Se habla continuamente de la vuelta a la normalidad. Lo normal es mortal. La “normalidad” es una inmensa crisis. Necesitamos catalizar una transformación masiva hacia una economía basada en la protección de la vida.
Naomi Klein1
Introducción
El estudio de la relación de la ciudad con las pandemias y epidemias ha sido un tema recurrente a lo largo de la historia, así como la búsqueda de respuestas urbanas al problema. En general, las pandemias se han ensañado históricamente con la población urbana, como también con las infraestructuras y los servicios urbanos.
A continuación, algunos ejemplos: la peste negra de mediados del siglo XIV, de origen animal -la bacteria Yersinia pesti se transmitía por medio de las ratas-; el cólera, en 1830, causado por el agua contaminada; la gripe española durante la Primera Guerra Mundial; la gripe asiática o A (H2N2), de tipo aviar, que apareció en 1957; la gripe de Hong Kong o A (H3N2), que afectó al mundo oriental en 1968, y en 2009, la gripe denominada A (H1N1) o gripe porcina. Todas ellas nos muestran con claridad la recurrencia de este tipo de enfermedades que sucesivamente han asolado a la población (Huguet, 2020).

Consuelo Pagaza ( Parques y áreas públicas de la Ciudad de México permanecieron cerrados durante el semáforo rojo para evitar contagios.
La presencia del virus en las ciudades ha sido una constante, lo mismo que su arribo por rutas y medios de transporte -con las particularidades de cada época-, para convertirlas en los lugares de mayor concentración de contagio y propagación de la inoculación (Huguet, 2020). Así tenemos que, con la Conquista y la colonización española, llegaron a América epidemias desconocidas, como también ocurrió en la época de la modernización del comercio británico, y ahora con la globalización, que produce pandemias mundiales como la de la enfermedad por coronavirus 2019 (Covid-19). Además, los virus se han trasladado por el territorio gracias a los medios de transporte de punta -barcos, trenes, aviones-, y por rutas y calles.
El impacto de las enfermedades en las ciudades ha sido brutal, tanto que Fabián Ludueña Romandini (2015) considera que se produce una anomia de la urbe; Fernando Carrión Mena y Paulina Cepeda (2020), que se provoca un shock urbano; Marcos Cueto (2020), que se genera el miedo a la ciudad; Renato Nunes Bittencourt (2020), que se presenta un colapso global como producto social. Finalmente, lo paradójico es que las epidemias, según Charles Rosenberg (citado en Cueto, 2020), configuran un ciclo con tres periodos marcados: negación, resignación y olvido.
A mediados del siglo XIX, la propagación de pandemias por las zonas urbanas motivó que el movimiento modernista se concentrara en dos líneas de cambio: i) intervenciones urbanas puntuales, con corrientes urbanísticas funcionalistas, y ii) propuestas de ciudades sanas y civilizadas. La sistematización y generalización más importante se originó en los Congresos Internacionales de Arquitectura Moderna, a principios del siglo XX, que constituyeron la respuesta más comprensiva y difundida de planificación urbana.
En 1928, Le Corbusier desencadenó los modelos funcionalistas de producción de vivienda y de súper manzanas inscritas en “La ciudad radiante” -La Ville Radieuse-, y la generación de los planes reguladores. Esta tendencia buscaba normar el funcionamiento por medio de la zonificación y la regulación de flujos con un enfoque racionalista y funcionalista (Duque, 2013). John Friedmann (1992) aportó el impulso a las políticas que respondieran a una continuidad real; es decir, una planificación no sólo desde lo técnico, sino que incluyera también estrategias y tácticas.
Para la planificación modernista, la ciudad era un organismo vivo y el objetivo a perseguir era construir mecanismos racionalistas de decisión y acción. En ese camino, la Carta de Atenas promulgó razones de salubridad e higiene para las viviendas, que consideraban los factores de densidad, altura y separación funcional. Pero, a la vez, condujo a la destrucción de barrios enteros, en caso de presentar un peligro para la salud de las ciudades (Galvis, 2020). En esta línea, y de manera simultánea, se realizaron importantes cuestionamientos a esta visión, porque sus medidas provocaban la pérdida de la vitalidad urbana, la diversidad de usos e interacción social y el abandono de zonas -barrios- y espacios públicos (Jacobs, 2011; Kurokawa, 2000).
De esta manera, las intervenciones urbanas buscaron responder con modelos higienistas, por medio de la planificación funcionalista, lo cual dejó al descubierto otras problemáticas urbanas que no han sido resueltas; sumado al hecho de que, desde el comienzo de su historia, las ciudades han sido azotadas por pandemias. En la actualidad, el mundo se ha visto afectado por una emergencia sanitaria ocasionada por el virus SARS-CoV-2. De allí que con este artículo se busque plantear aproximaciones tanto al conocimiento de la problemática urbana como al de las políticas que han surgido con la Covid-19 en las ciudades, bajo una lógica que considere la historia y se proyecte hacia el futuro.
El itinerario de la pandemia
El coronavirus ha tenido una propagación itinerante -en tiempo y en espacio- debido a su circulación de alta intensidad, que ha producido efectos más allá del ámbito sanitario. Es decir, todo lo que se vive alrededor de la Covid-19 se caracteriza por una dinámica de volatilidad y cambio acelerados, tanto de la enfermedad como de sus consecuencias.
La enfermedad presenta un recorrido multiexpresivo, por eso nos concentramos en cuatro dimensiones: la biológica, correspondiente a la formación de la enfermedad; la de vulnerabilidad, vinculada al tránsito desde los grupos etarios de mayor edad hacia los sectores populares; la territorial, en relación con su expansión geográfica por el mundo; y la temporal, referida al orden cronológico que define una secuencia de fases interconectadas.
Itinerario biológico
El 31 de diciembre de 2019, la Organización Mundial de la Salud (OMS) tuvo conocimiento de un brote de neumonía particular en la ciudad de Wuhan, catalogado como una cepa de coronavirus. La crisis sanitaria que se desencadenó desde ese momento ha significado, hasta el 11 agosto de 2020, 742 029 muertes y 20 403 658 contagios.2
Según los científicos Roujian Lu y colaboradores (2020), el coronavirus se originó en un mercado de abastos de la ciudad de Wuhan, China -descrito como la incubadora de nuevos patógenos-, a partir de la transmisión del virus desde un animal salvaje, el murciélago, hacia un huésped intermedio, que posteriormente generó el contagio a una persona -el paciente cero- que consumía en ese recinto. Se tiene conocimiento de que este hecho ocurrió el 1 de diciembre de 2019, momento a partir del cual el virus se expandió por el mundo.
La producción de una enfermedad por contagio se conoce con el nombre de zoonosis, esto es, una transmisión de un virus entre animales -entre ellos, los humanos- por medio del aire -influenza-, picaduras -paludismo-, saliva -rabia- o cualquier contacto directo. La aparición de la enfermedad de manera tan drástica y reciente ha significado mutaciones y adaptaciones durante la rápida propagación del virus. En la actualidad, varios laboratorios trabajan en la cura y la vacuna, lo que eventualmente significará el inicio de un proceso de vacunación mundial.
ITINERARIO DE LA VULNERABILIDAD
El trayecto del contagio que partió de Wuhan se extendió hacia otros puntos, en los que adoptó la condición de “importado” debido a que llegó desde el exterior, por avión. Luego se expandió por el territorio a través de la locomoción colectiva,3 a partir de lo cual adoptó la peculiaridad comunitaria.> Así, se presenta un itinerario que va de “importado” a “comunitario” y sigue dos modelos de movilidad: internacional, por avión, y de clase acomodada; y local, por transporte popular, y de sectores de bajos ingresos.4
En este proceso, el virus transforma la vulnerabilidad de las personas afectadas por la Covid-19 al pasar desde la incidencia sobre grupos etarios de la población -edad cronológica-, entre los que el sector de la tercera edad es el más aquejado,5 hacia los grupos sociales de extracción popular -edad biológica-6 que tienen trabajos precarios, viviendas hacinadas y salud frágil.7 De allí que estos sectores se conviertan en las verdaderas incubadoras del contagio, no sólo del coronavirus, sino también de las enfermedades infecciosas más comunes -dengue, paludismo-, con lo cual se evidencia que la pandemia se ha hecho “popular”.
En la configuración de comunitario, el virus se propaga por la ciudad. Al comienzo, desde los focos en los que vive la población de ingreso medio y alto -como ocurrió con Samborondón, en Guayaquil; Barranco y San Isidro, en Lima, y Las Condes y Vitacura, en Santiago-; posteriormente, se generaliza por la ciudad para llegar a los barrios vulnerables y precarios. Asimismo, hay un recorrido que va de la ciudad grande a la ciudad intermedia y luego al campo -como ocurrió en Lima, Guayaquil y São Paulo-, en el que el virus produce procesos de desurbanización.
La mutación de la vulnerabilidad hacia lo popular se evidencia en los siguientes ejemplos. Primero, de racismo, en la ciudad de Chicago, que tiene 30% de población afrodescendiente, cuya letalidad llega a 70% del total de la población (Mars, 2020). Segundo, de xenofobia, en la frontera entre México y Estados Unidos, porque los principales afectados en términos de contagio y letalidad son las personas de origen latino (López-Villafaña, 2020). Tercero, por aporofobia, como ocurre en Guayaquil, donde la enfermedad recae en la población económicamente activa cuya edad promedio oscila entre 20 y 49 años, y reside prioritariamente en la parroquia Tarqui, una de las más pobres de la ciudad (El Universo, 2020).
Itinerario temporal
A la variación biológica y de vulnerabilidad, el coronavirus suma su cambio en el tiempo -cronología-, compuesto por tres momentos articulados entre sí: el antes, el durante y el después. Aldo Rossi sustenta que las catástrofes no producen cambios urbanos por sí mismas, sino que apresuran las transformaciones que ya se estaban imaginando o configurando (Rossi, 1971). En otras palabras, se observa una continuidad, o lo que es lo mismo, que “el día después” vendrá del hoy; pero no sólo por la continuidad inercial de los tiempos -ayer, hoy, mañana-, sino también por la acción concertada de los actores, lo que conduce a una aceleración de la metamorfosis, y en otros casos, a una ruptura de la tendencia.
La ocurrencia del proceso tiene gran velocidad en el espacio y el tiempo: el antes, referido a las condiciones preexistentes del sistema sanitario, la economía, la sociedad y la ciudad, que prefiguran la plataforma para el contagio y su expansión posterior, corresponde a la prevención primaria; el durante, relacionado con la fase del contagio, así como con la recuperación y la letalidad, corresponde a la prevención terciara; y el después, inscrito en la fase de apertura o salida de la crisis, que será progresiva y gradual, corresponde al periodo en el que se evidenciarán los resultados de las otras dos fases.
La expresión cronológica se relaciona, primero, con la salida del continente; segundo, con la llegada a ciertos países; tercero, con la localización en ciertas ciudades, y finalmente, con la propagación por algunos barrios. La primera expresión cronológica tuvo que ver con el tiempo que el virus tardó en salir de Asia -China- hacia otros continentes, como ocurrió de forma casi simultánea -a dos meses de Wuhan- hacia Norteamérica -el 21 de enero se presentó el primer caso en Estados Unidos- y Europa -en Francia, el 25 de enero-. El segundo escalón sucedió tres meses después, cuando se supo del primer infectado en África -en Egipto, el 14 de febrero- y los primeros casos en Latinoamérica - en Brasil, el 26 de febrero, y en México, el 28 de febrero-. Esta trayectoria se explica por la internacionalización de cada uno de los continentes y su contacto con China y Europa.
Los continentes operaron como “cabeza de puente” para el contagio: desde los países que lo recibieron temprano -Francia, España, Italia, Estados Unidos- hacia los que tienen menos inserción mundial -situados en África y Latinoamérica-. En este tránsito hay una ventaja para los países contagiados tardíamente: el que haya llegado después les ha permitido beneficiarse de las experiencias de las políticas desarrolladas por los precursores, bajo el criterio empírico de ensayo y error.
Al considerar el comportamiento temporal de la enfermedad se pueden encontrar dos momentos dentro del ciclo definido como “durante”. Por un lado, el momento de la transmisión, que se descompone en las variedades importada y comunitaria. La importación del virus es la transmisión inicial y depende de las características de los trasmisores, esto es, de las personas portadoras -turistas, migrantes, empresarios o estudiantes-. Posteriormente, adopta la forma comunitaria, cuyo epicentro es un barrio, a partir del cual se difunde hacia la ciudad, el hinterland inmediato y la población de sectores populares, urbanos y rurales. Este fenómeno pone en duda la eficiencia de los cercos epidemiológicos físicos y tecnológicos, la cuarentena multiescalar - casa, ciudad y país- y las medidas profilácticas - mascarilla, lavado de manos y distanciamiento-. Por el otro lado, el momento de la recuperación o la letalidad entre las personas contagiadas, que depende directamente de la calidad del sistema sanitario, esto es, de infraestructuras, hospitales -camas tipo, tecnología-, medicinas y personal de salud. Si las condiciones sanitarias son precarias, la letalidad será alta, tal como se ha evidenciado en la comparación de Latinoamérica con Asia.
Itinerario territorial
Una vez configurada la enfermedad en Wuhan, el contagio hace realidad el viejo proverbio chino: “el aleteo de una mariposa se puede sentir al otro lado del mundo”, para el que existen dos interpretaciones que se ajustan al caso: i) la expansión del virus se da a gran escala y velocidad por todo el planeta, tanto que asume la condición de pandemia global; y ii) la verificación de la teoría del caos, que parte de la constatación de que un evento a pequeña escala puede tener resultados incontrolables, de gran proporción.
Así, el caos, en un sistema, no sólo se presenta en la afectación al todo, sino también en la particularidad de la conducta de sus componentes (Santos, 2000; Bauman, 2016), no como un hecho de causa y efecto, sino por procesos y circunstancias amplificadoras (Pérez, 2000; Briggs y Peat, 1999). Esta dinámica, en el caso de la Covid-19, ha desembocado en una crisis sanitaria, social, humana, política y económica en el planeta. Como se mencionó en el itinerario temporal, la enfermedad viajó por continentes, países, ciudades y barrios. Así fue como llegó primero a Madrid, Londres, Moscú, Nueva York, Ciudad de México, São Paulo, Santiago, Lima y Guayaquil, ciudades que tienen en común la condición de ser las más grandes de su país y también las más contaminadas.8
Estas ciudades se convirtieron en los epicentros de irradiación de la Covid-19, debido a que hoy las ciudades tienen fuertes relaciones inter y transurbanas -ciudad global-, que en muchos casos van más allá de las relaciones internacionales. Dicha dinámica se manifiesta, primero, en la condición de irradiación del virus en el territorio, y después, hacia otros territorios, bajo la lógica de la secuencia en cadena. Tal es el caso de la propagación desde las ciudades grandes hacia las medianas, pequeñas y periurbanas, e incluso hacia zonas rurales.9 De allí que los epicentros, en un principio categorizados como urbanos, alcancen luego escalas mayores; así, a partir de las ciudades se contagian los países: China y Corea del Sur, Italia y España, Estados Unidos y Canadá, Brasil y Perú, y finalmente, Egipto y Sudáfrica. Como consecuencia de este proceso, el contagio sigue una continuidad que lo lleva a la escala continental: Asia, Europa, América, Oceanía y África. Este desenvolvimiento da como resultado que todos los continentes estén contagiados, así como los 193 países reconocidos por la Organización de las Naciones Unidas y la mayoría absoluta de las ciudades más grandes. Por eso, la OMS ha considerado esta enfermedad una pandemia.10
La ciudad cambia porque es histórica
La ciudad ha evolucionado a lo largo de un proceso de más de 5 000 años, en el que constantemente se define, redefine y transforma; es histórica y vive en permanente cambio. Sin embargo, como parte de su misma evolución, existe, en ciertas coyunturas específicas, una aceleración significativa de los procesos de transformación por medio de lo que podría definirse como un shock urbano; es decir, un fuerte impacto que produce cambios abruptos en las urbes.
Los shocks urbanos
El concepto de shock es un anglicismo que proviene de las ciencias biológicas y se utiliza para caracterizar una súbita afección que puede llevar incluso a la muerte de un organismo (U.S. Department of Health and Human Services, 2020). Las ciencias económicas lo importaron, pero desde la perspectiva de las políticas que, según Naomi Klein (2008), sirvieron para desmontar el modelo de Estado de bienestar. Ahora, el término shock llega a las ciudades y lo hace de manera disruptiva pero continua.
¿Qué se entiende por shock urbano? En la historia de las ciudades se presentan problemáticas recurrentes y súbitas que provienen de distintas vertientes: naturales, como los terremotos, erupciones, tsunamis, inundaciones, incendios; o antrópicas, como la contaminación, el cambio climático, los estallidos sociales y las pandemias, como la de Covid-19. En otras palabras, se trata de situaciones agresivas, extremas e imprevistas que generan una afectación intensa en la estructura urbana o en sus partes esenciales, y provocan una conmoción en su sistema. El shock urbano opera como una distopía, es decir, una negación de la utopía o una redefinición de la realidad que se vivía antes de la ruptura;11 forma parte del devenir de la ciudad, en tanto acelerador de los procesos de mutación que se prefiguraban, y por lo tanto, debe ser procesado por las políticas urbanas.
Los shocks urbanos producen conmociones que paralizan las urbes, colapsan la economía, producen cambios en la población y en muchos casos pueden generan nuevos modelos urbanos. Con el coronavirus, el shock urbano ha sido tan fuerte que ha dado lugar a una ciudad sin ciudadanos, centros de convenciones sin reuniones, estadios de futbol vacíos, universidades sin estudiantes, tribunales sin jueces, iglesias sin feligreses, tiendas sin compradores, centros comerciales sin visitantes, autobuses sin pasajeros, aeropuertos cerrados, construcciones paradas, fábricas cerradas, plazas abandonadas y calles vacías. Son ciudades fantasmales o “no ciudades” (Carrión y Cepeda, 2020).
¿Por qué el impacto del coronavirus en las ciudades es tan fuerte? Porque es una enfermedad que se transmite de forma interpersonal, lo cual hace que las ciudades sean el espacio privilegiado del contagio, ya que en ellas se concentra la mayor densidad de población e interacción social. En el ámbito planetario, 55% de la población vive en urbes, y según la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (CEPAL, 2020), en Latinoamérica, 84% de la población habita en las ciudades.
Además de contagiar a las personas que viven en las ciudades, el coronavirus produce una fuerte inoculación en las urbes. Las ciudades no sólo se han visto afectadas por el virus, sino también por las políticas formuladas para su control. Las propuestas de política han sido únicas, generales y homogéneas, sin relación con la heterogeneidad existente -sobre todo en Latinoamérica, el subcontinente más urbanizado y desigual del mundo-, lo cual produce un triple problema: incremento de las desigualdades urbanas, aumento del contagio interpersonal e infección de la ciudad en su conjunto -el transporte desaparece, el espacio público se vacía y la población no interactúa-.
Las políticas sanitarias no han sido muy eficientes para detener el contagio entre personas -civitas-; por el contrario, han producido la infección de las urbes -urbs-. Cabe entonces diferenciar el contagio por el virus que ataca a las personas del contagio que impacta en las ciudades por las políticas que se han implementado. En síntesis, la cantidad y densidad de población, la interacción social y la forma en la que las políticas sanitarias afectan a las urbes han producido un proceso que convierte al coronavirus en una enfermedad urbana.
Por efecto del contagio múltiple y simultáneo que produce el shock urbano, deducido del impacto que sufren las personas y las ciudades, se configuran procesos de “urbicidio”. Este hecho refiere al asesinato litúrgico de las ciudades, cuando se producen agresiones con premeditación, orden y en forma explícita, al definirse estrategias con objetivos económicos, culturales, sociales y políticos para acabar con la base material de la ciudad -infraestructura-, el espacio público, la identidad, los símbolos y la memoria colectiva, en su conjunto o en sus elementos esenciales (Carrión, 2019).
El espacio público: agorafobia
El concepto de espacio público es de una gran riqueza y no puede reducirse a un lugar. Según Guillermo Dascal (2003), es multifuncional y genera posiciones extremas, ya sea como espacio de aprendizaje (Joseph, 1999), ámbito de libertad (Habermas, 1993) o lugar de control (Foucault, 1995). Es decir, el espacio público es un ámbito en el que se expresa y configura la conflictividad social de una ciudad para constituir la ciudad misma; así lo afirma >Jordi Borja cuando señala que la ciudad es “el espacio público” (2011: 39).12
La complejidad del espacio público no se puede limitar únicamente a lo físico-espacial, sea de un parque o una plaza o de un conjunto de espacios - sistema de parques-. Se trata, por el contrario, de un ámbito de conflictividad social que tiene distintas posiciones según la coyuntura y la ciudad. Así, por ejemplo, en la época de la fundación española, el espacio público fue el eje a partir del cual se organizó la ciudad y se dispuso la localización de las actividades del mundo privado.
En el marco de la ciudad neoliberal, por el contrario, el espacio público se ha convertido en un espacio residual, configurado luego de ubicar las actividades privadas -comerciales, administrativas-, lo cual convierte a la plaza en un lugar en vías de extinción (Carrión, 2012). Hoy la ciudad se estructura desde el mundo del espacio privado, mientras que el espacio público se convierte en un problema para la valorización del capital. El espacio público pasa de ser estructurante a ser estructurado. Es más, en esta época de pandemia, se convierte en un espacio maldito, que empieza a ser sustituido por otros espacios, como el que resulta de la masificación de las nuevas tecnologías de la comunicación en torno a las redes sociales, convertidas en espacios públicos virtuales administrados por empresas privadas -Zoom, Google, Facebook-.
Si el espacio público es la ciudad y las infraestructuras son su base material, es imposible concebirlo de forma aislada, aunque las políticas sectoriales así lo hagan. El transporte tiene su lógica de gestión cerrada, como la tienen el agua potable, la energía eléctrica y la recolección de residuos sólidos, lo cual las ubica en andariveles separados o departamentos estancos, y lo que es más complicado, las coloca por fuera de las relaciones con la ciudad y el espacio público. Esta situación se hace más compleja si las infraestructuras y servicios se distribuyen y despliegan justamente por las calles, avenidas y plazas. Por eso, una medida restrictiva del transporte o de los servicios modifica el espacio público, pero también lo hace el cierre de una vía, que impide la recolección de basura o el abastecimiento domiciliario.
Con el coronavirus hay dos infraestructuras que contravienen el espacio público. La primera es la movilidad, porque es el medio a través del cual se articulan las actividades urbanas y el espacio por el que se propaga más rápidamente el virus. Por esta razón, la política inicial de paralización del transporte también paralizó las ciudades y produjo un retorno al sedentarismo; pero, gracias a la telemática, se ha logrado remontar la parálisis, ya que hoy nos vemos sumidos en un contexto de alto flujo de información y bienes.13 La segunda infraestructura es la residencial, cuya problemática se ha potenciado gracias a la política de cuarentena, expresada en el #QuédateEnCasa;14 política que produce a la vez un efecto de vaciamiento del espacio público. En otras palabras, la reclusión de la población en sus viviendas redefine la relación del espacio público con el espacio privado según dinámicas muy diferentes, de acuerdo con el grupo poblacional que se trate.

Prometeo Lucero ( Personas caminan con cubrebocas en la avenida Reforma, Ciudad de México, 20 de octubre de 2020.
En un contexto de vivienda popular -en el marco de la Covid-19-, la calle es la sala, la tienda del barrio es la alacena y el lugar de trabajo es la plaza, con lo cual se revelan como extensiones de la casa. Pero, además, hay condiciones transversales, como ocurre con la violencia intrafamiliar -violencia de género y contra niños, niñas y adolescentes-, que se potencia y muestra cómo el ámbito público - que es la norma- regula el espacio privado.
Con este par de ejemplos, se evidencia que la dicotomía espacio púbico/espacio privado debe ser redefinida, porque la relación entre las dos categorías aparece como un continuo indeterminado, con umbrales de transición complejos. En este contexto, se hace imprescindible establecer que la relación entre los dos espacios no puede ser definida en abstracto para toda la ciudad, porque es muy distinta en los lugares donde se concentra la población de extracción popular.
En definitiva, el #QuédateEnCasa ha revelado la crisis de la vivienda15 y del trabajo informal existentes en la región.16 El déficit de vivienda es alto, cuantitativa y cualitativamente; los servicios son precarios y se destaca un alto grado de hacinamiento, lo que conduce al incremento de la violencia intrafamiliar y a que el espacio doméstico se vuelva más contagioso que el mismo espacio público. El encierro es factible de ser cumplido exclusivamente por los que tienen una vivienda adecuada -esto es, 55% de la población de Latinoamérica-, lo cual acrecienta la difusión de dos pandemias sociales globales: la del coronavirus, que lleva a una gran cantidad de contagios y muertes dentro de las familias, y la de la violencia intrafamiliar, infantil y de género (Carrión y Viteri, 2020). En otras palabras, las pandemias y las políticas golpean el espacio público y el privado por igual.
El impacto mayor de las políticas restrictivas de transporte y vivienda se traslada hacia el espacio público y lo convierte en un lugar maldito, típico de una ciudad fantasmal. Un espacio en el que se criminaliza al que transita por la calle, se lo estigmatiza por su “indisciplina”, lo cual produce en la población lo que se conoce como agorafobia; se trata de un espacio que vive su decadencia, que se disuelve en sí mismo, que pierde su historia y cuyas prácticas desaparecen.
“El día después”: salir no es vivir
Las ciudades siempre mutan, el cambio es parte de su esencia. Por esta razón, se ha desarrollado un pensamiento que acompaña e interpreta este proceso y le confiere un sentido de progreso; de otra forma no se explica que la utopía haya nacido en su seno.17 De allí que “el día después” del coronavirus se interprete de formas muy diferentes según la posición que se tenga.
Periodísticamente, se habla del “regreso a la normalidad”, conforme el viejo adagio popular de que “todo tiempo pasado fue mejor”, o bien se elige llamar al futuro, en vez del pasado, bajo la expresión “nueva normalidad”. Sin embargo, tanto en una versión como en la otra, el problema está en el significado que se le otorga a la normalidad. ¿Por qué? Porque Latinoamérica ha evidenciado, como nunca antes, los problemas económicos, políticos y sociales que viene arrastrando desde la crisis del modelo neoliberal y el giro a la izquierda: un crecimiento económico reducido; una representación política cuestionada; problemas ambientales y una baja calidad de vida de la población -empleo, pobreza y vivienda-.
Entonces, ¿a esa normalidad nos referimos? Puede que responda a un imaginario del deseo social, pero lo que realmente ocurrirá es el regreso a una nueva y más fuerte crisis multidimensional. La población cree que salir de casa será el encuentro con la vida, pero esto no será posible porque se encontrará con una realidad muy compleja, deducida del impacto del shock urbano y los múltiples estallidos sociales que se avizoran. Según Naomi Klein, en una entrevista virtual para El Salto, “la gente habla sobre cuándo se volverá a la normalidad, pero la normalidad era la crisis” (Moreno, 2020). Es decir, se considera el pasado como objeto del deseo de una supuesta mejora cuando en realidad el ayer era la crisis y el mañana la potenciará aún más.
Además, existen cuestionamientos a la viabilidad de las ciudades -su muerte ha sido promulgada desde siempre (Borja, 2011)-, como también ideas que perciben su refundación a partir del cambio en los paradigmas dominantes. Asimismo, hay posiciones que sostienen que todo seguirá igual e inalterable, con una sociedad que no ha aprendido y está destinada a repetir el mismo sino.
Queda claro que el cambio se ha instalado y lo ha hecho acelerando lo que se había prefigurado, al tiempo que se ha posicionado una disyuntiva respecto de quién conducirá el proceso: las elites, que aprovechan la crisis para impulsar reformas que favorezcan al mercado -como sucede en Estados Unidos, Chile y Brasil-, o los grupos que buscan recuperar la planificación desde la perspectiva de un sujeto social con voluntad consciente (Coraggio, 1988), que permita construir un proyecto colectivo de ciudad. Si la elección es la segunda, como corresponde, se tendrá que retomar la planificación urbana; sobre todo si consideramos que ésta transita por un momento de crisis a causa del ascenso de las políticas desreguladoras del mercado, que impulsa el urbanismo de proyectos como propuesta dominante.
Pero el replanteamiento de la planificación urbana tiene que hacerse de acuerdo con las condiciones actuales y con énfasis en la realidad preexistente. Debe ir en la línea de impulsar la justicia espacial, el derecho a la ciudad y la devolución de la polis a la ciudad. En definitiva, en la actualidad se debe contar con un urbanismo en el que lo espacial sea relativizado por el tiempo -cronourbanismo- y por lo social, y se deje atrás el urbanismo de proyectos para dar paso al urbanismo ciudadano -civitismo-.
¿Qué se está pensando? Los debates y las propuestas
El debate sobre ciudad y coronavirus ha puesto en discusión, como se mencionó, temas en relación con los modelos de ciudad y de planificación urbana que vienen del pasado. La Revolución industrial trajo algunos problemas que se pretendió resolver con una planificación urbana emergente, propia de la modernidad: configuró la contradicción entre el campo y la ciudad en el momento en el que las fuentes de energía liberaron los medios de producción de sus condiciones naturales -fuentes de energía hídricas- y los trasladaron a la ciudad. Desde entonces, se desarrolló un crecimiento vertiginoso de las ciudades por la emigración del campo a la urbe, tanto de la población como de los medios de producción. Este fenómeno vino acompañado de altos niveles de contaminación que pusieron en riesgo a la clase obrera directamente afectada.
También surgió la propuesta de un nuevo urbanismo, sustentado en dos vías. Por un lado, en un modelo alternativo de ciudad, con proyectos específicos, como el de la renovación de París propuesto por Georges Eugène Haussmann en 1853 y el plan del ensanche de Barcelona de Ildefonso Cerdá en 1860; así como las visiones más generales de la ciudad lineal de Arturo Soria en 1885, la ciudad jardín de Ebenezer Howard en 1889 y el urbanismo progresista de Roberto Owen en 1858. Por otro lado, con una propuesta de planificación urbana orientada por una concepción ambientalista de ordenamiento del territorio y de enfoque funcionalista, en la que el espacio se convirtió en el elemento central.
La iniciativa ambiental intentaba reducir la contaminación industrial, que afectaba la salud de la población obrera, principalmente, con base en la separación del espacio residencial -la casa- del laboral -la fábrica-. Dicha iniciativa dio lugar a la implementación de los denominados usos del suelo, por tipo de actividad -industria, residencia, comercio- y con criterios de segregación urbana -zonificación-, lo que demandaba nuevas modalidades de movilidad -avenidas, ejes viales, bulevares-.
Desde aquella época, varias revoluciones tecnológicas acompañaron la historia de la humanidad: la industrialización, la producción en masa, la era digital, y ahora, la de datos, memoria y velocidad; esto es, la cuarta Revolución industrial (Schwab, 2016), heredera de la Revolución digital, que vive el tránsito de las cosas de lo físico-material al mundo virtual de la inteligencia artificial, el Big Data, la robótica, la biotecnología, la nanotecnología y el internet, entre otros.
Esta gran transformación llega para acelerar el tránsito de la ciudad nuclear del periodo anterior a la conformación de un sistema urbano con una dinámica transurbana (Carrión, 2019), que se sustenta en un contexto de globalización, con base en ciertos lugares estratégicos: las regiones urbanas,18 consolidadas, no dentro de un Estado, sino bajo un marco multiestatal. Por lo tanto, la ciudad de hoy es muy distinta a la que existía a finales del siglo pasado y también a la que será luego de la pandemia.
Se percibe un tránsito desde el urbanismo, articulado estrechamente al espacio, hacia el civitismo, sustentado en la ciudadanía como sujeto de derechos. Esto lleva a un cambio en el objeto de la planificación urbana: del urbanismo de proyectos al urbanismo ciudadano. Mientras que en el primer caso se privilegian las acciones que se inscriben en la dinámica de la ciudad en su conjunto, como fueron en su momento Puerto Madero en Buenos Aires, Malecón 2000 en Guayaquil o Puerto Maravilla en Río de Janeiro, el segundo hace referencia a las iniciativas surgidas desde la ciudadanía (Ziccardi, 2004), como por ejemplo el presupuesto participativo en Brasil (Ubiratan, 1999), el Vaso de Leche en Lima (Chirinos, 1986), la producción social del hábitat en Latinoamérica (Ortiz, 2002), el autogobierno en Montevideo y la planificación participativa en Rosario (Miano y Presman, 2008), entre otros.
De esta manera, la planificación urbana deberá ser participativa, para incluir más dimensiones y factores, y combatir la desigualdad, la segregación y la injusticia social y espacial (Secchi, 2015) desde la perspectiva del derecho a la ciudad (Carrión y Dammert-Guardia, 2019); esto es, del disfrute de la ciudad -servicios, infraestructura, riqueza-, la gestión democrática bajo formas representativas y participativas, y la función social del suelo y el medio ambiente.
La necesidad de dichas transformaciones se evidencia de manera más fuerte gracias al shock urbano producido por el coronavirus, el cual despierta un conjunto de debates que, en principio, relativizan el peso de lo espacial y añaden nuevas variables de mayor relevancia: el tiempo, que se traduce en “cronourbanismo”, y lo social, que toma forma en el neologismo “civitismo”. Pero también se generó un debate muy rico alrededor de cuatro claras dicotomías que ya se habían prefigurado y hoy cobran una nueva realidad:
La oposición ciudad compacta/ciudad dispersa. Si bien hasta el momento se había privilegiado la primera y denostado la segunda, ahora la ciudad compacta ha sido puesta en cuestión, porque es el espacio de localización del capital inmobiliario, comercial y financiero que desplaza a la población hacia las periferias e impulsa la ciudad dispersa, desprovista de servicios e infraestructuras. Pero también porque la alta densidad de población - residente o de paso- se convirtió en un factor fundamental del contagio de la Covid-19 -por ejemplo en Manhattan, Nueva York-. De allí que dos conceptos clave se hayan posicionado tras este dualismo: densidad -aglomeración y concentración- y distancia -física y temporal- (Sennett, 2020).
El debate ciudad físico-material/ciudad virtual -teleciudad-, deducido del peso adquirido por la inteligencia artificial, la robótica y el mundo de lo virtual.19 En estos meses de presencia de la Covid-19 hemos tenido un salto tecnológico relacionado con la masificación del consumo. La teleeducación es una realidad, el comercio en línea -e-commerce- ha crecido a la par de la logística de la entrega a domicilio - delivery-20 y el trabajo virtual llegó para quedarse, lo que produjo la reinvención de actividades y dos efectos principales: la relocalización del trabajo en casa -home office- y la deslocalización en las nuevas periferias urbanas,21 los dos definidos por la dinámica de la “uberización”.22 En otras palabras, cambia la lógica del desarrollo urbano, antes estructurado en la organización del territorio y hoy vinculado al espacio virtual -tiempo, conexión y memoria-.
La escala territorial en la dicotomía ciudad/barrio. Nace de los denominados grandes proyectos urbanos, que corresponden a la ciudad, en contraposición con aquellos provenientes del barrio. En gran parte se origina por la crisis de la planificación que regula el mercado inmobiliario y el aumento del peso político de los desarrolladores inmobiliarios; aspectos que produjeron más desigualdad urbana.23 La perspectiva desarrollada desde el barrio hasta ahora no ha logrado articular un proyecto de ciudad porque la suma de barrios y acciones comunitarias no forman la unidad urbana. En todo caso, tenemos dos grandes conceptos que actúan en uno u otro sentido: la descentralización y la desigualdad.
La dicotomía espacio público/espacio privado, hasta ahora vista como contradictoria. Sin embargo, lo que tenemos es la crisis o el divorcio entre urbs -base del urbanismo- y civitas - base del “civitismo”-, que ahora, con la Covid-19, se ha hecho más evidente (Sennett, 2019). Como se mencionó antes, con la política del #QuédateEnCasa se vació el espacio público y se demostró así la gran relación que existe entre espacio público y privado en la barriada popular, donde el espacio público se presenta como extensión de la vivienda. Esta dinámica es similar a lo que ocurre con la violencia doméstica cuando la esfera pública penetra en el ámbito privado para regularla; sin mencionar las prácticas en las que el espacio público se vuelve virtual, como los encuentros públicos masificados por medio de infraestructuras tecnológicas privadas -Zoom, Google-. En estos casos, el concepto y sentido de lo doméstico se reposiciona y pasa a articular los dos tipos de espacios, e introduce un mayor peso en el sentido de ciudadanía, pensado y planificado desde lo poblacional, y no desde los grandes proyectos.

Prometeo Lucero ( Repartidor de periódicos trabaja en bicicleta en la avenida Reforma, Ciudad de México, 21 de octubre de 2020.
De estos debates aún no se logra, como ocurrió después de la Revolución industrial, la prefiguración de propuestas significativas para la ciudad del futuro. Es probable que esto se deba a que ha pasado poco tiempo desde que la Covid-19 se instaló en el mundo, aunque también es mucha la urgencia por contrarrestar sus efectos más inmediatos y pensar en aquellas salidas a largo plazo.
Las acciones más significativas son, por un lado, en el ámbito de la movilidad sostenible, en el que han tomado fuerza las viejas tesis del uso de la bicicleta en desmedro del vehículo automotor, el estímulo a la circulación peatonal y el acceso a los servicios colindantes -restaurantes, tiendas y bancos-. En este caso, las políticas han estado destinadas a incidir en las infraestructuras básicas: incrementar las ciclorrutas -Milán, Ciudad de México, Buenos Aires-, ampliar las veredas - Madrid, Nueva York, Bogotá-, impulsar las supermanzanas -Barcelona, Cuenca- y la ciudad del cuarto de hora -París-, propuesta en la que aparece la dimensión temporal como elemento central.
Por otro lado, cabe considerar las nuevas tecnologías para las actividades comerciales, educativas y laborales, pero con una característica que debe resaltarse: las aplicaciones son privadas y globales, mientras las políticas públicas sólo estimulan el uso pero no tienen capacidad reguladora, lo cual puede producir un crecimiento de las brechas tecnológicas, y por lo tanto, socioeconómicas. Sin embargo, poco se ha planteado respecto del cambio a la tecnología 5G en la ciudad, que pone en evidencia la velocidad, la conectividad y la memoria que le son propias. Cada generación tecnológica ha acompañado la historia de las urbes: las llamadas (1G), los mensajes (2G), internet (3G), la banda ancha (4G) y la velocidad (5G). Esta revolución pone a las ciudades en la mira al buscar eficiencia, sobre todo para mejorar la calidad de vida de la población.
En ese sentido, de acuerdo con Jane Jacobs (2011), se incluye otro factor: las ciudades deben confiar en la comunidad para reducir la desigualdad. Así, en Quito surge la idea de la “ciudad 5D del vecindario”, impulsada por el “civitismo”, que se estructura sobre la base de cinco principios: descentralización, densidad, desarrollo urbano, distancia y domesticación. La iniciativa configura al barrio como la unidad básica de planificación y al vecindario -Ciudad Vecindario-, como la relación que otorga contenido social: los derechos, la participación y la satisfacción de sus demandas -Estatuto de Autonomía-. Su articulación con la ciudad está garantizada por medio de un sistema de centralidades multiescalar -Corredor Metropolitano-, y con el mundo, por medio de internet comunitario (Carrión y Cepeda, 2020).
Conclusiones
El coronavirus se presentó con virulencia y generalización extremas, tanto así que es la primera pandemia con características globales. Es decir, no sólo se sitúa territorial, temporal y biológicamente, con capacidad de vulneración en todo el planeta, sino que también está interconectada dentro de un sistema complejo, con múltiples escalas y epicentros, y deja marcas sociales, económicas y políticas en todo el ámbito global.
Su intenso y acelerado impacto, a manera de shock urbano, modificó el devenir histórico de las ciudades y puso en evidencia la crisis estructural que éstas venían padeciendo en materia de infraestructuras y servicios, vivienda y trabajo informal. A todo ello se suma, en este momento de transición hacia la fase de pospandemia, una crisis social -pérdida masiva de empleo e incremento de la pobreza-, económica -con una caída de la economía regional de 9.4%, según el Fondo Monetario Internacional- y política -representación, legitimidad y gobernabilidad- sin precedentes en la historia de la región y del mundo.
Esta dinámica pone en el foco de análisis los territorios locales, como las ciudades. La conjunción de varias crisis simultáneas ha producido importantes debates sobre la situación actual y posterior de las urbes, de forma paralela al desarrollo de políticas sectoriales en los ámbitos sanitarios, de movilidad y de tecnologías, que han estado más orientadas a enfrentar la emergencia sanitaria actual, antes que a transformar las ciudades. Queda claro que los debates y las políticas urbanas emergentes sólo tendrán efectos positivos si se avizoran salidas a la crisis teniendo en cuenta las experiencias incubadas en el pasado.
De lo anterior surge una primera gran conclusión: el urbanismo, que nació con la Revolución industrial, porque lo urbano es una característica central de la modernidad, pronto se convirtió en una disciplina destinada al ordenamiento del territorio y el desarrollo de la base material de la ciudad -infraestructuras-, aunque recién en 1956 fue reconocida por el Diccionario de la Real Academia de la Lengua.
Esta disciplina, que desde aquella época se dirige al ordenamiento del espacio construido y la planificación urbana, ha construido un vínculo muy estrecho con el espacio, entendido como objeto central de su pensamiento y actuación. El urbanista de aquel entonces era el profesional que ordenaba el espacio, es decir, el arquitecto, para quien sólo existía una diferencia de escala entre lo urbano y lo arquitectónico; tan es así que el urbanismo era concebido como una especialización dentro de la arquitectura. Por eso, hasta el día de hoy, los arquitectos buscan la interdisciplinariedad en la planificación.
En la actualidad se ha revelado que el modelo anterior no se corresponde con la complejidad de la ciudad contemporánea y se hace necesaria una reconceptualización; más aún, al volverse indudable la contradicción entre urbs -espacio construido- y civitas -ciudadanía- que analiza Richard Sennett (2019), redefinida a partir del marco de una ética para la ciudad. El espacio construido no puede ser el fin último sino un satisfactor de necesidades de la ciudadanía (Álvarez, 2018), o lo que es lo mismo, debe ser concebido a partir de su función social - derecho a la ciudad- y en un vínculo armónico con la naturaleza -derecho de la naturaleza-.
Este importante cambio debe ir de la mano de una nueva disciplina -sin negar la continuidad de la anterior-, que nazca a partir del énfasis en un nuevo objeto de pensamiento: el “civitismo”, cuya raíz original -civitas- hace referencia a la ciudadanía; es decir, la construcción social de los derechos y deberes de los vecinos en el espacio público -ágora-, con la finalidad del “vivir bien” aristotélico.
En la búsqueda de recuperar el espacio público, las urbes deben ser concebidas a partir de las demandas de la población y no desde los requerimientos de valorización del capital, con la finalidad de satisfacer las necesidades sociales. En estos casos, el espacio público se convierte de esta manera en el elemento central del conflicto; por su sentido de encuentro de los distintos, pero también porque es el elemento vertebrador o articulador de la ciudad en su conjunto, a partir del cual se lleva adelante la planificación. Una planificación que debe ser altamente participativa y estratégica, y dirigir sus objetivos hacia el urbanismo ciudadano, y no al de proyectos.










nova página do texto(beta)



