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Historia mexicana

versão On-line ISSN 2448-6531versão impressa ISSN 0185-0172

Hist. mex. vol.75 no.2 Ciudad de México Out./Dez. 2025  Epub 22-Set-2025

https://doi.org/10.24201/hm.v75i2.4816 

Reseñas

Sobre Rafael Archondo y Gonzalo Mendieta, Salir del paso. Tres décadas de violencia revolucionaria en Bolivia 1967-1997

María Teresa Zegada Claure1 

1Universidad Mayor de San Simón

Archondo, Rafael; Mendieta, Gonzalo. Salir del paso. Tres décadas de violencia revolucionaria en Bolivia 1967-1997. La Paz: Plural Editores, 2023. 458p. ISBN: 978-991-762-563-6.


Navegar en el libro de Archondo y Mendieta es un desafío para los bolivianos, porque nos obliga a encarar cuatro episodios sombríos de la historia de la segunda mitad del siglo XX, que si bien tienen orígenes ideológicos comunes y todos ellos han resultado fallidos, han impactado de diversas maneras en la realidad inmediata.

En términos metodológicos, el texto se mueve entre la investigación histórica, el ensayo político, y una no muy explícita mirada sociológica dirigida a analizar la dinámica de las organizaciones y movimientos políticos “revolucionarios” de la época que contrasta con sus discursos, ideología e intenciones.

La riqueza de los detalles con que se describe a los personajes centrales es una de las virtudes del libro, sobre todo en el seguimiento a sus trayectorias y derivas. Entendemos que la rigurosidad de los autores parte de la selección de cada uno de ellos, y luego, del análisis del papel que jugaron en cada evento. Así los autores nos llevan a recorrer estos momentos históricos particulares de la mano del Che Guevara, Regis Debray, Mario Monje, o Simón Reyes en un caso; Néstor Paz Zamora y el grupo de jóvenes de clase media urbana que se aventuraron en Teoponte en un segundo momento, o de quienes hasta hace muy poco fueron protagonistas de la vida política boliviana, como Álvaro García Linera o Felipe Quispe -el Mallku-, abordados en el último episodio liderado por el denominado Ejército Guerrillero Tupac Katari (EGTK). A ello se suma el recorrido de actores internacionales relevantes de países como Cuba y sus aliados, Perú (en el caso del MRTA), o con argentinos que se convirtieron en “amigos” de estos grupos; pero también están los “enemigos” como la CIA y funcionarios estadounidenses, entre otros. En todo caso, incluir actores del contexto internacional enriquece la comprensión de los hechos, pues enmarca la reflexión en procesos impactantes de más larga data, como la Guerra Fría o la era de los populismos nacionalistas de mitades del siglo pasado en América Latina. Para comenzar, ¿qué nos sugiere el título de la obra: Salir del paso?

Esta frase, de uso coloquial cotidiano, se convierte en una estrategia o, en su caso, en una táctica para enfrentar una situación difícil o a un adversario concreto; en otras palabras, salir del paso es sortear la realidad, intentar mover el escenario y adecuarlo convenientemente a los propios intereses. El punto crítico de esta estrategia se produce cuando “salir del paso” conduce a desconectarse de la realidad y actuar en función de una construcción subjetiva de los hechos, que es lo que sucedió con los movimientos denominados guerrilleros o revolucionarios que emergieron durante las tres últimas décadas del siglo XX.

Por otra parte, los autores denominan a estas iniciativas como “violencia revolucionaria”, pero, ¿cómo podemos o debemos caracterizarlas? En otros textos o reconstrucciones históricas se las califica como “terroristas”, “foquistas” o “brotes guerrilleros”. No cabe duda de que son violentos, pero la pregunta central es si son realmente revolucionarios. ¿Por qué los definiríamos así? ¿Por su ideología? ¿Por los repertorios de movilización que protagonizaron? ¿Por la personalidad y trayectoria previa de sus líderes? ¿Por sus entornos y seguidores? ¿Por sus efectos? No hay una respuesta clara a lo largo del libro, y más bien su denominativo parece algo contradictorio con las conclusiones a que arriban.

Hay que recordar que el lenguaje no es un detalle menor, pues se nombra la realidad para resignificarla y reproducirla, y también sirve para (re)presentarla y (re)crearla. Como afirmaba Roland Barthes, al utilizar el lenguaje para comunicar “rehacemos el acontecimiento añadiendo inevitablemente la percepción personal que tenemos del hecho”.

Otro punto importante, que es encarado de manera adecuada por los autores, es referirse de manera permanente a los contextos en que suceden los hechos. En el caso que nos ocupa, el primer suceso analizado, la guerrilla del Che, se inserta en el gobierno militar dictatorial de Barrientos Ortuño, fuertemente secundado por la CIA y el gobierno estadounidense, por tanto se establece con claridad una relación amigo-enemigo. En cambio, en el segundo caso, la guerrilla de Teoponte parece sólo estar enfrascada en dar continuidad a Guevara, pues estalla en un momento aparentemente ignorado por los protagonistas, en que se había recreado el oleaje del nacionalismo revolucionario de la revolución de 1952 durante los gobiernos de militares progresistas de “izquierda” como Ovando y Torres.

Por su parte, el Ejército Guerrillero Tupac Katari (EGTK) y la Comisión Néstor Paz Zamora (CNPZ), que irrumpen durante la década de los noventa, entran en colisión con un momento de consolidación de la democracia representativa en Bolivia que fue producto de las luchas sociales; por esta razón se juzgan como acciones innecesarias debido a la vigencia de libertades civiles y participación social regulada. Evidentemente, los contextos tienen estrecha relación con las características y derroteros de estos brotes.

Un elemento común en el origen de estas iniciativas “revolucionarias” es buscar soluciones a la situación de pobreza y exclusión en que se debatía -y aún se debate- el pueblo boliviano. De hecho, las precarias condiciones de un país marcado por la primarización de la economía, la pobreza, la desigualdad y el colonialismo, pero sobre todo la escasa e ineficaz institucionalidad estatal, han conducido en reiteradas ocasiones a que los problemas se trasladen y resuelvan en las calles, por la vía de la protesta, la presión y la fuerza. Por esta razón, existe un alto grado de politización de la sociedad y de los sindicatos obreros y campesinos, que se ha acumulado a lo largo de la historia. La revolución del 52, la reconquista de la democracia a fines de los setenta, o el ciclo de protestas de inicios del siglo XXI que propiciaron cambios profundos, son justamente producto de las movilizaciones sociales en las calles.

Lo anterior es importante porque es preciso diferenciar estos acontecimientos colectivos con gran impacto político que forman parte del acervo de la cultura política boliviana, de los intentos -ciertamente aislados- de los focos subversivos o de “violencia revolucionaria” que son narrados en este texto.

Otro tema polémico abordado en el libro está referido al papel ciertamente marginal de los partidos políticos en este tipo de si tuacio nes. Los autores llaman la atención sobre la tensión y quiebre que hubo, por ejemplo, durante la guerrilla de Ñancahuazú entre el Partido Comunista Boliviano, aliado natural del movimiento subversivo, y el destino fallido del acuerdo, el cual se sintetiza en el diálogo entre sus máximos representantes, pues mientras el Che le decía al principal dirigente del PCB: “Tú tienes miedo”, éste le respondía: “y tú eres un suicida” (frases extraídas del texto).

Un último apunte tiene que ver con el sentido de la o las violencias políticas, y para ello citamos a la autora Hanna Arendt cuando escribe sus reflexiones sobre violencia y poder. Ella afirma contundentemente que la violencia por sí misma no produce revoluciones ni grandes transformaciones porque, algo que olvidan quienes se embarcan en estos episodios, es que se requieren condiciones históricas determinadas. La autora se refiere a que, para el éxito de la violencia política, es necesaria una previa desintegración del sistema, la erosión de la autoridad de gobierno y el quiebre de la legitimidad social. Estas ideas nos remiten al fondo del problema, que es la disputa por el poder; en ese sentido ella afirma que “más importante que la violencia es el poder; cuando no se tiene poder, todo acto de violencia es irrelevante en términos de transformación”.

La autora advierte que, si no se toman en cuenta estas condiciones previas, los medios violentos son no sólo ineficaces a largo plazo, sino que incluso puedan obrar contra los mismos fines o proyectos que los habrían motivado. “La sustancia misma de la acción violenta se rige por la categoría del fin y los medios, cuya principal característica, cuando se aplica a los asuntos humanos, ha consistido siempre en que el fin corre peligro de ser superado por los medios que justifica y que son necesarios para alcanzarlo”, sostiene.

En la misma línea, Arendt enfatiza en que “un hecho violento debe gozar de cierta legitimidad, de lo contrario está condenado al fracaso”. Como señalan los autores en el caso de los acontecimientos analizados, “el ELN, el EPLN y el EGTK, se propusieron desencadenar una guerra y hacerse del control del poder político. Tras ese salto, esperaban cambiar la vida de los bolivianos. Fueron ensayos fallidos”, porque no fueron acompañados por la sociedad o sectores sociales comprometidos; por tanto, carecían de poder y legitimidad. Es más, en esos casos, violencia y política podrían ser contradictorios. Al respecto, Archondo y Mendieta concluyen: “[…] de manera esquemática afirmamos de partida que cuando la política abre sus puertas a la violencia, suele convertirse en ‘otra cosa’”.

En definitiva, la complejidad de la realidad sociopolítica boliviana deja siempre la sensación de que transitamos por caminos incompletos, soluciones pendientes, tensiones irresueltas, que una y otra vez vuelven a golpear nuestras puertas para buscar ser atendidas ya sea mediante el diálogo, casi siempre a través de la movilización social o la violencia abierta. El libro permite el acercamiento a una de estas aristas importantes y algo olvidadas para recordarnos esta complejidad.

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