Introducción
En un artículo anterior, publicado en la Revista Mexicana de Ciencias Políticas y Sociales, planteé una genealogía del concepto de diáspora, desde las primeras propuestas teóricas hasta los intelectuales contemporáneos. Allí mismo me propuse describir el devenir histórico del concepto y plantear el crecimiento en su uso, no solo como respuesta a la lógica académica sino también al cambio en la acepción semántica. En aquel documento retomé el surgimiento de los estudios de diáspora, la llegada del transnacionalismo como perspectiva analítica y los cambios acaecidos en la percepción de las diásporas a la luz de los procesos de globalización y las políticas de los Estados en tiempos de vida transnacional (Aizencang, 2022).
En esta oportunidad, propongo indagar acerca de una nueva dimensión conceptual impuesta por la experiencia contemporánea. El objetivo es explorar la influencia que han tenido los medios de comunicación masiva, el surgimiento de la Internet y el uso de las redes sociales, en la formación y articulación de nuevas diásporas: las diásporas digitales. Si bien es cierto que las diásporas clásicas han incorporado el uso de las nuevas tecnologías, las cuales les han permitido recrear sus prácticas y hasta profundizar sus relaciones; nuevas diásporas, creadas a partir de la migración transnacional han surgido a partir de estos recursos tecnológicos, inspirando en algunos casos la creación de una sociedad civil extendida.
Los desplazamientos humanos y la intensidad de los flujos migratorios han caracterizado el devenir de las últimas décadas, reforzando y universalizando la existencia diaspórica (Bokser, 2005). Cerca de 3 % de la población mundial vive en la actualidad fuera de su país de origen. Según datos de la Organización de las Naciones Unidas (ONU) 281 millones de migrantes internacionales se registraron hacia fines del año 2020, lo cual incluye a todos los residentes de un país nacidos en el extranjero (Naciones Unidas, 2024).
El mundo actual se encuentra en estado de continuo flujo y movimiento, cuya escala y complejidad nunca antes habían sido de tal envergadura. Se trata de un sistema en el cual la circulación de personas, recursos e información se experimenta por múltiples canales. La frecuencia del movimiento, el volumen de migrantes, la densidad, velocidad y multidireccionalidad de los flujos migratorios; la diversidad de opciones y la complejidad en las formas de migración, todo ello hace que el desplazamiento sea no solo más común y frecuente sino también una experiencia compleja. La movilidad de un número importante de individuos a través de las fronteras ha resultado en la conformación de diásporas o comunidades transnacionales (Faist, 2000), muchas de las cuales mantienen fuertes relaciones con sus países de origen generando un impacto tanto económico como social, político y cultural además de un efecto significativo en flujos migratorios posteriores (Knott y McLoughlin, 2010).
Los clásicos han definido a las diásporas en términos de dispersión y desarraigo. El concepto “diáspora” se deriva del término griego “dispersión” (Diasperien: Dia-across; Sperien: to sow or scatter seds), y fue acuñado para nombrar a comunidades desplazadas, conjunto de personas “dislocadas” de su país de origen a través del movimiento migratorio o el exilio (Braziel y Mannur, 2003). A lo largo del tiempo, el concepto se ha utilizado para designar conjuntos de personas que se conciben a sí mismas como “pueblo” o “nación” a pesar de su dispersión (Safran, 1991); el segmento de un pueblo que vive fuera de la patria (Connor, 1986); la dispersión de cualquier población la cual en algún momento del pasado fue homogénea (Sheffer, 2003); y la dispersión por el mundo de personas con un origen común (Ben Rafael, 2013).
Hasta la década de 1930, las formaciones sociales conocidas como diásporas consistían en una red de comunidades, a veces sedentarias y otras móviles, que vivían en una dispersión a menudo involuntaria de sus países de origen y que se resistían a la asimilación total o a las que se les negaba la opción de asimilarse. Muchas de estas comunidades vivían en condiciones lamentables y precarias, no glorificados por nadie en una era en la que el Estado nación era la forma suprema de gobierno, y la “diasporicidad” podía significar ciudadanía de segunda clase (Tololyan, 2012).
Si la diáspora considerada en la literatura clásica fue históricamente la del pueblo judío, a partir de los años sesenta el concepto se extendió para abarcar la dispersión de poblaciones como la armenia y la griega; la africana y la irlandesa. Hacia la década de 1980, el concepto fue desplegado para designar a otras categorías de migrantes -expatriados, migrantes forzados, minorías étnicas y raciales-. Otras migraciones como las laborales o comerciales fueron luego agregadas a las diásporas prototípicas. Tiempo después el término pasó a ser discutido dentro del contexto de la globalización y del transnacionalismo como identidades en movimiento (Clifford, 1994; Dufoix, 2008; Koser y Bayraktar, 2017). Brubaker resumió las tipologías propuestas por los clásicos (Cohen, 1997; Safran, 1991; Tololyan, 1991) concluyendo que tres son los elementos centrales constitutivos de las diásporas: a) la dispersión en el espacio; b) la orientación hacia un homeland real o imaginado como fuente de valores y c) el mantenimiento de límites o conservación del grupo (Brubaker, 2005). Estos tres elementos centrales se ven en la actualidad facilitados por la incorporación de los medios tecnológicos de comunicación. Tan solo si retomamos el tercer criterio -el mantenimiento de límites o conservación del grupo- el cual supone la preservación de una identidad distintiva, una comunidad aunada por su solidaridad activa, tanto como por su entramado relativamente denso de relaciones sociales que cruzan los límites nacionales y conectan miembros de la diáspora, conformando así una comunidad transnacional única; esta sería difícil de ser imaginada sin los medios tecnológicos con los cuales cuentan hoy los sujetos migrantes.
La orientación hacia el homeland como fuente de significado se ha convertido, en definiciones más recientes, en experiencias transfronterizas o en relaciones trilaterales entre el grupo, la patria y el país de residencia (Brubaker, 2005; Cohen, 1997; Faist, 2010; Safran, 2005; Sheffer, 2003). Nuevos usos del término han reemplazo el énfasis en el retorno al homeland por el mantenimiento de lazos densos y continuos, lazos que tampoco podrían ser siquiera pensados posibles o viables sin los medios tecnológicos de nuestros tiempos. El antiguo énfasis en el retorno esperado fue en algunos casos ampliado para incluir nuevas dinámicas de interacción e interconexión mientras que en otros fue reemplazado por el intercambio circular o la movilidad transnacional. De esta manera, la idea de retorno fue sustituida por la circulación (Bokser, 2014). Aún en los casos en los cuales las diásporas producen y mantienen una retórica del retorno a la “patria abandonada” -y, en ocasiones idealizada-, esta retórica se traduce en la práctica en la creación y perpetuación de distintas redes de relaciones -económicas, de parentesco, políticas, culturales- con comunidades semejantes en otras latitudes y con la patria misma. Este mito o memoria colectiva del lugar de origen, así como el deseo colectivo de retornar, no necesariamente involucra la repatriación, sino conlleva un constante retorno imaginativo, afectivo y material (por medio de viajes, remesas, intercambios culturales, grupos de presión, relaciones comerciales, etc.) el cual se traduce en diferentes niveles de institucionalización de las prácticas.
Las diásporas históricas han perdido peso y nuevos grupos han conformado espacios diaspóricos que buscan mantener su tradición y fuerte sentimiento de colectividad, y, al mismo tiempo, sostener una diversidad compleja de prácticas y relaciones a través de las fronteras con su patria ancestral y con otras comunidades similares; prácticas y vínculos que continuamente estructuran y se estructuran (Quayson y Daswani, 2013). El rápido desarrollo de las tecnologías digitales ha transformado radicalmente las formas de mantenerse en contacto con las culturas de origen, con las redes diaspóricas, con otros grupos de connacionales en el exterior, así como también con aquellos que no han migrado, pero que constituyen parte integral de aquel espacio diaspórico o espacio social transnacional que dicha migración conforma (Brah, 2011; Levitt y Glick, 2008; Pries, 2001, 2008).
En resumen, la migración en tiempos de globalización y de vida trasnacional ha derivado en la formación de diferentes tipos de diásporas, caracterizadas ante todo por el establecimiento de relaciones y prácticas trasnacionales. Las diásporas dispersas de antaño se han convertido en las comunidades transnacionales de hoy, sostenidas por una variedad de modos de organización social, movilidad y comunicación (Vertovec, 1999, 2009). De esta complejidad se deriva que las mismas no deban ser percibidas como entidades discretas, diferenciadas, sino más bien como formadas por una serie de convergencias contradictorias de gentes, ideas e incluso orientaciones culturales (Quayson y Daswani, 2013). Diversidad y fragmentación son, en este contexto, dos características distintivas de las diásporas contemporáneas.
El espacio digital como nuevo ámbito de interacción. La formación de diásporas digitales
Los conceptos más innovadores dentro de los estudios de diáspora de los últimos tiempos ya intuían o consideraban a las interacciones digitales como características de esta era. Este supuesto se encuentra inmerso, por ejemplo, en la definición de diásporas como formaciones híbridas y heterogéneas (Werbner, et al., 1997); espacio intangible y virtual entre un centro y una periferia dispersa (Clifford, 2011); redes que permiten dinámicas globales de cercanía e interacción (Vertovec y Cohen, 1999); y diásporas como redes de comunicación, traslados, intercambios y parentescos descentrados y parcialmente yuxtapuestos que conectan las comunidades transnacionales (Bokser, 2014).
Los avances recientes en las tecnologías de la comunicación han llevado a la proliferación de nuevas definiciones de la noción de diáspora. Ponzanesi, por ejemplo, utiliza el término para referirse a las formaciones virtuales y redes diaspóricas digitales. Esto no significa que la antigua noción de diáspora haya sido superada o reemplazada por nuevas diásporas digitales, sino que las formaciones digitales facilitan y transforman las posibilidades de afiliación diaspórica. En este sentido, piensa en un ecosistema de medios en el que las actividades online y offline se conjugan y contabilizan de manera diferente (Ponzanesi, 2020). Por su parte, Alonso y Oiarzabal definen las diásporas digitales como las distintas redes online que los migrantes utilizan para recrear identidades, compartir oportunidades, difundir su cultura, influir en las políticas de la patria y la tierra anfitriona, o crear debates sobre cuestiones de interés común por medio de dispositivos electrónicos (Alonso y Oiarzabal, 2010).
El término diáspora digital está lejos de ser inequívoco o contar con una sola definición. Las diásporas digitales y las diásporas online (Bernal, 2014; Brinkerhoff, 2009; Ponzanesi, 2020) han sido objeto primordialmente de los estudios de migración y relaciones internacionales a través del análisis del discurso, con un enfoque orientado a blogs y sitios web, intentando responder al cuestionamiento acerca de cómo las comunidades se mantienen conectadas en el mundo virtual. Los términos “e-diásporas”, “net diásporas” y “web-diásporas” han sido objeto de los estudios de tecnología y comunicación y se centran más específicamente en las interacciones en Internet, prestando atención a los hipervínculos web online y los rastros digitales (Fernández-Tapia, 2021).
El concepto diáspora digital como nueva dimensión permite observar de qué forma los migrantes crean “comunidades de pertenencia” las cuales les permiten no solo reafirmar conexiones con sus países de origen sino también establecer nuevas relaciones en los países de acogida y entre otras diásporas étnicas. Esta dimensión se ve facilitada por la utilización de las principales plataformas de redes sociales (Facebook, Twitter, Instagram y YouTube) y aplicaciones más específicas (WhatsApp, WeChat, FaceTime) que reconfiguran no sólo cómo se crean y organizan las formaciones online sino también cómo se desarrolla la experiencia de pertenencia transmitida afectivamente a través de nuevas formas de inmediatez y proximidad (Ponzanesi, 2020). En términos metodológicos, las etnografías profundas y de largo plazo o alcance iluminan la manera en que las prácticas de creación de espacios diaspóricos en las redes sociales, entrelazadas íntimamente con la complejidad de la vida cotidiana de las personas, se desarrollan simultáneamente en diferentes ubicaciones físicas y digitales.
En la actualidad, pensar en diásporas significa aludir a diferentes categorías de migrantes internacionales, de diferentes orígenes y estratos sociales, entre ellos los expatriados, exiliados, refugiados políticos, los migrantes forzados, los voluntarios, las minorías étnicas y raciales y los migrantes laborales o comerciales. A estas categorías se suman los llamados migrantes digitales. Los trabajos híbridos u online, desarrollados particularmente después de la pandemia de Covid-19, han facilitado la creación de una nueva categoría de migrantes, conocida también como “nómadas digitales”, “usuarios conectados” o “migrantes conectados” (Fernández-Tapia, 2021). La figura del migrante conectado refiere a un migrante equipado con al menos un dispositivo que le permite navegar en un entorno digitalizado. El migrante conectado se caracteriza por su permanente accesibilidad o en términos de Nedelcu, por la “co-presencia cotidiana” (Nedelcu, 2012, 2016). Las diásporas digitales son producto de la era digital y se caracterizan por la convergencia de individuos dispersos geográficamente, pero conectados virtualmente. Estas comunidades online han creado nuevas formas de identidad, pertenencia, activismo y empoderamiento, transformando el modo en que nos relacionamos y construimos nuestras conexiones sociales.
El espacio migrante digital y las prácticas de creación de lugares
Los estudios sobre las diásporas digitales han constituido un nuevo campo, proporcionando una novedosa mirada y significado al fenómeno de la migración y las prácticas de sus agentes. En específico, el estudio sobre la interacción de los migrantes con las tecnologías de la información y las comunicaciones (las TIC) ha despertado gran interés en investigadores de diversos campos, entre ellos estudios migratorios, antropología, estudios de medios de comunicación y ciencia y tecnología (Sandberg, Rossi, Galis y Jorgensen, 2022).
En líneas generales, los investigadores coinciden en que los medios digitales y tecnológicos impactan las diversas fases del proceso migratorio al proporcionar nuevas formas de acceder, compartir y preservar información relevante (Diminescu, 2008). Asimismo, facilitan los procesos de integración social modificando las formas de solidaridad de los migrantes además de proporcionarles un valioso capital social y emocional (Sandberg, Rossi, Galis y Jorgensen, 2022). De manera simultánea, las tecnologías digitales han generado gran impacto en la formación de comunidades diaspóricas como espacios relacionales, fomentada y mediada a través de dispositivos y plataformas digitales.
La fuerte interdependencia entre el quehacer cotidiano de los migrantes y el espacio digital ha derivado en el estudio de las prácticas de creación de lugares (place-making practices). Basado en la noción de lugar el cual se crea a partir de las experiencias vividas por los sujetos (Massey, 2005), se consideran lugares digitales aquellos que derivan de las experiencias y prácticas de la vida cotidiana. En este contexto, son consideradas prácticas digitales los chats grupales, videollamadas, microblogs, correos electrónicos, juegos, compras y música online, así como publicar y comentar en las redes sociales (Sandberg, Rossi, Galis y Jorgensen, 2022).
Varios autores, ente ellos Alencar, Alevizou, Costa y Wang, Xi y Witteborn, han elaborado un enfoque relacional del espacio, prestando especial atención a los procesos de reterritorialización y a las prácticas de creación de lugares. En términos de Costa y Wang, la propia movilidad de la sociedad actual ha facilitado la posibilidad de habitar diferentes lugares al mismo tiempo y de participar constantemente en actividades que contribuyen a la creación de estos nuevos espacios. Estas varias formas de definir el espacio donde la migración tiene lugar son a menudo muy diversas en términos de los actores que lo producen, el tamaño del espacio en sí y los desafíos que plantea (Costa y Wang, 2019).
Por su parte, Sandberg y colegas proponen un enfoque relacional del espacio inspirado en los trabajos de Lefebvre (1991), Massey (2005) y Harvey (2006), según el cual el espacio se constituye a partir de las relaciones e interacciones sociales. Ellos definen el “espacio migrante digital” (EMD) -o en inglés el mds (migrant digital space)-, como resultado de relaciones y prácticas sociales con características materiales e intangibles. Con el concepto de espacio migrante digital se conceptualizan ámbitos online y offline,1 en los cuales la información, el conocimiento, la comunicación, el apoyo y la representación de los migrantes se implementan aprovechando las tecnologías digitales contemporáneas. Este espacio lo conforman: a) sujetos digitales (cuentas, páginas, hashtags, canales) que tocan b) temas relacionados con los migrantes (por ejemplo, debates sobre rutas migratorias, lecciones de idiomas, información relevante, búsqueda de empleo) y c) varias plataformas digitales. De esta manera, este espacio se conforma de plataformas basadas en Internet, sujetos digitales y elementos del espacio físico. En términos de forma y función el espacio digital incorpora características de otros espacios públicos como por ejemplo la diversidad, la heterogeneidad y la presencia de dinámicas contradictorias a su interior (Sandberg, Rossi, Galis y Jorgensen, 2022).
Dado que este espacio de prácticas y relaciones sociales digitales surge de sujetos, temas y plataformas, y posee una clara conexión con el espacio físico y material, difícilmente podemos imaginarnos la existencia de un espacio migratorio digital único. Por el contrario, debemos concebir al espacio migrante digital como un ámbito que resulta de múltiples espacios migrantes digitales, parcialmente superpuestos, ya que los sujetos, los temas y plataformas se combinan de manera diferente para los diversos contextos geográficos. Más aún, y como consecuencia de la amplia gama de actores, motivaciones e intereses, el espacio migrante digital debe ser concebido como inestable, ya que se encuentra en constante cambio y reconfiguración. La abundancia de actores menores e informales que, gracias a las oportunidades que ofrecen las plataformas de redes sociales, ingresaron al espacio digital para brindar información relevante y ofrecer servicios, produce también una alta inestabilidad en el mismo.
En este contexto, las tecnologías evitan las estructuras jerárquicas de los medios de comunicación tradicionales, es decir, la linealidad de los viejos medios, su naturaleza jerárquica y de uso intensivo de capital se pierden ante la no linealidad, la jerarquía minimizada o inexistente y el costo relativamente bajo de interactuar con recursos de Internet (Adeniyi, 2016). La comunicación online es particularmente valorada por los migrantes, quienes cuentan con el privilegio del anonimato, la informalidad y la inmediatez que ofrece la interactividad digital. Lo online llena los vacíos de lo offline y brinda a las personas una renovada sensación de control sobre sus vidas y sus relaciones sociales (Brinkerhoff, 2009).
En cuanto a las prácticas de creación de lugares y la formación de espacios migrantes digitales, es importante remarcar el lugar central que han jugado las redes sociales.2 Siendo que los periódicos, la televisión, radio e internet han contribuido a los procesos de formación de las comunidades transnacionales, las redes sociales -entre ellas, en un principio particularmente Facebook- han permitido una nueva forma de conectividad a través de la distancia, haciendo posibles nuevos tipos de pertenencia mediada (Costa y Wang, 2019). La arquitectura de Facebook, por ejemplo, engendra la sensación de “estar juntos en el mismo lugar”. Relacionarse por esta plataforma implica compartir un mismo espacio online, siendo en sí mismo una forma de construir y sostener una relación, lo cual proporciona un sentido de unión (Pink et al., 2015). Aun así, y en términos de Granovetter, los usuarios de redes sociales mantienen por lo general vínculos débiles (Granovetter, 1983).
La mayoría de los estudios sobre migración internacional utilizan datos agregados sobre las redes de migrantes, sin distinguir entre redes cercanas y amplias en el extranjero. Una excepción a esta generalización ha sido, por ejemplo, el trabajo de Liu, quien utiliza datos de redes individuales para explorar el papel de los vínculos “fuertes” (por ejemplo, familiares) y “débiles” (por ejemplo, de amigos) como propulsores de migración. En sus términos, los vínculos débiles desempeñan un papel central a la hora de tomar la decisión (Liu, 2013). Otro estudio interesante señala que la combinación de redes sociales estrechas y amplias en el extranjero constituye un factor de gran peso el cual potencia las intenciones de migrar, más que los aspectos relacionados con el trabajo, los ingresos o la riqueza. Las redes en el extranjero facilitan la migración a través de varios canales, que van desde el simple intercambio de información hasta la ayuda financiera directa o la asistencia en la búsqueda de empleo. En esta línea, diversas investigaciones han llegado a la conclusión que la influencia de las diásporas explica alrededor de 70 % de la variación observada en los flujos migratorios (Manchin y Orazbayev, 2018).
El mundo online se convierte en el espacio de vida alternativo de los migrantes. En el mundo virtual, las personas interactúan entre sí en esferas con líneas específicas y delimitadas creando nuevos mundos para la sociabilidad humana. Las redes sociales, al igual que los lugares físicos, constituyen constelaciones de encuentros y experiencias (Hinkson, 2017). En lugar de ser simplemente medios que conectan dos ubicaciones offline , las redes sociales se convierten en lugares por derecho propio, dentro de los cuales las personas viven, mantienen relaciones y participan de experiencias compartidas. Las prácticas de creación de lugares online han convertido a las redes sociales en lugares de pertenencia de diferentes escalas las cuales se asemejan al hogar ideal o homeland. En términos de Costa y Wang, estas redes les permiten a los migrantes sentirse como en casa en una “vida flotante” (a “floating life”). O, dicho de otro modo, estas prácticas de creación de lugares online contribuyen a crear la sensación de estar en casa o en la patria, lo que compensa su sensación de impotencia y falta de hogar en la vida offline (Costa y Wang, 2019).
Redes sociales, capitales y la ampliación del espacio político
Las tecnologías de información y comunicación (TIC) juegan un rol central cuando se trata de comunicar y mantener relaciones a distancia, acceder a productos nostálgicos (materiales y simbólicos) y reducir el extrañamiento. En términos de Solé y Parella, las mismas constituyen una forma “de entender y construir nuevas relaciones sociales” dando lugar a la existencia de flujos comunicativos, simbólicos y culturales en tiempo real, haciendo posible la existencia de espacios familiares, sociales y ciudadanos de forma permanente, es decir, todo el tiempo y a la hora que se desee. El resultado es la construcción o reproducción de identidades, lazos débiles y/o fuertes, prácticas sociales y ciudadanas, y estilos de vida conectados transnacionalmente. Las redes que se articulan a través de las TIC no solo son redes de tipo social o cultural-simbólico, sino también redes de negocios, comunitarias y políticas. Cuando las redes trascienden los límites nacionales con el objeto de obtener, construir o ejercer derechos, deberes y compromisos cívicos, se materializa lo que ellos denominan la ciudadanía digital transnacional (Sole y Perella, 2006).
Fernández-Tapia introduce la categoría de b-redes (b-networks) o “redes mixtas digitales-directas”, para referir a la modalidad presencial con la mediación a través de las TIC en el espacio electrónico. La existencia de redes combinadas supone la participación de los individuos en redes complejas, en un proceso dialéctico permanente entre el espacio de los lugares físicos y el espacio digital. En el caso de los migrantes, estas redes combinadas se entretejen en la ciudad y país de destino, con la localidad y país de origen, con terceros países y a nivel global, construyendo b-redes cada vez más sólidas (Fernández-Tapia, 2021).
En el contexto migratorio, las redes sociales (directas, digitales o combinadas) constituyen un capital social, político y simbólico que transforma, empodera e impacta políticamente desde la sociedad civil, dando lugar a la posibilidad de una ciudadanía activa. En este proceso en el cual se combinan espacios de flujos3 y espacios de lugares, los migrantes estructuran un campo social transnacional que incluye al ciberespacio. Como resultado, extienden y fortalecen sus posibilidades en sus lugares de residencia, sus países de origen, sus sociedades y comunidades online.
Así destacan varios aspectos significativos que hacen posible hablar no solamente de transnacionalismo y transnacionalidad digitales, sino de ciudadanía transnacional digital, la cual refiere a hechos de carácter ciudadano que se realizan en espacios transnacionales digitales, en una serie de interacciones en red, en la que se articula el capital social, cultural y simbólico. En este entramado reticular de relaciones transnacionales digitales, se construyen y ejercen derechos, deberes y compromisos cívicos a partir de a) redes sociales de tipo político o cultural de carácter comunitario, b) la reconfiguración de identidades y el retorno del discurso y prácticas de la comunidad, c) la articulación del espacio de los lugares y el de los flujos (b-redes), configurando campos transnacionales con su habitus y características propios y d) la construcción o reconstrucción de capital social e identidades que se refuerzan, reconfiguran o crean en los espacios transnacionales del ciberespacio. Siguiendo a Fernández-Tapia, a través de los blogs y Facebook de la diáspora se articula otro espacio re-territorializado que alcanza a todos los que están fuera, refiriéndose a “cómo la ciudadanía habita internet”, entendiendo la internet como espacio y describiendo nuevos territorios. Este es el espacio de la nueva ciudadanía en el mundo actual al integrar lo digital (Fernández-Tapia, 2021).
De tal forma, el espacio digital constituye una alternativa para el acceso a la información a lo público y lo político; la deliberación, la organización y asociación civil, lo económico, cultural y en algunos casos la protesta social y hasta la resistencia. En términos de activismo y empoderamiento, sostiene Brinkerhoff, las diásporas digitales han demostrado ser plataformas poderosas en la defensa de diversas causas. La velocidad y la flexibilidad de la Internet aceleran la difusión global de las ideas y facilitan el avance de sus agendas. Más aún, la actividad en el ciberespacio puede tener efectos indirectos en las organizaciones diaspóricas offline. La capacidad de organizar y movilizar a grandes grupos de personas online ha permitido una mayor visibilidad y participación. Además, las plataformas digitales ofrecen a los activistas una audiencia global, lo que ha amplificado su voz y su alcance (Brinkerhoff, 2009).
En la actualidad, los migrantes, miembros de espacios diaspóricos, pueden escoger los tipos de comunidades que crean y los tipos de acción intencionada que persiguen. La Internet permite la creación de un espacio político elástico con capacidad de extender y exponer los límites de la soberanía territorial (Bernal, 2014). En este sentido, los medios digitales modifican el significado de la diáspora para las personas y las naciones. Así mismo, las diásporas digitales representan una oportunidad relativamente libre de daños y de bajo costo para que los gobiernos nacionales exploren y experimenten las relaciones con sus diásporas (Brinkerhoff, 2009).
Esta compleja geografía de flujos y creación de lugares on y offline no pueden ni deben desvincularse de las geografías convencionales del estado-nación. Hasta cierto punto, cimentadas y circunscritas a las limitaciones de estas últimas, las diásporas se ubican en un campo social altamente complejo y desafiante, caracterizado por la tensión entre lo nacional y lo transnacional (Smets et al., 2019).
Reflexiones finales
La noción de “transnacionalismo online” o “transnacionalismo digital” acuñada por Starikov, Ivanova y Nee (2018) para referirse a lo que ellos denominan una subdisciplina al interior de los estudios migratorios contemporáneos, sugiere reflexionar acerca de cómo las intersecciones entre los medios digitales y el transnacionalismo derivan en un fenómeno cualitativamente nuevo, aún no estudiado en profundidad (Tedeschi, Vorobeva y Jauhiainen, 2022).
En cuanto a las diásporas, objeto de nuestra reflexión, los medios digitales han facilitado y ampliado las posibilidades de pertenencia a la vida diaspórica. Las tecnologías digitales han posibilitado la creación y el desarrollo de nuevas formas diaspóricas, con variadas implicaciones y un claro impacto en las sociedades contemporáneas. Si hace décadas atrás los autores clásicos definieran a las diásporas en términos de dispersión y desarraigo, la diáspora digital como nueva dimensión conceptual anuncia la creación de comunidades de pertenencia y nuevas formas de inmediatez y proximidad entre aquellos connacionales que habitan diferentes lugares geográficos.
La creciente accesibilidad a la Internet y la proliferación de redes sociales ha dado lugar a la formación de comunidades virtuales, donde las barreras geográficas ya no son un obstáculo para la interacción y el intercambio de ideas, recursos y prácticas. Las redes sociales y las plataformas online han sido fundamentales para facilitar esta interconexión, ya que brindan espacios relacionales donde las personas pueden reunirse, compartir experiencias e identificarse como parte de una comunidad. En otros términos, estas diásporas digitales constituyen verdaderas constelaciones de encuentros y experiencias.
Los medios de comunicación masiva y los estudios de diáspora han desafiado en gran medida el énfasis ocasionalmente excesivo en la noción de una patria abandonada, perdida y/o idealizada, propia de los estudios clásicos, y se han centrado en la agencia, las interacciones mediadas, los flujos de ideas, los recursos y la información. Así mismo, han subrayado la importancia de la vida cotidiana en la (trans)formación del espacio. En tiempos de diásporas digitales hay comunidades que se fortalecen, otras que se debilitan, pero todas se transforman (Fernández-Tapia, 2021).
Como fuera previamente señalado, existe una fuerte interdependencia entre las prácticas cotidianas de los migrantes y el espacio digital. Si la noción de lugar se nutre de las experiencias vividas por los sujetos (Massey, 2005), los lugares digitales se conforman a partir de las experiencias y prácticas de la vida cotidiana. La nueva experiencia de comunicación diaspórica ha facilitado la redefinición del sentido de lugar (Sandberg, Rossi, Galis y Jorgensen, 2022).
No menos importante en este contexto es el papel de los medios y las nuevas tecnologías mediáticas en la transformación del sentido de pertenencia y de subjetividad. Siguiendo a Noivo (2002) los espacios diaspóricos pueden representar geografías emocionales completamente nuevas: lugares donde los migrantes entran y salen en un cruce constante y permanente de fronteras culturales y psicológicas. Los intercambios emocionales reúnen relaciones, redes y grupos en torno a un objetivo común que da como resultado vínculos afectivos, solidaridad grupal e identidad común “que une a los actores de la red y los distingue de los demás” (Lawler, 2001). Siendo así, no resulta difícil concebir las diásporas como “comunidades emocionales”, tal como propone Rosenwein (2006: 24), comunidades que comparten objetivos y valores comunes como así también sentido de pertenencia e identidad (Smets et al., 2019).
En conclusión, las nuevas tecnologías y los medios de comunicación online han posibilitado la (re)espacialización de las diásporas (des)territorializadas, creando nuevos espacios diaspóricos. En estos espacios, caracterizados por una compleja geografía de flujos y creación de lugares on y offline, las dimensiones tiempo y espacio, como así también las de agencia y estructura se ven reformuladas generando nuevas posibilidades, en su mayoría a la espera de ser estudiadas.
Si bien el presente escrito tuvo por objeto desplegar una descripción y análisis de los diversos emergentes teóricos y autores abocados a adjetivar esta nueva dimensión conceptual que constituye la diáspora digital, resta ahora si convocar a los interesados en el tema a analizar casos empíricos los cuales nos permitirán enfrentar la teoría con los diversos estudios de caso, además de ahondar en la riqueza que representan los estudios de orden comparativo.














