El libro Hombres y relaciones de género en México, de Olga Lorena Rojas, publicado por el Centro de Estudios Demográficos, Urbanos y Ambientales de El Colegio de México, ofrece un análisis amplio sobre las transformaciones, persistencias, resistencias y contradicciones en torno a las masculinidades en el México contemporáneo. Basada en una revisión exhaustiva de la literatura especializada y en diálogo con sus propias investigaciones, la autora organiza el texto en cinco ejes fundamentales: identidad masculina, proveeduría económica, trabajo doméstico y de cuidados, inserción laboral y violencia de género en el ámbito familiar.
A lo largo de sus cinco capítulos, la obra traza un panorama complejo en el que coexisten patrones tradicionales y emergentes en las relaciones de género, revelando la complejidad del tránsito hacia relaciones más equitativas. Se identifican tanto procesos de cambio como de resistencia, lo que permite avanzar en el conocimiento sobre la manera en que se configuran las masculinidades en distintos contextos sociales y familiares. La autora pone en evidencia que el tránsito hacia relaciones más equitativas se produce de forma desigual, marcado por tensiones, ambivalencias y respuestas diversas por parte de los varones. En esta reseña, me interesa destacar especialmente dos ejes del análisis: la crisis del modelo de proveedor masculino, y la participación de los hombres en el trabajo doméstico y de cuidados.
El texto plantea que los procesos de modernización, globalización y reestructuración económica vividos en México en las últimas décadas han alterado significativamente las relaciones de género. Estos cambios han debilitado el papel tradicional de los hombres como proveedores únicos y figuras dominantes en el hogar, generando tensiones y conflictos familiares. El proceso de industrialización y urbanización, entre 1950 y 2000, supuso un aumento considerable de la población urbana, una transformación de las estructuras familiares, y una disminución de la ruralidad. Asimismo, se subraya la reducción de la tasa de fecundidad, atribuida a la planificación familiar y al mayor acceso a la educación, así como la precarización del empleo masculino, consecuencia de las reformas económicas iniciadas en los años ochenta. Mientras se debilitaba el empleo formal tradicionalmente masculino, sectores feminizados -como el de los servicios- crecían, ampliando la participación laboral femenina, particularmente en maquilas y empleos informales. A este panorama se suman cambios culturales que, aunque dispares entre clases sociales, introducen discursos sobre la igualdad de género en la esfera pública.
Rojas señala que estos procesos han erosionado el ideal de masculinidad hegemónica vinculado con la figura del proveedor económico único, al tiempo que los discursos feministas y el acceso femenino a los anticonceptivos desafiaron el control patriarcal. El modelo tradicional, históricamente estructurador de la identidad masculina en México y vinculado al ejercicio de poder en el hogar y al reconocimiento social, ha sido debilitado por la imposibilidad material de sostenerlo. Así, uno de los temas centrales del libro es la caracterización de la crisis del modelo tradicional de masculinidad, basado en la figura del hombre como proveedor único que ha sido minada por el desempleo o el subempleo. Sin embargo, se trata de un ideal cultural profundamente arraigado, acerca del cual la autora destaca la existencia de contradicciones entre los patrones culturales conservadores y los emergentes. Así, muestra que el aumento de los hogares con doble proveedor, que en 2020 representaban el 35% de los hogares urbanos, no significa de manera automática que exista una distribución del poder a favor de la equidad de género, no en todos los estratos, áreas ni configuraciones familiares. La proveeduría económica ha sido históricamente el eje estructurador de la identidad masculina en México, y está vinculada al ejercicio de poder en el hogar y al reconocimiento social. Los hombres siguen viendo la provisión como un mandato irrenunciable, pero las condiciones materiales han convertido a este modelo en algo insostenible y en una fuente de crisis identitarias.
Rojas distingue tres formas de respuesta masculina frente a la transformación del modelo de proveedor único: por un lado, la resignación pragmática, en la que los hombres aceptan que las mujeres trabajen por necesidad económica, sin ceder poder en el hogar. Por otro lado, una innovación incipiente, especialmente entre los jóvenes urbanos, quienes comienzan a compartir responsabilidades económicas y domésticas, aunque no exentas de tensiones. Finalmente, en algunos sectores populares y rurales persiste una resistencia férrea, expresada en la negativa a aceptar la contribución económica de las mujeres, incluso si ello implica migrar o asumir múltiples empleos.
En cuanto a la distribución del trabajo doméstico y de cuidados, la autora identifica tres dimensiones clave. La primera es la persistencia del trabajo doméstico como mandato femenino; incluso en hogares con doble ingreso, las mujeres siguen asumiendo la mayor carga de estas tareas. Esto se explica por la fuerza de los estereotipos que asocian la limpieza y la cocina con la feminidad, la falta de reconocimiento del trabajo doméstico como una contribución efectiva al bienestar familiar, y la presión social que desincentiva la participación masculina en estas labores.
La segunda dimensión es la transformación parcial de la paternidad y el trabajo de cuidados. Se observa un mayor involucramiento de los hombres en el cuidado de los hijos, sobre todo en contextos urbanos y entre parejas jóvenes; no obstante, esta participación continúa siendo complementaria, y está más vinculada a la figura paterna que a una lógica de corresponsabilidad.
La tercera dimensión apunta a los cuidados derivados del envejecimiento poblacional. En este ámbito, la carga recae mayoritariamente en las mujeres -esposas, hijas y nueras-, y la participación masculina es mínima, ocurriendo sólo en ausencia de mujeres en la familia. Así, el trabajo doméstico y de cuidados sigue siendo un terreno de resistencia masculina, a pesar de algunos avances.
Un aspecto crucial del análisis realizado en el libro es la relación entre la crisis del proveedor único y la violencia de género. La autora argumenta que la imposibilidad de cumplir con el mandato tradicional de la masculinidad genera frustración e inestabilidad identitaria en los varones. En muchos casos, esta crisis se traduce en violencia como mecanismo para reafirmar su posición dentro del hogar. Los datos muestran que la violencia se intensifica en contextos donde los hombres enfrentan inseguridad laboral y perciben pérdida de autoridad, mientras que las mujeres, al alcanzar autonomía económica, desafían las relaciones tradicionales de poder. Esta violencia es más severa cuando persiste la creencia en la subordinación femenina.
De este modo, Rojas sostiene que la violencia de género requiere ser abordada no sólo como un problema de poder, sino también como una respuesta identitaria a la pérdida de estatus masculino. La autora describe un escenario de dualidad en las relaciones de género, donde coexisten patrones tradicionales (el hombre como proveedor, la mujer como cuidadora) con patrones emergentes (corresponsabilidad, autonomía femenina). No obstante, los cambios son asimétricos y fragmentados: si bien hay discursos igualitarios y cierta flexibilización de roles, las prácticas cotidianas siguen marcadas por desigualdades de género.
Se plantean, pues, interrogantes clave: ¿qué factores influyen en la manera en que impacta la crisis del proveedor único en la identidad masculina y en las relaciones familiares?, y ¿en qué condiciones sería posible una transformación sostenida hacia modelos de masculinidad menos rígidos y más corresponsables?
El libro de Olga Lorena Rojas ofrece un análisis profundo de las contradicciones y desafíos que enfrentan las masculinidades en el contexto actual. Si bien la crisis del modelo del proveedor único ha abierto nuevas posibilidades para redistribuir el poder dentro del hogar, las resistencias culturales y las desigualdades estructurales continúan obstaculizando una transformación real en las relaciones de género.
La autora considera que, en México, dichas relaciones atraviesan procesos de cambio desiguales y fragmentados, donde algunos avances hacia la igualdad -como una mayor participación masculina en los cuidados o la adopción de discursos más equitativos- coexisten con estructuras profundamente arraigadas de dominación masculina, como la violencia, la resistencia al trabajo doméstico y la reproducción de jerarquías familiares. La tesis central del libro sostiene que estos cambios son asimétricos.
A pesar de las transformaciones generacionales y socioeconómicas que caracterizan la época actual, persisten desigualdades profundas en las relaciones de género. Se trata, en muchos casos, de cambios parciales. Por ejemplo, los hombres tienden a modificar más rápidamente sus discursos en torno a una paternidad corresponsable, pero muestran mayor resistencia a involucrarse en el trabajo doméstico: los cambios ocurren, en general, en aquellos aspectos socialmente valorados. Otro ejemplo es la creciente desaprobación discursiva hacia la infidelidad masculina, aunque su práctica se mantenga. Mientras tanto, las mujeres transforman primero sus acciones, como puede observarse en su creciente inserción en el trabajo remunerado.
La autora identifica diferencias importantes en el modo en que estas transformaciones se experimentan según el estrato social, el nivel educativo y la localización urbana o rural. En los sectores bajos y urbanos, la resistencia masculina es mayor, así como la frecuencia y severidad de la violencia. En los estratos medios y urbanos se observa una mayor apertura, incluyendo negociaciones sobre las tareas del hogar, nuevas concepciones sobre la paternidad, y una participación masculina en el cuidado más visible, aunque aún limitada.
En los hogares donde las mujeres tienen un empleo asalariado, es más factible la negociación y una leve redistribución del trabajo de cuidados, pero ellas siguen cargando con la mayor parte de las tareas domésticas. Por otro lado, en los hogares donde las mujeres tienen un empleo informal o están autoempleadas, puede haber cierta flexibilidad en los roles, aunque sin desafiar la división tradicional del trabajo, lo que reduce la colaboración masculina. Es decir, las mujeres asalariadas enfrentan una doble jornada, mientras que aquellas con trabajos informales ven afectados sus ingresos por la búsqueda de flexibilidad.
La violencia masculina sigue siendo un mecanismo de sometimiento hacia las mujeres para restaurar un orden de género amenazado por la autonomía femenina. Así, se produce una paradoja: las mujeres impulsan el cambio social con su incorporación al trabajo remunerado, pero, al mismo tiempo, son quienes más enfrentan sus consecuencias negativas: dobles jornadas, violencia y estigmatización.
Las evidencias mostradas en esta obra apuntan a la necesidad de avanzar hacia una sociedad del cuidado en la que se reconozca el valor económico y social de esta tarea, se aseguren condiciones laborales dignas para quienes la realizan, y se distribuya equitativamente. En un contexto de envejecimiento poblacional y transformaciones familiares, la redistribución equitativa del cuidado se vuelve un imperativo.
En el prólogo, la doctora Rojas señala su intención de ofrecer a las nuevas generaciones de investigadoras e investigadores un compendio de intereses, hallazgos y preocupaciones sobre las masculinidades en México. A partir del análisis presentado, puede afirmarse que el libro cumple con este objetivo y constituye una base sólida para futuras investigaciones que examinen los factores que facilitan o dificultan una transformación estructural de las relaciones de género, prestando atención a las diferencias generacionales, de clase y de contexto territorial.
















