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Estudios de historia moderna y contemporánea de México

versão impressa ISSN 0185-2620

Estud. hist. mod. contemp. Mex  no.69 Ciudad de México Jan./Jun. 2025  Epub 29-Abr-2025

https://doi.org/10.22201/iih.24485004e.2025.69.77949 

Artículos

Clarence Horace Montgomery y Agramonte. Editor, hombre de negocios, socialité y decano de la colonia estadounidense en México (1877-1929)

Clarence Horace Montgomery y Agramonte. Editor, Businessman, Socialité, and Dean of the American Colony in Mexico (1877-1929)

Íñigo Fernández Fernández* 
http://orcid.org/0000-0003-2654-8018

* Universidad Panamericana (México), infernan@up.edu.mx


Resumen

Este artículo es un acercamiento biográfico de Clarence Horace Montgomery y Agramonte, líder connotado de la colonia estadounidense en el Porfiriato y del que poco se sabe en la actualidad. El análisis se circunscribió principalmente al contexto social, de tal modo que se muestra a Agramonte como un líder comunitario que alcanzó notoriedad por su ingenio al reconstruir su pasado, su sagacidad para establecer redes de contactos en contextos nuevos y sus capacidades discursivas.

Palabras clave: Clarence Horace Montgomery y Agramonte; colonia americana; México; Estados Unidos; Porfiriato; prensa

Abstract

This work is a biographical approach to Clarence Horace Montgomery y Agramonte, a renowned leader of the American colony during the Porfiriato, about whom little is known at present. The analysis delves into the social context, and it depicts Agramonte as a community leader who achieved distinction for his wit when reconstructing his past, his sagacity to establish social networks in new contexts, and his rhetorical abilities.

Keywords: Clarence Horace Montgomery y Agramonte; American colony; Mexico; United States; Porfiriato; press

INTRODUCCIÓN

Durante el Porfiriato, particularmente en los años ochenta y noventa del siglo XIX, México adquirió una relevancia especial para Estados Unidos, destacándose de cualquier otra nación latinoamericana.1 No sería la tierra de la libertad, pero sí la de las oportunidades para hacer buenos negocios y fortunas. Durante el régimen del general Porfirio Díaz se implementó una política económica centrada en la atracción de capitales extranjeros, que se convirtió en el pilar más sólido del proceso de modernización del país. Esto propició que la incipiente clase media empezara a explorar una nueva cultura de consumo; en este contexto, los extranjeros desempeñaron un papel fundamental; por ejemplo, los franceses poseían establecimientos de prendas de vestir y joyería; los alemanes controlaban la venta de herramientas, medicamentos e instrumentos musicales, y los españoles dominaban el comercio minorista.2 Asimismo, el régimen mexicano vio con buenos ojos a los procedentes del “vecino del norte”, quienes conformaron el grupo mayoritario.

En gran medida el desarrollo ferroviario nacional fue consecuencia de ello, el cual también pertenecía a los extranjeros, quienes con sus rieles, máquinas y vagones establecieron las condiciones idóneas para que las ciudades más importantes del país se pudieran conectar entre sí, esto al mismo tiempo permitió el tránsito fluido de mercancías y pasajeros entre Estados Unidos y México.

Al inicio de la década de los años noventa del siglo XIX se hizo habitual la presencia de norteamericanos que se asentaban a lo largo de la geografía mexicana. Estos inmigrantes se asociaban con capitalistas mexicanos, establecían sus propios negocios o trabajaban en aquellos fundados por sus coterráneos. Pese a que no todos lograron cumplir sus expectativas de enriquecerse en poco tiempo, había un gran optimismo sobre la nación y las bondades económicas que ofrecía. Prueba de lo anterior es el aumento de residentes estadounidenses en México, en 1895, se registraron 9336 personas, cifra que creció a 15 226 en 1900;3 esto representó un incremento poblacional de 60 % en tan sólo cinco años.

Gran parte de los estadounidenses migrantes se establecieron en la ciudad de México, atraídos por su desarrollo. Esto dio origen a “la colonia americana”, que pasó de ser un concepto a una organización que los representaba y que contaba con sus propios líderes, mismos que conjuntaban, aunque de diversas formas, el poder económico, el reconocimiento social y las relaciones con el gobierno y las élites nacionales.4 A pesar de ello, y a diferencia de otras colonias, como la alemana, los ciudadanos estadounidenses no deseaban constituir una comunidad reconocible en México, sino que se veían a sí mismos como un grupo de individuos que perseguían intereses diferentes en un mismo espacio y que estaban más influenciados por aspectos religiosos y de caridad que por la política de su país de origen.5

Entre las figuras destacadas de esta colonia americana se encuentra Clarence Horace Montgomery y Agramonte, un general estadounidense de origen cubano que participó en distintos conflictos armados del mundo para posteriormente dedicarse a actividades tan diversas como la venta de insumos para la minería, la administración de la justicia, la representación de compañías norteamericanas en México, la abogacía, la dirección del periódico The Anglo-American y que, a la postre, llegaría a ser reconocido como el representante más visible de los estadounidenses en el México porfirista.6

A pesar de lo anterior, el estudio de Agramonte como sujeto histórico posee una problemática en particular. Su figura, como la de la mayoría de los extranjeros en el México porfirista, ha quedado olvidada en el contexto de la historiografía nacional. Lo poco que hoy sabemos de él lo debemos a autores norteamericanos que han escrito sobre la vida de los estadounidenses en el México porfirista, como es el caso de William Schell en su libro Integral Outsiders. The American Colony in Mexico City, y que lo mencionan de manera un tanto marginal.

Como consecuencia de lo anterior, partimos de la idea de que las biografías, aun como esbozos, nos brindan una visión profunda de cómo individuos específicos abordaron e interpretaron tanto su entorno como las complejas cuestiones de su época, y revelaron sus propuestas de estrategias para encarar los desafíos que debieron enfrentar en su vida y en la sociedad; es decir, nos ofrecen la oportunidad de examinar lo pretérito desde una mirada detallada, así como de ampliar nuestra comprensión de la complejidad de la realidad histórica.7

Ante esta falta de información, así como del hecho de que no hay constancia de la existencia de su archivo personal, el presente texto busca ofrecer una respuesta fundamentada, la cual se basa, aunque no de manera exclusiva, en la revisión y consulta de fuentes hemerográficas de la época, tanto de México como de Estados Unidos.8

Un aporte del presente análisis es que, gracias a la consulta de estas bases de datos, fue posible construir un corpus documental hemerográfico con el que se realizó esta primera, aunque breve e incompleta, aproximación de la trayectoria de Agramonte como figura pública en ambos países, al tiempo que se situó la misma en tres momentos: el primero (1879-1885) corresponde a su etapa como vendedor de bienes y servicios; el segundo (1886-1910) representa su momento de auge en el país tanto en lo laboral como en lo social, y el último (1911-1929) es, a todas luces su época de declive y de menor interés periodístico.

El uso de recursos hemerográficos determinó la aproximación teórica de este ejercicio. Los puntos de vista publicados en las páginas de los periódicos no son neutrales, pues responden a una labor de encuadre o framing, encabezado por sus editores. No obstante que una de las críticas más comunes a esta teoría radica en su dificultad para definir su objeto de estudio, en la presente investigación se consideró útil la perspectiva de Entman, entendiendo ésta como un ejercicio intencionado de “seleccionar algunos aspectos de una realidad percibida y hacerlos más prominentes en un texto comunicativo, de tal manera que promueva una definición específica del problema, interpretación causal, evaluación moral y/o recomendación de tratamiento para el objeto descrito”.9

Así, los artículos periodísticos, y en menor grado los textos publicitarios, utilizados en este análisis constituyen una serie de imágenes tomadas por editores y periodistas del Porfiriato, que, si bien responden a un contexto y a acotaciones determinadas, en su conjunto, conforman un lienzo en el que los relatos registran, estructuran y dotan de significación ciertos momentos de la vida de Agramonte.

Este estudio se encuentra estructurado en tres momentos. El primero muestra los inicios de Agramonte en Estados Unidos y se centra en sus actividades políticas y comerciales; el segundo versa sobre su estancia en México y, en particular, la construcción de redes con las élites estadounidenses y mexicanas, y la última, en la que se destaca su papel en la Revolución mexicana, al igual que su proceso de decadencia como figura destacada de la colonia americana en nuestro país y que culminaría con su muerte, en 1929.

LA HISTORIA DE CLARENCE HORACE MONTGOMERY Y AGRAMONTE

Inicios en Estados Unidos

De temperamento fuerte, carácter hostil, ingenio provocador y memoria tan selectiva como oportunista, Agramonte fue un personaje que gustó de ajustar su pasado según conviniera a sus intereses. Así, cuando se le preguntaba sobre sus orígenes, a veces no dudaba en afirmar que había nacido en la capital mexicana, mientras que en otras ocasiones sostenía que era originario de Estados Unidos o, bien, de Cuba. Al respecto, Parshall escribió: “Agramonte era un misterio […]. Algunos pensaron que en realidad era un príncipe español que afirmaba patrióticamente ser cubano después de adoptar la causa de Cuba. Otros, más amargados, dijeron que solo era […] de la ciudad de Nueva York, un estafador con un pasado romántico inventado”.10

Se sabe que nació en La Habana el 19 de septiembre de 183011 y que fue el único hijo del matrimonio de Henry Cunningham Montgomery (1804-1914) y Ernestina Eleanora Castillo y Agramonte (1808-?), ambos nacidos en la ciudad de México.12 Después de pasar su infancia y juventud entre La Habana y Nueva York, decidió dedicarse al mundo de las armas, por lo que se sumó a las filas inglesas para combatir en la guerra de Crimea (1853-1856), así como en Australia, India y Nueva Zelanda. De la última, Agramonte aseguraba que había sido capturado por “una feroz tribu de mayoría caníbal”.13 De vuelta en Estados Unidos peleó, en la guerra de Secesión (1861-1865) en el bando de la Unión; terminada ésta, viajó a Cuba en 1868 para combatir por la independencia de la isla.

Tiempo después recorrió varias ciudades de Estados Unidos, de tal suerte que se cuenta que en 1877 organizó y dirigió un grupo de caballería destinado a sofocar a los participantes de las huelgas ferroviarias de Chicago.14 Más adelante se estableció en Utah donde se dedicó a la venta de insumos para la minería y se casó, en 1879, con la inglesa Clara Federata Stenhouse (1850-1893), hija del célebre líder mormón Brigham Young, con la que tuvo tres hijos: Carlos Emilio Agramonte Young (1880-1958), Clara Eleanora Agramonte Young (1882-1978) y Laurence Collins Agramonte Young (1884-1942). Tras divorciarse de ella, y poco antes de afincarse en México, contrajo segundas nupcias en San Francisco, California, con la canadiense Alice Lelia Almon Smith (1859-1933). De este matrimonio nacieron cuatro hijos, todos en la ciudad de México: Clarence Plunkett Agramonte (1892-1943), Joseph Hampson Agramonte (1897-1897), Alicia Lelia Agramonte (1901-1922) y Horace V. Agramonte (1895-1915).15

Según los encuadres ofrecidos por las publicaciones periódicas, se ha dividido la vida de Agramonte en tres momentos: el primero, que va de 1879 a 1885, corresponde a su etapa como hombre de negocios y personaje público en Estados Unidos; el segundo abarca de 1886 a 1910, y representa su momento de auge en el país tanto en lo laboral como en lo social en México. El último comprende de 1911 a 1929 y encarna su época de declive, la cual fue registrada, básicamente, por publicaciones estadounidenses. A partir de 1879, los periódicos lo circunscriben como un vendedor de materiales y maquinaria para la minería en Salt Lake, donde “con el desarrollo del ferrocarril transcontinental en 1869, surgió la red de transporte necesaria para elevar los esfuerzos mineros de Utah de una actividad a pequeña escala a otra con empresas comerciales más grandes”.16

Al poco tiempo enfocó su interés en el estado de Montana que, desde la década anterior, protagonizaba una “fiebre de la plata”. Aunque ambos estados no compartían frontera, estaban conectados por el ferrocarril, condición que permitía que mantuvieran un intercambio comercial fluido. En agosto de 1882 viajó a Butte, Montana, para hacer negocios. Entonces ya gozaba de cierto reconocimiento, pues la prensa local señaló que: “el general C. H. M. y Agramonte […] arribó a Butte la pasada noche. El general no es sólo un caballero refinado de la vieja escuela, es también un minucioso hombre de negocios y sus amigos son incontables”.17

La prensa también evidencia que Agramonte diversificó su actividad comercial, pues también hizo las veces de representante único en Montana y Utah de las compañías Genuine Albany Compound and Cups, Albany Cylinder Oil, Albany Splinde Oil y West Virginia Lubricating Oil, todas estas empresas estaban dedicadas a la fabricación de lubricantes industriales.18 En este periodo, participó en la vida política de Salt Lake. Aunque se ignora cuándo cursó los estudios de derecho, sabemos que en 1881 la Suprema Corte de Justicia lo habilitó para ejercer la abogacía.19 Tres años después se postuló como candidato a juez de elección para la primera comisaría de Salt Lake, y triunfó; sin embargo, fue acusado de realizar una labor deficiente en el empadronamiento de votantes aún no registrados. En 1886 apoyó la candidatura de R. McBride a la alcaldía de Salt Lake y, a cambio, recibió la promesa de ser alguacil de la ciudad, pero no pudo tomar posesión del cargo a raíz del triunfo del candidato opositor, Francis Armstrong.

Es probable que su carrera política se viera afectada por los aprietos que tuvo en el pasado y de los que los periódicos dieron cuenta. En 1879 fue enjuiciado en Salt Lake por obtener dinero bajo engaños20 y, cuatro años más tarde, fue acusado de negarse a pagar una deuda, y aludió que ésta había sido contraída por un homónimo.21 Es importante señalar que este tipo de situaciones fueron una constante a lo largo de su vida.

Llegada y ascenso en el México porfirista (1886-1911)

A finales de la década de los años ochenta, y en aras de cambiar el giro de sus negocios, fijó su residencia en San Francisco, donde contactó a dos grupos de inversionistas estadounidenses que tenían fuertes vínculos en México y con los que acordó ser su representante en la república vecina dado su dominio del español. El primero era la International Company of Mexico, entidad que se había organizado para colonizar el estado actual de Baja California. El asunto no era menor en la medida en que se engarzaba con el proyecto del gobierno porfirista de promover la inmigración extranjera particularmente en las áreas rurales,22 de tal modo que en 1886 un grupo de capitalistas norteamericanos fundó en California la International Company of Mexico, cuyo primer proyecto fue la construcción de un desarrollo urbanístico en la bahía de Ensenada.23

A fin de promover la colonización de Ensenada escribió varios artículos, los primeros que se le conocen; también dio algunas entrevistas a publicaciones periódicas de Estados Unidos y México. Así, en 1899 publicó en The Salt Lake Herald una nota en la que además de asegurar que la International Company of Mexico había comprado al gobierno mexicano 18 000 000 acres en Baja California, invitaba a los lectores a que se sumaran como colonos, por tratarse de un territorio fértil, rico en minas de hierro y plata, clima noble y grandes proyectos arquitectónicos con los que sus propietarios “pasarán sus vidas disfrutando de la salud y poseyendo tierras en un lugar tan cerca del Edén como ningún hombre pensó siquiera tener”.24

La prensa mexicana también informó sobre las labores de deslinde realizadas por la compañía, aunque señalaba ciertas irregularidades en la lista de futuros colonos por ser la mayoría trabajadores de ésta o, bien, como se acusaba a Agramonte, por apuntar en ella a ocho menores de edad, lo que daba pie a varias dudas de carácter legal. Tampoco todo era malo, pues otros periódicos tomaban informaciones de sus similares estadounidenses en las que se mencionaba que había recibido noticias sobre las bondades del proyecto, particularmente en lo que se refería a la explotación minera de Santa Clara, donde los hallazgos auríferos atraían a un mayor número de colonos.25

La otra compañía californiana en la que Agramonte trabajó como representante fue The Pacific Mutual Life Insurance Company of California. La entidad había sido fundada en Sacramento, California, en 1868; se trataba de una sociedad anónima encabezada por el propietario del Ferrocarril del Pacífico Central y antiguo gobernador de California, Leland Stanford. En sus inicios se dedicó a la venta de pólizas de vida y, desde 1885, amplió su mercado a los seguros contra accidentes.26

La totalidad de las aseguradoras que se establecieron en México en los años ochenta del siglo XIX eran de origen extranjero, y la mayoría de ellas provenía de Estados Unidos, en especial de California y Texas.27 Un aspecto a destacar es que a pesar de que operaban legalmente en el país, no existió un marco jurídico que regulara sus labores hasta que el gobierno mexicano promulgó la Primera Ley del Seguro en México, el 16 de diciembre de 1892.

La participación de Agramonte en la aseguradora se daba a conocer a través de anuncios periodísticos, todos ellos publicados en The Two Republics, en los que se afirmaba que era su agente general en México -en realidad su único representante-, y que tenía su despacho en el número 17 de la calle 5 de mayo.28

Poco tiempo después de su llegada a México, Agramonte dejó a un lado estas actividades. Por motivos que se desconocen, se desvinculó de los proyectos urbanísticos en Ensenada, en tanto que con la aseguradora tuvo que afrontar dos problemas: el primero se vincula con los reclamos por su baja productividad, dado que en poco más de cuatro años apenas había vendido 2 534 pólizas de accidentes, lo que representó un ingreso de apenas 46 735 dólares; el segundo, y más grave, fue que los directivos lo acusaron de generar “más problemas que ganancias, particularmente en el Departamento de Accidentes, donde se experimentó mucha confusión en el ajuste de las reclamaciones”,29 situación que derivó en un juicio por malversación de fondos por el que, a pesar de haber sido declarado inocente, fue despedido.30

A partir de 1894 decidió dedicarse a la abogacía y a la representación de terceros, de tal modo que empezó a trabajar en el registro ante la Secretaría de Fomento de patentes y marcas estadounidenses en México. El año de 1895 fue importante para él pues fundó su compañía, “C. H. M. y Agramonte”, en la que, además de seguir realizando la labor antes mencionada, también brindaba servicios de información sobre tierras para los colonos que estuvieran interesados en ellas.

Agramonte fundó un negocio que estaría vigente durante el gobierno del general Díaz, y que le ganaría notoriedad en México al tiempo que presencia dentro de los diarios mexicanos. Era de todos sabido que cualquier norteamericano que desease vender sus marcas y patentes en el país debía recurrir a sus servicios. La prensa nacional dio cuenta de cómo a través de su despacho registró una gama diversa de nombres y productos, que lo mismo contemplaba el troquel para hacer eslabones de ferrocarril, de Joseph Smith y John Henry Eber; que la marca de whiskey, de la Crown Destilleries Company; las vistas fotográficas, de S. Forest; y los libros Spanish in a Nutschell, de Frank Brady, y Can You Find Your Way in Mexico, de Henry Y. Blake.

La relación de Agramonte con la prensa fue más allá de las cuestiones publicitarias, lo que implicó que empezara a ser considerado como un hombre exitoso. A ello sumó su participación en actividades periodísticas como administrativo, y posteriormente dueño, de la publicación The Anglo-American. Aunque tenía escasa experiencia en la materia, siempre cabía la posibilidad de que un estadounidense acaudalado fundara o participara en un periódico con la finalidad de hacer negocios o adquirir prestigio entre sus coterráneos. Para que el proyecto funcionara era indispensable contar con un periodista capaz, la mayoría de las veces traído de Estados Unidos, que fungiera como editor y diera a la publicación la calidad necesaria para que fuera del agrado de los lectores.

En 1891, mientras que Rafael Reyes Spíndola era el presidente del diario, Agramonte hacía de secretario y tesorero,31 obligaciones que compaginaba con las de The Pacific Mutual Life Insurance en México. Al interior del periódico, debía llevar la contabilidad y reunirse con los inversionistas, actividades que no le eran ajenas dada su trayectoria. También aprovechó para publicar artículos en los que externaba sus opiniones con mucha libertad y, en ocasiones, poco cuidado. Si bien ello representó una de las improntas del periódico, también fue germen de problemas legales, como el que sostuvo con C. A. Young.

El doctor Young era una figura connotada por ser el dentista personal de Porfirio Díaz y el fundador de la Sociedad Mexicana de Dentistas y de la Revista Dental Mexicana (1898), una de las primeras sobre el tema en la historia del país. En marzo de 1900 se presentó en el Juzgado Segundo Correccional de la ciudad de México para poner una denuncia contra Agramonte por haber publicado en The Anglo-American un escrito injurioso.32 La disputa se originó a raíz de que el periodista recurrió a las páginas de su diario para afirmar que era un tal “Sr. Vail”, y no C. A. Young, el propietario de las publicaciones Blue Book33 y Town Critic. A raíz de la demanda iniciada por Young, Vail inició un juicio por el que Agramonte se vio obligado a pagar una multa de 50 pesos y pasar ocho días en la cárcel de Belén.34

Este problema no fue un obstáculo para que en 1901 se convirtiera en el propietario y editor del periódico. A partir de entonces, su labor informativa se vería aderezada con un tono mordaz que, a través de párrafos elocuentes y “picantes”, cuestionaba los problemas propios del gobierno estadounidense y de la colonia norteamericana en México. Esta postura que le atrajo una cierta animadversión inicial -era habitual que los norteamericanos llamaran al periódico The Angry-American- terminó siendo aceptada al tiempo que sirvió de motivo para puyas publicadas por otros periódicos, como The Mexican Herald, del que era suscriptor; sin embargo, lejos de molestarle, parecía disfrutarlo pues, como señaló:

Ser denunciado en “términos desmesurados” es siempre un honor si la denuncia proviene de la fuente adecuada y suele ser así. He aprendido que oponerse a algunas personas es ser deshonesto, pero saberlo, no ha reemplazado mi apetito. El Anglo-American disfruta de la satisfacción orgullosa, y podría decir, inusual, de estar en posición de decir lo que piensa sin recibir una llamada de ninguna […]. Es una gran cosa ser pobre y honesto.35

Más allá de los beneficios económicos que pudo generar la posesión de este medio de comunicación, es un hecho que le permitió obtener un mayor prestigio social, llegando incluso a consolidarse en lo que se podría definir como una socialité y establecer redes entre los estadounidenses en México.

Podemos afirmar que existe un antes y un después del periodo en que Agramonte fue editor y propietario.

Una de las primeras actividades sociales a las que asistió desde su llegada a México, y de la que había sido partícipe desde que residía en Estados Unidos, fue la masonería. Al poco tiempo de establecerse en la capital del país, se integró a la logia “Anáhuac”, de rito escocés y que mantenía vínculos con la Anezah Temple de Estados Unidos, en donde ocupó diversos cargos (segundo diácono, cuarto maestro de ceremonias, adjunto, gran inspector) y alcanzó el grado xxxiii, el más alto posible.36

Aunque el idioma oficial de la logia era el inglés, en su interior convivían tanto mexicanos y estadounidenses, quienes contaban con una posición socioeconómica acomodada y tenían la posibilidad de ocupar los cargos más importantes a título honorario. En su calidad de gran maestro de la “Anáhuac”, el general Porfirio Díaz solía reunirse en su residencia con los altos mandos de la logia para recibir diversas distinciones, como medallas y diplomas, entre otros reconocimientos.37

En 1891 inició las gestiones, en compañía de J. W. de Gress, Harry W. Benton y C. M. Bush, para establecer en México la “Grand Army of The Republic”, asociación creada en Estados Unidos en 1866 para agrupar a los veteranos de la Unión que pelearon en la guerra de Secesión bajo tres principios: fraternidad, caridad y lealtad.38 La propuesta de Agramonte respondía al hecho de que en las dos últimas décadas del siglo XIX varios de estos combatientes habían desplazado su residencia a México. El 3 de julio de ese año, y a manera de concesión, en la antesala de los festejos de la independencia estadounidense, el general Porfirio Díaz autorizó la creación de esta agrupación en México.39

Las actividades del grupo eran limitadas, pero relevantes para la colonia, y se centraban en la realización de ceremonias cívico-religiosas con las que honraban a los veteranos que yacían en el Panteón Americano de la capital mexicana. Una de las más relevantes era la del Memorial Day, Día de los Caídos, el 31 de mayo de cada año.

En el marco de esta celebración, en la que se congregaban el embajador de Estados Unidos, los veteranos de la Unión y la Confederación, sus familias y público en general, la figura de Agramonte evolucionó. Si al principio estaba a cargo de organizar la ceremonia religiosa, pronto cambió de función para develar una faceta que le dio mucha fama y reconocimiento entre los estadounidenses: la de orador. Sus discursos destacaban por su buena estructura y pasión, pero sin llegar al sentimentalismo. Poco a poco su figura creció y adquirió relevancia, al grado de ser nombrado jefe supremo de la “Grand Army of The Republic” en México. Cuando The Two Republics dio cuenta de este hecho, reconoció que “el honor conferido al General Agramonte es bien merecido y ha sido otorgado por sus camaradas de la Guerra Civil como expresión del gran recuerdo y estima que tienen de su valiente compañero”.40

Esta dimensión social de Agramonte también le permitió generar vínculos estrechos con México y, específicamente, con Porfirio Díaz. Ante los rumores de que estallaría una guerra entre México y Guatemala por desacuerdos fronterizos,41 los miembros de la “Grand Army of The Republic” firmaron un documento en el que expresaban su deseo de tomar las armas para defender al país. El texto fue entregado al presidente por una comitiva que se hallaba encabezada por él,42 pero fue desestimado en virtud de la avanzada edad de los voluntarios.

Las labores que desarrolló como abogado, intermediario, periodista, masón y veterano de guerra ayudaron a que fuera reconocido y valorado por sus coterráneos en la ciudad de México, condición que se dio al inicio del siglo XX. En esta época tuvo más protagonismo en las actividades de la colonia y poco a poco fue consolidándose como una de sus figuras más reconocidas. Aunque fue miembro del Mexico City Country Club y de The University Club of Mexico -del último fue nombrado socio honorario en 1916- la prensa en inglés de este tiempo rescató tres espacios de socialización en los que Agramonte participó activamente en la vida institucional de los americanos en México: las celebraciones del 4 de julio, la Society of the American Colony y el American Club of Mexico.

El 4 de julio era uno de los festejos más importantes para los estadounidenses en México. Con él no sólo celebraran la independencia de su país, también ayudaban a mantener su unión e identidad al interior de una nación que, aunque los había acogido con los brazos abiertos, no era la suya. Además, esta conmemoración tenía tintes diplomáticos pues ayudaba a fortalecer los vínculos con el poder político, como lo evidencian los hechos de que año tras año el general Díaz era invitado a la ceremonia oficial, y que ésta iniciara invariablemente con los acordes del himno nacional mexicano.

En virtud de lo anterior, era indispensable planear el evento con tiempo y formar una comisión que estuviera a cargo de todos los detalles. Sin embargo, para tener este honor, no bastaba con ser estadounidense, era necesario ser miembro del consejo de la Society of the American Colony.

La primera participación de Agramonte consignada por la prensa correspondió al año 1901 cuando, delante de Porfirio Díaz, leyó la Declaración de Independencia con su “maravillosa y poderosa voz” y con una entrega que fue calificada de “magistral”.43 A partir de entonces, y hasta el inicio de la Revolución, participó activamente en la organización de los festejos del 4 de julio.

Su mérito no radicó tanto en formar parte de este grupo, más bien en crecer en su interior. Si en 1908 había estado en los comités de “invitación del presidente [Díaz]” y de “recepción del presidente”, un año más tarde, repitió en ambos y fue electo miembro del “ejecutivo”, que estaba a cargo de la dirección de los demás.44

Como hemos visto, la celebración del 4 de julio estaba a cargo de la Society of the American Colony; sin embargo, no era la única organización que representaba los intereses de la comunidad estadounidense, pues también se hallaba el American Club of Mexico. Ambos grupos no sólo tenían perfiles diferentes,45 también estuvieron enfrentados durante la primera década del siglo XX en su afán por ejercer la hegemonía al interior de la colonia. El problema no era menor, pues podía afectar la idea sobre la comunidad americana que tenía la opinión pública mexicana; por ello, David Eugene Thompson, embajador de Estados Unidos, tomó la decisión de reconocer a los presidentes de los dos grupos y otorgarles el mismo trato. Esta medida ayudó a que la tensión cediera al tiempo que posibilitó la militancia simultánea en estas dos organizaciones.

Éste fue el caso de Agramonte, quien solicitó en 1908 su membresía en el American Club, misma que le fue concedida a finales de agosto. Al igual que hizo con la Society of the American Colony, todo fue cuestión de entrar para escalar peldaños en su estructura, lo que demostró un año más tarde, al ser electo segundo vicepresidente46 y, en 1910, presidente.

Su papel a partir de la Revolución mexicana (1911-1929)

Todo lo anterior empezó a cambiar a inicios de 1911. Agramonte gozaba del prestigio y reconocimiento sociales tanto dentro como fuera de la colonia estadounidense capitalina cuando estalló la Revolución mexicana y, con ello, su suerte se trastocó al tiempo que inició su decadencia como sujeto periodístico.

Con el exilio de Porfirio Díaz, la llegada al poder de Francisco I. Madero y la imposibilidad de éste para desarmar a otros revolucionarios (como Francisco Villa y Emiliano Zapata), la preocupación de muchos estadounidenses se centraba en la violencia que asolaba a la totalidad del país pues, además de generar un clima de inseguridad, afectaba directamente sus intereses económicos sin que pudieran hacer algo para evitarlo. Esta impotencia -aunada a la animadversión del recién llegado embajador de Estados Unidos, Henry Lane Wilson, contra el nuevo régimen- motivó a varios estadounidenses prominentes a hacer causa común con el diplomático para obstaculizar de manera manifiesta la presidencia maderista.47

En el caso de Agramonte, la prensa mostró el encuadre propio de alguien con un perfil más bajo que gustaba operar de manera discreta. Así, sabemos por Montgomery Schuyler Jr., primer secretario de la embajada de Estados Unidos en México, que junto con otros ciudadanos estadounidenses expresó su apoyo -aunque solicitó que no fuera mencionado su nombre- al levantamiento del general Félix Díaz, sobrino de Porfirio Díaz, porque consideraba que era capaz de restaurar el orden perdido.48

Cuando estalló la “Decena Trágica”,49 llegó al norte del río Bravo la noticia de que Agramonte se había puesto bajo las órdenes del embajador Wilson y había utilizado su experiencia militar para organizar un cuerpo de defensa integrado por voluntarios a los que entrenó y armó en aras de proteger a los ciudadanos norteamericanos y sus bienes, mismo del que se autoproclamó comandante.50

Un mes más tarde, cuando empezaron a circular los rumores sobre la deposición del embajador Wilson, Agramonte cambió de estrategia. Junto con otros colonos importantes, y en su calidad de presidente de la Colonia Americana en México, envió al Comité de Relaciones Exteriores del Senado de Estados Unidos una carta firmada en la que solicitaba la continuidad del diplomático. El texto encomiaba la labor desempeñada por éste durante la “Decena Trágica” y se centró en dos ejes. El primero fue el auxilio que brindó a los estadounidenses a lo largo de esos días al darles refugio, ayuda médica, alimentos, dinero, servicios de mensajería e, incluso, protección en los barrios donde vivían los estadounidenses (la colonia Juárez, por ejemplo). Por otro lado, destacaba las habilidades diplomáticas que mostró para acabar con el derramamiento de sangre, pues afirmaba que:

El prestigio que actualmente goza nuestro embajador en México con los grupos que detentan hoy el poder, así como su aceptación entre ellos e influencia sobre ellos, lo han vuelto indispensable para la solución satisfactoria de la situación del país y el mantenimiento de la paz tanto como prevalezca la actual situación crítica de México.51

Al redactar el documento, Agramonte y sus compañeros tuvieron cuidado de omitir los detalles de la política intervencionista que el diplomático ejerció, sin el consentimiento de su gobierno, contra la administración de Francisco I. Madero, misma que favoreció la inestabilidad política del país, de la que tanto se quejaban los norteamericanos, y que en mucho ayudó al derrocamiento de éste. Lo que ignoraban es que Woodrow Wilson, presidente recién electo de Estados Unidos, estaba al corriente de los excesos que había cometido en su gestión gracias al Informe Hale, documento que terminó con la carrera del embajador y que orilló al ejecutivo estadounidense a no reconocer al general Victoriano Huerta como presidente legítimo de México.

En contraposición con lo anterior, la llegada de Huerta al poder, en 1913, fue del agrado de los miembros prominentes de la colonia estadounidense. Ante la imposibilidad de que Porfirio Díaz volviera a México, éste representaba una oportunidad para que la seguridad y la paz se establecieran en el país y, con ello, la posibilidad de que los negocios norteamericanos volvieran a florecer, de tal modo que la Revolución devendría en un mero impasse dentro de la evolución natural del modelo de nación porfirista.

Para que lo anterior fuera posible era necesario que Estados Unidos reconociera al régimen huertista, lo que motivó a algunos líderes de la colonia a actuar en consecuencia. Mientras que algunos estadounidenses gozaron de los favores del gobierno mexicano, Agramonte no corrió con la misma suerte. En abril y mayo de 1914 varios periódicos al norte de la frontera52 informaban que, en el marco de la invasión norteamericana al puerto de Veracruz -iniciada el 21 de abril de 1914-, había sido encarcelado por instrucciones de Huerta dado que “sería de gran valor como rehén debido a su posición entre los estadounidenses residentes en México”.53 A partir de este dicho, surgen varias preguntas: ¿se trató de una estrategia para negociar con los invasores?, ¿fue la respuesta ante una hipotética falta de apoyo por parte de Agramonte?, ¿existió entre ambos un conflicto personal? Puesto que ésta es la época en la que el estadounidense empezó a perder interés para los periódicos, la información brindada por éstos no nos permite responder estas preguntas.

Estos momentos fueron difíciles para la generalidad de los norteamericanos que vivían en la ciudad de México. Por un lado, la prensa de Estados Unidos se refería a comunicaciones codificadas recibidas en Washington que informaban sobre la frecuencia de las manifestaciones contra los estadounidenses en México y las amenazas violentas que recibían en la vía pública. Varios diarios aseguraban que cada día aumentaba el número de ciudadanos que buscaban protección en su embajada.54 Por el otro, contaban con la animadversión de los revolucionarios, para quienes el comportamiento del embajador Wilson y el apoyo brindado por los líderes de esta comunidad extranjera a Porfirio Díaz y a Victoriano Huerta hacía de los estadounidenses, en general, enemigos de la Revolución y de México a los que se debía ajusticiar. Cierto es que se trata de una visión un tanto exagerada y simplista, pero también lo es el hecho de que, al menos de origen, hallaba sustento en la realidad.

Los estadounidenses eran conscientes del peligro que corrían, de modo que antes de que Huerta dejara el poder y los revolucionarios entraran a la capital del país, algunos decidieron regresar a Estados Unidos en tanto que otros, como fue el caso de Agramonte, optaron por quedarse con sus familias y apuntarse en el registro de residentes que estaba elaborando la legación de Brasil en nuestro país.55 Sobre este último punto es necesario explicar que entre 1914 y 1915 el ministro plenipotenciario de Brasil en México, Manuel Cardoso de Oliveira, fungió como encargado de la embajada estadounidense.56

El 13 de agosto de 1914 se firmaron los Tratados de Teoloyucan, acto que representó el fin del gobierno de Huerta, la entrada del ejército constitucionalista a la ciudad de México y el triunfo del movimiento constitucionalista, encabezado por Venustiano Carranza.57 En un principio, parece ser que Agramonte, como la mayoría de sus paisanos, no tuvo roces con el líder del constitucionalismo.

La evidencia indica que los problemas se suscitaron a raíz de la división de los revolucionarios, pues mientras Carranza y Obregón partieron rumbo al puerto de Veracruz, Villa y Zapata se quedaron en la ciudad de México. En julio de 1915 trascendió la noticia en Estados Unidos de que tropas zapatistas habían encarcelado y condenado a muerte a varios norteamericanos de renombre, quienes lograron salvar la vida gracias a las gestiones del diplomático Cardoso y a la entrada de Venustiano Carranza a la capital del país.58

A finales de octubre del mismo año, varios periódicos de la frontera norte publicaron la nota de que Agramonte había sido fusilado por militares carrancistas. Dada la similitud de la información ofrecida en los distintos diarios, resulta evidente que todos tomaron como fuente un telegrama recibido en Nueva Orleáns sin que sus editores pudieran, o quisieran, corroborar la autenticidad de su contenido.

Lo cierto es que esta noticia generó indignación a lo largo de Estados Unidos. Cuando El Paso Times informó lo sucedido, aseguró que “Agramonte jamás se mezcló en la política mexicana y era sumamente estimado en la ciudad de México, donde se ocupaba de ejercer su profesión de abogado especialmente en la concesión de títulos mineros”.59 En esta defensa resulta cuestionable la premisa de su nula participación en cuestiones políticas pues, como hemos visto, el estadounidense fue partidario manifiesto del gobierno del general Díaz y opositor al régimen maderista.

No fue sino hasta finales de diciembre que varios periódicos publicaron un comunicado redactado por el cónsul general de Estados Unidos en México, de nueva cuenta en funciones, en el que confirmaba que Agramonte se hallaba vivo y se congratulaba “de tenerlo todavía con nosotros, porque es el estadounidense más estimado y amado que tenemos aquí”.60 A partir de este hecho la figura de Agramonte empezó a declinar de manera acelerada en el campo noticioso. No fue un caso único pues en este tiempo varios colonos americanos salieron del país, algunos de manera voluntaria, en tanto que otros se vieron forzados a ello. El regreso al país de origen representó, en varios casos, que los vínculos laborales y financieros con México llegarán a su fin. Quienes decidieron quedarse en el país, lo mismo que sus instituciones, como la colonia americana, perdieron protagonismo externo, pero no fuerza interna, en la nueva realidad emanada de la Revolución mexicana.61 La Constitución de 1917, en especial su artículo 27,62 aunada a la construcción y difusión de un discurso político rebosante de nacionalismo revolucionario que veía en Estados Unidos a un enemigo de la nación, representaron un cambio radical en el modo de vida y de hacer negocios para una comunidad estadounidense que recordaba con nostalgia los años de prebendas y facilidades dadas por el régimen de Porfirio Díaz. A partir de 1917, y pese a no haber salido de México y seguir ejerciendo como abogado y representante de terceros en el país, las alusiones sobre

Agramonte provienen únicamente de las fuentes estadounidenses. Se trata de un acotamiento por parte de la prensa en el que las noticias sobre él eran ahora esporádicas y estaban escritas en un estilo que transitaba entre las “notas de color” y las historias inocuas.

Agramonte aún era considerado una figura destacada de lo que quedaba de la colonia estadounidense, pues entre otros aspectos, era su decano. De manera que en virtud de su longeva y agitada existencia, las publicaciones contaron con material suficiente para este fin, por ejemplo, en 1922, El Paso Herald publicó una noticia sobre la creación de una asociación de residentes estadounidenses veteranos en México; se refirió al general de la siguiente manera:

Entre las figuras más pintorescas de ‘veteranos’ se encuentra el general Clarence H. M. y Agramonte, quien fue corneta en la guerra de Crimea, a la que siguió durante su larga vida. Ahora más allá de la marca de cuatro veintenas, Agramonte luchó en la guerra civil estadounidense, las campañas de los indios americanos y fue una figura familiar en un momento en todo el suroeste de los Estados Unidos.63

En este contexto, en un artículo que versaba sobre la cena que el 19 de noviembre de 1928 ofreció la comunidad estadounidense a su embajador en México, Dwight Morrow, apuntaba que “un rasgo singular de la ocasión fue un discurso de bienvenida al Embajador y la Sra. Morrow, pronunciado por el General C. H. M. y Agramonte, un joven de 98 años. Aunque no fue testigo presencial de la carga de la caballería francesa en Waterloo, se cree que el general observó el ataque no menos gallardo de la Brigada Ligera en Balaklava”.64

Así, las anécdotas remitían a episodios vividos por Agramonte en el pasado y el presente, pero cuya autenticidad resulta difícil de comprobar. En un texto de 1922, Hebert Corey se remontó ocho años al pasado, cuando quebró el banco en el que Agramonte y otros de sus compatriotas tenían depositados sus ahorros. El periodista escribió que los afectados se reunieron en el American Club para discutir la situación y, al no llegar a algún acuerdo, tomó la palabra para decir: “no sean niños […]. Tengo tres dólares y medio en el bolsillo, que es todo lo que me queda en el mundo. Compraré un trago para todos y nos iremos a casa”.65 De igual modo, ahora por motivo de su cumpleaños 98, el Great Falls Tribune publicó una nota cuya idea central era que había recibido como regalo por parte de W. S. Durkin, vicepresidente de Durkin Reo Motor Company of Mexico, el mismo coche Reo que había comprado en 1904 y utilizado hasta 1919, año en el que decidió venderlo.66

Cuando el 15 de marzo de 1929 los periódicos notificaron el fallecimiento de Agramonte en la ciudad de México, siguieron la misma tónica. Las necrologías publicadas fueron bastante superficiales y reiterativas. Centraron su interés en el militar, en el hombre de armas que peleó en Cuba, Europa, Estados Unidos… En cambio, su estancia en México quedó en un plano secundario. Sobre ella manifestaron únicamente que se le recordaría por ser, al momento de su muerte, el colono norteamericano más veterano, así como por sus habilidades discursivas.

Conclusión

En las postrimerías del Porfiriato, C. H. M. y Agramonte era uno de los miembros de la colonia americana más destacados tanto en México como en Estados Unidos. En ambas orillas del río Bravo fue reconocido por ser el único general estadounidense de apellido español en México, un pilar sólido de su colonia y una persona famosa y pintoresca que gustaba de contar sus aventuras por el mundo.

A la luz de lo revisado, en las dos primeras etapas que se mencionan, las acotaciones que hicieron los periódicos sobre Agramonte privilegiaron más sus logros sociales y los vínculos que construyó, que sus éxitos económicos, lo que contrasta con otras figuras de su tiempo como la de John B. Frisbie, Walter M. Brodie o Paul Hudson, a quienes les fueron reconocidas sus actividades periodísticas, financieras y públicas. Lo anterior no debe entenderse como una ausencia de éxito en la materia, responde a las acotaciones y agendas que cada publicación estudiada tuvo y por los que privilegiaron cierto tipo de informaciones sobre otras. De hecho, su participación en los cargos de elección en el American Club of Mexico y la Society of the American Colony hacen suponer que era un hombre de recursos. Sería necesario llevar a cabo una investigación más profunda para corroborar la viabilidad de esta afirmación.

En la última, que se desarrolló durante la Revolución y posrevolución mexicanas, el enmarque periodístico cambió radicalmente. El debilitamiento de la colonia americana y el desmantelamiento de las redes referidas restaron el valor social que otrora había caracterizado al general americano, de tal modo que en las páginas de los periódicos se puede constatar cómo el prohombre y pilar de su comunidad fue cediendo su lugar al anciano que amenizaba a los lectores con las anécdotas que, con un tono condescendiente, se escribían sobre él.

De lo anterior se desprende que el estudio de la figura de Agramonte en la prensa es importante en dos aspectos: el primero muestra la existencia de distintos liderazgos al interior de la colonia estadounidense, en los cuales los logros financieros no siempre fueron los predominantes; en segunda instancia, se manifiesta el peso que tuvo la comunidad estadounidense en la política mexicana de finales del siglo XIX e inicios del XX.

Es a partir de lo anterior como se concluye que en el futuro sería conveniente recurrir a la Agenda Setting, a manera de complemento teórico al ejercicio actual, para desarrollar nuevas líneas argumentativas y a profundizar aún más algunas de las explicaciones aquí presentadas.

Por último, se considera que, desde una perspectiva historiográfica, el estudio de las colonias extranjeras en el México porfirista, así como de sus personajes y medios de comunicación más representativos, es un campo esencial para entender una parte de la historia social de nuestro país.

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4El tema de los vínculos económicos y políticos entre México y Estados Unidos ha sido ampliamente estudiado en nuestro país. Entre las obras que más han aportado a este análisis destacan las siguientes: Diana Corzo González, La política exterior mexicana ante la nueva doctrina Monroe, 1904-1907 (México: Instituto de Investigaciones Dr. José María Luis Mora, 2005); Diana Corzo González y Carlos Cruzado Campos, El difícil inicio de las relaciones entre Estados Unidos y Porfirio Díaz (México: Instituto de Investigaciones Dr. José María Luis Mora, 1999); Sandra Kuntz Ficker, Las exportaciones mexicanas durante la primera globalización (1870-1929) (México: El Colegio de México, 2010), https://doi.org/10.2307/j.ctv47w6xr; Aurora Gómez Galvarriato, coord., La industria textil en México. Lecturas de Historia Económica Mexicana (México: Instituto de Investigaciones Dr. José María Luis Mora/El Colegio de México/Universidad Nacional Autónoma de México, Instituto de Investigaciones Históricas; Zamora: El Colegio de Michoacán, 1999); Lorenzo Meyer, Los grupos de presión extranjeros en el México revolucionario, 1910-1940 (México: El Colegio de México, 2012); Paolo Riguzzi, Ferrocarriles y vida económica en México, 1850-1950. Del surgimiento tardío al decaimiento precoz (Zinacantepec: El Colegio Mexiquense, 1996); Mauricio Tenorio Trillo y Aurora Gómez Galvarriato, El Porfiriato (México: Fondo de Cultura Económica/Centro de Investigación y Docencia Económicas, 2006); Mauricio Tenorio-Trillo, I Speak of the City. Mexico City at the Turn of the Twentieth Century (Chicago: The University of Chicago Press, 2012); y Josefina Zoraida Vázquez y Lorenzo Meyer, México frente a Estados Unidos. Un ensayo histórico, 1776-1980 (México: El Colegio de México, 1982).

8Al respecto, se consultaron los siguientes acervos: Chronicling America (https://chroniclingamerica.loc.gov), Hemeroteca Digital Nacional de México (https://hndm.iib.unam.mx/index.php/es/) y Newspapers (https://www.newspapers.com/).

14“Friend Says Agramonte May Be Held as Hostage”, Chicago Tribune, 28 de abril de 1914, 3.

17“Personal…”, The Butte Miner, 20 de agosto de 1882, 3.

18Cuando migró a San Francisco, California, en 1888, se seguía anunciado como vendedor de aparatos para el tratamiento de minerales, así como inspector de minas y comprador de lingotes de oro y plata y de polvo de oro “C. H. M. y Agramonte. Buyer of Gold and Silver Bullion, Gold Dust and Ores”, San Diego Union and Daily Bee, 25 de agosto de 1889, 6.

19“Body Guard”, The Salt Lake Herald, 15 de abril de 1881, 8; y “Supreme Court”, The Salt Lake Herald, 15 de junio de 1881, 8.

20“Chips”, Salt Lake Herald Republican, 8 de septiembre de 1879, 3; y “Sin título”, Desert Evening News, 6 de diciembre de 1879, 3.

24“C. H. M. y Agramonte, Lower California”, The Salt Lake Herald, 12 de septiembre de 1888, 5.

25“El grave asunto de la Baja California”, El Nacional, 8 de noviembre de 1889, 2; y “Los placeres auríferos de la Baja California”, El Tiempo, 9 de marzo de 1889, 2.

28“Sin título”, The Two Republics, 11 de junio de 1890, 1.

31“Sin título”, The Anglo-American, 1 de diciembre de 1891, 2.

32“Asunto periodístico”, El País, 5 de marzo de 1900, 1.

33El Blue Book era una guía para extranjeros que se publicaba de la ciudad de México y que comprendía información sobre empresas, residentes estadounidenses, clubes, embajadas, servicios públicos y privados…

34“That Little Squabble”, The Mexican Herald, 16 de marzo de 1900, 8; “Sentenced to Eight Days in Belem”, The Two Republics, 1 de junio de 1900, 5; y “Public Voice”, The Mexican Herald, 3 de junio de 1900, 16.

35C. H. M. y Agramonte, “In Sunny Mexico”, Thruth, 18 de enero de 1908, 9.

37Un Kadosch, “Una tenida masónica”, Diario del Hogar, 4 de abril de 1898, s. p. Dadas las limitaciones de las fuentes, resulta difícil establecer el nivel de interacción del presidente de México con los miembros de la logia.

38“The Grand Army of the Republic and Kindred Societies”, The Library of Congress, acceso 5 de junio de 2021, https://guides.loc.gov/grand-army-of-the-republic.

39“Kind Words for Diaz”, Daily Anglo-American, 11 de febrero de 1892, 1.

40“Merited Honors”, The Two Republics, 25 de agosto de 1899, 8.

42“Rumors of War”, The News-Herald, 31 de enero de 1895, 3.

43“The Fourth of July Celebration Was a Magnificent Success”, The Mexican Herald, 5 de julio de 1901, 1.

44“Lease Tivoli Today”, The Mexican Herald, 10 de junio de 1908, 2; y “Committees to Conduct the Fourth of July Celebration”, The Mexican Herald, 3 de mayo de 1909, 4.

45La Society of the American Colony era un círculo elitista del que formaban parte sólo aquellos que podían pagar una inscripción de cien dólares y una anualidad de cincuenta.

46“Vacancies on Board of American Club Filled”, The Mexican Herald, 31 de octubre 1909, 12.

49Fue un golpe de Estado orquestado por el general Victoriano Huerta entre el 9 y el 19 de febrero de 1913 y que derivó en el encarcelamiento y muerte del presidente Francisco I. Madero y su vicepresidente, José María Pino Suárez.

50“Friend Says Agramonte May Be Held as Hostage”, Chicago Tribune, 28 de abril de 1914, 3; y W. G Shepherd. “Massacre of Americans if United States Intervenes”, Evansville Press, 25 de abril de 1912, 1.

52“Friend Says Agramonte May Be Held as Hostage”, Chicago Tribune, 28 de abril de 1914, 3; N. A. Jennings, “Mexicans War on Yankees in Their Capital”, The Pittsburgh Post, 5 de mayo de 1914, 4; y N. A. Jennings, “Mexican Incited to Violent Rage at U. S”, The San Francisco Examiner, 5 de mayo de 1914, 2.

53Es importante hacer notar que tras diez días de encierro, Agramonte fue liberado.

54“American Lives in Peril”, Boston Evening Transcript, 23 de abril de 1914, 2.

55“Americans Enroll in Mexico City. Brazilian Legation Calls on all Who Are to Remain to Register their Names”, The New York Times, 11 de mayo de 1914, 2.

58“Paul Hudson Held by Zapatistas in Mexican Capital”, The Topeka Daily Capital, 30 de julio de 1915, 1; “American Flag is Trampled by Zapatistas”, The Pittsburgh Post, 30 de julio de 1915, 1; y “Mexicans Rend U. S. Flag”, Carbondale Free Press, 30 de julio de 1915, 1.

59“Fusilaron en México al general Agramonte, ciudadano americano”, El Paso Times, 30 de octubre de 1915, 1.

60“General Agramonte is Alive and Well”, Salt Lake Telegram, 23 de diciembre de 1915, 12.

61Entre las instituciones que tenían mayor presencia al interior de la colonia estaban: la Cámara de Comercio Estadounidense, la Legión Estadounidense, la Escuela Estadounidense, el Club Estadounidense y la Sociedad Benéfica Estadounidense.

62Establecía, entre otras cuestiones, mecanismos para la redistribución de tierras y recursos a comunidades indígenas y campesinas, con el objetivo de promover el desarrollo económico y social en las zonas rurales del país. Además, procura salvaguardar la soberanía nacional al limitar la propiedad de tierras por parte de extranjeros.

63“Old Timers in Mexico Are Organized”, El Paso Herald, 19 de febrero de 1923, 4.

65H. Corey, “Rode in Charge of Light Brigade at 93 Is Still Real Warrior at Heart”, Arizona Republic, 9 de abril de 1922, 4.

66“Two Veterans Are Reunited; General Agramonte Drives 1904 Reo on 98th Birthday”, Great Falls Tribune, 24 de marzo de 1929, 12.

Recibido: 18 de Enero de 2024; Aprobado: 17 de Junio de 2024; Publicado: 11 de Diciembre de 2024

SOBRE EL AUTOR: Íñigo Fernández Fernández tiene un doctorado en documentación por la Universidad Complutense de Madrid. Es profesor-investigador y secretario de investigación de la Escuela de Comunicación de la Universidad Panamericana. Sus líneas de investigación son historia de la prensa en México; prensa norteamericana en México; y comunicación y familia. Publicaciones recientes: “De la gesta heroica a los ‘chispazos’ de humor. Representaciones de Hernán Cortés en la prensa de la ciudad de México (1900-1910)”, Historia Contemporánea, núm. 71 (febrero 2023): 91-120; y “An Irishman in Mexico. Bernard Shaw in the Mexican Press (1900-1960)”, en Bernard Shaw and the Spanish-Speaking World. Bernard Shaw and His Contemporanies, ed. de Gustavo A. Rodríguez Martín (Londres: Palgrave Mcmillan/Cham, 2022), 143-163.

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