó a introducir en 2018 la directriz de medidas para el envejecimiento de la sociedad, para animar a las personas mayores a continuar en el mercado laboral. Ya en 2022 casi la mitad de las empresas japonesas dependían de trabajadores mayores de 70 años (Edmond & North, 2023). Mientras tanto, a escala mundial, solo el 35 % de las empresas dan prioridad a los trabajadores mayores de 55 años (Edmond & North, 2023). Aunque el primer ministro, Fumio Kishida, prometió mayor presupuesto para capacitar a los trabajadores y que sigan manteniéndose actualizados con la dinámica competitividad tecnológica internacional, lo cierto es que las personas mayores han alterado drásticamente sus condiciones de vida, pues ya no tienen el interés, el ánimo y el dinamismo de los jóvenes para mantener el ritmo laboral que Japón mostró en sus épocas de vertiginoso desarrollo.
Lo anterior es un riesgo por los fondos requeridos para atender a este sector de la población. La brecha entre quienes contribuyen con los programas sociales a través del pago de impuestos y quienes se retiran del sistema social (adultos mayores) presiona el sistema de bienestar, estirándolo a tal extremo que pronto será complicado proteger a más y más japoneses que ya no contribuyen con el presupuesto público, pero que requieren la creciente atención en temas de salud y cuidado. El primer ministro Kishida afirmó que: “Japón está al borde de no poder funcionar como sociedad, centrar la atención en las políticas relativas a los niños y la crianza de los hijos es una cuestión que no puede esperar ni posponerse” (Wright, 2023).
En este sentido, el Gobierno japonés ha trabajado desde mediados del siglo XX en la promulgación de leyes de bienestar social. Por ejemplo, en 1946 se promulgó la Ley de Asistencia Pública, y en 1947, la Ley de Bienestar Infantil, diseñada para huérfanos de guerra y niños sin hogar; en 1949 se promulgó la Ley de Bienestar de las Personas con Discapacidad Física, diseñada para la rehabilitación y la autosuficiencia de las personas discapacitadas. La Ley de Servicios de Bienestar Social se promulgó en 1951 y atendió la gestión del bienestar social durante 50 años, hasta que fue modificada como Ley de Bienestar Social en 2000. Estas leyes pretendieron responder a las necesidades de las personas que iban quedando socialmente rezagadas (Fujimura, 2009). Así, los planes también se han definido desde hace tiempo para atender a la población vulnerable con tendencia a la pobreza. Durante el periodo de rápido crecimiento de la década de 1960, el plan para duplicar los ingresos de la nación, implementado por la administración de Hayato Ikeda, desempeñó un rol importante, definiendo un sistema bidireccional de seguridad. Por un lado, las personas viviendo en zonas urbanas debían contratar un seguro relacionado con su empleo y nivel; por otro lado, un seguro regional diseñado para agricultores y propietarios de negocios pequeños independientes atendía a la población de zonas rurales. Estos sistemas crearon una disparidad financiera, evidenciando una correlación entre ocupación y empleo desarticulada, sentando las bases para lo que hoy pudiera ser una causa remota de la vulnerabilidad de la seguridad del empleo en la era global posterior a la década de 1990 (Fujimura, 2009).
A pesar de los continuos esfuerzos, a finales de la primera década de 2000, la administración del seguro social ha dejado de ser pertinente. Los problemas presupuestales de las corporaciones privadas ocasionados por la desaceleración económica han provocado el impago de seguros, a lo que se ha sumado el problema presupuestal del Gobierno, provocando un paulatino empobrecimiento de este sector de la población. La Tabla 1 permite observar datos preocupantes sobre las brechas demográficas y de pobreza que Japón enfrenta.
Tabla 1 Brechas demográficas y de ingresos 1995-2023
| Año | Población 0-14 | Población 15-64 | Población 65+ | Variación anual de la PEA (miles de personas) | Número de nacimientos | PIB per cápita | Salario mínimo | Tasa de desempleo |
| 1995 | 20,093,036 | 86,649,448 | 17,913,004 | 4 | 1,187,064 | 44,197.61 | ¥105,906.7 | 3.2 % |
| 1996 | 19,714,150 | 86,582,907 | 18,617,298 | 29 | 1,206,555 | 39,150.03 | ¥107,986.7 | 3.4 % |
| 1997 | 19,425,387 | 86,498,427 | 19,333,231 | 71 | 1,191,665 | 35,638.23 | ¥110,413.3 | 3.4 % |
| 1998 | 19,119,187 | 86,324,563 | 20,124,226 | -43 | 1,203,147 | 32,423.75 | ¥112,493.3 | 4.1 % |
| 1999 | 18,834,705 | 86,218,016 | 20,807,262 | -52 | 1,177,669 | 36,610.16 | ¥110,933.3 | 4.7 % |
| 2000 | 18,553,275 | 85,995,230 | 21,522,783 | -16 | 1,190,547 | 39,169.35 | ¥112,710.0 | 4.7 % |
| 2001 | 18,315,957 | 85,625,823 | 22,343,007 | -34 | 1,170,662 | 34,406.18 | ¥113,576.7 | 5.0 % |
| 2002 | 18,119,254 | 85,276,195 | 23,083,204 | -82 | 1,153,855 | 32,820.79 | ¥114,400.0 | 5.4 % |
| 2003 | 17,956,209 | 84,883,351 | 23,848,786 | -14 | 1,123,610 | 35,387.03 | ¥114,963.3 | 5.3 % |
| 2004 | 17,789,885 | 84,631,007 | 24,403,257 | 13 | 1,110,721 | 38,298.98 | ¥115,136.7 | 4.7 % |
| 2005 | 17,651,202 | 84,197,124 | 25,021,054 | 27 | 1,062,530 | 37,812.89 | ¥115,396.7 | 4.4 % |
| 2006 | 17,533,066 | 83,729,754 | 25,792,190 | 33 | 1,092,674 | 35,991.54 | ¥116,003.3 | 4.1 % |
| 2007 | 17,402,456 | 82,975,838 | 26,675,163 | 38 | 1,089,818 | 35,779.02 | ¥117,260.0 | 3.9 % |
| 2008 | 17,302,784 | 82,351,921 | 27,411,466 | -18 | 1,091,156 | 39,876.30 | ¥119,773.3 | 4.0 % |
| 2009 | 17,205,567 | 81,650,386 | 28,220,227 | -95 | 1,070,036 | 41,308.99 | ¥122,286.7 | 5.1 % |
| 2010 | 17,054,019 | 81,187,923 | 28,815,916 | -16 | 1,071,305 | 44,968.15 | ¥124,323.3 | 5.1 % |
| 2011 | 16,943,391 | 80,970,301 | 29,009,716 | -5 | 1,050,807 | 48,760.07 | ¥126,836.7 | 4.6 % |
| 2012 | 16,778,104 | 80,206,724 | 29,674,852 | -13 | 1,037,232 | 49,145.28 | ¥128,266.7 | 4.3 % |
| 2013 | 16,601,643 | 78,957,764 | 30,834,268 | 46 | 1,029,817 | 40,898.64 | ¥130,476.7 | 4.0 % |
| 2014 | 16,489,385 | 78,362,826 | 31,582,416 | 45 | 1,003,609 | 38,475.39 | ¥133,120.0 | 3.6 % |
| 2015 | 16,310,018 | 77,172,787 | 32,680,764 | 31 | 1,005,721 | 34,960.63 | ¥135,980.0 | 3.4 % |
| 2016 | 16,133,110 | 76,287,032 | 33,471,594 | 68 | 977,242 | 39,375.47 | ¥139,403.3 | 3.1 % |
| 2017 | 15,940,547 | 75,526,716 | 34,116,389 | 72 | 946,146 | 38,834.05 | ¥143,736.7 | 2.8 % |
| 2019 | 15,531,403 | 74,230,887 | 35,014,064 | 68 | 865,239 | 40,415.95 | ¥152,663.3 | 2.4 % |
| 2020 | 15,287,153 | 73,676,767 | 35,307,386 | -40 | 840,835 | 40,040.76 | ¥156,216.7 | 2.8 % |
| 2021 | 15,080,415 | 73,180,429 | 35,581,845 | 3 | 811,622 | 40,058.53 | ¥157,560.0 | 2.8 % |
| 2022 | 14,795,894 | 72,692,237 | 35,735,422 | 10 | 770,759 | 34,017.27 | ¥162,543.3 | 2.6 % |
| 2023 | 14,475,473 | 72,262,175 | 35,685,383 | 24 | 758,631 | 33,806.00 | ¥168,000 | 2.6 % |
Fuente: Elaboración propia con datos de World Bank Open Data (s/f), Ministry of Health Labour and Welfare of Japan (2022a, 2022b, 2022c), Ministry of Internal Affairs and Communications of Japan (2023) y Tokyo Metropolitan Government (s/f).
Familia, empleo y jóvenes japoneses empobrecidos
La estructura familiar japonesa ha cambiado. La familia que compartía espacio, tiempo y recursos hasta por tres generaciones ya no es óptima para resolver las necesidades básicas. De acuerdo con la teoría de la transición posdemográfica, lo anterior responde principalmente a dos factores: a) la renuencia a tener hijos, porque estos se han convertido en una carga económica y la mujer prefiere incorporarse al campo laboral; y b) la movilidad de los jóvenes en busca de mejores condiciones laborales. Al mismo tiempo, estos factores son resultado de la incertidumbre propiciada por los riesgos que enfrenta la sociedad japonesa.
Alrededor de la mitad de las personas solteras menores de 30 años en Japón no tienen interés en tener hijos. Como resultado de la encuesta realizada por Rohto Pharmaceutical, a 400 personas entre 18 y 29 años, el 49.4 % dijo que no quería tener hijos, el porcentaje más alto en cualquiera de las tres últimas encuestas anuales realizadas. Se encontró, por género, que el 53 % de los hombres y el 45.6 % de las mujeres no están interesados en ser padres, citando razones como el alto costo y la ansiedad sobre el futuro de Japón (Japan Times, 2023). Los datos obtenidos en esta encuesta complementan los resultados anunciados por el Gobierno que muestran que el número de bebés nacidos en el país durante 2022 cayó por debajo de 800,000. En respuesta, el Gobierno abrió la Agencia para la Infancia y la Familia,1 que en 2022 reportó que la tasa de natalidad total en 2020 fue de 1.33, lo que supone una reducción de 0.03 % en comparación con el año anterior, con una población total de 125.5 millones para 2021, de la cifra anterior se deriva que: la población de edad joven (de 0 a 14 años), en edad de trabajar (de 15 a 64 años) y de 65 años o más son 14.78 millones, 74.5 millones y 36.21 millones, respectivamente, equivalentes al 11.8 %, 59.4 % y 28.9 % de la población total (Japan Cabinet Office, 2022). Si bien es cierto que el porcentaje más alto se ubica en la población entre 15 a 64 años, las personas en edad laboral que se ubican en el extremo de adultos de 60 y más son quienes requieren de capacitación extraordinaria para realizar sus tareas laborales en un ambiente de cambio vertiginoso en la práctica laboral y uso de tecnologías.
La mayoría de los japoneses sienten que el país no es un lugar favorable para criar hijos y afirman que el Gobierno debería asumir una mayor responsabilidad en la crianza de los niños. Esta demanda proviene no solo de las familias de bajos ingresos, sino también de las familias de ingresos altos, que requieren apoyo financiero para criar a sus hijos ante los altos costos de la educación, pensando en la formación de jóvenes con una educación integral, opción que las familias con ingresos bajos no pueden permitirse (Shirahase, 2015). Lo anterior cuestiona la competitividad de los jóvenes al llegar a la vida laboral, abriendo una brecha entre aquellos bien preparados y aquellos que no tuvieron acceso a una educación de excelencia. Lo anterior es más evidente en hogares monoparentales cuyo ingreso es insuficiente para atender las necesidades de una infancia que se prepara para asumir los retos de la economía japonesa.
El patrón de familia, que desempeñó tradicionalmente un rol fundamental en la provisión de seguridad básica para el sustento de un Japón económicamente empoderado, terminó, y el Estado de bienestar japonés, que se caracterizó por una fuerte dependencia de la familia, cambió. Como plantean Beck, Munenori y Midori (2011), los japoneses se enfrentan a los riesgos de manera individual, desprovistos de la estructura familiar y corporativa que antes les daba un piso seguro para comprometerse con el desarrollo del país.
El cambio en la estructura familiar y corporativa ha impactado en el empleo. La transformación en el modelo de empleo por el tránsito hacia una economía de servicios, nuevas formas de consumo, crecientes necesidades de la población envejecida, que fomenta el empleo irregular, de tiempo parcial, está afectando particularmente a los jóvenes. En este sentido, la inestable situación del empleo y la creciente tasa de desempleo juvenil es uno de los factores vinculados al declive de la economía japonesa. La tasa de desempleo total es de aproximadamente el 4 %, pero la de los jóvenes entre 20 y 24 años es casi el 10 %, más del doble que la de toda la población y el doble que la del mismo grupo de edad. En 2023, alrededor del 4.6 % de los hombres en Japón de entre 20 y 24 años estaban desempleados, aunque buscaban activamente trabajo. La tasa de desempleo de las mujeres también fue más alta entre el grupo de edad de 20 a 24 años, alrededor del 4.3 % (Statista Research Department, 2023).
La actual realidad del empleo juvenil en Japón ha definido nuevas categorías para nombrar a los jóvenes con empleos irregulares o freeters (job hoppers), los jóvenes van deslizándose en su categoría laboral y disminuyendo sus expectativas. Los freeters cambian a menudo a la categoría de ninis (jóvenes sin empleo y sin escuela), en algunos casos, asediados por las circunstancias, se alejan de la sociedad, incrementado el fenómeno de los hikikomori, que se refiere a un fenómeno social caracterizado por un retiro extremo de la vida social.
Hoy, los trabajadores se clasifican, en términos generales, en dos categorías: trabajadores regulares y trabajadores no regulares. Mientras los trabajadores regulares son contratados directamente por la empresa y se espera que trabajen a tiempo completo y hagan horas extras “voluntariamente”, disfrutando del sistema de seguridad social, en contraste, los trabajadores no formales tienen asignaciones de trabajo claramente definidas, no se espera que realicen horas extras “voluntarias” y no se les exige trasladarse a otro lugar de trabajo, no tienen seguridad laboral más allá de los contratos de duración determinada y, en muchos casos, son contratados indirectamente a través de agencias de empleo o empresas de subcontratación; ellos son los primeros en ser despedidos cuando es necesario un ajuste laboral, dado que ningún marco legal les otorga derechos, excepto los que la empresa en la que laboran les otorga (Machiko, Kim y Kinsgton, 2013).
Los empleos no formales a menudo son desempeñados por trabajadores de tiempo parcial (arubaito) o empleados jubilados recontratados, estos empleados trabajan el mismo número de horas que los trabajadores a tiempo completo, convirtiendo la condición de “tiempo parcial” en una justificación para ser excluidos de la seguridad laboral. Los trabajadores de tiempo parcial solían ser estudiantes que requerían recursos para completar el pago de sus escuelas y en ocasiones podían ser contratados de tiempo completo. Sin embargo, esta situación ha ido cambiando en los últimos años. A medida que las empresas buscan reducir los costos laborales, para compensar los crecientes pagos por antigüedad, también reducen las nuevas contrataciones y amplían la contratación de tiempo parcial, incrementando el empleo no regular.
Los riesgos de la sociedad japonesa se exacerbaron en la pospandemia, época en la que la precarización de la vida laboral se manifestó de diversas maneras, afectando a una amplia gama de trabajadores. El cine y la literatura contemporáneos que abordan estos temas ayudan a entender mejor las formas de precarización, como: trabajo temporal y el tiempo parcial, las largas jornadas laborales y el karoshi (muerte por sobrecarga de trabajo), la desigualdad de género y el trabajo no remunerado, los trabajadores migrantes y extranjeros, y el aumento de la subcontratación y el outsourcing, características de una sociedad de riesgo. La película Tokyo Sonata (Kurosawa, 2008) refleja la inseguridad laboral y las dificultades económicas de una familia japonesa en la que el padre pierde su empleo y debe ocultar su situación, mientras que Un asunto de familia (Koreeda, 2018) destaca varias modalidades de empleo precario, como el de la construcción, el de la industria del sexo (fūzoku) o el de lavandería,2 caracterizadas por condiciones deplorables y bajos salarios. La novela La dependienta, de Sayaka Murata (2019), ofrece un punto de vista sobre los empleos “sin futuro” y la imposibilidad para quienes los desempeñan de cumplir con las rígidas expectativas sociales. La novela Go, de Kazuki Kaneshiro (2018), aunque más antigua y centrada en la discriminación racial, también refleja las dificultades que enfrentan las familias, especialmente si son inmigrantes, en la sociedad japonesa.
Así, se puede entender que los riegos que enfrenta la economía japonesa tienen su origen en el drástico cambio demográfico, el cual ha impactado en el ámbito laboral y hoy cuestiona el sistema japonés de rápida industrialización y vanguardia tecnológica. Los temores sobre las perspectivas de empleo, los futuros planes de pensiones y el fuerte aumento de los déficits gubernamentales están frenando el avance económico.
Aunado a la precarización laboral, la brecha entre el incremento de los precios de las materias primas, que se refleja en el precio directo al consumidor, está ahondando el riesgo de la pobreza. Datos recientemente publicados mostraron que los salarios reales en enero de 2024 cayeron un 0.6 % interanual, mientras que la tasa de inflación se especula para este año en alrededor del 3 %; esta tendencia no solo frenaría el consumo individual, sino que también conduciría a la pérdida de recursos humanos (Xie, 2024).
No obstante, el gobierno del primer ministro Kishida diseñó un plan denominado “Nuevo Capitalismo”, que define un incremento salarial a fin de fortalecer la inversión en recursos humanos, mejorando las habilidades de los trabajadores mediante la recapacitación, con salarios basados en el trabajo acorde con la situación real de cada empresa y facilitando la movilidad laboral hacia nuevos campos de conocimiento. Con lo anterior se plantea el crecimiento de una gran clase media que contrarreste la caída de la tasa de natalidad y apoye a la niñez (Kantei, s/f).
Sin embargo, la decisión no alcanza, Japón se enfrenta al “trilema” de armas versus sillas de ruedas versus cochecitos de bebé y no hay señales sobre la fuente de la cual el Gobierno obtendrá los recursos para resolverlo (Glosserman, 2024). La arista de las “sillas de ruedas”, refiriéndose a los adultos mayores, también es fuente de un serio problema social.
Los riesgos de la pobreza en la juventud
Las más de tres décadas de recesión económica han impactado negativamente en los jóvenes japoneses. La aplicación de medidas neoliberales, como la desregulación de las políticas laborales, la mayor privatización de los servicios sociales y el respaldo a los derechos individuales, dio paso a un trabajador imparcial, flexible y responsable de su trabajo, pero el nuevo modelo ya no se sustenta en la familia, como lo adelanta la teoría del riesgo: hoy, es el individuo quien debe responsabilizarse de su propio destino. El modelo una vez conocido Japan Inc. se desvaneció (Allison, 2015, p. 36).
Furlong afirma que el insuficiente apoyo gubernamental para los jóvenes ha presionado a las familias para que sean ellas las que se responsabilicen por los hijos hasta que estén en condiciones de asumir una vida independiente (Furlong, 2008, p. 314). Sin embargo, lo que antes se asumió como corresponsabilidad, porque el padre esperaba del hijo sus cuidados en la vejez, ya no funciona de la misma manera. El incierto contexto ha incrementado el número de hikikomori y ninis, así como el número de solteros sin empleo que siguen dependiendo de los padres o se mantienen como empleados no regulares que no cuentan con los medios suficientes para rentar un espacio y llegan a vivir a los “café internet”.
A estos jóvenes se les atribuye la falta de productividad del propio Japón, pero, como lo afirman Machiko, Kim y Kinsgton (2013), los trabajadores, particularmente los jóvenes, son presa de la precariedad laboral atribuible al cambio en los patrones de contratación de las empresas y la flexibilidad normativa para emplear la mano de obra irregular con mínimas o nulas prestaciones.
Para los jóvenes de hoy es un privilegio acceder a un trabajo regular, la informalidad laboral y los trabajos de medio tiempo fomentan la precariedad laboral y profundizan el problema social de parejas jóvenes por no lograr conciliar la relación vida-trabajo-hijos. En este sentido, la correlación trabajomatrimonio, familia-hijos, trabajo formal, ha quedado vacía, incrementando el número de jóvenes con problemas de socialización. La década de 2000 visibilizó a los hikikomori, a los ninis y a los trabajadores pobres (Toivonen & Imoto, 2012). En la Encuesta sobre la sensibilización y los estilos de vida de los niños y jóvenes, de la Oficina del Gabinete, de 2022, el número de personas recluidas se incrementó a más de un millón, y visibilizó un problema mayor: son los jóvenes de entre 15 y 39 años los que reportan pasar más tiempo en casa sin interés en salir, o bien con salidas ocasionales (datos de la Encuesta realizada en noviembre de 2022 por la Oficina del Gabinete, 2023, citado en Asia Pacific Foundation of Canada, 2023). Los resultados deberían atraer más la atención del Gobierno y del sector privado, particularmente, porque la fuerza laboral del país continúa reduciéndose.
La situación del país profundiza el desencanto de los jóvenes. En la Encuesta de Opinión Pública sobre la Conciencia Social realizada por la Oficina del Gabinete del Gobierno de Japón en diciembre de 2022 y publicada en marzo de 2023, resaltan temas importantes sobre el sentir de los jóvenes japoneses. Su percepción sobre su situación manifiesta incertidumbre y desconfianza (Cabinet Office Survey, 2023).
Con respecto a la pregunta sobre satisfacción con la sociedad actual, el porcentaje más alto de encuestados (62.5 %) citó “la falta de comodidad y perspectivas económicas”, seguido de “es difícil para los jóvenes aspirar a la independencia en la sociedad” (30.0 %) , “es difícil criar hijos” (27.7 %), “no hay un buen ambiente de trabajo” (26.2 %) y “es difícil para las mujeres aspirar al éxito en la sociedad” (25.4 %); en comparación con los resultados de la encuesta anterior, hubo un incremento en las personas que citaron “falta de comodidad y perspectivas económicas” (55.5 % → 62.5 %) y “es difícil criar hijos” (23.4 % → 27.7 %) (Cabinet Office Survey, 2023).
La Encuesta sobre Conciencia Social 2024 mostró elementos importantes de la incertidumbre que vive Japón. El porcentaje más alto de personas (63.2 %) citaron “la falta de comodidad y perspectivas económicas”, seguida de “la dificultad para criar hijos” (28.6 %), “la dificultad para los jóvenes de tener aspiraciones”, la “necesidad de independencia en la sociedad” (28.2 %), la “dificultad para las mujeres de aspirar al éxito en la sociedad” (26.2 %) y la “falta de un ambiente fácil de trabajar” (25.8 %) como los temas con los que perciben su realidad (Cabinet Office Survey, 2024). Por edad, fue mayor el porcentaje de personas de entre 30 y 40 años que citaron “falta de comodidad y perspectivas económicas”, mientras que el porcentaje de personas que citaron “difícil criar hijos” y “falta de un ambiente fácil para trabajar” fue mayor entre las personas de 18 a 29 años y las de 30 años, respectivamente, evidenciando los temas que se han rescatado aquí: natalidad, empleo y precariedad (Cabinet Office Survey, 2024). La relación entre ambas encuestas muestra un incremento en la insatisfacción de aproximadamente 1 % en todos los rubros en apenas un año.
Asimismo, el declive económico japonés levanta un malestar financiero para los jóvenes, quienes luchan contra la insatisfacción social porque “no se sienten financieramente cómodos”. Por ejemplo, el salario más alto se ubica entre las personas de 55 a 59 años, con un ingreso de 4.5 millones de yenes anuales, equivalente a aproximadamente 29,000 dólares americanos, mientras que para el rango de edad (25-29 años) en el que se encuentran jóvenes con deseos de crecer, formar un hogar, tener estabilidad, etc., el salario es de 3.3 millones de yenes, y para los de 30 a 34 años de edad (la edad más productiva) es de 3.6 millones de yenes, esto es, 20,000 y 22,000 dólares, respectivamente (GaijinPot, 2024). La pobreza en Japón, según la OCDE, es la peor entre los países desarrollados; uno de cada seis japoneses vive en la pobreza (Penney, 2024).
La desigualdad de ingresos de Japón alcanzó su segundo peor nivel registrado, según la encuesta del Ministerio de Trabajo, Salud y Bienestar realizada en 2021. El coeficiente de Gini, un índice que mide la desigualdad de ingresos en una escala que oscila entre 0 y 1, aumentó a 0.5700, basándose en el ingreso inicial. El coeficiente de Gini aumenta con el envejecimiento de la población porque el ingreso inicial, que no incluye los pagos de pensiones, disminuye; las últimas cifras podrían reflejar el hecho de que los trabajadores no regulares, que generalmente ganan poco y trabajan en condiciones duras, se vieron más gravemente afectados por la pandemia de covid-19 (Nakamura, 2023) (Figura 2).

Fuente: Elaboración propia con base en datos del Ministry of Health Labour and Welfare of Japan (2021); OCDE (2017) y World Bank Open Data (s/f).
Figura 2 Evolución del Coeficiente de gini en Japón, 1990-2023
La precariedad laboral constituye un fenómeno transversal que impacta a diversos estratos sociales. Los datos del Reporte de País sobre el Bienestar Infantil de la OCDE (2017) revelan una situación compleja en Japón, donde, a pesar de contar con ingresos familiares promedio cercanos a la media de los países miembros, la tasa de pobreza infantil se sitúa por encima de este indicador. Esta disparidad sugiere que la distribución de la riqueza no se traduce en un bienestar equitativo para todos los niños. Es fundamental considerar que estos niños conforman la generación que, de no atenderse sus necesidades básicas, podría experimentar una sensación de desilusión y desánimo en su juventud.
El documental “The Ones Left Behind: The Plight of Single Mothers in Japan” (McAvoy, 2023) ofrece una mirada crítica a la sociedad japonesa contemporánea, poniendo de manifiesto la problemática situación de las madres solteras y sus hijos. Al igual que otras obras audiovisuales y literarias, este filme contribuye a visibilizar las desigualdades sociales y económicas que subyacen en el modelo de desarrollo japonés. A través de los testimonios de madres solteras, expertos y líderes empresariales, el documental revela las dificultades estructurales que enfrentan las mujeres cabeza de familia en un contexto marcado por la precariedad laboral y la rigidez social. La obra plantea la necesidad de repensar el modelo socioeconómico japonés, evidenciando que el crecimiento económico no garantiza la equidad y el bienestar de toda la población.
Penney (2024) relata la historia de Akimoto Tomomi, de 25 años, quien trabaja en un salón de pachinko en Tokio por 1,100 yenes la hora. Considerada una “trabajadora pobre”, Akimoto sufre una depresión no tratada que limita su capacidad laboral. A pesar de haberse graduado de una universidad y haber tenido un trabajo de oficina por tres años, fue despedida, desencadenando su depresión y precariedad; aunque la pobreza en Japón no es alarmante, historias como la de Akimoto reflejan una creciente necesidad y recursos limitados.
El sarariiman modelo de la época de éxito económico en Japón, símbolo de la clase media, con una apariencia que, sin importar el costo, debía mantener porque tenía que encajar en la comunidad de la que formaba parte (Butler, 2020, pp. 25-27), se transformó, dando paso a empleados que enfrentan riesgos de depresión, pobreza, inestabilidad social, precariedad laboral. Como afirma Penney (2024, p. 5), si la solución que surge es “arreglar” la economía y “devolverla” al crecimiento normal, esto puede fácilmente convertirse en parte de la forma de pensar hegemónica de “sentido común” que ve una mayor política neoliberal como la única opción. Así, para el entorno interno japonés, la nostalgia es uno de los anclajes discursivos de la idea de que la pobreza puede eliminarse mediante un “regreso” al crecimiento. Lo cierto es que Japón se ha instalado en una situación de riesgo continuo, con profundos cambios sociales que falta reconocer y atender.
Conclusiones
Japón cayó al cuarto lugar entre las economías más grandes del mundo. Descender al cuarto lugar, después de Estados Unidos, China y Alemania, no provocó la conmoción que ocasionó el ascenso de China al segundo lugar en el año 2010. La llegada de China a la segunda posición fue un choque importante para Japón, no era solo la posición internacional, sino el significado que tuvo en el ámbito regional por la larga y difícil historia de las relaciones entre ambos países y la disputa por el liderazgo en la región de Asia del Este.
El declive de Japón atiende a un problema multifactorial producto de su vertiginoso desarrollo industrial. El desarrollo industrial japonés no atendió a tiempo los efectos colaterales que fue creando en el proceso y que se convirtieron en riesgos que ahora son complejos de atender. El cambio en la estructura de la familia, el envejecimiento de la población, la baja tasa de natalidad, son efectos colaterales que la sociedad industrial ha generado y la han desestabilizado, retando su organización tradicional. Las instituciones sociales básicas de la primera modernidad quedan vacías y sin efecto y ya no pueden atender los nuevos esquemas de la sociedad y sus necesidades.
La transición demográfica que vive Japón tiene implicaciones en términos de presupuesto, cuidados y atención, y un profundo impacto en la actividad productiva que limita la posición económica de Japón en el exterior y propicia precarización laboral y ahondamiento de la pobreza al interior.
El futuro de Japón no solo depende de una política económica o del impulso a la producción, requiere de cambios sustanciales al sistema social que atienda a la heterogeneidad social y sus crecientes cambios sociodemográficos. Entender la transición demográfica y los problemas económicos y sociales que conlleva requiere primero del reconocimiento abierto de los problemas que enfrenta Japón, de su diversidad social y de la necesidad de recurrir a estrategias como la flexibilización de las políticas migratorias, el reconocimiento de las grandes desigualdades y el cambio en la expectativa de los jóvenes. La fisonomía de la sociedad tradicional japonesa cambió y las políticas económicas por sí solas no serán suficientes para la recuperación japonesa.















