INTRODUCCIÓN*
El tema de las alianzas internacionales gestadas durante la guerra del Pacífico sigue suscitando la atención de los historiadores. En la década de 1860 se estructuraron dos grandes alianzas: una de carácter ofensivo en el Cono Sur, integrada por Brasil, Argentina y Uruguay y dirigida contra Paraguay, y otra constituida por Perú, Chile, Bolivia y Ecuador frente a los intentos españoles para intervenir en el Pacífico Sur. La primera terminó con la ocupación de Asunción en 1869 y su completa victoria; mientras que la segunda culminó con el rechazo de la escuadra española en 1866 tras un combate en el Callao. Con el paso de los años, la relación entre los antiguos aliados se deterioró rápidamente, al punto de llegar a altos niveles de tensión entre Brasil y Argentina y al desencadenamiento de una guerra entre Perú y Bolivia contra Chile1.
Por esta razón, en la década siguiente era común la aparición de rumores sobre conformación de nuevas alianzas2. El Perú no fue la excepción: para 1873 esperaba concretar un tratado defensivo con Bolivia y Argentina, por lo que desplegó su política exterior y a sus diplomáticos con ese objetivo. En Buenos Aires, Manuel Irigoyen, jefe de la legación peruana, se encargaba de hacer seguimiento a la discusión de este tema hasta que se confirmó la no inclusión de Argentina. En todo momento, Brasil estuvo siempre atento al resultado de estas negociaciones con sus agentes en Lima y Santiago, y se mostró preocupado por un posible desequilibrio de fuerzas en el Pacífico. Por eso, mantuvo una relación cercana con Chile para contrapesar cualquier escenario donde Argentina se presentara fortalecida, mientras se recuperaba económicamente de las deudas de la guerra con Paraguay.3
Ahora bien, sobre la relación de Brasil con la guerra del Pacífico la historiografía chilena (Juan José Fernández) y brasileña (Rafael Canaveze y Luis Villafañe) han coincidido en señalar que Chile planteó una alianza y Brasil tenía más interés en que el equilibrio en la Cuenca del Plata no se rompiera. Por su parte, la historiografía peruana representada por el notable trabajo de Gerardo Trillo señala que al Perú le preocupó mucho este rumor y trató a todo costo el averiguar la verdad. Al estallar el conflicto internacional, Brasil declaró su neutralidad frente a los países beligerantes. Sin embargo, siempre estuvo vigilando la participación o inhibición de Argentina. Posteriormente, ofreció sus buenos oficios para una mediación el 9 de abril, pero no fueron aceptados.4
En la medida en que se desarrollaba la campaña marítima, Chile era consciente de que no podía pelear en dos frentes de batalla: en el Pacífico con los aliados y en el Atlántico con Argentina. Así, se decidió por tratar de influir en Brasil para bloquear cualquier intervención argentina5 y similar actitud tomó con Uruguay, país que se mostró interesado en una posible alianza, alineándose con Brasil. Paralelamente, buscó otra alianza con Ecuador, pero no fue aceptada. Por ello, el Perú le prestó una atención especial a Brasil.6 En ese sentido, la hipótesis de esta investigación es determinar las condiciones que hicieron posible que se discutiera una propuesta de triple alianza (Brasil, Chile y Uruguay) en medio de la guerra y cómo se desarrollaron las gestiones diplomáticas para ejecutarla o impedir su cristalización. Para analizar el tema hemos revisado la información inédita proveniente del Archivo Central del Ministerio de Relaciones Exteriores del Perú, la Biblioteca Nacional del Perú, el Archivo Histórico del Ministerio de Relaciones Exteriores de Chile y los documentos recopilados por Pascual Ahumada.
EL GOBIERNO DE MARIANO IGNACIO PRADO Y LA LLEGADA DE JOSÉ ANTONIO DE LAVALLE A BRASIL
Nombramiento y primeras acciones en Río de Janeiro
Iniciada la guerra, el Perú desarrolló su frente diplomático a través de una estrecha coordinación entre el Ministerio de Relaciones Exteriores y sus legaciones en el extranjero para conseguir cuatro objetivos: fortalecimiento y neutralización de alianzas, consecución de armamento, búsqueda de fondos y evaluar las propuestas de mediación. Para el mes de mayo, Chile se encontraba en medio de dos problemas: uno con Argentina por el control de la Patagonia y otro con los aliados en el Pacífico. Para contrapesar esta situación, nombró a José Victorino Lastarria como jefe de legación en Uruguay y Brasil, a fin de explorar la posibilidad de una alianza con el emperador Pedro II e intentar comprar un buque de guerra brasileño. Llegó a Río de Janeiro al mes siguiente y se reunió con el jefe del gabinete ministerial, João Lins Vieira Cansansão de Sinimbu, y con el emperador Pedro II. Ambos rechazaron esta propuesta debido a su declaración de neutralidad, pero le ofrecieron apoyo moral para superar la guerra.7 Con este resultado, Lastarria partió hacia Montevideo y se instaló permanentemente allí hasta 1880. Confiaba en la palabra que le dio el emperador y consideró más importante diseñar una estrategia contra Argentina.8
Al detectar los movimientos de Lastarria, la Cancillería peruana nombró en junio al experimentado diplomático José Antonio de Lavalle como ministro plenipotenciario.9 Antes había sido senador y había estado a cargo de la legación peruana en Rusia y Alemania (1876-1877). A inicios de 1879 se le había encargado la mediación entre Chile y Bolivia, que terminó por envolver al Perú en la guerra del Pacífico. Lastarria llegó a reunirse con el presidente Aníbal Pinto y la Cancillería chilena, pero el conflicto era ya inminente. Regresó a Lima y el 6 de junio fue nombrado jefe de la misión diplomática en Río de Janeiro. Su comitiva estuvo compuesta por el teniente Hernando de Lavalle (adjunto militar) y Javier Melecio Casós (secretario). De esta manera, en el Cono Sur quedaron establecidos Lavalle en Brasil y Aníbalde la Torre enlas Repúblicasdel Plata (Argentina, Uruguay y Paraguay).10
Ahora bien, Lavalle tuvo una larga travesía por Ecuador, Panamá y Estados Unidos, entre el 19 de junio y el 28 de agosto. En Guayaquil comprobó que esta ciudad era favorable al Perú y se relacionó con Juan Bautista Elizalde, director del diario La Nación. En Nueva York se reunió con José Carlos Tracy, jefe de la legación peruana en Estados Unidos, y gestionó el permiso para que el adjunto militar Lavalle visitara la Academia de Ingenieros y la Escuela Militar de West Point.11 Este itinerario fue muy costoso, pero a pesar de los contratiempos logró instalarse en Brasil en septiembre.12 De inmediato, presentó sus credenciales diplomáticas a Pedro II13 y luego se entrevistó con el ministro de Negocios Extranjeros, a quien explicó la perspectiva peruana de la guerra. La Cancillería peruana le había encomendado dichas reuniones para tratar de persuadir a Brasil de mantener su neutralidad.14 Para ayudarle a preparar las mismas le enviaron documentos de trabajo como el Reglamento Diplomático y Consular de la República y la Carta de Límites con Brasil sobre la navegación del Amazonas.15 Simultáneamente, Lavalle organizó el trabajo de los cónsules de su jurisdicción. Enrique Rojas reemplazó a Antonio Suárez Piñeyro en Pará, aunque después fue también relevado por J. E. Klautau.16 También aprovechó en estrechar los lazos con otros países, como fue el caso de España, país con el que el Perú retomó las relaciones internacionales tras la celebración del tratado de paz. Lavalle saludó a Mariano de Podestá, jefe de la legación española en Brasil, por esta buena noticia para ambos países. Podestá agradeció el gesto y se convertiría más adelante en un aliado.17
Lavalle fue muy vigilante de los envíos de armas chilenas que hacían escala en Río de Janeiro. Una de las primeras alertas provino en julio del comisionado en Europa Francisco Canevaro tras la salida de Amberes del vapor Genovese18 con un cargamento de armas para Santiago. La noticia fue confirmada en agosto por la Cancillería peruana, que pidió a Lavalle detenerlo si pasaba por Montevideo o Río de Janeiro para interponer una protesta diplomática.19 Por esta razón, Lavalle estableció comunicaciones para tomar acciones conjuntas con las legaciones peruanas en Argentina (De la Torre),20 Francia (Juan Mariano de Goyeneche) e Inglaterra (Carlos Pividal). Sin embargo, para octubre no había ninguna noticia ni del Genovese ni del Maranhense. El diplomático peruano fue claro en manifestar que si estas naves no eran detenidas en Europa era imposible hacerlo en Brasil, pues se le aseguró que oficialmente no se podía detener a buques neutrales, pero había cumplido con notificar en septiembre al gobierno imperial para que sus autoridades portuarias de Bahía, Pernambuco y Pará actuaran cuando pasara el Maranhense.21 Por otro lado, tras el dramático final del monitor peruano Huáscar, recibió una visita solidaria del canciller brasileño Moreira Barros y estudió la oferta de Anjelo Bazzeto para comprar nuevas naves de guerra en Italia. Un proyecto que declinó al comprobar que la casa comercial no inspiraba mucha confianza y las naves ofrecidas no tenían el poderío necesario.22
Desde su llegada, Lavalle hizo un riguroso seguimiento al movimiento de la prensa brasileña sobre la evolución de la guerra y comprobó que gran parte era opuesta al gobierno peruano: El Diario Oficial del Imperio, El Jornal do Comercio, La Gazeta de Noticias, Anglo Brazilian Times, O Cruzeiro (cercano a Chile). Por ejemplo, en diciembre, identificó un artículo ofensivo en el Diario Oficial que le llevó a protestar el 30 de diciembre.23 La Cancillería brasileña señaló que no se había violado la neutralidad y que el periódico no tenía la intención de azuzar los ánimos contra la nación peruana, si bien le aseguró que en el futuro se evitarían nuevos incidentes.24 No obstante, no sería la última vez porque más adelante habría más ataques periodísticos de ese tipo, si bien Lavalle fue aconsejado por los representantes de Argentina y España de que no debía protestar ni intentar refutarlos, pues comprometía el carácter oficial de la legación peruana.25
Verificando la existencia de un tratado de triple alianza contra el Perú
Al analizar la neutralidad de Brasil, Lavalle evalúo su comportamiento en otros casos similares: en 1854 por la guerra de Gran Bretaña y Francia con Rusia, en 1859 por la guerra de Argentina con el gobierno de Buenos Aires, en 1861 por la guerra civil en Estados Unidos y en 1870 por la guerra entre Francia y Prusia.26 Asimismo, inició las averiguaciones para descartar o confirmar la existencia de una alianza entre Brasil y Chile, por lo que estableció las primeras relaciones con el jefe de la legación argentina, Luis Domínguez, y por él supo que José Victorino Lastarria, jefe de la legación chilena,27 había intentado suscribir un tratado de alianza en Uruguay con el diplomático brasileño Felipe López Netto.28 Lo harían allí porque era un país neutral y no levantarían sospechas. Domínguez se mostraba preocupado por estos hechos, aunque reconocía que era un rumor originado en Buenos Aires y eran necesarios más datos para confirmar su veracidad.29
Desde ese momento, Lavalle vio con claridad que la triple alianza era promovida por sus principales operadores diplomáticos: el chileno Lastarria, el brasileño López Netto y el uruguayo Vásquez Sagastume.30 Las motivaciones de Brasil para firmar un tratado con Chile vendrían dadas por su recelo hacia Argentina y “el vivo deseo que tiene el Imperio, se extienda la espera de sus usurpaciones territoriales en la Plata, concluyendo por la entera absorción de la República del Uruguay”.31 Por ello, era necesario descubrir los compromisos asumidos por ambas partes, especialmente a qué se había comprometido Brasil. ¿El pacto era de alianza absoluta y contra todos los enemigos que tuviera Chile o era solo para un caso especial y contra una nación determinada?, ¿qué auxilio podría dar Brasil a Chile en la guerra?32
Mientras tanto, como parte de las acciones para contener esa alianza, Lavalle hizo un estudio del potencial que tenía la marina brasileña, tomando como referencia la salida de una expedición para Asia que tenía como objetivo facilitar la inmigración china.33 Este trabajo fue encomendado al adjunto militar, Hernando Lavalle, quien recorrió el 2 de septiembre el puerto donde se encontraban anclados los buques imperiales en compañía del capitán de corbeta Miguel Ribeyro Lisboa. Los resultados fueron los siguientes.34 El Vital de Oliveira era una corbeta de madera construida en Río de Janeiro. Tenía una tripulación de 180 hombres y no era una nave de guerra. El Parnahyba era una corbeta mixta de madera. Fue construida en Brasil en 1878 y tenía una tripulación de 120 hombres. Estaba comandada por el capitán teniente Ribeyro Lisboa. El Trajano era una corbeta mixta de madera y debido a la falta de financiamiento no sería parte de la expedición. La Bahiana era una antigua corbeta de vela y estaba destinada como escuela de marineros. Hacía viajes solo dentro de los límites de las costas imperiales.
Más adelante, se pudo comprobar que la Parnahyba no estaba en condiciones junto a las demás cañoneras para realizar “largas navegaciones y los malos resultados que hubiera tenido el viaje que se pensó hiciese a la China y a las costas del Pacífico”.35 Al final el viaje solo lo realizaría el Vital de Oliveira.36 Más adelante, la prensa brasileña acusó a Lavalle de intentar comprar la corbeta Trajano, lo cual fue desmentido, pues esa nave tampoco estaba en buen estado.37 De esta manera, quedó en evidencia que los buques brasileños no se podían comparar con los blindados chilenos, siendo imposible un ataque efectivo por parte de los primeros.
Esto fue motivo de inquietud porque Argentina aceleró la compra en Europa de los blindados Roma y Venecia.38 Por eso, Brasil centró la atención de su política exterior y Lavalle delineó su estrategia abriendo comunicaciones con la legación peruana en Buenos Aires, a cargo de Aníbal de la Torre, quien confirmó que la posibilidad de una alianza entre Chile y Brasil se discutía desde el inicio de la guerra. Es más, se propuso iniciar sus indagaciones sobre Uruguay y conversó directamente con el presidente argentino, Nicolás de Avellaneda, y con su canciller, Lucas González. En octubre, De la Torre partió a Montevideo y se entrevistó con el canciller uruguayo que le convenció de que no existía tal amenaza.39
EL FRACASO DE LA TRIPLE ALIANZA Y LA SALIDA DE LAVALLE A EUROPA
Nicolás de Piérola asumió el poder en el Perú a finales de 1879. Lavalle le dirigió una carta donde expresó su alegría por su nombramiento en medio de la crítica situación por la que atravesaba el país. Ambos eran muy cercanos políticamente, por lo que le comentó que había presentado su renuncia y esperaba dejar pronto Río de Janeiro.40 Sin embargo, con Piérola en la conducción del gobierno, Lavalle ofreció nuevamente sus servicios y recibió del nuevo canciller, Pedro José Calderón, la actualización de la clave telegráfica para dirigir las comunicaciones a Lima.41 También le pidió redoblar sus esfuerzos para garantizar “la neutralidad del Imperio”.42
Despejando la existencia de una triple alianza. El incidente Lastarria
El hecho que desencadenó el debate sobre si había o no una alianza entre Brasil y Chile fue un viaje realizado por los diplomáticos chilenos a Río de Janeiro a fines de diciembre de 1879. Entre los días 20 y 29 se produjo el viaje desde Montevideo del secretario de la legación chilena, Caupolicán Lastarria. Al inicio, este fue confundido con su tío José Victorino, jefe de la legación. Este detalle es importante de señalar porque llama la atención que un funcionario secundario hubiera sido enviado para emprender negociaciones de alianza con Brasil. No obstante, sus pasos fueron detectados por diversas fuentes porque se había hospedado en el mismo hotel donde estaba Lavalle, quien sostenía que los promotores de este nuevo encuentro fueron los diplomáticos de los tres países involucrados: Vásquez Sagastume, López Netto y Lastarria. El trato involucró una serie de ofrecimientos de territorios para las partes: a Brasil los de Paraguay, a Chile le correspondería la Patagonia y a Uruguay las provincias argentinas de Entre Ríos y Corrientes.43
Lavalle tenía como objetivo verificar este nuevo rumor, por lo que se apoyó en la información recogida por los jefes de otras legaciones en Río de Janeiro: Luis Domínguez (Argentina), Rodolfo Le-Maistre (Alemania) y Mariano de Podestá (España). Como vemos, la relación que cultivó con los representantes de estos países le ayudó a enfocar este problema. En este caso, Domínguez le confirmó que Caupolicán Lastarria sí estaba en Río de Janeiro y que buscaba entrevistarse con el Vizconde de Sinimbu, presidente del Consejo de Ministros.44 Por su parte, De Podestá le informó que el emperador Pedro II estaba en medio de intrigas palaciegas que pretendían envolverlo en una guerra con Argentina, en especial el grupo encabezado por su ministro de Hacienda, Alfonso Celio45 y gran parte de la prensa brasileña (O Cruzeiro, Gazeta de Noticias y The Anglo-Brazilian Times). Pero, este no era el mejor momento para que Brasil se comprometiera con una nueva guerra. Además, Pedro II era “un hombre esencialmente pacífico y su opinión es decisiva en el Gobierno […]. El país está en mal estado en su hacienda, en peor aún en su ejército y sin marina, pues los 50 buques que constituye la Marina imperial no podrán todos juntos resistir a un blindado de la fuerza del Cochrane o del Blanco Encalada”.46
Con toda esta información procesada, Lavalle llegó a la conclusión de que la misión del secretario Caupolicán Lastarria no era exactamente secreta, sino más bien pública, pues su arribo y su salida de Petrópolis y su audiencia con el emperador eran del conocimiento público y habían sido difundidas hasta por los diarios de Montevideo.47 Aun así, no se conocía el objeto real de su visita. A Lavalle le preocupaba que un futuro cercano Brasil ofreciera una mediación que terminara siendo favorable a Chile y señalaba que “con ningún carácter, debe jamás consentir en que el gobierno del Brasil se mezcle en la cuestión pendiente entre el Perú y Bolivia con Chile, ni como mediador, ni mucho menos como árbitro, en la injerencia del Brasil en los asuntos del Pacífico”.48
Entonces, ¿por qué fue a Brasil el secretario y no el jefe de la legación, José Victorino Lastarria? Esta pregunta implicó contrastar la información de los archivos de las cancillerías chilena y peruana. En primer lugar, después de la respuesta del emperador en junio, el canciller chileno le pidió reiteradamente a José Victorino Lastarria volver a Brasil para estar cerca de la Corte imperial y frenar las gestiones de Lavalle. Sin embargo, Lastarria no tenía intención de dejar Montevideo, pues consideraba que el problema principal no estaba en Brasil, sino más bien en Argentina. Creía que Chile ya tenía asegurado el apoyo moral del emperador, por lo que era más urgente atender los asuntos de la Patagonia antes que los del Pacífico.49 Sin embargo, ante la insistencia de su Cancillería, decidió regresar a Río de Janeiro, enviando primero a su secretario para concertar una entrevista con el emperador en diciembre. Esta misión fue descubierta y José Victorino Lastarria se abstuvo finalmente de emprender el viaje.50 Por ello presentó por segunda vez su renuncia y se mantuvo en Uruguay hasta 1880. Más tarde se incorporaría al Congreso chileno como senador, siendo reemplazado en la legación por su hijo Demetrio el 17 de noviembre.51
A pesar de todo, Lavalle continuaba con sus investigaciones y en febrero pudo determinar que Brasil había descartado completamente la alianza planteada por Lastarria.52 Supo también que en el proyecto de una triple alianza habían estado implicados el presidente uruguayo Lorenzo Delatore y el jefe del gabinete imperial, Vizconde de Sinimbú, pero no el emperador.53 Cuando los dos primeros dejaron el poder en marzo, el plan de alianza quedó desbaratado.54 Aunque Brasil se mantuvo a la expectativa del desenlace militar de la guerra y del mantenimiento de la neutralidad de Argentina.55 En última instancia, Brasil “ayudaría a Chile con todas sus fuerzas, abiertamente si ellas se lo permitiesen desde luego: subrepticiamente, si no pudiese de otro modo; pero ayudaría a Chile”.56 Así y después de una larga pesquisa, Lavalle y la Cancillería peruana confirmaron el fracaso de esa alianza.57
Sin embargo, de tiempo en tiempo, los rumores renacían mediante la circulación de artículos en la prensa argentina y brasileña como La Nación y O Jornal do Comercio.58 Para descartar su validez, Lavalle apeló al análisis y consejos de los diplomáticos extranjeros afines: Domínguez de Argentina, Le-Maistre de Alemania y De Podestá de España. El primero sostuvo que, en cuestión de noticias, la prensa se manejaba así desde hace meses y era difícil que Brasil se lanzara a una nueva guerra por el pésimo estado de su economía y la carencia de un ejército y una marina idóneos. El segundo tenía la misma opinión, aunque resaltaba sobre todo la escasez de dinero del Imperio por el impacto de la guerra con Paraguay en 1860;59 mientras que el tercero le dio a conocer la salida de López Netto a Montevideo, uno de los operadores de la alianza.
Con ello, Lavalle quedó otra vez convencido de que no había ningún “temor de que la proyectada alianza se lleve a efecto”.60 Brasil solo le daba falsas esperanzas a Chile y aguardaría el final de la guerra.61 Mientras tanto, trataría de solucionar la situación de su ejército (estado de desmoralización y desórdenes impunes en las provincias) y su marina (abandono y reparaciones de los monitores Solimoes y Tavary; descomponiéndose el primero en pleno ejercicio de fuego).62 Por ello, la Cámara de Diputados discutiría proveer de mayor presupuesto a la marina, pues tras la guerra con Paraguay no había un navío respetable, tampoco arsenales, pero sí una burocracia inefectiva.63
Por su parte, Argentina transitaba por otro escenario lleno de incertidumbre: un proceso de elecciones presidenciales y una guerra civil que estalló en junio. Esto último motivó que el diario O Cruzeiro manifestara que Brasil debía resguardar sus fronteras y retomar otra vez la idea de una alianza para aprovechar la vulnerabilidad argentina.64 Evaristo Gómez Sánchez, nuevo jefe de la legación peruana en Buenos Aires, consideró que su misión consistía en estrechar las relaciones entre las Repúblicas del Plata y el Imperio brasileño en un contexto de guerra.65 El incidente más álgido reportado entre ambos países ocurrió en el río Paraná (provincia de Entre Ríos) por el abordamiento al vapor brasileño Río Apa por parte de la cañonera argentina Río Uruguay. A tal punto llegó la tensión que el incidente fue discutido en la Cámara de Diputados y de Senadores del Imperio, y se pidió la interpelación del canciller Pereyra de Souza para el 6 de agosto. El debate fue encarnizado, pero no pasó a mayores y el caso quedó así terminado.66
ENTREVISTAS CON EL EMPERADOR PEDRO II Y EL CANCILLER BRASILEÑO PEDRO LUIS PEREIRA DE SOUZA: ALIANZA Y EVOLUCIÓN DE LA GUERRA
Además de rodearse del consejo de diplomáticos extranjeros, la estrategia trazada por Lavalle fue conocer la postura oficial de Brasil en el tema de la triple alianza, recogiendo directamente información del emperador y de su canciller Pedro Luis Pereira de Souza. Por ello, una de las primeras entrevistas de Lavalle con Pedro II se desarrolló el 20 de enero de 1880 en Petrópolis, como parte de la presentación del cuerpo diplomático extranjero.67 Esta conversación fue clave por su confidencialidad. Allí el emperador le preguntó sobre el cambio de gobierno en Lima y la ascensión de Piérola por un golpe de Estado, lamentando que este “hubiese subido al poder por una revolución, pues a su juicio, todas las situaciones ilegales eran peligrosas”.68 Lógicamente, Lavalle defendió la legitimidad de la revolución contra Prado. Sin duda, la cuestión de la alianza fue el tema más interesante. Pedro II se declaró partidario de la paz, aunque reconoció que había gente interesada en envolver a Brasil en la guerra, por lo que le pidió al diplomático peruano no dejarse llevar por esos rumores:
Con la República Argentina no tenemos motivo alguno de desavenencia, ni mucho menos de guerra, ni la tendremos, pues supongo al gobierno argentino, animado de los mismos sentimientos que al mío. En cuanto al Pacífico, el único interés del Brasil es la paz y que esos pueblos progresen y se desarrollen con las instituciones que tienen. Se ha acusado al Brasil de aspirar a manchar su territorio. Error: demasiado territorio tenemos ya y harto difícil es gobernarlo bien: lo que necesitamos son pobladores, y a esos no se les atrae con la guerra, sino con la paz. Además, la situación financiera del Imperio requiere, más que nunca, de una profunda tranquilidad.69
Una segunda entrevista tuvo lugar el 12 de marzo con motivo del onomástico de la emperatriz Teresa Cristina. Lavalle aprovechó para conversar sobre la apertura del canal de Panamá y comentar nuevas noticias sobre la guerra. Pedro II sostuvo que el canal no perjudicaría al Brasil porque no tenía mucho comercio con los países del Pacífico; pero que sí afectaría a Chile por el desuso en el que caería el estrecho de Magallanes. Sobre la guerra, se reafirmó en que el Imperio no intervendría de ninguna manera en el conflicto:
¡Qué dice Ud. […], de esas mentiras que se andan propalando de que yo he hecho alianza con Chile y el Uruguay para hacer la guerra a Ustedes! Felizmente, bien conocida es mi política externa, que se reduce a vivir en paz con todo el mundo, principalmente con mis vecinos; y mucho deseo que termine, cuanto antes, esta desgraciada guerra del Pacífico, causa de todas estas intrigas.70
La tercera entrevista se llevó a cabo el 29 de marzo en Petrópolis. Allí, Lavalle explicó que el ataque sobre la ciudad de Tacna tenía como objetivo destruir por completo al ejército aliado, cortar la comunicación con Bolivia y consolidar la invasión del territorio peruano en el sur. Si tal suceso ocurriese, la guerra no terminaría aún porque ya en Lima se venía preparando un nuevo ejército y habría que emprender otra campaña militar. Entonces, ¿qué hacer para detener la guerra? Para Lavalle solo sería posible hacerlo con la mediación de Inglaterra, pues no veía “otra nación que tenga el prestigio y el interés suficiente para restablecer la paz en el Pacífico.71
Otro funcionario crucial con el que debía estar en contacto Lavalle fue con el canciller brasileño Pereira de Souza. El 22 de mayo, ambos tuvieron una reunión oficial y Lavalle tuvo una buena impresión de su interlocutor, si bien era consciente de que el verdadero conductor de la política exterior imperial era José Tomás de Amaral, barón de Cabo Frío.72 En esta primera entrevista, el canciller le informó que había recibido un telegrama de su legación en Uruguay sobre el pedido chileno para que se interpusiera la mediación brasileña que tendría como base la cesión de Atacama y Tarapacá. Lavalle sostuvo que esa mediación debía buscar una salida equitativa para los países beligerantes y no imponer esas condiciones, por lo que posiblemente sería rechazada por el Perú; dando fin a la conferencia.73En las semanas siguientes se confirmó la derrota del ejército aliado en Tacna, pero a pesar de ese revés, Lavalle entregó a la Cancillería brasileña los protocolos que anunciaban la reaparición de la Confederación Perú Boliviana. Esta nueva entidad política no era de la aprobación de Pedro II por su desconfianza hacia Bolivia.74
Para el segundo semestre de 1880, Lavalle tuvo breves conversaciones con Pedro II, aprovechando las recepciones protocolares que tenía con el cuerpo diplomático. En ellas, aprovecharon para hablar sobre el nuevo cambio de gabinete en Chile, al tiempo que Lavalle le aseguraba que la resistencia peruana se extendería “hasta el infinito de ser necesario”.75A fines de julio, Lavalle organizó un banquete en Río de Janeiro con motivo de la celebración del Día Patrio en el Perú, por lo que extendió varias invitaciones a los miembros del gobierno imperial y al cuerpo diplomático, contando con la presencia del nuncio apostólico Angelo di Petro, Mariano de Podestá de España y el canciller Pereira de Souza, quien por su estado de salud se tuvo que retirar a mitad del evento.76
El 7 de agosto se llevó a cabo otra breve conferencia con el emperador, quien estaba ávido de conocer cómo marchaba la guerra y si era cierto que Estados Unidos intervendría en la guerra entregando naves a cambio de las salitreras peruanas y bolivianas. Lavalle precisó que era inevitable que la guerra se extendiera, al tiempo que aseguraba que no había noticias fidedignas desde Washington. En cada conversación, el emperador y la emperatriz preguntaban siempre por el estado de su hijo, el adjunto militar Hernando, quien iba de regreso al Perú con el rango de capitán de artillería.77Por otra parte, la Cancillería peruana había encomendado al agente diplomático brasileño en Lima, Enrique Mello Alvin, hacer entrega de dos mil libras esterlinas destinadas a la subsistencia de los prisioneros peruanos en Chile. Esta cantidad debía ser entregada al coronel Rafael Ramírez Arellano, el oficial prisionero de mayor jerarquía, para repartirla entre los demás oficiales.78
Lavalle tuvo una última entrevista con el emperador el 26 de agosto para entregar su carta de retiro y poner fin a su misión diplomática. El emperador le expresó su preocupación por su suerte y la de sus hijos. Lavalle confiaba, sin embargo, en la fuerza del ejército peruano para detener el ataque contra Lima, al tiempo que señalaba que, si llegara a caer la capital, Chile tendría un gran problema porque al morir Piérola no tendría con quién negociar la paz.79En efecto, tras la conquista de la capital por Chile, las fuerzas chilenas ingresaron a Lima y se enfrentaron al dilema de con quién debían negociar la paz: con Piérola, en el centro del país, o con Francisco García Calderón, elegido presidente provisorio.
LA RENUNCIA DE LAVALLE
Desde enero de 1880, Lavalle había presentado su renuncia a la Cancillería, pero no era aceptada porque todavía se necesitaba vigilar de cerca la política exterior brasileña.80 Mientras tanto, la salud del diplomático peruano se deterioraba día a día por el pésimo estado sanitario de Río de Janeiro y la aparición de una epidemia de fiebre amarilla en temporada de verano. El diplomático describía muy gráficamente la situación, pues la ciudad tenía: “un sol ardientísimo, sus calores abrasadores, sus lluvias torrenciales, su escasez de agua. No solo para los usos higiénicos, sino aun para beber, su absurda y estúpida construcción, la inmundicia de sus habitantes”.81 La pestilencia era fortísima para todo aquel que venía de fuera y era un problema endémico que atacaba por igual al pueblo y al cuerpo diplomático, en una ciudad de 40000 habitantes.82
El termómetro oficial reportaba 30 grados centígrados y no 40, que era lo que realmente marcaba. Entre febrero y marzo se informó de la muerte de 238 personas en el cementerio de Botafogo, Hospital Militar y Hospital Marítimo (17 brasileños y 221 extranjeros). Era posible que los reportes estadísticos fueran alterados para no provocar pánico en la población. El objetivo, según Lavalle, era “no ahuyentar a los inmigrantes, y que estos desgraciados afluyan siempre al Brasil, a encontrar con él prematura tumba en sus ciudades, las miserias y el hambre en lo que se llaman colonia, o lo que es peor, la esclavitud”.83 Como medidas provisionales se dispuso que la municipalidad expropiara los terrenos de los callejones (cortijos) para un examen domiciliario y que se entregara desinfectante monopolizado por el médico de la Corte imperial.84
Para el mes de abril, Lavalle informó que se había quedado solo en la legación porque su comitiva, tanto el secretario Casós como su hijo Hernando, habían regresado a Lima, lo cual hacía más difícil la conducción de la legación por su mal estado de salud.85 Por ello, tuvo que recibir un tratamiento especial de parte de los doctores William John Fairbairn y Manuel Joaquín Fernández Rivas. Este último era un especialista hidroterápico. Al inicio se sentía bien con estas terapias, pero luego quedaba completamente inmovilizado. El certificado médico señalaba que Lavalle padecía de una neuralgia ciática y lo describió como un dolor que le recorría la espalda hasta las piernas. Se diagnosticó que era un mal producido por su residencia en Río de Janeiro, una ciudad sujeta a las variaciones atmosféricas, por lo que se recomendó su traslado a Europa, donde encontraría un clima más templado, mejor estación y tratamiento con aguas sulfurosas.86
Con esta recomendación, Lavalle reiteró su renuncia, siendo por fin aceptada por la Cancillería en junio. Se le enviaron sus cartas de retiro y este solo espero la pronta liquidación de sus haberes.87 Tras comunicar al canciller brasileño Pereira de Souza el fin de su misión, hizo los preparativos para dejar Brasil: remitió su correspondencia a Lima y adjuntó diversas noticias recientes sobre el Perú publicadas en el Jornal de Commercio, Le Messager du Brasil y The Anglo Brailian Times. Posteriormente, cumplió con las formalidades de despedida en la Corte imperial y entregó el archivo de la legación en custodia al ministro alemán, Rodolfo Le Maistre. Partió en septiembre hacia Southampton en el vapor Fresit, comunicando a su gobierno que lamentaba no ir directamente a Lima para entrevistarse con Piérola y tomar un puesto en la defensa de la capital, pues había decidido priorizar el cuidado de su salud.88
Antes de viajar le escribió a Piérola agradeciéndole que hubiera aceptado su renuncia y expresándole su admiración, amistad y afecto. Como balance, Lavalle se declaró satisfecho por los resultados de su misión “porque, en ningún caso, tenemos nada que temer del Brasil ni tampoco nada que esperar de él. Verían aquí el aniquilamiento y la destrucción del Perú, la inmensa mayoría del país, con tanta indiferencia como la de Zululand”.89 Sin embargo, una noticia provocó el repentino retorno de Lavalle a Lima. La batalla de San Juan cobró la vida de su hijo Hernando.90 Pese a su dolor, no se retiró de la política y se mantuvo en contacto con Piérola y otras figuras políticas, como el general Manuel de Mendiburu,91 hasta sufrir prisión y destierro en Chile en 1882. Al año siguiente, Lavalle regresó al Perú como negociador del futuro tratado de Ancón y se convirtió en el canciller del gobierno de Miguel Iglesias. Durante su mandato se encargó de reorganizar el sistema diplomático y buscó nuevo personal para las legaciones, aprovechando sus contactos y amistades.92 Al considerar su misión cumplida con la paz con Chile, renunció a mantenerse en el puesto en noviembre de 1883.
CONCLUSIONES
Las alianzas fueron parte de la dinámica de la guerra del Pacífico e influirían en el despliegue de la política exterior peruana para desvirtuar o confirmar los rumores de una alianza entre Chile y Brasil. Este objetivo se mantuvo a lo largo de los gobiernos de Mariano Ignacio Prado y Nicolás de Piérola (1879-1880), siendo una misión encomendada a José Antonio de Lavalle, quien poseía una vasta experiencia en el plano diplomático en Europa y partió en junio de 1879 a Brasil. Una vez instalado en Río de Janeiro, Lavalle se dedicó a recopilar información de la prensa, la Cancillería brasileña y de legaciones con intereses afines como las de Argentina, España y Alemania. Además, verificó el potencial y la capacidad real de las fuerzas militares y del erario brasileño.
Por estas fuentes se pudo comprobar que Chile, con su agente Victorino Lastarria, promovía la idea de una alianza con Brasil para contrapesar un posible acercamiento de Argentina con el Perú. La oferta fue rechazada por Pedro II, pero Chile no se desanimó por este resultado y siguió impulsando el proyecto con el apoyo de los diplomáticos Felipe López Neto (Brasil) y José Vásquez Sagastume (Uruguay). Esto obligaría a Lavalle a priorizar la información que provenía del emperador y del canciller Pereira de Souza para develar los rumores y combatir la animadversión de la prensa contra el Perú. Además, mantuvo una permanente comunicación con Aníbal de la Torre, jefe de la legación peruana en Argentina, para que por su cuenta también recogiera información sobre Uruguay y su posible involucramiento en los planes de Chile.
Gracias a todo ello, Lavalle pudo confirmar que no existía formalmente una triple alianza, sobre todo tras descubrir que nuevamente había sido rechazada por Pedro II tras la entrevista que tuvo con Lastarria en diciembre de 1879. La razón principal fue que el emperador no deseaba involucrarse más de la cuenta en los asuntos del Pacífico, pues la campaña militar contra Paraguay había dejado exhaustas sus arcas fiscales y tampoco podía movilizar a su ejército ni a su marina para una confrontación de gran magnitud como lo exigiría la guerra del Pacífico. Sin embargo, al emperador no le incomodaba la circulación de rumores de una íntima inteligencia con Chile para alejar la intervención militar o diplomática de Argentina en su lucha por la hegemonía en el Cono Sur. También comprobó que el presidente uruguayo, Lorenzo Latorre, se mostraba favorable a la propuesta chilena, si bien su derrocamiento en 1880 conjuraría esta amenaza.














