INTRODUCCIÓN
Los estudios sobre los imperialismos o incluso los imperios,1 han concentrado su mirada en las metrópolis desde donde éstos se organizaron. Todo esquema imperial fue pensado generalmente en un formato unitario, en el cual el centro neurálgico del que emanaban las decisiones estaba en la cúpula de la formación estatal, encabezada por un monarca o una corte.
Sin embargo, en el caso de los Estados Unidos, la aplicación del “Destino Manifiesto” hizo que la expansión territorial en curso en Norteamérica a lo largo de un siglo fuera impulsada ante todo por actores privados, primero por los colonos en su marcha hacia el Pacífico, y al final por los filibusteros, más allá de las fronteras acordadas. William Walker fue posiblemente el más notable de estos últimos.
El súbito éxito de Walker, quien consiguió ser electo como presidente de Nicaragua en 1856, ilustra un modus operandi que tuvo su clímax en Texas (1845) con su anexión a los Estados Unidos y prosiguió hasta alcanzar la incorporación de Hawái (1898) al vasto territorio estadounidense.2 Muchos de esos pasos estuvieron marcados por actos conspirativos impulsados por colectividades privadas interesadas en hacer rentable su penetración en áreas geográficas vulnerables. Lo que en un inicio era un proyecto de un puñado de aventureros bien pertrechados terminaba convalidado, si éste tenía éxito, por los cuerpos estatales federales y un rediseño dinámico de los mapas. Nos enfrentamos a una suerte de proyecto imperial que arranca como iniciativa privada o grupal y concluye con un aval gubernamental expedido desde Washington.
El esquema se acomoda muy bien al entramado federal de los Estados Unidos. Cada nuevo territorio se erige como un estado más de la Unión y funciona prácticamente como una república independiente. El centro de la constelación, el complejo gubernamental en la capital, concentra para sí un gran poder de fuego (el ejército y la marina), un sistema legal y normativo y un monopolio de las relaciones exteriores. Ese modo de expansión descrito es lo que definimos como filibusterismo.
En su artículo “La Invención de América Latina”, Michael Gobat (2013:1346) destaca la necesidad de elaborar una historia transnacional del imperialismo y del antiimperialismo. Gobat (2013:1357) subraya el papel que jugó la incursión militar de Walker y sus hombres en Nicaragua como el gran detonador de una nueva identidad que a partir de ese momento comenzó a llamarse a sí misma como latinoamericana.
En este artículo retomamos el análisis del filibusterismo como una variante del imperialismo estadounidense, al que diferenciamos como sureño y esclavista a fin de hacer más completa nuestra mirada sobre la política exterior de ese país. Sostenemos como hipótesis de este texto que el “imperialismo sureño o filibustero” operó en tensión permanente con la llamada Doctrina Monroe y que, pasada la primera mitad del siglo XIX, periclitó como consecuencia de la resistencia armada en América Latina, pero sobre todo a raíz de la victoria de Lincoln en la guerra civil estadounidense.
El método para explorar esa supuesta dualidad de la política exterior estadounidense (dos doctrinas en competencia) fue una búsqueda minuciosa en la bibliografía anglosajona. Así pudimos adentrarnos al debate estadounidense sobre los acontecimientos del siglo XIX.
RUMBO AL SUR
En mayo de 1855, 77 hombres armados partieron del puerto de San Francisco, en las costas del Pacífico, con destino a Nicaragua. La fiebre del oro había incrementado exponencialmente el número de habitantes en el área y el ambiente de aventura e intrepidez se respiraba por todas partes. Al sur, en Centroamérica persistía la inestabilidad política bajo la forma cruel de la guerra civil. Pronto Estados Unidos también pasaría por un conflicto interno similar. Era como si la guerra fuera la cuna de los nuevos estados americanos, el modo de alcanzar un orden duradero.
Nicaragua era en ese año un espacio de interés vital para los Estados Unidos por una razón que tenía poco que ver con la producción de banano o café. En ese país centroamericano se había instalado un paso entre los dos océanos que discurría a través del gran lago de Nicaragua y el río San Juan y que permitía ahorrar valioso tiempo a quienes ansiaban llegar hasta las codiciadas cuencas auríferas de California. Era, en ese momento, la forma más rápida y segura para pasar del Atlántico hacia el Pacífico.
El empresario Cornelius Vanderbilt, el magnate de los ferrocarriles de Norteamérica, se había encargado de hacer posible dicho paso, usando una flota de embarcaciones y carruajes. Se calcula que dos mil pasajeros mensuales utilizaban la ruta nicaragüense.
En el compromiso suscrito por Vanderbilt con el gobierno de Nicaragua figuraba la futura construcción de un canal interoceánico, el sueño dorado de barcos mercantes y oficiales navales en todo el mundo. A partir de las ideas de Alfred Mahan, prominente marino estadounidense de guerra, Estados Unidos se imaginaba como la nueva “
” y el logro de atravesar rápido del Atlántico al Pacífico y viceversa era apreciado como una meta vital para la geopolítica del futuro (Karsten 1971: 589; Dull 1985: 59-62).reina de los mares
A cinco meses de su partida de San Francisco, Walker y sus hombres lograrían controlar Nicaragua al grado de que el estadounidense se convertiría en presidente del país.
¿Cómo explicar semejante hazaña? Vayamos en orden.
LOS HECHOS
William Walker nació el 8 de mayo de 1824 en la ciudad de Nashville, Tennessee. Desde muy pequeño exhibió y administró diversos intereses. De forma sobre todo autodidacta, el joven Walker se interesó en la medicina, el derecho y el periodismo. Muy pronto migró a San Francisco con el ánimo de encontrar oro y fortuna. En poco tiempo combinó su inclinación física por la acción con ciertas preferencias intelectuales. En las fotografías se lo observa un tanto infantil y hasta femenino, de porte magro y rasgos finos, a primera vista luce enfermo y melancólico. En contraste, en un film sobre su vida (1987), el actor elegido para interpretar el papel de Walker fue el enérgico Ed Harris.
En medio de los debates geopolíticos acerca de la dilatación territorial de los Estados Unidos, Walker se hizo filibustero. Ello implicaba ingresar a una zona gris, casi a la ilegalidad. Aquello invitaba a rodearse de un aura de heroísmo, sentido patriótico controversial y cierto misticismo. Walker decidió jugar al conquistador de almas y millas.
En 1818, Estados Unidos había prohibido expresamente la actividad a la que Walker se sentía convocado, el filibusterismo. La ley conocida como Neutrality Act señalaba que del territorio de los Estados Unidos no podían partir expediciones armadas con el objetivo de intervenir en otros países. La norma obligaba a los organizadores de viajes masivos a pasar por inspecciones y a declarar las intenciones de su próxima travesía. Ya a partir de 1823, había entrado en vigencia la Doctrina Monroe, que añadía ingredientes del derecho internacional moderno a la tradición expansionista del “Destino Manifiesto”, que fue la justificación ideológica de las acciones filibusteras.
Es muy importante definir con claridad los rasgos propios de la Doctrina Monroe. Gilderhus (2006: 5-16), King (2006: 163-196) y mucho antes Wheless (1914: 66-83) enumeran tres planteamientos centrales de lo que se reconoce como el cimiento filosófico de la política exterior de los Estados Unidos. La Doctrina Monroe buscaba que ningún país europeo interviniera en los asuntos del hemisferio occidental (las tres Américas), que, de forma recíproca, América tampoco tuviera ninguna injerencia en Europa y que el modelo monárquico fuera erradicado del nuevo mundo. La prescripción explícita era que en América solo hubiera repúblicas. Como se constata, el filibusterismo o imperialismo esclavista y sureño no guardaba similitud formal alguna con la Doctrina Monroe.
Por ello, puede decirse que, a partir la Doctrina Monroe, la única actividad propiamente “imperialista” autorizada desde Washington era la que emprendiera un actor americano. Europa no podía interferir en los asuntos del hemisferio, cuando menos así se decía, aunque materialmente no se pudiera impedir. Sin duda ese deseo de Monroe no pudo ponerse en práctica sino hasta bien entrado el siglo XX.3
En ese contexto, no el marcado por Monroe, sino por el Neutrality Act, Walker tuvo que lidiar con la ley en más de una ocasión. En octubre de 1818, las autoridades portuarias confiscaron su navío bajo la sospecha de que iba a ser usado para trasladar expedicionarios. El filibustero tuvo que comprar otro.
Las vidas del magnate Cornelius Vanderbilt y del filibustero Walker estaban a punto de cruzarse, o, mejor dicho, de chocar estrepitosamente.
En 1851 el primero estableció en Nueva York la compañía “Accesory Transit” (ATC). Se trataba de una empresa, cuyo mayor objetivo era hacer posible que cientos de pasajeros, principalmente europeos y norteamericanos, pudieran cruzar de un océano a otro a través de territorio centroamericano. Como ya quedó dicho, el lugar elegido fue Nicaragua, país que, al contar con el lago del mismo nombre, acorta naturalmente la vía terrestre. Antes de la construcción del canal de Panamá, aquel era el tramo más corto.
Vanderbilt había logrado cumplir un caro anhelo geopolítico. No era un canal, pero sí, un paso relativamente expedito. Los viajeros tomaban un barco en Nueva York o Nueva Orleans, arribaban a un puerto especial localizado en la costa atlántica de Nicaragua y se trasladaban por tierra hasta el lago. Éste les permitía moverse de una orilla a otra. Una vez atravesado el curso de agua dulce, ya solo quedaba un tramo corto hasta la costa del Pacífico. Desde allí, los clientes de ATC tomaban otra vez un barco que los dejaría en San Francisco.
Vanderbilt logró atender toda la ruta. El otro trayecto, a través de los Estados Unidos no solo era más extenso, sino sobre todo peligroso por la resistencia territorial de los pueblos indígenas renuentes al sometimiento.
La génesis de la empresa de Vanderbilt es narrada con precisión por William Oscar Scroggs (1905: 793) en un artículo que versa sobre las empresas que aprovecharon la navegación a vapor, el invento que dio a luz la Revolución Industrial. El autor confirma que en 1849 era muy peligroso recorrer la distancia entre Nueva York y California a través del territorio de los Estados Unidos. Con la invención de los motores a vapor, las distancias náuticas se estrecharon. Ello hizo más expedita la navegación y el transporte marítimo entre Nueva York y Nueva Orleans, la cuenca del Mississippi y también entre San Francisco y el resto de América. La larga ruta de circunnavegación por el estrecho de Magallanes a través de la zona austral también empezó a ser utilizada a pesar de las semanas que demandaba ese giro continental.
En 1849, Vanderbilt y Joseph L. White firmaron un acuerdo con el gobierno de Nicaragua que autorizaba a los estadounidenses a encarar la construcción de un canal de navegación interoceánico. A cambio de ello, los empresarios anglosajones tendrían el monopolio, al menos durante 12 años, de la ruta de tránsito terrestre y lacustre a través del país centroamericano. Con la instalación del puerto de Graytown (San Juan del Norte) sobre el Atlántico, el lugar de recepción de los primeros vapores provenientes de los Estados Unidos, se iniciaron los anhelados viajes.
Scroggs (1905) informa en su texto que cada año se daba un flujo de 24 mil pasajeros. El recorrido era el siguiente: Nueva York -Nueva Orleans - Graytown- río San Juan- lago de Nicaragua - Virgin Bay (La Virgen) - San Juan del Sur - San Francisco. Cinco de las ocho estaciones estaban en Nicaragua.
Queda claro que la continuación sostenida del negocio de la ATC dependía de la luz verde otorgada por el gobierno de Nicaragua. En tal sentido, Vanderbilt dependía de sus buenas relaciones con las autoridades locales, que autorizaban la concesión.
ENSAYOS EN MÉXICO
Mientras Vanderbilt conseguía tales ventajas y se transformaba en el rey del transporte en Norteamérica y Centroamérica, su compatriota William Walker empezaba a ejercer en la nueva actividad para la que sentía latir su vocación. El filibustero emprendió dos intentos por desmembrar el territorio mexicano. Sus ojos se posaron primero en Baja California y después en Sonora. Los dos estados fronterizos, pensaba Walker, podían seguir quizás la misma ruta que Texas. El proyecto consistía en controlar la capital del estado, asumir el mando político por la fuerza y a nombre del lugar y su gente, solicitar la anexión a los Estados Unidos. Provisto de tropa, Walker emprendió un ataque desafortunado sobre La Paz. La ciudad se resistió. Ello lo obligó a retornar a San Diego. De aquella incursión solo queda su prospecto de bandera de tres franjas y dos estrellas.
En 1854 Walker ingresó a Sonora. El general mexicano Meléndez Ceseña encabezó la operación para repeler al invasor. Ese doble fracaso le dejó en claro al filibustero que había que buscar un país no solo más vulnerable, sino, de ser posible, enfrentado consigo mismo.
Scroggs (1905:794) captura el dato de que el 15 de agosto de 1854, los estadounidenses William V. Wells y Byron Cole tomaron la ruta ya descrita de la ATC y atravesaron Nicaragua.
Cole es importante en esta crónica, porque él era por entonces el copropietario del diario en el que Walker había escrito numerosas columnas y artículos. En el camino, los dos viajeros percibieron cierta intranquilidad política en el ambiente. En su parada semi final por San Juan del Sur, en la ciudad de Rivas, eran ya visibles los síntomas de una guerra interna entre bandos políticos rivales. La información recibida da cuenta de un conflicto entre los llamados democráticos y los legitimistas. Cuando los dos estadounidenses atravesaban por el país, los seguidores liberales del Partido Democrático estaban buscando derrocar al gobierno en funciones.
Los dos bandos en conflicto encarnaban, en realidad, un litigio entre dos regiones del país. Las ciudades de Granada y León estaban luchando por la supremacía económica. Granada gozaba de una ventaja importante, el control sobre un puerto en el Atlántico que le permitía exportar carne. Allí mandaban los legitimistas que controlaban el gobierno. León, en cambio, sentía que empezaba a perder importancia y quería retenerla. En su resistencia, contaba con el apoyo de los liberales. Walker y sus hombres quedarían de ese lado del conflicto.
Los forasteros Wells y Cole decidieron entonces postergar la prosecución de su viaje hacia San Francisco y se desviaron a León, plaza fuerte de los liberales. Una vez allí consiguieron una cita con Francisco Castellón, el jefe de la fracción rebelde. Scroggs (1905:795) tuvo acceso al contrato firmado entre las dos partes. A cambio de 300 hombres armados, los liberales nicaragüenses estaban listos a entregarles a estos extranjeros 21 mil acres de tierra.
Con el papel en la mano, los dos mediadores itinerantes se reunieron con Walker en San Francisco. El filibustero meditó mucho hasta rechazar el papel. Tras sus dos derrotas en México y con la ley de Neutralidad acechando, el hombre pensó que aquello podría ser muy arriesgado. Quería más compensaciones por el sacrificio de pelear en un país desconocido.
Cole tuvo entonces que volver a Nicaragua. El segundo contrato había duplicado los acres prometidos (52 mil). Entonces los aventureros decidieron exhibir el documento ante las autoridades encargadas de hacer cumplir la ley de Neutralidad. El fiscal de distrito de San Francisco y el general John E. Wool, comandante de las fuerzas del Pacífico, escrutaron minuciosamente el contrato. Tuvieron que haber tolerado sus términos, porque el 4 de mayo de 1855, el buque Vesta al mando de Walker soltó amarras para dirigirse a Centroamérica. La legalidad había sido vencida, solo faltaba Nicaragua.4
LLEGA LA FALANGE
El 16 de junio, atracaron en El Realejo o Virgin Bay, donde superaron el primer control limítrofe. Los liberales bautizaron a los recién llegados como “
”. Días después, el barco surcaba ya el lago Nicaragua para arribar a Granada, la ciudad controlada por los legitimistas. La toma de la urbe se dio de una manera sencilla, porque las tropas enemigas se habían movido hacia Rivas en el marco de la guerra civil. La falange filibustera se movía ayudada por la suerte. Casi sin disparar un tiro, se había hecho del control de la capital enemiga.la falange americana
En el momento en que empezó a correr la noticia de que las rutas fluviales de Nicaragua se iban llenando de combatientes o mercenarios, los barcos movidos por ATC empezaron a ser inseguros. La ruta de tránsito corría el riesgo de quedar involucrada en la confrontación interna. Poco a poco se demostraría que nadie desde Estados Unidos podía involucrarse en la guerra civil nicaragüense y pretender al mismo tiempo facilitar el tránsito interno entre los dos océanos. En ese forcejeo, uno de los dos pilares tenía que quedar dañado. Vanderbilt estaba naturalmente predispuesto a respetar la soberanía del país anfitrión, mientras Walker buscaría anularla por la fuerza y en virtud de sus contactos políticos. La división de intereses estaba cantada y se jugaba también al interior de los Estados Unidos.
Tras la toma de Granada, Walker se hizo de un inmerecido prestigio en el país. El 23 de octubre de 1855 el empuje liberal conseguía controlar el país y firmar un acuerdo para patrocinar un gobierno entrante. El nuevo presidente en jurar al cargo fue Patricio Rivas, militante de la fuerza ganadora. Ponciano Corral, un legitimista, asumió como Ministro de Guerra. Lo insólito es que Walker recibía como fruto de sus exigencias la comandancia de las Fuerzas Armadas. La medida en principio mostraba la fragilidad de Nicaragua en materia de seguridad y ejercicio legítimo de la violencia.5
DOS ANGLOSAJONES EN APRONTE
A partir de los hechos citados, estalló el esperado conflicto entre Walker y Vanderbilt por una razón muy elemental. El primero necesitaba trasladar hombres armados y colonos desde Estados Unidos hacia Nicaragua. Para ello requería de los servicios de una ATC leal a su proyecto de poder filibustero. Así, el segundo estaba destinado a ser la primera víctima del nuevo orden interno.
Nuestro análisis considera que en Nicaragua chocaban en aquel momento frontalmente dos líneas de la política exterior de los Estados Unidos. Walker encarnaba los principios del “Destino Manifiesto”, mientras Vanderbilt, con el respaldo pleno de la Casa Blanca, era el portaestandarte involuntario de la “Doctrina Monroe”. Ambas conductas se habían complementado hasta ese momento (“
”), pero en Nicaragua empezaban a repelerse. Mientras los filibusteros ensanchaban el territorio, expandiendo a su vez el modelo extractivo y esclavista de los estados del sur, los constructores de la industria y del acero en el norte, planteaban nuevas relaciones con sus países vecinos en los marcos de la exclusión europea de los asuntos hemisféricos tal como lo planteó el presidente Monroe. Walker era la sed de territorio y plantaciones, Vanderbilt era la sed de las comunicaciones, los ferrocarriles, las inversiones y los puertos.dos caras de la misma moneda
Podría decirse, en clave marxista, que el modelo filibustero encarnaba valores feudales, mientras su antagonista era expresión de la modernidad capitalista. Muchos investigadores han revelado, sin embargo, el nexo interdependiente entre ambos. Gran parte de la acumulación originaria de capital que ayudó al lanzamiento de la Revolución Industrial provino de la mano de obra esclava y la venta de commodities agrícolas emanados del Caribe y Centroamérica. Las industrias, que proliferaron en el Reino Unido durante el siglo XVIII y XIX, basaron su musculatura en las grandes ganancias generadas por la producción de café, azúcar, algodón, ron, tabaco y armas de fuego, claves para entender el triángulo transatlántico formado entre la costa este de África, el Caribe americano y el puerto de Bristol en Inglaterra.
EL DESPOJO
En el marco del conflicto recién estallado, Walker inició una ofensiva para despojar a Vanderbilt en un momento en que fuera incapaz de defenderse. Este episodio entre dos estadounidenses decidirá la suerte del filibusterismo en el país centroamericano.
El acuerdo entre ATC y el gobierno nicaragüense señalaba que la compañía transportadora debía pagar a las autoridades del país una cuota equivalente al 10% de sus ganancias. El cálculo de esta suma fue una fuente de controversias constantes entre los políticos locales y la concesionaria. Con la llegada de un nuevo gobierno en Washington, el representante político de la Casa Blanca, Parker French, empezó a negociar un nuevo acuerdo que facilitara el flujo de personas. El 24 de diciembre de 1855, el barco Nothern Light con 350 filibusteros a bordo fue detectado por personeros fronterizos nicaragüenses. A bordo se encontraba nada menos que el propio Parker French. Su condición de diplomático no le ayudó a evitar su arresto.
Todo parece indicar, según el artículo de Scroggs (1905:799), que aquel año de la victoria liberal, diversos activistas y funcionarios estadounidenses se ocupaban de canalizar el ingreso de mercenarios y colonizadores anglosajones a fin de reforzar las posiciones de Walker dentro del estado nacional centroamericano.
El 23 de noviembre de 1855, se firmó un decreto que buscaba colonizar Nicaragua. Se ofrecían 250 acres de tierra al ciudadano del norte que tuviera el deseo de vivir en el país. El transporte corría por cuenta de ATC. El acuerdo firmado entre la falange americana y el partido liberal se hacía norma oficial con el nuevo gobierno.
Entonces vino la jugada funesta de y para Walker. Usando sus influencias gubernamentales, maniobró para que su aliado, el Presidente Rivas, revocara el contrato con ATC. Esto sucedió el 11 de febrero de 1856.
Para sacar a Vanderbilt de manera fraudulenta, empleó la complicidad de dos de sus abogados, Morgan y Garrison, quienes, se suponía, debían salvaguardar los intereses del magnate. Sin embargo, tomaron la decisión de traicionarlo. Ambos aparecieron días más tarde a cargo de una nueva ATC, reconocida por el gobierno nicaragüense. Estas conexiones por debajo de la mesa ayudaron a que Walker siguiera introduciendo a sus compatriotas para reforzar sus huestes. Por ejemplo, según Scroggs (1905:797), el hijo de Garrison logró llevar 100 efectivos hasta Granada. Otros 250 foráneos entraron días más tarde sin el consentimiento de Vanderbilt.
A partir del despojo del millonario, que en ese momento realizaba un viaje largamente planificado por Europa, Walker tomó el control de la vía de tránsito, vital para reforzar su posición bélica. De pronto, una infraestructura destinada a unir los dos océanos se transformaba en un vehículo para una invasión gradual al país anfitrión.
Las excusas o razones para revocar el contrato original de Vanderbilt discurrieron por el nacionalismo. Una comisión gubernamental calculó primero cuánto debía la ATC por concepto de aquel 10% comprometido. Como la cifra se descontaba de las ganancias de la empresa, la comisión desconfió patrióticamente del monto planteado desde los Estados Unidos. La deuda se hizo alta. Los nuevos propietarios y usurpadores, Morgan y Garrison, pagaron de inmediato la cifra convenida, con lo cual se ganaron el afecto de la contraparte nacional. Walker había finalmente expropiado a su compatriota y se ataviaba de un discurso aparentemente patriótico que lo hacía simpático ante los ojos de sus nuevos paisanos, los nicaragüenses.
VANDERBILT CONTRAATACA
El viaje conyugal de Vanderbilt por las islas griegas no impidió que hasta allí le llegaran las malas noticias.
De inmediato, con las consiguientes disculpas para su familia, el arquitecto y propietario de ATC ordenó su retorno a los Estados Unidos para recuperar su empresa de manos de sus inescrupulosos abogados. Su primer aliado, como no podía ser de otra manera, iba a ser el propio gobierno americano. El hombre de negocios al que Estados Unidos debía tanto en materia de desarrollo ferroviario se reunió con el secretario de estado William Marcy. Su siguiente alianza iba a ser con los británicos que por entonces eran aún los dueños de los siete mares. Esta cercanía tuvo un cariz oportunista. Ambas partes se sentían desafiadas por el imperialismo sureño y acordaron golpear al unísono.
El primer objetivo de Vanderbilt fue paralizar todo recorrido por la ruta que él había trazado. Mientras ATC quedara paralizada, se motivaría a los nicaragüenses a romper con Morgan y Garrison. Su enviado especial Horea Birdall llegó a Nicaragua lo más pronto que pudo para comprobar que, en efecto, los nuevos propietarios habían sido incapaces de reanudar la marcha de la nueva compañía. Por razones internas, el tránsito quedó interrumpido durante seis meses, un auténtico boicot para Walker y su ejército de forasteros.
Entretanto, en Nicaragua la situación había vuelto a ser convulsa. Entre junio y diciembre de 1856 la inestabilidad llegó a niveles desesperantes. La lucha de fracciones hacía ingobernable la nación. Es así que, en julio de 1856, se organizaron unas elecciones precarias con escasa participación, y Walker se transformó en candidato. Así, en circunstancias totalmente excepcionales, un estadounidense que llevaba solo un año en el país era ungido como presidente. Antes de colocarse la banda presidencial, Walker tuvo que convertirse al catolicismo.
La llegada de un “gringo” al poder en Nicaragua despertó inmediatamente las alarmas. En toda Centroamérica, el hecho fue considerado como una agresión a la soberanía. De pronto, países que habían decidido separarse, alentaron una cohesión impactante y decidieron intervenir militarmente para acabar con el “invasor”. Para varios autores, fue en ese momento en que el término Latinoamérica comenzó a hacerse frecuente para establecer una frontera ideológica y nacionalista entre la América Sajona y la América hispana (Gobat, 2013).
Dentro de los Estados Unidos también se alentaron posiciones contradictorias. Por una parte, varios periódicos exaltaron los rasgos de Walker y comenzaron a considerarlo un héroe. Desde el lado de los allegados de Vanderbilt, el éxito político militar del filibustero fue visto con vergüenza y desaprobación. El alma intelectual de los Estados Unidos estaba escindida.
LA ESENCIA FILIBUSTERA
Scroggs (1905:805) considera que Walker cometió dos errores durante su breve presidencia. La primera fue restablecer la esclavitud en un intento por hacer de Nicaragua un país atractivo para los colonos del sur de los Estados Unidos, interesados en expandir su economía bajo los mismos parámetros vigentes en Luisana o Virginia. El segundo yerro fue enviar una carta al Presidente de los Estados Unidos en la que Walker alude a una posible anexión de Nicaragua a la unión americana. La misiva fue oportunamente filtrada a la prensa neoyorquina lo cual generó el adecuado fuelle para incendiar la indignación de las opiniones públicas del mundo.
Sin embargo, en la esfera pública, Walker usaba otro discurso. Hablaba de la creación de una Confederación centroamericana que en algún momento pudiera incluir a Cuba.
La asunción presidencial de Walker en Nicaragua fue evaluada de inmediato como un acto de intervención de Washington sobre el país centroamericano. La coalición para echarlo fue vigorosa y fulminante. Mientras Vanderbilt conseguía clausurar la vía por la que Walker pensaba reforzarse con la llegada de colonos y mercenarios estadounidenses, los gobiernos de Guatemala, Costa Rica, El Salvador, Panamá y Honduras convocaban a sus hombres para marchar sobre Nicaragua.
Juan Mora, presidente de Costa Rica, comenzó a concentrar tropas preventivamente a partir del 4 de marzo de 1856, es decir, incluso antes de que Walker se hiciera con la presidencia de la vecina Nicaragua. Dos mil 500 soldados ticos se pusieron en camino hacia el poblado de Guanacaste. La ruta lleva hacia la ciudad nicaragüense de Rivas, nodo de la ATC. Avanzaban bajo las órdenes del salvadoreño José María Cañas, el cuñado de don Juanito, el presidente. Los ticos ingresaron a Nicaragua y fueron recibidos por adherentes de los dos partidos nicaragüenses, los legitimistas y también los liberales, arrepentidos de haberle abierto las puertas a Walker.
En una primera instancia, las tropas costarricenses tuvieron que replegarse a su frontera debido a un brote de cólera. A su regreso a Nicaragua, ingresaron a Rivas, donde libraron una batalla frontal con las tropas mercenarias dirigidas por el mismo Walker. Los ticos buscaban esencialmente sabotear la vía de tránsito entre los dos océanos, pero sobre todo acceder, ellos mismos, a la navegación sobre el río San Juan. Aquella era la ganancia específica que esperaban conseguir en la contienda.
La derrota de Walker se dio en una sucesión de batallas. La secuencia va de San Jacinto a Tipitapa y concluye en la de Masaya. Según las diversas fuentes consultadas, en la guerra para liberar Nicaragua participaron aproximadamente mil 200 salvadoreños, 500 guatemaltecos, 800 hondureños y 500 nicaragüenses.
Su acción más exitosa fue un golpe favorable para Vanderbilt. En una incursión armada en los puertos de San Carlos y San Juan del Norte (Graytown), fueron capturados seis vapores de ATC. Tras la toma de Castillo por 800 ticos, el acceso desde el Atlántico quedó totalmente bloqueado. En febrero de 1857, 500 mercenarios extranjeros fueron tomados prisioneros y entregados a un barco británico llamado Tarleton. Enfermos y fatigados llegaron a Nueva Orleans. La malaria se había apoderado de casi la mitad.
Una medida decisiva del presidente costarricense Mora fue ofrecer una amnistía a quienes decidieran entregarse. De ese modo, creció la deserción en las filas de Walker. En ese momento, Morgan y Garrison, los abogados traidores, se retiraron del lugar. Vanderbilt ya estaba a punto de recuperar sus inversiones.
En el momento del peor desbande, un barco de la Marina de los Estados Unidos a cargo de Charles H. Davis ofreció llevarse a Walker a su casa. Las tropas asediadas del presidente filibustero aceptaron la oferta el 1 de mayo de 1857. Su jefe las tuvo que secundar.
FUSILADO EN HONDURAS
A su retorno a los Estados Unidos, Walker no cesó en su empeño. Organizó dos expediciones más, una en noviembre de 1857 y otra en 1860. En la primera, que marcó su retorno a Nicaragua, fue arrestado por un personero del gobierno estadounidense, Hiram Paulding. En la segunda, corrió con la peor suerte. Fue entregado a la policía de Honduras por los británicos. Su captor fue Nowel Salmon, almirante inglés. Tras un juicio, el poder judicial hondureño decidió condenarlo a muerte por fusilamiento el 12 de septiembre de 1860.
De ese modo, quedaba allanada la ruta para que la semilla de Monroe volviera a germinar, casi cuatro décadas después. Eso solo pudo haber ocurrido si los propios Estados Unidos le ponían un alto al filibusterismo. Aquella idea de un “
” quedaba trunca para dejar vía libre al más moderado imperialismo americano, una versión de la pretensión hegemónica en la que habían sido depurados los rasgos del esclavismo.imperio americano
El 27 de junio de 1857, Vanderbilt logró reabrir la ruta de tránsito interoceánico. Había vencido. A su vez, Costa Rica cobró una buena factura por su participación en la guerra, reteniendo para sí la soberanía compartida del río San Juan, vía por la que hoy circulan barcos de ambos países. El 16 de noviembre de ese año, bajo la mediación de los Estados Unidos, el afluente fue reabierto para la navegación. Lo hizo bajo la prometida protección militar de los americanos que estaban al borde de entregarse a su propia guerra civil. De hecho, un dato importante es que los revólveres y los fusiles de repetición que tantos estragos causaron en las praderas de Virginia, habían sido ya introducidos por Walker en su conquista de Nicaragua.
El ascenso de Walker a la Presidencia fue funesto para el país que se atrevió a consentir su ingreso. Las consecuencias se vieron con las posteriores negociaciones para construir un canal interoceánico. Lo lógico hubiese sido que éste se hiciera, como estaba descrito en el contrato de la ATC, en ese país. Después de la caída del filibustero, el francés Félix Belly buscó una negociación regional para que su país se hiciera cargo de la obra. El nuevo presidente nicaragüense Tomás Martínez suscribió un acuerdo en ese sentido, pero el Congreso de su país detuvo el trámite. Las heridas estaban aún frescas y no se quería proseguir con acuerdos que pusieran en riesgo la soberanía.
Cuando las heridas dejadas por la invasión filibustera cicatrizaron, Panamá ya había tomado la delantera separándose de Colombia y acercándose a Washington con el fin de emprender la construcción del soñado canal.
WALKER EN ESTADOS UNIDOS
El anti imperialismo latinoamericano, acuñado en el siglo XX, asoció automáticamente las acciones de Walker con la Casa Blanca. En aquel marco de confrontación ideológica, no era posible pensar en los importantes matices detectados a lo largo de este artículo.
En un texto plenamente documentado, Amy S. Greensberg (2000:674) ilustra muy bien cuáles fueron las percepciones acerca de Walker dentro de los Estados Unidos. En inicio el texto reconoce que el filibustero despedía una estela de leyenda y heroísmo. El hombre que murió a la temprana edad de 36 años, fue objeto de un homenaje bajo la forma de un Musical en Broadway titulado: “General Walker, la Esperanza de la Libertad”. Sus admiradores destacaban la hombría, su carácter victorioso y sobre todo su apego a valores tradicionales de la vieja Norteamérica. Walker representaba, decían, al hombre trabajador y luchador, al “
”. En contraste, se comentaba que el hombre latino carecía de esos atributos y que las mujeres centroamericanas o caribeñas eran más abiertas y liberales si se las comparaba con sus pares en los Estados Unidos. De ese modo se prefiguraba una posible compatibilidad conyugal entre los anglosajones y las latinas. Los hombres latinos eran vistos como holgazanes, personas enclaustradas en sus hamacas y la consiguiente pereza. Las crónicas y novelas de quienes regresaban de las selvas centroamericanas apuntalaban un mestizaje activo entre los aventureros conservadores y las generosas y laboriosas muchachas del sur extremo.americano pugilista
En 1858 salió a la venta la novela “El viejo Filibustero”, en la que se exponía una imagen romántica de estos aventureros y ya hemos mencionado la película que Hollywood le dedicó en 1987 (“Walker”).6
Cuando Walker fue arrestado en 1857, la estrella del héroe comenzó a apagarse. El oficial que lo detuvo se desempeñaba como uno de los jefes de la fuerza naval. Hiram Paulding señaló que el objetivo del arresto era “
”. Su declaración fue clara: “restituir el honor de nuestro país
” (Greenberg 2000: 689).Walker es rapiña y muerte
Buchanan, a quien se atribuye como presidente de los Estados Unidos, haber reconocido y respaldado a Walker, al final fue lapidario con el imperialista sureño. “
”, dijo Buchanan. El ex jefe de estado añadía: “Es una invitación para robar, saquear, asesinar a ciudadanos de países vecinos
” (Greenberg 2000: 689).En algunas localidades puede ser que lo vean como un héroe, pero ante la mayor parte de la gente es visto como un violador de nuestras leyes y de las leyes de otras naciones, un frío y audaz opresor de la gente a la que dirige con rigor militar
El siguiente presidente, James Pierce, fue aún más taxativo: “
” (Greenberg 2000: 693).Williams Walker es un soñador ambicioso. La empresa que él ha impulsado, no pertenece al presente y no concuerda con el espíritu de hoy. Pertenece a un periodo oscuro de la era cristiana cuando los vikingos y los nórdicos iban donde podían, ignorando las obligaciones de la justicia nacional, elevada rapacidad y rapiña adonde llegaban
Como vemos, el espíritu del norte se imponía intelectual y fácticamente sobre el sur de los Estados Unidos. En Nicaragua y con el tropiezo filibustero, el país de Lincoln se adelantaba en lo que años más tarde sería su victoria militar e ideológica. A partir de ese momento, declinaba el “Destino Manifiesto” y emergía lenta y renovada la desarchivada Doctrina Monroe. El objetivo geopolítico de los Estados Unidos no era más la expansión territorial, sino el control de la navegación y el avance hacia el mercado asiático, un giro formidable que pocos supieron registrar.
CONCLUSIONES
El análisis de este extraño episodio de la Historia de Nicaragua nos ha permitido comprender la convivencia complementaria y también contradictoria de dos doctrinas de política exterior en el seno de los Estados Unidos.
Con base en bibliografía producida por la academia anglosajona, constatamos que si bien la llamada Doctrina Monroe (1823) pareció regir los primeros pasos de la política exterior de la nueva república norteamericana, en los hechos la sextuplicación de la superficie territorial de los Estados Unidos en el lapso de un siglo (1798-1898) le debe más al Destino Manifiesto que a la consigna “
”.América para los americanos
En efecto, mientras Monroe aspiraba a apartar a las Américas de la influencia europea, los colonos y filibusteros que extendieron los dominios de Washington hasta la costa del Pacífico, avanzaban con un motor diferente. A su paso no se interponían poderes extra-continentales del otro lado del Atlántico, sino los pueblos aborígenes o los herederos de la conquista española. La supuesta vacancia de esos vastos territorios al oeste del Mississippi no encontraba explicación en la herencia de James Monroe, sino en las faenas de exploración y caza de Búfalo Bill. En ese sentido, corroboramos que, hasta inicios de la segunda mitad del siglo XIX, las decisiones más importantes, emanadas desde los Estados Unidos, llegaron más de la mano del Destino Manifiesto que de la Doctrina Monroe, cuya aplicación había quedado, de facto, en suspenso. En esos años, Estados Unidos no poseía la capacidad militar ni naval apropiada para hacer frente a británicos, franceses o españoles, que merodeaban por el continente.
Cuatro autores, en diferentes épocas y desde distintos ángulos (Vevier, 1960; Connell Smith, 1976; Emerson, 1969; Smith, 1978) ratifican la idea de que una vez alcanzada una expansión territorial que eslabonaba los dos océanos, Estados Unidos reinstauró la doctrina Monroe, a la que agregó el llamado Corolario Roosevelt. Fue la llave para expulsar a España de Cuba, Puerto Rico y las Filipinas y avanzar con una nueva Marina hacia el mercado chino.
Lo interesante de la fugaz captura del estado nicaragüense por parte de Walker (1855-1857) y su tropa es que pone en evidencia de manera palpable la dualidad de la política exterior estadounidense, que está a punto de liquidar con el Destino Manifiesto a fin de sustituirlo por la Doctrina Monroe.
En la incursión de Walker constatamos entonces la emergencia de cuatro bloques o actores: Walker y Vanderbilt dentro de los Estados Unidos, y liberales y legitimistas dentro de Nicaragua. Esta tetra-partición denuncia el alma dividida de las dos naciones, envueltas, casi al mismo tiempo, en una guerra civil.
Gracias a nuestro análisis, basado fundamentalmente en fuentes académicas estadounidenses, vemos emerger dentro de azaroso proceso de expansión territorial de Norteamérica, la majestad del estado federal. Mientras Walker encarnaba el músculo de la nación abriéndose paso ilegalmente a costa de los países vecinos más vulnerables, las autoridades navales y policiales de los Estados Unidos cooperaban con la clase política y la opinión pública centroamericana para asfixiar la aventura filibustera.
Ambos, Walker y el presidente en turno en los Estados Unidos, formaban parte de la misma configuración socio-estatal, pero invocaban geopolíticas que poco a poco se fueron haciendo contrapuestas. En algún momento, el sentido aislacionista de la Doctrina Monroe iba a chocar con la fuerza colonizadora e interventora del “Destino Manifiesto”. Walker ilustra bien esa pulsión. Lo que se hizo con Texas7, pretendió hacerse con Nicaragua. Las realidades eran, sin embargo, totalmente contrapuestas.
Otro elemento clave que se desnuda en esta entrega es la ya registrada difusión del término “Latinoamérica”, detonado precisamente por la extravagancia emanada del primer presidente gringo de la región.
Lo que muchos centroamericanos consideran como una “
” fue precisamente la reunificación parcial de los ejércitos de la región con el fin de extirpar al invasor. Es fundamental añadir ahí que dentro del gran frente militar contra Walker estuvo la Armada británica y la fuerza naval y policial de los Estados Unidos. Al incursionar en Nicaragua desde su base en el puerto de San Francisco, Walker estaba evadiendo formalmente una ley aprobada en su país en 1818. Dicha ley había ilegalizado la aplicación del Destino Manifiesto, aunque su comprobada evasión la pudo haber ratificado de facto.guerra nacional
En ese perímetro lo que estaba en juego era la titularidad del acto imperial. El estado norteamericano se estaba disputando con los agentes privados connacionales la potestad de organizar expediciones armadas que hicieran valer los intereses geopolíticos del conjunto. El ejercicio del llamado “Destino Manifiesto”, es decir, la conquista de territorios a partir de un modelo de colonización ensayado con éxito en los nuevos estados de la Unión, a mediados del siglo XIX ya no podía ser llevado a cabo por batallones privados de mercenarios. Una vez consolidado el avance hasta la costa del Pacífico, la labor pasaba a manos del poder federal. Estados Unidos demandaba así una centralización de sus relaciones exteriores y eso es lo que se terminó jugando a favor de Nicaragua. Décadas más tarde, tropas estadounidenses ocuparían el suelo nicaragüense y permanecerían allí por 20 años. Su legado fue una Guardia Nacional, que casi de inmediato se hizo del poder político. Walker había regresado, pero ya no como emprendedor personal o privado, sino como configuración estatal.
En la vecina Panamá, y al amparo del Corolario Roosevelt, el implemento legal de refuerzo de la Doctrina Monroe, Estados Unidos terminaría por construir el canal interoceánico que Vanderbilt se había comprometido a edificar en Nicaragua. La aventura de Walker quedaba con ello enterrada. La que pronto pasaría a ser la primera potencia del mundo no requería de más anexiones.















