Introducción
El origen y posterior desarrollo de la literatura en Brasil durante el periodo colonial está marcado por una evidente función instrumental. En 1959, el autor brasileño António Cândido, considerado como uno de los mayores críticos literarios de Brasil, publicó una obra ya clásica en este ámbito, titulada A formação da literatura brasileira: momentos decisivos.1 En dicha obra defendía que, en la literatura producida en Brasil desde la época colonial, por debajo de la aportación individual de cada autor, subyacía la necesidad, más o menos manifiesta, de ilustrar ante el exterior un modelo de país. En este sentido los autores mostraban un compromiso con una vida nacional en su conjunto que debía ser mostrado al público brasileño y al europeo. Esta misma idea es defendida por otros autores como Stegagno-Picchio, para quien la literatura brasileña está presidida por un “proceso de autodefinición, a nivel colectivo, con la descripción de un paisaje geográfico y humano ‘diferente’”.2
Este compromiso del autor con su entorno se advierte con particular intensidad en los registros escritos durante el primer siglo de la colonización portuguesa de Brasil. Así, durante el siglo XVI, la prioridad fue la de relatar a los dirigentes de la monarquía portuguesa y la de la Iglesia, en cuanto instituciones encargadas de la colonización y evangelización de Brasil, los pormenores del territorio y de los pobladores que se extendían ante sus ojos de la forma más detallada posible. En este sentido, la observación, descripción e interpretación de las sociedades indígenas son temas centrales en la literatura escrita en Brasil prácticamente desde la llegada de los primeros colonizadores al nuevo territorio de la corona portuguesa. Cabe destacar que esta interpretación del territorio y de su población se realizará desde una óptica monocultural, es decir, a partir de los valores políticos, religiosos y morales de los colonizadores portugueses. A pesar de que a la llegada de los colonizadores a Brasil ya existían entre los indígenas otras formas de escritura y simbolismo, alternativas a la producción textual en lengua portuguesa, estas manifestaciones culturales autóctonas serán sistemáticamente ignoradas por los autores que en este siglo escribían sobre Brasil a la hora de interpretar y explicar la realidad de sus pueblos originarios.
El examen de las fuentes literarias producida en Brasil durante el siglo XVI permite apreciar cómo, dentro de las descripciones del nuevo entorno geográfico y cultural que se abría ante los ojos de los autores llegados a este territorio, las representaciones literarias de las mujeres indígenas estuvieron sujetas a diferentes matices ideológicos, dependiendo del momento y de la posición desde las que eran escritas. Por ello, en este artículo nos proponemos analizar diferentes representaciones que encontramos en textos literarios escritos en Brasil durante el primer siglo de la colonización portuguesa. La acotación temporal elegida se justifica por tratarse de un periodo en el que la prioridad de los autores por la descripción del entorno que, por primera vez, se abre ante sus ojos otorga a su literatura una singularidad en lo estético y en lo temático, frente a las manifestaciones literarias de los siglos posteriores en la colonia portuguesa. Los objetivos de este artículo son los de identificar aquellos matices ideológicos presentes en las diferentes representaciones de las mujeres indígenas y las circunstancias en los que se enmarcan.
Desde el punto de vista metodológico se parte de una selección de textos referidos al tema analizado en este artículo, escritos en Brasil desde la llegada de los portugueses a este territorio, en el año 1500, hasta finales del primer siglo de la colonización. Las fuentes utilizadas para este análisis se pueden clasificar en dos grupos, atendiendo a su autoría. Por una parte, se acude a fuentes de carácter civil, recogidas en el listado de fuentes de literatura colonial publicado por la Biblioteca Nacional de Brasil3 y en la obra de Stegagno-Picchio, História da Literatura Brasileira.4 Básicamente se corresponden con relatos de viajes escritos durante este periodo por exploradores al servicio de la corona o por emprendedores privados, en los que describen, con un grado variable de subjetividad, los territorios que recorren, y los pueblos que los habitan, con menciones expresas a las mujeres, en particular. Por otra parte, se recurre a fuentes de carácter religioso, catalogadas igualmente en la citada obra de Stegagno-Picchio, están compuestas por la literatura epistolar que se cruzará, durante la segunda mitad del siglo XVI, entre padres misioneros de la Compañía de Jesús y entre estos y sus superiores en Roma. Esta literatura epistolar, como indica Hue, constituirá un pilar fundamental en la estrategia de la orden jesuita para implantar la misión evangelizadora en el territorio de Brasil. Así, las cartas, en las que los misioneros relataban los pormenores del territorio y de los pueblos a los que evangelizaban, además de transmitir valiosa información de primera mano, servían para mantener la cohesión del grupo y facilitar el gobierno de la orden, así como para atraer a nuevos miembros para la causa.5
El acceso a las fuentes originales de origen civil y religioso ha sido facilitado por la encomiable labor de diversas instituciones públicas y privadas brasileñas por la recopilación y edición de manuscritos relevantes para su historia colonial, que en muchos casos se encontraban inéditos, fuera del territorio nacional. Partiendo de esta base documental primaria, se ha procedido a realizar una selección de textos siguiendo un criterio cualitativo, es decir, en razón de su referencia explícita e individualizada a las mujeres indígenas. En este artículo se incluye una serie de fragmentos extraídos de los textos seleccionados con la función de ilustrar las ideas que expondremos y permitir la formación de ideas críticas alternativas. Seguidamente, se ha procedido a contextualizar la información contenida en los textos con otras fuentes secundarias de tipo histórico y literario. En lo que se refiere a la organización del artículo, tras esta introducción, se ha procedido a exponer una contextualización de carácter histórico y estilístico de los trazos generales de la literatura producida en Brasil durante el siglo XVI. A continuación, se ha dividido el texto en apartados coincidentes con las líneas fundamentales que subyacen bajo la representación de las mujeres indígenas en esta literatura, como son su sexualización, deshumanización y su posibilidad de evangelización, de cara a su incorporación a la sociedad colonial. Finalmente se exponen una serie de conclusiones obtenidas, de acuerdo con los objetivos planteados en este artículo.
Contexto histórico-literario: la escritura como instrumento
El marco temporal elegido para este artículo se justifica por la singularidad de la literatura escrita en Brasil durante este periodo. Durante el siglo XVI, en Brasil se generó una intensa y regular producción literaria bajo formatos tales como epístolas, cartas, relatos de viaje, tratados descriptivos y noticias. Bajo este tipo de formatos, un número de funcionarios, colonos, misioneros e incluso emprendedores particulares, desarrolló una correspondencia, relevante desde el punto de vista histórico y literario, dirigida a sus superiores jerárquicos. Este carácter descriptivo del nuevo mundo que se abría ante los ojos de estos europeos y eurodescendientes ha motivado que en la doctrina brasileña los textos de esta época producidos en Brasil sean inscritos en la categoría de “literatura de información”. A pesar de que, como su denominación indica, esta literatura está orientada hacia la función informativa sobre las particularidades del territorio que se extiende ante los ojos de los autores, así como de sus gentes, es inevitable apreciar cómo la interpretación del entorno que describe está marcadamente condicionadas por los valores e intereses de los relatores.
De hecho, el carácter informativo de estos textos provocó en Brasil una discusión doctrinal sobre el carácter literario de la producción escrita de este periodo entre aquellos que ciñen su carácter al del género historiográfico y los que la inscriben dentro del género literario. Por ejemplo, entre los que rechazan el carácter literario de los textos producidos en Brasil durante este periodo se encuentra Bosi. Este autor considera que las fuentes escritas en Brasil durante el siglo XVI, precisamente por su carácter informativo, no deben ser inscritas dentro del género literario sino dentro de la crónica histórica por “escrúpulo estético”.6 En sentido contrario se pronunciará, entre otros, António Cândido cuando indica que “hubo literatura entre nosotros desde el siglo XVI, raras y dispersas manifestaciones sin resonancia pero que establecieron un comienzo y marcaron posiciones para un futuro”.7 Para este autor, un elemento esencial de la literatura es “la fuga de lo real”, es decir, la presencia de lo subjetivo e imaginario en textos, a pesar de que su objetivo sea precisamente la descripción de elementos objetivos. En esta misma línea de pensamiento se inscribe la postura de Stegagno-Picchio, para quien el elemento de subjetividad inherente a la idea subyacente de la descripción de un nuevo Edén, es lo que le confiere a estos textos un evidente carácter literario, además de histórico.
Efectivamente, tal y como refería Cândido, la literatura escrita en Brasil durante el siglo XVI es escasa y dispersa en lo temporal y en lo espacial,8 pero cuenta con un denominador común como es el de su subordinación a los intereses de la expansión de la sociedad colonial. Esta subordinación es, en opinión de Mendes, el elemento que confiere una cierta unidad a esta literatura pionera en Brasil,9 Este carácter instrumental de esta literatura es también destacado por autores como Raminelli,10 para quien los escritos procedentes de Brasil de este periodo parecen responder a un programa dirigido a afirmar la superioridad cultural europea en América. En este sentido, los autores europeos consideraban que los principios de su cultura eran plenamente válidos para interpretar y explicar otras realidades totalmente diferentes como la de los pueblos indígenas. En sus escritos se puede apreciar cómo estos principios acababan por ser identificados con una Ley Natural que les otorgaba legitimidad para clasificar y estereotipar las costumbres de dichos pueblos originarios. Esta noción de superioridad moral actuará en combinación con una concepción de la sociedad marcada por los valores patriarcales, firmemente asentados en las sociedades europeas de este periodo.11 La presencia conjunta de estos dos factores en una literatura de carácter instrumental afectará, de un modo evidente, a la visión sobre las mujeres indígenas, desde un punto de vista físico, moral y social, que los autores de los textos analizados presentan en sus escritos. Esta mediatización del autor por los valores ideológicos propios de la época colonial conducirá a la presentación literaria de la mujer indígena como un ser bárbaro, salvaje e incapaz de gestionar su propia vida, lo que acababa por justificar la ocupación por parte de la corona portuguesa de sus territorios y la labor evangelizadora por parte de los misioneros.
Sexualización y deshumanización de la mujer indígena
En este contexto, dentro del conjunto de los pueblos indígenas del Brasil, las mujeres serán representadas en la literatura de este periodo bajo atributos específicos y generalizados que giran en torno a dos ideas centrales como son la sexualización de este grupo de población y su reducción a la condición de animal irracional. En realidad, no se trata de ideas independientes sino, más bien, dos caras de la misma moneda. Así, para la mentalidad de los autores europeos que crearon la incipiente literatura brasileña, las costumbres y atributos sexuales de estas indígenas operaban como una muestra fehaciente de su animalización. Sin embargo, la sociedad colonial no podía, a largo plazo, ignorar ni mantener en un limbo identitario a la población indígena. Debían de tener cabida en aquel orden social, evidentemente bajo una condición subordinada a los intereses de la construcción de una sociedad colonial patriarcal y eurocéntrica, aquejada por un problema de desequilibrio entre el número de hombres y de mujeres procedentes del continente europeo.12 Ante la necesidad de recomponer este desequilibrio en un contexto de sociedad monógama, la catequización de las mujeres indígenas se convertirá en una especie de salvoconducto para la regularización e inclusión de este grupo de población que, por fuerza del proceso colonial, se había convertido en extranjero dentro de su propia tierra. Tal y como considera el autor indígena Aílton Krenak, por fuerza del proceso colonial los indígenas “descubrieron que a pesar de que eran simbólicamente los dueños de Brasil, ellos no tenían ningún lugar para vivir en ese país. Tendrían que hacer que ese lugar exista día a día”.13 Seguidamente describiremos el impacto de estas ideas en la literatura del periodo colonial.
Las primeras representaciones: Mujer indígena y sexualización
Prácticamente, desde el inicio de la colonización de Brasil los indígenas han sido objeto de múltiples representaciones, gráficas y literarias por parte de colonos y misioneros portugueses y de otras nacionalidades. Estas representaciones tienen en común un aspecto, como es el de partir, en su mayoría, de una posición de ignorancia de la realidad y del pensamiento de dichos pueblos. Si tenemos en cuenta que la producción literaria en Brasil, en particular durante una primera fase, se integra y se somete al vasto cometido de la colonización y la formación de un “Nuevo Mundo”, se puede entender la particular relevancia de un conjunto de ideas, preconcebidas desde el desconocimiento, que plasmaron aquellos pioneros de la colonización desde sus primeros escritos sobre las mujeres indígenas en Brasil.
En el año 1500, el escribano de la primera flota portuguesa que llegó a Brasil, Pero Vaz Caminha, escribió, bajo la forma de crónica o relato de viaje, una larga carta a Manuel I, Rey de Portugal, en la que detallaba diferentes acontecimientos e impresiones sobre las tierras del continente americano en las que desembarcan. En este texto, calificado como “el nacimiento de Brasil para la literatura”,14 el autor incide, entre otros aspectos, en la descripción física y del comportamiento de aquellos indígenas con los que la expedición portuguesa se encontraba. En lo que se refiere a las mujeres indígenas, podemos encontrar en aquella carta el siguiente pasaje:
Allí andaban entre ellos tres o cuatro mozas, bien mozas y bien gentiles, con cabello muy negro, largo por la espalda, y sus vergüenzas tan altas, tan cerraditas y tan limpias de pelos que, después de mirarlas muy bien, no teníamos ninguna vergüenza [...]. Y una de aquellas mozas estaba toda pintada, de abajo a arriba con aquel tinte. Era tan bien hecha y tan redonda, y su vergüenza, (que ella no tenía) tan graciosa que, a muchas mujeres de nuestra tierra, viendo tales facciones, les daría vergüenza, por no tener las suyas como ella.15
En este texto podemos apreciar como aquel escribano realizaba un juego de palabras con el doble sentido del término “vergüenza”, aplicándolo para describir tanto una turbación del estado de ánimo como los genitales de las indígenas. Sin ser consciente de ello, el primer cronista del Brasil colonial estaba cimentando los primeros estereotipos de la imagen del colonizador sobre la mujer indígena. Esta imagen, como se puede apreciar en este pasaje, se centra en la sexualización de estas mujeres a partir de su presunta gentilidad y su desnudez. A pesar de las constantes referencias a la religión y a los proyectos evangelizadores que este escribano dirige a su Rey, no se pueden obviar, en dicha carta, las constantes referencias a la belleza de los órganos genitales de las “gentiles” indígenas como centro de su atención.
Estas primeras crónicas crearán entre los primeros colonizadores una asociación entre desnudez y una presunta disponibilidad sexual de las mujeres indígenas. Ante estos relatos no es difícil imaginar el efecto psicológico que tendrían en Europa las informaciones sobre una tierra paradisiaca poblada por mujeres hermosas desnudas y sexualmente disponibles a los deseos de los colonizadores. En este sentido Moreau se refiere al deseo de los primeros colonos de encontrar en Brasil aquello que fue descrito por Caminha e informado por otros; es decir, a mujeres desnudas con miradas seductoras, inmorales y disponibles para poder llevar a cabo sus fantasías sexuales.16 De este modo, las primeras manifestaciones literarias en Brasil promoverán una de las principales finalidades del proyecto expansionista portugués, como fue el de atraer a voluntarios dispuestos a embarcarse hacia unas tierras desconocidas.
El estilo objetivo, e incluso amable,17 a la hora de la descripción de las mujeres indígenas de la carta de Caminha, comenzará a ser sustituido poco después por un nuevo discurso en el que los valores morales occidentales se imponen a la visión naturalista. Un ejemplo de esta nueva concepción lo podemos ver en la carta Mundus novus, escrita por Américo Vespucio en 1503 a su amigo y patrón Lorenzo de Medici. Vespucio, integrante de la segunda expedición portuguesa a Brasil, tras calificar a los indígenas como “animales racionales” se refiere concretamente a las mujeres en los siguientes términos:
Otra costumbre de ellos es bastante enorme y va más allá de toda credibilidad humana. En realidad, sus mujeres, por causa de su libidinosidad hacen entumecer los miembros de sus maridos con tanta brutalidad que parecen deformes y torpes, lo que sucede por algún artificio y mordedura de animales venenosos. Por causa de esto mucho pierden sus miembros, que se pudren por falta de cuidados, y se vuelven eunucos”. 18
Este relato, de difícil interpretación a los ojos actuales,19 introduce una nueva representación de la mujer indígena que tendrá importantes repercusiones en la futura literatura brasileña y europea. Por encima de la veracidad o no de su relato, lo cierto es que se trató del primer documento sobre Brasil impreso, de modo casi simultáneo, en diferentes ciudades europeas. De este modo dada la enorme difusión que tuvo esta carta en Europa (Lestringrant, 1997), su contribución es muy relevante a la hora de crear una representación de la mujer indígena basada en los estereotipos de un ser salvaje, libidinoso y caníbal. La sexualización de la mujer se vuelve, de esta forma, una característica emblemática que confirma su condición de animal no racional.20 En otros pasajes de este texto, Vespucio oscila entre mera observación naturalista y la censura moral hacia estas mujeres cuando escribe: “Las mujeres, como dije, aunque anden desnudas y sean muy libidinosas, tienen los cuerpos hermosos y limpios […] Cuando podían juntarse a los cristianos, poseídas por la fuerte libido, contaminaban y prostituían toda pudicia”.21
En la literatura de este periodo, la sexualización de la mujer indígena se presenta como un arma de doble filo. Es decir, estas mujeres son alabadas mientras mantienen su juventud y belleza, sin embargo, la mujer madura es representada como un compendio de decadencia y de perversión para los más jóvenes en oposición a las mujeres jóvenes que, a pesar de su primitivismo, ornamentan sus cuerpos dentro de un ideal de belleza y de cierta civilización. En este sentido, el portugués Gabriel Soares de Sousa, en su Tratado descritivo do Brasil de 1587, uno de los textos más representativos de la literatura brasileña de viajes del siglo XVI, nos describe a las mujeres del pueblo Tupinambá en los siguientes términos:
Los tupinambá son tan lujuriosos que no hay pecado de lujuria que no cometan; los cuales siendo de poca edad contactan con mujeres, bien mujeres; porque las viejas, despreciadas por los hombres, atraen a estos jóvenes, haciéndoles mimos y regalos, y les enseñan a hacer lo que no saben, y no les dejan ni de día ni de noche. Esta gente es tan lujuriosa que pocas veces tienen respeto por las hermanas o las tías y como este pecado va en contra de sus costumbres duermen con ellas entre la maleza.22
Sin embargo, debemos tener en cuenta que, la intención del autor a la hora de redactar este texto fue la de convencer al Ministro del Rey Felipe II, Cristovão de Moura, para la autorización y el apoyo de la Corona para la explotación de unas minas en los territorios de los Tupinambá en las márgenes del río San Francisco. Este hecho podría justificar su presentación como seres depravados y amorales. Esta posibilidad se refuerza por el hecho de en la mayoría de las ocasiones las narraciones de este autor se basan en fuentes indirectas, eximiéndose, de este modo, de responsabilidad por la veracidad de los hechos relatados.
Frente a esta imagen depravada de la mujer indígena, presentada en textos con un marcado componente propagandístico, encontramos en la misma época otras representaciones en obras más rigurosas en lo que se refiere a la recolección de los datos presentados. Un ejemplo de esto lo podemos encontrar en el Tratado da Terra do Brasil: história da província Santa Cruz, a que vulgarmente chamamos Brasil, escrito por Pero de Magalhães Gandavo en torno al 1570. En esta obra, a pesar de que el autor describe a los indígenas como deshumanos, crueles y “brutos animales”, reserva un tratamiento diferente para las mujeres, descritas en los siguientes términos, “Estas indias guardan castidad a sus maridos que son muy amigos de ellas, porque también ellos sufren mucho con los adulterios. Muchos de ellos se casan con sus sobrinas, hijas de sus hermanos o hermanas. Estas son sus mujeres verdaderas y no las pueden negar sus padres”.23Aquí podemos ver como la imagen de la mujer indígena se humaniza, la monogamia se presenta como el régimen social predominante y desaparece cualquier referencia a los atributos sexuales o a una lujuria desbordada en la naturaleza de las mujeres indígenas. Esto nos muestra que el estereotipo de la sexualización no se manifiesta de manera omnipresente en estos relatos de viaje del siglo XVI. Sin embargo, en el caso del Tratado de Gandavo, tal y como señala Martins, debemos tener en cuenta que se trata de una obra escrita bajo un espíritu netamente propagandístico, con la intención de promover una colonización portuguesa, compuesta fundamentalmente por hombres.24 En este contexto cobra sentido que mientras el hombre indígena sea calificado en los términos descritos, con respecto a la mujer se ensalce la virtud de la castidad y fidelidad a los maridos.
La mujer indígena bajo el prisma de la catequización
Durante las primeras décadas de la colonización de América, la deshumanización de los indígenas tuvo la ventaja de ofrecer un sustento jurídico a la privación de tierras y de libertad de los indígenas. Esta circunstancia, favorecía de modo evidente intereses de la colonización. La mano de obra esclava permitía la reducción de los costes de producción y, por lo tanto, la integración de la economía colonial, en condiciones competitivas, dentro de la red de comercio mundial. Sin embargo, este nuevo contexto planteaba numerosos dilemas teológicos acerca de la capacidad de los indígenas para vivir como seres libres y para recibir la fe católica. Estos dilemas quedaron resueltos, desde el punto de vista doctrinal, por el Papa Paulo III con la promulgación, en 1537, de la bula Sublimis Deus. En dicho texto el Papa reconocía el derecho a la libertad de los indígenas, así como su capacidad para adquirir la fe cristiana y el derecho a ser instruidos en dicha fe.25 Aunque en sentido escrito esta Bula se dirigía la situación de los indígenas en la América bajo dominio español, no dejaba de reflejar la doctrina oficial de la cabeza de la Iglesia sobre esta cuestión.
Esta postura del papado situará a la Iglesia católica en una posición de vanguardia dentro del proceso de colonización de Brasil. Mientras que a las autoridades civiles les competía el desarrollo de un aparato estatal colonial y su extensión a nuevos territorios, a las autoridades eclesiásticas les competirá la inclusión de los indígenas en aquel proyecto colonial mediante la catequización en la fe cristiana. Dentro de esta misión, la orden de los jesuitas fue la primera en establecerse en la nueva colonia portuguesa, acompañando al primer Gobernador General, Tomé de Souza, en 1549, tras ser autorizados por el Rey para mantener, con exclusividad, actividades misioneras regulares entre los pueblos indígenas de Brasil. A partir de aquí, las representaciones de las mujeres indígenas durante el Brasil colonial estuvieron en gran medida mediatizadas por la visión de los misioneros jesuitas que ejercieron la labor de la catequización de los indígenas en los territorios colonizados por la corona portuguesa.
A pesar del espíritu integrador y humanista que preside la bula Sublimis Deus de Paulo III, lo cierto es que dentro de la propia orden jesuita se mantuvieron, por lo menos durante buena parte del siglo XVI, importantes discrepancias doctrinales sobre la posibilidad y conveniencia de la evangelización de los indígenas. Un ejemplo de esto lo podemos ver en el tratado De procurando indorum salute, publicado en Salamanca por el jesuita español José de Acosta en 1588. En este texto, cincuenta años posterior a la bula de Paulo III, el autor clasifica a los indígenas en tres grupos atendiendo a su capacidad de conversión. La categoría más baja, según este jesuita, estaría constituida por los indígenas de Brasil y del Caribe, que, por vivir en un estado de civilización primitivo, desnudos y en tribus, debían de ser duramente combatidos para que sus cuerpos sirvieran como tabla rasa para la inscripción de la verdad del evangelio.26
Sin llegar a las posturas radicales del padre Acosta, los jesuitas en Brasil desarrollaron una prolífica literatura epistolar en la que expresan sus dudas y prejuicios acerca de la posibilidad de integrar a las mujeres indígenas en la sociedad colonial a través de la evangelización. A través de la literatura epistolar producida por estos misioneros se puede apreciar como la sexualidad de las mujeres indígenas generaba una notable preocupación dentro de los territorios de evangelización bajo su jurisdicción, los conocidos como “aldeamientos”. En ese sentido, podemos encontrar numerosos ejemplos en los que la representación de la mujer indígena está estereotipada en torno a conceptos como el pecado, la perdición o el miedo. Así, el comportamiento de estas mujeres fue objeto de especial atención ante el riesgo que suponía para la moral de los cristianos, en general, y para la de los misioneros en particular. En este contexto, la mujer indígena será descrita bajo la noción de una permanente culpa por su potencial peligro para el recto camino de los europeos en América, lo que acabará por justificar su control y sometimiento a la tutela de las autoridades civiles y religiosas coloniales.27
En este ámbito merecen especial atención los escritos del padre jesuita canario José de Anchieta (1534-1597). En las cartas que este misionero remite al Superior de la orden se revela, más que una continuidad, una radicalización en la visión sexualizada y de ser irracional de una mujer indígena que constituye una verdadera amenaza para el recto camino de los cristianos en América. En dichos textos se puede apreciar como a la visión sexualizada de la mujer indígena que transmitieron los primeros colonizadores se unirá una marcada dosis de misoginia contra unas mujeres que amenazan con la tentación de su lujuria el empeño de los hombres por seguir el camino cristiano. Así, en una carta de 1554, dirigida al Superior de la orden, Ignacio de Loyola, en Roma, el padre Anchieta advierte del peligro que supone la presencia de las mujeres indígenas en Brasil en los siguientes términos: “Las mujeres andan desnudas y no se saben negar a ninguno, más aun ellas mismas acometen e importunan a los hombres echándose con ellos en las redes, porque tienen por honra dormir con los cristianos”.28
En este breve pasaje el autor resume las líneas esenciales del pensamiento de los misioneros jesuitas sobre la cuestión que nos ocupa. La lascivia inherente a las mujeres indígenas es la culpable de que los hombres cristianos en Brasil se alejen de la recta moral sexual importunándoles en su quehacer diario. Ante ello, este padre propone que los huérfanos portugueses, en lugar de ser enviados a Brasil, lo fueran a España por causa del peligro que acarreaba la alegada lascivia propia de la naturaleza de aquellas mujeres indígenas de la colonia: “Y cuando lleguen a los años de la discreción (pubertad), mandadlos a España, donde hay menos inconvenientes y peligros de que sean ruines que aquí, donde las mujeres andan desnudas y no se saben negar a nadie.29
Según la visión de estos padres jesuitas, la presencia de la mujer indígena no suponía solamente una amenaza para la conducta moral de los cristianos en general, sino que afectaba directamente al recto desempeño de la labor pastoral de los misioneros y clérigos. En este sentido, el padre Luis de Grã, en una carta dirigida a Ignacio de Loyola en 1556 se expresaba en los siguientes términos: “Al visitar estas aldeas está la dificultad de que no es bueno que alguien vaya solo ya que son caminos en los que con frecuencia hay mujeres y por eso están muy llenos de ocasiones y es muy necesario que todos andemos con un santo temor”.
La soledad del misionero representaba para el jesuita una posibilidad de incursión en el pecado carnal y la mujer indígena suponía para estos padres la encarnación de este pecado. Por este motivo se dispuso que en cada aldea debería haber siempre un mínimo de dos misioneros con la finalidad de que uno ejerciera la vigilancia del otro. Sin duda, el choque psicológico que debía producir a estos misioneros la visión de la mujer indígena, tras desembarcar en Brasil y abandonar la rígida disciplina eclesiástica en España o Portugal, debería ser bastante traumático. Este hecho lo confesaba con honestidad el padre António da Rocha, Superior de la orden en la Capitanía del Espíritu Santo, en una carta de 1571 escribía:
Cuando en Portugal me dijeron que viniera a Brasil, habiendo sabido que las mujeres aquí andan desnudas, en seguida informé al Padre Provincial Leão Henriques de mi debilidad y mala inclinación contra la castidad, y él dijo que confiara en Dios. [...] Yo al menos confieso a V.P. que desde que estoy en esta provincia no paso ni una hora sin sentir estímulos gravísimos. A veces los tenía en Portugal, donde las mujeres andan más o menos tapadas, pero aquí andan desmandadas y buscan a los hombres y muchas de ellas tienen mejor aspecto que las blancas españolas.30
En este texto, se aprecia la honestidad del padre Rocha en el hecho de que, pese a no salirse del estereotipo de la mujer indígena predadora de la virtud de los misioneros, al menos llega a admitir su responsabilidad por su inclinación natural y previa hacia la ruptura del voto del celibato. Sin embargo, la evangelización de las mujeres indígenas, motivo fundamental del despliegue exclusivo de la orden jesuita en Brasil, se presenta como una misión factible y con resultados palpables, a pesar de los peligros que para los misioneros entraña la presumida lujuria inherente de estos pueblos, tal y como consideraba el padre Anchieta, en una carta dirigida al Padre General de São Vicente en 1560, cuando indica: “Se ve en muchos, principalmente en las mujeres tanto libres como esclavas, muy manifiestas señales de virtud, principalmente en huir y detestar la lujuria. Y como es comúnmente una ruina para el género humano, en esta gente parece que tuvo siempre no solo imperioso señorío sino también la tiranía más cruel”.31
Como se puede apreciar en los textos anteriores existe un hilo conductor en la literatura jesuítica sobre las mujeres indígenas como es el de la lujuria insertada en su naturaleza, casi a modo de condicionante genético. Para autoras como Klawe,32 esta noción encuentra su origen en una ausencia de comprensión por parte de los misioneros del papel de la poligamia en algunos de los pueblos indígenas de Brasil. Siguiendo una tradición que se remonta a la literatura antiislámica medieval, en la que Mahoma y los musulmanes eran calificados como lujuriosos y depravados por practicar la poligamia,33 los religiosos jesuitas asociarán esta práctica con el deseo sexual desenfrenado, sin tener en cuenta que, en términos generales, la poligamia servía para establecer alianzas tribales, por lo que solía restringirse a las élites de dichas tribus. Por otra parte, los colonos y las tribus indígenas se beneficiaron mutuamente de este sistema de alianzas, obteniendo los colonos satisfacción a su necesidad de compañía femenina y los indígenas, ventajas ante el nuevo poder establecido en sus territorios. En términos generales, tal y como indica la autora indígena guaraní Geni Nuñez,34 las relaciones de pareja en los pueblos originarios de Brasil no se basaban en la indisolubilidad del vínculo, sino en el consenso sobre su perdurabilidad. De este modo, cada miembro tenía libertad de romper este vínculo en cualquier momento, lo que impedía que, a los ojos de los evangelizadores jesuitas,35 el orden social indígena pudiera tener compatibilidad con la doctrina cristiana.
Realmente, la comprensión de estos fenómenos sociales requería un profundo conocimiento sobre el terreno que los superiores de la orden jesuita, destinatarios de esta literatura, no poseían. Por ello la solución más práctica fue la de asimilar el comportamiento de las mujeres indígenas a las categorías teológicas de pecado, lo que, a la postre, contribuía a justificar su presencia en el territorio brasileño. Este es uno de los factores que condiciona el severo juicio que el poeta y crítico literario Silvio Romero realiza, a finales del siglo XIX, sobre la literatura de este periodo cuando señalaba que: “Los misioneros y colonos inteligentes del siglo XVI, que dejaron noticias escritas sobre nuestros salvajes, eran demasiado incompetentes para una observación regular, capaz de sorprender los más íntimos hechos sociales y la fundamental psicología de esas gentes rudimentarias”.36
Conclusión
A lo largo del siglo XVI se desarrollaron en Brasil una serie de manifestaciones literarias en las que las mujeres indígenas fueron objeto de diferentes representaciones. Sin embargo, estas obras tuvieron en común una serie de aspectos esenciales que condicionaron la carga ideológica subyacente a la representación de estas mujeres. En primer lugar, estas obras fueron en todos los casos escritas por hombres, formados en la mentalidad patriarcal propia de la época en la que escriben, lo que condicionará de modo evidente el tratamiento de aspectos íntimos de estas mujeres como es su sexualidad.
En segundo lugar, estas obras fueron escritas mayoritariamente desde el desconocimiento de la lengua, de la cultura y del papel social de las mujeres dentro de las sociedades indígenas, por lo que la atribución de una serie de valores morales e incluso la puesta en duda de la racionalidad de estas mujeres se construye a partir del grado de diferencia con los valores culturales, morales y religiosos de los autores, europeos y eurodescendientes, que escribieron la literatura analizada en este artículo. Brasil adoptó de su metrópoli no solo su lengua, sino también gran parte de sus formas culturales. Esta herencia no puede ser olvidada a la hora de analizar su literatura, entendida como la manifestación cultural más influida por las matrices europeas, asimiladas a través de Portugal. Por ello la representación de las mujeres indígenas se realizará a partir de unos valores culturales, morales y religiosos que serán utilizados por los autores para describir y calificar unas realidades totalmente desconocidas.
En tercer lugar, la construcción de la imagen de las mujeres indígenas está, en la mayoría de los casos, supeditada a intereses superiores como son la construcción de un estado colonial, la evangelización de otros pueblos o la formación de elementos culturales específicos dentro de un Imperio colonial, lo que se realizará a partir de la negación de una identidad propia de estas mujeres en cuanto integrantes de los pueblos originarios de Brasil.
Como reflexión final, cabría referir un aspecto destacado por el autor brasileño António Cândido, cuando refería que uno de los aspectos más relevantes de la literatura en Brasil de este periodo sería el de “marcar posiciones para un futuro”.37 Efectivamente, la literatura analizada nos muestra solamente el inicio de un camino de construcción de estereotipos sobre las mujeres indígenas que aún hoy día parece no haber terminado. A principios de nuestro siglo, la autora indígena brasileña Eliane Potiguara iniciará un movimiento literario de deconstrucción de dichos estereotipos, seguido por un número creciente de autoras también indígenas.38 En dicho movimiento, la escritura en lengua portuguesa se convierte en herramienta de denuncia y, al mismo tiempo, de diálogo con el resto de la sociedad brasileña con poemas cargados de simbolismo y memoria histórica como “Brasil”, escrito por dicha autora y del que se extrae el siguiente fragmento:
Brasil ¿Qué hago con mi cara de india?
Y mi cabello
Y mis arrugas
Y mi historia
Y mis secretos […]
¿Qué hago con mi cara de india?
¿Y mi sangre
Y mi consciencia
Y mi lucha / Y nuestros hijos?
Brasil, ¿Qué hago con mi cara de india?
No soy violencia
o violación
Soy historia
Soy guerrera
Barriga brasileña
Vientre sagrado
Pueblo brasileño.39
En el Brasil del siglo XVI los colonizadores dejaron registros escritos en los que describieron minuciosamente el territorio y los pueblos que allí encontraron. Dichos registros estuvieron marcados por una profunda carga de subjetividad derivada de los poderosos intereses subyacentes a la magna empresa colonial y de los valores culturales que portaban los autores desde el continente europeo. La incorporación de las mujeres indígenas brasileñas al debate literario se nos presenta como una valiosa oportunidad para la preciada búsqueda de la objetividad histórica por medio de la suma y contraste de subjetividades.










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