Cuando John Womack escribió Zapata y la Revolución mexicana, en la década de 1960, sólo tuvo acceso a un número limitado de archivos y, en parte por esto, su capítulo sobre la vida en Morelos durante el zapatismo trató el tema con cierto romanticismo, que luego reforzaron los historiadores más leídos en México, como Adolfo Gilly y Arturo Warman. No fue sino hasta la década 1990, con las publicaciones de Samuel Brunk, cuando fue pensable una interpretación menos idealizada. Con un trabajo minucioso en colecciones integradas a los archivos, en su mayoría en la década de 1980, Brunk desafió la idea de que los zapatistas crearon gobiernos democráticos y autónomos en las poblaciones bajo su control, al mostrar el abuso de poder generalizado por parte de los jefes militares, divisiones dentro de las poblaciones, disputas violentas entre pueblos vecinos y tensiones entre la centralización política y militar, por una parte, y la autonomía de los pueblos, por otra. Esta perspectiva permitió que una nueva generación de historiadores presentara otra nueva visión del movimiento zapatista.
Uno de ellos es Alejandro Rodríguez Mayoral, estudiante de doctorado de Samuel Brunk, en la Universidad de Texas, con su libro dedicado enteramente a la vida cotidiana de la gente común en las zonas zapatistas, tanto pacífica como rebelde, la cual cambió a raíz de la Revolución en el entonces Distrito Federal y en los estados de Morelos, México, Puebla y Guerrero. Consultando archivos y colecciones nunca antes estudiados por los expertos en la materia, a lo largo de siete capítulos, el autor describe el comienzo de la rebelión y cómo la lucha entre rebeldes y soldados federales empezó a afectar a los pueblos y las ciudades en esta amplia zona que comprendía varias entidades federativas. Nos enteramos de cómo la gente vivió las carencias de la guerra, entre ropa, bienes y alimentos, y“los despojos perpetrados por bandidos, zapatistas, huertistas y carrancistas” (pp. 37-38).
Un capítulo se enfoca en la vida cotidiana de las mujeres que lucharon por la causa y las que simplemente trataron de sobrevivir. Todas trabajaron para el sustento de sus familias, en roles tradicionales como cocineras, pero también en situaciones nuevas: desde sus hogares, como la base de un movimiento guerrillero, o en los campamentos militares. Con mucha originalidad, Rodríguez Mayoral le dedica un capítulo a “las relaciones entre hombres y mujeres, sus roles o papeles desempeñados, los cortejos y los amores apasionados, el matrimonio, las enfermedades sexuales, [la heterosexualidad,] la homosexualidad y la transexualidad” (p. 38). También es novedoso el capítulo dedicado a estudiar cómo la vida de los niños se transformó con la guerra, al tener que adoptar una existencia de adultos, asumiendo responsabilidades y obligaciones que normalmente no les corresponderían, y, sin embargo, encontrando espacios para el esparcimiento y la diversión. No sólo fueron ellos los que organizaron juegos para pasar el tiempo: en el capítulo sobre el tiempo libre, nos enteramos de los festejos, bailes, pláticas, diversiones y convivios que los zapatistas disfrutaron en los campamentos, y la gente común, en los pueblos, a pesar de la guerra. El libro termina con un capítulo sobre la extremadamente difícil, peligrosa y carente vida cotidiana de los zapatistas y miembros del Ejército Libertador del Sur y sus familias, “para quienes deseen conocer las verdaderas entrañas de la revolución” (p. 39).
Lo que hace que este libro sea original es, precisamente, esa mirada desde abajo que no se desvía, un enfoque testarudamente local y de lo mundano. Como el primer libro dedicado por entero a la vida cotidiana durante la Revolución en la amplia zona zapatista, ¿en qué contribuye a la ya muy extensa literatura sobre este tema? Enriquece la idea propuesta por Felipe Ávila Espinosa de que el zapatismo no fue un movimiento homogéneo, sino que fueron múltiples los zapatismos que emergieron en las regiones. Además, muestra cómo la vida cotidiana de la gente común cambió durante las diferentes etapas del movimiento. Fueron varias las épocas en las que los ejércitos federales practicaban tácticas de tierra arrasada; de 1914 a 1915, por ejemplo, cuando los zapatistas controlaron una zona amplia y, con el apoyo financiero de la Convención Revolucionaria, lograron empezar a desarrollar las funciones de gobierno. También, proporciona una visión más heterogénea de la población: lo que para algunos estudios han sido campesinos, para Rodríguez Mayoral son “peones, arrieros, cañeros, medieros, jornaleros, aparceros, arrendatarios, leñadores, carboneros, ganaderos, vaqueros, agricultores, comerciantes, artesanos, cantineros, fogoneros, capataces, obreros, abogados, maestros, militares y contadores” (p. 32). Pero, sobre todo, este libro es el mejor estudio de género del zapatismo hasta la fecha.
No se puede hablar de los estudios de género sobre el movimiento zapatista sin mencionar el excepcional libro de Martha Rocha, que se nutre de -pero por mucho transciende- los estudios clásicos en torno a las mujeres que participaron en las diferentes facciones revolucionarias, incluyendo las zapatistas, así como de la profundidad teórica adelantada a su tiempo del estudio de Gabriela Cano sobre el general transgénero Amelio Robles Ávila, y del texto de María Herrerías Guerra referente a las construcciones de género sobre Zapata y el movimiento zapatista que aparecieron en la prensa entre 1911 y 1919.1 Lo que diferencia el libro de Rodríguez Mayoral es que profundiza en las experiencias de vida de las mujeres “comunes”, quienes hasta la fecha han sido aun más invisibles que las intelectuales, profesionistas, coronelas o “soldaderas” zapatistas (un término ahistórico porque, durante la Revolución, las soldaderas eran únicamente aquellas mujeres que acompañaban a los soldados del Ejército Federal).
Rodríguez Mayoral no sólo profundiza en las relaciones de género en el capítulo sobre las mujeres o en el de las relaciones amorosas y sexuales; el tema traspasa todos los capítulos, ya que la vida cotidiana, por definición, incluye a las mujeres de una manera que la historia tradicional del zapatismo -las relaciones entre los jefes zapatistas, las negociaciones entre las cúpulas revolucionarias o la historia militar- ha oscurecido. Ya en 1983, Teresita de Barbieri explicaba que, al privilegiarse los aspectos públicos de la historia en los que los hombres han sido cuantitativamente más importantes, se “ha dejado de lado cuestiones tales como la crianza y educación de niños, el lugar de la familia, los sentimientos y afectos dominantes, etc.; es decir, aquellos aspectos de la vida en los que tradicionalmente las mujeres han tenido un espacio destacado”.2 Buscar comida y cocinar en sus hogares para mantener una guerrilla o en los campamentos para alimentar a las tropas era tan crucial para la supervivencia de los zapatistas como muchas de las batallas, y, sin embargo, sabíamos poco sobre cómo se organizaba la vida cotidiana que sustentaba el movimiento.
Un tema importante, entonces, es la vida de las mujeres en los campamentos zapatistas. Siempre proyectadas como las fieles e incansables compañeras, en este libro aparece una realidad más cruda e incómoda. Tanto en los archivos, como en los testimonios registrados en las 157 entrevistas realizadas entre 1973 y 1977 por Laura Espejel, Salvador Rueda, Eugenia Meyer y Carlos Barreto, entre otros, bajo la coordinación de Alicia Olivera, las cuales forman parte del Proyecto Archivo de la Palabra-inah, encontramos pequeños fragmentos de lo que fue la vida en los campamentos. Sin embargo, nadie antes había logrado unir tantas piezas de este rompecabezas.
A lo largo del periodo de este estudio, los ejércitos federales de Francisco I. Madero, Victoriano Huerta y Venustiano Carranza asolaron consecutivamente la región zapatista. Al entrar a las poblaciones, los federales no se limitaban a matar o aprehender a los soldados: la lucha era en contra de poblaciones enteras. En muchas ocasiones, los federales quemaron pueblos íntegros. Esto causó grandes desplazamientos que alteraron radicalmente la vida cotidiana de la gente, tanto pacífica como rebelde. Hombres, mujeres y niños huyeron de sus casas y buscaron refugio, cerca y lejos. Algunos escaparon a los centros urbanos, pero la mayoría tuvo que esconderse en el inhóspito campo y en cuevas, en donde a veces las mujeres parían a sus hijos. Muchos otros se congregaron en los cuarteles y campamentos zapatistas que se encontraban en lugares militarmente estratégicos, que, por lo general, tenían acceso a alguna fuente de agua. Los más conocidos eran el Madroño, cerca de Santa María (Morelos), Agua Grande (Ajusco, Distrito Federal), Chalma (México), Zempoala (Morelos) y Piedra Parada (Zacualpan, México).
Además de dar a luz y tener que cuidar a sus hijos en entornos inhóspitos, la mayoría de las mujeres pacíficas y zapatistas continuaron desempeñando sus quehaceres domésticos en los cuarteles y campamentos. Nos relata Rodríguez Mayoral que las mujeres fueron fundamentales para el movimiento zapatista porque, en palabras de una de ellas, los hombres “no sabían hacer nada […] no había gente que les hiciera de comer” (p. 156). De esta manera, las mujeres dominaron el ámbito privado, pero éste se reprodujo en un ámbito no sólo público, sino bajo nuevas relaciones de poder. Si en las poblaciones las jerarquías entre mujeres solían ser familiares -el control de las suegras sobre el trabajo de las nueras jóvenes, por ejemplo-, en los campamentos había un nuevo orden bajo el mando militar masculino. Aquí eran las esposas de los militares las que controlaban la fuerza laboral de las mujeres. Por ejemplo, “Alberta Galindo, esposa de un jefe zapatista, se encargó de ordenar y supervisar a otras esposas y mujeres jóvenes para que trabajaran” (p. 156).
Lo privado no sólo se reprodujo en un ámbito con nuevas relaciones de poder, sino en uno propicio para la violencia de género. Por una parte, aprendemos que, cuando los soldados salían a pelear, “las mujeres fueron presa del enemigo o de cualquier extraño que pudiera delatarlos” (p. 154). Por otra, los zapatistas también hicieron mal uso de estas zonas bajo su poder y lejos de las autoridades locales y municipales. En 1917, por ejemplo,
[...] los vecinos de Atlatlahuca, Estado de México, denunciaron varias violaciones en contra de doncellas de entre diez y doce años, así como raptos y estupros, ante el general José Rojas del Ejército Libertador. Los vecinos acusaron al capitán zapatista Pablo Plata y a sus soldados, quienes estaban a las órdenes del general Ignacio Fuentes. En el reporte, los denunciantes mencionaron la violación de treinta mujeres, de las cuales dieciocho eran niñas. Los ataques ocurrieron cuando los mencionados zapatistas llevaron a su campamento a las víctimas, donde las tuvieron tres días y dos noches, luego de lo cual las dejaron en libertad para que regresaran a sus casas. (p. 251)
Tristemente, éste no fue un caso excepcional, por lo que es muy valioso que este libro pueda afrontar la violencia de género en las zonas zapatistas, sin importar cuán penosa o poco popular sea esta realidad. A pesar de que después de la obra de Brunk fue difícil evadir los temas que cuestionaban la historia patria del zapatismo, siguió habiendo una historiografía miope en cuanto a la violencia de género durante la Revolución mexicana, en general, y el movimiento zapatista, en particular. Después del libro de Rodríguez Mayoral no será posible ignorar el machismo patriarcal y violento de Zapata y su movimiento.
Las relaciones de dominio, en demasiados casos, se transformaron en violencia de género, la cual no era totalmente nueva, pues ya existía en el siglo xix, pero se acrecentó en la región zapatista por la confluencia de dos fenómenos: por una parte, la violencia de género común en los conflictos armados, en donde la violación se utiliza con frecuencia como medio de guerra psicológica para humillar al enemigo. En Morelos, los ejércitos enemigos quemaban poblados enteros y muchas adolescentes y adultas fueron violadas, aprehendidas, secuestradas y transportadas a áreas geográficas distantes. El segundo fenómeno es la violencia de género al interior del movimiento zapatista. Con base en las numerosas quejas y peticiones que sobreviven en los archivos, Rodríguez Mayoral concluye:
Entre 1914 y 1916, emergen numerosos reportes de raptos, intentos de secuestro y violaciones sexuales a mujeres pacíficas y zapatistas, no sólo en Morelos, el Estado de México y el Distrito Federal, sino también en Puebla y Guerrero. Los zapatistas fueron los principales involucrados, y en muchos casos ni siquiera respetaron a la gente que simpatizaba con ellos o que los había ayudado. (pp. 192-193)
En un caso reportado por el autor, “un zapatista se sinceró tiempo después de que la revolución había terminado, y sostuvo que arrebataban a la mujer que les gustaba cuando llegaban a un pueblo” (p. 96). También hubo casos de violaciones en grupo, como cuando una mujer de Cuernavaca fue violada por más de 30 zapatistas en 1916.
Esto no quiere decir necesariamente que el movimiento zapatista incurrió en más violencia de género que otros grupos revolucionarios; basta leer el libro de Friedrich Katz para enterarse de las muchas violaciones que ocurrieron bajo el mandode Pancho Villa. Lo que diferencia a la zona zapatista es que sus residentes vivieron una guerra casi incesante durante más años que en otras regiones del país. A pesar de que el liderazgo zapatista trató de controlar la violencia de género (entendida en aquel entonces como parte del “bandidaje” que trataban de evitar para no desacreditar el movimiento), la inseguridad y el abuso de poder por parte de los soldados y de las gavillas armadas fueron dos variables que incrementaron este tipo de delitos contra las mujeres. Tampoco ayudó que
[…] a Zapata se le adjudicó haber tenido 22 mujeres […] Al tener muchas mujeres, Zapata simbolizó el machismo de la sociedad revolucionaria, y es posible que otros rebeldes siguieran el mismo comportamiento. Esta conducta machista contuvo un fondo de poder que implícitamente estableció una relación de dominio sobre las mujeres de distintas regiones, y, por lo tanto, sobre otros hombres. (pp. 222-223)
Las mujeres comunes, pacíficas y zapatistas, fueron víctimas, por supuesto, pero también alzaban la voz, para pronunciar sus quejas y demandar justicia ante el Cuartel General y los jefes revolucionarios en cuanto a las violaciones a sus cuerpos, a sus familias y a sus pequeñas propiedades. En los archivos zapatistas hay miles de quejas, peticiones y solicitudes a las autoridades locales y a los altos mandos zapatistas. Un alto porcentaje proviene de mujeres. Esta participación activa de las mujeres comunes también contribuyó a la formación del gobierno zapatista, por lo menos entre 1914 y 1916, cuando el ejercicio de gobierno fue facilitado por el gobierno de la Convención. Un ejemplo importante fue la participación de las mujeres en la demanda de asistencia para las viudas y los huérfanos de los soldados. Al igual que las pensiones decimonónicas para las familias de los soldados, el Plan de Ayala había justificado la nacionalización de las propiedades de los “enemigos de la Revolución”, prometiendo el pago de indemnizaciones y pensiones para las viudas y los huérfanos de los combatientes. Rodríguez Mayoral encuentra evidencias de que los zapatistas apoyaron económicamente a las viudas:
La primera prueba data de noviembre de 1915, cuando el general Zapata, desde su cuartel, ordenó al pagador general del Ejército Libertador destinar 50 000 pesos para gastos de jefes y viudas de zapatistas muertos en campaña. Asimismo, en abril de 1916, un recibo de la Pagaduría General del Ejército Libertador expidió 35 000 pesos para gastos del Estado Mayor y escolta de Eufemio Zapata. De ese dinero, debían entregarse 3 000 pesos a 50 viudas equitativamente, es decir, 60 pesos a cada una. A partir de estos dos documentos, se deduce que los zapatistas también entregaron pagos a viudas que estuvieron bajo la tutela de otros generales en diversas regiones. (p. 189)
Rodríguez Mayoral concuerda con los importantes estudios de género sobre la Revolución mexicana que reconocen que el levantamiento en contra de Porfirio Díaz, y luego la guerra entre las facciones, abrió espacios importantes para las mujeres, para participar en ámbitos hasta entonces reservados mayoritariamente para los hombres, pero que, finalmente, estos eventos perpetuaron y hasta intensificaron un sistema patriarcal en el que las mujeres no eran reconocidas como sujetos de derecho. Las negociaciones de género, nos dice Rodríguez Mayoral, “comenzaron cuando hombres y mujeres compartieron el ámbito público y privado, dejando de lado algunas leyes, prácticas y costumbres” (p. 200). Y, sin embargo, el autor concluye, la alteración de las relaciones de género “no afectó al sistema patriarcal existente ni buscó atacarlo; por el contrario, el sistema quedó fortalecido” (p. 200). Es difícil creer que hasta la publicación de este magnífico libro hayamos sabido tan poco sobre este tema tan crucial.










nova página do texto(beta)




