¿Qué es Pan y Rosas y cuál es nuestra historia?
Pan y Rosas es una organización internacional de mujeres trabajadoras, estudiantes, amas de casa, de la diversidad sexual y militantes que integramos la Fracción Trotskista-Cuarta Internacional en distintos países de América y Europa.
La organización surge en 2003, en Argentina, para posteriormente cruzar las fronteras y llegar a México, Chile, Bolivia, Uruguay, Venezuela, Brasil, Estados Unidos, el Estado español, Francia y Alemania.
En México inicia en 2009, con un núcleo pequeño de mujeres que formaban parte de la Liga de Trabajadores por el Socialismo y estudiantes independientes de la UNAM, en medio de la crisis provocada por la guerra contra el narco y las movilizaciones del Movimiento por la Paz con Justicia y Dignidad, que pedían alto a la guerra que tenía entre sus “daños colaterales” un gran número de mujeres.
Nos agrupa la lucha contra los feminicidios y la violencia machista, por nuestro derecho al aborto libre seguro y gratuito, por educación sexual, el libre ejercicio de la sexualidad, un trabajo digno, y contra la opresión y la explotación que mantiene el sistema capitalista. Por eso nos organizamos con nuestros hermanos de clase porque consideramos que la revolución social en contra de este sistema de explotación puede sentar las bases para la emancipación de las mujeres y demás grupos oprimidos.
Pan y Rosas, y diversidad sexogenérica
Hoy en día los discursos por parte de partidos políticos, gobiernos o sectores de empresarios han incorporado un discurso LGBT que pareciera ya un rasgo de lo políticamente correcto, sobre todo en las democracias occidentales en donde aparentemente el triunfo de la democracia capitalista se terminará de consolidar con la integración social de las personas trans que recientemente se han vuelto bastante visibles en distintos países.
Las personas LGBT han ganado visibilidad en algunas partes del mundo en áreas como la política, los deportes, la moda y la academia, después de décadas de lucha en contra de la exclusión y la persecución. Esta situación, que políticos y empresarios utilizan para hablar del éxito de las políticas de inclusión para la diversidad sexual, contrasta con la realidad de muchas personas LGBT en donde el desempleo, la discriminación, la persecución y la violencia machista continúa siendo lo normalizado en sus vidas. La situación actual de Chechenia, con la existencia de campos de concentración para gays, es el caso más claro de la crudeza con la que la violencia hacia las minorías sexuales se aplica desde el Estado.
Los años sesenta y setenta del siglo XX fueron décadas de radicalización política en la juventud con los movimientos en contra de la guerra de Vietnam, en el movimiento de mujeres y en el movimiento obrero internacional con el mayo francés, el 2 de octubre mexicano y la primavera de Praga. En este contexto político, de un ascenso de la lucha de clases y un cuestionamiento generalizado al sistema capitalista, estalló, el 28 de junio de 1969, en Estados Unidos, en las calles de Manhattan la revuelta de Stonewall como una expresión de hastío en contra de la persecución cotidiana por parte del estado y el acoso policiaco que sufrían gays, lesbianas y trans.
Stonewall, marcó un punto de inflexión en la lucha de la diversidad sexual en Estados Unidos y en el resto del mundo, ya que el movimiento de la liberación sexual no solamente ganó visibilidad y se extendió a distintos países (principalmente a las democracias capitalistas centrales, aunque poco tiempo después en los países semicoloniales comenzaron a surgir los movimientos por la diversidad sexual) sino que enarboló un discurso político que concebía la sexualidad como aquellas relaciones y prácticas sexuales que eran permisibles mediante su regulación y que están ligadas a los intereses de un sistema económico, político y social que produce una sexualidad dominante con determinadas prácticas concebidas como naturales criminalizando y patologizando las sexualidades que salen de la norma heterosexual y reproductivista.
Estas nacientes luchas de la diversidad sexual tenían en común un profundo cuestionamiento a la opresión que sufrían las minorías en el capitalismo y la manera en que el capitalismo promovía un cierto tipo de sexualidad que le era funcional a su reproducción como sistema, por lo que la liberación sexual estaba ligada a la transformación de las relaciones sociales.
Esta combatividad y cuestionamiento a las raíces sociales del orden sexual en el capitalismo que tenían los movimientos de la diversidad sexual en sus inicios -que en algunos casos se expresó en unidad con los sectores explotados como el apoyo que dio el movimiento gay inglés a la huelga de los mineros en contra de las políticas neoliberales de Margaret Thatcher- se fue perdiendo dado el golpe que significó la epidemia del virus del VIH a la comunidad LGBT en términos de muertes de activistas y la campaña internacional en contra de la “peste rosa”, lo que lo llevó a una reorganización del movimiento en la búsqueda de recursos económicos para enfrentar el VIH llevando así su incorporación a las instituciones vía campañas de ONG’s enfocadas específicamente a prevenir el VIH y mejorar la calidad de vida de los infectados.
Esa pérdida de combatividad también estuvo influenciada por el efecto que tuvo el asentamiento del neoliberalismo y la campaña triunfalista del capitalismo frente a las caídas de las burocracias estalinistas de los países del “socialismo real”, lo cual borró del imaginario de las masas el horizonte de la revolución social para transformar de manera radical las relaciones sociales y sexuales, generando así la sistema. idea de que la caída del capitalismo era impensable y por lo tanto las distintas sexualidades no heterosexuales podrían encontrar cabida y reconocimiento en este
La idea de conseguir derechos sexuales para mejorar las condiciones de vida de la diversidad sexual en perspectiva de terminar con el capitalismo fue eliminada y se cayó en una idea de minar el orden heterosexual a través de incorporar el movimiento a las instituciones y por esa vía conseguir derechos sexuales en las democracias capitalistas. Sin embargo, aunque se han conseguido algunos derechos sexuales formales, la realidad ha mostrado que la igualdad ante la ley no es igualdad ante la vida ya que la heterosexualidad sigue siendo la identidad sexual privilegiada (D’Atri y Murillo 2014).
Este giro en el norte político del movimiento de la diversidad sexual generó dos fenómenos, los cuales deben ser criticados por el actual movimiento de la disidencia sexual si se busca retomar la combatividad. Estos fenómenos son: la institucionalización y mercantilización de lo LGBT.
La mayor asimilación del movimiento vino cuando sectores de empresarios rosas o gay friendlies vieron en lo LGBT (LGB, principalmente) un mercado que no existía con la heterosexualidad que llevó a la creación y promoción de un “mercado rosa”.
El discurso de la liberación sexual fue cooptado y reformulado por las instituciones y los empresarios planteando así la liberación sexual en términos del consumo individualista en el capitalismo. Esto implicó que las marcas tomaran en sus manos la causa LGBT y crearan modelos acerca de cómo “debe ser” un gay o una lesbiana y cada una de las letras del acrónimo LGBTtti generando estereotipos sobre los gays y las lesbianas que caían en las mismas exclusiones y discriminaciones que la heterosexualidad había producido (Bord 2013).
Esta promoción por parte de los empresarios de un “estilo de vida gay” vino acompañada de campañas comerciales e institucionales de donde se promovía una cultura de la tolerancia de la cual gozaban de forma preponderante personas gays pero bajo los términos de la nueva homonormatividad del hombre gay blanco masculino y de clase media. Los gays, lesbianas y trans de clases populares y familias trabajadoras precarizadas difícilmente pueden acceder a la “liberación” que prometen los empresarios en las islas de tolerancia para el consumo.
El discurso LGBT y su difusión tuvo buena recepción en ese nicho rosa de tal manera que los empresarios decidieron hacer una defensa de lo LGBT. De forma paradójica, una marcha que tuvo en sus orígenes históricos el cuestionamiento a la sociedad heteropatriarcal y la marginalidad de las sexualidades no cisheterosexuales ahora es encabezada por las corporaciones que bregan por la libertad (de consumo) para lo LGBT. De hecho, en todos los países en donde ocurre la marcha del orgullo LGBTTTIQ cada vez es más común que las corporaciones y los dueños de bares y antros estén involucrados en la organización y participación con carros musicales abanderados con los colores LGBT.
Así, “lo gay” ganó visibilidad y tolerancia dentro de ciertos límites geopolíticos y en determinadas islas de consumo en las grandes metrópolis, y se volvió rentable para este “capitalismo rosa” mientras no cuestionara los aspectos estructurales de la sociedad capitalista patriarcal como es la explotación del trabajo, la moral conservadora y el régimen heterosexual cisheteronormativo que sigue regulando y cobrando las vidas y los cuerpos de lesbianas, gays feminizados, travestis y trans, y que niega el acceso a decidir sobre el propio cuerpo a las mujeres y a corporalidades no hegemónicas.
Este capitalismo cisheteropatriarcal tiene la capacidad de volverse rosa o verde o de cualquier otro color dando cierto reconocimiento (para el consumo) a las distintas sexualidades e identidades a través de su mercantilización e introducción en el circuito del “consumo liberador” mediante la generación de nuevas normatividades condicionadas principalmente por la clase que posibilita ciertos modos de vida presentados en donde la liberación se presenta como existente en islas de consumo y tolerancia. Esto solamente muestra de qué manera el capitalismo se vuelve rosa incorporando algunos aspectos de lo LGBT sin alterar las bases estructurales del orden cisheteropatriarcal de la sociedad.
Esta visibilidad y tolerancia ganada se mantiene de manera ficticia en estas islas de consumo en donde se puede tener un modo de vida gay. Fuera de estas pequeñas islas, la violencia machista homolesbitransfóbica y patriarcal sigue siendo la norma para lesbianas, gays, travestis y trans tanto en centros de trabajo como en el espacio público.
Este discurso LGBT no solamente se ha envuelto en la mercantilización sino que la institucionalización se ha vuelto una fuente de mercantilización política. Además de las empresas, distintos partidos toman como botín político nuestras demandas sin resolverlas de forma real como son el detener la LGBTfobia que tiene su peor expresión en los crímenes de odio, un trabajo digno y seguro, el acceso a la salud y a la educación, y al matrimonio igualitario.
La incorporación del movimiento a las instituciones fue vía la promoción de una “agenda LGBT” a través de temas de salud sobre el VIH que fue una de las situaciones que más aquejaron a la comunidad en los años ochenta y noventa. Los partidos políticos tradicionales comenzaron a generar estas agendas con promesas que aún hoy distan de ser efectivas para erradicar la homolesbitransfobia.
De forma contradictoria, aquellas empresas y partidos políticos que dicen ver por la causa “LGBT” son los mismos que desconocen y niegan las causas estructurales de la violencia hacia la diversidad sexual que tiene su fundamento en el cisheteropatriarcado que el mismo capitalismo adoptó como fuerza reguladora en la opresión de las mujeres y aquellas sexualidades periféricas para una mejor explotación del trabajo.
Pan y Rosas en la lucha de la diversidad sexual
Por eso como marxistas revolucionarias consideramos que la opresión hacia las mujeres y el conjunto de la diversidad sexogenérica está inscrita en la historia de la lucha de clases, por lo que la lucha contra la opresión a las mujeres está ligada a la lucha contra la explotación del sistema capitalista.
Si durante el siglo XX en los momentos de mayor radicalidad de la lucha de clases el movimiento feminista y el de la diversidad sexual lograron conseguir derechos sexuales y reproductivos, también el siglo XX mostró que los derechos no son para siempre sino que se mantienen dada la relación de fuerzas entre las clases dominantes y los sectores explotados y oprimidos.
Con la derechización a nivel internacional que implica el ascenso de Trump al poder en Estados Unidos y la llegada al poder de gobiernos de ultraderecha en Europa, distintos derechos se han puesto en cuestión como los derechos a personas LGBT en Estados Unidos con políticas que podrían permitir la discriminación laboral o la exclusión de los baños a personas trans, o la retirada de fondos para el aborto.
Desde una perspectiva marxista, concebimos la explotación como la relación entre las clases en donde la clase poseedora de los medios de producción se apropia del trabajo excedente -plusvalía- de la clase trabajadora (Marx y Engels 1975). Mientras que la opresión sería el sometimiento de grupos sociales por cuestiones culturales, sexuales o raciales, es decir, es la utilización de las diferencias para generar desigualdades sobre distintos grupos. Por ello consideramos que la explotación y opresión están combinadas de distintas maneras; de tal modo, la pertenencia de clase de un sujeto contorneará las opresiones en las que se verá envuelto. Como señala Andrea D’Atri:
Es decir que, aunque puede señalarse que el conjunto de las mujeres padecen discriminaciones legales, educacionales, culturales, políticas y económicas, lo cierto es que existen evidentes diferencias de clase entre ellas que moldearán en forma variable no sólo las vivencias subjetivas de la opresión, sino también y, fundamentalmente, las posibilidades objetivas de enfrentamiento y superación parcial o no de estas condiciones sociales de discriminación. (D’Atri, 2010).
Por eso, desde Pan y Rosas consideramos que son las mujeres y hombres que producen la riqueza social, que es apropiada por los capitalistas, quienes tienen la capacidad de terminar con este sistema de explotación y opresión. Sostenemos que la lucha de la diversidad sexual está íntimamente ligada contra el sistema capitalista por lo que se debe luchar en clave anticapitalista y socialista.
Consideramos que la vía revolucionaria, eliminando gradualismos y etapismos, podría otorgar los derechos a la diversidad sexual y a las mujeres que son negados en los gobiernos capitalistas. Reivindicamos la revolución rusa que fue la primera revolución que en 1917 otorgó por primera vez en todo el país, antes que cualquier democracia capitalista, el derecho al aborto a las mujeres y legalizó la homosexualidad. Derechos que pocos años después fueron eliminados por el régimen estalinista al promover la burocratización de la URSS.
En Pan y Rosas buscamos construir esta organización internacional que se apueste a acabar con el sistema capitalista a la par que luchamos por derechos para mejorar las condiciones de vida de las mujeres, trabajadoras y trabajadores y diversidad sexogenérica en perspectiva anticapitalista.
Por eso desde Pan y Rosas nos hemos sumado a las movilizaciones internacionales tanto en México como en los distintos países donde estamos contra las violencias machistas al grito de “Ni una menos” y “Vivas nos queremos”. Nos movilizamos cada año en el día internacional de la mujer y en el día del orgullo LGBTTT+ en contra de la mercantilización de nuestras demandas, vidas y deseos.
También impulsamos un diario internacional llamado La Izquierda Diario que tiene presencia en once países y con colaboradores en otros más en América Latina, Europa y Norteamérica. A través de este espacio hemos dado cobertura a los crímenes de odio, a las situaciones de discriminación laboral o social en contra de personas LGBT+, y elaboramos sobre la situaciones que viven gays, lesbianas y trans. A la vez, hemos dado seguimiento a la derechización que ha habido en el país con los movimientos reaccionarios como el Frente Nacional por la Familia que han promovido el odio contra la diversidad sexual.
Recientemente realizamos un Encuentro Nacional de Mujeres y diversidad sexogenérica en donde mujeres trabajadoras, estudiantes y diversidad sexual debatimos cómo poner en marcha una agrupación nacional que luche por nuestros derechos.
Ahora, acorde a lo discutido en el encuentro, estamos levantando comités de Pan y Rosas en centros de estudio y de trabajo, impulsamos una campaña contra el trabajo precario en los distintos centros de trabajo y una campaña antiimperialista en contra de las políticas migratorias de Trump que tiene entre sus víctimas a miles de mujeres.










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