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Culturales

 ISSN 2448-539X ISSN 1870-1191

Culturales vol.13  Mexicali  2025   09--2025

https://doi.org/10.22234/recu.20251301.e914 

Artículos

Política y cultura en clave feminista. Experiencias sobre la construcción de estudios culturales feministas del Sur

Politics and culture in a feminist key. Experiences on the construction of feminist cultural studies of the South

Areli Veloz Contreras*  , Conceptualization, Data curation, Formal analysis, Investigation, Methodology
http://orcid.org/0000-0002-3772-3267

María Teresa Garzón Martínez**  , Conceptualization, Data curation, Formal analysis, Investigation, Methodology, Writing – review & editing
http://orcid.org/0000-0002-6486-0240

Mónica Inés Cejas***  , Conceptualization, Data curation, Formal analysis, Investigation, Methodology
http://orcid.org/0000-0002-7307-7223

* Universidad Autónoma de Baja California, areli.veloz@uabc.edu.mx

** Universidad de Ciencias y Artes de Chiapas, maria.garzon@unicach.mx

*** Universidad Autónoma Metropolitana-Xochimilco, mcejas@correo.xoc.uam.mx


Resumen:

En este artículo, a través de tres voces y desde las experiencias, se exponen las trayectorias que han supuesto la articulación entre estudios culturales y feminismo, en tres espacios académicos, ubicados en tres puntos cardinales: norte, centro y sur de México, haciendo énfasis en las genealogías, las luchas, las reivindicaciones y los logros. Aquí, nos situamos en el cuestionamiento que en los últimos años los estudios culturales y los estudios feministas o de género han sufrido en torno a su validez y legitimidad, pero también sobre su institucionalización, despolitización y banalización. Con ello se da cuenta, como una forma de sistematización, memoria y cartografía, de la construcción de lo que hoy podemos denominar estudios culturales feministas, campo de producción de conocimiento y acción política, posicionado geopolíticamente en el Sur y que encuentra asidero en la Red Feminismo(s), Cultura y Poder. Diálogos desde el Sur.

Palabras clave: Estudios culturales; feminismo; investigación cultural

Abstract:

This article, through three voices and from our experiences, gives an account of the trajectories that have involved the articulation between cultural studies and feminism in three academic spaces, located in three cardinal points: north, center and south of Mexico emphasizing genealogies, struggles, claims and achievements. Here, we place ourselves in the questioning that in recent years cultural studies and gender and/or feminist studies have undergone regarding their validity and legitimacy, but also their institutionalization, depoliticization and trivialization. In other words, we present, as a form of systematization, memory and cartography, the construction of what today we can call feminist cultural studies, a field of knowledge production and political action, geopolitically positioned in the South and which finds a foothold in the Network Red Feminismo, Cultura y Poder. Diálogos desde el Sur.

Keywords: Cultural studies; feminism; cultural research

Ser académica feminista es una forma de activismo dentro de la universidad, pues implica una lucha constante para legitimar a los feminismos como una forma de producción epistémica y de docencia.

Viera y Lau, 2024

Introducción

Durante la última década del siglo XX, los estudios culturales se convierten en un boom, una práctica intelectual que se posiciona con fuerza en las universidades e institutos de investigación tanto en los Estados Unidos como en América Latina. En efecto, para esa época ya se cuenta con muchos espacios de formación en los niveles de posgrado, un universo de publicaciones y, en consecuencia, un grupo amplio de especialistas. Frente a una práctica tal, la cual tampoco parece tener mucha competencia pues “en ninguna parte se percibe una corriente de pensamiento que pueda ofrecerles resistencia” (Castro-Gómez, 2001, p. 230), se formulan fuertes cuestionamientos que giran en torno a los orígenes, la especificidad y los aportes de los estudios culturales (Reynoso, 2000) al tiempo que se denuncia el vaciamiento político que sufren al institucionalizarse. Así, un campo de estudio que se caracteriza por relacionar la cultura con el poder y la política, desde propuestas y apuestas teóricas críticas y emancipatorias, una vez que se vuelve una moda académica, deviene en un hacer acrítico y apolítico dentro de las universidades, y más al emparentarse con el capitalismo académico que burocratiza y estandariza el conocimiento, las disciplinas e, incluso, campos críticos como este (García, 1997; Mato, 2019; Matterlart y Neveu, 2004; Richard, 2003; Restrepo, 2019).

Por su parte, para la misma época, en el caso de los estudios de género y/o feministas se cuestiona su validez como campo de producción de conocimiento objetivo, en tanto está cimentado en agendas políticas específicas que vienen del movimiento social de mujeres y por el papel que el concepto género adquiere en distintos espacios académicos y estatales. Por un lado, se plantea que el género se convierte en un eufemismo de los feminismos, permitiendo que sean lo suficiente políticamente correctos para instalarse en distintas agendas, tanto dentro como fuera de las universidades. Por otro lado, se critica que dicho concepto se equipare con las mujeres, en un sentido universal, biológico y esencialista, convirtiéndose en una añadidura a los distintos campos y corrientes teóricas de las ciencias sociales (Bordo, 2001; Butler, 2006; De Lauretis, 1996; Hawkesworth, 1999). En consecuencia, como lo afirma una de las pioneras del hacer feminista en la academia, Mara Viveros (2017):

El proceso de institucionalización de los estudios de género en las universidades latinoamericanas puede ser descrito como un fenómeno paradójico: la apertura de estos espacios ha permitido la introducción de la militancia feminista en el ámbito académico tratando de respetar sus reglas, pero al mismo tiempo las ha dotado de un contenido inesperado. Estos programas tuvieron un efecto subversivo en la mayoría de las universidades y un impacto inmediato, no exento de riesgos y ambivalencias. Lo que era por un lado sinónimo de reconocimiento y refuerzo interno de estos programas, implicó por otro lado tanto su aislamiento como su marginación (p. 11).

Ambas discusiones, las de los estudios culturales y la de los estudios feministas y/o de género, se mantienen vigentes y hoy cobran fuerza no solo porque nos encontramos en un contexto caracterizado, entre otras cosas, por un capitalismo académico que irrumpe en la producción y el sentido que el conocimiento va adquiriendo, sino también por el auge y el fortalecimiento de facciones políticas de derecha que cuestionan y vituperan las teorías críticas (Veloz, 2023). A esto se debe añadir la instrumentalización de diversas propuestas teóricas que nacen del cruce entre estudios culturales y los diversos feminismos que surgen de nuestros espacios de diálogo, interacción y reflexión. Pese a ello, quienes escribimos aquí reconocemos que la crítica y la postura imaginativa y disruptiva que caracteriza a los estudios culturales y a los estudios feministas y/o de género, en sus inicios, siguen siendo parte central en la construcción de un pensamiento y quehacer crítico dentro de nuestras universidades y, por lo mismo, trabajamos en un ejercicio de recargar sus propias potencialidades a través de la articulación no aditiva, sino co-constitutiva de ambos campos, desde un posicionamiento geopolítico específico. En suma, nosotras apostamos por los estudios culturales feministas del Sur como un espacio marginal, subalterno e irreverente, donde es posible analizar lo político en relación con la cultura en clave feminista.

Lo anterior no se da en abstracto por lo que, en esta ocasión, y como resultado de un minucioso ejercicio introspectivo, reflexionamos sobre y en torno a las experiencias que han supuesto los cruces que venimos haciendo entre estudios culturales y estudios feministas y/o de género como terrenos en disputa -de significado, de acción-, haciendo énfasis en las genealogías, las luchas, las reivindicaciones y los logros. En ese sentido, hablamos desde el yo que implica escribir tanto desde tres coordenadas geopolíticas -norte, centro y sur de México-, como desde tres espacios de producción y gestión de conocimiento diferentes, leídos desde sus propios contextos históricos. También hablamos desde el nosotras, pues las tres concordamos en valorar el cruce entre estudios feministas y/o de género y los estudios culturales, mismo que edificamos en colectivo con la Red Feminismo(s), Cultura y Poder. Diálogos desde el Sur. E insistimos, todo ello encuadrado en los debates antes referidos, aunque haciendo especial énfasis en la apuesta por recargar las potencialidades de ambos campos como espacios críticos y con real incidencia cuando se articulan, porque en su conjunción permiten rescatar estrategias de posicionamiento y lucha que se han puesto en juego a la hora de enunciar preguntas y respuestas sobre lo político en relación con la cultura (Cejas, 2020; Garzón, 2018).

La relación entre estudios culturales y feminismos desde el IIC-Museo1

La creación, en el 2003, de un Centro de Estudios Culturales (CEC-Museo) -el ahora Instituto de Investigaciones Culturales-Museo de la UABC (IIC-Museo)-, en una ciudad fronteriza con los Estados Unidos, como es Mexicali, Baja California, fue, en sus inicios, algo novedoso en la región, ya que centraba la investigación en “los fenómenos culturales y lo relacionado con las identidades” en el plano local (Acuerdo de creación del CEC-Museo, 2003), en un momento donde las ciudades fronterizas, como Tijuana y Mexicali, se consideraron “laboratorios de la posmodernidad” (Montezemolo, 2009).

Además, su creación se justificó, frente a otros departamentos de estudios culturales en el país, por no albergar a una sola disciplina, sino que “de manera interdisciplinaria se investigaban fenómenos y procesos del ámbito de lo cultural en la frontera”. Por lo cual, se priorizó en el desarrollo de proyectos que atendieran problemáticas locales, pero dirigiendo su atención a las fronteras, concretamente en su “resignificación frente al contexto global y a los procesos transnacionales” (Comisión Permanente de Asuntos Técnicos, 2005).

Ahora bien, el surgimiento de un nuevo Departamento de Estudios Culturales en una ciudad fronteriza en el noroeste de México se dio en un momento de fuertes cuestionamientos al campo de estudio (García, 1997; Mato, 2019; Richard, 2003; Restrepo, 2019), los cuales fueron considerados en la justificación del instituto. Se subrayó, entre otras cosas, la “distorsión de sus originales intenciones interdisciplinarias y en su autoidentificación como disciplina que niega otras áreas de conocimiento en torno a lo cultural”. De ahí que se enfatizó en priorizar una mirada disciplinaria, pero en convergencia para el análisis de la cultura (Comisión Permanente de Asuntos Técnicos, 2005). Postura que siguió reconociendo y, paradójicamente, defendiendo las delimitaciones disciplinarias, concretamente con el caso de la antropología, la historia y la comunicación, lo cual se evidenció en la creación de los programas de posgrado, en las líneas de generación de conocimiento y en la propuesta de la sala Historia y Cultura, de la exposición permanente “Desierto, Migración y Frontera” del museo universitario -diseñado desde los principales ejes de trabajo establecidos en la propuesta de creación del CEC-Museo-.

Así, el CEC-Museo en Mexicali, aunque reconocía su carácter interdisciplinario, sobrepuso una mirada disciplinaria al estudio de “los fenómenos culturales”, lo cual redefinió el carácter crítico y de intervención teórica y política en esa relación entre cultura y poder que distinguió a los Estudios Culturales de la Escuela de Birmingham, es decir, se creó un centro de estudios sobre la cultura, pero bajo la etiqueta de estudios culturales. Además, aunque en la justificación de la creación del IIC-Museo se cuestionó el poco reconocimiento del aporte de otras áreas de conocimiento sobre cultura, poco se debatió o refirió al trabajo intelectual y político de los feminismos y las mujeres, quienes han contribuido sustancialmente a los estudios culturales (Garzón, Cejas, Viera y Lau, Hernández y Villegas, 2014).

En el IIC-Museo la relación entre los feminismos, a través de los estudios de género, y los estudios culturales, se presentó, como en otros departamentos (Franco, 2000; Elizalde y Rodríguez, 2018) bajo una ceguera hacia su propia genealogía y los puntos de encuentro y coincidencia teórico-políticas. Así, la relación entre feminismos y estudios culturales en América Latina, a través de las metáforas -recuperadas del legado de Stuart Hall- manifestaron y problematizaron las tensiones de esa relación que se impregnaba en la institucionalización de los estudios culturales, pero también sus posibilidades que desafiaban el ser imaginativas e irreverentes, buscando y apostándole a la esperanza frente a las cooptaciones y banalizaciones teóricas y de políticas institucionales (Garzón, 2018, p. 87).

No pretendo negar que el diálogo entre los estudios de género y los estudios culturales nutrieron las discusiones en torno al poder, la cultura y la política en la frontera noroeste de México, sin embargo, esa relación, y el aporte que significó para los estudios culturales, fueron invisibilizados de las discusiones formales que se entablaron dentro del departamento. Por ejemplo, en la resolución de creación del CEC-Museo, el género era referenciado en una de las líneas de investigación que se llevarían a cabo dentro del centro, bajo el nombre de “culturas, identidades y agentes sociales”, donde se investigaría sobre distintos grupos sociales que darían cuenta de “la identidad regional, étnica, de género, sexual, etc.” (Comisión Permanente de Asuntos Técnicos, 2005, p. 4). Posteriormente, en 2011, se planteaba que el género, junto a “las masculinidades, sexualidades, cuerpo, historia oral”, era uno de los temas “olvidados y relegados en los campos disciplinarios tradicionales” desde los cuales la universidad “se abriría al conocimiento profundo de realidades antes inexploradas, centrales en la realidad local” (Consejo Técnico de Investigación del CIC-Museo, 2011, p. 2). Así, el género fue un concepto que se sumaba a otros, aspecto que distintas teóricas feministas apuntalaron en su momento, al hablar de los departamentos de estudios culturales en América Latina y cómo el concepto “hacia compañía de otros términos como etnias o identidades, pero sin explorar sus genealogías” (Franco, 2000, p. 76) ni su carácter interseccional, imbricado (Viveros, 2017).

Ahora bien, en 2014, en el IIC-Museo se crea, por iniciativa de Raúl Balbuena, el “Laboratorio de Géneros”, el cual se presentó como “un referente de estudios de género y sexualidades en el noroeste de México”, además que se posicionó desde una mirada crítica, reconociéndose a distintas disciplinas “involucradas en las construcciones de género” (Balbuena, 2014). El proyecto fue novedoso, ya que el género aparecía como una apuesta epistemológica, diluyendo así su papel aditivo en el entendido de las identidades. Sin embargo, su enfoque se centró en los estudios queer, las identidades sexuales y, en menor medida, en los estudios de las mujeres. Años después, el laboratorio se convirtió en una instancia de apoyo para la creación de mecanismos de carácter institucional y administrativo en torno al género dentro de la universidad. Dicha postura posicionaría al género como parte de una política institucional. Por otro lado, fuera del quehacer del Laboratorio, quedarían los diversos feminismos que estaban generando la visión crítica en el Sur Global2, así como la generación de conocimiento que complejizara esa imbricación entre los estudios culturales y los feminismos.

De igual forma, el énfasis en la frontera desde su referente geopolítico, que se planteó como elemento constitutivo en la creación del IIC-Museo, continuaba preponderando a la nación, así como a las clasificaciones identitarias que marcaban la pertenencia, el reconocimiento, la exclusión, la otredad y alteridad, desde los marcos democráticos del Estado en un contexto global y transnacional (Comisión Permanente de Asuntos Técnicos, 2005, p. 8), aunado a la conformación de un grupo de trabajo de académicos que resguardaban tanto las fronteras disciplinarias como el punto de vista androcéntrico en las investigaciones “de fenómenos socioculturales” en lo local. Esta postura borraba o diluía los aportes de los feminismos y las feministas al entendimiento crítico de la frontera y al punto de vista de las mujeres, no solo como experiencia a ser añadidas a las problemáticas locales, sino como epistemología que resaltaba la tensión entre los centros y los márgenes, como también la potencialidad política que tenía el posicionarse desde el adentro y el afuera de un orden social y cultural.

En esta frontera territorial, donde se creó un instituto de investigaciones culturales, no solo el género se convirtió en una añadidura a las identidades o grupos sociales a ser estudiados, sino que también se vio debilitado el aporte crítico de los feminismo chicanos, populares, indígenas y descoloniales. Entre las contribuciones de estos feminismos estuvo el subrayar la necesidad de hacer y construir conocimiento desde los sures, reconociendo las genealogías, marginalizando al norte y/o a los centralismos y posicionándose, conscientemente, en esa producción de conocimiento a escala global.

Ahora bien, la importancia de la creación de un instituto de estudios culturales en la frontera radica en que, aunque se hayan inclinado hacia su institucionalización, también se sembraron inquietudes y posturas críticas que se fueron posicionando por medio de diversas actividades y redes de trabajo tanto internas como externas a la universidad. Inquietudes que se manifestaron, por ejemplo, con la creación de materias optativas enfocadas en las teorías feministas y de género, las cuales fueron abiertas por la demanda de nuestras estudiantes y, al mismo tiempo, por las temáticas y proyectos de investigación de las académicas que se fueron integrando a la planta docente del instituto. Entre 2015 y 2021 se han incorporado nuevas profesoras-investigadoras, formadas -directa e indirectamente- en estudios culturales, entre ellas: una de las autoras, que se enfoca en los temas de reproducción, nación y política, Lorenia Urbalejo, abona a los estudios de ciudad, frontera y grupos étnicos, y Susana Gutiérrez-Portillo que se especializa en representaciones y género; lo cual ha dado pie a un relevo generacional, que ha implicado nuevos temas y renovados intereses, lógicas y rutas de trabajo, así como posicionamientos que se traducen en propuestas y disensos que pasan por posturas académicas feministas.

Las propuestas e intereses de quienes conformamos la nueva generación de profesoras-investigadoras se plasmó en la modificación del plan de estudios de la Maestría en Estudios Socioculturales (Documento de Referencia, 2021) donde explícitamente se reconoce que los diversos feminismos han sido centrales en la consolidación del campo de los estudios culturales y en un quehacer académico que pasa por lo político. De la misma manera, el discurso que se expone en el museo ha sido revisitado con la intención de potencializarlo y replantearlo como un espacio donde converjan y dialoguen distintas vertientes críticas, como los estudios culturales feministas, lo cual he trabajado con colegas y estudiantes y que se concretó en dos proyectos, desde 2020, destinados a dicho fin. En ese sentido, el género y los feminismos se consolidan como un área: “género, feminismos, sexualidades y diversidad sexo-genéricas”. Así, tanto las estudiantes como la nueva generación de profesoras, desvanecen, aunque no eximen, la carga androcéntrica que había caracterizado al museo e instituto y plantean nuevas temáticas, miradas y quehacer investigativo, museológico y pedagógico.

Por último, la vinculación, de manera estratégica, nos ha permitido replantear el posicionamiento crítico de los estudios culturales, así como el reconocimiento de las genealogías feministas, lo cual se articula en los Estudios Culturales Feministas. Así, a manera de redes académicas que se entretejen con asociaciones civiles, hemos construido espacios y alianzas, como es el caso de la Red Feminismo, Cultura y Poder. Diálogos desde el Sur, desde donde hemos articulado intereses, preocupaciones y propuestas en torno a los feminismos y el hacer y ser feministas en nuestros espacios académicos o de intervención política, lo cual se ha evidenciado por medio de distintas acciones. Por ejemplo, para el caso del iic-Museo, se realizaron las 2das. Jornadas Internacionales de la Red, en 2022. Jornadas donde se retomó a las “fronteras como lugares de intervención política e imaginación teórica”, lo cual cuestionó y permitió introducir otra mirada y discurso al carácter nacionalista con el cual se había abordado a la frontera en el instituto y el museo. Además, desde la red, se han abierto distintos espacios de diálogo, por medio de seminarios, conferencias, talleres y coloquios de estudiantes, así como el involucramiento de algunos de sus integrantes en el posgrado.

Desde la Red enfatizamos en que el “contextualismo radical” (Grossberg, 2009) es constitutivo de nuestro hacer y ser académicas, ya que redefine nuestros compromisos y posiciones políticas frente a realidades atravesadas por el poder. Por ello, me posiciono haciendo estudios culturales feministas en un sur tan cerca del norte, reconociendo la necesidad de fortalecer y apropiarse de los espacios que nos lleven a cuestionar el mundo y dilucidar aquello que nos daña, apelando a historias propias, las cuales se anudan en un espacio (en) común, necesario para (auto)cuestionar(se), soñar e imaginar utopías encaminadas a sanar nuestros cuerpos, nuestro mundo y nuestra vida. Por ejemplo, en esta ocasión, me anudo en este texto a tres voces, para reflexionar sobre mi experiencia sabiendo que, aunque nuestras experiencias difieren en espacio y tiempo, coinciden en mostrar la centralidad intelectual y política del cruce que hemos construido entre los feminismos y los estudios culturales, permitiéndonos recobrar la fuerza y el posicionamiento crítico de los estudios culturales feministas, evidenciando sus genealogías y autonomías, así como la condición política que subyace a la relación contextual y situada entre la cultura y el poder.

Estudios culturales y feministas en el espacio académico peculiar de la UAM-Xochimilco

Ubicada en el sur de la Ciudad de México, la Universidad Autónoma Metropolitana, unidad Xochimilco (UAM-X), puede considerarse como un espacio pionero de inserción y posterior desarrollo de los estudios feministas, de los estudios culturales -como parte de los estudios críticos de comunicación y cultura y de la política3- y de los estudios culturales feministas con trayectorias superpuestas a veces y otras no (por haberse gestado por actores y en espacios departamentales diferentes; por ejemplo, o por responder a agendas que no se reconocían entre sí en su momento).

Carmen de la Peza, académica ampliamente reconocida en la construcción de los estudios de la comunicación como campo de estudios en México, sostiene la simultaneidad del desarrollo de los estudios culturales en América Latina -con sus particularidades en Chile, Argentina, Colombia y México- y en Gran Bretaña durante los años setenta, evidenciando el paralelismo de sus procesos de institucionalización académica, de proyectos editoriales y por las temáticas y aproximaciones de estudio (De la Peza, 2011, p. 45-46). Las migraciones, resultado de exilios forzados por las dictaduras en Chile y Argentina, trajeron consigo a académicas y académicos que junto a jóvenes investigadoras e investigadores mexicanos contribuyeron al impulso de un campo de estudio crítico de la cultura (de corte marxista y gramsciano), que en la UAM-X se expresó en la creación de la Licenciatura en Comunicación Social y en la publicación durante siete años de la revista Comunicación y Cultura. Esta última nació en el Chile de Salvador Allende en 1973, fue obligada a migrar a Argentina al año siguiente tras el golpe de Estado y luego a México -en donde se alojó en el Departamento de Educación y Comunicación de la UAM-X- ahí publicó de 1978 a 1984, cuando: “la discusión estaba centrada en comprender los mecanismos del imperialismo cultural y las estrategias para enfrentarlo” (De la Peza, 2011, p. 36).

Es en programas de estudio como la Maestría en Comunicación y Política (1998), áreas de investigación y publicaciones como Versión. Estudios de Comunicación y Política (1991) que este espacio se consolidaba. La creación del Doctorado en Humanidades, en 2016, con un área de titulación en Estudios Culturales y Crítica Poscolonial marca un giro contundente hacia el estudio de:

[…] las nuevas voluntades de dominio en la orquestación de las diferencias a partir de la noción de la cultura, la dificultad persistente de mencionar el racismo como una categoría de análisis social en México (aún cuando las retóricas del multiculturalismo lo reproducen), o la forma en que las articulaciones de significados sobre el mundo contemporáneo están marcadas tanto por imposiciones globales como por marcas coloniales, profundamente locales (Rufer, 2019, p. 187).

Por otro lado, en la misma unidad Xochimilco de la UAM, con experiencias de vida que abrevaron en el movimiento estudiantil del 68 y el movimiento feminista de los años setenta, y laborando además en una Universidad surgida4 como respuesta a esos mismos procesos de agitación social antiautoritaria y de apertura democrática en México, un grupo de feministas comenzaron a generar debate y a hacer evidentes los retos que implica posicionar al pensamiento feminista como lugar de intervención política e imaginación teórica y también como práctica intelectual de vocación política en la academia hace ya cuarenta años.

En una época caracterizada por movimientos como el estudiantil y el feminista desde finales de los años sesenta, la consigna de llevar a las aulas universitarias temáticas en torno a la condición de las mujeres con la intención de que devinieran en cursos y programas (De Barbieri, 1977) se podrá ir concretando a partir de los años ochenta5 y con más fuerza en los noventa (Lau y Cruz, 2005 y Cervantes, 1999) con centros y programas institucionalizados cuyas actividades predominantes eran: la investigación (36.8%), docencia (31.6%), difusión (5.3%) y vinculación (5.3%) (Cervantes, 1999). Y es precisamente a inicios de los años ochenta cuando un grupo de académicas feministas6 de disciplinas diversas de las ciencias sociales y las humanidades iniciará el arduo proceso de crear y establecer un espacio autónomo de investigación a nivel institucional en el campo de los “ estudios de la mujer” que tuviera reconocimiento dentro de los programas universitarios.7 Estos esfuerzos se hacen realidad el 31 de julio de 1984 con la aprobación del Área de Investigación “Mujer, identidad y poder” por el Consejo Académico de la División de Ciencias Sociales y Humanidades. Los objetivos específicos del área fueron:

[…] desarticular y reconstruir las categorías ‘mujer como sexo, y mujer como género’; detectar los elementos constitutivos y los procesos a través de los cuales se construye la identidad femenina; examinar las relaciones de género y las intersecciones de estas con otras relaciones sociales; analizar las distintas maneras a través de las cuales las mujeres se construyen como sujetos individuales y sociales (Basulto, 2015, p. 15).

La UAM-X se estructura sobre un sistema modular -constituido por unidades de enseñanza-aprendizaje autosuficientes- “e interdisciplinar el cual propone ordenar los conocimientos y la enseñanza a partir de la vinculación del sujeto con los problemas que experimenta la realidad social e incidir en ellos de una manera interdisciplinaria mediante la investigación científica” (Basulto, 2015, p. 3). Se trata de un modelo educativo que “cuestiona la concepción disciplinaria de la ciencia y demanda un abordaje múltiple del conocimiento, que posibilita la resolución global de problemas” (Díaz, 1990, p. 5) e implica la relación entre teoría y práctica y entre universidad y sociedad. Precisamente este modelo

[…] permitió el desarrollo del campo de conocimiento sobre “estudios de la mujer” de una manera singular. No se trataba de hacer estudios e investigación que reconocieran el trabajo individual, o la postura ideológica de alguien en particular. Se trataba de poner en práctica esa postura, pero de manera colectiva, de nutrirla y permitirle avanzar en favor de la investigación social (Basulto, 2015, p. 107).

El siguiente paso fue organizar cursos de actualización (entre 1989 y 1993), que sentaron las bases de los Cursos de Especialización en Estudios de la Mujer -que eran los que en realidad estaban en la mira como camino para establecer un programa de estudios a nivel posgrado- de 1994 a 1998. Ángeles Sánchez Bringas detalla el proceso, subrayando el posicionamiento político constante en términos de apuesta feminista:

En 1989 diseñamos un programa de Especialización. Lo hicimos colectivamente y tuvimos numerosas discusiones, por ejemplo, cómo nombrar el programa. Sabíamos que no sería aprobado si le llamábamos Estudios Feministas, todavía la palabra feminismo generaba desconfianza; acordamos entonces proponer un programa de Especialización en Estudios de la Mujer. Aun así, el programa no fue aceptado; se cuestionaba la seriedad académica de la temática y se dudaba de la demanda que pudiera tener el curso. Entonces lo introdujimos como curso de actualización, de un año. No obstante, se inició con una matrícula de un poco más de 100 estudiantes (Sánchez, 2015, el énfasis es mío).

Ángeles pone en palabras otros retos que se suman a los compartidos por las colegas que estaban realizando esfuerzos similares en otras instituciones de educación superior en México: “limitado espacio físico y mínima infraestructura material con que estaban equipados, además de un presupuesto que en la mayoría de los casos cubre tan solo los gastos de operación, lo cual dificulta la realización de proyectos de investigación” (Cervantes, 2010, p. 106). A esto hay que agregar, entonces, las políticas de nombrarse y con esto legitimar un espacio en la academia para el pensamiento feminista traducido en planes y programas y en áreas de investigación: argumentos en torno a la “falta de seriedad académica” o presunciones de falta de interés retardaron iniciativas debidamente fundamentadas y basadas en un trabajo sólido de investigación, además de espejo de la realidad social de esas décadas. Ante el reto, la respuesta fue insistir y aplicar la estrategia de forjar alianzas incorporando en el camino a nuevas colegas que fortalecieron la propuesta:

En este proceso [mientras se esperaban los tiempos institucionales para volver a insistir en la aprobación un programa de posgrado] se integró Mary Goldsmith, quien le inyectó solidez al grupo con su experiencia de lucha, su pensamiento pragmático y su amplio manejo de bibliografía. Marcela Lagarde nos acompañó durante un año. El curso se impartió por tres años. Ana Lau fue una de nuestras alumnas y, luego, una colega, nada menos que la historiadora del movimiento feminista, quien contribuyó no sólo con su claridad sino con su meticulosidad y orden. También contamos desde ese periodo con la psicoanalista del grupo, Humbelina Loyden, quien insistía en la importancia de analizar el poder desde la psique y el cuerpo. Asimismo, tuvimos la colaboración de Dora Cardaci que, desde las trincheras de las Ciencias de la Salud, ella y su grupo daban una batalla semejante a la nuestra [...] Frente a los resultados y la experiencia positiva que obtuvimos con el curso de actualización, no hubo mayor resistencia y en 1993 se aprobó la Especialización en Estudios de la Mujer, que se ofreció de 1994 a 1997. Paralelamente, el grupo de académicas logró crear, en 1995, el área de concentración “Mujer y Relaciones de Género” del Doctorado en Ciencias Sociales (Sánchez, 2015).

En septiembre de 1998 el Consejo Académico de la UAM aprobó el plan de estudios de la Especialización y Maestría en Estudios de la Mujer, primera maestría en su tipo en el país,8 que se aloja, por cierto, en el Departamento de Política y Cultura. Más adelante, las experiencias del grupo y de nuestrxs estudiantes en el Doctorado en Ciencias Sociales por más de una década, impulsó la creación de un posgrado autónomo, “nuestro”, feminista, inter y transdisciplinario. El detonante fue la falta de reconocimiento del pensamiento crítico feminista, y por lo tanto de su inclusión en el programa de estudios durante el primer año junto al malestar evidente expresado en variadas formas de violencia epistémica hacia nuestras estudiantes. El Doctorado en Estudios Feministas, aprobado en junio de 2017, es un programa semi-tutoral para la formación de investigadores e investigadoras de alto nivel en el campo de los estudios feministas, de las mujeres y de género. Inició sus actividades académicas en 2018.

Esta institucionalización del conocimiento feminista en programas de docencia corrió paralela a la consolidación del Área de Investigación “Mujer, identidad y poder” en una sinergia que permitió ampliar sus objetivos de modo que reflejasen la realidad que se estaba viviendo tanto a nivel institucional como nacional.

El grupo de investigación y el Núcleo Académico Básico del posgrado fue renovado, primero en 2007 con mi ingreso, estimulando lo que podríamos llamar diálogo sur-sur al introducir los debates en torno a los feminismos y los movimientos de mujeres en África. En 2009 y en 2011 se incorporan, respectivamente, Elsa Muñiz García y Guadalupe Huacuz Elías. Elsa llega de la unidad Azcapotzalco y nos comparte generosamente su espacio de trabajo consolidado sobre estudios del cuerpo. Guadalupe, académica y militante, viene a cubrir uno de los temas fundamentales de la lucha feminista actual: la violencia falocéntrica; también nos trae nuevas iniciativas y proyectos vinculados a la elaboración de políticas institucionales para hacer frente a la violencia de género. Se agregaron así nuevas temáticas a las dos líneas de investigación de la maestría: género, nación y ciudadanía; género y políticas de la memoria; ciudadanía, sexualidad y sujeto político; cuerpos, sexualidad y género; violencia(s); prácticas corporales: performatividad y género.

Con cada incorporación de nuevas integrantes al grupo se presentan nuevos retos del posicionamiento epistémico que implica poner en discusión los modos de conocer y observar y preguntar, de reflexionar sobre lo que es válido y legítimo de ser estudiado y por qué es relevante y constituye -o no- un aporte al desarrollo del conocimiento, y cómo hacerlo en colectivo con los desafíos que eso implica (de mantener los propios intereses y posturas epistémicas). Las reuniones de área se ven entonces animadas por el cruce de ideas al respecto. En nuestro caso es importante conocer lo que cada una investiga a la vez de buscar conexiones posibles tanto en la labor en el aula como en la investigación. A veces se logra, otras no. En 2018, se incorporó Merarit Viera Alcazar, primera egresada en ser parte del Área de Investigación, y con ella los estudios de juventud. Asimismo, con cada generación de estudiantes llegan nuevos retos que obligan a la actualización permanente de nuestros conocimientos. Con temas que responden a las urgencias de la realidad del momento, una de las estrategias para hacer frente al reto ha sido recurrir al apoyo de colegas externas al grupo.

El establecimiento de redes de estudio e investigación, la participación en eventos académicos y activistas de los feminismos y los estudios de mujeres y género han sido una fuente importante de actualización de conocimientos que se traduce en modificaciones a los contenidos de los módulos y de nuestras propias investigaciones. También apostamos a construir una densa red con colegas mediante convenios de colaboración interinstitucionales que posibiliten además de la propia movilidad, la de estudiantes. Esto último ha enriquecido la experiencia en el aula con la presencia, casi cada trimestre, de estudiantes de otras instituciones nacionales y extranjeras. También pensamos en una red para mantener el vínculo con nuestras egresadas: en 2018 nació la Red de Egresadas en Estudios Feministas y de las Mujeres (REEFEM).

La cultura como temática expresada en las líneas de investigación del área de investigación y de los posgrados, así como en los contenidos de los programas de posgrado y en proyectos de investigación ha estado presente desde el inicio, sobre todo a través del trabajo de Eli Bartra desde sus enfoques sobre el arte, en particular el arte popular. Eli, una de las fundadoras del área y posgrados, ha impulsado mediante múltiples proyectos, docencia y dirección de investigaciones este enfoque de los estudios feministas de la cultura. También ha bregado por posicionar a la mirada cultural en la política y en lo político-social en el Departamento de Política y Cultura.

La perspectiva que pondrá en diálogo a los estudios culturales y a los feministas con la intención de desarrollar el campo de los estudios culturales feministas vendrá a partir de la publicación de “Ninguna guerra en mi nombre: Feminismo y estudios culturales en Latinoamérica” (2014), y se vincula a la creación de la Red de estudios interunidades UAM e internacional Red Feminismo(s), Cultura y Poder. Diálogos desde el Sur, hace cinco años (2019). Mi formación en estudios culturales e internacionales (Universidad Tsuda) y mi trayectoria en los estudios de África -pasando por Japón-, en particular los movimientos de mujeres en Sudáfrica, sumada a la vinculación con diversos espacios y colegas en torno a la problematización del concepto de nación,9 se potencializó siempre en diálogo con estudiantes y egresadas con quienes fui conformando grupos de estudio donde los estudios culturales en diálogo con los feministas se perfilaron como el común denominador.

Egresadas, hoy colegas, como María Teresa Garzón, Merarit Viera y Paola Marugán, son también mis referentes en la construcción de este campo que es profundamente político, y así lo posicionamos, desde sus inicios. Aquí es importante destacar la estrategia de situarnos desde la construcción de diálogos desde el sur que se han venido hilando, incorporando distintas vertientes del pensamiento anticolonial (poscolonial, descolonial) de los estudios culturales feministas (de América Latina y Australia), interseccional y feministas desde el sur (sobre todo América Latina, África e India). Así, entonces, trabajamos desde nuestras propias huellas y las huellas en pro de construir un concepto de cultura interdisciplinar, feminista, situado y contextual que nos permita además indagar sobre las estructuras del poder hoy, tanto en sus formas materiales como discursivas, cristalizadas en apuestas de resistencia y subjetividad política.

A 40 años de la creación del Área de Investigación Mujer, Identidad y Poder pueden identificarse sus principales logros frente a los retos que se han presentado: consolidación de una planta académica especializada; una labor de docencia constante; generación y difusión del conocimiento a partir del trabajo colectivo, con estudiantes y egresadas traducido en tesis de posgrado, eventos académicos y publicaciones colectivas. En el interior de la academia los posgrados han contribuido al debate y al intercambio de experiencias entre diferentes instituciones de educación superior, han generado nuevos sujetos y nuevas preguntas de investigación, han enriquecido las discusiones sobre diversos problemas sociales y han generado nuevas propuestas de interpretación. Nuestras estudiantes han sido y son parte activa de la cotidianeidad políticamente, esto se hizo evidente durante el paro de estudiantes de 2023 -declarado por estudiantes feministas- por causas de violencia de género en la institución.

Fuera de la academia la labor ha tenido un efecto multiplicador. Junto con otras fuerzas, se ha impulsado el pensamiento y la acción feminista en la agenda política nacional. Asimismo, la colaboración directa con instituciones gubernamentales y civiles encargadas de trabajar con mujeres, así como la indirecta, a través de la formación de personas que trabajan en estos espacios, nos ha permitido incidir en la discusión de las políticas públicas dirigidas a las mujeres.

Recientemente nos hemos propuesto varios objetivos y actividades para mantener e incrementar el alto nivel académico que caracteriza a nuestros posgrados. Estos objetivos han implicado numerosas acciones, como la actualización de las líneas y objetivos del área de investigación; la adecuación y actualización de los planes y programas de estudio de los posgrados junto a la modificación del proceso de convocatoria y admisión del alumnado, el fortalecimiento de los vínculos con nuestras egresadas y egresados, el intercambio académico con otras instituciones educativas nacionales e internacionales, la organización y participación en redes nacionales e internacionales de estudios de la mujer y de género, la consolidación de nuestro Centro de Documentación y la publicación de libros y artículos con una perspectiva feminista.

La pelea con los ángeles y paradojas en los estudios culturales feministas en el CESMECA

En 2014, en el Centro de Estudios Superiores de México y Centroamérica (CESMECA), de la Universidad de Ciencias y Artes de Chiapas (UNICACH), un pequeño grupo de feministas conformado por Teresa Ramos Maza, Mercedes Olivera, Montserrat Bosch y María Teresa Garzón Martínez, se congregaron para hacer realidad un proyecto del que se venía hablando, pero que aún no cobraba forma real: un doctorado en estudios feministas. La historia sobre cómo pasamos de proyectar un doctorado a construir un posgrado con maestría y doctorado, centrado en los feminismos del Sur y cuya historia ha estado marcada por salvajes relaciones de poder aún está por escribirse. No obstante, el contexto de nacimiento del ahora llamado PEIF es fundamental, pues es allí, en esas aguas revueltas, que aparece la línea de producción de conocimiento: “Feminismos, cultura y transformación social” -en adelante la línea-, misma que ha operado como plataforma para el desarrollo de lo que ahora muchas estudiosas de la cultura nombramos como estudios culturales feministas, el cual es un proyecto que excede al PEIF y, a su vez, lo integra.

En particular yo, que vengo de una tradición fuerte de estudios culturales heredera de la Escuela de Birmingham, me avoco a dar contenido a la línea en un intento por posicionar el estudio de la cultura, en articulación con las relaciones de poder, como uno de los cimientos del campo de los estudios feministas contemporáneos. Parto, para ello, de principios obvios para mí y que ya eran materia de debate desde finales de los años noventa del siglo XX, momento en el cual el campo de los estudios culturales emerge con fuerza en Colombia, país del que soy originaria. En ese sentido, defiendo a los estudios culturales como una posibilidad transdisciplinar analítica y de intervención, en suma y como ya se ha dicho, una práctica intelectual que parte de la vida cotidiana y las prácticas concretas ya que solo “la cultura nos da acceso a la textura de la vida como es vivida” (Grossberg, 2009, p. 22), donde politizamos la teoría y teorizamos la política, en pro de generar acciones que respondan, resistan, transformen contextos de vida opresores e injustos. Trabajar en y desde los estudios culturales empieza a constituir un reto mayor y más frente al proyecto del PEIF, porque

[…] Ahora no sólo se trata de definir un campo importante de trabajo intelectual que sigue siendo cardinal -ganándole al poder su vaciamiento de contenido- sino además de usurpar varias de sus seducciones para el feminismo -sin que ello signifique un ejercicio pobre de simple traducción- y llegar al “corazón” de los estudios culturales contando la mejor historia que se pueda contar sobre ellos y nosotras. El riesgo es grande […] En ese sentido, los estudios culturales que intentamos construir ahora, esa práctica intelectual que puja por ser diferente de tal forma que se puedan formular preguntas y respuestas distintas, dentro y fuera de la academia, cuya premisa es “politizar la teoría y teorizar la política”, beben menos del texto y más del contexto. En consecuencia, el reto se basa en “pensar el conocimiento contextualmente” […] (Garzón, 2020, p.32).

Muchas cosas tenemos a nuestro favor quienes apostamos al estudio de las relaciones entre poder y cultura en el contexto del CESMECA. El instituto, fundado en 1995, es un lugar donde el cultivo del estudio de la literatura y las humanísticas es cardinal. Una vez constituido como centro de estudios -el instituto como tal data de 2014-, el CESMECA refuerza su horizonte conceptual de acuerdo con su historia al tiempo que adopta nuevos intereses en donde ya se integra la cuestión de género más como una etiqueta. Ciertamente, en palabras de su fundador Jesús Morales Bermúdez: “hubo la necesidad de diversificar su propuesta y especializarla hacia estudios de Historia Antigua o Arqueología, estudios de Historia, estudios de cuestiones económicas, políticas, simbólicas, literarias, de género y de los sujetos” (2010, p. 245). Por su parte, San Cristóbal de las Casas, con su impronta altamente colonial y su vida cotidiana cosmopolita, intercultural y multilingüe, no solo es la capital cultural del estado de Chiapas, sino que determina geopolíticamente el devenir histórico del sureste mexicano. En San Cristóbal, el turismo, la música, el teatro, la literatura, el patrimonio cultural y las políticas públicas sobre arte y cultura han sido determinantes y se han afianzado como motor de la sociedad desde 1994, como lo expresa López (2017):

Después del levantamiento neozapatista en 1994, en varias regiones del estado no sólo se establecieron bases del Ejército mexicano, también hubo desplazamientos de población campesina hacia los principales centros urbanos de la entidad. Se intensificó la migración de chiapanecos hacia Estados Unidos y otros estados del país y, al mismo tiempo, imágenes de Chiapas, y de San Cristóbal de Las Casas en particular, fueron difundidas en las pantallas de televisión de gran parte del mundo. Junto a lo anterior, comenzaron a arribar contingentes de grupos solidarios con las causas del Ejército Zapatista de Liberación Nacional, entre los que destacaban muchos jóvenes universitarios, músicos y artistas. Esta confluencia de población diversa, junto con la implementación de políticas culturales destinadas a la preservación y la difusión, dinamizó la vida musical en la entidad (p. 54).

Otro factor que suma a la ecuación es el empeño del Estado por castellanizar y urbanizar las poblaciones rurales y, en particular, los pueblos originarios. Tal intención se concreta en los años cincuenta cuando llega a la ciudad Marco Antonio Montero, para impartir capacitaciones a jóvenes tsotsiles en el ámbito teatral, y se consolida cuando la escritora Rosario Castellanos asume la coordinación de los programas educativos del Centro Coordinador Indigenista, en 1956 (Difarnecio, 2020). Desde entonces el estudio de la cultura ha estado emparentado con visiones antropológicas, las cuales se volvieron hegemónicas. De hecho, la misma Mercedes Olivera, quien en su juventud fuera bailarina, conserva esta visión y trata de imponerla en el PEIF sin éxito. Y es que:

La antropología mexicana está marcada, como plantea Esteban Krotz (2003) por una tensión constitutiva: la fortaleza -aún vigente, aunque desplazada- del indigenismo, la marca epocal del marxismo y el rechazo generalizado al culturalismo, al menos desde los años 70 del siglo pasado (una reacción a la antropología culturalista de corte norteamericano, que fue crucial en la primera parte del siglo XX). Esta marca es clave para comprender cuáles fueron los alcances, las funciones y los límites de la noción de cultura en el ámbito antropológico, por lo menos hasta tiempos recientes (Rufer, 2019, p. 177).

Pese a lo anterior las condiciones están dadas para el desarrollo de una línea de producción de conocimiento en estudios culturales y más cuando ya hay un camino recorrido por la Maestría en Estudios Culturales de la Universidad Autónoma de Chiapas, un antecedente de suma importancia porque abrió caminos. Aquí no son relevantes las discusiones sobre si los estudios culturales son un campo pertinente, tampoco emergen en ese entonces los debates sobre la institucionalización del feminismo y lo que significa la agenda de género para el Sur global, tal vez porque buena parte del feminismo reciente en Chiapas tiene un nexo cómplice con el Estado. Por lo tanto, construir desde los estudios culturales feministas aparentemente es una tarea sencilla. Sin embargo, es ahí donde aparecen las paradojas.

Una primera paradoja es el silencio abrumador, ya que muy pocas personas en el CESMECA, diferentes a las que hacemos parte del PEIF, interlocutaron con esta propuesta. En un instituto nacido de las artes, donde hay trabajos que llevan la “etiqueta” de estudios culturales, solo es posible entrar en un diálogo creativo y muy disputado con la línea de culturas urbanas y alteridades, producto de lo cual nace el libro Netflix. Una pantalla que te saca de aquí (2021), coordinado por mi persona, Efraín Ascencio Cedillo y Martín de la Cruz López Moya. Las otras voces que se escuchan son las de Mercedes Olivera cuestionando si la cultura o las artes pueden “intervenir” realmente las realidades opresoras de las mujeres y la de Teresa Ramos haciendo hincapié en lo fundamental que empieza a ser dar un giro cultural a la economía feminista que es aún incipiente en el posgrado.

Una segunda paradoja es el “fuego amigo” entendido como la generación de condiciones adversas para el desarrollo de la línea por parte de las autoridades del instituto en ese momento e, incluso, por colegas en el interior del PEIF. Por ejemplo, el espacio de la Cátedra Mercedes Olivera, de la cual he sido coordinadora en dos ocasiones, es un espacio privilegiado para la vinculación social por medio de prácticas creativas y artísticas; sin embargo, es constantemente atacado poniendo a circular versiones que aseguran que los contenidos de la cátedra no son relevantes para el feminismo chiapaneco. Ello lleva a mi destitución por parte del director del CESMECA en 2017, hecho que determina la decadencia de ese espacio hasta que vuelvo a asumir como coordinadora, en 2022. Sin embargo, de manera estratégica y aprovechando los pocos recursos económicos y las trayectorias que se van construyendo desde la base, como memoria de la cátedra se inaugura la colección: En tiempos deSer, hacer, sentir feminismo que a la fecha cuenta con tres publicaciones: En tiempos de Furia (2019), En tiempos de Coraje (2019) y En tiempos de Pandemia (2023).

Una tercera paradoja es que los estudios culturales, o lo que muchos nombran como estudios culturales, se ponen in en la moda en el instituto al punto que muchas líneas o grupos de investigación se reconfiguran para hablar desde “enfoques de los usos de lo cultural”, “la perspectiva crítica de la cultura”, “el cambio sociocultural”, sobre temas como las geopolíticas, la colonialidad, las prácticas creativas y/o artísticas, las agencias culturales, en suma, las relaciones entre poder y cultura leídas de forma situada. La paradoja reside en que todo esto fue puesto en la mesa desde la línea y, sin embargo, el no reconocimiento del trabajo feminista con la cultura, como ocurre en tantas experiencias, ha sido determinante como una forma de borramiento en el CESMECA y una nueva forma de banalización del propio campo. Frente a ello, una vez más, aprovechando los lugares estratégicos que se van ocupando, se publicaron dos dossieres en la revista Liminar. Estudios sociales y humanísticos (2017, 2021), se hizo la traducción de uno de los artículos más relevantes para los estudios culturales feministas: “Banalidad en los Estudios Culturales” de Meghan Morris, y publico mi libro: Sólo las amantes serán inmortales. Ensayos y escritos en estudios culturales y feminismo (2017), el primero en el instituto en incluir en el título a los estudios culturales.

La pelea con los ángeles desde el CESMECA y sus paradojas ha sido desequilibrada, descarnada, larga y muy compleja porque, pese a todo, ha sido una experiencia productiva y feliz. No solo la línea permanece en el posgrado como una que acoge a muchas estudiantes desarrollando excelentes investigaciones, aportando a un campo que sigue siendo relevante y que cada tanto se renueva, esta vez desde los feminismos del Sur, también porque el proyecto mismo de unos estudios culturales feministas del Sur se potencializa con el nacimiento de la Red Feminismo, Cultura y Poder. Diálogos desde el Sur, que inaugura una de sus múltiples genealogías en el instituto, en 2019. En efecto, este camino no ha sido solitario, ya que ha implicado el diálogo permanente con otras feministas, colegas y amigas estudiosas de la cultura, en particular Mónica Cejas y Merarit Viera con quienes, desde 2014, empezamos la reflexión con nuestro artículo: “Ninguna guerra en mi nombre” y la continuamos con reflexiones como la presente ahora junto a la voz de Areli Veloz.

El trabajo colegiado, el trabajo en y como red, dentro y fuera del PEIF, es un alivio porque permite saberse acompañada y acompañar, aprender, entrar en diálogo con una infinidad de estudiantes e investigadoras que no necesariamente se adscriben al campo de los estudios culturales feministas, pero sí a las discusiones sobre cultura y poder en los encuentros, jornadas y coloquios que hemos celebrado en estos años con la Red Feminismo(s), Cultura y Poder. Diálogos desde el Sur, y en especial apostar conjuntamente por defender aquellos lugares que nos ha costado tanto habitar y hacerlo de la mejor manera: con pertinencia y originalidad. Aunque también el trabajo en solitario debe estar presente, fuertemente presente, y más en el mundo editorial, como lo he mostrado aquí, bajo la única política intelectual de que las palabras ocupen espacios y desde ahí golpeen a los ángeles porque, al final de cuentas, la pluma y la espada van de la mano.

Para ir hilando: un cierre a tres voces

En el sur, pese a que el contexto en el cual nace el Posgrado en Estudios e Intervención Feministas es favorable, el desarrollo de la línea de producción de conocimiento: “Feminismos, cultura y transformación social” ha sido un camino lleno de paradojas, donde se encuentran tanto los intentos de despolitizar el campo por la misma institución, como las prácticas banalizantes de colegas y el “fuego amigo”. Un proyecto que, en diez años, y a pesar de sus propias paradojas ha tenido avances, mismos que se traducen en procesos de investigación, docencia y extensión universitaria y, en especial, en la conformación de la Red Feminismo, Cultura y Poder. Diálogos desde el Sur. En efecto, si se ha podido defender una trayectoria en estudios culturales feministas en el CESMECA, la cual incluye una importante producción editorial que es preciso nombrar, es porque el trabajo ha sido sostenido por colegas que acuerpan y defienden y, en ese ejercicio, legitiman. En este contexto el interés por los estudios culturales feministas va en aumento, sobre todo en jóvenes estudiantes, la construcción del movimiento de mujeres es histórico y el PEIF cuenta ahora con un núcleo básico feminista, sí feminista, por lo que el futuro cercano es esperanzador. Sin embargo, hacer estudios culturales feministas es una tarea orientada por la metáfora de la lucha (Hall, 1992), ya que es un campo en el cual peleamos día tras día desde el fango de las relaciones de poder en contra de aquello que parece intocable: los ángeles opresores.

En el centro, específicamente en la UAM-X, el trabajo colectivo destacado y eficiente a los ojos institucionales, en un espacio relativamente autónomo, tejiendo dentro y fuera de la institución y también de la academia, la capacidad de cohesionarnos (“No soy yo, somos todas”, Basulto, 2015, p. 55) -a pesar de nuestras diferencias- en torno a apuestas feministas compartidas, son una fortaleza que nos ha permitido resistir y navegar frente a los retos en un contexto neoliberal de apropiación del PENSA miento feministas y sus efectos en las instituciones de educación superior (en particular en América Latina). Esto incluye estrategias despolitizantes de las agendas feministas en la academia con vaciamiento del contenido político de sus conceptos y metodologías; las perversiones de la institucionalización del género; las políticas de simulación de autoridades educativas frente a la violencia de género, entre otros. Y esto también porque “...politizamos la teoría y teorizamos la política (Cejas, 2016; Hall, 2010); rompemos con el posicionamiento subalterno y de marginalidad, somos irreverentes: desobediencia para transformar” (Cejas, 2016) (en Viera y Lau, 2024).

En el norte, la creación de un Instituto de Investigaciones Culturales en una ciudad fronteriza como Mexicali, se caracterizó por institucionalizar a los estudios culturales y por retomar al género como un aditivo más de otras identidades como la raza, la etnia y la clase, lo cual despolitizaba a las teorías feministas y diluía su propia genealogía. Sin embargo, pese a las críticas, no exime que el IIC-Museo, a sus más de 20 años de creación, se haya convertido en un espacio de referencia y potencialidad crítica dentro de una universidad pública. Por ello, la apuesta es continuar reflexionando y replanteando los estudios culturales y los feminismos, ya que, para las nuevas generaciones de académicas y estudiantes en el IIC-Museo, dicha relación ha sido parte sustancial de nuestra imaginación teórica y política. Además, apostamos a que, si los estudios culturales apelan a contextualizar radicalmente a la cultura y el poder, y los feminismos a situar y posicionar experiencias diversas en una red de relaciones atravesadas por el poder y lo político entonces es esa una de las premisas que continúan potencializando a los estudios culturales feministas como un campo que nos permite seguir analizando y teorizando sobre un mundo que, sabemos, es desigual. Así, nuestras acciones dentro del museo, las aulas, nuestros cursos y cartas curriculares, introduciendo miradas distintas a las ya canonizadas, cuestionando y autocriticando nuestro propio quehacer académico, así como aquellas historias y relatos que reproducimos o que, al mismo tiempo, cuestionamos, acompañando y aprendiendo de nuestrxs estudiantes y colegas, creando vínculos feministas, como nuestra Red Feminismo, Cultura y Poder. Diálogos desde el Sur, nos posibilitan seguir anudando complicidades, como en este momento lo hacemos quienes escribimos este texto, reinventándonos y posicionándonos desde los estudios culturales feministas en y desde el sur.

Con las trayectorias aquí narradas a tres voces y en tres coordenadas geopolíticas, en torno a la articulación entre estudios culturales y estudios feministas y/o de género, quisimos dar cuenta no solo de las diversas historias, reivindicaciones y logros de lo que hoy denominamos estudios culturales feministas y también de nuestras luchas contra la institucionalización, despolitización y banalización de los haceres críticos. En este escenario se construyen los estudios culturales feministas del Sur, un campo sin garantías, en tensión y en disputa sostenido, en nuestro caso, por la Red Feminismo(s), Cultura y Poder. Diálogos desde el Sur. Con nuestros aportes no deseamos dar quejas -como a veces se nos increpa- o conclusiones, sino hilar nuestras experiencias en pro de sistematizar y cartografiar las prácticas concretas que, en su conjunto, nos permiten recargar las potencialidades de estos dos campos, además de situarnos en la construcción de genealogías feministas, mismas que nos ayudan a comprender, desde distintos tipos de archivos como lo es la experiencia (Garzón, 2021), cuáles son las relaciones de poder que habilitan o no nuestras prácticas y, por extensión, cómo diseñar mejores estrategias en pro de seguir generando preguntas y posibles respuestas sobre política y cultura en clave feminista que sean realmente relevantes.

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1La creación de un Departamento de Estudios Culturales en la Universidad Autónoma de Baja California pasó por un proceso administrativo que redefinió el carácter de los estudios culturales producidos en dicha universidad. Entre 2002-2005 fue un Centro de Estudios Culturales-Museo, de 2005 a 2012 se constituyó como Centro de Investigaciones Culturales-Museo, y en 2012 nace el actual Instituto de Investigaciones Culturales-Museo.

2Fenómeno que la feminista africana Patricia McFadden ya había identificado: “la coacción de silencio del proyecto patriarcal de derecha incluye lo que se conoce como ‘transversalidad de género’”. Esto tiene dos objetivos ideológicos: manipular a la igualdad de género (a través de pequeñas concesiones a mujeres y niñas mediante retoques a instituciones clave), y arrebatarle la ira y el fuego a la política feminista (mediante la representación de las feministas como individuos extremistas, irrazonables y frustradas que no se darán por satisfechas hasta que la sociedad quede ‘destruida’)” (McFadden, 2004 en Cejas, 2016).

3Desarrollados, estos últimos, en el Departamento de Política y Cultura bajo una mirada que, por lo general, ha privilegiado al estudio de la política y lo político o a enfocado a la cultura desde la mirada de los estudios de la política en México. Véase por ejemplo el catálogo de la revista departamental Política y Cultura (1992) https://polcul.xoc.uam.mx/ index.php/polcul/issue/archive

4La UAM se establece en 1973 como un organismo descentralizado y autónomo y se le atribuye la facultad para realizar sus actividades de docencia, investigación y difusión de la cultura conforme a los principios de libertad de cátedra y de investigación. En su gestación se piensa como una institución moderna, flexible, basada en tradiciones propias que se identifiquen con la identidad de las culturas autóctonas, y una abierta crítica a la visión estrecha y limitada en las áreas de conocimiento, por consiguiente, que busca la relación entre los diversos campos disciplinarios. Sobre estas características se inauguran las clases en 1974 en tres unidades: Azcapotzalco, Iztapalapa y Xochimilco. En 2005 y 2009 la UAM abre dos nuevos espacios: la unidad Cuajimalpa y la unidad Lerma, respectivamente.

5Tal es el caso del Centro de Estudios de la Mujer en la unam, del Programa Interdisciplinario de Estudios de la Mujer en El Colegio de México y del Área de investigación “Mujer, identidad y poder” en la UAM-X.

6Elionor Bartra, María Inés García, Lucero Cobo, Graciela Lechuga, Adriana Posthingel. Michiko Shimada, María Esther Schumacher, Ángeles Sánchez y Nina Torres (Propuesta de formación del Área, 1983).

7Esto último tomando en cuenta una de las características del sistema modular imperante en esta unidad de la UAM donde investigación y docencia, si bien intrínsecamente vinculados, se organizan institucionalmente de manera separada en áreas de investigación (con sus respectivas líneas) y programas de grado y posgrado adscritos a los Departamentos de cada División de estudios.

8Sus principales objetivos eran ofrecer por un lado una salida profesionalizante como una opción para una parte del alumnado que no tuviese interés en completar la formación para obtener el grado de Maestría; y recibir alumnas y alumnos con formación previa en estudios de la mujer o de género (equivalente a los tres módulos del nivel de la Especialización) y que ingresaran directamente al cuarto módulo para obtener únicamente el grado de Maestría. Para conectar los intereses de investigación de cada integrante del grupo de profesoras-investigadoras, y las propuestas de investigación de cada estudiante, se propusieron dos líneas de investigación: Los procesos de constitución de los géneros: familia, trabajo, política, historia y cultura y Relaciones de género y cuerpos sexuados.

9En mi caso bajo una perspectiva feminista descolonial -explorando otros conceptos como memoria, ciudadanía, sexualidades, interseccionalidad.

Traducción del abstract: Mónica Inés Cejas / Universidad Autónoma Metropolitana-Xochimilco

Declaración responsable de uso de Inteligencia Artificial (IA):

No se usó Inteligencia Artificial para la realización de este artículo.

Cómo citar:

Veloz, A.; Garzón, M. y Cejas, M. (2025). Política y cultura en clave feminista. Experiencias sobre la construcción de estudios culturales feministas del Sur. Culturales, 13, e914. https://doi.org/10.22234/recu.20251301.e914

Recibido: 11 de Noviembre de 2024; Aprobado: 04 de Marzo de 2025; Publicado: 21 de Mayo de 2025

Contribución específica de las autoras:

Conceptualización, selección de datos, análisis, investigación y metodología: AVC, MTGM y MIC. Redacción, revisión y edición: MTGM

Conflicto de intereses:

No existe conflicto de intereses.

Areli Veloz Contreras

Mexicana y fronteriza. Posdoctora por el Instituto de Altos Estudios Sociales de la Universidad de San Martín, Buenos Aires, Argentina. Doctora en Ciencias Antropológicas por la Universidad Autónoma Metropolitana, unidad Iztapalapa. Maestra en Estudios Sociales, con línea en Estudios Laborales, por la misma universidad, y licenciada en Historia por la Universidad Autónoma de Baja California. Actualmente es investigadora en el Instituto de Investigaciones Culturales-Museo de la UABC. Pertenece a la Red Feminismos, Cultura y Poder. Diálogos desde el Sur y al SNII. Líneas de investigación: Estudios culturales feministas, sexualidades, nación, reproducción y trabajo. Últimas publicaciones: La cultura para la nueva derecha en América Latina y su accionar en Baja California (2023) y La producción y circulación de símbolos en torno al aborto en la “batalla cultural” (2024).

María Teresa Garzón Martínez

Colombiana. Instructora de defensa personal, feminista, académica y escritora. Doctora en Ciencias Sociales de la Universidad Autónoma Metropolitana, unidad Xochimilco, Maestra en Estudios Culturales de la Pontificia Universidad Javeriana de Colombia, Maestra en Estudios de Mujer, Género y Desarrollo de la Universidad Nacional de Colombia, Especialista en Estudios Culturales de la Pontificia Universidad Javeriana y Profesional en Estudios Literarios de la Universidad Nacional de Colombia. Investigadora del Centro de estudios superiores de México y Centroamérica de la Universidad de Ciencias y Artes de Chiapas (CESMECA-UNICACH) en donde co-fundó el programa de Posgrado en Estudios e Intervención Feminista y coordinó desde 2014 al 2024 la Cátedra en Estudios Feministas Mercedes Olivera. Es líder del Cuerpo Académico consolidado en Estudios Feministas, pertenece al SNI-1 y es perfil deseable Prodep. Líneas de investigación: feminismos, estudios culturales, estudios de la mujer y género. Últimas publicaciones: “Blanquitud. O cómo investigar un color que no tiene color” (2023) Coautora en “Collective pathways in feminist cultural studies of the global south” (2024).

Mónica Inés Cejas

Mexicana. Profesora investigadora del Departamento de Política y Cultura de la Universidad Autónoma Metropolitana, unidad Xochimilco. Doctora en Estudios Internacionales y Culturales por la Universidad de Tsuda, Tokio, Japón. Maestra en Estudios de Asia y África por el Colegio de México y Licenciada en Historia por la Universidad Nacional de Luján (Argentina). Fue coordinadora de la Maestría en Estudios de la Mujer (2011-2013), jefa del Área de investigación Mujer, identidad y poder (2017-2019) y coordinadora del Doctorado en Estudios Feministas (2020-2022) de la Universidad Autónoma Metropolitana, unidad Xochimilco. Líneas de investigación: género, nación y ciudadanía; feminismo, cultura y política desde el Sur global; racismo y otras formas de otredad; movimientos de mujeres y políticas de género en Sudáfrica; políticas de la memoria y género. Fundadora en 2018 de la red internacional de estudios Feminismo(s), cultura y poder. Diálogos desde el sur. Últimas publicaciones: Coautora en “Collective pathways in feminist cultural studies of the global south” (2024), “Redes feministas para uma educação transformadora” (2023) y Mujeres desde el Sur: poéticas del encuentro con Asia y África (2022).

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