Leer a Zambrano
[…] toda metáfora es, como decía Nietzsche mucho antes que
Ortega, “un error óptico necesario”, es también, esencialmente,
“tocar fondo”: penetrar en los lugares donde la palabra es tan
callada, que adquiere cierta forma porque ya no es necesaria […]
descubrirnos como hacedores de metáforas conduce a la conciencia
de la desnudez inicial.
Chantal Maillard, “La insuficiencia del racionalismo”
No es posible seguir el pensamiento zambraniano sin un acto de conversión lectora; antes de entrar en su ritmo, es indispensable purificar los hábitos del sentido, la vista, el oído, la razón aguda, para disponerse a leer por primera vez. Esa, o similar emoción, se produce en el lector que sale del tráfico filosófico con sus autopistas de carriles rápidos y divisiones bien demarcadas, rutas transitadas una y otra vez, igual de ida y de vuelta, para ingresar en cualquiera de los escritos de Zambrano, en sus caminos de bosque, en sus laberintos y en sus claros. Porque en el bosque se hace camino, no se sigue lo señalado previamente.
La recopilación de ensayos que forma el libro Hacia un saber sobre el alma (1950)1 es el primer testimonio de una trayectoria personal que sigue el propósito de articular un pensamiento de frontera, separándose de las premisas de corrección filosófica tal como selló la tradición europea de los siglos XVII y XVIII. En el momento de publicarla, Zambrano es reconocida por sus libros Filosofía y poesía y Poesía y pensamiento en la vida española (1939) y por las publicaciones en revistas relevantes como Hora de España, Taller, Sur, Orígenes. También cuenta con obras entonces menos difundidas, pero que serían examinadas y estudiadas más adelante como Horizonte del liberalismo (1930), Los intelectuales en el drama de España (1937) y La confesión: género literario (1943).
En la Introducción de Juan Fernando Ortega Muñoz a la obra de la edición de Alianza de 1987, se indica que los ensayos del volumen corresponden a trabajos escritos entre 1933 y 1945, que a su vez vieron luz en publicaciones de América y España; en este marco cronológico, se registra el surgimiento del método de la razón poética. Según declara la autora, el grupo de textos ofrece perspectiva de su pensamiento en la etapa de formación, que coincide con lo aprendido especialmente en España, y se prepara para otro momento de tono más personal, marcado por el período en torno a la Guerra Civil y el inicio del exilio.2
El planteo que guía el libro responde tanto a las influencias de formación como a su desacuerdo personal con la idea de razón dominante occidental: “la superación del racionalismo estaba propuesta y a mi entender ya entonces en el acmé de Ortega”.3 La razón vital de Ortega y Gasset, tal como la presenta en El tema de nuestro tiempo (1923), es el antecedente más importante de Zambrano y, aunque hay matices acerca del nivel de influencia, también hay unanimidad sobre el hecho. Allí se expresa la prioridad de conectar pensamiento y vida:
El tema de nuestro tiempo consiste en someter la razón a la vitalidad, localizarla dentro de lo biológico, supeditarla a lo espontáneo. Dentro de pocos años parecerá absurdo que se haya exigido a la vida ponerse al servicio de la cultura. La misión del tiempo nuevo es precisamente convertir la relación y mostrar que es la cultura, la razón, el arte, la ética quienes han de servir a la vida.4
Muy precozmente decide asumir una posición y lo hace precisamente ante la figura suprema de Ortega y Gasset en su propio territorio, la Revista de Occidente. El artículo que se titula como luego se llamará el libro, “Hacia un saber sobre el alma”, se separa de las afirmaciones de origen, aunque no del mundo intelectual de referencia. Ortega lo advierte y la reprende; Zambrano sale llorando de la sede de la revista.5 Ante él, en lúcida y serena provocación, irá componiendo una visión intuitiva, pre-racional y creadora con la que pueda relacionarse el orden de la vida y del conocimiento.
Un paso es toda la distancia. En ese escrito preliminar está la diferencia entre la razón vital de Ortega y la razón poética de Zambrano; múltiples explicaciones posteriores la llevarán a ampliar la noción, para ella misma y para sus lectores que desde 1930 la distinguen en el medio filosófico.6 No es objeto de esta aproximación.
En el presente artículo nos ocuparemos de tres ensayos “Hacia un saber sobre el alma”, de 1934, “La metáfora del corazón”, de 1944 y complementaremos con la definición de metáfora que ofrece en un texto de 1965, también titulado “La metáfora del corazón”.
La noción de alma que interesa a Zambrano exige precisiones, o antes bien, recuperaciones que la liberen de los límites impuestos por las filosofías de la modernidad. Para apreciar las cualidades atribuidas al alma debemos recorrer algunas imágenes esenciales de la poética zambraniana y observar su función cognoscitiva. Se trata de determinar su saber, en la ambivalencia: lo que sabe el alma (y no puede decirlo) y lo que nos haría saber (si pudiéramos encontrar un lenguaje). Una vez considerados esos aspectos, se podrá concluir en lo propio de un saber del alma, su relación con la centralidad del corazón y la incumbencia de ambos con una intensidad de luz cuya gradualidad anuncia una revelación.
Unas palabras acerca del ensayo
En su momento, Ortega rompió con la postura idealista hegeliana, reivindicando que la realidad no tiene un sustento ideal sino vital, que “las cosas” tienen entidad. Sin embargo, también señaló que las cosas se aprehenden en el concepto y que este es el recurso de la filosofía, circunscribiendo el lenguaje apto para pensar filosóficamente. Por su parte, Zambrano considera que, debido a la naturaleza de lo real, su forma de recepción no es el lenguaje sistemático sino el simbólico, orientando el ensayo filosófico a sede literaria.
Con la forma ensayo se continúa una tendencia activada en el Romanticismo, por el afán individualista de expresar posiciones y discutir con otras en boga; es seguida por la Generación del ’98, por los escritores iberoamericanos y por los representantes de la Escuela de Madrid; en todos, y salvando los rasgos de estilo, se intenta conectar la realidad con un ideal y se revitaliza un proyecto intelectual o artístico.7 De todas sus grandes influencias, la autora recibe el ensayo como legado natural para exponer pensamientos de modo no sistemático, sostenido en un estilo mixto o no regulado; con esa forma de reflexionar creativamente, asumirá un estilo personalísimo en base a combinaciones de rasgos pertenecientes a la prosa filosófica, poética y religiosa.8
Zambrano sigue los usos formales de sus maestros y aplica las enseñanzas: no quiere un estilo impositivo, porque los enunciados sugieren direcciones; intenta la acentuación de ciertos objetivos, presentados metafóricamente para que el destinatario se sienta “hermanado” no aleccionado.9 El lector es quien debe recibir la mirada del ensayista y sintetizarla en orden a su propia experiencia, tomándola o no según le aporte una visión más fecunda.10 Las intuiciones que cause cuentan como avances en el conocimiento y, aunque las posturas pueden haber perdido actualidad, la proyección axiológica siempre queda vigente.
Pero, a pesar de la ubicación teórica, para las mentalidades decididamente racionales o esteticistas el ensayo es un híbrido que no satisface, porque toma características inadecuadas y no es riguroso ni con la ciencia ni con la literatura. Nicol arroja claridad al diferenciar que el ensayo filosófico es una forma de exponer con otro artificio lo ya pensado, mientras que el ensayo literario es una forma de pensar, es en sí mismo el método de conocimiento.11 De hecho, Ortega hace ensayo filosófico, puesto que su pensamiento ya está planeado, aunque el escritor no muestre la estructura argumental.
Opuestamente, y según enfoque de Zambrano, el ensayo que hace reflexionar al lector no es el que ya está pensado, sino el que se piensa junto con él, mediante un camino de experimentación con el lenguaje. La autora responde a la inquietud de demostrar que no debe haber un lenguaje filosófico predeterminado y excluyente porque, si lo hay, se limita el pensar y se condiciona la historia de las ideas. Así lo acontecido en Occidente:
pues el pensamiento filosófico ha nacido con la pretensión, que ha guardado siempre en su seno, de decidir, de definir realidades que serán así de por siempre. Y claro está que no se podrá vivir lo mismo si tal realidad resulta definida de un modo o de otro. Más todavía, si entra a formar parte del territorio de lo definible o si se queda vagando a sus puertas, como alma en pena.12
El ensayo sostenido en metáforas es una elección que fortalece las mejores propiedades de la especie: no argumentar sino sugerir, no cerrar la noción sino dejarla a entendimiento del lector, persuadir mediante proposiciones experienciales que puedan resonar en la vida del destinatario.
Hacia un saber sobre el alma
El libro recopila cinco ensayos de temática literaria y once de temática filosófica; en todos domina un estilo semejante, de reflexión intercalada con secuencias históricas y tonos de meditación, con imágenes que sostienen las ideas, complementando lo propio el ensayo filosófico y del ensayo literario.
En el primero, “Hacia un saber sobre el alma”, de 1934, Zambrano señala dos cualidades del alma, aparentemente contrarias, a saber, transparencia y profundidad. La dicotomía, que por el momento aceptaremos como tal, responde a una serie de opuestos complementarios que forman parte del imaginario de la autora. En el ensayo “La metáfora del corazón”, de 1944, abunda en la noción del corazón que se complementa con la planteada para el alma.
El título elegido parece sugerir que no se ocupará de aquello que el intelecto ha dicho acerca del alma, sino de lo que el alma ha dicho de sí misma a través de otros medios de expresión, revalorizados por Zambrano; se tratará, entonces, de las “razones del corazón”, que se encuentran luego de un debido recogimiento, en disposición de espera, sin pretensión de un resultado inmediato. Entramos en territorio paradojal: soledad, suspensión intelectual, actitud pasiva para alcanzar un “saber”.
En la Nota a la edición de 1987, la autora reconoce la posibilidad de rastrear en estos textos la trayectoria de una razón poética que sirva a un saber genuino:
[…] éste mi librito donde se sigue […] el nacimiento de la razón poética, llegada a mí casi a ciegas, en la penumbra del ser y del no-ser, del saber y no saber. Así, en ese lugar donde se nace y se des-nace, que es el más adecuado, el propio el pensamiento filosófico. Cuanto más entregado, más viviente. Cuanto más pasivo, más ardiente; cuanto más, al parecer, más abandonado, más activo.13
Esas señales identifican exigencias y cualidades de una razón no formulada aún y denotan un tono que no se puede estructurar como cualquier otra formulación filosófica; ante todo, no puede darse el método antes de recibir su forma de la realidad en cuestión. Y este es el punto complejo: considerar la noción de realidad en un alcance que, para desbordar el concepto racionalista, debe ir a buscar sus características más naturales y espontáneas en los albores del pensamiento Dichas cualidades no son las del discurso aprendido; se sostienen, en cambio, en representaciones simbólicas y quedan fijadas metafóricamente, aunque el desgaste de la transmisión parezca conceptualizarlas.14
La autora provee al lector de una serie de motivos recurrentes para dar marco de referencia al problema filosófico y lo acostumbra paulatinamente a unas asonancias que exceden los usos del lenguaje disciplinar: el estado de suspensión y ceguera; la condición de perplejidad, de ser y no ser; la tensión hacia el ser o el nuevo nacimiento; la disposición para iniciar el proceso filosófico o ir al saber. En ese punto, que actúa como un momento de condensación del método, se produce la paradoja, contra la costumbre filosófica: entrega, pasividad, abandono, donde se esperaría acción e intervención. Lo filosófico “serpentea” hacia lo místico.15
Con una yuxtaposición, que iguala dos instancias sin excluir ninguna, se condensa el desafío y la originalidad del método que, sin abolir la exigencia lógica de la distinción, la propone como punto de llegada de una conjunción. Así, Zambrano escapa de una interpretación de lo real que acepte conclusiones superficiales; la solución racionalista es vista solo como una demarcación cómoda, acrítica y despojada de personalización, porque no ha sido cabalmente pensada por quien la postula o la repite en el otro confín de la historia.
Para aproximarnos a la justificación de la razón poética, y aceptando que todo método se mide por la exigencia de lo real que lo determina, y no a la inversa, Zambrano nos coloca ante estados preliminares de lo que consideramos conocido. El estadio anterior al saber es el nacimiento de la cosa observada; no es el dato que arroja, ni la claridad de delimitación, sí la percepción de que existe y está diciendo algo. No saber, en tanto situación previa a tomar contacto con la cosa, no implica que no sea -ni siquiera sería posible entender lo que significa “no” en ese contexto- sino el estado dinámico de un ser que se mueve hacia la vida. Ese ámbito es oscuro, pero no invisible, y justamente inicia el saber porque parte de su contraste, en lenguaje de imagen; si la razón es luz, su origen es la penumbra.
La contradicción no permanece, sino que se desenvuelve: la primera imagen del saber es el no ser aún, la primera imagen de la luz es la sombra. La imagen del centro oscuro de la luz es uno de los núcleos simbólicos más importantes de la autora, porque acentúa el nivel de claridad que hay en la sombra, si sabemos educar al ojo para percibir en ella. La sombra pone condiciones generales al alma; en ella no se debe correr, no se puede asegurar lo que se ve, ni si se ha visto todo; no se puede concluir, no se opera, pero sí se espera. La sombra es tanto una educadora del sentido como una sutil maestra de la paciencia y la paciencia es virtud del humilde. Zambrano no solo marca aquí la división entre saber operativo y receptivo, saber que acciona para producir y saber que recibe para ser transformado, sino que desacredita como saber toda operación que distancie al hombre de la cosa conocida porque privilegia su dominio; por el contrario, solo hay saber de integración con el misterio del mundo.
La imagen de la luz: “Hacia un saber sobre el alma”
La luz es representación analógica de una idea distintiva en la concepción de Zambrano. Desde sus primeros textos hasta Los bienaventurados (1979), va ampliando el campo semántico para la integración de los niveles de razón, en la cual el tipo de luz opera como polo de tensión; distinguimos su presentación en “Hacia un saber sobre el alma” a los efectos de considerar el grado de desarrollo con que ya está planteada la razón poética en esta obra medular.
Glosamos los ejes del argumento: La verdad se presenta en la historia sin recelo, con nitidez. Se trata de una verdad que se nos hace visible como el día después de la aurora, para entrar en tono zambraniano. La autora indica que: “Cada época se justifica ante la historia por el encuentro de una verdad que alcanza claridad en ella”.16 No obstante, no es fácil advertir cuál es esa verdad porque sus precursores no fueron atendidos. Así se establece una primera relación descendente de verdades, una que podría llamarse “esclarecida” y otra “semivelada”;17 así se establece una jerarquía negativa entre la fuente del saber basada en una revelación y el saber actual de la razón.
El vocabulario aplicado remite a la tradición griega y depende de la correlación entre visión y comprensión, que cohesiona la luz con el logos. Zambrano, en uso de recursos retóricos que tan elocuentes le resultan, recurre a la imagen del cazador y la presa a fin de evocar el estado de mayor pureza del pensamiento; la presa es la verdad y el cazador debe equilibrar sus habilidades, razón y pasión, para traerla intacta. En este ejemplo se muestra cómo la autora no pretende reemplazar una categoría por otra sino equilibrarlas: ni pasión sola, ni razón sola: “Pero pasión y razón unidas, la razón disparándose con ímpetu apasionado para frenar en el punto justo, puede recoger sin menoscabo la verdad desnuda”.18
No obstante, la pensadora entiende que no son tiempos fáciles y que tratar de llegar a una verdad serviría para constatar que no se ha vivido en vano; la verdad no funciona como una idea mental, sino con la apropiación íntima de su mensaje: “a la verdad nuestra, asociándonos a su descubrimiento por haberla acogido en nuestro interior, por haber conformado nuestra vida a ella”.19 Y confirma con una imagen acuática: la verdad permanece si tiene un cauce que la contenga, como el agua de la corriente pasa y corre si tiene donde sustentarse; los términos en armonía simbolizan el conocimiento. La imagen de la luz -verdad que arraiga en la vida- se duplica en la del agua, unificando ambas en su nota, la transparencia, y duplicándolas en su cualidad, a saber, la movilidad de la vida.
Véase que se trata de dar pautas para renovar el modelo de razón, solo posible en la combinación de capacidades y para recordar la misión original de la filosofía: descubrir el cauce por donde corre la vida.20 El cauce es seguro, pero no inconmovible; debe contener, pero no limitar el carácter de la corriente que corre en él. De hecho, solo hay río si el cauce sirve a la vehemencia del agua que lo recorre. La filosofía, pasión -razón, conjuga y unifica lo inefable de la corriente briosa con lo delimitado del cauce. Entonces, la vida- río que se fuga en el tiempo confirma un fondo estable en el cauce de la verdad; reconocido ese punto, se produce una conversión y la angustia se convierte en gozo.21
La relación inversamente proporcional entre conocimiento y angustia puede parecer una convención, si consideramos que pensar es arrojar luz sobre lo desconocido que nos atemoriza y no podemos controlar; pero, no es esa la dirección que propone la autora, ya que su noción de “saber” no equivale a resolver una incógnita. Es evidente que la formulación convencional de la filosofía no elimina la angustia; antes bien, el conocimiento aumenta el malestar, lo profundiza, buscando confines cada vez menos accesibles a la razón. Entonces ¿qué se encuentra en el fondo del cauce? El hombre del momento histórico en que escribe Zambrano empieza a sentir otra verdad; es la consecuencia de la crisis de un modelo. Para la autora, la insatisfacción abre canales y permite que otra parte de la verdad se perfile sobre un horizonte más claro. Si bien en muchos casos puede haber indiferencia, la inclinación natural del hombre lo orienta hacia la verdad:
[…] cuando vivimos en contacto con un pensamiento último, revelador, tenemos, ante todo, un horizonte donde sentirnos encajados y un instrumento técnico para situar y colocar ordenadamente los problemas, los pensamientos; el camino ordena el paisaje y permite moverse hacia una dirección.22
Zambrano ya ha perfilado a esta altura un sentido de razón dependiente de un dato revelado. No se trata de explicación o demostración; antes bien, la revelación de la razón se ofrece como cauce, equivalente a dar un orden: “Camino, cauce de vida. En este camino sentimos necesario un saber sobre el alma, un orden de nuestro interior”.23
Con el planteo hecho, inicia una secuencia histórica de autores que aventuran tal orden en el alma. Max Scheller reclama un orden del corazón desconocido por el racionalismo, en contra de la tendencia moderna de omitir todo lo que no sea pensamiento puro. Precisa la distinción entre la res cogitans de Descartes y la interpretación hecha de ella, quejándose de que haya sido objeto de otras ciencias antes que de la misma filosofía. Para Descartes, como para Spinoza, quienes atribuyen un espacio central a las pasiones, la psicología es parte de la metafísica. El decurso de la filosofía sustituye la noción de alma por la de entendimiento; con excepción de Kant, la filosofía entrega la psique a la psicología científica, que le aplicará los métodos de la ciencia positiva, independizándola de la metafísica. Las consecuencias son graves y bien visibles: el alma queda, como un resto difícil de ubicar: “Pero entre la naturaleza y el yo del idealismo, quedaba ese trozo del cosmos en el hombre que se ha llamado alma”.24
Pero Zambrano presenta otro saber en simultáneo que coexiste con el racionalista, y es el modelo romántico del mundo, con su reivindicación del pensar poético. En el siglo XIX, el espíritu romántico contrapesa el encandilamiento del iluminismo advirtiendo que la naturaleza no está para ser dominada sino para expresar algo íntimo del hombre mismo: “Pero la naturaleza era para este hombre romántico sólo espejo donde podía ver reflejada su alma”.25 Nótese la trama de imágenes que organizan el argumento: revelación, luz de la verdad, espejo; el camino que ordena se dibuja sobre imágenes de luz.
El estudio autónomo, a-metafísico de la psique por parte de la psicología científica, produjo que la búsqueda del alma se diera en el ámbito de la poesía. Toda la desmesura que caracteriza al movimiento romántico -abismos, tempestades, tinieblas- expresa el sentir propio del alma y del corazón abandonados por la razón. Al aislarlos, quedan radicalizados por irracionales. De ahí la idea trivial del corazón como sede de confusión, de indeterminación y arrebatos que manejan al hombre sin llevarlo a ningún lado. La autora acentúa la sorpresa de aceptar un solo acceso al mundo; es cierto que la naturaleza puede ser ordenada en fórmula matemática, pero eso no abarca aquello que trasciende a los fenómenos; tampoco responde al asombro, impresión o anonadamiento ante su manifestación, reacción que espera una causa no material. En el siglo XIX, en la madurez del paradigma cientificista, confluyen dos realidades: naturaleza y alma, con lo que cada una tiene de irreductible; la primera, a fórmulas matemáticas, la segunda irreductible a la razón. Lo que el arte muestra de la naturaleza -abismos, hendiduras, penumbras- es tanto naturaleza como alma humana.26
Y surgen dos preguntas. La diferenciación ¿fue siempre así?, ¿seguirá siendo así?:
¿Permanecerán sin luz estos abismos del corazón, quedará el alma con sus pasiones abandonada, al margen de los caminos de la razón? ¿No habrá sitio para ella en ese “camino de vida” que es la filosofía? ¿Su corriente tendrá que seguir desbordada con peligro de encharcarse? ¿No podrá fluir recogida y libremente por el cauce que abre la verdad a la vida? Hay, sí, razones del corazón, hay un orden del corazón que la razón no conoce todavía.27
La sucesión retórica de la cita no solo busca volver a manifestar la obcecación de una razón unilateral, sino ejemplificar el estilo buscado para plasmar lo que trasunta debajo: las preguntas no son conceptuales, sino metafóricas. No hay un argumento que reclame la falta de cohesión entre pasión y razón, sino una exhortación de tipo poético, que unifica fondo y forma.
Y es evidente que hubo momentos en que el hombre trató de desvelar lo que oculta su alma. Las religiones greco - orientales, el catolicismo, los filósofos unidos por la búsqueda de un ordo amoris (Pascal, Spinoza, Scheller) han buscado razones del corazón que la razón no alcanza aún a conocer. Zambrano no pretende ser exhaustiva porque no está haciendo una secuencia rigurosa, pero está indicando que la historia de las ideas cuenta con hitos de máximo nivel. Tras indagar históricamente en los resultados ofrecidos sobre el alma, se hallan respuestas fragmentarias; algunas que parten de algún a priori ético, otras, de a priori religiosos. Todas comparten falta de un marco mayor para comprender la compleja realidad del alma.28 Tal saber no podría radicalizarse en el tipo normalizado, sino esperar una nueva revelación de la razón, la cual es como el cauce referido, un espacio por donde pueda fluir la psique. Sin esa relación, la historia de la pasión se malgasta entre “lo vago e inefable” o se canaliza en la confesión, o peor, en la confidencia.29 Es lamentable imaginar cuántos saberes se han perdido por carecer de una forma apta para encauzarlos.
El modo de entrever las razones del corazón, cuando ha sido posible, fue la labor de algunos filósofos, novelistas, poetas, además de la tarea de las religiones greco -orientales y del catolicismo que supo aprovechar el saber de Oriente-. Es importante atender, en cuanto al aporte de Grecia, la precisión respecto del oráculo; Zambrano remite a la historia de los ritos órficos, los misterios eleusinos y el culto a Dionisos y distingue la función de la naturaleza en estos espacios sagrados, de su función en el movimiento romántico. Planteadas sus diferencias, acentúa la dimensión colindante con lo sagrado que aporta Grecia, cuando busca una reconciliación del alma con los misterios de la vida, mientras que el romántico solo busca una captura plástica de su humanidad reflejada en lo natural. Entre ambas posiciones, señala que, cuando el alma griega se siente separada del origen, busca reunirse cósmicamente; esa misión se cumple en los Misterios de Eleusis, cuyos pasos, orgía, purificación, abandono del dolor, difieren de la experiencia oracular.30 El oráculo, por su parte, indica un paso del alma hacia la concepción racional, prefigura la tensión del hombre por saber de sí; no se trata de unirse al misterio mediante una revelación que viene del más allá, como en Eleusis, sino de la probabilidad de resolver lo que aún no se sabe; la necesidad de saber está ligada a la necesidad de actuar. 31 El oráculo representa anticipatoriamente la función de guía que el pensamiento de todo hombre asume, y de realidad histórica, se convierte en simbolización del conocimiento inquisitivo. Vemos dos modos, uno que se integra sin esperar dominar, otro que requiere respuestas para la acción.
Los filósofos griegos y del mundo cristiano medieval siguieron la dirección para develar cuál es la entidad del alma, pero Zambrano no cree que esa sea la pregunta inicial y reorienta la cuestión. Veamos qué le interesa preguntar:
Pero dejando de lado lo que la razón ha dicho acerca del alma cuando ha arrojado luz sobre ella […] sería necesario ver antes un poco claramente de qué manera ha sentido el hombre su alma, y en qué relación, con respecto a sí mismo y al mundo, a esos dos polos del mundo que podríamos llamar Dios y la Naturaleza.32
El giro hacia cómo ha sentido el hombre el trozo de cosmos que lleva alojado en su interior implica buscar qué lugar y qué función asume su alma, teniendo en claro que el hombre no es el alma. Cada época de la cultura mueve las órbitas por las que transitan Dios, la naturaleza y el hombre; de acuerdo con los eclipses que ocurren entre ellas, se distinguen las cosmovisiones. En la actualidad de Zambrano, se detecta que entre el hombre y la naturaleza se ubica el alma planteando su necesidad.
Sin embargo, la pregunta queda sin respuesta; lo que si se afirma es que el alma tiene un deseo de catarsis, de ser clara y transparente. 33 Así, se pasa a las dos cualidades atribuidas al alma, que a simple vista parecen contrarias, a saber, transparencia y profundidad. Transparencia porque el alma no es ámbito en sí mismo, sino espacio de mediación, es ocasión para dejar que algo pase, para dejar que pase la luz; su función es expresar lo que ve. La profundidad indica su arraigo a un centro fijo y referente de la altura. Queda planteada la materia para pensar las razones del corazón desde la profundidad en que incardinan y en su pretensión de ascender lo que se guarda en lo oscuro. Zambrano señala que la cuestión es: “¿qué tiene que dejar pasar el alma a través de su transparencia, qué hondas raíces tiene que albergar en su profundidad?”.34
El saber acerca del alma descubre un doble potencial: el alma es el ámbito de contención de otra forma de razón, afincada en la idea de profundidad, y el ámbito donde se puede cumplir la mediación, según la idea de transparencia, emitiendo otra conclusión: la palabra que dice el saber del alma no puede ser otra que la palabra poética.35
El alma se constituye en opuestos no contradictorios, transparencia y oscuridad. Lo oscuro asocia a lo profundo donde anida la interioridad que contiene las raíces, el asentamiento, la medida de la altura. Este punto queda en suspenso en el ensayo pues concluye en pregunta retórica; lo que queda abierto será retomado en la metáfora de las entrañas, tal como veremos en el texto siguiente, “La metáfora del corazón”, donde se hallan analogías directas. El corazón en su dimensión física y espacial recupera el carácter simbólico de centro de pasiones que la tradición ha consolidado y se hermana con la figura del alma; se comporta como núcleo ordenador y como espacio de saber.
La imagen de la luz: “La metáfora del corazón”
La metáfora del corazón, centro humano que concentra otro tipo de conocimiento, se relaciona con el deseo de saber del alma. El punto de partida del ensayo está en la desestructuración del opuesto: la reconocida metáfora de la razón filosófica; desde allí, propone su complementación: “[…] la filosofía más pura se ha desenvuelto en el espacio trazado por una metáfora, la de la visión y la luz inteligible”.36
Tras señalar que el tiempo actual no es propicio para las metáforas -no se refiere a las poéticas, sino a las filosóficas- Zambrano reclama una metáfora capaz de influir en la vida, “[…] una de esas revelaciones que están en la base de una cultura y que la representan”.37 Ese tipo de metáforas consagra la forma privilegiada de llegar a la realidad, ante la cual queda descartada la definición racional; para la pensadora la metáfora es definición que llega hasta lo inefable como ninguna otra forma puede hacerlo, y así acerca ciertas realidades últimas al entendimiento.38 Se hace evidente que esas realidades no se pueden conocer de otro modo; la metáfora es condición de acceso. También es evidente que, aunque tengamos posesión de otros conocimientos, esos no pueden permanecer desconocidos.
Planteada la paradoja de definir lo inefable, Zambrano niega la imprecisión atribuida a la forma metáfora y le asigna la función cultural específica, “función de definir una realidad inabarcable por la razón, pero propicia a ser captada de otro modo”.39 Las aproximaciones siguen siendo paradojales en tanto estamos considerando una aporía en términos lógicos; lo proporcionado sería definir la metáfora metafóricamente. Se da entonces un planteo hermenéutico de tipo mítico: si la realidad excede a la razón, no basta el modelo cientificista, sino apelar a la mentalidad arcaica que busca indicios de un momento inicial, en comunicación con el origen sagrado.40
En todo momento de esplendor, la razón engendró metáforas culturales en unidad con otros modos de conocimiento; las metáforas siempre fueron parte del instrumento del pensar, solo que tienen vigencia en determinadas épocas de apogeo y caen en otras.
Zambrano compara dos grandes metáforas del conocimiento: la gran metáfora de la “luz intelectual” y la del “corazón”; la primera tuvo un arraigo ejemplar, tanto que se convirtió en “[…] definición de una forma fundamental de conocimiento”.41 Sin embargo, la visión del corazón no ha tenido operatividad en la historia.
El modo de entender por el corazón fue la noción central de los dos Romanticismos históricos, el del otoño de la Edad Media y el del siglo XVIII; primero en los movimientos poéticos y religiosos y en los pueblos a la vera del Mediterráneo, aunque pasado su momento, fue excluido de lo que se entendía como modo de vida culto.42 En su esplendor se forjaron dos derivaciones de la metáfora principal: el fuego y la sangre. La luz se potencia en imagen táctil de máxima intensidad y surge la metáfora del corazón en llamas: “En su asunción arrebatada, como si solamente así pudiese mostrarse a la vista y obtener un lugar, como si en la cultura occidental lo que en verdad signifique no pudiese ser aceptado sino en ese arrebato, en esa precipitación hacia arriba, en su ausencia llameante”.43
La imagen del corazón en llamas señala la nostalgia del fuego en su carácter de divinidad, que surge reivindicado y se emparenta con otra forma de adoración: la sangre. Tal el modelo de Santa Catalina de Siena, embriagada de la sangre de Cristo. La sangre es metáfora de comunión, de fusión de vida divina y vida humana, como en el culto dionisíaco el vino embriaga para unir. En los ritos y en los misterios se acepta la expresión del corazón en llamas cuya sangre se transfunde para calmar la sed infinita. Pero esas manifestaciones, si bien fueron históricas, permanecen a un lado de la cultura dominante; aunque acallarlas no es conveniente porque: “un día irrumpe frenéticamente desde un estrato infinitamente oscuro, como lo más destructor que se pueda presentar, pues su irrupción es catastrófica. Se presenta en las pesadillas de los neuróticos, en los insomnios sin diagnóstico, en el arte de pretensiones más revolucionarias y destructoras como el surrealista”.44
Sin embargo, ese extremo no es el del hombre común; Zambrano modula el fuego del corazón atenuando la acción extrema y haciéndola presencia más constante. Si bien las grandes expresiones históricas responden al fuego del corazón, a nivel del hombre común prevalece la metáfora del corazón como espacio que se abre y ahonda para dar lugar a realidades de valor:
Es ancho (el corazón) y es también profundo, tiene un fondo de donde salen las grandes resoluciones, las grandes verdades que son certidumbres. Y a veces en él arde una llama que sirve de guía a través de situaciones complicadas y difíciles, una luz propia que permite abrirse paso allí donde parecía no haber paso alguno.45
El corazón de cada uno porta una llama que guía aun donde parece no haber alternativa. La metáfora se universaliza. Finalmente, junto con esa capacidad, también el corazón avanza con heridas que no se pueden curar; eso explica la expresión que atribuye “peso” al corazón: las heridas le dan densidad, pesadumbre interior.46
Esta configuración del corazón también incluye la luz absoluta, pero no fría ni externa, sino vibrante y caliente, es decir, el fuego; su locura combina con la sangre, dos puntos en los que Zambrano lo ejemplifica en la unión con lo divino. Pero en el medio, entre luz fría de la razón y pasión quemante del corazón, hay un espacio donde todo hombre común posee una llama, como signo de certeza para actuar.
El órgano del corazón condensa la vida de una red de entrañas que actúan sin voz desde el interior; la metáfora se adentra en conexiones que dibujan una cavidad hermética en la que trabajan las “entrañas”, término caro a la mentalidad zambraniana.47 En un lenguaje intencionalmente material y elemental, las vísceras indistinguibles son los caminos que desembocan en el corazón: “El corazón es el símbolo y representación máxima de todas las entrañas de la vida, la entraña donde todas encuentran su unidad definitiva, y su nobleza”.48 Las vísceras delegan en el corazón la acción suprema; ninguna de las partes tiene vida independiente, como sí la puede tener el pensamiento. El corazón y las entrañas no pueden disociarse; el corazón recibe el trabajo acompasado de las entrañas y las unifica, dándoles una voz que ellas no tienen. Las entrañas son mudas, pero se expresan rítmicamente y el corazón las aúna; para no generar rencor -lo heterogéneo también tiene derecho de mostrarse para Zambrano- esa musicalidad sumergida ha de ser oída por el corazón.49 Este complejo entramado traduce la acción de la razón poética, lectura de los ínferos del alma y ascenso mediante la voz del sentimiento. La metáfora del corazón, con su saber oculto pero elocuente, concluye con un tono profético, como es habitual en Zambrano.
Otra metáfora del corazón
Ponemos sendos ensayos en relación con una breve meditación publicada en Semana, 24 de febrero de 196550 con el mismo título, “La metáfora del corazón”, pero que no se corresponde con la versión publicada en la recopilación de ensayos.
Se confirma la idea de que el corazón es una pieza incómoda. En el texto lo presenta como “lo otro”, en su carácter inesperado y perturbador porque llega a poner duda, a sugerir que nada estaba tan claro, como si fuera una presencia que no tiene lugar: “el huésped que entra por la ventana o que estaba en el último cuarto oscuro de la casa en el desván o en el sótano. O bien lo que ha quedado fuera de las cuentas cuando parecen haberse hecho a la perfección y, sin embargo, la cuenta no sale”.51
Pero de la negación extrae su fuerza; en este mismo argumento convierte “lo otro” en lo que querrá imponerse; de ahí sus consecuencias: cuando el corazón es tenido en cuenta parece que se convierte en protagonista: el que era “mendigo” se convierte en “rey”.52
Además de la importancia del texto para definir la naturaleza del corazón, se presentan varias definiciones de metáfora que dan forma a la intención metodológica de su obra. En primer término, la metáfora rehúye de lo simple, conjuga significados plurales y no puede ser explicada: “una metáfora es siempre una condensación de significaciones y aun de sentidos contradictorios, que no es posible reducir a un concepto”.53
La pluralidad se debe a la hondura de lo real que se presenta ante la mente, no a la forma que la lógica le atribuye; su propiedad es la aptitud para conjuntar tanta diversidad: “La metáfora es el modo de contener, de encerrar sin reducir ni abstraer nada, en unidad”.54 No obstante, también el concepto captura y devuelve en unidad lo plural; pero, Zambrano precisa que el modo metafórico de dar unidad es contrapuesto al del concepto. La metáfora mantiene la unidad trascendiendo las contradicciones y, por ende, conservándolas; el concepto busca anular la contradicción en la enunciación de una esencia única. Sobre esta base de complejidad, la metáfora del corazón mantiene su superioridad porque se corresponde con la complejidad de la vida, tratando de decir qué es la realidad, cuál es su centro; a este tipo de metáfora es preciso darle tiempo porque su sentido último no se puede develar inmediatamente, sino que está en el orden del misterio.55
Pero, además de mostrar cómo piensa la metáfora, Zambrano ejemplifica con una metáfora del comportamiento del corazón cuando logra ser atendido. El corazón es un mendigo que aspira ser rey, cuando tiene oportunidad de sentarse en el trono se apropia de toda la sala y de todo el palacio; todos se convierten en sus servidores. El rey corazón ilumina el lugar: “Una luz nueva ha transformado la casa o el palacio, una luz oscura si esto puede decirse, y brillante al par”.56
La primera transmutación hace visible, despeja, es decir, inicia la comprensión. La irradiación de este nuevo rey de la casa marca tiempo y espacio; a uno lo integra con su secuencia para dar sentido de totalidad, a otro lo ahonda, lo extiende, para incorporar lo marginado. El reinado del corazón concierta cada cosa pacificando falsas oposiciones o haciendo reaccionar pacifismos indebidos:
Y un ritmo que todo lo mide, todo. Un “tempo” diferente. Y hasta un espacio donde las figuras se mueven de distinta manera. Y un tiempo, donde el pasado, el presente y el porvenir se entrelazan de modo distinto a como hasta un instante nada más se entrelazaban. Y si antes habla guerra y disputa, aparece la concordia, claro, cuando reina el corazón, mas también sucede que allí donde la calma, una calma inerte, reinaba aparezca la lucha y aun la discordia, cuando se sienta en el trono, el corazón.57
Instalado el corazón como centro del hombre se transforma la forma de entender.
Textos en común
Sobre imágenes de la luz y sus medios se recrea el antagonismo tradicional: razón y corazón; descreditada la luz rotunda de la razón, el corazón se suma a la luminosidad del alma, cuya virtud está en otorgar visibilidad a través de la transparencia a la verdad. El corazón no es transparente; su corporeidad lo hace macizo, está en la oscuridad, la sangre es oscura, pertenece a una cavidad; sin embargo, lo visible surge de lo invisible, desde lo oscuro lo claro se hace manifiesto. Esta imagen caótica del origen atraviesa toda su obra y esplende en Claros del bosque (1977).
Los textos varían en imágenes que incrementan la impostura de la luz extrema. Para contrarrestarla surge una de las representaciones simbólicas más fuertes de la autora, las “entrañas”, esa pluralidad del sentir que refiere a la unidad del corazón. Cada una de las entrañas, así indefinidas, funciona como una luz, en tanto posee un cierto saber, que llega al corazón pidiendo expresión. La luz, ahora llegada al corazón, se duplica en calor con la imagen del fuego y de la sangre, vida caliente por excelencia. El fuego, como la sangre, es luz que está en movimiento. La luz se expresa como la llama de una lámpara de aceite, y es ella misma como aceite. Este término es atribuido a la virtualidad de la razón poética que fluye y allana las diferencias.
Para retomar el segundo atributo del alma, el corazón se asocia a la profundidad creciente, irrefrenable: el misterio del corazón está en la hondura, resguardado. Solo allí, en un espacio que se hunde sin límite, se pueden acoger los sentimientos que anteceden. Se trata de un sitio que, como un crisol, forja lo que luego los juicios presentarán en orden. Zambrano está declarando la victoria del sentimiento en la construcción racional, ya que lo olvidado y desdeñado, sin embargo, sigue trabajando por debajo y en silencio. Si bien había sido ocultado, no estaba inactivo, por eso el sentimiento “salta” por encima de la razón.
El corazón desafía la estructura de pensamiento excluyente e instala un contrapeso de larga data en el contra -racionalismo europeo, como nuevo método-. En la última propuesta, el corazón de ser mendigo se ha erigido en rey y reordena la casa. Las metáforas no quieren ser una mera figura retórica, sino que tienen función ontológica y fundamentan un cambio de dirección para el pensamiento.58
El punto de partida dual -reflexión/pasión- y su unificación mediante la creación de un estilo que les haga justicia, dejan planteados los problemas dominantes de la autora: primero, la apelación a un modo de pensamiento poético-mítico, en tanto acción del lenguaje capaz de recuperar instancias del ser originario y, como consecuencia, el desplazamiento del modo único racional de definir la filosofía, sin postular un irracionalismo, y evitando la dicotomía racional-irracional;59 segundo, el desarrollo de una epistemología personal expresada en la renovación del criterio cerrado de género y la consiguiente legitimación de una hibridez propia de la heterogeneidad de lo real.
En esa disyunción, gana la prosa poética, porque la poesía es modo de conocimiento; ese legado del Romanticismo al que la Ilustración había orillado se confirma en la España del primer tercio del siglo XX. El lenguaje literario no responde a una limitación filosófica sino a su superación, a semejanza del recurso al mito en el argumento inefable de Platón. El lenguaje poético -mítico subsana con dinamismo el estereotipo idealista. Ahora bien, lenguaje- campos semánticos renovados con imágenes retóricas, resonancias, ritmos, cadencias -y estilo que se tensa desde lo argumentativo a lo religioso siguen en función reflexiva, porque Zambrano no se ve a sí misma ni es considerada literata, novelista o poeta. El modus literario sirve a la intención del pensamiento; ella no abandona su vocación intelectual comprometida y rigurosa en busca de la claridad final de las ideas, sino que decide buscarla mediante una composición creativa. Y es justamente el estilo lo que distingue la personalidad de Zambrano en el horizonte de la filosofía en lengua española.
Puntos de llegada
El leitmotiv del conjunto es el desarrollo de la noción “saber sobre el alma” que implica la relación filosofía-poesía; la perspectiva gnoseológica elaborada sobre un dinamismo de lenguaje inusual a la teoría del conocimiento requiere la plasticidad propia del recurso poético. En 1934, Zambrano ubica el tema del alma entre dos visiones, la idealista y la positivista. Lejos de aceptarla como objeto de la metafísica o como sujeto de la psicología, el alma zambraniana es fuente -cauce y corriente- que contiene las posibilidades de identificación y relación de lo humano con el mundo. Sin dejar de ser realidad metafísica y psicológica, es el punto de encuentro del hombre y el cosmos. En la simbología de Zambrano, funciona como el corazón, cuyas raíces son prehistóricas y se yergue hacia las alturas: es el principio de trascendencia.
En este período ya está clara en su escritura la intención persuasiva de vincular la vida, la experiencia, la pasión por la existencia, con el pensamiento; su filosofía es vital desde esa finalidad. Y para ello diseña una serie de imágenes cuya intensidad despierten al lector, adentrado en la rutina de los estilos filosóficos, y le produzcan desconcierto, apelando a su atención de una manera mucho más personal. La nueva forma de decir lo pensado interpela porque intenta conmover la vida de cada uno. En estos textos, preliminares al planteo de madurez, se definen imágenes que estrictamente hablando corresponden a usos literarios, pero que se imponen como recursos apropiados al estilo filosófico, siguiendo la premisa rectora de que un nuevo modelo de razón requiere su modelo de lenguaje.
La forma del ensayo es indicada para la hibridez de un pensamiento que ha tomado la decisión metodológica de ofrecer una alternativa de contención y formación de los sentires que no pueden expresarse conceptualmente. La fluctuación entre la idea y la evocación lograda con el ritmo de la prosa, el recurso a imágenes visuales de la naturaleza o a la metáfora interviene para conformar una sintaxis que razone en simultáneo a su elaboración.
Zambrano propone un modo de pensar simultáneo a la generación de la forma. Coherente con su antisistematicidad, sin embargo, genera otra que, en respuesta a la razón poética, crea y recrea mientras profundiza sobre un centro. Los elementos esenciales al pensar conjunto zambraniano están planteados, no solo esbozados; las nociones de alma y corazón seguirán iguales a lo largo de sus textos, incluso considerando la producción que sigue hasta el final de su vida. El tono inconcluso de decir es parte de la manera en que la realidad se hace presente y, por tanto, se recupera y comunica. Ante ella, que es totalidad, el acercamiento humano es siempre incompleto, pero no defectuoso. La apariencia rudimentaria que parece ofrecer el acercamiento poético responde a que hay más lealtad en una lectura elemental de las cosas, tal como se ofrecen a la vista, que en su pretendida definición última. La luz de la razón que en verdad conoce, para seguir su imagen, no es absoluta, meridional sino paulatina y penumbrosa. Lo literario aparece, así como parcial, pero no insuficiente. Una vez más los elementos desvalorizados cobran preeminencia: contradicción, pluralidad, permanencia de los opuestos; ambigüedad contra conclusión, sugerencia contra resultado, amplitud contra acotamiento. Con la última definición de la metáfora, Zambrano postula que lo plural no se sintetiza sin anularlo.
Este diseño impone un modo de lectura para su estudio, que debe detectar las claves epistemológicas antes de trazar las líneas de sentido. Así, “saber sobre el alma” es cifra de una intención que luego de desechar un modelo, conduce a reconstruir; pero no sería coherente la sustitución de un sistema por otro, por eso Zambrano no lo entrega construido, sino sugerido como dirección; lo único claro, a la hora de iniciar el camino, es que el anterior ha resultado insuficiente para relacionar la vida con el pensamiento.
Sin duda la comprensión posmoderna, con su mirada descentralizada, está mejor preparada para leerla y aceptarla con más permeabilidad que sus propios contemporáneos.















