Introducción
Los procesos de transformación social que estamos viviendo en la actualidad están íntimamente relacionados con la globalidad de las acciones humanas y sus posibles consecuencias. Dicha influencia es tan relevante que algunos la señalan como el elemento más importante de una nueva época -el antropoceno-, caracterizada por el impacto crítico de la actividad humana sobre el planeta. En los albores del siglo XXI, nos hallamos ante un proceso de cambios múltiples, de dimensiones colosales, que tiene semejanza al que aconteció durante el siglo XVIII de la mano de la Revolución industrial, forzando el tránsito de una sociedad agraria feudal a una industrial capitalista. Sin embargo, la situación actual presenta ciertas particularidades: la cuestión medioambiental y el cambio climático, la incertidumbre de los Estados-nación y el desdibujamiento de sus fronteras tradicionales, la crisis social e identitaria, la creciente aceleración e interconexión de los diversos procesos de cambio, la mayor conciencia colectiva acerca de sus consecuencias, etc.
Este artículo aborda la problemática del mundo actual identificando los principales límites y retos de la sociedad globalizada; incidiendo, de manera especial, en el fenómeno del cambio climático, derivado principalmente de la acción antrópica, y poniendo de manifiesto la compleja relación existente entre las variables involucradas. El principal objetivo es identificar las causas de la situación1 general del mundo, como consecuencia de las acciones humanas, pero al mismo tiempo autónoma de éstas y con naturaleza propia, al grado de poder hablar del mundo como un hecho social global.2 De igual manera se señalan sus límites, sus retos y las posibles estrategias para reorientar la situación en un sentido determinado mediante el conocimiento reflexivo y la acción social.
El antropoceno, término procedente de la biología, popularizado por el meteorólogo holandés Paul Crutzen, se refiere a un nuevo periodo geológico caracterizado por la creciente preponderancia e impacto de la actividad humana sobre el entorno (UNESCO, 2018a: 1). Dejando a un lado la polémica sobre cuándo comenzó realmente a sentirse la acción antrópica sobre el planeta, lo cierto es que dicha presión presenta actualmente un crecimiento exponencial, abriendo la
posibilidad de una disrupción profunda del sistema [que pone en grave riesgo] su estabilidad y capacidad de sustentar la vida, generando un sistema interactivo socioecológico, a nivel planetario, entre la ecosfera y la antroposfera, [en el que la acción humana reflexiva] se ha vuelto imprescindible para crear un nuevo tipo de equilibrio que evite la catástrofe; [esto es, para construir y mantener] un espacio de operación seguro para la humanidad. (Franchini, Viola y Barros-Platiau, 2017: 180)
¿Qué podemos hacer ante esta situación? Lo primero que se puede hacer es mejorar nuestro conocimiento acerca de lo que está sucediendo. Para ello, es necesario desarrollar reflexividades que nos ayuden a elaborar propuestas de intervención estratégicas tendentes a lograr unos objetivos determinados. Dichas metas -objetivos- deben ser colectivas -del conjunto de la humanidad- y estar acordes con la naturaleza compleja de los problemas globales. Ante un mundo cada vez más incierto, fluctuante e interconectado, el recurso a las identidades locales y territoriales como refugio y salvaguarda personal adquieren una creciente importancia (Castells, 1999). Su necesaria articulación en una conciencia universal orientada al bien común supone un reto enorme para las relaciones internacionales, las interacciones cotidianas y el conocimiento social; un reto que no podemos ni debemos obviar, ya que
nuestra tarea hoy es pensar el mundo como una unidad, pues lo es [porque] tras la globalización de capitales y mercancías, ha llegado la de las personas y las culturas […]. Ajustar nuestra conciencia a esa realidad global es el nuevo reto de la sociología. (Lamo de Espinosa, 2017: 11)
En última instancia, nos enfrentamos a un dilema ético y moral que solo tienen solución a largo plazo, mediante el desarrollo de una nueva conciencia colectiva global, mediante “un esfuerzo conjunto que gire alrededor de una noción estética […] sensible a la llegada de nuevas entidades” (Milos y Wolff, 2015). ¿Cómo surge y se configura esa nueva conciencia colectiva global? ¿Cuáles son sus principales retos y limitaciones? ¿Cómo se ensambla lo local con lo global y viceversa? ¿Cuáles son las dificultades con las que se topa dicha articulación? ¿Cómo es la dinámica que gobierna tales procesos? Estas son algunas de las preguntas importante que hay que plantearse, reconociendo, al mismo tiempo, lo poco que sabemos acerca de los procesos y la dinámica -la naturaleza- de las interacciones que se producen en los nuevos escenarios de la globalización y sus consecuencias, tanto en los ámbitos de la hipereconomía, de los flujos poblacionales, de las relaciones internacionales, como en los de la vida cotidiana de la gente que vive en sociedad; una sociedad cada vez más globalizada y, paradójicamente, menos integrada.
Fundamentos teóricos
Este artículo toma como base importantes referentes teóricos sobre la sociedad actual, entre otros: el concepto de modernidad líquida (Bauman, 1999), las contribuciones de Castells sobre la sociedad reticular, de los flujos de información y la reinvención de las identidades colectivas (Castells, 1998, 1999, 2000) o las aportaciones de Dromi (2011) sobre el pacto entre lo local y lo global y la necesidad de conjugar las identidades plurales con una identidad global, fomentando y aprovechando las diferencias, en un contexto de creciente incertidumbre.
Para identificar los principales límites y retos de la actual sociedad globalizada utilizamos el concepto de frontera-horizonte (Retaillé, 2011; Ratti y Schuler, 2013), en el que se plantea que las nuevas fronteras de la globalización -internas y externas a la vez- adquieren la forma de límites que no deben ser rebasados y de objetivos que deben ser alcanzados por las sociedades para garantizar su propia supervivencia. Estos límites y objetivos deben ser cuantificables (Dromi, 2011).
Nos servimos de la tipología de Silván (2008) para describir con mayor detalle las dimensiones, los límites y los retos de la globalización, prestando especial atención a la problemática del cambio climático (Rockström et al., 2009; Franchini, Viola y Barros-Platiau, 2017), poniendo de manifiesto la compleja relación existente entre las variables involucradas en su conformación. Respecto a la dinámica interna que alimenta y explica el fenómeno global, damos preponderancia a los intangibles, entre los que se cuentan: la persistencia de una lógica soberanista westfaliana (Franchini, Viola y Barros-Platiau, 2017), el desencanto generalizado por la política, la teoría del dilema social (Ostrom, 1990, 2010), los comportamientos de libre interpretación (Nordhaus, 2014) y la teoría del inmediatismo (Giddens, 2009). Indagando en los aspectos éticos y morales, compartimos las críticas de Laval y Dardot (2013) al ordoliberalismo y apostamos por una intervención decidida sobre la realidad desde una perspectiva glocal (Moreno, 1999), en la que las ciencias sociales desempeñan un papel fundamental como generadoras de conocimiento reflexivo, para desentrañar y gobernar la situación y sus consecuencias -ya sean intencionales o no previstas-, aunque sin muchas garantías de éxito (Lamo de Espinosa, 1988, 1989).
Frente a visiones distópicas sobre la sociedad venidera (Latour, 2019), subrayamos interpretaciones más optimistas (Dromi, 2011; Lamo de Espinosa, 2017; Chateauraynaud, 2018; Malm, 2018); según las cuales, nos encontramos ante una oportunidad histórica, única, de gestionar la tecnosfera mediante una acción reflexiva global que nos ayude a tomar las mejores decisiones para reconducir a la humanidad como un todo, hacia una senda más consciente, resiliente, sinérgica e inclusiva.
En relación con lo que podemos hacer para mejorar las condiciones de nuestra sociedad global, nos posicionamos en la senda de la nueva razón del común (Laval y Dardot, 2013), en la necesidad de crear una conciencia colectiva global (Lamo de Espinosa, 2017), integradora de nuevas entidades (Milos y Wolff, 2015) que venga acompañada de una decidida acción colectiva (Dromi, 2011; Chateauraynaud, 2018; Franchini, Viola y Barros-Platiau, 2017), orientada tanto a la creación de un nuevo orden mundial (Amin, 1998; Antón, 2000; Silván, 2008; Dromi, 2011; Gómez de Ágreda, 2011; Franchini, Viola y Barros-Platiau, 2017; Márquez de la Rubia, 2017) como a la liberación del poder de lo instituyente (Bergua, 2003) mediante una anamnesis transformadora (Ibáñez, 1985). En el dilatado proceso para la creación de esa nueva gobernanza -y en la senda de Márquez de la Rubia (2017)- otorgamos una importancia transcendental a la sociedad civil para encontrar y poner en práctica nuevas formas de habitar la Tierra (Latour, 2019).
Objetivos, metodología y fuentes de información
Este trabajo pretende comprender e incidir sobre una realidad determinada -la sociedad globalizada- apoyándose en el conocimiento reflexivo sobre dicha realidad. Su principal objetivo es identificar las causas de la situación, señalando, al mismo tiempo, sus límites, sus retos y las posibles estrategias para reorientarla en un sentido bueno, positivo, para el conjunto de la humanidad (Engels y Marx, 2006); porque “nuestra tarea [como científicos sociales] no es solo hacer ciencia; es hacer ciencia para la sociedad, ciencia útil [y para ello tenemos que] hacernos las preguntas relevantes” (Lamo de Espinosa, 2017: 11). En este sentido, establecemos un diálogo crítico y constructivo con diversas aportaciones teóricas provenientes del campo de la sociología y de la ciencia política -principalmente-, enriquecidas con los conocimientos y la experiencia personal del propio investigador como sujeto localizado y globalizado a la vez. De manera que esta aportación está construida mediante una metodología crítica desde una perspectiva glocal. Dicha metodología no es nueva ni original, dado que proviene de las aportaciones de otros autores, algunos de los cuales aparecen referenciados en este trabajo. Su objetivo está orientado a la transformación de la realidad desde una visión compleja y dinámica que otorga un mayor protagonismo a la sociedad civil, dando preponderancia al conocimiento reflexivo y al poder de lo instituyente (Bergua, 2003) en los procesos de autoorganización social.
Según la perspectiva glocal “lo local y lo global existen, coexisten y se predican recíprocamente [y] en todos los casos se vislumbra y se siente un pacto explícito o implícito entre lo local y lo global” (Dromi, 2011: 317-318), debido a que
nuestra conciencia, como nuestra experiencia, es local, está territorializada […]. Pero nuestro ser social, la realidad que sustenta nuestra vida cotidiana, es global, y por vez primera en la historia de la humanidad […] vivimos una sola historia y somos una sola sociedad. (Lamo de Espinosa, 2017: 11)
Lo glocal trata de comprender y explicar las relaciones complejas que se establecen entre los fenómenos naturales y socioculturales, tal como se manifiestan en una realidad determinada y en el contexto global en el que estos se insertan. Dicha mirada aspira a convertirse en un método para “penetrar en la interrelación entre las dos dinámicas opuestas, pero complementarias y en modo alguno incompatibles, de la globalización y la localización” (Moreno, 1999: 110), dado que la globalización y la localización aparecen íntimamente imbricadas de forma compleja y multidimensional, lo cual supone inscribirse en un marco teórico-metodológico novedoso que trasciende la metodología clásica de tesis, antítesis y síntesis, ayudándonos a “pensar, analizar y actuar glocalmente […], partiendo de lógicas locales […] y utilizando tanto instrumentos locales como globales” (Moreno, 1999: 136).
Tecnosfera, reflexividad y gobernanza
En las primeras décadas del siglo XXI nos hemos visto inmersos en una vorágine de cambios tan profundos y acelerados que nos cuesta seguirles el ritmo y, más aún, comprender sus procesos y vislumbrar sus consecuencias. Estamos presenciando la emergencia de un mundo nuevo, una sociedad globalizada que surge con los estertores del ayer y camina por espacios vacilantes hacia lo desconocido. Es un tiempo de incertidumbre y de perplejidades ante “una nueva realidad [que, a pasos agigantados,] va cobrando forma ante nuestros ojos” (Dromi, 2011: 321). En tales circunstancias, tomar conciencia de la situación se impone como algo necesario, imprescindible, para ajustarnos a ella de la mejor manera posible, para reforzar nuestra capacidad de “discernir las directrices del futuro, así como los peligros y las oportunidades que encierran” (Dromi, 2011: 332); lo cual supone un reto enorme para el que quizá no estamos preparados (Lamo de Espinosa, 2017). ¿Cómo podemos afrontar esta nueva situación? Según Dromi (2011), la misma incertidumbre será la que nos posibilite -nos empuje a- “encontrar las vías posibles y deseadas para una vida en conjunto a escala global y local” (Dromi, 2011: 321). Las estrategias para encaminar nuestro futuro deben emerger del conocimiento reflexivo y entrañan necesariamente una acción global concertada; una acción colectiva, dialéctica no exenta de conflictos, basada en nuevos parámetros morales para mejorar la realidad o al menos para no empeorarla.
La interacción del ser humano con la ecosfera3 produce la tecnosfera,4 una emanación de la biosfera5 articulada en un sistema complejo que posee su propia dinámica. La tecnosfera abarca al conjunto de objetos tecnológicos producidos por la humanidad, incluidas la producción de mercancías, las instituciones y las infraestructuras (UNESCO, 2018b: 1); en este sentido, podría equipararse a la noción marxista de trabajo muerto acumulado, pero “dista mucho de ser un mero conglomerado de aparatos y equipamientos tecnológicos” (Zalasiewicz, 2018: 1), dado que incluye a los propios seres humanos y a todos los sistemas sociales y profesionales que permiten interactuar con la tecnología. En relación con sus efectos nocivos, la tecnosfera se asemeja -metafóricamente- a un enorme parásito devorador de la biosfera que trastoca la vida y dificulta la habitabilidad sobre la Tierra. En contra de quienes postulan que sus consecuencias se deben atribuir a la humanidad en su conjunto, Andreas Malm defiende que la culpa de la situación actual es del sistema capitalista y de los países ricos de la órbita occidental; los cuales focalizan su fuerza motriz en la explotación desmedida de los recursos naturales -incluidos los combustibles fósiles- y en la legitimación persistente de una creciente desigualdad respeto a la acumulación y la distribución de la riqueza. En la misma senda, Chateauraynaud (2018) defiende que no todos tenemos la culpa de lo que pasa en el mundo ni en la misma medida, dado que multitud de seres humanos se hallan sumidos en la pobreza y en la marginación, y estos no tienen responsabilidad alguna en el advenimiento del antropoceno.
El estudio de la tecnosfera puede abordarse desde la perspectiva del hecho social de Durkheim (1986), dado que su génesis obedece a causas eminentemente sociales y que, una vez creada, adquiere autonomía e influencia propia que nos condiciona de sobremanera, ya que es la sede de la mayor parte de los recursos imprescindibles para nuestra supervivencia. Sin embargo, y a pesar de su enorme importancia, no controlamos su decurso ni su evolución; al contrario, actualmente deambula a su libre albedrío sustentada por la investigación avanzada y el desarrollo tecnológico, relegando la cuestión de los límites del crecimiento y sus consecuencias a un segundo plano.
Ante este panorama, la consigna es: necesitamos conocer mejor los límites y el funcionamiento de la tecnosfera para garantizar su necesario equilibrio, en relación con la evolución de la vida en nuestro planeta. En otras palabras:
debemos abandonar la actual trayectoria civilizatoria inercial e inconsciente y evolucionar hacia una matriz de comportamiento plenamente consciente de que sólo nuestras capacidades y tecnología pueden mantener el equilibrio en los fundamentos del sistema terrestre. (Franchini, Viola y Barros-Platiau, 2017: 183)
Chateauraynaud (2018) critica a aquellos teóricos que, como Bruno Latour pronostican un escenario distópico. Para Milos y Wolff (2015) lo importante no es tanto anunciar la inevitabilidad de la catástrofe, como comprender las causas de los problemas y sus interacciones en los diferentes niveles de realidad, para producir un conocimiento con capacidad transformadora. En este sentido, de acuerdo con Malm (2018), no habría que caer en discursos deterministas ni catastrofistas sino centrarnos en la elaboración de modelos predictivos que nos sirvan como instrumentos para la acción colectiva. Sin embargo, aunque dispongamos de pronósticos y modelos ideales, no nos serán útiles si no van acompañados de una fuerza transformadora real que genere los necesarios impactos a nivel global y local, al mismo tiempo. Según Debaz y Chateauraynaud (2017) esa fuerza transformadora florece en los intersticios de lo social, como contraantropocenos cristalizados en movimientos sociales de resistencia que tratan de oponerse al devenir de la sociedad globalizada actual, desarrollando nuevas formas de percibir y de actuar en el mundo.
Los Objetivos del Milenio y la actual Agenda 2030 para el Desarrollo Sostenible de las Naciones Unidas deben ser el marco estratégico de referencia para encauzar las acciones colectivas, dado que dichos Objetivos están basados en un análisis riguroso de la situación y establecen metas susceptibles de ser evaluadas empíricamente. Por primera vez disponemos de una herramienta que puede auxiliarnos a trazar un camino en la dirección que queremos darle a la humanidad. De igual manera, tenemos que encontrar otras formas para involucrarnos en la descomunal tarea de cambiar el rumbo de los acontecimientos, en lugar de entretenernos con divagaciones sin fin. Ahora queda lo más difícil: llevar a cabo, efectivamente, las acciones necesarias y en la escala suficiente para alcanzar los retos propuestos y aprender, al mismo tiempo, de nuestros errores.
El papel que la sociología desempeña en este proceso es esencial como productora de conocimiento reflexivo, y así mejorar paulatinamente el diagnóstico sobre la situación, evaluar los resultados de las intervenciones y generar conciencia social acerca del sentido y la importancia de tales acciones (Lamo de Espinosa, 2017). Sin embargo, es evidente que las ciencias sociales por sí solas no bastarán para alcanzar este nuevo punto de equilibrio; para ello se requiere, más que nunca, diálogo y cooperación en todos los niveles, materializados en la creación de nuevas instituciones y modos de participación social, mediante el desarrollo de políticas innovadoras y buenas prácticas generalizables; aunque todo esto dista mucho de ser -lamentablemente- lo que está sucediendo en la actualidad (Franchini, Viola y Barros-Platiau, 2017).
Nuevas formas del límite: la “perspectiva del horizonte”
¿Cómo son las nuevas fronteras de la globalización? La ciencia política y la geografía tradicionales se aferraron a un razonamiento que privilegia la parcelación y la simplificación de la realidad, generando una imagen distorsionada de la misma. Frente a ese conocimiento basado en modelos y oposiciones simples, la percepción de un mundo más complejo, fluctuante, líquido y efervescente (Bauman, 1999), nos permite realizar aproximaciones más acordes con su naturaleza y trabajar con nuevas formas de límite -de la frontera-, dado que la frontera cerrada, ligada al concepto de territorio delimitado y gestionado por el Estado como “el lugar de la nación” (Gottmann, 1952), ya no sirve como paradigma, debido a que se ha visto sobrepasada por una nueva realidad en la que prevalecen los flujos y las interacciones en un escenario móvil, en constante mutación, donde emergen nuevas fronteras funcionales derivadas de relaciones económicas, culturales, sociales y políticas en el contexto de una sociedad globalizada, donde las fronteras se han interiorizado y los límites se vislumbran como un horizonte; dichos límites se diluyen en un espacio indiferenciado, anodino, incierto, conformado por flujos de información y nodos de red (Castells, 1998, 1999, 2000) que únicamente toman sentido en su conjunto, como lugar global, como mundo globalizado.
Aunque suele atribuirse a la noción de frontera un significado peyorativo, asociado a resonancias connotativas de límite o barrera; sin embargo, es un concepto plural y ambiguo, vinculado con “la esencia que permite a una cosa ser lo que es [y en este sentido, se puede interpretar como] el marco natural que otorga plenitud a aquello limitado” (Dromi, 2011: 320). Esta acepción de límite necesario para el Ser entronca con la noción de frontera-horizonte (Retaillé, 2011; Ratti y Schuler, 2013). Según Retaillé (2011), existen tres tipos de límites:
Frontera tradicional, límite con dos bordes.
Frente fronterizo, límite con un solo borde.
Frontera como horizonte, límite sin borde alguno.
La frontera clásica -la de dos bordes- deviene irrelevante ante el despliegue de un nuevo espacio de vivencias y representaciones, producto de la movilidad y de las interacciones, en el que la identidad se hace cada vez más plural e independiente de la territorialidad. Desde esta perspectiva, cobra sentido y adquiere importancia el concepto de frontera como horizonte; la cual podría ser definida como una frontera artificial, móvil, fluctuante, desterritorializada y reflexiva que se configura en torno a retos y objetivos individuales y globales, hacia dentro y hacia fuera del propio mundo. La frontera-horizonte, generada por la globalización, estaría vinculada con una identidad glocal fraguada en la conciencia de pertenencia tanto a una sociedad global como a determinados lugares -territorios- y grupos de referencia (Lamo de Espinosa, 2017), así como en la continua experimentación de las diferencias y multiplicidades que nos caracterizan (Ratti y Schuler, 2013: 4). Esta acepción puede servirnos tanto para describir los efectos de la globalización sobre las fronteras tradicionales -nacionales-, basadas en la apropiación de lugares físicos y en la afirmación de identidades fuertes, para ilustrar la tendencia actual a la disgregación de los límites territoriales y la emergencia de fronteras globales, algunas de las cuales adquieren un carácter limitativo -que nunca deberíamos rebasar-, mientras que otras presentan un carácter finalista o desiderativo -que podemos y debemos alcanzar y superar-. Esta nueva frontera-horizonte se proyecta, además, hacia dentro y hacia fuera de la humanidad como un todo.
Según Dromi (2011), los límites de la globalización deberían ser precisos e indispensables para acometer una nueva organización social a escala planetaria; límites capaces de proporcionarnos:
la escala de la sinergia, la posibilidad de la tecnología, el deslinde de lo público, el desafío de la solidaridad, la integración como voluntad, los derechos fundamentales en la globalidad y las reglas de competencia, consumo e inversión. (Dromi, 2011: 322)
Estas fronteras -como límites y desafíos al mismo tiempo- están en consonancia y pueden interpretarse mediante la acepción de frontera-horizonte (Retaillé, 2011).
Dimensiones, fronteras y retos de la globalización
Cabe preguntarse ahora ¿cuáles son esas fronteras de la globalización desde la perspectiva del horizonte? Silván (2008) distingue, concretamente, cuatro dimensiones en la globalización; a saber:
Dimensión económica
En este ámbito, las fronteras nacionales ceden ante el ímpetu de un mercado capitalista en expansión, caracterizado por una integración financiera y comercial a escala global, así como por la multiplicación de actores y factores económicos. La globalización económica acrecienta las diferencias entre ricos y pobres, generando una galopante desigualdad social y de oportunidades; el avance del capitalismo produce marginación de amplias capas de población, lo que se traduce en otros tipos de inequidades y privilegios. Esta creciente desigualdad constituye un problema que debe ser encarado, de manera ineludible, por el derecho internacional, estableciendo un nuevo marco de responsabilidades, derechos y obligaciones respecto al reparto de la riqueza, basado en cánones éticos diferentes de los que existen actualmente (Antón, 2002, citado por Dromi, 2011).
Dimensión política
La política actual está caracterizada por el declive de los Estados nacionales a favor de entes supranacionales que asumen parte de las competencias tradicionales de los Estados y configuran un sistema político internacional “más heterogéneo, inestable e imprevisible que los anteriores […] crecientemente transnacionalizado e interdependiente, pero políticamente no estructurado ni integrado” (Arenal, 1995, citado por Silván, 2008: 20). En el contexto de las relaciones políticas internacionales, la emergencia de nuevos actores supranacionales junto con la presencia de viejas y nuevas potencias y la consolidación de un sistema político multipolar, no garantizan la estabilidad del nuevo escenario político internacional, sino que, por el contrario, generan una mayor indeterminación, incertidumbre e inseguridad a nivel global. En la senda de Amin (1998), Silván defiende la necesidad de instaurar un nuevo orden mundial y “un sistema político global independiente del mercado” (Silván, 2008: 26).
En este ámbito, los principales retos de la globalización deberían orientarse hacia la creación de una cosmocracia del siglo XXI (Ortega, 2006) asentada sobre un modelo de gobernanza multinivel que facilite la participación igualitaria de todos los actores involucrados. Esta situación ideal se ve, sin duda, entorpecida por las relaciones de poder existentes y la prevalencia de intereses particulares, presentistas, partidistas y nacionalistas en detrimento de los intereses de la población civil, así como por “el deterioro de los lazos entre el Estado y la Sociedad Civil [que entraña] la pérdida de confianza recíproca entre los actores” (Dromi, 2003: 317).
Dimensión sociocultural
En esta dimensión Silván contrapone -siguiendo a Castells (1998)- la globalización de la economía con la reivindicación de las identidades locales y territoriales, al tiempo que nos advierte sobre la existencia de espacios sociales transnacionales en los que se generan nuevas fronteras étnicas y de religión, dentro de las propias sociedades nacionales (Silván, 2008). En este ámbito, los límites de la globalización deberán lidiar con un creciente proceso de homogeneización -estandarización- que genera, paradójicamente, sociedades con mayor multiculturalidad e identidades aún más múltiples, junto con la proliferación de nacionalismos excluyentes y nuevas fronteras internas, principalmente económicas, étnicas y religiosas.
Los principales retos aquí deberían orientarse hacia la creación de espacios de interculturalidad -tanto a nivel global como local- que frenen la creciente segregación social y permitan el encuentro, la interacción, el diálogo y la colaboración entre agentes e instituciones, favoreciendo la emergencia de sociedades interculturales integradas en los nuevos contextos de la globalización, afirmadas en el respeto, la necesidad del Otro, el fomento de la diversidad y la cooperación como paradigma.
Dimensión medioambiental
En este ámbito los efectos rebasan, generalmente, los límites nacionales, favoreciendo múltiples acuerdos internacionales. Las fronteras pueden actuar como “bisagras de buena globalización”, generando nuevas oportunidades para el desarrollo humano y la gobernanza global (Silván, 2008: 24, 25). Con el delineamiento medioambiental del crecimiento tratamos de hacer frente a los problemas derivados del calentamiento global y del agotamiento de los recursos naturales, como consecuencia de la acción antrópica. Estos límites abogan por la instauración de un modelo de desarrollo sostenible y resiliente que garantice la continuidad física de la especie humana a mediano y largo plazo sobre la Tierra. Desde la publicación del seminal artículo de Rockström et al. (2009), la cuestión medioambiental ha cobrado mayor protagonismo tanto en las agendas internacionales como a nivel local y regional. Casi nadie pone en duda los efectos desastrosos del calentamiento global ni la necesidad de frenarlos o de mantenerlos, al menos, dentro de unos límites “aceptables”, imponiéndose la necesidad, cada vez más apremiante e ineludible, de establecer fronteras o límites planetarios al crecimiento “dentro de las cuales la humanidad puede operar de forma segura” (Franchini, Viola y Barros-Platiau, 2017: 182). Rockström et al. (2009) identificaron, concretamente, nueve fronteras que denominaron como: “las precondiciones planetarias innegociables que la humanidad necesita respetar para evitar el riesgo de cambios ambientales catastróficos o deletéreos a nivel global” (cit. por Franchini, Viola y Barros-Platiau, 2017: 183).7
A pesar de su relevancia para “reconstruir la teoría del nuevo capitalismo situándolo en la perspectiva del sutil y precario equilibrio ecológico, [según] la problemática que ha puesto de relieve la nueva tematización del riesgo” (Ramos, 1999: 386), la situación socioambiental no apareció en la agenda de los organismos internacionales hasta principios de la década de los años setenta, coincidiendo con la celebración de la Conferencia de las Naciones Unidas sobre el Medio Humano en Estocolmo (1972). Hasta ese momento, estas cuestiones se consideraban competencia exclusiva de los respectivos Estados nacionales. A partir de entonces, se comenzó a producir una conciencia colectiva sobre dicha problemática, la cual trascendió los marcos nacionales -transcendencia espacial- y fue creando, paulatinamente, una conciencia universal junto a una exigencia de solidaridad intergeneracional -transcendencia temporal- en torno a dicho tema (Franchini, Viola y Barros-Platiau, 2017). Este consenso universal sobre la necesidad de preservar el medio ambiente como requisito indispensable para el futuro de la humanidad se ha ido extendiendo progresivamente, mostrándose de forma explícita en eventos globales de gran transcendencia como las Cumbres de Río (1992, 2012), Johannesburgo (2002) y las Conferencias de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático. En consecuencia, se ha plasmado en acuerdos globales como la Convención Marco de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático (1992-94), y también en el diseño y aplicación de instrumentos cooperativos internacionales, tales como la Agenda 21, el Protocolo de Kioto (1997) o los Acuerdos de París (2015) sin que ello haya supuesto, hasta la fecha, una solución real para el problema medioambiental ni servido para “garantizar el equilibrio del sistema terrestre” (Franchini, Viola y Barros-Platiau, 2017: 180).
En el ámbito de la problemática medioambiental, la realidad es que el protagonismo sigue recayendo en los Estados nacionales, dado que:
son ellos los que establecen los marcos normativos, políticos y burocráticos de las acciones respectivas [de manera que su gestión] se vuelve extremadamente complicada, por el carácter intrínsecamente egoísta del proyecto westfaliano [y por su propensión] a ver las relaciones internacionales como un campo de interacción conflictivo antes que cooperativo. (Franchini, Viola y Barros-Platiau, 2017: 193)
Sin embargo, la naturaleza compleja de la problemática ambiental y el carácter global de la agenda del antropoceno exigen respuestas cooperativas y a largo plazo. Esto nos debería conducir, necesariamente, a la construcción de instancias de gobernanza global. Sin embargo, eso sólo será posible si somos capaces de establecer un vector central que relegue los intereses egoístas y presentistas y se erija como una frontera-horizonte para toda la humanidad, en torno a la que se articulen y sometan los diversos intereses, identidades y particularidades. Sólo así seremos capaces de trascender la preocupante situación actual (Franchini, Viola y Barros-Platiau, 2017).
No obstante, la perspectiva medioambiental no es suficiente en sí misma para comprender y atajar las raíces del problema, a pesar de su relevancia y de haber identificado los límites que no deben ser rebasados, ya que es una variable intermedia, quizá la más transcendente, dado que será el desencadenante de nuevos problemas y consecuencias. A nuestro entender, existen otros factores explicativos más importantes originados en los ámbitos de la economía, la política, la educación y la cultura que podrían ayudarnos a entender mejor las dimensiones de la actual situación y a establecer límites y metas adicionales a los propiamente medioambientales. Estas nuevas fronteras-horizonte están relacionadas con la desigualdad, la gobernanza, la cooperación, el compromiso moral, etc., y se corresponden, en buena medida, con los actuales Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS) de las Naciones Unidas, desglosados en 169 metas a alcanzar, entre las que se encuentran también los retos medioambientales.
Tabla 1 Dimensiones, características y fronteras de la globalización
| Dimensiones | Características | Objetivos (frontera-horizonte) |
|---|---|---|
| Económica | Expansión del modelo capitalista Conexión financiera global Deslocalización de los factores productivos Integración de mercados |
Frenar la creciente marginación y la desigualdad social Garantizar una renta mínima universal de subsistencia Fomentar una economía moral |
| Política | Declive del Estado nación Protagonismo de los entes supranacionales Sistema político multipolar Nacionalismos y populismos emergentes |
Construir un nuevo orden político global. Instaurar una gobernanza multinivel Liberar el poder de lo instituyente |
| Sociocultural | Creciente homogeneización sociocultural Conformación de identidades múltiples, desterritorializadas Surgimiento de sociedades multiculturales Aparición de nuevas fronteras internas: étnicas, religiosas, etc. |
Crear espacios de interculturalidad a nivel local y global (comunidades y sociedades interculturales) Integrar las identidades múltiples en un vector identitario global Fomentar y respetar la diversidad Incentivar la curiosidad por el Otro y la cooperación con él |
| Medioambiental | Agotamiento de los recursos naturales Calentamiento global Crisis de la biosfera |
Implementar un modelo de un desarrollo sostenible y resiliente a nivel global y local Garantizar la sostenibilidad medioambiental del planeta |
Fuente: elaboración propia a partir de la clasificación de Silván (2008)
Estas cuatro dimensiones de la globalización expuestas por Silván aparecen estrechamente imbricadas; las fronteras o límites de la globalización son multidimensionales y están entrelazados de manera compleja y es desde esa complejidad interactiva como debemos abordarlas. Para una mentalidad racionalista al modo occidental, esto implica la necesidad de establecer, al mismo tiempo, límites precisos y metas evaluables. Los límites se transforman en objetivos, en aspiraciones a las que debemos tender; entroncan con los ODS, y suponen un enorme reto que no podemos desatender si queremos hacer frente, de manera consciente y relativamente inteligente, a los desafíos del mundo actual. Desde una óptica no tan racionalista (Ibáñez, 1985; Bergua, 2003), la estrategia sería distinta, aunque se busquen de manera implícita los mismos resultados; ahora ya no se trataría tanto de “imponer un plan al mundo como de confiar en el potencial de la situación [y en la capacidad de] lo instituyente [para] hacer acontecer [mediante una acción social] desligada de lo instituido” (Bergua, 2003: 73). Un singular modo de actuación que, supuestamente, libera las posibilidades de funcionamiento reprimidas, transforma la memoria en conciencia, reconcilia lo instituido y lo instituyente y “se inspira en prácticas chamánicas emparentadas con la magia” (Bergua, 2003: 73).
Ordoliberalismo vs. razón del común
Tan importante como identificar las dimensiones, características, retos y objetivos es conocer la dinámica de las interacciones entre las variables involucradas, así como su efecto ponderado sobre la situación actual -como variable dependiente-. Aunque dicho ejercicio desborda las pretensiones de este artículo, planteamos aquí un esquema ilustrativo de la posible dinámica de tales relaciones.
En última instancia subyace una dimensión ética, moral, vinculada con la educación y la socialización en un sentido amplio, donde se fragua el sistema de valores imperante, la orientación de las acciones y el crédito -legitimación- que otorgamos a la sociedad que construimos y padecemos. Actualmente, nos encontramos en la tesitura de persistir en el mantenimiento de un modelo de sociedad anómica, despersonalizada, individualista y desigualitaria u optar por otro centrado en las necesidades de las personas y en el desarrollo de las potencialidades de la población en general. Aunque ciertamente no todos tenemos la misma capacidad para decidir ni el mismo margen para actuar, los retos deben ser colectivos y vincularse con el desarrollo de una conciencia global que nos permita transcender las diferencias y conformar una nueva moral a escala planetaria; extendiendo la cuestión de las fronteras de la globalización más allá de las cuestiones económicas, políticas, sociales y medioambientales, otorgándoles -a las nuevas fronteras- una impronta humana, universal y desbrozando el camino hacia una sociedad más justa, legítima y democrática que pueda “ser controlable, y que debe ser juzgada por sus efectos sociales” (Fuentes, 2002, citado por Dromi, 2011: 330).
Aparentemente superada la tradicional “lucha de clases” de la época industrial, la sociedad poscapitalista actual parece orientarse hacia una nueva economía moral que, preservando los principales fundamentos del sistema capitalista, propugna una mayor igualdad; lo cual resulta, cuanto menos, paradójico dada su peculiar naturaleza. Según atestiguan Christian Laval y Pierre Dardot (2013), los teóricos del ordoliberalismo -neoliberalismo alemán de la Escuela de Friburgo- nos proponen una economía social de mercado revestida de valores que promueven la libre competencia y la libertad de elegir. Desde esta perspectiva teórica,
el vínculo social no puede reducirse a lo mercantil [si no que debe articularse en torno a unos principios, supuestamente racionales, basados] en la generalización efectiva del modelo de la empresa a escala del conjunto de la sociedad […], una racionalidad que estructuraría tanto la acción de los gobernantes, las instituciones y sus políticas, como la de los gobernados y sus modos de vida, que responderían a una subjetividad contable y financiera. (Laval y Dardot, 2013, citado por Medina-Vicent, 2016: 465)
Este neoliberalismo de nuevo cuño afianza y legitima los principios éticos del capitalismo, desvirtuando la función del Estado social redistributivo, al que se culpa de la desmoralización y de la apatía de la población, haciendo recaer, al mismo tiempo, sobre los propios sujetos, la responsabilidad de su existencia individual y las consecuencias de sus actos. De manera que
si cada uno es responsable de su propio destino, la sociedad no le debe nada, [animando a los sujetos a buscar, constantemente,] la maximización de su propio interés [mediante] un régimen de autodisciplina que manipula las instancias psíquicas del deseo y de la culpabilización […], convirtiendo a los sujetos en empresarios de sí mismos. (Laval y Dardot, 2013, citado por Medina-Vicent, 2016: 464-468)
De acuerdo con lo reseñado por Medina-Vicent (2016) -rememorando a Laval y Dardot, (2013)- la proyección de la lógica capitalista en todos los ámbitos de la actividad humana que nos sugiere el ordoliberalismo “dinamita las bases de las democracias liberales desde dentro” (Medina-Vicent, 2016: 467) y debilita los referentes institucionales y simbólicos que sirven como acicate para configurar la identidad individual y colectiva, provocando diversas patologías sociales, así como “la inestabilidad de los entornos laborales y la detonación de crisis personales” (Medina-Vicent, 2016: 467), conformando neosujetos a la deriva, sometidos a una presión contante que fluctúa entre la perversión -el éxito- y la depresión -el fracaso-. Afortunadamente, esta razón-mundo neoliberal no es omnipresente ni eterna sino “un producto histórico [característico] de unas condiciones singulares” (Medina-Vicent, 2016: 468); y dado que es contingente, puede ser, y sin duda será, sustituida por otra razón del común o conciencia colectiva diferente (Medina-Vicent, 2016: 468). Christian Laval y Pierre Dardot (2013), abogan, en definitiva, por la necesaria redefinición del actual sujeto moral, bajo la premisa de que
el sujeto siempre está por construir [y dado que] la subjetivación individual está atada a la colectiva, debemos afanarnos, pues, en desarrollar esta subjetividad colectiva para que la primera también se transforme. (Laval y Dardot, 2013, citado por Medina-Vicent, 2016: 468)
La educación y, en su sentido más amplio, los procesos de socialización a los que están sometidos los individuos, juegan un papel fundamental en estos procesos. La gobernanza deberá enfilarse, principalmente, hacia un cambio de mentalidad y del sistema de valores que generen una nueva conciencia social inclusiva, asentada en la reflexividad, la equidad y el respeto a la naturaleza (Latour, 2019).
En el proceso de conformación de esa nueva razón del común, el papel desempeñado por los sujetos será crucial para poder superar determinadas formas de poder y resistencia, provenientes tanto del propio sistema como de la mentalidad característica moldeada por el capitalismo. Para ello, Laval y Dardot nos sugieren que utilicemos
el concepto de contra-conducta de Foucault, [para] reafirmar una posible lucha subjetiva contra la gubernamentalidad neoliberal [mediante] la resistencia al poder a través de una negativa a conducirse uno/a mismo/a como empresa de sí y otra negativa a conducirse con respecto a los/ as otros/as, según el principio de competencia. (Laval y Dardot, 2013, citado por Medina-Vicent, 2016: 468)
Esta razón del común tendría que conformarse mediante la construcción de espacios propicios para la interacción y la convivencia intercultural a niveles global y local, como modelos alternativos al capitalismo moral-empresarial. Para Márquez de la Rubia (2017) esto conlleva un creciente protagonismo de la sociedad civil y un mayor relegamiento de las competencias tradicionales de los Estados en favor de instancias supranacionales y subnacionales, que puede verse favorecido por la existencia de herramientas tecnológicas que pueden facilitar la gestión y la participación compleja y descentralizada de la ciudadanía, propiciando el advenimiento de una “sociedad cooperativa [de] individuos interconectados que no necesitan vínculos estatales” (Márquez de la Rubia, 2017: 76), estructurada a nivel transnacional sobre cánones democráticos y funcionales, siendo la Unión Europea un ejemplo precursor de la globalización institucional.
Este será, sin duda, un proceso dilatado en el tiempo y estará plagado de obstáculos que requerirán de la acción conjunta y decidida de los Estados, las Organizaciones Internacionales y los sujetos para “abordar la reforma del sistema con criterios éticos y de largo plazo [Todo ello implica la puesta en marcha de] políticas para un crecimiento sostenible, equitativo, transparente, participativo y democrático [que persigan un desarrollo integral, beneficie al conjunto de la sociedad y] permitan que todos tengan la oportunidad de mejorar sus vidas” (Márquez de la Rubia, 2017: 77); en definitiva, una globalización ética y social “con un rostro más humano” (Márquez de la Rubia, 2017: 78) que nos lleve hacia nuevas formas de habitar la Tierra (Latour, 2019).
Hacia una gobernanza global
Según Gómez de Ágreda (2011), el mundo actual sí da para todos, “pero sólo si lo gobernamos como un mundo y no como un puzle de intereses contrapuestos” (Gómez de Ágreda, 2011: 62). Para ello una exigencia sería cambiar la mentalidad individualista -capitalista- por otra cooperativa -socialista-, porque “nuestra prosperidad depende de la que tenga nuestro semejante” (Gómez de Ágreda, 2011: 62). Hablamos de una prosperidad, no sólo económica, que debería permitirnos, a todos sin excepción, ejercer nuestra libertad con dignidad. Este enfoque pone el punto de mira en la persona y propugna el advenimiento de un gobierno global que sea reflejo de la sociedad actual; y para conseguirlo es necesario imaginar y poner en práctica nuevas instituciones y formas de gobernarnos que transciendan los límites de los Estados nacionales y nos permitan hacer frente a problemas comunes como el terrorismo, la sobrepoblación, la pobreza o el cambio climático.
Según Franchini, Viola y Barros-Platiau (2017), la gobernanza del antropoceno será el principal desafío de las sociedades en la primera mitad del siglo XXI. Para ello se requiere “la internalización de las fronteras planetarias en los principios y comportamiento de las principales organizaciones.” (Franchini, Viola y Barros-Platiau, 2017: 181). En este sentido, sería necesario reformar gradualmente la Asamblea General de las Naciones Unidas (AGNU) para convertirla en
un parlamento mundial representativo de la población global, abandonando la actual representación de estados nacionales, […] adaptar Naciones Unidas y, en general, las instituciones surgidas de Bretton Woods [a la] necesidad de una nueva gobernanza internacional que sea capaz de lidiar con las tendencias hacia un constitucionalismo antidemocrático y de] organizar una gobernanza efectiva, de carácter inclusivo, que mejore la vida de todas las personas y no solo la de unos pocos. (Márquez de la Rubia, 2017: 69)
Si esto no se realiza correctamente, el fenómeno del nacionalismo resurgirá con fuerza, dado que la no gobernanza o la mala gobernanza conducen al desinterés por la política en general y al florecimiento de ideologías y organizaciones excluyentes que ya dábamos por superadas.
Ante esta situación, se impone la necesaria transmutación de las actuales “identidades soberanistas” -nacionalistas- hacia identidades globales, así como la reforma del actual sistema de relaciones internacionales, asentado en una división dicotómica del mundo -ricos/pobres- y en la obsolescencia de las grandes organizaciones (Franchini, Viola y Barros-Platiau, 2017). Dicha transición resultará profundamente problemática por varias razones. Entre ellas habría que resaltar, en el ámbito de las relaciones internacionales, la prevalencia de los intereses particulares, ligados a una lógica soberanista-westfaliana que, además de ser incompatible con la gobernanza del antropoceno, contribuye al distanciamiento entre países, simplifica sobremanera el campo de sus relaciones y legitima la profunda brecha existente entre ellos (Franchini, Viola y Barros-Platiau, 2017).
Para Ostrom (1990, 2010), los principales obstáculos a los que se enfrenta la construcción de esta gobernanza policéntrica global son de naturaleza intangible y provienen, al menos parcialmente, de un dilema social que ofrece incentivos negativos para la cooperación entre los agentes, al tiempo que alienta los comportamientos de libre interpretación (Nordhaus, 2014), produciendo un sistema de relaciones internacionales asentado sobre intereses egoístas, soberanistas y cortoplacistas, cuando la lógica de la gobernanza global exige compromisos universales proyectados en el largo plazo. En esta misma senda, siguiendo a Giddens (2009), Franchini, Viola y Barros-Platiau (2017) argumentan que la principal dificultad para desarrollar esta nueva gobernanza se encuentra dentro del propio agente y puede ser definida como inmediatismo, que podríamos definir como: la tendencia del ser humano a reaccionar automáticamente “frente a amenazas inmediatas o frente a extremos de inmoralidad” (Franchini, Viola y Barros-Platiau, 2017: 198). Sin embargo, cuando las amenazas no son inmediatas, sino que se producen de manera indeterminada, y sus efectos no son palpables o evidentes de inmediato, los agentes no son proclives a modificar sus conductas, sobre todo si eso conlleva la renuncia a gratificaciones inmediatas en pro de supuestos beneficios futuros, aunque estos sean sustantivos. Esta característica del comportamiento individual se reproduce, al parecer, a nivel institucional y “se traslada, de manera casi automática, a las principales estructuras sociales” (Franchini, Viola y Barros-Platiau, 2017: 198).
El problema radica en que actualmente la mayoría de los agentes -públicos y privados- no operan con un ideario convergente con la construcción de bienes universales, sino con una lógica de otros tiempos y, en consecuencia, el actual orden internacional “es incapaz de responder a los desafíos de la interdependencia, que demandan cada vez más gobernanza global” (Franchini, Viola y Barros-Platiau, 2017: 184). El desarrollo y la implementación de mecanismos efectivos para una gobernanza global se ven entorpecidos, además, por las propias instituciones -tanto internacionales como domésticas- y “transcender este límite implica cambios profundos de comportamiento, tanto individual como colectivo [y] el abandono progresivo del soberanismo como patrón arquetípico del comportamiento de los Estados en el escenario internacional” (Franchini, Viola y Barros-Platiau, 2017: 181). Por otra parte, el auge de neonacionalismos y populismos en el seno de las democracias occidentales complica aún más la situación y refuerza este sistema de relaciones internacionales de carácter conservador.
¿De dónde provendría esta necesaria fuerza transformadora? Joaquín Debaz y Francis Chateauraynaud (2017) detectan la existencia de innumerables contraantropocenos en los intersticios de lo social, manifestados en forma de silenciosos movimientos de resistencia que crean otras maneras de actuar y de percibir el mundo, tratando, de manera inconsciente, de contrarrestar los efectos devastadores de la hibris -desmesura- tecnoindustrial.
Podemos considerar contraantropoceno a cualquier intento social y conscientemente organizado para mitigar el impacto del ser humano sobre el planeta. Dicho concepto aglutina a una gran variedad de ideologías, experiencias y movimientos sociales: ecologistas, feministas, pacifistas, movimiento antiglobalización. La mayoría de los cuales surgieron en la segunda mitad del siglo XX como reacción a un sistema capitalista expansivo, violento, depredador y cada vez más globalizado. Estos contraantropocenos comparten un ideario común -altermundista-, una filosofía política de la convivencia -convivialista- conformada en torno al ecologismo y al nuevo humanismo, abogan por una sociedad más justa e integradora, por limitar el poder de las multinacionales, democratizar las instituciones y lograr una distribución más equitativa de la riqueza, al tiempo que promueven un pluriversalismo -universalismo plural- que favorece y fomenta el diálogo pacífico entre diferentes culturas, ideas y religiones. Son movimientos convergentes -en contra del neoliberalismo- que actúan generalmente a nivel local pero, al mismo tiempo, suelen estar organizados en red y mantienen entre sí vinculaciones diversas a través de plataformas tales como la Acción Global de los Pueblos contra el Libre Comercio o el Foro Social Mundial (FSM), en las que se integran centros sociales autogestionados, anarquistas, okupas, asociaciones sindicales obreras, desempleados, partidos ecologistas, representantes de poblaciones indígenas, organizaciones campesinas, defensores de la agroecología, de la filosofía del buen vivir, etc. ¿Dónde se localizan actualmente estos movimientos de resistencia? Aunque muchos de ellos suelen tener una sede, una ubicación física, todos están, en mayor o en menor medida, insertados en Internet.
Según el filósofo Luc Ferry, en las primeras décadas del siglo XXI, las plataformas digitales han operado una verdadera transformación de nuestras vidas, hasta el punto de que podríamos hablar de una “tercera revolución industrial” que podría permitirnos imaginar una organización al margen del sistema capitalista, del Estado y del Mercado. Dicha revolución, independientemente de que suponga o no el eclipse del modelo capitalista, produciría una estructura económica y social mucho más reticular, versátil, diversa y descentralizada, generadora de una “formidable desregulación social” (Márquez de la Rubia, 2017: 70). En el horizonte inmediato se vislumbra, pues, la necesidad de establecer un “nuevo contrato social”, en el que la tradicional figura del Leviatán vendrá a ser sustituida por la incertidumbre y por el miedo a las consecuencias de no actuar.
Conclusiones
La primera conclusión que se desprende del presente trabajo es la constatación de que, en muchos sentidos, el mundo actual se transforma a pasos agigantados, conformando una coyuntura histórica nueva, singular y trascendental que solemos identificar, de manera genérica, con el nombre de globalización. Cada vez más, y cada vez más deprisa, nuestro presente y nuestro futuro están influenciados y determinados por las acciones humanas, hasta el punto de que algunos teóricos lo consideran como lo más característico de una nueva época -el antropoceno- en la que las acciones humanas y sus consecuencias, previstas e imprevistas, juegan un papel determinante en la historia y el futuro de la humanidad.
La naturaleza de este fenómeno es compleja y su devenir incierto, fluctuante, amenazante. Actualmente, la tecnosfera campea a sus anchas de la mano de la ciencia y la tecnología, hasta el punto de sentir que vivimos en un mundo desbocado, en el que imperan el desgobierno y las contradicciones; un mundo que se nos está yendo de las manos. Ante esta situación no deberíamos quedarnos de brazos cruzados; debemos actuar porque únicamente nosotros, los humanos, tenemos la capacidad para hacerlo de manera incisiva. Nuestras acciones deberán ser intencionales, asentadas en un conocimiento reflexivo sobre la realidad que nos ayude a domeñarla en un sentido determinado, con nuevos principios éticos o morales.
Las dimensiones y las causas de la situación actual son múltiples y se relacionan entre sí de manera compleja. En este trabajo nos hemos servido de una tipología simplificadora que disecciona y reorganiza la realidad en cuatro dimensiones básicas: económica, política, sociocultural y medioambiental. A la hora de comprender y explicar la dinámica interna de la globalización, damos prioridad a los aspectos intangibles que determinan, en última instancia, el sentido y el valor de las acciones humanas.
Utilizamos el concepto de frontera-horizonte para dar cuenta de una nueva realidad en la que coexisten las tradicionales fronteras de los Estado nación con las nuevas fronteras de la globalización, las cuales pueden interpretarse como límites y como retos que se proyectan hacia dentro y hacia fuera de la humanidad como un todo. Quizá sea en el ámbito medioambiental donde mejor se percibe esa frontera-horizonte, favorecedora de acuerdos globales sobre límites que no podemos traspasar y retos que tenemos que asumir, para implementar un modelo de desarrollo que asegure la sostenibilidad medioambiental y la persistencia de la vida humana en este planeta.
En el campo de la socioeconomía, debemos poner freno a la creciente marginación y desigualdad social, garantizando una renta universal de subsistencia, facilitando el acceso al trabajo y fomentando una economía moral, redistributiva y equitativa. A nivel político, se trata de construir un nuevo orden político, representativo y democrático que trascienda el actual sistema de relaciones internacionales westfaliano y trabaje para instaurar una gobernanza global, actuando en los ámbitos global y local al mismo tiempo. Una gobernanza “desde arriba” orientada a la creación de un gobierno mundial multinivel, asentado sobre nuevos parámetros éticos y morales, alejados del “inmediatismo”, de los “comportamientos de libre interpretación” y de las propuestas del ordoliberalismo. Esta gobernanza “desde arriba” tiene que complementarse con una gobernanza “desde abajo”, capaz de liberar el poder de “lo instituyente” mediante una “anamnesis” transformadora, generadora de una nueva conciencia social, de comunidades resilientes e inclusivas ligadas por un compromiso moral universal. En el ámbito sociocultural tenemos que integrar las vivencias e identidades múltiples en un vector identitario global, creando espacios de interculturalidad que propicien el convivialismo, fomentando la diversidad e incentivando la curiosidad por el Otro y la cooperación con él.
Sin obviar, en absoluto, lo determinante de las condiciones materiales de la existencia ni la importancia de la acción política organizada, consideramos que las raíces de la situación actual se encuentran, en última instancia, en la conciencia y en los valores de la gente, los cuales son siempre conformados mediante la educación. Es a esos valores hacia los que tenemos que adentrarnos si queremos incidir, verdaderamente, en las causas profundas de la situación para obtener alguna posibilidad de modificarla. Querámoslo o no, actualmente nos encontramos en una encrucijada y, querámoslo o no, tenemos que hacer frente a esta disyuntiva fundamental: o aprendemos a conducirnos con nuevos principios ético-morales como humanidad y a actuar en consecuencia o nos preparamos para perecer como especie, asfixiados por las consecuencias de nuestros propios actos.















