Introducción
La equidad ha sido un tema de preocupación en el campo de las ciencias sociales y de la política internacional. La década de los 90 del pasado siglo resultó ser un punto de partida para su incorporación en los debates y agendas de los gobiernos, con el protagonismo del Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD) y la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (CEPAL). Dentro de los eventos clave para el concurso unificado de la ciencia y la política destacan las publicaciones de los informes sobre Desarrollo Humano (1990-2022), la Cumbre Mundial sobre Desarrollo Social (1995), la Cumbre del Milenio y sus Objetivos de desarrollo (2000), la Conferencia de Naciones Unidas sobre el Desarrollo Sostenible (2012) y la Asamblea General de la Agenda 2030 para el Desarrollo Sostenible (2015).
Aunque en estos espacios internacionales se abogó a favor del análisis y erradicación de la pobreza. Esto no significó la erradicación de las desigualdades sociales, las inequidades de género, empleo, espaciales (urbano-rural, entre regiones y países), etarias, étnicas y raciales, en fin, de todos aquellos indicadores que comprometen el bienestar social. Los índices de desarrollo humano, unido a otros informes de Naciones Unidas, evidencian que las brechas de equidad no son un problema resuelto a nivel global y que requieren de una atención permanente a escala territorial por parte de los principales actores locales (gobiernos, instituciones, organizaciones, redes sociales, entre otras iniciativas).
En Cuba la equidad ha sido un principio de construcción socialista, pero no siempre su comprensión fue consecuente en materia de gestión de gobierno. Con el triunfo de la revolución hubo resistencias para aceptar la permanencia y reproducción de problemas heredados como la pobreza o las desigualdades sociales, de ahí que investigar sobre estos temas fuera complejo. Actualmente, la concepción del modelo económico y social muestra una apertura y un reconocimiento, de que las inequidades sociales deben ser tomadas en consideración si se quiere alcanzar el “socialismo”. Esto ha resultado propicio para revisitar las teorías sociológicas que permiten comprender la cuestión y sus manifestaciones a nivel local y comunitario.
En la sociología cubana no es posible hablar de un desarrollo teórico sobre el tema como hubo en otros países. No obstante, las revisiones críticas a teorías sobre la estratificación social y sus categorías clase social, estamento y estrato, así como los indicadores de desigualdades e inequidades como propiedad, renta, ingresos, ocupación, privilegios sociales o estamentales, poder, territorio, edad y género han ido aportando a la conformación de una perspectiva sociológica de la estructura socioclasista. Dentro de las instituciones más destacadas se encuentran el Centro de Investigaciones Psicológicas y Sociológicas (CIPS), el Centro de Investigaciones de la Economía Mundial (CIEM), la Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales (Flacso Cuba) y el Departamento de Sociología de la Universidad de La Habana.
Con base en lo anterior, en el presente trabajo se consultaron textos de Anthony Giddens,1 Émile Durkheim,2 Karl Marx,3 Max Weber,4 Pitirim Sorokin,5 Talcott Parsons6 y Vilfredo Pareto,7 reconocidos como los principales referentes sobre el tema para la sociología cubana. En el contexto de América Latina y el Caribe las principales lecturas se realizaron a los documentos producidos por la CEPAL, en torno a la equidad, el desarrollo y el enfoque de vulnerabilidad social. En el caso cubano, se revisaron las sistematizaciones sobre los estudios sociológicos en Cuba de Jorge Núñez Jover8 y Teresa Muñoz,9 unido a los trabajos sobre pobreza, desigualdades sociales y equidad de un colectivo de autores (Dayma Echevarría et al.,10 Mayra Espina,11 Mayra Espina et al.,12 Mayra Espina y Dayma Echevarría,13 Geydis Fundora,14 María del Carmen Zabala y Geydis Fundora et al.15).
Asimismo, se revisaron las acciones que denotan un seguimiento y aplicación de las políticas internacionales de la CEPAL, lo que ha incidido de manera positiva en la incorporación de cientistas sociales a la comprensión de las inequidades sociales en Cuba. En estos antecedentes se enmarca el presente texto, que tuvo el propósito de indagar cómo se ha construido el marco analítico de la equidad en Cuba. Su objetivo responde a la sistematización de dichos componentes para los análisis de la estructura socioclasista y las desigualdades sociales.
El punto de partida: desigualdad y clase social
A la equidad se le considera un concepto multidimensional, de ahí la diversidad de áreas del conocimiento que lo asumen en sus sistemas teórico-conceptuales (filosofía, derecho, economía, educación, política y sociología, por citar los ejemplos más encontrados en la literatura). Desde una mirada histórica, se reconoce su génesis en la obra del filósofo Aristóteles y en el Derecho romano; en ambos casos se asocian etimológicamente a la epiqueya aristótelica y la aequitas romana, y hacen alusión a la justicia en la interpretación y aplicación de la ley.16
En la teoría sociológica considerada “clásica”, la equidad no es una categoría de análisis, más bien lo que existen son nociones sobre esta, como es el caso de la obra de Émile Durkheim, específicamente en la que fuese su tesis doctoral La división del trabajo social (1893). Por su parte, en la obra de Marx, se deduce un interés por la justicia y reivindicación de las clases oprimidas. Otras teorías sobre las clases y la estratificación sociales revelan desigualdades y profundizan en sus diferentes manifestaciones, esencialmente económicas, políticas y ocupacionales.
Algunos de los autores de la segunda mitad del siglo XIX y primera del XX aún muestran influencias de Comte y Spencer, en relación con sus analogías organicistas para explicar el funcionamiento y estructura de la sociedad, es decir, la noción del orden y equilibrio que caracterizaron sus trabajos a excepción de Marx. Esto se considera una de las causas por las que no existió un cuestionamiento o posicionamiento crítico sobre las desigualdades sociales, pues se consideraban parte de un estado natural de la existencia humana.
La equidad social durkheimiana se comprende desde la categoría de división social del trabajo como rasgo constitutivo de la estructura social y de las clases o castas, las cuales pueden ocasionar disensiones. Esta es una forma de reproducir las desigualdades sociales como efectos patológicos o anormales de la división coactiva del trabajo, que es aquella que se produce por la existencia “de todo lo que puede impedir, incluso indirectamente, la libre expansión de la fuerza social que cada uno lleva en sí”.17 En relación con esto, Durkheim expresó:
La tarea, pues, de las sociedades más avanzadas cabe decir que consiste en una obra de justicia […]. De la misma manera que el ideal de las sociedades inferiores era crear o mantener una vida común lo más intensa posible, en la que el individuo viniera a absorberse, el nuestro es el de poner siempre más equidad en las relaciones sociales, a fin de asegurar el libre desenvolvimiento de todas las fuerzas sociales útiles.18
Aun lo valioso de la teoría durkheimiana en la compresión de la equidad, el autor tuvo limitaciones propias de las bases teóricas precedentes, al considerar que la división social del trabajo es una correspondencia entre las desigualdades naturales y las sociales. Asimismo, creer que los efectos negativos de esta eran solubles en el contrato como forma jurídica y el aumento de la actividad funcional, la cual produciría un orden espontáneo y evitaría las contradicciones entre las clases o castas.
Karl Marx, a diferencia de Durkheim, identificó en las relaciones económicas capitalistas el modo en que las sociedades producen y reproducen su vida, la base de las relaciones antagónicas de clases, injustas y desiguales de diversas maneras (entre el campo y la ciudad, entre el trabajo manual y de las máquinas, salariales, de género y etarias). En este sentido, en el Manifiesto del Partido Comunista enunció:
El obrero moderno, por el contrario, lejos de elevarse con el progreso de la industria, desciende siempre más y más por debajo de las condiciones de vida de su propia clase. El trabajador cae en la miseria, y el pauperismo crece más rápidamente todavía que la población y la riqueza.19
Esta es una visión marxiana que posteriormente se revisa por otros sociólogos como Giddens, quien explica que aunque persisten las desigualdades sociales y la pobreza en base a las relaciones económicas capitalistas. Marx no pudo prever que en los países occidentales habría un aumento de las rentas en la mayoría de las personas y que las condiciones de la clase obrera no serían exactamente iguales. Weber, por su parte, reconoce la desigualdad social en la relación tríadica entre las categorías de clases, estamentos y poder.
La primera categoría weberiana es muestra de una situación de clase, definida como el conjunto de las probabilidades típicas de provisión de bienes, posición externa o destino personal, “que derivan dentro de un determinado orden económico, de la magnitud y naturaleza del poder de disposición (o de la carencia de él) sobre bienes y servicios y de las maneras de su aplicabilidad para la obtención de rentas o ingresos”.20 Por su parte, el estamento hace alusión a la consideración de los hombres como parte de una asociación. Su situación estamental es la pretensión típicamente efectiva de privilegios positivos y negativos en la consideración social, fundada por el modo de vida, maneras formales de educación, prestigio hereditario o profesional y el poder.21
Si en algo coinciden Marx (en el Manifiesto del Partido Comunista) y Weber (en Economía y Sociedad. Esbozo de sociología comprensiva) es en que las clases sociales son expresiones de desigualdades. Max, en este sentido, expuso que los trabajadores (calificados, semicalificados y no calificados o braceros) se corresponden con las clases lucrativas negativamente privilegiadas,22 quienes a su vez mantienen relaciones de poder en las cuales es perceptible la polaridad marxiana entre una clase opresora y otra oprimida.
Marx, a diferencia de Durkheim, reconoce en dicha polaridad el papel activo del proletariado para el cambio social. Dentro de sus análisis materialista-históricos consideró la lucha de clases como consecuencia de antagonismos en las sociedades precedentes al capitalismo (ej. entre patricios, caballeros, plebeyos, esclavos, señores feudales, vasallos, maestros, oficiales y siervos), así como de la propia sociedad capitalista (burguesía vs. proletariado). No obstante, lo que no pudo predecir es que una vez en el poder la clase de vanguardia establece un orden jerárquico que -a decir de Vilfredo Pareto- se crea entre el estrato superior, la clase selecta que puede ser de gobierno o no y la no selecta.23
Para Pareto, la pertenencia de una clase a otra no es estática, sino que puede moverse a partir de lo que él denominó circulación de la clase selecta (circularon des élites), comprendido como un fenómeno que depende de las demandas sociales con un carácter temporal y contextual, así como de las mutaciones violentas o revoluciones, consecuencia de la acumulación de elementos decadentes en las capas selectas y residuos para gobernar, por las capas no selectas.24 Estos aspectos, unidos a las lecturas sobre Marx y Weber, han servido de manera particular en las revisiones de sus aportes en Cuba, lo que ha requerido de una postura crítica y contextualizada, puesto que la estructura y funcionamiento social se ha transformado de forma diversa y compleja.
Asimismo, las clases sociales y estamentos se configuran de manera diferente a la sociedad industrializada de finales del siglo xix y primera mitad del xx, y el actual capitalismo ha tenido un desarrollo desigual entre países europeos, EE. UU., América Latina y el Caribe. Incluso, en las sociedades que se han reconocido como socialistas ni las clases ni sus relaciones de poder han dejado de existir. No obstante, de los elementos precedentes se aprovechan para los análisis de la realidad cubana indicadores como las rentas e ingresos, los privilegios sociales o estamentales, así como el género y el etario.
La mirada más contemporánea de las desigualdades sociales
En la sociología norteamericana Pitirim Sorokin y Talcott Parsons son exponentes clave. El primero, en su teoría sobre la estratificación social, engloba la presencia de relaciones inequitativas, sea cual fuere la organización social (capitalista o comunista), pues esta significa la diferenciación de una determinada población en clases jerárquicas superpuestas, hecho que incide en la existencia de capas sociales superiores e inferiores, cuya base de su existencia es desigual en cuanto a derechos y privilegios, deberes y responsabilidades, valores sociales y privaciones, el poder y la influencia.25
Contrario a la teoría marxista originaria de que la dictadura del proletariado acabaría con las clases sociales, Sorokin considera que la estratificación social es una característica inherente a cualquier grupo social organizado y que las desigualdades sociales siempre estarán presentes en tres dimensiones principales: económica, política y ocupacional. Algunas categorías que aluden brechas en este autor son el espacio social, que difiere del geométrico o espacial y está conformado por las relaciones sociales; la distancia social, que indica la ubicación de las personas dentro de esas relaciones sociales, con sus grupos de semejantes y los que no lo son; por último, la posición social como totalidad, teniendo en cuenta una serie de indicadores tales como la situación de la familia, ciudadanía, nacionalidad, grupo religioso, grupo ocupacional, partido político, situación económica y raza.26
En la obra de Parsons, las clases o estatus coexisten en un sistema ecológico conformado por las diversidades de estas. La clase social en un sentido micro la define como una ramificación de unidades familiares que comporten un estatus de prestigio dentro del sistema social. Estas son organizadas a partir del parentesco biológico o étnico y el estatus de prestigio.27 Por su parte, uno de sus seguidores, Robert Merton, también reconoció la existencia de desigualdades en términos de disfunción: parte del sistema social y su funcionamiento que a pesar de ser negativas para unos no lo era para otros (ej. en materia de género y raza), por lo que podían seguir coexistiendo. Este tipo de análisis fue una de las críticas que tuvo el funcionalismo estructural societal, al que pertenecían estos sociólogos, pues aunque se reconocen clases y estratos superiores o inferiores, se consideraron incapaces para analizar con eficacia el proceso del cambio social.28
Posterior a la decadencia de la sociología funcional estructuralista, en la década de los 80 del siglo XX, surgieron posiciones teóricas de influencia marxiana o weberiana, donde también se apreciaron análisis más contemporáneos sobre las desigualdades sociales. Un ejemplo fue Erik Olin Wright, quien planteó que existían tres dimensiones en el control sobre los recursos económicos en la producción capitalista moderna: control sobre las inversiones o el capital; control sobre los medios físicos de producción (tierra o fábricas y oficinas); control sobre la fuerza de trabajo. En esta estructura de organización socioeconómica son posibles tres grandes clases respectivamente, la capitalista poseedora, los obreros desposeídos y una intermedia, con situaciones contradictorias de clase, ya que “son capaces de influir sobre algunas facetas de la producción, pero se les deniega el control de otras”.29
Para Anthony Giddens las inequidades tienen su base en la estratificación, definida como “las desigualdades estructuradas entre diferentes agrupamientos de individuos”.30 Este sociólogo propuso cuatro sistemas de estratificación básicos (esclavitud, casta, estado y clase), en correspondencia con los análisis sobre la pobreza y el género. De ellos solo se particulariza en los que han servido de base a la sociología cubana: (1) los estados o estamentos, aunque con menor rigidez, conllevan al establecimiento de estratos con diferentes obligaciones y derechos, algunos de los cuales estaban establecidos por la ley; (2) las clases dependen de las diferencias económicas entre los agrupamientos de individuos, de las desigualdades en la posesión y control de los recursos materiales.
La estratificación social establece diferentes formas de exclusión o usurpación (conceptos del sociólogo británico Frank Parkin a decir de Giddens), entre clases o estratos que se organizan en función de la posesión y el control de propiedades y recursos, la dominación de otros grupos sociales y el disfrute de privilegios, mientras que otras son privadas por ley de ese desenvolvimiento social al que hacía alusión Durkheim. El género es uno de los ejemplos más profundos, a juicio de este autor. En este sentido, la inequidad se percibe en el “estatus” de mujer y de hombre, valorados en desventaja para las mujeres en distintas áreas de la vida social, incluyendo las oportunidades de empleo, posesión de la propiedad, renta, entre otras.
La pobreza se considera un fenómeno social sostenido en el tiempo. En los análisis de Giddens se hace referencia a las personas que viven en circunstancias que le deniegan cubrir las necesidades elementales de alimentación, salud y vivienda. Esta es contraria a la riqueza que se manifiesta en la posesión de activos (acciones, participaciones, ahorros, propiedades o artículos que puedan venderse). Asimismo, la renta es parte de este análisis, porque alude a los pagos y salarios provenientes de ocupaciones asalariadas, más el dinero no ganado con esfuerzo derivado de inversiones, normalmente intereses o dividendos.31
Para Giddens, la pobreza no solo se manifiesta de manera absoluta, como la definición que se expuso en el párrafo anterior. Esta también puede ser de subsistencia o relativa, asociada básicamente a la renta. Lo cierto es que en cualquiera de sus denominaciones refleja asimetrías entre grupos sociales, de los cuales los más vulnerables son los que tienen empleos inseguros, a tiempo parcial, desempleados, ancianos, enfermos, personas con discapacidad, miembros de familias numerosas o de un solo padre/madre, con tendencia a que sean las madres, dado que las mujeres componen una proporción creciente de los pobres.
En muchos de los análisis precedentes a Giddens las mujeres están ausentes o invisibilizadas dentro de una situación de clase que depende de su procedencia familiar y, en particular, de los hombres como jefes de la familia en dos roles esenciales (padre o esposo). En su caso, no solo se perciben desigualdades de clase en relación con los hombres (posesión de propiedades, renta y control), sino que a su interior (en el grupo), inciden los privilegios o derechos según su estrato, edad, etnia, procedencia familiar, entre otros. De igual forma, el estar confinadas al dominio privado, el mundo doméstico de la familia y los cuidados las puso en desventajas frente a los hombres, quienes viven más el dominio público del que se derivan primariamente las variaciones en riqueza y poder. Su mundo es el del trabajo remunerado, la industria y la política.32
En la etapa del desarrollo sociológico que se presenta, las inequidades se manifiestan como causas objetivas o subjetivas de la estratificación social. Es multicausal teniendo en cuenta las categorías de análisis: la división del trabajo, las clases sociales, los estratos, la pobreza, el género, el espacio y la movilidad social, principalmente. En este sentido, las teorías de Weber y Marx son las matrices sociológicas de mayor incidencia, ya sea por coincidencia o desacuerdo, pero no hay duda de que los fundamentos de ambos autores ampliaron los indicadores para comprender las desigualdades y el camino a seguir para proyectar la meta durkheimiana de la equidad social.
El pensamiento socioeconómico de América Latina y el Caribe: el papel de la CEPAL
En el caso de América Latina y el Caribe, la sociología tuvo sus inicios en el último cuarto del siglo XIX y primero del XX, cuando se introdujo en la enseñanza de las escuelas de Derecho. Esta categoría no es parte del desarrollo teórico de la etapa, aunque las desigualdades sociales fueron una de las problemáticas objeto de estudio. Por otra parte, aun cuando se reconoce una influencia de las matrices teóricas clásicas europeas, esencialmente de Comte, Durkheim, Marx y Weber, en la región existió la preocupación por elaborar métodos de interpretación sociológica propios.33
El referente más representativo de este contexto es la CEPAL, reconocida por Bielschowsky34 como el centro intelectual en toda la región, capaz de generar enfoques analíticos para explicar los procesos de desarrollo, subdesarrollo, dependencia, marginación y los desequilibrios espaciales. Uno de ellos fue el enfoque histórico-estructuralista, basado en la idea de la relación centro-periferia. Otros se refieren a las áreas temáticas de la inserción internacional y de los condicionantes estructurales internos (del crecimiento y del progreso técnico, y de las relaciones entre estos, el empleo y la distribución del ingreso); el análisis de las necesidades y posibilidades de acción estatal, y el enfoque totalizante o integrador, cuyo esquema analítico propone la formulación de estrategias de desarrollo sobre las nociones de proceso, estructura y sistema.
Cada enfoque de interpretación evidenció relaciones asimétricas centradas en la polarización desarrollo vs. subdesarrollo, así como en las relaciones internacionales y nacionales, entre los países latinoamericanos y caribeños, con los de Europa y EE. UU. No fue hasta el decenio de 1990 en que la equidad representó para la CEPAL una de las ideas-fuerza de su discurso y quehacer socioeconómico, como actualización de enfoques precedentes y de la concepción de desarrollo sostenible que requerían los países de la región: “crecer, mejorar la distribución del ingreso, consolidar los procesos democratizadores, adquirir mayor autonomía, crear condiciones que detengan el deterioro ambiental y mejorar la calidad de la vida de toda la población”.35
Como consecuencia de lo anterior, la equidad se configuró como un lineamiento -y un criterio inspirador- de la aplicación de políticas socioeconómicas; promovió una transformación productiva acompañada por medidas redistributivas de servicios técnicos, financieros y de comercialización; asimismo, la implementación de programas masivos de capacitación destinados a microempresarios, trabajadores por cuenta propia y campesinos; reformas de diversos mecanismos de regulación que impiden la formación de microempresas; adecuación de los servicios sociales a las necesidades de los sectores más pobres; fomento de la organización para contribuir a la ayuda mutua y a la adecuada representación de las carestías de los más desfavorecidos ante el Estado, y aprovechamiento de la potencialidad redistributiva de la política fiscal, tanto del lado de los ingresos como en lo referente a la orientación del gasto público.36
La equidad social -más allá de ser concebida desde el punto de vista productivo- significó una vía para alcanzar el desarrollo, eliminar la pobreza y el sesgo urbano-rural, originado por las transformaciones macroestructurales y las migraciones del campesinado. Para la CEPAL, el cambio de estas problemáticas era posible a través de la participación popular y el trabajo comunitario. Posterior a la Cumbre sobre Desarrollo Social celebrada en 1995, este organismo realizó una evaluación del cumplimiento de sus acuerdos, lo que originó el informe La brecha de la equidad. América Latina, el Caribe y la Cumbre Social (1997). Los análisis de este documento profundizaron sobre el discurso de la productividad que imperó en la década de los 90, centrando su mirada en la situación del empleo, la incidencia de la pobreza y la exclusión social.
Para la CEPAL, la productividad estaba relacionada al crecimiento con equidad, que “sólo es posible si se logra una competitividad basada en recursos humanos más capacitados y, con potencial para agregar progresivamente valor intelectual y progreso técnico a la base de recursos naturales”;37 en este sentido, la pobreza y su heterogeneidad son limitantes, al igual que la integración social, lo cual no significa que toda la población tenga que ser igual, sino que exista “un ajuste entre las metas culturales, la estructura de oportunidades de que se dispone para alcanzarlas y la formación de capacidades individuales para aprovechar tales oportunidades”.38
De lo anterior se deduce que la equidad social como principio del desarrollo se enfoca en la erradicación de la pobreza, para lo cual se requiere formar capacidades, ampliar las oportunidades de participación e incorporar a la sociedad, los grupos de población que han estado al margen de las dinámicas de crecimiento económico, desarrollo social y político; promover su incorporación a empleos productivos, con mejores salarios y la protección de servicios sociales esenciales, y establecer al mismo tiempo canales adecuados para el ejercicio pleno de la ciudadanía.39
Finalizado el decenio de 1990 se continuó abogando por la equidad social definida como “el acceso en igualdad de condiciones a todo aquello a lo que se tiene derecho, de acuerdo con normas universales de justicia social”.40 Este concepto ha resultado medular para promover un desarrollo sostenible en América Latina y el Caribe, en el marco de dominación de la globalización neoliberal. No obstante, debe reconocerse que todo este discurso sigue siendo una utopía más que una realidad social y regional.
El enfoque de vulnerabilidad social
Dentro de los análisis y debates de la CEPAL sobre el desarrollo de América Latina y el Caribe en los años de 1990, el término vulnerabilidad fue aplicable a la situación de la población en desventaja social. Su uso tuvo origen en el estudio de los fenómenos naturales (sequías, inundaciones, terremotos, etc.), pero el mundo intelectual anglosajón comenzó a utilizarlo como un enfoque para comprender los cambios en las condiciones de vida que experimentaban las comunidades rurales pobres en condiciones de eventos socioeconómicos traumáticos.41
La vulnerabilidad social fue un fenómeno que caracterizó el contexto latinoamericano y caribeño, donde persistía la pobreza y las desigualdades sociales, aun con la implementación de un modelo de desarrollo centrado en el crecimiento productivo con equidad. Este tuvo distintas expresiones: de territorios subnacionales, de rubros productivos, de comunidades y de hogares. De acuerdo con Pizarro, este enfoque superó el anterior sobre la pobreza, el cual expresaba una condición de necesidad resultante solo de la insuficiencia de ingresos; sin embargo, esta nueva mirada amplía la comprensión del multifacético mundo de los grupos vulnerables, hacia una visión más integral sobre las condiciones de vida de los pobres y las estrategias propias para cambiar su situación.
En los marcos de la Oficina CEPAL Uruguay, otro de los aportes al tema fue la construcción colectiva del enfoque “Activos, Vulnerabilidad y Estructura de Oportunidades” (AVEO), liderado por Rubén Kaztman. Esta acción igualmente coincide con la década de los 90 y tuvo un desarrollo posterior desde el Centro de Investigación sobre Integración, Pobreza y Exclusión social (IPEs) de la Universidad Católica de Montevideo, a partir de la implicación de Cecilia Zaffaroni.42 Dentro de las ideas centrales se plantea que las vulnerabilidades sociales (marginalidad, pobreza y exclusión de la modernidad), están estrechamente relacionadas a la tríada: mercado, Estado y sociedad, de ahí sus dimensiones a niveles micro y macro, así como sus incidencias en la estructura de oportunidades y la movilidad social de los hogares.
En una etapa inicial de construcción del enfoque, la idea más general de vulnerabilidad -referida solamente a los hogares-“remite a un estado de [estos] que varía en relación inversa a su capacidad para controlar las fuerzas que modelan su propio destino, o para contrarrestar sus efectos sobre el bienestar”.43 En correspondencia con lo anterior, AVEO considera “las estructuras de oportunidades como probabilidades de acceso a bienes, a servicios o al desempeño de actividades”.44
El concepto de vulnerabilidad social tiene dos componentes explicativos. Uno se refiere a la inseguridad e indefensión que experimentan las comunidades, familias e individuos en sus condiciones de vida, causado por algún tipo de evento económico-social de carácter traumático; otro, al manejo de recursos y las estrategias que utilizan las comunidades, familias y personas para enfrentar los efectos de ese evento.45 Por su parte, su comprensión como enfoque se centró en cuatro dimensiones: el trabajo, el capital humano, el capital físico del sector informal y las relaciones sociales, lo cual hacía referencia a los riesgos de los asalariados y trabajadores por cuenta propia, en cuanto a situaciones de precariedad en el empleo; el crecimiento de la informalidad, el debilitamiento de las organizaciones sindicales y la disminución de las capacidades de negociación, así como la prevalencia del sector privado sobre el público.
A diferencia de la sociología clásica, el enfoque de vulnerabilidad social reconoce que sus causantes no son naturales sino socioeconómicas y políticas. Aunque la pobreza prevalece como un fenómeno asociado al capitalismo (y a mi juicio a las experiencias socialistas también), se promueve la idea de que puede enfrentarse con la capacidad de los individuos, grupos, familias y comunidades, para cambiar su realidad a partir de estrategias emergentes de relaciones sociales, fuentes de empleo y capital humano, así como la formación de capacidades y la ampliación de oportunidades de las personas para participar de la vida en sociedad.
Integración de los enfoques sociológicos y regionales en Cuba
En el contexto cubano no se mencionarán matrices teóricas de la sociología, pues su evolución no ha sido la misma que a nivel internacional. No obstante, existen antecedentes de publicaciones de intelectuales motivados por problemas sociológicos asociados a la estructura socioclasista, pobreza y educación. Son los casos de José Antonio Saco (1797-1879), con sus textos Las Memorias de la vagancia en la Isla de Cuba (1830) e Historia de la esclavitud (publicado de manera íntegra entre 1883 y 1893); por otra parte, destaca Enrique José Varona, con sus trabajos El bandolerismo (1880) y El imperialismo a la luz de la Sociología (1906).46
Varona también fue protagonista de la impartición de la sociología como asignatura en la Universidad de La Habana desde 1900, con un enfoque positivista, iniciativa a la que se incorporó la Universidad de Oriente durante los años finales de la década de 1950 e inicios de 1960. Sin embargo, su desarrollo posterior fue bastante irregular tanto en la enseñanza superior, como a nivel de investigación social.47 En los primeros años de Revolución, los asuntos vinculados a las desigualdades e inequidades sociales se creyeron resueltos por la aplicación de la política económica, social y cultural, con base en la teoría marxista-leninista. A decir de Espina, estas temáticas
se consideraban articuladas a modelos conceptuales apegados a la sociología burguesa e ideológicamente incorrectos, inapropiados para explicar los procesos de cambio en el socialismo que seguían la lógica de la creciente homogeneización social.48
En los años 80, con la creación del CIPS, los estudios sobre las desigualdades y la estructura socioclasista recobraron interés para las ciencias sociales y la política del país. En estos se reconocieron las tensiones sociales entre la aspiración de una homogenización social y la heterogeneidad de grupos extremos en cuanto a propiedad, ingresos y calificación. Igualmente, se concluyó que la teoría del socialismo precisaba enfocarse en comprender la tensión entre igualdad y diferenciación, equidad e inequidad, para articularlas en la construcción del proyecto socialista cubano.49
A finales de los 90, miembros del CIEM y el PNUD realizaron una investigación sobre el desarrollo humano y la equidad en Cuba, en cuyos análisis no solo se incorporaron indicadores sobre los ingresos y su distribución, sino la vinculación de las capacidades básicas de las personas con las oportunidades, no necesariamente de manera igualitaria.50 El enfoque de equidad como dimensión del desarrollo humano se definió como un concepto multidimensional que no solo comprende la distribución del ingreso, sino el acceso a una buena educación, servicios de salud eficientes, seguridad social que garantice la protección en etapas críticas de la vida, oportunidades para el avance hacia niveles superiores en las condiciones espirituales de la vida individual, familiar y social, la producción de bienes materiales y sus resultados, así como a la cultura y conservación del medio ambiente.51
El enfoque de equidad en dicha investigación incorporó el género y la relación territorial urbano-rural, en relación con los siguientes indicadores: participación política, recursos y servicios para la educación y la salud, conservación del medio ambiente, estado de salud y nutricional de la población, acceso a agua potable y saneamiento, nivel de educación de la población, desarrollo económico, cultura y comunicación.52 En los años siguientes, el cips desarrolló una experiencia de sistematización de estudios realizados en Cuba entre el período 2000-2008,53 profundizando en las propuestas de las políticas sociales y su relación con las dimensiones de la desigualdad.
La equidad se presenta en relación con otras como la clasista, económica (trabajo, ingresos y consumo), heterogenización asociada a situaciones en desventaja socioeconómica (pobreza, vulnerabilidad y marginalidad), racial, género, etaria, territorial, hábitat y medioambiente, ruralidad, identitaria, cultural y subjetiva.54 Como resultado de este estudio, se valoró que aun los logros en materia de equidad en Cuba, la reproducción y emergencia de brechas de equidad (de género, raza, generacionales, territoriales, entre otras), no solo son resultados de herencias y deudas acumuladas del pasado, sino que las transformaciones socioeconómicas agudizaron la problemática y generaron nuevos desafíos. Asimismo, el espacio comunitario se reconoce como pertinente para el trabajo con actores locales grupales e individuales que incidan favorablemente en la transformación social.
Flacso Cuba, igualmente ha sido protagonista de los estudios sobre desigualdades sociales y equidad. A partir de 2013 dirigió los proyectos “Formación en participación, equidad y desarrollo local” y “Gestión innovadora del desarrollo local para el fortalecimiento de la equidad social”. Este último, ha permitido sistematizar y publicar las experiencias sobre la base de tres interrogantes básicas: ¿cómo se manifiestan estas inequidades en las localidades?, ¿cómo se perciben por los actores sociales? y ¿cuáles son las potencialidades de los territorios para atender estas problemáticas?55
El enfoque de equidad que se propone está en estrecha relación con lo local como dimensión del desarrollo. La idea de su multidimensionalidad se reafirma. De ahí sus vínculos con la propuesta del análisis interseccional que permita “desde la construcción de un sentido de justicia, identificar y valorar la calidad de la distribución de recursos económicos, sociales, políticos y culturales entre grupos sociales y territorios”.56 Sobre lo anterior, Fundora, en su análisis sobre cuánto pueden aportar las experiencias locales a una estrategia nacional de investigación en las desigualdades, propone un enfoque crítico de equidad:
Examinar las asimetrías, relaciones de poder e inequidades que se producen entre ellos; explicar las causas que producen esas desigualdades desde una lógica de articulación (aditiva, multiplicativa o interseccional) de los sistemas de dominación-subordinación coexistentes (en el nivel simbólico e institucional).57
En relación con lo anterior, la interseccionalidad es una propuesta epistemológica y metodológica que enriquece la perspectiva de análisis de las inequidades, las acciones que se planifican y ejecutan para disminuir las brechas. Por su parte, “el enfoque de equidad es una herramienta que permite gestionar conocimientos sobre el desarrollo inclusivo [humano y local] para tomar decisiones más justas”.58 Estas propuestas identifican las siguientes brechas de equidad: económicas (ingresos, pobreza, salario nominal promedio, poder adquisitivo, pensiones); territoriales (desigualdades entre zonas urbanas y rurales, municipios y provincias); género (económicas, toma de decisiones, sobrecarga de responsabilidad doméstica y de cuidado, violencia hacia la mujer); color de la piel (sobrerrepresentaciones de personas negras y mestizas, empleo, vivienda, socioeconómica, ocupacional); etarias (insuficiencia de ingresos y de servicios de cuidados, territoriales).
En torno a la actualización del modelo socioeconómico cubano iniciado en 2011 y el surgimiento de nuevos actores socioeconómicos, Espina y Echevarría develan un reto para la equidad en Cuba, en la actual estructura socioclasista. Este es un estudio donde se definen categorías sociológicas de interés para la investigación, tales como cuadro socioestructural, capa y heterogenización. Asimismo, las autoras exponen que las investigaciones sociales han demostrado que uno de los planos en los que se aprecia la reproducción de las inequidades es el microsocial, donde es notable la carencia o insuficiencia de activos y su reproducción generacional.59
En relación con la primera categoría, “se asume la centralidad de las relaciones clasistas (propiedad, lugar en el proceso de producción) y sus derivaciones (ingresos, acceso al bienestar, consumo, entre otras)”.60 Su configuración está compuesta por clase obrera, pequeña burguesía urbana, pequeña burguesía rural, cooperativistas, trabajadores autoempleados, rentistas y beneficiaros de remesas, capa de empleados administrativos y técnicos, capa de intelectuales, artistas y especialistas, capa de directivos, funcionarios y gerentes.
La capa está representada por un segmento social configurado a partir de uno o dos rasgos de la ubicación socioestructural compartidos, de los cuales se derivan algunas otras semejanzas, pero que provienen o a la vez forman parte de clases y agrupaciones sociales diversas.61 La heterogenización “se expresa en dos rutas de cambio que se presuponen: multiplicación de capas sociales y fragmentación interior, vía [de] diversificación de fuentes y montos de ingresos, de los componentes clasistas precedentes”.62
En esta propuesta, tanto la estructura socioclasista como la heterogenización evidencian brechas de equidad o lo que sería esas desigualdades, distancias o alejamientos injustos que resultan de la comparación entre grupos sociales y territorios, en relación con la distribución de riquezas, recursos, beneficios, derechos, oportunidades y formas de realización de estas.63 Esto es algo que pudo evidenciarse en la experiencia del proyecto “Fortalecimiento de las capacidades locales para disminuir inequidades sociales”, cuyo objetivo general se orientó al fortalecimiento de las capacidades de gestión de los gobiernos locales de los municipios seleccionados de Santiago de Cuba, Guamá, Moa, Camagüey, Santa Clara, Placetas, Plaza de la Revolución, San Antonio de los Baños, Consolación del Sur y Pinar del Río.64
Este trabajo desarrollado por cientistas sociales del país, en primer lugar, sistematizó las investigaciones sobre el tema en el período de 2000-2016; en segundo, demostró la necesidad de sensibilizar, formar y asesorar a los actores locales para la toma de decisiones. En este caso, se enfatizó en los gobiernos municipales como sujetos clave del cambio social, a partir de su responsabilidad con el diseño, ejecución, seguimiento y evaluación de las estrategias de desarrollo local, hecho que puede incidir favorablemente en la disminución de las brechas de equidad.
Lo comunitario y las vulnerabilidades sociales
En el enfoque de equidad de Cuba, lo comunitario ha formado parte de la concepción del desarrollo territorial y local. Ha sido un espacio de interés para las ciencias sociales, tanto en la Escuela de Sociología de la Universidad de Oriente, así como la Facultad de Economía y el Departamento de Sociología de la Universidad de La Habana, cuyos egresados tuvieron una “fuerte impronta teórica y práctica en esa área”.65 A decir de Martín y Domínguez, los estudios centrados en lo local-comunitario acompañaron los procesos de transformación social desde la década de los 60. El cips también ha sido un espacio importante en las investigaciones de los problemas comunitarios a nivel de país: violencia social, alcoholismo, ruptura familiar, relación escuela-comunidad, entre otros. De igual forma, como parte del diseño de alternativas de solución, ha participado en el desarrollo de proyectos de desarrollo local.66
En relación con lo anterior, el espacio local va más allá de un espacio físico-geográfico. Dado que está compuesto por una dinámica social, “es el contenedor de toda la vida pública cotidiana perteneciente a un área específica”,67 de ahí que es multidimensional: ambiental, político, económico, social y cultural, esencialmente. La comunidad es representativa de esa multiplicidad del espacio local (territorial, económica, social, ambiental, política, cultural). Sus dinámicas, relaciones entre actores y las redes que se construyen la convierten en un sujeto de análisis y un escenario clave para el cambio social. Por otra parte, en ella se manifiesta la heterogeneidad social, se producen y reproducen desigualdades e inequidades sociales.
A decir de Zabala, el empleo de los términos grupos vulnerables, en desventaja o población en riesgo han sido comunes en Cuba para abordar problemáticas vinculadas con situaciones diversas de precariedad. Teniendo en cuenta los avances sociales a partir de 1959, la categoría pobreza tuvo un menor empleo en el marco político y también en las investigaciones sociales.68 Actualmente, dentro de la conceptualización del Modelo Económico y Social cubano se cuenta con un acuerdo del Consejo de Ministros de 2021 donde se define la situación de vulnerabilidad social como
[…] aquella que limita o dificulta la capacidad de una persona, familia, hogar, grupo, comunidad en interés de anticipar, lidiar, resistir y recuperarse del efecto de una amenaza natural, económica, social o de salud, así como aprovechar las oportunidades disponibles en cada territorio, en distintos ámbitos socioeconómicos y en redes de relaciones para garantizar su subsistencia, calidad de vida, bienestar o impedir su deterioro.69
En la sistematización de estudios de 2008 a 2018, Zabala refiere que el espacio local-comunitario ha sido uno de los escenarios más importantes para las instituciones con mayores contribuciones a los estudios sobre la temática (CIPS, Flacso y el Departamento de Sociología de la Universidad de La Habana), además de exponer que existe una articulación entre los temas pobreza, vulnerabilidad, exclusión social y marginación, en relación con el análisis de las políticas sociales y la gestión de actores sociales, y la comprensión de estos fenómenos en el campo más amplio de los estudios de equidad, desigualdad y movilidad social.70
Las vulnerabilidades sociales investigadas en Cuba están correlacionadas con las brechas mencionadas anteriormente, con una agudización importante de la dimensión económica (ingresos, salario nominal promedio, poder adquisitivo, pensiones), que en su intersección con el género, edad y raza, esencialmente, afectan el acceso a oportunidades y al bienestar social. Para Caballero y Juliá, al comprender y transformar las vulnerabilidades sociales presentes en lo local-comunitario se precisa “deconstruir las subjetividades” asociadas a valores de inequidades sociales y “construir nuevas subjetividades” asociadas a “valores, comportamientos y conductas de equidad”.71
Las autoras anteriores parten de su experiencia en el trabajo sociocultural comunitario, por lo que establecen una relación entre la equidad y las subjetividades, dando valor a la decodificación de percepciones, imaginarios, representaciones, prácticas cotidianas que reproducen inequidades sociales, lo cual es favorable para la transformación formativa y cultural. Por su parte, Zabala e Hidalgo destacan la categoría participación social. Esta se hace posible desde tres procesos conectados dialécticamente: diagnóstico de equidad, formación y propuesta de acciones afirmativas, los cuales se ven fortalecidos si está presente el enfoque interseccional, el cual no ha sido lo suficientemente desarrollado en las investigaciones cubanas.72
La participación se configura como un eje transversal para la actuación territorial y local, hecho que a consideración de la investigadora no puede ser de manera diferente, pues a decir de Capel, el territorio “se fue llenando cada vez más de contenido social, [y] pasó a concebirse como espacio social y espacio vivido”.73 De igual forma, esta incide favorablemente en la integración, inclusión social y empoderamiento comunitario, además de propiciar que los diagnósticos no obvien la multidimensión de los problemas y sus intersecciones. Todo lo anterior aporta el contenido de la formación, sus formas y métodos, así como a las acciones afirmativas existentes en el marco jurídico y las que aún faltan por incorporar en la toma de decisiones.
Dentro de los puntos coincidentes de los cientistas sociales cubanos, los problemas sobre las vulnerabilidades sociales en el espacio local-comunitario no es un tema concluido en el país. Las comunidades rurales han sido las menos investigadas, y el enfoque de interseccionalidad, insuficientemente introducido. Este aspecto, limita entonces las comparaciones espaciales entre lo urbano y lo rural teniendo en cuenta las brechas económicas, territoriales, género, color de piel y etarias, de ahí que estos aspectos dejan abiertas nuevas líneas e interrogantes para la ampliación de estudios a nivel municipal y provincial.
Ideas para un cierre que no concluye
Aunque se exponen ideas que concretan el propósito del texto, no se pretenden dar conclusiones de un marco analítico en construcción. El modelo económico social cubano permite diversas lecturas -revisitaciones- de las desigualdades e inequidades sociales que pueden producirse en esa variedad de indicadores que aporta la sociología: pobreza, propiedad, renta, ingresos, poder, clases sociales, estratos, estamentos, género, edad, movilidad social y espacio (urbano-rural).
Las aportaciones sociológicas dejan en claro que las inequidades sociales no son inherentes a un sistema social, hecho que se ha comprobado en Cuba. En este sentido, las maneras en que se han ido organizando las relaciones económicas y políticas unipartidistas también han generado clases emergentes, reproducción de la pobreza y desigualdades sociales; de ahí que valorar la equidad como una dimensión del desarrollo ha permitido tomar en cuenta la participación social integrada de los actores locales, en la ampliación de la estructura de oportunidades y la formación de capacidades para su alcance y sostenibilidad. En este sentido, el enfoque de vulnerabilidad social supera los análisis sobre pobreza y reconoce el papel activo de los sujetos y los grupos sociales para el cambio social.
El enfoque sociológico de la equidad en Cuba ha retomado los aportes teóricos sobre la estratificación social para conformar su marco analítico sobre las desigualdades e inequidades y poder interpretar la realidad cubana. Desde este punto de vista se han elaborado las propuestas de análisis de la estructura socioclacista. Este ha sido un avance importante si tomamos en cuenta que no fue hasta las décadas de los 80 y los 90, que se aceptó que la sociedad socialista no había resuelto los problemas de la pobreza y las clases sociales.
En Cuba, la equidad vista como un enfoque se ha convertido en una herramienta teórico-metodológica para promover el desarrollo humano a escala local y territorial, teniendo en cuenta el estudio de problemáticas a nivel microsocial, dado que lo local-comunitario representa un espacio estratégico para la transformación social multiactoral, a partir de los análisis de los indicadores de la equidad, el diagnóstico de las subjetividades, la sensibilización y la identificación de acciones afirmativas.















