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Desacatos

 ISSN 2448-5144 ISSN 1607-050X

Desacatos  no.64 Ciudad de México sep./dic. 2020   10--2025

https://doi.org/10.29340/64.2344 

Reseñas

Analizar a Michael Taussig como estrategia para pensar en los desafíos de la antropología

Analysing Michael Taussig as a Strategy to Think about Anthropology’s Challenges

Eva Salgado Andrade1 

1Centro de Investigaciones y Estudios Superiores en Antropología Social-Unidad Ciudad de México, Ciudad de México, México evasalgadoandrade@gmail.com

El diablo y Michael Taussig. La arquitectura filosófica de la antropología contemporánea. Van Loon, Aäron Moszowski. 2017. Secretaría de Cultura/Instituto Nacional de Antropología e Historia, México:


Un críptico a la vez que sugerente título invita a conocer los resultados de la larga y compleja exploración emprendida por Aäron Moszowski Van Loon, cuyo propósito original, analizar la obra de Michael Taussig, lo llevó a reflexionar sobre la antropología contemporánea por “una senda que conecta elementos heterogéneos - antropólogos, conceptos, disciplinas, libros, lugares, problemas- sin limitar de antemano su forma o su tamaño” (p. 21). Originalmente, los resultados de esta travesía intelectual quedaron plasmados en la tesis de doctorado en filosofía de la ciencia que Moszowski presentó en 2015, bajo la supervisión del comité de tesis integrado por José Luis Vera Cortés, Andrés Medina Hernández y Witold Jacorzynski, que en 2016 obtuvo mención honorífica en el Premio Fray Bernardino de Sahagún, en la categoría de tesis en el área de etnología y antropología social.

¿Cuál es la arquitectura de este libro?, ¿por qué emprender este estudio a partir de la obra del polémico antropólogo australiano, que realizó buena parte de su trabajo de campo en Colombia y terminó como un rockstar en la Universidad de Columbia? Según Moszowski, una primera respuesta radica en el hecho de que Taussig, junto con Stephen Tyler, es considerado uno de los antropólogos contemporáneos más radicales, además de ser una de las figuras más influyentes de la antropología sobre Colombia en lengua inglesa, y de estar claramente sesgado hacia la izquierda, con una marcada afinidad con el posmodernismo, y cuya polémica obra representa un buen punto de partida para comprender la relación entre antropología, crítica ideológica y compromiso político.

Entre el amplio y multidisciplinario conjunto de autores en los que se basa Moszowski destacan Walter Benjamin, de quien toma el consejo de perderse en las calles de una ciudad para comprenderla mejor; Bronislaw Malinowski, quien a decir de Taussig creó e instituyó el frecuentemente malentendido método de la observación participante y a quien la antropología colocó como una suerte de figura fantasmal: el observador que observa sin ser observado; y Ludwig Wittgenstein, de quien recupera la propuesta de que la cultura es un lenguaje que consta de relaciones entre distintos tipos de elementos, tales como la perspectiva de “ver como”, los juegos de lenguaje y las formas de vida.

El lector puede elegir entre una revisión ordenada de los capítulos, lo cual le permitirá seguir en orden cronológico la compleja biografía intelectual de Taussig, o bien acometer la lectura en forma azarosa para encontrarse con reflexiones en torno a la modernidad, la antropología posmoderna, la realidad, el problema del Otro, la verdad, la muerte del posmodernismo o el “más allá” del lenguaje, sin duda cruciales para los dilemas contemporáneos que enfrenta la antropología.

En el primer capítulo, “Los primeros pasos de un iconoclasta”, se ubica a Taussig en su encuentro con Colombia, en Puerto Tejada, “uno de los más grandes productores de riqueza del país, pero también uno de los pueblos más pobres del mundo” (p. 35), y evalúa los resultados de sus primeros trabajos a la luz de la época de oro del marxismo, que dominaría la antropología en la década de 1970. Para entender cómo se gestaron los primeros trabajos de Taussig, en el marco de las confrontaciones entre el marxismo cerebral -que proponía una perspectiva crítica del legado de Karl Marx, lo cual daría como resultado etnografías de un elevado nivel teórico- y el marxismo visceral -que abordaba en forma acrítica la dominación de Occidente sobre sociedades menos desarrolladas-, resulta fundamental la reconstrucción del debate filosófico en torno a la modernidad. Para ello, Moszowski pergeña una esclarecedora y necesaria diferencia entre modernización, modernidad y modernismo, lo que nos lleva a recordar el valiosísimo consejo de Wittgenstein: “una fuente principal de nuestra falta de comprensión es que no vemos sinópticamente el uso de nuestras palabras [...]. La representación sinóptica produce la comprensión que consiste en ‘ver conexiones’” (Wittgenstein, 2003: 121). A partir de argumentos irrefutables, la modernización queda definida como un proceso de desarrollo social y económico ligado a la expansión del capitalismo; la modernidad, como “una experiencia vital ligada a un proyecto emancipatorio con dos caras”; y el modernismo, como “una asombrosa variedad de visiones en torno a la modernidad y sus dos caras, que se expresan sobre todo en el arte y la filosofía” (p. 56).

¿Qué implica la modernización para la antropología?, ¿qué efectos tuvo la modernidad en esta disciplina?, ¿cómo se comporta la antropología en el modernismo? ¿Cómo se pasó de una antropología evolucionista a una antropología funcionalista, magistralmente representada por Malinowski y su tan practicado y proclamado método de observación participante? ¿Cuál fue la aportación de Franz Boas a la antropología modernista y su batalla para profesionalizar la antropología estadounidense? ¿Cómo nació la antropología cultural? ¿Cómo se fue transitando desde ideas como las de Jean-François Lyotard y Zygmunt Bauman hacia una antropología posmodernista? ¿Qué tiene todo esto que ver con Taussig, y a su vez, qué nos dice sobre la arquitectura filosófica de la antropología en la década de 1970? La respuesta a éstas y otras preguntas se encuentran en este primer capítulo.

En el segundo, “La crítica mordaz de una especie de Houdini”, la atención se centra en la antropología posmoderna. El viaje comienza con The Devil and Commodity Fetishism in South America, primer libro publicado en inglés por Taussig (1980), con el que logró que el gremio de antropólogos fijara en él su mirada. Partiendo de que fetichismo expresa “aquellas situaciones en las que se atribuye autonomía, poder y vida a objetos inanimados” (p. 62), Moszowski sostiene que Taussig presenta una etnografía en la que el interés no recae en lo que “nosotros” -el mundo occidental, el de los antropólogos- pensamos de “ellos” -el mundo de los estudiados-, sino en lo que “ellos” piensan de “nosotros”. Se trata así de una etnografía que al explorar prácticas como “el contrato con el diablo” y “el bautizo del billete” hace evidente cómo una sociedad precapitalista se transforma en una sociedad capitalista sujeta al fetichismo de la mercancía y origina un “holocausto moral”.

Moszowski parte de una acuciosa revisión de las numerosas críticas positivas y negativas en torno a El diablo y el fetichismo de las mercancías en Sudamérica (1993b), como la que escribieran Sidney W. Mintz y Eric R. Wolf (1989), en la que cuestionan si Taussig, al realizar su etnografía, pudo mantenerse, como “una especie de Houdini” (p. 91), al margen de un sistema que ellos detestaban tanto como él. Moszowski concluye que El diablo y el fetichismo... se ubica en el ámbito de la antropología posmodernista, emprendida por una generación de antropólogos anglosajones influidos por la Interpretación de las culturas, de Clifford Geertz (2000; 2003), cuyos dos ejes principales son la elucidación del punto de vista del nativo y la reflexión en torno a la interpretación y sus dilemas para la antropología: “¿quién habla?, ¿quién escribe?, ¿para quién?, ¿en qué contexto institucional?, ¿con qué constreñimientos históricos?” (p. 76). En la parte final de este capítulo, como vías productivas para acercarse a la polémica en torno a la antropología posmodernista, se sugiere centrarse en dicotomías como “naturaleza-cultura; objeto-sujeto; individuo-sociedad; cuerpo-mente; hecho-valor; animalidad-humanidad” (p. 94).

En el tercer capítulo, “El realismo de un cuentacuentos”, Moszowski se acerca al problema de la realidad, al seguir las pistas que ofrece Shamanism, Colonialism, and the Wild Man: A Study in Terror and Healing (1987; 2002). En la primera parte de este libro de más de 500 páginas, Taussig examina el terror desatado durante el boom del caucho en la región amazónica de Colombia, mientras que en la segunda explora las curas chamánicas. Las críticas a favor de esta obra alaban la forma en la que Taussig interpreta el terror, las sesiones “yageceras” -rituales en los que se consume ayahuasca o yagé- y las curas y técnicas chamánicas, en una forma apasionante y aun poética; no obstante, también se le concibe como verbosa, repetitiva, imprecisa o fragmentada hasta la exasperación. Para Moszowski, se trata de “un montaje literario laberíntico” que evoca “los fantasmas del realismo externo y la verdad como correspondencia” (p. 109) y da lugar a la exploración de un concepto central del sistema filosófico: el “realismo externo”, a partir de la narrativa colonizadora y la narrativa indígena como elementos de construcción de realidades múltiples.

El cuarto capítulo se ocupa del problema del Otro, que por cierto fue el tema inicial que Moszowksi pretendía estudiar cuando comenzó esta aventura académico-filosófico-literaria: en “Desde un departamento de antropología en ruinas” se siguen las andanzas de Taussig, ya instalado en la Universidad de Columbia. Mimesis and Alterity: A Particular History of the Senses (Taussig, 1993a) es el estudio metaetnográfico cuyo contenido y repercusiones se analizan para reflexionar en torno a la alteridad como un concepto filosófico. ¿Cómo se mimetiza Taussig con su objeto estudiado? ¿Cómo se enfrenta el antropólogo a sí mismo, construido como el Otro? Wittgenstein -a la luz de los estudios realizados por Witold Jacorzynski (2008; 2010)-, Emmanuel Levinas, Enrique Dussel, Giorgio Agamben, entre muchos otros autores, son invocados para explorar el problema del Otro en toda su profundidad filosófica.

“Tal vez la verdad es una mujer” es el sugerente título del quinto capítulo, en el que se analiza The Magic of the State (Taussig, 1997), texto que Moszowski considera la etnografía más desafiante de Taussig y que le sirve como punto de partida para reconocer que la verdad es distinta de la realidad. ¿Qué papel desempeña el antropólogo en la realidad etnográfica? La revisión de este trabajo y sus repercusiones muestran por qué Taussig no puede considerarse un antropólogo “gonzo”, es decir, un observador que modifica la realidad estudiada, y sí, en cambio, un representante del “fictocriticismo”, porque combina en sus escritos hechos reales con ficción, observación con memoria, archivos históricos con creación literaria, como se aprecia en La magia del Estado (2015; 1997), donde emplea la técnica del montaje literario combinada con la etnografía y despliega así “juegos del lenguaje” antropológico - como los llamaría Wittgenstein (2003)-, a los que Taussig nunca renunciaría.

En el capítulo sexto, “La muerte de un posmodernista”, se retoma el tema del posmodernismo, que en realidad no deja de estar latente en buena parte del libro, a partir de los trabajos realizados por Taussig ya en el siglo XXI, y quien a estas alturas es todo un rockstar en la Universidad de Columbia, cuyo provocador estilo genera entusiastas adhesiones o ácidas críticas por parte de sus colegas. En una Colombia asolada por paramilitares, narcotráfico y violencia, frente al “problema de las drogas”, con lo que todo ha cambiado y no se puede ya caminar tranquilo por las calles, Taussig cuestiona a la antropología posmodernista para reconocer que la tarea que los antropólogos tienen enfrente es “darnos cuenta de lo que ha hecho la antropología desde siempre, a saber: contar las historias de otros y, al desestimar la tarea del cuentacuentos, arruinarlos en el camino” (p. 221).

Moszowski reconstruye las secuelas de la muerte del posmodernismo, que pasa por tres momentos: el “pre-posmodernista”, en el que la antropología recurre de manera constante a su carácter “reflexivo” para que los textos tomen en cuenta su propia producción; el de una antropología posmodernista, y no posmoderna; y por último, el “pos-posmodernista”, que vuelve la reflexión hacia un nivel aún más complejo para proponer la “infrarreflexividad”, en la que ya es evidente que la antropología no puede desligarse de una reflexión filosófica y en la cual se ubica el Taussig más reciente.

Por último, en el capítulo séptimo, “Y callar sigue siendo hablar”, no se refiere a la obra de Taussig sino a las traducciones, reseñas e investigaciones que siguieron su influencia. Al intentar adentrarse en “el corazón imposible” (p. 23) de la filosofía y la antropología, Moszowski rastrea los ecos de este antropólogo iconoclasta y sus autores preferidos, como Walter Benjamin, Georges Bataille y William Burroughs, así como de los temas que a lo largo de décadas atrajeron su atención, tales como el fetichismo, el terror o el chamanismo. En este capítulo, el tema del lenguaje se anuncia como central, aunque, bien visto, nada de todo lo antes debatido le es ajeno. A fin de cuentas, los dilemas entre modernización, modernidad o modernismo; buscar o recuperar la voz del Otro; la diferencia entre la verdad y la realidad; la construcción de realidades múltiples; los dilemas de la antropología reflexiva, que se cuestiona haber quitado la voz del cuentacuentos original, sólo pueden comprenderse si se tiene al lenguaje en un primer plano, o al menos, en un lugar infaltable.

Cierro estos comentarios pensando que probablemente más de uno estará de acuerdo en que la teoría de la complejidad puede ayudar a comprender esta aventura intelectual. De forma admirable, Moszowski pone orden en el desorden que implica seguir el rastro de cada uno de los nodos o elementos de esta complejidad, representados en primera instancia por los trabajos de Taussig a lo largo de cuatro décadas y media; la repercusión que tuvo entre sus seguidores, sus detractores, sus reseñistas o sus discípulos; cómo se vinculaba con una antropología que, a lo largo del siglo XX y lo que va del XXI, no ha dejado de evolucionar y cuestionarse, y cómo estos dilemas no son ajenos a lo que ocurre en otras ciencias o disciplinas, que a su vez se inscriben en las grandes corrientes del pensamiento filosófico.

En sentido inverso, todo este caos, cuyo orden es recuperado por Aäron Moszowski Van Loon, regresa al origen: las grandes corrientes de pensamiento filosófico influyen sobre las diversas ciencias o disciplinas, y desde luego la antropología reacciona a estos grandes dilemas filosóficos y pone en el ojo del huracán a antropólogos iconoclastas como Taussig y sus andares por Colombia y por Columbia, para mostrar cómo, “de uno de los edificios más extraños del barrio antropológico en los últimos 50 años” (p. 265), emerge la arquitectura filosófica de la antropología contemporánea.

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