Introducción
Los latinos o hispanos1 son la minoría demográfica más grande en Estados Unidos; superan a los afroamericanos. En las elecciones del 2020, en tres estados, California, Texas y Nuevo México, los latinos representaron más del 30 por ciento de los votantes registrados (en Nuevo México son incluso el 42.8 por ciento) (Caldava, 2020: 16). El número de votantes registrados de origen latino en estados “péndulo” (swing states) como Pennsylvania, Wisconsin o Michigan, es mayor que el margen de victoria que ha habido en las últimas elecciones (Caldava, 2020: 21-34), por lo que el voto latino sin duda es decisivo y puede inclinar la balanza a favor o en contra de un partido o candidato.
Sin embargo, existe el riesgo de simplificar el entendimiento del voto latino. En estados como Arizona o Nuevo México, los latinos son principalmente de ascendencia mexicana, mientras que en Florida o Nueva York provienen en su mayoría de Centroamérica y el Caribe.2 En Arizona, los mexicoamericanos lograron que en ese estado, que históricamente había sido bastión del Partido Republicano, los demócratas ganaran en el 2020. En Florida, que también cuenta con una importante población latina, triunfó Donald Trump gracias al apoyo de las comunidades de cubanos, venezolanos y nicaragüenses de ese estado (Morales, 2020).
Lo anterior muestra que la comunidad latina, sobre todo en términos electorales, no es monolítica, por lo que el presente artículo se concentra en explicar las trayectorias electorales del voto latino en California y Texas, aclarando que la dinámica del voto latino en otros estados tiene sus elementos distintivos.3 Estudiar a California y a Texas no es solamente estudiar el comportamiento electoral en dos territorios particulares, sino que, como consecuencia del sistema electoral de Estados Unidos de votación indirecta, donde gana no quien tiene más votos populares, sino más votos en el Colegio Electoral, implica analizar dinámicas locales que tienen una gran relevancia en la elección presidencial. Además, como son los estados más poblados de ese país, son cruciales en la composición del Congreso, especialmente en la Cámara de Representantes (ambos estados en conjunto tienen ochenta y nueve congresistas, de un total de cuatrocientos treinta y cinco).
Un realineamiento electoral es una modificación duradera y relativamente estable de los patrones de comportamiento de los votantes, una reconfiguración de los liderazgos y un reacomodo de las posiciones de los grupos partidistas (Bravo, 2006: 221). Un ejemplo típico de realineamiento electoral es cuando un estado, dominado por un solo partido, se vuelve competitivo.
En este trabajo se busca explicar los realineamientos electorales que han experimentado los dos estados con mayor población latina y de ascendencia mexicana en Estados Unidos: California y Texas. Se pretende visibilizar el papel protagónico que en ambos realineamientos ha jugado el voto de los latinos, así como mostrar las tendencias electorales que se han producido por el cambio demográfico que, como se verá más adelante, proyecta a los latinos como el grupo étnico mayoritario en ambos estados para las próximas décadas.
El artículo se divide en cuatro secciones. En la primera se hace un análisis del contexto de polarización ideológica en que se genera el protagonismo del voto latino en la política de Estados Unidos; en la segunda sección se muestran los cambios demográficos que está experimentando el país, donde los ciudadanos “blancos” están dejando de ser el grupo étnico mayoritario; en la tercera, se explica el realineamiento electoral de California, que convirtió a los demócratas en el partido hegemónico de ese estado. En la última sección se hace lo propio con Texas, donde se ha pasado de estar dominado por los republicanos, a ser un estado fuertemente disputado y competido.
La polarización política en los Estados (des)Unidos de América
La lucha política es consustancial a la democracia liberal y pluralista. En las democracias liberales, el disenso y la diversidad de opiniones son considerados elementos saludables para la vida pública, no una amenaza. Aunque la competencia y la oposición al gobierno es un elemento distintivo de la democracia liberal, para que esa forma de gobierno sea funcional y sustentable, el disenso tiene que estar acompañado de un mínimo de consenso sobre las reglas de convivencia política. La democracia es un tipo de gobierno basado en concordia discors, es decir, que combina y equilibra el conflicto con el consenso (Sartori, 2007).
Demasiado conflicto dificulta los acuerdos entre los diversos grupos que integran a la sociedad, y puede romper los pactos que mantienen unida a la comunidad política, lo que produce, desde ingobernabilidad, hasta separatismos, y, en casos extremos, guerras civiles. Como Sartori ha señalado, no es lo mismo una sociedad plural, a una sociedad polarizada y fragmentada (2001). La diferencia no reside en la cantidad de diferentes opiniones, posturas políticas y/o visiones del mundo presentes en una sociedad, sino en la “distancia ideológica” que haya entre ellas. En una sociedad con profundas divisiones ideológicas, religiosas o étnicas, el debate y la lucha partidista puede alcanzar niveles de fricción tan elevados, que existe el riesgo de perder el consenso político que sostiene el orden constitucional y democrático (Sartori, 2001).
Polarización política es cuando existe una profunda y marcada división entre las opiniones y posturas públicas de una sociedad, que se concentran en dos polos opuestos. En contextos democráticos, un sistema político está polarizado cuando los miembros de un partido trabajan solamente con los gobernantes o legisladores de su organización, sin colaborar, pactar o construir una legislación o política pública con miembros del partido rival (Abramowitz, 2010). En el caso de Estados Unidos, esto se traduce en que los republicanos trabajan sólo con otros republicanos, y los demócratas hacen lo propio únicamente con otros demócratas. Polarización política implica la destrucción del centro político, es decir, la marginación o debilitamiento de las voces moderadas. La polarización política significa que los discursos y posiciones extremas, excluyentes del “otro”, del rival político, se vuelven las dominantes en la política nacional (Kubin y Sikorski, 2021).
En las últimas décadas, la política estadounidense se ha ido polarizando a tal nivel, que los miembros de un partido pueden llegar a ver a los militantes del partido opuesto, como su enemigo, no sólo como su competencia o rival electoral. En las democracias, los oponentes electorales son con quienes se compite bajo un común entendimiento de las reglas del juego, y la voluntad mutua de acatar los resultados, aunque no le favorezcan (Linz, 2021). Pero el término enemigo, más propio de un enfrentamiento armado que de uno electoral, hace referencia a alguien que supone una amenaza para la sobrevivencia, alguien que debe de ser combatido y eliminado por cualquier medio necesario. En las siguientes páginas se muestra cómo el paso del oponente electoral al enemigo político, es una de las características de la política estadounidense de las últimas décadas.
En 1996, en la Convención Republicana para contender por la presidencia, Robert Dole, en su discurso cuando fue ungido como candidato para enfrentarse en las urnas a Bill Clinton, después de hacer duras críticas a la gestión del Presidente Demócrata, señaló: “El gobierno no puede dirigir al pueblo, el pueblo debe dirigir al gobierno. Esta no es la perspectiva de mi oponente, y es mi oponente, no mi enemigo” (Dole, 1996: párr. 131). En contraste, en pleno debate presidencial del 2016, Donald Trump manifestó su intención de encarcelar a su contrincante, Hillary Clinton (The Guardian, 2016). Este cambio de posturas se alcanza cuando se considera al “otro”, como el enemigo del pueblo o de la patria. Pero eso no es algo exclusivo de los republicanos, sino que también es algo compartido por los demócratas. En octubre del 2015, en el debate para obtener la nominación del partido Demócrata, Hillary Clinton fue cuestionada sobre a quiénes consideraba sus enemigos. Ella contestó que: “[…] los iraníes y los republicanos” (The Washington Post, 2015: párr. 412). Es menester señalar que cuando Clinton puso a la par a los republicanos con un régimen que los medios de comunicación estadounidense califican de “terrorista” y de ser “una amenaza a la democracia”, el auditorio Demócrata estalló en júbilo.
Eventos como que el perdedor de las elecciones no reconozca el triunfo de su oponente, que anteriormente eran exclusivos de países con regímenes autoritarios o democracias incipientes, ya han tenido lugar en Estados Unidos, como ocurrió en las últimas elecciones presidenciales. Su existencia se explica precisamente por el ambiente de polarización y encono que ha envuelto a esa nación.
Lo anterior no es exclusivo de los liderazgos partidistas, tanto demócratas como republicanos. Los militantes y simpatizantes de ambos partidos, cada vez más, ven a su contendiente, no solamente como alguien que está equivocado o tiene ideas incorrectas, sino como personas malvadas, que son un peligro para la prosperidad del país. Según un estudio del Pew Research Center, el 45 por ciento de los republicanos y el 41 por ciento de los demócratas, ven a las políticas del otro partido como “una amenaza al bienestar de la nación” (Survey conducted, 2017, como se citó en Pew Research Center, 2017). Otro ejemplo en el incremento de la mutua hostilidad partidista en Estados Unidos, es que en 1960, solamente el 5 por ciento de los republicanos y el 4 por ciento de los demócratas, dijeron que se disgustarían si uno de sus hijos contrajera matrimonio con alguien del otro partido. Para el 2010, el 49 por ciento de los republicanos y el 33 por ciento de los demócratas dijeron que, si uno de sus hijos se casara con alguien del partido contrario, estarían “algo o muy enojados y/o infelices” (Iyengar et al., 2012: 13).
En Estados Unidos, el convivir en el día a día con personas con una identificación partidista opuesta o diferente a la propia, es algo que se ha reducido considerablemente en las últimas décadas. Antes de 1970, más del 76 por ciento de los estadounidenses vivía en condados bipartidistas (Bishop, 2009: 42), es decir, donde ambos partidos se alternaban el poder, y la gente que votaba por un partido en una elección, solía hacerlo por el otro en la siguiente. Pero como muestra la gráfica 1, ha habido un incremento de más del 100 por ciento de las personas que viven en condados dominados por un solo partido.

Fuente: Elaboración propia con datos de Bishop (2020).
Gráfica 1 Porcentaje de ciudadanos de Estados Unidos que viven en condados con partido dominante
Los estadounidenses están divididos incluso en términos territoriales. Los datos de las elecciones del 2016 y 2020, muestran que las zonas urbanas son predominantemente demócratas, mientas que las rurales son abrumadoramente republicanas (Siegler, 2020). En términos ideológicos, es decir, en cuanto a valores políticos y visión del mundo, como muestra la gráfica 2, en los últimos veinte años las posiciones políticas de simpatizantes de cada partido, cada vez más se han ido alejando del “centro”, con tendencia a dirigirse en los extremos del espectro ideológico, ya sea a la izquierda o a la derecha.

Nota: Consistencia ideológica basada en una escala de 1-10. El área azul representa la distribución ideológica entre los “ligeramente demócratas” y los “demócratas duros”. El área roja representa la distribución ideológica entre los “ligeramente republicanos” y los “republicanos duros”. El gráfico muestra cómo las posiciones ideológicas de ambos partidos, con el paso del tiempo, se van alejando del “centro”, y se van concentrando en los polos opuestos.
Fuente: Encuestas de ubicación ideológica. Versión propia sobre la gráfica presentada por el Pew Research Center (2017).
Gráfica 2 División ideológica entre Republicanos y demócratas
Como muestra la gráfica 3, la visión negativa que tienen los miembros de un partido frente a los del otro, han mantenido una trayectoria claramente ascendente durante las dos últimas décadas. Más de la mitad de los simpatizantes de un partido, tanto republicanos como demócratas, tienen actitudes cada vez más desfavorables uno respecto del otro.

Fuente: Elaboración propia con datos de las encuestas del Pew Research Center (2016; 2022a).
Gráfica 3 Porcentajes de miembros de un partido que tienen una concepción negativa sobre los simpatizantes del otro
Zachary Neal, profesor de la Universidad de Michigan, ha documentado el com portamiento de cada congresista y senador de Estados Unidos desde 1973 a 2016. Sus hallazgos documentan cómo, cada vez menos, se generan legislaciones como resultado del trabajo y colaboración de ambos partidos. La labor legislativa bipartidista por décadas fue crucial para el funcionamiento del sistema político de Estados Unidos, pero en los últimos veinte años, las iniciativas enviadas por un presidente, sea demócrata o republicano, son rechazadas, en promedio, por más del 96.8 por ciento de los legisladores del partido contrario (Neal, 2020). Por lo tanto, para que una ley, un tratado o un programa se aprueben, no es tanto por negociación, sino por avasallar por mayoría de votos al rival.
Cuando la confección y aprobación del presupuesto deja de estar basada en meros intereses económicos y la lucha por recursos, y en su lugar se pasa a lo que Fukuyama (2018) llamó “políticas de identidad”, es decir, donde lo que está en juego son reivindicaciones identitarias, como la dignidad humana, los elementos que caracterizan a la identidad nacional, o el reconocimiento del otro como ciudadano, se vuelve cada vez más estrecho el margen para ceder, transigir y llegar a acuerdos con quien tiene una postura diferente. ¿Cómo se llegó a esto?
Hasta la década de 1960, los partidos políticos de Estados Unidos eran coaliciones de múltiples intereses, no organizaciones políticas identificadas con una ideología específica, mucho menos como agrupaciones de determinados grupos raciales, étnicos o religiosos. Había “demócratas conservadores” (teniendo como uno de sus grandes bastiones electorales a los estados sureños que practicaban la segregación racial) y “republicanos liberales” (su máximo exponente fue Nelson Rockefeller). En contraste, actualmente hablar de demócratas conservadores y republicanos liberales sería un oxímoron. Contrario a lo que suele creerse, el identificar a los demócratas con el liberal-progresismo y a los republicanos con el conservadurismo es un fenómeno bastante reciente, forjado en las últimas décadas (Gómez, 2019). Incluso Giovanni Sartori, que era bastante crítico ante los vicios o defectos del presidencialismo estadounidense, señalaba que ese sistema político funcionaba gracias a que, por décadas, los grupos moderados eran la mayoría en ambos partidos, lo que se traducía en que la política de Estados Unidos se caracterizaba por contar con una fuerte carga de pragmatismo (Sartori, 2008). Unas de las características distintivas que para Sartori tienen los presidencialismos, es el fenómeno de gobierno dividido, que en su versión estadounidense era superado de forma democrática gracias a la negociación, la transigencia (political compromise) y los pactos entre ambos partidos (Sartori, 2008), en lugar de la obs trucción y el bloqueo que los partidos actuales se hacen mutuamente cada vez más desde hace tres décadas (Lee, 2016).
La base de votantes de los partidos Demócrata y Republicano, por décadas, tampoco estaba identificada con grupos religiosos o raciales específicos. Con el New Deal, los demócratas conquistaron el “voto negro” en las ciudades industrializadas del medio-oeste, como Chicago o Detroit, pero al mismo tiempo la población blanca de los conservadores (y racistas) estados sureños también eran un bastión electoral demócrata. Al mismo tiempo, hasta la posguerra, había un gran porcentaje de afroamericanos, en los estados del sur y el oeste, que apoyaban al Partido Republicano, que seguían asociando con Abraham Lincoln (Kabaservice, 2012).4
Pero mucho ha cambiado desde entonces. En el 2012, Barack Obama ganó con un porcentaje de “voto blanco” mucho menor que el de previos candidatos demócratas, con sólo el 39 por ciento, en contraste con el más del 90 por ciento del “voto negro” (Zingher, 2014). Posteriormente, Trump demostró que se podía ganar una elección con un discurso abiertamente nativista, que apela a los miedos de los blancos que creen que “están perdiendo a su propio país” (Skocpol y Williamson, 2016: 3). Cada vez más el Partido Republicano es visto como el partido de los cristianos y la clase trabajadora blanca, y el Demócrata como el de las minorías étnicas y las mujeres de clase media con alta escolaridad (Haberman, 2020).
La polarización política tiende a producir lo que la psicología social llama “realismo ingenuo”, esto es, la tendencia a creer que se aprecia al mundo con objetividad, por lo que quien tiene una opinión diferente, se cataloga como desinformado, irracional o prejuicioso. El realismo ingenuo construye sesgos cognitivos, como creer que quien pertenece a cierta ideología, grupo o partido político, tiene unas características determinadas (Ross y Ward 1996). Por ejemplo, asumir que porque alguien es de “izquierda” es una persona “bien intencionada” o solidaria; o que alguien, sólo por ser de determinada religión, es una persona ignorante; o viceversa, alguien puede creer que otra persona, por tener una identidad religiosa muy arraigada, es moralmente superior. Esto conduce al tribalismo, a temer, o incluso odiar, a quien se cree no pertenece a nuestro grupo.
Las causas de esta polarización política son bastante diversas, donde confluye un aumento de las desigualdades de ingreso entre los estadounidenses, aunado a que las reglas en que operan sus partidos, como sus elecciones primarias, incentivan el radicalismo ideológico (Barber y McCarty, 2016). Pero sin duda, una variable que ha tenido un gran impacto en la polarización política de Estados Unidos, son los cambios demográficos que ha vivido ese país en las últimas tres décadas, los cuales se señalan a continuación.
La desaparición de la mayoría blanca en Estados Unidos
Los datos de los censos del 2010 y 2020 de la Oficina del Censo de Estados Unidos muestran cómo ese país está experimentando un cambio demográfico sin precedentes, donde los sectores denominados “blancos”5 están reduciendo su porcentaje poblacional respecto a otros grupos étnicos, sobre todo el de “latinos” o “hispanos”. Según las proyecciones de la misma oficina del censo, se estima que para el año 2040 la población “blanca no hispana” dejará de ser la mayoritaria, alcanzando solamente el 49.7 por ciento del total de habitantes (Vespa et al., 2020). La proyección demográfica oficial prevé que para el 2030, los “latinos” o “hispanos” serán el 21.1 por ciento del total de la población, dejando muy por detrás a los afroamericanos (el 13.8 por ciento) y los asiáticos (un 6.9 por ciento).
Como varios autores sobre el comportamiento electoral han señalado (Campbell et al., 1980; Leweis-Beck et al., 2008; Moreno 2015), los motivos por los cuales la gente vota o se identifica por un partido son muy variados. Influyen la clase social, el género, la geografía, la lengua, e incluso la religión. A pesar de esa diversidad de variables que intervienen sobre el voto, en la explicación del actual extremismo ideo lógico en Estados Unidos y la creciente polarización que en los últimos años han experimentado los partidos políticos de ese país, destacados especialistas en el tema han señalado que las tensiones étnico/raciales ocupan un factor central (Skocpol y Williamson, 2016; Kabaservice, 2012; Abramowitz, 2018). Esos trabajos académicos han mostrado cómo muchos grupos, especialmente liberales,6 celebran ese cambio demográfico hacia el multiculturalismo; mientras que otros, sobre todo conservadores, se escandalizan y lo ven como la ruina de su país. Investigaciones con una fuerte base empírica, como las de Craig Maureen (2014) y Enos Ryan (2014), muestran cómo los blancos estadounidenses, ante la amenaza de que ya no sigan siendo el grupo mayoritario de su propia sociedad, tienen una fuerte inclinación por apoyar al Partido Republicano, así como a políticas que contengan la migración.
También se puede observar un incremento del apoyo electoral al nativismo y la xenofobia en condados donde el porcentaje de latinos se ha incrementado notoriamente. El aumento acelerado de población latina ha ocasionado un mayor éxito en las urnas de candidatos con discursos antiinmigración. Por ejemplo, el condado de Trempealeau, Wisconsin, experimentó del 2000 al 2015 un incremento de latinos del 1200 por ciento (DataUSA, 2021). Aunque en Trempealeau los latinos siguen siendo un grupo bastante minoritario que no alcanza ni el 5 por ciento de la población, en ese lugar que históricamente fue demócrata, en el 2016 Donald Trump ganó al incrementar en casi un 20 por ciento los votos que en promedio obtenían los republicanos en ese condado; en el 2020, Trump lo ganó incluso por un margen mayor. En el 2016, el 54 por ciento votó por el Partido Republicano, y en el 2020 lo hizo el 57.5 por ciento (Politico Report, 2021) ¿Por qué?
Contrario a la idea de que la presidencia de Obama representaba la culminación de un “proceso de reconciliación racial en Estados Unidos”, como él mismo lo expresó en su discurso de toma de posesión del cargo, el triunfo de Trump en las elecciones siguientes terminó con la ilusión de un “Estados Unidos postracial”. Por el contrario, el tener un presidente afroamericano hizo que se enardeciera y radicalizara el debate sobre la diversidad racial, y en cómo el multiculturalismo impacta políticas públicas de toda índole: sanidad pública, seguridad social, estímulos fiscales, impuestos, e incluso la identidad nacional (Dawson y Lawrance, 2009; Tesler, 2016; Bacon, 2015). La evidencia empírica de las investigaciones de Maureen, Richeson y Ryan (2014) muestra que entre más posiciones de poder y riqueza escalan los miem bros de grupos étnicos “no blancos”, más se polariza el debate político y más extremas se vuelven las posturas de los simpatizantes de los dos grandes partidos.
El voto latino y la construcción de la hegemonía demócrata de California
Los cambios demográficos anteriormente mencionados que están ocurriendo a nivel nacional ya fueron experimentados con anterioridad a nivel estatal en California. Como se muestra en la gráfica 4, desde hace más de dos décadas los blancos dejaron de ser la mayoría. ¿Qué cambios electorales y partidistas hubo como consecuencia de ello?

Fuente: Elaboración propia con datos de la Oficina del Censo de Estados Unidos (U.S. Census Bureau, 2020).
Gráfica 4 Cambios en la demografía de California por grupo étnico.
Hasta la década de 1990, sobre todo en lo referente a las elecciones presidenciales, California fue un estado donde el Partido Republicano tenía una presencia importante; hoy es un sólido bastión del Partido Demócrata. De California emergieron figuras nacionales del Partido Republicano, como Richard Nixon e incluso Ronald Reagan, que se convirtió en un icono del conservadurismo estadounidense. Entre 1952 y 1988, los republicanos ganaron en California nueve de las diez elecciones pre sidenciales;7 en contraste, desde la década de 1990 y hasta la fecha, los demócratas han ganado en todas y cada una de las elecciones presidenciales. Al mismo tiempo, desde hace treinta años el Partido Demócrata en California ha tenido un avasallador control de la legislatura estatal en ambas cámaras, ha ganado todas las elecciones para las dos senadurías federales8 y actualmente cuenta con cuarenta y dos de las cincuenta y tres curules en la Cámara de Representantes ¿Cómo ocurrió ese cambio electoral?
El cambio demográfico experimentado por California es importante, pero no basta para explicar ese realineamiento electoral. También es necesario tomar en cuenta los cambios ocurridos en ambos partidos, especialmente en el Republicano, con el ascenso de un conservadurismo de corte populista y nativista, que desplazó al conservadurismo globalizador y moderado.
La elección que representó un antes y un después para el bipartidismo de California tuvo lugar en 1994 con el referéndum de la propuesta 187 (Save Our State -SOS-). En esa elección el gobernador republicano Pete Wilson buscó prohibir que los inmigrantes ilegales tuvieran acceso a los servicios otorgador por el estado de Ca lifornia, como es el caso de la sanidad y la educación pública. El Partido Republicano hizo campaña y apoyó abiertamente la Propuesta 187 (Damore y Pantoja, 2013).
La Propuesta 187 fue aprobada y Pete Wilson ganó su reelección como gobernador en 1995, pero ese beneficio inmediato provocó efectos negativos para los republicanos en el mediano y largo plazos, como se aprecia en la gráfica 5. A raíz de esa elección, se detonó un activismo entre la comunidad latina de California, que asoció fuertemente al Partido Republicano con políticas hostiles a ella (Suárez-Orozco, 1996). El Partido Demócrata aprovechó esa coyuntura cuando en la elección de 1999, su candidato Gray Davis centró su campaña por la gubernatura de California en atacar la Propuesta 187. El Partido Demócrata buscó que el votante latino lo identificara como la organización política que los defendía contra los ataques de los conservadores nativistas (Cain et al., 2000).

Fuente: Elaboración propia con datos de la Enciclopedia de Política Estadounidense (Ballotpedia, 2021).
Gráfica 5 Elecciones presidenciales en California (porcentajes)
Desde la década de 1990, los latinos californianos no solamente empezaron a votar y a movilizarse políticamente, sino que lo hicieron en un sentido fuertemente contrario al Partido Republicano, pero no es una tendencia exclusiva de California.
Como muestra la gráfica 6, los latinos en Estados Unidos manifiestan una fuerte identificación partidista demócrata, aunque en los últimos años los republicanos han mostrado un incremento considerable en ese sector del electorado (al pasar de un 24 al 34 por ciento). Dos de cada tres latinos se identifican como demócratas, a pesar de que algunos estudios muestran que la cultura política de la mayoría de ellos es “socialmente conservadora”, influenciada por una fuerte inclinación hacia la religión católica (Olson, 2016). La explicación radica en que, para los latinos, al momento de votar la economía suele pesar más que los “temas sociales” o morales. Los latinos, a nivel nacional, no sólo en California, suelen tener en el ámbito económico posturas más cercanas a las políticas demócratas, orientadas a contar con un gran Estado de bienestar, y una activa intervención del gobierno en la economía, en contraposición a las políticas de bajos impuestos y desregulaciones que impulsan los republicanos (Eagle Forum, 2014).

Fuente: Elaboración propia con datos del Pew Research Center (2017; 2022b).
Gráfica 6 Identificación partidista del votante latino (porcentajes)
Texas y el voto latino: de la hegemonía republicana a la competitividad demócrata
Actualmente el estado de Texas está experimentando un cambio demográfico que ha significado un incremento notable del porcentaje de latinos o hispanos. Durante la última década, el 48 por ciento de los “nuevos texanos” ha sido por un “incremento natural”, es decir, hijos de residentes texanos; solamente un 18 por ciento provino del extranjero. El dato que resalta es que el 34 por ciento de los nuevos texanos provienen de otras zonas de Estados Unidos, donde California es el principal lugar de origen (Texas Demographic Center, 2021).
En la última década, más de diez millones de residentes de California se han mu dado a Texas, llevando sus preferencias políticas consigo, pero también hay que tener en cuenta que la tasa de fertilidad de los latinos texanos (2.14) es superior a la de los blancos “anglos” (1.71), e incluso de los afroamericanos (1.83) (Texas Demographic Center, 2021: 31). Como muestra la gráfica 7, en Texas los latinos están próximos a su perar a los “blancos”, pero el Partido Republicano sigue cosechando triunfos. ¿Por qué?

Fuente: Elaboración propia con datos del Texas Demographic Center (2018).
Gráfica 7 Trayectorias demográficas de blancos y latinos en Texas
A diferencia de lo ocurrido en California, los republicanos texanos han buscado tener una base electoral multiétnica. Son muy ilustrativos al respecto los discursos que en la década de 1980 tenían líderes republicanos de la talla de Ronald Reagan y George Bush padre frente a la migración, proponiendo reformas que le permitieran a la comunidad latina trabajar legalmente, educarse e integrarse en la sociedad estadounidense. Cuando el 4 de abril de 1980, en Houston, Texas, protagonizaron el debate republicano buscando la nominación presidencial, se les preguntó a los candidatos sobre si se les debía de permitir a los hijos de los inmigrantes ilegales asistir a las escuelas públicas gratuitamente, o si sus padres deberían de pagar por su educación, a lo que George Bush respondió: “Si hacemos eso, vamos a marginar a una parte completa de la sociedad compuesta por familias honestas, decentes y realmente adorables […] No quiero ver a un niño de seis u ocho años totalmente sin educación, haciéndole sentir que vive fuera de la ley. Ellos son gente buena, gente fuerte. Parte de mi familia es mexicana” (Time, 2017).
Ante la misma pregunta, Ronald Reagan dijo lo siguiente:
En lugar de poner una cerca entre nosotros y nuestros vecinos, ¿por qué no reconocemos nuestros mutuos problemas? Debemos hacer posible que ellos puedan venir legalmente, que trabajen aquí, que consuman aquí, que paguen impuestos aquí. Que cuando tengan que regresar, que regresen, y cuando tengan que irse, que se vayan; abrir la frontera en ambos lados al entender sus problemas y atender nuestras necesidades (Time, 2017).
Por lo anterior, no es de extrañar que la comunidad latina de Texas, durante décadas, no viera con miedo o como una amenaza al Partido Republicano; al contrario, fue Ronald Reagan quien implementó con éxito una ambiciosa reforma que legalizó a más de 2 700 000 migrantes (mayormente latinos); ésa fue la reforma migratoria más grande hasta la fecha en la historia de Estados Unidos. George Bush hijo, en el 2007, intentó una nueva reforma migratoria, aunque no pasó en el Senado, la cual pretendía legalizar alrededor de 12 000 000 de indocumentados, es decir, un 500 por ciento más que la reforma migratoria de Reagan (Angoa, 2004). Sin embargo, en el último decenio mucho ha cambiado en el conservadurismo republicano, donde los nativistas y proteccionistas han ganado posiciones dentro de ese partido.
El republicanismo y el conservadurismo estadounidense en la última década ha experimentado cambios profundos, donde dos facciones se disputan el control del partido: el conservadurismo reaganiano (globalista y pro libre mercado) frente al “conservadurismo populista” (proteccionista, nacionalista y nativista) emanado del Tea Party,9 y actualmente liderado por Donald Trump (Alberta, 2019a). Como ha señalado Paul Ryan, el líder de los republicanos en la Cámara de Representantes del 2015 al 2019: “La facción reaganiana desplazó a la facción de Rockefeller y se apoderó del partido. Ahora la facción de Trump está derrotando a la facción Reagan” (citado por Alberta, 2019b: párr. 25).
El triunfo que la facción trumpista ha experimentado en los últimos años dentro del partido Republicano, al desplazar a los históricos liderazgos conservadores, ha provocado en Texas una reacción del voto latino cada vez más contraria a los republicanos (similar a lo que pasó en California con la Propuesta 187 de Pete Wilson). Es por ello que, como se muestra a continuación, las elecciones texanas cada vez han estado más competidas.
En Texas han ganado todos los candidatos republicanos a las elecciones presidenciales desde 1968, tal y como se aprecia en la gráfica 8 (la única excepción fue cuando ganó Jimmy Carter, originario del estado sureño de Georgia). Pero en 2018 ocurrió el insólito hecho de que el candidato demócrata, Beto O’Rourke, perdió por tan sólo un 2 por ciento de los votos, frente al senador republicano Ted Cruz (un conservador emanado del Tea Party), cuando en las últimas décadas la brecha entre ambos partidos había sido de dos dígitos. El candidato demócrata tuvo como el centro de su campaña la “migración comprensiva” y el acceso universal a los servicios de sanidad, caso contrario del senador republicano que tenía un discurso de “fronteras seguras” (un eufemismo para referirse a endurecer las políticas migratorias) y apoyar la financiación del muro fronterizo con México que quiso construir Donald Trump.

Fuente: Elaboración propia con datos de la Enciclopedia de Política Estadounidense (Ballotpedia, 2021).
Gráfica 8 Histórico de elecciones en Texas para Presidente de Estados Unidos
En las elecciones presidenciales del 2020, los demócratas ganaron principalmente en las grandes urbes, en los distritos más densamente poblados: Dallas, Houston, Austin, San Antonio, Laredo y El Paso (Texas Results, 2020). Con el incremento poblacional que ha experimentado Texas en los últimos tiempos, ambos partidos han aumentado sus votos. Pero los demócratas elevaron su cosecha de votos al 100 por ciento respecto a las elecciones intermedias del 2014, mientras que los republicanos sólo lo hicieron en un ١٤ por ciento (Ballotpedia, 2021). Esto indica que la inmensa mayoría de los nuevos votantes de Texas tiene una fuerte inclinación por los demócratas sobre los republicanos. Esto se explica en gran medida porque la mayoría de los nuevos votantes en Texas son “no blancos”, especialmente latinos.
Los latinos o hispanos suelen concentrarse demográficamente en los distritos más urbanizados. En esas zonas metropolitanas texanas, los demócratas lograron victorias contundentes: en Dallas, Biden el 65.1 por ciento y Trump el 33.4 por ciento; en Travis (ciudad de Austin), Biden el 71.6 por ciento y Trump un 26.5 por ciento; en Harris (ciudad de Houston), Biden el 56 por ciento y Trump el 42.7 por ciento; en Bexar (ciudad de San Antonio), Biden el 58.2 por ciento y Trump el 40 por ciento (Texas Results, 2020).
El activismo y protagonismo de organizaciones como Voto Latino, JOLT y Rock the Vote, para promover el registro de votantes latinos, empoderar a los liderazgos provenientes de esa comunidad, y hacer cabildeo (lobby) para impulsar una agenda en favor de la comunidad latina en Texas, ha cobrado gran relevancia por el hecho de que actualmente los latinos son el 39.4 por ciento de la población con edad de votar en ese estado. Para el 2030, los latinos serán el más grande grupo étnico texano, como consecuencia de que actualmente alrededor del 50 por ciento de los menores de dieciocho años en Texas son latinos (U.S. Census, 2020).
Esos datos muestran el enorme potencial electoral que próximamente tendrán los latinos en Texas y, por consiguiente, en la política nacional. Sin embargo, los latinos siguen teniendo las tasas de abstencionismo electoral más altas de Estados Unidos. Están registrados para votar solamente entre el 31 y el 35 por ciento de los latinos que ya cuentan con la ciudadanía estadounidense (Olson, 2016), pero gradualmente esto empieza a cambiar conforme las políticas de los conservadores populistas los hacen sentir amenazados (Francis-Fallon, 2019). Eso fue lo que sucedió en California y los datos arriba señalados sugieren que también está ocurriendo en Texas.
No hay que caer en el error de creer que el inminente incremento de votantes latinos en Texas se traducirá automáticamente en que ese estado se volverá demócrata. Las reacciones del Partido Republicano frente al incremento demográfico latino pueden ser como las de los conservadores en California, pero también pueden aprender de sus errores del pasado. Hay que tener presente que, si bien los latinos tienden a votar mayoritariamente por los demócratas, lo hace en menor medida que el resto de los “no blancos”, tal y como se muestra en la gráfica 9.

Fuente: Elaboración propia con datos de la Encuesta Nacional de Salida para las elecciones del 2018 (CNN, 2018).
Gráfica 9 Voto por grupo étnico en las elecciones para el Congreso del 2018
Importantes líderes del Partido Republicano han manifestado su preocupación sobre que su partido, al enfatizar la representación de la clase trabajadora blanca y poco escolarizada, le dé la espalda a la comunidad latina y, con ello, perder competitividad electoral a futuro. Por ejemplo, en pleno debate para conseguir la candidatura republicana a la presidencia, Trump criticó a otros candidatos, especialmente al texano Jeb Bush, por ocasionalmente hablar en español en sus actos de campaña; Trump señaló que hablar inglés era parte nodal de la identidad nacional estadounidense. El senador por Texas, Ted Cruz de ascendencia hispana, guardó silencio. Pero el senador Marco Rubio, emanado del Tea Party, declaró:
Estoy de acuerdo que el inglés es la lengua unificadora de nuestra patria y todos deberían de aprender a hablarla. Es importante. Quiero contar la historia de alguien que no hablaba bien inglés, mi abuelo. Él vino a este país en los sesenta escapando de Cuba. Mi abuelo amaba mucho a Estados Unidos. Él entendió lo que era especial de esta gran nación. Él amaba a Ronald Reagan. Mi abuelo inculcó en mí la creencia de que yo era bendecido por vivir en la única sociedad de toda la historia humana, donde incluso yo, el hijo de un camarero, puede aspirar a lo que sea, a ser lo que quisiera, mientras tuviera la voluntad de trabajar duro para conseguirlo. Pero él me lo enseñó en español, porque era la lengua en que él se sentía más cómodo. Mi abuelo se convirtió en un conservador, incluso cuando él leía las noticias en español. Así que yo también doy discursos en español y explico el por qué: porque creo que la empresa libre y el gobierno limitado es la mejor manera para ayudar a la gente a conseguir movilidad social. Quiero dar ese mensaje en español, que lo oigan directo de mí, no de un traductor de Univisión (CNN, 2015).
Aún y después de que Trump perdió la elección del 2020, el trumpismo sigue teniendo un lugar relevante dentro del Partido Republicano. Esa disputa en el seno del conservadurismo estadounidense, entre la facción trumpista y otra más pragmática, es lo que en gran medida influirá en la postura que los votantes latinos vayan a tener frente al Partido Republicano y, con ello, si Texas sufre o no un realineamiento electoral como el que vivió anteriormente California.
Conclusiones
Las tendencias demográficas que está experimentando Estados Unidos han hecho que la comunidad latina se haya convertido en un actor crucial para poder ganar elecciones. Su peso poblacional es tal, que actualmente es muy difícil que alguien pueda ganar una elección presidencial en ese país sin el apoyo del voto latino. En California y Texas esto es todavía más evidente, donde sus respectivos realineamientos electorales no pueden explicarse sin el papel protagónico del votante latino.
El incremento demográfico de los latinos, especialmente los de ascendencia mexi cana, que tienden a apoyar a los demócratas, en contraste con los venezolanos, cubanos y centroamericanos, que tienden a apoyar más a los republicanos, ha convertido a California en un bastión demócrata. En el caso de Texas, que por décadas fue sólidamente republicano, cada vez más tiene las características de un estado péndulo o competido (swing state).
Los cambios demográficos son indispensables para entender esos realineamientos electorales que convirtieron a California en un estado “azul” o demócrata, al tiempo que han hecho de Texas un estado competitivo, con elecciones cerradas. Sin embargo, la variable demográfica no es suficiente para entender esos cambios en el sistema de partidos de ambos estados. Como consecuencia del ambiente de polarización política que vive actualmente Estados Unidos, es necesario tomar en cuenta los cambios ideológicos al interior de los partidos políticos, en especial del Republicano, donde el trumpismo se ha convertido en la corriente dominante.
Sería una simplificación atribuir la explicación a esos realineamientos electorales únicamente al incremento de latinos en California y Texas. Para entender esos cambios en las trayectorias electorales de esos estados, es importante tomar en cuenta las luchas ideológicas que internamente tienen los partidos políticos, especialmente el Republicano, donde actualmente cobra más espacios y protagonismo la facción nativista, xenofóbica y proteccionista, en detrimento de otra de corte globalista y cosmopolita. No es que los latinos sean per se contrarios al Partido Republicano, sino que depende de qué perfil de candidatos les pongan enfrente.
Si el Partido Republicano es controlado por los personajes que tienen un discurso similar al de Trump, los datos indican que es altamente probable que en Texas suceda lo mismo que en California hace un par de décadas: una sólida identificación entre los latinos con el Partido Demócrata y, con ello, el fin de la hegemonía republicana en ese estado. Si, por el contrario, el Partido Republicano logra abrirse y represen tar los intereses de un electorado más multicultural, acorde con la nueva composición demográfica de Texas, puede hacerse de una parte importante del voto latino, tal y como sucede actualmente en otros estados de la Unión.










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