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Polis

versão On-line ISSN 2594-0686versão impressa ISSN 1870-2333

Polis vol.20 no.1 México Jan./Jun. 2024  Epub 30-Jun-2025

https://doi.org/10.24275/uam/izt/dcsh/polis/2024v20n1/garcia 

Artículos

Representaciones en el running: Los cuerpos imaginados de los hombres

Social representations in running: The imagined bodies of men

Alejandra García-Cruz1 
http://orcid.org/0009-0008-6971-3718

1Facultad de Ciencias Políticas y Sociales (UNAM), alejandra.garcia@politicas.unam.mx


Resumen.

El objetivo de este artículo es construir algunas de las representaciones corporales de varones que radican en la Ciudad de México y que suelen correr como práctica lúdica o de autocuidados, lo cual es acotado como parte del mundo de sentido del running. El texto se compone de tres apartados. En el primero, recupero entrevistas realizadas a hombres adultos para dar cuenta de cómo consideran que son los cuerpos de los hombres, particularmente en relación con sus prácticas en el ámbito de la carrera. En el segundo, conceptualizo estas narraciones como representaciones corporales y destaco tres referentes, uno ligado a lo imponente; otro que es enunciado como delgado o fitness, y otro más relacionado con una forma de procurarse bienestar. Finalmente, en el tercero, recupero la categoría masculinidad hegemónica para resaltar que las representaciones de los cuerpos de los hombres, así como las respuestas a la hegemonía, son relacionales y cambiantes.

Palabras clave: cuerpo; representaciones; género y masculinidades

Abstract.

The objective of this article is to build some of the corporal representations of men that live in Mexico City who typically engage in running as a recreational activity or as a form of self-care, which is framed as part of the world of meaning of running. The article is structured into three sections. In the first section, I draw on interviews conducted with adult men to show their perceptions about men bodies, particularly in relation with their running practices. In the second section, I conceptualize these narratives as corporal representations and highlight three referents, one associated with the imposing; another named as slim or fitness, and another one related with a way of ensure well-being. Finally, in the third section, I recover de category of hegemonic masculinity to emphasize that representations of men´s bodies, such as the responses to hegemony, are relational and changing.

Key words: body; representations; gender & masculinity

INTRODUCCIÓN

El objetivo de este artículo es construir algunas de las representaciones corporales de varones que suelen correr como práctica lúdica o de autocuidados en la Ciudad de México. Defino la actividad de correr como una técnica corporal2 y el running como la práctica corporal de correr como deporte, competencia, recreación o autocuidado; se trata de un fenómeno complejo “de diversos planos críticos, materiales y discursivos [que] se coproducen en relaciones […], recreando subjetividades a partir del movimiento” (Herrera, 2018: 10) y me refiero a este como un ámbito de sentido en tanto que me pregunto por los diferentes sentidos de la acción (Schütz, 1974) que le dan forma.

La idea de “cuerpos imaginados” es un guiño a las comunidades imaginadas de Benedict Anderson (1993) por medio del cual me propongo enfatizar que el sentido de identidad o mejor, de identificaciones (Aguado, 2019: 170) de género, es imaginado, pero no irreal (Serret, 2011). Los cuerpos sujetos al género (De Lauretis, 2000) constituyen una aparente homogeneidad, pero, de igual forma, las categorías hombre y mujer3 aglutinan diversidades y desigualdades. Y yo me pregunto por la particularidad de estos hombres que corren.

El texto consta de tres partes. La primera recoge fragmentos de entrevistas realizadas a hombres adultos en las que expresan la forma en que piensan los cuerpos de los hombres, ya sea de manera explícita o a través de la construcción de datos.

En la segunda parte, argumento por qué considero que los cuerpos de los hombres son imaginados; propongo que lo expresado en las entrevistas constituye y da cuenta de un conjunto de representaciones corporales que a veces recrea y otras se distancia de los cuerpos imaginados, asimismo, agrego representaciones encontradas en redes sociales y en un par de libros para corredores. Finalmente, en la tercera parte relaciono estas expresiones con la ya clásica conceptualización “masculinidad hegemónica” de Connell (1997).

En continuidad con la propuesta de uno de sus textos, me pregunto si los cuerpos son agentes (2003) y en este sentido, cómo podríamos caracterizar sus vidas “imbuidas en el género” (Connell, 1997), en tanto que estoy de acuerdo que en Occidente “el sentido físico del ser hombre y del ser mujer es central para la interpretación cultural del género” (Connell, 2003: 83). A través de representaciones concretas, acotadas al running, reflexiono sobre las constantes recreaciones y transformaciones de las identificaciones de género.

En cada una de estas partes explicito los conceptos y propuestas teóricas y, de igual forma, detallo la manera en la que recogí los datos. Esta forma de escritura obedece al convencimiento de que posibilita vislumbrar que la investigación no es un proceso lineal en el que se parte de un corpus teórico acabado que se dirige hacia la recolección de datos ni que es un proceso inverso en el que la recolección de datos no está mediada ni por la teoría ni por la subjetividad, sino que se trata de un proceso “de ida y vuelta” (para ocupar una metáfora de movimiento).

PARTE I. ENTREVISTAS. ¿PARA QUÉ CORRER?

Esta forma de escritura me lleva a dos aclaraciones: la posición o contextualización de este artículo y mi posición en el campo. En cuanto a la primera, lo que presento a continuación surge de mi investigación de doctorado en Antropología social (García, 2023), cuya pregunta pretexto es: ¿para qué correr?, enfocada en quienes lo hacen en la Ciudad de México. Esto posibilita escudriñar los diferentes sentidos de la acción en un ámbito de sentido (Schütz, 1974), los cuales refieren a distintas representaciones corporales que, convengo con Le Breton, “son tributarias de un estado social, de una visión del mundo y, dentro de esta última, de una definición de la persona. El cuerpo es una construcción simbólica, no una realidad en sí misma” (Le Breton, 1995: 13).

De este modo, en las siguientes páginas me enfoco en las representaciones que son tributarias de un orden de género en el que lo masculino se ha transformado de cara a distintos cambios, entre estos, rupturas que han debido hacer las mujeres para conseguirse un lugar en el deporte, aunque las expresiones están acotadas a las carreras lúdicas o running como desde hace ya varios años se le denomina a la práctica de correr en parques, bosques, centros deportivos, camellones o las calles mismas, con miras a adelgazar, a conservar o conseguir una condición saludable, competir, socializar, entre otros motivos expresados.

Adopto el anglicismo running en tanto que logra evocar las diferentes prácticas que implica la técnica corporal de la carrera entre quienes no pertenecen o participan en este ámbito de sentido. Sin embargo, es necesario mencionar que al interior del grupo me he encontrado con distinciones entre corredores y runners para señalar prácticas de consumo que -a ojos de simpatizantes del primer grupo- resultan ilegítimas. En esta visión de lo que es permitido y lo que no lo es, se entrelazan la clase y el género.

La pregunta pertinente para este texto es ¿cuáles son las representaciones corporales que legitiman o no la pertenencia al grupo? ¿Y cómo recrean o transforman las identificaciones de género? En otras palabras, para este texto, selecciono las expresiones que hacen alusión a los cuerpos de los hombres, a lo masculino y a relaciones de género. “Los cuerpos imaginados de los hombres” es parte de los resultados de esta investigación que indaga en el sentido de una acción, que -como cualquier otra- guarda significados propios de la cultura de la que forma parte.

Se enfoca, principalmente, en dos grupos (equipos) de corredores (Yóllotl y Coyotes Run) que suelen ejecutar su práctica en Ciudad Universitaria, el Parque de los Coyotes y el Bosque de Tlalpan, aunque también entrevisté a personas que no pertenecían a ningún equipo.4 Las entrevistas fueron abiertas y a profundidad; buscaban tres ejes de análisis. El primero es el sentido mentado de la acción, que denomino “motivos para” (Schütz, 1974); además de ser una referencia teórica, evoca una pregunta que suelen hacerse los actores: ¿para qué corro?

El segundo es el mudo intersubjetivo, es decir, cómo se construye el “nosotros”. Y el tercero se centra propiamente en las representaciones corporales. En cada uno de estos ejes tenía previstas un conjunto de interrogantes, por ejemplo: ¿por qué o cómo empezaste a correr?, ¿cuáles son tus objetivos?, ¿cómo aprendiste a hacerlo?, ¿cómo consideras que se ha modificado tu cuerpo al correr?, entre otras.

Sin embargo, la mayoría de las veces no fue necesario pronunciarlas, la primera pregunta era sobre el momento y la forma en que decidieron correr y cómo ha sido hasta ahora su vida en esta práctica, de tal forma que propicié un relato cronológico y reflexivo.

En cuanto a mi posición en el campo, es de señalar que a lo largo del texto evidencio mi subjetividad y la manera en que esta colabora en el conocimiento, lo cual se sustenta en la postura epistemológica que considera que la reflexividad posibilita el conocimiento de la realidad de la cual soy parte: “se trata de sujetos que son parte de la realidad y la propia realidad es parte de ellos” (Mejía, 2002: 206).

La forma en que soy parte de esta realidad es que yo misma soy corredora, pero más importante, y por obvia que parezca, soy, me encuentro, sujeta al orden de género. En lo que respecta a mi condición de corredora, las implicaciones que quiero hacer notar es que en buena medida la recolección de datos la realizo a partir de mi experiencia, pues estoy de acuerdo con Guber cuando advierte que es la última herramienta del conocimiento etnográfico.

Dado que no existen instrumentos prefigurados para la extraordinaria variabilidad de los sistemas socioculturales ni siquiera bajo la aparente uniformidad de la globalización, el investigador social solo puede conocer otros mundos a través de su propia exposición a ellos. Esta exposición tiene dos caras: los mecanismos o instrumentos que imagina, ensaya, crea y recrea para entrar en contacto con la población en cuestión y trabajar con ella, y los distintos sentidos socioculturales que exhibe en su persona. Tal es la distinción, más analítica que real, entre las “técnicas” y el “instrumento”. Las técnicas más distintivas son la entrevista no dirigida, la observación participante y los métodos de registro y almacenamiento de la información; el instrumento es el mismo investigador con sus atributos socioculturalmente considerados -género, nacionalidad, raza, etcétera- en una interacción social de campo, y posteriormente su relación con quienes devienen sus lectores (Guber, 2011: 20).

Además de los atributos socialmente considerados que señala Guber, la recolección de datos estuvo mediada por el hecho de que algunos de los entrevistados se dirigían a una corredora o a una compañera de actividad.

De hecho, mis primeros interlocutores pueden caracterizarse como “autoseleccionados” (Guber, 2004): durante un desayuno en el que conmemorábamos el fin de año, dos integrantes del equipo al que yo pertenecía (Yóllotl), se propusieron para que los entrevistase (no huelga decir que ya estaban familiarizados con algunos otros trabajos académicos que yo había realizado). Así pues, la delimitación del sector entrevistado puede ser denominado “muestra de oportunidad” que debió ser construida en una “muestra significativa” (Guber, 2004), para lo cual decidí hacer entrevistas a otro equipo (Coyotes Run) y otros corredores que asistían a los lugares en los que yo entrenaba, de tal modo que se pudiera generar un rapport.5

En lo que al objetivo de este artículo respecta, su significatividad radica en el hecho de que se trata de las voces de varones adultos de distintas generaciones que, no obstante, coinciden en algunas representaciones corporales. La mayoría cuenta con educación, por lo menos, media superior; algunos son trabajadores de la Universidad Nacional Autónoma de México y quienes no lo son, cuentan con sus propios negocios y en uno de los casos, es dueño de una empresa. Todos han practicado la carrera por varios años.

En cuanto a las implicaciones de mi posición en conjunto de relaciones de género, estas las pongo de relieve de la mano de Sandra Harding (1987) cuando apunta que la reflexividad significa “explicitar el género, la raza, la clase y los rasgos culturales y si es posible la manera como ella o él sospechan que todo eso haya influido en el proyecto de investigación” (1987: 25), así pues, las preguntas y reflexiones que se derivan de mi condición de género surgen por un lado, de reconocer a los corredores como parte del grupo al que pertenezco, pero también del extrañamiento que ocurre del hecho de que a menudo se espera de un cuerpo de hombre lo opuesto de lo que se espera del mío: fuerza, velocidad, músculos, no obstante que las mujeres siguen incrementado su presencia en el deporte.

Pero de igual forma, surge de un llamado de atención durante mi experiencia docente6 por parte de algunos de mis estudiantes de licenciatura que no se identifican con la masculinidad hegemónica, a grandes rasgos, puedo sintetizar el ánimo de aquellos comentarios de la siguiente manera: ¿cómo constituirnos o asumirnos como hombres si no nos identificamos con lo que se supone que estos deben hacer?

En oposición a estas reflexiones se encuentran las representaciones de los varones adultos corredores que entrevisté, cuyas edades oscilaban al momento del diálogo entre 35 y 64 años y que si bien podrían distinguirse de “los cuerpos de los hombres” ligados a la categoría de masculinidad hegemónica (Connell, 2003), no cuestionan sus identificaciones de género. A continuación, expongo algunos fragmentos de la forma en que los corredores explican sus inicios en esta práctica, así como parte de la forma en que interpretan el conjunto de sus acciones. Se trata de fragmentos editados para resaltar algunas expresiones de modo que omito algunas frases; sin embargo, respeto (lo más que permite la escritura) la orientación del relato, las palabras y estilos de cada uno.

Como parte de su identificación, coloco su nombre y edad en tanto que todos estuvieron de acuerdo en mostrar sus datos, además de que con esto pretendo destacar su carácter de constructores de cultura y evitar una escisión dicotómica entre sujeto y objeto.

Mi primo me ayudó mucho […] a que yo entrara [al gimnasio]. Me decía “¡No, primo, órale, vente, sin pena!” […] Gracias a él, empecé, yo, a entrenar. Y me empezó a gustar porque, quieras o no, al sudar, al hacer ejercicio como que te cambia la vida, empiezas a sentirte más fresco, más ligero, te quitas el estrés, la ansiedad y hasta como que sientes que los problemas los puedes resolver de cierta forma.

Entonces, él, tras la muerte de mi papá, me ayudó mucho tanto física como psicológicamente. Entonces ya de ahí yo decidí, yo, por mí mismo, o sea, me dio la voluntad y todo, meterme allá, me inscribí al Smart Fit. Duré como tres años, seis meses, […] ¡Ay, papá! Entonces, haz de cuenta que ¡pum!, de repente ya me veías, yo solito […], si él no podía […] yo me motivaba y empezaba a ver videos. Ahora sí que mis héroes de la infancia eran Jean Claude Van Damme, Rambo (bueno, Sylvester Stallone), todos esos, ¿no? Entonces como que yo me acordaba de esas películas […] incluso la de Rocky. (Arturo, 35 años, comunicación personal, 7 de diciembre de 2019).

Arturo (a quien abordé en el Parque de los Coyotes con el objetivo explícito de entrevistarle) relata que ingresó al gimnasio luego de que empezara a comer mucho a causa de la ansiedad y tristeza ocasionadas por la muerte de su padre. Por invitación y apoyo de su primo, se involucró en prácticas de ejercicio que ambos vinculaban a cuidar su aspecto, su salud y procurar su bienestar. Y aunque inicia este tipo de prácticas en un gimnasio, posteriormente advierte que decidió “hacer cardio”, es decir, correr en el Parque de los Coyotes, ubicado en la delegación Coyoacán, debido a que a menudo no podía asistir al gimnasio y “es mucho estar pagando y no tiene caso estar así”. Lo que valora de su decisión es lo siguiente: “Dicen que el correr es un ejercicio muy completo y si tú quieres, por ejemplo, si tú quieres el fitness o el cardio o adelgazar, el ejercicio como lo que es estar trotando, correr, mínimo media hora, con eso basta, y si lo haces diario”.

Al detallar sus prácticas corporales,7 Arturo manifiesta que su objetivo es “estar como fitness: o sea, como delgado, pero con condición, a lo mejor un poco marcado”. En sus palabras, se mezcla un ideal que define como fitness (que a grandes rasgos puedo vincular a lo delgado y a lo saludable) y un prototipo de cuerpo masculino, uno que es fuerte, musculoso, imponente y bélico, identificado en las películas de sus héroes de la infancia.

La imagen de las películas, particularmente la de Rocky, es un referente común en términos de la hazaña deportiva y coincide con el relato de Ocotlán, quien ha sido mi compañero de equipo por varios años.

Cuando yo corría, mi amiguito Luis me puso Rocky (también salió la película de Rocky Balboa por aquellas épocas) entonces me decía “Vámonos Rocky, a correr”. Y yo me paraba en las mañanas, aunque no fuera él. Y no existía, con decirte que no existía la lateral del Periférico, entonces yo corría sobre el Periférico […] obviamente, pegado a la derecha, […] Yo creo que él lo hizo para levantarme, pues el espíritu combativo, ha de haber dicho, pues si este quiere correr, a ver si es cierto y pues la verdad, creo que lo logró (Ocotlán, 58 años, comunicación personal, 29 de julio de 2020).

En este fragmento de la entrevista, Ocotlán se enfoca en describir los primeros años en los que corría, pero cuando advierte la forma en que se decidió a hacerlo, señala que lo hizo por admiración a un atleta olímpico, Lasse Virén, cuya hazaña la observó en el televisor de su casa en 1974 en la que después de una caída en la pista de atletismo, obtuvo la medalla de oro: “¡No manches, se levantó y va tan rápido y los alcanzó y les ganó!”. De igual forma, para explicar cómo es que concibe su práctica de correr, Paulo se remite a su infancia. No obstante, este corredor se distancia del referente de cuerpo que podemos identificar con el de los testimonios anteriores. Al preguntarle por qué optó por correr cuando se propuso bajar de peso, contestó lo siguiente:

Yo no soy amante de la musculatura, ¿sí me explico? Generalmente, la gente -el hombre, sobre todo- que va al gimnasio, su idea es “voy al gimnasio para ponerme fuerte, musculoso”. Yo nunca he sido persona que esté eso en mis planes, ser una persona grande, musculosa, imponente, pues. Sino siempre me ha gustado más tener habilidad, ser una persona ágil, sentirme ligero, sentirme libre, sentirme con un control de mi cuerpo, total. Entonces eso fue lo que dije. Sí he combinado, combino con otro tipo de ejercicios, pero más que nada, como fortalecimiento […]. Hoy en día todo corredor, aunque sea corredor de largas distancias, maratonista, ultramaratonista, etcétera, tienes que hacer ejercicios de fuerza para los músculos (Paulo, 38 años, comunicación personal, 8 de agosto de 2021).

El relato de Paulo, a quien le gusta correr particularmente a campo traviesa, rememora que el gusto por la carrera comenzó en su infancia, a partir de las tareas que le asignaban en un poblado de Michoacán como parte de las actividades propias de los niños que consistían en trabajar en el campo sembrando maíz y después debían regresar a casa “ya cansados”, pero a pesar de esto, él prefería correr a transportarse en caballo o en camioneta. Paulo detalla que al principio lo hacía para seguir a sus hermanos mayores con una suerte de admiración. Y, para responder a mi pregunta, precisa que sus hermanas, por el contrario, se dedicaban a cuidar a su madre en casa, “a los hombres, nos tocaba andar en el campo”.

Después de varios procesos migratorios, ahora entrena en las calles del oriente de la Ciudad de México y ocasionalmente en el Bosque de Tlalpan para competir en carreras a campo traviesa; evoca aquellos días como la razón por la que corre de la manera en la que lo hace, con un gusto por los obstáculos y con resistencia al cansancio. Los referentes de cuerpo como el de Rocky Balboa, el espíritu combativo y la resistencia al cansancio se conjuntan en estos tres varones.

Aunque son de diferentes edades y -me aventuro a aseverar- de diferentes generaciones, hay cierta continuidad en lo que valoran para el cuerpo: la agilidad, la velocidad, el ideal de control sobre el cuerpo, la “condición” y la admiración por otros corredores.

No obstante, también existen cambios en la forma de entender los cuerpos de los hombres y aunque para este ámbito de sentido conserva un prototipo, se modifica la forma de constituirlo, es decir, se modifica un conjunto de prácticas y lo que esto significa de cara a las relaciones de género, aquí marcadas por una mayor participación de mujeres en las carreras.

La Carrera del día del padre8 era casi de puro barbaján, antes del 2000. La salida era una porquería, era un asco, verdaderamente eran unos salvajes. Y el grupo Martí, su filosofía era -cuando empezó con los Sport City- era como hacer amigable los gimnasios, porque también los gimnasios eran horribles, eran para hombres, pero rudos, feos, Y entonces Alejandro Martí dijo “no, aquí los gimnasios tienen que ser para hombres, para mujeres, para muchachos, para muchachitas, para todos, que todo mundo pueda estar en un gimnasio y que lo respeten y que tenga unas instalaciones buenas y que las mujeres no se sientan intimidadas ni que les dé asco ir a un gimnasio”. Y también empezaron a meter eso a las carreras porque antes eran empujones, eran unas broncas horribles y yo creo que la Carrera del día del padre empezó a correr, pero 95% eran hombres y el 5%, mujeres, y muy rudas. Y ya con el Grupo Martí -y todo esto en estos 20 años- yo creo que ha subido a un 35% de mujeres. Aunque en San Diego, creo que, en las carreras de hace 20 años, 60% son mujeres. O sea que todavía falta un trecho por mejorar aquí en México […].

Y antes del 2000 pues no había moda. Los hombres nos poníamos una camiseta, la misma […] O sea, los hombres no compramos nada o muy poco. No comprábamos nada. Cuando entraron las mujeres, empezó la moda y empezaron a hacer mucho mejor negocio, también por eso hubo mucho mejores carreras porque a los patrocinadores les importó porque las que realmente traen el consumo son las mujeres, no los hombres. Digo, estoy hablando en lo general. Y, sobre todo, al principio, porque las mujeres ponen la moda y luego los hombres ya le entran. Yo todavía soy de los antiguos que traigo la misma camiseta hasta que se me deshace. Y los tenis, igual […].

Por ejemplo, ahorita en mi equipo, yo tengo 58, hay dos de 65 que son muy buenos y que tampoco son mucho de gadgets,9 son más bien como de la antigua, como corredores místicos y hay muchos de 45 a 30 que sí están a la moda […]. Y sí van al nutriólogo y al masajista y a no sé qué. Tengo un hijo que ahorita entrena para los ironmans,10 corre el medio en 1[hora] 20 [minutos] y demás. Trae su Garmin,11 va al… le da[n] masaje una vez a la semana, va con un chino y le hace no sé qué […], quién sabe cuántas proteínas y vitaminas y porquerías se toma y en la carrera quién sabe cuánto gel se mete y no sé qué. Y yo nomás corría con agua, ni siquiera corría con Gatorade, a lo mejor por eso no bajé de tres horas nunca (Humberto, comunicación personal, 15 de octubre de 2021).

En el caso de los varones, Humberto señala dos formas distintas de correr: la de él y sus coetáneos y la de su hijo, que le es opuesta y además enlista una serie de prácticas que implican distintos objetos y saberes de consumo y que, de igual forma, liga a lo femenino. Propongo que todos estos relatos que edito aquí constituyen en sí mismos y dan cuenta de diferentes representaciones corporales, las cuales definiré en el siguiente apartado. Por ahora, para cerrar este apartado, es importante adelantar que se trata de varios referentes de cuerpo. Uno, ligado a los rasgos de una masculinidad hegemónica relacionada con una corporalidad imponente, pero que únicamente actúa como telón de fondo o algo que motiva y acompaña ciertas prácticas. Otro, que se distancia de los cuerpos de los hombres pensados como musculosos e imponentes, los cuerpos delgados o fitness, pero que están aparejados a otras características como el esfuerzo o el control sobre el cuerpo. Y otro más, relacionado con una forma de procurarse bienestar ante un sobrepeso o ante una angustia y tristeza.

PARTE II. REPRESENTACIONES Y CUERPOS IMAGINADOS

Las expresiones construidas en el apartado anterior constituyen un conjunto de representaciones corporales. Para explicar lo que entiendo por representación, me valgo de la diferenciación que hace Stphen Toulmin de dos tipos de representación según la lengua alemana.

Darstellung es una “representación” en el sentido en que una obra escénica es una representación teatral o en que una exposición o un concierto brindan una presentación o representación pública de obras de arte o música. Darstellen un fenómeno es entonces “mostrarlo” o “desplegarlo”, en el sentido de exponerlo o exhibirlo, de modo de indicar en una forma totalmente pública lo que contiene o cómo opera […]. Por contraste, la palabra Vorstellung sugiere una “representación” en sentido privado o personal, tanto como Darstellung tienen carácter público (Toulmin, en Díaz, 2017: 67).

En este sentido, una representación corporal se constituye a la manera de darstellun, pues implica mostrar, ejecutar y desplegar lo que es válido o no para el cuerpo, ya sea a través de prácticas, imágenes o de la enunciación durante las entrevistas que considero en sí mismas un proceso de subjetivación -de reflexividad- en la que los corredores comparten -me hacen partícipe- de lo que valoran para sus cuerpos. Así entendidas, las representaciones contienen performatividad (performance de la lengua inglesa), entendida a la manera en que lo hacen los estudios contemporáneos del teatro:

El performance no debe ser visto como una representación o expresión de algo que ya existía previamente -como el texto de una obra de teatro-, sino como algo que es traído o actualizado por virtud de las acciones, percepciones y respuestas de actores como de los espectadores. El performance reclama una comunidad (Hermann, en Díaz, 2017: 61).

Así pues, la performatividad conduce a la conceptualización de Elsa Muñiz sobre las prácticas corporales en tanto que estas son acciones performativas, es decir, son “aquellas que producen o realizan lo que nombran”. Las prácticas corporales son aquellas que “los individuos ejecutan [a partir de los usos intencionales, individuales y colectivos] sobre sí mismos y sobre los otros, a través de las cuales se adquiere una forma corporal y se producen transformaciones” (Muñiz, 2018: 282). En concordancia con la autora, considero que pueden ser miradas como juegos estratégicos en los que es relevante mirar cómo se constituyen los sujetos dentro de relaciones de poder, en relación consigo mismo, con los otros y en función de los discursos (Muñiz, 2010: 286).

Las voces de las entrevistas señalan representaciones corporales en relación con un orden de género que guarda imperativos de lo propio de los hombres y lo propio de las mujeres (Lamas, 2016); en relación con la forma en que se miran (hábiles, fitness, místicos, entre otras) y que tienen anclaje por medio de sus afectos destinados a hermanos, en el caso de Paulo; un amigo, en el de Ocotlán; un primo, en el caso de Arturo, y un hijo, en el relato de Humberto.

En este aspecto es relevante el concepto de “imagen u holograma corporal” de Carlos Aguado (2004), que se refiere a la forma en que los seres humanos vivimos y significamos el cuerpo; es “una estructura dinámica en la que se entretejen de forma compleja los procesos fisiológicos con los simbólicos y que de hecho no son distinguibles más que con fines analíticos” (Aguado, 2004: 46). El concepto de imagen corporal enfatiza que el cuerpo humano siempre es significado y que como “estructura simbólica es un producto cultural e histórico”, conformado por prácticas de reconocimiento o diferenciación (Aguado, 2004: 32).12

De este modo, es comprensible la forma en que los referentes de los cuerpos masculinos distantes tienen anclaje en las vivencias de los entrevistados: el reconocimiento; la valoración del esfuerzo propia de nuestra cultura; los afectos hacia lo pares, y el distanciamiento de lo femenino que -en este caso- es expresado como un cambio en las carreras favorecido, según la interpretación de uno de los entrevistados, por el interés de una clase social sobre el consumo.13 Así pues, las representaciones corporales se constituyen a través de las prácticas, en las cuales por medio de la experiencia se recrean algunos referentes que denomino “los cuerpos imaginados de los hombres” (García, 2023). Antes de explicar en términos teóricos cómo defino esto, primero quiero explicitar que cuando pienso en la frase “los cuerpos de los hombres” me vienen dos imágenes. La primera data de cuando era estudiante de secundaria. Tenía una compañera que en nuestras clases de educación física jugaba volibol de manera destacada, entrenaba básquetbol y asistía al gimnasio.

Un día expresó levantándose la falda (en una escuela católica que podía valerle un castigo): “tengo piernas de hombre”. Este evento lo recordé hace poco, al ver una imagen en redes sociales digitales en un perfil caracterizado por un humor satírico. De lado izquierdo se mostraba una mujer musculosa con la frase “Con esas piernas parece hombre” y del lado derecho, un hombre sumamente delgado con la frase “El hombre”.14 Expresiones de este estilo son relativamente recientes; me resultan hilarantes porque, efectivamente, las imágenes que se evocan en las frases “el cuerpo de los hombres” o “el cuerpo de las mujeres” contrasta con las corporalidades en el deporte o, en realidad, en cualquier otro ámbito.

Tal como lo señala Gayle Rubin (2018) en su texto clásico “El tráfico de mujeres: notas sobre la ‘economía política’ del sexo”, el sistema sexo-género se conforma a través de suprimir las diferencias que existen entre las propias mujeres y entre los propios hombres y, por el contrario, exacerbar las diferencias de unas con otros y que es parte del tabú de la igualdad (Rubin, 2018: 74). Así pues, el trabajo de conceptualizar “los cuerpos imaginados de los hombres” comienza por señalar que se trata de un conjunto de representaciones que exacerban y suprimen diferencias, según sea el caso y que implican llamados al orden y, en este sentido, sanciones o disciplinamiento de los cuerpos de las mujeres con miras a no percibirse “masculinas”.

De igual forma, los cuerpos imaginados, como guiño a las comunidades de Benedict Anderson (1993), pretenden destacar que la articulación de una comunidad, o, en este caso, de un género, es posibilitada por la desarticulación entre tiempo y espacio propia de la modernidad.15

Esta comunalidad temporal imaginada por cuanto compartida por todos aquellos que cohabitan (aun sin saberlo) en una contextura espacio-temporal planetaria, hace posible la coordinación de las acciones de muchos seres humanos físicamente ausentes el uno del otro; el “cuando” de estas acciones está conectado al “donde”, pero no como épocas premodernas, vía mediación del lugar […] La nueva contextura espacio-temporal planetaria es un marco histórico mundial de acción y de experiencia, más concretamente de acción “deslocalizada” (Beriáin, 1997: 113).

De acuerdo con Benedict Anderson (1993), las comunidades imaginadas son posibles a través de una concepción del “tiempo homogéneo-vacío”, caracterizado por Walter Benjamin como uno en el que la simultaneidad es “transversa, de tiempo cruzado, no marcada por la prefiguración y la realización [como en el tiempo mesiánico], sino por la coincidencia temporal, y mediada por el reloj y el calendario” (en Anderson, 1993: 52).

Entre los procesos que resalta el autor que hicieron posible esto, se encuentra la invención de la imprenta. Sus ejemplos paradigmáticos son las novelas y los periódicos. Las primeras, en su estructura típica, permiten a quienes las leen ubicar las diferentes actividades en un mismo tiempo del reloj y calendario, lo cual crea un mundo imaginario en los lectores. Y los segundos crean la imagen de una comunidad a través de diferentes eventos yuxtapuestos que coinciden en el calendario y de este modo, guardan una conexión imaginada, lo cual, además, es reforzado por la conexión entre el periódico y el mercado.

El periódico es sólo una “forma extrema” del libro, un libro vendido en escala colosal, pero de popularidad efímera […] crea, sin embargo, justamente por esta razón, esa ceremonia masiva extraordinaria: el consumo casi simultáneo (“imaginario”) del periódico como ficción […] Resulta paradójica la significación de esta ceremonia masiva […] que se repite incesantemente en intervalos diarios o de medio día a través del año […]. Al mismo tiempo, un lector de periódico, que observa réplicas exactas del suyo consumidas por sus vecinos […] confirma de continuo que el mundo imaginado está visiblemente arraigado en la vida diaria (Anderson, 1997: 60).

De esta forma, considero que los géneros se constituyen a la manera de las comunidades imaginadas, en acciones ritualizadas que representan un cuerpo que es imaginado, pero que se recrea en la experiencia de prácticas como aquellas involucradas en la carrera en las que la imagen corporal actúa como una interfaz. La idea de los cuerpos imaginados es acorde con la propuesta de Estela Serret (2011) en la que distingue tres niveles de análisis sobre el género: el simbólico, el imaginario y el subjetivo. En lo que respecta al género imaginario, expone que se trata de la clasificación de los seres humanos en hombres y mujeres (aunque la autora se refiere al imaginario social), en la que la referencia son los cuerpos sexuados distinguidos según criterios binarios (2011: 82). Y los cuerpos imaginados de los hombres responden a estos criterios: fuerte-débil, rápido-lento, poderoso-subalterno, duro-suave.

Las actividades o prácticas corporales en torno a estos binomios recrean otros. Por ejemplo, en el caso de Paulo, las actividades en el campo para él y en la casa, para sus hermanas. En el caso de Humberto, correr sin gadgets y sin comprar nada o casi nada como lo hacen él y sus coetáneos o consumir un “montón de porquerías” como lo hace su hijo. O en la forma en que Humberto describe la Carrera del día del padre en años pasados con la presencia de “barbajanes” y mujeres “muy rudas” o la forma en la que caracteriza nuevas prácticas de tal manera que enfatiza el consumo y la moda.

Hoy día, la imprenta es tan solo uno de los recursos con los que se crean las comunidades (géneros) imaginados. La desarticulación entre tiempo y espacio que posibilita el tiempo homogéneo se ha profundizado a través, por ejemplo, de las nuevas comunicaciones, las redes sociodigitales, entre otras. A través de estas, las imágenes de los cuerpos de los hombres o los cuerpos sujetos al género articulan distintos espacios que, si bien pueden evocar o impulsar transformaciones, también tienden a homogeneizar según los recursos simbólicos con los que se cuente. Así pues, entre los medios por los que se producen los cuerpos imaginados de los hombres, puedo mencionar los libros para corredores y las redes sociodigitales (García, 2023: 92).

Antes de brindar ejemplos de los primeros, ligo a esta idea lo que expone Gabriel Weisz (1998) cuando estudia las representaciones corporales en la literatura:

El cuerpo como texto representa la modalidad en la que la literatura introduce el tema de la corporalidad. Y el texto como cuerpo ubica a este como una sustancia textual que afecta al lector […]. En esta relación se construye una red de interacciones que establece una interpretación entre el mundo del texto y la manera en que [la lectora] es afectada por lo que lee. La sustancia del texto entra en el cuerpo (Weisz, 1998: 13).

De igual forma, el autor considera que en la lectura se accede al cuerpo de quien narra en la literatura. Propongo que en esta interacción (entre otros procesos) se construyen los cuerpos imaginados de los hombres.

La existencia de una máxima que dice que un auténtico caballero nunca habla de las damas con las que ha roto, ni de los impuestos que ha pagado es…, una mentira como una catedral. De hecho, acabo de inventármela. Disculpen. Pero, si de veras existiera una máxima como esta, tal vez otra de las condiciones para ser un auténtico caballero sería la de no hablar nunca de los métodos que utiliza para conservar su salud. En efecto, los caballeros de verdad no suelen prodigar charlas en público sobre este tema. Al menos así me lo parece a mí (Murakami, 2013: 5).

La cita anterior pertenece a un conocido novelista que es corredor y es el comienzo de su libro De qué hablo cuando hablo de correr. Encuentro significativo que el primer párrafo evoque lo propio y lo impropio de los “caballeros”, lo cual podemos pensar como un modo o forma de masculinidad. El cuerpo imaginado en este párrafo es saludable -se revelen o no los secretos a los que alude Haruki Murakami- y, al parecer, discreto, aunque este último atributo es prescindible.

De acuerdo con Benno de Keijzer (2001 y 2022), la salud y el autocuidado no juegan un papel central en la construcción de la identidad masculina, de ahí que la masculinidad entendida como un ordenador de prácticas -para jugar con la manera en que Connell (1997) entiende el género- y no como un conjunto de atributos esenciales, ahistóricos- implique un riesgo.16 Sin embargo, las representaciones hasta aquí presentadas aluden de alguna u otra forma a lo saludable, ante lo cual cabe la pregunta ¿cómo estos hombres constituyen sus identificaciones de género? En otras palabras, si -de cara a estos rasgos que han sido vinculados a la masculinidad hegemónica- no hacen lo que se supone que hacen los hombres, entonces podríamos reforzar la idea de masculinidad como algo incoherente, inacabado y, por lo tanto, modificable, tal como los cuerpos imaginados de los hombres.

Un segundo libro que encuentro significativo para las representaciones corporales es Nacidos para correr. La historia de una tribu oculta, un grupo de superatletas y la mayor carrera de la historia, de Christopher McDougall (2011). Este libro es un referente para algunos corredores, además de que es parte de la popularidad de hombres y mujeres rarámuris por su desempeño en las carreras de distancia, particularmente en los ultramaratones. McDougall le dedica espacio a las transformaciones o contrastes de lo que podría considerar como cuerpo imaginado de los hombres en el ámbito de los ultramaratones.17

Tomemos esta ecuación: ¿Cómo es posible que casi todas las mujeres que corrían en [el ultra Trail] Leadville llegaran al final y ni la mitad de los hombres terminaran la carrera? Cada año, más del noventa por ciento de las corredoras se iban a casa con una hebilla, mientras que el cincuenta por ciento de los hombres regresaban con una excusa. Ni siquiera Ken Chlouber podía explicar el altísimo porcentaje de mujeres que llegaba hasta el final, pero vaya si sabía explotarlo: “Todos mis corredores son mujeres”, dice Chlouber. “Hacen su trabajo hasta el final” ¿Cómo era posible? Ninguna mujer figura entre los cincuenta más rápidos del mundo cuando de tiempo por milla se trata (los 4:12 del récord mundial femenino fueron alcanzados hace un siglo por los hombres y es constantemente superado por muchachos de secundaria). Cuando se trata de maratones, alguna mujer puede colarse entre los veinte primeros […]. Pero en las ultramaratones, las mujeres se llevaban el gato al agua (McDougall, 2011:101)

En ambos libros se recrea el cuerpo imaginado de los hombres y aunque en el segundo texto se plantean algunas preguntas sobre la validez de esta imagen de cara a comparaciones en el orden de género, es un hecho que las expectativas o los atributos imaginados radican en la superioridad de estos.

PARTE III. PRÁCTICAS DE MASCULINIDAD EN EL ORDEN DE GÉNERO

En estas expectativas y atributos imaginados, al interior del deporte hay diferenciaciones en términos de prestigio. El siguiente párrafo es extracto de una entrevista de un trabajo anterior que realicé en el contexto del atletismo en las carreras de velocidad, medio fondo y fondo.

El evento estelar de todas las Olimpiadas son los 100 libres, los 100, varonil. Esa es la carrera. O dime, ¿qué otra?, no hay un evento en todos los Olímpicos más grande que ese […] porque es el güey más rápido del mundo, el más veloz. O sea, no todos nadan, pero todos corren; es como “todos lo hacemos, y ahora el güey más cabrón, el más impresionante”. Aparte son güeyes mamadísimos, grandotes […]

[A mí] me gustaba la de 1,500, pero me gustaba -creo- por los atletas que estaban en ese momento, los campeones. Era un marroquí, El Guerrouj, y otro, que eran súper altos. Los comparaba con los de 5 y 10 [kilómetros] de las Olimpiadas y decía: “¡no, velos, es que ya están todos muertos de hambre!”, estaban todos flacos (en García, 2017: 72).

De acuerdo con Connell (2003), “el deporte proporciona un escaparate continuo de cuerpos de hombres en movimiento, reglas elaboradas y cuidadosamente revisadas [que] hacen que dichos cuerpos compitan entre sí” (2003: 85). Esto es verdad, sin embargo, nuevamente recurro a las imágenes satíricas en redes sociales que juegan con estas representaciones de tal modo que evidencian algunas de las complejidades en los cuerpos imaginados.

Se trata de una que fue enviada a un grupo de Whatsapp que comparto con compañeros de equipo. El título mostrado en la parte superior era “Tipos de corredores”, la cual mostraba tres perros. Uno daba la impresión de ser de pelea, musculoso, imponente, con el letrero de “Velocista”; otro, obeso, bonachón, con el letrero “Recreativo”, y el tercero, sumamente delgado, al grado de que se le marcan sus huesos, con el letrero “Fondista”.

El carácter contradictorio de las representaciones hasta aquí enunciadas nos indica que no es posible definir la masculinidad a partir de lo que se supone que deben hacer los hombres.

Además de que este tipo de definiciones deriva en enunciaciones normativas (Connell, 1997), la complejidad y diversidad de los cuerpos como estructuras simbólicas muestran que la masculinidad es un concepto relacional, es decir, es “un lugar en las relaciones de género, en las prácticas a través de las cuales los hombres y las mujeres ocupan ese espacio en el género y en los efectos de dichas prácticas en la experiencia corporal, la personalidad y la cultura” (Connell, 2003: 108).

De este modo, cobra relevancia dar cuenta de que los cuerpos imaginados de los hombres se constituyen en relación con las mujeres y con otros hombres. El relato de Paulo, por ejemplo, remite su práctica de la carrera a su infancia, momento en el que lo propio de los hombres era estar en el campo, pero de igual forma asevera que, a diferencia de “el hombre”, nunca ha estado en sus planes ser una “persona imponente”. Y la narración de Humberto interpreta un conjunto de procesos en los que se mezclan además del género, la edad y la clase y de este modo mira cómo se transforma la legitimidad para pertenecer o no a la comunidad de sentido del running.

Además, si seguimos la interpretación de Humberto sobre la forma en que se incorpora el Grupo Martí a las carreras, narrar los proyectos de un corporativo pasa por aludir a los “proyectos de género”, categoría con la que Connell pretende dar cuenta que la masculinidad y la feminidad son “procesos de configuración de la práctica a través del tiempo” (2003: 110), en otras palabras, tienen un carácter dinámico a pesar de que, como sucede con la imagen corporal, se caractericen por una experiencia de permanencia (Aguado, 2004: 44), lo que explicaría las percepciones esencialistas respecto a la masculinidad.

En la parte citada de la entrevista a Humberto, destaca la forma en que “el consumo” modifica la práctica de la carrera, pero de igual forma, podríamos recordar otros proyectos, como el cinematográfico en los casos de Arturo y Oco (el primero se identifica con Rocky y el segundo es identificado de este modo por uno de sus amigos); el olímpico, en el caso del testimonio sobre el atletismo. Pero, de igual forma, se encuentran otros proyectos relacionados con la paternidad o con lo que últimamente se ha denominado como autocuidados.

¡Y […] sale embarazada esta mujer! Y pues tuve una niña. Como que ese fue el parteaguas para decir “bueno, bueno, ya”. Como que lo intentas y luego quieres y luego no quieres. Sabes qué, “ya no voy a tomar, voy a dedicarme al ejercicio completamente porque va a nacer mi hija y yo tengo que durarle lo más que pueda para ayudarle. Porque tú y yo quedamos que no vamos a tener hijos, no manches, cómo se te ocurre”. Entonces yo llevo a mi hija a la escuela y: “¿Tu abuelito?, ¿no vino tu abuelito?” Y yo, pues no me daba pena, sino me daba risa. “Pues ni hablar hija, diles que soy tu papá” […] Entonces ahí decidí, cuando nació mi hija, no tomar. No te voy a decir que el primer año ya no tomé, no. Medio me echaba una cervecita y llegaba a la casa: “¡Chingada madre, yo no quería tomar […]!” Me enojaba conmigo mismo y eso me sirvió, pero seguía corriendo.

Ya ves que la carrera es un poquito individual, muy solitaria. Y yo corría solo, ya mis amigos ya se habían muerto […] A veces me iba con los amigos de Tláhuac, a veces con los del Bosque, como conocía mucha gente, pues me iba a los diferentes… Pero yo me iba solo: o sea, como que tú te absorbes esas cosas, no. Y eso tampoco es bueno. Entonces ya empecé a hacer equipo con otras personas de acá atrás, de otro lado. Y ya empecé a correr con ellos (Héctor, 58 años, comunicación personal, 22 de julio de 2019).

En adelante, Héctor de Coyotes Run cuenta que en aquel equipo encontró amistades que le acompañarían de tal forma que le sería más fácil dejar de tomar alcohol y consumir otras drogas. A regañadientes, combina su nueva paternidad con la determinación de “dedicarse al ejercicio” y así controlar “la diabólica”, como le denomina a su condición de diabetes por la que también ha de procurar un nuevo conjunto de prácticas. Asevera que este estilo de vida se opone a los que “viven muy rápido”, como él lo hacía y que por eso están “muy acabados”. Me platica orgulloso que la carrera le da tranquilidad para llevar a cabo su negocio y de este modo, no “echarse broncas” con las que luego no podría lidiar y, además, respetar a sus empleados. Me cuenta de su nueva novia, con quien corre y que eso le ayuda mucho.

Y a esto podría agregar lo que relató una de sus compañeras de equipo: él, junto con otros integrantes, la ha guiado por algunos meses para entrenar, en coincidencia con Héctor, como parte de una manera de dejar de consumir “sustancias tóxicas fuertes”. Al igual que Arturo y otros corredores, para Héctor hacer ejercicio implica un conjunto de prácticas vinculadas o simbolizadas como una forma de atender su salud: la forma de alimentarse, consumir o no alcohol, estar tranquilos, atender una angustia o una tristeza.

Al apuntar esto, lo hago con la intención de prefigurar algunos caminos para responder las interrogantes sobre la relación de la masculinidad con los procesos de salud-enfermedad. “¿Cómo es la socialización, la trayectoria y la experiencia de los hombres que tienden a cuidar la salud? ¿Quiénes son esos hombres? […] ¿Qué se puede aprender de ellos? ¿Cuáles son las realidades que propician estas conductas?” (Zavala, González, et.al., 2022: 20) son algunas de las preguntas planteadas desde diferentes disciplinas, en el entendido de que

“La masculinidad hegemónica se considera un factor de riesgo debido a que limita a los hombres de percibirse como vulnerables [o] frágiles […] Entonces el cuidado de sí se considera como un contra concepto del patriarcado que de ser encarnado por los hombres y asumido por las instituciones, familias/hogares, avizoran cambios afirmativos en aras de la igualdad” (Zavala, González, et.al., 2022: 15).

Ahora bien, de esto no se sigue que las prácticas de autocuidado sean las únicas en este ámbito de sentido ni que necesariamente aseguren un cambio. Al igual que sucede con los cuerpos imaginados, en las prácticas convergen distintas representaciones que pueden mostrarse como contradictorias, por ejemplo, las del esfuerzo a toda costa que lleva a algunos corredores a ignorar lesiones o tardar en atenderlas, la de entender el cuerpo como algo qué llevar al límite y la de renunciar a horas de sueño que no es poco común en este contexto.

Como mis entrenamientos son temprano, no le quito el tiempo a nadie, más que… quito tiempo de mi sueño, nada más. Porque, por decir, pues no tendría actividades temprano, con mi familia, con nadie, con mis hijos, porque a esa hora ellos están durmiendo […] Lo que mucha gente, pues no: tienen que llevar a los hijos a la escuela, entonces no le quito el tiempo a nadie. Los sábados, que es el día que entreno [se refiere a que es el día que hace los entrenamientos más largos], igualmente me levanto temprano para regresar, desayunar, estar con ellos y entonces ahí casi no interfiero. Solamente, donde interfiero, es en la hora de los convivios, por la tarde, por la noche, de que digo que no me puedo desvelar (Francisco, 47 años, comunicación personal, 6 de marzo de 2020).

Por ejemplo, a mí me cuesta trabajo despertarme, porque no nada más me dedico a correr, me dedico a trabajar, con la familia, entonces a veces esas triples actividades del día a día, llega un momento que sí te agota y tienes que ir midiendo tus tiempos […] (Mario, 53 años, comunicación personal, 29 de julio de 2019).

Cierro este último apartado rememorando a Héctor, quien falleció en el año 2022 a causa de un paro cardiaco. Me enteré al concluir la redacción de este artículo, de modo que me llevó a cuestionar la relevancia de las últimas líneas. En congruencia con lo que he anunciado sobre el papel de la subjetividad, considero relevante apuntar que mi posición de corredora es la que me lleva a poner atención en la carrera como forma de procurar salud, pues de este modo lo he vivido durante varios años. Al enterarme, hice un recorrido mental de las enfermedades y hospitalizaciones que narró Héctor; después calculé la edad de su hija, más de 20, eso es seguro, y concluí que no “le había durado” tan poco como él creía que iba a suceder, aunque fueron aproximadamente 12 años menos de la esperanza de vida para los hombres en Ciudad de México.

CONCLUSIONES

Los cuerpos imaginados de los hombres son construidos a partir de diversas representaciones que involucran prácticas, narraciones, imágenes, proyectos de cine, de empresas, paternidades, entre otros. Pueden ser pensados como un conjunto de imágenes yuxtapuestas que en no pocas ocasiones son contradictorias entre sí o son similares a los cuerpos de las mujeres en el deporte, los cuales contravienen las expectativas de una supuesta inferioridad. Las representaciones corporales son tributarias de proyectos de género que son cambiantes y la masculinidad, como ordenador de prácticas dentro del deporte, se vale de los cuerpos imaginados, los cuales tienen anclaje en las identificaciones de género a través de la experiencia en la que, en algunos casos, se apela a lo saludable.

La idea de las imágenes yuxtapuestas no debe confundirse o pasar por una idea de diferentes masculinidades hegemónicas, dado que esto nos llevaría a una definición de corte normativo. Por ejemplo, no propondría que hay una masculinidad hegemónica dependiendo del contexto, sino que esta se construye de forma relacional. Efectivamente, hay rasgos que, dependiendo del contexto, tienen mayor o menor prestigio, pero, siguiendo a Connell, se trata de entender la masculinidad que ocupa la posición hegemónica en un modelo de las relaciones de género, de tal modo que la masculinidad hegemónica “incorpora la respuesta aceptada en un momento específico, al problema del patriarcado” (Connell, 2003:117).

Así pues, en el ámbito de sentido del running los hombres entrevistados, que -recordemos- en su mayoría pertenecen a un sector con educación superior y en ese sentido los resultados son acotados, se remiten a referentes de cuerpos musculosos, en los que el del personaje Rocky Balboa sobresale en dos casos como parte de su infancia. No obstante, no es la imagen u holograma corporal que se vive en esta práctica deportiva.

Como señala Paulo, su idea es ser una persona ligera, libre, ágil, con “control” de su cuerpo, “total”, que es mucho más común y acorde con la experiencia que suele describirse en la técnica corporal de la carrera y cuyo cuerpo imaginado es llevado a la sátira en no pocas ocasiones (pensemos en la imagen descrita con tres perros y la frase expresada a propósito de los atletas fondistas olímpicos que son sumamente delgados).

Lo cual, lleva a poner el acento en que las respuestas a una dominación siempre son cambiantes, de modo que podemos mirar las transformaciones o las continuidades en las representaciones corporales apuntadas en las entrevistas y en los libros para corredores como respuestas diferenciadas a un orden de género que es cuestionado constantemente de diferentes maneras: con movilizaciones o interrogantes abiertas; con prácticas que contravienen lo propio o el deber ser de cualquiera de los géneros, como el simple hecho de participar en una actividad masculinizada a sabiendas de que las características físicas que se adquirirán no serán las propias del género al que se pertenece; con imágenes o videos sobre los cuerpos, o con reflexiones críticas sobre las propias identificaciones, entre otras.

Las respuestas a la interrogante de cómo son o deben ser los cuerpos de los hombres son también respuestas a un orden de género dinámico. Las representaciones desplegadas de múltiples formas legitiman o no qué características son propias de los hombres. En este sentido, sobresale el testimonio de Humberto en el que contrasta la Carrera del día del padre en sus inicios, llena de hombres “feos”, “rudos” y de puro “barbaján” con la que se realiza actualmente, la cual se transformó como parte del proyecto de un corporativo que capitaliza la participación cada vez mayor de las mujeres y que, no obstante, no alcanza para lograr un porcentaje igualitario. El consumo, la moda (que en su interpretación es introducida por las mujeres), también viene a modificar las representaciones de los cuerpos de los hombres.

Como se aprecia en ese testimonio, las prácticas ordenadas a partir de un antes y un después dan cuenta de una serie de representaciones sobre el cuerpo de los corredores más jóvenes, así como de sus coetáneos. Los geles, los gadgets, los masajes, el nutriólogo y otras prácticas constituyen nuevas corporalidades que rompen con lo propio de los hombres, pero después se legitiman en función de su desempeño en sus carreras, es decir, en que ahora pueden llegar a ser mucho más rápidos.

De este modo, advierto que la representación corporal ligada a lo musculoso o la de los cuerpos ligeros articulan y orientan a los corredores en el mundo de sentido del running, pero hay una representación más que, siguiendo a las y los autores aquí citados, no es central en las identificaciones con la masculinidad hegemónica: la desplegada en las prácticas de cuidar su salud o procurarse bienestar. En este sentido, me permito destacar el testimonio de Héctor como una suerte de búsqueda de prácticas que cumplan con este objetivo y que miro como parte de las posibles respuestas a la interrogante ¿Cómo es la socialización, la trayectoria y la experiencia de los hombres que tienden a cuidar la salud?, aquí recuperada y relacionada de igual forma con las representaciones corporales que legitiman o no la pertenencia al grupo.

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2 Marcel Mauss (1971) define las técnicas corporales como “la forma en que los [seres humanos], sociedad por sociedad, hacen uso de su cuerpo en una forma tradicional” (p. 337). Es un montaje bio-psico-sociológico de una serie de actos que son habituales de un individuo y una sociedad. En cualquiera de estos dominan los hechos de la educación, la cual es descrita por Mauss como una imitación prestigiosa en la que el acto se impone desde afuera y desde arriba, es de este modo que el movimiento corporal se presenta como un “acto ordenado, autorizado y probado en relación con la persona imitadora (1971: 340).

3 El orden de género es mucho más complejo que este binarismo. Sin embargo, parto de esta dicotomía en tanto que en el trabajo de campo únicamente registré representaciones corporales ordenadas bajo esta dicotomía.

4 Realicé 20 entrevistas, 17 a corredores y corredoras y tres a personas que han estado involucradas en la organización de carreras. De estas últimas, a dos mujeres que no son corredoras y a un hombre que también es corredor.

5 Del francés, puede traducirse como “relación” o “conexión” y, en este sentido, aludir a una empatía que logra la cooperación entre la investigadora y (en este caso) las personas a entrevistar, de modo que es fundamental en el quehacer antropológico. Las formas de definirle o comprenderle son varias, Rosana Guber lo considera como la instancia de la relación entre investigador y colaboradores en la que “se ha construido un sentido compartido de la investigación, en que el investigador va realizando el pasaje de un modelo formulado en sus términos a otro modelo en términos del [colaborador], entonces la figura del rapport adquiere la imagen del proceso de conocimiento sobre la población estudiada y su logro es el logro de la investigación misma. Desde esta óptica, entablar el rapport significa que aquella dimensión descriptivo-explicativa del mundo social de los informantes y la perspectiva teórica adoptada se plasman y traducen en la relación misma entre el investigador y los sujetos de estudio (2004: 249).

6 En los últimos años, en las universidades del país se han gestado movimientos o movilizaciones de mujeres que han denunciado un conjunto de violencias circunscritas a las relaciones de poder entre los géneros. Además de protestar contra esta violencia, las universitarias han incorporado demandas y prácticas que han conducido a todos los actores a repensar la forma en que nos constituimos como mujeres, hombres, género neutro o no binario, de tal modo que las aulas se han constituido como un espacio propicio para entablar diálogos sobre la forma en que interpela -o no- la “masculinidad hegemónica”.

7 Las prácticas corporales son acciones performativas, es decir, son “aquellas que producen o realizan lo que nombra”, y se enfoca en las prácticas corporales que “los individuos ejecutan [a partir de los usos intencionales, individuales y colectivos] sobre sí mismos y sobre los otros, a través de las cuales se adquiere una forma corporal y se producen transformaciones” (Muñiz, 2018: 282).

8 Es una de las carreras más conocidas y su organizador, a quien pertenece este relato, presume que “quizá sea la más importante de la república y la más antigua”.

9 Artefactos o aparatos que pueden ser relojes, aplicaciones o softwares, entre otros.

10 Competiciones que constan de tres pruebas: 3.86 kilómetros de natación en mar abierto, 180 de ciclismo y 42.2 de carrera.

11 Una de las marcas más conocidas de relojes que quienes corren (y practican otros deportes) utilizan para medir tiempo, distancia, pulsaciones, entre otros parámetros.

12 “La imagen corporal es el esquema corporal moldeado por la cultura gracias a la capacidad simbólica de nuestra especie y a que fisiológicamente estamos capacitados para corregir los movimientos aprendidos de manera mecánica. Es una estructura tridimensional que permite la conciencia de sí mismo, integrando los aspectos físicos, estructurales y fisiológicos en relación con el movimiento. Es una estructura que integra las sensaciones, las emociones y la percepción, por ello es la base de la experiencia en la que se integra el significado cultural” (Aguado, 2004: 49)

13 Si bien estoy de acuerdo que la incorporación de las mujeres a las carreras se mezclan nuevas prácticas de consumo, considero que estas de igual forma son parte de un cambio en las prácticas de género.

14 Actualmente hay varias versiones, una de estas puede encontrarse en: https://twitter.com/memesdopl3r/status/1356980791947849729?s=46&t=njys1FGXV9SQ_Ip0jKJgVQ (recuperado el 24 de abril de 2023).

15 Para una exposición más amplia de la relación entre representaciones del tiempo y corporales ver mi trabajo de tesis ya mencionado (García, 2023), particularmente el capítulo 3.

16 Retomando la propuesta de Michael Kaufmann sobre la “tríada de la violencia”, De Keijzer habla del varón como factor de riesgo hacia la mujer, entre hombres y hacia el hombre mismo (Keijzer, 2001: 141). No obstante, a propuesta de espacios de reflexión docente sobre la violencia de género opto por suplantar “varón” por el concepto masculinidad.

17 Se denomina ultramaratón a toda aquella carrera que exceda los 42.195 kilómetros de los que consta el maratón y, de igual forma, cuando la prueba es realizada a campo traviesa se le denomina ultratrail.

1 Facultad de Ciencias Políticas y Sociales (UNAM), alejandra.garcia@politicas.unam.mx, ORCID ID: https://orcid.org/0009-0008-6971-3718.

Recibido: 27 de Abril de 2023; Aprobado: 27 de Enero de 2024

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