INTRODUCCIÓN
Rosario fue, a inicios del siglo XX, la segunda ciudad más importante de Argentina en prácticamente todos los indicadores. A su vez, desarrolló un temprano y aguerrido movimiento obrero que supo marcar el pulso de la conflictividad incluso a escala nacional. Creada en agosto de 1902, la Federación Obrera Local Rosarina (FOLR) fue la principal organizadora y catalizadora de los ciclos de conflictividad que vivió la ciudad durante buena parte de la primera década del siglo XX. Su fundación no sólo coincidía con la de la Federación Obrera Argentina (FOA), sino también con un elevado nivel de luchas obreras que consumieron su primer lustro de vida. Sin embargo, después de alcanzar su punto más álgido en la huelga general nacional de enero de 1907 (Álvarez, 2021a), la FOLR comenzó un dificultoso camino por su supervivencia que la llevó a una virtual desaparición entre 1910 y 1913. No obstante, su reaparición no fue producto de una mejora en las condiciones materiales de la clase trabajadora que ayudase a recuperar el terreno perdido durante el ciclo represivo de 1908-1912, sino que lo hizo en una particular coyuntura política donde la experiencia provincial posibilitó singulares márgenes de tolerancia momentáneos donde el movimiento obrero pudo recuperar significativos niveles de organización y lucha (Álvarez, 2024).
El presente trabajo busca, por un lado, analizar qué impacto tuvo el periodo de conflictividad abierto en el bienio 1912-1913, principalmente la huelga general del segundo año, en el campo obrero rosarino y a nivel de la reorganizada FOLR. Por otro lado, se busca explicar el singular hecho de que la conflictividad resurgiera cuando la correlación de fuerzas era abiertamente desfavorable. Para ello postulamos que la principal variable fue el vínculo y arbitraje del gobierno radical en los conflictos obreros del periodo, generando un interciclo antes que un ciclo ascendente de la conflictividad -como en Buenos Aires-, donde la lucha y organización crecieron bajo la tutela política del gobierno radical en la ciudad, retornando al curso represivo nuevamente desde mediados de 1913.
Las tensiones políticas entre el poder legislativo y el ejecutivo provincial habían llevado a que el gobernador Ignacio Crespo pidiera al ministro del Interior, Indalecio Gómez, la intervención de la provincia.1 De esta forma, Crespo podía evitar el pedido de juicio político que sobre él impulsaban los legisladores.2 Finalmente, la intervención federal llegó de la mano de Anacleto Gil, designado para la función, quien tomó posesión del cargo de gobernador interventor el día 25 de abril de 1911.3 Esta nueva coyuntura política, signada por la revisión del padrón electoral de cara a los comicios que fueron determinados para marzo siguiente, abrió una singular situación para la clase trabajadora, que ya no era solamente combatida por el capital, sino también deseada y disputada electoralmente. Así, la victoria radical en la provincia, con la fórmula Menchaca-Caballero,4 abrió paso al primer intendente de ese color político,5 Daniel Infante, quien asumió el cargo el 20 de noviembre de 1912.6 Tres días antes se habían realizado las elecciones legislativas municipales, en las cuales ganaron en amplia mayoría los miembros de la Liga del Sur (Sánchez, 2005, p. 93), configurando así un delicado equilibrio municipal.
Los vínculos entre el campo obrero y el político partidario, abiertos en el bienio 1912-1913 con el triunfo de la Unión Cívica Radical (UCR) en la provincia, han sido estudiados en una serie de trabajos (Falcón, 2005; Falcón y Monserrat, 1993; Karush, 2002, 2004; Monserrat, 1990, 2019; Ratto, 2017). Con la excepción de los textos de Ratto y Monserrat, que analizaron el impacto de este ciclo para el socialismo local y para el anarquismo, respectivamente, el resto de los trabajos que miraron el periodo lo hicieron fundamentalmente observando el mundo de la política. La relevancia de esta investigación radica en comprender cómo y por qué tuvo lugar la reorganización de la principal federación obrera de la ciudad -ergo, una de las más importantes del país- después de un lustro de dificultades. En este sentido, buscamos reponer la dimensión gremial de la FOLR en su relación tanto con el socialismo, el sindicalismo7 y sus propias bases ácratas.8
Entre 1912 y 1913, al calor de un breve interciclo de seis meses, el movimiento obrero rosarino logró recuperar espacios de organización, pero lo hizo en una delicada coyuntura de crisis que comenzaba a profundizarse con la llegada de los vientos de guerra que soplaban desde los Balcanes. A contramano de la tendencia que establece que la clase trabajadora encuentra mejores niveles de correlación de fuerzas cuando la situación económica era favorable y hay tendencia al pleno empleo (Hobsbawm, 1967), este semestre se caracterizó por la depresión económica y los primeros indicadores alarmantes de inflación y carestía de la vida obrera (Belini, 2017; Palacio, 2000; Rapoport, 2022; Videla, 2006).
Cómo sucedió aquello ha sido analizado en otro trabajo (Álvarez, 2024), mientras que aquí nos proponemos observar el impacto que esto tuvo en el resurgir de la FOLR y su derrotero subsiguiente. Para ello hemos trabajado con una vasta diversidad de fuentes, en parte producto de la vacancia de documentación propia del movimiento obrero local, lo cual conllevó el redoblado esfuerzo de reconstruir tangencialmente procesos como el aquí analizado. Prontuarios policiales, órdenes del día de la policía, informes del Ministerio del Interior sobre la intervención federal de la provincia, boletines y memorias de la Bolsa de Comercio de Rosario, expedientes municipales, y más de una veintena de diarios y periódicos, han sido requeridos y puesto en diálogo.
El trabajo se estructura en tres apartados, en el primero se recupera someramente la experiencia de reflujo experimentada por la FOLR y el movimiento obrero durante el lustro 1908-1912, luego, la experiencia de reorganización paulatina de las estructuras gremiales y las primeras luchas obreras, y, finalmente, la huelga general de abril de 1913 liderada por la FOLR.
LA FOLR EN EL REFLUJO DE 1908-1912
El impacto de los años 1908 y 1909, producto de la fuerte represión policial, en el marco del desarrollo de la División de Investigaciones de la Policía de Rosario, fue muy profundo para la FOLR (Álvarez, 2021b). Sin embargo, logró sostener espacios como los primeros de mayo, dar apoyo solidario con sus pares de Buenos Aires ante situaciones como la de la Semana Roja de mayo de 1909, pero también en agendas internacionales como el repudio a los fusilamientos de Francisco Ferrer i Guardia y José Nakens en España. Apenas por encima de la línea de flotación, la actividad de la federación fue sostenida, lo que explica que en febrero de 1909 logró capitalizar una huelga que había nacido como un lockout comercial, haciendo que la misma devenga en huelga general y costara la renuncia de todo el Concejo Deliberante rosarino. No obstante, después de aquel evento, la situación se volvió cada vez más compleja, la persecución más elevada y las disidencias internas más profundas.
Resulta importante, en aquella coyuntura, el hecho de que se realizaran giras de la Confederación Obrera Regional Argentina (CORA), central sindicalista que dispuso a uno de sus máximos referentes, Sebastián Marotta, para la tarea.9 Fue este mismo militante quien afirmó que, después del vendaval represivo, todo estaba por hacerse en materia gremial, lo cual conllevaba la ardua tarea de recorrer el país en giras de propaganda (Marotta, 1975, p. 414). Por su parte, el principal diario de la corriente sindicalista, La Acción Socialista, comenzó a circular entre los obreros de la ciudad, con listas de suscripciones que la policía de la División de Investigaciones logró secuestrar en diversas oportunidades.10
La desaparición del movimiento obrero de las páginas del principal diario local que solía cubrirlo, El Municipio, es un indicador de su posible debilidad, aunque también pudo operar un bloqueo editorial.11 Sin embargo, las dificultades presentadas por La Protesta desde Buenos Aires parecen reforzar la idea de debilidad. Un corresponsal informaba a sus pares porteños, con desazón, que ya se había intentado de manera fallida, en tres ocasiones, formalizar un comité en pro de La Protesta.12 Esta situación de debilidad también era transmitida por el secretario general de los obreros constructores de carruajes de la ciudad, quien informó, a través del órgano de prensa gremial, sobre la lamentable situación de la actividad gremial de la ciudad.13 Aquel fatídico diagnóstico se explicaba en buena medida por el proceso represivo, al cual se sumaba la derrota en varias huelgas y la imposibilidad de bloquear la labor de obtención de rompehuelgas que intensamente llevaba a cabo la Sociedad Protectora del Trabajo Libre.14
En febrero de 1910, otro obrero de Rosario informó también a La Protesta que la federación rosarina había dejado de funcionar desde agosto pasado, corriendo igual suerte muchos gremios que la integraban. Este es el único dato concreto que tenemos sobre la real situación de la FOLR, el cual resulta más contundente cuando este corresponsal agregó que, además, el gremio de constructores de carruajes, columna vertebral de la federación, se encontraba completamente desarticulado.15 Otro ejemplo lo aporta Juan Crispín, quien informó que la apatía era total y que la mayoría de los trabajadores ponían todo tipo de excusas para evitar los llamados a la organización.16 Hacia finales del año, Miguel Moreno, pedagogo que bregaba por la proliferación de las escuelas racionalistas, realizó una gira de propaganda. Si bien aquello no era una novedad en la ciudad, que ya contaba con algunas, resulta significativo que, en una de sus disertaciones, contó con la presencia de Daniel Infante y Ricardo Caballero, el presidente de la juventud liberal, Enzo Bordabehere, así como con Mariano Forcat, referente ácrata de la ciudad, entre otros disertantes.17 Este diverso conglomerado ideológico, que en algún punto no era del todo novedoso,18 se volvería parte de los nuevos vínculos entre el movimiento obrero y la política en esta nueva coyuntura.
De esta forma, en el marco del accionar de la División de Investigaciones amparada en las leyes represivas que dificultaban aún más la capacidad de lucha de los trabajadores, la presencia de la conflictividad hacia 1911 se apagaba en los medios. Si bien la desaparición de la FOLR no implicó en absoluto la desmovilización obrera (Álvarez, 2021b), su ausencia abrió espacios para la emergencia de nuevas discusiones ideológicas y disputas por la representación proletaria. Sin el abrigo de la federación, muchos sindicatos presentaron dificultades para encarar reivindicaciones, pero, justamente, serían los propios gremios los que revitalizarían a la FOLR algunos años después. Veamos ahora las características de este nuevo ciclo que se iniciaba hacia 1912.
EL REPUNTE 1912-1913
El ciclo 1908-1914 ha sido caracterizado por Ronaldo Munck (1987) como una etapa de recuperación económica y militancia obrera. Sin embargo, el crecimiento económico no se tradujo, como suele suceder, en un ciclo de alza de la conflictividad, sino más bien en un periodo de reflujo signado por la represión estatal (Álvarez, 2021b). A contramano de los ciclos previos, la actividad sindical y la conflictividad parecieron resurgir con fuerza justamente cuando los guarismos económicos y productivos comenzaron a mostrar desaceleración y crisis. Es decir, aquel breve interciclo -1912-1913- se desencadenó justo cuando la coyuntura económica y laboral comenzaba a mostrar signos claros de agotamiento y recesión, presentando una clara contradicción entre ciclos económicos y conflictividad, paradoja que sólo puede ser comprendida analizando otras variables explicativas.
Acompasado con lo que ocurría en Buenos Aires, los años de mayor reflujo sólo encontraron con la suficiente fuerza organizativa a los dos gremios que marcarían el pulso del sindicalismo futuro: marítimos y ferroviarios. En este segundo caso, pese a su cantidad y posición estratégica, no se constituyó como un sector singularmente conflictivo en el ciclo previo en Rosario. Sin embargo, en la segunda década del siglo, su papel dentro del movimiento obrero local crecería notablemente.
Enero de 1912 comenzó con una huelga en el sector del riel convocada para el día seis19 y que logró durante un mes y medio complicar el transporte terrestre en tiempos de exportación.20 La Fraternidad, pionero sindicato que nucleaba a maquinistas y foguistas hacía un cuarto de siglo, logró un nivel de adhesión importante, que en Rosario se tradujo en unos 800 huelguistas,21 entre los cuales hubo 238 maquinistas y 390 foguistas.22 Aquella huelga inauguraba un interciclo de conflictividad después de los complejos años en torno al Centenario, y así lo entendía el propio sindicato, que sostenía que “una huelga como la nuestra tiene forzosamente que clavar un jalón en las luchas obreras. Educación gremial, disciplina societaria, solidaridad, compañerismo, todo ha sido puesto en la muralla de defensa.”23
De verano a verano, 1912 estuvo relativamente calmado en materia de conflictividad obrera, teniendo en las respectivas épocas estivales el grueso de las luchas, mientras que la nota del año la daba la vida política en torno a las elecciones provinciales de marzo. Sin embargo, la actividad gremial fue fecunda. En abril se plegaron a la huelga los estibadores portuarios en búsqueda de aumento salarial, y un mes después harían lo propio los panaderos. La lucha de los estibadores por aumento salarial,24 pero también como gesto de solidaridad con los trabajadores de la aduana, catalizó esfuerzos por la actividad gremial en la ciudad.25 Al cabo de una semana, dicha acción seguía firme al tiempo que lograba la adhesión de los obreros carboneros del puerto que se plegaban también a la lucha por aumento salarial.26 Aquel mes también estuvieron en huelga los barrenderos municipales, aspecto que llevó a la solidaridad de los tranviarios que tuvieron importantes asambleas para debatir sobre el llamado a una huelga solidaria que finalmente no llegó a tener lugar.27
Con los pintores, panaderos, gráficos, telefonistas y constructores de carruajes en vías de reorganizarse y otros gremios en similar situación, se logró la celebración del 1 de mayo con una convocatoria superior a la del año previo, donde los sindicalistas dieron a conocer la aparición de su primer local gremial en la ciudad, ubicado en la calle Paraguay 1063, espacio compartido con otros gremios.28 Ello era informado en la Plaza López por el representante de la corriente en la ciudad, Marcelino Rigotti.29 Esto resulta significativo puesto que siempre se ha creído que el sindicalismo revolucionario no había tenido espacio en Rosario, en buena medida debido a la debilidad relativa del Partido Socialista (PS), y otro tanto producto de la incontestable hegemonía ácrata (Falcón, 1987, 2005). Sin embargo, el sindicalismo en la ciudad surgió no como desprendimiento del socialismo, como en Buenos Aires una década antes, sino del anarquismo, desarrollándose una tendencia anarcosindicalista vernácula durante el ciclo represivo y de reflujo entre 1908 y 1912 (Álvarez, 2024).
Resulta evidente que el año 1912 fue clave como proceso de recomposición de muchos gremios y de su capacidad de lucha. Por cierto, hacia el mes de agosto se creaba la sección rosarina de la Federación Obrera Ferrocarrilera (FOF) -cuyo secretario general era el sindicalista Rigotti-,30la cual, a poco de andar, tuvo una fuerte lucha, en noviembre, contra un lockout patronal que buscaba evitar la reincorporación de 40 obreros despedidos en los talleres Gorton de la localidad de Pérez.31 Este gremio ferroviario fue la piedra basal de la expansión sindicalista en esta década, y en Rosario desempeñó un papel destacado en dicho sentido, siendo su secretario general una figura de singular relevancia pocos años después.32 Por cierto, un mes después de constituida la sección local de la FOF, Rigotti dio una conferencia con la intención de dar a conocer el sindicalismo, en la cual afirmaba que conocía “el anarquismo y he militado en sus filas, y siempre he sostenido el concepto de la lucha de clases en el movimiento obrero; por eso entendí fácilmente el sindicalismo” 33 Su intervención resulta elocuente en la medida que presenta los vasos comunicantes que había entre ambas corrientes, rezando nuestra hipótesis en torno al desarrollo del sindicalismo local desde un núcleo ácrata y no como mero desembarco de nuevas ideas.
Por su parte, los obreros yerbateros libraron una dura huelga con la compañía Estévez y Cía. en septiembre que resultó exitosa, lo cual catalizó esfuerzos que se coronaron con la creación del sindicato dos meses después. A su vez, los panaderos, divididos en dos gremios desde 1903, lograron unificarse en una sola entidad gremial;34 algo similar ocurría con los estibadores portuarios, quienes se unificaron a finales de 1911.35 Por su parte, los cocheros intentaron una huelga el 1 de noviembre que no tuvo la adhesión esperada y resultó en una derrota.36
Al calor de estas luchas sectoriales y reacomodos tuvieron lugar manifestaciones públicas que sacudieron la quietud, donde destaca el interés por problematizar y apoyar a la revolución mexicana, tema que concitó mucho entusiasmo entre los anarquistas y sindicalistas en la ciudad.37 Este reverdecer de la capacidad obrera de ocupar las calles, realizar asambleas públicas y manifestarse encontraba un campo ideológico más rico. Si bien la experiencia previa no era monocorde, la posibilidad de formalizar experiencias de ese tipo era algo que mayormente podían realizar los anarquistas. Los católicos, socialistas y radicales lo hacían, pero con convocatorias modestas. Para los años aquí reseñados, el anarquismo se encontró con un sindicalismo con importante capacidad de convocatoria y predicamento, así como con la ebullición de la actividad política que despertaba la renovación del padrón electoral, donde liguistas, radicales y socialistas también ocuparon las calles de forma sistemática.
Esto se daba no sólo en un contexto político novedoso, signado por el ascenso provincial y municipal del radicalismo, sino también en una particular coyuntura económica. Hacia 1912 comenzaban a aparecer indicadores de aumentos en el costo de vida que empezaban a ser denunciados por varios sectores sociales.38 En el mes de junio se creó un comité popular que buscaba negociar precios de productos básicos con comerciantes, con el fin de paliar los aumentos que una creciente inflación venía empujando cuesta arriba.39 La situación llegó al nivel donde productos como el carbón, la manteca, el aceite y las carnes de aves duplicaron su precio interanualmente,40 al tiempo que los vendedores de carne en diciembre anunciaron aumentos que llevaban el kilo de 25 centavos a 50,41 impactando en un sensible producto de la dieta obrera. Aquel año, el transporte presentó alza de precios considerable si se le compara con el cuadro 1, donde un pasaje en segunda clase de Rosario a Córdoba en la empresa Central Argentino costaba 16.15 M$N, precio en torno a medio alquiler promedio.42 Sobre esto alertaba Alberto Ghiraldo, quien sostenía que, en general, los salarios en Rosario eran más bajos que en Buenos Aires “sin que la vida resulte en proporción más barata”.43
Cuadro 1 Estimación del costo de vida de un trabajador adulto
| Producto | Costo diario | Rubros | Costo mensual | |||
| Desayuno | 0.10 | Alimento | 48 | |||
| Pan | 0.20 | Habitación | 14 | |||
| Carne | 0.20 | Vestido | 15 | |||
| Verdura | 0.30 | Lavado | 2 | |||
| Aceite Condimentos Café Vino Fruta Combustible Total | 0.20 0.20 0.10 0.20 0.10 0.10 1.60 M$N | Transporte Tabaco Diversión Imprevistos Total | 5 3 3 10 100 M$N* |
Fuente: elaboración propia a partir de los datos informados en “La vida del obrero y del empleado”, La Reacción, Rosario, 13 de diciembre de 1912, p. 1.
*Peso Moneda Nacional
El intendente Infante encomendó que se realizara un estudio para conocer el costo real de vida de los trabajadores, tomando como referencia a los empleados municipales, quienes en promedio tenían salarios del orden de los 60 pesos mensuales. El relevamiento a cargo del doctor José Ábalos arrojaba que, de mínimo, el salario debía alcanzar los 100 pesos para satisfacer lo elemental para un adulto, por cuanto sugería que debían aumentarse los salarios de forma progresiva hasta al menos 90 pesos.44 Este interés del intendente por la situación salarial de los trabajadores municipales se traduciría rápidamente en una serie de conflictos en los cuales Infante daría su apoyo a dicho sector laboral. Sin embargo, no se trataba de un arrojo de personalismo del intendente municipal, sino de una forma particular de intervención que comenzó a ensayar el radicalismo en la provincia y que sería, tiempo después, ya desde la presidencia nacional, una característica distintiva del gobierno de Hipólito Yrigoyen (Horowitz, 2022). Empero, no sería sólo la gestión provincial en manos radicales la que ensayara formas de intervención en materia de “capital-trabajo”, también lo estaba haciendo el gobierno nacional conservador desde espacios como el Departamento Nacional del Trabajo (DNT) (Bertolo, 1998).
A finales de año estalló la huelga de los tranviarios rosarinos,45 conflicto en el cual participaron 489 de los 788 trabajadores del rubro, quedando en circulación sólo 30 coches de los 118 de la flota,46 aunque la empresa afirmaba que circulaban 63.47 Si bien la patronal de la empresa belga de tranvías explicaba que expulsó a esos obreros por ser elementos malintencionados, los obreros afirmaban que lo hizo porque organizaron su sociedad de resistencia, la cual no tenía intención de encarar ninguna huelga, pero que la empresa sorprendió despidiendo a quienes se sumaron a ella. De esta forma, el conflicto estalló de la mano de un pliego de condiciones por el cual los trabajadores pedían el reconocimiento de la sociedad gremial y la reincorporación de los compañeros cesanteados. Pese al carácter pacífico de la huelga, la policía no permitió la realización de un meeting programado en la plaza Sarmiento,48 bastión simbólico y material de la ocupación del espacio público por los proletarios (Franco et al., 2024). Si bien la huelga fue vista por los sectores obreros como una rápida victoria en tres días,49 lo cierto es que contó con la intervención del jefe político, Ricardo Núñez, quien arbitró una reunión con el comité de huelga y el abogado de la empresa para llegar a un arreglo ad referéndum en el cual “se darían al olvido los hechos producidos estos días”, firmando cuatro copias, dos para las partes en pugna y otras dos para el intendente municipal y la Jefatura Política.
Lo más significativo no fue sólo el arbitraje, sino el hecho de que el intendente Daniel Infante se apersonó en la asamblea obrera para leer el acuerdo alcanzado, donde fue ovacionado.50 Este proceder comenzaba a instalarse como una novedad en materia de relaciones entre capital y trabajo. Ese mismo día, con la huelga casi finalizada, una riña entre huelguistas y trabajadores no dispuestos a parar terminó en puñetazos y un disparo en la cabeza del motormen Antonio González.51 Al día siguiente, el cortejo fúnebre y el entierro en La Piedad contó con el acompañamiento de Infante durante toda la jornada, quien profirió unas palabras. Este estilo personalista volvería a apreciarse el día siguiente, cuando el intendente sorprendió a los obreros en la puerta de la empresa para garantizar personalmente el cumplimiento del acuerdo, dando unas palabras a los trabajadores antes de comenzar su turno.52 Si esto era visto con espanto y preocupación por los concejales liguistas y por los sectores más combativos del movimiento obrero, no lo fue para el Partido Socialista, que envió una carta de agradecimiento a Infante por su actuación durante la huelga.53
El año cerraba con un notable movimiento gremial donde obreros sastres, tranviarios, mosaistas, panaderos, yerbateros, ebanistas, picapedreros, constructores de carruajes, pasteleros y mozos, a invitación de la FOF, realizaron una nutrida asamblea para coordinar un meeting contra las leyes represivas para el 5 de enero siguiente, preanunciando un año intenso.54 Los veranos siempre han sido propicios para el incremento de las demandas obreras y el estallido de huelgas, puesto que son los meses de la cosecha y exportación por los principales puertos, como era Rosario. Sin embargo, este particular ciclo no respondió a la posición estratégica de los sectores que intervienen en la cosecha y que suelen ser la vanguardia de las luchas veraniegas. A la huelga tranviaria le siguió una del personal de maestranza municipal, que siguiendo el precepto del intendente de que el salario era muy bajo, se plegaron en huelga por su aumento. Este reclamo no era en absoluto nuevo, ya lo habían formulado sin éxito en 1911,55 pero en esta oportunidad la participación del intendente cumplía un papel clave en garantizarlo.56 Las desavenencias entre la legislatura, opuesta a esos aumentos y a la demagogia del intendente, y el ejecutivo municipal, proclive a capitalizar y apoyar las luchas obreras, escalaron, poniendo respectivamente en pugna a los concejales liguistas y al intendente radical.
A inicios de abril los recolectores iniciaron una huelga que fue leída como una artimaña de Infante ante el pedido de destitución que pesaba sobre él.57 El Concejo Deliberante redujo los salarios de tres pesos a dos,58 retrocediendo en las mejoras que habían obtenido previamente. Sin embargo, el Concejo volvió sobre sus pasos y sostuvo los aumentos, pero los rumores de que la huelga se sostendría de todos modos no hizo más que atizar los ánimos entre la legislatura y el ejecutivo municipal.59 Se formó por entonces un Comité Popular Independiente, el cual, desde un discurso aparentemente apolítico y con cercanías al caballerismo (Karush, 2002, p. 83), buscaba incrementar la tensión obrera para confrontar contra el Concejo en manos de la Liga del Sur. Sobre esto alertaba agudamente el secretario general de la seccional rosarina de la FOF, Marcelino Rigotti, quien, desde una prescindencia política, llamaba a los obreros a desconfiar del llamado de dicho comité, el cual, sostenía, tenía intereses políticos alejados de los del proletariado.60 La FOLR, por su parte, afirmaba que no se plegaría a una huelga que tenía claro intereses políticos (Monserrat, 1990, p. 31). Finalmente, el 14 de abril finalizó la huelga municipal cuando se cumplió con su pedido de destitución del administrador de maestranza, Ángel Bustamante,61 pero culminó un conflicto para dar paso a otro.
Volvamos, brevemente, sobre la desarticulada FOLR. Aquellas huelgas sirvieron para activar a muchos gremios, los cuales desde enero venían bregando por la reaparición de la Federación Local.62 Finalmente, después de más de dos años de inactividad, en marzo estaba nuevamente constituida. Este renacer contó con los obreros ebanistas, zapateros, pintores, constructores de carruajes, sastres, empajadores de damajuanas, dependientes y oficiales varios. Si bien todos ellos ya habían formado parte de la poderosa FOLR de 1907, esta nueva etapa no contó con gremios como ladrilleros, estibadores, carpinteros, panaderos, marineros y foguistas, conductores de carros, tabaqueros, loneros y alfombrereros, pavimentadores de calles, yeseros, vidrieros, barranqueros, peluqueros y balanceros y anexos (Álvarez, 2021c, p. 14), todos estos integrantes de la federación previa que ahora no estaban en su recomposición, al menos no inicialmente. De esta forma, la FOLR, que supo liderar a 21 gremios seis años antes, ahora resurgía sobre una escueta, aunque sólida, base de sólo siete.
Su reaparición se hizo en el marco de un meeting contra las leyes represivas de defensa social y residencia, en línea con lo que en otras partes del país venía sucediendo. Hizo uso de la palabra Ramón González, quien fuera uno de los principales cuadros de la FOLR y su secretario general durante los álgidos años 1906 y 1907, el cual estuvo muchos años preso acusado de un asesinato que nunca fue demostrado.63 Sin embargo, la renovada FOLR traía novedades. Su nuevo Pacto de Solidaridad rompía lanzas con las que casi una década atrás defendiera en el marco del V Congreso de la Federación Obrera Regional Argentina (FORA) en 1905. Ahora la Federación reconocía la amplitud de miras en materia ideológica, alojando en su interior todo tipo de perspectivas siempre y cuando primara la lucha gremial, lo cual constituía un giro, si no de 180 grados, al menos drástico respecto al comunismo anárquico que supiera profesar. Aquí radica su singularidad, en que, sin dejar de ser una federación ácrata, presentaba una estructura ideológica y discursiva propia de un sindicalismo revolucionario que venía ganando terreno (Belkin, 2018).64
La reaparición pública de la FOLR fue el día 6 de abril con una conferencia en el local de los obreros ferroviarios, sindicato dirigido por sectores anarcosindicalistas y sindicalistas. El motivo era invitar a la organización de las actividades por el 1 de mayo, al tiempo que disputarle el mismo acto a los socialistas, quienes estaban llevando a cabo su propia convocatoria.65 El nuevo secretario general, Constanzo Panizza, leyó la circular invitando a que todos los gremios enviaran dos delegados a las reuniones que regularmente tenían los miércoles en el local de la calle Paraguay 1063.66 Sin embargo, los trabajos de cara al 1 de mayo se toparon con una situación previa que cambió la agenda. Un nuevo conflicto sectorial terminó desembocando en la primera huelga general en la ciudad desde 1907.
LA HUELGA GENERAL DE ABRIL DE 1913
La lucha colosal del Rosario es una lección, y nada más, rica y todo, pero nada más que una lección.67
Pocos días después de finalizada la huelga municipal, con la renuncia de Infante a la intendencia, producto de los intensos conflictos que tuvo en su breve gestión,68 tuvo lugar una nueva huelga de guardas y motormen del tranvía belga en la ciudad. La misma buscaba la reincorporación de los 108 obreros despedidos,69 quienes quedaron cesantes cuando la empresa implementó sin previo aviso un nuevo horario de invierno que reducía considerablemente la cantidad de coches en circulación.72 Si bien la noticia fue una sorpresa para los obreros,71 no lo fue para el intendente interino Carlos Paganini,72 quien accedió a la reducción del servicio bajo el argumento de que la empresa perdía dinero en ese momento con tantos servicios y menos pasajeros.73 Sin embargo, los obreros afirmaban que eso no era cierto y que el real motivo era la destrucción del gremio tranviario de reciente creación.74
El intendente Paganini y el jefe político Ricardo Núñez pidieron a los empleados y a la empresa que accedieran al arbitraje; mientras los primeros lo hicieron, la empresa llamó al silencio.75 Comenzó a correrse el rumor de que la empresa había generado las condiciones para la huelga de forma premeditada y que su silencio también lo era, con el aparente argumento de tratarse de una estrategia desde la casa matriz de Bruselas para hacer caer el valor de las acciones de la empresa por razones especulativas.76 Como quiera que haya sido, lo concreto es que la dimensión transnacional de la empresa belga de tranvías agrega una arista conflictiva, puesto que encaró el conflicto no desde la base territorial, sino desde la casa matriz en Bélgica, aspecto que resulta relevante en la medida en que disloca la relación entre los trabajadores y una patronal desnacionalizada, distante y desconocida.
Ante un dubitativo intendente y el silencio empresarial, los trabajadores tranviarios pusieron como fecha límite el sábado 19 para obtener una respuesta, de lo contrario pasarían a la acción.77 El pliego de condiciones extendido por los huelguistas al jefe político y a la empresa reclamaba que se repusieran todos los coches dejados fuera de servicio el día 16; que se le concedieran las ocho horas de trabajo a los obreros de tráfico y de los galpones; que se dispusiera una guardia de mediodía de un número adecuado de trabajadores, a los cuales se les pagaría independientemente de que tomaran el relevo o no, y, finalmente, que se les pagara un centavo extra por minuto excedido de la jornada de ocho horas.78 Vencido el plazo, el día 20 comenzó la huelga tranviaria.
La empresa se mostró intransigente negándose a admitir dicho pliego de condiciones, con lo cual puso en circulación, pese al paro declarado, 44 coches, los cuales fueron custodiados por la policía. A su vez, en la entrada colgaron un letrero indicando que los conductores y guardas que al día siguiente no se apersonaran a su puesto a las dos de la tarde, serían considerados como cesantes,79 al tiempo que ya habían pedido rompehuelgas a Santa Fe, Córdoba y Buenos Aires.80 Estos no eran cualquier tipo de crumiros, sino tranviarios de otras compañías, dimensión que permite observar cierto nivel de especialización laboral que, al calor de la reconfiguración urbana de una ciudad en expansión permanente, puso al gremio de tranviarios en una posición estratégica de la cual no gozó tiempo atrás. Ejemplo de ello es el crecimiento del servicio: en 1908 transportó a 14 985 681 pasajeros, en 1909 a 18 744 542, en 1910 a 22 412 688, en 1911 a 24 603 609,81 y en 1912 a 29 161 473 pasajeros,82 duplicando su impacto en tan solo un lustro.
Por su parte, al tercer día de conflicto se declararon en huelga los municipales y los cocheros de plaza, mientras que la renovada FOLR convocaba a una asamblea para debatir el curso de acción a seguir.83 Mientras la empresa seguía sin dar respuestas al pedido de arbitraje propuesto por la intendencia y el jefe político, este último determinó la promulgación de un edicto que prohibía las reuniones que no contaran con al menos 48 horas de aviso previo y aceptación, fueran estas en espacios públicos o cerrados.84 Aquello, sumado al malestar que entre los huelguistas iba generando la salida de algunos coches conducidos por “carneros”,85 fue atizando los ánimos y generando situaciones de violencia, incluso en zonas más retiradas del centro, como en el barrio de la Refinería.86 Desde Santa Fe, algunos sectores conservadores no sólo pedían más represión y la utilización del artículo 25 de la Ley de Defensa Social,87 sino que, incluso, se interviniera la ciudad ante la incompetencia de las autoridades.88 Esta no sólo era una cuestión administrativa mirada desde la capital provincial, sino también un nuevo peldaño en las tensas relaciones políticas entre ambas ciudades.
Como bien advierte Monserrat (2019, p. 6), el arbitraje no constituía una novedad, pero sí lo era el hecho de que se hiciera buscando favorecer a los trabajadores, dimensión denunciada de manera permanente por los liguistas del Consejo Municipal. Pero estas novedades también alcanzaron a los trabajadores, quienes podían aceptar formas de arbitraje entre capital y trabajo, pero lo singular es que aceptasen uno liderado y convocado por el Estado (Falcón, 1990). Ante la prohibición de realizar reuniones no sobrevino, como en otras oportunidades, una actitud desafiante y confrontativa, sino una petición formal firmada por el secretario general de los tranviarios, Domingo Musto, argumentando desde el constitucionalismo, con citas del jurisconsulto Stori, sobre por qué el jefe político debía revisar tal disposición y permitirles realizar asambleas a local cerrado.89 Sin embargo, a nivel de las bases la situación fue escalando en violencia, donde algunos coches fueron baleados, motivo por el cual la empresa finalmente resolvió suspender todos los servicios hacia el día 25.90
Aquella huelga devino en general el día 26 con la intervención de la FOLR, logrando una adhesión de unos 20 000 trabajadores91 y llamando al paro por 48 horas.92 El paro de actividades en un sector neurálgico de la circulación urbana, sumado a los gremios que se fueron plegando a ella, explica los elevados niveles de acatamiento. Junto con los gremios que ya estaban en paro, más los ferroviarios que lo hicieron enseguida, se plegaron al llamado de la FOLR los constructores de carruajes, ebanistas, gráficos, obreros de obra, empajadores de damajuanas, constructores de calzados, repartidores de pan, panaderos, dependientes de comercio, sastres, oficios varios y yerbateros. Por su parte, la FORA, en manos ácratas, convocaba a una asamblea para determinar cómo acompañar la huelga de Rosario,93 mientras la CORA, dirigida por el sindicalismo revolucionario, determinó pronunciarse en solidaridad y quedar expectante.94
El intendente Paganini, en conjunto con el gobernador Menchaca, pidieron al gobierno nacional refuerzos militares, mientras que la empresa finalmente decidió aceptar el laudo arbitral.95 Sin embargo, la Bolsa de Comercio de Rosario (BCR), viendo la insuficiente respuesta provincial al problema, no tuvo reparos en comunicarse directamente con el ministro del Interior, Indalecio Gómez, para pedirle más refuerzos y contundencia en la respuesta.96 Afirmando que los comercios debieron cerrar, producto de la violencia callejera que ya había contado con muchos vidrios y escaparates rotos, Ovidio Rodríguez, vicepresidente de la Cámara Sindical de la BCR, remarcaba la preocupación de que la huelga dificultara la salida de embarcaciones, motivo por el cual se insistía en el envío de más refuerzos nacionales.97 Al parecer, la preocupación por la paralización comercial del puerto era un sentimiento compartido también por los clientes de ultramar, quienes dieron cobertura a la huelga general de Rosario.98
El día 27 la ciudad estaba completamente paralizada, sucia por días sin recolección de residuos y varios tranvías destrozados e incendiados. La huelga también contó con la adhesión de los comerciantes que decidieron cerrar, así como de los estibadores que también se sumaron.99 La paralización fue tal que el intendente buscó garantizar la custodia del transporte de carne a los mercados para que la misma no escaseara ante la extensión del conflicto.100 Al tiempo que se buscaba avanzar en una salida negociada, el gobernador Menchaca pedía al gobierno nacional que decretase el estado de sitio para la provincia de Santa Fe,101 lo cual el presidente Sáenz Peña no creía necesario aún.102
Los reclamos de la BCR fueron oídos, llegando el día de la huelga general, los regimientos 4 y 8 de infantería desde Buenos Aires. En simultáneo, el jefe político Ricardo Núñez no tomó en consideración el pedido de los tranviarios de revisar su edicto sobre reuniones públicas;103 sin embargo, el arbitraje no peligró. Los huelguistas propusieron a Constanzo Panizza y a Narciso Gnoatto, dos reconocidos militantes locales, el primero ácrata y referente por la FOLR, y el otro líder por el PS local. La empresa designó a Mauricio Wooegth y a Pedro Marc,104 mientras el gobierno provincial decretó como mediadores a Rogelio Araya, Juan Lanza Castelli, Toribio Sánchez, Luis Colombo, Néstor Noriega y Miguel Monserrat, dando así representación a diversos sectores del capital citadino.105
La comisión arbitral fracasó en sus acuerdos no bien constituida, puesto que no logró acordar quién sería el quinto para desempatar entre los dos propuestos por los obreros y los dos de la empresa, lo cual llevó a que los trabajadores, violando el edicto policial, realizaran una importante asamblea en la plaza Sarmiento. Aquí cabe hacer una mención, puesto que bien han determinado Falcón y Monserrat (2000, p. 158) que no había una novedad en el sistema de arbitraje, pero que sí lo había en el hecho de que los obreros lo aceptaran. Sin embargo, la tensión que rompió el diálogo tuvo lugar cuando Panizza y Gnoatto se opusieron a que el quinto miembro fuese el presidente del DNT. La segunda propuesta patronal fue un juez de la Corte Suprema de Justicia,106 que también fue rechazado por los delegados, lo que conllevó a que se pasara a un cuarto intermedio que ya no sería retomado. Esta actitud combativa de los delegados obreros permitió relativizar la idea de la aceptación del arbitraje, la cual en todo caso era resistida y aceptada, pero no bajo cualquier condición.
Horas más tarde de la primera asamblea en la plaza se realizó otra en el mismo lugar, pero esta vez con aprobación policial, contando también con la presencia de Carlos Balzán, enviado de la FORA, en la cual determinaron continuar con la huelga. Luego los obreros marcharon hacia el Banco Provincial donde estaba alojado el gobernador Menchaca, a quien pidieron que se pronunciara sobre la situación. Según informó La Reacción, este dio un discurso apaciguador hasta que se oyeron disparos y comenzaron las corridas. En un confuso evento se supo que Balzán había sido capturado allí mismo a petición del jefe político.107
Por su parte, el presidente Roque Sáenz Peña convocó a una reunión de gabinete, en la cual se ratificó que no era meritorio decretar el estado de sitio, pero sí se remitió un extenso mensaje al gobernador Menchaca remarcando los recursos legales de que disponía, como era fundamentalmente la Ley de Defensa Social. Con refuerzos militares y dos acorazados en viaje hacia Rosario, la represión se extendió durante la huelga, al tiempo que los obreros buscaban sumar a otros a la lucha, generando disturbios desde el mercado central hasta la refinería.108 La ciudad quedó militarizada a cargo del general Ruiz, quien dispuso al Escuadrón 11 de Infantería para la vigilancia del perímetro comprendido entre los bulevares Oroño y Pellegrini, el 3 de Infantería entre esos bulevares y los de Avellaneda y 27 de Febrero, mientras que el 9 de la fuerza controlaría el resto del ejido urbano. Los detenidos fueron numerosos y al menos ocho de ellos fueron alcanzados por la Ley de Residencia para su expulsión del país,109 mientras que dos obreros fueron asesinados por infantería.110 La represión fue elevada, a punto tal que desde La Habana un joven exiliado, Rodolfo González Pacheco, hacía eco de los eventos.111
Por su parte, como adelantamos, la comisión arbitral fracasó en sus acuerdos, con lo cual los municipales y tranviarios, que contaban con el apoyo y dirección de la FOLR, pese a no pertenecer a ella, pidieron la mediación de los diputados nacionales socialistas Juan B. Justo y Mario Bravo.112 La FOLR estaba en completa oposición a que los socialistas venidos desde Buenos Aires fueran los interlocutores del conflicto,113 y estando el comité de huelga bajo su control, amenazaron con levantar la huelga ya que consideraban “inaceptable que los obreros se rebajen ante dos políticos que desconocen el comité de huelga general” (Belkin, 2021, p. 171). Sin embargo, los anarquistas desde La Rebelión negaban que los huelguistas hubieran pedido la intervención de los legisladores socialistas, argumentando que se había tratado de una decisión inconsulta y proselitista del PS.114 Cabe remarcar, en efecto, que los tranviarios tenían su sede gremial en el local del PS, con lo cual sus vínculos eran fluidos.115
La FOLR sostenía que era una actitud cobarde y ruin que mezclaba asuntos obreros con los políticos. Desde el sindicalismo leían aquellas intervenciones socialistas como una gran pérdida de tiempo que no hacía más que dar ventaja al gobierno para que llegasen más refuerzos de caballería e infantería a la ciudad.116 Aquella fractura de los huelguistas hizo que la lucha fracasara y no se lograra la reincorporación de los compañeros despedidos,117 aunque en la base de la derrota estuvo la fuerte represión militar. Así, hacia mayo, la huelga fue perdiendo fuerza, volviendo al trabajo la mayoría de los gremios el día 2 y los tranviarios, solos y con la renuncia de su secretario general (Monserrat, 1990, p. 41), el día 5.
Independientemente del resultado de la huelga, por cierto desfavorable, constituye un dato en absoluto baladí que el socialismo haya logrado imponer, a través de los tranviarios que iniciaron la huelga, a dos mediadores propios y de la talla de Justo y Bravo, aspecto que habla por sí solo de la nueva correlación de fuerzas entre el anarquismo y el socialismo en la ciudad. Si bien esto puede leerse como una victoria para los socialistas, Ratto (2017, p. 60) sostiene que no lograron capitalizarla ya que constituyó otra forma de control vertical desde Buenos Aires a la seccional local, aspecto que se tradujo en una debilidad relativa al momento de cosechar los frutos de la labor realizada. Al margen del balance socialista, lo que nos interesa remarcar es que, pese a liderar la FOLR al comité de huelga, no logró obturar la participación de aquellos. A la debilidad estructural de una federación reorganizada sobre la base de siete gremios, debemos considerar que el gremio iniciador del conflicto no formaba parte de esta, aspecto que no había ocurrido en huelgas generales previas bajo el abrigo de la FOLR.
Algunos anarquistas plantearon que no estaban dadas las condiciones para una huelga general, pero que la insistencia socialista sobre los tranviarios empujó a ella, la cual la FOLR pudo sostener de todos modos.118 En una clave similar lo leían los sindicalistas, quienes veían que la solidaridad fue importante, pero muy limitada, aunque tampoco se podía esperar nada más,119 por cuanto no era conveniente llamar a una huelga general. Desde el comité socialista local, no obstante las acusaciones, afirmaban que no era precisa una huelga general,120 lo cual resulta más acorde con las doctrinas del partido, que apoyó las luchas pero no buscó liderarlas, según sostiene Ratto (2017, p. 59).
La otrora incontestable hegemonía ácrata en el manejo de las huelgas demostró quedar en entredicho, puesto que la decisión de los gremios iniciadores iba en contra del control de la FOLR, algo totalmente diferente a lo que había ocurrido en la huelga de 1907. Cuando la FOLR lideró la huelga de los carreros en enero de 1907, su liderazgo era incontestable, a punto tal que cuando los carreros creyeron conveniente terminar la lucha, lo consultaron con la FOLR en una asamblea donde también había estado el referente socialista Mario Bravo (Álvarez, 2022). Sin embargo, la federación tuvo la voz cantante en todo el proceso de lucha.
En esta oportunidad, la presencia socialista logró disputar márgenes de representación considerables. Por cierto, el crecimiento electoral del PS en Rosario fue destacable, el cual en 1912 obtuvo sólo 107 votos, muy por debajo de su caudal potencial, pero en 1914 logró 2 279 votos (Ratto, 2017, p. 50), cosechando los frutos de su actividad y participación en las huelgas. Por otro lado, en paralelo al estallido de la huelga, los socialistas lograron crear una juventud socialista en la ciudad, lo cual muestra niveles de capilaridad y expansión significativos.121
Por su parte, los propios anarquistas acusaban a los socialistas de haber empujado a la huelga general a los municipales a inicios de abril con la finalidad de forzar la renuncia del Consejo Deliberante para así poder, eventualmente, ingresar ellos.122 Los sindicalistas, tiempo después de la huelga general, reflexionaban sobre cómo la puja entre liguistas, socialistas y radicales fue la espada de Damocles de aquella huelga, donde los obreros se vieron en medio de disputas que no les eran propias, y que la FOLR había sido utilizada como fuerza de choque. Un ejemplo de ello fue el accionar municipal y provincial, que para no ahuyentar potenciales votantes, evitó reprimir con la policía, por lo cual dejó la represión en manos del ejército nacional, pero acompañando y avalando dicho accionar.123
El llamado a la huelga general concitó la adhesión pasiva de sus pares porteños, los cuales realizaron asambleas en apoyo, tanto en la FORA anarquista como en la CORA sindicalista, pero en ningún momento con serios visos de proclamar la huelga nacional. Alejandro Belkin (2021) afirma que esto se debía a que la negociación, en aquel contexto represivo, aparecía en el horizonte obrero como más factible y deseable que la huelga general. Cuando la FORA llamó en soledad a una huelga general nacional en octubre de aquel año, los niveles de acatamiento fueron relativamente bajos, mientras que la CORA directamente decidió abstenerse. Por su parte, la FOLR logró plegarse al llamado, con una convocatoria que, afirmaban, estuvo en torno a los 20 000 huelguistas. Sin embargo, numerosos gremios dieron apoyo simbólico, pero no se plegaron al llamado solidario de la FORA.124 La organización gremial continuó, la FOLR logró nuevas adhesiones, pero la capacidad de liderar nuevas luchas menguó significativamente. La situación había cambiado, el radicalismo que había admitido niveles de conflictividad dentro de parámetros que entendían controlables, después de abril endureció su postura y la represión se extendió en un complejo contexto económico y laboral marcado por la guerra de los Balcanes.
PALABRAS FINALES
El análisis de la conflictividad y el contexto en que se inserta nos permite formular una serie de afirmaciones. Por un lado, que el crecimiento económico, relativamente sostenido hasta 1913, lejos de corresponderse con un alza de la lucha gremial por razones reivindicativas, se caracterizó por una situación de reflujo producto de los altos niveles de represión. Sin embargo, cuando los indicadores económicos y laborales se resintieron, la organización y la protesta aumentaron, presentando un singular comportamiento. Esta rara situación nos permite discutir la noción de ciclo de conflictividad para 1912-1913 en Rosario; más bien observamos un interciclo dentro del previo signado por una conflictividad administrada y tutela desde un gobierno municipal y provincial que permitió, y por momentos alentó abiertamente, niveles de confrontación que en aquella coyuntura económica y represiva no hubieran tenido lugar, tal como sucedió en los años previos a la llegada de la UCR al gobierno provincial.
A la compleja situación política, en torno a la cual giró la conflictividad obrera del bienio 1912-1913, se sumaron los primeros efectos de la guerra Balcánica, con recesión económica y alteraciones en el mercado externo. Pese al contexto económico adverso, por cierto singularmente peor que el de los años en que la FOLR había desaparecido, varios gremios pudieron recomponerse y estrechar lazos organizativos que posibilitaron resurgir aquello que no lograron evitar perder tres años antes: la más importante federación obrera fuera de Buenos Aires. Sin embargo, hubo cambios en esta renovada entidad. Lo fundamental fue su Pacto de Solidaridad, distanciándose profundamente de su etapa previa. Sin embargo, este resurgimiento no se explica de forma independiente al contexto político provincial y citadino. La FOLR resurgió bajo una frágil estructura que pendía del hilo político radical y sus intereses. Reorganizada sobre una endeble base de gremios, la federación se encontró liderando una huelga general cuando entendía que no estaban dadas las condiciones para hacerlo, pero que las presiones coyunturales empujaron a declarar.
Pese a las condiciones en que se reorganizó la FOLR, esta perduró más allá del interciclo conflictivo y del recrudecimiento represivo posterior. La huelga general de abril, surgida en un gremio que no pertenecía a la federación, demostró que su capacidad de liderar las luchas obreras de la ciudad, otrora hegemónica, estuvo tensionada por otros sectores que previamente no disponían tales márgenes. De esta forma, creemos que la huelga permitió reposicionar a la FOLR después de años de reflujo, pero poniendo en evidencia los límites de la acción directa propia del periodo de hegemonía anarquista, la fragmentación en la correlación de fuerzas obreras y los cambios ideológicos y estratégicos de un movimiento obrero cada vez más dispuesto a negociar a través del arbitraje. Esta huelga general de 1913 permite observar que la correlación de fuerzas corrió la báscula y que la situación de la FOLR ya no era como antes.
Finalmente, sostenemos que el hecho de que, de forma tan veloz, el movimiento obrero se haya podido recomponer cuando la represión menguó -por razones políticas-, constituye un indicador que, considerando el desfavorable contexto material para la lucha obrera, pone en evidencia que las condiciones de posibilidad para la reorganización estaban dadas. Con importantes niveles de solidaridad y experiencia acumulados, pero jalonados por una nueva coyuntura política e ideológica, el movimiento obrero y la FOLR volvieron al ruedo, pero ya no con la huelga general como único horizonte combativo ni el anarquismo como la incontestable voz cantante.










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