SciELO - Scientific Electronic Library Online

 
 número30El monstruo que nos habita: una aproximación al concepto de paternidad en la obra de Rita Indiana Hernández y María Fernanda AmpueroEspacios urbanos desde la focalización infantil. Una mirada al cuento “A los pinches chamacos” de Francisco Hinojosa desde la econarratología índice de autoresíndice de assuntospesquisa de artigos
Home Pagelista alfabética de periódicos  

Serviços Personalizados

Journal

Artigo

Indicadores

Links relacionados

  • Não possue artigos similaresSimilares em SciELO

Compartilhar


Connotas. Revista de crítica y teoría literarias

versão On-line ISSN 2448-6019versão impressa ISSN 1870-6630

Connotas. Rev. crit. teór. lit.  no.30 Hermosillo Jan./Jun. 2025  Epub 12-Maio-2025

https://doi.org/10.36798/critlit.i30.528 

Notas críticas

La literatura regional como objeto de estudio: las memorias literarias locales

Regional literature as an object of study: local literary memories

Carlos Ramírez Vuelvas1 
http://orcid.org/0000-0002-1423-3521

1Universidad de Colima, México carlosvuelvas@ucol.mx


Resumen:

Este trabajo sintetiza distintas definiciones de literatura regional desde tres perspectivas: la ubicación sociocultural, el uso de códigos específicos del lenguaje y la referencia a un patrimonio cultural determinado. Por otra parte, al vincular una variable espacial y otra histórico temporal en la definición de literatura (si se conceptualiza una historia literaria regional, que es la orientación que sigue este trabajo), el problema epistemológico implica reflexiones teórico metodológicas desde los estudios literarios, las ciencias del lenguaje y las ciencias sociales. De esta manera será posible generar definiciones complejas de literatura regional, que al mismo tiempo trasciendan el paradigma “centro contra margen” propio de las historias socioculturales. Así, al revisar distintas postulaciones teóricas, provenientes de los ámbitos mencionados, se propone el uso de memoria literaria como una categoría que permitiría la comprensión de las expresiones literarias, además de los discursos y los archivos textuales de una región -que participan en el devenir del patrimonio y la memoria cultural de una comunidad-, sin depender del control institucional de su interpretación o de los juicios de valor estético.

Palabras clave: teoría literaria; identidad cultural; patrimonio cultural; patrimonio simbólico

Abstract:

This work synthesizes different definitions of regional literature from three perspectives: sociocultural location, the use of specific language codes and reference to a specific cultural heritage. On the other hand, by linking a spatial variable and another historical-temporal variable in the definition of literature (if a regional literary history is conceptualized, which is the orientation followed by this work), the epistemological problem implies theoretical-methodological reflections from literary studies, language sciences and social sciences. In this way it will be possible to generate complex definitions of regional literature, which at the same time transcend the “center versus margin” paradigm, typical of sociocultural histories. Thus, by reviewing different theoretical postulations, coming from the aforementioned areas, the use of literary memory is proposed as a category that would allow the understanding of literary expressions, in addition to the speeches and textual archives of a region -which participate in the future of the heritage and cultural memory of a community-, without depending on institutional control of its interpretation or on judgments of aesthetic value.

Keywords: literary theory; cultural identity; cultural heritage; symbolic heritage

Preámbulo

Frente a las dificultades para definir la literatura regional, en este trabajo se revisan tres aproximaciones conceptuales como orientación teórica para discernir la relación de la obra literaria con el contexto cultural: ya sea por la ubicación sociocultural del discurso (la literatura escrita por mexicanos), por los códigos literarios de una lengua específica (la literatura escrita en el español de los mexicanos) o por la referencia pragmática al patrimonio literario de una comunidad (la literatura de México o de lo concerniente a la cultura mexicana). Es importante señalar que la memoria literaria y la historia literaria nacional son categorías que no suponen jerarquías, sino una función operacional en la investigación literaria, y que no involucran a los sistemas literarios en lenguas aborígenes.

Las literaturas regionales se ubican al margen de lo que Frank Kermode denominó el “control institucional de la interpretación” (91), la fijación canónica de la obra literaria en la historia cultural de una sociedad. Las literaturas regionales, además de expresar cualidades artístico literarias, manifiestan testimonios y archivos que describen la vida social de una comunidad y la continuidad de su devenir histórico, por lo que participan en el patrimonio y la memoria cultural de esa comunidad. En ese sentido, como se verá adelante, las memorias literarias son una categoría interpretativa que posiciona a la literatura como testimonio sociohistórico y como discurso estético, por lo que su estudio cruza metodologías sociales, históricas, lingüísticas y literarias, sin depender de las condicionantes de la interpretación canónica.

En resumen, como ya se mencionó, en el siguiente trabajo propongo una revisión de tres grandes perspectivas teóricas utilizadas de manera regular para definir a la literatura regional: 1) la ubicación sociocultural del discurso, 2) la función literaria en los códigos de una lengua y 3) la referencia pragmática al patrimonio literario de una comunidad. En la disertación de esas posturas teóricas propongo la categoría de “memoria literaria” como una estrategia metodológica de inclusión de los distintos discursos que dan continuidad a la vida cultural de una comunidad, sin depender del juicio estético del sistema literario institucional para su reconocimiento (o no) como prácticas literarias.

Es necesario hacer un par de aclaraciones al margen antes de continuar: las literaturas regionales también se han adjetivado como “provinciales”, “populares”, “locales”, “menores” o “cercanas”, entre otras denominaciones que aquí usaré de manera sinonímica. Además, la mayoría de mis ejemplos se refieren a la historia de la literatura mexicana y su relación con las literaturas regionales de este país, porque es el patrimonio literario más cercano a mi formación y que mejor conozco, aunque las hipótesis expuestas podrían situarse en otros contextos territoriales.

La invención de la tradición: para una ubicación sociocultural del hecho literario (la literatura escrita por mexicanos en México)

Si el estudio de las literaturas regionales es un problema de los estudios literarios, habría que considerar la opinión de varios estudiosos contemporáneos de la historia literaria -de Hans Robert Jauss a Luis Beltrán Almería - quienes señalan su descrédito respecto al ascenso teórico de las perspectivas de interpretación especulativa de la literatura. Por extensión, podríamos sugerir que lo mismo ha sucedido con la crítica textual y que, en consecuencia, en los estudios literarios sobre las literaturas regionales también predominan las metodologías especulativas de interpretación.

Sin embargo, los mismos estudiosos arguyen que es inevitable la fijación cronológica de obras y autores para fijar su sucesión analítica, “ordenando su material según tendencias generales, géneros y ‘demás’, para tratar enseguida bajo esos epígrafes cada una de las obras en sucesión cronológica. La biografía de los autores y la valoración del conjunto de su obra aparecen en tales casos unas veces sí, y otras no” (Jauss 153). Con ello también se acentúa la perspectiva histórica de la filología para el estudio de las literaturas regionales, para fijar su historia y el sistema que las compone. De esta manera, se establecería un corpus para su posterior interpretación.

En la evolución de los estudios de la historia literaria durante el siglo XX (entre el historicismo positivista, el formalismo estructuralista y la sociología de la cultura), la historia literaria va aparejada con la historia cultural, aun sin depender de ella, ya sea porque se reconozca la inmanencia de su valor estético o porque su propio valor estético es una episteme en su acepción clásica: conocimiento analítico aceptado como verdad. La historia literaria es consecuente con la historia cultural porque también se ocuparía de las interpretaciones culturales de la experiencia histórica de una comunidad (desde la experiencia de la literatura), como los discursos, las palabras y las expresiones humanas sobre la realidad, que de igual forma han sido objeto de los estudios literarios con perspectiva culturalista (Pesavento).

En este nivel teórico es inevitable la vinculación de las ciencias sociales con los estudios literarios para fijar los problemas de investigación planteados por la historia literaria. Esta disposición al diálogo disciplinar fue explorada, a partir del giro epistemológico de los historiadores franceses de la Escuela de los Anales en la década de los treinta del siglo XX, por los investigadores sociales Lucien Febvre y Marc Bloch, quienes modificaron la filosofía de la historia -fijada a partir de los grandes acontecimientos políticos, militares o económicos- por la comprensión de una historia integral o global de la sociedad (Aurell Cardona 95-96). El cambio epistemológico de los estudios históricos acudió al bagaje teórico de otras disciplinas de las ciencias sociales -como la geografía, la sociología, la antropología y la etnografía- para ampliar y precisar los objetos de estudio de la historia.

De igual forma, la Escuela de los Anales recurrió a la literatura y a los testimonios orales (además de otras expresiones artístico culturales) como fuentes históricas de una comunidad, lo que significó una revaloración epistemológica de los discursos estéticos para comprender la historia social. En consecuencia, la historia literaria requeriría del análisis, la interpretación, el fomento y la preservación de las literaturas regionales, o de la memoria literaria regional, para comprender una cultura nacional, como un replanteamiento del objeto de estudio de la literatura asociada a un problema estético y a un problema cultural.

Sin embargo, en su propia trayectoria histórica, los estudios literarios en lengua española han desarrollado un andamiaje teórico metodológico para la fijación y la interpretación de la historia con valores hermenéuticos (Beltrán Almería). En el contexto de los estudios literarios en Iberoamérica, la continuidad de esta tendencia metodológica cuestiona (cuando no ignora) la presencia de expresiones literarias marginales en la historia literaria nacional, porque privilegia los corpus literarios canónicos. Por ello, no resultan raras las palabras del historiador literario mexicano José Luis Martínez, planteadas con cierto tono provocador: “Parece necesario, en efecto, que sea posible distinguir en el cuerpo total de la literatura mexicana, cada uno de los matices con que contribuyen nuestras más diferenciadas regiones geográficas” (454).

En ese mismo sentido, con una postura crítica, el investigador literario brasileño Antonio Cándido, al apuntar las desventajas de la producción literaria en las regiones económicamente subdesarrolladas (analfabetismo, debilidad cultural, precariedad en los medios de comunicación de masa y público literario restringido), plantea que:

es forzoso aceptar que, justamente porque la literatura desempeña funciones en la vida de la sociedad, no depende sólo de la opinión crítica que el regionalismo exista o deje de existir. Existió, existe y existirá mientras haya condiciones como las del subdesarrollo, que fuerzan al escritor a enfocar como temas las culturas rústicas más o menos al margen de la cultura urbana. (534)

Estas aseveraciones desvelan la compleja relación entre las literaturas regionales y la composición (intra)canónica de la literatura nacional. Parecería una labor inacabable no sólo interpretar el caudal de producción literaria de un país con 125 millones de habitantes como México, su mera indexación supone edificar una infraestructura epistemológica que permita catalogar un patrimonio literario de enormes proporciones. El reconocimiento y descripción de una literatura nacional desde su ubicación sociocultural requiere la investigación exhaustiva de las distintas regiones que la integran o, como prefiere llamarlas Belem Clark de Lara (2009), de los momentos axiales y la confluencia de puntos nodulares de una cultura literaria.

En la experiencia de los estudios literarios es evidente la dialéctica entre las literaturas regionales y la fijación canónica de la literatura. La paradoja plantea una respuesta crítica frente al problema sociológico del dominio institucional de la interpretación literaria, ¿y si la literatura regional expresa valores estéticos diferentes a los difundidos por la literatura canónica? ¿Y si la literatura regional no se conoce debido a las “condiciones del subdesarrollo”, como llamó Antonio Cándido a los problemas de mediación y agencia social de la literatura? Los estudios literarios de una nación, fundamentados en la historia literaria de las regiones que la componen, son anteriores a la valoración estética o a la interpretación hermenéutica, porque el juicio de los estudios literarios incluye (aún sin comprenderla) la tradición literaria de las comunidades a las que pertenecen.

Deleuze y Guattari leyendo a Kafka: los códigos de la función literaria en una lengua específica (por ejemplo, la literatura escrita en el español de los mexicanos)

A finales del siglo XX, la interpretación de Gilles Deleuze y Félix Guattari sobre la obra literaria del escritor checo Franz Kafka complejizó la categoría de “literatura menor”, al analizar los códigos de literariedad de una lengua menor imbricada en la cultura dominante de una lengua mayor. Deleuze y Guatari apuntan: “Kafka no plantea el problema de la expresión de una manera abstracta universal, sino en relación con las literaturas llamadas menores. Es el caso de la literatura judía en Varsovia. Una literatura menor no es la literatura de un idioma menor, sino la literatura que una minoría hace dentro de una lengua mayor.” (28). En ese sentido,

Las tres características de la literatura menor son la desterritorialización de la lengua, la articulación de lo individual en lo inmediato político, el dispositivo colectivo de enunciación. Lo que equivale a decir que “menor” no califica ya a ciertas literaturas, sino las condiciones revolucionarias de cualquier literatura en el seno de la llamada mayor (o establecida). (Deleuze y Guatari 31)

Al “desterritorializarse” una lengua literaria de la lengua en la que está expresada, problematiza su condición de subordinación cultural y revoluciona los códigos lingüísticos de la lengua hegemónica. Desde este punto de vista se podría reflexionar en la obra literaria de Juan Rulfo.

La escritura del autor de El llano en llamas (1953) y Pedro Páramo (1955) pareciera recurrir a los códigos lingüísticos del español arcaizante del siglo XVI que aún se hablaba en el Occidente de México a mediados del siglo XX (Roffé 54), que la recepción cultural contemporánea calificaría de “literatura menor”, porque esos códigos expresan el lenguaje de una minoría marginal. Pero un código lingüístico marginal existe y tensiona la hegemonía lingüística y cultural dominante, y tensiona, a la vez, la denominación sociocultural de una literatura, porque flexibiliza la imposición ideológica del origen regional de su escritura, entendiendo la región tal como lo haría la Escuela de los Anales: todos los significados culturales de un espacio territorial que evoluciona con el tiempo.

No toda la literatura mexicana está escrita en la variante del español hegemónico de esta región, porque existen varias expresiones literarias en la enorme diversidad idiomática que aquí se habla, en la enorme diversidad lingüístico cultural que convive a lo largo de los más de nueve mil años de expresiones culturales y en los más de cinco siglos de comunicarnos con esta complejidad lingüística. La región no sólo es un territorio geográfico, sino un momento histórico; además, en ambos casos, es un espacio y un tiempo cultural.

Esta literatura de la marginalidad (que también podríamos llamar de las dimensiones culturales subalternas) constituye asimismo el hablar literario de las alteridades, de las expresiones literarias de las distintas comunidades subalternas que no participan de la hegemonía sociocultural, ni del control institucional de su interpretación. La literatura regional serían las memorias y los archivos comunitarios que preservan los registros culturales de una comunidad, incluyendo los diálogos y la crítica de las culturas locales contra la homogenización de la economía global; lo que implicaría la necesaria reinterpretación de las historias literarias desde el eje local-regional-global (Arturo Casas). En este sentido, ciertas conclusiones de los estudios sociales sobre geopolítica plantean el concepto “glocal” como un ajuste de las “líneas globales” a las culturas comunitarias (Boaventura de Sousa Santos).

Las literaturas regionales generan discursos sensibles sobre una memoria colectiva en la compleja red de significados de una dimensión cultural. Sustraen la vida cotidiana de una comunidad, pero también incorporan la influencia de lo global a sus estructuras poéticas. En este contexto de oposición y resistencia contra la hegemonía global, las “memorias literarias locales” incluirían el estudio de otros discursos simbólicos de una regionalidad, memorias de culturas comunitarias que las ciencias sociales contemporáneas denominan “subalteridades” o manifestaciones antihegemónicas (como la literatura feminista, la literatura LGBT, la literatura infantil, el cómic, el libreto, el meme, entre otros). De igual forma, dichas memorias literarias locales serían escrituras que surgen de manera alterna a la canonicidad literaria (“la política de la élite” en el contexto teórico de “los subalternos” definido por Ranahit Guha) y que existen desde antes de la instauración taxativa de un canon institucional.

En síntesis, las literaturas regionales también serían los códigos marginales de un lenguaje que expresa la identidad de una comunidad que no participa de los códigos lingüístico-culturales hegemónicos. A partir de estos argumentos, a manera de ejemplo, cabría preguntarse si es posible (re)escribir la historia del modernismo a partir de la memoria y los archivos regionales. En términos hipotéticos, esto resultaría en una microhistoria del modernismo en una cultura literaria local, a la manera del historiador mexicano Luis González y González al escribir la historia moderna de México a partir del crecimiento sociocultural de su pueblo natal, San José de Gracia, Michoacán.

La referencia pragmática al patrimonio literario de una comunidad (por ejemplo, la literatura que se refiere a México o a la cultura mexicana)

El diálogo entre los estudios literarios, las ciencias del lenguaje y las ciencias sociales ha fomentado metodologías interdisciplinares que sitúan a las literaturas regionales como un objeto de estudio no sólo simbólico o cultural, sino eminentemente social, susceptible de ser analizado como un problema de investigación desde la sociología, la antropología o la etnografía, además de la filología, la crítica textual o la lingüística. Estos abordajes asumen de manera pragmática la identidad regionalista de una escritura originada en una comunidad específica, o la enunciación fáctica de una cultura regional. Son escrituras que en su gentilicio determinan su condición regional, sin que esta determinante les confiera un juicio estético, aunque desde su concepción ya participan de la memoria local.

Cuando las expresiones literarias se han estudiado desde perspectivas antropológicas o etnográficas para interpretar ritos, mitos o mitemas del imaginario simbólico comunitario, se indaga sobre la memoria cultural de una región, pero -como demostró el enfoque sociohistórico de la Escuela de los Anales- esta dimensión simbólica adquiere una dimensión material a través de los testimonios de la historia. Además, para acentuar esta materialidad del discurso simbólico, la antropología simbólica de Gilbert Durand (entre otros autores) también ha profundizado en “la aparición del símbolo en la vida social” (Durand 124-125). La referencia pragmática al patrimonio literario de una comunidad aborda su imaginación y su memoria, para presentar y fomentar la identidad territorial y comunitaria. Me refiero a mitos y leyendas, relatos y cuentos, odas y poemas, romances y corridos, novelas y sonetos, edictos y manifiestos, reportajes y testimonios, es decir, las expresiones verbales o escritas de la memoria y la imaginación de la comunidad, sin importar las condiciones sociales de su soporte o transmisión, ni el juicio estético sobre su sentido formal.

El mismo José Luis Martínez reconoce: “El orgullo regionalista ha dado impulso considerable a los estudios, antologías y bibliografías de literatura regional, y son ya pocos los estados de la república [de México] que no cuentan con florilegios y estudios de sus glorias locales”. Este comentario, expresado en 1967, ha sido enfatizado por los estudios literarios, al cuestionar los pocos o nulos avances en la preservación y estudio de las literaturas nacionales en América Latina, ya no digamos los incipientes esfuerzos por integrar estudios o bibliografías de regiones específicas. Pero la poca difusión y estudio de estas manifestaciones literarias locales no significa que no existan. El “excedente de sentido de una obra literaria” -para utilizar una categoría al mismo tiempo sociológica y hermenéutica- expone los valores poéticos de una sociedad, tanto como interviene en el devenir histórico de la región.

El imaginario simbólico subyacente en mitos, leyendas, relatos o poemas, que emerge del horizonte cultural de una comunidad, influye en la concepción sociohistórica de la región misma, estableciendo un diálogo que define y modifica constantemente la comprensión de la obra literaria y de la región cultural a la que pertenece. En términos sociohistóricos, ni la Mancha, ni Dublín, ni Macondo son las mismas regiones después de la publicación de El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha (1605) de Miguel de Cervantes Saavedra, Ulises (1922) de James Joyce, o Cien años de soledad (1967) de Gabriel García Márquez, respectivamente, para referirme a obras canónicas -como hay un sinnúmero de regiones culturales influidas por mitos y leyendas locales donde participan otras agencias y mediaciones socioculturales que constituyen un sistema literario local-.

Algunos estudios históricos y sociales recientes aluden a la categoría “memoria” como la suma de recuerdos de una comunidad, en oposición a la comprensión canónica de la historia que ordena los acontecimientos en la trayectoria de una sociedad desde una visión centralizada en las hegemonías (Traverzo). Las “memorias literarias locales” participarían en el devenir cultural de una comunidad, aunque la hegemonía sociopolítica de los estudios literarios no las considerarían un acontecimiento literario, por lo que no pertenecerían al canon histórico de una nación. La expresión verbal con intencionalidad literaria pertenece al patrimonio cultural simbólico de la comunidad, en lo que Maurice Halbawchs definiría como “la memoria colectiva”: “los recuerdos mezclados” de la vida cotidiana que influyen en la definición de la identidad local. ¿No son “recuerdos mezclados” muchos de los discursos de las escrituras regionales (orales o impresas)?

Las memorias literarias locales participan del desarrollo cultural de una comunidad, por lo que su estructuración incorpora muchas formas paraliterarias o ancilares, en los términos de Alfonso Reyes: aquellas que no se limitan a la expresión artística pura, sino que integran elementos de diversas disciplinas del conocimiento humano. Se trata de muchos de los discursos de cronistas locales, compiladores de leyendas y relatos populares; es el caso incluso de los narradores orales, que fomentan el patrimonio simbólico de una comunidad. De acuerdo con Morgan Hernández, “[e]sta dimensión colectiva crea un proceso cognitivo de agrupamiento que, a través del lenguaje, estructura una red de significados en torno al lugar”.

Memorias literarias: algunas conclusiones prácticas

La obra literaria es un hecho sociocultural que participa en el devenir espacio temporal de la región, sin depender del control institucional de su interpretación porque, así como las obras canónicas intervienen en la trayectoria de una comunidad, lo mismo sucede en la recepción local de sus propias expresiones literarias, incluso en la práctica de escrituras inmediatas como el periodismo, la oratoria o el coloquio. La denominación de las literaturas regionales no sólo es una nomenclatura problemática: también implica una resignificación epistemológica.

A manera de conclusión, propongo un acercamiento conceptual que implique la comprensión de las memorias literarias, en la dirección abordada por Maurice Halbawchs para determinar a la memoria histórica: los hechos con interacción social, pertenecientes a un marco social y vinculados con esa sociedad a través del tiempo. Eso permitiría la comprensión del valor sociocultural del patrimonio literario de una comunidad, ya no para la fijación del canon o el juicio estético, sino para conocer la evolución de una identidad colectiva o comunitaria. Desde estos aspectos, referidos a las literaturas regionales, las memorias literarias enunciarían:

  • Todo lo que recuerda la comunidad en términos literarios como patrimonio simbólico del territorio a partir de la función poética del lenguaje con la intención de exceder su significación llana.

  • Un código de lenguaje específico relativo al uso de la lengua en una comunidad determinada, incluso dentro de una sociedad dominante.

  • Temas y argumentos que también aparecen en las obras o periodos canónicos de las historias literarias, lo que demuestra que no existe una oposición entre memoria e historia literaria, sino formas diferenciales de comprensión de la literatura.

  • Un sistema cultural comunitario, con discursos, agentes, mediaciones, procesos de producción, espacios sociales y recepción.

Al igual que el notable desarrollo epistemológico de los estudios literarios mexicanos en las últimas décadas, se deben generar metodologías, categorías, instrumentos y herramientas filológicas específicas para la fijación, preservación, interpretación y divulgación de las memorias literarias; lo que permitiría comprender los componentes del sistema y de la historia de las literaturas regionales. Generar esta infraestructura filológica podría constituir los cimientos de una escuela mexicana de estudios literarios, como lo propone la experiencia empírica del Seminario de Crítica Textual y del Congreso Internacional de Literatura Mexicana, ambos auspiciados por el Instituto de Investigaciones Filológicas de la Universidad Nacional Autónoma de México); del Centro de Estudios Lingüísticos y Literarios de El Colegio de México; del Programa de Estudios Literarios de El Colegio de San Luis; o de las escuelas, facultades y programas de estudios literarios de las universidades de Veracruz, Baja California Sur, Guadalajara, Guanajuato, Aguascalientes, Chiapas, Sonora y Colima; por mencionar algunos de los espacios académicos donde se han problematizado objetos de estudio, teorías y metodologías de los estudios literarios mexicanos.

Bibliografía

Aurell, Jaume. La escritura de la memoria. De los positivismos a los postmodernismos. Universidad de Valencia, 2017. [ Links ]

Beltrán Almería, Luis. “Antiguos y modernos en la historia literaria”. Teorías de la historia literaria, compilado por Luis Beltrán Almería y José Antonio Escrig, Arco Libros, 2005, pp. 9-21. [ Links ]

Burke, Peter. ¿Qué es la historia cultural? Paidós, 2014. [ Links ]

Candido, Antonio. “La literatura y la formación del hombre”. Ensayistas brasileños. Literatura, cultura y sociedad, coordinado por Regina Crespo y Rodolfo Mata, Universidad Nacional Autónoma de México, 2005, pp. 533-552. [ Links ]

______. Literatura y subdesarrollo. Siglo XXI Editores, 1982. [ Links ]

Casa, Arturo. “El eje local-mundial como reto para la Historia Literaria”. Tropelías. Revista de Teoría de la Literatura y Literatura Comparada, no. 15-17, 2006, pp. 43-58, https://doi.org/10.26754/ojs_tropelias/tropelias.200415-17503 [ Links ]

Clark de Lara, Belem. Letras mexicanas del siglo XIX. Modelo de comprensión histórica. Universidad Nacional Autónoma de México, 2009. [ Links ]

Deleuze, Gilles, y Félix Guattari. Kafka. Por una literatura menor. Siglo XXI Editores, 1975. [ Links ]

Durand, Gilles. La imaginación simbólica. Amorrortu, 2007. [ Links ]

Guha, Ranahit. Las voces de la historia y otros estudios subalternos. Crítica, 2002. [ Links ]

Halbwachs, Maurice. La memoria colectiva. Prensas Universitarias de Zaragoza, 2004. [ Links ]

Jauss, Hans Robert. La historia de la literatura como provocación. Gredos, 2013. [ Links ]

Kermode, Frank. “El control institucional de la interpretación”. El canon literario, coordinado por Enric Sulla. Arco Libros, 1998, pp. 91-114. [ Links ]

Martínez, José Luis. La expresión nacional. Consejo Nacional para la Cultura y las Artes, 1993. [ Links ]

Morgan Hernández, Tonatiuh. “La construcción de la conciencia histórica en la literatura regional de Baja California Sur: El retorno de la hoguera de Omar Castro”. Meyibó, no. 21, ene-jun. 2021, http://dx.doi.org/10.17613/fzkg-pc87 [ Links ]

Pesavento, Sandra Jatahy. História & História Cultural. Auténtica, 2013. [ Links ]

Reyes, Alfonso. El deslinde. El Colegio de México / Fondo de Cultura Económica, 1944. [ Links ]

Roffé, Reina. Autobiografía armada. Corregidor, 1973. [ Links ]

Sousa Santos, Boaventura de. Una epistemología del Sur. La reinvención del conocimiento y la emancipación social. Siglo XXI Editores / CLACSO, 2009. [ Links ]

Recibido: 02 de Junio de 2024; Aprobado: 22 de Octubre de 2024; Publicado: 01 de Enero de 2025

Creative Commons License Este es un artículo publicado en acceso abierto bajo una licencia Creative Commons